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Imagen del crítico Juan Carlos Di Lullo
Juan Carlos Di Lullo
  • Cantidad de críticas: 82
  • Promedio: 58%
  • Críticas favorables: 58/82 (71%)
  • Críticas desfavorables: 24/82 (29%)
  • Diferencia absoluta: 9%
  • Battleship: Batalla naval
    Fila 10, butaca 6... ¡Hundido!

    El director Peter Berg no vaciló a la hora de perfilar esta producción: entretenimiento pochoclero aun a costa del ridículo. Por eso cuesta creer lo que pasa en la pantalla durante el primer tercio de la película, porque la presentación de los personajes se convierte en un perfecto manual de lugares comunes y de situaciones poco convincentes. Al punto que la llegada espectacular y violenta de las naves extraterrestres se convierte en un verdadero alivio para el espectador, ya cansado de los estereotipos que están desfilando por la pantalla. A esta altura, la diversión puede consistir en buscar las "fuentes de inspiración" de la película: entonces, la lista será larga y forzosamente incompleta: desde "Transformers", "El día de la independencia", "La guerra de los mundos" o "Pearl Harbor" hasta la saga de "Alien" o el mismísimo "E.T.".

    Cuando Berg se dedica a las escenas bélicas propiamente dichas, el resultado es mejor, pero la apelación a los lugares comunes y a las obviedades no afloja. Las actuaciones están en línea con esta pobreza de objetivos, al punto que uno lamenta la presencia de un caricaturesco Liam Neeson (a distancias siderales de "La lista de Schindler" o de "Cinco minutos de gloria"). Así, tanto la historia central como las subtramas (como la de la novia del protagonista al rescate del veterano de guerra resentido por la pérdida de sus dos piernas) no deparan la menor sorpresa a lo largo de más de dos horas de proyección.

    Desde luego (y aunque suene reiterativo a estas alturas) hay una factura técnica irreprochable: las escenas de los enfrentamientos entre las naves alienígenas y los barcos terráqueos son espectaculares, sumamente vistosas y realizadas con un nivel de precisión apabullante, aunque lo que se muestre sea un acorazado "derrapando" sobre las olas como si fuera un auto de rally. Si uno está dispuesto a disfrutar de estas escenas y hacer abstracción de casi el 90 por ciento del guión, este es el programa indicado.
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  • Los vengadores
    Los superhéroes sean unidos

    Tiene varios méritos el director y guionista Joss Whedon, porque logró armar una historia entretenida a partir de la interacción de cuatro de los más famosos héroes de Marvel (Iron Man, Capitán América, Hulk y Thor) con dos nuevas figuras que seguramente pronto tendrán sus propios filmes como protagonistas (Viuda Negra y Ojo de Halcón). Si bien el interés del público estaba más que garantizado de antemano por la popularidad de los personajes, no era tarea fácil reunirlos y equilibrar las subtramas y el protagonismo de cada uno de ellos dentro de una historia coherente y capaz de mantener el interés del espectador a lo largo de casi dos horas y media de proyección. Whedon sale airoso del compromiso y logra redondear un relato en el que abundan las escenas de acción resueltas con gran espectacularidad y un notable despliegue de imágenes impactantes, aderezadas con toques de humor inteligentemente distribuidos a lo largo de la trama. Y además, el guionista y director se anima a "humanizar" un tanto a sus protagonistas, por lo que no duda en mostrarlos de a ratos como seres engreídos, egoístas, algo torpes y no siempre enfocados en la solución del problema que tienen entre manos.

    El esquema argumental es simple y ya bastante transitado: hay que recuperar el Tesseract, un cubo capaz de generar una descomunal energía, que el malvado Loki (hermanastro del semidiós Thor) quiere utilizar para abrir un portal dimensional que permitirá el desembarco sobre la Tierra de un ejército invasor alienígena. Los seis superhéroes que conforman esta suerte de liga fantástica tendrán entonces que desbaratar los planes del villano; pero antes, deberán comprender que ninguno de ellos será capaz de llevar adelante la tarea en soledad.

    El director no tiene que preocuparse por presentar a cada uno de los superhéroes; ya se sabe que son suficientemente conocidos por el público. Entra, entonces, de lleno en el relato, y pinta a cada uno de ellos desde una perspectiva bastante terrenal. En los chisporroteos que surgen por el choque de tamañas personalidades se encuentran algunos de los momentos humorísticamente más logrados (sobre todo los comentarios a cargo del siempre excéntrico Tony Stark - Iron Man, a cargo del eficiente Robert Downey, Jr). El resto es espectacularidad a escala industrial, efectos especiales que no dejan de sorprender (magnificados por el uso de la técnica del 3D) y alguna que otra bajada de línea política (sobre todo por parte del Capitán América) que hubiera dado material para varios volúmenes a Ariel Dorfman, aquel del setentista "Para leer al Pato Donald". Pero no es la intención del director ni de los productores poner el acento en este aspecto. El propósito está más que claro: entretener a la multitud de seguidores de los personajes de Marvel y, al mismo tiempo, inaugurar una nueva franquicia que, seguramente, convocará a multitudes en los cines de todo el planeta. El problema (menor, por cierto) es que, al menos en esta primera entrega, no se percibe un aporte de originalidad como para darle un giro refrescante al ya muy transitado tema de los superhéroes en el cine.
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  • Piratas! Una loca aventura
    El Capitán, su tripulación, el científico y la reina

