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Imagen del crítico Mariano Torres
Mariano Torres
  • Cantidad de críticas: 23
  • Promedio: 60%
  • Críticas favorables: 16/23 (70%)
  • Críticas desfavorables: 7/23 (30%)
  • Diferencia absoluta: 18%
  • Email de contacto: No disponible
  • Medio donde critica: ZonaFreak
  • Los juegos del hambre
    En Panem, la sociedad que alguna vez parece haber sido Estados Unidos se encuentra ahora reducida y dividida en 12 distritos cada uno más pobre que el siguiente. Como demostración de poder, el gobierno celebra cada año un torneo televisado en el que los participantes compiten hasta que solo uno de los 24 queda con vida, alzándose como el único vencedor. Un primer acto de más de una hora (un poco desproporcionado contemplando que el metraje dura unos largos 142 minutos) sirve para contextualizar al espectador en este futuro distópico en el cual la clase gobernante tiene un particular mal gusto a la hora de elegir su vestimenta (invitándonos a sugerir que solo su moda sería suficiente motivo para una profunda incitación al alzamiento popular) y se dedican a elegir al azar a dos jóvenes para representar a sus respectivos distritos en "Los juegos del hambre".

    Curioso resulta que los personajes están tan mal construidos que difícilmente logremos empatizar con muchos de ellos. La joven y bonita Jennifer Lawrence (ese talento que a los 19 años ya había recibido una merecida nominación al Oscar por su enorme papel en Winter's bone) tiene la ventaja de ponerse en la piel de Katniss Everdeen, quien a diferencia de los demás cuenta con motivaciones y el suficiente contexto como para que su personaje sea creíble y afable. El resto son tan vacíos (interpretativa y constructivamente) que ni siquiera despiertan odio o simpatía, al punto de que a pesar del peso que sus personajes pueden tener en la historia, se sienten como que están de relleno y para acompañar. Existe sin embargo un personaje menos que secundario que sin quererlo se convierte en quien más y mejor responde a la lógica de la película. Se trata de una señorita pelirroja que prácticamente sin reproducir ninguna línea de dialogo, cada vez que se la muestra se encuentra corriendo de un lado a otro, escapando sin atacar a nadie y sencillamente intentando sobrevivir. Lo irónico es que aun sin recibir importancia en el relato y sin contar con una caracterización determinada, resulta ser la que más claro tiene su rol en la película.

    Otro factor que demuestra cuán simple es a nivel argumental y conceptual la historia es el hecho de que los personajes pueden diferenciarse muy fácilmente en las (aquí) para nada relativistas categorías de "malos" y "buenos". Los malos pese a querer sobrevivir son muy fácilmente identificables como malos por oposición a la buena, que al fin y al cabo busca lo mismo que ellos: seguir existiendo.

    Inclusive como crítica social, de haber sido lo suficientemente fiel al libro, Hunger Games peca de tibia. No vamos a recriminarle que haya tomado prestadas ideas ("tomado prestadas" como eufemismo de robado, o -como dice un amigo- "wachiturreado") desde Huxley, pasando por Orwell hasta Takami (responsable de la novela luego hecha película Battle Royale), sino que simplemente como idea o argumento general parezca una excusa para encubrir una historia capaz de seducir al mismo público adolescente de Crepúsculo, que nutriéndose de este producto se jactará falsamente de consumir otro presuntamente más intelectualoide. El problema es que los realizadores se preocuparon en enfatizar sobre el contexto en que sucederán los juegos solo lo suficiente como para justificar las posteriores escenas de supervivencia. En un sentido muy mediocre y efectista su pensamiento es correcto ya que logran seducir a la mayoría del público, pero subvalorando su capacidad intelectual. Si pensamos en dos películas tanque pochoclerísimas y recientes como Inception y The Dark Knight, resultaría injusto no esperar de un talentoso director como Gary Ross (responsable también de Pleasentville) un producto como llaman los americanos "Blockbuster with brains", o sea una película pochoclera con cerebro.
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  • El guardia
    El guardia
    ZonaFreak
    El Sargento Boyle inspecciona un accidente automovilístico con calma. No busca sobrevivientes sino causas, motivos. Los encuentra: alcohol y drogas. Procede a probar un poco de lo que será futura evidencia,y una cara de felicidad inunda la pantalla. Regresa a su trabajo, investiga un crimen sin prestar demasiada atención, vuelve a su hogar, se levanta, vuelve al trabajo, asiste a una conferencia del FBI y explica su teoría de que sólo los negros y mexicanos son narcotraficantes, y por ende la imagen que muestra a unos drug dealers blancos debe ser errónea. No es racista, simplemente es irlandés.

    El Guardia, de John Michael MacDonagh (el hermano de Martin, director de Escondidos en Brujas) apela a un humor seco, negro y muy ácido, pero sin jamás olvidar que el espectador debe empatizar con el protagonista para que el film no caiga en lo meramente burdo, y para conseguir tal objetivo, es evidente que Brendan Gleeson significó un gran aporte a la obra de MacDonagh. La inocente maldad del policía de dudosos valores que éste compone, funciona a la perfección en contraposición a la sobriedad que el gran Don Cheadle brinda a su por demás serio agente del FBI.

    El conflicto que desatan unos narcotraficantes de proporciones exageradas es apenas una excusa para presentar unos “villanos” de turno que se debaten la existencia misma citando textos de Nietzsche, al tiempo que no dudan en matar a sangre a fría. Absurdo, sí, porque desde arriba se nos enseñó que los malos son malos y eso es todo lo que tenemos que saber de ellos, pero coherente y real a la vez, porque no hay manual alguno que diga que un criminal no puede/debe disfrutar de algunas cosas de la vida, como lo es la filosofía nihilista.

    En este mundo de personajes coloridos y paisajes desaturados, el guardia atípico en cuestión forma parte de la fauna, y está dispuesto a defenderla de manera impensada justamente cuando todos los demás fallan. Un (anti)héroe con todas las letras, de esos capaces de llevar a cuestas toda una pequeña gran película.
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  • Linterna Verde
    El mundo de los comics da para todo, y desde que Hollywood se enteró que, tecnología digital mediante, una historia intergaláctica con un hombre verde volando y protegiendo el Universo gracias a un anillo con poderes ya no era imposible de adaptar a la pantalla grande, la maquinaria se puso en movimiento en acaso el proyecto más ambicioso de DC Comics/Warner Bros hasta la fecha. Después de Batman, claro, cuyo principal desafío autoimpuesto fue cómo darle un tono realista.

