Chapadmalal
  • Cantidad de críticas: 4
  • Críticas favorables: 4/4 (100%)
  • Críticas desfavorables: 0/4 (0%)
  • Desviación: 8%
  • Puntaje IMDb: N/A
  • Puntaje RottenTomatoes: N/A
  • Ficha técnica y fotos en cinenacional.
  • Nombre original: Chapadmalal
  • Director: Alejandro Montiel
  • País de origen: Argentina
  • Clasificación: Apta todo público
  • Fecha de estreno: 03/03/2011
  • Distribuidora: Independiente
De acuerdo con Wikipedia, Chapadmalal es una localidad del partido de General Pueyrredón, provincia de Buenos Aires, Argentina. Fundada en 1887, se ubica sobre la costa atlántica a 23 kilómetros de la ciudad de Mar del Plata y cuenta con una población menor a los 2000 habitantes. De acuerdo con Alejandro Montiel, Chapadmalal es mucho más; un territorio abstracto y enigmático, en cuyos confines todavía es posible aprender algo a través del cada vez más olvidado arte de la conversación. Y Montiel lo aprehende de una manera tan simple que parece fácil: una cámara suelta en medio del Complejo Turístico Chapadmalal, varias preguntas y un grupo de jubilados del PAMI que reflexionan sobre la vida, el amor, el trabajo y el paso del tiempo. El resultado es Chapadmalal, una nueva localidad, paralela, en donde la experiencia personal se vuelve más precisa y valiosa que el discurso oficial (de la Historia, de la tercera edad), en donde lo viejo supera a lo nuevo y el pasado sirve de faro al futuro.
  • Diego Batlle
    Diego Batlle
    Otros Cines
    En este documental del codirector de 8 semanas y Las hermanas L. estaba todo servido para la burla, el patetismo y la mirada satírica hacia los veteranos afiliados al PAMI que pasan unos días de vacaciones en el Complejo Turístico Chapadmalal. Las primeras imágenes parecen certificar esa presunción. Sin embargo, Montiel se concentra luego en los testimonios de una veintena de abuelos que cuentan a cámara sus historias de vida (graciosas o emotivas) y el resultado es de una diversidad e intensidad bastante convincente.
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  • Ezequiel Boetti
    Ezequiel Boetti
    EscribiendoCine
    Viejos son los trapos

    Estrenada en la Competencia argentina de Mar del Plata ’09, Chapadmalal (2009) es un documental cuya máxima virtud es justamente esa, la de documentar. Alejandro Montiel (Las hermanas L, 8 semanas) se toma el tiempo necesario para escuchar a todos y cada uno de los jubilados que prestan su testimonio.

    A lo largo de una semana, Montiel sigue a un contingente de jubilados que vacaciona en la pequeña ciudad balnearia ubicada a escasos kilómetros de la urbana Mar del Plata: escucha sus historias, sus miedos, sus alegrías...

    “Me interesaba escucharlos ya que no tienen espacio dentro de los grandes medios”, explicó el director hace dos años atrás. Y vaya si lo hace. Chapadmalal está articulada como una larga sucesión de entrevistas a cámara de los jubilados. Lejos del lugar común de la minusvalía y la decrepitud, Montiel los muestra no como seres extrapolados sino simplemente como humanos en una generación postrera. De ahí que los deje hablar, no los interpele, los entienda. Eso tiempo produce una reacción mutua: la ausencia de juzgamientos les da a los jubilados el beneplácito tácito para que se quiten ese personaje que aspiran a construir y se dejen ver tal cual son: vanidosos, materialistas, románticos, sufridos. La película gana con la frescura y espontaneidad de los protagonistas.

    La galería que desfila ante la cámara resulta tan variopinta como auténtica. Son seres solitarios, faltos de cariño y deseosos de ser escuchados. Felizmente Montiel supo captar esa esencia y trasladarla a la pantalla.
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  • Diego Maté
    Diego Maté
    Cinemarama
    Palabras más, palabras menos.

    Chapadmalal es un caso raro. La propuesta y las ideas que esgrime el director son de una riqueza notable, pero las personas que salen delante de cámara y gran parte de lo que dicen no están a la altura del resto de la película. Para empezar, hay que decir que lo que hace Alejandro Montiel es prácticamente un cine de riesgo: filmar a los afiliados de PAMI que vacacionan en el Complejo Turístico Chapadmalal contando historias personales por turnos sin que las apariciones dialoguen entre sí, y además hacer que la película recale pura, exclusiva y obsesivamente en los entrevistados, bueno, eso es algo que no se ve todos los días. Chapadmalal nos impone un ritmo que no estamos acostumbrados a sentir en una sala, el de personas mayores que narran episodios de sus vidas sin cortes ni ilustraciones de ninguna clase, y muchos de los cuales no tienen nada de extraordinario ni un pulso dramático que los vuelva atrapantes. El rigor es absoluto e insuperable: los vacacionantes desfilan frente a cámara hablando de sí mismos, a veces solos, a veces en grupos, pero casi siempre en tomas únicas, y eso es todo. No hay concesiones de ningún tipo: los hechos contados no se complementan con imágenes ni se matizan con música, los entrevistados nunca se cruzan o hablan de otros (y si lo hacen, no alcanzamos a darnos cuenta), y el esquema de primer plano y plano americano rige para casi todos los testimonios.