    Los estudios de animación Aardman, que dieron al cine joyas como "Pollitos en fuga" o "La batalla de los vegetales" (y otros títulos no tan logrados como "Lo que el agua se llevó") vuelven a la carga con su bagaje de personajes entrañables, animaciones sorprendentes y escenarios, vestuarios y ambientaciones de enorme calidad técnica y artística. En este caso, todo este andamiaje está al servicio de la narración de una historia que entrecruza las aventuras de un grupo de piratas y la presencia de la reina Victoria de Inglaterra con las andanzas del mismísimo Charles Darwin. Es conocida la capacidad de los artistas de estos estudios para producir filmes técnicamente irreprochables y además, para narrar historias con gran solvencia; y, como siempre, para aderezar los relatos con pequeños guiños destinados a los adultos que van al cine para acompañar a los pequeños, a los que teóricamente está destinada la película. Y aquí es donde puede percibirse un tropiezo de la producción: si bien las líneas elementales de la trama pueden seguirse sin dificultad, hay una serie de escenas demasiado dialogadas y estáticas que, seguramente, aburrirán a los espectadores más chicos. Es cierto que las escenas de acción, las persecuciones y las caídas (y los efectos en 3D) están sabiamente colocados a lo largo del relato como para divertir a los niñitos y para regocijar a los que ya no lo son, y que los personajes siempre tienen una salida original o un gesto divertido como para sostener la atención del público, pero de a ratos la acción cae en pozos que conspiran contra el impacto final del filme.

    No se trata, por cierto, de uno de los mejores títulos de los inventores de Wallace y Gromit, pero es cierto que las imágenes son deslumbrantes y la puesta en cámara de cada una de las secuencias es admirable; la historia entretiene a pesar de las lagunas de ritmo y el saldo general es satisfactorio. Ocurre que quienes vayan al cine impulsados por el recuerdo de los grandes filmes de Aardman deberán resistir a la tentación de comparar esta nueva entrega con las inolvidables producciones que cimentaron la fama de los estudios británicos.
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  • Espejito, espejito
    Blancanieves y los enanitos, otra vez

    Blancanieves trata de terminar con el reinado de su malvada madrastra y de devolver a los súbditos el bienestar del que disfrutaban años atrás. En esta empresa, será ayudada por los enanos que viven en el bosque, y por un apuesto príncipe llegado desde tierras lejanas.

    Hay una presentación deliciosa del cuento de Blancanieves, con dibujos y animaciones de muy buen gusto, en la que se puede percibir el intento por parte de los guionistas de "refrescar" el archiconocido relato con elementos desacartonados, en sintonía con los tiempos que corren. No hay, sin embargo, anacronismos ni referencias a la actualidad; es decir que los elementos del cuento están presentes a lo largo del filme. La aparición de los personajes representados por actores es deslumbrante, sobre todo porque la ambientación y el vestuario resultan sumamente vistosos y creativos. Los problemas surgen porque no hay elementos demasiado originales en este intento de revitalizar el centenario relato. Julia Roberts encarna a la madrastra celosa de la belleza de Blancanieves, en una nueva etapa de la carrera de la actriz que quedó en el recuerdo de muchos como la "mujer bonita" y que consolidó sus dotes actorales en "Erin Brockovich". Aunque su tarea es correcta, no va a marcar un hito en la trayectoria de la actriz. Lily Collins (simpática, agradable) luce cómoda como Blancanieves, aunque tampoco aporta nada nuevo a lo ya visto sobre el tema. Y están, por supuesto, los siete enanos, aunque no son esforzados mineros sino simpáticos salteadores de caminos. Y el príncipe, apuesto y generoso, también hará lo que de él se espera ayudando a la heroína a recuperar el trono y adueñándose de su corazón.

    O sea que están todos los elementos del cuento, remozados o respetados a rajatabla. El envase es atrayente, el ritmo de la narración se sostiene y la resolución visual es destacable. Lo que no se entiende es por qué se decidió volver a contar una historia ya tantas veces contada.
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  • El Lórax: en busca de la trúfula perdida
    Al rescate de los bosques extinguidos

    Un muchachito quiere encontrar un árbol de verdad para impresionar a una joven; ellos viven en una sociedad que se ha apartado de la naturaleza y que ha acabado con los bosques. En esa aventura conocerá al Lórax, una suerte de malhumorado guardián de la Naturaleza.