    Nada más opuesto respecto a ésto último que el héroe color esperanza: con un exorbitante presupuesto de más de 200 millones de dólares (dificiles de recuperar, a juzgar por la taquilla del film en su país de origen), el Señor del Anillo que todo lo puede vuela por los aires, imagina soluciones que materializa con su poder, combate un villano de otra galaxia y, de paso, se queda con la chica de turno.
    Hay, sin embargo, una pequeña genialidad muy realista que derriba -¡por fin!- un tremendo mito del cine de justicieros enmascarados: cuando el hombre devenido en héroe se presenta con su antifaz frente a su chica y apela al misterio, ésta lo reconoce y le dice “¿cómo no te iba a reconocer, si hasta te vi desnudo?”. Adios para siempre al anonimato absurdo.
    Pero fuera de éste y algún que otro momento, no hay mayores sorpresas en Linterna Verde, pero sí, hay que reconocerlo, mucha diversión interplanetaria que, salvando las distancias, recuerda a los delirios sci-fi de Flash Gordon (no, no el otro superhéroe de rojo de la DC, sino el intergaláctico inmortalizado en la canción de Queen).
    La historia parte de la segunda camada de comics del temarario héroe, esa que tiene como protagonista a Hal Jordan y no al original -y olvidado- Alan Scott, y conecta al piloto de aviones con el ex-guardían del Universo Abin Sur, quien herido en batalla cede el mando al terrícola intrépido. El villano de turno es Parallax, un ente que representa el miedo en su totalidad, y para colmo encuentra un involuntario aliado en Hector, un científico que sin quererlo se ve contaminado por el poder del temor.
    Una sobredosis de colores saturados inunda al film del director Martin Campbell, el mismo de Goldeneye, Casino Royale y El Zorro, quien aquí parece haber perdido la pulceada contra los productores que se encargaron de tijeretear el film a gusto, mientras que el carisma de Ryan Reynolds es suficiente para rescatar al héroe de lo que pudo ser un desastre: Linterna Verde recibió lapidarias críticas alrededor del mundo y, si bien hay que reconocer que tiene sus fallas, resulta más entretenida que varias adaptaciones de historietas que se toman a sí mismas demasiado en serio.
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  • Super 8
    Super 8
    ZonaFreak
    Dicen por ahí que a Spielberg y Lucas se les ocurrió la premisa de Indiana Jones cuando ambos compartían unas vacaciones en familia en la playa y, castillitos de arena mediante, al último se le cruzó por la cabeza la idea de un arqueólo aventurero, intrépido y canchero. Sin un rumor acrecentado por el tiempo ni una anécdota simpática que cruce los caminos de dos directores, tan sólo viendo Super 8 es fácil imaginar al director, J.J. Abrahams y Steven Spielberg compartiendo una velada romántica frente al televisor, disfrutando una retrospectiva de ET, los Goonies, Encuentros Cercanos del Tercer Tipo y, para darle algo de crédito al creador de Lost, Cloverfield, ese film que produjo y obtuvo un razonable reconocimiento.

    Por si no quedó claro con el explícito ejercicio imaginativo esbozado anteriormente, Super 8 es mucho más que un homenaje a Spielberg: es casi un émulo -reconocido y por momentos hasta celebrado- del mismo. Todos los elementos spielbergianos se encuentran presentes, con cuidadas cucharadas -pero una desmedida sobredosis hacia el final- de sci-fi mágico, poesía intergaláctica, infancia freak y nostalgia exacerbada. En otras palabras, de haber habido nazis junto a los alienígenas, no hubiese faltado nada del director homenajeado.

    Hay que reconocer, sin embargo, que la trama plantea una historia no original pero sí atractiva, aunque termina prometiendo más en su primer hora de metraje que lo que parece entregar: unos niños bastante atípicos deciden hacer una película de zombies, para intentar ganar un concurso indie y pasar luego a hacer más películas. El título del film, obviamente, refiere al formato elegido, que ancla al film en los años elegidos para presentar la película: los finales de la década del 70. A este disparador se suma, sin embargo, el conflicto que irrumpe los planes de los protagonistas: un tren descarrila tras una explosión y, tras notar que se trató de una suerte de atentado, los niños comienzan a sospechar que algo no estaba bien con la carga de un vagón. Manejado con un suspenso obligatorio para toda película de monstruos (al mejor estilo Tiburón, sabemos que el peligro está ahí pero no podemos del todo verlo), Super 8 avanza hacia un climax demasiado convencional y meloso, que no arruina pero sí edulcora demasiado un plato que, en su primer mitad, parecía apostar a un cine que hace rato había dejado de verse: ése que, simpático y de buen corazón, dibuja una sonrisa en la cara del espectador sin caer en lugares comunes o moralinas por demás básicas. Un objetivo cumplido a medias, para una película que pudo haber sido mucho más.
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  • X-men: Primera Generación
    Y así comenzó todo: el profesor Charles Xavier alguna vez fue joven (hasta tuvo pelo), ambicioso y visionario, y sus colegas fueron antes grandes amigos y enemigos, traiciones y desamores mediante.

    Mystique, la azulada femme fatale que cautivó con su peculiar color de piel en tiempos pre-Avatar, alguna vez sirvió a otro amo, y éste otro amo y Lord a la vez no siempre estuvo de la vereda de enfrente.

    Todo tiempo pasado fue mejor, en fin, y gracias a ello X-Men: Primera Generación se sostiene por sí sola, permitiendo olvidar -afortunadamente- que los hechos ocurridos en una precuela naturalmente anteceden a los posteriores en los siguientes capítulos de la saga, inclusive aquellos que menos cierran (la tercera parte y Wolverine: Origins, concretamente). Bryan Singer no dirige, pero sí produce y escribe buena parte de la historia, y la diferencia con Brett Ratner se nota. Aquí detrás de cámara se encuentra Matthew Vaughn, esa joven promesa responsable de Kick-Ass y Stardust, y el reparto actoral se renueva por completo: James McAvoy es el joven Xavier, Michael Fassbender interpreta a Magneto (que crecerá hasta convertirse en Ian McKellen), y la sufrida muchacha que se ocupaba de su decadente familia en la nominada al Oscar Winter Bone, Jennifer Lawrence, encarna a la seductora Mystique, a pesar de todo, un personaje infinitas veces menos acomplejado que el anterior.

    Pero como sabido es que la talla del héroe se mide en cuanto a la calidad del villano, y en este caso particular la talla de por sí debería ser XL, puesto que los héroes son varios, el mérito de que la necesaria amenaza antagonista se sostenga recae en la labor de Kevin Bacon, quien demuestra una vez más ser todo un experto en el tema.

    La historia comienza con un flashback (uno ya conocido por quienes recuerden la primera parte de la saga), y se adelanta luego a tiempos igualmente pretéritos: el contexto bajo el cual X-Men: Primera Generación se desenvuelve, tiene como telón de fondo la Guerra Fría, y lejos de resultar anecdótico los conflictos de las potencias nucleares juegan un importante rol en la trama.

    Con ingenio, un inteligente guión y personajes correctamente delineados, esta primera generación se diferencia gratamente de la última que se vio allá por el año 2006, y aunque no sorprende demasiado recupera sí un aire fresco que la franquicia andaba necesitando. Habiendo costado 160 millones de dólares, queda entonces una sóla pregunta flotando: ¿cómo pueden los productores confundir Villa Gesell con Bariloche?

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  • Piratas del caribe: Navegando aguas misteriosas
    La saga de Piratas del Caribe sufre, casi más que ninguna otra, un terrible efecto fotocopia: ya la segunda presentaba desmejoras, la tercera no presentaba color alguno, y esta cuarta parte apenas si puede verse.

