Rifkin's Festival

Crítica de Miguel Peirotti - A Sala Llena

La presencia de la actriz argentina Luz Cipriota (Naturaleza muerta [Gabriel Grieco, 2014]; Luis Miguel, la serie [2021]) en la última película de Woody Allen –aunque con un personaje brevísimo, genérico, sin nombre– puede marcar el estado de emergencia de casting en el que se encuentra la carrera del director neoyorkino, en franco e irreversible declive desde que éste se viera obligado a dedicarle más horas a sus abogados que a su terapeuta. En España, donde se rodó Rifkin’s Festival, todo es menos imposible para los argentinos. Al menos hay más posibilidades que en Hollywood. Incluso hay más que en Nueva York, la sede originaria de Hollywood antes de que los fundadores de la Meca fueran a Los Angeles en busca de un mejor clima, tanto atmosférico como impositivo; Nueva York es Hollywood sin sol ni desierto, suplidos por rascacielos y taxis. Y la escenografía de la casi totalidad de la obra alleniana.

Allí, en ese microcosmos elitista que muchos estados de los Estados Unidos se obstina en reconocer como parte del país, reinó Woody Allen desde fines de la década de los sesentas, cuando era una estrella de las columnas satíricas en medios gráficos al mismo tiempo que ascendía en el mercado de pases del agitadísimo y competitivo mundo de la comedia stand up, hasta hace tan pocos años que podríamos contarlo por meses: Wonder Wheel, del 2017, fue la última película de Woody Allen en estrenarse sin obturaciones de nubes sensacionalistas en el horizonte. A partir de Un día lluvioso en Nueva York, estrenada al año siguiente, la nueva etapa de tránsito pesado jurídico en la vida de Allen no pudo disociarse más de su obra: la última película que Allen filmó en su ciudad natal, su casa-cuna imbatible, su alter ego urbano, su diégesis narrativa inamovible, llegó a los cines acompañada en un sidecar por el comentario oportunista del imberbe insoportable y sobrevalorado de Thimothée Chalamet respecto a su arrepentimiento de haber trabajado con Allen, acto de contrición que manifestó, por supuesto, no con una negativa antes de sumarse al rodaje, como hubiera sido verdaderamente honorable, sino una vez finalizada la película, quedándose con todo: con el dinero del sueldo y con dos prestigios simultáneos: el de haber participado en la filmografía de Allen (en ese entonces seguía siendo prestigioso) y el prestigio a posteriori de artista sensible, el que le dio su rémora de conciencia, probablemente dictada al oído por sus representantes.

Por eso el estreno de Rifkin’s Festival es casi un milagro.

Hoy.

Quizás se deba a que Allen siempre fue local en Argentina, que tiene un público intelectual amplio, sumado a la modalidad wannabe del argentino medio pelo que aspira a la ciudadanía neoyorkina comprando ropa cara por Mercado Libre. El milagro sería completo si Rifkin’s Festival fuera una película excitante y glamorosa, como lo fue Medianoche en París, la última obra maestra de Allen (Blue Jasmine es grandiosa, pero debido al soliloquio psíquico de Cate Blanchett), y, de alguna manera, su canto de cisne vincular en lo que respecta a sus espectadores. A partir de aquí, “el sueño terminó” como terminó el Clan Manson con el Flower Power.

En la actualidad, Allen proyecta la preproducción en París. De vuelta a París, donde sigue siendo local, como en el resto de Europa. Ignoramos con qué reparto contará esta vez. No faltarán franceses. Como Louis Garrel en Rifkin’s Festival, que interpreta al estereotipo del joven director de cine-estrella insufriblemente ensoberbecido por el apoyo crítico. Garrel, que interpreta al vanidoso Philippe como si él mismo lo fuera, con luz odiosa propia, le quiere robar la esposa a Wallace Shawn, que es Rifkin, que es marido de Sue, interpretada por la gran Gina Gershon, una de las actrices con talento nato y cinegenia más sexys de las últimas tres décadas, apriorismo lúbrico que la privó de protagonizar otro tipo de roles que no sean mujeres-vampiro, viudas negras fatales o ígneas y leales socias del crimen. La prueba de su condición de víctima de una falocracia sistémica es la reducción de su momento de gloria a apenas dos películas, consecutivas, de temática sexual: Showgirls (1995), de Paul Verhoeven, y Bound (1996), de Lana y Lilly Wachowski.

Para decirlo tajantemente, lo más grande en esta película de Woody Allen es la presencia generosa de Gina Gershon, que seguramente no habría sido casteada o siquiera convocada para la ocasión si Allen estuviera en la cima del carisma industrial, y no en el sótano de los insultos callejeros. Al borde de cumplir sesenta años –en junio del 2022–, Gershon, si bien esgrime su talento frente a un personaje calculador, por infiel, le arrebata el centro de foco al resto de sus compañeros con la fibra sensual de una piel que empieza a ajarse por la experiencia, una boca con avidez de salivación erógena no habitual y una mirada que rubrica un linaje de voluptuosidad y desapego romántico; Gershon es así desde que debutó como una bailarina no acreditada en Beatlemanía (1981). El paso del tiempo en el cine se cronometra con el mapa dibujado en los pergaminos faciales de las estrellas.

Rifkin’s Festival está entre lo menos estimulante de la obra de Allen. Pero la escasez de estímulos en la obra de Allen, como es sabido, significa un acopio mayor de estímulos que los aportados por los estrenos estruendosos que vampirizan la cuota de pantalla en la alarmantemente mediocre actualidad de la programación de cines comerciales.

Al esplendor hormonal cuasi-sexagenario de Gershon, podemos añadir el homenaje blanquinegro a El séptimo sello, una de las obras más representativas del legendario cineasta Ingmar Bergman. Allen se inclina ceremonialmente ante el maestro sueco y lo viste a Christoph Waltz de la Muerte; pese a ser un homenaje a un cineasta no caracterizado por el sentido del humor, la escena con Waltz es hilarante y pertinente y remite al viejo Woody Allen cinéfilo, el de los setentas. En la película de Bergman, la Muerte era un aguafiestas que venía a liquidar con todo; en Rifkin’s Festival la Muerte luce igual, pero es comprensible, humana, un poco holgazana y, si le respondés sabiamente, no sólo te deja ganar el partido de ajedrez, sino que hasta te aconseja sobre el amor.