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Imagen del crítico Paraná Sendrós
Paraná Sendrós
  • Cantidad de críticas: 369
  • Promedio: 61%
  • Críticas favorables: 302/369 (82%)
  • Críticas desfavorables: 67/369 (18%)
  • Diferencia absoluta: 10%
  • Email de contacto: No disponible
  • Medio donde critica: Ámbito Financiero
  • La revolución es un sueño eterno
    La Historia contada a la antigua y con gran elenco

    Esta es la adaptación, y necesaria simplificación, de una novela casi inadaptable, compleja, donde Juan José Castelli, llamado «el orador de Mayo», reflexiona sobre el fracaso de sus ideas jacobinas, su lucha junto a Moreno y Belgrano, y los sinsabores que esto le trajo. No son recuerdos lejanos. Recién es 1812, pero políticamente ha caído en desgracia y encima, terrible ironía, tiene un cáncer de lengua.

    El director Nemesio Juárez, que años atrás supo adaptar a Horacio Quiroga, se las arregla ahora con esta obra magna de Andrés Rivera. Lo ayudan Licha Paulucci y un elenco muy indicado para una riesgosa pero ineludible decisión estética: mantener en los diálogos la impronta literaria de la novela. Esto (y otras elecciones que van pegadas) hace que algunos acusen a la obra de anticuada, pero los actores y los textos son de primera, con lo que el posible defecto se vuelve virtud.

    Lito Cruz es el doctor Castelli, agobiado y punzante. Lo acompañan Luis Machin, Adrián Navarro, Juan Palomino, como Belgrano, Moreno y Monteagudo, y otros de menos cartel pero muy en papel, entre ellos Antonio Ugo, Carlos Kaspar, Rolando Ochambela y James Murray, como Cisneros, Beresford, Liniers y un traficante de armas, todos en diálogos reveladores, porque acá vemos las luces pero también las bajezas de los iluminados de aquel entonces, y la injusticia que acarrean a veces los sueños. Fusilamientos, complots, limitaciones mentales y morales, gestos de soberbia, se ven ahora con otra óptica. De pronto un virrey puede tener su parte de razón, y un avanzado justificar sus crueldades con lógica similar a la de un retardatario. El sacrificio, el desagradecimiento y la desilusión salen a escena. «¿Qué Revolución compensará las penas de los hombres?», se pregunta Castelli. En todo caso, escribió Rivera, que la de Mayo no sea «una invectiva pomposa, una interpelación pedante o, para complacer a los flojos, un estertor nostálgico».

    Dos momentos tocan en lo hondo. La discusión del Cabildo Abierto del 22 reproduciendo casi tal cual el famoso cuadro de Pedro Subercaseaux, y la música final, más que conocida, muy bien puesta. Con la música surge también la dedicatoria, íntima y abierta. Y a barajar y dar de nuevo. Detalle extraño: esta película ya estaba lista y aprobada por Rivera hace dos años. Nunca tuvo distribuidor ni exhibidor interesado. A señalar, para estudiosos, otras dos sobre la fundación violenta de la Patria: «Cabeza de Tigre», de Claudio Etcheberry (el enfrentamiento Castelli-Liniers), y «Tierra de los padres», de Nicolás Prividera.
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  • Elefante blanco
    Elefante blanco
    Ámbito Financiero
    Potente drama social con un creíble Darín

    Como productor y director, Pablo Trapero mejora en cada película. Esta fue todo un desafío, y lo sacó adelante como corresponde. Se trata de un tamaño drama social de acción y también de reflexión, con muchas secuencias impactantes y pequeños detalles objetables, sobre dos curas villeros y una asistente social trabajando en Ciudad Oculta. Los libretistas no son muy católicos que digamos, y el relato se centra demasiado en tres personas, pero está muy bien dirigido y pega debidamente, con una fuerza que llega a todos los espectadores. Algunos se espantarán, por supuesto.

    La anécdota es simple, tan solo refiere una lucha cotidiana y eterna. La situación es compleja. Por las callejuelas se entremezclan personas que quieren vivir tranquilas, bandas de narcos que manejan en la zona, pibes dopados como chinos en un fumadero, mentes confundidas, policías de infantería, obreros que quisieran trabajar en un plan de viviendas pero no tienen quién pague los jornales porque la plata se pierde en algún escritorio, y curitas que se desloman por ayudar y más de una vez reciben los palos. Encima ellos también son seres humanos.

    La película está dedicada a uno de veras, el padre Mugica, muerto a tiros el 11 de mayo de 1974. Los fieles de su Villa 31 le erigieron un pequeño santuario, que acá se entrevé en una escena, donde alcanza a leerse parte de su oración más conocida: «Señor, perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro (...). Señor, quiero morir por ellos, ayúdame a vivir para ellos. Señor, quiero estar con ellos a la hora de la luz». Casi 40 años después, la hora de la luz sigue lejana. Lo único que sigue cerca, como anticipo, o ilusión, de esa luz, son los curas villeros. Nadie sale del cine sin sentirles respeto. Pero también se siente muy cerca la sensación de lo imposible, de lo inútil, del fracaso.

    Deliberadamente, la obra, bien realista, tiene cinco cierres sucesivos, todos rápidos. El primero es a tiro limpio, muy amargo. Después vienen los otros, incluyendo uno muy grato para muchos y sobre todo muchas, hasta llegar al más significativo. Cada espectador elegirá con qué final quedarse. Que es como decir, qué camino prefiere. El elefante blanco del título es el regalo de una misión que puede agotar a cualquiera. También es la mole abandonada de la Villa 15 que muchos bienintencionados, en la película y en la realidad, sueñan transformar en un monobloc habitable, y que empezó a construirse en 1938 con destino de hospital. Un símbolo argentino, como puede verse.

    Muy bien Ricardo Darin. Algunos lo ven demasiado lindo para cura, pero recordemos que el padre Mugica también tenía su pinta. Dato de cinéfilos, el único antecedente de «Elefante blanco» es un pequeño film braso-argentino sobre curas de favela, «Pedro y Pablo», de Angel Acciaresi, 1973, también llamado «Tercer Mundo» o, algo mejor, «Lucharon sin armas». Actores, Pedro Aleandro, Jardel Filho, José María Langlais.
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  • Votos de amor
    Votos de amor
    Ámbito Financiero
    De historia real a película empalagosa

    Si en un accidente de auto el marido pierde la memoria y cree que sigue de novio con una chica de otra época, eso puede ser una comedia jocosa, o quizás una comedia policial, según las tácticas que use su mujer para alejar a la otra. Pero si quien pierde la memoria es la esposa, y cree que sigue de novia con su prometido oficial, aprobado por sus padres, eso puede ser una linda ocasión para que el marido recupere la libertad. O quizás una comedia romántica, donde el infeliz hará lo imposible para recordarle lo felices que eran los dos juntitos (y lo malo que era el novio anterior).

    Eso es, precisamente, lo que pasa en esta película norteamericana desaconsejable para diabéticos, y al parecer inspirada en un caso real, el de Kim y Krickitt Carpenter, que ahora tienen dos nenes y un libro de autoayuda para estos casos. El asunto es que en la película ella sufre un serio accidente por no usar cinturón de seguridad, despierta extrañada frente a un bohemio productor discográfico en la mala, y se alegra de ver a sus padres, ricos y elegantes, ignorando que por alguna razón se había alejado de ellos hace ya varios años (sí, el padre también tiene algo malo, aunque solo para las mentes puritanas de Illinois, donde transcurre este cuento). En fin, el asunto es que el desventurado esposo hará de todo para devolverle la memoria y volverla a su lado, y eso incluye lo básico y más romántico: enamorarla de nuevo.

    Por ahí transcurre la historia, sumamente larga, bastante tonta, con los empalagosos Rachel McAdams, tan bonita, y Channing Tatum, y, como la madre, Jessica Lange, la misma que hace treinta años enloqueció a medio mundo tirándose sobre la mesa de la cocina frente a Jack Nicholson en «El cartero llama dos veces». De eso no hay cómo olvidarse.

    Postdata con tercera opción: en «Hombre nuevo, vida nueva», con Kurt Russell y Goldie Hawn, una insoportable mandona pierde la memoria y su empleado aprovecha para convertirla en su obediente y feliz esposa fregona a cargo de cuatro chicos y una casa. Gran película, muy didáctica.
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  • 35 Rhums
    35 Rhums
    Ámbito Financiero
    Pálida copia de un clásico film de Ozu

    Hubo hace mucho una hermosa película de Yasujiro Ozu, «Primavera tardía» (Banshun, 1949), donde la devota hija de un traductor viudo insiste en seguir cuidando a su padre, aun a riesgo de quedar hecha una solterona. Unión familiar, lealtad filial, soledad, aceptación de los cambios lógicos propuestos por la naturaleza y la sociedad, se exponen aquí en el ámbito de la posguerra, donde las cicatrizaciones y los progresos anímicos y materiales se valoran especialmente. Y todo eso está contado en forma placenteramente calma, dulcemente triste, con música suave y expresiones controladas. Ozu estaba entonces a las puertas de su gran película, «Una historia de Tokio» (Tokyo Monogatari, 1953).

    Wim Wenders habla de estas obras, y de semejante autor, a través de su documental «Tokio Ga», donde el viejo actor Chishu Ryu visita la tumba de su maestro y luego, en un andén, es reconocido por varias señoras, pero no por su participación en aquellos poemas, sino porque está apareciendo en una telenovela. En fin, basta de hablar de cosas lindas.

    El asunto es que Claire Denis, sobrevalorada directora francesa, ex asistente de Wenders en «Paris, Texas» y «Las alas del deseo», un día vio «Primavera tardía», recordó que su madre tenía devoción por el abuelo, al punto de ponerla celosa, y decidió hacer algo parecido, pero en vez de japoneses puso negros actuando como japoneses que tomaron calmantes, y para resaltar el carácter de homenaje ahora el padre es conductor de trenes, ya que en algunas famosas películas de Ozu suelen pasar trenes.

    El resultado es una sucesión de climas apacibles donde no pasa nada o tarda bastante en que pase algo que nos deja medianamente afuera. ¿Cómo lograba Ozu tensionar y emocionar con películas sencillas donde aparentemente tampoco pasaba demasiado? Pues, porque precisamente en cada escena pasaba algo, y por el corazón de los personajes pasaba mucho, que afloraba en sus ojos y sus hombros y estallaba en los ojos de los espectadores. En lo que ahora vemos, solo hay forma, tono, y, por suerte, una linda música de fondo, suave y entradora. No mucho más, salvo una escapada a una pequeña y bonita ciudad alemana para incluir de algún modo a Ingrid Caven, actriz de la tribu Fassbinder. Por ahí, y por una escena donde el padre empieza a tomarse 35 tragos seguidos de ron, podría haber una clave: éste es un Ozu apagado a la manera de un Fassbinder distante. Puede interesar a curiosos y seguidores de Denis, que hay algunos, y también a personas que sufran de insomnio.
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  • Música campesina
    Música campesina
    Ámbito Financiero
    “Música campesina” con poco sentido del ritmo

    Años atrás el chileno Alberto Fuguet escribió una novela simpática, «Las películas de mi vida», donde un sismólogo enfrenta de pura casualidad un temblor en Los Angeles, y también, pero de pura causalidad, enfrenta un recuerdo natural de las varias películas catástrofe y demás hollywooladas que vio en su vida. El asunto es divertido, y al mismo tiempo da lugar a la reflexión sobre gentes de lenguas y mentalidades distintas que, sin embargo, se alimentan de la misma fábrica de sueños y pesadillas.

    Ese es el Fuguet escritor. Pero cuando hace cine es menos divertido, y eso que en esta «Música campesina» nos cuenta algo similar: la perplejidad de un tipo que sabe de situaciones inestables, enfrentado a un desdén amoroso y un ámbito de música country que él aprecia bastante. Este hombre con mal de amores ha dado con sus huesos en Nashville, trata de hacerse entender en la lengua universal (que, como dice García Márquez, no es el inglés sino el «bad spocken english»), el trabajo de hablar otro idioma lo cansa, el trabajo manual también lo cansa, se lo pasa tirado en hoteles cada vez más baratos, llorando cuitas bilingües ante mujeres que amablemente lo bancan diez minutos, vagando por calles impersonales y bares perdidos, y hablando lo que en Chile y Cuyo se llama oficialmente huevadas, en largas tenidas con un par de vagos locales que le brindan su amistad. Gente simpática, eso sí.

    Por ahí se encuentra una porteña piola que lo orienta un poco, y que en el reparto figura con el nombre de fantasía de Karen Davidovich Whitehouse. Lástima que solo sea un par de escenas, al cabo de las que se oye, intempestiva pero bienvenida, la voz de Leonardo Favio entonando unas pocas líneas de «Muchacha de abril». Pudo ser también la de Palito Ortega con una que grabó en la mismísima Nashville, «Sé de un mundo mejor», pero da igual. Llegado el momento, nuestro personaje también caza la viola y remata con una tonada chilena. Esa es su música campesina. Buena idea, lástima que el actor la cante entera.

    En resumen: Fuguet muestra buen oído para los diálogos, amable sentido de observación, básico manejo de la puesta en escena, simpatía por el llamado «mumblecore» (un subgénero sobre grandulones especialistas en hablar pavadas y hacer huevo), y, bueno, poco sentido del ritmo y la paciencia. Esta película dura 100 minutos. La salva, muy ocasionalmente, el director de fotografía Ashley Zeigler, con alguno que otro encuadre cercano a las pinturas de Edward Hopper.
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  • El campo
    El campo
    Ámbito Financiero
    Refugio engañoso para una crisis conyugal

    Una crisis conyugal puede representarse de varias maneras. Hernán Belón, medianamente novato en el cine ficcional, pero hábil observador, como lo prueban sus documentales con historias de personas anónimas, desarrolla su propia forma apoyado en un buen equipo, un reflejo condicionado del público ante las casonas apartadas, y dos intérpretes hábiles para sugerir con mínimas expresiones más de lo que dicen. Puede objetarse un par de escenas artificiosas, pero no mucho más.

    Con el equipo, Belón logra climas inquietantes sin salirse de lo natural, ya que quiere acercarnos a la mente de alguien que percibe peligros donde los otros no ven nada raro. Con el público empieza un diálogo cómplice: sabemos que en las películas, si una pareja con hijita que ya camina se instala en una casa alejada, descuidada, en pleno invierno, o la casa o el campo circundante encierran cosas feas, o la cabeza de alguien funciona medio torcida. Ni qué hablar del aporte que hacen Leonardo Sbaraglia y Dolores Fonzi, que casualmente el sábado pasado se ganó el premio a mejor actriz latinoamericana en Málaga por este personaje. Completan el reparto la pequeña Matilda Manzano como encantadora nena en peligro latente, y Pochi Ducasse con Juan Villegas como los inocentes vecinos bonachones o los vecinos perversos y entrometidos, según quien los vea.

    Y quien los ve es la mujer que detesta el campo y anda paranoica con cualquier cosa: una sombra, un ruidito, la falta de ruiditos, la soledad, la lejanía, en fin, el campo no es para todos y menos en invierno. El hombre metió la pata comprando esa casa, y sospechamos que la mujer es de esas manejadoras que dejan que el marido meta la pata para después victimizarse, acusarlo ad eternum y salirse con la suya haciéndose las buenitas. Los problemas ya venían de antes, y la ilusión de solucionarlos refugiándose en un ámbito bucólico va a hacerse añicos. Y nosotros veremos cómo ocurre, y a quién beneficia.

    Pero antes, también veremos unas cuantas escenas de sexo, porque es sabido que las parejas jóvenes emplean esa agradable forma de comunicación cuando quieren resolver algún problema, y también cuando no tienen ningún problema. Y éstos tienen varios, incluyendo uno que anda en dos patitas y arriesga meterse en berenjenales.
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  • 75 habitantes, 20 casas, 300 vacas
    Emociona documental de singular belleza

    Este emotivo relato de singular belleza, que hizo Fernando Domínguez con mucho riesgo y buena mano, merece ir al Malba, porque es una obra casi diríamos exquisita, sobre la vida y el quehacer de un octogenario artista plástico que vive acá desde 1948. Por ahora, se estrena en un sótano elegante de Barrio Norte, un sótano menos elegante de Constitución, y la sala menor del complejo de Congreso. Pero esto tiene su coherencia. El artista en cuestión es Nicolás Rubió, impulsor de las artes y saberes de la gente común, de pueblo. que alentó al conocimiento y prestigio de los fileteros porteños y los «primitivos» latinoamericanos.

    Con ellos transitó hermosas jornadas en rincones perdidos, viajando sin apuro desde el Beagle hasta el norte de México, con escala en Barracas y otros barrios queridos. Pero antes, mucho antes, se enamoró también para siempre de otro pueblo, y otras gentes. De eso trata esta película. «La Guerra Civil Española había llegado a su etapa final», cuenta, desde su tranquilo atelier en San Isidro. «Los mayores decidieron que los niños no podíamos llevarnos nada (...). Al día siguiente pasamos la frontera». Así llegaron al caserío de Vielles, en Auvergne. Y se nota que ahí recibió todo, es decir, la amistad de otros niños, la generosa aceptación de los campesinos, brindada como algo natural, sin ostentación, la sabiduría de un abuelo que le dio su confianza y con su solo ejemplo le enseñó a transmitir confianza, la posibilidad de entender cómo son de veras las cosas en materia de bueyes, estaciones, cosechas, y personas.

    Rubió ha pintado cerca de 600 cuadros con sus recuerdos de aquel pueblito. Recuerdos de mirada infantil, teñidos de afecto, de agradecimiento, de placer. Con voz segura y cálida, va desgranando aquí algunas anécdotas a través de sus cuadros, y nos sumerge placenteramente en ese tiempo suyo. La fotografía de pura luz natural de Natalia de la Vega, las «intervenciones» de Javier Di Benedictis sobre su obra, la música íntima y extraña de Pablo Grinjot, contribuyen al encanto. Surge un conflicto, que pudiera parecer pequeño: el pintor ha olvidado cuántas ventanas tenía la casona que habitaba. Lo vemos llamando a los amigos de entonces, tendiendo hilos, envolviendo un nuevo cuadro. De pronto algo lo sorprende y nos sorprende. No diremos más, salvo un detalle necesario: solo él aparece en pantalla, con sus recuerdos, sus labores y pinturas. Parece increíble, suena arriesgado, pero así es la pelicula. Y así, con eso solo, emociona hasta el alma. Una verdadera joyita.
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  • Ánima Buenos Aires
    Ánima Buenos Aires
    Ámbito Financiero
    Buenos Aires dibujada por artistas notables

    Hace ya varios años que Caloi, nacido Carlos Loiseau, y su imprescindible mano derecha María Verónica Ramírez, creadores del estimulante «Caloi en su tinta», luchaban por concretar esta película: una reunión de diversos artistas del dibujo, en sucesivos cuadros porteños, cada uno con su estilo y su mirada. Nada fue fácil, pero por suerte todo fue bien inspirado y está bien logrado. El alma de Buenos Aires está presente, al menos en varias de sus facetas, y tiene una animación ejemplar, gozosamente hecha entre amigos.

    Así, con música original de Fernando Kabusacki, Gustavo Mozzi, Rodolfo Mederos, temas de Angel Villoldo, Julio De Caro, etc. y una murga con arreglo orquestal de marchinha, se alternan dos historias ácidas y dos que parecen dulces. Lo hacen enlazadas por una pareja de tango que baila «El esquinazo» por las paredes, según ingeniosa idea de animación con stencil a cargo de Pablo Zaramella y Mario Rulloni, muy indicada para ir dejando las marcas.

    Primera historia, «Meado por los perros», animación con maquetas y recortes de los hermanos Pablo y Florencia Faivre, elogio y elegía del carnicero de barrio, verdadero artista del corte vacuno y la elegante indiferencia porteña frente a la competencia desleal, la voluble clientela y el filisteísmo de los medios. Artistas también los Faivre. Segunda, «Claustropolis», vertiginoso encuentro de un niño de su casa con el color y con el amor (a una niña libre, a la ciudad que gracias a ella va perdiendo el gris), que también es un canto de amor a Buenos Aires hecho desde el estudio rosarino de Pablo Rodríguez Jáuregui y su equipo (Maus Leonard, Max Cachimba, Silvia Lenardón, Flor Balestra), tan delicioso que sin ningún complejo podría hacer juego con el capítulo que Eric Goldberg dedicó a Nueva York en «Fantasía 2000».

    Tercero, el único relato con palabras, «Bu-Bu», del excepcionalmente imaginativo Carlos Nine, animado por su hijo Lucas (con Juan Sáenz Valiente, Vladimiro Merino y amigos) en puro blanco y negro típico de historia policial negra de los 50, de trasfondo idóneamente negro, narrado por el Negro Fontova en el personaje de un malandra agonizante, con el fondo de unos tangazos memorables (pequeña aclaración, Bu-Bu no es el malevo, ni tampoco es la desabrigada señorita de Montparnasse del mismo nombre, pero igual pierde fácilmente su envoltorio para alegría de la muchachada).

    Y cuarto, otra delicia, «Mi Buenos herido», acuarela de Caloi y Ramírez, con una manito de Pedro Blumenbaum y Osmar Maderna (el bellísimo «Concierto en la luna»). Surge de su libro de dibujos «Mi Buenos Aires querido» una tardecita en un bar de los que ya no quedan, con el patrón, los músicos, los parroquianos, el cliente que arrastra un corazón herido, y la morocha argentina que todos adoran, lo que se dice una suma preciosa de figuras gratamente evocativas, vistas con humor poético, cariñoso, disparatado. Ah, también hay un perro. Muy animoso el pichicho. Culpa suya la película es para mayores de 13.

    En resumen, un contínuo placer, digno de verse en pantalla grande. Y para memoriosos, un pequeño antecedente: el corto «Buenos Aires en camiseta», de Martín Schor, 1966, con dibujos que el maestro Calé publicaba en «Rico Tipo». Después habría que ponerlo en el bonus.
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  • La separación
    La separación
    Ámbito Financiero
    Atrapante cuadro de la condición humana

    Dicen que fue Esquilo, en una de sus obras. Otros, que fue el senador Hiram Warren Johnson, en famoso alegato de 1917. Y que en 1928 la refinó el barón Arthur Ponsonby, un pacifista muy conocedor de las propagandas bélicas: «La primera víctima de una guerra es la verdad». Famosa frase que muchos citan y a pocos escarmienta.

    La verdad, parece que la sacaron abreviando un texto del doctor Samuel Johnson de 1758: «Entre las calamidades de la guerra pueden enumerarse conjuntamente la disminución del amor a la verdad, las falsedades que los intereses dictan, y la credulidad que envalentona». Pues bien, probablemente el iraní Asghar Farhadi nunca haya leído al lejano griego ni a estos angloparlantes, pero sabe y nos muestra muy bien la muy cercana relación entre un divorcio y una guerra.

    Así es como en este film vemos gente voluntariamente crédula, interesada, o tergiversadora, que omite mencionar ciertos detalles, acepta declarar versiones inexactas, tercamente insiste en entender las cosas de modo erróneo, y rebaja su propia autoexigencia moral. Solo una persona insiste en que le digan la verdad. Y esa persona no es el juez que entiende en la causa.

    La historia empieza con un divorcio más o menos de mutuo acuerdo, y más que menos cargado de rencores y trampas afectivas. No se resuelve este asunto, cuando empiezan a sumarse otros problemas, a cargo de sucesivos personajes: la hija en común, el padre mentalmente inválido, la mujer contratada para cuidarlo, más supersticiosa que religiosa, el marido buscapleitos de esa mujer, resentido social, sus acreedores, en fin. Una cosa trae la otra, sumando confusiones y desgracias, para resolverlas se cae en falsedades, acusaciones y enojos, y lo singular es que cada uno tiene su parte de razón, y es muy difícil ponerse a favor o en contra de uno solo.

    Pero a esa altura, advertimos que la separación matrimonial ha quedado apenas como una de las varias separaciones que aquí se presentan. Porque detrás de ese caso particular, ya de por sí bastante significativo, se ponen sobre el tapete varios conflictos de familia, de lealtad filial, de educación, de responsabilidad moral, de religión o laicismo, de clase baja contra la media, de sumisión o búsqueda de un futuro distinto, de todo un país cuyos miembros, en varios aspectos, están evidentemente separados entre sí, y además, por una u otra razón, separados del respeto a la verdad.

    El asunto atrapa al espectador, no solo por lo bien que se armó, el nervio que tiene (aunque unos minutos menos lo hubieran favorecido), y el buen nivel de todo el elenco, sino además porque, solo a través de situaciones cotidianas, sin discurso alguno, se hace aquí un notable cuadro de la condición humana. Porque esto que vemos transcurre en Irán, y lo pinta desde adentro, pero bien puede pasar en cualquier otra parte. Será por eso, que viene ganando aplausos y comentarios en todo el mundo.

    Dos detalles para interesados. Asghar Farhadi es el guionista de un film que compitió en Mar del Plata 2001, «Baja altura» (Ertefae Past), drama de acción donde una familia iraní secuestra un avión en vuelo, con la bonita Leila Hatami que ahora protagoniza «La separación». Y el director de fotografía es Mahmoud Kalari, hermosa persona cuyo lírico film «La nube y el sol naciente» ganó el Mar del Plata 98. Y otro detalle, solo para observadores: el guión de «La separación» es muy bueno, pero a cierta altura esconde una pequeña licencia argumental un tanto discutible. Bueno, tampoco el libreto respeta estrictamente su propia verdad.
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  • Pie de página
    Pie de página
    Ámbito Financiero
    Ingeniosa comedia sobre asunto árido

    He aquí, en esta ingeniosa comedia, un notable ejemplo de cómo hacer que el asunto más árido sea accesible para todo el mundo. Porque esta obra es bien accesible, y hasta fue candidata al Oscar de hace dos meses. Y sin embargo, si al espectador le dijeran que trata sobre el enfrentamiento de dos grandes autoridades en el estudio del Talmud, que pasan, y han pasado, buena parte de su vida en los claustros de la Universidad Hebraica de Jerusalem, bueno, probablemente el espectador la pase de largo.

    Pero ese es solo el ambiente, la excusa pintoresca y extrema que tiene la comedia para tratar algo más amplio, de interés general. Por empezar, nos presenta dos clases de especialistas. Uno, concentrado en sus cosas, encerrado en sus libros, harto minucioso, poco sociable, ajeno a la autopromoción y por tanto apenas conocido, y mucho menos reconocido, salvo por una vieja mención a pie de página en un libro importante. La mención tuvo su peso, pero él es como si no existiera. En cambio, el otro estudioso es sociable, comprador, y por tanto vendedor, incluso hábil autor de best sellers, muy conocido y muy querido por colegas y público. Hay mucha gente así, en diversos ámbitos, ya se sabe. Pues bien, el máximo premio que otorga el país va para uno de ellos. ¿Para cuál imagina el lector? ¿Y cómo reaccionará el otro?

    Primer detalle: esos dos estudiosos son padre e hijo, aunque no lo parezcan. También en esto hay gente así en diversos ámbitos. Segundo detalle: el anuncio del premio se hizo en forma equivocada. Como tienen igual apellido y ocupación, alguna ministra llamó al que no era para felicitarlo. ¿Pero cómo decirle ahora que hubo un error? Es una humillación para los dos estudiosos, para el comité que otorga el premio y para buena parte de la sociedad. Y es también un desafío para el verdadero ganador. ¿Tendrá la piedad y el cariño de un buen familiar, para acompañar al perdedor? ¿Y que decir de éste? ¿No han de aflorar rencores y amarguras? Tercer detalle: estos tipos son grandes estudiosos del Talmud, pero no parece que aplicaran sus buenas enseñanzas. Que lo digan en casa. Ya lo dirán, quizás, en otras partes.

    Como vemos, un asunto atractivo y sin dudas universal, que parece chico, restringido, pero le llega a todo el mundo. Y el autor sabe cómo hacerlo llegar. El guión es excelente, en su pintura de personajes, en sus diálogos, en sus giros y planteos, en la resolución, una joyita. Y los actores que hacen de padre e hijo, y el viejo cascarrabias que debería terciar en el conflicto, y las mujeres de estos insufribles, también son excelentes. Anotamos los nombres aunque den trabajo, porque valen la pena: Shlomo Bar Aba, el padre, Lior Ashkenazi, el hijo, Micah Lewesohn, el peligroso, Alisa Rosen y Alma Zak. Y el nombre del director: Joseph Cedar, neoyorquino residente en Israel desde los cinco años de edad, dos veces candidato al Oscar, simpática persona que estuvo acá la semana pasada, en la Feria del Libro y el Centro de Investigación Cinematográfica. Linda película.
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  • La fuente de las mujeres
    La fuente de las mujeres
    Ámbito Financiero
    Más que reivindicación “de género”

    «Seguramente un cuento, porque, ¿qué verdad existe en esta tierra?», se ataja el autor al comienzo de este film, como aquel tango reo que dice «yo solo quiero contarte un cuento» y termina acogotando a la mina. En este caso, no habrá muertes, pero sí unos estiletes amablemente clavados en las tercas cabezas de machistas y fundamentalistas de variada especie, ya que el asunto se ambienta en algún pueblo islámico pero la moraleja le cabe a cualquiera.

    Ese pueblo podría quedar en algún rincón del norte africano (el famoso Magreb) o de la península arábiga. Difícil encontrarlo, pero el autor nos da una clave. Es un lugar «donde una fuente brota y el amor se seca». Aunque tampoco hay que seguirlo a pie juntillas. La fuente brota, el amor amenaza secarse, pero a fin de cuentas esto es una película y todo tiene solución.

    El autor es Radu Mihaileanu, el mismo de «Tren de vida», sobre la ingeniosa fuga de un pueblo entero bajo el nazismo, «Ser digno de ser», sobre el niño etíope que su madre entrega con falsa identidad para salvarlo de la hambruna, y «El concierto», gozosa reivindicación de unos viejos músicos frente a la criminal burocracia del Estado. Vale decir, un hombre que toca temas fuertes, nos enfrenta con ellos, y nos enseña a desarmarlos con imaginación y buen humor. En este caso, el tema también es fuerte. Empieza con un accidente que causa un aborto espontáneo. En un lugar de la aldea festejan el nacimiento de un niño, en otro lloran una pérdida. Encima, una pérdida que hubiera podido evitarse. Así es como las mujeres del lugar, víctimas de innumerables sufrimientos, se ponen firmes frente a los varones dominantes y las tradiciones aplastantes, y entre firmezas, cantos, bailes y dolores logran imponerse, discutiendo de paso con cualquier interpretación interesada del Corán.

    El relato abreva en «Lisistrata», y también en un episodio real acontecido en una aldea turca hace apenas diez años. Pero como en ningún caso se trata de mujeres estricta y modernamente feministas, pues bien, acá también tienen sus sueños románticos, ven telenovelas mexicanas y mandan cartitas, hay varones reflexivos que terminan de su lado (incluso quien menos se espera, lo que hará rabiar a prejuiciosos y superadas), etcétera. Aparte, no es reivindicación ni reconciliación lo único que veremos. Junto al asunto principal, florecen unos apuntes sencillitos pero bien filosos acerca de otros temas vecinos, apuntes que sorprenden, causan gracia, y dejan pensando. Todo lo cual vale la pena y se disfruta con gusto, porque este director, lo único que tiene difícil es el apellido.
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  • El útimo Elvis
    El útimo Elvis
    Ámbito Financiero
    Comedia triste con un “Elvis” sorprendente

    Años atrás, Armando Bo nieto y Néstor Giacobone le mostraron a González Iñarritu el guión que estaban escribiendo sobre un tipo inmerso en su propio mundo, dispuesto a cumplir su cometido en circunstancias inhabituales. El mexicano, apenas leyó eso, les pidió que lo ayuden a escribir el guión de «Biutiful», sobre un hombre así, que tiene un don especial, sigue un modelo, debe hacerse cargo de una familia desintegrada, enfrenta con cierta hidalguía la mezquindad que lo rodea, pero también, quizá sin darse cuenta, es autodestructivo.

    Esas cosas, y alguna otra, tienen en común estos dos personajes agónicos, el sufrido Uxbal, vidente y buscavidas de «Biutiful» y el gordito Carlos Gutiérrez, cantante y tornero del conurbano. Pero las diferencias también son notables. Las descubrirá el público, por supuesto. Acá solo diremos que, por algo, la primera es una tragedia agobiante y la que vemos ahora es una comedia triste, o un drama medio gracioso, como suelen causarnos risa las desgracias ajenas. En este caso, el hombre sufre la desgracia de ser confundido con un simple imitador de Elvis Presley, cuando él se siente algo superior. El es un seguidor absoluto, tan fuertemente pegado a su imagen y su voz que actúa cotidianamente casi como si fuera el propio Rey. Cuando dice, por ejemplo, sentenciosamente, «Dios me dio su voz. Yo solo tuve que aceptarla», no parece estar muy medicado que digamos, pero él se ve muy seguro de lo que dice. Y tiene la voz, de eso no caben dudas.

    En los shows lo bicicletean, sus dos amores lo verduguean, él sigue adelante con su destino. «Pero, Señor, todas mis pruebas pronto terminarán», dice una parte del «American Trilogy». Una prueba puede cambiar su vida y redimirlo como padre de familia. La cumple debidamente, como lo hubiera hecho su ídolo en similares circunstancias. El sigue los pasos de su ídolo. No diremos más. La película es muy sentida, comprensiva con su personaje, pudorosa con los sentimientos, singular, perturbadora también, limpiamente emotiva en ciertas partes, y realmente bien hecha. Bravo por el nieto de Armando Bo. Pero hay algo más.

    Nada de esto existiría sin un auténtico artista capaz de interpretar al mejor estilo presleyriano temas como «Estoy tan triste que podría llorar», o «Siempre estabas en mi mente». Ese artista existe, es el arquitecto platense John McInerny, cabeza de la banda Elvis Vive, que acá debuta muy bien como actor, canta como se debe, y cuando interpreta al cien por ciento la «Melodía desencadenada» le pone la piel de gallina a toda la sala. Ad majorem Dei gloriam, lo registraron en vivo, sin trampas posteriores de montaje o grabación. Sí que vale la pena.
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  • El pozo
    El pozo
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    Verosímil acercamiento al autismo

    Conviene discernir adecuadamente entre la mayoría de los chicos autistas de la vida real, y ciertos personajes autistas estilo Hollywood, raros, destemplados, pero con notorias, comprobables y muy útiles capacidades diferentes. Por ejemplo, son capaces de contar al vuelo el total de fósforos que están cayendo de una caja. Pero solo existen en las películas. Y en alguna serie norteamericana. O en algunas especulaciones según las cuales el propio Leonardo Da Vinci era medio autista, y por eso era genio entero.

    «El pozo» no integra esa lista de películas. Su autor no nos pinta personajes hollywoodenses. Nos expone una criatura dolorosamente cercana a las que él conoce. Su hermano es así. Por eso, al hablarnos sobre una joven con ese sindrome, con marcado retraso mental y reacciones muy difíciles de manejar, nos expone también los conflictos familiares que el mismo acarrea. La madre sobreprotectora concentrada solamente en ella, el hermano que se siente abochornado ante los compañeros de la escuela, el padre a veces ausente, el aislamiento social, y también el cansancio, la irritación, el peregrinar por consultorios donde apenas pueden ofrecer paliativos, alguna contención, consejos difíciles de aceptar para una madre. Hay que internarla, le dicen.

    Interesante, la descripción del internado como un lugar donde los chicos pueden progresar, sociabilizarse y sentirse bien. Lo mismo, la conclusión a la que se llega respecto a las expectativas de los padres. Y algo novelesca, pero puede ocurrir, la anécdota de la escapada de una parejita para andar por el pueblo, precisamente porque se sienten mejor y más sociables.

    Conviene discernir, también, entre Rodolfo Carnevale, que recién hace su primera película, y Marcos Carnevale, que ya tenía larga experiencia cuando hizo «Anita» (dicho sea de paso, no son parientes). Digamos, acá hay varias cosas mejorables. Pero igual hay mucho de elogiable, y necesario. A destacar, el trabajo de caracterización de los jóvenes Ana Fontán y Ezequiel Rodríguez. Y la reaparición de Patricia Palmer en la pantalla grande. Para ver en otro momento, el trabajo de equinoterapia que acá apenas ocupa una escena. Y para tener en cuenta: según recientes estadísticas médicas, en Argentina cada 88 niños nace uno autista.
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  • El mal del sauce
    El mal del sauce
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    Enigma que tarda en ponerse interesante

    Sebastián Sarquís lleva más de veinte años en trabajos de producción, con y sin buen presupuesto, desde los últimos films de su padre, siempre exquisito, de mucho despliegue, hasta ese corazón de zona sur que es «El torcán», donde se nota que todo se hizo con dos pesos, pero con tanta entrega, y con Oski Guzmán literalmente transformado en Luis Cardei, que emociona a cualquiera.

    Hace un par de años quiso probarse como director. Lo hizo con precaución: fondo chico, mínimas locaciones, mínimo elenco. Un solo actor lleva adelante la trama, en muy escasa y ocasional compañía, interpretando a un hombre secuestrado en alguna casona del Delta, que solo consigue contactar al chico que le trae la comida y a un viejo que aparece un día por error (o para tirarle la lengua), mientras su esposa parece estar negociando el rescate. Con ese planteo, ¿podría desarrollar la tensión, interesar al público, atraparlo? No todos tienen mano para eso.

    La película tarda en empezar. A cierta altura parece detenida. Pero al final arranca, da unas vueltas de tuerca, se pone interesante. Lo que vemos, nos sugiere, puede ser en parte lo que la víctima imagina, no lo que pasa en realidad. Imagina traiciones, dobleces, incapacidad o turbiedad por parte del hijo, incomunicación entre ambos. Tiene a mano las «Cartas al padre», de Franz Kafka. Ciertos párrafos parecen salir de su boca como con cargo de conciencia, o con dolor de descubrimiento tardío. Y lo que pasa en realidad es una sorpresa, en varios sentidos.

    Jean-Pierre Noher protagoniza la obra, en esfuerzo solitario, principalmente sostenido en la mano incipiente pero hábil del director debutante, la fotografia de Mauricio Riccio, los sonidos y la reducida música de Pablo Sala. En cuanto al título, alude a cierto estado de ánimo que producen los sauces. No confundir con los que produce el árbol cantado por Silva Valdez y Ginastera en memorable tema folklórico.
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  • 12 horas
    12 horas
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    Obsesión mejorada por el director

    Si la sinopsis dice, con entusiasmo digno de mayor causa, «Cuando su hermanita desaparece, Jill está convencida de que ha vuelto el asesino serial que tiempo atrás la había secuestrado», etc., ¿qué duda cabe de que el asesino serial ha vuelto de veras, que la chica estará sola en medio de la noche, que la policía tardará en creerle y mostrar eficiencia, que ella se largará a investigar y provocar a las fieras por su cuenta, en pleno bosque y en plena noche, y todo lo demás? ¿Y que por ahí nos entrará la duda, y en una de esas la policía tiene razón y la loca es ella? ¿Y que a esta película ya la vimos, y si no fue ésta fue una bastante parecida?

    Lo bueno de estos entretenimientos de miedo es que uno puede asustarse o inquietarse por el destino de la chica, al mismo tiempo que se divierte con los lugares comunes y las tonterías del argumento, el ritmo de los acontecimientos, y sobre todo con el juego de adivinar el final. Para el caso, quien firma el guión es Allison Burnett, culpable de haber hecho los libretos de «Otoño en Nueva York», «El juego del amor» y «Fama» (la remake). Pero el director es Heitor Dhalia, que algo aporta.

    ¿Y quién es este brasileño de apellido tan florido? Bueno, es el libretista de «As tres Marías», que se tomaban tamaña venganza a través de sus hijas, y el realizador de «Nina», un thriller con dibujitos que para algunos fue la mezcla de Dostoievski con David Lynch, y de una historia que lo llevó a Cannes y fue distribuida por una major, «A deriva», donde una nena está feliz con su familia hasta que ve a su padre con otra mujer que no es la madre, y ve también una pistola (el padre lo interpreta Vincent Cassel, siempre con cara de degenerado). Pero, sobre todo, Heitor Dhalia es el autor de «O cheiro do ralo», que cordialmente podría traducirse como «El olor a desagüe tapado».

    En este caso el personaje es un prestamista obsesionado por la preciosa bunda de una camarera y el asqueroso olor que hay en el baño. Nunca se sabe para dónde va a dispararse la historia, ni hasta dónde llegará el personaje con sus obsesiones. Todas las criaturas de este director son obsesivas. Incluyendo la de «Doce horas», que por suerte dura poco más de hora y media. Si se estiraba un poquito ya hubiera aburrido, o, peor aún, más gente le hubiera adivinado el final.

    No corresponde contar ni siquiera el desarrollo. Pero sí decir que Dhalia está pagando su derecho de piso en Hollywood, y que la protagonista Amanda Seyfried está bastante linda, aunque siempre se la verá mejor en las comedias románticas. Esta de romántica no tiene mucho que digamos.
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  • Industria Argentina, la fábrica es para los que trabajan
    Sólo logra convencer a los ya convencidos

    Enarbolando un subtítulo que es más bien una consigna, «Industria Argentina. La fábrica es para los que trabajan» nos cuenta la lucha de un puñado de obreros especializados para impedir el cierre y desmantelamiento del taller donde trabajan, para lo cual se constituyen en cooperativa. Corre el año 2002, y pocos imaginan la recuperación laboral de fábricas como una posibilidad concreta. A diez años de aquella época, no está mal evocarla en una película.

    Primer punto a favor: esta obra no es como «La tierra será nuestra» (Ignacio Tankel, 1949), extenso y tristón drama campero donde en la última escena aparecía la mano providencial del gobierno popular y salvaba a los pobres arrendatarios. Acá los obreros se salvan por su propio esfuerzo, con la sola orientación de un abogado y la lúcida comprensión de un juez en lo civil y comercial.

    Primer punto en contra: tampoco es como «Pyme (Sitiados)», el drama de Alejandro Malowicki, 2004, donde se plantean de modo verosímil tanto las razones del dueño como las de sus empleados, buscando un entendimiento, película que todavía hoy se analiza en varias cátedras de administración de empresas. Al contrario, acá el dueño es presentado monolíticamente como mala persona, estafador, prepotente, etc., etc., siempre acompañado por un chofer guardaespaldas. Y como una mala persona no basta, ahí está también la síndico prepotente, enemiga de los obreros, papel que Soledad Silveyra encarna con entusiasmo de sainete y peinado ventarrón.

    Carlos Portaluppi (recuperando la entonación correntina), Cutuli, Daniel Valenzuela, Luis Margani, son bien creíbles como trabajadores, y muchas situaciones que interpretan se hacen más que reconocibles y sensibles para el público hacia el cual la obra va orientada: el de las propias fábricas recuperadas, que además, en nombre de sus luchas y sentimientos, puede pasar por alto alegremente algunas limitaciones evidentes de escenografía, puesta en escena y presupuesto (por empezar, faltan extras). Lástima que de esa forma, el discurso convence solo a los convencidos.

    Autor, Ricardo Díaz Iacoponi, debutante. Productor, Néstor Sánchez Sotelo, el de «Testigos ocultos», «Almas navegando en soledad», «Adopción».
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  • Las mujeres del 6° piso
    Las mujeres del 6° piso
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    Buen humor, sutiles observaciones y un elenco ejemplar

    Paris, comienzos de los 60. Monsieur Jaubert, agente de bolsa, apagado esposo de una flaca, insípida y tilinga, pero en el fondo buena, debe reemplazar a la vieja doméstica. La señora trae una novedad que le han dicho sus amigas: basta de bretonas, la moda es contratar españolas, cuyo único antojo es ir a misa los domingos, «y tan limpias que no parecen españolas». Ya vimos varias al comienzo, diciendo a cámara sus habilidades y reticencias. Ahora monsieur verá una de cerca, y también conocerá su cámara, si así puede llamarse al recoveco del altillo donde la pusieron. Una porquería. Pero ella no se queja, al contrario. Cerca suyo están sus paisanas.

    Visten sencillamente de negro. Trabajan en tierra extraña, lejos de sus familias. La ciudad les resulta fría y gris. Y sin embargo en todo lo que hacen ponen una energía tremenda, el piso en que viven es un jolgorio, contagian entusiasmo. Hay que verlas limpiando una casa mientras de paso cantan aquel tema de moda sobre una chica tímida de bikini amarillo a lunares, diminuto. Señoras grandes. Se ríen, hacen planes, miran con algo de compasión al señor del piso de abajo que ha subido en busca de una de ellas. Y él descubre ese mundo.

    No es una comedia de descubrimientos, pero la vida de ese hombre va a cambiar. Ni comedia social, aunque señale algunas cosas. Ni comedia romántica, al menos romántica convencional. Pero tiene algo de todas ellas, y lo comparte amablemente con el público. Se disfruta de principio a fin, enternece, hace entender. Buen tono, buen humor, buenas observaciones, y muy buen elenco: Fabrice Luchini (el marido en «Potiche»), Sandrine Kiberlain, la argentina hispanizada Natalia Verbeke, y encima Carmen Maura, premio César por este personaje, Lola Dueñas, y la lista sigue. De antología, la breve escena de pocas líneas y expresiones contenidas pero muy ricas donde Maura le explica a Luchini lo que fue «la guerre dSpagne». Para masticar gozosamente, la otra donde él les explica a las sirvientas qué son y cómo invertir en acciones de la Bolsa. Y hay otras, irónicas, dulces, humanas todas. Vale la pena.

    Postdata para memoriosos: ese mundo de inmigrantes «gallegas» reconoce un buen antecedente en la comedia de Roberto Bodegas «Españolas en Paris», 1971, que no tenía ningún romance franco-hispano, pero sí buenas críticas a los prejuicios de entonces, y buen reparto, con las entonces jovencitas Laura Valenzuela y Ana Belén a la cabeza. Entre los guionistas, Mingote, el histórico y admirable humorista de «ABC» recientemente fallecido.
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  • Nosotras sin mamá
    Nosotras sin mamá
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    Singular manera de expresar un duelo

    La madre murió y las tres grandulonas que tuvo de hijas todavía no crecieron. Y es difícil que alguna vez maduren del todo. A alguna gente el dolor la hace crecer, a otra solo la empuja hacia regresiones de distinto calibre. Eso es lo que pasa con las criaturas de esta película, pero, bueno, a fin de cuentas cada cual expresa su pena y su incertidumbre como puede.

    La situación ya ha sido transitada, y bien transitada, varias veces por el cine. Alguna figura determinante de la familia ha muerto, y las nuevas generaciones vuelven a la casa natal para hacer el duelo y despedirse no solo de esa figura sino también de la propia casa, de sus muebles y rincones. Ya nada será como antes, y por eso mismo ya ni la propia casa será de ellos. Lindas películas, sentidas actuaciones, música melancólica, ambientes exquisitos de un tiempo que pasó, etcétera. Ya se imagina uno a los hijos de la noble difunta, todos de traje, conversando en el parque junto a la piscina. Bien. Acá hay una pelopincho en un fondo pequeño lleno de yuyos. Y las nenas éstas visten de entrecasa, por no decir que están medio impresentables. Y no se puede decir que tengan grandes, sentidas y poéticas conversaciones. No exactamente.

    Pero pasa algo singular. Precisamente porque esas personas son un tanto ridículas y hacen tonterías, se puede expresar a través de ellas varias cosas serias, y nosotros las podemos recibir sin que nos duelan tanto. Es un buen método, y además barato. Así lo practica la autora debutante María Eugenia Sueiro, con atendibles resultados, amable juego de actrices, un blanco y negro que despeja problemas y da buen tono, dibujitos infantiles en la presentación, y, de fondo, un temita juguetón. Otro mérito: el chiste apenas dura 70 minutos.
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  • Espejito, espejito
    Espejito, espejito
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    Entretenida variante de “Blancanieves”

    Se pasa el rato con esta superficial y entretenida variante del clásico «Blancanieves». Le falta emoción, el encanto es medio de fórmula, casi todo transcurre en escenificaciones básicas, como de teatro filmado, el promocionado numerito musical a lo Bollywood está encajado en forma bollywuda, el comienzo anuncia una cosa (la versión de la madrastra) y pronto pasa a ser lo de siempre, pero, pequeño detalle, lo de siempre ha cambiado.

    No corresponde comentar esos cambios, que son amables y en parte levemente feministas, pero sí advertir que unos paisajes digitales son dignos de verse en pantalla grande y pegarse después en la pantalla de la computadora, la tradición europea de la fábula se ilustra con peleas de coreografía medio china, los ambientes y todo el vestuario rebalsan imaginación, hay un resumen previo en dibujos que parecen muñecos de porcelana, Julia Roberts se divierte a gusto como la madrastra, y algunos chistes son buenos.

    Ah, también Lily Collins, la hija de Phil Collins, se luce en el papel principal, pasando de inocente criatura insulsa a jefa espadachina de siete petisos bandoleros, hasta llegar a la boda en plena gloria con flequillito ladeado a lo Audrey Hepburn. A su lado, y al lado de cualquiera, el príncipe es un soberano pavote manejable, que solo se salva por carilindo y adinerado. Muy en papel Armie Hammer. Y a señalar, Nathan Lane (el secretario), Danny Woodburn, el enano que alcanzaba estatura romántica en «Con solo mirarte», y aquí hace de maestro obligado a delinquir, el músico Alan Menken («La bella y la bestia», «Enredados», etc.), y sobre todo la diseñadora de vestuario Eiko Ishioka, la misma de «Bram Stokers Dracula», veterana artista muerta en enero último y a cuya memoria está dedicada la pelicula.

    Curioso, un enano de boina, igualito a Hugo Chávez pero con pañuelo azul. Lamentable, el doblaje a un español bastante flojo e inexpresivo.
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  • Extraños en la noche
    Extraños en la noche
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    La simpatía del elenco mejora el guión

    Sinceramente, esta amable comedia romántica con intriga policial queda un poquito debajo de sus posibilidades y sus expectativas, pero igual entretiene. Los puntos que pierde, sobre todo a causa de algunas limitaciones de libreto, los recupera con la eficiencia del equipo y la simpatía de su elenco. Diego Torres y Julieta Zylberberg parecen lejanos sobrinos nietos de Cary Grant y Katharine Hepburn, lo que es decir. Y ella tiene algo de Barbra Streisand: no solo la nariz tan personal, sino el brillo y la soltura ideales para un personaje como el que le toca, de flaca talentosa y colorida, acelerada, arrebatada, y quizá demasiado fantasiosa para que pueda seguirla un marido tranquilo, poco imaginativo y muy concentrado en sus propios problemas.

    Así es la cosa. Un pianista de formación clásica espera una beca que le permita tener sus logros en la alta cultura (y de paso pagarle al afinador que le hipotecó el piano). Su mujer espera terminar con el fastidio de andar cantando en locales donde nadie la escucha y encima un borracho la molesta. Ella siempre lamenta la oportunidad perdida en una banda de rock & pop. El manager amigo, chanta amigo, espera hacerle firmar un contrato que la alejará de su casa. La ex novia del marido espera agarrarlo de nuevo (confesémoslo, en su lugar bien nos dejaríamos agarrar). La pareja espera un bebé, pero solo ella lo sabe. Y en el piso de arriba un señor o señorita no espera ninguna visita, pero la tendrá.

    Todo eso, en los primeros minutos. La intriga policial surge con más interés que los problemas de pareja, pero solo se hace notar al comienzo y al final, y por ahí resulta medio confusa y desaprovechada. No importa, se pasa el rato con agrado, los protagonistas son compradores, Fabián Vena se destaca con un personaje inefable (a propósito, ¿cómo se llama la japonesita que lo acompaña?), cada miembro del reparto se luce, hay agradables variaciones sobre el tema principal y buena música general, fotografía cálida, lindos títulos de presentación, ambiente climatizado, etc., la ciudad se ve linda, el asesino es capturado y bien está lo que bien termina, aunque a los pocos días ya ni recordemos cómo termina.
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  • Tenemos que hablar de Kevin
    Tenemos que hablar de Kevin
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    Duro acercamiento al resentimiento filial

    Lo que vemos al comienzo es la fiesta de la Tomatina, en Buñol, Valencia. La gente se tira tomatazos, se enchastra, pega saltos, ahí anda nuestra protagonista medio en éxtasis. Tiempo después la vemos esconderse de otras personas junto a unos envases de tomate. Suena irónico. Pero más la vemos limpiando las manchas de pintura roja en el frente de su puerta. Eso es angustioso. Esas manchas no son el signo dejado ante el ángel para salvar al hijo. Son otra cosa, como las miradas de odio de la gente. No toda, por suerte, pero ella está viviendo un calvario sin fin, sin salvación, sin perdón.

    Muchos objetos rojos hay en esta historia. Y miradas de rechazo. Ya se sabe, ella sufre la vergüenza de algo terrible que hizo el hijo. En su cabeza, los recuerdos se suceden sin orden, cuando él era niño, adolescente problemático, bebé llorón, y ella una madre desamorada, soltera tranquila, esposa de un buen tipo medio imbécil, todo en vaivén, hasta desembocar en los recuerdos de una noche espantosa, y seguir para atrás y para adelante, y en su rostro esas preguntas que no dice, ¿qué debía hacer?, ¿cómo no me di cuenta?, ¿cómo debí haberlo encarado?

    El pibe fue manejador y dañino desde los primeros años, ella también lo aborreció desde los primeros años. Eran tan parecidos que no se entendían, salvo para lastimarse. Y uno de los dos era más fuerte. Al final, con una sola frase que uno de ellos dice, parece que algo empieza a aflojar. Ya no hay nada rojo en esa escena. Pero ya es tarde.

    Buen film, para reflexionar sobre la maternidad, el diálogo, el resentimiento filial, las formas involuntarias e indirectas de filicidio, según hubiera recordado el doctor Arnaldo Rascovsky, o el matricidio figurado del egocéntrico que no perdona, la madre muerta en vida que persiste en sus deberes cotidianos. Tilda Swinton es una máscara intensa. El nene Jasper Newell y sobre todo el chico Ezra Miller son excelentes, con una expresión de maldad tan lograda que dan ganas de cachetearlos. Y la directora y coadaptadora Lynne Ramsay es de un ingenio y una capacidad impresionante. Estuvo hace diez años en Mar del Plata, cuando nadie la conocía pero ya tenía en su haber otras dos historias interesantes de gente retorcida. Esta que vemos ahora es la mejor, aunque también la más efectista y discutible.
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  • Tiempos menos modernos
    Tiempos menos modernos
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    De cómo se contamina hoy cualquier paraíso

    Esta fábula patagónica se abre con una canción del propio protagonista, Oscar Payaguala, cuyo estribillo protesta retóricamente «¿500 años de qué, de qué?». Con similar retórica se le podría decir «de caballos, ovejas, guitarra española, etcétera». Todo vino en un mismo paquete, las cosas buenas y las malas. Y otro paquete similar le viene ahora a su personaje.

    Hasta ese momento, dicho personaje ha vivido tranquilo en el campo. Hosco, desconfiado, como sus ancestros indios, y socarrón como buen criollo, no se lleva bien con el negocio turístico de sus vecinos ni con la avanzada de geólogos de una empresa extranjera. Pero es amigo de un joven chileno hábil para los negocios. Y es éste quien se interesa por un cajón que tiempo atrás un programa de integración nacional para gente de fronteras le envió de regalo a nuestro paisano. El pícaro se interesa, abre el cajón, descubre que trae un televisor con antena satelital y todo, y lo instala. Los regalos hay que aprovecharlos, explica. El otro lo mira. ¿Para qué quiere semejante cachivache tan enorme? El nunca lo necesitó. No sabe la que le espera.

    Por ahí va la mirada. Las necesidades innecesarias, nuevas formas de «colonización», el acostumbramiento, en fin, para colmo con un agravante. En viejos tiempos, los abuelos terminaban el trabajo y se iban a casa a escuchar por radio «Chispazos de tradición» o el «Glostora Tango Club». Ahora este gaucho interrumpe su trabajo para ir corriendo a ver una telenovela venezolana. Es gracioso verlo encariñado con la estrellita rubia, preocupado por los conflictos de esa historia lejana, y entretenido con los comerciales. Si hasta se compró un reloj pulsera, porque ahora su ritmo no está más condicionado por la naturaleza, sino por los horarios de los programas.

    Pero lo gracioso deja de serlo cuando advertimos que, en escala similar, a nosotros hace rato que también nos pasa algo parecido. Sin ser la octava maravilla ni mucho menos, la película resulta entonces un atendible llamado de atención sobre esa clase de asuntos, y da pie a varias reflexiones.