    Con un cambio de capitán notorio (abandona la nave Gore Verbinski, toma el comando Rob Marshall), lo último -único- que Piratas... ofrecía, es decir, surrealismo mainstream, personajes coloridos y cataratas de efectos especiales, parece haberse desvanecido en el aire: probablemente nadie extrañará a Keira Knightley y Orlando Bloom, pero sí criaturas marinas extrañas como el Capitán Davy Jones, o esa suerte de Kraken que devoraba a Sparrow en anteriores aventuras, que parecen ya demasiado lejanas.
    Lo que queda por contar es una historia que para colmo parece repetida de la segunda entrega: la búsqueda de un elemento poderoso que devuelve la juventud a quien lo posea y pronuncie las palabras correctas.
    En la nueva carrera vuelven, claro está, Jack Sparrow (Depp, más medido, o quizás cansado, que en las anteriores partes), Barbossa (una vez más, opacado por Johnny), el segundón Gibbs (Kevin McNally) y Keith Richards (unos pocos segundos), apenas un souvenir de anteriores batallas. Entre las nuevas caras piratas se encuentran Penélope Cruz, cuyo terrible inglés parece más una forzada negación para con el idioma, que sin duda repercute en lo limitado de su interpretación, e Ian McShane, por lejos lo mejor de la película.
    Rob Marshall, el otrora director de Chicago y Memorias de una Geisha, continúa así su curriculum de películas sumamente olvidables y prescindibles, sólo que en este caso lejos, lejísimo, de un premio de la Academia.
    Lo demás es lo de siempre: barcos, naufragios, espadas y suciedad a lo Hollywood: gente que no se baña, pero sí tiene tiempo para maquillarse. Ah, y sirenas, que constituyen la mejor escena del film en una batalla insólita, que tristemente termina antes de lo deseado. Queda una incógnita que probablemente nunca encontrará respuesta: ¿cuáles serán las aguas misteriosas del título?
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  • El hombre que podía recordar sus vidas pasadas
    Fantasmas, apariciones del pasado, criaturas míticas, hombres y mujeres, todos pueden convivir bajo el mismo techo de un quincho. Eso parece afirmar Apichatpong Weerasethakul, quien dirige El Hombre... con notable poesía y despreocupación por los tiempos narrativos esencialmente muertos. AKMariano Torres.
    El hombre que podía recordar sus vidas pasadas (Tío Boonme) Alemania / España / Inglaterra / Tailandia. 2010. Dirección y guión: Apichatpong Weerasethakul. Foto Sayombhu Mukdeeprom, Yukontorn Mingmongkon, Charin Pengpanic. Montaje Lee Chatametikool. Con Thanapat Saisaymar, Jenjira Pongpas, Sakda Kaewbuadee, Natthakarn Aphaiwonk.
    Toda la cobertura del Bafici 2011 aquí
    Ésto, a pesar de ciertamente prolongarse a veces demasiado, no degrada en ningún momento la película gracias a una bellísima fotografía, y un retrato espectral de dichas criaturas (sombras de la noche en lo oscuro del bosque) capaz de helarle los huelos al más valiante. Y el mérito es que, aunque sí de corte fantástico, no puede -ni debe- hablarse aquí de terror. Sólo de tradiciones, mitología y metáforas que pueden resultar súmamente atractivas para quienes se dejen atrapar por el mundo de este hombre con increíble memoria que va más allá de lo lógico o, por el contrario, tan difíciles de comprender como de deletrear el apellido del director para un espectador una cultura distinta.
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  • Pase libre
    Pase libre
    ZonaFreak
    Contando en su curriculum con dos de las mejores comedias de los años 90s (Tonto y Retonto y Loco por Mary), los hermanos Farrelly, a costa de su humor de inodoro, se ganaron el título de reyes del humor de mal gusto, aunque a menudo inteligente y, por sobre todo, ácido.

    Así desfilaron por su filmografía pequeñas joyitas como Kingpin (con Woody Harrelson en uno de los mejores papeles de toda su carrera), otros divertidos pero irregulares asaltos al buen gusto (Irene y yo y mi otro yo, Inseparablemente Juntos) y esporádicas explosiones melosas (Amor Ciego, Fever Pitch). Hasta en la animación supieron darse el gusto los hermanitos (Osmosis Jones) y luego, a partir de ahí, todo fue barranca abajo: a la ya devaluada fórmula de los chistes gruesos se sumaron guiones mediocres, y el resultado fueron las dos películas más decepcionantes de su otrora interesante carrera: La Mujer de mis Pesadillas (The Heartbreak Kid) y ahora ésta, Pase Libre (Hall Pass), acaso el punto más bajo que pudieron alcanzar.
    La sencilla historia gira en torno a dos cuarentones babosos, Owen Wilson y Jason Sudekis, que devoran con su mirada culos y tetas de todo tamaño y tipo por igual, y no reparan en que quizás, del otro lado de la cama estén sus esposas preguntándose si algún día esta actitud adolescente va a terminar. La posible y ridícula respuesta llega de boca de una amiga en común, con una solución tan absurda como improbable que es, por supuesto, el disparador de la película: una segundad oportunidad, con etiqueta de "pase libre", para que los hombres recuperen su supuesta hombría y puedan saciar, aunque sea por una semana, su apetito de machos cabríos que sus mujeres en teoría les supieron quitar. Lo obvio sucede, como no podía ser de otra manera, cuando los leones descubran que parecen más bien gatitos con uñas desafiladas, y las mujeres, por su parte, consigan más éxito del cual siquiera hubiesen podido imaginar. Entre chistes de pedos y vulgaridades varias, esta vez con mal timing para la comedia, el guión se deshace en escenas olvidables y banales que se vuelven redundantes a medida que se acumulan sin hacer avanzar el relato hacia ninguna parte.
    Una de dos: o los Farrelly se quedaron sin ideas, o estuvieron viendo demasiadas repeticiones de los Midachi en Crónica TV. Esperemos que sea lo segundo, puesto que con un buen zapping se pasa y, quién dice, en una de esas en otro canal están dando alguna de las primeras películas de Kevin Smith, otro colega del palo que con el tiempo parece haber perdido el rumbo.

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  • El mecánico
    El mecánico
    ZonaFreak
    ¿Charles quién? Los bigotes setentistas bronsonianos son cosa del pasado, los mecánicos mercenarios tuvieron que adaptarse o morir, y sin duda no era esto lo que iba a elegir el pelado adrenalínico del momento, Jason Statham.

    A decir verdad, hace rato ya que el inglés que saltó a la fama de la mano de Guy Rithie en Snatch se ganó su nombre y apellido enlistado en los mejores héroes de acción de los últimos tiempos, y esta remake del film homónimo de 1972 hace justicia a dichos honores. Por eso Simon West, el otrora director de Con-Air, todo un conocedor del género, sabe que para ser respetuoso con un clásico no hay mejor manera que distanciarse, y poner todas las armas sobre la mesa.

    La premisa, no obstante, se mantiene relativamente fiel a la original: Arthur Bishop (Statham) es un asesino a sueldo que conoce su oficio y está más que al tanto de los gajes del mismo. Uno de ellos es la soledad, otro la inevitable reclusión social, y un tercero la necesidad de no apegarse a sentimentalismos que compliquen las cosas. Éste último, como no podía ser de otra manera, será el disparador de la película: resulta complicado a veces hacer borrón y cuenta nueva, sobre todo cuando las bases del contrato huelen a engaño. Los dos primeros, sin embargo, quedan relegados a lo anecdóticos y hacen apenas eco del conflicto existencial (al estilo Charles Bronson, claro) que abundaba en la película original.

    Statham cumple una vez más con su rol de imbatible (de hecho, este es un punto en el cual difiere un poco de aquel Mecánico de 1972) y carga sobre sus hombros un film que dificilmente resaltaría por sobre los demás de no ser por él. Todo un logro que hace rato es celebrado por los amantes de este a menudo menospreciado género.
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  • Sucker Punch: Mundo Surreal
    Hace poco menos de dos semanas, quien escribe esta nota resaltó la triste mala influencia de los videojuegos en una obra supuestamente cinematográfica (Batalla Final: Los Angeles).

