Cadáver

Crítica de Rolando Gallego - EscribiendoCine

Fantasmas en la mente

Cadáver (The Possession of Hannah Grace, 2018) se presenta como una propuesta televisiva, de esas que en el binge watching, los millenials devoran en menos de un fin de semana. Series con imágenes perfectas y giros constantes como para dar la sensación de sorpresa y novedad, que en poco tiempo comenzaron a transformarse en productos cinematográficos, convirtiéndose en algo parecido al cine pero con un lenguaje televisivo.

A Megan (Shay Mitchell), la protagonista de Cadáver (inexplicable título local), le han pasado muchas cosas, y como resultado de éstas, las alucinaciones la persiguen esté donde esté. Para complicarle todo, la única chance que tiene para salir adelante y seguir con su vida es emplearse como administrativa en la morgue de un hospital, donde, obviamente todo se descontrolará en parte por sus delirios y en parte por un misterio.

Así, entre la serie de horror, el drama hospitalario y la narración de género, Cadáver de Diederik Van Rooijen, apuesta por algo que no dista mucho de una infinidad de propuestas anteriores que han tenido en hospitales, morgues y lúgubres espacios, escenarios para contar historias de miedo sobre muertos que reviven, cadáveres que caminan y asesinatos sin explicación que amenazan a los personajes.

Pero en Cadáver el principal conflicto es su intención de dotar de cierto realismo y profundidad a la protagonista a partir de un pasado reciente que la acecha. El guion de Brian Sieve pretende confundir al espectador con lecciones sobre psicología y autoayuda de bolsillo en eternos diálogos en los que Megan debe probar que aquello que ha comenzado a vivir en su trabajo nocturno no es otra cosa que la aparición de un extraño cuerpo que toma vida de la muerte de otras personas.

Para matizar un poco la cosa, el realizador intenta abrir los espacios con tomas que dan amplitud al techo de la morgue, jugando con la luz y primeros planos para componer una propuesta distinta, pero en el constante apelar al fuera de campo y a la banda sonora para efectuar cambios y transiciones, la fórmula se resiente.

En algún momento se incorpora la religión y el exorcismo para justificar las muertes que comienzan a sucederse delante o a espaldas de Megan, algo que demuestra la construcción tipo Frankenstein del guion, un híbrido que no sabe hacia dónde avanzar en su relato y en su progresión.

Cadáver podría haber sido una potente vuelta a un subgénero que tiene varios adeptos dentro del terror, pero en el débil desarrollo de los conflictos y en las endebles actuaciones secundarias se terminan por resentir todo aquello que emulando a series olvidables podría haberla distinguido y elevado.