El hijo de Dios

Crítica de Ayelén Turzi - La cuarta pared

Desde el primer momento tuvimos muchísima fe en esta producción nacional. Es menester que haya mas películas de fútbol argentinas. El Hijo de Dios dejaba ver en sus avances que además vincularía el deporte más popular con la mitología bíblica, en clave western, con una fuerza visual muy particular. Después de recorrer festivales, el Jueves pasado desembarcó en salas comerciales para demostrarnos que teníamos toda la razón del mundo al bancarla.

El fútbol de habilidosos y dotados está desapareciendo. Los cazadores de talentos se llevan a los pibes de los pueblos cada vez más chicos. En Betania, un pueblo alejado, casi estancado en el tiempo, por orden del Comisario Pilatos (Agustín Repetto), no se puede jugar al fútbol. Una especie de caza de brujas se apodera de cuanta pelota aparezca dando vueltas y quienes se atreven a practicar el deporte son encarcelados y torturados, aunque hay personajes como María Magdalena (Marina Artigas) que arriesgan todo para apoyarlos.

Un Jueves Santo, Juan (Paulo Soria), Santiago (Juan Lo Sasso) y Tomás (Ignacio Ballone), parten de la ciudad para pasar un fin de semana largo de pesca y birra. En el camino, por inconvenientes mecánicos del auto, se cruzan con un misterioso joven llamado Jesús (Bruno Alcon) que los ayuda a seguir camino, hasta que paran en Betania a almorzar. Sin motivo alguno, todos terminan en un calabozo, con su libertad pendiente de otra arbitraria decisión de Pilatos: si logran vencer a su equipo en un partido de Fútbol 5, volverán a casa. Aceptan, completan el equipo con los también reos Pedro (Gerónimo Espeche) y Pablo Houseman (Martin Tchira). Alentados desde la celda vecina por Juan El Bautista (un acertadísma participación de Norberto "Ruso" Verea), salen a la cancha el Viernes Santo.

Lo más fuerte de la película, su esencia, es el universo del que parte: toma de la tradición futbolera la mística, la magia y sus vínculos con lo religioso; para confirmar esta unión basta con escuchar cualquier relato o crónica de un partido, independientemente en boca de quien esté. Las alusiones al credo están normalizadas, integradas al folclore. Y no solo eso, sino que el deporte rebalsa de mitos, como el de Bilardo y la virgen en el '86, determinados rótulos ("la mano de Dios", sin ir más lejos), y la presencia de figuras religiosas en imágenes o banderas entre el publico, sin mencionar tatuajes o el acto de persignarse de algunos jugadores al entrar al campo de juego. La relación existe, es fuerte y sólida. Lo que hacen entonces los directores Mariano Fernández y Gastón Girod es trasladar esta mística popular a un pueblo alejado, sin dar indicios precisos sobre la época o la ubicación, para despojar al contexto de cualquier vinculación con lo real que rompa la magia. Por algún motivo, las historias que suceden "en un lugar muy lejano, hace muchos años" nos intrigan más que las concretas, que pasaron en tal lado, tal día y a tal hora.

Tanto las locaciones como la utilería, además de cuidar determinadas formas y gamas de colores, reflejan esta preocupación porque Betania pueda ser universal y no se convierta en Chascomús, por citar un lugar real. Y esto resulta un gran acierto: cuando ves una peli nacional que se supone que pasa en un lugar ficticio, pero reconocés una plaza, una esquina, un bar, la magia se pincha. El Hijo de Dios te sumerge en un paraje nuevo que se sostiene sin fisuras.

Todo lo referente a fotografía y cámara está relacionado de manera directa con el género western: la composición de los encuadres, los colores (hay mínimo 10 planos que vas a querer que sean tu fondo de pantalla), los movimientos de cámara... hay un desarrollo de lenguaje, una intención emotiva, una búsqueda constante porque el espectador se involucre con estos personajes e hinche por ellos.

La segunda mitad de la película, que es el desarrollo del partido en sí, es emoción pura: por un lado, lo que pasa, cómo está planteado el desarrollo del partido en materia de resultados parciales; y por otro lado, cómo está contado. A lo acertado sobre el uso de la cámara que mencionábamos anteriormente, se suma un montaje que materializa un poco el tiempo mental de un espectador de fútbol: agilizándose por ejemplo cuando el rival ataca y estás mal parado, y haciéndose eterno en el recorrido de un disparo propio, en la incertidumbre de si la pelota va a entrar al arco o no. El uso de la banda sonora apoya intensamente la banda visual: ya sea por la introducción de un relator presente (Diego Della Sala) o por la música extradiegética, nunca pierde el foco en la importancia de la emoción.

El partido es, por lejos, lo mejor de la película. Usa todos los recursos existentes para que prácticamente grites los goles, te guste el fútbol o no. Porque si hay algo que tienen cine y fútbol en común, es la pasión: ya era hora que alguien tome el corazón del deporte y lo pueda exponer de manera tan acertada en la pantalla grande.

VEREDICTO: 9.0 - PARA LOS PIBES LA SELECCIÓN

El Hijo de Dios es una de las cintas nacionales con más corazón, huevo y garra del año. Un universo nuevo lleno de mística, contado con un lenguaje que apela de manera directa a la emotividad y poblado por personajes entrañables. Agitemos los trapos por más películas futboleras y menos comedias románticas.