    Los cuentos del Dr. Seuss (Theodor Seuss Geisel, que vivió a lo largo de casi todo el siglo XX) son extremadamente populares en los EE.UU, pero son prácticamente desconocidos entre nosotros. Las adaptaciones de estos relatos al cine no han tenido tampoco el éxito que habría podido augurar su enorme difusión literaria, sobre todo entre los niños norteamericanos. Los intentos de llevar a la pantalla las andanzas de "El Grinch" o el particular universo de "Horton y el mundo de los Quién" no alcanzaron la repercusión esperada por los productores. Algo parecido puede llegar a ocurrir con esta historia de clara orientación ecológica contada en clave de aventuras con sesgo musical. A la presentación de la fantástica ciudad en la que viven los personajes centrales, un mundo artificial en el que todo es una monumental escenografía, le sigue la exploración que lleva adelante el joven protagonista más allá de los límites del pintoresco municipio. En ese mundo desconocido toma contacto con el Lórax, un celoso guardián del medio ambiente que deja en claro (no sin humor) el desatino que cometen los seres humanos al transformar irresponsablemente el orden de la Naturaleza. Si bien el chico comienza a correr su aventura porque quiere impresionar a una muchacha, pronto abraza la causa ecológica y decide jugarse el todo por el todo en la empresa de volver a plantar la última semilla natural en el centro de la ciudad artificial, para crear conciencia acerca de la necesidad de recuperar los lazos con la naturaleza.

    La realización técnica es muy buena, con un excelente uso del color y un vistoso diseño de los entornos y de los personajes; el efecto tridimensional está inteligentemente aprovechado, y los números musicales se ven correctamente resueltos; pero, aunque la narración no presenta tropiezos, los personajes no terminan de atrapar el espectador: el Lórax aparece algo desdibujado, y la historia no ofrece demasiadas sorpresas.
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  • Los juegos del hambre
    El pasatiempo mortal de una sociedad decadente

    Hay que tener en cuenta que el director Gary Ross decidió llevar al cine un éxito editorial sumamente popular entre el público adolescente y juvenil que cuenta una historia sin demasiados elementos originales, lo que implicaba un desafío con bastantes riesgos potenciales. El realizador sale airoso de la prueba y establece un buen primer peldaño para lo que seguramente será una saga más que taquillera, porque tiene todos los elementos necesarios como para encantar al mismo público que consume las novelas. Y uno de los principales aciertos del director está en la elección de la protagonista: Jennifer Lawrence es una de las apariciones más prometedoras de la pantalla, desde aquel memorable trabajo en "Lazos de sangre" (que le valió una postulación al Oscar) después de varias participaciones en distintas series de televisión. La chica es dueña de un carisma notable y actúa con sensibilidad e inteligencia; de otro modo no habría podido soportar un papel protagónico con las características del que le tocó en esta producción. La narración de las desventuras de Katniss Everdeen está contada casi exclusivamente desde el punto de vista de la joven, por lo que ella está permanentemente en la pantalla; la muchacha resuelve admirablemente el desafío. Otro punto a favor que muestra el filme es la inteligente y creativa ambientación en un futuro cercano, en la inquietante Panem (el territorio que antes fue EE.UU, ahora dividido en 12 distritos) habitada por un sociedad decadente que busca en los Juegos del Hambre (una competencia del estilo de los reality shows, pero a muerte) la distracción que los aparte de la monotonía de sus existencias reales.

    Como en las viejas novelas de ciencia ficción, hay aquí una velada crítica a los pueblos que han perdido valores como la solidaridad o el sentido de equidad, y a la nociva penetración de la televisión en la sociedad, pero no es el tema fundamental. La estructura del argumento gira alrededor del drama y las aventuras que corre la protagonista, sin descuidar el costado sentimental. En ese sentido, puede criticarse una pintura demasiado superficial de ciertos personajes secundarios que merecerían un desarrollo más profundo (el desgastado ex ganador de los juegos que encarna Woody Harrelson, el presentador del reality que compone Stanley Tucci y el propio presidente de Panem, a cargo del siempre eficaz Donald Sutherland). Pero también es cierto que este es el primero de los capítulos de una saga, y que ya habrá tiempo para ocuparse de esos personajes.

    La película está muy bien contada, con un correcto manejo de los ritmos y de los climas, a pesar de que sus 142 minutos pueden resultar excesivos. También puede apuntarse como logro del director el haber dosificado con buen criterio las escenas "lentas" con los pasajes de acción, plenos de vértigo pero puestos en la pantalla con gran claridad y precisión; el uso de los efectos especiales está en función de la narración y no para lucimiento de los efectos en sí mismos. Y, desde luego, el mérito principal es el de haber instalado en el público un tema y una cantidad de personajes que seguramente cobrarán aun más popularidad que la que les dieron las novelas, y que asegurarán la continuidad de la saga
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  • John Carter: entre dos mundos
    Aventuras descabelladas y entretenidas

    Lo bueno de esta película es que, por el precio de una, se ven alternativamente una de cowboys, una de ciencia ficción, una de gladiadores, una de misterio y varias más. El director Andrew Stanton (es el mismo de las excelentes "Buscando a Nemo" y "Wall-E", pero en esta oportunidad no está a la altura de esos ilustres antecedentes) y sus guionistas apelan deliberadamente a la mezcla de estilos y se refugian en la licencia para incurrir en arbitrariedades narrativas que les concede el hecho de que la historia que cuentan proviene de un texto fantástico ya centenario, con todas las características de un cómic.

