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Imagen de la película Cuando los chanchos vuelen
Cuando los chanchos vuelen
  • Cantidad de críticas: 34
  • Críticas favorables: 25/34 (74%)
  • Críticas desfavorables: 9/34 (26%)
  • Desviación: 16%
  • Puntaje IMDb: 7.0/10
  • Puntaje RottenTomatoes: N/A
  • Puntaje Metacritic: N/A
  • Nombre original: Le cochon de Gaza
  • Director: Sylvain Estibal
  • Países de origen: Francia, Alemania, Bélgica
  • Clasificación: Apta todo público
  • Fecha de estreno: 23/08/2012
  • Distribuidora: Distribution Company
Después de una tormenta en el mar a Jaafar, un pescador palestino pobre, lo ha perdido todo, solo le queda un cerdo barrigón. Tratara de vender la impura bestia para empezar una nueva vida, pero intentar sacar provecho de un cerdo en Gaza no es la tarea más fácil del mundo.
  • Iván Steinhardt
    Iván Steinhardt
    A Sala Llena
    Hablando del absurdo, la película Cuando los chanchos Vuelen de Sylvain Estibal propone una historia que parte de una negación en común entre judíos y palestinos (un cerdo que aparece en circunstancias poco ortodoxas) y que va proponiendo un mensaje de paz estableciendo en el animal prohibido para ambas religiones como el nexo que termina uniéndolos...
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  • Teresa Gatto
    Teresa Gatto
    Puesta en escena
    En el marco de Les Avant-Premières 2012 se exhibió el film de Sylvain Estibal que propone una novedosa forma de mirar la difícil convivencia entre judíos y palestinos.
    por Teresa Gatto

    Luego de un chubasco importante en el mar, Jaafar, un pescador palestino sumamente humilde, que ha perdido lo poco que poseía y no tiene nada más que perder encuentra cerdo. Ironía si las hay, porque estamos en la Franja de Gaza y ninguna de las dos culturas ni la Judea ni la Palestina consumen carne de cerdo. El único modo de sacar provecho del pobre animal es colocarlo a la venta pero ¿quién querría comprar un cerdo en esa zona del mundo?

    Lo interesante del film de Sylvan Estibal es la construcción de un nuevo código que a la postre se convierte en un enunciado que preanuncia que la paz es una posibilidad en ese lugar del mundo dónde en muchos días la vida no vale nada.

    Situaciones que rozan el absurdo, un buen montaje y una banda sonora en la que interviene el grupo Argentino Aqualactica, instalan desde esa perspectiva paradójica, un nuevo modo ver una metralla, el comercio tras los muros que dividen las colonias y un montaje en el que su protagonista con el cuerpo lleno de explosivos (situación absolutamente trágica en la realidad) trata de encontrar los atajos posibles para vender al cerdito inocente y prohibido dogmáticamente pero que conforma una esperanza y una vía de comunicación entre pueblos que viven en una situación diametralmente opuesta y que a la postre, no son finalmente quienes deciden darle el sí a la guerra. O lo que es peor, las disidencias terminarán cuando los chanchos vuelen.
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  • Fernando Alvarez
    Disparatada mirada sobre la paz

    Una bienvenida comedia que parte de una premisa absurda y se va convirtiendo con el correr de los minutos en una sátira pólitica entretenida e inteligente.

    La acción de Cuando los chanchos vuelen se ambienta en la Franja de Gaza, zona de conflictos si los hay, donde el pescador palestino Jaafar hace lo imposible para sobrevivir. Ante la falta de trabajo y los reclamos constantes de su mujer que necesita dinero para el hogar, el mundo del protagonista cambia radicalmente cuando encuentra entre sus redes a un cerdo. Sí, a un chancho, animal prohibido para los judíos y los palestinos. Jaafar tiene la idea de venderlo pero su plan se transforma en una verdadera pesadilla cargada de situaciones disparatadas y obstáculos cuando se ve obligado a ocultar al animal.

    El film de Sylvain Estibal, una coproducción entre Bélgica, Francia y Alemania, logra una buena pintura de personajes y la despeseración es la que atraviesa el relato en medio de una trama que se mueve entre soldados, camuflajes, intentos por deshacerse de la presa y la necesidad por la supervivencia.

    Después del planteo inicial, el tono del film se pone más serio, aunque nunca deja de divertir, para instalar el tema de los enfrentamientos constantes, el comercio que se da entre las colonias enemigas y separadas por un alambrado, y "el servicio" especial del que Jafaar saca provecho para ofrecerlo a una joven de los campos rivales.

    Cuando los chanchos vuelen construye una sátira política en favor de la paz entre los pueblos y, paradójicamente, lo hace a partir de un animal prohibido para ambas culturas que finalmente sirve de vínculo para mitigar tantas peleas religiosas.

    El film tampoco se ahorra terroristas que le colocan a Jaafar un saco de explosivos, una casa alterada por la presencia del chancho (disfrazado de oveja) y soldados que matan el tiempo mirando (y sufiendo) telenovelas brasileñas que tienen éxito en un lugar de extrema pobreza.
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  • Tomás Maito
    Tomás Maito
    A Sala Llena
    Entretenido manifiesto antibélico

    La ocupación de las Tierras Palestinas por parte de Israel es uno de los temas más conflictivos de las últimas décadas. La convivencia entre ambos pueblos expone una constante crisis, de las tantas que tiene el mundo en la actualidad.
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  • Julio Nakamurakare
    Julio Nakamurakare
    Buenos Aires Herald
    Let there be pigs between them

    Jews and Palestinians are confronted in absurd situations in Le cochon de Gaza

    Think Middle East and the words uprising, armed conflict, or at least political tension come to mind. Is it possible or is it just a utopian dream to pick up a newspaper and find that there’s peace instead of conflagration, or to watch the news on TV and come across smiling faces instead of stern talking heads spilling out the day’s bad news?
    Common sense would say it’s just an impossible dream. French director Sylvain Estibal may have thought otherwise when he first devised and then wrote a film script deeply rooted in reality — in the disputed Gaza Strip. He took at a good look at the situation there and maybe he decided it was meaty material for a comedy. Estibal made all of this and much, much more, letting his imagination fly (literally) to script and direct an absurdly hilarious and entertaining film like Le cochon de Gaza (When Pigs Have Wings).

    Across the divide between Jews and Palestinians there are, apparently, hordes of reasons (on each side) to hate and blame one another for the never-ending unrest in the region, for the deadly bombings and armed attacks are deeply and inextricably ingrained in their daily lives.
    Delusional as his idea may have seemed at first, Estibal came up with this idea of concentrating his story on the one thing that unites Jews and Palestinians: their abhorrence of pigs as impure creatures. Both religions prohibit and punish not only the digestion but just mere contact with swine. Pigs, then, are one of the few (or many) things both peoples have in common. And a pig (an endearing one) is at the centre of an utterly comic dispute between Jews and Palestinians in Le cochon de Gaza.
    It’s highly unlikely but not impossible: after a storm cleans out the fishing area on the Palestine side, an impoverished fisherman, Jafaar (Sasson Gabai), nets only a couple of small fish not worth looking at. Back home, his wife, Fatima (Baya Belal), waits for a big catch — to put on the table and to help pay off their mounting debts. Jafaar is on the brink of humiliation. The following day is exactly like the day before: no fish on his net, but a heavy load not easy to identify: a pig.
    The rationale in the film goes that the pig may have slipped from a Vietnamese cargo ship or fishing vessel and miraculously survived the fall, only to be caught in Jafaar’s net. If a biblical twist is needed for this unthinkable event, Jafaar is not able to find it. He only knows that religion forbids contact with the animal, preventing him from touching it and throwing it back to the sea.
    Determined to get rid of the unsightly beast, Jafaar tries at first to sell it (secretly) for a profit, but there are no takers on either side of the Gaza strip. Man meets pig, tries to hide it, must go through a series of misadventures to conceal the fact that he’s in possession of a devilishly impure beast. This is the basic storyline of Estibal’s Le cochon de Gaza, a most ingenuous movie that defies the limits of credibility by interspersing feasible occurrences with completely unrealistic events.
    Most performers agree that comedy is much, much harder than drama. Comedians who face an unpredictable audience know this very well: the same trick or joke may work wonders with some, and the next day the same prank may prove utterly disappointing.
    Estibal’s Le Cochon de Gaza is unlikely to go the fate of staged productions. Although no such thing as infallibility exists, Le cochon de Gaza is so seamlessly put together and acted against such a tragic background as the Gaza strip that it becomes a most suitable territory for humour.
    The same streak of imagination may have been running through the minds of Estibal and other filmmakers, such as Argentina’s Alejandro Borensztein, who last year pulled one off (an extraordinary one, at that) with that small gem of a comedy titled Un cuento chino. As a mere reminder, the action in Un Cuento chino is set off by the completely unexpected and improbable event of a cow falling off a passing plane and landing on a boat where a couple of Chinese lovers are making out.
    Action in Le cochon de Gaza too moves forward after an implausible event, but suspension of disbelief is all it takes to enjoy this delicious comedy about a man who, unknown to him, exposes the absurd stance of both sides in the conflict between the Jewish and the Palestine.
    A detestable, ignominious, unruly beast like a cochon cannot be easily persuaded to walk off. If you do succeed, though, where’s the animal going to step on? On forbidden territory as well. Kick the ball to the other side, and it’ll come bouncing back, the acid humour in Le cochon de Gaza seems to be telling us.
    Although the humour in Le cochon... may at first seem full of commonplaces, it’s the way Estibal stitches the narrative that gives the whole a good amount of porcine effectiveness.
    The struggle for power and territorial expansion are always there, but when a cochon steps in among horrified Jews and Palestinians you cannot but laugh your heart out. It’s not that a pig is intrinsically comic, it’s us humans who are comically absurd in our fundamentalist view of unquestionable dogmas. Call it faith, call it religious devotion, but when things get out of hand there’s not much you can do but laugh.
    And if you happen to be an animal rights activist, fret not: Le cochon de Gaza does not mistreat the animal in question in any way, nor does it poke fun at or question its eating and hygiene habits. Once again, it’s us humans who are ridiculed in this extremely funny (and at times thought-provoking) Cochon de Gaza.
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  • Rodolfo Weisskirch
    Rodolfo Weisskirch
    A Sala Llena
    Actitud Conciliatoria

    Es muy fácil tomar una posición de intermediario cuando uno no pertenece a ningún bando en una disputa.