    Pues bien, existe aparentemente un escalón aún más bajo en la industria hollywoodense actual: Sucker Punch es, como mucho, un mero reel audiovisual de efectos especiales, conocidos en la jerga como VFX.


    Si alguno auguraba un excelente futuro para el director que con apenas cuatro películas (entre ellas, 300 y Watchmen), comenzaba a hacerse de un nombre, puede parar de contar: Zack Snyder no es que perdió el rumbo, sino que construyó uno sumamente superfluo y redundante, que lo lleva a repetir inclusive escenas calcadas de sus últimas películas.

    Así, sin el féretro del Comediante de Watchmen, el cementerio tiene su plano cenital en cámara lenta, y las escenas trágicas aparecen montadas al son de una canción pop mainstream pero también de culto. De hecho, si Snyder no utiliza nuevamente 99 Red Balloons de Nena para ciertos momentos de Sucker Punch, puede que se deba únicamente a una cuestión de problemas de derechos.

    Todo es conocido, vacío y pomposo: las adolescentes conflictuadas capaces de imaginar una guerra ridícula (pero sin que se les corra el maquillaje) parecen una versión de High School Musical con armas, mientras que los fondos virtuales amenazan con una invasión de espartanos que nunca llega. No importa: en su lugar hay zombies, nazis, orcos, dragones, zeppelins, robots y golems. Quizás la combinación le hubiesen faltado extraterrestres y gorilas con armas nucleares, pero no obstante uno puede aventurarse a decir que con tal repertorio de personajes ya es suficiente.

    No conviene contar demasiado del film, puesto que resulta más sencillo visualizar el trailer en cualquier web de videos. Todo está ahí, y entra resumido en escasos tres minutos. El resto: caramelos y dulces para la vista. ¿Y ese aspecto ridículamente “sexy” que pretende tener la película con pequeñas ninfas en minifalda? Sí, está ahí y, parafraseando –a riesgo de resultar autoreferenciales- a un habitual colaborador de ZonaFreak, Juan Pablo Bondi, alegrará únicamente a “aquellos adolescentes que aún piensan que el sexo es un rumor”.
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  • Invasion del mundo. Batalla - Los Ángeles
    Poco y nada queda de los gloriosos años 50s para el sci-fi, cuando en esa época los extraterrestres invadían por miles de razones (algunos, para castigarnos por negligencia, como el caso de Klatu en El Día que Paralizaron la Tierra, otros por colonización por años premeditada, como La Guerra de Los Mundos), al menos tenían pretextos para hacerlo o, en el peor de los casos, un muy elaborado plan.Por supuesto que tampoco mucho queda del Hollywood de esa época en la megaindustria actual: mientras que ante la falta de efectos especiales, antes se premiaba la originalidad, hoy día parece que la sobredosis de los mismos no hace más que castigar a la figura del guionista.

    En la era del CGI (computer generated image), todo es posible, salvo quizás la concepción de una buena historia. Pero, ¿qué se le puede pedir a un film que ya en su trailer adelanta el 90% de su contenido (es decir, tiros, explosiones, cámara en mano y navecitas)? Se le podría pedir, al menos, un respiro entre tanta redundancia belicista.
    Describir el argumento de Batalla: Los Angeles resulta una tarea tan dificil como imaginar a un guionista detrás de este engendro. Podríamos suponer, no obstante, y para continuar con la idea de que quizás hubo realmente un escritor detrás, que el tratamiento guionado podría resumirse de esta manera: “ESCENA 1 – EXTERIOR – GUERRA CON LOS ALIENS (REPITE HASTA EL FINAL)”. Para condimentar un poco este producto vencido (las escenas de invasión ya se vieron, y mejor, en films como Día de la Independencia, una verdadera obra maestra en comparación), se encuentra en el rol principal el actor Aaron Eckart, quien tristemente no puede hacer demasiado con su papel de Sargento heroico, puesto que frases como “¡no hay promesas en la guerra!” y “¡estos hombre están dispuestos a ir al infierno y más allá por usted, teniente!”, resultan harto conocidas, casi al punto de caer accidentalmente en la autoparodia. Llega un momento que hubiese sido más sincero de parte de los realizadores simplemente reemplazar las líneas de diálogos por sonidos guturales u onomatopeyas. Al menos dejaría bien claro el target al cual apunta la película.
    ¿Y los alienígenas/enemigos? Bien, gracias. Cada tanto se muestran visibles, y cuando lo hacen despiertan más dudas que amenazas: ¿son robots? ¿híbridos? ¿cómo es eso de “armas incorporadas al cuerpo”? ¿no les dificulta la cotidianidad (asumiendo que no pelean las 24hs, claro)? ¿Cómo se las ingenian para comer o diseñar las máquinas que utilizan? ¿Tienen algún otro plan aparte de la destrucción frontal, o su comandante apenas se limitó en decirles “duro y a los bifes”?
    Todas esas preguntas resultan infinitas veces más divertidas que los 117 minutos de Batalla: Los Angeles, a medida que este subproducto de la industria armamentist... perdón, cinematográfica, se hunde en secuencias que parecen salidas de cualquiera de los últimos videojuegos de la saga Call Of Duty (o de todos ellos al mismo tiempo). Esas secuencias que se inician automáticamente antes de comenzar a jugar, y que hacen que uno presione start para saltear la pantalla y dejar atrás el video. Lástima que dicho botón no pueda encontrarse en las butacas de las salas durante la proyección de Batalla LA.
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  • Rango
    Rango
    ZonaFreak
    La factoría Pixar siempre fue la principal fábrica de animación tridimensional, tanto por sus habilidades digitales como por su inteligencia a la hora de caracterizar a sus personajes, sin subestimar al espectador. Así, la empresa de Steve Jobs ejerció su indiscutido liderazgo en un balance perfecto de calidad visual y narrativa. Hasta ahora.

    Rango, del director Gore Verbinski, es otra muestra de cómo un film animado puede ser para niños y a la vez para adultos, sin caer en excesivas referencias a la cultura popular; los personajes no bailan al ritmo de una canción posmoderna con guiños adultos, sino que viven su mundo como si se tratase de una película de Sergio Leone. Sí, hay homenajes (quizás el punto en contra del film es que a veces resultan demasiados), pero dificilmente un pasaje que remite al clásico A la Hora Señalada (High Noon, Fred Zinemann) u otro que recuerda a Los Siete Magníficos (The Magnificent Seven, John Sturges) pueda ser catalogado de cultura popular.
    He allí donde radica el principal atractivo de Rango, que lamentablemente deleitará a algunos pero aburrirá a muchos otros de igual manera: las citas son demasiado cinéfilas (mirando siempre al Oeste, y otro poco al film noir, gracias a una historia sospechosamente parecida al Chinatown de Polanski), y tanta búsqueda de complicidad western en otras identidades del género, termina por momentos en una pérdida de la propia.
    La historia, no obstante, es entretenida y se ve apoyada por un despliegue magistral de animación CGI: una lagartija tristemente solitaria ve alterada su existencia cuando un buen día descubre que la pecera en la que vive domesticada ya no está ahí, y debe enfrentarse a la vida que siempre imaginó. Si esta vida viene acompañada de un pueblo anclado en el tiempo, habitado por animales cowboys (¿o cowpets?), qué mejor para este héroe que siempre sonó con ser protagonista de su propia película.
    El film así describe sutilmente la soledad del personaje y la importancia de ser libre (sin caer en moralejas demasiado fáciles), así como de ejercer y defender los derechos propios. El agregado del recurso natural escaseando agrega un bienvenido contexto sociopolítico, que dificilmente entenderán los chicos pero disfrutarán los grandes (al menos, los que tratan de cerrar bien la canilla).
    La película del otrora director de Piratas del Caribe, y La Llamada, es un detallado manual del género, pero también es un film para niños, por momentos muy oscuro, por momentos muy cálido, que se extiende no tanto como un film del mencionado Leone, pero sí un poco más de lo necesario. Mientras tanto tiembla Pixar, gracias a que otros estudios que parecen haber madurado, con resultados cada vez mejores, buscan ubicarse si no por encima, al menos al costado de los padres de Toy Story, en donde, irónicamente, quien abrió el camino fue otro pequeño gran cowboy.
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  • El cisne negro
    Perfeccionista como la protagonista de su última película, Darren Aronofsky parece obsesionado con las historias de gente dispuesta a dejar todo por alcanzar una meta, por más que ello a veces traiga aparejado terror, flagelo y tragedia.

