Rojo

Crítica de Fernando G. Varea - Espacio Cine

Argentina Rojo Schocking. En Rojo (premios por Mejor Dirección, Actor y Fotografía en San Sebastián) un respetado abogado que vive en una ciudad de provincia resuelve como puede, o como quiere, el enfrentamiento con un joven perturbado y el pedido de un amigo para apropiarse de un chalet abandonado tras un allanamiento. Otros personajes (incluyendo su mujer y su hija) y algunos conflictos secundarios se suman para esta semblanza turbia de un representativo grupo humano en la Argentina pre-dictadura. Las dos primeras secuencias ya dejan en evidencia lo que Benjamín Naishtat procura expresar: expuestos con un realismo enrarecido, el indolente saqueo de una casa y el duro altercado por ocupar una mesa en un restaurante seguido de un enfrentamiento en plena calle, hablan de la complicidad y la violencia que comenzaban a regir la vida cotidiana de los argentinos en los meses previos al golpe de marzo de 1976.
El film de Naishtat tiene algunos momentos mejores que otros, pero su tono, su atmósfera, las sensaciones de alarma y de extrañeza que lo recorren, conducen provechosamente –de manera estilizada, sin toques demagógicos– a la reflexión y al reconocimiento de un momento histórico.
Entre los personajes no hay policías, militares ni sacerdotes, tampoco militantes políticos o sindicalistas levantando consignas ni imágenes de Perón, López Rega o alguna otra figura distintiva de la época, como no queriendo exculpar a la población civil no involucrada directamente en las disputas del momento de su colaboración en el acostumbramiento al miedo y la corrupción. La época es la misma de El secreto de sus ojos (2009, Juan José Campanella), pero acá el protagonista no es un chanta simpático que termina redimiéndose sino un abogado de moral dudosa (un exacto Darío Grandinetti), que parece tener buenas intenciones y, al mismo tiempo, por cobardía, desorientación o conveniencia, cede ante una estafa, esconde cosas que sabe y termina siendo cómplice de más de un delito.
Hay estallidos de violencia casi absurdos y varias secuencias aparecen interrumpidas abruptamente, como si la barbarie fuera ganando terreno asestando cortes sobre la aparente tranquilidad de ese pueblo. Las situaciones inquietantes que son imprevistamente quebradas se suceden: sin adelantar mucho aquí, cabe señalar lo que ocurre con un periodista que hace preguntas incómodas, con la esposa (Andrea Frigerio) ante la aparición de un extraño en el bosque cercano a la playa, con el joven llevado en auto por el novio celoso (Rafael Faderman, protagonista de Dos disparos y de relevante rol en La larga noche de Francisco Sanctis) y sus amigos, con la mujer (Claudia Cantero) que busca a su hijo (que podría ser dicho joven) en una iglesia, con el disparo en un vestuario. Del mismo modo, al joven trastornado (gran trabajo de Diego Cremonesi, visto en Kryptonita e Invisible y series como Un gallo para Esculapio y El marginal) le dicen hippie y poco se devela sobre su pasado. Algunas conversaciones se estiran, tensando el tiempo, apartándose de la lógica, como la del amigo del protagonista con una mujer cómodamente sentada en los fondos de la casa saqueada.
La antes mencionada La larga noche de Francisco Sanctis reproducía con similar fruición y eficacia la estética de la época, pero lo hacía con clara vocación de film noir: Rojo, en cambio, apuesta a una visión de los ‘70 cenagosa, desviando todo el tiempo el naturalismo hacia un estado de locura.
Ocasionalmente se acerca al grotesco o desliza alusiones un poco obvias (las escenas en ralenti de la pareja jugando al tenis, el ensayo de una obra teatral, la parsimoniosa manera de hablar del detective encarnado por el chileno Alfredo Castro, el eclipse que se produce en un momento e incluso el mago que hace desaparecer personas, alegoría a la que ya había recurrido Agresti en El acto en cuestión) y su impecable reconstrucción histórica se permite algún desliz (nuevamente en el cine argentino que recrea los ’70 vuelve a haber personajes utilizando la expresión fuera de época Todo bien). Pero muchas decisiones del joven guionista y director son inteligentes, como la utilización que hace de la canción El valle y el volcán, que cobra fuerza sin tener una carga explícitamente política. El zoom final parece tener algo de la mirada confundida de Héctor Alterio en el último plano de La Patagonia rebelde (1974, Héctor Olivera), no casualmente una de las películas representativas de esos años que Naishtat trae a la memoria para poner en discusión. El hecho de escuchar a alguien renegar de la política, en tanto, resuena en el presente.
Rojo seguramente tiene imperfecciones, pero son más que valiosos su búsqueda y los riesgos que asume, volviendo la mirada a una época incómoda sin tranquilizar al espectador.

Por Fernando G. Varea