Familia sumergida

Crítica de Carla Leonardi - Hacerse la crítica

Sus ojos son como los de las estatuas

y su voz que es lejana, serena y grave,

tiene la inflexión de otras voces queridas que han callado.

Paul Verlaine.

Una mujer juguetea detrás de las cortinas color ocre de una casa. Sale de allí y recorre distintas habitaciones: un cuarto, la cocina. Suena el timbre y es una vecina que viene a dejarle el juego de llaves de Rina y le habla a la mujer de lo especial que era y de cuánto la va a extrañar. Luego la mujer retira del living unas plantas que están medio marchitas.

Este es el prólogo de Familia Sumergida (2018), ópera prima de la directora argentina María Alché, quien es recordada como actriz por su participación en La niña santa (2004) de Lucrecia Martel. La directora ya nos sitúa así en el tema de su película: el duelo.

Marcela (Mercedes Morán) ha perdido a su hermana. Mientras debe enfrentar la difícil tarea de ir desarmando la casa de Rina, la vemos en su rol de esposa y madre de familia. Marcela tiene un esposo (Marcelo Subiotto) y tres hijos. Marcela ayuda a su hijo a elegir una camisa para un cumpleaños de 15 y a su hija a hacer una chocotorta para llevar a una despedida en una quinta. Todo recuerda a Rina, las imitaciones de ella que realiza su hijo, la fuente donde la hija hace la chocotorta, que pertenecía a Rina. El esposo de Marcela parte de viaje por trabajo justo en ese momento y ella se queda sola consolando a la hija que se ha peleado con el novio, despertando a su hijo para la clase de química que debe preparar durante el verano, y lidiando con el desperfecto del lavarropas. El living de la casa de Marcela lentamente se va poblando de plantas que fue trayendo de la casa de Rina.

En su texto “Duelo y melancolía”(1917) Freud define al duelo como la reacción frente a la pérdida de una persona amada. Freud lo considera un estado normal que se supera pasado cierto tiempo y por ello considera inoportuno y hasta dañino intervenir durante este período. El duelo es un proceso de elaboración de la pérdida que consistiría en la sobrecarga de los recuerdos correspondientes al muerto, para poco a poco ir desasiendo la libido ligada a esos recuerdos. La libido que antes estaba depositada en el objeto perdido, retornará al yo y culminado este trabajo, el sujeto en duelo quedará libre para investir nuevos objetos. Este proceso de duelo supone un primer momento de apego a los recuerdos pero es también la ocasión de una transformación. De allí que resulta interesante la escena en la que Marcela, en la soledad de la noche, vea en televisión cómo se produce la muda de la piel de una serpiente.

A Marcela se la ve triste y apesadumbrada por la pérdida de su hermana, lo cual la puesta en escena nos lo hace saber mediante su vestimenta de color azul y más explícitamente cuándo rompa en llanto mientras le toma la lección de geografía a su hijo. Inesperadamente se presenta en la casa Nacho (Esteban Bigliardi), el amigo de su hija a quien le organizaban la despedida en la quinta. Los libros de la biblioteca serán el punto de conexión, alegando Marcela que en la casa de su hermana hay muchos y que puede darle algunos si le interesa. La puesta en escena nuevamente nos anticipa el vinculo que se forjará entre estos dos personajes al vestirlos del mismo color: azul claro en la camisa y azul oscuro en el pantalón.

Otra cuestión que María Alché trabaja a partir del duelo de Marcela, que ahora es la mayor de esa familia, es la pregunta sobre qué es lo que queda y qué se transmite de aquellos que ya no están. Esta línea se abre en la escena donde Marcela se viste con el tapado y los anteojos de Rina, parada ante el espejo, mientras su hijo desde atrás la invoca imitando su movimiento de manos y su voz, en una suerte de performance teatral. Y también en la cesión de los libros de Rina a Nacho y en las plantas que Marcela trae a su hogar. La cuestión de la transmisión es la posibilidad de que el muerto siga estando vivo bajo la forma del recuerdo, pero también la ocasión de un modo de recordar que no nos deje pegados a la melancolía y que permita hacer propias las marcas que el muerto nos dejó, darles un uso particular que no lo deje como letra muerta, sino como generadora de nuevas posibilidades para los que quedan.

