Ocean's 8: Las estafadoras

Crítica de Pablo Sebastián Pons - Proyector Fantasma

LAS CHICAS SOLO QUIEREN DIVERTIRSE
La principal virtud de las entregas de las que se desprende la presente Ocean’s 8 era el juego, el espiritu lúdico, esa misma sensación de que en la pantalla todo el mundo se estaba divirtiendo mientras hacía divertir al resto. Y éstos últimos, nosotros los espectadores, a mitad de camino entre el cholulismo exacerbado y el entretenimiento real, disfrutabamos que Brad Pitt y George Clooney complementaran sus diálogos hasta el hartazgo (y la rídiculez), realizaran referencias de sus vidas personales (el final de Ahora Son Trece) y cometieran los robos de guante blanco mas inverosímiles de la historia del cine.

A su vez, la trilogía de Steven Soderbergh era una remake del famoso rat pack, aquel grupo de amigotes que marcó el cine de posguerra de los ’60 a base del carisma de un puñado de películas (incluida la Ocean’s Eleven original) y estaba integrado por Frank Sinatra, Dean Martin, Sammy Davis Jr. y Peter Lawford.

Como si lo anterior no hubiese sido tan hiperbólico como efectivo, la nueva entrega nos introduce a Debbie Ocean (Sandra Bullock), hermana de Danny (fallecido en la película), ¿y adivinen que quiere hacer? Sí, robar cosas: en este caso es un importantísimo colgante Cartier valuado en 150 millones dólares.

Pero el ejericio de Gary Ross resulta fallido, en casi todos sus intentos. En Ocean’s 8 la reminiscencia termina en una mala copia, porque las secuencias de reclutamiento y el montaje dinámico con la voz en off (sobre) explicando lo improbable, lo hemos visto ya varias veces y como Bourne (Paul Greengrass, 2016), la repetición de la misma formula a través de distintas generaciones (de público y tecnología) raramente funciona.

Por otro lado, el errado ejercicio reflexivo que intenta abordar el empoderamiento femenino parte de la interpretación de Gary Ross y la guionista Olivia Milch, al asumir que el mismo es motivado a partir (del engaño) de una figura masculina. Tema que sobrevuela toda la película de forma decididamente torpe (los hombres son relegados a un ridículo tercer plano, no existen en el mundo de Ross), este enfoque devuelve a foja cero todo intento reflexivo sobre el papel de la mujer en el género de los grandes robos.

La vuelta de tuerca del final de Ocean’s 8 solo aporta más barullo a una narrativa que venía trastabillando y convierte a Ocean’s 8 en una entrega con más pretensiones que realidades, aunque ésta no logre más que divertir.