    Muchas veces, un director se siente atraído por cumplir el rol de pacifista y conciliador en conflictos internacionales que no se relacionan directamente con su propia nacionalidad.

    ¿Cuántas veces hemos visto a directores extranjeros venir a filmar historias de desaparecidos a la Argentina? La mayoría vienen con las mejores intenciones pero terminan por confundir los hechos, cometer errores históricos y banalizar el conflicto.

    En Hollywood, este tema no solamente toma una actitud patética, sino también xenofóbica, torpe e inepta.

    A pesar de los bienintencionados motivos que haya tenido Sylvain Estival al querer mediar en el conflicto entre palestinos e israelíes en la Franja de Gaza, lo que comienza como una metáfora inteligente acerca de las diferencias y similitudes culturales entre ambos territorios se termina convirtiendo en una obra excesivamente inverosímil, que juega con un humor absurdo, satirizando situaciones demasiado serias y, encima, sin definir un tono, una posición.

    Otras obras como La Vida es Bella de Benigni o El Tren de la Vida de Mihaileainu han hecho sátiras del Holocausto que provocaron numerosas críticas, pero que al final mostraban que, a pesar del juego y el humor, hay ciertas cosas que no se pueden banalizar. Pero Estival es más optimista y además retrata un conflicto contemporáneo.

    Uno puede fantasear con un final ideal y mágico como el que propone el director francés, pero llegar al punto de burlarse de los terroristas que se inmolan en nombre de la religión es jugar en una línea que insulta al verosímil y a la inteligencia del espectador. Verosímil que quiere generar -por lo menos- en la primera mitad del metraje.

    Porque hasta la hora diez de metraje el relato tiene coherencia, la narración fluye y el punto de vista es simpático. Como para judíos y musulmanes el cerdo es un animal pecaminoso, la metáfora sirve para demostrar que un muro no puede dividir a dos grupos de seres humanos que piensan igual y que tienen similares propósitos y costumbres. Este tema, además, ya lo exploró con mayor honestidad y sutileza Elia Suleiman en Intervención Divina y El Tiempo que Queda.

    Aun cuando por momentos se pone grotesca y un poco delirante en su tono, la excelente interpretación de su protagonista -Sasson Gabai- posibilita que simpaticemos con su patetismo, nos encariñemos, nos pongamos de su lado. En cambio, Estival apunta contra los soldados y líderes fundamentalistas, su crítica y alegato. Es una película que se opone a las normas religiosas, los prejuicios, los dogmas, pero sin explicar o al menos justificar el punto de vista de los protagonistas. El cuento está obviamente calculado para la sociedad occidental de “libre pensamiento”.

    Pero ¿cómo lo vería el protagonista? ¿Por qué subestimarlo? Sin llegar al extremo de la “pornografía de la miseria” (no me gusta el término pero es aplicable para el caso) de ¿Quién quiere ser Millonario? -en la que, además, la estética y la violencia gráfica no hacían más que enfatizar el conflicto desde ojos británicos exhortando cualquier tipo de culpa-, Estival quiere crear la paz llevando las situaciones al ridículo pero sin la sutileza que tenía en la primera mitad del relato.

    En este caso, no alcanza con tener buenas intenciones y excelentes intérpretes. De hecho, siguiendo la misma línea temática, El Paraíso Ahora de Harry Abu Assad es más inteligente, profunda, irónica y efectiva en términos críticos. En ella se mostraba el fundamentalismo pero desde el punto de vista interno y con verosimilitud. Esto provocaba que la tensión cinematográfica que se transmitía contagiara al espectador.

    Estival es transparente en su narración, discursivo, obvio y se le desborda el relato con el conflicto que desea evitar al principio y que, después, expone a gran escala. Más allá de eso, tampoco se puede hablar de un estilo visual atractivo que justifique el tono “liviano”, “soñador”, “fantasioso“. No hay poesía ni lirismo mediante. Tampoco se da pie a una discusión. En El Último Día de Danis Tanovic, al menos, el intenso final daba lugar a una mínima reflexión; acá se pretende generar humor y empatía apelando al cariño por los personajes, enfatizando el tono lúdico en forma forzosa, siguiendo el patrón de realismo mágico que Kusturica aplicó a sus últimas obras de ficción, pero sin la estilización ni la potencia visual del realizador yugoslavo. Esta vuelta de tuerca con pretensiones metafóricas termina por confundir la narración y provocar un efecto demagógico.

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  • Marcelo Cafferata
    Marcelo Cafferata
    Revoleando Butacas
    El chancho que el mar me trajo

    Jafaar (otranotable actuación de Sasson Gabai, a quien ya vimos en "La visita de la Banda") es un pescador palestino que vive en la zona de Gaza.

    Humilde, su único ingreso es su modesto trabajo, atravesando un momento económico completamente endeble, casi lindante con la absoluta pobreza. Día a día trata de rescatar de su red, algún que otro pez que aparezca entre muchísima basura, zapatillas usadas y objetos varios como latas y botellas de plástico.

    Un buen día, algo quiebra completamente su rutina: ya no hay ni zapatillas gastadas, ni basura, ni algas, ni siquiera pescados: hay un chancho atrapado en su red.

    Además de sorprendente, el hallazgo es sumamente problemático teniendo en cuenta que el cerdo es un animal impuro para su cultura y que en caso de que las autoridades lo descubran, le podría traer enormes problemas.


    "Cuando los chanchos vuelen" divide su narración en dos momentos bien marcados.
    Tiene toda una primer parte en donde el tono de comedia y hasta algunos gags delirantes que plantean el vínculo entre Jafaar y el chanchito -y sobre todo en su necesidad imperiosa de esconderlo- funcionan y cumplen ampliamente con el objetivo de entretener sin perder de vista el mensaje.

    Es así como la figura del chancho, aparece como algo (lo único?) que hay en común entre los dos pueblos. Tanto para el Islam como también para la religión judía, el chancho es un animal "prohibido" y tan así es que ni siquiera aceptan que las patas toquen el suelo/el territorio.

    Pero promediando el film, la sátira política comienza a presentarse en forma más contundente borrando un poco las sonrisas que habían aparecido en la primera parte.

    La tirantez y el antagonismo entre ambos pueblos es la que aporta un giro en el tono de narración y estas relaciones entre israelíes y palestinos, que sólo se habían sido delineadas al mostrar algunos elementos en la primera parte -los soldados en la terraza de la casa de Jafaar, por ejemplo-, ya se establecen como tema principal en la segunda mitad.

    Obviamente, el tema es sumamente interesante y más aún la posibilidad de plantearlo como una parábola del fuerte conflicto político en el que los pueblos se encuentran inmersos desde hace largo tiempo.

    Soldados israelíes, fundamentalistas islámicos y hermanos palestinos se entremezclan para dar lugar a una simpática fábula: en ciertos aspectos y siempre y cuando no olvide el registro de comedia, la película funciona.

    También es interesante la forma en que muestra la modificación de los vínculos de Jafaar a partir de la llegada del cerdo: el ocultamiento a su esposa, lo que intentará explicarle a su mejor amigo y sobre todo el inicio de una "relación comercial" con una campesina israelí que cría cerdos -si, sobre una tarima, para que no contaminar el suelo con un animal impuro!- a la que le interesará que de alguna forma Jaffaar le brinde lo que ella necesita para que sus hembras queden preñadas (generando las situaciones más divertidas y delirantes del film).

    Sylvain Estibal en su debut como director, parece manejarse más comodamente en los tramos de comedia con situaciones realmente graciosas e inteligentes. Pero la forma en que elige desplegar el planteo más serio del conflicto político en la segunda mitad, suena con una tendencia muy marcada a "bajar línea" y sentar bases de paz en medio del conflicto.

    Sin lograr sostener el mismo tono de humor del arranque, la película pierde en cierto modo el tono de fábula y se torna demasiado pretenciosa, solemnizando demasiado a los personajes.

    Si bien aún en el tono de comedia, el guión no dejaba de lado el conflicto político, la dirección de Sylvain Estibal y su guión, se adentran en un registro moralizador con una imágen ideal y alejada de la mirada crítica, con un tono pacifista y hasta de "falso lirismo" que no le sienta demasiado bien.

    Correcta en los rubros técnicos, con muy buenas actuaciones y con una vuelta de tuerca diferente a las películas que hablan de este conflicto político, "Cuando los chanchos vuelen" es una interesante comedia que sólo en su tramo final le pone trazo grueso a sus pretenciones metafóricas y pierde vuelo y orientación. Sin embargo, no deja de ser un film interesante dentro de la corproducciones francesas de este año.
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  • Santiago Balestra
    Un conflicto promisorio aplastado a mitad de camino por querer dejar demasiado en claro su tema.







    Es un llamado difícil el de escribir una crítica objetiva sobre una película que transcurre en un conflicto tan golpeado como el de Israel y Palestina. Más aun cuando la crítica en cuestión no es laudatoria. Pero por otra parte, no le estamos haciendo un favor a nadie otorgando un elogio carente de sinceridad.