    Las escenas van saltando (junto con el protagonista, que ha adquirido mágicamente la capacidad de dar brincos de cientos de metros gracias al viaje interplanetario) desde la Guerra Civil norteamericana a otro enfrentamiento, esta vez en Marte (que los nativos llaman Barsoon). La película encuentra entonces el tono (y el aspecto) de aquellos viejos filmes de Flash Gordon; después se verá un desfile nupcial con ecos en "Cleopatra", una persecución de naves voladoras claramente tomada de "La Guerra de las Galaxias" y un duelo que, sin los monstruos extraterrestres en la arena y en las gradas, bien podría haber formado parte del metraje de "Gladiador". Mientras tanto, Carter aprovecha sus nuevos poderes para imponer respeto entre los nativos, pero se rehusa a tomar parte en el conflicto en el que éstos están envueltos, hasta que la bella princesa Dejah Toris lo cautiva. La trama, entonces, se complica en demasía, sobre todo para los espectadores más chicos, Y a todo eso se suma un prólogo y la resolución del conflicto en los que aparece el propio autor del cuento original, Edgar Rice Burroughs (el autor de "Tarzán"). Los actores cumplen con el tipo de actuación estereotipada y excesiva típica de estos productos. Pero con todo, el despliegue visual y la realización técnica son de tal excelencia que los 132 minutos no alcanzan para aburrir; todo lo contrario.
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  • Drive
    Drive
    La Gaceta
    Un samurai al volante

    Un hombre silencioso y solitario maneja su automóvil por las calles de Los Angeles. Trabaja en un taller mecánico y eventualmente es doble de riesgo en producciones cinematográficas. Sus habilidades conductivas lo llevarán a convertirse en piloto de autos para la mafia.

    Poco se puede conocer (ni siquiera el nombre) del personaje central de este relato; este tipo taciturno e imperturbable se desplaza al volante de su automóvil y mantiene la misma actitud en medio de una persecución endemoniada o durante un paseo en compañía de su joven vecina y el hijo de ésta. La chica espera sin mayores expectativas que su pareja (el padre del pequeño) salga de la cárcel y conoce accidentalmente al protagonista, un enigmático mecánico con sorprendentes habilidades conductivas; lo que ella no sabe es que el hombre es también conductor de autos utilizados en "trabajos" para los mafiosos locales. La trama se desarrolla alrededor de las vinculaciones que se van trabando entre el piloto, la vecina, el marido de ésta y los delincuentes que requieren los servicios del protagonista; todo es una excusa para pintar atrayentes personajes, sobre todo el protagonista, encarnado por Ryan Gosling en una sobria y convincente tarea. Resulta interesante penetrar en el mundo silencioso y con muy especiales códigos (casi el de un samurai) en el que vive el conductor, que prácticamente no se permite emociones. Es así como pasa casi sin transiciones de un momento romántico a una explosión de violencia inusitada.

    El director Nicolas Winding Refn alcanza los puntos más altos de su película precisamente en la construcción de los personajes, pero el relato se ve intencionalmente demorado, por lo que el ritmo de la narración se resiente. La película cae entonces en pozos dramáticos, y las (escasas) secuencias de acción no terminan de revertir el clima. Es cierto que el encuadre y la fotografía están al servicio del clima del relato, estructurado a la manera de los viejos policiales negros que han dejado legiones de fanáticos entre los amantes del cine; sin embargo, la consistencia del guión no alcanza a sostener la potencia dramática requerida para redondear un filme sobresaliente.
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  • Tan fuerte y tan cerca
    Una odisea personal

    No es sencilla la misión que se impone Oskar Schell cuando intenta encontrar a la persona de apellido Black que está vinculada con una llave que encontró entre las pertenencias de su padre, después de la muerte de éste en el 11/S. Pero, en realidad, lo que el niño intenta es prolongar el vínculo lúdico-científico que lo acercaba mucho más a su progenitor que a su ahora devastada madre (interpretada por una correcta Sandra Bullock). En la improbablemente exitosa empresa que encara el muchacho, estará acompañado por un misterioso anciano, un sobreviviente del Holocausto que se niega a hablar (extraordinaria interpretación de Max von Sydow). El chico y el enigmático octogenario se aplicarán a una sistemática búsqueda por todos los barrios de Nueva York, sin mayores datos que los orienten acerca del dueño (o la dueña) de la llave. Con estos ingredientes, el director Stephen Daldry (el de "Billy Elliot", "Las horas" y "El lector") trata de sumar al espectador al viaje interior que emprende el pequeño Oskar mientras salta atrás en el tiempo para pintar la particular relación entre padre e hijo, truncada por el atentado. El fantasma de los atentados siempre está presente; casi obsesivamente, el chico escucha a escondidas los mensajes cada vez más angustiantes que dejó en el teléfono el hombre, atrapado en uno de los edificios hasta el fatídico desenlace.