La perturbación emocional que implica el trabajo de duelo, esa pérdida de interés por el mundo exterior para enfrascarse en cada uno de los recuerdos del muerto y deshacer pieza por pieza la carga libidinal ligada a ellos, está muy bien lograda por la directora al emplear el recurso del fantástico y uso de lo onírico, poblando el hogar de Marcela con personas de otros tiempos, mientras vaya rememorando. El mundo interior cada vez irá ganando más espacio por sobre la realidad, creando una atmósfera de profunda extrañeza. Aquí es donde se hacen evidentes las influencias de la autora, que nos remiten tanto al cine de Lucrecia Martel como al de David Lynch.

El advenimiento de estas figuras del pasado nos irá perfilando a una Rina que, como dijera la vecina, era una mujer sumamente especial. Una mujer ligada a la bohemia de las artes, una mujer valiente que, en otra época, osó dejar a su esposo para vivir sus pasiones, esas que brillaban en todo su esplendor en esas tertulias que organizaba en el hogar.

Poco a poco se irá forjando una intimidad entre Marcela y Nacho. Él la ayudará a desarmar el departamento de Rina y la acompañará en un viaje para encontrar un viejo terreno que sus padres habían comprado antes de separarse, cuando las hermanas eran pequeñas. Recorrer las marcas dejadas por Rina y abandonarse a la naturaleza indómita que era ella, le permitirá a Marcela reconectarse con su ser de mujer. De allí que para cuando regrese del viaje, será el color rojo ligado a la pasión el que la identifique en su vestimenta.

Todo duelo inevitablemente conduce atrás en el tiempo y reaviva las pérdidas anteriores. Esto se hace evidente en la reunión familiar, donde irrumpen las tensiones entre Marcela y su medio-hermano (Diego Velázquez). Mientras que éste se afane por mantener un recuerdo idílico de la abuela, como madre y esposa dedicada, Marcela señala que tenía amantes y que era profundamente infeliz en la vida de familia, al punto de haber intentado suicidarse. Es el horror a lo femenino, a que una mujer ose pensarse por fuera de la idea de familia, lo que lleva al medio hermano a reiterar ante cada comentario de Marcela, que todas son suposiciones sobre personas que no están vivas para defenderse.

El duelo de Marcela por Rina se vuelve así la punta del iceberg que avizora los recuerdos, que hace salir a la luz aquello de esa familia que estaba sumergido: los rencores con el medio hermano; la infelicidad de una vida sacrificada a la familia; el horror a lo femenino; las incomprensiones del padre en el rol de proveedor con sus hijos, que vaga por la casa como una suerte de sombra, como un extraño que no los conoce. El delicado equilibrio familiar se habrá puesto en cuestión. Marcela se replanteará su lugar en la familia y no podrá sino abandonarse a la música, en un gesto que evoca a Rina, pero del cual puede apropiarse.

En Familia sumergida, María Alché muestra una madurez creativa interesante, que le abre un promisorio futuro en su carrera. La directora logra un retrato acertado de la experiencia subjetiva del duelo, y nos introduce en un universo maravilloso que se va tejiendo en la sutileza de los pequeños detalles: en los gestos, las miradas, las emociones y las distancias. De este modo consigue dotar a su opera prima de una singular fuerza poética dispuesta a resonar en el cuerpo de cada espectador.

Aquí puede leerse otra crítica de la misma película.

Familia sumergida (Argentina, 2018). Dirección: María Alché. Guion: María Alché. Fotografía : Hèlene Louvart. Montaje: Livia Serpa. Elenco: Mercedes Morán. Esteban Bigliardi, Marcelo Subiotto, Ia Arteta, Laila Martz, Federico Sack, Diego Velázquez. Duración: 91 minutos.