    Nombres a considerar, el novel director Simón Franco, el periodista y folklorista sureño Oscar Payaguala, y el actor chileno Nicolás Saavedra. Otras películas sobre la intromisión de nuevos mundos en un tranquilo paraíso, «Y se hizo la luz», de Otar Iosselani, ambientado en una aldea africana, y «Urga», de Nikita Mijalkov, en plena Mongolia, donde la nena de unos pastores toca como tema regional un pasodoble aprendido en la tele.
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  • La sal de la vida
    La sal de la vida
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    Amable comedia sobre crisis de mediada edad

    Como «La sal de la vida» se estrenó acá hace nueve años «Politiki Kouzina», azucarado relato de memorias infantiles, gastronómicas y sentimentales en tierra griega. Y también «La sal de la vida» le encajaron ahora a esta comedia nacida con un título que ni siquiera necesitaba traducción: «Gianni e le donne». Pero, bueno, sal tiene. Pimienta no usa, ni necesita.

    La historia es simple. Gianni es un sesentón buenazo, paciente, servicial, que hace los mandados, amablemente soporta los antojos y despilfarros de la madre nonagenaria, la vida con esposa, hija y novio peor-es-nada de la hija, etc., etc., y todavía anda en un Fiat 124 sin pretensiones. Hasta que un amigo lo aviva, o quiere avivarlo, para que tenga aunque sea una aventura antes de que se le pase el cuarto de hora. La vida lo requiere. Y entonces nuestro héroe trata de ponerse en acción. El mundo está lleno de mujeres. Que por lo general se aprovechan de su nobleza.

    No es una comedia picaresca. Más bien es una comedia amable, bonachona, a veces un tanto melancólica, sobre la belleza de la vieja Roma, la típica dejadez de los romanos, la crisis de la mediana edad, los errores de la inexperiencia y la estrategia, la imagen que cada uno brinda tratando de ser entendido, la necesidad de ternura por parte de ambos bandos, en fin, esos asuntos propios del corazón, de las artes de la seducción, y también de la resignación.

    Autor, coguionista, protagonista, Gianni Di Gregorio, el mismo de la deliciosa comedia geriátrica «Un feriado particular» («Pranzo di agosto»), donde un buen tipo, de la noche a la mañana, se encuentra a cargo de cuatro viejecitas instaladas en su casa, cada una con sus mañas. Esa fue su primera película. Esta es la segunda, con más personajes, situaciones, locaciones, etc., pero similar presupuesto e igual tono de simpática bonhomía. Por supuesto, abarca más y entonces aprieta menos, se hace algo irregular y menos redondita, pero igual se disfruta. Vale la pena.
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  • La suerte en tus manos
    La suerte en tus manos
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    Romance con el buen toque Burman

    A cierta altura de esta agradable comedia romántica de Daniel Burman con toquecitos lúdico-filosofales, el protagonista encuentra un rabino en el lugar menos pensado, y aprovecha a preguntarle por ciertas cosas del azar y la predestinación en el juego y los afectos. El rabino bien podría responderle, siguiendo a Homero Manzi en «Monte criollo», «40 cartones pintados con palos de ensueño, de engaño y amor. La vida es un mazo marcado, baraja los naipes la mano de Dios». Pero no es un rabino tanguero, sino rockero, y le ofrece otra respuesta.

    Sí señor, es rockero, y hay más sorpresas todavía. Se sabe que una comedia romántica tiene tres pasos: la gente se encuentra, se desencuentra y se reencuentra. Y ésta los cumple, pero con variantes y agregados. Por ejemplo, ¿cuántas comedias románticas conoce el lector, donde el enamorado sea dueño de una financiera? ¿y cuántas donde alguien elogie con buenos argumentos el trabajo al frente de una financiera? Aun así, nuestro héroe es medio vergonzoso, dice dedicarse a otras actividades, y por ahí viene uno de sus problemas: él siempre dice una «verdad alternativa». Lo que le viene bárbaro para jugar al poker.

    En sintesis, ésta es la curiosa aventura de un tipo del Once que encuentra en Rosario un viejo amor de adolescencia, un contacto indirecto con el mundo musical que soñó de chico, y un contacto directo con una mesa de poker, porque hasta ese momento sólo es un hábil jugador online. A su vez, el viejo amor encuentra, por ejemplo, el legado de su padre, la ocasión de ponerle límites a la madre y patear al novio pelmazo, el regreso al hogar, y el reintento con aquel noviecito de adolescencia al que le siguen gustando los albergues transitorios, las verdades transitorias, y escabullir el bulto.

    Agil el comienzo, con el cliente que hace un singular elogio de los albergues. Entretenido el resto, con simpático elenco. A toda máquina el final, con la Trova Rosarina que también se reencuentra y de paso participa de la enésima mentira de nuestro héroe, pero al fin y al cabo una mentirita blanca, de esas que ayudan al amor. Se pasa el rato, se disfruta, hasta hay un par de diálogos reveladores como el del rabino con el financiero. No tiene la emoción de «Dos hermanos», ni la abierta reflexión moral de «Derecho de familia» (donde también había un héroe macaneador), pero no desmerece. Como tampoco desmerecen los debutantes Jorge Drexler, Gabriel Schultz y los niños Luciano Pizzichini y Paloma Alvarez Maldonado, frente a las estrellas ya consagradas Valeria Bertuccelli, Norma Aleandro y Luis Brandoni. Mano del director, ya se sabe.
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  • Un método peligroso
    Un método peligroso
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    Hito en la historia del psicoanálisis

    Tres sectores de público pueden ser atraídos por esta película demasiado hablada para el espectador común. Los interesados en la historia del psicoanálisis, ya que se cuenta la significativa relación entre Carl Jung y su paciente (luego amante y colega) Sabine Spielrein, relación objetada por Sigmund Freud. Los seguidores del director David Cronenberg, que en su elogiable madurez se prueba en una película de época sin un solo asesinato ni mayores violencias, donde la tensión se va forjando en los diálogos amistosos de maestro y discípulo levantisco, antes que en los diálogos ansiosos de analista y paciente alzada (que recibe complacida algunos chas-chas). Y quienes se deleitan con las ambientaciones exquisitas.

    Esto último, porque el asunto transcurre en apartadas clínicas suizas para gente de dinero, y preciosos hogares y paseos vieneses de la Belle Epoque. El sobrio y refinado mobiliario austríaco, los aparatos de medicina de aquel tiempo, las bibliotecas, las ropas de la burguesía, son un deleite para el espectador que se agobie con los diálogos. Para él se lucen las huestes de la directora de arte Anja Fromm, la misma de «Cheri», también ambientado en la misma época, y la vestuarista Denise Cronenberg, hermana del director y su mano derecha en ese rubro.

    Pero los diálogos son bastante buenos. Nacen de la pieza teatral «The Talking Cure», de Christopher Hampton, a su vez basada en el libro «A Dangerous Method», de John Kerr (dicho sea de paso, este Hampton es el que viene cada tanto a comer en San Telmo, y ha hecho buenas películas, pero también un bochornoso «Imagining Argentina» en las afueras de Olavarría). ¿Y por qué es peligroso ese método? Ahí está el motivo de discusión entre Freud y Jung, uno restringido a la observación científica y otro abierto a observaciones más cercanas y empíricas, pero ambos manteniendo en sus charlas el nivel y la compostura, lo que hace atractivo su seguimiento. Por supuesto, detrás también está la ambición del alumno. Curiosamente, la mejor escena de esa lucha civilizada apenas tiene dos líneas, y es cuando al padre del psicoanálisis lo mandan a la segunda clase de un transatlántico mientras el otro, mezquino y casado con una mujer más pudiente, viaja en primera.

    Muy bien Viggo Mortensen, haciendo un vivo retrato de Freud sin solemnidades, severo pero de buen humor. Bien el ascendente Michael Fassbender. Medio cansadora la flacucha Keira Knighthley. De complemento, Vincent Cassel como Otto Gross, el iniciador de la «antipsiquiatría», personaje histórico que acá lamentablemente apenas queda mal expuesto. Para interesados en el caso Jung-Spielrein, hay una exposición más fuerte y comprometida, «Prendimi l´anima», de Roberto Faenza, acá editada directo en dvd como «Te doy mi alma».
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  • El mal del sueño
    El mal del sueño
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    Una curiosa historia ambientada en África

    He aquí una curiosa historia ambientada en Africa pero aplicable a todo lugar donde alguien con ciertos principios se deje llevar por la picardía y modorra moral del medio ambiente. Para el caso, un médico alemán destinado en Yaundé, capital de Camerun, que recrimina a sus colegas nativos la cómoda dependencia de ayudas económicas más allá del plazo previsto, y un francés de ancestros congoleños enviado por la Organización Mundial de la Salud para inspeccionar los gastos de un hospital regional beneficiado por tales ayudas. Entre ambos episodios hay tres años de distancia, pero pocos kilómetros.

    También hay una misma enfermedad real y alegórica, la tripanosomiasis africana transmitida por la mosca tsé-tsé, parecida a la enfermedad de Chagas que acá transmite la vinchuca, pero más grave. En Angola y países cercanos, la enfermedad del sueño mata más que el sida. En Camerún, según dicen, está controlada.

    Por ahí va el chiste de la película. Las autoridades sanitarias de ese país no necesitan más ayuda económica para dicho mal, o para la fiebre amarilla, que también se menciona, pero algunos pícaros inventan proliferación de casos, así les siguen llegando dinerillos que aplican a la compra de 4x4, terrenos, y esperemos que también insecticidas. Reveladora, la actitud despreciativa, soberbia, de los médicos europeos hacia los africanos en general. Y la habilidad de éstos para vivir a costa de los demás, esquilmando incluso a los de su propia raza. Y el contagio. El alemán no se parece para nada al Kurtz de «El corazón de las tinieblas»: ni quiere acabar con las bestias mediante la propia bestialidad de sus seguidores, ni elabora una mística, se deja aprovechar y cuando se hace el guapo casi se va al suelo. Simplemente, él se contagió por dejadez. Pero al otro hay que contagiarlo a la fuerza, hundiéndolo en plena noche en la selva de sus antepasados. ¿Podrá salir de esa? Ya dijimos, por ahí va el chiste. Lástima que termine siendo un chiste alemán.

    Autor, el sobrevalorado Ulrich Kohler, de estilo despacioso, fragmentario, distante, poco sensorial, nada emotivo, pero bastante lúcido, muy franco, y en este caso con cierto permiso narrativo que le permite la inesperada y risueña incorporación de un hipopótamo «farmacéutico», posible pariente del caramonchón criollo.
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  • Dormir al sol
    Dormir al sol
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    Bioy Casares bien adaptado al cine

    ¿Cómo llevar al cine la singular extrañeza, el humorismo de acción retardada y las amables (solo aparentemente nimias) especulaciones filosóficas de Bioy Casares? Pocos lo han intentado: Mercedes Frutos con «Otra esperanza», Sergio Renán y «El sueño de los héroes», unos italianos y franceses que, a decir del autor, «desinventaron La invención de Morel», y, por supuesto, Torre Nilsson, que de joven adaptó «El perjurio de la nieve» y le salió una obra bastante buena, «El crimen de Oribe». No podemos decir lo mismo de la que hizo ya grande, «La guerra del cerdo». En cambio la que vemos ahora, «la de los perritos», como dijo una espectadora, también salió bastante buena. El realizador, Alejandro Chomsky, captó el tono del escritor, su modo de introducirnos en ciertos asuntos y hacernos sentir, entre gozosos, curiosos, y crecientemente inquietos, algo raro en la normalidad cotidiana, algo que se manifiesta con una lógica levemente distinta a la que uno supone, y que al final puede resultarnos brillante como exposición, pero terrible como especulación. Todo eso, prácticamente sin efectos especiales ni exageraciones fotográficas. Solo con un excelente elenco que sabe representar lo que les pasa a sus personajes por dentro, empezando por Luis Machin, excelente, Esther Goris, Carlos Belloso como un peligro andante, y Florencia Peña como cuñada necesitada e insistente. Otro punto fuerte, la ambientación de Mariana Di Paola en un barrio que envuelve y encierra a sus habitantes, y en un tiempo, el de los años 50, que genera evocaciones de hogar, vida tranquila, costumbres familiares, mantenido amor matrimonial, e inocente respeto, pero también miedo particular ante las experimentaciones de la ciencia.

    En ese mundo vive un empleado bancario cesante, dedicado a relojero, con su querida esposa, cuyas obsesiones de madre frustrada le van alterando la cabeza. Para ayudarla a sentirse bien, alguien le aconseja mal. Y ahí cobra peso un frenólogo al frente de un instituto frenopático (otro placer evocativo son los nombres de ciertas entidades y corrientes del conocimiento que impresionaban en aquel entonces).

    ¿Será este facultativo un encubierto Mengele de barrio? ¿Lo advertirá a tiempo el relojero, y salvará al matrimonio de los riesgos de una separación entre alma y cuerpo? ¿O de ciertos experimentos de «felicidad domesticada», extensible a toda la sociedad? Bioy le hace decir al psiquiatra «Recuerde, señor Bordenave, que un médico de mi especialidad tiene algo de funcionario policial y hasta de juez». Pero también lo pinta como un reverendo ridículo. Bueno, uno de los deleites de la novela es esa capacidad de contar algo dramático como si fuera una cachada. Lo mismo había hecho Mijail Bulgachov al tratar un tema parecido, pero desde otro ángulo, en su amargo «Corazón de perro», que Alberto Lattuada llevó al cine como «comedia seria». De eso le falta un poco al joven Chomsky. Este drama de amor pudo ser más gracioso. Pero igual interesa.

    Rodaje en Mercedes, provincia de San Luis, como si fuera Parque Chas (y en Parque Chas también).
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  • Memoria para reincidentes
    Memoria para reincidentes
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    Inusuales imágenes del país de 1969 a 1975

    Cinco años de recopilaciones y entrevistas les llevó a Violeta Bruck, Gabriela Jaime y Javier Gabino desarrollar este documental con imágenes inhabituales de 1969-1975, rescatadas de viejos noticieros de Canal 9 y otras fuentes que en muchos casos recién vuelven a salir a la luz. No por ello el trabajo hace ostentación de sí mismo. Incluso tiene la humildad de proponerse sólo como unos sencillos apuntes para avivar el recuerdo de quienes transitaron aquellos años, y señalar ciertos hechos a quienes hoy sólo conocen una versión retórica de los hechos. Lo hace desde una perspectiva de izquierda ajena a la oficial, tomando episodios hoy olvidados, que en su momento dieron mucho que hablar: la toma de fábrica con directivos rehenes en la Córdoba «clasista» de 1969, donde llegó a mediar el entonces ministro de Economía Aldo Ferrer, reclamos de 1974 en un astillero del Tigre y una fábrica de San Isidro, resueltas con una intervención a cargo de la Triple A, pedidos de elecciones gremiales de los metalúrgicos de Villa Constitución que Isabelita consideró complot antinacional y resolvió enviando cien Ford Falcon bien cargados, y entre medio «el viborazo» de 1971, el «rodrigazo» que implicó una devaluación del 150% y aumento de 180% en combustibles en pleno invierno del 75, y otras minucias.

    El material de archivo ilustra y corrobora anécdotas de viejos militantes de entonces, que también mencionan picardías, miedo escénico frente a miles de compañeros, el rechazo general de los obreros a la guerrilla, los tiempos de ilusión y las traiciones peronistas, del Gran Acuerdo Nacional a los «dirigentes sabios y prudentes». Duele ver galpones desolados donde antes había empresas, y también da cierta ternura saber qué fue de la vida de famosos independientes como Gregorio Flores, líder del Sitrac a quien vemos flaco, enérgico, de bigotazo negro y cuello amplio en los noticieros, y ahora es un viejo risueño de barba blanca que pasea por el barrio obrero con su buen compinche, el petiso Francisco Páez. En su mejor momento, lograron que el propio gobierno militar ordenara el reintegro de siete delegados. Poco después, cuando las aguas se habían aquietado, fuerzas de seguridad invadieron las fábricas y empezó otra historia. Al menos están vivos.
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  • ¡Esto es guerra!
    ¡Esto es guerra!
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    Sólo para ver en el living o en un avión

    Como ya es sabido, acá hay dos carilindos muy compañeros, que se enamoran de una chica y se desafían a conquistarla. Como excusa argumental, es medio vieja. Ya la usaban los romanos en la antigüedad. Entre nosotros, con una buena variante, Hugo del Carril y Luis Sandrini hicieron en «Los dos rivales» comedia todavía disfrutable. Y con buena voluntad, también la que ahora vemos podría disfrutarse.

    Chris Pine y Tom Hardy son miembros de la CIA, elegantes muchachos de armas tomar que andan por el mundo saltando y disparando alegremente. Cuando algo se les complica en Hong Kong, les dan trabajo de oficina cerca de sus casas. Ahí descubren tener un mismo interés por la misma rubia, se hacen el previsible desafío (palabra redundante, porque acá todo es previsible), y aplican un catálogo de chiches secretos de última tecnología para espiar a la niña, que ya no es tan niña, y espiarse entre ellos, para frustrarse mutuamente sus tácticas. Lo hacen con tanta dedicación, se aprecian tanto entre sí, y tienen tanta química entre ellos, que cabe sospechar si realmente estarán interesados en la chica.

    Pero el chiste no pasa por ahí. A decir verdad, si realmente pasa un chiste, habrá sido de largo, por otra película, porque en ésta apenas cabe el humor simple y remanido, la charla ordinaria entre mujeres (la confidente femenina, papel a cargo de la rubia Chelsea Handler, casi se roba la película), la moda masculina, los lujosos interiores (¿cuánto ganará un agente de la CIA?), unas pocas escenas de acción, y una leve intriga criminal, tan leve que a veces los libretistas se la olvidan. Los libretistas son Timothy Dowling y Simon Kinberg, que en su defensa puede alegar que participó en la última de «Sherlock Holmes» junto a otros cinco libretistas (pero a «Sr. y Sra. Smith» la escribió él solo, y eso lo condena). El director es el prolífico McG que llevó «Los ángeles de Charlie» al cine. Y la rubia es Reese Whiterspoon, como hubiera podido ser cualquier otra rubia.

    En resumen, y contradiciendo un poco la declaración del título, esto no es la guerra, sino apenas otra comedia tonta para ver en el living de casa, de viaje en ómnibus o avión, u otros lugares que no requieran atención exclusiva ni pago de entrada. En ese sentido, funciona muy bien. La gente se distrae sin esfuerzo, simpatiza con gente bonita, contenta, exitosa y de relativo talento, y se siente más inteligente que la obra. Tal es la clave de varios programas televisivos, y de películas como la que ahora vemos y pronto olvidaremos.
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  • Enter the Void
    Enter the Void
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    Raro film que puede fascinar o crispar

    Lo que para unos puede ser una experiencia fascinante, para muchos otros será, sin duda, un sufrimiento arduo, agotador, que crispa los nervios, saturado de colores fuertes, imágenes desagradables, algo de porno chocante, música penetrante, y que encima no termina nunca. Dura más de 150 minutos. Los primeros diez cansan la vista, entre medio hay una hora de discutible existencia, la cámara suele moverse más de lo tolerable y es enteramente subjetiva, pero alternando con tanta desgracia hay momentos geniales capaces de causar asombro, composiciones visuales absorbentes, de admirable trabajo, una fuerte inmersión en sensaciones intensas que no piden mayor razonamiento, sino solo dejarse llevar por la contemplación y el sentimiento, y la última media hora es de veras atrapante.

    La historia cabe en pocas líneas. El alma de un pequeño dealer moribundo evoca recuerdos dispersos, sobrevuela la noche de Tokio, se aflige por la hermana que quedará más o menos desamparada, y encuentra en quien reencarnarse. La chica es una stripper casi adolescente sumergida en un lugar malsano, él es apenas un toxicómano joven y medio ingenuo, ambos son huérfanos desde chicos a causa de un accidente automovilístico. Avanzaron en la vida como pudieron, pero juntos. De sus pocas lecturas, él estaba siguiendo una, el «Bardo Thodol», el libro tibetano de los muertos.

    El alma seguirá el proceso que el moribundo había leído en ese libro. Eso explica las tres clases de cámara subjetiva que se aplican sucesivamente en la historia, a medida que el alma se va despegando del cuerpo, y explica también otras cosas, no precisamente en forma cartesiana. El autor de esta singular experiencia artística es Gaspar Noé, el de la singularísima «Irreversible», que está haciendo en el cine obras tan fuertes y reveladoras como las que su padre, Luis Felipe Noé, ha hecho en la pintura, cada cual a su modo. Y los fotógrafos que en este caso ayudan a Gaspar a entregarnos lo que él mismo define como «un melodrama alucinógeno», son los notables Benoit Debie y, sobre todo, Thorsten Fleisch, por cuyas elaboradas e hipnóticas abstracciones vale la pena soportar ciertos planos chocantes, y ver la película hasta el final en pantalla grande. Pero cuidado, no conviene comer nada antes ni durante la proyección.
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  • Un dios salvaje
    Un dios salvaje
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    “Un dios salvaje” al estilo Polanski

    En viejos tiempos, si un pibe le volaba dos dientes a otro, el padre del chico nervioso agarraba el cinto, le sacaba los nervios y lo mandaba a pedir disculpas. Raramente los padres del súbitamente desdentado exigían el pago de los servicios odontológicos. Y si eran del mismo barrio, o la misma escuela, pronto las criaturas seguían sus actividades normales, y a veces hasta cinchaban juntas en alguna puja. Pero eso era en viejos tiempos. Quienquiera haya ido a un torneo infantil o una reunión escolar de padres sabe que los pibes son más o menos como siempre han sido, pero los padres están cada vez peor.

    Acá un chico le dio al otro con un palo en la boca, le sacó un diente y le dejó otro tecleando. Como son hijos de padres civilizados, éstos se reúnen a conversar sobre el hecho. Se trata de una señora que escribe muy bien y su esposo comerciante, que reciben a un doctor en abogacía y su esposa tilinga, asesora de algo. Y la música ya nos anticipa lo que puede pasar, apenas entren en conversaciones, tomen un traguito, hagan pequeñas observaciones, tomen un segundo sorbo, una palabra traiga la otra, se sirvan de nuevo, cambien de aliados y adversarios según lo que vaya apareciendo en discusión, y al rato poco falta para que salten al cuello de quien tienen enfrente y lo acogoten por menos motivo que el que habrán tenido sus hijos para pelearse. Y eso que son gente grande, educada, respetuosa de sus obligaciones y de los derechos del otro, etcétera. Los habita el dios salvaje del título, el dios atávico que todos tenemos y al que hay que controlar para vivir en sociedad.

    De eso habla la pieza teatral de Yasmina Reza aquí llevada al cine en adaptación de la propia autora con el director Roman Polanski. Sabrosos diálogos, muy buenos intérpretes, un equilibrio que nos permite atender razones y sinrazones de cada personaje, humor corrosivo, varias vueltas de tuerca, concentración y brevedad que se agradecen, eso es lo que vemos y disfrutamos. Y también, una precisa puesta en escena, que gracias al montaje y las posiciones de cámara reduce el riesgo de «teatro filmado» sin caer por eso en distracciones de mero efecto visual.

    Polanski tiene larga experiencia en este tipo de comedias ácidas circunscriptas a espacios pequeños (ya la primera, «El cuchillo bajo el agua», transcurría mayormente en un velero), y también tiene buena experiencia en la traslación de piezas teatrales (y ésta es mejor que la anterior).

    Para el caso, tomó la versión más ágil y ligera de la obra, agregando apenas dos planos de los chicos al comienzo y al final, y unas breves tomas en los alrededores del living donde transcurre la «amable» velada. Detalle malicioso, Polanski armó esa adaptación mientras cumplía arresto domiciliario en Suiza, a causa de un pedido de extradición de la justicia estadounidense. ¿Será por eso que ambientó precisamente en EE.UU. esta humorada contra la falsedad de los políticamente correctos y demás chantas e histéricas de buenos modales?

    Para disfrutar, admirar, y después pensar en la parte que a cada uno le toca. En lo que al autor respecta, el chico que le pega al otro indefenso es hijo suyo, y él mismo aparece fugazmente como vecino chusma.
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  • Centro
    Centro
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    Irregular catálogo de postales del centro porteño

    Según aclaran gacetillas y panegiristas, este documental registra dos días de actividad en y alrededor de Florida y Lavalle. Conviene saberlo, porque la obra no va de lo general a lo particular como haría una exposición clásica (para el caso, desde unos planos generales que nos ubiquen en las calles de referencia, ir derivando hacia determinados rincones, personajes, y objetos), sino que arranca con una sucesión de particulares desparramados a manera de puzzle, y cuesta un poco entrar en tema. Tampoco se distingue fácilmente la sucesión de los días, y hasta parecerían faltarle piezas al puzzle.

    De a poco nos ubicamos. Reconocemos el piso de Galería Güemes, un club de Reconquista, el Registro Civil de calle Uruguay, un lado del Obelisco, antiguas firmas comerciales, afiches y carteles de hace poco, pero nunca la esquina de Florida y Lavalle. El autor procura «evitar lo obvio», circunscribirse al estricto método «observacional». No importa, pese a ciertos antojos de estilo y persistentes desinformaciones, una exposición se hace presente.

    Así, chucherías de venta al paso alternan con el interior de una tienda fina, obsesivos pregones suenan más que los recuerdos de un peluquero en cuyo sillón otrora se sentaban grandes figuras, dos veteranos evocan las salas de la que fuera «la calle de los cines» mientras en la vereda del Iguazú un pastor obeso arma su número con un posible incauto, más allá alguien revierte nobles refranes, y desde la Bolsa de Comercio un joven al teléfono sugiere elegantemente que «hay muchas voluntades que piensan que va a subir». Con ese entorno, dos españoles buscan agitadamente una cartera extraviada, alguien se casa, un violinista en silla de ruedas interpreta «El cisne» y apenas una persona se detuvo a escucharlo, la calesita de Harrods gira sin niños, un viejito camina despacio cuesta abajo mientras empiezan a sonar los cohetes previos a un fin de año. Por ahí anda el relato, como se dice. Y por su oficina anda doña Rosita, de la Asociación de Amigos de Calle Florida, señalando con voz dulce y algo temblorosa los recortes que anuncian la inauguración de la peatonal en 1971, la atención al público de Trenes Argentinos en galería Pacífico, más vale no seguir.

    Varias semanas del 2009, no dos días, llevó filmar todo esto, y varios meses del 2010 le habrá llevado su montaje a la editora Alejandra Almirón. Autor, Sebastián Martínez, un paso adelante respecto a su anterior «Paris-Marsella». Películas para cotejar, «La chica de la calle Florida», 1922, del Negro Ferreyra, o «El dinero de Dios», 1959, de Viñoly Barreto, donde un tipo camina por Lavalle, se mete en un negocio y degüella a otro en pleno día. No todo tiempo pasado fue enteramente mejor.
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  • Sólo por dinero
    Sólo por dinero
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    Algo de misterio, frivolidad y lucha de sexos

    OMara, D. Suniata, J. Leguizamo, D. Reynolds, S. Shepperd, D. Monk. Imagínese a una joven contratada para enfrentar peligrosos delincuentes que, llegado el momento de los tiros, se pone a revolver el bolso buscando su pistola como otras buscan el celular que está sonando a los gritos. Ella anda sin plata, agarró un trabajo como cazadora de recompensas, y ahora debe aprender el oficio, vengarse de un viejo noviecito, decidir otra cosita de carácter amatorio, y, ya que estamos, atender unos casos policiales que preocupan a la ciudad.

    Así es como imaginó a su personaje la novelista Janet Evanovich, y se mandó 18 novelas al hilo, todas éxito de venta en supermercados y librerías. Ahora se juntaron la actriz, y acá también productora ejecutiva, Katherine Heigl («La cruda verdad»), la directora televisiva Julie Annie Robinson, las guionistas Stacy Sherman (autora del corto «Goodnight, Vagina»), Liz Brixius (libretista y directora de «La enfermera Jackie») y Karen Ray, e hicieron una versión cinematográfica de la primera novela de la serie.

    El resultado no es nada del otro mundo, pero tiene su lado interesante. Se trata de una comedia femenina de acción policial, misterio, vulgaridad y lucha de sexos, dirigida, escrita y protagonizada por mujeres. De contrapartida o complemento, han puesto dos facheros light como objetos de uso, algunos tipejos como blanco móvil, y un detalle sentimental: la chica tiene en su agenda un primer amor que se burló de ella pero la sigue atrayendo, y un experto en armas con aires de rudo protector. También tiene un hamster. Como se sabe, los hamsters son una gran compañía nocturna. Aparte, tiene familia, amistades callejeras poco presentables, y un Buick que en la película es de 1970 y en la novela es un acorazado de 1956.

    Esta diferencia automovilística molestó a muchos lectores de la novela original, que claman al cielo desde internet. Claman también por el acento de Katherine Heigl, que debería hablar como nativa de New Jersey pero a veces se olvida. Y por el personaje de la abuela, que luce medio tonta. Como no leímos la novela, ni tenemos oído para el acento newjersiano, y además quien hace de abuela es la querida Debbie Reynolds («Cantando bajo la lluvia», «Tammy», 69 años al momento del rodaje), por acá no hay mayor motivo de queja. Se pasa el rato y a otra cosa.
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  • Amor por siempre
    Amor por siempre
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    Alegría y dolor según Hollywood

    La idea era atendible: una joven exitosa y canchera que vive alegremente llena de amistades y encuentros sexuales y siempre huyendo de los compromisos afectivos, un día se descubre bastante enamorada de su médico. Lástima que al médico lo descubre el mismo día que éste le advierte un cáncer avanzado, ya irreversible. Igual se las sigue dando de canchera, sólo que ahora, cada tanto, también tiene algunos berrinches y creciente cansancio.

    Integrada a la amplia lista de cintas románticas con risas, lágrimas, y tratamientos oncológicos al gusto americano, esta película tiene ciertos méritos de entretenimiento y llamado de atención, pero también unos cuantos defectos que la hacen medio fastidiosa: es superficial, sobradora, irregular, poblada de canciones para la venta, saturada de grititos y chistes de mujeres que se creen adolescentes, situaciones impuestas por catálogo y estereotipos relamidos. Ah, también tiene un plus curioso: cuando la joven es anestesiada, sueña que anda por entre las nubes, se encuentra con Dios, que es una negra amable, y le pide tres deseos. Uno de ellos, un millón de dólares para gastar con la madre y las amigas. Deducidos los impuestos, solo tendrá medio millón, pero igual hará un despilfarro.

    En fin, las cosas han cambiado mucho desde que Bette Davis enfrentaba noblemente su destino en «Amarga victoria», y Dios solo podía representarse como una voz grave e imponente. Al respecto, esa voz famosa en «Los diez mandamientos» era la del asistente de dirección Donald Hayne. Después vendrían, con voz y figura completa, George Burns, Morgan Freeman y Alejandro Dolina en «Las puertitas del sr. López», hasta culminar ahora con Whoopi Woldberg, que por suerte está bien controlada. Así es actualmente la vida sobreterrenal según Hollywood.

    Kate Hudson cumple adecuadamente sus actuaciones de chica divertida y enferma. La acompañan Gael García Bernal (un médico judeo-mexicano como aporte a la integración), Kathy Bates, Treat Williams (los padres), Lucy Punch (la amiga flequilluda) y otros, pero quien casi se roba la película es el galán enano Peter Dinklage, como un inesperado taxi-boy de filosófico sentido realista. Guión y producción, la bonita Gren Wells, de profesión actriz. Directora, Nicole Kassell, que años atrás se hizo notar con «El hombre del bosque», un drama ambiguo y triste con Kevin Bacon.
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  • Novias - Madrinas - 15 años
    Vendedores de Once, especie en extinción

    Más que una película en el sentido habitual del término, esto parece un muestrario de lujo. Así como los vendedores de una sedería despliegan ante la compradora uno o dos metros de tela, y tres o cuatro piezas de los estantes cercanos, para deslumbrarla con la descripción y ostentación de sus diferentes cualidades, así también se nos muestran acá algunas particularidades llamativas y/o representativas de cada vendedor, y un puñado de vendedores de una sola sedería. Exclusivos de la casa. Únicos en toda la zona. Los mejores.

    La acción, casi toda, en un conocido local de Azcuénaga casi Corrientes, tradicional barrio del Once. Allí trabajan desde hace años los señores (por orden alfabético) Angel Andrés Calabria, José Antonio Espido, Ricardo Khabie, Elías Levy, alias El Negro, Héctor Alberto Passalacqua, Pablo Sayago. Con una salvedad: Khabie se llama Moisés. «Ricardo es mi nombre artístico», explica con inefable sentido del humor. Porteños todos, porteños viejos.

    Uno de ellos, ya octogenario, hace 60 años que está en el mismo ramo, aunque dice que no le gusta. Porque está el que dice que no le gusta, como el que disfruta esto como un arte, el que respira a pleno recién cuando sale y el que se muere si no viene un día a su local, etc., cada quien con su mirada, su filosofía, su hobby o su raye. Típicos miembros de una profesión particular: no cualquier empleado de comercio es vendedor en una sedería de primera. Y de un tiempo que se va: no cualquier empleado tiene hoy el lujo de trabajar décadas en la misma empresa. Así era en el viejo Once, dirán dentro de poco quienes vean este documental. Sin nostalgia, porque acá no hay nostalgia, sino alegría de llegar a conocer semejantes personajes, una oportunidad que algunas clientas no saben apreciar, absortas como están en el análisis de gasas, tules y puntillas que lucirán en el vestido de cumpleaños o casamiento. Otras, en cambio, hasta se sacan fotos con el vendedor. Es que ya están empezando el álbum de la fiesta, y ese tipo las trató tan bien que hasta merecería que lo inviten.

    La exposición es equitativa. Cada uno, desde el cadete al patrón, es presentado de modo similar y parece ocupar una similar cantidad de tiempo para decir lo suyo. O cantarlo, según el caso. Y cada uno se da a conocer por lo que dice, y por el modo de tratar a las clientas y a los compañeros de trabajo. Con quienes pasa diez horas cada día, aunque eso no los haga necesariamente amigos. Pero pasan entre ellos más tiempo que con la propia familia. Así, y ahí, precisamente, los conocieron desde hace años los realizadores de esta película, Diego y Pablo Levy. Son los hijos del dueño, que ahora hacen cine. Ojalá otros tuvieran la misma idea y aunque sea la mitad del cariño y buen humor que ellos pusieron en la obra.
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  • La carrera del animal
    La carrera del animal
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    Film deliberadamente confuso, ambiguo y sin ningún atractivo

    Breve, apenas 73 minutos, pero deliberadamente confusa, ambigua y trabajosa, lo suficiente como para que el Bafici 2011 le diera el premio de mejor película nacional, quizá lo mejor de «La carrera del animal» sea el momento en que empieza a correr.

    Esto es así. Un joven sin mayores actividades ni vanidades se ve asediado por exigencias que no quiere asumir. El padre empresario abandonó familia y empresa, el hermano mayor

    y otras personas dicen tener mensajes paternos designando a este joven como encargado del negocio, e incluso le proporcionan ciertas pautas de acción. Tanto el hermano como las referidas personas parecen sospechosas de algo. El infeliz deberá tomar distancia y decidir por sí mismo. La carga y algunas relaciones podrán corregirse durante la marcha.

    Según parece, la empresa es una fábrica de algo (nunca sabremos de qué, ni veremos una máquina, aunque sea una mísera cortadora de fiambre), el balance general es crítico, parte del personal quiere iniciar una autogestión, otra parte mantiene su fidelidad al dueño fantasma refugiado en algún hotel de provincia, ciertas mujeres que pasan por la pantalla también pasan por la cama del protagonista sin despertar el menor entusiasmo de éste, ni de ellas, ni mucho menos del público, y los nombres de los hermanos están cambiados: el que se llama Cándido es bastante vivo y decidido, y el que se llama Valentín es un cándido inseguro de expresión contrariada.

    La fotografía monocroma, la ambientación apagada en un tiempo levemente inactual, la actuación monocorde, los diálogos ocasionalmente presuntuosos e inconvincentes, la falta de algo concreto que decir, dejan suponer que el autor de esta película es alumno de Rafael Filipelli. En algunas partes, también pareciera que quiere acercarse a la famosa «Invasión», de Hugo Santiago. Esta también era una obra rara, ambigua, medio abstracta. Pero la actitud de lucha de sus personajes en defensa de la ciudad invadida por fuerzas desconocidas, y las muertes heroicas que ello acarreaba, le daban cierto aliento épico que hacía atractivo el relato. Acá no hay atractivo alguno, salvo el de una chica que aparece fugazmente al comienzo, provocando al personaje desde una ventana.
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  • Tan fuerte y tan cerca
    Tan fuerte y tan cerca
    Ámbito Financiero
    Lo manipulador no quita lo emocionante

    Según John Updike, Harry Siegel y otros prestigiosos cerebros, la novela que inspira a este film es francamente falsa, manejadora, esquemática y empalagosa. Puede ser. Al mismo tiempo, le reconocen «momentos de emoción aplastante», un «virtuosismo impresionante» y otros méritos. Como fiel adaptación, resulta coherente que la película también tenga similares méritos y defectos. No a todo lo largo, pero los tiene.

    Jonathan Safran Foer, se llama el novelista, nieto de sobrevivientes del Holocausto y seguidor de Philip Roth. Entre sus libros se destacan «Todo está iluminado» (Liev Schreiber hizo una buena versión cinematográfica con Elijah Wood, «Una vida iluminada») y, menos elogiado pero más vendido, «Tan fuerte y tan cerca». Quienes lo llevaron al cine son el director Stephen Daltry («Billy Elliot») y el guionista Eric Roth («Forrest Gump»), que para ello simplificaron el relato, redujeron prácticamente a uno sus varios narradores, aportaron sus variantes manteniendo el espíritu original, y, cosa de agradecer, eligieron muy bien al compositor Alexandre Desplat y a los dos intérpretes principales: el chico Thomas Horn, sin experiencia actoral pero que venía de ganar un certamen nacional de preguntas y respuestas, lo que daba muy bien para su personaje de niño inteligente, imaginativo y sensible, y el venerable Max von Sidow, con una experiencia enorme en variedad de papeles y una voz imponente de la que en esta ocasión nos vemos privados.

    Es que el chico de la historia sufre la pérdida de su padre, muerto en el atentado de las Torres Gemelas. Ese hombre era también su compañero de juegos creativos, su mejor guía. Ahora el niño tiene la ilusión de haber encontrado un último juego que, quién sabe, su padre estaría preparando. Para resolver la incógnita y sentir más cercano al ausente, recorre New York, que guarda las heridas de aquel atentado pero sigue andando. De ese modo él va aprendiendo ciertas cosas. Más adelante aparece otro compañero de camino: un viejo silencioso, que sufre otras pérdidas. Es un sobreviviente del bombardeo a la ciudad de Dresde, durante la II Guerra Mundial, un tema tratado por Kurt Vonnegut en «Matadero 5». Ahí la historia empieza a interesar mucho más, se enriquece en varios sentidos y alcanza sus mejores momentos.

    En resumen: la película es inflada, retórica, lacrimógena, se alarga demasiado, lo que digan. Pero tiene lo suyo: lecciones de vida, comprensión del propio sentimiento de culpa, del dolor ajeno y la necesidad de redención, o reconciliación, aprendizaje de crecimiento. Por ese lado vale la pena.
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  • Yatasto
    Yatasto
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    Postales de un duro oficio familiar

    Cada tanto, alguien se fija en los niños carreros. Cirujitas al mando de un resignado caballo, a veces un jamelgo, en un viejo transporte medio enclenque. También a veces, con suerte, alguien ajustó los tablones y cambió las ruedas originales por otras de auto, que tienen sus ventajas y dan cierto aire de modernidad. El vehículo es más moderno, digamos. No así el cirujeo, ni el trabajo infantil. Como sea, ellos están contentos de su oficio, y orgullosos de tener un caballo bajo su mando y responsabilidad.

    Entre los documentalistas que se han fijado bien, estuvo hace tiempo Ana Gershenson, autora de un lindo film lleno de ternura y color, y también algún dolor, «Caballos en la ciudad». Era interesante ver cómo registraba, por ejemplo, la dedicación que ponía un carrerito en su animal, cómo lo hacía tusar, lo cepillaba y vigilaba, y apreciar en detalle los sombreros y adornos que los demás carreros ponían a sus «fletes», linda costumbre de otros tiempos que ellos supieron mantener.

    A Gershenson se suma ahora Hermes Paralluelo, catalán afincado en la ciudad de Córdoba, quien acá nos presenta una familia dedicada al oficio desde, por lo menos, la época del bisabuelo. Fue éste quien bautizó Yatasto a su caballo de carga, risueña asociación con el pura sangre que entonces brillaba en las pistas (el mítico Yatasto que de 24 carreras perdió solo dos, y terminó como padrillo de un stud californiano). El mismo nombre tiene el animal con que ahora la familia sigue el mismo trabajo. La abuela se lo enseña al más chico, que aspira tener un caserón con «una piecita para el caballo». Otro, en cambio, quiere vender el suyo y comprarse una moto.

    Son tres cabritos, como llaman los cordobeses a sus chicos. La cámara registra su rutina diaria, sus charlas, llenas de humor simple y preocupaciones de pequeños trabajadores. Tienen 15, 14 y 10 años, padres ausentes, tal vez también tengan un futuro asegurado.

    Un detalle a destacar: Federico Disandro, el sonidista, se preocupó de ponerle un inalámbrico a cada uno, limpiar ruidos molestos, dar un buen fondo, etc., un trabajo realmente a conciencia, que nos permite entender bien, en todo sentido, lo que están diciendo. Y otro detalle, que se destaca como advertencia: Paralluelo se ocupó de poner la cámara fija frente a los tres que van sobre el pescante. Así, en cada salida, más que ver por dónde van apreciamos casi exclusivamente sus gestos y reacciones mientras charlan durante el viaje. Punto. Esto tiene su razón de ser, bastante plausible desde puntos de vista teóricos y formales, pero a la tercera vez que se repite la mecánica más de un espectador empezará a mirar la hora.
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  • Jack y Jill
    Jack y Jill
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    Insoportable por partida doble

    Aparece Adam Sandler como un tipo antipático que espera la visita de su insoportable hermana. Enseguida, el mismo actor aparece como la susodicha hermana, de voz insoportable, modos insoportables, flatos insoportables, e insoportable permanencia en la casa de su hermano y en la pantalla. Para colmo, mal actuada. Nadie espera que Sandler alcance ni siquiera la mitad de la elaborada caracterización que hizo Steve Martin en la comedia «Hay una chica en mi cuerpo», pero aquí se pasa de vago.

    En fin, esto, que daba para un esquicio televisivo de tres minutos en un programa de medianoche, se ha convertido en una improvisación cinematográfica de 94. Detalle doloroso, pese a tanta berretada, o precisamente gracias a ella, en EE.UU. la cinta recuperó la inversión en menos de un mes. Y eso que declara un presupuesto de 79 millones de dólares jurados ante el fisco.

    De esos 79 millones, dos monedas de 25 centavos se habrán gastado en maquillaje. El resto, en publicidad y agasajos a las muchas figuras invitadas que aparecen en diversos cameos, todas representantes de la televisión y el deporte norteamericanos aquí prácticamente desconocidas, y, sorpresa, un extranjero: Santiago Segura, alias Torrente, que está a sus anchas pero un mínimo demasiado mínimo de tiempo. Otra sorpresa, en el reparto actúa nada menos que Al Pacino, que hace reír un poco actuando de Al Pacino. Ahí también se habrá ido buena parte del presupuesto, en la partida de póker que le habrán ganado para que acepte actuar, y en el cachet consiguiente. Ahora, pobre tipo, tan buen actor que es, lo único que falta es que las próximas generaciones lo registren solo como «el que aparece en una película de Adam Sandler».
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  • El Artista
    El Artista
    Ámbito Financiero
    Para disfrutar una experiencia única

    Encantadora. E ingeniosa, chispeante, única, original, gozosa, lograda, etcétera, etcétera. Pero sobre todo, llena de gracia y encanto. Más allá de algunos defectos muy menores que solo advierten los desdeñosos de oficio, esta película es un deleite de esos que pueden encontrarse muy de vez en cuando.

    Encima, es un éxito mundial candidato al Oscar. ¿Cómo? No es norteamericana, no es la saga adolescente de nada, ni en 3D, para un Imax, ni para pantalla super ancha, carece de fx digitales, superhéroes, estrellas de renombre, viene sin colores, sin mayores diálogos, sin vaso, sin agua. Es muda, en blanco y negro y en formato casi cuadrado, como se usaba antes. ¿A quién se le ocurre? La gente ya no está acostumbrada. Pero es un éxito. Digámoslo en detalle: es una historia hermosa, emotiva, intensamente expresada por los rostros de unos intérpretes formidables, en radiante blanco y negro, con gran fondo orquestal (que incluye la Estancia op. 8 de Alberto Ginastera y el tema de amor de «Vértigo»), recursos visuales y de sonido muy imaginativos y sorprendentes, y todo lo que ya dijimos al comienzo, y un enorme amor al cine y a su público. Tanto, que el autor le puso final feliz precisamente para que todos salgan contentos de la sala, después de haberse reído y también haber sufrido un poco.

    ¿Y quién es este director tan ocurrente? Se llama Michel Hazanavicius, parisino de abuelos lituanos, director de cine publicitario y de unas parodias muy celebradas hechas con Jean Dujardin, comediante enorme que hace tres años anduvo por acá filmando el western cómico «Lucky Luke», y ahora protagoniza estupendamente un personaje de tipo ganador, canchero, seductor, que un día se ve sobrepasado por las circunstancias, y cae vencido por su propio orgullo, que es también integridad artística, olvidado, humillado, para recuperarse luego en el acto final. Entre sus leales hay un terrier que se roba las escenas y una «flapper» en rápido ascenso que Berenice Bejo convierte maravillosamente en personaje inolvidable.

    Ojo, esto no es una parodia. Es un risueño melodrama realizado casi exactamente igual a los que se hacían en la gran época de madurez del cine mudo, allá por 1927, justo cuando vino el sonoro y hubo que barajar todo de nuevo. Lo de «casi exactamente igual» es por la edición digital, bien disimulada, y por el guiño del comienzo que nos pone en clima y nos da a entender qué ingenuo era, todavía, el público de entonces.

    Dos minutos después, los felices ingenuos somos nosotros mismos. Pero la obra no es nada tonta. No lo eran, aunque pudieran parecerlo, las de Chaplin, Vidor, Borzage, el Murnau de la etapa americana o el Hitchcock de la etapa muda que aquí sirven de inspiración. Simplemente, hablaban a su público. Al corazón de su público.

    Conviene ver esta película sin mayor información previa. Encontrarse con ella. Entregarse a gusto. Recién después, si uno quiere, conocer algo más sobre sus responsables y esos autores mencionados, y sobre Douglas «El Zorro» Fairbanks, «Show People», las chicas que tenían «eso» de los años 20, el momento en que la Garbo dice «Quiero estar sola» en «Grand Hotel», y las posteriores «Nace una estrella» y «Cantando en la lluvia», hasta «La última locura de Mel Brooks», 1976. Pero solo si uno quiere.

    Postdata: la mansión de la Berenice triunfadora que vemos en la película era de Mary Pickford, la novia de América. Y la cama también, de cuando era novia, esposa y socia de Fairbanks.
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  • La invención de Hugo Cabret
    Atractivo homenaje al cine primitivo

    Tarda en arrancar y da muchas vueltas, pero termina bien, tiene su emoción, buen uso del 3D y un especial olorcito a Oscar esta aventura melancólica ideal para niños grandes, conozcan o no la obra del personaje real que la inspira. Por supuesto, los conocedores la disfrutarán con más ganas.

    La acción, con algo de fábula, transcurre en Montparnasse, 1931. Entre los enormes relojes de la estación ferroviaria, acechado por el inspector que quiere llevarlo al orfanato, vive un pibe cuyo único tesoro es un muñeco autómata que comenzó su padre. Ahora quiere arreglar y completar su mecanismo. Así es como (de la peor manera) conoce al viejo que atiende un kiosko de caramelos y juguetes, y a su ahijada. Ella le enseña unas cosas, él otras, y cuando el muñeco está listo se llevan una sorpresa, porque, con ayuda indirecta de dos conocedores, descubren que el viejo fue un genio exitosísimo, al que ahora muchos daban por muerto, y que ni él ni su esposa quieren recordar los tiempos de gloria.

    Con ese esquema propio de cuento fantástico, o de cuento de iniciación con buena pintura del alma humana, Brian Selznick hizo un libro ilustrado para niños. Martín Scorsese lo leyó con su hija menor, y lo llevó al cine. O, visto de otra forma, lo devolvió al cine. Porque el viejo se llama Georges Mélies. Y es linda la segunda parte de la obra, y bien matizada con fragmentos de, entre otras, «El viaje a la luna», «El reino de las hadas», «El melómano», «Carabusse», y, de paso, «El hombre mosca», con Harold Lloyd, y «La llegada del tren a La Ciotat», que encuadrada en 3D nos hace entender un poco la sensación que habrán tenido los primeros espectadores del cine (eso que la vieron en pantalla plana, sin colores ni sonido).

    La película luce una estética digital moderna, el autómata tiene una forma inverosímil para la época, lo de Mélies va en versión libre, etc., pero igual es un lindo homenaje al cine primitivo, y a tantas personas brillantes que terminan olvidadas. Para ellas también es este cuento desparejo pero muy agradable donde, para mayor placer, las generaciones se unen, la gente es agradecida, y nadie es tan malo como parece, ni siquiera el inspector que persigue al huerfanito. Todos en tren al Oscar.

    Postdata para interesados. Mélies, máximo productor y artista en 1903, quebró y se redujo a simple kioskero en 1923. Allí lo descubrió en 1928 León Druhot, director de «Cine-Journal». Le armaron un homenaje en la gran sala Pleyel, Louis Lumiere le dio la Legión de Honor, etc, y en 1932 lo llevaron con esposa y nieta al asilo de artistas de Orly. Cuando murió en 1938 había vuelto a ser olvidado.

    Dos cortos evocan esa época silenciosa en Montparnasse: «El gran Mélies», de Georges Franju, que iba a visitarlo al asilo, y «Pamplinas», de Javier Garrido, Argentina, que culmina diciendo «Entre 1896 y 1913 hizo cerca de 500 maravillas. Después se puso un kiosco». Qué tanta lástima.
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  • Moacir
    Moacir
    Ámbito Financiero
    Simpático documental sobre un personaje singular

    La historia del nacimiento de este documental es tan interesante como el documental mismo. Años atrás, Tomás Lipgot, neuquino decidido a ayudar a los demás con una cámara HD, ya que con una pequeña empresa musical tuvo poca suerte, filmó con Christian Behl un registro de algunas personas que se plantaban ante las circunstancias más difíciles. «Fortalezas», se llama ese trabajo, que, entre otros episodios, nos muestra dos leprosos sirviendo de cicerones en el hospital Sommer, un viejo que se esfuerza por caminar, otros dos, más viejitos, que se terminan casando, y Moacir. Moacir, así caste-llanizado, o Moacyr, como su colega el compositor Moacyr Luz Silva, se robaba la película. Un morocho brasileño feo pero simpático, muy animoso, muy curioso, que cantaba el bolero «Inolvidable» medio a lo Altemar Dutra y estaba lleno de entusiasmo. En esas épocas, Moacir vivía internado en el Borda. Años pasó en el Borda. Ahí le dijo a Lipgot que era compositor, con sambas, tangos, marchinhas de carnaval y un bolero bastante bueno registrados en Sadaic.

    Por supuesto, dado su lugar de residencia, el otro tomó la información como de quien viene. Pero tiempo después pasó por Sadaic. Y era cierto. Cuando fue a saludarlo con todo respeto, descubrió que el hombre, ya de 65 años, había conseguido el alta médica y vivía desbordado (en todo sentido) «en el cosmopolita barrio de Constitución».

    Ahora, en la obra que lo tiene de figura protagónica, vemos su vida cotidiana, con sus cosas buenas y malas, su disfrute de un recital en la Embajada de Brasil donde se pone a cantar con los artistas, sus expectativas y entusiasmos, y, entre otras cositas, sus discusiones musicales con Sergio Pangaro, que viene dispuesto a interpretarle algunos temas para un disco. Lipgot acordó ayudarlo a grabar un disco, a cambio de registrar su vida.

    El final incluye un videoclip de Gabriel Grieco con tema de Moacyr en arreglos de Pangaro. Cosa de locos, real, singular, agradable, y también un poquito tierna y aleccionadora.
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  • Selkirk, el verdadero Robinson Crusoe
    En el sur también se hace buena animación

    Según parece, allá por 1703, cruzando el Cabo de Hornos, el marinero Alexander Selkirk, o Selcraig, fue abandonado en una isla desierta del archipiélago Juan Fernández, donde se las ingenió para sobrevivir y estar cada vez más cómodo. Cuatro años después, otro barco lo rescató y lo devolvió a su pueblo, convertido en un héroe. También parece que Daniel Defoe se inspiró en él para escribir su novela de aventuras y reflexiones filosóficas «Robinson Crusoe». Y no parece, sino que es cierto, que Walter Tournier se inspiró en él para hacer la muy agradable película de muñecos que ahora vemos.

    Para quien no lo conoce: Tournier es un maestro en el arte y la gloriosa artesanía de la animación con muñecos de plastilina. «Nuestro pequeño paraíso», la serie de micros «Los Tatitos», la campaña de una empresa uruguaya de lácteos, «Yo quiero que a mí me quieran», cantado por Rubén Rada, que pasaba «Caloi en su tinta» con todo entusiasmo, son algunos de sus trabajos más difundidos. Ahora quiso hacer un largo. En todo el continente, el último largo con muñecos era el «Martín Fierro» del colombiano Fernando Laverde, 1989. Tournier consiguió una ONG holandesa y organizó un taller donde se forjaron cinco ayudantes, a los que se sumaron su directora de arte Lala Severi, una animadora argentina y uno cubano. Un grupo chico, que hizo a tamaño chico un trabajo enorme de piratitas, animalitos, maquetas, utilería, etc., etc., y luego movió todo eso con gracia.

    Así vemos las aventuras del cantinflesco cocinero Pupi el Acido, La Peste Bullock, y otros hombres de mar, entre ellos Selkirk, pícaro que vive para esquilmar al prójimo, hasta que las circunstancias le cambian la mentalidad. Esas aventuras incluyen una terrible tormenta digital, el motín de una planta que quiere apoderarse del barco, tipo «El día de los bífidos», la cacería de una cabra, y también, inesperadamente, la cortina de «Almorzando con Mirtha Legrand» y otros chistes. Se han divertido haciendo esta película don Walter y sus muchachos, y esa diversión se transmite a la platea. Eso sí, tarda un poco en arrancar, pero después entretiene sin pausa. Reparto de méritos, ya que se trata de una coproducción. De Uruguay, guión, dirección, diseños, construcción de personajes, escenografías y maquetas, rodaje, canción de piratas y murga final. De Chile, la idea motora del productor Fernando Acuña, el mar, los fondos y efectos especiales en computadora 3D. Y de Argentina, el storyboard, las voces, grabación, montaje, banda sonora, efectos de sonido, tema musical y postproducción. Claro que todo cuesta: entre los tres países hicieron la película en dos años, pero antes pasaron ocho tratando de conseguir la plata.
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  • La dama de hierro
    La dama de hierro
    Ámbito Financiero
    Una Thatcher que no conforma a nadie

    Solo el buen reparto encabezado por Meryl Streep salva de la mediocridad esta biografía trabajosamente hilvanada de Margaret Thatcher, a quien se exalta como firme conductora de su patria y modelo de mujer, que pasó de hija de tendero a baronesa del imperio, se impuso por sí misma en un mundo de hombres, y se volvió débil recién ante la muerte de su amado esposo y compañero. Cosa curiosa, pocos quedan conformes.

    Las feministas objetan que, para adjudicarle más méritos, el guión ignora la existencia de muchas otras mujeres que en esa época también incidieron en la política británica, y que, ya en el poder, muy poco hizo ella por su género.

    Los admiradores, el excesivo y para muchos desagradable espacio dedicado a mostrarla en su poco presentable vejez, víctima de demencia senil, todo para lucimiento de la estrella y del equipo de maquillaje.

    Los opositores, la capciosa información o directa omisión de famosas medidas socioeconómicas que dejaron el tendal de víctimas y un mal ejemplo que hoy los ingleses, europeos y estadounidenses todavía están pagando.

    A todo lo cual Argentina suma otro motivo de desagrado: la triunfalista versión «tory» de la Guerra de Malvinas, con un marco admirativo para su terrible orden «¡Hundan al Belgrano!», su mensaje imperial a las tropas, etcétera.

