Nomadland

Crítica de José Tripodero - A Sala Llena

Libertad y convención

Fern (Frances McDormand) es una mujer que lo ha perdido todo. Una enfermedad se llevó a su marido y a la vez se quedó sin casa; ambas pérdidas son consecuencia de la quiebra de la minera que sostenía al pueblo de Empire, Nevada. La idea de “no tener a donde ir” se plantea como una rutina al convertirse en una nómade que vive en comunidades con personas que tienen ese estilo de vida, es decir, sin demasiadas posesiones y con una cultura de trabajo temporario para subsistir. Fern o Frances McDormand (porque casi no hay composición de personaje en varios pasajes de la película) se relaciona temporariamente con diferentes personajes sin tener un apego afectivo que la devuelva a su vida anterior. Su hogar es su van porque la casa es también un vehículo de escape que le permite empezar de nuevo en otro lugar.

En su tercera película, Chloé Zhao sigue sin levantar la mano con la que traza el mapa de sus recurrencias temáticas en lo que puede ser una trilogía, a esta altura, sobre seres que viven en la banquina del mundo moderno. La tensión entre el documental y la ficción se presenta desde la formalidad: cuando McDormand se encuentra con personajes que parecen vivir verdaderamente como nómades se rompe el artificio narrativo y todo lo que se ve es el registro de charlas casuales, donde la actriz dos veces ganadora del Oscar oficia de posible mediadora como si se tratara de un reality para un canal de TV. Cuando aparece la ficción se la ve marcada con la tiza de un Terrence Malick ateo, pues se hacen presentes la cámara en mano sin referencia y el acompañamiento musical new age, proponiendo un desnudo del artificio bajo una tela de falsa espontaneidad. Ni siquiera la sustancia dramática del acercamiento de un hombre que exhibe motivos similares por los que se “convirtió” al nomadismo demuestra un avance más allá de la forma más pura, que es lo que sí parece importarle a la directora. Hay ciertas torpezas en la escena del regreso de Fern al “mundo normal”; allí aparece un anclaje denotativamente exagerado en progresismo cuando se quiere aleccionar sobre el caso de la última gran crisis económica de Estados Unidos. Es curioso que las conversaciones menos guionadas sean las más efectivas en comparación con los diálogos entre personajes construidos en papel, los cuales parecen forzados y extraídos de un manual.

Otro de los hilos que se notan son los de una estructura en la que la película necesita apoyar su espalda. Si la experimentación de poner a una actriz de Hollywood a vivir la vida del despojo de lo material era una idea arriesgada, la segunda parte de la película es un pedido de auxilio a las formas narrativas más clásicas. Es como si se adelantara a la solicitud de un público imaginario que necesita que le narren un cuento en el que pasen cosas, porque sino puede llegar a aburrirse. La hibridación de estrategias para contar la historia de esta mujer es aquello que genera una indiferencia en el resultado final. Lo que pudo ser un drama de contemplación y acompañamiento en una decisión rupturista sobre la vida moderna se transforma en un prospecto algo culposo y enmarañado en la retórica. A diferencia de Fern, que sí se libera de todo, Zhao queda presa de la convención aunque intente disfrazar su película de espíritu libre con lindas imágenes y bellas armonías.