    El gran problema de semejante dispositivo cinematográfico son los resultados que se obtienen: la mayoría de los relatos resultan aburridos, muchos hablan de las mismas cosas, y una buena cantidad de las opiniones directamente molesta. Lugares comunes, frases hechas, posturas defensivas, reivindaciones personales que suenan forzadas; salvo honrosas excepciones, Chapadmalal se nutre principalmente de eso, y el clima general de sueños incumplidos, culpas y odios no saldados termina por hacer que los entrevistados parezcan amargados, repetitivos y frustrados pero sin la valentía para admitirlo ni el carisma que les insufle un poco de encanto. Las intervenciones de los realizadores tampoco son del todo felices: la mayoría de las veces se notan complacientes y tienden a mimar de forma cómoda al entrevistado.

    Seguramente el mejor momento de la película sea cuando aparece la mujer que regenteó un prostíbulo. Su relato está lleno de vitalidad, grandes anécdotas y un tono polémico con el que prácticamente se increpa al público. A Chapadmalal toda le falta la energía y el empuje de la ex madama. Montiel se arriesga poniendo en funcionamiento una máquinaria cinematográfica atípica y prometedora, pero fracasa a la hora de cosechar sus frutos.
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  • Martín Iparraguirre
    Martín Iparraguirre
    La mirada encendida
    Juventud en marcha



    El veranito cordobés en las carteleras de nuestros cines está a punto de terminar (De Caravana seguirá hasta el miércoles en los Cine Gran Rex y Dinosaurio, cita obligada para quienes no la vieron), aunque deja la fuerte promesa de repetirse en el futuro cercano (este año se estrenará la excepcional Yatasto, de Hermes Paralluelo, y ahora mismo hay un cordobés compitiendo en Cannes – ver HDC de la víspera-), y los estrenos vuelven a estar dominados por la misma nacionalidad, cuyos temas y modelos narrativos resultan cada vez más extraños a la realidad social y cultural que respiramos todos los días. Por suerte, el cine sigue creciendo en los centros alternativos de difusión, y los amantes del séptimo arte podemos encontrarlo todas las semanas: la crítica tiene la obligación explícita de hacerlo, pues debe privilegiar aquel cine que puede pasar desapercibido para la sociedad, sea por carencia de marketing, sea por la invisibilidad a la que lo condena la hegemonía norteamericana, más allá incluso de la calidad artística que ostente cada película (pues, vale recordarlo, los modos de producción no garantizan absolutamente nada).

    Esta semana viene al caso anticiparse entonces al estreno de Chapadmalal (Argentina, 2009), de Alejandro Montiel, que tendrá lugar el jueves en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (donde se proyectará hasta el domingo en doble programa con Conocerás al hombre de tus sueños, de Woody Allen). Documental de índole básicamente observacional, con un fuerte sesgo periodístico incluso, Chapadmalal pertenece a una especie de subgénero del cine argentino nunca reconocido oficialmente como tal, acaso por las pocas películas que incluye, aunque definitivamente identificable: los documentales (y por qué no también películas de ficción) sobre los centros turísticos de nuestro país, entre los que resalta la excelente Balnearios (2002), de Mariano Llinás. Su particularidad, empero, no está tanto en su contexto geográfico como en los protagonistas que filma, jubilados de diversas partes del país que viajan en los programas turísticos ofrecidos por el PAMI, en este caso a la localidad costera que da título a la película, que efectivamente registra el período vacacional de un contingente en el Complejo Turístico Chapadmalal. El resultado es un filme pleno de humanidad y buen humor, que en su registro esencialmente popular logra rescatar historias de vida reveladoras sin caer en sensiblerías, golpes bajos o la típica demagogia supuestamente reivindicadora de productos semejantes. Los momentos iniciales del filme sirven para situar al espectador: un plano general sostenido del mar da lugar a otro similar del complejo turístico, seguidos de planos fijos de los espacios internos del hotel, que acaso logran atrapar también esa aura misteriosa que suelen tener los pueblos de la costa argentina, sobre todo cuando están vacíos. A los pocos minutos veremos al director y el equipo técnico charlando con los primeros visitantes, y las reacciones de los abuelos al saber que se filmará una película, indicios de un documental reflexivo que no llegará a ser tal, pues el cuerpo del filme será pronto ocupado por estos jubilados, siempre predispuestos y joviales, que asumirán el protagonismo del registro: a través de primeros planos siempre fijos, ellos narrarán sus historias y hablarán con soltura elogiable de sus más íntimos pensamientos y de las preocupaciones que los acosan. Lo singular del filme se encuentra precisamente en la intimidad lograda por Montiel, capaz de rescatar momentos luminosos y reveladores de cada entrevista, donde si bien se repetirán casi obsesivamente algunos temas (el paso del tiempo, la muerte, el amor, la nostalgia, la viudez y la maternidad), se irá construyendo un microcosmos capaz de desmitificar de manera definitiva los prejuicios existentes sobre la ancianidad, que resultará más viva y apasionada que cualquier otra edad.



    Sin innovaciones técnicas o formales, el gran acierto del filme es darle un protagonismo excluyente a estos septuagenarios, sin menospreciarlos ni tampoco idealizarlos, sino brindándoles un espacio de diálogo donde puedan expresar su humanidad: el cine como un lugar de encuentro, donde estos seres sorprendentemente libres pueden hablar de sus pasiones, sus esperanzas, sus dolores y sus sueños por cumplir. Son testimonios que, en su libertad, trascienden toda posible manipulación (incluso la más elemental: los realizadores intentando dirigir las entrevistas desde fuera de campo), y que constituyen el mejor espejo donde poder mirarnos a nosotros mismos, algo que casi ningún filme norteamericano está en condiciones de ofrecer (y que ni siquiera el montaje, que parece privilegiar a los entrevistados más pintorescos, consigue empañar).

    Por Martín Ipa
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