    Como es sabido, esta guerra dejó 649 argentinos, 255 británicos y nepaleses y 3 isleños muertos, y miles de tullidos físicos y morales de ambos lados, pero a ella le sirvió para una reelección. Un año antes, provocó la muerte de diez presos políticos en huelga de hambre y una larga y sangrienta represión en Irlanda del Norte. Un año después, ordenó la supresión de 20.000 puestos de trabajo en las minas de carbón de la isla, con las consecuencias imaginables. Nada de esto menciona la película, como tampoco su amistad con el ideólogo del apartheid Pieter Botha, Augusto Pinochet (lo llamó «arquitecto de la democracia chilena»), etcétera. En fin.

    ¿Por qué doña Streep, militante contra Ronald Reagan, encarna ahora esta propaganda de su socia transoceánica? Bueno, ¿por qué no lucir otra estatuilla en su living? Actúa muy bien, aunque, la verdad, quien mejor imita la cara de dolido asombro ante las críticas que ponía doña Thatcher, es Capusotto cuando hace de Micky Vainilla.

    A destacar, Jim Broadbent (el marido), Olivia Colman (la hija), Iain Glen (el padre), Alexandra Roach (Margaret cuando joven). Guión, Abi Corman, que también escribe libretos para laboristas. Realización, Phyllida Lloyd, directora de «Mamma mia!», también con Streep.
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  • El amor de Tony
    El amor de Tony
    Ámbito Financiero
    Historia sencilla que emociona limpiamente

    He aquí un sencillo y finalmente sentido acercamiento a la posible relación entre una joven huraña, ex presidiaria que intenta recuperar la custodia de su hijo, y un pescador que vive al cuidado de su madre viuda. Gente hosca en un pueblo costero de la Normandía, lo poco que sabremos de sus vidas será con cuentagotas. En cambio, lo que sienten se les nota en la cara, a medida que uno vaya aceptando la expresión de sus caras.

    La joven fue considerada culpable del accidente que causó la muerte de su esposo. La jueza les entregó a sus suegros la custodia del hijo, y, como puede suponerse, la relación dista de ser buena. Para colmo, es una muchacha bastante antipática, de algunas malas costumbres y ningún oficio. Por su parte, el pescador es un pan de Dios, pero del día de ayer, con la corteza ya medio dura. Su gran virtud es la paciencia, que le permite conservar la calma, dentro de lo que se puede. Ella necesita tener un empleo fijo y hacer buena letra para recuperar a su niño. El hombre necesita una mujer, aunque quién sabe si esa es, precisamente, la que más le conviene. Rodeándolos, moldeándolos, está el pueblo, que también tiene sus problemas.

    Por ahí va el asunto, que más que un relato tradicional se podría definir como una serie de cuadros a través de los cuales se va deduciendo la historia. Que, por suerte, tiene final feliz y luminoso, también dentro de lo que cabe. En ese sentido, la última escena es un hallazgo capaz de emocionar discreta y limpiamente a más de un espectador. Alix Delaporte, foto-reportera debutante como directora, procuró brindarnos un tema sentimental de estilo realista, sin violines, y lo ha conseguido, particularmente gracias a la fuerza de Clotilde Hesme (la tercera en discordia de «Canciones de amor») y las buenas caracterizaciones de todo el elenco, empezando por Gregory Gadebois, de la Comedie Francaise, Lola Dueñas, rayito de sol importado a esas costas, y los veteranos Evelyne Didi y Patrick Descamps.

    Vale decir, un buen respaldo actoral. En cuanto a estilo y argumento, nada notable ni extraordinario, e incluso algunas reiteraciones y extensiones (aunque la película es corta), pero casi todo verosímil y bien expuesto, sencillo y finalmente sentido, como ya dijimos. Y un poquito a la manera de los hermanos Dardenne, para quien guste ese tipo de realismo y de personajes a disgusto con el mundo hasta que les llega la ilusión o la esperanza, o aunque sea una mano en el hombro. Eso si, por suerte, a diferencia de los Dardenne, la directora de fotografía Claire Mathon prefiere encuadres y movimientos de cámara más normales.
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  • J. Edgar
    J. Edgar
    Ámbito Financiero
    Interesa retrato de Hoover, pero daba para más

    J. Edgar Hoover fue todo un personaje, creador y mandamás del FBI, admirado por su desarrollo de métodos científicos de investigación y su exigencia profesional, y criticado por reaccionario, entrometido, racista, sembrador de pruebas falsas, maníaco, etc., etc., y ahora también reprimido sexual oculto en el placard. Ya le dedicaron otros films («El FBI en acción», 1959, donde figura un policía argentino, «The Private Files of J. Edgar Hoover», 1977, «J. Edgar Hoover», con Treat Williams, 1987, «Hoover vs. the Kennedys: The Second Civil War», también 1987, entre otros), pero el de ahora nos ofrece una mirada más amplia. También, más íntima.

    En un ida y vuelta de recuerdos oficiales y sinceramientos, vemos entonces los comienzos como grupo de choque contra izquierdistas, los esfuerzos por subir el nivel de la entidad y hacerla respetar, la compleja relación con varios presidentes, la afectuosa relación con la madre, las audiencias del Congreso, el decisivo caso Lindbergh, algunas estrellas de la época (simpática, la escena con la niñita Shirley Temple), algunas agachadas y maldades del jefe y sus agentes, y, paulatinamente, su relación de amistad cada vez más cercana con Clyde Tolson, director asociado del organismo y heredero final de sus bienes y secretos, asunto expuesto casi siempre con buen tino.

    A señalar, en ese sentido, dos escenas pegadas: una culmina con la «comprensiva» risita de unas chicas de cabaret, la otra empieza con la comprensiva madre que, para cuidar al hijo, le recuerda el caso de un respetado vecino descubierto y públicamente humillado por ciertas debilidades, que se terminó suicidando.

    Eastwood siempre trabaja con un guionista adecuado para cada ocasión, y por eso trabajó en ésta con el militante gay Dustin Lance Black, libretista de «Milk», «Pedro» (el primer homosexual con VIH que se hizo popular y querido en la TV norteamericana), y otras biografías de figuras públicas homosexuales. Todo eso está bien, y estaría mejor si la película se llamara «J. Edgar y Clyde». Como se llama «J. Edgar», y la dirige Clint Eastwood, uno esperaba que hubiera unos buenos tiroteos con la mafia, el Ku-Klux-Klan y los rojos, pero de eso apenas hay unas muestras gratis. En ese sentido decepciona un poco. Y en otras, un poquito. Con franqueza, la película es buena pero Eastwood ha hecho cosas todavía mejores.

    Muy bien Leo DiCaprio, y buenos el reparto, la fotografía, la ambientación, los detalles de cada época, la dirección. Un pequeño agregado: la anarquista Emma Goldman que Hoover hizo expulsar a la Unión Soviética, donde tampoco aceptaban a los anarquistas, huyó casi enseguida rumbo a Francia, escribió un par de famosos libros anticomunistas, basados en su propia experiencia, y terminó casada en Inglaterra.




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  • Domingo de ramos
    Domingo de ramos
    Ámbito Financiero
    Lograda intriga en un infierno de pago chico

    Al comienzo, uno se pregunta ¿cuál es Ramos?, ¿o algo pasará un domingo de Pascua?, ¿o ya pasó? Y, a poco de empezar, ¿quién es el asesino? Y luego, la pregunta clave: ¿todo por ese inocente animalito? Es que buena parte de la hecatombe se debe a un inocente animalito, que en paz descanse.

    En este enredo participan, involuntariamente, la mujer de un rico comerciante que anda en algo raro, el susodicho, su cómplice comisario, que además disfruta complicidades no comerciales con la mujer de su socio, el loco chinchudo que adora a esa mujer, el vecino ermitaño pero metido, el perro metido del vecino ermitaño y metido, las simpáticas viejitas chusmas que casualmente pasaban por ahí y siguen ahí «viendo a ver qué pasa», un muchachito despacioso, y dos policías más vivos que el comisario para ciertas cosas. Todos enredados por culpa de ese animalito. Mejor dicho, por culpa del equívoco que su existencia o inexistencia puede ocasionar a la gente metida, chusma, chinchuda, que anda en algo raro, etc.

    De eso trata esta película, inspirada en un viejo cuento de pueblo chico. Su origen es incierto y el bichito es distinto según sea la zona o el cuentista. En este caso el autor eligió el animal más chiquito posible, para que el desastre luciera más hiperbólico. E hizo bien. Lo mismo, al elegir el lugar de los hechos (una casona apartada de Bella Vista y su entorno), y el elenco, encabezado por Gabriel Goity, Gigi Rua, de bienvenido regreso al cine, Mauricio Dayub, Héctor Bidonde y Pompeyo Audivert.

    Antecedente

    Este último ya había trabajado en la primera de Glusman, «Cien años de perdón», singular mezcla de teatro grotesco y comedia policial, también de pueblo chico. Para el caso, un pueblo judío de Entre Ríos. Hay trece años y unos cuantos kilómetros de distancia entre ambas películas, pero la intención es la misma, la perspicaz recuperación de una narrativa popular y su traslación al cine.

    En ese traslado, quizás hubiera convenido apretar algunas escenas. Por suerte, justo cuando parece que el cuento ya está dando vueltas sobre sí mismo, aparece el sorpresivo, loco y contundente desenlace, que deja al espectador atónito y maliciosamente agradecido. Y, como corresponde, bien está lo que bien acaba.
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  • La chica del dragón tatuado
    Recomenzó “Millenium” pero con más violencia

    Esta nueva adaptación de la conocida novela policial sueca de Stieg Larsson, inicio de la saga «Millenium», dura lo suyo (148 minutos), y estira los segundos de cada plano donde haya algo sangriento y/o desagradable (lo cual abunda), pero entretiene debidamente a su público y ante él consolida la fama de su autor, el efectivo, efectista, ágil, morboso e ingenioso David Fincher.

    Quienes admiran «Los siete pecados capitales» y «El club de la pelea», acá tienen una nueva muestra de su habilidad y sus mañas. La historia se presta para ellas. Eso sí, el tono puede parecer un poquito frío comparado con las anteriores, pero eso es deliberado, coherente con otra clase de frialdades que aparecen en pantalla, empezando por el clima nada tropical donde transcurre la historia.

    Y quienes no leyeron la novela ni vieron la primera adaptación, bueno, acá tienen una franca seguidilla de espantosos atractivos, expuestos con americana, hábil, y contundente simplificación. Quienes, en cambio, ya apreciaron la novela y/o la versión sueca, igual van a engancharse, a solazarse (allá ellos) con una femenina venganza muy comentada, y agregarán otro entretenimiento, que es la comparación.

    En algunos casos, hasta terminarán prefiriendo este fast-food de sabor ácido y salsa rojinegra. ¿Cuál es, objetivamente, la mejor adaptación de la novela del finado Larsson? ¿La de su paisano el estricto sueco Niels Arden Opley, o la del guionista hollywoodense Steven Zaillat, que ya ha dejado su firma en «Gangster americano», «Pandillas de New York», y, sobre todo, en «All the Kings Men»? Eso ya va en gustos.

    Elección

    ¿Y cuál es, a gusto del respetable, la mejor caracterización del singular personaje de Lisbeth Salander? ¿La de la sueca Noomi Rapace, que estuvo admirable, o la de Rooney Mara que vemos ahora? Ambas actrices resultaron muy buenas haciendo esa especie de espantapájaros gótico sado-maso y mortalmente hábil que es la Lisbeth, pero en la primera versión se apreciaba mejor su parte humana.

    En fin, el asunto recién empieza, ya que, como se sabe, ésta es solo la primera parte de una trilogía. Y como si fuera poco, se viene también una adaptación en historieta para DC Comics, a cargo de la novelista escocesa Denise Mina y el ilustrador argentino Leonardo Manco. Según dicen, Lisbeth se mostrará también algo asustada.
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  • Agua y sal
    Agua y sal
    Ámbito Financiero
    Fantasía con bastante más de agua que de sal

    Hay quienes creen tener un sosías en alguna parte del mundo, con el cual podrían intercambiar sus destinos. La cuestión es conectarse con él. También existe la idea de ser uno y despertarse siendo otro. Esto puede ocurrir como consecuencia de hiperinflaciones y quiebras, pero, más frecuentemente, sólo como simple especulación literaria derivada de antiguas fantasías sobre el mundo onírico.

    Con este esquema Julio Cortázar hizo unos cuentos muy interesantes, como «La noche boca arriba», donde un motociclista se descubre atado a una piedra de sacrificios aztecas. Ahora, en esta película, un tipo casado se ve de pronto boca abajo sobre una linda muchachita, lo que no suena como una atadura de mucho sacrificio que digamos. Pero el asunto tiene sus bemoles. ¿Esto es alguna forma de imaginación, o está pasando de veras? ¿Y cómo puede ser?

    Así vemos a un pescador marplatense, que espera un hijo de su novia adolescente (quieren apurar el casamiento para que los padres de ella se enteren recién cuando esté todo en orden), y vemos también a un tipo exitoso, con una esposa realmente bonita, pero sufriendo un matrimonio sin hijo. Uno percibe cierta conexión con el otro, al que no conoce. De pronto pasa algo sorpresivo (eso está muy bien expuesto con mínimos medios) y sus mundos empiezan a vincularse en un plano verdaderamente real. Por ahí va el juego.

    En su primera película, «Una de dos», sobre un joven comerciante de monedas falsas, el director Alejo Taube ya había sugerido el vínculo de lo falso y lo verdadero como piezas intercambiables. Y también, la responsabilidad que debe asumirse ante cualquier opción que uno tome. En ésta, la sugerencia avanza sobre planos afectivos que llevan a grandes cambios de vida. Así presentado, el relato es muy interesante. Lástima grande que la película carezca de clima para envolver al espectador en su fantasía inicial, atraparlo con sus ambigüedades, y comprometerlo después junto al personaje que está tomando serias decisiones. Como si fuera deliberado, acá las cosas se suceden sin provocar mayor interés ni demasiada inquietud. En resumen, un cuento que pudo ser atrapante pero no lo es.

    Rafael Spregelburd hace los dos personajes masculinos, Mia Maestro y Paloma Contreras Manso lo acompañan, Daniel Cuparo y Mónica Lairana completan el elenco. Fotografía, Diego Poleri.
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  • El extraño Sr. Horten
    El extraño Sr. Horten
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    Una comedia amable, con hombre y perra tristes

    Bent Hamer, el de la triste y emotiva «A casa para Navidad», estuvo aquí años atrás, presentando un ciclo de cine noruego en la Sala Lugones. Sencillo, de facciones corrientes, con simple cara de buen oficinista, pasó inadvertido. Por entonces, muy pocos conocían la existencia de su primer logro, «Historias de cocina», amable humorada sobre la confrontación de caracteres entre suecos y noruegos. Parece que los suecos miran a los demás escandinavos desde arriba, y los demás les toman el pelo.

    También por entonces, Hamer tenía en sus manos la obra que ahora vemos, y mostraba su afiche con entusiasmo: un hombre de uniforme y cara opaca y tristona llevando en sus brazos una perra gorda y vieja con cara igualmente opaca y tristona. Tal para cual, y ambos para solaz del espectador. Pero aclaremos: ésta es una comedia noruega. Hamer no busca la risa inmediata, sino la sonrisa íntima. Y nunca se burla de sus personajes, generalmente tipos comunes, solitarios y perdidosos. Él los mira con humor comprensivo y se rie, eso si, de la seriedad con que ellos afrontan los absurdos de la vida.

    Por ejemplo, el amigo Odd Horten no tiene nada de extraño. Lo extraño está alrededor suyo. El es un correcto conductor de trenes que ha hecho el mismo itinerario a lo largo de casi 40 años. Una vida totalmente «encarrilada». Cuanto mucho, la molestia de chocarse algún alce que tuvo la mala pata de cruzar justo por su camino. Pero ahora, a los 67 años, lo jubilan. Terminan los horarios y los itinerarios. ¿Cómo organizarse otra rutina?

    Tras su aire impasible, Horten se encuentra perplejo entre gente más rara que él. Y descubre, no necesariamente la molestia de sentirse viejo e inútil, sino la posibilidad de iniciar otra vida. Dato clave: Hamer dedica esta película a su madre, y a todas las mujeres que practican esquí.
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  • Historias cruzadas
    Historias cruzadas
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    Cuando la segregación era moneda corriente

    Jackson, Mississippi, 1963. El Estado tiene sus propias leyes de segregación racial, repudiadas por el gobierno nacional de J.F.Kennedy, impulsadas por el gobernador Wallace, y bien aceptadas por los blancos del lugar, incluso aquellos que se consideran racistas moderados. En semejante clima, una joven universitaria vuelve a casa, y, por algunas pequeñas pero fuertes razones, decide contribuir de algún modo a «darle voz a quienes no tienen voz». Así es como logra convencer a dos empleadas negras para que cuenten sus experiencias, sus puntos de vista, y ciertos chismes sobre sus patronas, todo lo cual será recopilado en un libro.

    Ese es el eje de una serie de historias, a veces risueñas, otras indignantes, todas ilustrativas, que permiten formar un entretenido relato coral, bien hilvanado, y con atractivo elenco femenino (es lo que se llama una auténtica «womens picture»), todo puesto al servicio de algo sencillo pero necesario: recordar cómo eran, hace apenas medio siglo, la sociedad y la vida cotidiana del país de Obama.

    Algunos dirán que ésta es una pintura comparativamente suave de aquellos años, y tienen parte de razón. Otros, que es un tema exclusivo de EE.UU., pero ahí se equivocan. Véase, sino, la película chilena «La nana», que toca cierto aspecto bastante parecido. Como sea, los norteamericanos de hoy ya convirtieron a «Vidas cruzadas» en un auténtico éxito (lo mismo pasó con la novela de Kathryn Stockett en que se basa) y ya la ponen junto a «Tomates verdes fritos» y otras comedias dramáticas de similar nivel y temática. Como ellas, entretiene, hace pensar, es efectiva, y hasta emotiva. Y luce aroma a Oscar, lo que tampoco está nada mal si se quiere mover el corazón del público. Único defecto: dura bastante más de dos horas.

    A destacar, del extenso elenco femenino, Viola Davis (la criada seria), Octavia Spenser (la criada gordita), Emma Stone (la joven), Bryce Dallas Howard (la tilinga racista), las ya veteranas Allison Janney (la madre de la joven), Cicely Tyson (la vieja niñera), Mary Steenburgen y Sissy Spacek, y, cartel francés, la ascendente Jessica Chastain, la intensa mujer de «El árbol de la vida» que acá hace de rubia cándida estilo Marilyn con un problemita gracioso estilo Mirtha en «Esposa último modelo». Detalle singular, en esta historia sólo ella y la protagonista, dos blancas fuera de la norma, tratan a las negras como iguales.
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  • Norberto apenas tarde
    Norberto apenas tarde
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    Una historia atonal con buenos actores

    Así como otras películas superan records de asistencia de público, es muy probable que ésta supere records de inasistencia. El mérito pertenece a Daniel Hendler, y decimos mérito porque parece que ésa es la intención. Un humorismo abúlico, en sordina, una historia atonal, donde pasa poco y nada, o, dicho de otra forma, donde nada de lo poco que pasa nos despierta y conmueve, todo eso es deliberado. Y sin embargo, superado el natural amodorramiento, cabe apreciar no sólo la coherencia de estilo de cierto sector artístico montevideano, afecto a ese tipo de obra, sino también, y sobre todo, el espíritu de Hendler en su primera película como realizador.

    Hay una discreta ternura en su relato, y buen sentido de observación sobre el ambiente en que se formó. No se trata de una historia autobiográfica, como podría pensarse, pero ahí está el mundo de su adolescencia y primera juventud en la Gran Aldea Cisplatina: el Teatro Circular y el de La Gaviota, los bares de aspirantes a bohemios, las ansias de los jóvenes y su aspecto indolente y fastidiado, la mirada de los otros, la exigencia laboral (la alienación que le dicen), las calles simples, la irónica distancia entre lo que se es lo que se podría ser con suerte y con esfuerzo, las mentiras que alguien se inventa mientras espera que le llueva un día mejor, los pobres triunfos pasajeros de una noche de estreno, pero qué hermoso, para cada uno, es ese pequeño triunfo de una noche.

    Eso es lo que hay, a través de la pequeñísima historia de un gordito que entra casi de casualidad en un grupo vocacional donde, lógicamente, se siente mejor que en su empleo, pero no maravillosamente mejor. Una película estadounidense hubiera culminado con la aparición de un productor ofreciéndole al gordito un contrato suculento luego de un exitoso debut escénico, y así el tipo cambia formidablemente de vida y pum para arriba. Aquí la cosa es bastante distinta, y se agradece, por más que, cuando llega el final, uno se diga «¿y eso es todo?»

    A señalar, el trabajo del protagonista Fernando Amaral en su primera labor para el cine. La presencia del director teatral Roberto Suárez como profesor del grupo aficionado (dicho sea de paso, acaba de dirigir su propia película, «Ojos de madera»). Y, en particular, la aparición del octogenario maestro Roberto Fontana, que aún mantiene la estampa y la voz profunda que lo caracterizaron a ambos lados del Plata. No podía faltar, él fue quien impulsó a Hendler a dedicarse profesionalmente a la actuación.
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  • Intercambio de almas
    Intercambio de almas
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    Intercambio de almas más raro que bueno

    Un actor existencialmente agobiado encuentra una clínica donde descargar su alma durante un par de semanas, así encauza mejor su energía para la obra que está ensayando. Significativamente, lo vemos acercarse de distintas maneras al final del «Tío Vania». Bueno, acude a la clínica y deja su alma en un depósito. Pero detrás están la mafia rusa, el mercado negro, la mujer del mafioso que quiere tener el alma de un actor americano para lucirse en una soap opera rusa, la mujer que hace de mula de almas y en cada viaje se va cargando de penares ajenos, la actriz rusa que se mató sin dejar su alma a nadie, la esposa del actor que descubre estupefacta lo que hizo el loco de su marido, que ahora debe viajar hasta San Petersburgo en busca del bien perdido, y, para completarla, un fondo de cobertura se hace cargo del depósito y se plantea tasar las almas a precio de mercado.

    No vamos a decir lo que otros hubieran hecho con tamaña fantasía. Como hay algunos chistes, suponemos que Sophie Barthes, la autora, quiso hacer una comedia. Para mayor resguardo y claridad, digamos que quiso hacer una comedia filosófica, a lo Woody Allen de los primeros tiempos, cuando escribía chascarrillos de estudiantes universitarios (pero en tal caso le falta chispa), o, mejor, a lo Charlie Kaufman, aquel que escribió los guiones de «¿Quieres ser John Malkovich?» y «Eterno resplandor de una mente sin recuerdos». No hablemos de plagio, ni de imitación. ¿Acaso de almas gemelas? Lo cierto es que la historia de Barthes y las de Kaufman demuestran cierto parentesco y algunas coincidencias interesantes. Y que ella empieza su propio camino. Es su primera película, algunas cosas le salen bien, otras aburren un poquito, eso es todo.

    Por suerte tiene muy buena ayuda en el protagonista, el ascendente Paul Giamatti, con su cara de neoyorquino preocupado y medio neura, y en todo el elenco, especialmente el canoso David Strathairn como director de la clínica (muy señalables sus diálogos con Giamatti), la inglesa Emily Watson, que hace de esposa, la rubia tristona Dina Korzun, y el joven capomafia Sergei Kolesnikov (otro diálogo señalable). Gran ayuda, también, la fotografía de Andrij Parekh, neoyorquino de ascendencia hindo-ucraniana y esposo de la directora. Faltaba más.
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  • Un mundo seguro
    Un mundo seguro
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    Mezcla cruel de thriller, terror y sátira a la TV

    Aviso para claustrofóbicos, paranoicos y afines: esta obra los hará sufrir bastante, pero es breve, de sólo 82 minutos, y tiene final feliz. No para todos los personajes, claro, pero hay unos que saltan de contentos. ¿Conviene sintonizar con ellos? Hay gente que sintoniza con semejantes sujetos. Muchos espectadores de la pantalla chica lo hacen, diariamente, acríticamente, y felizmente para sus anunciantes.

    «Un mundo seguro» viene a ser una mezcla fuerte y cruel de thriller psicológico, sátira a la TV y amago de terror. Sólo amago, sin mayores misterios inexplicables para la ciencia o para la simple lógica, ni demasiada sangre a la vista, ni truculencias desagradables. En cambio hay unos trucos indicados para incomodar al público y, sobre todo, al antipático personaje protagónico.

    Dicho especimen es un prepotente mandamás de la televisión, harto desconfiado y con algún pasado turbio, que se hace instalar una casa inteligente donde refugiarse. Pero la casa es más inteligente que él, y rencorosa, y burlona, para solaz de los chimenteros que odian a semejante bestia. Lo odian con justificada razón, y con apasionada dedicación. Y lo necesitan, y a la vez también necesitan refregarle por las narices su «profesionalidad», como se dice ahora, maldiciendo el idioma. Así es, los programas televisivos de chimentos se alimentan de la tele, de igual modo que los programadores de sistemas de seguridad se alimentan de los inseguros, y las casas de sus habitantes.

    ¿Es cierto esto último? ¿Llegará a ocurrirle semejante cosa a nuestro odioso jerarca? La verdad, cuando el tipo ya está demasiado loco hasta podríamos salir de testigos a favor de la casa. ¡Pero es una hija de su amable padre! Con esa cordial voz femenina programada para sacar de quicio a cualquiera en los ascensores, pero extendida a todos los rincones. Que para colmo se vuelven rincones virtuales. Y todo el paquete fue entregado sin manual de instrucciones.

    Por su parte, Eduardo Spagnuolo, el director de la película arma su propio manual, de lo que resulta una pieza propia que combina géneros y recursos con el debido empleo de cada uno, sin depender demasiado de ninguno. Su mayor dependencia, los dos pilares de la puesta, son Carlos Belloso, protagonista que hace un verdadero tour de force, y Javier Galase, que diseñó y realizó la postproducción, y también se ocupó del montaje, esto último con Danilo Galase. Puntales laterales, Antonio Birabent (adivine en qué comentaristas viperinos de la televisión se inspira su personaje), Carla Crespo, y Vanessa Motto Guastoni.
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  • 50/50
    50/50
    Ámbito Financiero
    Un drama encarado con humor e ingenio

    Superelogiada por su guión original (Will Reiser, basado en su propia experiencia clínica), que ya está recibiendo premios, y ganadora del público en el Festival de Aspen, esta comedia dramática también pinta como favorita para las nominaciones de los próximos Oscar. Ya tiene tres, para los Independent Spirit Awards, en los rubros de mejor film, guión y actriz de reparto (Anjelica Huston, en rol de madre). ¿Es para tanto? En este momento, si.

    La historia nos plantea el caso de un joven de 27 años que descubre tener un cáncer en su médula espinal. Siendo una película norteamericana, cabía esperarse un melodrama bien lloroso con información médica y farmacológica y larga función de abrazos con la frasecita «nunca te dije cuánto te quiero» y demás items. Los norteamericanos son casi fanáticos de este tipo de historias. Pero esta vez la historia tiene una diferencia interesante: abundan las risas.

    Ya había hecho reír el veterano español Antonio Mercero con «Planta 4ª», donde los internos de un hospital viven haciéndose bromas y travesuras propias de niños, pese al estado semiterminal en que se encuentran. Con un detalle: son verdaderos niños, y saben que casi todos van a morirse. Acá es distinto, comparativamente «light». Por empezar, este muchacho recibe un pronóstico 50% favorable. Está el otro 50%, no lo olvidemos, pero hay que pensar en positivo, y de eso se trata. La novia lo abandona como rata por tirante, pero el mundo está lleno de chicas, y el amigo que le hace el aguante lo empuja a buscarlas. La relación con la madre ha sido medio compleja, pero éste es un buen momento para resolver ciertos asuntos. Y así cada cosa.

    Pensada precisamente para público joven, la película tiene una equilibrada organización de momentos gratos, chistes ordinarios, escenas sentimentales y algunas muy emotivas, y un reparto bien armado con Joseph Gordon-Levitt luciendo su enclenque figura, Anjélica Huston, que aparece demasiado poco, el cómico Seth Rogen, que aparece demasiado (pero es quien impulsó la producción) y las flacuchas Bryce Dallas Howard y Anna Kendrick, esta última como una psicóloga fresquita, sin experiencia pero ya autorizada para llevarnos al diván. En resumen, un drama distentido, o una comedia de trasfondo serio, según se la vea, que deja a su público contento y con el pañuelo en la mano.
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  • Un zoológico en casa
    Un zoológico en casa
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    El sueño de tener un zoológico propio

    Por pura y cinematográfica casualidad, la temporada local 2011 comienza y termina con Matt Damon en dos historias sobre la elaboración del duelo por los seres queridos: la excelente «Más allá de la vida», de Clint Eastwood, y la comedia sentimental que ahora vemos, de Cameron Crowe. Las mismas difieren en riesgo artístico e intensidad filosófica y dramática, pero, cada una a su manera, coinciden en una misma intención consoladora (y en alguna otra cosita que no corresponde anticipar). Y Damon actúa debidamente en las dos. Y está muy bien que terminemos el año con la más suave.

    «Un zoológico en casa» adapta con estilo de viejo y buen Hollywood la experiencia del inglés Ben Mee, columnista de «The Guardian» que, tras haber enviudado, decidió mudarse a alguna casa rural donde vivir con su madre, su hermano y sus dos hijos, y terminó comprando un zoológico en quiebra. El hombre escribió su experiencia en un curioso libro, «We Bought a Zoo», subtitulado «The Amazing True Story of a Young Family, a Broken Down Zoo, and the 200 Wild Animals That Changed Their Lives Forever», y la Fox le compró los derechos.

    Por supuesto, hizo algunos cambios: pasó la historia del sudoeste de Inglaterra al sudeste de California, eliminó el personaje de la madre, agregó el de la atendible jefa que hace Scarlett Johansson, metió un típico conflicto de hijo adolescente y malcriado, y transformó al periodista original en uno más fotogénico. El original es un pelado tipo Pepín Cascarón que aparece con sus hijos en la escena de reapertura del zoológico. También los chicos lucen distintos, y algunos animales. Pero las intenciones permanecen: defensa de los zoológicos como resguardo de criaturas en riesgo, elogio del amor que tiene el personal por los bichos a su cargo, descripción de los ingentes gastos que todo eso requiere, y, sobre todo, particular pintura del amor y el desgaste que un viudo tiene por sus recuerdos y su familia.

    En esto la película tiene algunas escenas de inesperado halo poético. Y en todo, una equilibrada mezcla de penas y sonrisas, estas últimas generalmente a cargo de la pequeña y compradora Maggie Elizabeth Jones y de Thomas Haden Church, que hace de hermano inicialmente escéptico. El resultado es previsible, pero mejor de lo que podría esperarse. Director, Cameron Crowe, el de «Jerry Maguire» y de la serie documental «American Masters», dedicada a grandes artistas populares. Coguionista, la flacucha Aline Brosh MacKenna, que, siguiendo el camino de nuestro recordado Abel Santa Cruz, primero se graduó con todos los honores en Harvard y después se reveló como eficaz libretista de comedias. En su caso, «El diablo viste a la moda», «Las reglas de la seducción», «27 bodas», «¿Cómo lo hace?» y siguen los éxitos.
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  • La cueva de los sueños olvidados
    Para Herzog, el 3D es más que un efecto

    Así como el cinerama sirvió para grandes fantasías y para documentales que nos hacían viajar casi literalmente por el mundo, ahora la nueva etapa del 3D nos descubre la posibilidad de otro viaje, con parecida sensación de realismo y sugestivas reflexiones que nos hacen pensar y también fantasear. Quien ha dado ese paso es el veterano Werner Herzog, que a lo largo de su vida combinó documentales y ficciones con igual grado de extrañeza y de lúcida angustia existencial, recorrió desiertos que se tragan el asfalto, terribles hielos polares, montañas de paredes casi verticales, selvas agotadoras donde el hombre enloquece, bosques de animales salvajes, «oficinas» de torturadores iraquíes, planicies australianas «donde sueñan las hormigas verdes». Y ahora se mete en la Chauvet de Pont lArc.

    ¿Cómo lo hizo? Ese lugar está prohibido al público. Una puerta de acero con sistema de alarma y guardias armados lo custodian. Ahí solo entra un puñado de científicos por año, y sólo unos pocos días al año. Adentro está la más antigua, variada, y numerosa serie de pinturas rupestres de nuestra civilización. Unas 400, todas hechas con particular nivel estético hace decenas de miles de años, ocultas luego por un alud, y descubiertas en diciembre de 1994 por tres espeleólogos de pueblo: Jean-Marie Chauvet, su vecina Eliette Brunel, y Christian Hillaire. A medida que penetraban en la cueva, entre estalactitas y estalagmitas, iban apareciendo más tesoros, y también huesos y huellas dactilares. Los pintores, posiblemente, dejaban su «firma».

    Enseguida el Ministerio de Cultura de Francia se hizo cargo. Debía impedir la depredación y hasta el aliento humano, que todo contamina. Por eso tantas precauciones. Tras las fotos de registro, ni un solo equipo de cine pudo penetrar en ese museo de la prehistoria.

    Pero Herzog no es un cineasta común. Es casi un filósofo, un tipo de gran cultura que convivió con civilizaciones muy distintas, sabe preguntar a los que saben, y reflexiona de un modo muy particular sobre la especie humana. El Ministerio lo contrató, acordó un equipo mínimo, él recorrió todo, charló con conocedores y también con locos sueltos, registró el modo en que los primeros artistas supieron usar las salientes de las rocas para dar relieve a sus pinturas (de ahí la necesidad del 3D), estudió y probó cómo ellos habrán visto esas paredes a la luz tintineante del fuego, y nos entrega ahora este viaje en el tiempo, fascinante, hipnótico, ilustrativo, y a veces también divertido.

    El espectador puede admirarse del paseo, de las pinturas, del trabajo de los especialistas, de la envidiable y rápida labor de los organismos oficiales (véase «grotte chauvet pont darc» en www.culture.gouv.fr.) y, en particular, puede admirarse de nuestro cicerone, un tipo fuera de serie. En resumen: una excepcional visita guiada, otra aplicación para los anteojitos, y mucho para apreciar.
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  • La última mirada
    La última mirada
    Ámbito Financiero
    Género tradicional, mirada esquemática

    El conflicto que presenta esta película puede ambientarse, sin mayores cambios, en casi cualquier punto del planeta. Un joven escritor vuelve a la tierra de sus padres, donde él nació y ellos fueron muertos. Cerca de ahí vive ahora el asesino. Por esas cosas de la vida, su hija se engancha con el joven escritor. Y ahora éste tiene tres formas posibles de ejercer su venganza: la literaria, la tradicional por mano propia, y la cizaña.

    Para la tradicional, parece que le falta carácter. En cambio, cualquiera de las otras puede ser terrible, sobre todo la última, que causaría la separación fatal de padre e hija. No hay problema: la cosa está expuesta de tal modo que el público entenderá dicha separación (y la unión con el joven) como algo totalmente lógico y conveniente. Claro que no será fácil, ya que el susodicho padre, comisario retirado, también tiene sus tácticas, larga experiencia, viejos contactos, y está del tomate.

    Por ahí viene la mano. Daba para folletín televisivo, para drama isabelino, y en viejos tiempos también hubiera sido indicada para radionovela campera. En los tiempos actuales, y éste es el caso, sirve para enésima denuncia contra los represores de los 70 y la apropiación de niños. No está mal, pero lamentablemente el asunto se ve afectado por personajes acartonados, planteos esquemáticos, diálogos duros, elenco desparejo y la caracterización improbable de un comisario del Proceso con melena a lo Richard Gere. En compensación, la obra incluye hermosos paisajes, lindos interiores de estancias, buena música, unos cuantos tiros (los decisivos vienen de donde menos se espera), y un simpático y casi seráfico estanciero inglés vecino a los protagonistas. Su intérprete es Raúl Techaren, y el personaje fue bautizado Bob Roberts, igual que el norteamericano que vivió entre nosotros e hizo la fotografía de «La guerra gaucha».

    Esto bien puede entenderse como un guiño del director Víctor Jorge Ruiz, que en viejos tiempos fue también director de fotografía, y como tal se lució acá y en Colombia («Tiempo de morir», la novela decimonónica «María», etc.). Ahora en ese rol se luce Juan Carlos Lenardi, junto al director de arte Abel Facello, y Katja Alemann, como la buena vecina que de paso toca el piano y canturrea un tango.

    Proyecto ganador del 1º Concurso del Bicentenario del Incaa, rodaje en 2008 en Sierra de la Ventana, Parque Nacional Tornquist, Dique Las Piedras, las estancias Los Nogales, La Luisina y otras, copyright 2010.
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  • Canciones de amor
    Canciones de amor
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    No por mucho cantar se llega a Cherburgo

    Esta es la historia de Ismael, Julie, Alice (a dúo o los tres juntos, lo que «es incómodo para dormir», según dice una de las chicas), y también la historia íntima de Ismael y Erwann. Estos dos tienen a cargo la única escena de sexo que vemos en toda la obra, lo demás es solo hablado o canturreado. Entre medio, una de las chicas muere repentinamente, lo que hunde al protagonista en inmensa tristeza, de la cual saldrá, por supuesto, gracias a un nuevo amor.

    Mientras, el autor «saludará» a sus propios amores: la imagen de los jóvenes de clase media que cultivó la Nouvelle Vague, medio pedantes, frívolos, sin exigencias laborales ni siquiera en sus lugares de trabajo, el Paris invernal ajeno a los turistas y lugares turísticos, y algunos tesoros de la mencionada Nouvelle.

    Uno de ellos, el personaje de Antoine Doinel creado por Francois Truffaut para Jean-Pierre Leaud. Hay cierto parecido entre esa criatura y el Ismael que hizo Christophe Honoré para Louis Garrel, solo que aquel pícaro causaba cierta simpatía, y éste parece un gandul inmaduro y egocéntrico con cara de vampiro suplente de «Crepúsculo». Otro tesoro fácil de advertir es el clásico de Jacques Demy «Los paraguas de Cherburgo» (claro, inspirarse en algo no necesariamente significa alcanzarlo, ni acompañarlo).

    «Canciones de amor» se divide en tres capítulos: «La partida», «La ausencia», «El regreso», precisamente los mismos títulos que dividían a «Los paraguas...», usados con otro sentido. En cada capítulo, nuestros personajes dialogan a través de canciones, un recurso novedoso y llevado al extremo en la primera, y solo circunstancial en la que vemos (se entiende, una cosa era el compositor Michel Legrand en su mejor etapa, y otra es hoy Alex Beaupain aunque esté en su mejor etapa).

    Hay también una escena en común, el momento de la confesión a la madre. Pero que causa una gracia enternecedora en «Los paraguas...», cuando la nena de 15 confiesa su embarazo, y una gracia corrosiva en «Canciones...» cuando la joven de 28 detalla sus nuevos hábitos sexuales y la vieja, pasado el susto, sabe percibir el drama de la pareja detrás de la pose.

    Por supuesto, la obra es mucho más que esos guiños y andaduras, y el modo en que Honoré hace más compleja y «actualizada» su historia de amor francés lo coloca entre los nuevos artistas venerados de diversos círculos, muchos de ellos concéntricos a los «Cahiers du Cinemá» de donde él surgió hace ya un tiempo. Fuera de eso hay que decir también, con todas las letras, el nombre de otro inspirador que nadie menciona y «Cahiers...» maldice: el viejo romántico Claude Lelouch, evidente modelo para la escena de la muerte inesperada, que es una de las mejores de toda la película. «Delta Charlie Delta» se llama el tema de esa parte.

    Del resto, vale mencionar los que en solitario entonan Chiara Mastroianni («Au parc», ella es la cuñada voluntariosa e inoportuna) y Ludivine Segnier («Si tard», hacia el final, como un fantasma), «Je naime que toi», a cargo del trío de amantes por las calles de Paris, y una estrofa de «La Bastilla» interpretada por el veterano Jean-Marie Winting con un ritmo entusiasta propio de otra película. Beaupain, autor/a de todos los temas, aparece tipo cameo haciendo la canción «Brooklyn Bridge». No parece mala.
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  • La campana
    La campana
    Ámbito Financiero
    Entre historia de amor y metáfora política

    Pocas películas nacionales de género fantástico se han relacionado con los años de plomo de nuestra ya no tan reciente historia argentina. De ellas, pocas se relacionaron con inteligencia, superando el facilismo de las caricaturas y los efectos truculentos. Mencionemos apenas «El agujero en la pared», paráfrasis del «Fausto» (David J. Kohon, pleno 1982), el corto «Ford Falcon, buen estado» (González Asturias, 1984), con un auto que revive por sí mismo las rutinas criminales de su anterior chofer, el corto romántico «Líneas de teléfonos» (Marcelo Brigante, 1997), donde un joven se comunica milagrosamente con la chica que vivió allí 20 años atrás, y «El visitante» (Javier Olivera, 1999), con un posible fantasma, o una mala conciencia, en la figura de un soldado de Malvinas.

    Fredy Torres, guionista de «Líneas de teléfonos», quiere acercarse a esos niveles, y en buena parte lo consigue. Su historia empieza en el puerto de pescadores de Mar del Plata, primeros meses del 82, y, habla de silencios, negaciones, sobreentendidos, ignorancias y demoras. Pero antes que metáfora política, elige ser valorada como historia de amor. La película plantea situaciones propias de aquel momento (la intriga por los desaparecidos, la posición ante la guerra), pero ante todo plantea un asunto privado de interés amoroso: el protagonista se hace cargo de la tentadora hija adolescente de un amigo, la chica tiene sus expectativas y anhela que se cumplan, el tutor o encargado tiene un conflicto moral de difícil resolución.

    Ahí talla, pero no tañe, la campana. Un lugar mítico, un cuento de pescadores, mar adentro, donde el tiempo se detiene. Quien por descuido entre allí con su barca, corre el peligro de quedarse más de lo que piensa. Puede ser una trampa, un refugio, una mentira. Guiño literario, la barca del pescador se llama «El Morel».

    Película interesante, bien hecha, de elenco variado con Lito Cruz en participación especial, y equipo mayormente marplatense, lo que agrega méritos, fotografía de atractiva riqueza de Federico Gómez (y hay que apreciar el trabajo de rodaje en aguas abiertas), ambientación del maestro Aldo Guglielmone, recientemente fallecido, y una duración breve que elude el riesgo del estancamiento. Sólo cabe una objeción: ante la noticia de la guerra de Malvinas, los pescadores reaccionan como si ya supieran el resultado. La tristeza general vino después, entonces ganó la euforia.
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  • Judíos por elección
    Judíos por elección
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    Buen documental para el pueblo cinéfilo

    Si en la comedia mexicana «Cinco días sin Nora» causaba gracia ver a un joven indígena convertido en rabino celoso de las tradiciones judías, en este documental filmado en hogares, calles y sinagogas de Argentina e Israel ya los conversos de distintas razas, incluso las llamadas originarias, no causan gracia, sino admiración y perplejidad.

    ¿Por qué alguien quiere entrar a donde nadie lo llama y pocos lo aceptan? ¿Por qué alejarse de los suyos, y arriesgarse a la burla y el desprecio? ¿Por qué empeñarse en aprender un idioma trabajoso, cambiar radicalmente la forma de vida, memorizar los 613 preceptos de la Torah (si ni siquiera recordamos las Veinte Verdades Peronistas), y cumplir fielmente diversos rituales cotidianos, tratando de hacer santas las cosas comunes? ¿Por qué además soportar, si es varón, cierta exigencia ineludible, por más que le digan que no duele?

    Simplemente, porque quien hace todo esto siente que encontró su paz espiritual y su fe definitiva. Si busca, quizá también pueda hallarlas en otra religión, pero, bueno, le atrajo ésta, le fascinó, quiso merecerla, y aquí vemos su empeño y su alegría. Matilde Michanié, buena documentalista, se dirige a dos públicos: el goim que ignora estos asuntos y sigue cada escena con creciente intriga, y el judío nato que desconoce la sincera devoción de esa gente, desconfía de ella, y a veces la desprecia. Al respecto, no está mal recordar, y la película lo hace, que en Argentina los matrimonios mixtos sufrieron la terminante prohibición rabínica desde 1920 hasta que el memorable Marshall Meyer impuso algo de sentido común en los 60 (y no estaría mal hacer, alguna vez, un documental sobre Meyer acá y en los EE.UU.).

    Por eso la película expone el sentimiento de varias personas, y también el pensamiento de rabinos ortodoxos, conservadores, y reformistas, que casi nunca estarán de acuerdo. «Nunca entendí esto de dos judíos, tres ideas», comenta con optimismo de recién converso un beatífico rabino que empezó siendo hermano salesiano, luego se hizo cura benedictino en Entre Ríos, y allí, en vez de fabricar licores o jalea real como los demás benedictinos de la Abadía de Victoria, se metió en la biblioteca, se puso a leer, y se fue hasta Jerusalen a seguir leyendo.

    Para mayor claridad, la exposición está organizada en capítulos temáticos, cada uno con un epígrafe del Viejo Testamento. Y para mayor facilidad, los 613 mitzvot son reducidos a uno por un buen reformista que delante de la cámara dice, simplemente, «Lo que no quieras para ti, no se lo hagas a otro. Esa es toda la Torah. El resto son comentarios». Hace añares, otro de Galilea redujo a dos los Diez Mandamientos: «Amarás al Señor tu Dios por sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo». Facilísimo. Pero tampoco le hicieron demasiado caso.
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  • A quién llamarías
    A quién llamarías
    Ámbito Financiero
    Viñetas que no entusiasman

    Como ha trascendido, el conflicto de esta película parte de una inquietud básica: «Estás en la calle, te pasa algo, te sentís mal, viene una ambulancia y el médico te pregunta a quien llamar, ¿a quién llamarías?». La respuesta es bastante simple (un pariente con sentido común, el abogado, la agencia de seguros, etc.), y una persona previsora ya la lleva anotada en un bolsillo, por las dudas. El asunto es cuando tiene otra clase de dudas.

    Un hombre hace esta pregunta. Determinadas personas se sienten molestas, en especial si están o estuvieron unidas con él por algún compromiso afectivo. Quizás advierten que la pregunta real detrás de «¿a quién llamarías?» puede ser la molesta e incómoda «¿me llamarías antes que a nadie?».

    Ese hombre es el personaje protagónico, de mediana contextura, mediana edad, medianos logros amorosos, y logrado fracaso marital. Sonríe con aire comprensivo, se banca al cuñado, al dolor de muelas, y, cariñosamente, a un padre antipático y soberbio, quiere a su hermana, su madre y su hijo, no parece mal tipo, ayuda al prójimo, pero sólo cosecha mujeres rencorosas o cortantes. Las busca mal, quién sabe.

    Una serie de viñetas va hilvanando la historia, sin mayor progresión dramática. Nadie será puesto a prueba. Queda flotando la pregunta, como la ballena que el hijo cree ver, o acaso ve, un día de playa. Y el padre no lo desilusiona, ni tampoco se entusiasma. Algo parecido sucede con esta película. Tiene situaciones que pueden llegar fácilmente al espectador, diálogos creíbles, personajes reconocibles para cualquier persona que observe su propio ambiente familiar o su círculo de amistades, no es larga ni se hace larga, el elenco es bastante bueno, está bien hecha, dentro del mencionado esquema de viñetas, que varias veces quedan deliberadamente interrumpidas, pero (quizá por esto último) no entusiasma.

    Protagonista, con la presencia y las mañas que le permiten soportar el peso casi absoluto, Roberto Birindelli, actor uruguayo instalado en Porto Alegre, donde tiene escuela, y Rio de Janeiro, donde participa en telenovelas de buen suceso. Autor, Martín Viaggio, figura del cine publicitario con sello propio, Bufo Films, y larga actividad en los mercados argentino y sudamericano, que con esta obra debuta en el largometraje. También el reparto tiene varias figuras conocidas de la publicidad, y/o del teatro, que acá debutan en la pantalla grande, y conviene atender.
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  • Alamar
    Alamar
    Ámbito Financiero
    Buena excusa para ver lindos paisajes

    Para quien tenga dólares a mano y todavía no sepa dónde ir de vacaciones, esta película le muestra un lugar ideal: la reserva de Banco Chinchorro, Yucatán, un cinturón de arrecifes sobre el mar Caribe a 30 kms. de Quintana Roo, pura tranquilidad, cielo azul, arena blanca, peces a la vista en el agua limpia y tibia, todo un poco primitivo, es cierto, sin internet ni comodidades, pero otra que Cabo Polonio. Y para quien no tenga dólares y pase el verano acá nomás, con mayor razón puede disfrutar la película.

    La historia que nos cuenta es muy sencilla, y apenitas la cuenta, porque es una obra más bien contemplativa. Una profesional italiana se ha vuelto a su tierra, un hombre joven sigue en la suya, en una choza rústica tipo palafito, y el pequeño hijo de ambos debe estar un tiempo con cada uno. En este caso, el niño está con el padre, aprendiendo a gozar de la naturaleza y la ternura y enseñanzas que le dan los mayores, como nadar bajo el agua, andar en lancha, acercarse a una garza, vivir al día, irse a jugar a otro lado cuando el cocodrilo está cerca, bueno, ese tipo de cosas que aprende y disfruta un niño junto a su padre y su abuelo en cualquier pueblito de pescadores.

    Eso es todo, pero se disfruta a gusto, y antes que uno empiece a aburrirse ya se termina, porque es una película cortita, como las vacaciones. El lugar exacto es Cayo Centro, una pequeña isla de la reserva. El protagonista es, en la vida real, un joven ornitólogo que trabaja ahí mismo como naturalista y guía turístico. El niño es su hijo. Y la mujer es su mujer, sólo que acá, para hacer un poquito de tensión dramática, dicen que están separados, pero en la vida real ella ni loca piensa volverse a Italia.

    Autor, guionista, productor, cámara, montajista, Pedro González-Rubio, que dedica esta obra a la memoria de su abuelo el veracruzano Servando González, que también fue director de cine. La primera del abuelo, «Yanco», 1961, es sobre un viejo músico y un niño que quiere aprender el violín, y por ahí todavía se consigue. Son obras muy diferentes, pero ambas valen la pena.
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  • El gato con botas
    El gato con botas
    Ámbito Financiero
    Se esperaba más del gato de Banderas

    Aclaración inicial: Charles Perrault, pobre hombre que se murió hace como tres siglos, acá figura en los créditos pero de su cuento no queda una palabra, y de su «chat botté», buen servidor de su dueño, no queda ni un pelo del bigote. Lo que acá vemos es otro totalmente distinto, el Gato Andaluz con Botas, versión Hollywood. Más en detalle, el Gato Andaluz con Botas versión Antonio Banderas al gusto de Hollywood. Y lo hace bien. Las modulaciones de voz que le pone a su criatura (altiva, seductora y dolida, en la tradición del recitado flamenco) son lo más gracioso y mejor elaborado de toda la película.

    Buena ayuda, el equipo asignado para dibujar el gato, que se luce sobre todo cuando toma su leche o cuando es un minino chiquito en un orfanato y pone los ojitos como ya sabemos. En esto, el dibujo es muy superior a los viejos Pity Kitty, de Gig, que lo inspiraron.

    En comparación, los demás intérpretes se limitan a pasar letra, y los demás dibujantes «a pasar el plumín», por decirlo mal y pronto. No lo hacen mal, simplemente no lo hacen de forma inolvidable. Tampoco el libreto es cosa de otro mundo. Lo firman cuatro escribas, algunos de ellos provenientes de la factoría «Shrek», igual que el director, y su mayor originalidad es la relación materno-filial con la encargada del orfanato. Lo otro es un largo conflicto entre dos hermanos de crianza (el pícaro noble y confiado, y el pícaro hipócrita, rencoroso y aprovechador, con una socia poco fiable), todo desarrollado como un western-paella de capa y espada y sancochado con otros cuentos populares de diverso origen, como el de las habichuelas mágicas, la gansa de los huevos de oro, parienta de nuestra gallina, y Humpty Dumpty, que aquí, en sus propias palabras, confiesa ser un auténtico huevo podrido. Nada que ver con Pepín Cascarón.

    El resultado es entretenido, sin ser gran cosa. Se pasa el rato, se tolera música variada, con ocasionales dejos ibéricos a la americana, se disfruta un buen Banderas (en este caso la edición en español resulta más ventajosa que la original), y no mucho más. Esperemos que las próximas aventuras de este gato sean mejores.
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  • Operación regalo
    Operación regalo
    Ámbito Financiero
    Un lindo regalo de Navidad para chicos

    Agradable cuento de Navidad, y, más aún, agradable cuento de una empresa familiar dedicada a los regalos de Navidad, esta nueva aventura de la factoría británica Aardman Animations, la de «Wallace & Gromitt» y «Pollitos en fuga», se juega ahora su primera experiencia de un largo en 3D, el debut cinematográfico de una directora de series televisivas, y la asociación con otra empresa norteamericana. Por suerte esta gente tiene la vaca atada.

    Tras la experiencia con Dreamworks para «Lo que el agua se llevó», los de Aardman se prueban ahora con Sony Pictures Animation, que figura a la cabeza de algunos créditos, pero tiene menos cabeza para hacer cosas lindas. En cambio, maneja el mercado y los fondos suficientes como para que un equipo enorme dibuje los fondos, y otro equipo enorme desarrolle los relieves que van adelante, y todos lleguen contentos a fin de mes con un solo trabajo.

    Quienes también llegan contentos a fin de mes en esta película, y más aún a fin de año, son los Noel. Abuelo retirado, padre a punto de retirarse, esposa dedicada al hogar, hijo mayor eficientista y engrupido, hijo menor ineficiente y animoso, empleados militarizados enteramente dedicados a la empresa (les llaman elfos, aunque también les caben otros calificativos), y

    renos, que ya estarían disfrutando merecidamente su retiro, si no fuera porque el deber los llama nuevamente a la acción, como en los viejos tiempos. Algunos caerán en acción, pero no hay que llorarlos demasiado.

    Tampoco hay que llorar por la niñita que espera su regalo olvidado, ni por alguna pequeña caída en el relato, algunas guarangadas inhabituales en el viejo cine navideño (el coguionista es Peter Bayham), o la inexperiencia de la directora Sarah Smith, que pasó de la pantalla chica a la 3D más grande sin escalas, pero asesorada por Barry Cook, hombre formado en el departamento de efectos visuales de la Disney. Otro artista de peso para apuntalarla es el ruso Eugeni Tomov, mano derecha de «Despereaux» y «El ilusionista», que acá dirigió el diseño de producción. Y por encima de todos, como productor ejecutivo, el number two de la Aardman, el petiso Peter Lord. Con semejantes tipos, dirigir es un regalo. Y la película también es un lindo regalo, aunque haya que pagar la entrada.
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  • Tata Cedrón, el regreso de Juancito Caminador
    Fiel boceto del Tata Cedrón

    No a todos les gusta la música, ni menos la entonación de Juan Carlos Cedrón, alias Tata, pero se hace querer. Transmite entusiasmo, simpatía, amor al barrio, que en su caso es el Saavedra de la infancia, que ya no existe, y la Boca de la juventud, que también ha cambiado. Así lo registra este documental de Fernando Pérez, que sigue sus pasos por Amsterdam, Paris y Buenos Aires, entre otros lugares, porque el hombre ha caminado bastante.

    «Este tipo que canta milongas con inflexiones de como chiflaba un tango mi viejo mientras hacía su trabajo de marroquinería», lo retrata y da en el clavo el violinista Miguel Praino, alias El Profesor. Praino es cofundador del Cuarteto Cedrón, y todavía lo acompaña. Se fueron en 1974 escapando de la Triple A, se hicieron un nombre, ahora tienen nietos franceses, en el 2004 se instalaron de nuevo como si fuera ayer. Como si repitieran el Nocturno del gordo Troilo: «dicen que me fui de mi barrio. ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? Si siempre estoy llegando». Sólo que en vez de repetir el Nocturno, Cedrón crea felicidades diurnas, vitalidades propias, inspirado en versos de escritores como Raúl González Tuñón (el de Juancito Caminador, por supuesto). E inspirado también en sus propias andanzas por bares y calles. La película suma diversos momentos, andenes, bambalinas, sobremesas, caminatas, recitales en la vereda de La Verdulería de Villa del Parque, para los vecinos, o al pie del Obelisco, para más vecinos. Junto a Paquillo, visita la tumba de su hermano Jorge, en Paris. Junto a nosotros, señala el Puente Negro, donde se despidieron de su hermano Alberto. Cuenta anécdotas, bromea, evoca el café concert Gotán de Talcahuano casi Corrientes que supo hacer historia en los 60, discute con dos viejos xeneixes apoyándose en unas líneas del «Arrabal salvaje» de Celedonio Flores («la resaca social de cien naciones, la miseria y la mugre vegetando. Es este mi arrabal, así lo veo, así lo quiero ver cuando me muera...»).