    El problema es que el filme que logra Daldry es de esos que dividen a la platea entre los que se entregan sin reparos a la narración y los que no consiguen aceptar emocionalmente el relato. Aquéllos, entonces, se conmoverán ante la lucha del pequeño protagonista por restablecer los puentes afectivos con su padre desaparecido, mientras que éstos advertirán las manipulaciones emocionales que propone el director, pulverizando su eficacia. Y cuando la estructura dramática queda tan en evidencia, la emoción desaparece y la extensión del relato (algo más de dos horas) comienza a pesar en el ánimo del espectador.
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  • El Artista
    El Artista
    La Gaceta
    Cuando sobran las palabras

    George Valentin es una estrella del cine mudo. Accidentalmente conoce a una joven que está tratando de abrirse paso como actriz. La industria evoluciona y sobreviene la llegada del sonido; la nueva tecnología determinará el ocaso de la carrera de Valentin, mientras que la joven se convierte en estrella.

    Ver "El artista" es un placer desde el principio hasta el final. La película de Michel Hazanavicius divierte, entretiene y emociona; y lo hace con recursos sutiles y originales. La historia no es nueva: una carrera artística se eclipsa mientras otra florece, en el marco de la revolución que provoca en la industria cinematográfica la irrupción del sonido. La originalidad está en el tratamiento del tema y en la audacia de haber planteado la realización en blanco y negro y sin diálogos hablados (salvo en el conmovedor cierre del filme). Desde ya que la renuncia al color tiene una base conceptual fácilmente perceptible en la idea de aproximar al máximo la estética del filme a la de aquellas películas de los comienzos del cine comercial; pero no es el único motivo. El director maneja el blanco y negro en consonancia con el tono de la narración y es así que hay momentos en los que la imagen se oscurece dramáticamente y otros en los que el contraste casi anula los grises para darle a la imagen un brillo acorde con el momento del relato. El aspecto visual es uno de los puntos altos de la realización (entre muchos otros): la imagen, la iluminación, el encuadre, la puesta en cámara y la ambientación (vestuarios, maquillajes, peinados) son sobresalientes.

    Párrafo aparte merece el tratamiento de la banda sonora, todo un tema por tratarse de una película muda: la música que acompaña (y subraya) las escenas mudas resulta sumamente apropiada, siempre dentro de los cánones impuestos por el cine de los años 20. La intensidad emocional de la partitura se adecua maravillosamente a la trama que se va desarrollando; pero los hallazgos están además en la introducción de sonidos incidentales en momentos estratégicos de la narración. Y, como ocurre con la buena música, los silencios absolutos dispuestos por el director resultan tan oportunos y eficaces como los momentos en los que la orquesta suena a pleno para respaldar la acción que se desarrolla en la pantalla.

    Las actuaciones están a tono con el nivel superlativo del filme: Dujardin da exactamente el tipo del galán despreocupado, seguro y pagado de sí mismo que pasa de la cima de la popularidad al olvido en un suspiro; Bejo aporta toda la frescura y la simpatía que necesita Peppy Miller, la aspirante a estrella que concreta su sueño de alcanzar la fama (y baila muy bien); los veteranos Goodman y Cromwell apoyan desde sus papeles secundarios, y todos sintonizan armónicamente con el clima general de la película. Hasta Uggie, el perro, está fenomenal.

    La película asume deliberadamente un tono melancólico y ni el desarrollo ni el desenlace están pensados para sorprender a nadie. Pero en la factura técnica y en la propuesta artística están los valores que distinguen a esta película entre tanta producción multimillonaria, decorada con efectos especiales.

    Hace más de tres décadas, Raúl Serrano (gran maestro de actores) dijo en un seminario que dictó en Tucumán: "tanto Picasso como mi sobrinita de cinco años dibujan una paloma con pocos trazos; pero lo que en mi sobrinita es impotencia técnica, en Picasso es voluntad expresiva". La explicación de Serrano es aplicable a este filme: Hazanavicius renuncia al diálogo hablado y al color porque entiende que de esa manera va a expresar mejor lo que quiere contarle al público y va a potenciar su homenaje a los comienzos del cine. Y vaya que lo logra.
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  • La dama de negro
    La mansión de los horrores

    Las historias de fantasmas y de apariciones siniestras siempre han tenido un enorme magnetismo sobre los guionistas, porque saben que hay mucho público encantado con la idea de asustarse dentro de una sala de cine. Los argumentos de este tipo de películas suelen ser un pretexto para que en la pantalla se den situaciones de tensión que conducen a un clímax que hace que el espectador salte de la butaca. A lo largo de la historia del cine han habido grandes filmes que respaldaron estos momentos con una sólida trama argumental.

