Autómata

Crítica de Soledad Castro - Cinemarama

Esta película de ciencia ficción es una coproducción entre España y Bulgaria, pero los personajes hablan en inglés. Capaz que hablada en español hubiera tenido más sentido en términos de ampliación de fronteras de una filmografía nacional, o hubiera estado más cerca de encontrar una identidad propia. Es fácil darse cuenta de que Autómata sigue la línea de muchos otros relatos previos que plantean el futuro como distopía, como un horrible cementerio tecnológico contaminado, desolado y triste donde casi no queda rastro de la naturaleza.

Esa referencialidad resulta interesante a la hora de pensar cómo una idea de futuro posible reconfigura el pensamiento sobre el presente. Visitando la historia del cine puede rastrearse cómo cada época del pasado ha construido su idea de futuro y ha visto en esa representación un diálogo con cada uno de esos presentes. Pongamos un ejemplo súper tonto: uno mira Los Supersónicos y se enternece con la tecnología que sus creadores imaginaban, así como puede leer en la figura de Robotina cierta idea de rol femenino muy clara para la época. Hay un disfrute a priori ahí, un placer relacionado con el género “ciencia ficción” como juego de espejos entre distintos pliegues temporales, entre símbolos, filosofía y significados múltiples que suele resultar bastante estimulante en este tiempo, en general enfermo de literalidad.

El futuro puede ser un terreno fértil para la advertencia crítica (si seguimos así nos pasará tal o cual cosa) o para la afirmación conservadora de ciertos cánones sociales (mire señora que esto, esto y esto continuarán siendo así porque siempre lo han sido). Cada relato oscila en este péndulo con más o menos conciencia; apoyarse en ideas anteriores de futuro, éticas y estéticas, puede ser una jugada interesante si no hay suficiente presupuesto ni creatividad para arriesgarse de verdad a la invención de un mundo nuevo. Es que una de las reglas del relato fantástico supone que haya ciertos anclajes con la realidad: necesitamos reconocer parámetros para comprender las diferencias y empatizar con los personajes. Por eso es tan complejo llegar a un equilibrio verdaderamente original; la verdad que seguir basándose en Asimov o en Dick resulta un camino perezoso pero aparentemente más seguro, que hace que los espectadores reconozcan el “look” de la película y piensen que sí, que es cierto, que lo que hay ahí es ciencia ficción.

Como buena nacida en los ochenta, prefiero los futuros rotos, oscuros y trash antes que la asepsia macintosh-publicitaria de una película como Her, por ejemplo. Autómata lidia con la estética desde una premisa pseudo-inteligente: las cosas han salido mal y la humanidad atraviesa un “retroceso tecnológico”. Eso le permite mantener la verosimilitud aunque presente un universo técnico ecléctico, amigo de un presupuesto acotado: todo está lleno de basura pero caben algunas propuestas flasheras de esas que uno piensa: “pah… ¿será así alguna vez?”. Es el caso de la escena donde la esposa embarazada de Antonio Banderas (que interpreta a un encargado de seguridad que se ocupa de chequear que esté todo bien con los robots en las calles) se hace una ecografía estructural sentada, sola, en el living de su casa. ¡Y ve clarito a su bebé como un holograma!

En términos de guion, no sé si tiene sentido pensar mucho esta película. No hay nada muy nuevo: los robots no pueden volverse inteligentes pero finalmente sí se vuelven inteligentes y arman un lío bárbaro para nuestro pobre anti-héroe y su familia. La inconsistencia más profunda es ideológica: la intriga se inicia en unos barrios bajos marginales que luego jamás se ponen en juego y salen de la película tan aleatoriamente como entraron; los “malos” son los dueños de la empresa que hace los robots pero al final resulta que no se sabe cuánto tienen de responsables; el jefe de Banderas que se comporta como un hijo de puta funcional termina resultando su más preciado y honesto amigo. Básicamente, la sensación de frivolidad lo atraviesa todo.

Pero hay algo que no deja de ser interesante y bastante novedoso: es el planteo de que la evolución natural de la humanidad son los robots, casi como dentro de un esquema darwiniano. Y que esos robots pueden, de hecho, resultar mejores, más buenos, más ecológicos, limpios y buenos para la tierra que los humanos, esos malditos simios violentos. Y que esos robots a su vez crearán nuevas especies que los superarán. No sé, esa idea de evolución a lo “superhombre” me llamó la atención porque ideológicamente es tan asquerosa que me dejó un gustito a esas cuestiones que se cuelan en un guión casi sin querer, de modo inconsciente, y que resultan chispas bien sabrosas a la hora de ver una película. En lugar de llenar la cosa de detalles empáticos y políticamente correctos, las ganas de defender la tecnología (y una raza superior) deberían ser menos contradichas, menos solapadas. Hubiéramos estado frente a una obra menos boba y, aunque igual de desagradable, tal vez algo más valiente y leal al tiempo al que pertenece.