    Cada tanto, Praíno, Paco Ibáñez, que los introdujo en España, viejos y nuevos miembros del Cuarteto, un alumno que hoy vive en Paris, Eduardo Makaroff, y un par de cantaores andaluces, dicen lo suyo. Pero es su voz la que se impone, y su voluminosa figura de hombre satisfecho de su obra. Retrato inconcluso, abocetado, feliz, el documental se hace agradable, si bien, por la misma falta de hilación, se alarga un poco, y pareciera que bien pudo terminar de un modo u otro. Igual, todo no iba a entrar, y como dice el propio Juancito Caminador, «terminada la función -canción, paloma y baraja- todo cabe en una caja. Todo, menos la canción».
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  • La mala verdad
    La mala verdad
    Ámbito Financiero
    Tema perturbador con admirable delicadeza

    Elogiable película. Sutil, inquietante, bien armada, bien dirigida, muy bien actuada, sobre un tema difícil. Asunto delicado, perturbador, que desde otra óptica hubiera caído en desagradables lugares comunes, recursos dramáticos altisonantes y, peor aún, aplicación de consignas bajadas para denunciar un tema del momento. Aquí no se trata de denunciar algo. Más bien, se procura observar detalles aleatorios y aguzar el entendimiento, para percibir el modo en que ciertas cosas pueden desarrollarse.

    Lo que vemos es una familia aparentemente sólida y correcta. El abuelo dueño de una librería, hombre culto y elegante, pater familias de carácter decidido, que sostiene a todos los demás. La hija retraída a tareas del hogar y de la empresa familiar, atenta a las indicaciones del padre y los problemas monetarios del novio, un peor es nada con cola de paja. Más lejos, en otro lado, el viejo hermano medio borrachín, fabulador, lúdico, sin tanta cultura y sin ninguna elegancia. Nadie a mi altura, pensará el abuelo. Y luego, exaltada pero no exactamente en un trono, está la nieta. Preciosa, aplicada, con dotes artísticas, voz de ángel puesta a cantar como solista en el coro de la escuela, niña sensible. Demasiado sensible. Maestra y psicóloga escolar sospechan algo raro.

    Por ahí va la intriga. Como personajes laterales, la vecina y unos cobradores con reclamos del mundo exterior, un compañerito de escuela con sueños contagiosos de viaje a tierras desconocidas, señores admiradores de la cultura y la inteligencia del dueño de casa, un director de escuela que sólo puede aceptar hechos comprobados. Como tema de peso, los diversos manejos de la voluntad ajena según quien la aplique y quien acepte que se la apliquen, la total seguridad que algunos tienen para sentirse (¿nietzchianamente?) autorizados a actuar como les parece, y la más o menos resignada aceptación y hasta posible complicidad de algunos otros.

    Muy buena mano la del director Miguel Angel Rocca, en su primera obra solista. Años antes se había probado en el cortometraje, y en un cuento agradable, «Arizona Sur», hecho a medias con Daniel Pensa, aquí productor. Buena mano, y muy buen elenco, donde reluce hasta el papel más opaco. Cabezas del elenco, Alberto de Mendoza, de presencia intacta, haciendo a los 88 años uno de los mejores y más complejos trabajos de su extensa carrera, y la niña Ailén Guerrero, mostrando a los 10 años un encanto natural y un talento que conviene seguir. Premio al mejor actor y premio del público al mejor film en el Festival de Málaga. Música del maestro Osvaldo Montes.
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  • La mujer sin piano
    La mujer sin piano
    Ámbito Financiero
    Ama de casa aburrida, espectadores también

    Cansada de la monotonía familiar, la mujer de un taxista se calza una peluca que la deja tan fea como si no la usara, toma una valija, camina en la noche hasta la estación de ómnibus, que está cerrada, se da unas vueltas, bebe algo, le da al pucho, se cruza con gente diversa, y vuelve al hogar. Esa es la historia que aquí se cuenta, y que, con las variantes propias de cada época, debe ser casi tan vieja como el matrimonio. Claro que hay formas y formas de contarla.

    En un episodio de la vieja comedia de Fernando Ayala «Sábado a la noche, cine», una mujer harta de soledad y desatención abandona el nido conyugal, va al aeropuerto, sube al avión, y no se escapa solo porque el vuelo resulta cancelado. Vuelve, llena de angustia, y el marido no se enteró de nada, él mientras tanto se había ido a ver una de cowboys. Escena graciosa y amarga, contiene toda la emoción que a ésta le falta.

    Esta, en cambio, contiene una interesante serie de recursos estéticos. Si se la ve fragmentada, pueden advertirse varias lecciones de estilo, harto respetables. Caben acá los elogios a la composición de planos, la luz nocturna, el sonido bien trabajado, la actuación de espaldas a la cámara y el manejo del «fuera de campo» creando cierta intriga en el público, que quiere saber lo que ocurre fuera de su vista. Claro, hasta que se cansa y dice «qué puede ocurrir fuera de mi vista, si en pantalla no pasa nada». Pensamiento que puede surgirle, digamos, más o menos a los diez minutos de empezada la proyección.

    Protagonista, Carmen Machi, actriz de reparto en algunas de Almodóvar, cómica exitosa de la televisión española, aquí reducida a la mínima expresión, solo una figura móvil en el encuadre. Por suerte tiene una mirada bien expresiva. Coprotagonistas, Jan Budar, checo en rol de polaco indefenso que perdió algún tornillo, y Pep Ricart en rol de marido de historieta. Como para figurar en la foto, la patiflaca Inés Stoffel vestida de mujercita de la calle, y algunos otros figurantes. Autor, Javier Rebollo, un formalista de grandes conocimientos que ya había aburrido a mares en la muy estilizada y estirada «Lo que sé de Lola», y ahora acaba de filmar una road movie en Argentina, «El muerto y ser feliz», que al menos tendrá, cabe suponer, imágenes preciosas de un viaje desde Buenos Aires a la Puna.

    Es lo que corresponde esperar. En cuanto a diálogos y progresión dramática, resultará ilustrativo esto que escribió el propio Rebollo en sus apuntes de trabajo para «La mujer sin piano»: «Voy a rodar la secuencia 36, por ejemplo, y abro el guión al azar y voy combinando diálogos de una secuencia con diálogos de otra. Y te aseguro que, de cada diez veces, en cuatro aparecen cosas maravillosas. Algunos de los diálogos mejores han salido de este cadáver exquisito». Como quien dice, a confesión de parte, relevo de pruebas.
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  • Las acacias
    Las acacias
    Ámbito Financiero
    “Las acacias”, con emociones genuinas

    Tras un buen recorrido por festivales, desde Cannes hasta Kaulnas, allá en Lituania, ganándose tanto la Camera dOr de los exquisitos como el Rail dOr del personal ferroviario francés y el premio de la Asociación Peruana de Comunicadores Católicos, llega a nuestras carteleras esta sencilla película de un debutante cuarentón. Puede pasar inadvertida, lo que sería una lástima. Pero también puede crear demasiadas expectativas, lo que luego causaría en cierto público una decepción. Tan pequeña y frágil es.

    ¿Pero de qué trata? ¿Y por qué ha gustado tanto, en tantos lugares distintos, una película chiquita, que ni música tiene, ni gran elenco? Un camionero solitario, callado, lleva habitualmente una carga de acacias, árbol duro y espinoso, desde los suburbios de Asunción hasta las afueras de Buenos Aires. En este viaje, a pedido de su patrón, también debe llevar una señora que va a casa de sus parientes. La señora también es medio callada. Y lleva a su hijita de meses. Eso es todo, y más o menos cualquiera puede imaginarse cómo termina. Pero hay algo más.

    Seguramente el lector ya ha visto muchas historias de gente que va aflojando su coraza, o perdiendo sus espinas, a lo largo de un viaje, sea en aventuras como «La reina africana» o relatos de amistad como «Espantapájaros», pero en esas y otras historias similares siempre vemos a unos artistas conocidos interpretando a tales o cuales personajes. Aquí realmente los intérpretes nos parecen gente de veras, un camionero de veras y una simple mujer del interior, y nos asombra saber que son actores. Ella, Hebe Duarte, debutante. El, Germán de Silva, hasta hoy una figura de reparto. Nayra Calle Mamani, de cinco meses al momento del rodaje, completa el elenco, sin saberlo, y llena la pantalla en más de una ocasión. Ellos, de a poquito, se nos van entrando en el alma, y logran que nos interese y nos cause cierta ternura la vida de esas tres personas.

    Otros méritos corresponden, lógicamente, al realizador, Pablo Giorgelli, que hizo una historia tan verosímil, sensible, y sin exageraciones, que le creemos todo, y que además supo elegir a los intérpretes adecuados, dirigirlos, y elegir luego las tomas mejor indicadas para que se fuera marcando como naturamente la evolución de cada personaje. Aplausos también para su esposa, la montajista María Astraukas (editaron en su propia casa, de a poquito), el coguionista Salvador Roselli (que también supo participar en «El perro» junto a Carlos Sorin), el director de fotografía Diego Poleri, y, esto hay que confesarlo, la directora de arte Yamila Fontán, que hizo armar una falsa cabina de camión para algunas partes. No todo es real, ni en la película más realista.
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  • El invierno de los raros
    El invierno de los raros
    Ámbito Financiero
    Irregular debut de cineasta cordobés

    El título y el excelente afiche con gente y un árbol seco en una suerte de burbuja (premio al mejor afiche en Mar del Plata), y el comienzo con una chiquilina floja de tornillos subida a un árbol altísimo, predisponen a ver alguna fábula con toques a lo Tim Burton o, bajando bastante, a lo Wes Anderson. Nada de eso. No es una fábula, ni se asimila a nadie. Esto es, más bien, un intento absolutamente personal.

    El cordobés Rodrigo Guerrero, debutante con ganas de buscar caminos por sí mismo, ha querido crear unos climas y exponer un relato con la menor cantidad de elementos posibles. Sólo unos pocos personajes de los que sabremos poco y nada, salvo que se sienten mal y apenas pueden comunicarse, en un pueblo del que tampoco sabremos nada, salvo que en el club se celebrará un aniversario. Sabremos también que es invierno, ese invierno seco de la pampa gringa, que las casas se ven más descuidadas, y el campo está descolorido y mustio, a tono con el estado de ánimo de los personajes.

    Alrededor de ellos, hay cierto sentido del humor. El conjunto que ameniza la fiesta del pueblo se llama Los Magnánimos, las nenas de la escuela de danzas forman el trío Las Tímidas, y cada tanto algún gesto de un infeliz enamorado, por ejemplo, despierta la sonrisa del público. Cada tanto también lo despiertan los gritos de un chancho, o los de alguna mujer. Digamos que el pobre chancho tiene justificados motivos para gritar como un marrano. En cuanto a la película, se justifica como la primera obra de un joven poeta que está probando su estilo, animándose incluso con imágenes desagradables, descubriéndonos una parte de su mundo.

    Lo acompañan Luis Machin, Paula Lussi (la chica más rara), Fanny Cittadini (su madre), Lautaro Delgado, Elisa Gagliano, Maite Laguna, y Coni Vera. Fotografía seca, música de pocos acordes, aires del taller de Assumpta Serna, rodaje en Oliva, entre Oncativo y James Craik, aunque quizá no conviene decirlo. Después de ver el pueblo en esta película, es difícil que alguien se desvíe de la ruta para conocerlo.
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  • Amanecer - Parte 1
    Amanecer - Parte 1
    Ámbito Financiero
    Vampiros más empalagosos que aterradores

    Esta es la anteúltima parte de una larga y dulzona historia de amor entre un vampiro y una virgen comprensiva, celados por un hombre lobo, amigo de infancia de la virgen. Acá van a casarse de una vez, porque la pobre chica está esperando desde hace ya como cuatro películas. Conviene llevar insulina.

    En efecto. En vez de salvajadas vampíricas, imágenes espantosas de sonido estremecedor, suspenso inquietante, angustia mortal, encima de cada espectador caerá un container entero de azúcar, acompañado de empalagosa música romántica, mientras en la pantalla se suceden láminas de posters para adolescentes enamoradas, unos flacos lánguidos maquillados con harina de arroz, toda la corte de amigas alborotadas por el casamiento, y hasta los cursilones discursos de la fiesta, que por más refinados que sean estos personajes, cuando llega la hora de saludar a la novia dan vergüenza ajena.

    Eso lleva una hora larga. Después cambian al dj y aparece música surtida tipo ascensor, porque los novios se van de luna de miel a una isla paradisíaca cerca de Rio de Janeiro. Todo muy lindo y la recién casada a punto de caramelo. Van a la cama y el novio rompe la cama de tanta energía acumulada que tiene. Al otro día ella despierta toda contenta, llena de moretones. Pero el tipo está asustado de sí mismo. Tanto, que pasan el resto de la luna de miel jugando al ajedrez. Variante del viejo dicho, Dios le da pancito tierno al que tiene colmillos.

    Por suerte para el espectáculo, pasa una desgracia. Algo salió mal y, fruto de aquella sola ocasión, ahora ella está esperando un hijo monstruo. Los hombres lobos se agarran una bronca bárbara, y gruñen entre ellos con voz metálica, vaya uno a saber por qué pero estos lobos tienen voz metálica. Y todos los vampiros tienen miedo, y los humanos de la película también, todos tienen miedo, salvo el público, que espera contento, a ver si al fin pasa algo en esta serie. Pero no pasa nada.

    Bueno, algo pasa, pero no lo diremos. La joven esposa al fin empieza a tomar ciertas decisiones. El asunto se pone levemente intrigante. Un poquito tenebroso, también. Y aunque sea para saber cómo termina, nos quedamos esperando los anticipos del último capítulo, que ha de estrenarse el año próximo. Director, Bill Condon, el de «Hombres y monstruos», sobre James Whale (quizá por eso vemos una escena de «La novia de Frankestein»). Libretista de todos los capítulos, Melisa Rosenberg, siempre fiel a la autora de las novelas originales, su amiga la gordita Stephenie Meyers. Protagonista, Kristen Stewart, siempre acompañada por los mismos pelmazos.

    Continuará.
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  • Poesía para el alma
    Poesía para el alma
    Ámbito Financiero
    Dolorosa y envolvente “Poesía para el alma”

    Primeras figuras de este doloroso relato: un posible cuerpo flotando en el río, y una viejita con la mente flotando quién sabe en qué recuerdos. La mujer pasa luego cerca de otra persona atormentada por algún accidente. Con el tiempo, todo eso se irá uniendo. Entre las últimas figuras, estará su sombrero flotando en el río, mientras ella lo contempla, con particular tranquilidad después de haber sufrido.

    Dos problemas enfrenta ella, relativamente vinculados. Ante todo, ciertos síntomas de senilidad. Su médico le aconseja un taller de poesía que le haga trabajar las palabras, para no olvidarlas. Pero luego, enfrenta también la culpa de su nieto en un hecho delictivo, al que debe ponerle palabras de algún modo. Fue un delito cometido entre varios chicos del colegio. Los padres de los otros chicos, y las propias autoridades del colegio, quieren solucionar el asunto mediante una «indemnización». Ella se está olvidando las palabras, pero recuerda bien que ciertas cosas no se arreglan con plata.

    Pequeñita, laboriosa, paciente, vestidito floreado, de espalda ya encorvada, cercana a la religión católica, escribirá una particular poesía, en nombre de la víctima. Por ahí va la historia. Envolvente, suavemente emotiva, cargada de reflexiones, buena película. Con veinte minutos menos sería muy buena. Intérprete, Yoon Jeong-Hee, popular actriz del viejo cine coreano, que aquí reaparece tras 16 años de ausencia. Autor, Lee Chang-Dong, a quien algunos lo vinculan con el «nuevo cine coreano», pero es de otra generación. Profesor de escuela, empezó a filmar recién a los 43, cuando entendió que tenía algo que decir.
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  • Verdades verdaderas, la vida de Estela
    Retrato de Carlotto limpiamente emotivo

    La señora Estela de Carlotto ya había sido protagonista de un buen film, digno de mayor circulación, «Estela», documental de Silvia di Florio, 2008, en una de cuyas mejores partes se la ve rodeada de ex alumnos en los festejos del centenario de la escuelita de Brandsen donde fue directora. Por extraña razón, ese documental resulta más emotivo que la película que ahora vemos. Y eso que es emotiva.

    Cabe decir algo más: emociona con limpieza, sin golpes de efecto, sin buscar la retórica en los diálogos, que apenas bajan alguna línea cada tanto, ni en las escenas más fuertes, que discreta, respetuosamente, evocan algunos momentos tremendamente graves de su vida. Jorge Maestro y la escritora María Laura Gargarella hicieron un guión equilibrado, que, junto a los largos momentos de calvario y lucha, ilustra también sus momentos de felicidad hogareña y las alegrías de los triunfos actuales, que no son alegrías completas, ya se sabe, pero alimentan el alma para seguir adelante. No podía ser de otra manera, cuando una de las mayores virtudes de Carlotto es, precisamente, su carácter equilibrado.

    Susú Pecoraro la representa de modo exacto, en uno de los trabajos más comprometidos de su carrera. Junto a ella, Alejandro Awada, en el difícil papel del marido ferretero a punto de caer destruido detrás del mostrador. Buen elenco, en líneas generales, y señalable reconstrucción de época, bajo vigilancia de Silvio Rodríguez Molina. Director, con buena mano,

    Nicolás Gil Lavedra, autor del documental «Identidad perdida», sobre el trabajo de Abuelas. Se le puede reprochar cierto nivel de telefilm, pero no es mayor reproche. En todo caso, sería un recomendable telefilm.
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  • Mía
    Mía
    Ámbito Financiero
    Singular historia de los tiempos que corren

    Asunto delicado el que expone el actor Javier van de Couter en ésta, su segunda película como realizador. Y así lo trata, con delicadeza, y con dos revelaciones femeninas: Camila Sosa Villada, y Maite Lanata. Revelaciones para el cine, porque esta última es la nena de «El elegido» (¡pero acá habla!) y la primera hace ya años que se luce a sala llena en el teatro cordobés.

    Un restaurante. Alguien contempla a los comensales desde la vereda. Después vuelve a su carrito, a juntar cartones como todas las noches. Es una travesti cartonera. No hay muchas. Hace años hicieron su propio rinconcito detrás de Ciudad Universitaria. En esta historia, ahí vive la que mira a los comensales desde la vereda. Ella encuentra el diario de una mujer que ha decidido suicidarse. «Soy un monstruo en el cuerpo de una madre», dice una de las páginas. El diario pasa de mano en mano por el barrio, muchas lo van leyendo en voz alta. ¿Alguien se sentirá una madre en el cuerpo de un monstruo? La cartonera se hace amiga de la niña que ha quedado huérfana. Es sólo una amistad. Pero difícil de entender para los otros.

    Por ahí va el asunto. Bastante singular, muy propio de los tiempos que corren, y bien expuesto, fuera de algún recurso más o menos de repertorio, que en poco afecta su intensidad dramática. Rodrigo de la Serna es el padre de la niña, un tipo superado por las circunstancias que reacciona como el millonario de «Luces de la ciudad» (aquel que sólo era generoso estando en curda, pero acá es al revés). Se lucen también, con personajes muy humanos en su dolor, Rodolfo Prantte y Miguel Cano. La música es de Iván Wyszogrod, excelente. Pero la película es de la chica Lanata y de Sosa Villada. «Carnes tolendas» es su éxito teatral, ese donde declara «que nunca seré mujer, y jamás volveré a ser un hombre».
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  • Hipólito
    Hipólito
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    Hito radical tiene quien lo recuerde

    Sobre un singular tiroteo entre radicales y policías durante las elecciones provinciales de 1935, habla esta obra, la primera película «de época» enteramente realizada por gente de Córdoba. Aún más: se filmó en la zona de los hechos, ya que no en el lugar exacto. Plaza de las Mercedes y demás pueblos de alrededor (Monte Crispín, Maquinista Gallini, Santiago Temple, Obispo Trejo, La Para, la Tordilla, El Tío, etc.) brindaron armas, ropas, autos, todo lo necesario para que tuviera sensación de verdad. Por cierto que la tiene, ése es uno de sus grandes méritos.

    Esto pasó de veras, en las complementarias del 17 de noviembre de ese año. Dos semanas antes había sido el primer llamado a las urnas, pero en ciertos pueblos que denunciaron fraude hubo que votar de nuevo. Ya se sabe, eran los tiempos del fraude patriótico. El asesinato de un diputado socialista, el atentado contra un dirigente radical, las apariciones del «tren fantasma» desde el cual tiroteaban a los pueblos donde había ganado el radicalismo, eso estaba pasando, y don Amadeo Sabattini mandó «cuidar las urnas». Sus hombres lo entendieron al pie de la letra, se armaron, incluso llevaron al campeón de tiro Carlos Moyano, y cuando la policía de Plaza de las Mercedes quiso basurearlos, pasó lo que tenía que pasar.

    Unos dicen que Pedro Vivas, apoderado del Partido, bajó del auto escopeta en mano. Dicen otros que el comisario los recibió a balazos. Al final murieron dos radicales y siete policías, nada menos. Y ganó Sabattini. Córdoba fue así «la isla democrática en medio de la década infame». De quienes pelearon esa mañana, Santiago del Castillo y Argentino Autcher después también fueron gobernadores, este último ya por el Partido Peronista.

    Esa es la historia, y la contamos porque en la película apenas se entiende. La escena de los tiros está buena, pero todo lo que lleva hacia ella suena algo confuso, errático, aparte de medio lento y solemne. Pero la escena, ya lo dijimos, está bastante buena. Dirección de arte, fotografía, música final, utilería, vestuario, salvo algún detalle menor, son dignos de elogio. Peluquería no, y a la dirección de actores le faltaron unas semanas. Más tiempo todavía le faltó al guión, que se anuncia centrado en el niño del título, vira hacia un joven abogado pacifista de nombre emblemático, y pierde la oportunidad de tensionar los momentos previos a la acción. Termina acusando a los radicales de violentos y tramposos, aunque es probable que el público justifique con entusiasmo tales métodos habituales en nuestra historia. Así al menos pasó con «Quebracho», donde Lautaro Murúa, como líder radical de esa época, encabezaba una rebelión de peones armados.
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  • Un amor
    Un amor
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    Una amable historia sentimental con elenco bien elegido

    La historia sentimental que aquí se nos presenta, basada en el cuento largo de Sergio Bizzio «Un amor para toda la vida» (largo, melancólico y por suerte algo distinto a lo que generalmente se espera de este escritor), habla del reencuentro de dos amigos con la chica que les partió la cabeza cuando eran adolescentes. Ahora ya grandes, enfrentan sus recuerdos y algunas obsesiones que les quedaron desde entonces.

    La chica era viva, manejadora, consentida como hija única, hizo carrera y sigue igual que antes. Ellos eran dos muchachitos de pueblo. Uno muy serio y medio pavo, y el otro ya con responsabilidades laborales, el más hombrecito del barrio, pero inocente en las cosas del amor. Cada uno tuvo algo con ella, que después se fue, luego cada uno hizo su vida, y ahora ella se les reaparece de golpe. Tal vez le falte algo, aunque parezca tenerlo todo. Eso quizá podamos saberlo más adelante.

    Así es la historia, que alterna dos épocas y dos elencos. En uno, tres chicos prometedores, los debutantes Alain Daicz, Agustín Pardella y Denise Groesman (apareció como la novia del hijo mayor en «Rompecabezas»). En el otro, Diego Peretti, Elena Roger, debutando en pantalla grande, y Luis Ziembrowski. Grande, Ziembrowski, tantas veces hizo de malo en el cine, que habíamos olvidado su capacidad para hacer un personaje tierno, un mecánico de carreras metido para adentro, en su nostalgia, un tipo que sufre en silencio su frustración de amor, creíble casi ciento por ciento. Muy bien elegido.

    Paula Hernández, la de «Herencia» y «Lluvia», afirma su mano para esta clase de relatos, y cierta habilidad para el manejo de los matices, como esas miradas que aparecen cuando uno queda fuera de la conversación, por ejemplo. El casting es realmente bueno, y la adaptación (donde participó Leonel DAgostino) sabe ubicar las situaciones y los diálogos más memorables del cuento, aunque sin salvar del todo el peso de algunos lugares comunes. Sólo un detalle causa una leve perplejidad: las locaciones. Porque se ha filmado en Colonia Liebig, Colón y Victoria, hasta allá se ha desplazado parte del equipo, pero es tan poco específico lo que vemos de esos lugares, que daba casi lo mismo hacerla en Ramallo.
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  • Flamenco, Flamenco
    Flamenco, Flamenco
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    Saura renueva la exquisita fórmula de “Flamencos”

    Sobre la fórmula de «Sevillanas», «Flamencos», «Iberia» y «Fados», y ahora de nuevo con el poeta de la luz Vittorio Storaro, el veterano Carlos Saura presenta aquí una suerte de «Flamencos, la nueva generación», con los nuevos exponentes del género y algunos de sus maestros. Para el profano, todas estas películas son siempre lo mismo y el autor está cada día más cómodo. Pero hay siempre otra cosa, y él con su equipo se exige cada vez más.

    Claro, el esquema sigue firme desde «Sevillanas». Una sucesión de números musicales rodados en estudios, sin demasiada ostentación de cámara, y, cuanto mucho, dos líneas al pie indicando título del tema, e intérprete. Pero cada cuadro es más elaborado, más exquisito, más fascinante que el anterior. No termina uno de asombrarse ante el juego de colores de una coreografía inspirada en las procesiones de Sevilla, cuando aparece un telón de fondo con un crepúsculo apabullante que ya no se ve en ningún teatro, a lo que sigue una luna llena que ya no parece telón de fondo, y así, y cada uno de esos recursos acompañando el número de un cuerpo de baile, un cantaor, una bailaora, un violín inesperado, los pianistas Dorantes y Amador, que se sacan chispas, en fin.

    La inspiración pictórica se anuncia en el prólogo, con reproducciones de Gustave Doré, Goya, Ignacio Zuloaga, Romero de Torres. El director de arte y los encargados de efectos visuales son un solo corazón con Storaro. Ni qué hablar de los sonidistas con los intérpretes. Respecto de éstos, puede discutirse una pareja medio americanizada, es cierto, y un bailaor que parece un heladero, también. Pero allí están, entre nanas, saetas, alegrías, soleás, bulerías, y el resto de la compañía, las voces chuscas de José Mercé, Miguel Poveda, la Niña Pastori, la Tremendita, los taconeos de Sara Baras, Eva la Yerbabuena, la Junquerita, Farruquito, los dedos de fuego del gran Paco de Lucía, Tomatito, el Morao, el Montoyita, Paco Jarana, las coreografías de Javier Latorre, y esos palmeros que parecen ganarse la vida fácil como Saura, según dicen los que no saben nada. Y sólo con ellos, esto es más que suficiente.
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  • La prima cosa bella
    La prima cosa bella
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    Celebración de la vida a la italiana

    «La prima cosa bella/ che ho avuto dalla vita/ è il tuo sorriso giovane, sei tu». La primera cosa bella que tuve de la vida fue tu sonrisa joven, eres tú. Con este tema, Nicola di Bari salió segundo en el Festival de San Remo 1970. Ya nadie recuerda quién le ganó, ni viene al caso. Su tema es el que sigue sonando. Acá también fue un éxito, en versión original y española, de traducción ligeramente infiel, cantada por su mismo autor.

    La comedia sentimental que ahora vemos comienza en Livorno, verano de 1971. La canción está plenamente de moda, el pueblo está de fiesta, y en plena fiesta se elige a la mamá más linda del balneario. Todo hijo sabe que su mamá es la más linda, y está orgulloso. Salvo el de esta historia, amargo desde chiquito. La madre es demasiado linda, demasiado divertida, demasiado llamativa. Y en el pueblo hacen comentarios. El padre también es un amargo, encima carabiniero. El tiene sus cosas, pero no llama la atención. Claro, ¿quién va a mirarlo?

    La historia evoca episodios de infancia y adolescencia desde la perspectiva del hijo ya grande, obligado por su hermana a visitar a la madre, que está grande y enferma en un hospital. Enferma de muerte. ¡Pero es la más alegre de la sala! Los enfermos terminales son capaces de amarla, los médicos la aman. Incluso recibe un homenaje semipúblico, de esos que sólo pasan en una comedia italiana. Bueno, una comedia italiana como ésta, que maneja hábilmente la pintura de caracteres, la caricatura pueblerina y la nostalgia, es una celebración de la vida, tiene lindos temas de época, y luce un elenco encabezado por Micaela Ramazzotti, acá de pelo negro, la hoy venerable pero todavía muy atendible Stefania Sandrelli, divina, el chico Giacomo Bibbiani, y Valerio Mastandrea, alter ego de Paolo Virzi, el director, que, oh casualidad, es hijo de Livorno.

    Un bonus, la reproducción de una anécdota del rodaje de «La mujer del cura» en esa ciudad, que si no es cierto merece serlo, porque suena italianísima. Su propio hijo interpreta al director Marco Risi en esa escena, y Giovanni Rindi hace de Marcello Mastroianni. Pero nadie hace de Sophia Loren. Demasiado para el director de casting habrá sido encontrar alguien con el ángel de la Sandrelli cuando joven.
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  • El jefe
    El jefe
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    “El jefe”: farsa televisiva y deshilvanada

    Activo director de documentales de la TV colombiana como «Operación Sodoma: la caída del mono Jojoy», «Tirofijo ha muerto», «Paramilitares en Colombia: la historia de los hermanos Castaño» y «Narcosubmarinos», varios de ellos hechos en coproducción con canales internacionales de cable, Jaime Escallón-Buraglia ha querido debutar en el cine con una comedia sarcástica basada en una popular novela, sobre los padecimientos hogareños y las peleas laborales del jefe de una fábrica de mermelada cuyos empleados, de noche, usan las mismas ollas para fabricar artículos de limpieza.

    Para encauzar sus nervios, un día se le ofrece un gran consuelo en la persona de una regia señora que no se llama Consuelo, sino Angela, pero resulta que no es ningún ángel, sino la mejor amiga de su esposa. Sin mayor cargo de conciencia, estos adúlteros se entregan a variadas sesiones de una especie de kamasutra caribeño digno de apreciar, francamente lo mejor de la película junto a las apariciones de Mirta Busnelli como la antigua secretaria y amante del recordado fundador de la empresa.

    Dicha empresa se llama La Rioplatense, porque el fundador era porteño como su secretaria y su hijo, bien interpretado por un colombiano. Así se justifica la coproducción, pero la película no llega a justificarse. Parece una farsa televisiva medio deshilvanada, con un reparto desparejo y un ritmo que no siempre pega con la música burlona de fondo, hecha por el canadiense Steve London (sí, Canadá, también está en la coproducción). Por suerte no hay nada de música, sino un exacto silencio en la escena final, fuerte, inesperada y reveladora. Intérpretes, además de Mirta, el protagonista Carlos Hurtado, Marcela Benjumea, de la serie «Los caballeros las prefieren brutas», como la esposa, y la tentadora Katherine Porto como la amiga. Se la puede ubicar en la serie «Hasta que la plata los separe», y como anfitriona de «La isla de los famosos». Autor de la novela original, titulada «Recursos humanos», Antonio García Angel, alias El Erizo. Y Lagarto se llama la productora argentina.
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  • Antes del estreno
    Antes del estreno
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    Buen relato de armonía afectiva en riesgo

    Luego de «UPA!, una película argentina» y «Las hermanas L.», dos comedias alegres hechas en forma colectiva, Santiago Giralt se cortó solito con «Toda la gente sola», una comedia agridulce de aire provinciano y abundante elenco filmada en distintos lugares de Venado Tuerto, su ciudad natal. Ahora, para hablar de la soledad en compañía, redujo lo más posible elenco y locaciones: apenas tres intérpretes componiendo un matrimonio y su hija, breves y brevísimas apariciones de algunos otros, una ruta, dos caminos vecinales y su propia casa quinta en Escobar. Otra cosa, la obra dura apenas 75 minutos contando hasta los créditos finales. El resultado: la concentración le hace bien.

    El tema es el mismo, la búsqueda de armonía afectiva en medio de encuentros y desencuentros cotidianos, asunto que se potencia y arriesga estallar cuando, por ejemplo, la mujer se pone ansiosa frente a un desafío y requiere contención, y el hombre tiene sus tiempos, sus límites, y también otros intereses. Para el caso, la mujer es una actriz con ínfulas en vísperas de estrenar su primer protagónico en el Teatro San Martín, y el hombre escribe guiones y algo dirige, es decir que cada uno vive en su mundo y conviven por rachas, como mucha otra gente pero con mayor capacidad para largarse a histeriquear en cualquier momento.

    El extenso fondo de la casa quinta, todo verde, debería proveerles calma, y algo hace. Al menos, el espectador lo disfruta, como disfruta también el excelente despliegue de Erica Rivas, que le valió el premio a la mejor actriz en la sección nacional de Mar del Plata 2010, y la destacable composición de Nahuel Mutti. Se agradece además la presencia de Miranda de la Serna, la hija de Erica Rivas y Rodrigo de la Serna, de nueve años al momento del rodaje y mucha naturalidad, con réplicas también naturales, bien puestas, con la lógica y la fantasía de los niños. No se roba la película, porque la sacan en el segundo tercio y recién vuelve casi para el final.

    Un detalle interesante: la obra entera tiene apenas 18 escenas y 21 planos, esto es, se filmó en planos secuencia siguiendo a los personajes por el extenso fondo de la quinta y aledaños, pero sin hacer ostentaciones técnicas. La cámara no nos distrae, como suele ocurrir en otros casos, y en cambio nos propicia adecuadamente la sensación de estar como invitados a uno de esos hogares donde los dueños de casa discuten sus asuntos y se calman delante de las visitas.

    Otro detalle: el propio director se confesó inspirado en «Noche de estreno», de John Cassavetes. Hay algo de eso, incluso hay algunos guiños para conocedores (el pedido de autógrafo, ciertos detalles de caracterización, etc.) pero no pasa de ahí. Decir que esta película se asimila a «Noche de estreno» es como decir que «Tres hombres de río» anticipa a «Titanic». Cada una tiene su estilo, su intención y su argumento, y se da maña sola.
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  • De caravana
    De caravana
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    Una brillante comedia enteramente cordobesa

    Se estrena en Buenos Aires, y reestrena en Córdoba, donde ya tuvo un éxito natural y dejó buen recuerdo, esta brillante comedia enteramente cordobesa. Técnicos, elenco entero (y formidable), el que no es cordobés ya está naturalizado, como el director Rosendo Ruiz, sanjuanino de origen. Cordobesas también, por supuesto, las locaciones, la picardía, la tonada, la moraleja. De Córdoba capital, para ser más precisos. Y hecha con señalable calidad en todos los órdenes, cabe subrayar.

    La historia que cuenta podría ocurrir en otras partes, y se entiende y comparte en cualquier lado (cambiando caravana por joda o parranda), pero solo allí tiene la entera gracia de combinar ciertos elementos con alegría y hacer que ciertos marginales nos caigan simpáticos. Marginales, no marginados, valga la aclaración. Brilla, en ese sentido, un flaco narigueta, rápido dealer filosófico y filoso autodenominado Maxtor, que con una sonrisa maneja sus negocios y el futuro de un tonto que cayó en sus manos, mejor dicho, primero cayó entre las piernas de una morochita y al otro día siguió cayendo sin nadie que lo abaraje pero con tres vivos que lo aprovechan: la morocha, el dealer y un gordo travesti, peluquera de barrio. Pero son gente buena: lo usarán un tiempo como intermediario de sus negocios y después dicen que lo dejarán libre. Si antes no lo revienta el ex de la morocha, un buscapleitos que todavía la anda celando.

    ¿Cómo zafa de esto un muchacho inteligente pero sin calle? Quizás, aprendiendo a tener calle, a entender la mentalidad de los otros, y el punto en común. El es fotógrafo con pretensiones de triunfar en una galería de arte. El dealer entiende de eso, a su manera él también es un artista. Y va a respetarlo, si le gana de algún modo. Los pícaros aprecian las buenas jugadas de un rival con estilo.

    Por ahí va el asunto. No tanto en la posible relación de un joven de Cerro Las Rosas con una atorrantita de General Bustos (algo así como San Isidro y cuatro cuadras antes de Fuerte Apache), sino en el aprendizaje de un pretendido artista de ámbitos cultos con uno que realmente sabe. Entre medio, y para ponerle más picante, pasan otras cosas. En Córdoba la anunciaron como «la película donde secuestran a la Mona Jiménez», y hay algo de eso. También hay un par de relatos muy educativos en boca de quienes menos se espera. Brillante, uno de ellos, un cuento sobre pulgas en un frasco. Y muy bien contado. Los cordobeses son grandes contadores de cuentos, y también grandes cuenteros.
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  • Verano maldito
    Verano maldito
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    Una extraordinaria Julieta Ortega en durísimo papel

    El amor de una hermana suele ser incalculable. Para Luis Ortega, Julieta ha interpretado un personaje de tremendas exigencias, agotador, exhaustivo, con el que muchas actrices sueñan pero pocas se animan a hacer, porque deja huellas terribles. Ella lo ha hecho. Aún más, con ese personaje hizo el papel de su vida, uno de esos papeles que se imponen ante todos los públicos y en todos los festivales y balances anuales de cualquier parte. Pero Luis no mandó la película a ningún certamen, incluso la retiró del único en que estaba anotado. Dijo que quería rehacer unos planos y perfeccionar el sonido de fondo. Y ahora, un año más tarde, la estrena de golpe y con mínima salida. Sólo unos pocos podrán apreciar el trabajo de su hermana. Y ella no se queja.

    La historia es terrible. Está contada con la exquisitez, el sentido artístico y el manejo de la extrañeza que ya mostró Luis Ortega en otras películas, y con un guión mucho mejor que el de la última, pero es terrible. Para no entrar en detalles, digamos simplemente que se inspira en un cuento largo de Yukio Mishima, «Muerte en el estío». Un lugar tranquilo de veraneo, apartado. Una joven mujer duerme la siesta cuando le avisan de una desgracia. La parienta que cuidaba a sus hijitos tuvo un síncope. Ahora ve un solo niño, y descubre que los otros desaparecieron en el mar. El marido está trabajando en la ciudad. Ella se siente culpable. Pero más adelante irá teniendo también otros sentimientos, hacia la familia del marido, los niños que cada tanto percibe cerca suyo, el único pequeño que le queda, la gente que la rodea fingiendo piedad, la propia evolución de su dolor. «Detrás de las persianas, ríen ya», culminaba un poema de Luis Sadi Grosso dedicado a las diversas etapas del luto entre los deudos. Pero una madre tiene otra clase de risa, si es que logra tenerla. «Acunaba su pena», dice el escritor, esperando que la pena se duerma.

    Ese es el cuento. La adaptación tiene algunos cambios, que empiezan por una pequeñez (la parienta que estaba «lejos de poseer una mente brillante» ahora es un tío de aún menor cociente intelectual) y se van expandiendo, la madre es la única de tez cobriza entre maestras y amistades todas rubias, en fin, la paranoia crece. La historia se hace aún más fuerte. Y el mar y el verano, van y vienen, tal vez acechan. No corresponde contar más. Ya puede imaginarse el lector lo que ha de encontrar en pantalla. Lástima que la película haya encontrado apenas una sola pantalla, la del Malba, para ir solo un día por semana, a veces dos.
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  • La piel que habito
    La piel que habito
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    No es el mejor film de Almodóvar, pero atrapa

    Menos artificiosa que la anterior, pero más disparatada si se la mira desde un punto de vista lógico, la nueva película de Almodóvar es una mezcla de misterio, perversión, suspenso, venganza, abuso de la ciencia, cambio de sexo, amores tortuosos, y dos exabruptos humorísticos, todo expuesto con gran calidad formal y elegancia casi constante, salvo unos pocos momentos fáciles de soportar o perdonar.

    Con todo eso, digamos, entretiene bastante. Sin mostrar nada espantoso, produce cierto miedo. Sin profundizar en nada, pone sobre el tapete algunos temas actuales como la bioética y la transgénesis, y otros temas eternos, como la afirmación de cada persona por sobre las prisiones o seducciones que otros impongan. Y sin copiar nada, nos acerca a la sensación de inquietud casi onírica que en su momento provocó «Los ojos sin rostro», de Georges Franju. Este film, y algo de «Vértigo», son los principales referentes que ha tomado Almodóvar para su nueva obra, junto a la novela corta «Mygale», de Thierry Jonquet, editada en español como «Tarántula», sobre un cirujano plástico obsesionado por su relación con una mujer y la locura de su hija, hasta que dos delincuentes se cruzan en su camino.

    Almodóvar suaviza aspectos de la novela, agrega obsesiones propias, y vuela hacia otro asunto, donde el médico es un Pigmalión medio diabólico y degenerado que se inventa su Galatea (y ya sabemos qué pasa entre Pigmalión y Galatea), en supuesto beneficio de la humanidad y homenaje a la memoria de su difunta esposa que se murió escapando con otro tipo (ambos hombres, lados de una misma medalla).

    Antonio Banderas hace bien un personaje inhabitual en su repertorio. Lo acompaña y enfrenta Elena Anaya, prisionera con capacidad de adaptación y manejo, pero no de olvido y desamor. Al final veremos cuál es su amor más fuerte. Se lucen también tres viejos compañeros de Almodóvar: José Luis Alcaine, con una fotografía tipo Estudios Hammer, el editor José Salcedo, y, en primer término, el compositor Alberto Iglesias, cuya música es casi otro protagonista. En cambio Marisa Paredes, en el papel de madre cómplice, está un poco ridícula. Bueno, las madres de las películas de Almodóvar casi siempre lucieron medio ridículas.
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  • A usted no le gusta la verdad: 4 Días en Guantánamo
    Atroz testimonio desde Guantánamo

    Ventajas del cine alternativo. Apenas terminó el DocBsAs la Sala Lugones programó y estrenó (sólo hasta el domingo) una de las películas más concurridas de la muestra. Si se pudiera hacer lo mismo con el material de ciertos festivales, los productores tendrían el gusto de adelantarse un poco a los piratas, y machacar sobre caliente, vale decir, antes que el interés del público se enfríe. Bien por la Lugones.

    Aquí los autores de la obra son apenas conocidos: el chileno Patricio Henríquez («El lado oscuro de la dama blanca», sobre una nave usada como cárcel) y el canadiense Luc Coté («Operation Retour», sobre el estrés de los Cascos Azules). Pero el asunto es un imán para mucha gente: cuatro días de interrogatorio en Guantánamo, tal como son registrados por las cámaras de seguridad. Y si ya es vox populi que en ese lugar se burlan todas las leyes internacionales, la cosa llega a niveles de indignación cuando nos enteramos de algunos detalles. Por ejemplo, que el sujeto a interrogar era un chico canadiense de origen árabe detenido en 2002 a los 15 años de edad, herido, torturado, engañado por agentes de su propio país en confabulación con agentes norteamericanos, y obligado a declarar contra sí mismo, y contra toda evidencia a su favor, hasta recibir, mucho después, una condena de ocho años. Y allá no funciona el 2 x 1.

    Por suerte la grabación llegó a la Corte Suprema canadiense, y ésta habilitó su difusión pública. Así es como vemos, a veces en pantalla dividida, las alternativas de cuatro días de interrogatorio amablemente engañoso hasta derrumbar toda expectativa del chico. Junto a ese material básico se insertan comentarios de, entre otros, el ex canciller de su país, ex compañeros detenidos, el abogado militar, y hasta algunos torturadores que explican su trabajo en este caso.

    Lo peor de todo es el invento. Tiene razón el pibe cuando dice que sus interrogadores no quieren saber la verdad de los hechos, y encima uno de ellos coincide, comparando este trabajo con el de un vendedor de cualquier concesionaria. Lo que quieren es obtener una respuesta «positiva» del «cliente» para así llenar una planilla que justifique sus sueldos y el presupuesto del organismo al que representan. En suma, reconocer que no agarraron a nadie, o que distrajeron sus días con alguien totalmente ajeno a los hechos que se investigan, nunca es negocio para esta gente, ni en Guantánamo ni en la comisaría más próxima a su domicilio. Es fuerte (pero el actual abogado del chico, Dennis Edney, estuvo acá acompañando la película, y lo que contó es todavía más fuerte).
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  • La patria equivocada
    La patria equivocada
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    Sáenz, desparejo y recitado

    Esta película ilustra parcialmente la novela de Dalmiro Sáenz sobre una damita que en 1807 abandona su casa por amor, su hijo que «cabalga media historia argentina» para morir como un infeliz, y una chinita fortinera convertida en damita de otra clase hacia 1898. Según analistas, «este libro brutal y raramente lírico (.) es quizás el mejor texto narrativo que haya escrito Sáenz. El coraje y la barbarie del hombre de a caballo, la violencia sensual y engañosamente estoica de las mujeres, los secretos lazos de la sangre que llevan puntualmente a la tragedia: todo esto es lo que vibra detrás del aspecto inescrutable de La patria equivocada».

    Y todo eso está en la película, pero, curiosamente, apenas vibra. Carlos Galettini, que en «Ciudad del sol» pintó muy bien a quienes vivieron de veras el sueño febril de los 70, no termina ahora de pintarnos con fuerza la neurosis de desencuentros, confusiones, rencores y mal pago que sembró buena parte de nuestro siglo XIX. Será que quien mucho abarca poco aprieta, o quizá tuvo limitaciones de rodaje difíciles de solucionar en el armado final, el hecho es que la obra resulta despareja, con momentos poco logrados, sobre todo al comienzo, donde se suceden las frases sentenciosas y el Motín de las Trenzas luce poco y se entiende menos.

    Caben otras objeciones menores, sobre las que varios caerán sangrientamente. Vale la pena apreciar, en cambio, las escenas del encuentro con los niños que defendieron Paraguay hasta el último día, el ataque de los indios a una estancia, las figuras bien representadas del general Mitre y el coronel Villegas, ambos en destacables escenas, la incómoda situación de quien debe matar a un compañero de armas que se pasó al otro bando, el lindo registro de paisajes camperos, el detalle de algunas armas (hay buen asesoramiento), el trabajo de Adrián Navarro, la música de Castiñeira de Dios, recuperando cierta tradición sinfónica, y la última palabra de un criollo ante el pelotón de fusilamiento: no un estentóreo «viva la Patria», sino, apenas para sí mismo, «mama».

    También para apreciar, y especial motivo de interés para el público, las muchas escenas eróticas, especialmente dos bien al estilo Sáenz: la visita de un peoncito de 17 años a su maestra de 32, ansiosa de recibir visitas, y todas las que hacen al capítulo final, donde Juana Viale luce debidamente un personaje de mujer refinada y perversa cercano al que su público le festejó en la TV. Aclaremos, esta película se rodó antes que empezara la grabación de «Malparida». Se estrena mucho después, por diversas razones.
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  • Fontana, la frontera interior
    “Fontana”: biografía a contrapelo de modas

    Contando con el apoyo de cuatro provincias, y, en particular, el apoyo de tobas, mocovíes e hijos de galeses, Juan Bautista Stagnaro realizó un film levemente a contramano del cine más oficial de este momento. El llevó al cine la vida de un militar que mató indios pero al mismo tiempo, indiscutiblemente, hizo patria.

    Tal es la interesante vida del mayor Luis Jorge Fontana, que se formó como soldado en la guerra del Paraguay, pero también como naturalista en las aulas del zoólogo y antropólogo Karl Burmeister, uno de los mejores científicos que llegaron a nuestro país, cuando el país todavía tenía partes sin descubrir y fronteras sin definir. El mayor Fontana fue, sucesivamente, fundador de Formosa, explorador del Chaco, atravesando el Impenetrable hasta Salta, gobernador de Chubut, que exploró hasta llegar al punto más occidental del territorio, y, ya en su vejez, investigador de sismos en Cuyo. A él debemos, entre otras cosas, la integración de los galeses a la Argentina.

    Precisamente, el punto culminante del relato, y el más emotivo, es cuando, tras ganarse el respeto de los rifleros del Chubut, que apenas hablaban castellano y despreciaban a los criollos, descubre con ellos lo que hoy es el valle 16 de octubre, futuro asentamiento de Trevelin, y se oye, en galés, el preámbulo de nuestra vieja Constitución, dedicada también a «todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino» (y ellos lo habitaron casi antes que los propios argentinos).

    Se dirá que Fontana tuvo más consideración con estos inmigrantes que con los nativos, y es cierto. Lo bueno de la película es que no lo niega, sino que nos coloca en la época y en el pensamiento de la época. De todos modos, conviene recordar que habitualmente él los estudiaba y dejaba libres. La película expone las dudas e inquietudes del naturalista de uniforme, y las del soldado que apenas usa el arma. Lo hace, apoyada en los propios escritos de Fontana, como «El Gran Chaco», «Viaje de exploración al río Pilcomayo», y «Viaje de exploración a la Patagonia Austral» (quedan para otro momento sus estudios sobre aves locales, caballos fósiles, y hallazgos de restos prehistóricos, que también fueron de su interés).

    Para apreciar, el trabajo de voces donde oímos, a veces divergiendo, al mismo personaje cuando joven y cuando ya en la vejez reconsidera sus conceptos. Y el trabajo de rodaje que obligó a recorrer los mismos lugares, no todos turísticos. Único detalle, las imágenes de Fontana que se conservan lo muestran mucho menos lindo que quien ahora lo encarna, Guillermo Pfening. Ya el director había hecho lo mismo en «Casas de fuego», cuando el doctor Salvador Mazza fue encarnado por Miguel Angel Solá. En fin, en ese sentido el cine es el cine, y no hay lugar para quejas.
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  • Violeta se fue a los cielos
    Violeta se fue a los cielos
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    Intensa evocación de Violeta Parra, con la actriz perfecta

    No se cuenta aquí la biografía de la artista chilena Violeta Parra, al menos como se cuentan habitualmente las biografías. Más bien surgen ante nosotros episodios, rostros, momentos, hábilmente entreverados, como todo el mundo sabe que pueden entreverarse los recuerdos y los sueños en un día decisivo. Y son parte de su vida, una vida libre, tumultuosa, cargada de rabias y alegrías, explosiones intempestivas y remansos amables. Peligrosos, como suelen ser los remansos cuando uno se descuida y muy confiado se mete a lo hondo, porque ella también tenía un carácter peligroso.

    Así la pintan Andrés Wood y su equipo de guionistas, basados en el libro de memorias que escribió su hijo Angel Parra, bajo ese mismo título, «Violeta se fue a los cielos». Sólo que el libro habla según la mirada del hijo, y la película se centra en la mirada de la madre, tanto en sus arranques de enojo y soberbia, como en los otros, cuando busca aprender las coplas de los viejos, el oficio del canto, el modo de soltar el alma entre la voz y las seis cuerdas, acaso también el modo de enterrar las penas con la de seis tiros.

    Pero el guión inteligente y las imágenes poéticas no serían casi nada, sin una actriz que encarne al personaje. Y ése es el verbo, y el milagro: Francisca Gavilán no interpreta ni representa a Violeta Parra, ni actúa de Violeta. Más bien, decididamente, la encarna. Cosa semejante no se da todos los días. Quien canta en la película es la propia actriz, quien responde al nombre de Violeta es Gavilán. Una delicia, la actriz. Y una paradoja el apellido, si tenemos en cuenta el simbolismo que anda en juego a lo largo de la obra.

    Puntales a su lado, Thomas Durand como el músico suizo que la sufrió en Chile y Francia, y después, más o menos sin querer, también la hizo sufrir, y Luis Machin como el animador de TV, porteño típico de entonces, es decir formal, cordial y sobrador, cuyas preguntas capciosas contribuyen a enhebrar la historia. Al respecto, una pequeña licencia artística: ella pasó por la televisión argentina en 1960, y de acá se fue a vivir a París. En la película se invierte el orden, para que las ironías del animador suenen más fuertes. Otros puntales, el chango Spasiuk como consultor musical de la obra, amén de los directores de fotografía Miguel Littin (h.) y Miguel Abal, y de arte Rodrigo Bazaes (también coguionista) y Sebastián Roses, cada uno en su respectivo lado de la cordillera. Esta, cabe recordarlo, es una coproducción chileno-argentina. Nos corresponde una pizquita de orgullo por eso.
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  • Un rey para la Patagonia
    Un rey para la Patagonia
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    Ingeniosa evocación de un rodaje trunco

    Hecho con ingenio, talento y afecto (aunque también con un ritmo un poquito alargado), este documental de Lucas Turturro evoca la figura del publicista Juan Fresán, que allá por 1972 encaró una película underground sobre Orélie Antoine de Tounens, pretendido rey de la Araucania y la Patagonia. La obra iba a llamarse «La Nueva Francia», pero quedó truncada por razones económicas, organizativas, sexuales (hubo cierto escandalete durante el rodaje en Viedma) y hasta por la fuga del protagonista, un artesano de Plaza Francia que a mitad del rodaje se mandó mudar.

    Esta historia la conocimos, con otros nombres, en «La película del rey», deliciosa pintura de los locos del cine, hecha precisamente por quien fuera director de fotografía de «La Nueva Francia» y otras cuantas under de aquellos tiempos, el entonces jovencito Carlos Sorín. La que ahora vemos rescata lo poco que quedó del material original de 1972, subsanando graciosamente su falta de sonido, y nos cuenta qué fue de la vida de Fresán a partir de entonces. Mejor dicho, lo cuentan el relator Miguel Dedovich (que estuvo en «La película del rey»), el asistente Jorge Manson, la diseñadora Mary Tapia, Sorin, la hermana, amigos y conocidos, como el editor Daniel Divinsky o Rodolfo Terragno, que lo veía en Venezuela, donde Fresán se lució haciendo la campaña presidencial del doctor Jaime Lusinchi (1984-89), y se perdió con una película llamada «Sherlock Holmes en Caracas» (1991). En 2004 se reencontró con los restos del 72 y trató de hilvanarlos mediante un relato cantado por un tal Baldomero, plástico versero, manteniendo el estilo del relato original. Pero falleció ese mismo año. Todo eso está en el documental que ahora vemos, y también la historia del auténtico Orélie Antoine I, que firmaba sus escritos como «roi de lAraucania et la Patagonie par la gráce de Dieu et la volonté des indiens», ya que en cierto momento su pretensión llegó a contar con el abierto respaldo de las asambleas mapuches (y el encubierto pero inconsecuente respaldo de Napoleón III, que para la misma época intentaba concretar el Imperio Mexicano, con el infeliz Maximiliano de Austria a la cabeza. Éste terminó fusilado por los mexicanos, y Orélie reenviado a Paris por los argentinos).

    Un material de «La Nueva Francia» se conserva perfecto. Es el que iba a servir de prólogo, una jugosa entrevista del entonces también jovencito Tomás Eloy Martínez al príncipe Philippe Boiry, que reivindica sus derechos hereditarios sobre aquellas tierras, desde la altura del Bio Bio para abajo. Habrá que tener cuidado, no sea que algún día esta gente logre sus pretensiones, se instale ahí y termine imponiendo la nouvelle cuisine francaise, o cosas peores, por encima del curanto y la torta galesa.
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  • Eva de la Argentina
    Eva de la Argentina
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    “Evita” básica para alumnos secundarios

    Desafío interesante, el de este dibujo animado para adolescentes de la secundaria. En 70 minutos combina la biografía básica de Eva Perón, la biografía también básica del escritor y periodista Rodolfo Walsh, y su cuento «Esa mujer», donde se relata su posible encuentro con el coronel que sacó de la CGT el cadáver embalsamado de Evita.

    En verdad, el cuento fusiona dos coroneles de Inteligencia: Carlos Mori-Koenig, que en diciembre de 1955 invadió la central obrera y, tras dramático recorrido, dejó el cuerpo en un cajón de embalaje junto a su despacho, y su reemplazante Héctor Cabanillas, que se horrorizó de esa locura y le consiguió una tumba con nombre ficticio en Milán (en 1972, el propio Cabanillas, ya retirado, asistió a la exhumación y entregó luego el cadáver en Puerta de Hierro, pero esa historia ya no cabe en el cuento).

    La biografía de Walsh que aquí se expone enfoca su evolución ideológica, desde intelectual desdeñoso del fenómeno peronista hasta investigador de asesinatos políticos (se cita «Operación Masacre», y habría que recordar «¿Quién mató a Rosendo?», sobre gremios violentos) y, por último, militante armado haciendo frente a los militares de 1976, año en que, dicho sea de paso, el cadáver de Evita fue llevado por sus familiares desde la Quinta de Olivos, donde había ido a parar, hasta la Recoleta, donde descansa definitivamente. El cuerpo no tuvo en ese momento nuevas vejaciones, como sugiere la película, añadiendo confusamente una mancha más al tigre.

