Gorri

Crítica de Horacio Bernades - Página 12

El artista y el retrato inconcluso

Lejos de buscar una cristalización, llevar a cabo un detallado biopic o “explicar” las obras de Carlos Gorriarena, la película es una suma de situaciones que aporta datos pero también enigmas sobre la vida y la obra del notable artista plástico.

“Y justo a éste se le ocurre morirse...”, se quejan los artistas plásticos Daniel Santoro y Adolfo Nigro, el escritor Luis Gusmán y el crítico de arte Raúl Santana, sentados a la mesa del restorán El General, donde solían juntarse por las noches con Carlos Gorriarena, a charlar, comer y tomar. El quinto jinete los dejó en 2007, a los 81 años, y ellos ahora protestan entre risas por su ausencia. “Doy todos estos rodeos para no decir de una vez que Gorri ya no está”, confiesa a su turno Sylvia Vesco, viuda del pintor. Pero no se le cae ni una lágrima. Tal vez porque para el propio Gorriarena la lucha contra lo que él llamaba “el pietismo” era toda una bandera, en lugar de ceder al ejercicio fúnebre, en Gorri Carmen Guarini prefiere construir la figura del artista, del mismo modo en que el artista pintaba sus lienzos de grandes dimensiones: buscando su tema sin saber del todo cuál es, dónde está, en qué momento se termina. Al fin y al cabo era Gorri el que creía, siguiendo a Da Vinci, que “la obra no se concluye, se la abandona”.

Fallecido en 2007, si Gorri dejó una obra monumental no es sólo por su predilección por grandes tamaños, sino por la incontable cantidad y asombrosa variedad. De todo ello se ocupa Gorri, sin pretender “exponer” cuadros (salvo en una única ocasión, en que lo hace a pedido): a quien aspire a “conocer” la obra de Carlos Gorriarena le convendrá esperar una próxima muestra. El que quiera conocer un poco más a Gorriarena, en cambio, su ética y estética, hallará en Gorri un retrato como los que hacía el autor. Móvil, cambiante, “imperfecto”, con pinceladas bien evidentes. Fundamentalista de lo que da en llamarse “cine directo”, Guarini aborda su objeto como lo hizo antes con Jaime de Nevares (Jaime de Nevares, último viaje), las noticias policiales del diario Crónica (Tinta roja), la asociación H.I.J.O.S. (H.I.J.O.S., el alma en dos) o el rodaje de una película de Edgardo Cozarinsky (Meykinof).

Como en aquéllas, Guarini filma estrictamente lo que sucede en cada aquí y ahora. El resultado o película es, así, una suma de situaciones. De “aquís y ahoras”, si se prefiere. Sobre cada situación no se impone nada que no pertenezca a ella. Sin datos de contexto, explicaciones o “zócalos” identificatorios, Gorri está tan lejos de la exposición como del biopic. No se trata de “mostrar” o “enseñar” nada, sino de registrar lo real de modo tan fragmentario como suele presentarse. Gorri se organiza en base a varios ejes o bloques situacionales. Uno gira alrededor de una próxima exposición póstuma, curada por Santana en el Centro Cultural Recoleta. En ese bloque, Vesco, su hijo Gerónimo y alguna asistente catalogan material en el taller del artista y lo retiran de un gigantesco depósito de cuadros. “Agarrá ese coso”, dice Vesco, queriendo referirse a un caballete. “Ponelos de frente, que si no parece como si le estuvieras dando la espalda a Carlos”, la reconviene una amiga.

Una de las características más identificables del estilo Guarini es el predominio del instante por sobre lo general, lo fugaz antes que lo cristalizado, lo peculiar en vez de “lo representativo”. Notorio en el bloque al que por oposición a cierta romantizada “Mesa de los sueños” podría llamarse “La mesa de las realidades” (la de las cenas en El General, con su “parrilla al parquet”), ese enfoque contamina fragmentos en los que aparece el propio Gorriarena (cedidos por Jorge Coscia, que filmó un corto sobre él). “Se ve que no conozco tanto sobre vinos”, autoironiza Gorriarena, después de perder una apuesta sobre un Malbec presuntamente picado. Sin que se note demasiado por ese estilo semicasual, Gorri va hilando, sin embargo, toda una reflexión o cuestionamiento de lo que podría llamarse “arte comprometido”, tanto en la voz del protagonista como de varios de sus discípulos (sobre todo Germán Gárgano, ex preso político, liberado en diciembre del 82).

“Soy un pintor de carácter social que no cree que la pintura pueda resolver problemas sociales”, define Gorri, antes de contar una demoledora anécdota sobre la recepción del arte de denuncia, que el ecuatoriano Oswaldo Guayasamín experimentó en carne propia. Gorri como enigma: ¿Cuál era su exacta relación con la política, el peronismo en particular? ¿Fue por una suerte de warholismo criollo que pintó a Amalita, a Menem, a Stallone? ¿Cuál es el verdadero volumen de su obra, cuáles sus posibles etapas, formatos, estilos? Todos esos enigmas parecen materializarse en la inapresable expresión de su hijo Gerónimo, veinteañero al que la cámara de Guarini parece ver como signo de pregunta viviente. Preguntas son las que dispara Gorri, por su indeclinable voluntad de abrir temas, en lugar de cerrarlos. Tal vez por aquello de que no hay obra que no sea inconclusa.