El espejo de los otros

Crítica de Ayelén Turzi - La cuarta pared

La historia bien podría ser un mito urbano: un restaurante de una única mesa, oculto tras una pequeña puerta de calle graffiteada, completamente desapercibida. Pero, atravesándola, está Cenáculo: una especie de catedral gótica destruída, un montón de ruinas de fantasía (ya que aún no había llegado la "colonización" a nuestro territorio en la época auge de estas catedrales en Europa), restos de una inmensidad por los cuales parecen haber pasado más historias que las que el tiempo puede contar.

Es justamente esta pregnancia y exclusividad del lugar lo que le da un tinte tan particular, que hace que las personas que van allí, nunca regresen. Por algún motivo, la soledad, el clima, el silencio, sacan lo peor de cada uno. Y es inevitable que los comensales entren en crisis.

Conscientes de estas crisis, de estas rupturas de las apariencias de los clientes, Benito (Pepito Cibrián, de Un día en el Paraíso... y de este momento glorioso, claro) y su hermana Iris (Graciela Borges, de Viudas) se regocijan en sus propias miserias, viéndolas reflejadas en lo que sucede en cada cena a través de cámaras de seguridad con las que espían cada reunión.

La primer cena arranca bien arriba: dos hermanos (Mauricio Dayub, de La pelea de mi vida, y Luis Machín, de Necrofobia) con sus respectivas esposas (Carola Reyna, Betibú, y María Socas, Las Voces) comparten anécdotas frívolas y dejan entrever cuestiones relacionadas con comprarle a un tercer hermano su parte de un laboratorio recién heredado para dejarlo así afuera del negocio. Y cuando llega el hermano en cuestión, interpretado por Favio Posca (Apariencias), todos estallan: reproches sarcásticos, drogas, humor negro y un doloroso pero hilarante enfrentamiento familiar que no logra resolverse, sino que empeora.

Con un breve intermedio en el que se retoma la relación entre Benito e Iris, en el que vamos conociendo la dinámica y secretos guardados entre ambos hermanos (estructura que tomará la película en su totalidad), llega la segunda cita, la más dolorosa: es la primera vez que alguien regresa y así lo constata el Libro de Firmas, siendo el personaje de Oscar Martínez (Relatos Salvajes) quien ya había cenado ahí con su esposa en 1991. Ella (Julieta Díaz, Juan y Eva) llega más tarde, y es visiblemente más joven que él. La diferencia de edad es la primera sospecha de que este relato está sumido en lo sobrenatural. Y, como justamente este tramo no se enmarca dentro de una explicación racional, quedan muchos cabos sueltos, generando una reflexión mucho más profunda, quizás por su planteo metafísico o por su proximidad a temas tan universales como el amor y la muerte.

Con las emociones a flor de piel, asistimos a un tercer encuentro: estrafalario, artificial, y en un punto falso, éste se da entre Alfredo Casero (Cha-Cha-Chá) y Leticia Brédice (Nueve Reinas). A Iris le genera una gran indignación que estas dos personas se sienten a su mesa. No son dignos, dice. Porque, al principio, son pura apariencia, y el que va a Cenáculo a aparentar nunca experimentará una catarsis real. Pero claro que el lugar logra desenmascararlos: el juego se termina, las propias máscaras que llevaban caen y se revela quiénes son, en un punto en el cual quizás ellos mismos tampoco se conocían.

A esta altura la película nos sumerge en un clima general de desesperanza, ya que en cada cena surge lo real de cada persona y esta realidad parece ser horrible. Aunque en la última cena el director Marcos Carnevale (Corazón de León, Viudas, Anita) nos deja ir con un mensaje esperanzador: tres viejas amigas, dos de ellas amantes por un largo tiempo (Norma Aleandro, La Historia Oficial, y Marilina Ross, La Raulito), y la tercera (Ana María Piccio, La Tregua), una cómplice luchadora que orquesta todo para que puedan despedirse, porque la enfermedad del personaje de Aleandro empeora día a día. Y más allá del cierre general que viene después, este segmento es lo suficientemente emotivo como para salir del cine con el corazón contento y los ojos llorosos.

Si comparamos cada encuentro, a mi juicio el más flojo de todos es el de Casero-Brédice: no logró atraparme como sí hicieron otros; pero, a su vez, esta pequeña distracción sirvió para recibir más atenta el segmento final. ¿Mi favorito? Sí, el de Favio Posca.

La película es en cierto punto muy teatral: una mesa, iluminación puntual sobre los personajes, músicos en vivo en una pequeña tarima; el entorno podría desarrollarse tranquilamente en un escenario en vivo. Y porque, aparte de los movimientos de cámara utilizados para dar cuenta de la magnitud del lugar, no hay artificios técnicos en la puesta. La elección del director de mostrar las cenas recurriendo a la vieja pretensión de invisibilidad del cine clásico es acertadísima en relación al énfasis que se pone en las actuaciones. Es una historia de personas, de sentimientos, de contradicciones, de humanidad y las grandes actuaciones imprimen una personalidad y una verosimilitud por sobre la media de lo que vemos habitualmente.

VEREDICTO: 8.0 - GRATA SORPRESA

Debo confesar que fui al cine vaticinando aburrimiento pero me equivoqué. De hecho, había pensado varios chistes para esta review, como llamarla "El embole de los otros", pero no hay lugar en absoluto para ello. Cada situación vista en El Espejo de los Otros sabe generar su propia tensión apoyándose en lo que no se dice hasta que todos explotan, y eso que nunca debería haberse dicho, sale a la luz. Bien hecho, Carnevale: brindemos por más Espejos y menos Corazones de León.