Dredd

Crítica de Iván Ramiro - EscribiendoCine

La Ley

La Ciencia Ficción es, definitivamente, un género inestable. Y cuando parece desfallecer lánguidamente emergen piezas como Dredd (Dredd 3D, 2012) y en sentido contrario arremeten contra sus hermanas indecorosas en un hermoso acto destructivo y fundacional al mismo tiempo.

Futuro cercano. La región previamente ocupada por Estados Unidos se convierte, gracias a la radiación, en un páramo inhabitable con una enorme ciudad que todavía resiste: Mega City One. Quienes se encargan de preservar el orden en esta ciudad corrupta son los denominados jueces, que al mismo tiempo son jurados y verdugos de todos los infractores. El estándar de todos ellos es Joseph Dredd (un Karl Urban admirable), quien patrullando las calles recibirá un llamado convocándolo a Peach Trees, un edificio residencial gigante bajo el control de la criminal más despiadada: Ma-Ma (Lena Headey).

Sobre el Juez Dredd existen, incluyendo a esta, dos adaptaciones cinematográficas. La primera es de 1995 y es mala. No nefasta como los fanáticos empedernidos propugnaron. Simplemente mala. Narrativamente precaria, mutilada e inconclusa. Con una ambientación que constaba de un ensamblaje insulso con distintos artilugios de otras películas de ciencia ficción futurista. Como el juez, Sylvester Stallone en la peor interpretación de su carrera. Con un nivel absurdo de teatralidad e impostación. Un autómata vacuo y contradictorio con un código moral ambiguo y carente de cohesión.

Dredd es una película diferente. Esgrime incansablemente la antítesis en diversos aspectos. Si bien diferenciarse de su predecesora en una industria de fórmulas preestablecidas que priorizan a lo comercialmente redituable es un mérito por sí mismo, ir radicalmente en contra es una manifestación de firmeza y osadía. La escena inicial, con una voz en off facilitando una introducción a la historia, es muy similar a la empleada en el film anterior. Detalle desalentador que casi inmediatamente se ve ensombrecido por la incandescente brutalidad que emana su contexto durante todo el transcurso del argumento. Indiscriminadamente y sin ningún tipo de reparos.

Dredd es ultra violenta. Es la adaptación de un comic más explícita jamás realizada. Atacar contra este aspecto es inútil. Primero porque está maravillosamente elaborado. Segundo porque es simbólico. En un mundo cruel y deshumanizado la agresión se mecaniza y se abre paso para insertarse calamitosamente en el seno de lo cotidiano. En consecuencia y con el objetivo de contrarrestar esa naturaleza atroz y lacerante emerge Dredd para propagar su propio sentido de justicia. Yo soy la ley, afirma de manera recurrente y es en esa declaración taxativa en donde se concentra toda la vehemencia de su personalidad. Dredd, en su inalterable repartición de justicia, es impávido, letal e inescrupuloso. La violencia intrínseca en sus métodos es un fenómeno necesario de adaptación y el estoicismo con el cual imparte su jurisprudencia es únicamente un reflejo de sus convicciones.

Por momentos Dredd logra la atmósfera absorbente de Blade Runner (1982), el ritmo de Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979) para luego, súbitamente y sin tiempo para digerir la transición, adoptar la belleza onírica de Brasil (Brazil, 1985). Es tan ponderable en su totalidad como en la suma de sus partes. Es, fundamentalmente, una paliza a los sentidos.