    El Pescador

    A nivel guion, la película, aun a pesar de ser muy autóctona, tenía un conflicto que prometía y hasta enganchaba al espectador que habitualmente no pondría ni dos pesos en películas de esta naturaleza: Un pescador, que no tiene una buena racha, pesca un día un chancho. El tipo es Islamista y vive en Israel, y ambas culturas no ven con buenos ojos a los chanchos. Desde entonces el tipo se mete en algunas situaciones desopilantes, solo algunas, para sacarse al chancho de encima. Cuando la película llega a la mitad, la narrativa se empieza a desgastar, principalmente porque a partir de ahí la película empieza a ceder bajo el peso de su tema (la intolerancia entre los dos pueblos) y la presión es tal que para el tercer acto, las patas en las que se sostiene la estructura narrativa se parten como escarbadientes.

    Lo que hace que se partan esas patas es el hecho de que para cuando llegan a ese tercer acto es que se olvidan completamente del conflicto que puso en marcha toda esta historia. No resuelven nada y donde debería haber una resolución satisfactoria, nos dan un testimonio sobre como ambos pueblos que tienen tanto en común (representado en el repudio a los chanchos) todavía se siguen matando y peleando cuando deberían respetar sus diferencias. Cosa que me podría enterar por los diarios o los noticieros, no por una película. El que sepa de la historia de estos pueblos, si me equivoco por favor que me corrija; les dije que era difícil.

    La Chancha y los Veinte

    La técnica está bien, nada del otro mundo, puestas sencillas y bien iluminadas yuxtapuestas de forma coherente en un adecuado montaje. A nivel actuación la película descansa en los hombros de Sasson Gabai, el actor que da vida a este pescador que no conforme con tener un negocio que no rinde, ve su dignidad y su vida en riesgo en todo momento desde que este chancho inexplicablemente entra en su vida. Sus gestos y expresiones hace acordar a una cruza entre Charles Chaplin y Roberto Benigni. Si la película es rescatable por algo, es por la interpretación de este señor. Nada más.

    Conclusión:

    La película entrega algunas risas, pero cuando su subtexto se convierte en una notoria bajada de línea adquiere ribetes soporíferos. Recomendable solamente para los incondicionales de este particular tipo de cine.
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  • Gabriela Avaltroni
    Gabriela Avaltroni
    Función Agotada
    El chancho de los huevos de oro

    Si la paloma es el símbolo de la paz y el chancho es un animal terrestre, no espere eso de esta película.

    Si analizamos esta comedia absurda, Cuando los Chanchos Vuelen, bajo el filtro de la geopolítica la historia se presentaría así: Jafaar, el protagonista, es un pescador que tiene tanta mala suerte que un día su red le trae un chancho. Jafaar es un palestino humilde, vive en una casa humilde con su esposa y en su terraza hacen guardias dos soldados. Todo esto sucede porque vive en la Franja de Gaza. En esa Zona de Conflicto, existe una colonia de israelitas, por lo tanto judíos, que podrían ser considerados como los antagonistas de esta historia. Para las dos culturas el chancho se presenta como el conflicto ya que es considerado como un animal prohibido pero se vuelve un interés cuando Jafaar empieza a comercializar el semen del porcino.

    Hasta acá la historia es entretenida y llevadera gracias a la actuación del actor Sasson Gabai (La Visita de la Banda) y de todas las peripecias que tiene que realizar para: primero, tratar de aniquilar el chancho; segundo, intentar venderlo; tercero, todas las circunstancia por las que tiene que pasar para estimular al chancho y sacar lo mejor de él. Pero desde el momento en que Jafaar es descubierto por su colectividad la película cambia radicalmente, se modifica el tono: deja de ser absurda a incomprensible encaminándose hacia un final de diferentes interpretaciones.

    En tanto, la postura el director uruguayo, Sylvain Estibal (pero radicado en Francia), es tener una mirada neutral ante la ocupación en el territorio gazací e interponiendo entre ellos un animal -que podría ser la representación del demonio- para llevar la paz.
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  • Rodrigo Chavero
    Rodrigo Chavero
    El Espectador Avezado
    Mis colegas me habían hablado muy bien de este film (César a la mejor ópera prima hace poco), y aunque me costó, les tuve que dar la razón al salir de la proyección. "Le cochon de Gaza" es una película que parte de un tema muy serio pero que elige un enfoque divertido, simpático y costumbrista para transmitir un mensaje de paz y esperanza (necesaria, dada la gravedad del conflicto). Es importante saber un poco sobre la realidad geográfica-política en la que está enmarcada la historia, ya que de lo contrario, les costará entrar en sintonía con el film desde los primeros fotogramas.

    La franja de Gaza, es territorio palestino. Ya saben, esta gente está enfrentada a muerte con el pueblo israelí y su territorio, si bien independiente, está fuertemente custodiado. La milicia de sus enemigos históricos instaló puestos de control fronterizos y vigilan el movimiento de la zona, interviniendo en situaciones donde la seguridad de su gente se vea amenazada. Claro, limita con Israel y los trabajadores árabes deben, en muchos casos, cruzar la frontera para ir a trabajar a ese territorio ya que el trabajo escasea. Encima, navalmente hasta hace poco la zona estaba bloqueada con lo cual, la ayuda humanitaria de la ONU tenía problemas para llegar hasta ahí.
    Desde ya, les decimos, es una situación muy compleja. Hay una convivencia forzosa entre los dos pueblos que es el eje de "Cuando los chanchos vuelen". Si, hay una cuestión en común: para ámbas religiones (la musulmana y la israelí), el cerdo es un animal impuro. Y está prohibido tener contacto con él (puntos en común que en la película pesa). Dicho todo esto (necesario si no están familiarizados con el conflicto), pasamos al argumento de la peli...
    Jafaar (Sasson Gabai) es un pescador pobre palestino, que un día corriente, en su red, descubre haber atrapado a un cerdito que lo va a hacer sufrir todo el metraje... Un animal que sólo va a traerle problemas. Si bien él se da cuenta de lo peligroso de la cuestión (cuidarlo o quedarselo), luego de ver que no le nace matarlo y viendo que su situación financiera es pésima, decide intentar hacer negocios con el porcino ya que encuentra rápidamente potenciales clientes para eso, la franja está llena de oportunidades extrañas (ya verán porqué). Lo que vendrá es una descripción pintoresca, en tono de comedia, de todos los conflictos que se dan en ese lugar: la ocupación militar, los negociados "sotto voce", los grupos extremistas y la discusión religiosa.comedia, de todos los conflictos que se dan en ese lugar: la ocupación militar, los negociados "sotto voce", los grupos extremistas y la discusión religiosa.
    Están todos y se los disfruta bastante. En líneas generales, debo decir que el film me gustó pero cuesta los primeros 30 minutos, en los cuales la historia transcurre un poco lenta y no abunda el humor que después explota en todas sus formas. Una vez que el escenario está planteado, ya conocemos lo absurdo de la situación y nos encariñamos con Jafaar y sus contactos, el resto sale solo. "Cuando los chanchos vuelen" entra a disparar ideas una tras otra y a cada sonrisa de la audiencia, sigue una pequeña carcajada contenida, hasta terminar cerca del aplauso cerrado cuando el edulcorado cierre llegue.

    No es una obra maestra, pero sí tiene todos los elementos para encantar a los que buscan una cinta divertida sobre un tema que la comedia no resuelve bien, generalmente. Les va a gustar, apuesten por ella.
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  • Diego Batlle
    Diego Batlle
    Otros Cines
    ¿Debo reirme o debo llorar?

    Que esta película haya ganado el premio César (el Oscar de la industria francesa) a la mejor ópera prima habla muy mal de los votantes (no del cine galo, que suele regalarnos cada año muchos auspiciosos debuts en el largometraje). En principio, hay que aclarar que este film tiene muy poco de francés, ya que aborda el conflicto árabe-israelí. De todas maneras, este no es el principal problema (muchos directores extranjeros han abordado problemáticas que no les son propias con múltiples aciertos) sino que el tono tragicómico, la apuesta por el costumbrismo, el patetismo y el absurdo, así como la apelación a la alegoría política resultan torpes, obvios y, más aún, bastante rancios.

    El antihéroe de esta historia es Jafaar (el veterano Sasson Gabai, visto en La visita de la banda), un pescador palestino sin suerte en ninguno de los niveles de su vida. Un día, en la red de su barco -siempre escasa de peces- aparece el chancho del título. Sí, un cerdo “vietnamita” con el que intentará ganarse algo de dinero y que lo llevará a contactarse con colonos judíos, funcionarios de las Naciones Unidas, militares israelíes y terroristas árabes.

    El film tiene algunos ingeniosos chispazos de humor negro, una estructura de comedia de enredos (no demasiado interesantes) y termina incursionando en situaciones políticas con bastante de capricho, manipulación e impunidad. La película es como una versión pobre, una mala copia del cine de Elia Suleiman (Intervención divina), quien no sólo es palestino y sabe de lo que habla sino también un brillante comediante, un director con vuelo propio, un artista dueño de un estilo propio y un satirista audaz y consumado. Atributos que, en ningún caso, se perciben en este sobrevalorado primer trabajo de Estibal.

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  • Jonathan Santucho
    Jonathan Santucho
    Loco x el Cine
    El puerco de la discordia.

    Uno de los asuntos que se mantienen desde hace décadas en la agenda mundial es el conflicto árabe-israelí, y más precisamente, la oposición entre Israel y Palestina. Este enfrentamiento sirve como base de Cuando los chanchos vuelen (Le cochon de Gaza, 2011), un relato que logra sacar risas, pero que no funciona como declaración de estado.

