Midsommar

Crítica de Santiago Balestra - Alta Peli

Una cautivadora y perturbadoramente antropológica propuesta.

Las tradiciones no pocas veces pueden carecer de sentido objetivamente, y sin embargo las reiteramos más por inercia que por convicción. Estas tradiciones no solo pueden ser autóctonas de un país, sino dentro de la propia naturaleza humana. Este contexto de la tradición como algo nocivo es apenas la punta de un abundante ovillo que resulta ser Midsommar.

Solsticio de Verano

Aunque el gore cuando dice presente lo hace en abundancia y los escalofríos son cuantiosos, Midsommar exige a un espectador igual de atípico. Uno paciente, activo, atento a los detalles. Para quien entre pidiéndole sangre a Ari Aster, el realizador se la dará, pero cual quid pro quo le obligará que a cambio acepte entrar en su juego simbolico y antropológicamente escalofriante, arraigado en lo que muchos llamamos tradición.

Se ha dicho bastante que esta es una película sobre la ruptura de una pareja en el contexto de una propuesta de horror ritual, y sin embargo esta crítica se anima a decir que va mucho más allá, siendo tambien una historia sobre la búsqueda de la contención de una familia. Una contención que el novio de la protagonista debería proveer, pero el lazo no es lo que se dice fuerte. No por nada Midsommar empieza con una tétrica escena familiar que, aparte, es la única escena genuinamente nocturna dentro del recorrido del film.

La manifestación más clara del slasher tradicional lo encontramos en el personaje de Will Poulter, un ser tan machista, desconsiderado y pedante al que desde la primera escena el espectador no le ve futuro.

Midsommar posee momentos de incuestionable gore, aunque es la normalización, celebración y felicidad de los miembros de la colonia ante semejantes rituales (los cuales van de lo simplemente asqueroso a lo más perturbador) lo que da pavor. Es una propuesta que no subestima la inteligencia del espectador. Le permite que sume dos y dos. Por ejemplo, una escena donde Florence Pugh mira horrorizada lo que ocurre por un cerrojo: no necesitamos el contraplano subjetivo de lo que ve, pues Ari Aster ya nos mostró lo que ocurre previamente.

En materia técnica, la película tiene una factura visual descomunal. Hablamos de composiciones de cuadro de gran riqueza en cuanto a simetría, y un aprovechamiento extremo del espacio. No solo en los evidentemente amplios exteriores, sino en sus interiores que se sienten más grandes de lo que son, reduciendo a los protagonistas como hormigas que están siendo quemadas sigilosamente por la lupa de la colonia.

Esta luminosidad, tan permanente como lo es irónica, también es llevada a la paleta de colores del decorado y el vestuario de los miembros de la colonia, contrastando claramente con los tonos más oscuros de los invitados. Todo es alegría, y sin embargo podemos percibir que algo no anda bien. Una percepción que sentiremos en bizarros ejemplos de orden como el sonido de los cubiertos chocando contra los platos en una suerte de efecto domino.