Hermanos

Crítica de Diego Maté - Cinemarama

No pude ver Hermanos, la película de la danesa Susanne Bier en la que se basa el film del mismo nombre dirigido por Jim Sheridan, pero me la imagino bastante más rigurosa y mucho menos gruesa que la versión estadounidense, que sufre varias de las taras del peor cine mainstream: la música extradiegética, incluso cuando ayuda a establecer un clima particular, es invasiva y subraya una enorme cantidad de escenas; la voz en off es despareja y su única función es la de aclarar algunos pasajes al principio y al final de la historia para hacer más comprensible el relato; muchas escenas explotan sin reparo a dos nenitas y se aprovechan desvergonzadamente de sus caras, ya sea para construir humor (cuando juegan, se ríen o hacen puchero) o drama (lloran, se arrepienten, se angustian). La presencia casi constante de la música es algo que puede llegar a disculparse: varias canciones (sobre todo las del principio) están bien y, cuando acompañan ayudando a imprimirle algo de espesor dramático a las imágenes, la banda de sonido funciona. Incluso el uso excesivo de los primeros planos es algo que, al menos esporádicamente, suma: hay veces en las que Hermanos parece ser un documental del rostro bellísimo de Natalie Portman y una exploración de los gestos erráticos y las formas amenazantes de la cara del escuálido Tobey Maguire; se trata de imágenes que, en su belleza y deformidad respectivamente, se repelen y complementan a la vez. Pero los primeros planos de las hijitas del matrimonio Cahill (la pareja Maguire-Portman) ya son otro tema: no existe tal cosa como un decálogo de lo que puede hacerse o no en cine, pero todos saben (sabemos), al menos desde Truffaut, que hay imágenes que deben ser repudiadas porque apelan de manera traicionera a lo más profundo de nuestra sensibilidad. Así, decía el director de Los 400 golpes, hay cosas que no se pueden filmar, como chicos sufriendo o gatitos (no es de extrañar que Truffaut sea considerado el primero –aunque antes estuvieron Melville y Rossellini- que supo filmar chicos respetándolos y sin recurrir a golpes bajos). Sheridan, en un gesto marcadamente oportunista, recala demasiado en las expresiones de las dos nenas, las hace parecer tiernas y dulces hasta el extremo o se sirve de ellas como un disparador de las emociones más básicas (¿cuánta gente puede resistirse a la carita de una nena llorando y pidiendo disculpas?).

Fuera de eso, que es insoslayable y condena irremediablemente a Hermanos, la película de Sheridan cuenta con buenos personajes y sus actores despliegan actuaciones muy rescatables: especialmente Tobey Maguire, que aunque tiene un papel que invita a una gran caracterización, consigue que en algunos momentos su interpretación se vuelva realmente tenebrosa; sin contar los estallidos del final, que seguramente constituyan la explosión actoral más impresionante del año. Lo cierto es que de no ser por los excesos de la música, las irrupciones a destiempo de la voz en off y el abuso descarado de las nenas, Hermanos podría ser una película más o menos correcta, entretenida y con algunas zonas oscuras interesantes.