    A Jaffar (Sasson Gabai) no le sale nada bien: viviendo miserablemente en la zona de Gaza, trata en vano de ganarse la vida como pescador, lo que solo causa quejas por parte de su esposa Fatima (Baya Belal). Sin embargo, las cosas empiezan a cambiar tras una tormenta, cuando el hombre captura algo inesperado en el agua: un puerco, ese animal considerado impuro y pecaminoso tanto por los palestinos como por los israelitas. Tras desesperarse por su desgracia, Jaffar trata de deshacerse del cerdo a como dé lugar, lo que lo lleva a conocer a Yelena (Myriam Tekaïa), una inmigrante rusa que le paga para usar a la criatura en un proyecto de inseminación. Después de esto, iniciará una serie de eventos que moverán la vida de la gente en ambos lados de los muros.

    El film (una coproducción entre Francia, Alemania y Bélgica, escrita y dirigida por Sylvain Estibal) puede dividirse en dos partes. Una abarcaría la primera hora de la producción, que muestra una historia sencilla beneficiada por la muy buena actuación de Sasson Gabai (haciendo un gran trabajo a la hora de encariñar con la ignorancia) y una buena dosis de humor, que varía entre situaciones grotescas y la sátira impulsada por el amigo porcino (el objeto que une a todos los personajes). Pero cuando llega el tercer acto de la película, la historia decae bastante: el cambio al drama y al mensaje pacifista falla, ya que no es natural, encima de que no hay una mayor exploración de los personajes o de las ideas que se quieren transmitir, lo que resulta muy frustrante y simple, haciendo quedar al realizador como falto de conocimientos sobre el conflicto: es fácil decir desde afuera “que se haga la paz”, pero es más complicado explicar por qué no se logra.

    En resumen, Cuando los chanchos vuelen es una buena opción para los que busquen una pequeña historia con buenas dosis de humor, a pesar de un final decepcionante y un mensaje arruinado por la simpleza y la obviedad forzada. Igual, uno solo puede desear que la unión sea tan fácil de conseguir como en las películas.

    @JoniSantucho
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  • Fernando López
    Fernando López
    La Nación
    La Franja de Gaza no parece el territorio más apropiado para hacer humor. Sin embargo, la absurda historia del cerdo que cae en la red de un infortunado pescador y le trastorna la vida de las maneras más inesperadas se atreve a utilizarlo y convertirlo en su arma más valiosa para proponer -en clave de fábula, claro- un mensaje pacifista. Obviamente un ejemplar de esa especie no es el huésped más bienvenido en ninguno de los dos lados de la conflictiva frontera, de modo que el insólito regalo con que el azar parece haber creído premiar al desdichado que casi todos los días apenas consigue un puñado de escuálidas sardinitas para sobrevivir resulta pura complicación. ¿Quién puede querer comprar un chancho? Ni pensar en el delegado de las Naciones Unidas, quizás el único que no es musulmán ni judío, pero estuvo al borde del ataque de nervios cuando se lo insinuaron. Quizá los rusos de una colonia vecina, pero ¿cómo llegar hasta ellos con una bestia de 50 kilos y atravesando una región en la que todos la consideran un animal impuro?

    A falta de otro comprador, ¿qué queda? ¿Eliminarlo? ¿Esconderlo? Imposible. La solución, por lo menos temporal, será mucho más disparatada y estrafalaria aunque durante algún tiempo rendidora. Pero con ella también vendrán la multiplicación de los trastornos para Jafaar (sólo la fábula puede salvarlo) y la comprobación de que no son tan pocos los parecidos entre israelíes y palestinos.

    Film desparejo y sin exageradas pretensiones, Cuando los chanchos vuelen bordea la comedia a la italiana, la farsa con aspiración poética y la tragicomedia, y vira sobre el final hacia la fantasía para subrayar su ánimo conciliador, sin poder evitar del todo que ese desvío implique algún sacrificio de su ligereza.

    Pero es en el humor donde residen los principales aciertos del film. En su debut como director, Sylvain Estibal, que viene de la literatura de aventuras y del periodismo (y por eso conoce bien el conflicto árabe-israelí), echa una mirada serenamente irónica sobre la situación en Gaza, sin esconder la violencia pero sin tomar otro partido que el de los que, como seres humanos, la padecen todos los días. En cambio, prefiere atender a las coincidencias. Por ejemplo, la que acerca al soldado israelí instalado en la terraza de la casa del pescador y la mujer de éste, Fatima: una telenovela brasileña que miran juntos y de la que el soldado toma ejemplo cuando las cosas se ponen difíciles para el matrimonio: "Si en Brasil todo termina bien para los desdichados protagonistas de la novela, lo mismo puede suceder entre otros desdichados como nosotros".

    En el elenco los que más se lucen son Sasson Gabai, el irreemplazable protagonista (que también lo fue en La visita de la banda), y Ulrich Tukur (La vida de los otros, La cinta blanca), divertidísimo en su breve escena del estallido nervioso.
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  • Pablo E. Arahuete
    El cerdo los unirá

    Digamos que muchas veces las intenciones, aunque sean loables, no garantizan buenas películas y ese es el caso de esta pseudo sátira política Cuando los chanchos vuelen, que se ubica en el contexto de la Franja de Gaza, territorio geográfico y simbólico si los hay que representa el conflicto entre palestinos y judíos israelíes, separados por un muro en lo material y por las absurdas peleas religiosas en lo espiritual.

    Así de absurda resulta la premisa de esta ópera prima de Sylvain Estibal, la cual apela a la metáfora obvia, a la ironía más elemental para fijar una posición de alegato antibélico en un registro que procura no caer en la gravedad del asunto y encontrarle un costado risueño para que la exageración haga el resto. El elemento de la exageración opera ya desde el vamos en la construcción de los personajes como la del protagonista Jafaar (Sasson Gabai), un pescador palestino que atrapa por azar con su red a un cerdo e intenta por todos los medios deshacerse de lo que se considera, según su religión, un castigo divino. Sin embargo, para sus enemigos israelíes, el animal también es impuro y mucho más si sus patas pisan territorio judío.

    Así las cosas, y atravesando una crisis económica con su mujer Fátima (Baya Belal), el pobre pescador buscará sacar un beneficio al no poder hacer desaparecer al chancho -proveniente de Vietnam- al conocer a una mujer joven que trabaja en el refugio de la colonia, del otro lado del alambrado. La joven Yelena (Myriam Tekaïa) necesita fecundar a las hembras de la colonia y para ello requiere el esperma del cerdo en poder de Jafaar.

    Situaciones como esa y algunas forzadas se repiten a lo largo de la trama, a la que se suman otras donde se pone en juego las aristas del conflicto entre palestinos e israelíes a partir de una mirada crítica en que ambos bandos quedan en ridículo en más de una oportunidad, aunque es justo decirlo los más ingenuos y cortos de cerebro en el film son los palestinos. Pese a los chistes elementales y a un manejo del absurdo bastante ramplón Cuando los chanchos vuelen es una comedia entretenida y diferente, pero nada más que eso.
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  • Horacio Bernades
    Alegoría triplemente degradante

    Ubicada en la Franja de Gaza, Cuando los chanchos vuelen aborda, como otras películas recientes, el conflicto palestino-israelí desde un formato de comedia liviana. Pero más liviana, más farsesca, más obvia, más alegórica y, en definitiva, más irresponsable y demagógica que La novia siria o El árbol de lima, por poner un par de ejemplos de esta corriente. A diferencia de las anteriores, Cuando los chanchos vuelen ha sido escrita y dirigida por alguien a quien el conflicto no le incumbe en forma directa: el francés Sylvain Estibal, ganador del César a Mejor Opera Prima por esta película. En lugar de convertir la distancia en distanciamiento, Estibal intenta disimula su extranjería, asumiendo para sí los peores prejuicios de ambos bandos en pugna y consumando una película doblemente degradante. Triplemente degradante: además de degradar a judíos y palestinos, Cuando los chanchos vuelen degrada al cine mismo como hecho estético y productor de sentido.

    Pescador torpe, perdedor y pusilánime, el día que no atrapa zapatillas en su red, Jafaar (el iraquí Sasson Gabai) atrapa un chancho. Chancho que, arriesga un conocido, habría llegado hasta el Mediterráneo desde Vietnam. Qué ruta siguió el porcino y cómo hizo para no ahogarse o morir en el camino es sólo la primera de una serie de licencias muy poco poéticas, que terminan con el estallido de unos explosivos que, cargados por el mismo bicho, no lo matan a él ni a la mujer que en ese momento lo llevaba, vaya a saber por qué extraño milagro de guión. El problema de Jafaar (y alegoría central de Estibal) es que, como bien se sabe, el cerdo es un animal al que el Corán y la Torá condenan por igual. Por lo cual el hombre –regañado por su esposa, burlado por sus pares y humillado a diario por los soldados israelíes que ocupan la terraza de su casita de adobe– iniciará una odisea, en busca de desprenderse de la blasfema bestia. Con la que además, claro, se ha encariñado, porque Jafaar responde también al estereotipo del tipo bueno.