    En cuanto a la biografía de Eva propiamente dicha, cumple su propósito ilustrativo, combinando dibujos, noticieros de época y fotos (sobre todo la de pelo suelto, que difundieron años después los montoneros). No es una hagiografía, una Vida de Santa, sólo porque en un momento equívoco aparece la jovencita aspirante a actriz dejándose rodear por dos empresarios facinerosos en una confitería. Pareciera que fue así como llegó al

    estrellato, lo que enturbia su persona y deja en el olvido a don Héctor Pedro Blomberg, el poeta y autor radiofónico que la hizo consagrar limpiamente. Pero también hay escenas elogiables, por suerte para los autores (María Seoane, también directora de Radio Nacional, y Marcelo del Castillo, director de animación).

    Del resto, los malos de la película aparecen como típicos malos de otra época, la del 1900, y como cuervos, lo que constituye además un saludito a cierto recurso usado por Leonardo Favio en «Perón, sinfonía de un sentimiento». Abunda la música de Gustavo Santaolalla, las ilustraciones están bien realizadas, y en algunas escenas, no muchas, aparecen los típicos dibujos duros del fallecido Francisco Solano López. A los alumnos de la secundaria les gustará más que leer un libro.
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  • Tierra sublevada - Parte 2: Oro negro
    Solanas, un más calmo fiscal de la República

    La estructura es algo irregular, el narrador, el propio Pino Solanas, está más calmo que otras veces. ¿El viejo luchador empieza a cansarse? Difícil. Afloja el ritmo, pero sigue firme en su puesto de fiscal de la República. Y nadie como él, todavía, para tensar registros de batallas campales entre balas y gomeras, volcar su simpatía natural en las entrevistas familiares, recordar pautas de la Gran Argentina, o refregar material de archivo (Néstor Kirchner celebra en el Congreso la privatización de YPF, Manzano asegura «el dinero que de esto surja irá para los jubilados», etcétera).

    Luego de «Tierra sublevada: oro impuro», sobre los permisos de explotación abusiva de minerales a cielo abierto, Solanas denuncia los permisos de explotación petrolera y gasífera, que a su juicio siguen y profundizan la política económica del 90, ya que ningún contrato fue denunciado, y algunos ya se renovaron a 40 años sin siquiera un llamado a licitación. Lo dice y lo rubrica, dispuesto a discutir. Lo suyo siempre es para sentarse a discutir, como «La próxima estación», sobre el actual desmantelamiento de los trenes.

    Pero también, como en «Argentina latente», evoca mejores tiempos y muestra ejemplos, como los técnicos, obreros y científicos de «la familia ypefera» que aún mantienen el orgullo y la mística de la YPF fundada por el general Mosconi. «No te daban un lápiz nuevo si no entregabas el cabito del viejo», recuerda alguien admirado. En climas extremos, sentían que estaban haciendo patria. Desde el sur más lejano y ventoso hasta la selva norteña, evocan su funcionamiento, señalan nuevos males que nadie controla (por ejemplo, las piletas de deshechos que desbordan por los cañadones hasta el rio Neuquén) y siguen trabajando. Así, el conductor de la Unión de Trabajadores Desocupados organiza labores y también actividades recreativas, una capataza impone disciplina laboral a los chicos borrachines, un cacique indio emplea su propio pocito de petróleo en el fondo de las casas, la abogada enfrenta al juez, ex apoderado del PJ. Con ellos, una ecologista mapuche que le ganó un juicio a Repsol, los guardabosques enfrentados a la firma petrolera que usufructúa el Parque Nacional Calilegua pese a la Ley de Bosques, el médico rural, etcétera. Alguien muestra su mayor orgullo: una foto que el general Mosconi le regaló a su padre. Y Solanas remata con un solo dato: la empresa estatal de petróleo de Noruega es uno de los mayores fondos de inversión de todo el mundo. ¿Será que son noruegos?
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  • Aquel martes después de Navidad
    Drama asordinado con buen elenco

    Ya pasado el pico de la moda del Nuevo Cine Rumano, llega hasta nosotros esta nueva muestra de sus cualidades, pero también sus defectos. O exigencias, como les llaman algunos enamorados de En este caso, atenuados por los colores cálidos y lindos ambientes por donde se desarrolla la historia, y, particularmente, por las cálidas escenas de una pareja.

    Esa historia es bastante simple. Sólo algunos aspectos de la vida cotidiana medio insípida de una familia de clase media bien afirmada. Pero en ella el personaje masculino, un gordito insulso, debe decirle a la insulsa de su mujer que tiene una amante rubia, enamorada, a punto de caramelo, y encima es la dentista de su hija. Por supuesto, ésa será la última Navidad que ha de pasar la familia completa.

    ¿Cómo podemos engancharnos con esa gente? Ahí está el mérito de la obra, elaborada en base a pequeños detalles, leves cambios de tono, equilibrada exposición de los sentimientos de cada parte, y, sobre todo, grandes trabajos actorales, de esos de composición muy interna, que aflora poquito pero con persistente penetración en el espectador atento. Señalable director de actores, entonces, el realizador Radu Muntean. Y calificado elenco, compuesto por la rubia María Popistasu, la morocha Mirela Oprisor (premio a la mejor actriz para ambas en Mar del Plata 2010) y el varón Mimi Branescu.

    Pequeño detalle: Branescu y Oprisor son marido y mujer en la vida real. Popistasu, entre nosotros, Popi, es mujer del guionista Alexandru Baciu. Para facilitar las cosas, los respectivos cónyuges no fueron al set ni de casualidad los días en que Mimi y Popi filmaban sus lindas escenas de mimos. Pero es de sospechar que la escena donde Oprisor, en papel de esposa que descubre el engaño, va cambiando de estado de ánimo hasta reventar y descargarse sobre el marido culpable, bueno, probablemente esa escena debe incluir un auténtico y nada ficcional pase de factura. Y más de una mujer habrá de sentirse identificada en la platea (sin embargo, todavía peor es su mirada cuando después ve al infeliz pagar su culpa justo para navidades).

    En síntesis, bien el final, bien todo el elenco, y muy bien la rubia, lástima el malhumor casi general y tanta escena larga en plano fijo.
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  • Solos en la ciudad
    Solos en la ciudad
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    Irregular, pero simpática comedia romántica juvenil

    Qué delicia son las peleítas de enamorados, cuando se sabe que culminarán en otra delicia más linda, la reconciliación. En esta agradable comedia romántica, una parejita discute por una pavada al amanecer, tras una fiesta, y se reconcilia al atardecer, lo que constituye otra fiesta. Entre medio, cada cual se cruza con diversos personajes que ofrecen sus consejos, distraen, o intentan alguna seducción.

    ¿Y por qué pavada se pelearon? Ah, porque ella quiso saber cuándo iban a casarse. Ahora su enamorado se plantea si esa relación vale la pena. Con mayor razón, ella se plantea lo mismo. Y, cada uno por su lado, andan por la ciudad y encuentran o desencuentran lo que les conviene. La sucesión de amistades casadas o solteras, relaciones anteriores o aspirantes al reemplazo temporario, y algún entrometido que aparece como un exabrupto, incluye también una celestial vecina encarnada por Catherine Fulop, y un padre que da consejos pero dista de ser amistoso, bien desarrollado en breve espacio por Mario Pasik.

    En el variado elenco destacan también las participaciones de Federico Amador haciendo, precisamente, de hábil amador, la encantadora Eliana González como estudiante ansiosa de convertirse en levante de su joven profesor (y así emular a ciertas criaturas literarias que la fascinan), y la dupla Juan Leyrado-Laura Azcurra. Esta última dice una de las mejores frases de la película, que abunda en lindas e instructivas frases sobre la vida amorosa: «Cuando estás en pareja dejás de ser uno y pasás a ser la mitad de dos». La obra también abunda en colores intensos, cortes de montaje movedizo, y abundantes planos de los protagonistas, Sabrina Garciarena y Felipe Colombo, ídolo de las jovencitas que crecieron acariciándolo en la pantalla chica.

    Autor, Diego Corsini, productor de «La Tigra, Chaco», el corto «Un juego absurdo» y otras piezas recomendables. En resumen, obra irregular pero simpática, juvenil, y con final abierto y feliz. Es decir, todavía no se van a casar.
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  • Caño dorado
    Caño dorado
    Ámbito Financiero
    Acción y pasión en los suburbios

    Eduardo Pinto, el autor de «Palermo Hollywood», viene probando gozosamente diversas emociones. Ya supo crear suspenso en una obra minimalista, «Dora la jugadora», y ternura en un documental rockero, «Buen día, día», sobre Miguel Abuelo. Ahora logra combinar el placer estético y los nervios de punta, con una historia de acción y pasión en los suburbios expuesta mediante particular aplicación de recursos cliperos a un ambiente de bajos fondos.

    Casi toda la acción transcurre en las márgenes del Gran Buenos Aires. Allí, un tornero de mal carácter se gana sus pesos extras como fabricante de armas tumberas. De ese modo mantiene a su madre, que lo cuida y lo acompaña en la veneración por el recuerdo de un padre ejemplar. Pero ambos deben cuidarse de cierta clientela tan necesaria como peligrosa. Una noche, la relación con los matones de la zona se ve agravada por un pequeño detalle, natural en dos personas jóvenes: nuestro protagonista se engancha de patas y manos con una provocativa menor

    de edad, parienta de esos matones y aún más peligrosa y manejadora que ellos. Para disfrutar del amor riesgoso, ambos se mandan mudar al Tigre. Pero en algún momento deberán volver, y el muchacho deberá resolver lo que tiene que resolver. Y como ésta no es una película de medias tintas, él vuelve y resuelve como corresponde, pero antes también se revuelve que da gusto con la chica.

    En cuanto a realismo, y aparte que los tiros suenan como tiros, la película cuida hasta los matices del habla de cada zona del conurbano que aparezca representada (exquisitez que pocos oídos sabrán apreciar). Pero al mismo tiempo estiliza ese realismo, lo hace paradójicamente irreal, de fábula sangrienta, o, si se quiere, de cuento moral sin moral autorizada. En ese sentido, los personajes son dignos de atención, y sus intérpretes le ponen debida garra, empezando por Lautaro Delgado, que aprovechó su rol protagónico, y la debutante Camila Cruz, que resultó mejor actriz del Festival Internacional de Cine Policial de Leige 2011, en Bélgica.

    Otro premio a destacar para la obra, el de la Federación Iberoamericana de Escuelas de Imagen y Sonido de América Latina en Mar del Plata 2010, por su calidad técnica y fuerza dramática. Eso sí, el espectador termina medio apabullado, porque el ritmo es nervioso hasta en las escenas líricas, y no hay nadie manso, salvo (y hasta por ahí nomás) la madre que hace Tina Serrano. Contribuye a los nervios la banda sonora con Pity Alvarez, Karamelo Santo, Estelares, y Fabián Picciano, del grupo Poncho. Producción, No Problem Cine.
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  • La cocina (En el medio hay una ley)
    Militancia con pocos recursos

    Tomando más distancia que en su anterior «Porotos de soja» (hecha y difundida en salas oficiales en plena discusión por las retenciones), David Blaustein y Osvaldo Daicich resumen aquí la campaña por la Ley de Medios aprobada en el 2009, y agrega algunos de sus primeros frutos.

    Cierto, es una obra partidista, parcializada, y militante. Está en su derecho. Pero cabe reprocharle un pobre uso de las imágenes de archivo en el Congreso, falta total de tensión y suspenso, y un estilo «cabezas parlantes» centrado en unas pocas personas sentadas explicando a cámara cómo son las cosas según su leal saber y entender, y para colmo en este caso opinan lo mismo.

    Nada parece haber distinto a cualquier programa televisivo sobre el mismo asunto. Aparecen, sin embargo, dos detalles inhabituales en esos programas: se reivindica el papel de la hoy olvidada Coalición para una Radiodifusión Democrática, con sus 21 puntos, e, inesperadamente, se elogia el esfuerzo que Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa hicieron en su momento para cambiar definitivamente la antigua Ley de Medios. También se aprecia la visita a los referidos frutos, como la radio mapuche cerca de Aluminé, Radio La Ranchada de Córdoba, Radio Encuentro de Viedma, el diario «La arena», de La Pampa, o Canal 10 de Tucumán, algunos de los cuales ya venían luchando desde antes. Una didascalia final actualiza detalles de licitaciones en todo el país. Al respecto, una pequeña molestia: según Doca (Documentalistas Argentinos), los pliegos para la adjudicación de licencias a las pequeñas televisoras comunitarias llegan a costar unos 140.000 pesos, lo que deja a las más pobres directamente afuera.
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  • El agua del fin del mundo
    El agua del fin del mundo
    Ámbito Financiero
    El dolor y un viaje, sin sensiblerías

    El tema se prestaba para caer en la mayor sensiblería permitida, esa que el cine americano cultiva desde siempre. Hay todo un subgénero hollywoodense que podría llamarse «la enfermedad terminal de la semana», siempre algún virus nuevo, internaciones, recaídas, despedidas, lloriqueos, fondo de pianos y violines, etc., que ha dado algunos títulos nobles, pero también un extenso catálogo de abusos por parte de los vendedores de pañuelos.

    Pues bien, «El agua del fin del mundo» no entra en ese catálogo. Sensible pero no sensiblera, va por otros carriles. No es un melodrama, sino una comedia dramática sobre el amor de dos hermanas que viven al día, una de las cuales afronta sin mayores quejas su enfermedad terminal y decide viajar hasta Ushuaia, cosa que lograrán con ayuda de un músico alcohólico. ¿Por qué Ushuaia? ¿Por qué no? En vez de quedarse encerrada esperando, ella decide pintar la casa para su hermana, y salir de viaje. La otra es la menor, encima menudita, y la cuida como si fuera la mayor. Se quieren, lo que no impide que tengan alguna crispación cuando el mismo tipo quiera engancharse a las dos. ¿Pero qué límites fijar, cuando se sabe que al calendario le quedan pocas hojas?

    Ese y otros asuntos cercanos pone sobre el tapete la película, con buen sentido de observación, destacables actuaciones, marcada habilidad para que el público perciba las sensaciones físicas de sus personajes, y elogiable manejo del pudor, que nos permite entender, o suponer, ciertas cosas sin mostrarnos ninguna, salvo una escena que, por supuesto, las espectadoras agradecen ver, la del franco calentamiento entre Facundo Arana y Guadalupe Docampo, tan frágil que parece ella, y tan afortunada.

    Una mujer ha hecho esta historia, la modelo y actriz Paula Siero, que así debuta como realizadora. Ojalá pueda hacer otras. Coprotagonista, Diana Lamas, muy bien. En el reparto, Mario Alarcón haciendo un porteño de buen corazón dentro de lo que cabe, Antonio Ugo, Graciela Stefani (una risueña historia paralela sobre límites, paciencia y amor) y Mauricio Dayub, que apenas aparece. Y en vez de pianos y violines, música del Chango Spasiuk. Acordeón a piano, eso sí.
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  • Medianeras
    Medianeras
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    “Medianeras”: comedia romántica inhabitual

    Esta comedia romántica bastante inhabitual transcurre en Buenos Aires, pero bien puede pasar en cualquier otra ciudad. Por algo ya la estrenaron hasta en Noruega, y en EE.UU. apenas la vean (ya está comprada) querrán hacerle una remake. Sus ejes son la vida virtual, los departamentitos modernos, las fobias y manías, la sensación de soledad en medio de las multitudes, las citas circunstanciales, la cultura de gadgets, actualizaciones, y cuanto cachivache pueda uno llevarse a la vizcachera. En ese mundito viven nuestros personajes, apenas separados por unos metros de distancia.

    Prácticamente hay tres protagonistas. Él, fóbico diseñador de páginas web, refugiado en internet y deliveries, que apenas sale de la cueva. Ella, arquitecta fóbica que trabaja como vidrierista solitaria, rodeada de maniquíes, que necesita encontrar a alguien, pero hasta ahora ni siquiera encontró dónde está Wally. Ambos vienen de fracasos amorosos, y están a la expectativa sin mayores expectativas.

    El tercer protagonista, víctima de variadas observaciones y reflexiones, es la ciudad, con sus enormes edificios, cables, y medianeras. ¿Y qué es una medianera? ¿Y qué puede hacerse con esa pared, aunque no esté permitido? «El hombre de al lado» tenía una respuesta. Aquí, el fóbico y la chica de enfrente tienen otra.

    Ah, nada de «chico encuentra chica, la pierde, y al final de la historia la reencuentra». Estos por poco no se encuentran nunca. Suelta, original, con lindas asociaciones visuales, personajes queribles (sobre todo la entusiasta políglota que hace Carla Peterson en una parte), y sólo algunos ocasionales huecos y deshilvanes en la trama (que se sobrellevan gracias a los personajes), éste es el primer largometraje del exitoso cortometrajista Gustavo Taretto. Y casualmente, su corto más famoso, ganador de casi 50 premios internacionales y germen del largo que ahora vemos, se llama «Medianeras». De él mantuvo tema urbano, estilo, fotógrafo, montajista, la imagen de Mariel Hemingway en «Manhattan», y el actor protagónico Javier Drolas, su probable alter ego. Pero cambió a la actriz: en vez de Moro Angheleri está la española Pilar López de Ayala, menos carnal, más virtual, y tan profesional que hasta supo anular su acento madrileño. En efecto, no está doblada.
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  • Pina
    Pina
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    Deslumbra, no sólo a amantes de la danza

    Esta obra es para admiradores de Pina Bausch y amantes de la danza contemporánea, y también para quienes no tengan idea de lo que es esa danza, ni el Tanztheater, ni quién era esa mujer. Así de fácil es la cosa, así de comunicativa y atrapante es la obra. Por supuesto, cada uno la disfruta con diferente interés, y a cierta altura el espectador común puede cansarse un poco de ver tantas mujeres huesudas saltando como poseídas, pero el conjunto está armado de tal modo que apenas termina un número en el escenario del teatro, aparece una pareja girando en medio del tránsito, una amante irritada destroza a su hombre en pleno tranvía por las calles de Wuppertal, un solista va y viene por el parque mientras un perrito lo persigue ladrando como energúmeno, y nadie sabe si forma parte de la compañía o es un enemigo declarado de la danza, en fin, todo es sorpresa y energía. Eso, precisamente, quería Pina Bausch, mezclar baile y teatro, tablas sagradas y espacios comunes, paños simbólicos y sillas comunes, belleza y payasada, exaltación, desesperación, locura y amor.

    Cuatro son los espectáculos que aquí se alternan: «Le Sacre du printemps», «Cafe Müller» (con el que vino por primera vez en 1980), «Vollmond» y «Kontakthof». Cada tanto, alguien cuenta brevemente a cámara, en su lengua nativa (porque este ballet tiene gente de todo el mundo), una pequeña anécdota, o el recuerdo de alguna enseñanza que la artista le dejó en sus años de aprendizaje. Ella aparece también, en mínimos fragmentos de archivo. Ella y el director Wim Wenders eran amigos, querían registrar juntos una gira por Asia y Sudamérica. La muerte vino de golpe, y el amigo y los discípulos ahora la saludan con esta película centrada en su obra artística, tan llena de vida.

    El 3D contribuye a potenciar la fascinación de los cuadros, a entender y disfrutar mejor la fuerza dramática de las formaciones, las expresiones, y los chistes. Hélene Louvart es la directora de fotografía, y lo que ha hecho con Wenders está casi a la altura de lo que hizo su colega Claude Renoir con Raymond Rouleau cuando en 1962, con «Los amantes de Teruel», revolucionaron el concepto de ballet fílmico (que nunca fue lo mismo que ballet filmado). Desde entonces no se veía nada tan impactante. En síntesis, aunque uno no sepa nada de danza, vale la pena.

    Postdata para cinéfilos: Pina Bausch es la princesa Lherimia del bellísimo «Y la nave va», de Fellini, y aparece con su ballet en otra obra hermosa, «Hable con ella», de Almodóvar.
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  • El extraño caso de Angélica
    Film con el estilo deliciosamente antiguo de un artista centenario

    La acción, escasa, parsimoniosa, transcurre en una época incierta, donde viejas costumbres supuestamente olvidadas alternan con charlas actuales sobre la antimateria. Una noche, un joven judío, fotógrafo aficionado del pueblo, es convocado por una familia católica para sacar un último recuerdo de la hija, hermosa joven recién casada que ha muerto de repente. Han dispuesto su cuerpo como era natural en otros tiempos para la última foto. Sólo parece estar tranquila durmiendo. De pronto, pero sólo para el fotógrafo, sucede algo inexplicable. No diremos lo que sigue, sólo que el asunto bien puede sumarse a una larga tradición de ancestrales historias románticas propias de esas tierras de meigas, como les dicen, o les decían, los luso-gallegos a sus apariciones.

    Antiguo relato de fantasmas, entonces, o de locos de amor, contado de modo deliciosamente antiguo por el centenario Manuel de Oliveira, que aquí se da el gusto de extremar su estilo (largos planos fijos, intérpretes que recitan sus textos de forma monocorde, etc.), pero también su gracia, con dulzura, levedad, sencillez, e incluso con un regocijo que desarman a medio mundo, hasta llevarnos al placer de unos trucos de sobreimpresiones típicos del cine mudo, trucos que lo habrán fascinado cuando chico, igual que esas historias, y que él rescata con la sabiduría evocativa de los viejos y el inocente asombro de los niños.

    Detrás hay algunas metáforas sobre la imagen, la mirada, la cámara, y la obsesión por esa realidad paralela con la que conviven los artistas, los enamorados, y los locos. También las metáforas son viejas, pero siguen frescas, igual que otros placeres que el hombre expone hoy para nosotros. El actor es su nieto, Ricardo Trepa, a quien ya vimos haciendo también un personaje obsesionado por una criatura más o menos ilusoria en «Singularidades de una muchacha rubia», sobre la caprichosa belleza que el paseante ve apoyada en una ventana, y más le valdría no haber conocido. Pero éesa es otra historia. Detalle interesante, la belleza que vemos con el nombre de Angélica es la misma de «Medianeras», Pilar López de Ayala.
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  • La princesa de Montpensier
    La princesa de Montpensier
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    Pasiones comunes a todas las épocas

    La guerra embrutece a los hombres, y también los cansa. Un veterano elige desertar, y podría morir por ello, pero un joven noble lo reconoce como su maestro y le da su protección. Ahora èl deberá convertirse en protector y maestro de la esposa de ese joven, una muchacha casada contra su voluntad y amada por tres hombres: el marido, el anterior enamorado, y uno que está por encima de ellos en jerarquía e inteligencia. Corrección: no la aman tres, sino cuatro. Es un ambiente de intrigas, gente irritable, y distintas formas de entender el amor, y de atender a la mujer, que, en principio, no atiende ni entiende a todos ni mucho menos.

    Esta historia bien puede transcurrir en nuestros tiempos. Su autora la ubicó en Francia, 1562, plena guerra entre católicos y hugonotes. Por entonces el promedio de edad no era demasiado alto, la gente sacaba su espada por cualquier motivo, aun entre compañeros de armas, y las mujeres tenían escaso derecho a recibir instrucción y dar opinión (al menos públicamente). Pero la princesa de esta historia tiene algo en la cabeza. El desertor va a enseñarle a leer y escribir. La ayudará a pensar y decidir por sí misma, con aprobación inicial de su marido. Un día, el anterior galán y el jefe militar (futuro rey del país) llegan al castillo. Otro día, ella irá a la corte. No es lo único que ocurre.

    La escribió, un siglo más tarde, Madame de Lafayette, a quien varios consideran creadora de la novela psicológica, o al menos propulsora de narraciones bastante verosímiles, más inspiradas en personas de carne y hueso que en héroes y dioses lejanos. Su vida misma se pareció un poco a la de su princesita, casada muy joven, cultivada al punto de eclipsar a su marido en los salones, el rey admirado de su inteligencia y discreción, en fin. Hace años hubo una adaptación bastante pesada de su novela más famosa, «La princesa de Clèves».

    La que ahora vemos no tiene nada de pesado, incluye unas buenas escenas de acción, algún desnudo, respetable simplificación de datos históricos para evitarle confusiones o cansancios al espectador, una simplísima pero intensa escenificación de la Masacre de San Bartolomé, y, en particular, una buena mirada sobre sentimientos aún más intensos, lindamente expresados. Los intèrpretes son buenos, empezando por Lambert Wilson (el prior de «De dioses y de hombres») y la blonda Mélanie Thierry, los diálogos suelen ser exquisitos, y el desenlace es ejemplar. Autor, el veterano Bertrand Tavernier, que ya supo lucirse en otras películas «de época» bastante actuales.
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  • La quise tanto
    La quise tanto
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    Del amor y la felicidad esquiva, para ver en pareja

    Ella está desconcertada. Su esposo la dejó por otra. Ella ahora está junto al suegro, hombre de apariencia fuerte. Llueve, él siente enojo, vergüenza, y algo más. Este hecho lo enfrenta a recuerdos que ahora afloran. Siente ganas de confesarle algo a la nuera: él también, hace tiempo, pudo haberse ido con otra. Y parece que todavía no sabe si hizo bien en quedarse.

    ¿Por qué un hombre se va con otra, o por qué se queda? Esa noche, refugiados en su casa de campo cerca de los Alpes, mientras los niños duermen el hombre empezará a contar su historia. Mira el fuego, va preparando el terreno, despierta la atención. La nuera lo escucha con sorpresa y creciente curiosidad. Se distrae de sus males escuchando algo que nunca había pensado. ¿Pero por qué justo ahora él necesita contarle todo eso?

    Alguna vez él pisó los 40. Nunca fue lindo, pero todavía era joven, y su esposa ya parecía más vieja. En un lugar lejano, una traductora comercial, rubia, eficiente, de sonrisa franca, le clavó la mirada y le propuso algunos acuerdos muy razonables. Suele ocurrir, algo empieza por simple buena onda y se va volviendo un amor que dan ganas de vivirlo todo el día. ¿Qué se hace entonces? ¿De quién es la culpa? ¿Con qué derecho? ¿Qué esperanzas? ¿Qué enseñanzas? ¿Y qué seguridad de no repetir viejos errores sobre una nueva persona?

    La historia tarda un poco en arrancar. Pero de a poco se va haciendo atrayente, y cuando aparece la rubia ya estamos atrapados. Y es toda una historia de amor, con todas sus delicias, molestias, agotamientos, reencuentros. Daniel Auteuil da clase de actuación, graduando la voz y los gestos según evoluciona su personaje. La rubia Marie-Josée Croze, actriz de raza, maneja el catálogo completo de las varias etapas que puede tener una mujer enamorada. Florence Loiret es nuestra representante para seguir la historia con la natural envidia y perturbación. Y Zabou Breitman dirige con mano suave y precisa ésta, su tercera película sobre la esquiva felicidad. Las anteriores fueron «Se souvenir des belles choses» y «Lhomme de sa vie». Unico reproche, hay más minutos penumbrosos de lo necesario.

    El relato se inspira en la novela de Anna Gavalda editada en castellano como «La amaba». Según dicen, la guionista Agnés de Sacy, experta en relatos amorosos, hizo aquí una adaptación poco fiel, que reduce los diálogos suegro-nuera en beneficio de los encuentros señor casado-señorita con aspiraciones. Puede ser. Pero es un buen guión, incluso atento a cada uno de los involucrados en este tipo de historias, incluyendo hijos grandes (aunque esto último sólo de pasada). En resumen, hay mano, hay asuntos muy interesantes, e intérpretes muy buenos. Para ver en pareja.
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  • El árbol de la vida
    El árbol de la vida
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    Más estilo que sustancia

    Si éste fuera un corto de 14 minutos, sería algo maravilloso. También si fuera un mediometraje de 40, una película de 70, incluso de 90. Pero dura 140. Paradójicamente, aún con esa duración deja unos cuantos puntos oscuros. Otra paradoja: el tráiler oficial, de sólo 214" de duración, muestra con mucha mayor claridad el conflicto principal de la obra (el dolor de un hombre ante la figura paterna y los recuerdos de infancia). Y aun así hay gente que no lo entiende. Lo que sí queda claro, para quien vea el tráiler y para quien se sumerja en la obra completa, es la enorme altura del director de fotografía Emmanuel Luzbezki.

    Las imágenes que logra este artista mexicano, su trabajo con luz natural incidiendo sobre los interiores, la suavidad de la cámara para seguir a los personajes, la determinada luz que dispone para cada uno, la imponencia de los paisajes y la precisa inserción de microfotografías, todo eso es impecable y justifica la visión de la película en pantalla grande. Al placer de las imágenes contribuyen la ambientación de Jack Fisk en los 50, la banda sonora de Alexandre Desplat, con párrafos de Brahms, Smétana y otros autores de ese calibre, el aporte del veterano Douglas Trumbull en algunos efectos especiales ópticos, los rostros de un elenco muy bien elegido, y, particularmente, el estilo Malick de edición hecha en base a tomas fragmentarias, tal como uno recuerda ciertos momentos lejanos, y voces susurrantes como las de algunos sueños.

    Y es que éste es un extenso poema cinematográfico, donde recuerdos familiares dan espacio para reflexiones susurradas, preguntas tristes que no tendrán respuesta, visiones del origen del mundo, y epílogo espirituoso new age. Momentos bellísimos gratifican al espectador y le hacen reencontrar algunos ecos (generalmente dolorosos) de su propia infancia, o su propia experiencia como padre. Otros momentos quizá le parezcan ecos de unción espiritual, vagamente religiosa, con un epígrafe tomado del Libro de Job 38; 4,7 («¿Dónde estabas tú cuando Yo fundaba la tierra?»), etc., pero en el fondo hay más estilo que sustancia, y el conjunto se hace demasiado pomposo, largo y cansador. Con todo, hay exégetas dispuestos a endiosar a Terence Malick, conocido cultor de Heidegger, y hay que reconocer que el hombre tiene arte y sensibilidad, pero, puestos a escarbar, la mayoría de las explicaciones suenan como las de Marcos Mundstock interpretando el pensamiento de Warren Sánchez en un viejo sketch de Les Luthiers. Hablando de viejo, la génesis de «El árbol de la vida» nació promediando los 80. Eso explica, tal vez, cierto parentesco con «2001», «Koyanisquatsi» y «Los motivos de Berta», y algunas elecciones musicales.
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  • No fumar es un vicio como cualquier otro
    Filmar es a veces un vicio como cualquier otro

    Sergio Bizzio, músico y escritor, es un eficaz libretista televisivo, como lo demuestran varios capítulos de «Tiempo final», «Mosca y Smith en el Once» y otras series nativas. También ha participado en guiones como «Chicos ricos», «Adiós querida luna», «XXY» (basado en un cuento suyo) y el thriller colombiano «Rabia». Pero cada tanto, como nadie es perfecto, despunta el vicio de hacer una película propia.

    Así, ya hizo «El disfraz», telefilm que pocos recuerdan, «Animalada», que pocos quieren recordar (aunque tenía su gracia) y la que ahora vemos, que muy pocos van a recordar porque se da en un solo cine, y tiene pocos chistes memorables. En ella vemos el conflicto de un masajista y su esposa, guionista de un film porno dirigido por un ex novio que a mitad del rodaje la incorpora a un menage a quatre delante de la cámara.

    ¿Por qué, pobre mujer, se mete en ese lío? Una posible razón, es que días atrás ella y su pareja decidieron dejar de fumar, y ahora sufre el síndrome de abstinencia. A su vez, el marido sufre doblemente, porque no puede resistir la tentación que le brinda gratis un lindo gatito, pero tampoco puede concretar dicha tentación, fastidiosamente interrumpida por el hijo resentido de un cliente mafioso.

    Mientras tanto, una actriz retirada sufre la falsa noticia de su muerte, y un miniaturista viudo hace sufrir a las chicas jóvenes mostrándoles un revólver con silenciador, que una de ellas lleva a la boca en escena que haría hablar a los sicoanalistas y las fumadoras. El miniaturista y la muerta que parla no fuman. Completa el reparto un bebé que duerme casi todo el tiempo y no usa chupete. O sea, toda gente viciosa, según nos da a entender el título de la obra.

    ¿Qué sentido último tiene, y cómo se amalgama todo esto? Quién sabe. En la pantalla solo vemos una sucesión de situaciones medio inconsistentes e inconsecuentes (salvo para las chicas jóvenes), donde la gente dice unos diálogos deliberadamente medio absurdos como la cosa más natural del mundo, no mucho más, y cuando uno quiere acordarse ya se terminó la película, a Dios gracias.

    En síntesis, es medio rara, diríamos medio ingeniosa y medio bodriosa. Se parece un poco a las del Dr. Menassa, pero comparativamente mejor hecha y bien llevada por buenos intérpretes. Dato para curiosos: filmada en 2005, acá coinciden por primera vez Luis Machín y María Onetto, cinco años antes de «Rompecabezas». Del resto, no vale la pena.
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  • El fin de la espera
    El fin de la espera
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    Humilde, emotiva y con Ulises Dumont

    Tercera película del cordobés Francisco DIntino en lo que va de septiembre, luego de las agradables «Rita y Li», rodada en Santa Fe, y «Caicaras, hombres que cantan», rodada en Ilhabella. Esta se rodó en zonas de Catamarca y Tucumán, y no es tan agradable. El drama que nos cuenta es bien serio, aunque por suerte tiene final feliz.

    Digamos asimismo que tiene la mejor fotografía de las tres, ostentando nubes, cerros y cielos, y también tiene lindos y abundantes aportes musicales de Marcelo Piazza, el mismo que trabajó en «Rita y Li». Pero hay algo más: el protagonista es Ulises Dumont, que sigue peleando aún después de muerto, lo cual se explica por la enorme cantidad de películas de bajo presupuesto que interpretó en sus últimos años, y que se van estrenando a medida que dicho presupuesto se los permite. Según dicen, quedan todavía unas cuatro en estado de postproducción, que algún día veremos, si Dios quiere.

    La que ahora vemos lo muestra en uno de sus típicos y queribles personajes de Quijote rezongón, luchando contra las inclemencias de la vida, la inercia de quienes esperan sentados su ayuda, y la mezquindad de quienes deberían ayudarlo y en cambio le caen con recriminaciones. Salvo, como siempre, unos pocos amigos y/o vecinos. Acá es el encargado de una granja para chicos en situación de riesgo, que prefieren escarbar basura en la ciudad antes que rastrillar cascotes para sembrar zapallos. Mientras, la Fundación a cargo prefiere cerrar la granja y aprovechar el terreno para algún negocio que compense los gastos. Y el amigo ministro provincial, que nunca está en su despacho, un día prefiere aparecerse, digamos, de incógnito. Cada uno tendrá sus razones, y nuestro héroe también las tiene y sabrá salir adelante, aunque en este asunto la resolución parece algo apresurada.

    Todo luce hecho en tres semanas, con poco dinero, pocos (pero dos buenos) actores de apoyo, reducido equipo técnico local, debidamente eficiente, y mucho corazón.
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  • El significado del amor
    El significado del amor
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    Comedia francesa que es más inteligente de lo que parece

    Original, dinámica y más inteligente de lo que parece, esta comedia francesa se resume de dos modos: una linda y fastidiosa criatura quiere cambiar la mente de los «fachos» acostándose con ellos, uno por uno, hasta que conoce a alguien más complejo de lo que creía, o una pareja cuenta su historia y la de sus respectivos padres, sacando a luz asuntos de silencio generacional, denuncias también generacionales, integración, e identidad nacional. En ambos casos, la menuda Sara Forestier se desnuda encantadoramente y arrasa con medio mundo.

    Dicho con detenimiento, ella es hija de un argelino que sufrió la guerra y otros males sin quejarse y una hippie pacifista pero de carácter agresivo, y él es hijo de un técnico nuclear que parece que siempre fue viejo y una sencilla judía criada en un orfanato cristiano. Nunca hablan del pasado, ni el argelino que sufrió la guerra ni la judía que vio cómo su padre era llevado a la muerte en la otra guerra. Tampoco su marido habla de esas cosas. Por su parte, la hija del argelino y la hippie tiene todo resuelto aunque no entienda nada y sea más atropellada que la madre. Paradójicamente, decidió su propósito en la vida poco después de haber sido víctima de un abuso infantil. Ahora quiere abusar de la paciencia del hijo del técnico, un especialista en autopsia de patos y gansos.

    ¿Se entiende cómo viene la mano? En la película es más fácil, y además los mismos personajes la van explicando a cámara de modo bien ingenioso. Claro que nuestro público igual puede perderse alguna explicación, porque, ¿quién quiere leer los subtítulos cuando esa chica se está cambiando la ropa delante de uno? (y eso, cuando anda con ropa).

    Por suerte, en ese sentido, las reflexiones más jugosas las dan el actor Jacques Gamblin y, en participación especial, el ex primer ministro socialista Lionel Jospin. Ciertamente no faltará quien ponga el grito en el cielo ante algunas cosas que se dicen. Qué vamos a hacerle, no todo puede ser «políticamente correcto» en la vida de los ciudadanos, y tampoco en la de los personajes.
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  • Juan y Eva
    Juan y Eva
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    Refinado acercamiento a un amor histórico

    Sorprende este refinado acercamiento a un amor histórico, contado desde que tembló San Juan hasta que vibró Plaza de Mayo, y pautado en tres capítulos: el amor, el odio (los resquemores de Campo de Mayo), la revolución. Con esta obra, la realizadora Paula de Luque se coloca hoy, por derecho propio, casi al nivel de Leonardo Favio. A él, justamente, le dedica el esfuerzo, y de él sigue también algún recurso de diálogo amoroso en off, momentos íntimos de simple quietud, el manejo de sobreentendidos, la argentina pintura de rostros y ambientes, y otras cositas aún más inefables. Pero lo suyo no es imitación, sino absorción y coincidencia de espíritus, una virtud de pocos.

    Algo similar ocurre con Osmar Núñez. El no imita a Juan Perón, sino que parece haber absorbido y encarnado su mirada, la forma de poner los brazos al sentarse, y otros varios detalles, pero no como imitación, sino interpretando además la evolución de su personaje, que en ese momento se estaba construyendo a sí mismo. Obsérvese, al respecto, el modo en que Perón lee un discurso al comienzo, y el manejo de los tiempos con que responde (y se impone) a su superior, en el final.

    Más espinoso es el trabajo de Julieta Díaz componiendo a Eva Duarte desde antes de ser rubia, abanderada de los humildes y mujer del líder. La que aquí vemos es todavía una actriz ocupada en sí misma, que se hace un lugar junto al hombre en ascenso y empieza a mostrar las uñas de diverso modo, y a veces de muy mal modo. Tenía carácter fuerte, ya se sabe, y Díaz no la tiene tan fácil como parece.

    Detalle destacable, en esta película Eva Duarte no hace el 17 de octubre, ni siquiera interviene. Lástima que tampoco lo haga Cipriano Reyes, que ni figura mencionado. Puede reprocharse esa omisión, dos números artísticos ajenos a la época, una radio que transmite apenas encendida (entonces las válvulas tardaban en calentarse), la mala elección de un rol (el actor es bueno pero no le da el físico) y una chicana innecesaria donde aparecen remarcadas las siglas de la Rural y dos partidos políticos actuales.

    En cambio, los méritos son muchos. La autora se acerca a sus figuras con admiración pero sin endiosamiento, pone diálogos interesantes, crea buenos climas de seducción, intriga, y finalmente de épica, y sabe comandar un notable equipo de artistas y técnicos (Iván Wyzsogrod, músico, Alberto Ponce, editor, Rodolfo Pagliere, director de arte, etcétera). Además, algo que sólo ella podía hacer: releva con inteligencia el papel de las otras mujeres de Perón, entre ellas la protegida, la cuñada del primer matrimonio, y la poeta uruguaya Blanca Luz Brum, que le hacía los discursos y, según dicen, cuando meses después vio pasar a Perón y Eva rumbo a la Rosada, murmuró «era yo la que tendría que ir en ese auto». Un personaje muy interesante, el mismo de «El mural», digno de otra película.
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  • Soi Cumbio
    Soi Cumbio
    Ámbito Financiero
    Buen retrato de la “flogger” más famosa

    «In Argentina, a Camera and a Blog Make a Star», titulaba el «New York Times» hace poco más de dos años una nota sobre el suceso de Agustina Vivero, (a) Cumbio. Hasta ahí había llegado la fama de esta chica, una de las primeras famas surgidas exclusiva y espontáneamente a través de internet en cualquier parte del mundo. Por raro que parezca, un día la chica se sentó, empezó a hacer amistades virtuales, pocos años después empezó a armar reuniones para verse las caras reales, y descubrió su gran poder de convocatoria. A su vez, la descubrieron la tele y los comercios, y el público descubrió la palabra flogger.

    Para entonces, Cumbio tenía 17 años, 29 millones de visitas a su fotolog, clubes de fans, hasta mil dólares semanales por hacer presentaciones en fiestas floggers que ella misma impulsaba en determinados locales, un contrato con una firma internacional para pasear una línea de ropa, y hasta una autobiografía. Era una simple adolescente como cualquier otra, pero poco de esto hubiera pasado sin su particular carisma, y, especialmente, sin su particular sentido común, que la diferenciaba de tantas otras criaturas de su edad.

    Tampoco hubiera pasado, hay que reconocerlo, si un experto en mercadotecnia no se hubiera acercado a ella en el momento oportuno.

    Este documental de Andrea Yannino la sigue en su paso hacia los 18 años, haciendo chiquilinadas como corresponde a su edad y también diciendo cosas lúcidas, bien serias, en entrevistas y charlas públicas en escuelas, donde ya dio impulso a un mejor diálogo entre adultos y adolescentes, sobre todo en materia de asuntos sexuales que a ciertos medios les encanta escarbar. El documental sigue también a sus padres, dos personas sencillas que la acompañan con mucha paciencia, amplio sentido de la contención familiar, y aún mayor sentido del humor. Muy criollo el hombre, de gran aguante la mujer, correntinos los dos. Otros miembros de la familia mantienen perfil bajo.

    Detalle interesante, que hace más valorable a la chica: en cierto momento, Cumbio se niega a hablar de lo que no sabe, y eso que es un personaje mediático. Buen testimonio.
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  • Habemus Papa
    Habemus Papa
    Ámbito Financiero
    Dolorosa comedia con un formidable Piccoli

    Tras la muerte de un Papa (no se dice cuál), los cardenales eligen sucesor. En el momento en que van a presentarlo ante la multitud de fieles reunidos en la plaza, el hombre huye. A solucionar el asunto acude el mejor psicoanalista. No diremos cómo, pero este profesional termina organizando un torneo de vóley en el Vaticano, mientras el Papa in pectore anda de civil por las calles de Roma.

    Dicho así, esto podría ser una comedia jocosa, o una sátira. Sí, es una comedia, y bastante amable considerando su autor, el habitualmente ácido e iconoclasta Nanni Moretti, que aquí además se luce en el papel de intelectual ateo. Pero esta vez no quiere tirarle palos a la Iglesia. Por el contrario, mira a los viejos prelados como criaturas más o menos queribles, sobre todo al mayor de ellos, en autoridad y responsabilidad. Dato interesante, el hombre no escapó del balcón sólo por miedo escénico. Simplemente, no se siente digno. La inocencia última de los hombres, el peso de la representación y de las instituciones, asoman detrás de la risa. La historia enternece, y a veces duele.

    Puede objetarse que no hay tanta risa, que algunas partes son poco logradas o menos profundas de lo que hubieran podido, y que el común de los mortales no encontrará relación entre la crisis vocacional del personaje y la representación de «La gaviota» por un actor que ha enloquecido y ahora interpreta todos los personajes de la obra. Momento clave al respecto es cuando, en una escena anterior, el Papa escucha a cada artista, no como persona, sino como personaje. Es que el asunto da para pensar, y permite incluso extender la situación a otras entidades y a unos cuantos seres humanos en crisis de liderazgo.

    Quien venga siguiendo el cine de Moretti reencontrará acá varios de sus temas habituales, incluso, lógicamente, el de la obsesión por el cumplimiento del deber y la concreción de los sueños sociales del cura que él mismo interpretaba en «¡Basta de sermones!» (La messa é finita, la misa ha terminado, 1985). Pero esos temas ahora son mostrados sin sarcasmo ni gestos neuróticos. Ventajas de crecer y trabajar con viejos como los regocijantes maestros que hacen de cardenales, o Jerzy Stuhr, como vocero papal, y el grande, intenso, Michel Piccoli como protagonista.

    Renglón aparte, y una delicia, la ambientación lograda por la directora de arte Paola Bizarri en los jardines de villa Lante Della Rovere a Bagnaia, el Palazzo Farnese del Lazio, Cinecittá, y otros bolsones de pobreza.
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  • El estudiante
    El estudiante
    Ámbito Financiero
    Buen espejo de la política general

    El tema interesa: la política estudiantil como espejo de la política general, con sus chicanas, roscas, traiciones, etc. y la única obsesión de ganar elecciones. La producción luce bien hecha y se declara totalmente ajena a los trámites habituales del Incaa, vale decir, es independiente de veras. Los actores son buenos, los diálogos acertados, casi todas las situaciones parecen verosímiles e ilustrativas. Podría objetarse que un perejil recién levantado por una docente participe y opine en una reunión de dirigentes, pero, en fin, la síntesis narrativa obliga a apurar las cosas. El ritmo es entretenido, y detalles como ese apenas molestan. Además, se entiende que el personaje es entrador, cae bien parado en todas partes, y lo acompaña la suerte, como a ciertos políticos.

    En suma, la obra vale la pena y es digna de un buen estreno. Sin embargo, sale contados días por semana en dos salas culturales, eso es todo. Seguramente se eternizará en una de esas salas, pero, ¿no hubo un distribuidor interesado?, ¿o quizá carece del «libre deuda» firmado por los técnicos, requisito indispensable para todo estreno comercial? O alguien dedujo que sólo interesaría a quienes conocen medianamente el paño. Puede ser. El espectador común bien puede cansarse un poco frente a tantos gritones de asamblea y profesores de la blableta que pululan por la UBA, y termine diciendo, como Piñera, «¿a estos tipos también hay que mantenerlos?». Así parece, qué podemos hacer.

    Autor, Santiago Mitre, coguionista de «Leonera» y «Carancho». Un antecedente cinematográfico sobre el tema, «Dar la cara», de Martínez Suárez, con los entonces jovencitos Pino Solanas y Adolfo Aristarain haciendo de estudiantes. Vale la pena.
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  • La vitalidad de los afectos
    La vitalidad de los afectos
    Ámbito Financiero
    Desafortunados pero afectuosos

    El título luce cariñoso, sentimental, optimista: «La vitalidad de los afectos». Según parece, el título de la novela flamenca y la película belga-holandesa que en ella se basa y ahora vemos, sería más bien «Lo infortunado de las cosas». En francés la tradujeron «La merditude des choses». Menos francos, los norteamericanos prefirieron rebautizarla «The Misfortunates». Y sí, hay tipos desafortunados en este relato. ¡Pero son tremendamente vitales y afectuosos! Es cuestión de ver el vaso lleno o vacío. Por su parte, ellos lo prefieren lleno, y vuelto a llenar. La pasan bomba hasta que les explota el hígado.

    Ellos son (o eran) el padre y los tíos del protagonista. Ahora él está esperando a su primer hijo y los recuerda. Cada tanto los recuerda. Es lógico, lo criaron, lo ayudaron a crecer, él hacía los deberes en el bar mientras ellos bebían y hasta le hacían probar alcohol a otra criatura, todos estaban felices y orgullosos de sus concursos de resistencia etílica, sus carreras nudistas en bicicleta, y sus orgías de travestidos a la conquista de mujeres. Y había mujeres que se arrodillaban a sus pies, etcétera. Así habrá nacido él, que ahora no sabe qué hacer con su posible vástago.

    Esa es la historia, que va y viene entre los recuerdos, a veces divertidos, a veces vergonzantes. Son «recuerdos de años a los cuales no podemos volver para mejorarlos», según él mismo dice. Pero el tiempo, la vida, la abuela, algunas visitas desagradables, y el cuerpo que pasa factura, hicieron que todos fueran madurando un poco. En el fondo, eran buenos tipos, como el padre sacrificado que se gastaba el sueldo en los bares porque «era su manera de protegernos del capitalismo». En fin.

    La cosa no termina ahí, ni eso es todo. Tampoco es ésa la única clase de humor que vemos en la película. Hay también, desgraciadamente, varios momentos de humor escatológico, bastante desagradables, algunos otros malos ejemplos, y una melancolía incómoda en quien recuerda, cercana a la sensación de resaca. Y mucha sinceridad. La película es de Felix van Groeningen, sobre novela casi autobiográfica de Dimitri Verhulst, conocido representante de la fundación flamenca Cerdos en Apuros. Una adaptación local bien podría hacerse en cualquier villa o monobloque, sin mayores diferencias.
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  • Rita y Li
    Rita y Li
    Ámbito Financiero
    Sencilla, emotiva y con buenas actrices

    Cabe aclarar desde el comienzo: el rodaje de esta película es anterior al de «Un cuento chino». Y el presupuesto es menor, lo que demoró su estreno. Otras diferencias saltan a la vista: rodada en Santa Fe, ésta es una historia sencilla, contada en un tono tranquilo, provinciano (lo que no impide algunos tiroteos), sobre el nacimiento de la amistad entre dos empleadas de una lavandería de barrio, la obligada complicidad de ambas frente al patrón, que las trata con tono protector pero anda en negocios turbios, y, también, las ilusiones compartidas entre ambas mujeres.

    Las dos son de afuera. Una es paraguaya, jovencita, madre soltera que vino a probar suerte, y la otra es china, sufrida, cortante, solitaria. Cuando descubre que una clienta conoce el drama que ha vivido años atrás, se siente perturbada, como invadida por la opinión pública. Le asombra que alguien la conozca más allá del mostrador de la lavandería. El país es peligroso para ellas. Pero también está lleno de gente buena. Al menos, eso es lo que ellas van a percibir, y el director les va a regalar, así como les (y nos) regala un final gratificante. La historia es sencilla, cordial, con suave acompañamiento de piano, momentos que rozan limpiamente la emoción, y dos actrices que da gusto apreciar: Julieta Ortega, en su regreso a la pantalla grande (de donde faltaba hace ya largo tiempo), y Miki Kawashima, que debuta en cine con una exacta interpretación, tras haber pasado sus años jóvenes en otra disciplina. Ella se formó en la danza japonesa, integró la compañía de Maurice Béjart, investigó por países del Lejano Oriente, difundió bailes orientales, y desde 1990 también es bailarina profesional de tango. Sorprende ahora como actriz. Juan Palomino, Juan Manuel Tenuta, Azucena Carmona y Enrique Dumont completan el reparto. Música, Marcelo Piazza. Realizador, el cordobés Francisco DIntino, hombre que ya hizo otros relatos sensibles de gente común, pero que logra aquí su mejor obra hasta la fecha.
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  • Tito, el navegante
    Tito, el navegante
    Ámbito Financiero
    Atractivo retrato de un artista singular

    El hombre se nos aparece como un gordo piloso y nos cuenta su historia de vago, drogadicto, plomo rockero, hippie tímido refugiado en la casa que hizo arriba de un árbol, posterior colimba, y obligado huésped de la comisaría («cobraba como un banco»), el Cenareso y el Borda, de donde salió mediante una fuga de película, digna de ser llevada al cine. También nos cuenta sus lecturas, y nos muestra sus habilidades. «Yo nací para barrer el colegio», dice, porque se gana el sueldo como portero. Sin embargo Firenze, Berlín y otras ciudades lucen sus esculturas hechas de fierros viejos.

    Una observadora lo define: «Es un Gaudí del reciclado». En Quilmes todos conocen su casa, y las escuelas hacen visitas guiadas. Las paredes no son de ladrillo. Las levantó, hasta el techo, con botellas de distintos colores, así la casa es luminosa, bien templada, y regala infinidad de brillos cambiantes a lo largo del día. Lo vemos trabajar, inaugurar su Monumento al Nautiscualo en Berazategui, casarse con la rubia que aceptó dormir en su cama-sarcófago, y contar esa historia, respaldada por diversos amigos como Willy Lastra, el Mono Oscar López (que además puso la música), el doctor Alberto Rocca, etcétera. «El viejo Psiquiátrico no distingue al loco del artista», dice el médico. Pero una cosa no quita la otra. En el fondo, Tito Ingenieri, que así se llama, es un artista singular al que bien puede definirse como un loco lindo, que da gusto conocer, o como un loco lindo que resulta todo un artista. Autores del documental, su paisano y probable coetáneo Alcides Chiesa («Apuntes de un viaje al Iberá», entre otros), egresado del viejo Cerc, y Carlos Martínez, egresado de la Enerc.
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  • Mi primera boda
    Mi primera boda
    Ámbito Financiero
    Una boda despareja pero, al final, entretenida

    «Esta fue la primera vez, la segunda saldrá mejor», o «lo haremos de otra forma», etc, dicen los directores técnicos, los políticos, los aprendices de cocinero y los criminales. Que lo digan los novios respecto de su propia boda, encima ese mismo día, ya es otra cosa. En esta comedia de enredos, cada uno de ellos mira a cámara, cuenta su experiencia (atroz para ambos) y hace sus recomendaciones. La del muchacho es contundente: «no se casen». Pero ¿quién quiere hacerle caso, cuando la novia es Natalia Oreiro?

    Por ella casi todo el público haría lo imposible. Y por ella este novio realmente hace lo imposible, cuando pierde los anillos justo unos minutos antes de la ceremonia y se larga a buscarlos del modo más torpe imaginable. Lo ayuda un primo también torpe, mientras los parientes, los invitados, el personal de servicio, un langa importado que tuvo alguna historia con la novia y viene a importunarla, se distraen a su modo, y la novia ve arruinados sus planes, su paciencia, el maquillaje y hasta el vestido (pero esto último lo soluciona de modo ampliamente satisfactorio para nuestros ojos, lo que es muy de agradecer).

    Como corresponde, cuanto peor la pasan los prometidos, mejor la pasa el público. Y al final todos disfrutan, aunque la película se estire un poquito, el envidiable elenco y ciertos planteos de fondo parezcan levemente desaprovechados, y el conjunto despierte más sonrisas que risas. Digamos, es algo despareja. Por suerte también es entretenida, las sonrisas son casi permanentes, los participantes nos caen simpáticos, hay buena música, y la novia está preciosa. Mejor dicho, es preciosa, y muy buena comediante.

    También destacables, los trabajos de Daniel Hendler, Imanol Arias y Martín Piroyansky, la linda presentación con dibujos de Liniers, el cierre con los típicos saludos de video familiar (muy gracioso queda ahí el dj que hace Iair Said), y que nadie se levante porque después de los créditos viene el chiste de la pareja partiendo en luna de miel. Guionista, Patricio Vega («Los simuladores», «Hermanos y detectives», «Música en espera», el piloto de «Algo para recordar», y siguen los éxitos). Director, Ariel Winograd, que ya se había lucido con amplio elenco en su primera obra, «Cara de queso», y en la segunda se luce todavía más.
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  • Un año más
    Un año más
    Ámbito Financiero
    Sobre gente común que busca felicidad

    No tendrá la intensa emoción de «Secretos y mentiras», ni el regocijo nada ingenuo de «La felicidad trae suerte», pero esta nueva película de Mike Leigh nos ofrece también una parte de su cordial sabiduría. Otra vez con un elenco de rostros muy bien elegidos y actuaciones exactas, interpretando personajes creíbles, fuertemente humanos, en situaciones casi cotidianas descriptas con mano experta y ojo clínico, desarrollando unas relaciones típicas en las que más de uno ha de reconocerse. Para el caso, las relaciones de un matrimonio maduro con sus amistades y algunos parientes, cada cual en busca de la felicidad, o soportando la amargura.

    Los esposos se llevan bien, cada uno tiene su trabajo y entre ambos cultivan una huerta y agasajan a los demás sin ostentaciones, más bien con amable condescendencia. En algún momento la condescendencia se vuelve conmiseración. ¿Pero qué culpa tienen ellos si otra gente no supo madurar, no quiere mejorar, o no pudo pelear a la vida con igual suerte? Ahí está el viejo compañero de buen humor pero echado a perder, ahí la vieja amiga y compañera de trabajo, siempre desubicada, invasiva (encima alcohólica), reclamando un príncipe azul y un lugar permanente en la familia. Ahí, detrás de una puerta descuidada, un hermano mayor caído en desgracia, con un hijo resentido y desagradable. Al comienzo también hay otros dos personajes más circunstanciales, pero claves, porque plantean el tema. Y por suerte después está el hijo, un gordito que no será gran cosa pero es buen tipo, trayendo a su novia, que tampoco es gran cosa pero tiene un carácter muy lindo. Deliberadamente, el autor deja varios huecos que cada cual puede rellenar a su gusto, como pasa también en la vida real. Y es un año entero el que pasa en esta historia. Un año más, de soledad y frustración para algunos, de apacible aceptación para otros. La obra duele un poco, pero también consuela. Se recomienda verla en pareja.
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  • El amante
    El amante
    Ámbito Financiero
    Melodrama estilizado con ecos de Visconti

    Hay un amante. El título de estreno local dice la verdad. Pero hay, sobre todo, una señora extranjera, inserta como esposa y madre en el seno de una familia donde debería reinar, pero en cambio sigue siendo un poco extranjera, extraña. La familia pertenece a la alta burguesía industrial de Milán. Todo en la casa se ve regido por la formalidad, el control, el carácter medio antipático de los italianos del norte. Afuera nieva, adentro, en una cena casi de etiqueta, el patriarca designa a sus sucesores. El futuro del emporio seguirá firme y sólido como siempre. Y justo ella viene a enamorarse de un joven chef, amigo de uno de los hijos.