    No es el caso de esta película dirigida por James Watkins y protagonizada por Daniel Radcliffe, quien está luchando para independizar su carrera actoral del fuerte sello que le imprimió el personaje de Harry Potter. El filme está correctamente ambientado en un pequeño pueblito de la Gran Bretaña de fines del siglo XIX; mientras relata una sencilla anécdota que implica la muerte en extrañas circunstancias de varios niños, la película se convierte en un muestrario de las típicas situaciones terroríficas de los filmes del género: se suceden entonces escenas en semipenumbra en las que se perciben movimientos en segundo plano, picaportes que giran, apariciones repentinas, juguetes mecánicos que cobran movimiento, puertas que se cierran (o se abren), chillidos y gorgoteos varios en la banda de sonido, melodías de cajitas musicales, truenos y relámpagos. El problema es que la trama que debe sostener este repertorio de escenas terroríficas resulta algo débil y, en muchos casos, también obvia. Lo curioso es que, a pesar de todo, el director logra su propósito y consigue darle varios sustos al espectador. Se apoya en una correcta fotografía y en una excelente ambientación, no sólo de los interiores de la siniestra mansión en la que se desarrolla gran parte del filme, sino en los desapacibles paisajes que la rodean. Y también en la tarea de los actores (Radcliffe incluido), que cumplen satisfactoriamente con su cometido.
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  • Los descendientes
    Extraños en el paraíso

    Alexander Payne es un realizador que en anteriores trabajos ("Entre copas", "Las confesiones del Sr. Schmidt") ha demostrado un particular talento para contar historias en las que confluyen el drama y el humor; en este filme es también uno de los responsables del libreto (que logró un Oscar en el rubro mejor guión adaptado), y reconfirma sus antecedentes al combinar con enorme eficacia situaciones profundamente dramáticas con remates hilarantes. Payne se las compone para elaborar un cuidadoso relato de las desventuras de Matt, el protagonista, y en las primeras escenas (con la ayuda de un algo obvio relato en off) pinta sin medias tintas la situación a partir de la cual va a desarrollar la historia: la esposa de Matt está en un coma del que no va a despertar, y el hombre tiene que lidiar con sus dos hijas, las que -hasta el momento del accidente- son prácticamente dos extrañas para él. Una dramática revelación le dará un giro inesperado a la historia y acentuará la crisis del protagonista, y todo esto, en momentos en que debe tomar una trascendental decisión para cerrar un negocio inmobiliario que afecta a toda su familia. Fiel a su estilo, el director combina situaciones de hondo dramatismo con toques de humor a lo largo de todo el filme.

    Payne acertó al elegir a George Clooney para encarnar a Matt King; candidato a un Oscar que no ganó, el actor se aleja de la figura de galán para transmitir con excelentes y sutiles recursos los diferentes estados de ánimo que atraviesan al personaje. Clooney está satisfactoriamente respaldado por el resto del elenco, en el que se destaca la joven Shailene Woodley (la hija mayor, un personaje complejo y contradictorio) y el veterano Beau Bridges (uno de los primos de Matt, desesperado por cerrar la venta de los terrenos). Es verdad que ciertos giros de la trama pueden resultar predecibles, pero también lo es el hecho de que la historia atrapa y convence, y que la narración se desarrolla sin tropiezos a lo largo de casi dos horas.
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  • La dama de hierro
    Una caracterización memorable

    Resulta curioso advertir que el principal mérito de esta película es su problema más serio: en efecto, la espectacular caracterización que logra Meryl Streep en la piel de Margaret Thatcher se convierte en el poderosísimo centro gravitatorio alrededor del que gira el resto de la producción, que resulta irremediablemente opacada. Streep aparece como Thatcher (parece Thatcher) en la actualidad, afectada por demencia senil y recluida en las habitaciones de su casa londinense; sus días transcurren entre los recuerdos de su infancia en plena guerra, de su juventud (y el descubrimiento de la actividad política) y su madurez, sumergida en el mundo de las luchas por el poder y convertida en la primera mujer en el cargo de Primer Ministro de Gran Bretaña. La confusión de su mente la hace dialogar permanentemente con su esposo muerto años atrás, y la lleva a revivir momentos especiales dentro de su historia personal. El problema es que la directora Phyllida Lloyd y el guionista Abi Morgan parecen contagiarse de esa confusión y no definen claramente los episodios que revive la anciana. La película, entonces, cae en profundos baches narrativos (en muchos pasajes bordea el aburrimiento) y no logra un crecimiento dramático sólido, a pesar de que constantemente narra hechos tremendos (las protestas de los mineros en crisis, los atentados del IRA en Irlanda, la guerra por las Islas Malvinas). Sólo la impresionante personificación que logra Streep le confiere un valor agregado a esta producción, que sin este aporte no hubiera descollado entre las biografías históricas que pueden verse por la televisión. Hay en el trabajo de la actriz una construcción minuciosa y un cuidado extremo para acusar el paso del tiempo entre las distintas etapas de su vida que apuntalan el trabajo sin fisuras de los maquilladores. El aporte de Jim Broadbent es otro punto alto, pero el problema fundamental es que una superproducción no puede depender exclusivamente del trabajo de los actores.
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  • Historias cruzadas
    Retrato de una época

    Gran mérito doble del director-guionista Tate Taylor en su segundo largometraje: concreta un relato de casi dos horas y media en el que la intensidad dramática no decae casi nunca y conduce un elenco de actores con puntos interpretativos muy altos. El resultado es una película que atrapa al espectador no sólo porque los hechos que relata son extremadamente potentes sino porque los recursos cinematográficos sobre los que se apoya son eficaces.