    La solución es lucrar con el chancho, asociado con una colona ruso-judía que vive, detrás de una cerca de alambre, junto a un grupo de compatriotas. ¿Pero cómo, no es que la religión judía prohíbe el consumo de carne de cerdo? “Lo único prohibido para los judíos es no hacer negocios”, enseña un peluquero palestino. Así que basta con ponerle unas medias al pezuñoso, para que no pise suelo israelí, y usarlo de procreador, para venderles carne de cerdo a rusos no judíos. Hasta que los fedayines se enteren de las relaciones de su compatriota con una enemiga y, en lugar de condenarlo a muerte, lo obliguen a sacrificarse como hombre-bomba. Si a esta serie de arbitrariedades, forzamientos de guión, manipulaciones narrativas y prejuicios étnicos y raciales se les suma un humor que incluye el consumo de semen de chancho por parte de un soldado, la utilización de una telenovela brasileña como metáfora (explicada) de la necesidad de superar las rivalidades entre hermanos y un remate que tiene a dos discapacitados bailando breakdance como alegoría de que lo imposible puede ser posible, se tendrá una idea de qué clase de película es ésta.
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  • Regina Fallangi
    Regina Fallangi
    Cine & Medios
    Donde los chanchos nadan, caminan y vuelan

    Jafaar (Sasson Gabai) es un pescador palestino, al que las cosas no le van nada bien; la pesca es muy mala, y sus condiciones de vida son al menos precarias. Un día Jafaar está en su barco, levanta sus redes, y de ellas sale un chancho. Su primera reacción, como es de esperarse, es de pánico, se asusta y no puede entender que hacía un chancho en el medio del mar.
    Cuando el miedo y la sorpresa se van disipando, Jafaar se encuentra sin dinero, sin pesca, y con un chancho. El animal es considerado impuro en su religión, por eso desde su llegada, este debe vivir en la absoluta clandestinidad. El chancho se convierte para él en una especie de maldición, teniendo en cuenta su significado religioso, y luego en un secreto un tanto indigno, pero averiguando por aquí y por allá, Jafaar descubre que el animal puede ser rentable, ya que según algunos rumores, los israelíes de las colonias tienen criaderos de chanchos, porque aún siendo impuros también para su religión, son utilizados para detectar explosivos. Luego de diferentes maniobras e intentos, Jaffar logra, alambrado de por medio, concretar una relación comercial con Yelena (Myriam Tekaïa), una inmigrante rusa de las colonias que se dedica a la cría de porcinos.
    Las transacciones comerciales son por demás complicadas, ya que todo debe hacerse de forma clandestina, en un ambiente hostil, tanto para el vendedor como para la compradora. Pero son estas situaciones las que convierten a la película en una comedia.
    La conducta de Jaafar comienza a levantar sospechas, en un lugar donde todos son sospechosos, la vigilancia abunda y cualquier cosa fuera de lo normal puede ser considerada una ofensa o un ataque. A pesar de todo, esta es una comedia, basada en un hecho que podríamos catalogar como surrealista, pero su contexto también lo es; Jafaar no sale de su asombro al encontrar un chancho en sus redes, pero se acostumbró a vivir con dos soldados israelíes en su techo, que usan su baño y hasta ven la telenovela con su esposa.
    Las desventuras de este pescador devenido en comerciante de esperma de porcino, no solo son graciosas, sirven para mostrarnos que aún en las peores circunstancias los hombres y mujeres podemos adaptarnos a cualquier situación para poder vivir y arraigarnos fuertemente a nuestra cultura y creencias para resistir, porque al fin y al cabo, cuando no hay dinero, eso es lo único que no nos pueden quitar.
    A través de las idas de venidas de Jafaar en su vieja bicicleta, vamos conociendo a varios personajes que en sus frases, chistes y costumbres nos muestran como es la vida en ese lugar del mundo tan complejo y doloroso.
    La fotografía y la música se deslizan acompañando a la cámara, que sigue de cerca a Jafaar como si fuera un amigo que nos está contando esta historia. Las actuaciones son naturales y creíbles aún en un contexto tan poco común; no hay actuaciones exageradas, ni lugares comunes.
    El director eligió el humor para contar esta historia, por lo tanto hay un continuado de situaciones graciosas, a veces cercanas al grotesco y a lo irreal. Así y todo, resulta un poco molesto y facilista que haya elegido un final poético y musical para una historia en la que, por más humor que encontremos, el protagonista la pasa realmente mal.
    No es fácil encontrar un cierre a una trama que transcurre en un lugar tan complicado, y más difícil todavía es no herir susceptibilidades e intentar no tomar una posición al respecto.
    Aún así la historia merece ser vista, por la calidad de sus personajes, y la forma en que su director nos muestra de manera tan simple, graciosa y cercana, una situación atravesada por tantos conflictos.
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  • Pablo O. Scholz
    Absurda, pero con respeto

    La situación en la Franja de Gaza entre palestinos e israelíes, vista desde el humor.

    Todo lo absurda y surrealista que pueda parecer la situación en el conflicto palestino israelí en la Franja de Gaza tiene su cuota de humor en Cuando los chanchos vuelen , de Sylvain Estibal, un fotógrafo que ahora está radicado en Uruguay.

    El filme es un retrato claramente surrealista a partir de algo que une a israelíes y palestinos: su rechazo al cerdo. Y a partir de ese dato, Estibal pinta a sus personajes con ironía y -a veces- cierto grado de ternura.

    Jafaar es un pescador que no suele levantar mucho con sus redes en el mar. Encima, debe soportar a soldados israelíes que, subidos a la terraza de su casa, la utilizan como puesto de observación. Pero su suerte cambia el día que -no pregunten cómo- pesca un cerdo (vietnamita, dirán). Y Jafaar está en una encrucijada: desea sacarse de encima al animalejo, pero descubre que hasta puede ganar cierto dinero si lo logra vender. Los palestinos y los israelíes no pueden permitir que las patas del animal toquen el suelo… pero los colonos judíos, que viven cerca, utilizan cerdos para detectar minas.

    Y es una bella mujer, Yelena, quien puede comprárselo desde el otro lado de la cerca, pero debe disimularlo.

    El género elegido por el director abiertamente es el de la comedia, con alguna que otra connotación sexual, pero casi siempre manejándose en los parámetros de la comedia blanca. Hay militares corruptos, personajes más o menos estereotipados. Y Jafaar, interpretado por Sasson Gabai, es una combinación entre Charles Chaplin y Roberto Benigni, pero más perdedor que cualquiera de los dos.

    Gabai es el motor de la historia, y su presencia en pantalla es casi constante. El personaje se va construyendo en su interacción con su mujer, un amigo, un control o la colona “enemiga”, y hasta con qué puede pasar por su cabeza cuando está solo con el cerdo.

    Así como, con mayor talento, Elia Suleiman se reía de la misma cuestión (el enfrentamiento y el hostigamiento), Estibal más que tomar partido retrata, con menos sutileza que un cerdo, una situación que, vista como está planteada, es tan ridícula como entretenida. Absurda, pero con respeto.
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  • Paraná Sendrós
    Paraná Sendrós
    Ámbito Financiero
    Crítica humorística a ambos lados de la frontera de Gaza

    El punto de partida de esta simpática comedia francesa es bien sabroso: a un pescador palestino resignado a vivir de la resaca que llega a la costa (Israel no permite la pesca en mar abierto) le aparece en sus redes un chanchito caído de quién sabe qué barco. Simpático el chanchito. De raza vietnamita, que son limpitos y cariñosos, y aquí mismo en Belgrano hay quien tiene uno como mascota y lo lleva a la plaza. El problema es que nuestro personaje no está en el barrio de Belgrano sino en la conflictiva Gaza, donde los chanchos son seres impuros. Y en la colonia judía que hay del otro lado del alambrado, también son impuros.

    El tipo debe decidir rápido: lo ametralla o le saca el jugo para saldar sus deudas. Cerca hay dos clientes posibles, ambos de cultura gastronómica porcina: el delegado alemán de la ONU, y una joven colona judeo-rusa que cría cerdos en la clandestinidad. Pero no es el jugo, exactamente, lo que ella quiere comprar para sus cerditas.

    En fin, una cosa trae la otra, los fanáticos musulmanes y los soldados israelíes se dan mutuamente por ofendidos, todo el mundo muestra mayor o menor grado de ridiculez, el chiste crece, se ramifica, se hace sátira gozosa, necesariamente se acerca a la tragicomedia, y cuando ya empezamos a preocuparnos culmina de forma alegórica. No gustará a todos esta salida, pero tiene su razón de ser. Quien la pensó, Sylvain Estibal, no es judío ni musulmán, sino un hábil escritor y fotoperiodista francés que trabajó mucho en esa región y ahora vive en Uruguay. Dicho sea de paso, el protagonista Sasson Gabay no es palestino sino israelí de origen iraquí. La rusa es ítalo-tunecina. Lo que vemos no es Gaza sino Malta y Westphalia. Parte de la música oriental es de un grupo argentino, Aqualactica. Pero el chancho vietnamita es vietnamita. Y debe ser tiernito.
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  • Ezequiel Obregon
    Ezequiel Obregon
    EscribiendoCine
    Utopía porcina

    Con una premisa argumental vinculada al humor absurdo, la película del francés radicado en Uruguay Sylvain Estibal aborda el conflicto palestino-israelí. Cuando los chanchos vuelen (Le cochon de Gaza, 2011), más allá de sus intenciones, resulta una alegoría de trazo grueso.

    El vínculo entre el debate político y la comedia puede alcanzar casos de feliz comunión en el cine. El más polémico de los últimos años sigue siendo el caso de La vida es bella (La vita è bella, 1997), aquel film de Roberto Benigni en donde se miraba al nazismo a través de los ojos de un padre que debía hacerle creer a su hijo que todo era un juego. En la película cómica de Estibal no se aborda el mismo hecho ni la misma época, pero persiste la problemática política inserta en un territorio por demás complicado: la Franja de Gaza.

    En aquel lugar acontece este relato. Del lado palestino, el pescador Jafaar (un personaje tan torpe como bonachón, de esos que se “compran” la platea) atrapa con su red a un chancho que –conjetura un amigo- provenía de Vietnam. En medio de una crisis económica que lo pone al borde del ridículo frente a su esposa y sus vecinos (el tono de la película abusa del costumbrismo), el pobre hombre encontrará la manera de hacer negocio con el porcino. Al mismo tiempo, tendrá que ocultarlo de quien se lo cruce, pues el animal es rechazado por las religiones de ambas regiones, insertas en un conflicto que hasta el momento parece eterno. Pero, claro, prácticamente de eso se habla poco y nada. La solución para que nadie descubra su tesoro (prácticamente una mascota) es… disfrazarlo de oveja.