    Hay alguna salida a San Remo, algún asunto en Londres, pero el centro sigue siendo esa casa enorme, fría. La historia es sencilla, en partes previsible, en partes dolorosa. Dándole mayor peso dramático, la hija descubre su «anormalidad», la sucesión tiene sus tensiones, ocurre también una desgracia, y la mujer debe hacer un duelo, tomar una decisión. La familia no va a desmoronarse por eso. Al menos, a la vista de los otros. Y de nosotros.

    Estilizado melodrama cercano a la tragedia, el relato cobra peso con la gran expresividad de Tilda Swinton, y con una puesta en escena hecha de silencios más elocuentes que cien palabras, ambientes enormes, vestuario refinado, particular manejo de cámara, música opresiva de John Addams (incluyendo algo de sus operas), un título original, «Io sono lamore», que nos remite a una de las frases más dolorosas de «Andrea Chénier», y, sobrevolando todo, lejanos ecos de Luchino Visconti. No tanto porque uno de los personajes se llame Tancredi, sino porque flota en el ambiente ese mismo aire a encierro y podredumbre de «La caída de los dioses» y «Grupo de familia en un interno».

    Autor, Luca Guadagnino, nato a Palermo, que ya hizo varios documentales y videoclips pero sólo tres dramas en diez años, y cada uno distinto del otro. También destacables, Yorick Le Saux, director de fotografía, Pipo Delbuono (el marido), Alba Rohwacher (la hija), María Paiato (la fiel sirvienta), Gabrielle Ferzetti, Marisa Berenson (los suegros). El que hace de amante, en cambio, es bastante malo.
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  • Balada triste de trompeta
    Balada triste de trompeta
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    Atroz metáfora de la España más cruel

    La canción es conocida. Nació como «Ballata della tromba», de Franco Pisano, obra sentimental que popularizó Nini Rosso en 1961, y acá consagraron en español Estela Raval y Los 5 Latinos, como «Balada de la trompeta», 1962. Luego apareció la versión de Raphael, «Balada triste de trompeta», 1969, llevada al cine en 1970, en un bodrio llamado «Sin un adiós», de Vicente Escrivá. Ni siquiera está bien hecha la escena donde el artista interpreta ese tema (los insertos de un supuesto público todo almidonado arruinan la emoción), pero igual es la versión más impresionante, por la fuerza dramática y el desafío a la garganta que Raphael le pone.

    Ahora, la escena reaparece en un momento clave de esta película de Alex de la Iglesia que lleva el mismo título de la canción, y que también tiene una tremenda fuerza dramática y es todo un desafío, pero que es, francamente, otra cosa. «Raphael es bueno», dice el personaje protagónico, un payaso triste que alguna vez también fue bueno pero está totalmente trastornado. Y desde la pantalla el cantante trata de aconsejarlo, esfuerzo inútil. Cada uno vive en su mundo.

    La historia tiene un comienzo estremecedor ambientado en 1937, plena Guerra Civil, y un desarrollo todavía más fuerte ubicado en 1973, justo cuando volaron al almirante Carrero Blanco. Ese hecho también aparece en la película, y fue tal como ahí se cuenta, el auto saltó 20 metros hasta el techo de un edificio y cayó en una azotea. La realidad supera a la ficción, ya se sabe. ¿Cómo no aceptar, entonces, las pobrecitas exageraciones de la ficción?

    Atroz, impactante, esperpéntica, magnífica historia de amor de dos payasos enfrentados a muerte por una bailarina que intenta hacer equilibrio sobre la cuerda floja de su vida, y al mismo tiempo cruel metáfora de la España más cruel, «Balada triste de trompeta» no deja a nadie indiferente. Se la ve con asombro, y se sale del cine perseguido por sus imágenes con salvajadas de la guerra, burlas, humillaciones, escarnios, venganzas, autolesiones, una violación consentida, caídas al abismo humano, maldades de laboratorios y de captores que tratan al hijo del enemigo como a un perro, la circunstancial, extraña bondad no correspondida de un líder históricamente malo, el atentado como eclosión de fondo de una locura general, y hasta la pelea de los dos payasos por la trapecista sadomasoquista una noche en el Valle de los Caídos, todo un símbolo. Y en medio de todo eso, el «Corazón contento» de Palito Ortega.

    Si el espectador tiene ánimo y puede soportar toda la carga de un film que no da tregua en ningún momento, encontrará no sólo cosas terribles, sino también una obra española a la altura de aquellas tan tremendamente hispánicas, fascinantes y dolorosas de Goya y Valle Inclán. Es cierto, Alex de la Iglesia es, al cine, lo que esos grandes han sido a la pintura, las letras y el teatro.
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  • Ceremonias de barro
    Ceremonias de barro
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    Estreno conjunto de interesantes documentales

    Se estrenan en simultáneo dos documentales reunidos bajo el título «Crónicas de resistencia en el norte argentino». Cabe el comentario conjunto.

    Con tono de denuncia, «Mosconi. Abriendo los caminos de la resistencia y la dignidad», no se refiere al general e ingeniero civil Enrique Mosconi, que apenas aparece en un noticiero impulsando el manejo estatal del petróleo, sino al pueblo de Salta que lleva su nombre (también hay otros en Formosa y Chubut, y dos aeropuertos). Uno de esos pueblos que apuntalaron la patria cuando YPF era la mayor empresa argentina. Frente a cámara, viejos obreros evocan los buenos tiempos en que entraron a ella (algunos a los 14 años). Hoy viven con pequeños emprendimientos grupales de albañilería, carpintería, etc., organizados a partir de los planes sociales. Este debe ser uno de los pocos lugares del país donde los planes sociales se usan para crear trabajo. Se nota, además, que son verdadera gente de trabajo, paradójicamente reunidos en una Unión de Trabajadores Desocupados. A señalar, uno de sus líderes, que coloca gente sin cobrar comisión, y reclama técnicos confiables y cuidado del medio ambiente ante jefes de las empresas privadas. Interesante, en ese sentido, el aporte de un vecino estanciero mostrando cómo enferman sus animales cada vez que las actuales explotaciones ventean el gas (otra ironía, los lugareños no tienen gas en sus casas, pero lo huelen, con resultados imaginables). Lástima que la segunda mitad del relato esté largamente dedicada a la ya sabida historia de las privatizaciones de Menem y las puebladas de aquel entonces frente a Gendarmería, lo que estira todo sin aportar nada nuevo.

    Por su parte, «Ceremonias de barro», filmado en Los Chañares, tiene el tono de un documental «antropológico». En ella vemos a los descendientes de quilmes que lograron esconderse en los cerros cuando los españoles arrearon a casi todos durante la conquista. Luego el imperio español y el primer gobierno criollo les reconocieron oficialmente la propiedad de sus tierras, pero sucesivos aprovechadores las usurparon y les obligaron a pagar arriendos. En 1970 comenzó la lucha definitiva por esa propiedad. Una pena que también haya comenzado la disminución del agua, y el éxodo generalizado. La película nos muestra la tranquila vida cotidiana de esa gente antigua y laboriosa, desde el viejo que nos dice «ya estoy por ochentiar» (tiene 78 años), hasta quienes explican tradicionales técnicas de teñido de lanas y tallado en piedra, el que tiene un gato montés atado como un perro bravo, la cooperativa instalando cañerías, los guías del «fuerte viejo», hoy lógicamente concesionado a los propios indios, y la joven maestra que pone a su niña en manos de las abuelas el mayor tiempo posible, para que la criatura vaya absorbiendo naturalmente sus raíces.

    La apacheta, la recuperada fiesta de la señalada, son lindos momentos que se comparten con el espectador. Se nota la mezcla de influencias, con el repertorio de valses criollos en acordeón, y el uso de jeans en los más jóvenes. Detalle discordante, un joven gritándole a una señora mayor, algo que antes era inimaginable. «Vuelven de la ciudad con malas costumbres», comenta el viejo.

    «Mosconi» es de Lorena Riposati, productora de «Cuba santa» (sobre la religión yoruba) y directora de «Queremos nuestras tierras» (guaraníes de El Tabacal). «Ceremonias...» es de Nicolás Di Giusto, que viene filmando desde chico y ya tiene su pequeña carrera televisiva aquí y en Italia.
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  • Mosconi
    Mosconi
    Ámbito Financiero
    Estreno conjunto de interesantes documentales

    Se estrenan en simultáneo dos documentales reunidos bajo el título «Crónicas de resistencia en el norte argentino». Cabe el comentario conjunto.

    Con tono de denuncia, «Mosconi. Abriendo los caminos de la resistencia y la dignidad», no se refiere al general e ingeniero civil Enrique Mosconi, que apenas aparece en un noticiero impulsando el manejo estatal del petróleo, sino al pueblo de Salta que lleva su nombre (también hay otros en Formosa y Chubut, y dos aeropuertos). Uno de esos pueblos que apuntalaron la patria cuando YPF era la mayor empresa argentina. Frente a cámara, viejos obreros evocan los buenos tiempos en que entraron a ella (algunos a los 14 años). Hoy viven con pequeños emprendimientos grupales de albañilería, carpintería, etc., organizados a partir de los planes sociales. Este debe ser uno de los pocos lugares del país donde los planes sociales se usan para crear trabajo. Se nota, además, que son verdadera gente de trabajo, paradójicamente reunidos en una Unión de Trabajadores Desocupados. A señalar, uno de sus líderes, que coloca gente sin cobrar comisión, y reclama técnicos confiables y cuidado del medio ambiente ante jefes de las empresas privadas. Interesante, en ese sentido, el aporte de un vecino estanciero mostrando cómo enferman sus animales cada vez que las actuales explotaciones ventean el gas (otra ironía, los lugareños no tienen gas en sus casas, pero lo huelen, con resultados imaginables). Lástima que la segunda mitad del relato esté largamente dedicada a la ya sabida historia de las privatizaciones de Menem y las puebladas de aquel entonces frente a Gendarmería, lo que estira todo sin aportar nada nuevo.

    Por su parte, «Ceremonias de barro», filmado en Los Chañares, tiene el tono de un documental «antropológico». En ella vemos a los descendientes de quilmes que lograron esconderse en los cerros cuando los españoles arrearon a casi todos durante la conquista. Luego el imperio español y el primer gobierno criollo les reconocieron oficialmente la propiedad de sus tierras, pero sucesivos aprovechadores las usurparon y les obligaron a pagar arriendos. En 1970 comenzó la lucha definitiva por esa propiedad. Una pena que también haya comenzado la disminución del agua, y el éxodo generalizado. La película nos muestra la tranquila vida cotidiana de esa gente antigua y laboriosa, desde el viejo que nos dice «ya estoy por ochentiar» (tiene 78 años), hasta quienes explican tradicionales técnicas de teñido de lanas y tallado en piedra, el que tiene un gato montés atado como un perro bravo, la cooperativa instalando cañerías, los guías del «fuerte viejo», hoy lógicamente concesionado a los propios indios, y la joven maestra que pone a su niña en manos de las abuelas el mayor tiempo posible, para que la criatura vaya absorbiendo naturalmente sus raíces.

    La apacheta, la recuperada fiesta de la señalada, son lindos momentos que se comparten con el espectador. Se nota la mezcla de influencias, con el repertorio de valses criollos en acordeón, y el uso de jeans en los más jóvenes. Detalle discordante, un joven gritándole a una señora mayor, algo que antes era inimaginable. «Vuelven de la ciudad con malas costumbres», comenta el viejo.

    «Mosconi» es de Lorena Riposati, productora de «Cuba santa» (sobre la religión yoruba) y directora de «Queremos nuestras tierras» (guaraníes de El Tabacal). «Ceremonias...» es de Nicolás Di Giusto, que viene filmando desde chico y ya tiene su pequeña carrera televisiva aquí y en Italia.
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  • Viudas
    Viudas
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    Buenas actrices y un curioso conflicto

    Marcos Carnevale sorprende nuevamente con una historia original, no tan lograda como se esperaba pero con dos o tres momentos de legítima emoción, lindas actuaciones, diálogos de réplicas entretenidas, y un tema digno de conversación: ante la muerte de un hombre, ¿cómo llevan sus respectivos duelos la amante y la legal, y cómo se llevan, si es posible, entre ellas?

    Muchos recuerdan el funeral del presidente François Mitterrand, donde la esposa y la amante compartieron las honras fúnebres, cada una al lado del cajón, seguidas por los dos hijos oficiales y la hija natural. Pero lo más común es que la legal y la otra se agarren de las mechas. Así pasó décadas atrás en el velatorio de un conocido folklorista, claro que sólo para regocijo exclusivo de los presentes, porque entonces algo así jamás hubiera salido en la TV.

    En la historia que imaginaron Carnevale y Bernarda Pagés, una refinada documentalista está haciendo una encuesta sobre el amor, justo cuando le avisan que el marido acaba de ser internado. La chica que lo trajo a la clínica podría ser su hija. Es otra cosa. Para la mujer, la angustia, el dolor y la posterior tristeza se juntarán con la bronca de haber sido burlada. Para la chica, todo eso se juntará con la desolación. «Usted es lo único que tengo de él», dice a la viuda como excusa para ir a visitarla.

    En verdad, la piba es un plomo. Pegajosa, ni estudia ni trabaja a conciencia, vive de arriba, carece de modales, molesta y encima se instala en la casa, por circunstancias que no explicaremos. Tampoco el autor las explica de modo fehaciente, pero lo bueno es que así reúne a las protagonistas y las hace pelear y recuperarse del dolor, cada una a su manera y siempre observadas por una amiga de la esposa y por la/el doméstica/o, un marimacho a quien la amiga define como «un marciano disfrazado de mucama». Divertida y misteriosa, la respuesta de la dueña cuando le preguntan por qué no la/lo despide.

    Esa es otra originalidad de la historia, que bien podría ser llevada al teatro con éxito, para lo que se necesitarían actrices de la misma talla que las aquí presentes, Graciela Borges y Valeria Bertucelli, en ese orden, con la precisa Rita Cortese y Martín Bossi completando el reparto. Bien el debut cinematográfico de este último, en un personaje excéntrico y querible (mientras no viva en casa). Quizá la trama daba para más. Ciertas inverosimilitudes y algunos recursos de efecto la van minando, por suerte sin llegar a hundirla. Detalle elogiable, la inserción de imágenes de vacaciones que aparecen en dos momentos con leves pero significativas diferencias, tomadas en estilo amateur y potenciadas por la versión Vicentico de «Paisaje». La primera versión en castellano la canta su propio autor, Franco Simone, en «La playa del amor».
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  • Cowboys y Aliens
    Cowboys y Aliens
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    Entretiene la mezcla de "Cowboys & aliens"

    En 1969, Ray Harryhausen tuvo la idea de concretar un antiguo proyecto del creador de los efectos de «King Kong», en el que unos cowboys, en vez de perseguir potros salvajes, cazaban dinosaurios. La película, «El valle de Gwangi», fue una de las mejores jamás hechas con dinosaurios. La mezcla de cine de aventuras y western con ciencia ficción parece ser el punto de partida de esta flamante «Cowboys & aliens», bastante entretenida, pero no especialmente notable ni como western ni como película de marcianos.

    Lo más divertido aquí es justamente la mezcla, aunque en un comienzo funciona bastante bien en su faceta de western: Daniel Craig despierta herido y con un extraño brazalete en un brazo, y aunque está totalmente desarmado, cuando unos vaqueros quieren tomarlo prisionero para cobrar alguna posible recompensa, los ataca aniquilándolos como si fuera un verdadero forajido. El extraño brazalete metálico y la amnesia son los únicos elementos discordantes en estas primeras escenas en las que también aparece un ex coronel ganadero bastante prepotente (Harrison Ford en un raro papel que en un principio lo ubica como villano) y una extraña pistolera (Olivia Wilde), que luce la cartuchera con su revólver arriba del vestido.

    Entre ellos y otros personajes pronto se ocupan de romper la frágil paz del miserable pueblo minero que intenta ordenar el sheriff Keith Carradine, y justo cuando las cosas están por explotar seriamente, el cielo se cubre de ovnis (de excelente diseño, como si fueran libélulas metálicas) y todo el mundo corre por su vida.

    En realidad, estos «demonios» que surgen de la nada para secuestrar a los seres queridos

    de cowboys, forajidos y, por qué no, también pieles rojas, siempre aparecen cuando los típicos conflictos del western debieran resolverse a tiros, lo que genera cierta repetición y previsibilidad al guión, que podría haber sido ua pizca más ingenioso.

    De todos modos, la película nunca aburre, los marcianos son lo suficientemente monstruosos como para agregar el conveniente toque terrorífico y, sobre todo hacia el final, la dirección de arte y los efectos especiales se vuelven realmente atractivos.

    Con todo, los elementos de western no están bien explotados, y el carácter ecuménico de indios, vaqueros, ganaderos y forajidos no resulta demasiado convincente.
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  • Cerro Bayo
    Cerro Bayo
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    “Cerro Bayo”: un pequeño y mordaz deleite

    Hace tres años debutaba Victoria Galardi como guionista y codirectora (con Martín Carranza) de la comedia sentimental «Amorosa Soledad», primer protagónico de la flaquita Inés Efron. Hubo entonces una buena cantidad de amables y entusiastas elogios. Casi enseguida, Galardi se dedicó a concretar la comedia que ahora vemos, es decir, su primera obra como «solista», que paradójicamente es una comedia coral.

    Así, mientras en la primera seguíamos las andanzas de una enternecedora hipocondríaca, acá atendemos el socarrón abanico de una familia como cualquiera, o, mejor dicho, como cualquier familia que muestre la hilacha. Son toda buena gente, con su parte elogiable, dentro de lo que cabe, y su parte comprensible, por no decir otra cosa, que la directora tampoco la dice, porque se nota que quiere a sus personajes, y porque éstos representan de algún modo a su propia ciudad. Ella se crió ahí en Villa La Angostura, al pie del Cerro Bayo, nombre que además parece adecuado a la historia, porque, según dicen, el bayo es un color blanco tirando a sucio, medio amarillento, pero igual es lindo y muy solicitado.

    El asunto es que la abuela se quiso matar. La hija devota la rescató a tiempo y se aflige por cuidarla. Mientras tanto, el marido y la hermana se afligen por asegurar la venta de un lotecito bien ubicado de la vieja (si esperan que se muera se les vuelan los clientes), el nieto se aflige por asegurarse la plata que la vieja se ganó en el casino y tiene escondida en un sitio que sólo debería visitarse como expresión de amor, y la nieta se aflige por lograr un orgasmo con quien sea, no por ganas de sentir el amor, sino porque quiere tener la cara radiante para un concurso de belleza (una chica optimista, porque, a ojo de buen cubero, debe tener unos 70-57-75).

    El que no se aflige para nada es el espectador, que disfruta toda esta exhibición de pequeñas mezquindades, tonterías y falsedades porque, la verdad, es una exhibición elegante, muy bien hecha, entretenida, de observaciones finas, buen sentido del humor, desplegado en varias capas, y con un elenco impecable, que encabezan Verónica Llinás, Inés Efron y Adriana Barraza, la nana de «Babel»

    Muy buen paso adelante de una directora de mano fina, accesible para todo público, y a quien algunos ya suponen emparentada con el cine indie norteamericano, o con «La fortuna de Cookie» armada por Anne Rapp y Robert Altman. En fin, mientras no sea pariente de la familia que acá vemos en pantalla, está todo bien. Lo suyo es un pequeño y mordaz deleite.
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  • Hachazos
    Hachazos
    Ámbito Financiero
    Retrato de un pionero del cine experimental

    Con ese título, Andrés Di Tella y Claudio Caldini presentaron en abril último un espectáculo multimedia, ahora presentan este documental, y ya se anuncia el libro en simultáneo. ¿Qué son los hachazos? En el negocio cinematográfico, son los trabajos de destrucción de copias cuyos derechos han vencido, por lo cual ya no pueden explotarse comercialmente y ocupan espacio inútil. Más vale partirlos en cuatro, y al volquete. En forma figurada, también son los golpes que ciertos autores sufren en carne propia, aun cuando la idea de comercio les haya sido siempre ajena.

    Tal es el caso de Caldini, pionero del cine experimental en Argentina, con otros que a comienzos de los 70 se reunían en el Di Tella, el Goethe, etc., y los sábados en Uncipar, donde eran usualmente mirados con espanto. Ahí decían, por ejemplo, «en ese grupo hay un loco que ató la cámara a una cuerda, la revoleó todo lo que dura un rollo, después se mandó una teoría y nos proyectó el resultado».

    Ese loco era Caldini. También la ató a una bicicleta, filmó sombras y reflejos que proyectó simultáneamente con tres proyectores contra tres pantallas, acompañando un recital de rock, a veces también rayó la película, en fin, le fascinaba ver qué pasaba con las imágenes. Trató de abrir su mente por ese lado.

    En la agitación de entonces, para unos cometía el delito de esteticista, y para otros era sospechoso de algo. Sintiéndose mal acá, se fue a la India, pero ahí lo internaron en un hospicio y volvió recién largos años más tarde. De regreso programó ciclos, integró festivales under, dirigió talleres. La gente del videoarte lo declaró ilustre predecesor. Pero, sin dudas, su almacenero pensaba otra cosa. Hoy se las rebusca cuidando casaquintas del conurbano.

    «Un hombre lleva toda su obra, que es toda su vida, dentro de una vieja valijita de cuero, en un tren que va de Moreno a General Rodríguez. Son los originales de sus películas, todas en Super 8, un formato obsoleto, que no permite copias. Esa valija es como el manuscrito de su autobiografía. Se trata de Claudio Caldini, cuidador de una quinta de los suburbios, cineasta secreto», mitifica levemente Di Tella. El S8 permite copias, el hombre no es tan secreto, y además no lleva toda su obra en la valija, sino alguno que otro rollo, pero el mito funciona. En el documental lo vemos cómo filma de nuevo, repasa conocimientos con un técnico, y discute con su biógrafo, que quiere novelar un poco lo que él, medio ermitaño, prefiere dejar a un lado. La película es algo triste, pero es también una expresión de lealtad. «La primera vez que estuve en una filmación, o algo parecido, fue en una performance de Marta Minujin que filmaba Caldini en S8», recuerda con cariño. Canción de fondo, «Porque hoy nací», de Javier Martínez. Texto para quienes quieran saber algo más, «Historia crítica del video argentino», compilación de Jorge La Ferla, que en 2002 también editó un vhs con los mejores cortos de Caldini.
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  • ¿Diferente de quien?
    ¿Diferente de quien?
    Ámbito Financiero
    Simpáticos enredos en elecciones primarias

    «En política, amor y moda nunca digas nunca», recomienda galantemente el joven a la señorita con quien ha salido de compras. «Al fin un hombre que no se aburre en un paseo de compras», dice ella. A esa altura, ya sabemos que él tiene dos razones para no aburrirse. Una es obvia. La otra, es sólo de interés político. Integran un mismo partido y le han dicho que debe caerle simpático para que puedan trabajar juntos en la campaña electoral. El problema es que le caerá demasiado simpático.

    La acción transcurre en una ciudad del nordeste italiano (está filmada en Trieste, pero cualquier parecido con la realidad, ya se sabe, es deliberada casualidad). Allí, un partido de centro arma sus elecciones primarias con un candidato oficial y otro de relleno, que no moleste las perspectivas del primero. El seguro perdedor representa a la minoría homosexual, y pierde sin problemas. Pero, oh sorpresa, por una ironía del destino se convertirá en candidato a sindaco, lo que acá llamábamos intendente. Como vice irá la representante de la minoría femenina, una chica bonita, estirada, que propugna justo aquello que no pudo tener: un modelo de familia.

    Qué duda cabe, la amable sátira política se convierte en comedia de enredos, pasa a romántica, tiene una vuelta delicadamente sensible cuando el novio del protagonista descubre que el otro lo engaña, encima con una mujer, y otra vuelta utópica cuando la gente deja de lado las rivalidades y se esfuerza por el futuro bienestar de no diremos quién. El asunto es que el defensor de los diferentes y la defensora de la familia terminarán defendiendo a la familia diferente.

    «Me siento doblemente diferente», confiesa el aspirante a su electorado. «Discutir cómo suicidarse es propio de la centro izquierda», dice uno de los asesores, mientras otro igual de regocijante se pregunta «¿Un alcalde gay en el Norte de Italia? Eso solo puede ocurrir en el Sur, donde son abiertos, modernos». Esos dos asesores son una delicia cada vez que aparecen, igual que el personaje del alcalde, a cada rato inaugurando un muro de contención del delito. Antonio Catania, Giuseppe Cederna y Francesco Pannofino son sus intérpretes, Luca Argentero, Claudia Gerni y el señalable Filippo Nigro los principales, Fabio Bofacci el guionista, y Umberto Carteni el director, que acá debuta pero ya tiene larga experiencia en cine publicitario y asistencia de autores como Pupi Avati, Giuseppe Tornatore y otros buenos maestros. Película chiquita pero simpática, casualmente se estrena justo en vísperas de elecciones primarias.
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  • En un mundo mejor
    En un mundo mejor
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    Sobre cómo convivir con la violencia

    En «Cuatro corazones», Enrique Santos Discépolo ve que un tipo alto y fornido se lo quiere llevar por delante, y le dice, palabras más, palabras menos, «Yo no puedo pelear con usted, porque soy chiquito y usted me va a ganar. Por eso, como no puedo pelearme a las trompadas con usted, fíjese lo que hago, saco este bufoso y usted se me manda mudar de acá inmediatamente». En la película que ahora vemos, un médico sufre una fea situación con un mecánico violento, delante de sus hijos y de otro chico, pero en vez de sacar un bufoso quiere sacar para todos una lección de fortaleza interior, y enfrenta nuevamente a ese sujeto. Los niños lo miran entre admirados y escépticos. «¿Crees que él aprendió algo?», le preguntan.

    A esa altura del relato, ellos ya lograron que un chico de grados superiores dejase de molestarlos, y ahora piensan darle su propia lección al mecánico pendenciero. También el padre, asignado a un campo de refugiados en Kenya, tendrá que reconsiderar su juramento hipocrático cuando encuentre bajo su cuidado a un matón de uniforme, que amargó para siempre la vida de los demás pacientes.

    En cada uno de estos casos, y otros que redondean la trama, el asunto es el mismo: ¿cómo convivir con la violencia? Acá se aprecia más de una respuesta, y más de un peligro para cada respuesta. Película buena y fuerte, para todo público, elude unos cuantos facilismos y hace, con inteligencia y buen ritmo, unos planteos bastante realistas.

    Su autora es Susanne Bier, la misma de «Hermanos», que era todavía más fuerte, pero de menor contenido. Buena directora, doña Bier, que ha dejado atrás las restricciones del Dogma y ahora toca todas las cuerdas de su instrumento. Y buenos también sus intérpretes, empezando por el sueco Mikael Persbrandt y los niños Markus Rygaard (su hijo), y William Johnk Nielsen (el chico que lleva dentro la rabia de haber perdido a su madre). Detalle interesante: el título original de esta película puede traducirse literalmente como «venganza», pero el encargado de ventas internacionales la rebautizó «En un mundo mejor». Es más sugestivo, y alienta a hacer nuevas interpretaciones del relato.
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  • Ausente
    Ausente
    Ámbito Financiero
    Singular intriga, con estilo moroso

    Sin música, ciertas escenas de esta película serían de un aburrimiento extremo. La inquietante composición de Pedro Irusta potencia muy bien tales escenas, y convierte el conjunto en una película casi de suspenso. Contra ese suspenso conspiran, lamentablemente, el estilo actoral casi atonal impuesto por el director, y su propia puesta en escena minimalista, con demasiados planos de relleno que parecen colocados sólo para estirar a 90 minutos lo que hubiera estado mejor en 75.

    Por suerte hay una intriga muy singular, que entretiene bastante con unas pocas incógnitas bien desarrolladas. En primer término, la del profesor de natación que se deja invadir el departamento por un alumno de 16 años con carita de canchera y excusas nada convincentes. Lo que busca ese chico parece bastante claro. Lo que va haciendo el profesor, en cambio, suena medio raro, pero se supone que está relacionado con sentimientos y perplejidades que ni él mismo sabía que tenía, y ahí empiezan a aflorar. Después la cosa se estira en situaciones de malhumor y melancolía, pero hay una inesperada vuelta de tuerca y ahí empieza otra incógnita, que lleva a otro buen momento musical, culminando en un remate ilusorio que, además de original, dejará probablemente una sonrisa de satisfacción en su público.

    Buen estilo, refinado, en esta última parte. Buena idea, la de alterar los roles, poniendo al profesor de natación en el lugar de posible víctima. Y buen avance del autor, Marco Berger, respecto a su obra anterior, la comedia gay «Plan B». La de ahora ya ganó el premio Teddy, que entrega la

    International Gay & Lesbian Film Festival Association durante la Berlinale, y seguramente ganará otros. De todos modos, según sus propias declaraciones, la futura película de Berger se alejará un poquito de la temática gay. Puede ser, aunque en este caso el título permita cierta suspicacia: «Mariposa».
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  • Un mundo misterioso
    Un mundo misterioso
    Ámbito Financiero
    El único misterio es cuándo termina el film

    Dos preguntas definen esta película. La primera, cuando en la larga secuencia de apertura la pareja del protagonista le dice que quiere tomarse un tiempo para estar sola. El otro da sus vueltas filosofales sobre el concepto de tiempo, y termina consultando «¿Tres días, tres meses, tres años?». La segunda, cuando ese mismo personaje pregunta por la resolución de una novela y otro le responde «No pasa nada, ¿Por qué siempre tiene que pasar algo?».

    El incauto que pagó la entrada bien podría contestar indignado a esta última pregunta, mientras se hace repetidamente la primera: ¿tres días, tres meses, tres años? No, sólo cien minutos. Pero es difícil que algún incauto entre a verla. Casi todo el mundo está avisado, desde su rechiflada presentación en el Festival de Berlín, en cuya conferencia de prensa un periodista preguntó seriamente «En cierto momento la cámara abandona al personaje. ¿Eso significa que hasta la cámara se desinteresa del mismo?».

    Es que, expulsado de su pequeño paraíso, y sin nada útil que hacer en su vida, el susodicho se dedica a vagar en un auto que también pide tiempo, charlar pavadas en tono aburrido con gente que tiene tiempo de sobra, cultivar la abulia, y, por suerte, intentar algunos arrimes con señoritas de buen porte y acceso poco complicado. Esas escenas aportan algo a favor, así como la buena banda sonora, donde por ahí se escucha un tema inhabitual de Gardel, una canción francesa que grabó aquí en 1931 con la Orquesta Grégor, y él entona con timbre propio de los nativos de Toulouse, según dicen los estudiosos. Otros méritos pueden encontrarse en el juego de reconocer los lugares que aparecen en la película, casi todos propios de la ciudad, o encontrar los parecidos entre el viejo Renault 6 y el supuesto Tohka rumano que compra el personaje, o entre esta película de Rodrigo Moreno con las de Martín Rejtman y (muchísimo más difícil) Aki Kaurismaki. Diferencias hay varias
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  • Empleadas y patrones
    Empleadas y patrones
    Ámbito Financiero
    “Empleadas y patrones” en un entretenido documental

    Primera coproducción panameño-argentina, esta película fue en un comienzo algo así como la carpeta informativa de una comedia tropical. Abner Benaim, documentalista muy activo en Panamá e Israel, empezó recopilando entrevistas sobre la relación entre domésticas y dueñas de casa, y el material le inspiró una ficción: ¿qué pasaría si, mientras los patrones se van de compras a Miami, las domésticas se cobran a su manera los sueldos adeudados, y aprovechan para disfrutar debidamente las comodidades de la casa que ellas mantienen en condiciones?

    Esa comedia se llama «Chance», y sus protagonistas son bien distintas a la voluntariosa sirvienta que hacía Niní Marshall en «Catita es una dama», donde los patrones se iban a Europa y unos necesitados invadían la mansión. En fin, el asunto es que, después de la comedia, Benaim volvió a su registro de entrevistas, le dio linda forma, y acá lo vemos, bajo el título «Empleadas y patrones», aunque mejor sería decir patronas. Hay un solo dueño entrevistado, encima medio pavote, y el resto son mujeres, a veces bastante graciosas, como una que busca asistente porque «la nana a veces tiene que comer».

    Ese es el tipo de humor que predomina, el que surge sin que las entrevistadas se den cuenta, y permite sonreír ante ciertos malentendidos y pequeños desastres. Alternando unas y otras ante la cámara, a veces incorporando pequeñas escenificaciones, o alguna observación infantil («la nana es la que ayuda a buscar el gato cuando sale de la casa»), nos enteramos gozosamente de una obsesiva de la limpieza que quebró dos cucharitas de plata, tanto fregarlas, una maestra de etiqueta que pasó papelones en una cena, por no haber instruido previamente al personal, la empleada de 39 años que se fue con un jardinero de 19, o la señora que, muy suelta de cuerpo, responde «¿Cómo me va a demandar por los años trabajados, si es una inmigrante ilegal?»

    También, por supuesto, aparecen las anécdotas de acosos nocturnos, las quejas a causa de niños malcriados, las salidas juveniles, reconocimientos, sueños, y una rara incomunicación, notable en una parte que bien daría para otra película, más bien melancólica, donde la entrevista recae sobre una anciana y la doméstica que lleva 33 años sirviéndola, y en una ocasión hasta le salvó la vida. La dueña hace los debidos elogios, pero reconoce, como al pasar, que ignora todo sobre la familia de su empleada, y ni siquiera registra cuántos hijos tiene. Es que nunca charlan. «¿De qué voy a hablar?», dice con la mayor naturalidad. Buena música de fondo, a cargo de Pedro Onetto, y fugaz presencia de Siniestro Mu y las Vacas Lobotómicas.
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  • Güelcom
    Güelcom
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    “Güelcom”: comedia liviana y entretenida

    Se pasa un rato amable con esta comedia romántica hecha, precisamente, sin más pretensiones que la de hacerle pasar un rato amable a su público, lo que parece cosa fácil y menor, pero pocos lo consiguen, sobre todo cuando ese público ya se conoce casi todas las recetas del género. Por suerte, el asunto está hilvanado con argentina originalidad y buena dinámica, amén de intérpretes adecuados para la ocasión. Se le puede reprochar liviandad y largo empleo de clisés, pero seguramente otros verán en eso mismo elegante ligereza y buen empleo de clisés, y saldrán contentos. Para ellos (más bien «para ellas») va dirigida la comedia, y punto.

    En ella, el protagonista va narrando su historia, a veces a los espectadores y otras a un psicólogo, mientras expone sobre «argentinos que se van del país». Es que él se quedó, y su ex pareja se fue a buscar otros horizontes, lo mismo que una pareja de amigos. El es un joven psicólogo asediado por una linda paciente. Ella, la ex, se fue para trabajar de experta cocinera, pero lo que mejor cocinó fue el noviazgo con un petiso que gana en euros (encima ahora vuelve con ese sujeto). En cuanto a la pareja amiga, ni recordamos qué profesión tenía, porque en el extranjero aceptó otra que acá jamás tendría en cuenta. Se suma a toda esta gente otra pareja que no planea irse ni agrandarse, pero lleva una planificación a la argentina. Y hay algunos más, en plan de amigos, clientes o asesores. Todos ellos se terminarán cruzando en una linda fiesta de casamiento, que no es la de los protagonistas (a no afligirse, la película no ha terminado).

    Protagonistas, Mariano Martínez (que desde «NS/NC» no filmaba una romántica) y Eugenia Tobal (su esposa en la vida real). En plan de amigos, Peto Menahem, Maju Lozano, Eugenia Guerty, Gonzalo Suárez, Paula Morales. En plan de levante, Agustina Córdova, la paciente de marras. Y con ganas de casarse, Chema Tena, donostiarra de origen, hoy afincado en Buenos Aires. Dignos de cartel francés, Gustavo Garzón, como un psiquiatra que se las sabe todas, y Nicolás Condito, haciendo un rolinga en plan de recuperación. Autor, el debutante Yago Blanco, que tiene una historia sentimental inédita, «Los domingos son para dormir», sobre amigos veinteañeros, cada uno con sus sueños. Párrafo aparte, el lugar donde se filmó la última toma. Parece una ciudad sobre la costa del Mediterráneo. Es Piriápolis, acá nomás, sobre el Mar Dulce. En resumen, está bien hecha y se pasa el rato.
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  • El fin del Potemkin
    El fin del Potemkin
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    Viñetas de la inmigración forzada

    No es el fin del Potemkin lo que aquí se cuenta, sino el de otro barco más cercano, el Latar II, cuya mole carcomida todavía puede verse (no por mucho tiempo) reclinada contra la escollera Norte del puerto marplatense. Pero en cierto sentido sus destinos se asemejan.

    En la famosa película de Eisenstein, ambientada en 1905, el acorazado cruza triunfante hacia la libertad. Esto fue de veras así. Luego ancló en Rumania, fue devuelto a Rusia, heredado por la URSS, capturado por Alemania, recapturado por los rusos blancos, y reventado. En cuanto a los marinos del Potemkin, varios volvieron a Rusia ilusionados por promesas de perdón y ahí nomás los ejecutaron o enterraron en cárceles, y otros más vivos huyeron de la vigilancia rumana, lo más lejos posible, a Irlanda e incluso, 32 de ellos, a la Argentina, hacia 1908.

    Unos 80 años más tarde, llegaron otros rusos, mejor dicho bielorrusos y letones, en un barco factoría, ilusionados por una muy buena paga. Pero mientras estaban pescando en el Mar Argentino, la URSS reventó, la empresa a cargo del barco no se hizo cargo, y los tripulantes se encontraron de buenas a primeras sin plata alguna, sin saber castellano, y sin siquiera un pasaporte válido, porque el que tenían era de un país ya inexistente. 39 de ellos clamaron por abogados, reclamaron al propio Gorbachov cuando éste visitó Mar del Plata (que ni los atendió), y al final se desperdigaron. Algunos volvieron a sus pueblos con las manos vacías, otros intentaron rehacer aquí sus vidas.

    Este documental del marplatense Misael Bustos presenta la experiencia de dos de ellos: el maquinista Anatoli Atankievich, que revalidó su título en Prefectura y sigue en los talleres, y, sobre todo, el electricista naval Víctor Yasinskiy, que partió de su pueblo dos días antes del cumpleaños de su hijita, y nunca más volvió a verla. Entre otras cosas, lo demoraron la mala suerte y el embarazo de una mujer con la cual había formado pareja circunstancial. Hoy es padre aquí y allá, pero trabaja en Comodoro Rivadavia. La película atiende las historias de ambos marinos, y también visita sus pueblos natales. El pobre Víctor mejor que ni vuelva. Los suegros echan pestes. ¿Pero acaso hablarían bien de él, si hubiera vuelto justo para la hecatombe económica que significaron los cambios de 1991?

    Tocante registro de la inmigración forzada, recuerda un poco el testimonio recopilado por Juan Marsal en «Hacer la América. Autobiografía de un inmigrante español en la Argentina», sobre un infeliz que durante años apenas pudo mandar algo de plata a su casa, y los parientes lo terminaron despreciando por perdedor. Era un libro que solía recomendar Guillermo Magrassi, el de «La aventura del hombre». Quién sabe cuántas otras historias similares habrá en estos momentos en estas tierras. O cuántos argentinos andarán pasando frío y vergüenza en lugares lejanos. Quién sabe, también, si en una de esas don Víctor no da el batacazo y termina reuniéndose orgullosamente con su hija. La película hace que nos interesemos especialmente en su destino, y tengamos ganas de saber cómo sigue. Duele un poco, pero vale la pena.
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  • Copia certificada
    Copia certificada
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    Delicias y fastidios de la vida en pareja

    Esta es una de esas películas que se aprecian mejor recién dos o tres días después de haberlas visto. Quien vaya a verla sin conocer al autor, o sin respetarlo mucho, quizás empiece desconfíando ante lo que parece ser sólo una conversación vacua de un historiador inglés de arte con una galerista francesa. Él da una charla, ella se lo charla a la salida y lo lleva en su auto. Tema del día, las copias que llegan a ser mejores que los originales. Si el asunto poco le interesa al espectador, ahí tiene para distraerse unos lindos paisajes y unos rincones preciosos de Cortona, Lucignano, y otros lindos pueblos de Toscana.

    Cayó en la trampa, se distrajo. Porque de pronto le asalta la duda: ¿esa mujer evidentemente dispuesta a seducir, y ese tipo que se hace el reticente, no serán un matrimonio, o, por lo menos, no tendrán un pasado en común, y ahora se encuentran jugando a los desconocidos? Porque el tema de fondo ya no es ese asunto artístico-legal de la relación entre copias y originales. La conversación fue tomando otros carriles, lo que ahora les atrapa son las delicias y amarguras de la vida en pareja, y en ese asunto se entrometen cada tanto otras personas, para ofrecerles la alegría de dos recién casados, o algunos buenos consejos que permitan soportar el desgaste. O simplemente para cruzar frente a ellos, mostrándoles lo que es la vida cuando dos personas van llegando juntas al final de la vida. El tema de fondo, entonces, es el intento de sentir de nuevo el ensueño, la dedicación mutua de otros tiempos, forzar los sentimientos, obligarlos, y en una de esas, quién sabe, esa segunda etapa pueda ser igual que la primera, y hasta mejor, al menos por un día.

    Ese es el asunto. Se esconde un poco bajo una serie de juegos de estilo y dobles lecturas que el autor dispuso para lucimiento personal y entretenimiento de sus seguidores, pero ahí está, para placer de todos. El autor es el persa Abbas Kiarostami, que no hacía una romántica desde su ya lejana y emotiva «Detrás de los olivos», sobre el amor adolescente. Ahora hizo ésta, sobre el amor en la madurez, que es también su primera ficción hecha en Europa con artistas profesionales. Y qué artistas: Juliette Binoche, con toda la gama y las etapas del amor en su rostro, el barítono William Shimell, elegante y firme hasta que más o menos afloja, y, para el recuerdo, dando consejos a la pareja, la veterana Gianna Giachetti al frente de una cafetería (¡cuánto tiempo ha pasado desde que apareció al fondo de un burdel en «La viaccia»!), y, en una placita, el siempre benevolente Jean-Claude Carriere, guionista de Buñuel y tantos otros grandes.

    Hablando de guiones, «Copia certificada» es en partes una relectura de «Viaje a Italia», del maestro Roberto Rossellini con Ingrid Bergman y George Sanders, muy indicado para quien quiera ver algo más sobre el mismo tema. Pero esa ya es otra historia.
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  • Las aventuras de Nahuel
    Las aventuras de Nahuel
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    Un film para chicos con destino didáctico

    Apenas una función por día, en sólo dos salas, consiguió esta película nacional. Pero con el tiempo, quizá semejante limitación sea sólo una anécdota, y su verdadera vida, y mayor utilidad, esté en las salas de jardín o primer grado, según las maestras sepan aprovecharla, conversando con los chicos sobre determinados fragmentos motivadores.

    Por ejemplo, la escena inicial: un pequeño discute con su padrastro, deja el hogar materno y se convierte en un niño de la calle, viviendo del cirujeo y de las expectativas del arte callejero. Esto casi nunca sucede en las películas para niños, pero ocurre mucho en la vida real, que los niños deben conocer. Y un buen modo de conocerla es de forma indirecta, a través de muñecos de varilla y goma espuma en escenarios de fantasía evidente (aunque representen lugares tan reales y desagradables como el callejón de la basura o la celda de la comisaría).

    De la basura, el niño saca un libro abandonado. Es sobre leyendas aborígenes. Entonces, con cada capítulo, su imaginación lo convierte en dibujo y lo lleva hasta lugares tan distantes como los cerros puneños, la precordillera, los canales fueguinos y el litoral, para compartir andanzas con diversos personajes de otras tantas razas. No se trata sólo de consuelos o distracciones instructivas. En cada episodio él encuentra algo relacionado con su propio problema. Y así, los cuentos lo van ayudando a vivir y a reencontrarse con su madre. Los títeres se alternan con los dibujos, el ambiente de bajo fondo con los grandes espacios del interior, la mezquindad de algunos con la épica de otros, la murga con los fondos de raíz folklórica, y una melodía de estilo actual con los arreglos de otro tiempo. Mucho de este relato parece hecho con estilo, recursos y sensibilidad de otros tiempos. Habrá que ver cómo lo reciben los pequeños que todavía viven sus propios tiempos, aún ajenos a la aceleración y/o el cinismo de algunos entretenimientos de gran influencia que los rodean.

    Autor, Alejandro Malowicki, impulsor de las producciones para niños, destacado por su versión fílmica del musical de Hugo Midón «Pinocho». Música, Martín Bianchedi y Pablo Martín, con especial acierto en un tema de piano, bandoneón y coro para la escena donde el niño espera a su madre (hay final feliz, por supuesto). Responsable de los títeres, Roberto Docampo. Dibujos, un estudio de diseño gráfico de Colegiales, Urrak, que en vasco significa avellanas.
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  • La reencarnación de los muertos
    Zombies con el sello de un experto

    Hasta los zombies se cansan un poco y eso es lo que les pasa a los muertos vivos de George Romero en su nueva entrada en la saga iniciada en 1968 con el film de culto «Night of the living dead» (La noche de los muertos vivos). Es que el director de «Creepshow» y tantas buenas películas de terror ha repetido tanto todas las variantes de masacres post mortem, incluyendo algunas buenas ideas modernas como la especie de reality de su anterior «Diario de los muertos», que ya no sabe bien qué inventar en la materia.

    Por eso esta nueva «Reencarnacion de los muertos» tiene momentos brillantes, algunos muy intensos y otros divertidos y originales, pero como conjunto no cierra nunca del todo. Claro que si la ve un espectador aficionado al terror que no conozca las películas anteriores de muertos vivos de Romero, se puede suponer que la primera media hora de esta película le va a parecer lo más genial en terror gore y super acción zombie que haya visto en su vida. Es que realmente los primeros dos actos de este film tienen más matanzas de muertos vivos que cualquier entrada anterior de la serie, por lo que no se le puede negar a este cineasta independiente su generosidad hemoglobínica. Además, hay que reconocer que cada momento violento está filmado con gran imaginación, como si estuviera tratando de competir consigo mismo para superar ese tipo de escenas de sus trabajos anteriores.

    Pero luego del suculento comienzo, la trama empieza a derivar en algo parecido a un western contemporáneo, o quizá habría que decir western post apocalíptico, donde al estilo de algún drama clásico, dos familias se pelean por viejos rencores que ya nadie recuerda en vez de ocuparse de los zombies, a los que algunos tratan de curar. Ahí empieza a aparecer el mayor problema que tiene «La Reencarnacion de los muertos» y es que en su necesidad de renovarse, Romero infringe sus propias reglas en cuanto a las descripción de la enfermedad o plaga que convierte a la gente en zombie. Como hasta las películas de zombies descerebrados necesitan mantener alguna lógica, el asunto empieza a fallar. De todos modos, hay momentos de suspenso y ultraviolencia de todo tipo y calibre como para mantener entretenido al fan, que de todos modos no podrá dejar de notar los abruptos cambios de clima que surgen de un argumento poco aceitado.

    Al final, lo que queda es el impacto de las fuertísimas escenas iniciales, y la extraña visión de una bella y pálida zombie de a caballo.
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  • Yo maté a mi madre
    Yo maté a mi madre
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    Técnica ingeniosa, para una idea mínima

    Desde esta punta del planeta, vaya uno a saber qué dirá la madre del joven director quebequense Xavier Dolan, cuando por todo el mundo repiten lo que él mismo dijo, que ha hecho una obra de inspiración autobiográfica. Y es que la madre que se representa en la película, pobre mujer, es extremadamente cargosa, vulgar, ridícula, discutidora, en fin, un bochorno andante, y encima incapaz de entender al hijo adolescente. Así la pinta el autor, que también es el actor principal de su propia creación.

    En efecto, Dolan tenía apenas 19 años cuando hizo lo que ahora vemos, y 16 cuando empezó a escribirlo. Un geniecillo, según parece. Y una esponja, que absorbe de todo y después deja las diversas marcas por la superficie de la pantalla, desde los actuales videoclips del sueco Jonas Akerlund a los viejos dramas malhumorados de John Osborne, las actuaciones exacerbadas y las escenas intermitentes de Cassavetes, y, por supuesto, la anécdota del niño de «Los 400 golpes» que cuando le requieren la entrega de un trabajo escolar se justifica con una excusa extrema: estaba de duelo. Sólo que el personaje de Francois Truffaut es un niño indefenso que inventa lo primero que se le ocurre, y el de Dolan ya es un muchachito que, casi abiertamente, oficializa una expresión de deseos. Lo que más quisiera es que la vieja se muera de una vez.

    Su problema es que la vieja todavía es joven, bastante atendible, y quiere disfrutar de la vida, aunque él se la amargue diariamente porque también tiene sus defectos, él no es más que un zopenco histérico, egoísta y desagradecido. Su problema, también, es que sólo son ellos dos en el hogar, y en el fondo se quieren. No se entienden, no se tienen paciencia, no se soportan, pero de algún modo se quieren. Sucede tantas veces en la vida real.

    Algún día llegará la comprensión, o la resignación. Por su parte, el problema del film es que, para llegar al debido final, da demasiadas vueltas sobre un único asunto, con variaciones sólo formales, en sucesión de recursos a la moda y entretenida demostración de habilidades técnicas, pero sin mayor progresión dramática. Un poquito menos ostentoso, Dolan realizó, casi enseguida, su segunda película, «Les amours imaginaires», con su pareja de ésta, el rubio Niels Schneider, y acaba de rodar la tercera, «Laurence Anyways», sobre los problemas de un joven para conservar su amor después de haber cambiado de sexo. Un nuevo director a tener en cuenta.
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  • Aprender a vivir
    Aprender a vivir
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    Moroso aprender a vivir de un adolescente

    Una escena de moderado suspenso cierra este drama. Un hombre, víctima de su esposa, su vecino, y la enfermedad que lo mantuvo largos años deprimido, acaba de armar su rifle con mira telescópica, apunta para diversos lados y dispara. No diremos a quién, pero tiene esos y otros blancos, incluyendo a su propia hija adolescente y al amiguito de la hija, que por pura casualidad es hijo del referido vecino. Puede deducirse que éste no es un barrio aconsejable.

    Sin embargo, uno a primera vista quisiera vivir ahí. En esas lindas casas suburbanas con mucho verde alrededor, un bosquecito al fondo, todo lleno de hojas doradas en otoño y con algún venado que por las mañanas se arrima casi hasta la puerta, en fin, esas típicas casitas blancas de las películas americanas, de lindo frente, mucha madera, y que por dentro son una porquería.

    La historia se ambienta en un tiempo confuso. Los datos combinan cierto auge inmobiliario de fines de los 70 en Long Island con una toma de embajada en Irán ocurrida años antes, y el conflicto de Malvinas de 1982 («cerdos hispanos» menciona alguien circunstancialmente). Dicho sea de paso, también ese año se identificó la bacteria de la enfermedad que sufre el antedicho fusilero: la enfermedad de Lyme, una cosa rara que provoca depresiones, ataques de pánico, tendencias suicidas, paranoia, agresividad, y en una de esas también seborrea. Todo ello, provocado por las garrapatas que acompañan a los venados que por las mañanas se arriman casi hasta la puerta de la linda casita.

    «Lymelife», es el título original de la película, y cabe advertir que, con síntomas tan diversos, cualquiera puede parecer enfermo. Los chicos de la escuela se agarran a las trompadas, las mujeres están angustiosamente hartas de sus maridos, el chico protagonista pasa 80 minutos con cara de agotamiento, etcétera. Por suerte se despabila en dos oportunidades: para trompear a otro, y para tener su primera experiencia sexual bajo la experta guía de la vecinita, que tiene su misma edad pero, ya se sabe, las mujeres maduran más rápido. El pobre tiene que esperar casi toda la película para que pase algo, y el espectador también.

    Eso sí, el reparto tiene cierto lustre, y ciertas escenas justifican moderadamente la calificación de actor para Alec Baldwin. Junto a él, llaman la atención los hermanos Rory (protagonista) y Kieran Culkin, la prometedora Emma Roberts, y, sorprendentemente «a cara lavada», Cynthia Nixon, la Miranda de «Sex and the City.
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  • La vida útil
    La vida útil
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    Una joyita “cinéfila” para todo público

    Con esta pequeña obra, pequeña incluso en su duración, de apenas 67 minutos, debuta una nueva distribuidora de cine arte. Deriva de otra con amplio catálogo en cine del Extremo Oriente. La película que nos trae también es oriental. De la Banda Oriental. Risueña, de una melancolía y un humorismo típicos de aquel lado del río, y un personaje que debe ser, tal vez, pariente lejano de alguno de esos oficinistas del primer Benedetti.

    El tipo es un gordo bueno, grandote, de anteojos gruesos y sonrisa amable. Sólo que tiene poco para sonreírse. Dedica la vida entera a su trabajo en una cinemateca desprotegida y alicaída, paulatinamente abandonada por los socios y los filántropos, vive con sus padres, y no sabe cómo invitar a una chica que le gusta. Disfruta, eso sí, las tareas que tiene asignadas, incluso un espacio radial, que quizá sus oyentes disfruten algo menos. Siente el orgullo de formar parte de una entidad histórica, pero ha llegado tarde, la historia de la misma ya se termina. Un día se impone la cruel verdad: se le acabó el empleo. Deberá salir al mundo exterior.

    Lo bueno es que, después de la amargura, del llanto solitario en un colectivo indiferente, el hombre se rehace, y, sin decirnos nada, decide ser «el héroe de su propia película». De esa forma, en rápida evolución, en un lugar nuevo para él, enfrenta a un nuevo público, lo envuelve con inesperada habilidad (y con un tramposo elogio de la mentira escrito por Mark Twain, especial para abogados), y, maravilla de las maravillas, con mucha seguridad en sí mismo logra una cita de la chica. Y eso no es todo, aún falta lo mejor.

    Da risa y ternura el personaje, causa respeto y nostalgia esa gente abocada a funciones que otrora tuvieron mayor peso, y resulta simpático el homenaje que les brinda el autor de la obra. Coherentemente, dicho homenaje se hace con fotografía en blanco y negro y pantalla cuadrada como las de antes (algo rarísimo de ver en estos tiempos), con un particular trabajo de la banda sonora, el auténtico director de la verdadera y prestigiosa Cinemateca Uruguaya, don Manuel Martínez Carril, como jefe de nuestro héroe, y una antológica escena de baile por las escaleras de un edificio público. Pero antológica, no por maravillosa, sino por el regocijo que nos transmite el protagonista, Jorge Jellinek. Que no es actor, pero ya se ha ganado un premio como tal, ni es bailarín, pero sube, baja y da sus pasos con inesperada gracia. En verdad, es un crítico de cine.

    Algunos espectadores envueltos en los sofismas de la cinefilia disfrutarán especialmente todas las posibilidades de interpretación que la obra de Federico Veiroj permite. Acá tiene para entretenerse a gusto. Los que simplemente aman el cine, disfrutarán también, sin tanto trabajo. Lo mismo, quienes reconozcan en los padecimientos del pobre gordo los suyos propios, y en el desenlace, su propia ilusión, esa ilusión que siempre buscamos en el cine, cualquiera sea nuestro oficio. Autor,
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  • Tengo algo que decirles
    Tengo algo que decirles
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    Simpática comedia gay con mensaje de comprensión

    Revive la comedia a la italiana, en este asunto de fondo gay especialmente indicada para disfrute hetero. Como ejemplo, he aquí una de las primeras escenas. El orgulloso dueño de una gran fábrica de pastas, está con su familia y la familia del socio en una cena importante. Justo ahí, el hijo menor piensa confesar tres cosas más importantes. De pronto, su hermano se adelanta, dice una sola, el viejo lo expulsa inmediatamente de la casa y acto seguido se infarta, arrastrando el mantel con toda la vajilla, salvo el vaso de vino que alcanza a salvar la tía.