    A tal punto que, si bien queda claro que apela a ganchos emocionales y que los hilos de la trama están hábilmente tejidos para conmover al espectador, la realización convence y el público se entrega sin reparos a los vaivenes de la narración. La pintura de la población sureña de los EE.UU. en los comienzos de los años 60 es sobresaliente, no sólo por los detalles formales de la recreación de una época que está todavía en la memoria de muchos espectadores sino porque también resulta convincente la trama de las relaciones humanas entre los miembros de la pequeña comunidad en la que se desarrollan las historias.

    El hecho de que la película muestre el punto de vista de los blancos sobre las vivencias de los afroamericanos no le suma ni le resta nada a la propuesta: en todo caso, es una muy buena exposición de un punto de vista sobre un problema complejo en una época caracterizada por posiciones diametralmente opuestas.

    De todos modos, la película convence, emociona y entretiene. Y en gran medida lo logra porque presenta enormes actuaciones, como las de Viola Davis (inteligente, sutil, expresiva en el papel de la sirvienta Aibileen) y Emma Stone (la aspirante a escritora que decide reseñar las vivencias de las domésticas negras). También sobresalen Octavia Spencer y Jessica Chastain (candidatas al Oscar) y la entrañable Sissy Spacek en una breve participación. A pesar de que en algunos tramos las situaciones y las reacciones de los personajes bordean lo esquemático, el filme redondea una propuesta más que interesante.
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  • Sherlock Holmes: Juego de sombras
    Holmes usa más los puños y menos el cerebro

    La aclaración que se lee al comienzo del filme es pertinente: "basado en personajes creados por Arthur Conan Doyle". Los seguidores de las novelas del inteligentísimo investigador encontrarán que poco tiene que ver el personaje que interpreta Robert Downey Jr. con el que se puede imaginar a partir de las páginas escritas por el autor escocés. Pero todo esto quedó claro hace un par de años, en oportunidad del estreno de la primera película sobre Sherlock Holmes dirigida por el realizador británico Guy Ritchie. En esta, que presenta nuevamente las andanzas del detective y de su fiel compañero, el doctor Watson, las virtudes y las debilidades de la primera entrega vuelven a advertirse con claridad. Ritchie se concentra en los aspectos formales y resuelve con muy buenos recursos las numerosas secuencias de acción, los combates cuerpo a cuerpo, las explosiones y las persecuciones. Confía ciegamente en el carisma y la simpatía de Downey en la piel de Holmes y en la buena sintonía actoral con Jude Law, que encarna al incondicional Watson. En esta oportunidad, los guionistas agregan la interesante presencia del profesor Moriarty (buen trabajo de Jared Harris) e introducen a la intrigante Noomi Rapace como Madame Simza, una adivina de feria que se une a las andanzas de los detectives.

    Ritchie ha desarrollado a lo largo de su filmografía una expresión estética y un ritmo narrativo con marca de fábrica inconfundible: los planos de detalle, las reducciones a cámara súper lenta y la edición vertiginosa pero sumamente clara aparecen constantemente en sus películas. En este caso, estos recursos están al servicio de una narración que en todo momento atrapa al espectador, y que redondea un espectáculo atractivo. Los fanáticos del cine policial y de las tramas plenas de intriga seguramente echarán de menos las fantásticas deducciones del detective, columna vertebral de las novelas; y tal vez sientan que el intrépido investigador, en esta versión siglo XXI, se parece más a un agente secreto que al frío y cerebral analista de la realidad que inventó Conan Doyle hace más de un siglo. Lo cierto es que este personaje funciona muy bien en la pantalla, y que el relato de sus aventuras interesa, divierte y cautiva al espectador. No hace falta nada más para que se venga la tercera parte, posibilidad más que sugerida en el final de la película.
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  • Los Muppets
    Los Muppets
    La Gaceta
    El regreso de los muñecos más locos de la pantalla

    La película está claramente apuntada hacia los sentimientos de esa legión de seguidores y de admiradores de los muñecos que creó Jim Henson hace casi medio siglo y que acompañaron la niñez de un par de generaciones a través de la popularidad que se ganaron gracias a su enorme simpatía, su desfachatez y su locura. El principal acierto del director James Bobin (un experimentado realizador de series televisivas) y del guionista (y actor) Jason Segel es el tono que decidieron darle a la realización. La estructura de comedia musical tradicional con permanentes toques de humor permite que la natural simpatía de los muñecos se adueñe de la película. Los personajes humanos están deliberadamente concebidos como estereotipos, precisamente para que el relato funcione sin inconvenientes al despegarlo abiertamente de la realidad. Si se tiene en cuenta que el personaje de Segel es hermano de un muñeco (Walter, fanático de Los Muppets y, obviamente, futuro integrante de la troupe) y que esto es absolutamente natural, los códigos de la película quedan claramente establecidos desde el comienzo. Y hay también frecuentes quiebres como para que el espectador siempre sea consciente del mundo de ficción que se le presenta en la pantalla (Segel dice en un momento "es así, acabo de cantar una canción al respecto", con toda naturalidad).