    Más allá de su tono naif (no necesariamente es erróneo adoptarlo para abordar un tema tan denso), el principal problema de la película es que con éste no consigue hacer del conflicto una zona de exploración. El desarrollo de los personajes es más bien escaso, y los puntos de giro parecen tan sólo excusas argumentales para alcanzar a la alegoría. Las cosas se complican aún más cuando el insólito negocio (vender su esperma a una judía que lo espera ¡del otro lado del alambrado!) comienza a verse amenazado por las inevitables sospechas.

    Estibal construye una puesta en escena que potencia momentos de lograda comicidad pero, inevitablemente, su vocación alegórica le juega una mala pasada. El paroxismo llega en un imposible enfrentamiento en donde se entrecruzan muletas en el aire como síntesis de la bonhomía universal que, hasta entonces, sólo era una cualidad del protagonista. A tono con la mirada sesgada de la problemática sobre la que se centra el film, hay una coherencia en la construcción espacial, tan “for export”. Pensar en riesgos sería mucho pedir, pero tampoco hay una superación de lo correcto en término de imagen, como si Cuando los chanchos vuelen, con su fotografía tan clara y sus planos generales, pretendiera construir una postal turística a la que habría que agregarle un audio para recordarnos que, de vez en cuando, escucharemos algunos disparos.
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  • Hugo Zapata
    Hugo Zapata
    Cines Argentinos
    Cuando los chanchos vuelan es una película que encuentra sus puntos más fuertes en el retrato que hace el director uruguayo Sylvain Estibal de la vida cotidiana de la Franja de Gaza, uno de los epicentros del interminable conflicto entre palestinos e israelíes.
    El film presenta una serie de situaciones absurdas con un pescador pobre de la zona que se ve envueltos en bizarros enredos cuando entre las redes de su barco encuentra un chancho, que para los palestinos es un animal impuro.
    El protagonista en lugar de deshacerse del cerdo busca la manera de hacer dinero con su hallazgo y esto genera que se vea envuelto en un montón de problemas.
    La película tiene muy buenas intenciones en expresar un mensaje pacifista entre los dos bandos en conflictos y lo más interesante es la manera en que muestra la vida diaria de una de las zonas más conflictivas del planeta.
    Al mismo tiempo que se presenta una sátira política y religiosa sobre las cuestiones que mantienen divididos a estos pueblos, el film narra un cuento disparatado donde el humor repercutirá de distintas manera en el espectador.
    En mi caso me pasó que en la mayoría de las escenas graciosas sentí que el humor estaba totalmente tirado de los pelos y el director se esforzaba demasiado en crear momentos cómicos. Hay algunos que funcionan y otros que no tanto.
    Tal vez haya gente que encuentre a este film desopilante, pero yo no lo viví de esa manera.
    Sí me parece interesante el mensaje pacifista que plantea el director Estibal y el excelente retrato que hizo de este complicado lugar que fue reconstruido a la perfección en la ciudad de Malta.
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  • Juan Carlos Fontana
    Un animal que cayó del cielo

    El director Sylvain Estibal explora con buenos recursos narrativos un conflicto sin fin y lo hace a través de una historia que despierta cierta ternura y humor, a la vez que hace que el espectador se identifique con ese antihéroe llamado Jafaar, el pescador, magistralmente interpretado por el actor israelí Sasson Gabai.

    El director francés Sylvain Estibal parte de una situación absurda, para ilustrar, con un humor -respetuoso-, el conflicto que separa a israelíes y palestinos.

    La anécdota es simple, pero efectiva. Jafaar (Sasson Gabai) un pobre pescador palestino con mala suerte, se interna en el mar y cuando recoge su red descubre que en lugar de pescados para vender en la feria de la ciudad en ella hay un cerdo.

    La sorpresa provocará en el pescador un intenso cambio en su cotidianidad porque comenzará a sentirse un perseguido.

    Ocurre que Jafaar vive en la llamada Franja de Gaza, escena de un largo conflicto entre israelíes y palestinos y el cerdo es un animal mal visto por los habitantes de ambas zonas.

    Como si esto fuera poco, Jafaar decide mantener al animal en su pequeña embarcación. No puede llevarlo a su casa, porque en ella tiene apostados a dos soldados israelíes que no sólo custodian la frontera, también pretenden simpatizar con su mujer.

    CON POCA SUERTE

    Una solución es intentar venderle el animal a un miembro de la ONU, pero cuando se lo ofrece, el funcionario asombrado, prácticamente lo saca a patadas de su oficina.

    A partir de ese momento, comienza una aventura tan absurda como insólita para Jafaar, que teme ser descubierto por las autoridades y condenado a prisión, tan sólo porque un cerdo apareció un día en su red de pescador.

    El hombre imagina una y mil maneras para obtener algún dinero con ese cerdo "caído" del cielo. Desde la de disfrazarlo de oveja, hasta intentar venderlo a unos vecinos. Jafaar todo lo intenta, pero sin demasiada suerte.

    El director Sylvain Estibal explora con buenos recursos narrativos un conflicto sin fin y lo hace a través de una historia que despierta cierta ternura y humor, a la vez que hace que el espectador se identifique con ese antihéroe llamado Jafaar, el pescador, magistralmente interpretado por el actor israelí Sasson Gabai.
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  • Catalina Dlugi
    Un tono ligero de comedia, el protagonista es un palestino ingenioso y sobreviviente, que no tiene problemas en hacer negocios con israelíes. Si bien el comienzo tiene ingenio y la situación es delirante, la trama se reitera y resulta floja, además de manejar complejos temas políticos muy a la ligera. Quiere pero no puede.
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  • Alejandro Castañeda
    Un chancho muy pesado

    Farsa absurda sobre la necesidad de borrar las fronteras, amar a todos por igual y todas esas cosas. Elemental mensaje pacifista y una historia tan patética como aburrida. Aparece un chancho desde el fondo del mar (es imposible, ya sé, pero aquí todo es imposible) y le agregará mas tensiones a una zona donde el peligro nunca cede. Palestinos y judíos lo rechazan, pero un pescador desesperado recurrirá al semen del cerdo para darse unos pocos gustos. Metáforas elementales, personajes bobos, escenas mal resueltas, un final absurdo. Lo único rescatable es la aspiración de ponerle sonrisas y esperanzas a una frontera donde el fanatismo no deja nada en paz.
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  • Leonardo M. D’Espósito
    Alguien debería establecer por lo menos una taxonomía para el cine no estadounidense que logra estrenarse fuera del país de origen. Los tres elementos más frecuentes son una narración clásica, un ingrediente de absurdo o realismo mágico y tono tragicómico y aleccionador. Más o menos es lo que pasa con la mayoría de lo que viene especialmente de países no centrales (quizás films franceses o alguno italiano logran esquivar estas características). Cuando los chanchos... es un film europeo, rodado por un escritor y periodista francés donde un pobre pescador de Gaza captura accidentalmente a un porcino -animal rechazado por israelíes y palestinos- y no sabe qué hacer con él. O sea, una alegoría de la intolerancia narrada con todos y cada uno de los apuntes necesarios para que el catálogo políticamente correcto y aleccionador quede lleno. Las actuaciones “simpáticas” hacen que la película sea menos pesada o manipuladora de lo que podría ser. Un film “internacional” que sigue las reglas para llegar a todo el mundo sin arriesgar demasiado.
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  • Héctor Hochman
    Héctor Hochman
    El rincón del cinéfilo
    ¡El mundo está loco, loco, loco!

    Pequeña joyita cinematográfica, todo un grotesco que se instala como una gran, y desesperada, metáfora esperanzadora sobre la vida cotidiana en Medio Oriente.

    Si bien tiene una estructura narrativa que se quiebra en medio de la narración, es tan sutil el traspaso de comedia que hasta parecería estar queriendo decir que en la vida real la línea que separa lo grotesco, o la sátira del drama, o la tragedia, es también muy fina.

    Tal como decía el personaje Calvero en el filme “Candilejas” (1952), de Charles Chaplin, "la vida vista de cerca es una tragedia, vista de lejos parece una comedia"

    Si bien esta fabula construida como un filme comienza en tono de lo grotesco, tal como lo definiría Luigi Pirandello, en poder mostrar una realidad entre cómica y trágica de manera simultanea, y por momentos va inclinándose para acercarse a la comedia satírica, dando cuenta en tono de burla, ironía, y con mucho sarcasmo de una situación, que termina por atravesar cualquier paradoja del conflicto entre ambos pueblos.

    El tema principal es el deseo de vivir en paz con la que sostienen los pueblos de la región, más allá de la locura de los poderosos y/o gobernantes.

    La formula es llevar hasta el ridículo a los fanatismos y a determinadas imposiciones religiosas.

    Todo comienza cuando un pescador palestino de religión musulmán, que vive en la Franja de Gaza ocupada por el ejercito Israelí, recoge de las aguas del mar Mediterráneo un chancho, animal “prohibido” y “pecaminoso” tanto para él como para los judíos.

    Desde este elemento, tomado como unificador de ambas culturas, el realizador construye un alegato humanista de neto corte pacifista, yuxtaponiendo situaciones que hacen que la narración se torne ágil, graciosa y soportable.

    Al fanatismo extremista del Hamas le contrapone la ocupación y sojuzgamiento de los pobladores musulmanes por parte de soldados israelíes, a la obligación de autoinmolarse el deseo de vivir así, alternativamente.