    Luego veremos que a la tía le gusta algo más que el vino, la nona tuvo un amor prohibido, y otras cositas que más vale que nadie se entere, porque lo peor de un pueblo chico, para colmo del sur italiano, es que los demás se enteren. Perder la respetabilidad. Y esa noche el hijo menor debe elegir rápidamente: dice lo suyo y le asesta el golpe de gracia al pobre viejo (y encima pasan a ser la comidilla del pueblo), o se guarda sus confesiones y se hace cargo del negocio como todo un hombre. Y para completarla más tarde vienen a visitarlo sus amigos de Roma, y su novio.

    Puede pensarse en comedias satíricas como «Virilitá», en alguna escena de «La jaula de las locas» y otra de «El», y también en las peleas entre hermanos de Valerio Zurlini, o en viejos relatos sentimentales de Alberto Bevilacqua, dos cineastas hoy olvidados. «Tengo algo que decirles» se relaciona con esa clase de films, pero maneja otro tono. Suaviza las burlas y los trasfondos dramáticos, aporta reflexiones de cierta poesía, agrega matices, vuelve amable la crítica. Miembros de movimientos gays le han reprochado esa amabilidad hacia «los sectores retrógrados de la sociedad». Pero lo suyo no es una oferta del día para salir del placard, sino un mensaje de comprensión mutua, que culmina con una escena de grato simbolismo donde se entremezclan todos los personajes, incluso algunos del pasado que siguen viviendo en el recuerdo. Dato valioso, ahí el protagonista no ocupa el centro de la escena. El está más atrás. Como si fuera el propio narrador, que por algo habrá dedicado esta película a su señor padre, según dice en el título inicial.
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  • Hermanitos del fin del mundo
    Topa y Muni saltan bien al cine

    Los populares Topa y Muni saltan de la TV al cine con una comedia para su público específico, es decir los más chicos. Y entre escones y canciones, les hacen vivir la aventura de un profesor de música, una linda cocinera y los niños de un asilo frente a una mala de historieta que quiere comprar el edificio para destruirlo. Es que hace añares ella también vivió en ese lugar, pero le quedó un resentimiento atroz, porque habrá sido a comienzos del siglo pasado, cuando esos hogares eran feos hasta de nombre: ni siquiera les decían orfanato, sino orfanatrofio.

    En cambio ahora todo es lindo, todos la pasan bien y hasta tienen bicicletas para salir en bandada a visitar.a los viejitos del asilo de ancianos. Y otros lugares, por supuesto. La acción transcurre en Ushuaia, de modo que abundan los paisajes y espacios abiertos.

    También abunda el humor sencillo, las payasadas a cargo de la mala y sus torpes secuaces, la energía de los niños para salvar su hogar, la bondad encarnada en los mayores, incluyendo un empresario pintón que guarda buenos recuerdos de su infancia en ese mismo asilo, y los integrantes de un entusiasta conjunto pop surgido de un reality. Ellos son los héroes del personaje que hace Topa, que sabe cantar pero teme subir a un escenario. No solo es tímido, también se sabe diferente a las estrellas de la tele (y no hay nadie que le cante aquello de «vos sos un gordo bueno, la pinta es lo de menos»). Como es de imaginar, terminará enfrentando exitosamente al público, mientras Muni y los niños enfrentan los planes de la mala, etc., etc., y al final todos cantan, bailan y son felices, que para eso uno lleva a los niños al cine.

    En resumen, un pasatiempo simpático y colorido para menores de ocho, con las características propias de una nueva entente: Saladillo-Sono Film-Disney. De esta última surgieron Topa y la graciosa Muni, de Sono el entusiasmo para impulsar algo nuevo en la línea de su ya lejana «Chiquititas. Rincón de luz», y de Saladillo los autores. En efecto, los mismos del Cine con Vecinos: Julio Midú, guionista, director y cabeza de playa de varios Midú que allí aparecen (como la rubia del conjunto pop), y Fabio Junco, su compinche habitual. Curiosidades del cine: se fueron para arriba, yendo a filmar por allá abajo.

    Párrafo aparte, para los niños: la mala se llama Malva Dalton. El nombre, no por la planta curativa sino por Malvada. El apellido, seguramente porque desciende de los malvados hermanos Dalton. Su intérprete es la inefable Norma Pons. Ellos la ven como una bruja horrible, pero sus abuelos se babeaban por ella. Completan el elenco Gabriel Corrado, Mimí Ardú, Fabio Aste, Elizabeth Killian, Tony Amallo, Oscar Alegre y un lote de niños encabezados por Julieta Poggio, Iara Muñoz y Joaquin Foong Quintanilla.
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  • Mundialito
    Mundialito
    Ámbito Financiero
    Curioso registro de dos hechos uruguayos

    Dos sucesos muy singulares enlaza este trabajo, ambos ocurridos en Uruguay 1980 con sólo un mes de diferencia: el único referendum que perdió una dictadura en todo el mundo (57% en contra, encima el recuento se transmitió en vivo y en directo), y la Copa de Oro, torneo de campeones internacionales organizado para celebrar los 50 años del Mundial 1930 (Uruguay campeón, Argentina sub) y los 30 del Maracanazo (Uruguay campeón, Brasil sub).

    El mencionado referendum quería habilitar el traspaso del gobierno cívico-militar impuesto por un golpe, a otro cívico-militar impuesto por elecciones de candidato único. El material de archivo muestra la presentación oficial, jingles, una discusión televisiva muy bien conservada y muy civilizada, donde los del gobierno asocian política con corrupción y los opositores habilitados asocian a los colaboracionistas con rinocerontes (¡y uno de los polemistas fuma!, ¡qué tiempos aquellos!). Muestra también la gente votando y opinando, y, por supuesto, los partidos más interesantes de la Copa, donde compitieron Alemania, Argentina, Brasil, Italia, Holanda (en reemplazo de Inglaterra) y el dueño de casa.

    Refiriéndose a uno y/u otro tema, aparece una treintena de personalidades, entre ellas el entonces capitán de navío y presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol Yamandú Flangini, el incombustible Joao Havelange, dos ex presidentes, publicistas, periodistas deportivos, algunos detenidos políticos de entonces, el divertido empresario que consiguió la plata vendiéndole los derechos a Silvio Berlusconi (luego también detenido, pero por narcotráfico), el botija que sirvió de mascota, y varios jugadores, entre ellos Hugo de León (ex River), Venancio Ramos (ex Independiente), Waldemar Victorino (ex Newells y Colón) y el zurdo Rubén Paz, luego ídolo de Racing de Avellaneda. Y Sócrates, el doctor Sócrates, entonces capitán brasileño.

    Cada uno de ellos dice lo suyo, a veces contradiciendo un poco a los demás. Ahí, precisamente, está la gracia del relato. Unos le ven al torneo un trasfondo político, otros destacan la buena organización, los futbolistas se declaran apolíticos, un relator dice que la gente salió del estadio cantando contra los militares (aseveración largamente discutida en varios correos de lectores), etc., y entre medio de todo, en registro de archivo, un joven Maradona ya se queja, dice que le tiran piedras, aunque la imagen muestra cómo la gente lo palmea por la calle.

    Resumiendo, un trabajo entretenido, ilustrativo, acerca de dos fiestas históricas y un solo festejo, ya que todo el mundo salió a celebrar el triunfo celeste, pero a celebrar el de los opositores muy pocos se animaron. Hoy, en cambio, es común destacar el fin de la dictadura, pero el legítimo triunfo deportivo de ese encuentro pareciera injustamente teñido de vergüenza. Dicho sea de paso, acá pasa lo mismo.

    En los relatos, Gerardo Caetano, historiador y en aquel entonces miembro del seleccionado juvenil uruguayo. Director, Sebastián Bednarik, autor de otro documental muy simpático, «Matinée», sobre una murga de vecinos septuagenarios.
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  • De dioses y hombres
    De dioses y hombres
    Ámbito Financiero
    Una historia emocionante que trasciende lo religioso

    Esta película realmente está muy bien hecha. Tiene, sobre todo, un ejemplar manejo de los tiempos, de la luz, de los rostros, muy bien elegidos, intensamente expresivos, de los tonos, y de los diálogos, que son bastante breves, sencillos y precisos. Incluso ubica muy bien unos cánticos de Didier Rimaud, el de «Cuando él dice a sus amigos». Pero películas muy bien hechas hay en cantidad. Esta, además, es excepcional. Porque, ¿de qué otra forma se explica que un jurado enteramente laico, bien representativo de una cultura postcristiana, le haya otorgado el Grand Prix de Cannes, y el público se haya volcado a verla, y la vea con el corazón estremecido, tratándose de una película religiosa que encima «termina mal», según los criterios habituales del espectáculo cinematográfico?

    Porque es cierto: se la ve como una película religiosa. Pero también como algo más amplio: una historia de gente consecuente consigo misma y con sus creencias más ejemplares de amor y comprensión entre los hombres, por encima de sus propias vidas, y de la intolerancia ajena. Y «termina mal», claro que sí. Pero por eso mismo alcanza a darnos una idea de algo que está por encima de todo, idea que el cine contemporáneo raramente alcanza.

    En síntesis, ésta es la emocionante y profunda historia de unos monjes cistercienses (los vulgarmente llamados trapenses) que, en plena guerra civil argelina, eligieron seguir acompañando al pueblo musulmán donde vivían, pese al inminente riesgo de muerte. El hecho ocurrió de veras, en el pequeño monasterio de Notre-Dame del Atlas, junto a un pueblito llamado Tibhirine, 1996. Estos monjes no predican, sólo se dedican a servir al prójimo y, en este caso, dar testimonio de hermandad con los musulmanes. Cuando los fanáticos empezaron a degollar «infieles» se les ofreció mudarse a un lugar más seguro. Y surgió el conflicto: abandonar a los hermanos que los necesitaban, abdicar de su entrega, o caer orgullosamente en el suicidio como mártires de la fe. O flaquear. La película expone sus miedos totalmente humanos, roces, charlas con vecinos y choques con fundamentalistas y con miembros del ejército regular, y también muestra sus reflexiones, sus liturgias cotidianas, la creciente, íntima comprensión con que cada uno vive su propia fe, en un relato de pausado suspenso, de momentos inquietantes alternados con otros de calma inhabitual, todos ellos reveladores, como el inesperado diálogo del abad con el jefe de una facción armada que invade la casa, o la última cena de esos hombres fuera de serie. Hay un misterio en ellos, que provoca respeto. Que obliga al espectador a detenerse para tratar de entender ciertas cosas olvidadas. De ahí lo excepcional.

    Autores, Etienne Comar, productor y coguionista, y Xavier Beauvois, director y coguionista («No olvides que vas a morir», «El pequeño teniente»). Intérpretes principales, Lambert Wilson, Michel Lonsdale, el viejo Jacques Herlin, Farid Larbi. Origen del título, el salmo 82, ese que entre otros párrafos dice «Vosotros sois dioses; todos vosotros sois hijos del Altísimo. Sin embargo, como hombres moriréis, y caeréis como cualquiera de los gobernantes. ¡Levántate, oh Dios, juzga la tierra!».
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  • El retrato postergado
    El retrato postergado
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    Sensible retrato de Haroldo Conti

    Breve, apenas 64 minutos, interesante y valioso es este documental iniciado en 1975 por el fotógrafo y cineasta Roberto Cuervo, y terminado y enriquecido 35 años después por su hijo Andrés. Tal cual. Por aquellos tiempos, Cuervo padre filmó varios rollos blanco y negro de 16 mm, y grabó unas cuantas horas de charla con vistas a un retrato de Haroldo Conti, vecino de Chacabuco. Ante las máquinas casi de amateur, Conti desgrana su pensamiento y lee sus cuentos con típica voz de bonaerense sencillo y medio malhumorado, rema despacio por el Delta, matea en su biblioteca, limpia un pescado en la cocina, y duerme, mientras su esposa le acaricia la frente con la punta de los dedos, y el pueblo sigue parsimoniosamente con sus árboles, sus casas viejas de paredes sin revocar, los carros y los vecinos sentados a la puerta, con la mujer llevándoles el mate.

    Junto a esas imágenes, fotos de Eduardo Galeano y Martha Lynch, y sus voces grabadas opinando sobre el amigo y colega, uno siguiendo su corriente, la otra valorando al escritor pero muy sincera en cuanto a eso del compromiso social de los artistas e intelectuales. Ella descreía de todo entusiasmo de izquierda, y el propio Conti entendía «el compromiso» de un modo particular. «Nuestra obligación es hacer las cosas más bellas que el adversario», se lo escucha decir.

    También se le escucha alguna ingenuidad comprensible sólo en aquel momento, cuando critica «la libertad en abstracto como Vargas Llosa con el caso Padilla». Hoy se percibe mejor que entonces cómo el régimen castrista obligó al poeta Herbert Padilla a «autocriticarse» y criticar incluso a quienes pedían por su libertad, desde Jean-Paul Sartre para abajo. Y cómo la mayoría de quienes pidieron por él se quedaron quietos, salvo el peruano, que renunció ostentosamente al Comité de la Casa de las Américas y no paró hasta que el poeta pudo irse de la isla. Abstracciones aparte, hubo pocos meses después algo desgraciadamente concreto: el secuestro y asesinato de Conti en mayo de 1976. Sólo el padre Leonardo Castellani pidió por él ante Videla.

    Cuervo escondió entonces el material, esperando mejores tiempos. Pero en 1979, a poco de ser padre, murió en un accidente. Su hijo tenía apenas 10 meses. Su esposa, un montón de latas en el ropero. Valiente, no las quemó. Ya en democracia, el chico supo que allí había un tesoro de su padre. Más grande estudió cine, y completó la obra. Esta es su primera película, una obra de amor donde también aparece el otro hijo, Marcelo Conti, remando entonces y ahora por los riachos que amaba su padre, pero donde también suena, en algún momento, una irónica intuición del escritor: «El verdadero amor está rodeado de tristeza. Siempre lo dije, pero no sé por qué». La tristeza se percibe en el sepia de las imágenes nuevas, donde una madeja de hilo envuelve la máquina de escribir, un bote cruza una inundación que arrastra cuadernos y papeles sueltos, y la madre y esposa de esos cineastas lee, expresivamente, ciertas páginas que hoy perduran en el recuerdo.
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  • Daddy Longlegs
    Daddy Longlegs
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    Improvisación con título engañoso

    Esta película neoyorquina se presentó en una paralela de Cannes y otros festivales como «Go Get Some Rosemary». Luego, para su estreno en EE.UU., se lanzó como «Daddy Longlegs». Engañoso título, que ilusionó a varios incautos pensando que sería una versión actual del clásico «Papaíto Piernas Largas» tantas veces llevado al cine, desde Hollywood hasta Holanda y Japón, que ha hecho una serie en dibujitos, y ni hablar del hermoso musical con Fred Astaire y Leslie Caron. En fin, lo que aquí vemos, con título prestado, es otra cosa en todo sentido: una serie de diversas situaciones improvisadas en torno a un tipo hiperkinético en los pocos días que le toca la custodia de sus dos hijos en edad escolar, todo registrado con cámara en mano también hiperkinética, lo que, teniendo en cuenta que esto dura 100 minutos largos, termina cansando por partida doble.

    Pero el personaje no parece un mal tipo. Probablemente sería un buen ciudadano, un buen vecino y un buen padre, si no fuera tan acelerado, inestable, irresponsable, inmaduro, discutidor, superficial, burlón, etcétera. Los autores, los hermanos Ben y Joshua Safdie, lo aman y dicen haberse inspirado en su propio padre, un proyectorista a quien comprendieron recién de grandes. Roguemos que no sean como él. También parecen haberse inspirado en un padre artístico de los cineastas neoyorquinos de bajo presupuesto, el finado John Cassavetes. De modo que, a quien le gusten los locos a veces simpáticos de Cassavetes, acá tiene a sus seguidores. Hay momentos agradables, dentro de todo, y hay otros que no irían ni al festival de aficionados de Villa Gessell.
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  • El amor de Robert
    El amor de Robert
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    Sensible historia de un amor de senectud

    Al momento de rodaje de esta película, el veterano Martin Landau ya tenía 80 años. Muchos lo recuerdan por sus trabajos en el drama racial «Noche sin fin», «Tucker, un hombre y su sueño», «El Majestic», «Crímenes y pecados» (uno de los pocos films donde fue protagonista) y «Ed Wood», que le permitió ganar un Oscar como mejor actor de reparto encarnando a Bela Lugosi en su decadencia. Su partenaire en esta ocasión es Ellen Burstyn, que ya había cumplido los 76. Muchos la recordarán como la apetecible y muy buena actriz rubia de «Alicia ya no vive aquí», «El año que viene a la misma hora», o «Harry y Tonto». Los más jóvenes, como la madre de «El exorcista» y de «Requiem por un sueño», dos sucesos para amantes del estremecimiento.

    Pues bien, ahora Landau y Burstyn coprotagonizan esto que inicialmente parece ser una nueva historia de amores otoñales en los lindos suburbios de una ciudad con nieve. Para el caso, Omaha, en Nebraska. Hasta puede ser una historia de Navidad, ya que transcurre en esa semana. Pero hay un detalle. La mujer del relato es todavía bonita, agradable, atendible. ¿Por qué habría de interesarse en un viejo que ya parece medio perdido, casi a las puertas del geriátrico, según lo representa Landau? Sin embargo, le pide una cita. De a poco vamos captando otros detalles también extraños, perturbadores, pero todo mostrado con creciente sentido poético, una poesía visual que permite sublimar la angustia, porque a medida que entendemos lo que realmente pasa, la intriga va cediendo espacio al dolor. Hasta que todo queda claro. Éste no es un cuento de Navidad. Es un momento de la realidad, que cada uno debe afrontar.

    El trabajo de estos dos veteranos es digno de admiración. Saben imponer sus arrugas, sus miradas tan expresivas, el temblor de sus voces en la pantalla. Y hay algo más, que pocos saben, también digno de admirar. Al momento del rodaje el autor de esta película, su primera película, Nicholas Fackler, tenía apenas 23 años. Un muchacho de expresión todavía adolescente, que quizá todavía vive en casa de los padres, se gana la vida haciendo videoclips que firma como Nick Fackler, vive ahí nomás en Omaha, y debe querer mucho a sus abuelos. Esta película es del 2009, no ha hecho otra todavía, pero vale la pena tenerlo en cuenta.
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  • Aballay
    Aballay
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    Poderoso western gauchesco

    Varias alegrías nos regala esta pavorosa historia de tiros, degüellos, cabalgatas, raros paisajes, un penitente, una venganza, y una chinita. Primero, es una obra de género popular con varias puntas de reflexión, muy bien hecha, dinámica, y bien actuada según las exigencias del género. Luego, le encuentra la vuelta a cierta narrativa argentina y universal, reuniendo tradición y atractivos del western, guiños y gozosas exageraciones del spaghetti, y narrativa criolla capaz de discernir algo humano y profundo más allá de la barbarie gaucha y el resentimiento compadrito de hace un siglo largo.

    Otra cosa: al fin, luego de los rodajes fallidos de «Zama» y «El juicio de Dios», y algún otro trabajo, nuestro cine hace una buena versión de un texto de Antonio Di Benedetto. Claro que se toma sus libertades. Una reprochable, es que el personaje monta todo el tiempo un solo caballo, sin dejarlo descansar, pobre animal que no tiene la culpa. En el cuento, el hombre considera esto y va cambiando de montura. Más destacable es que acá Aballay no comete su crimen una noche de alcohol, sino en pleno día, bajo la embriaguez de la soberbia. Encima ya cometió otros. Pero éste es el que le duele, como al asesino Santos Pérez solo le duele la tremenda desgracia que le causó al niño, según imagina Sarmiento en su «Facundo».

    Bien puede anotarse ese capítulo entre las influencias a veces inconscientes absorbidas por el director Fernando Spiner, como los ralentados de Tonino Valerii, con doble i, el salvajismo de los westerns más sangrientos a uno y otro lado del océano, los rostros marcados de los personajes de Lucas Demare, Hugo Fregonese y Sergio Leone, el tempo de este último, el odio inagotable del hombre civilizado capaz de volverse una bestia en los films de Anthony Mann. Esto último pesa para que el protagonista del relato ya no sea Aballay, sino el niño que por su culpa creció huérfano y ahora quiere matarlo aunque le digan que el asesino se ha vuelto un santo. Pero ahí está, casualmente, la originalidad del relato. Es muy difícil encontrar una historia donde el asesino se haya arrepentido hasta tal punto que vuelva injusto su castigo. Y así precisamente lo imaginó Di Benedetto.

    Pero entonces, ¿quién es el malo de la película? Ah, ese personaje también aparece, le dicen El Muerto, y es tan malo que el propio diablo le escaparía. El bueno, que no es tan bueno, debe enfrentarlo y salvar a la chica, tras lo cual viene otra pelea, una herida terrible, y un final propio de ese tipo de películas que, después de mostrarnos cosas espantosas, terminan con una música «pum para arriba». En este caso, una conocida y querida marcha de 1902, para que todo el público salga bien alegre festejando. Todo, mérito de Spiner, que de joven disfrutó los spaghetti recién salidos de la moviola mientras estudiaba en Italia. Y también, lógicamente, mérito de su equipo y de su elenco, Pablo Cedrón y Claudio Rissi a la cabeza. Ojalá hiciéramos más películas como ésta.
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  • Las marimbas del infierno
    Las marimbas del infierno
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    Bizarro trío con marimbas

    Ésta es una película menor, que se hace mayorcita cuando se consideran su origen, su propuesta y sus elementos. Y el resultado, por supuesto. El origen es Guatemala, un país cuya producción cinematográfica siquiera abarca los dedos de una mano: «Sólo de noche vienes», 1966, «El silencio de Neto», 1996, «Gasolina», 2008, y la que ahora vemos, que es del mismo autor de la anterior, un joven que recién está aprendiendo. La propuesta es ver su país a través de unos simpáticos infelices en una especie de documental ficcionado, o más bien ficción documentada. Los elementos, apenas una cámara digital de alta definición, algún apoyo técnico y monetario de México y Francia, tres personas bien elegidas, y muchas ganas.

    Esas tres personas están relacionadas con la música. Un hombre grande, que pasó su vida tocando la marimba, melodioso instrumento algo pasado de moda y muy difícil de transportar, un médico de quien huyen los pacientes porque es heavy metal, practicó el satanismo y ahora integra una secta judeo-evangélica, y un joven cantor bueno para nada (sobre todo para cantar), encima drogón y delincuente juvenil en vacaciones. Bien, ahí se juntan el hambre con las ganas de comer, y se forma un trío de fusión inverosímil, donde encima el pibe hace de representante del grupo. Algo así como la unión de un viejo instrumentista de arpa con un baterista de rock pesado y el primo tonto de Pomelo tratando de conseguir los espacios.

    Los tres personajes realmente existen, aunque ni locos van a tocar juntos (bueno, locos puede ser), y sus problemas también existen de veras, vale decir, economía degradada, excesivo «tiempo libre», pandilleros barriales, vecinos y colegas de bajo corazón, funcionarios culturales tan amables como ajenos, oportunidades escasas, etc. Pero también existen el sentido de adaptación, la creatividad y buena voluntad para unir lo viejo y lo nuevo, lo ajeno y lo propio, los días malos y la ilusión de los buenos. Incluso, hasta la ilusión de que esa música va a sonar bien.

    Lo bueno es que estos tipos se hacen tan queribles, que al final hasta nos parece que va a sonar bien, aunque lo único realmente lindo que apreciamos sea el clásico «Lágrimas de Telma», del maestro Gumersindo Palacios, en marimba sola. Lo bueno también, es que esas sean, prácticamente, las únicas lágrimas que hay en toda la película. De este lado de la pantalla, en cambio, puede haber cierta suma de sonrisas, a veces piadosas, a veces simplemente divertidas, o dolidas, porque, bien mirado, todo esto bien podría ambientarse en ciertos lugares de nuestro propio interior. Son sus intérpretes, don Alfonso Tunché, el Blacko González, miembro del grupo Guerreros del Metal, Víctor Hugo Monterroso, ex habitante de un correccional de menores, y Cesia Godoy, actriz local. Autor, Julio Hernández Cordón. Otro detalle interesante: con esta película hace su presentación entre nosotros una red de pequeñas distribuidoras de cine latinoamericano. Por el momento la integran Argentina (Lat-E), México y Chile, pero cabe suponer que irá creciendo, más o menos como los músicos de esta película.
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  • Juntos para siempre
    Juntos para siempre
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    Comedia ácida sobre un guionista en apuros

    He aquí una comedia ácida entremezclada con una fábula terrible. En la comedia vemos las risueñas peripecias de un guionista torpe, tan absorto en su trabajo creativo que deja de lado los llamados de atención de su pareja, desvía las intromisiones de su madre mal medicada, y se engancha con una rubia «menos exigente» porque, según él cree, «se las banca todas. Es decir, es medio tonta, y eso me permite ser algo bruto».

    Pero quizás ella no sea tan tonta. Quizá tenga, más bien, y para bien, mucha paciencia, autocontrol y una estrategia a largo plazo. Y la madre tenga algo muy ilustrativo que decir sobre su ex marido, lástima que lo diga con 23 años de retraso y en el peor momento. Y la pareja inicial tenga algo que él perdió de vista hace rato. En todo caso, lo que a él más le importa, el guión de esa fábula terrible que imaginó, se va desarrollando muy bien. Para mal. O para que, cuando finalmente vea en pantalla lo que ha hecho, empiece a entender algunas cosas acerca de sí mismo. O tal vez no entienda nada, escape nomás de puro necio, y siga siendo un «desconectado» de sus sentimientos, como le reprocha la ex mujer.

    Dicho de otro modo, ésta es una comedia de tontos, divertida, que tiene como espejo la pesadilla de un cuento. Por ese cuento, que se vuelve cada vez más angustiante, el autor dice lo que no puede decir una comedia. El drama que hay detrás de los chistes, y de los tipos chistosos. Peto Menahem y Luis Luque protagonizan las respectivas partes. Cada uno es alter ego del otro, y ambos tal vez lo sean del autor de este film, Pablo Solarz, el guionista de «¿Quién dice que es fácil?», «El frasco» y «Un novio para mi mujer», que acá debuta como director.

    En este debut, el hombre luce su excelente habilidad para los diálogos, los caracteres, la observación de conflictos de pareja y trasfondos de familia, el manejo de los tiempos, y el juego armado para lucimiento de los intérpretes y disfrute del público. Porque acá se lucen todos y cada uno, en particular Florencia Peña, que hace reír en todas sus escenas, incluso algunas donde la iluminación le juega un poquito en contra. Claro, como es lógico, Solarz sigue siendo mejor guionista que director. Ya va a aprender, no hay problema. Lo más importante para el público, está bien puesto como corresponde, es decir personajes atractivos, actuaciones elogiables, historia, réplicas memorables, sentido de observación, sentido de la obra. Que, aunque cause gracia, es más seria de lo que parece. Vale la pena verla en pareja, siempre que después uno se anime a charlar de ciertas cosas.
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  • Carlos
    Carlos
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    Carlos: vida de un terrorista atípico

    Qué fácil era antes. El 21 de diciembre de 1975, a la conferencia mundial de la Organización de Países Exportadores de Petróleo en Viena, llegaron directamente en tranvía siete sujetos de armas tomar. Así nomás, en tranvía. Con armas. Entraron como si tal cosa hasta la sencilla sala de reuniones donde estaban los ministros de los diversos países miembros. E hicieron desastre. La policía era muy poca, incluso la especializada que vino después. No es que estemos viendo una producción pobre, que simplifica la escenografía y la cantidad de extras por una simple cuestión económica. Es que ocurrió así, antes todo era más sencillo.

    También parecían sencillas las opciones, y para algunos todavía lo son. De un lado, los cerdos burgueses y los pequeñoburgueses. Del otro, los revolucionarios decididos a «la lucha armada». La película observa las falacias de todo esto. Y lo hace a través de un personaje emblemático: Illich Ramírez Sánchez, alias Carlos El Chacal, playboy venezolano que definía a las armas como una extensión de su cuerpo y coqueteaba con psicópatas e intrigantes de los servicios árabes y palestinos, magnificado por la prensa occidental que le atribuyó más atentados de los que realmente hizo (encima varios de los que hizo le salieron mal, pero él siguió cultivando su imagen).

    La obra lo sigue desde sus primeras andanzas hasta que sus protectores le soltaron la mano. Mujeres, pasaportes, viajes, campos de entrenamiento, charlas con tipos poco confiables en oficinas escondidas, atentados, asesinatos de pobres incautos, movimiento de dinero, el episodio de Viena, fugas, escondites, negociaciones, dolce far niente y el paso del tiempo, que cambia las pautas de la gran política y la valoración de los «combatientes del pueblo».

    Todo eso está en la película, expuesto con nervio y agilidad, aunque, lógicamente, algún público puede marearse con los sucesivos datos que les ofrece. Debería agradecer que está viendo la versión corta, de «apenas» de 165 minutos. La versión larga es de 330, pero ambas fueron hechas por el mismo director, Olivier Assayas, y francamente la corta es mejor, sobre todo en su último tercio.

    Destacable, la buena actuación del también venezolano Edgar Ramírez, tanto en las escenas de juventud como en las de «retiro», donde debe aparecer abotagado por el poco «ejercicio». Y para recordar, en 1997 el auténtico Carlos fue condenado a cadena perpetua por el asesinato de tres personas en 1975, sentencia que hoy cumple en una prisión de Francia, donde las cadenas perpetuas se cumplen a perpetuidad. Qué fácil tendría que ser eso acá también.
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  • Una misión en la vida
    Una misión en la vida
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    Paisajes lúcidos de una extraña misión

    De Eran Riklis, el autor de «La novia siria» y «Los limoneros» (que acá se estrenó como «El árbol de lima») nos llega ahora una nueva película, más volcada a la tragicomedia. Pero una tragicomedia, digamos, aligerada, aparentemente leve, cosa de hacernos digerir sin susto las cosas profundas que contiene. Cosas como la soledad de los inmigrantes, la sequedad de los jefes que en el fondo tienen su corazoncito, la indiferencia de las empresas hacia su personal más prescindible, la preocupación de esas mismas empresas por la imagen, cuando se les enrostra la mencionada indiferencia, y también el destino, la ironía del destino, la diáspora y las diásporas, el cuerpo, la belleza desatendida, el viaje a la última morada, la emoción de una despedida colectiva, y también, de forma curiosa, inesperada, y tan lógica que parece mentira que suene inesperado, el derecho universal a eso que muchos todavía llaman Ciudad Santa, y entienden de distinto modo.

    Cómo se abarca todo esto, cómo se hace entretenido y al final hasta un poquito emotivo, convirtiendo en metáfora una anécdota aparentemente menor, es mérito de tres personas. El director Eran Riklis, por supuesto. Antes, el guionista Noah Stollman, que supo adaptar, y en parte mejorar, una interesante novela. Y antes aún, el autor de esa novela, Abraham B. Yehoshuá, que la publicó como «Una mujer en Jerusalén», según reza la edición española. En ella cuenta con singular percepción humorística, pero de humor asordinado, un asunto digno de Mark Twain o Ernst Lubitsch.

    Protagonista, el jefe de Relaciones Humanas de una panadería industrial donde las personas son tan anónimas como los panes hechos por máquinas. Nadie tiene nombre, solo son el jefe, la hija, la secretaria, el supervisor, la ex mujer, los empleados, etc. Solo una persona tiene nombre, y apellido, pero recién después de muerta. Antes era la mujer de la limpieza.

    Ahora, el jefe de Relaciones Humanas debe conocerla por su nombre, y llevar su cuerpo a su tierra natal, porque era extranjera y murió en un atentado de una guerra ajena. La historia deriva luego en un viaje medio pintoresco, algo apoyado en caricaturas y clisés (y en la novela también se pierde un poco), pero de pronto descubrimos que llega a buen puerto, vale decir, por algo hace semejante viaje y llega hasta la aldea perdida donde llega.

    Y es ahí donde el susodicho jefe, y el espectador que lo acompaña, y que también es medio anónimo, empiezan a percibir algo más que la anécdota, y empiezan a soltar la lágrima. ¿Qué es lo que perciben? Llegado a ese punto, el hombre bien podría decir, como dijo aquel marinero del viejo romance español, «Yo no digo mi canción, sino a quien conmigo va». Conviene ir.
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  • Retornos
    Retornos
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    Mediano drama gallego sobre un pasado doloroso

    Hay una pequeña participación argentina (Patagonik como productor asociado) en esta película gallega estrenada ayer de buenas a primeras. Quizá la obra no merecía mucha propaganda, pero ciertos méritos hay que reconocerle. Se trata de un drama social y familiar, acerca de un hombre que vuelve a su pueblo para asistir a los últimos días de su padre. Ese hombre ahora vive en Suiza, pero antes, como iremos sabiendo, tuvo esposa, hija, hermano y cuñada. Ahí está el detalle, en la cuñada. Y en un accidente fatal, que lo convirtió en culpable de dos delitos. Ni la familia ni el pueblo han olvidado esa desgracia, y bien que se la recriminan al pobre infeliz.

    El resentimiento, el odio, la mezquindad, son temas habituales de la narrativa gallega, y acá hacen una correcta aparición, junto a otro menos transitado: la necesidad de perdón. Pero el asunto tiene sus colaterales. La esposa encaró una nueva vida con otro hombre, que le da seguridad, pero que casualmente también provee y administra el puticlub local. Y cuando aparece una chica muerta, el primer sospechoso no es el cafisho, sino justo aquel infeliz a quien todos odian. Su única posibilidad es investigar el asunto por su cuenta, lo que, de paso, quizá le permita alguna posible reconciliación con su hija. La parte de intriga policial es comparativamente reducida, pero contribuye a matizar el drama con algunas variaciones dignas de tener en cuenta. Y el conjunto, en fin, se hace interesante.

    Opera prima de Luis Avilés Baquero, colombo-gallego fogueado como asistente de producción de la serie «Galicia Exprés», libreto de Alejandro Hernández, cubano-gallego, rodaje en La Coruña, con gran presencia del rio Tambre, cielos grises, casas viejas y gentes amargas, todo 100% gallego.
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  • Aguas turbulentas
    Aguas turbulentas
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    Culpa y redención en magnífico film

    Noruega. Un joven sale de prisión tras haber cumplido condena por un crimen que niega haber cometido. Pero ni los demás presos lo quieren. El capellán lo manda a una iglesia donde necesitan un organista. Para rehacer su vida, él usa su segundo nombre, como si fuera otra persona. El diácono lo observa y ampara. ¿Quién podría darle una chance, si la propia iglesia no lo hace? La pastora, que además es bonita, lo observa y se le acerca. Ella también quiere su segunda oportunidad. El hijito de la pastora lo quiere, con la inocencia de los niños. La madre de la víctima lo reconoce.

    Muy buena historia, contada desde dos puntos de vista: el del ex convicto que busca rehacer su vida, y el de la madre de la víctima, que necesita una explicación. Lo interesante es que no la vamos conociendo en paralelo, sino que primero conocemos a una de las figuras, nos interesamos por ella, simpatizamos con ella, y luego conocemos a la otra, nos enteramos de otras cosas, quizá podemos cambiar nuestra opinión. Pero al final todavía está la confrontación entre ambas personas, el choque violento que involucra a otros inocentes, y también la duda por parte de quienes tratan de ayudar, o advierten lo que cada antagonista encierra dentro de sí mismo y puede soltar en algún momento. Acaso, del peor modo en el peor momento.

    Como ciertas obras musicales, la película respira tres tiempos. El primero es calmo e intrigante, el segundo se muestra tenso y perturbador, el último, bien agitado, nos pone definitivamente nerviosos. Hay suspenso creciente, vueltas de tuerca hasta el final, excelentes actuaciones, buena música de órgano, con una singular versión de «Puente sobre aguas turbulentas» en una escena clave, y hay también un arroyo de aguas turbulentas, donde ha pasado una desgracia y puede pasar otra.

    Algo más, lo más importante. En esta historia hay, sobre todo, un lúcido acercamiento a temas profundos de culpa, sentimiento de culpa, reconocimiento o negación, rehabilitación social, rehabilitación ante los familiares de la víctima, rencor, desequilibrio, obsesión, ley del talión, la difícil compasión, la todavía mucho más difícil reconciliación de cada uno con su alma. No digamos, la reconciliación entre esas dos personas tan enfrentadas. Fuerte, bien realista, no es, sin embargo, una película amarga. No cantarán los pajaritos en el desenlace, pero no es amarga. De algún modo oscuro, es luminosa. Lástima que no sea argentina.
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  • Desbordar
    Desbordar
    Ámbito Financiero
    Una buena idea desperdiciada

    «La ineficiente organización de los sistemas de salud, los intereses perversos de laboratorios medicinales, la corrupción en los hospitales psiquiátricos y la falta de actualización en la formación de los profesionales» son algunos de los impedimentos a la hora de mejorar las cosas, proclama «Desbordar» en una didascalia final, luego de dar algunos ejemplos con la historia que acá veremos.

    En ella, dos jóvenes médicos, la novia de uno de ellos, y un estudiante de periodismo, animados por el espíritu de cambio, arman un taller literario en un neuropsiquiátrico, y con los propios internos logran sacar una revista que hasta se vende en kioskos. Nada de esto es del agrado del señor director del establecimiento, ni mucho menos de un sádico enfermero que de puro malo nomás apalea a los internos y se impone a los jóvenes médicos. Años después, los médicos no son tan jóvenes y se las ingenian para burlar el sistema, al menos una vez en la vida, lo cual consiguen, paradójicamente, haciéndose cargo de un muerto. Pero es apenas un triunfo pasajero.

    Básicamente, ésta es la historia. La idea no es mala. Y agreguemos también, la intención es buena. Pero el guión necesitaba mayor desarrollo, la ambientación da lugar a confusiones, y pocos actores logran lucir su parte. Miguel Dedovich es uno de ellos, en el papel de un interno capaz de imponer ciertas formalidades dentro del grupo de pobres desahuciados. Otros lucen desperdiciados o mal aconsejados. Una lástima, porque el asunto tiene su importancia, y además se inspira en una auténtica experiencia que desarrolló un grupo de médicos a mediados de los 80. Fue por entonces, dicho sea de paso, que Eliseo Subiela hizo «Hombre mirando al sudeste», y Marcelo Céspedes y Carmen Guarini «Hospital Borda: un llamado a la razón», dos obras que hoy todavía estremecen, sobre todo cuando uno advierte qué pocas cosas han cambiado desde aquella época en esas casas de encierro.
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  • ¿Qué culpa tiene el tomate?
    Irregular muestrario de mini mercados que aún subsisten

    Cada tanto aparece algún largo armado en base a tres o cuatro cortos de diferentes autores sobre un mismo asunto. Más ocasionalmente, un largo armado en base a cortos de diversas empresas pertenecientes a distintos países, lo que implica todo un esfuerzo de coproducción, con los enredos y posibles beneficios de cada lugar. Buenos antecedentes de este sistema son «El amor a los 20 años», coproducción nipo-franco-italo-polaco-germana, donde se destacan los cortos de Truffaut, Ophuls y Wajda, y el documental «Visión de ocho», sobre las Olimpíadas de 1972 según Ichikawa, Lelouch, Mai Zetterling y otros cinco realizadores de peso.

    Empresas iberoamericanas aplicaron la fórmula en «Tres citas con el destino», argentino-hispano-mexicana, «El ABC del amor», argentino-brasileño-chilena, y muy pocos títulos más, y bien vale destacar el primero, con un episodio formidable a cargo de Narciso Ibáñez Menta. Pero lo que ahora vemos tiene otros detalles singulares. No sólo rescata el viejo método cuando se lo creía perdido, sino que se aplica a siete cortos documentales de empresas pequeñas de otros tantos países, y con un estilo nada masivo. Lo cual resulta muy coherente con su asunto: los mercados de pequeños productores de alimentos que todavía subsisten ajenos a las grandes cadenas. Por ahí va la mano: pequeñas firmas registran pequeños comercios, que son como un espejo, y así encuentran la trastienda de mercados populares, los días y trabajos de quienes aún pueden eludir intermediarios, las charlas de los vendedores en algún descanso, la peruana que relata la épica de su inmigración familiar a Venezuela, el brasileño feliz de atender al cliente en su puestito (y le da un besito a las clientas), el matrimonio misionero de ascendencia europea, que cultiva la tierra y vende sus frutos, la joven medio perdida con su canastita entre gente que ya lleva la vida entera detrás del mostrador, el viejo caribeño que canturrea un tango, los niños en visita escolar haciéndole asquito al fabricante de embutidos, muy orgulloso con las tripas, etcétera.

    Los personajes son interesantes, y los lugares hasta tienen belleza (ya se sabe, la fotografía suele mejorar la realidad). La exposición, en cambio, tiene sus bemoles, porque al haberse dispuesto como estilo el «documental observacional», que prescinde de explicaciones, algunas cosas quedan como quien observa algo mientras espera el colectivo, y después se manda mudar, sin saber qué era ni cómo termina. Pues bien, eran tramos de la vida cotidiana, que no terminan, y que mucha gente ni simira, si no se los encuentra en la pantalla.

    Responsables, Alejo Hoijman-Lagarto Cine (un mercado misionero), Marcos Loayza-Pucará Films (calles de La Paz), Josué Méndez-Chullachaki Prods. (La Victoria, de Lima), Carolina Navas-Pato Feo Films (Corabastos, de Bogotá), Paola Vieira-TVZero (una plaza carioca, Rio), Alejandra Szeplaki-Coop. Estrella Films (un mercado caraqueño) y Jorge Coira-Tic Tac Prods. (Plaza de Abastos de Santiago de Compostela). Este corto es el mejor, por eso va último. Producción general, Hugo Castro Fau, de Lagarto, y Fernanda del Nido, de Tic Tac.
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  • Alfredo Li Gotti. Una pasión cinéfila
    La ejemplar historia de una leyenda para amantes del cine

    En la calle, el hombre puede pasar inadvertido. Un abuelo como cualquier otro, de nariz firme, anteojos de marco grueso, nada fuera de lo común. Pero entre los viejos amantes del cine, entre los cineclubistas de veras, es toda una leyenda. Se llama Alfredo Li Gotti, es coleccionista y tiene su propia sala de cine, levantada ladrillo a ladrillo por él mismo junto a sus dos sufridos yernos. Y esa sala lleva el nombre de otra leyenda, su amigo Felix Giuliodori. La gente concurre gratis, cualquiera puede ir, a ver copias únicas, conseguidas de las más diversas formas. En tiempos donde se supone que «todo» puede bajarse por Internet, él sigue mostrando, cada tanto, piezas únicas. Y en tiempos anteriores, durante años proveyó conocimientos reales a los interesados. Gratis, para mayor gloria.

    Roberto Ángel Gómez lo sigue y le hace contar su vida, desde aquel cumpleaños de 11, cuando un tío le regaló un proyector y así empezó a pasar dibujos en la cocina de un conventillo de la Boca, en adelante. De esa forma pasan por sus recuerdos Juan de Dios Filiberto, la noviecita de los 12, la de 1950 con quien se terminó casando y que todavía lo aguanta, el trabajo en Segba hasta jubilarse, las andanzas de cantante entre la lírica y el tango, las incursiones en el teatro de revistas, donde no siempre le pagaban, la amistad con Giuliodori, el entretenimiento familiar de sonorizarle diálogos a las películas mudas, con esposa, hijas y vecinos como improvisados intérpretes, las reuniones semanales con los amigos y el nieto, un muchacho que ya tiene el vicio, los viajes al Festival de Toronto, especialmente invitado para pasar los cortos de Gardel en buenas copias, y otras aventuras.

    También agregan sus anécdotas y comentarios los parientes, el técnico que atiende sus proyectores, y, entre otros, sus colegas Enrique Bouchard, que lo introdujo en la materia y en las reuniones de la Asociación Argentina de Coleccionistas de Cine que se hacían en la Asociación de Cronistas Cinematográficos (viejos tiempos) y el más joven Fernando Peña, que amén de descripciones y explicaciones sobre el síndrome del vinagre que afecta a las copias y el síndrome de Li Gotti que afecta a las copias más amadas, lo pinta de cuerpo entero con una anécdota graciosa. Según esa historia, unas personas le llevaron una película, a ver qué era. Apenas Li Gotti empezó a proyectarla, les dijo «Señores, esto es Pepé le Mokó, de Julien Duvivier, 1937, con Jean Gabin, no hay otra copia en todo el país, y no sale de acá». Se la vendían, o se la vendían, pero no se la iba a perder. Nunca tuvo auto, pero llenó su casa de películas para compartir con los asistentes a su sala. Y ése es el detalle: nunca quiso una copia para él solo.

    Por eso este documental no es sobre un coleccionista encerrado en su mundo, como podría pensarse, sino sobre un apasionado abierto a todo el mundo. Y que, como tantos otros hombres dignos de una película, en la calle pasa desapercibido.
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  • Rompecorazones
    Rompecorazones
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    Entretiene un simulador afectivo

    Se ignora si el director Pascal Chaumeil ha visto la serie argentina «Los simuladores», aunque sea en versión española, o si Damián Szifrón y él se han criado con las mismas comedias de tipos simpáticos desarrollando ingeniosas tramoyas y variados disfraces en ambientes elegantes, como «Dos seductores», con Marlon Brando y David Niven, donde los pícaros se turnaban en el arte de engañar damas adineradas dejándolas sin alhajas pero felices y contentas. He allí el verdadero arte de la seducción: dejar a las víctimas plenamente satisfechas.

    En el cuento que ahora vemos las cosas son algo distintas, pero el espíritu, los ambientes, el lujo de autos y vestidos, y el porte de las damas es más o menos similar. Sólo que el seductor es uno solo, y, fruto de los tiempos, trabaja a destajo por cuenta de terceros, debe ser auxiliado por un pequeño equipo altamente equipado, tipo inspector Gadget, apenas tiene tiempo de disfrutar de sus éxitos, y su especialidad es altamente exigente. ¿Qué es lo suyo? Digamos, por ejemplo, una rica heredera está empeñada en casarse con determinado fulano, al padre no le gusta, contrata al seductor, éste seduce a la rica heredera, la hace cambiar de opinión, el determinado fulano se queda sin matrimonio, y la chica con otro amor, que luego desaparece y cambia de fachada apenas cobra lo acordado con el padre.

    Por supuesto, pueden surgir algunos inconvenientes. Un mafioso viene con malos modos a cobrar deudas atrasadas, la anterior seducida quedó desconforme, una amiga de la heredera resulta ninfómana incontenible, el fulano a burlar es un buen tipo, la heredera es vana y engrupida pero demasiado inteligente como para envolverla, ciertos trucos previstos fallan vergonzosamente, y, para más vergüenza, entre la mujer vana y el seductor laborioso empieza a surgir un inesperado sentimiento. ¿Qué tan inesperado es ese sentimiento? ¿No hemos visto, hace una ponchada de años, caracteres y situaciones vagamente similares en las comedias de Manuel Romero con Paulina Singerman y Juan Carlos Thorry? ¿No sabemos, acaso, que todo esto terminará de la peor manera posible, es decir, en matrimonio? Pero igual nos enganchamos placenteramente, nos deleitamos con los juegos de equipo, de manos, de ropas y de platos, todo tirando a cinco estrellas en la Costa Azul, y aceptamos cordialmente la oferta de pasar el rato con esta variación moderna de antiguos cuentos. La chica Vanesa Paradis es bastante atendible, ya la hemos visto, el galancito mezcla facha con cierto dejo de fragilidad como para enternecer a las espectadoras (igual podría peinarse un poco), el reparto y las locaciones son agradables, y el director es debutante pero tiene una larga carrera como asistente de dirección en títulos como «Yo soy el señor del castillo», «Basta de pálidas» y «El quinto elemento», y como director de abundantes publicidades, series y miniseries de intriga, engaño y amor, entre ellas «Avocats & associés», que, según reseñas, también tiene alguna coincidencia con «Los simuladores». En suma, y como ya está dicho, se pasa el rato.
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  • Blue Valentine
    Blue Valentine
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    Logradas escenas del final de un matrimonio

    Sorprende esta película estadounidense, claramente situada por sobre el promedio de las obras de ese origen dedicadas a problemas de pareja. Sorprende y duele, porque nos presenta con mucha honestidad varias escenas del final de un matrimonio, confrontadas con las del noviazgo y los primeros tiempos. No sabemos por qué la parejita de aquellas buenas épocas terminó siendo lo que ahora vemos, en apenas seis años. Porque sus integrantes se siguen queriendo, en el fondo rehúyen separarse, sobre todo porque está la nena, pero también sienten desilusión, agotamiento, hastío, en fin. No lo sabemos, pero podemos sospecharlo.

    Las espectadoras, o los enamorados de la chica rubia, van a comentar los defectos del hombre, entusiasta, creativo, cariñoso, pero demasiado desorganizado y neurótico. Los varones, en cambio, comprenderán los esfuerzos del enamorado ante una piba linda pero apagada, insulsa, que no sabe comunicarse ni decir lo que quiere, y quizá tampoco sepa lo que quiere. Y más de uno, por no decir prácticamente todo el público, reconocerá ahí algo de sus propias experiencias, las lindas y las amargas, sobre todo las primeras intimidades, y luego la convivencia agria o desinteresada, y también la rabia y el dolor de separarse. Por ahí va el atractivo del film, ése es su mayor mérito.

    La pareja imaginada para el film es creíble, las situaciones son verosímiles, los intérpretes adecuados, como los maquilladores, y el autor tiene mucho don de observación y maneja correctamente un estilo a lo Cassavetes, cercano sobre todo a «Minnie & Moskowitz (Así habla el amor)» pero sin final feliz. Típica, la escena en que el marido arroja furioso su anillo de compromiso al medio de un yuyal, e inmediatamente se pone a buscarlo todo el resto del día, mientras la mujer lo mira con piedad y mucha vergüenza por haberse casado con semejante papelonero. Derek Cianfrance es el autor, que viene del documental y ya se ha lucido en algunos retratos de músicos. Acá se luce como debutante en la ficción, y también destaca cierta habilidad comercial, ya que el gancho de la obra ha sido, en primera instancia, la reacción de la censura americana por ciertas escenas de sexo. Ryan Gosling («Lars y la chica real») y la ascendente Michelle Williams («Wendy & Lucy») hacen con reconocible naturalidad esas partes, y también las otras mucho menos agradables.

    Resumiendo: sería exagerado compararla con las «Escenas de la vida conyugal», de Ingmar Bergman, ni siquiera con el «Matrimonio» de Claude Lelouch, pero esta «Blue Valentine», que en algunos países se estrena como «Triste San Valentin», tiene lo suyo, y vale la pena. Cuestión de animarse a verla, que en este caso es como decir animarse a ver, probablemente, una historia como la de uno (encima sin la rubia).
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  • La palabra empeñada
    La palabra empeñada
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    Interesante documental sobre el discutido Jorge Masetti

    Muy interesante, y bien hecho, resulta este documental sobre el discutido periodista y guerrillero Jorge Ricardo Masetti, con testimonios de sus compañeros de letras y de armas. Para las nuevas generaciones: Masetti fue el enviado de Radio El Mundo que en 1958, sorteando serios riesgos, logró llegar hasta los cuarteles de Fidel Castro y Che Guevara en Sierra Maestra, los entrevistó y transmitió a Sudamérica. En 1959, entusiasmado con la revolución, se instaló en La Habana, cofundó y dirigió la famosa agencia Prensa Latina junto a Gabriel García Márquez, Rodolfo Walsh y otros escritores comprometidos. Actuó también en las luchas de Playa Girón y Escambray, pasó luego a llevar armas para Argelia (en viajes de obligado itinerario Praga-Londres-Mali), y terminó conduciendo una fallida guerrilla cubano-argentina en las selvas de Orán, donde desapareció en 1964, a los 35 años de edad.

    Ahora su nieto, que lleva el mismo nombre y también es periodista, y el cortometrajista y editor Juan Pablo Ruiz, rehacen sus pasos, desde Sierra Maestra hasta Colonia Santa Rosa, entrevistando amigos de temprana juventud como el recordado Alejandro Doria (codirigieron «Cara y Ceca» en 1955), miembros de Prensa Latina, desde García Márquez hasta José Bodes, que todavía sigue, y la secretaria Conchita Dubois, que le llevaba la agenda y envolvía el fusil con mira telescópica, y los camaradas del fallido intento Alberto Castellanos, «escolta personal» del Che, y el histórico Ciro Bustos. También, tres de los aspirantes argentinos que terminaron presos sin alcanzar a disparar un tiro: Miguel Tirantti, Jorge Paul, Héctor Jouve, quizás el de balance más equilibrado. Otros dos aspirantes, agotadas sus fuerzas e ilusiones, terminaron fusilados por el propio Masetti, lo que ha sido desde entonces motivo de discusiones entre la gente de izquierda. Inquietante, la forma en que Bustos zanja la cuestión: «Era el mismo rigor que aplicó el Che en Sierra Maestra».

    El registro incluye testimonios de viejos guerrilleros cubanos, algún miembro de inteligencia de aquel país, y también argentinos que miran las cosas de otro modo, como Rogelio García Lupo (compañero en la Alianza Libertadora Nacionalista), Osvaldo Bayer («hay que decir que Masetti fue un revolucionario sacrificado, no de palabra»), y el suboficial mayor retirado Belisario Lauro López, miembro de la patrulla de Gendarmería Nacional que sorprendió a los cubanos. Aquella intentona tuvo cuatro víctimas fatales: el gendarme Juan Adolfo Romero, el capitán cubano Hermes Peña Torres, y los dos chicos fusilados. Masetti se perdió en la selva y nunca más se supo, lo mismo que un bolso con dólares (hay quien sospecha de los gendarmes), y los demás fueron presos.

    Esa historia dio lugar a una película inmediata, bastante tendenciosa, llamada «Los guerrilleros», de Lucas Demare, otra reciente, «Los condenados», del español Isaki Lacuesta, y varios libros. El documental que ahora vemos aporta mucho, con admiración pero también con reconocible objetividad. Se recomienda para estudiosos de la historia latinoamericana y argentina.

    Aparte, hay otro Jorge Masetti. Un hijo de aquel periodista guerrillero se crió en Cuba, luchó años después junto a la guerrilla sandinista, cumplió tareas en los llamados «departamentos de moneda convertible» de La Habana (falsificación de dólares, tráfico de marfil, etc.) y terminó escribiendo en 1999, en España, «El furor y el delirio. Itinerario de un hijo de la Revolución Cubana». Esa también es otra mirada interesante.
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  • Incendies
    Incendies
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    Historia con la fuerza de una tragedia griega

    Montreal, oficina del escribano Jean Lebel, cuya vieja empleada acaba de morir, tras pasar sus últimas semanas hundida en quién sabe qué reflexiones. Ella dejó a sus hijos un testamento estremecedor, pese a los esfuerzos del propio notario para disuadirla. Ahora, él toma esa última voluntad como algo casi sagrado, y cuidará que se cumpla: los hijos deberán hallar al padre, a quien desconocen y suponían muerto, y al hermano mayor, cuya existencia simplemente ignoraban. Como se ve, la madre nunca les contó ciertas cosas. El detalle es que era una refugiada. Ellos crecieron en Canadá, pero nacieron en un país del Cercano Oriente, al que ahora habrán de conocer.

    La historia es impresionante, con el atractivo de los viejos relatos de intriga y el espanto de las noticias más o menos contemporáneas de guerra. En este caso, aunque la obra no lo diga nunca, y bautice con nombres ficticios los diversos lugares donde transcurre, es evidente que alude a la guerra civil libanesa de los 70 y 80 entre musulmanes y cristianos maronitas, con los palestinos refugiados en los campos como chivo expiatorio. ¿Por qué no lo dice? Pues, porque aquello fue tan enredado, con tantos grupos y grupúsculos de variable posición, que no valía la pena andar confundiendo al espectador. Lo importante es que el odio era inmenso, las revanchas continuas, la paz despreciada. Por otra parte, esto bien pudo haber ocurrido en los Balcanes, Ruanda, Colombia, cualquiera de esos lugares donde una chica enamorada de quien no le conviene sufra lo que no se merece, se endurezca hasta convertirse en otra persona, y al mismo tiempo guarde en su interior un corazón de madre. Suficiente con eso.

    No corresponde contar demasiado, ya que aquí vamos de sorpresa en sorpresa igual que los hijos, que al final descubrirán al padre y al hermano, y también su verdadero origen, pero sobre todo descubrirán quién era su madre, y de qué madera estaba hecha. Lo único que cabe anticipar es el buen nivel de las actrices Lubna Azabal y Mélissa Désormeaux-Poulin (no hace falta decir qué personaje hace cada una), y el preciso manejo del director Denis Villeneuve, que hábilmente nos hace pasar por alto algunos detalles ajenos a la propia lógica de la historia, empezando por la referida exigencia testamentaria. Ni hablemos de la resolución, que analizada en frío se hace medio inverosímil, pero así como se presenta tiene la fuerza de una tragedia griega y la aceptamos totalmente.