    Así, su Randy (Mickey Rourke) de El Luchador era capaz de dejar su vida en el cuadrilátero, mientras que el Max de su opera prima, Pi, entregaba su cordura a la ciencia para indescifrar lo indescifrable, al tiempo que en otra realidad paralela, Marion (Jennifer Connelly, en Requiem para un Sueño), cedía su salud a las adicciones, mientras Tommy (Hugh Jackman) era capaz de dar lo que no tenía por comprender un poco más allá el sentido de la vida, la muerte y todo lo que va en el medio.
    Tercos, orgullosos, obsesivos... así son los personajes del universo Aronofsky, y es por eso que no sorprende (algunos argumentarán, inclusive, que sucede todo lo contrario y eso quizás sea indicio de que el director deba renovarse) que su Nina (Natalie Portman) actual se adscriba a dicho grupo de notables.
    El Cisne Negro representa para Nina el rol más complicado a interpretarse de "El Lago de los Cisnes", y a la vez, es carne también de sus más reprimidos deseos: mientras que su delicadeza e inocencia le aseguran el trono de Cisne Blanco, la oscuridad la seduce pero nunca llega del todo a contaminar la pureza de su némesis. Dicha confrontación de demonios/ángeles internos se ve acompañada de la presión ejercida por su tutor, Thomas (Vincent Cassel) y una nueva compañera de ballet dispuesta a apuñalar por la espalda en el momento menos esperado. Así, contra viento y marea, Nina se aferra a su obsesión adentrándose en un mundo jamás explorado: el de la ambición y grandeza, con naturales altibajos de orgullo y ego.
    Conviene no revelar mucho más acerca de un film que, si bien no presenta demasiados giros argumentales (es, de hecho, súmamente lineal en su relato), encuentra en pequeños e inesperados hallazgos sus mejores momentos, uno de ellos perpetuado por la gran Wynona Ryder. El Cisne Negro no es, ciertamente, el mejor film del prolífico Aronofsky, pero sí una entrada más en una filmografía más que interesante, que vale la pena seguir de cerca. Quienes busquen un cambio de aire en la carrera del director, serán felices de saber que sus próximos proyectos incluyen la secuela de Wolverine, y una posible continuación de la saga de Batman (que, hasta ahora, Aronofsky elaboró aunque sea para la historieta).
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  • Temple de acero
    Al igual que cuando David Lynch entregó su "Historia Sencilla", el film más atípico de los Coen brilla por su simpleza: Temple de Acero, mitad adaptación literaria, mitad remake, es un western clásico con todos los elementos del far west exactamente dónde tienen que estar.
    Casi no se percibe ese humor negro típico de los célebres hermanos, ni la violencia se exalta por encima del grotesco. Todo aquí funciona a perfecto tono con lo que se está narrando, mientras que los personajes, dotados todos de una humanidad fuera de cualquier estereotipo, acompañan la historia desde su perspectiva y se dejan llevar por la aventura que los realizadores proponen.
    Mattie Ross (Hailee Steinfeld) lleva el relato y hace que, con tan sólo catorce años, todo gire en torno a ella. El punto de partida, como en tantos otros westerns, es ni más ni menos que una venganza. Pero, consciente de que no hay aquí justicia poética que valga (las tragedias se acercan más al cine de Ford que al de Leone, a pesar de que algunas escenas presentan una alta estilización), Mattie se ve obligada a reclutar a un alcohólico Marshall (Jeff Bridges), a quien fuentes confiables recomiendan, puesto que es posiblemente el último hombre con verdadero "temple de acero", para que le ayude en la tarea de atrapar al asesino de su padre y llevarlo a la justicia (así sea por mano propia).
    A la aventura se suma el Texas Ranger llamado LaBoeuf (Matt Damon, probablemente en uno de los mejores papeles de su carrera), y a partir de allí, si hubiesen rutas en lugar de tierra, podría decirse que el film de los otrora directores de Sin Lugar para los débiles"se convierte en una road movie.
    Los días y noches pasan, al tiempo que los personajes se pelean, se amigan, se separan y se vuelven a reencontrar, sólo para descubrir lo impensado pero lógico: no hay "villanos" ni "maldad absoluta", sino seres humanos detrás de cada crimen, y al tiempo que la demonización del enemigo se cae a pedazos, la necesidad de conseguir justicia no cesa: después de todo, a eso parece reducirse la existencia de la protagonista.
    Los hermanos responsables de clásicos contemporáneos como Fargo, Simplemente Sangre, Barton Fink y El Gran Lebowski encuentran en Temple de Acero la excusa perfecta para adentrarse en el imaginario inagotable del lejano Oeste (ya lo habían rozado con la antes mencionada Sin Lugar Para los Débiles), y encuentran en el género uno de los puntos más altos de su cinematografía. Quién hubiese dicho que éste sería, justamente, el menos reconocible a los ojos de autor.
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  • El Avispón Verde
    Una secuencia que recuerda al “Let Forever Be” de Chemical Brothers, la “Kato Visión”, un par de ingeniosos split screen y el uso de cámaras estratégicamente ubicadas para darle dinamismo al plano, son todo lo que queda del sello autoral de Michel Gondry.
    Aún así, El Avispón Verde es, por más que sencilla y vacía en contenido, la película más alocadamente entretenida en la carrera del francés, otrora realizador de clásicos como Eterno Resplandor de una Mente Sin Recuerdos y Be Kind, Rewind.
    Y es que este avispón verde no le pertenece, ya que ese crédito se lo lleva Seth Rogen. La catarata de gags (algunos ciertamente mejores que otros) y delirios constantes recuerdan su estilo de comedia (hasta el amigo James Franco tiene un divertido cameo), y por momentos sorprende no encontrar la firma de Judd Apatow detrás del guión. ¿Cuánto queda entonces del avispón que conocemos -o creíamos conocer- todos? Poco o mucho, según como se vea (no olvidemos que el absurdo estuvo siempre allí presente), pero de un modo u otro, por demás exagerado conforme a los tiempos hollywoodenses que corren.
    En esencia, el Avispón original sigue ahí: Britt Reid, un millonario excéntrico con tiempo de sobra, descubre que puede serle útil a la sociedad como un enmascarado vengador anónimo que hace justicia por mano propia, siempre de la mano del multifacético Kato (capaz de demoler a patadas a su adversario y al mismo tiempo hacer el mejor café del mundo). Como la situación amerita un villano de la talla de estos dos paladines de la justicia, ahí es donde entra en escena Chudnofsky (Christoph Waltz, en una suerte de versión paródica de su Crel. Hans Landa) y sus secuaces, dueños de la mayor red de narcotráfico de Los Angeles.
    Lo que queda del film son disparos, explosiones,chistes, artes marciales, una Cameron Díaz en esporádicas intervensiones estilo Femme Fatale, más explosiones y más chistes. Un cocktail ciertamente eficaz y efimero, pero que dejará satisfecho al espectador que busque solamente eso: diversión garantizada que no se toma -por suerte- demasiado en serio.
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  • Red social
    Red social
    ZonaFreak
    Consciente de que los films que describen algún tipo de tecnología -más aún si es de índole informática-, suelen pasar rápidamente al olvido, el director David Fincher, respaldado por un sólido guión del cotizado Aaron Sorkin, concentra su relato en qué pasaba por la cabeza de los creadores de facebook, y no cómo el cyber-invento cambió al mundo posmoderno occidental. La decisión, por fortuna, resulta un hallazgo, y la dupla Fincher/Sorkin parte así de la base del libro "The Accidental Billonaires: The Founding of Facebook" de Ben Mezrich.
    La historia, "apenas dramatizada", de acuerdo a los responsables del film (y para horror de Mark Zuckerberg, el creador de dicha red social), se concentra en los orígenes universitarios del proyecto devenido en emprendimiento multimillonario, y acusa sin condenar al autor intelectual de la idea, entre lo más suave, de haber robado el concepto a otros compañeritos de Harvard, y por otro lado más grave, de ser un misántropo nerd resentido, que creó un imperio para inicialmente vengarse así de su ex novia.
    Sentada la base del conflicto, Zuckerberg (interpretado, suponemos que con gran observación, por el ascendente Jesse Eisenberg) expone su inseguridad y resentimiento al demostrarle a su novia cuánto necesita el reconocimiento de los demás. Casi sin quererlo, en el climax de su soberbia verborragia, le explica básicamente que él, con su futuro exitoso, "podría hacerle conocer gente que de otro modo jamás conocería". La chica, como era de esperarse, se despide de él para siempre. Zuckerberg queda solo, y no tardará en descubrir que el único amigo que tiene es Eduardo Severin (Andrew Garfield, la pronto nueva cara de Spider-Man). Ese mismo al cual, avanzada la película, descubriremos que ha traicionado, en hechos oscuros que lo sacan fuera del eje millonario de la empresa.
    Así, el film comienza a revelar su estructura de flashbacks, a medida que, interrumpidos los mismos por escenas de la actualidad jurídica que retiene a Zuckerberg en un estudio de abogados donde se debate "quién se queda con qué" del negocio, la triste personalidad del personaje comienza a mostrar diversos matices. No hay maldad innata en Zuckerberg, pero sí una soberbia que no sabe cuándo detenerse. Esa soberbia lo lleva a ser una verdadera mente brillante de la programación, pero apenas un discapacitado para las relaciones sociales (valga la ironía).
    Red Social cuenta "el lado oscuro de facebook", como lo han anunciado varios críticos, pero también se detiene, aunque siempre a través de sus personajes principales, en patrones recurrentes del ser humano: su codicia, ambición (no siempre monetaria), la venganza y la soledad en la sociedad posmoderna de la web 2.0. Fincher es un realizador hábil que, no obstante, después de Benjamin Button, parece haberse obsesionado con la idea de obtener una estatuilla de oro: si uno presta atención a los diálogos e intepretación, puede encontrar fácilmente los reconocibles "oscar clips" que utilizará la academia para nominar al film en diversos rubros. Esto no supone un pecado per se, pero torna demasiado pretenciosa una trama que busca ser "el ciudadano Kane del nuevo siglo", y reemplaza el trineo Rosebud por notebooks y reuniones de hackeo. Así, la película fascinará a muchos (especialmente a aquellos que sean partícipes de esta comunidad global en eterna expansión), y distraerá quizás a aquellos que, sin restarle importancia al fenómeno, encontrarán aquí apenas otra historia más de amor y desamor capitalista, con ecos de Los Piratas de Sillicon Valley, y personajes detestables con los cuales resulta muy dificil de empatizar. Al fin y al cabo, por más que en varios aspectos Red Social sea una propuesta más que interesante (el film entero se sostiene en base a sus diálogos), todo se reduce al botón de "me gusta/no me gusta", conforme a los tiempos virtuales que corren.
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  • Furia de titanes
    Epica en el ring