    Si bien el esquema del proyecto desde su guión demanda la aceptación del espectador para poder asimilar lo narrado, el realizador tuvo la maravillosa idea de sustentarla desde lo estrictamente estético en tono naturalista. Es así que el diseño de arte, y principalmente la manera de iluminar y la fotografía, estén constituidas en tal sentido, y en algún punto esto mismo, pero de manera contrapuntística, se sostenga de modo extraordinario con la actuación del actor irakí Sasson Gabai (Jafaar), con una impronta de actuación sostenida entre el rostro pétreo de Buster Keaton y el humor físico de Charles Chaplin, muy bien acompañado por Baya Belal como su esposa (Fatima, y Miryam Tekaia como la colona judía que comercia con él.

    De cómo deshacerse del “peligro” que representa el animal o de intentar negociar… con sus “enemigos”... lleva los 90 minutos que dura el film.Una comedia dramática, agridulce, emotiva, muy graciosa, y casi finalmente desesperanzadora, como ya lo anuncia desde el titulo.

    (*) Obra que en 1963 realizó Stanley Kramer.
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  • Susana Salerno
    Llega un film que aborda la problemática del conflicto entre palestinos e Israelíes, pero en esta oportunidad desde el humor inteligente y político.

    Se desarrolla en la franja de gaza, todo gira en torno a Jaafar (Sasson Gabai), un pescador palestino sencillo que perdió todo, y después de una tormenta se encuentra pescando en el mar y en su red entre tanta basura aparece un cerdo, situación bastante difícil para él, porque ni los judíos, ni los palestinos consumen carne de ese animal. Tratara de vender este cerdo que es un animal impuro para ambas religiones, el tema es ¿Quién le comprará dicho animal, en esa zona?

    Este hombre tiene una única meta, vender el animal, todo lentamente se le ira transformando en una pesadilla, porque también a su vez debe esconderlo de su esposa y los soldados que se encuentran en su casa, es tan impuro que no puede ni pisar el territorio. Es por eso que llega a poner en sus patas como unas medias, y comienzan a suceder momentos bastante locos, hasta llega a disfrazarlo de oveja, y asi se van presentando una serie de obstáculos.

    Y es tan loco todo, que comienza a negociar con Yelena (Myriam Tekaïa), una campesina rusa israelí, este le deberá vender esperma del cerdo para que las hembras queden premiadas, es cuando comienzan a suceder situaciones graciosas y divertidas; se podría decir que hasta delirantes.

    Todas las situaciones rozan el absurdo, contiene humor negro, es por momentos una comedia de enredos, va planteando un mensaje de paz con la presencia de este animal prohibido entre judíos y palestinos. Este vínculo intenta anexar la hermandad, tiene un buen montaje y banda de sonido, la fotografía, dirección de arte y las actuaciones son notables.
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  • Melody San Luis
    El perfume de una nueva tierra

    Prefiero, antes de centrarme en la película, mencionar algo que me parece de verdadera relevancia. La traducción del título que ha llegado a la Argentina es Cuando los chanchos vuelen. Claramente es muy diferente al título original. Esto no es para sorprenderse, estamos acostumbrados. Lo raro sería que realmente se respetasen los títulos. Lo que llama la atención, eso sí, es que siendo la película un canto a la paz y un llamado al pacto entre los pueblos palestino e israelí, suena a burla la traducción que le han hecho, hasta puedo decir que parece maliciosa.
    Sacando este “boicot”, al que considero intencional, podemos decir que la película nos lleva de la mano a conocer desde adentro uno de los conflictos internacionales más intrincados. Y digo esto porque ya llevan más de sesenta años en lucha por un territorio. Aunque, si empezamos a ver mejor, el conflicto ya se fue desarrollando desde antes. Lo cierto es que en 1948 Israel aparece en el mapa mundial como un nuevo país. El territorio se llenó de utopías porque sería la salvación de un pueblo históricamente perseguido. Pero a medida que pasó el tiempo el conflicto se ha agravado más. El territorio asignado por la ONU para el nuevo país ya estaba habitado. Muchos palestinos se vieron forzados a irse de su hogar. Para peor, como producto de las continuas guerras entre los pueblos, Israel se fue apoderando de más territorio. La realidad de hoy es que los palestinos se encuentran cercados en su mismo suelo y encima Israel lo ha hecho todo con un gran respaldo mundial en un principio y ahora con su fiel colega que es Estados Unidos.
    Le cochon de Gaza nos sitúa en una Palestina bastante cruda pero, sin embargo, lo hace desde la comedia. Una de las mayores virtudes del film es encontrar calidez en la tristeza. Desde la imagen del mar y esas idas y venidas en bicicleta se fomenta un estado de tranquilidad, sin por ello hacer vista gorda a los problemas que tiene el pueblo palestino. Son, sin duda, las palabras finales el redondeo de un mensaje de paz que se va construyendo durante toda la película. Son constantes, también, los enfoques que contrastan este mensaje antes mencionado con los cercos, el muro que delimita el territorio y los policías que vigilan que todo esté en orden.
    Observamos en un momento un cielo dibujado en el muro, simulando una abertura. Es de todas formas un pasaje más pero que marca una distinción. Así son los comentarios de los protagonistas: pequeñas gotas que forman un gran caudal de información. Dentro de la comicidad existe un claro mensaje ideológico, pero al estar planteado desde lo cotidiano resulta mucho más atractivo. Obvio que no es muy cotidiano que digamos pescar un chancho, pero entra dentro de esta especie de sueño y realidad en que se plantea la película. El final tampoco pertenece a lo rutinario, pero ese absurdo es en parte el sentimiento que se tiene sobre el conflicto palestino-israelí (sin desmerecer, en absoluto las convicciones de ambos). Se nos muestra al final cómo los protagonistas huyen y sin embargo su solución es la vuelta a su hogar, aunque con un cambio de visión.
    Vemos también cómo se desmitifica a la figura del terrorista. En mi opinión resulta muy interesante porque se manifiesta cómo tendrían que ser y cómo deberían comportarse. Fueron y son los terroristas utilizados por los grandes medios para infundir el miedo y justificar intromisiones como las de Estados Unidos a Irak. Sin embargo, aquí la figura del terrorista es presentada como una construcción mediática.
    Resulta asimismo interesante cómo a través de los trabajadores se construye un panorama político de pleno conflicto. En la figura de la joven campesina rusa aparece el sueño de su padre frustrado. Ella va a Israel porque su padre siempre quiso conocerlo, pero no se encuentra con el país que les prometieron a los judíos.
    A pesar de la complejidad que presenta el conflicto de estos países encontramos en la película una simpleza tal que permite poner en el tapete la discusión de por qué tantos años el mundo avaló o mejor dicho dio la espalda a esta lucha.
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  • Mauro Jacobo
    Mauro Jacobo
    Cinélico
    ¿Qué es lo que nos separa?

    "Le Cochon de Gaza" es una comedia del circuito independiente que resulta increíblemente divertida y alocada con una clara crítica hacia el conflicto político-religioso que se vive en la franja de Gaza y a las prácticas religiosas que colocan las reglas de su credo por encima del bienestar de la sociedad. ¿Qué es lo que nos separa? ¿Tiene sentido enfrentarse de la manera en la que nos enfrentamos? ¿Cuál es la razón para seguir mateniendo tradiciones o creencias que nos dividen? Estas son algunas preguntas que quedan picando en la cabeza.
    El director Sylvain Estibal construye alrededor de una historia simple pero a la vez fantástica, un film que resulta incisivo, humorístico y por sobre todo útil para hacer ese ejercicio importante llamado reflexión. La narración se encargará de mostrar realidades indignantes de esta zona de conflicto pero siempre en la órbita del humor, negro, pero humor al fin.
    La trama es simple, Jafaar (espectacular Sasson Gabai) es un pescador de esos que nunca fueron tocados con la varita de la suerte, le va mal en su trabajo, su matrimonio pende de un hilo, vive en un zona de conflicto bélico, no tiene nada dinero y le debe a gente peligrosa, pero un día la fortuna queda atrapada en su red de pesca materializada de una manera muy particular... un chancho!, sí, un cerdo que parece provenir de alguna embarcación accidentada en el agua. Resulta que el chancho es un animal considerado impuro, tanto para la religión musulmana como para sus vecinos, los judíos, por lo cual Jafaar buscará la forma de sacarse rápido de encima a semejante bestia pecaminosa... ¿o no? Accidentalmente se topa con la oportunidad de generar ingresos utilizando al cerdo como macho reproductor y como se imaginarán, todo comienza a volverse delirante y bizarro. Deberá esconder su chanchito de dinero no sólo de los vecinos bocones, sino también de los soldados israelíes que patrullan la zona e incluso comparten parte de su vivienda.
    Entre la supuesta liviandad de la comedia se dejan ver varios elementos de protesta contra la rigidez religiosa, la violencia y los problemas ligados al poder territorial de palestinos e israelitas. Una peli con buenas intenciones que logra hacer que el espectador piense y se ría al mismo tiempo, se divierta pero medite acerca de cómo somos y bajo que costos mantenemos tradiciones y creencias que más que unirnos nos destruyen.
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  • Amadeo Lukas
    Amadeo Lukas
    Revista Veintitrés
    La ocupación de tierras Palestinas por parte de Israel y las represalias suicidas por parte de grupos radicalizados son dos temas harto conflictivos y desoladores de estos tiempos. Problemáticas que, focalizadas en la convivencia impuesta entre pueblos antagónicos, es abordada por el parisino Sylvain Estibal, que se inclina en su primer film por un paso de comedia con toques burlescos. El guión del propio Estibal combina realidades y fantasías a través de ese pescador palestino sin mucha fortuna en lo suyo, que de pronto, entre basura y objetos desechados, encuentra atrapado en su red nada menos que a un chancho, un hallazgo tan sorprendente como incómodo, ya que el cerdo es un animal impuro y casi prohibido para ambas culturas enfrentadas.

