Moacir y yo

Crítica de Francisco Mendes Moas - Cine Argentino Hoy

“Moacir y yo” de Tomás Lipgot. Crítica. Solo un hasta pronto.
“Quizá hago esta película para despedirme de él, o para tenerlo cerca un tiempo más …”

Decir adiós nunca es fácil, más aún si la ausencia es muy grande. Cuando algo ya no está solo quedan los recuerdos y con ellos Tomas Lipgot hace una película. “Moacir y yo” llega a los cines y en simultáneo a la plataforma Cine.ar, el próximo 2 de septiembre. Un documental que sobrepasa los límites del formato para convertirse en un contenedor de memoria, una despedida.

Habiendo grabado ya tres películas con Moacir dos Santos, un mítico cantante brasileño, Tomas Lipgot utiliza esta cuarta entrega a modo de testimonio personal. Ya que más que un personaje de su filmografía, se trata de un amigo que le cambió la vida. Dejando con su muerte un gran vacío en la vida del director. Es por eso que aquí revivirá su amistad y le dará un cierre a una de las relaciones más importantes de su vida.

El narrador/ director habla de la sensación de muerte, de cómo ésta es ajena en el propio cuerpo y como solo podemos experimentarla a través de alguien más. Lo cual en parte es cierto, pero el aparato ficcional que crea el arte también nos permite experimentarla, la diferencia es el pacto narrativo, el saber que eso no es la realidad. Pero muchas veces la muerte de un personaje deja mella e incluso el cine nos permite, para bien o para mal, revivir aquella muerte todas las veces que queramos.

En este recobeco es donde encuentra su lugar la película, dando vida por algunos minutos más a Moacir, ya sea para decirle adiós o para presentarlo ante aquellas personas que no lo conocieron, porque no, para generar memoria. El cariño de los más allegados queda registrado hasta el fin de los tiempos en este documental, que hace de carta de amor, de cierre, de recuerdo. Consiguiendo empatizar hasta con quienes no lo conocimos.

Si bien es la forma que Tomas Lipgot tiene para decirle adiós a su amigo, se corre por momentos para dejarle espacio a otras personas. Las cuales pueden contar sus anécdotas, sus sentimientos y también despedirse. Haciendo que “Moacir y yo” refleje mucho más que la relación unilateral entre el director y Moacir, sin perder el tono personal. Y por más que no conociéramos el protagonista, empatizamos y nos emocionamos por lo sincera de las emociones reflejadas.