    Nadie recordará el film original de Duelo de Titanes como un clásico obligatorio, pero sí recibirán siempre una especial mención los efectos del gran Ray Harryhausen, maestro del stop-motion que deleitó a todos con su Hiedra de las mil Cabezas, entre otras criaturas y deidades. Pues bien, si esta actualización del film de 1981 pretende ser un homenaje, si bien asombra con algunos efectos digitales (el engendro infernal llamado Kraken), defrauda por completo con otros, como el de la mencionada Hiedra que, sin duda, en épocas del maestro Ray pudo ver tiempos mejores...

    Y si esta Clash of the Titans es una continuación, un "borrón y cuenta nueva", o una re-interpretación de la historia original, se queda corta, presentando muy pocas novedades y haciendo apenas uso (y abuso) del 3D que invade la pantalla como el gimmick del nuevo milenio.

    Sam Worthington, todavía en plan Jake Sully de Avatar, interpreta a Perseus, un semi-Dios (o hijo bastardo de Zeus, para hacerla fácil), que un buen día se rebela contra su padre y decide liderar una cruzada contra los Dioses. Estos, ni lerdos ni perezosos, ávidos de infundar temor en los humanos para así recopilar plegarias, dan rienda suelta a toda su furia, y lo que resta es lo inevitable: decenas de batallas épicas, monstruos -marinos, terrestres, aéreos-, espadas, serpientes, escudos y alguna que otra decapitación bien merecida.

    La cantidad de engendros extravagantes que desfilan por la pantalla es inversamente proporcional a las ideas del relato, donde los dioses son casi una parodia de sí mismos (Liam Neeson como Zeus, en pose de Caballero del Zodíaco, Ralph Phiennes como el hermanito malo Hades) y el guión, funcional a la tecnología, olvida las bondades de la caracterización y parece contentarse en repetir reiteradas veces, a través de su protagonista, el único leit-motive de la película "no lucharemos como Dioses, sino como hombres". Demasiado poco para tanto alboroto místico.
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  • Al filo de la oscuridad
    El viejo lobo sigue en carrera

    Al Filo de la Oscuridad parece ser, además del título ficticio elegido para narrar las tragedias del protagonista de la película, una perfecta descripción de la vida personal, delante y detrás de cámaras, de su estrella, Mel Gibson.

    Cuando allá por el año 2004 el otrora héroe acción de las divertidas Arma Mortal emprendió un camino casi decidido a la dirección de épicas realizaciones financiadas de su propio bolsillo, no faltaron quienes pronosticaron un indicio de locura.

    Dos años después, ya con un éxito inaudito de taquilla para su hiperviolenta interpretación de la Biblia en La Pasión de Cristo, el actor devenido director redobló la apuesta con la impecable Apocalipto, y ya no quedaban dudas: aquel hombre carismático de ojos azules había cedido lugar ante las excentricidades de todo un autor, controversial y subestimado, con el don de lo impensado siempre bajo el brazo.

