Dumbo

Crítica de Elian Aguilar - Cultura Geek&Pop

Disney sigue apostando por adaptar sus éxitos animados a películas live action. Lo hizo con Alicia en el país de las maravillas (dirigida por Tim Burton), con La Cenicienta, El Libro de La Selva y La Bella y la Bestia. ¿La fórmula? Agarrar la película animada original y adaptarla con mucho CGI y actores de carne y hueso. En este grupo también entrarían películas como Maléfica (adaptando a la villana de La Bella Durmiente), Alicia a través del espejo (la continuación del mito de Alicia) y Christopher Robin (una tierna historia en el universo de Winnie The Pooh).

Las adaptaciones demostraron que económicamente son viables, y que a la vez recuperan historias para nuevas generaciones, dándole un guiño de ojo a les padres-madres / tíes / abueles para que lleven a sus niñates a vivir por primera vez historias que amaban mirar en tele o en los viejos VHS.

En el caso de las adaptaciones de El Libro de la Selva, Cenicienta y La Bella y la Bestia, se buscó replicar casi plano a plano (algo similar a lo que viene con El Rey León) la historia original, aderezando de nostalgia el plato cinematográfico, pero de alguna manera no ayudando a la sorpresa. Esta bien, es una buena milanesa con papa fritas… ¿pero si tenemos ganas de probar cosas nuevas?

El de El Gran Pez, pero matizado por Disney y sin Johnny Depp
Dumbo es un poco diferente. Nacida en el seno de un país entrando a una guerra (la película se estrenó muy cerca del ataque a Pearl Harbor), también respiraba aires de una guerra interna dentro de Disney, que buscaba recuperar algo de dinero luego del fracaso de Fantasía. Con un poco más de una hora de duración y repeticiones animadas de otras películas, buscaba ser el bálsamo que posibilite el resurgimiento en taquilla de la productora.

Fue Disney siendo independiente, robando recursos para ahorrar donde se pueda.

Y lo lograron.

La historia de un elefante que nació dentro de un circo y que sufría bullying por parte de sus iguales (un grupo de viejas elefantas conchetas de Barrio Norte) y era acompañado / ayudado por un ratón (gran acierto, desapareciendo esa idea que los elefantes temen a los roedores), que demostraba ser especial al poder volar, y ayudaba a salvar a todos, se convirtió automáticamente en un clásico. Disfrutado incluso por los más grandes, gracias a esas escenas lisérgicas para mirar de pepa.

La nueva versión tiene muchísimo más material, y mantiene un halo de fantasía y magia a pesar de terrenalizar más la historia. No hay elefantas conchetas de Barrio Norte, ni un ratón charlatán. Pero hay personajes humanos interesantes (lo de Danny DeVito es de otro planeta) y la emoción a flor de piel.

Tim Burton (en la silla de director) maneja bien el juego entre sus pasiones (ya casi repeticiones) y el manual de estilo de Disney, ofreciendo una historia prima hermana de El Gran Pez en su humanidad y con una preciosura técnica que te ayuda a creer realmente que un elefante puede volar.

Todo cambia para seguir igual
La historia mantiene su estructura: el elefante se queda solo luego que su madre ataca a una persona indeseable, la gente del circo descubre que puede volar, aunque Dumbo no se cree capaz de hacerlo. Pero se suman historias secundarias que van sumándole al relato: la historia de la familia desmoronada de Collin “el manco” Farrell y sus hijos ante la falta de la figura materna, la tristeza de Eva Green por ser una figura “florero” a pesar de su talento, y el adonis de la sobre actuación, el gran Michael Keaton demostrando el poderío de Disney y contando un paralelo donde siendo dueño adinerado puede comprar empresas gigantescas por un solo espectáculo dejando el resto en la calle (¿alguien ve lo mismo que yo?).

Un experimento que da sus frutos y genera esperanza por los proyectos por venir. Ya que todes estamos emocionades por lo que viene (SIIIIMMMMBAAAA), pero podemos disfrutar reversiones de los clásicos sin imitarlas al pie de la letra y manteniendo la emoción al prenderse las luces de la sala. Esa emoción primitiva que forma un nudo en la garganta cuando estamos saliendo del cine. Esa misma que nos hace creer que un elefante puede volar.