El legado del diablo

Crítica de Angel Faretta - A Sala Llena

SOMBRAS, NADA MÁS

Un film como éste intenta proseguir un experimento ya intentado con todo “éxito” muy poco antes por It. En lugar de un largometraje se trata de pegar sin ton ni son sucesivos cortometrajes de diez minutos, que no tienen un ardite que ver con el anterior. Para sumarle un final más que inesperado, traído de los pelos, que podría ser el de cualquier film y que podría intercambiarse con muchos otros.

En rigor estamos frente a unas novedades inquietantes. Un film de terror amnésico. Luego, un catálogo de lugares vueltos comunes y tomados al voleo de todos los films clásicos y semiclásicos de que se tengan memoria.

Al igual que ciertos escritores actuales de habla inglesa dedicados al horror y al terror, se trata de amontonar caprichosamente situaciones clásicas de todos los films de las últimas cuatro décadas y embutirlas en una máquina que funciona como una multicopiadora insaciable e ignara que vuelve a esas secuencias, situaciones y motivos, en los más socorridos ripios. Así levitaciones, cuerpos en diferentes grados de monstruosidad, sevicias de todo tipo, y sobre todo cansinos recorridos por pasillos interminables –éste supera a los de Chicho Ibañez Serrador en sus Historias para no dormir-, que no conducen a nada. Ruidos de todo tipo. Luces estrambóticas y sobre todo actores -aquí más que nada la actriz protagonista- entregada a una suerte de camelo estrepitoso que parece gritar y enervarse y crisparse hasta el retorcimiento, seguramente por desesperación de no saber siquiera qué cuernos está haciendo allí. Por cierto, la cara del ya muy sufrido Gabriel Byrne lo dice todo.

Demonios, posesiones, brujerías, dotes paranormales, cultos abominables, son temas que la imaginación fantástica lleva en su propia razón de ser. Pero ya no se trata, como hemos dicho aquí en otra oportunidad, de volver inflacionarios los motivos y situaciones. No. Faltaba un paso más. Se trata de amontonar situaciones tópicas para convertirlas en estúpidas.

No es que falte puesta en escena. No hay puesta de ningún tipo. Más bien una apuesta a que el espectador sea sobresaltado por situaciones repelentes, pero que no tengan correlato objetivo alguno. No solo correlato, sino que carezcan del más mínimo atisbo de relato.

Aquí más que fuera de campo hay campo abierto. Un desierto imaginativo intentado malamente disimular con espejismos de la peor factura.

Restaría para otra oportunidad -si Dios nos asiste-, ensayar sobre este peligroso sistema de amnesia programada. Aquí ya no se trata de propaganda subliminal ni de Brainwashing. Se trata de que nada tenga sentido más allá de la inmediatez. Es como una suerte de tren fantasma que circula repetidamente a través de la misma ringlera de fantochadas, y donde expresiones tan peliagudas, arcaicas y delicadas como el miedo y el terror, sean más que nada electroshocks en la conciencia del espectador para probar cuánto es capaz de olvidar cada diez minutos, o menos, para retomar la historia de cualquier manera.

Es como si el film fuera contado ya no por “un idiota lleno de sonido y de furia, y que no significa nada”, al decir de Macbeth; sino por un tartamudo que fuera también amnésico. Desde luego tampoco significa nada.