    Otros dos años después, ya lejos de las cámaras y entrando en terreno personal, el destino volvió a patear el tablero cuando, tras una noche de borrachera, un arresto mediático y declaraciones antisemitas, lo convirtieron en el nuevo enemigo favorito de la doble moral americana: Mel, el descarriado. Y tanto fue así que la figura de clásicos modernos como la trilogía Mad Max, después de más de 25 años, comenzó su divorcio y cambió abruptamente de vida, algo no muy bien visto por su defendida institución católica.

    Ahora, después de tantos cambios, y con arrugas que marcan el paso del tiempo pero conservan un espíritu salvaje intacto, el hombre ha vuelto a su profesión: la actuación. Y el resultado, afortunadamente, es más bienvenido que nunca. Y es que si hay algo que mantiene a flote Al filo de la Oscuridad es la incomparable presencia de Gibson, con todos sus gestos conocidos desde la época de El Rescate (film que, temáticamente, se sitúa bastante cerca de ésta nueva película), a la vez que la siempre correcta dirección de Martin Campbell (Golden Eye, Casino Royale, y la serie original en la cual Al Filo... está basada) mantiene al espectador en vilo, sediento de acción y adrenalina como su protagonista, que desata el infierno como venganza entre quienes asesinaron a su hija.

    Cabe una mención especial para la breve, pero decisiva, participación del gran Ray Winston en, quizás, el personaje más interesante de la película.
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  • Un hombre serio
    Volvieron los Coen de la gente

    ¿Qué hacer después de un Oscar? Esta es la pregunta que acecha a quienes, tras ganar una estatuilla dorada de la Academia, se plantean qué será de su futuro ahora que ya nada será lo mismo, y las expectativas generales de la audiencia son cada vez más alta. Los Coen parecen tener la respuesta: aceptar la eventualidad de las cosas con simpleza, tal cual reza el prólogo de su nuevo film, Un Hombre Serio.

    Si bien con la divertida pero innecesaria Quémese después de leerse, los realizadores de joyas como Fargo y Barton Fink ya habían dado un paso al costado de la oscura complejidad de un film tan celebrado como Sin lugar para los débiles, con Un hombre serio vuelven a transitar el sendero de la comedia negra, ciertamente con mayor puntería que en su anterior obra.

    Hay algo, sin embargo, que se repite, pero sin quitarle frescura alguna a la película: muchos de los pasajes más cínicos del film recuerdan la irreverencia de El Gran Lebowsky, a la vez que la temática tan específica inmersa en el mundo del judaísmo puede ocasionar perplejidad ante una narración ensimismada que, al igual que ¿Dónde estás, hermano?, podría dejar afuera a una buena parte de los espectadores.

    Con una escena inicial tan misterosia como hipnótica, donde un matrimonio judío ortodoxo se pregunta si se han encontrado con un verdadero dibbuk (espíritu que deambula tomando el cuerpo de un difunto), Un Hombre Serio traslada la acción a la década del ´60, centrando su argumento en la atribulada vida de Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg), un hombre al cual todo parece derrumbársele de repente sin que éste pueda comprender porqué esto sucede, mientras que el "Somebody to love" de los Jefferson Airplane suena en las radios e infecta de surrealismo la cotidianeidad de la vida.

    El gran acierto de los Coen es haber realizado un film que constantemente lidia con estereotipos cercanos, sin caer en la chabacanería o lo meramente trillado. Larry no es un hombre serio, es cierto, pero tampoco es un inútil perdedor de película, y hasta la denominación "antihéroe" parece quedarle grande. Es, al igual que todos, un hombre más que, de vez en cuando en la vida, siente ahogo y frustración ante la impotencia de no poder evitar una serie de eventos desafortunados, al tiempo que nadie parece escucharle y su Dios parece haberle dado la espalda.

    Así, los Coen desde detrás de cámara se divierten y regodean en su eterno cinismo que a veces -como en su anterior película- limita con la total y absoluta misantropía, y parecen con ironía preguntarse si acaso no seremos todos, en el fondo, "hombres serios" como el Larry Gopnik a quien remite el título.
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  • Desde mi cielo
    Criatura celestial

    Vaya uno a saber qué le habrá pasado a Peter Jackson por la mente al realizar su nuevo film, tras la megalomana visión de la trilogía de El Señor de los Anillos y la remake de King Kong, cuando decidió cruzar géneros tan incompatibles como opuestos y disímiles en tono y forma.

    Y es que, Desde mi cielo, en efecto, parece no una sino dos o tres películas que, sumadas, no se sabe si forman un todo o si, por el contrario, en el fondo se tratan de una nada absoluta.

    Si una parte (la mejor y realmente excelente) trata sobre el dolor de una familia por continuar la vida luego de la muerte de una hija, la otra (decididamente peor) se empecina en endulzar el argumento narrativa y visualmente, al punto de que por momentos uno no sabe si esos pomposos efectos digitales pertenecen una cinta del más fastuoso Hollywood o acaso a los de un video de una fiesta de 15 de alto presupuesto.

    ¿Cómo conviven estas contradicciones en los 135 minutos de duración? La respuesta es, lamentablemente, simple: no lo hacen. La tragedia omnipresente, por más que edulcorada en secuencias cuasi oníricas, podría prescindir completamente de una paralela narratividad mediocre, y ésta última parte podría quedar relegada a un segundo plano donde no molestaría demasiado, o comerse al resto del film para emparentarse con la igualmente triste (en el mal sentido de la palabra) Más allá de los Sueños, aquella con un Robin Williams descendiendo junto a la audiencia al más profundo de los infiernos.

    En el medio, dicho sea de paso, unos pasajes con ecos de un "Chiquititas" de Cris Morena, terminan de embarrar un film que, contado de otra manera -o, simplemente, contado de una sóla manera y no dos o tres- pudo haber sido mucho más interesante.

    Para mal de males, el mensaje incierto que deja en el aire una sensación de angustia ocasionada por una filosofía que parece querer decir "las cosas simplemente pasan y así hay que dejar que sucedan", ni siquiera consigue redención en un atisbo de "justicia divina", cuando el monstruo de la película (el asesino-pedófilo, por supuesto) encuentra un desenlace a tono con un gag de Tonto y Retonto.

    Desde mi Cielo es, así, un film definitivamente agridulce, equivocado en todas sus proporciones.
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  • Vampiros del día
    B

    Hubo un tiempo en que los vampiros dominaron el cine: desde la expresionista Nosferatu hasta las adaptaciones más oficiales de las novelas de Bram Stoker, pasando por los primeros films con el recordado Bela Lugosi para la Universal, hasta los híbridos cuasi deformes de la productora británica Hammer y otros derivados.

    Llegado el año 2000, con el inminente nuevo siglo, todo cambió: los colmillos afilados siguieron mostrándose pero, cuando de menos, de manera "posmoderna". Así los no-muertos supieron caminar a la luz del día y algunos hasta aprendieron a matar a sus pares para proteger a los humanos (Blade y sus secuelas), aprendieron a hacer amiguitos desde la infancia (la increíble Let The Right One In), e inclusive se enamoraron adolescentemente con muchachas pálidas y bonitas (la triste saga de Crepúsculo).

    Ahora, Daybreakers, parece mezclar los elementos posmodernos que caracterizaron a las antes mencionadas, agregando algunas ideas originales y una que otra vuelta de tuerca más que bienvenida al género.

