La ciambra

Crítica de Gaspar Zimerman - Clarín

A Jonas Carpignano le robaron un auto cargado con equipamiento cinematográfico cuando estaba filmando un cortometraje. Como todo el mundo sabe en Gioia Tauro (Calabria), cuando algo así ocurre hay que negociar con los gitanos: el joven cineasta italoamericano lo hizo, recuperó su auto y descubrió un mundo. a partir de entonces, durante cinco años estuvo visitando la Ciambra, el barrio gitano, y maduró su segundo largo, con los integrantes de la familia Amato, que nunca antes habían actuado, como protagonistas.

Todo está contado a través de los ojos de Pio, el adolescente de 14 años que quiere demostrarle a su hermano mayor, Cosimo, que ya es un hombre en condiciones de seguirle el ritmo en sus andanzas delictivas. Es una historia ficcional narrada con pulso documental: Carpignano logró que los Amato reinterpretaran situaciones que, en su mayor parte, les habían ocurrido realmente. De ahí la naturalidad y la verosimilitud de La Ciambra, reforzadas por el carisma de ese adulto prematuro que es Pio.

La película -que contó con Martin Scorsese como productor ejecutivo y fue enviada por Italia a los Oscar- muestra, con crudeza, la cotidianidad marginal de la comunidad gitana. Que no es nómada sino que habita monoblocks, rodeada de basurales, sumergida en el analfabetismo, viviendo de robos y estafas, a merced de las constantes redadas policiales, con la cárcel como escala habitual.

A la vez, retrata el drama de los refugiados en el sur de Italia: si los gitanos están fuera del sistema y son despreciados por los “italianos” (los llaman así, aunque ellos también lo son), a su vez desprecian a los africanos, que están un escalón por debajo de ellos. La jerarquía de la pobreza.

En esta aventura de maduración, Pio es el puente entre las realidades paralelas de ambas comunidades. Y llegará a una encrucijada en la que deberá elegir entre un mundo más amplio o seguir la enseñanza de su abuelo: “Somos nosotros contra todos los demás”.