    A señalar, también, las alusiones teológicas en la mención de dos problemas matemáticos (Siracusa y Chanisberg) y la libertad habida en la adaptación: nadie sospecharía que esta película se basa en una obra teatral de puros monólogos poéticos (la hizo el líbano-canadiense Wajdi Mouawad y también es buena). En resumen: obra fuerte, con algunas trampitas, realmente bien hecha. Fue candidata al Oscar por mejor film extranjero, en marzo último.
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  • Le quattro volte
    Le quattro volte
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    Bello film con ecos de poetas del cine como Jacques Tati

    Este es un semidocumental, vale decir, varias partes están escenificadas, o directamente ficcionadas. El viejo pastor al que vemos ya tirado en la cama, rodeado de sus cabras, en verdad no muere. El cabrito perdido, que gime por su mamá mientras llega la noche y para colmo está por nevar, tampoco muere, ni lo abandonan. Al camarógrafo que filma desde el interior del nicho y desde el interior del horno de carbón, cuando cierran la tapa, tampoco lo dejan adentro, por supuesto. Y la escena donde un perro sabotea una procesión, amenaza al monaguillo, causa un desastre y se manda mudar (todo en un solo plano secuencia de seis minutos), estaba toda preparada y tenía una trampa, según confesión del propio autor. En suma, no es un estricto documental. Se lo puede llamar documental de creación, eso sí, y hasta cierto punto. Pero qué hermosa creación.

    Últimos días de un anciano pastor de cabras, primeros días de un cabrito, el viaje de un enorme pino, desde que los hombres del pueblo lo talan y transportan para usarlo en una fiesta regional, hasta su posterior conversión en carbón

    vegetal, para entibiar los hogares. Eso es, básicamente, lo que vemos, sin palabras ni explicaciones. Una sencilla, poética, algo panteísta, incluso humorística representación de las cuatro

    partes de la existencia, como las calificaban, según parece, algunos pitagóricos. De ahí el título, «Le quattro volte», pero quizá no sea necesario entrar en detalles. Esta obra se siente, después, en todo caso y si uno quiere, se piensa.

    Filmada en comunidades de Reggio Calabria como Serra San Bruno, donde se mantiene la tradición de esos hornos impresionantes llamados «scarazzi», que tardan diez días en hacerse y veinte en cumplir la combustión completa, la película nos lleva a otro mundo, y acaso también despierta en algunos espectadores una cierta vibración ancestral, por el lugar donde transcurre, las costumbres que vemos, la parsimonia de sus gentes y la tranquilidad de sus extensos bosques. Y despierta en todos, la tranquila nostalgia de otra clase de vida.

    En algunos, también despierta la nostalgia por otra clase de cine. El de Jacques Tati, en la graciosa escena del perro. Y el de dos poetas lombardos: Ermanno Olmi, de «El árbol de los zuecos», y en especial Franco Piavoli, un tipo que sólo filma en los alrededores de su pueblo, y que en «Il planeta azurro» nos cuenta, al mismo tiempo y sin palabras, la historia de un día, de un año, del mundo, y de las especies. Otro poeta. Por ese camino va el que ahora conocemos, Michelangelo Frammartino, que también es lombardo. Vale la pena conocerlo.
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  • Winnie the pooh
    Winnie the pooh
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    Winnie the Pooh: un viaje a la mejor tradición

    No sólo para los más pequeños, sino para cualquiera que guste recordar su más lejana infancia, estas nuevas (y no tan nuevas) aventuras del osito de peluche y sus amigos están realizadas en el tono amable habitual y con las tradicionales técnicas del dibujo a mano que hicieron la gloria de los estudios Disney. También, con los juegos de letras y personajes como en los viejos tiempos, y un lindo remate tras los títulos finales.

    Todo sigue la buena tradición de la casa, y sigue también enriqueciéndola con una exquisita pintura de fondos y follajes, en la línea de los más o menos recientes «Winnie Pooh y el pequeño efelante» (no elefante), «La película de Tigger» y «La gran película de Piglet». Y por si esto fuera poco atractivo para sumergirse en el mundo apacible de esos cuentos para criaturas, ahí también están los juegos «metalinguísticos» (pero gozosamente captados por los niños) entre personajes y narrador, y entre personajes y tipografías del cuento donde aparecen. Este grato recurso ya aparecía en el primer largo de la Disney con el osito, que condujo el gran Wolfgang Reitherman allá por 1977, lo mismo que el de los sueños disparatados y otros chistes ahora retomados.

    La pena es que hay menos chistes de lo esperado, y las canciones de fondo son más de las necesarias. Tampoco son demasiado memorables. Pero esos son pequeños detalles, que apenas molestan. La obra se disfruta con mucha placidez. Directores, Stephen J. Anderson («La familia del futuro») y Don Hall. Dibujo de una secuencia onírica, Eric Goldberg, creador del genio de «Aladino» y autor del capítulo «Rapsodia en Blu», de «Fantasía 2000». Guionistas, ocho, incluyendo una china. Supervisor, Burny Mattinson, un histórico que trabajó en los primeros cortos del osito, allá por los 60. Creador del personaje y de los cuentos originales, el inglés Alan Alexander Milne, que los escribió entre 1925 y 1928 inspirado en su campito de Sussex y en los juguetes de su hijo Christopher Robin.

    Pequeña anécdota: como el niño que aparece en los cuentos lleva su nombre, dicen que al hijo de Milne lo cargaron durante años en la escuela, razón por la cual éste odiaba los cuentos de su padre. No debe ser cierto. Además, siendo hijo único, después heredó los derechos de autor y vivió cómodamente hasta el fin de sus días.
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  • Vienen por el oro vienen por todo
    Registro de un raro triunfo

    Ganador de ocho premios internacionales en encuentros de cine y medio ambiente, desde Río Negro hasta Costa Rica, Ourense y Eslovaquia, esta película describe algo bastante inhabitual: el triunfo de la gente común contra una imponente empresa que venía a destruir su paisaje. Por supuesto, la cosa es más compleja y el mismo film trata de explicarla atendiendo algunas de las diversas partes en juego.

    Todo nace en 2002, cuando los autores estaban grabando las bellezas de Esquel para un programa televisivo, y advirtieron los primeros movimientos locales contra la instalación de una compañía canadiense de minería a cielo abierto. En síntesis, se enfrentaban la promesa de trabajo contra la amenaza de destrucción de los cerros vecinos y la contaminación del agua potable. O, dicho de otra forma, voceros, proveedores y desocupados contra un sector de clase media más inclinado al negocio del turismo y la vida del planeta. La lucha desembocó en un inusual plebiscito vinculante donde hasta los desocupados terminaron votando por el status quo. Sobre esto hablan tanto los triunfadores como algunos de los afectados por la negativa, en especial el gobernador de aquel entonces, que saca interesantes conclusiones.

    De todos modos, la empresa sigue en la zona, cumpliendo tareas menores quizás a la espera de un cambio de opinión en los habitantes. Siguen también, por ahora, el hermoso paisaje, las pistas de esquí, las vicuñas, el vecino parque nacional (que se hubiera visto dañado) y demás atractivos de explotación circunscripta. El documental hace un lindo registro de esas bellezas, y cumple con la información sin batir demasiado el parche para un solo lado, defecto propio del cine rabiosamente ecologista o izquierdista.
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  • Mujeres al Poder
    Mujeres al Poder
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    Acierta Ozon con su versión de “Potiche”

    Los memoriosos (y afortunados) recordarán haber visto este vodevil, con su nombre original, «Potiche», hará unos veinte años en Mar del Plata y Buenos Aires. Con él se despidió de las tablas Mirtha Legrand, jugando el papel que ahora interpreta Catherine Deneuve. La acompañaban Juan Carlos Mesa, luego reemplazado por Rodolfo Ranni, en el papel de marido, y Juan Carlos Calabró en el de sindicalista que entra en confianza con la esposa del empresario, y que en cine hace Gérard Depardieu. Dirigía la puesta, monsieur Daniel Tinayre. Quien la vio todavía se regocija, y quien no, también se regocija, pensando en los diálogos que tendrían doña Mirtha con Calabró. Tales memoriosos dicen que el juego entre ambos era mejor que el de la Deneuve con Depardieu, aunque eso ya es mucho decir y no puede comprobarse.

    Lo cierto es que la obra sigue siendo entretenida, incluso bastante aguda y sustanciosa. El asunto es prácticamente el mismo: una señora muy aseñorada se ve en la repentina obligación de atender por un tiempo la empresa que hasta ese momento manejaba solamente su marido. Corrige algunas cosas y, contra todo pronóstico, la hace progresar. Más aún, le toma el gustito, sale de su jaula de oro y asume nuevas experiencias, no sólo empresariales, para desesperación del otro, que la tenía de adorno, tal como el título sugiere. En la versión que ahora vemos esas nuevas experiencias llegan hasta la política, lo que permite otros chistes, y otro final, más actualizado, aunque la ambientación sigue transcurriendo en mejores épocas (mejores para el recuerdo, se entiende).

    Para el caso, todo se ambienta en los 70, y el propio estilo de la película remite directamente a los 70, con tal gracia evocativa que uno espera en cualquier momento la aparición de Louis de Funes como el malhumorado dueño de la fábrica. En su reemplazo aparece Fabrice Luchini, a quien cabe prestarle atención. Lo mismo a Karin Viard, que hace de secretaria. Pero, por supuesto, quien se lleva las palmas es Deneuve, al fin otra vez haciendo una comedia. La anterior fue «Ocho mujeres», con el mismo director, François Ozon. Ah, al fin otra vez Ozon haciendo una comedia. Es un director completo, casi todoterreno como los de antes, pero lo que el público general más le agradece es justo este sentido del humor, y de la puesta en escena que puede regalarnos.

    En suma, hay chistes simpáticos, espíritu de parodia (a veces medio locales, otras universales, como la paráfrasis de un famoso poema de Kipling), unos acordes a lo Vladimir Cosma para mayor poder evocativo, comediantes de buen ánimo, y se dicen unas cuantas cositas como quien no quiere la cosa, en tono ligero pero nada tonto. Autores de la pieza original son los hoy viejitos Pierre Barillet y Jean-Pierre Grédy, es decir, los mismos de «Flor de cactus», «Cuarenta kilates» (que acá también hizo Mirtha Legrand) y otras varias de similar encanto y oportunidad de lucimiento para las actrices.
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  • Los labios
    Los labios
    Ámbito Financiero
    “Los labios”: para amantes de los medios tonos

    Santiago Loza e Iván Fund, cada uno por su lado, se han mostrado particularmente hábiles para crear climas y hasta sugerir trasfondos con los más mínimos elementos, sobre todo el primero, que ya tiene varias obras acumuladas. No para público general, cabe avisar, sino sólo para aquel que busca el detalle del medio tono distinto y que, por eso mismo, no saldrá defraudado. Hay un matiz: el medio tono de Loza tiene un particular sentimiento, que lo distingue del simple juego de estilo y otros males típicos del ambiente snob donde se muestra esa clase de novedades.

    En este caso, los elementos mínimos son tres actrices de su taller, dos semanas apenas de rodaje, las afueras de un pueblo del norte santafesino (donde Fund pasó su infancia y tuvo la idea de esta obra), y una serie de escenas más o menos improvisadas con gente del lugar. Las actrices desarrollan pequeñas situaciones cotidianas de otras tantas asistentes sociales, enviadas por algún organismo para registrar necesidades, y tratadas con farisaica cortesía por un representante del lugar, que las aloja entre los restos de un viejo hospital en demolición. Entre ellas puede que pase algo, que una se sienta a disgusto sobre todo en relación con otra, o no. A los autores les interesa sugerir situaciones, y hasta ahí llegan. No muestran mayores resoluciones.

    Pero está lo otro: en el antedicho registro de necesidades están las personas del lugar, que, sin dudas, saben que esto es sólo una película, pero aceptan comportarse como si las actrices fueran realmente asistentes sociales haciendo una inspección sanitaria, y sueltan lo suyo con una naturalidad impresionante.

    Esa mezcla de ficción y realidad se va haciendo indisoluble ante nuestros ojos. Se nos graba la forma apacible, cordial, con que las gentes simples muestran su orgullo y preocupación por sus criaturas, y las asistentes tienen, cada noche más marcada en el rostro, la inquietud y el dolor ante la suma de enfermedades endémicas, la cantidad de remedios vencidos que envían las autoridades, y el calor, y el malestar. Lindos paisajes del monte, una tormenta, un novillo corriendo suelto por el camino, son breves pinceladas de un relato que apenas se esboza, y que tiene su climax en una fiesta de bar, las tres mujeres entre parroquianos que intentan arrimarse, y en algún caso llegan a buen puerto (ejemplo de natural seducción, el galán lugareño, de oficio bailantero, que despabila a una de las mujeres, ignorante del malestar de otra). El día siguiente, bueno, es realmente otro día. Sensorialmente, es como el espectador percibirá lo que ha cambiado.

    Dos mil dólares, nomás, llevó hacer esta película, recuperados con un subsidio que alcanzó para pagar al escaso equipo y repartir un «pago por actuación» entre las familias entrevistadas. Aparte, las tres actrices recibieron un bonus inesperado, e inmejorable: el premio conjunto a la mejor intérprete en la Quincena de Realizadores de Cannes, el año pasado.
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  • Secuestro y muerte
    Secuestro y muerte
    Ámbito Financiero
    Tibia escenificación de un drama nacional

    Vagamente inspirada en gravísimos hechos históricos, ésta es la película que abrió el Bafici del año pasado con escasa repercusión. Se esperaba entonces una gran polémica, pero eso que algunos sectores K denunciaron como imposición del mismísimo Mauricio Macri para reivindicar al general Pedro Eugenio Aramburu («figura insigne del gorilaje nacional», dijo en su comentario la agencia oficial Telam) resultó ser una obra casi abstracta, tibia hasta la vaguedad, y encima monocorde hasta el aburrimiento. El año largo transcurrido desde entonces no la ha mejorado.

    La intención del autor, Rafael Filippelli, parece haber sido ilustrar mediante la escenificación cinematográfica un capítulo del ensayo de su esposa Beatriz Sarlo «La pasión y la excepción», pero sin pasión. Demuestra, eso sí, que no hay mayores excepciones, como cada sector pretende, ya que de algún modo los extremos se tocan aunque hablen idiomas totalmente diferentes.

    Para ello, reelabora el secuestro, juicio sumarísimo sin defensa y asesinato del general Aramburu a manos de jóvenes peronistas del grupo Montoneros, como venganza por delitos similares que él mismo cometió años antes. El asunto es interesante, el problema es que lo expone del modo más diluido posible. Acá no se menciona a nadie por su nombre, los diálogos, que podrían ser sustanciosos, alternan entre generalidades y zonceras, el núcleo del conflicto también roza la abstracción, y algunos personajes más que fanáticos inteligentes, resentidos y decididos a matar y morir lucen como verdaderos pavotes medio aburridos, por no decir otra cosa (nada que ver con los originales históricos, entre ellos Norma Arrostito, Mario Firmenich y Capuano Martínez).

    Seguramente eso es lo buscado por el autor, pero el público no encuentra justificativo a la visión. Además las actuaciones son casi todas de una francesa languidez, supuestamente bressoniana. La película igual puede reverdecer alguna polémica, ya que en los referidos diálogos el general siempre parece más centrado que sus ejecutores. Su intérprete es Enrique Piñeyro, con una caracterización que lo asemeja más al general Onganía visto desde muy lejos que al mencionado Aramburu, hombre de mirada firme y medio acerada.

    Exégetas del director aseveran que lo suyo es un riguroso trabajo de puesta en torno a los tiempos muertos de una espera, y un registro hábilmente ambiguo de los puntos de vista confrontados. Puede discutirse lo segundo, pero eso de los tiempos muertos es totalmente cierto. A la espera del desenlace, las horas agonizan de tedio junto a los espectadores, que sólo se mantienen vivos porque las butacas de la sala de estreno son medio incómodas.
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  • Amateur
    Amateur
    Ámbito Financiero
    Al cine amateur con ingenio y buen humor

    Una delicia. Este documental, breve, ingenioso, de buen humor, es sencillamente una delicia. Afrontó sus riesgos, porque empieza de forma tan regocijante que el resto podía quedarse apocado, pero por suerte tiene su brillo. Y el cuerpo principal de la obra tiene un solo personaje muy fuerte, encima es prácticamente el único que habla, con lo que la obra arriesgaba sonar monocorde, pero, de nuevo por suerte, el personaje es de lo más variado. Y luego está ese asunto de los dos o tres finales, cuando la película cierra de modo perfecto, con calce justo, pero sigue, lo bueno es que el siguiente final también es muy lindo, pero sigue, y el colofón también es muy lindo, y ahí uno ve que el problema no es solo del director, sino de uno mismo: estamos enamorados de la alegría de vivir que nos transmite el personaje.

    Esto empieza con un prólogo humorístico sobre aquellos seres pintorescos que allá por los 70 registraban todos los acontecimientos familiares con la camarita S8, antecesores de quienes hoy hacen lo mismo con la camarita de video, con las mismas torpezas, insistencias, e ingenuidades. La cosa se concentra luego en uno de los Días de las Películas Familiares que organiza el Museo del Cine en el Rojas, donde va la gente con los rollitos de S8 encontrados en alguna caja amontonada, a reírse y enternecerse con los pequeños tesoros redescubiertos. Ahí aparece nuestro héroe.

    El hizo algo más que los otros: él hizo películas de acción, en especial un western a la manera de los western-spaguetti. E hizo algo más: la remake, con mayores conocimientos. Y ahora quiere hacer una tercera versión, con sus compañeros de entonces o con sus vecinos, proveedores y pacientes, porque es odontólogo. Y también, con el mismo entusiasmo, con igual alegría, es jefe scout, comentarista radial, cinéfilo, coleccionista de lo más variado, cazador, campeón de tiro al blanco, novelista (mirando la pantalla hizo hábilmente la versión literaria de un film policial suyo), etc., etc., amén de impulsor de un proyecto de protección del ombú que aparece en «El camino del gaucho» (The Way of the Gaucho, 1952), cuyo rodaje presenció cuando niño.

    Jorge Mario, se llama este señor concordiense ya de 70 cumplidos, que, como se decía antes, «juega a las películas», y es como un niño grande, o como el hombre grande que los niños miran con admiración y recuerdan cada tanto cuando crecen y pierden los sueños. El no los pierde, los concreta como mejor le permiten sus recursos, y así los ama y nos transmite su amor. Y Nicolás Frenkel se llama el autor de este documental, que recibió todo lo que el otro transmite, y supo depositarlo ante nosotros. Algo más: lo acompaña. Es muy lindo cómo le pone música de western a sus andanzas por el barrio, o capta el plano con que Mario rinde homenaje a la película que vio en su infancia. Y de la parte final, no digamos nada, hay que verla (y hay que ver, también, la mirada de la esposa del cineasta amateur, tan parecida a la de muchas maternales esposas de profesionales).

    Algunos amargos o políticamente correctos piensan que Frenkel se ríe de su personaje. Será que ellos temen reírse, o que se rían de ellos. Pero esto ya sería tema de discusión, y la película no es para discutir, es para disfrutar.
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  • Cocina del alma
    Cocina del alma
    Ámbito Financiero
    Comedia liviana con ingredientes serios

    Paradoja del conocimiento: quien nunca ha visto un film de Faith Akin ya «sabe» cómo termina éste. Pero quien vio «Contra la pared» o «Al otro lado», no se anima a esperar un final feliz. Se trata de una comedia liviana, es cierto, pero tiene componentes bastante serios, hay un trasfondo realista, el autor tiene mala fama de serio, y eso le pone suspenso a la resolución. ¿Las vicisitudes de nuestro protagonista y sus amigos llegarán a buen puerto?

    A propósito, la acción transcurre en Hamburgo, pero lejos del puerto, en un barrio de depósitos venido a menos. Allí, un joven greco-alemán ha instalado un restaurante obrero de mala muerte. De cómo el mismo se convierte en lugar de moda para la muchachada bohemia, amante de las marchas y el machaqueo con afrodisíacos (hay una escena bastante risueña sobre esto, aunque los conocedores dicen que pudo ser todavía más loca), eso es apenas la parte del medio en esta historia. Porque el pequeño empresario tiene su pequeño éxito, pero sufre mal de amores, dolor de espalda, exceso de confianza, y sobre todo acoso de Rentas, Salud Pública y mafia inmobiliaria.

    El confía en los músicos y el inquilino que se aprovechan de su bondad, en su hermano delincuente con permisos de salida, en su cocinero lanzador de cuchillos, y sobre todo en su novia rubiecita, adineradita, y como diez centímetros más alta que él. Y enfrenta, con eterna cara de perplejidad, a los inspectores municipales y al exitoso ex compañero de escuela que, con malas artes, quiere comprarle el local para demolerlo. No diremos cómo se resuelve el asunto, pero sí que se pasa un buen rato, hay música variada, y los personajes son casi todos simpáticos, incluso casi todos los malos, y, eso sí, todos los malos tienen inocultable pinta de alemanes. Para rúbrica, el actor que hace de mafioso inmobiliario se llama Wotan Wilke Mohring.

    Símbolos de la nueva Europa, Akin es hamburgués de ascendencia turca y el protagonista y coguionista, Adam Bousdoukos, hamburgués de ascendencia griega. El resto se completa con gente variada, igual que la música, donde sobresalen temas del soul americano de los 70 y una canción que suena justo cuando parece que nuestro héroe ha tocado fondo, algo así como «la última camisa ni siquiera tiene bolsillo», en registro de archivo de Hans Albers, famoso y querido comediante que atravesó los peores tiempos siempre con buen ánimo. Hamburgués también él, dicho sea de paso.
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  • Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo
    Graciosa pintura de un argentino reconocible

    Para hacer esta película sobre un tipo que retoma diez años de su vida, los autores volvieron a tareas que habían hecho unos diez años antes. A ellos les fue bien, al otro ya veremos.

    Allá hacia fines del siglo pasado, Mariano Cohn y Gabriel Duprat, autores de la reciente «El hombre de al lado», eran dos jóvenes renovadores de la televisión por cable y el video experimental. Fue entonces que empezaron su feliz relación creativa con el escritor Alberto Laiseca. Así, en alguno de esos trabajos (la serie «Cuentos de terror» y la singular y muy poco difundida «Enciclopedia») Laiseca cuenta a cámara la aventura de un gil a quien un diablito bromista le ofrece revisitar su pasado. Ese es, básicamente, el asunto que los directores retoman y que ahora vemos, nuevamente contado por Laiseca, pero ya enriquecido con lujo de detalles, con variaciones, con fiorituras, con anticipos, comentarios, digresiones, toda una serie de ironías que enriquecen la anécdota, permiten lindos juegos narrativos, y convierten al escritor en una especie de cuarto protagonista.

    Los otros son Eusebio Poncela en la piel de un personaje mefistofélico, Emilio Disi como el infeliz de medio pelo que deposita en los demás la culpa de sus propios fracasos, y Darío Lopilato en el personaje de ese mismo infeliz cuando era joven.

    Vayamos al asunto. Gracias a una singular propuesta, un hombre retoma diez años de su vida pero con la ventaja de la experiencia. El detalle, es que esto nada tiene que ver con una fantasía americana de viaje en el tiempo para mejorar las cosas, decirle al abuelo cuánto lo quieren, pasar más tiempo con el perrito, nada de eso. Esto es una sátira argentina, sobre el ser nacional. Entonces el sujeto ése no toma ventaja, es ventajero, pero encima, entre otros cuantos defectos, es un mal ventajero, porque se cree vivo y porque cree, ya lo dijimos, que no llegó a más porque no lo dejaron. «Se puede pero no te dejan» es una frase argentina. «La culpa la tuvo el otro», ya la decía Luis Sandrini en una comedia de Lucas Demare y la rubricó Tato Bores con un formidable monólogo. Por ahí va la cosa, con un espíritu sarcástico que no quiere dejar títere con cabeza, aunque, a decir verdad, el argumento se queda corto y los chistes no resultan del todo efectivos, y a veces no son del todo frescos. Nuestra realidad daba para mucho más.

    Igual es buena obra, causa gracia, da que pensar, y agrega una herramienta más, la sátira, a las que ya tienen Cohn y Duprat para su habitual pintura de tipos que dicen ser lo que no son, etcétera.

    Muy bien Poncela, cuyo perverso tentador es más efectivo y menos ostentoso que aquel diablo que hizo tiempo atrás para una famosa publicidad de un auto Clio por las Altas Cumbres. Muy bien Disi, proveyendo sombras al típico imbécil que tantas veces ha sabido caricaturizar de modo festivo. Y bien Lopilato, probándose en un tono algo distinto a lo habitual. Rodaje en Essaouira, Marrakesh, París, Palermo, Parque Chas y Munro, que funge como Olavarría, provincia de Buenos Aires.
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  • Un tren a Pampa Blanca
    Un tren a Pampa Blanca
    Ámbito Financiero
    Gente solidaria pese al sistema ferroviario

    Consultorios, equipo de rayos, laboratorio, camarotes, son tres vagones y un puñado de médicos pediatras, todos ellos voluntarios, que viajan 1700 kilómetros hasta Maquinista Verón y Pampa Blanca, allá en Jujuy, deteniéndose en una decena más de pueblos, desde el norte santafesino para arriba, para atender a los niños. El tren de la Fundación Alma existe desde 1980, desde entonces cumple su tarea, cada vez con más problemas, debido a la decadencia del sistema ferroviario, pero aún la cumple. Este documental sigue algunos de sus viajes, asiste a las consultas de madres afligidas, registra acusaciones contra los servicios locales que no prestan servicio, vuelve meses después para seguir a una familia en especial, y, sin subrayados ni proclamas, deja constancia de abandonos, endemias, y esfuerzos cotidianos.

    Allí están los médicos pediatras, incluso alguna vez una española, ahí las estaciones y las locomotoras cada vez más arruinadas (un viaje de tres días y medio lleva el doble), los chicos anémicos, el flagelo del Chagas y la tuberculosis, la mujer que sólo habla quechua y va a consulta con su vecina que la traduce, la que teme la reacción del marido si vuelve y encuentra al chico internado, la joven que perdió a su madre en el hospital cercano y cuenta del «médico de campo» que le decía que estaba maldecida, las «golondrinas» que sólo en el tren reciben asistencia, porque «no son del lugar», el hombre viudo que carga con sus niños, la embarazada de nueve meses que todavía no les dijo nada a los padres, y, en medio de todo eso, la nena que canta lo que aprendió en el jardincito.

    Puede objetarse el ángulo desde el cual se registra el parto de la embarazada, muy bonito y un canto a la vida, pero que algún público ha de criticar, sobre todo si llega a verse en su pueblo. La objeción es menor, comparada con las realidades que este trabajo muestra, y el ejemplo que brindan los voluntarios. La película no lo dice, pero esta fundación no recibe subsidios ni apoyo estatal permanente. La creó, en 1973, el doctor Martín Jorge Urtasun, antiguo jefe de cirugía del Elizalde y el Churruca, y con su tren ya cubrió miles de consultas y tratamientos odontológicos, trajo cientos de chiquitos con sus madres para tratamientos específicos, y aportó remedios, siempre gratis, con ayuda de empresas y particulares.

    En cuanto al autor del documental, se trata de Rodolfo Pochat, más conocido como Fito Pochat, ex director de los canales The Big Channel (para niños) y Solo Tango, hace tiempo egresado de la Enerc y del mercado financiero donde trabajó mientras estudiaba Ciencias Económicas. Este es su primer largo, y vale la pena tenerlo en cuenta.
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  • Mis tardes con Margueritte
    Mis tardes con Margueritte
    Ámbito Financiero
    Con el encanto del viejo cine francés

    Setenta y dos años tiene el colibretista de esta película, Jean-Loup Dabadie, 77 su director, Jean Becker, 96 la protagonista, madame Gisele Casadesus, de la Comédie-Française, y apenas 63 Gerard Depardieu, un pibe al lado de los otros, pero con más tonelaje que los tres juntos. Impresiona ver a la anciana señora Casadesus, toda delgadita y delicada, al lado de semejante mole. Ese contraste es aprovechado para remarcar la diferencia visible entre sus personajes: un gordo torpe y exaltado, y una doctora ya jubilada, que disfruta de la lectura y la amable conversación. Pese a tanta diferencia, se hacen amigos.

    ¿Qué tienen en común? Varias cosas, sólo que él es como un diamante en bruto, una cabeza sin cultivar, como sugiere el título original, un tipo sensible, habilidoso, pero que desde niño aceptó creerse medio burro sólo por culpa de una madre malhumorada, un maestro necio que lo tomó de punto en la primaria, y un vecino que se cree superior. Ahora, ya grande, ha encontrado por pura casualidad una verdadera maestra, que sabe apreciar sus intereses y, como naturalmente, sin imposiciones, lo orienta para cultivarse un poco. Nada a la americana, el gordo no va a salir genio ni literato, simplemente va a decir con mayor precisión lo que le pasa, lo que percibe, y a disfrutar al fin de cosas que le parecían ajenas, como los libros.

    Esa es la anécdota, que culminará en un cinematográfico gesto de agradecimiento, y en un descubrimiento tardío: su madre tampoco había sabido expresarse. En la vida, cada uno hace lo que puede. Sin recargar la historia con violines, sin hacerla tampoco demasiado complicada con los demás personajes que acompañan la trama (una gordita amigovia, otra gordita dueña del bar pero no del hombre que ama, los amigos simples de compartir copas y bromas, la madre ya vieja con los cables definitivamente pelados), y todo bajo el sol de un pueblito tranquilo, donde todos se conocen y el hombre conoce a cada una de las palomas de la plaza, digamos, no es lo mejor de Becker, pero es sencillamente agradable, de esas que se acompañan con simpatía y dejan buen sabor de boca.

    Tendencia

    Puede decirse que, en el actual cine de Becker, «Mis tardes con Margueritte» (así, con doble t) sigue la tendencia de su anterior «Conversaciones con mi jardinero», que el hombre sigue inspirándose en buenas lecturas (para el caso, la novela de Marie-Sabine Roger), y que en el público el resultado sigue teniendo el mismo efecto placentero. Ahora, claro, si alguien dice por ahí que los personajes están caracterizados a grandes rasgos en función de una idea moralizante, y resultan inverosímiles desde una perspectiva realista, es que pretende ver otra película. Desde el vamos, madame Casadesus y Depardieu recitan sus diálogos a la vieja manera francesa, ésa es la intención, y es también parte de su encanto.
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  • Felinos de África
    Felinos de África
    Ámbito Financiero
    Felinos con sello Disney y tecnología de punta

    Previsto para el Día de la Tierra, el estreno de este film se concreta en vísperas del Día del Animal, pero también sería adecuado para el Día de la Madre. Lo que acá vemos es, precisamente, la dedicación y el sacrificio con que dos madres cuidan de sus criaturas, les enseñan cómo es eso de la lucha por la vida, y les buscan el alimento, que para ellas no está en ninguna góndola, sino en algún lugar de extensas y peligrosas planicies. Una leona, y una gata chita, o gueparda, son esas madres.

    El lugar donde se mueven es la reserva nacional Masai Mara, de Kenia, y el equipo que las registra es el de Alastair Fothergil, uno de los pilares de la serie «Planeta Tierra», gente muy dedicada y con una tecnología de punta ya ostentada en la película «Earth». Las imágenes son bellísimas e impresionantes, igual que los rugidos (siempre que uno elija una buena sala). Ya quedaron para la historia aquellos registros de Al y Elma Milotte con una simple 16 mm sin sonido a comienzos de los 50 en las cercanías del Kilimanjaro, cuando no había ni reservas ni hotel tampoco. Sin embargo, el matrimonio Milotte y el amigo Fothergil tienen algo más que los leones en común: el sello Disney.

    Aquéllos pasaron la vida captando imágenes desde el Polo al Amazonas para los cortos y largos conocidos como «Escenas de la vida real» que dirigía James Algar (en este caso para «El león africano», 1954, al que dedicaron tres años).

    Pautas claras

    El de ahora capta y codirige (y también pasa tres años atrás de una buena toma), pero el director principal, también productor y guionista principal, es otro, llamado Keith Scholey. Ambos son británicos formados por sir David Attenborough en la BBC, donde Scholey llegó a ocupar altos cargos. Pero ahora cada uno tiene su propia empresa, y como Disneynature había asumido muy bien la difusión de sus anteriores «El planeta azul» y «Earth», pues bien, se pusieron directamente al servicio de la gran empresa, que en esta materia todavía sigue las pautas oportunamente indicadas por el recordado Walt y su lugarteniente Algar.

    Narración, peso musical, «personalización» de caracteres, gran abundancia de enternecedoras tomas de animalitos con sus mamacitas, filosofía del ciclo de la vida, control de escenas fuertes, dando a entender ciertas cosas sin solazarse en mostrarlas (igual conviene advertir a los niños sensibles la posibilidad de que dos cachorritos se pierdan y acaso sean comidos por las hienas), todo eso constituye el perceptible toque Disney. A esta altura, casi todos los documentalistas de la naturaleza lo usan, incluso los de la BBC, claro que con más discreción. Pero ya se sabe, esto no es «Earth». Es una Disney con todas las de la ley, tal como las de antes pero con tecnología de ahora (y con los pocos leones y chitas que todavía quedan sueltos). Vale la pena verla en sala.
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  • Una esposa de mentira
    Una esposa de mentira
    Ámbito Financiero
    “Una esposa de mentira”: floja comedia de enredos

    Por más boba que sea una comedia boba, debe partir de un planteo que el espectador pueda tomar en serio. Lamentablemente esto no ocurre con esta nueva película de Adam Sandler, quien por momentos intenta salir del estilo farsesco habitual para situarse dentro del romance. El asunto es que Sandler es un cirujano plástico que desarrolla una subita obsesión por una chica mucho menor que él (la bella Brooklyn Decker), y por algún motivo difícil de establecer, le dice una mentria: que está casado pero a punto de divorciarse, algo absurdo teniendo en cuenta que el hombre es soltero.

    A partir de este flojo inicio vienen las inevitables coartadas que hay que llenar, empezando por la esposa de mentira a la que se refiere el título, que no es otra que Jennifer Aniston, toda una señal de película en problemas, aunque aquí no está tan mal como otras veces en el rol de la asistente y recepcionista del protagonista que acepta la desubicada tarea de posar como su futura ex esposa. Luego hay que inventar falsos chicos, falsa causal de divorcio, y todo lo demás que viene con la mentirilla inicial (que de hecho estaba mejor planteada en el film ooriginal del que éste es un mal clon, «Flor de cactus»).

    El asunto es que finalmente el espectador asiste a una serie de gags medianos con Adam Sandler y Jennifer Aniston en Hawai, todo filmado en piloto automático por un viejo colaborador del cómico, el director Dennis Dugan (el de «Big Daddy»), y si bien para el público femenino queda la ilusión de que el amor verdadero puede llegar con toda esta sarta de mentiras, para el público masculino hay algo más concreto: Brooklyn Decker ligera de ropas toda la película.
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  • El hombre que podía recordar sus vidas pasadas
    Una calma e hipnótica fantasía tailandesa

    Llegado el momento, el tío Boonme recuerda el lugar donde ya se ha reencarnado en anteriores ocasiones, una cueva que podría pensarse como si fuera el útero materno. Lo acompaña su esposa muerta, que ha venido al campo a consolarlo en sus últimos días, ya que él está enfermo sin remedio. Ella vino la misma noche en que volvió también el hijo desaparecido años atrás. Ahora es un mono fantasma. Noche calma, aquella. Nadie se sorprendió por las visitas, más bien las recibieron con la dolida serenidad con que se reciben los recuerdos tristes. Nada sorprende a esta gente que vive en un mundo natural y religioso al mismo tiempo.

    Así es esta bucólica fantasía tailandesa, una obra calma e hipnótica, sugerente, sin nada demasiado explícito, ni expresos mensajes celestiales, ni efectos especiales. Tan sólo el brillo de fuego en los ojos del mono, que visto de cerca, o de día, más bien parece un tipo disfrazado de yeti manso. Tampoco hay mayores recuerdos de vidas pasadas. Puede mencionarse uno, sugerido elípticamente, confuso, pero más que nada doloroso, porque tiene que ver con el pasado cercano de algunos tailandeses que debieron convertirse en cómplices de crueles asesinatos políticos. Y otro, a manera de sueño, acerca de una princesa seducida carnalmente por un pez que le habló como un hombre, o por un hombre que a los efectos de la interesada se convirtió en pez. Esa parte tiene aire de leyenda, de viejo cuento folklórico, y no queda claro si es exactamente un recuerdo personal, un mero sueño, o un inserto para alargar el metraje, pero queda lindo.

    El autor es Apichatpong Weerasethakul, artista muy apreciado en festivales, pero no tanto hasta ahora en salas comerciales. Dos cosas demoraron su reconocimiento: su nombre impronunciable e inmemorable, y su propio cine, hecho de obras largas, adormecedoras, con interminables planos sin narración alguna ni mayor sentido. Pero esta que ahora vemos tiene algo distinto. Tiene una historia más atractiva, llevadera, envuelta en un manejo más hábil y sustancioso de los tiempos, de los climas, del paisaje selvático, y del sonido, que es casi otro protagonista. Y tiene también una sensación de consuelo frente a la decadencia y la muerte, algo que ya era bien apreciable en su anterior «Síndromes y una centuria», inspirado en sus padres médicos.

    Ahora, vagamente inspirado en el libro «Un hombre que puede recordar sus vidas pasadas», del monje budista Phra Sripariyattiweti, 1983 y, más vagamente, en arrepentidos de la masacre del pueblo de Nabua, 1965, este film recibió la Palma de Oro de Cannes 2010. Presidente del jurado era Tim Burton, lo que no es exactamente una garantía, pero saber esto puede ser una buena orientación para el público.

    Otro dato: junto a este largo el autor hizo también un corto en Nabua, «Carta a tio Boonme», que quizá sea interesante conseguir.
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  • Cruzadas
    Cruzadas
    Ámbito Financiero
    Picaresca con buenos nombres y guión flojo

    Desde «Las lobas», 1986, con Leonor Benedetto y Camila Perissé en sus mayores esplendores, que no se hacía una comedia picaresca con este criterio: no es de tipos atrás de las mujeres, sino de mujeres empresarias atrás del dinero sin mayor obligación ni concesión amigable de sexo. La peor especie, y la más fascinante para muchas congéneres. En este caso, las protagonistas son dos veteranas y buenas actrices, Moria Casán y Nacha Guevara, que ya habían compartido pantalla en «Un tal Funes», 1993, pero ahí estaban como compañeras de trabajo en un burdel de provincia, y Nacha cantaba hermosamente una ranchera con Antonio Tarragó Ros. En cambio acá están enfrentadas como herederas de un rico dueño de medios periodísticos en una mesa de duras negociaciones, y cantan los de Peperina en Llamas y Damas Gratis.

    «Cruzadas», que lleva el agregado «jamás mezcladas», también tiene otras coincidencias con «Las lobas»: rostros altivos, vestuarios abundantes, ostentaciones, variedad de asistentes y obsecuentes para cada señora, un padre poco ejemplar que se les muere (acá maliciosamente llamado Ernesto P. Roble), parentesco innegable (hermanas las lobas, hermanastras las de ahora), un reparto atractivo, atendible lote de niñas para el coro, inserción de números cómicos de relativa gracia, intención de agilidad en todo momento, floja inspiración para el libreto y la puesta en escena, ocasionales groserías de fácil eco, y la curiosa sensación de estar viendo un desperdicio.

    Esto en algunos puede causar vergüenza ajena, en otros el dolor de haber pagado la entrada, y en otros más un placer indescifrable, porque hay público para todo, y el Incaa haría bien en acordar una línea de crédito para las películas populacheras. Cabe recordar, al respecto, que las anteriores del mismo director son éxito de venta en las estaciones de ferrocarril, a tres por diez en vcd. Como decía un recordado jefe de prensa, «hay gente que le gusta el lomo al champiñón, hay gente que le gusta el choripan, y uno debe atender a todos».
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  • El gato desaparece
    El gato desaparece
    Ámbito Financiero
    Excelente suspenso a la manera clásica

    Este año, Carlos Sorin se nos aparece con algo distinto: una película en cinemascope, actores profesionales, gran parte en una sola casa (enorme, tipo años 50 refaccionada de Belgrano), una obra de suspenso a la manera clásica, con música orquestal envolvente, romántica, de su hijo Nicolás. Bien se sabe que en películas de tal género, cuando sentimos una música así, entramos a sospechar que las cosas no son así, porque nos produce al mismo tiempo una sensación contradictoria, de ironía e inquietud equivalentes, un raro vértigo interior, nos parece que los personajes van directo hacia un destino inevitable, o más o menos inevitable. Tal es la intención.

    Coherente con el autor, la historia es mínima. Alguien muy inteligente tuvo un brote feo, se puso muy agresivo, y lo internaron. Ahora le dan el alta. La esposa lo cuida. Pero cada tanto surgen situaciones, actitudes distintas a lo habitual. La esposa empieza a preocuparse. Quizá se preocupa demasiado. ¿O quizá baja demasiado la guardia? Eso que algunos llaman gótico femenino, que transcurre en lindos ambientes, con mujeres que entran a sospechar de sus propios seres amados, tuvo grandes cultores en el Hollywood clásico, y tiene aquí una reelaboración admirable, y en Beatriz Spelzini una intérprete de primera.

    Todo pasa por su rostro, nos parece leer hasta el asomo de sus elucubraciones y estremecimientos interiores. También sus alivios, su amor, la expectativa disimulada detrás de la mirada más dulce. Y vemos la ansiedad implorante. «Disfrute este momento», le dice el psiquiatra antes de devolverle a su marido. ¿A qué momento, exactamente, se refiere? ¿A la alegría de recuperarlo, o a los últimos minutos de tranquilidad antes que él vuelva a casa y el gato desaparezca? Los gatos son bichos muy perceptivos. Y la psiquiatría no es una ciencia exacta, aclaró el profesional.

    Todo esto, contado con particular sutileza, con detalles de sugestión, momentitos de descanso inquietante y gracioso al mismo tiempo, un crescendo muy suavecito, lento, casi imperceptible, que nos mantiene intrigados, y sobre todo esos intérpretes fuera de lo común, Luis Luque y Spelzini, que da gusto ver, los acompañantes que causan regocijo, la típica luz a través de las persianas americanas y las ramas de los árboles, el ocasional sonido de los truenos o alguna otra cosita, porque todo inquieta, y éste es el relato de una especial inquietud femenina. Por supuesto, tratándose de un relato a la manera clásica del género, hay también algunos toquecitos, que hoy se llaman homenajes, puestos para espectadores que quieran hacer su propia búsqueda del tesoro. El primero de ellos es el anuncio del comienzo, y hoy bien que lo usaría don Alfredo: «Por favor, apaguen sus celulares y no cuenten el final de esta película». Un deleite, y la consagración cinematográfica de una señora actriz.
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  • Prueba de amor
    Prueba de amor
    Ámbito Financiero
    "Prueba de amor" que no convence

    Tras haber hecho un solo corto, Shana Feste convenció a Susan Sarandon para protagonizar su opera prima, y a Pierce Brosnan para ser protagonista y productor ejecutivo. Lo que no convence del todo es el resultado.

    Drama de final feliz donde una familia debe sobrellevar el duelo por la muerte del hijo mayor, e incorporar a la novia que quedó embarazada, «The Greatest», el mayor, tiene muy buen comienzo. Primero, una parte romántica de dos adolescentes, se nota que es la primera vez para ambos, y que se sienten en el aire. Tan en el aire, que al regreso el pavote detiene el auto en medio de la carretera para decir una cosa hermosa y lo aplasta una camioneta. Así, de pronto, en un solo plano, como pasan a veces las cosas. Luego, la escena del entierro, y el largo, silencioso plano del padre, la madre y el hermano menor volviendo a casa, los tres juntos pero sin hablarse, sin abrazarse, cada uno sumido en su propio dolor. Ahí va el título. Pero ahí empieza otra película.

    Esa otra nace con la aparición de la noviecita, que está de tres meses y no tiene dónde quedarse. El futuro abuelo la acepta y la cuida, quizá demasiado, el futuro tío la acepta y cuida su propio rollo, la suegra no quiere saber nada. Lo que ella piensa de la chica es muy duro, y lo dice. Y también dice algunas incoherencias, se obsesiona por saber en detalle cómo fueron los últimos minutos de su hijo, si éste la nombró, si acaso murió con su nombre en los labios. El de la camioneta está en coma. Allá está ella, atenta a preguntarle apenas se despierte. Se entiende por qué Sarandon aceptó ese papel (además el rodaje fue en Rockland, bonito condado cerca de su casa, y duró apenas un mes). Lo que no se entiende es cómo la historia se fue llenando de situaciones incoherentes, inverosímiles o medio tontas, de esas de repertorio que tienen algunas películas norteamericanas pretendidamente serias. Ahí parece que ésta dura como seis meses, hasta que, previsible y felizmente, todo se arregla.

    En resumen, daba para más. Pero al menos permite ver algunos buenos trabajos, pensar algo, anotar el nombre de Michael Shannon, el comatoso que despierta malhumorado, y recordar otra película del mismo origen, en la que ésta parece inspirarse un poco: «Gente como uno», de Robert Redford. Claro que cuando él asumió la dirección, ya tenía una larga experiencia en los sets, y acudió a señores guionistas. Esa sí, aun siendo medio tramposa, era una obra convincente.

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  • El derrotado
    El derrotado
    Ámbito Financiero
    Doloroso drama de un jugador compulsivo

    No todas las películas buscan la simpatía del público. La que aquí vemos es amarga, dolorosa, ácida, sincera, su personaje central es odioso, los demás irritan o dan pena, porque así es la historia. No busca la simpatía, sino la aceptación de una realidad torturante, acaso el propio exorcismo del autor y del espectador frente al miedo a caer y seguir cayendo.

    El protagonista es un jugador compulsivo, autodestructivo, sin suerte ni mayor talento. Por las apuestas se endeuda, por el resultado de las apuestas descarga su bronca en la familia. No puede hacerlo en el trabajo, porque es un mero empleaducho de oficina, ni en la calle, porque es un infeliz al que cualquiera le gana. Víctimas directas son su esposa, tan bonita que asombra ver cómo la descuida, y su hijo, abandonado a sí mismo. Un piso más arriba están la madre, a quien respeta pero no obedece, y la hermana, que no lo respeta ni lo obedece. También la mujer le perderá el respeto, cuando encuentre un tipo más atento y con dinero (no importa que sea casado).

    La acción transcurre a comienzos de los 50, muy bien ambientados por la directora de arte Catalina Motto, con voces y cortinas radiales de la época que contribuyen a la sensación de verosimilitud (y también a la emoción del recuerdo en el público mayor), y los intérpretes dan justo el modo de la gente común de entonces, según la veía el autor de la novela original, Torre Nilsson, cargada de amargura y fielmente adaptada por su hijo Javier.

    Esto es así. Torre Nilsson, él mismo un adicto a los burros, escribió su novela cuando joven, unos meses que andaba sin trabajo y los hijos eran chicos. Después comenzó su racha de películas prestigiosas, la publicó en 1964 (Jorge Álvarez Editor, una sola tirada), y siguió adelante. Su hijo Javier encontró un ejemplar hace poco, en una librería de viejo, y en sus páginas se reencontró con las figuras de su infancia y los fantasmas de su padre. El histórico ayudante de dirección y coguionista de este último, Rodolfo Mortola, ayudó en la adaptación. Los diálogos, los caracteres, las situaciones, la mentalidad prejuiciosa y mezquina visible en esos tiempos, todo eso fue entonces llevado a la pantalla, de modo claramente reconocible.

    Adrián Navarro, bien en porteño de antes, Rafael Ferro, en papel de niño bien con suerte en el amor, Romina Gaetani, esposa sufrida que se va animando a liberarse, Norma Argentina y Julieta Cáceres, como la madre y la hermana, son los principales intérpretes, todos elogiables. Único reproche, la sábana que oculta el final de la espalda de Gaetani en su mejor escena de sexo. Quien pague para verla totalmente desnuda, pierde.
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  • Los Marziano
    Los Marziano
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    Comedia amable con un contenido Francella

    Antes que nada: es una buena película. Tema interesante, el de los hermanos que han dejado de hablarse, personajes muy bien elaborados, observaciones precisas, resolución agradable, lindas actuaciones. Autora, Ana Katz, que ya en su primera obra, «El juego de la silla», mostró sus buenas cualidades, y habilidad para tensionar al espectador en torno a un incómodo momento de la vida familiar: la visita del hijo exitoso a la casa donde lo esperan la madre medio ridícula y demandante y la ex novia convertida en un plomo pegoteado y lastimero. Los hermanos lo acompañan en la desgracia, pero no pueden hacer mucho, ellos cargan con la cruz de sus propias limitaciones. «Los Marziano» también describe una familia. Más presentable, vamos a decir. Tenemos al profesional en temprano retiro, que vive en su country con su señora. Y en la ciudad, a la hermana del profesional, señora viuda, bien animosa, en su departamento. Luego, a la ex esposa de un tercer hermano con su hija. El profesional se ocupa de pagar la educación de su sobrina y otros pequeños fastidios, incluso de pagarle los festejos de cumpleaños, soporta que caigan todos a su piscina, incluso una amiga de la hermana, etcétera. Y por último, allá en la segunda o tercera provincia donde se ha ido a probar suerte, está el otro hermano. Un buen tipo, no vamos a decir que no. La verdad, un colgado de la palmera, comentarista radial de turno noche, con su motito donde carga amorosamente a la segunda mujer y la segunda hija, hasta que descubre tener un pequeño problemita neurológico. Deberá buscarse un especialista en Buenos Aires. ¿Y quién le pagará los gastos médicos y de mantenimiento, y los vicios?

    Quién sabe cuántas veces lo habrá bancado el otro. Ahora ya está harto, no quiere saber nada. No quiere ni verlo. Serán las mujeres, quienes se organicen para resolver el problema y reunir a los hermanos. Ese es el tema, esa es la historia. Los intérpretes los conocemos, son formidables. Y el tono elegido para la obra está muy bien llevado. Un medio tono hecho de sutilezas, de pequeños detalles, de situaciones bien armadas, dorando la carne a fuego suave hasta llegar al climax sin levantar la llama y con un doble remate verdaderamente bien puesto. El detalle, que conviene advertir, es que también Francella trabaja en medio tono. Lo hace muy bien, pero conviene avisar. El público no encontrará aquí al querido comediante de la tele, sino al actor luciéndose en algo distinto.

    Algunos lamentarán eso, y otros pondrán a la directora por las nubes, precisamente por haberlo contenido y haber eludido, de paso, «los lugares comunes de la lágrima y el costumbrismo». Podría considerarse que muchos de esos lugares comunes siguen emocionando y haciendo pensar, baste recordar, por ejemplo, «La casa grande», sobre hermanos en discordia. Pero, en fin, acá se hizo algo menos habitual, más cercano a la vida real y al cine contemporáneo, y, es cierto, se logró un buen resultado (dicho sea de paso, también logra un buen resultado el personaje de la vecina que hace Cristina Alberó, a quien Arturo Puig sorprende una noche en muy grata compañía).
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  • El hombre que vendrá
    El hombre que vendrá
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  • Rio
    Rio
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  • Revolución. El cruce de Los Andes
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  • El mal ajeno
    El mal ajeno
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  • Divorcio a la finlandesa
    Divorcio a la finlandesa
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  • El predio
    El predio
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  • Amor sin límites
    Amor sin límites
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  • El mundo es grande y la salvación está a la vuelta de la esquina
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  • Un cuento chino
    Un cuento chino
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  • Familia para armar
    Familia para armar
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  • Los ojos de Julia
    Los ojos de Julia
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  • Líbano
    Líbano
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  • Un feriado particular
    Un feriado particular
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  • El concierto
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  • Fase 7
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  • Biutiful
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  • Soy el número cuatro
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  • El ganador
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  • El cisne negro
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  • Hacerme feriante
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  • El discurso del rey
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  • Morir como un hombre
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  • Amor de madres
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  • La mentira
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  • Tres monos
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  • El retrato de Dorian Gray
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  • Somewhere - En un lugar del corazón
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    Buen día, día
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    Los santos sucios
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  • Baaria. Las puertas del viento
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  • Más allá de la vida
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  • El ilusionista
    El ilusionista
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  • Querido asesino
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  • Berlin Calling
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  • Historias Breves VI
    Historias Breves VI
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  • Wendy & Lucy
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  • El perseguidor
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  • Opciones reales
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  • 4 3 2 Uno
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    Burma VJ
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  • Cosa voglio di più
    Cosa voglio di più
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    Como bola sin manija
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    Boca de fresa
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    La cantante de tango
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    Vikingo
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  • Anónima: Una mujer en Berlín
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  • Bebés
    Bebés
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    Whisky con Vodka
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    Mis días con Gloria
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  • Campo Cerezo
    Campo Cerezo
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  • Une affaire d'amour
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  • El baile de la victoria
    El baile de la victoria
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  • Fragmentos de una búsqueda
    Fragmentos de una búsqueda
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  • El encanto del erizo
    El encanto del erizo
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  • El hombre de al lado
    El hombre de al lado
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  • Un día en familia
    Un día en familia
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  • Cuento Chino, Clasista y Combativo
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  • Luz silenciosa
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  • Otro entre otros
    Otro entre otros
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  • La mirada invisible
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  • London river
    London river
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  • Un cuento de verano
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  • Te extraño
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  • Interview
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  • Chloe
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  • Igualita a mi
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  • Soy Huao
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  • Fútbol violencia S.A.
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  • Pájaros volando
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  • Vincere
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  • Cinco minutos de gloria
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  • El viaje de Avelino
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  • Policía, adjetivo
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  • Cuentos de la selva
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  • Miss Tacuarembó
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  • La Pivellina
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  • El recuento de los daños
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  • Amores de diván
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  • Océanos
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  • Flame y Citrón
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  • Cómplices del silencio
    Cómplices del silencio
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  • New York, I love you
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  • Francia
    Francia
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  • El piano mudo - Sobre el éxodo y la esperanza
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  • Cartas a Julieta
    Cartas a Julieta
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  • Los senderos de la vida
    Los senderos de la vida
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  • Liniers, el trazo simple de las cosas
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  • Ricardo Becher, recta final
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  • Stella
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  • Al sur de la frontera
    Al sur de la frontera
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  • Por tu culpa
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  • Dioses
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  • Regreso a la mansión Brideshead
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  • Zenitram
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  • Entre la Fe y la Pasión
    Entre la Fe y la Pasión
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  • Siempre a su lado
    Siempre a su lado
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  • El mural
    El mural
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  • Cine, Dioses y Billetes
    Cine, Dioses y Billetes
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    El secreto de Mussolini
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  • Garfield y el Escuadrón de las Mascotas
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  • Eva y Lola
    Eva y Lola
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  • Diletante
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  • La hora de la siesta
    La hora de la siesta
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  • Carancho
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  • Fortalezas
    Fortalezas
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  • Ricky
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  • Las playas de Agnès
    Las playas de Agnès
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  • Pecados de mi padre
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  • Hombres de mentes
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  • Querido John
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  • Crisálidas
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  • El padre de mis hijos
    El padre de mis hijos
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  • Ernesto Sábato, mi padre
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  • Los últimos días de Emma Blank
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  • Un fueguito. La historia de César Milstein
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  • Adopción
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    La canción de las novias
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  • Plumíferos
    Plumíferos
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  • Los viajes del viento
    Los viajes del viento
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  • Preciosa
    Preciosa
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  • Carne sobre carne
    Carne sobre carne
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  • Andrés no quiere dormir la siesta
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  • Enseñanza de vida
    Enseñanza de vida
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  • Vivir al límite
    Vivir al límite
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  • Nine
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  • 5 días sin Nora
    5 días sin Nora
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  • Invictus
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  • Medusas
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  • La joven Victoria
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  • Final de partida
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  • Matar a Videla
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  • Excursiones
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  • Acné
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  • La tigra, Chaco
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  • Media Luna
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  • Cena de amigos
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  • Silencios
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  • Ri ri ye ye
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  • Cartas para Jenny
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  • Sarajevo, mi amor
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  • Mar negro
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  • El último aplauso
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  • Fantasma de Buenos Aires
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  • Poema de salvación
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  • La invención de la carne
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  • Alicia y John, el peronismo olvidado
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  • Volver a amar
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  • El último verano de la boyita
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  • La extranjera
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  • El Torcan
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  • El juego del miedo 6
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CONCURSO: LOS PADRINOS DE LA BODA