    Hay en Daybreakers, de todos modos, un merecido respeto a las reglas básicas del vampirismo: las estacas son letales al corazón de los monstruos, la sangre permanece irresistible para los colmillos, y la luz resulta fulminante ante la más mínima exposición. En un mundo habitado por vampiros, donde los pocos humanos que quedan corren serios peligros de extinción, Edward (Ethan Hawke) se rehusa a ser partícipe de un sistema endemoniado que cultiva humanos para sustraerles la sangre. Pero su jefe, Charles (Sam Neill), por otro lado, está convencido de que la solución de "hallar un sustito" a la sangre sería sólo momentánea: siempre habrá quienes noten la diferencia y en pose gourmet soliciten "la cosa real". Y como Charles es quien toma las decisiones de su compañía succionadora de sangre, todo parece indicar que, mientras queden humanos, éste recurso será explotado al máximo. Cualquier paralelismo metafórico con la situación actual del petróleo no es casualidad.

    Cómo hará Edward para "cambiar el sistema" es el atractivo principal del film, que incluye una sorprendente participación del gran Willem Dafoe como un ex-vampiro que parece haber encontrado una misteriosa cura a la "enfermedad".

    A pesar de que el uso y abuso de la cámara lenta opaca un tanto los resultados generales del film (la estética cool puede tornarse molesta al rayar en lo innecesario), Daybreakers es un grato respiro entre tanto vampiro adolescente e inofensivo, y contribuye con buenas dosis de hemoglobina al cine gore que tango gusta a los fans del género.

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  • Avatar
    Avatar
    ZonaFreak
    El regreso de un gigante

    Doce años tuvieron que pasar hasta que el autocoronado (justificadamente) “rey del mundo” del cine volviese a hacer de las suyas, para demostrar no sólo que el rey no ha muerto, sino que difícilmente será olvidado.

    Después del mega éxito de Titanic, ¿qué más podía ofrecerle James Cameron al noveno arte? Ya había marcado un antes y un después en materia de efectos especiales, producción artística y marketing multitarget, al tiempo que, sin descuidar el guión (por más que sencillo), había conseguido emocionar a todo tipo de espectadores por distintos motivos, y todo eso concentrado en una sola película.

    Si el realizador de joyas como Terminator, su primera secuela, y El Abismo quería volver detrás de cámaras, le esperaba un enorme desafío: satisfacer la enorme expectativa naturalmente generada. Y lo logró. O al menos, puede a lo sumo decirse que estuvo muy, muy cerca.

    Quienes conozcan la historia de Pocahontas sabrán ya cómo comienza y concluye el film de Cameron: un conquistador en apariencia ignorante (aquí, un ex marine lisiado) será enviado con una misión belicista al nuevo mundo (el planeta Pandora), para enamorarse de una nativa y cambiarse de bando a tiempo y evitar el caos, fruto de la codicia humana.

    Hasta aquí, una fábula de película, con algún que otro tinte ecologista que por momentos hace pensar que Al Gore ofició de segundo guionista en la cinta. Pero hay mucho más que simplemente eso.

    Avatar no será un clásico del cine, pero sí un hito. Y es que es, salvando las distancias, el equivalente casi exacto a Titanic en esta prácticamente conclusa época. Las similitudes encontradas no son caprichosas: hay una majestuosidad visual nunca antes vista, hay una historia muy sencilla (se ha dicho jocosamente que el film es "Danza con Lobos Extraterrestres”), hay una prolongación importante del film para nada innecesaria (casi tres horas de duración que no se sienten como tales) y hay, también, moraleja simplona pero efectiva, personajes básicos pero reales, y un sinfín de momentos de pura poesía visual, desconocidos, hasta ahora, por el ojo común humano.

    Faltaría un galán de la talla de Leo di Caprio, claro, pero en su reemplazo podríamos argumentar que allí está el gimmick 3D para llenar el vacío - y más butacas-.

    La necesidad ridícula de parte de la prensa, trabajando codo a codo con el marketing oficial de 20th Century Fox, de afirmar que “Avatar es una revolución para el Séptimo Arte”, se torna un tanto absurda al analizar el film y encontrarle sus falencias (que, como toda gran obra de arte), pero es justo reconocer no solo que no estamos ante cualquier película, sino ante una que, si bien no logra estar a la altura de todas sus pretensiones, aporta tanto a la historia del cine como lo hizo en su momento aquel transatlántico irrompible que no pudo evitar hundirse. No es poco, sobre todo cuando pocas megaproducciones de Hollywood hoy logran mantenerse a flote.

    Bonus Track

    - Cuesta creer que absolutamente nada del Planeta Pandora existe en la realidad y que todo se trata de un cuidado CGI (Computer Generated Images).

    -Sí, vale la pena verla en 3D y se nota que así Avatar estuvo pensada.

    - Para el momento en que se redactó este artículo, Avatar ya se ubicaba como la cuarta película más taquillera de la historia alrededor del mundo, y se estima que en menos de una semana estará apenas detrás de Titanic (también de James Cameron), film que también puede ser destronado de acuerdo a los analistas de Hollywood.
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  • Luna Nueva
    Luna Nueva
    ZonaFreak
    Yo fui un Drácula adolescente

    Para ver la saga Crepúsculo uno debe armarse de mucha mucha paciencia. Paciencia de que el argumento nunca arranque, paciencia de que en algún momento quizás los actores dejen de sobreactuar y mostrar gratuitamente sus abdominales y anabólicos tórax, y paciencia de que a pesar del leve incremento de presupuesto, los horribles efectos especiales siguen siendo dignos de una película clase B. Pero aun la persona más paciente del mundo está destinada a llevarse la peor decepción.

    Mientras que a mitad de año algunos aseguraban que Transformers 2 iba a ser la película más “pochocleramente” desagradable del 2009, seguramente ya estén retractándose si es que tuvieron la oportunidad de ver Crepúsculo.

    No hace falta haber leído la novela para darse cuenta que evidentemente ha habido una mala interpretación de la principal línea argumental. La película se trata única y exclusivamente de la empalagosa relación entre los vampiritos Bella y Edward, siendo el tema del vampirismo algo completamente circunstancial y por momentos tomado con indiferencia. Cada vez que aparece un hecho sobrenatural tanto los personajes como los espectadores lo toman como algo totalmente normal e inocuo.

    Nueva Luna NO es una película de vampiros u hombres lobo, es un endulzadísimo drama adolescente (dos términos sumamente sobrevalorados y contradictorios hoy en día) que solo puede emocionar a un jovencito en pleno proceso hormonal.

    En lo que a la banda sonora respecta, una vez más hicieron un uso que no tiene absolutamente nada que ver con ningún momento del film. La música está supuesta a acompañar y contribuir a cada momento de tensión o emoción, pero en vez de eso, lo único que hace es darle cierto aire “cool” a los personajes con el presunto fin de que el adolescente público sienta identificación para con la pareja protagonista. Por más que haya bandas contemporáneas de cierto renombre, de la talla de Muse y Tom Yorke, las canciones se encuentran absolutamente fuera de lugar.

    Si hay algo que el mercenario director Chris Weitz (quien de entrada dijo que solo hacía esta película por dinero) interpretó perfectamente es que tenía en sus manos una suerte de best seller multiplataforma en el cual indiferente del producto final y sus infinidades de falencias, habría de ser un gran éxito comercial. Basta con mencionar que en Estados Unidos, tan solo en la pre-venta ha superado con creces los números de Harry Potter, Star Wars III, y hasta la última Batman de Christopher Nolan.
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