    Una idea interesante que luego va derivando en situaciones a veces propicias para el humor y otras forzadamente graciosas, como por ejemplo que se use al animal como una bomba viviente y que fuercen al atribulado pescador a suicidarse por no haber llevado a cabo su atentado. El desenlace ofrece cierto lirismo acerca de una presunta convivencia entre ambos pueblos, apelando asimismo a un momento final con una particular danza que llega a conmover. El
    protagonista Sasson Gabai despliega un intenso trabajo, que incluye patetismo y aceptables recursos humorísticos.
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  • Ramiro Ortiz
    Ramiro Ortiz
    La Voz del Interior
    La culpa no es del pescador

    Cuando los chanchos vuelen es una nueva representación de la situación de un hombre común y corriente, que vive atrapado en la guerra entre Israel y Palestina. En los últimos años han empezado a llegar a la Argentina algunas de estas producciones de índole pacifista, y a medida que se las descubre se va encontrado que en varias de ellas se suceden situaciones humorísticas. Finalmente, como dice el proverbio, la comedia es un drama, después de que pasó el tiempo.

    Esta coproducción europea con dirección de Sylvain Estibal se titula, en francés, Le cochon de Gaza, o sea, El chancho de Gaza, en referencia al cerdo que un pescador palestino saca del mar con una red, después de una tormenta.

    Los puercos son animales vedados por las culturas musulmana e israelí, al punto de que no se les permite tocar con sus patas el suelo de esas naciones. El pescador, entonces, comienza a convivir con una doble ilegalidad cuando decide ganar algo de dinero con el animal -como si fuera un colmo de los colmos- en la región de conflicto limítrofe conocida como Franja de Gaza.

    Jaffar pasará por ello algunos sofocones, hará el ridículo, y hasta descubrirá algunos secretos bien guardados de la guerra, mientras alquila el porcino como semental a una judía. Pero contra todo, contra viento y marea, luchará por su objetivo. El humilde deseo de existir más dignamente. Pese a la pobreza, pese a los hoyos abiertos por los bombardeos en las paredes de su casa, pese a los gendarmes israelíes que usan como puesto de vigilancia permanente su azotea.

    Cuando los chanchos vuelen es una película de a ratos dura, entretenida, con algunas lagunas de ritmo y argumento, aunque con varias situaciones que la hacen ganar la partida a fuerza de simpatía. Lo que cuenta es bastante literal. No hay que buscar en ella demasiados símbolos, ni segundas lecturas, pero conserva pese a ello un cierto encanto.
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  • Laura Osti
    Laura Osti
    El Litoral
    Es preferible reír que llorar

    El humor, la sátira, la ironía, son recursos válidos y legítimos para abordar situaciones complejas o escenarios de conflictos trágicos, como en este caso, que trata de algunos sucesos que ocurren en la Franja de Gaza.

    El director Sylvain Estibal es periodista y por su profesión conoce la zona de Cisjordania. También es escritor y fotógrafo. “Cuando los chanchos vuelen” es su primer largometraje, en el que se propone “decir cosas” acerca de ese prolongado conflicto de Medio Oriente, de modo que sean aceptadas por todos, y nada mejor que apelar al humor. Porque precisamente la risa viene en auxilio cuando se trata de soportar lo insoportable y cuando es necesario derribar barreras absurdas y los límites rígidos de una violencia que se caracteriza por su irracionalidad.

    Eligió un asunto sensible como disparador, un elemento igualmente tabú para ambas culturas: la judía y la palestina. El cerdo. Animal considerado sucio y ofensivo, impuro, capaz de traer desgracias y maldiciones a quien tuviera contacto con él. Tanto judíos como palestinos tienen prohibido comer carne de cerdo y esos animales no pueden pisar tierra en ninguna de las dos jurisdicciones por igual.

    Y resulta que justamente a Jafaar, un paupérrimo pescador palestino que apenas sobrevive con las escasas sardinas que logra atrapar y el escuálido olivar que forma parte de la dote de su esposa, le viene a ocurrir que un chancho, regordeto y en su plenitud vital, aparece en su red, presuntamente luego de haberse caído al mar desde un buque extranjero.

    A partir de esta situación, se sucede una serie de hechos a cual más disparatado, en los que se lo ve al protagonista tratando de liberarse de esa presencia maldita que tiene oculta en su pequeño barquito.

    Primero acude a un amigo peluquero, quien le aconseja que lo mate con un fusil y se deshaga del cuerpo en el mar. Jafaar lo intenta pero finalmente, no lo logra. Entonces decide ofrecérselo al delegado de las Naciones Unidas, que es un francés. Sin embargo, el hombre, que no tendría problemas en comer carne de cerdo en cualquiera de sus formas, no quiere hacerse cargo de un cerdo vivo.

    Después, el protagonista se entera de que los judíos crían chanchos a escondidas, seguramente con las intenciones de hacer algún negocio. Jafaar intenta hablar con el jefe de los israelíes pero lo echan a patadas, aunque a través del alambrado consigue tomar contacto con una colona del otro lado, con quien finalmente llega a un acuerdo comercial, de cuyas características mejor no hablar porque es una de las perlas graciosas de la película.

    Con esperanza

    Como todo es precario e inestable en ese lugar del mundo, las cosas pronto se irán de las manos y como un conflicto trae otro conflicto, se arma un lío descomunal, aunque, como en las fábulas, el final trae un alivio de esperanza.

    Estibal ideó esta anécdota extravagante, ridícula y absurda, para dar un pincelazo sobre las costumbres de esos dos pueblos obligados a subsistir en una convivencia forzosa. Y aprovecha la oportunidad para mostrar la vida cotidiana con sus pequeñas glorias y sus pequeñas miserias, y la difícil relación que cada ser tiene con el terruño. Para unos, el lugar de sus ancestros hoy ocupado por gente extraña, y para otros, un lugar de paso adonde se viene a cumplir un servicio. De un lado, el ejército israelí, del otro, las milicias palestinas, y en el medio, los delegados de la ONU y la Cruz Roja, como una presencia burocrática que en vez de facilitar las cosas, a veces las complica un poquito más.

    La película de Estibal es divertida, ingeniosa y simpática, invita a pensar y critica desde el humor, tratando a todos los personajes con cariño.
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  • Marcelo Menichetti
    La pesca sorprendente

    Un palestino que se procura el sustento pescando en la franja de Gaza a bordo de su destartalado barco, se lleva una sorpresa mayúscula cuando en una de sus incursiones marinas levanta las redes y descubre a un chancho atrapado en ellas.
    El animal está vivo, pero no puede bajarlo de la nave por razones religiosas. Sin embargo, tras descubrir que el animal puede convertirse en una fuente de recursos, decide arriesgarse y desembarcar al animal para venderle su semen a una granjera judía que se lo compra a buen precio. El pescador vive junto a su esposa en una casa que se levanta justo en la frontera con los territorios israelíes. Incluso en su terraza hay un retén integrado por dos soldados que vigilan día y noche la zona limítrofe, paseándose dentro de su casa como integrantes de la familia. La divertida comedia dirigida por Sylvain Estibal y muy bien protagonizada por Sasson Gabai, esconde el denso drama humano de la ocupación de territorios. Sin embargo, aún en las peores circunstancias se hace lugar el buen humor y el filme consigue entretener con una historia que orilla el absurdo para los observadores occidentales. Una manera ocurrente de analizar el drama de una disputa sin fin.
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  • Maia Debowicz
    Publicada en la edición digital #243 de la revista.
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  • Agustín Neifert
    Agustín Neifert
    La Nueva Provincia
    Extraña comedia que roza el ridículo

    Título extraño para una comedia aún más extraña, que por momentos roza el ridículo. Está ambientada en la zona norte de la Franja de Gaza y trata sobre el conflicto palestino-israelí, pero lo hace en tono de sátira.
    El director es el francés Sylvain Estibal, quien trabajó como editor de fotografía de la agencia France Press en Montevideo. Es también autor del guión y con este filme ganó el Premio César (el equivalente francés del Oscar de la Academia de Hollywood) a la mejor ópera prima.
    A Estibal se le ocurrió realizar la película cuando fue al puerto a tomar fotografías de un embarque de animales y le contaron la historia del hundimiento de un barco cargado de cerdos frente a las costas del Líbano.
    El personaje central de esta historia es Jaafar, interpretado de manera magistral por el actor judío Sasson Gavia, un pescador palestino algo torpe, casado, que es humillado diariamente por soldados israelíes que ocupan la terraza de su modesta casa de adobe.
    Cierto día, en su red de pescador aparece un cerdo, lo que le produce una conmoción, pues es un animal condenado tanto por el Corán como por la Torá. Jaafar cree que es una señal divina y un anuncio de una desgracia inminente.
    Primero intenta matarlo y luego busca obtener algún rédito económico, pero manteniendo el secreto. La solución le llegará por intermedio de Yelena, una granjera judía que cría cerdos. El negocio se concreta a través del alambrado que en esa zona separa a los territorios de Israel y Palestina.
    El segundo conflicto dramático, más grave que el primero (que es la aparición del animal en la vida de Jaafar), es el descubrimiento del verdadero objetivo de la crianza de cerdos por parte de Yelena. Supuestamente se los utilizaría para olfatear explosivos.
    Por esta vía y por otro episodio todavía más dramático, se cuela la realidad del conflicto palestino-israelí. Pero eso ocurre sólo brevemente, porque el encuadre que prevalece es el de la comedia, que inclusive incluye un final conciliador a manera de síntesis y mensaje.
    El director sugiere que el entendimiento es posible y que las rivalidades se pueden superar, a pesar de las diferencias raciales y políticas que existen en la Franja de Gaza.
    La película registra una factura técnica hecha un poco a los "manotazos" y con una menuda preocupación por los valores estéticos. Sobresale como baza principal la actuación de Gabai.
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