    El plato fuerte de la película son Los Muppets. Vuelven a brillar con toda intensidad en la pantalla las características que hicieron inolvidables a personajes como la rana René (ahora se llama Kermit), Miss Piggy (con una excelente secuencia de presentación en París), Fozzie (o el Oso Figaredo), Gonzo (convertido en un exitoso industrial), Animal y su pasión por la batería, y tantos otros. Y, como ocurriera en cada uno de los shows que animaron en la televisión, en cada aparición los muñecos llenan la pantalla con su locura y su desfachatez. El tono de la película está tan bien logrado que aún las escenas más inverosímiles logran sortear sin inconvenientes la tremenda posibilidad de caer en el ridículo. Y, como suele ocurrir en este tipo de filmes, el desfile de figuras que hacen "cameos" es incesante.

    Un consejo: vale la pena llegar en horario a la función, porque se proyecta un corto de Pixar con los personajes de "Toy Story" que -como siempre- no tiene desperdicio.
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  • Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma
    Misión cumplida, una vez más

    Los seguidores de la saga que ya ha llegado a la cuarta entrega (y, antes que ellos, los fanáticos de la serie televisiva de fines de los años 60 que dio origen a los filmes) conocen perfectamente el menú: como entrada hay un episodio que se resuelve rápidamente y en seguida se sirve el plato principal: el encargo de la nueva misión, hecha la clásica salvedad ("si usted decide aceptarla"). Luego viene la presentación de los ingenios electrónicos preparados para el caso específico y de las máscaras que servirán para suplantar a algún personaje o para asegurar la huida. Todo esto aderezado con escenas de acción, persecuciones, peligros extremos y el riesgo permanente de que la misión termine estropeada por algún imponderable. En esta oportunidad, los guionistas aportan cierta originalidad: la primera escena termina con un agente muerto, la secuela de esa acción con la explosión de medio Kremlin y la sospecha de que el agente Ethan Hunt y sus colaboradores han fracasado al punto que se justifica la disolución de la fuerza especial a la que pertenecen. Por lo tanto, deberán actuar en absoluta soledad no sólo para desactivar una amenaza nuclear sino para demostrar su inocencia y aventar las dudas acerca de su lealtad a la causa.

    El director Brad Bird encaró con solvencia el reto de plasmar esta nueva historia; en su primer largometraje con actores de carne y hueso (antes había realizado las excelentes animaciones "Los increíbles" y "Ratatouille" para los estudios Pixar), Bird explota con la sabiduría de un veterano las posibilidades que le brinda el manejo de una producción multimillonaria. Las secuencias de acción están realizadas con gran solvencia técnica, con una admirable disposición de las cámaras y resueltas en el montaje con un ritmo frenético pero que no abruma al espectador. La elección de las locaciones (Budapest, Moscú, Dubai, Bombay) está también al servicio del espectáculo que se le propone al público y en función de la fluidez del relato, cuya intensidad no decae nunca a lo largo de las casi dos horas de proyección.

    La cuarta misión en la pantalla grande, entonces, no sólo no defrauda a los millones de seguidores que ya tiene la saga en todo el mundo, sino que seguramente aportará algunos nuevos aficionados, que esperarán la más que cantada (¿en 3D?) quinta experiencia del agente Hunt y los suyos.
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  • Las aventuras de Tintín
    Sobredosis de acción y de aventuras para disfrutar

    Desde el mismo diseño de los títulos de presentación del filme (acompañados por una rítmica partitura de John Williams, que anticipa que la narración no le va a dar tregua al espectador), se tiene la sensación de que se va a asistir a un relato inolvidable. Los 107 minutos de proyección confirman de cabo a rabo ese primer impacto. Spielberg y sus guionistas no se toman demasiado tiempo para presentar al protagonista y sientan rápidamente la base de lo que se va a ver durante todo el filme: una sucesión de aventuras que se enganchan perfectamente a pesar de que saltan permanentemente por el espacio y por el tiempo. Los personajes de Hergé (autor de la historieta en la que se inspira el filme) le sirven al director para anclar el relato y el tono de "comic" le permite desembarazarse de las limitaciones que puede proponer una historia con personajes reales. Las piruetas que concretan los protagonistas, entonces, ni siquiera están obligadas a respetar las leyes de la gravedad; si todo esto se lleva a cabo en escenarios imaginados y realizados en función del despliegue coreográfico de los personajes, la diversión está más que asegurada.

    En necesario remarcar que todo está vertebrado alrededor de una línea argumental muy fuerte, de manera que lo que ocurre en la pantalla está perfectamente respaldado por la historia; que ésta siga una lógica disparatada es otro tema, muy en línea con los códigos de la historieta.

    Es natural, además, que en una realización de este tipo, uno de los puntos de mayor atracción esté en la factura técnica. El nivel de perfección de la animación digital es pasmoso, con alardes de virtuosismo que se expresan, por ejemplo, en el manejo de los reflejos en las superficies vidriadas o el realismo logrado en texturas complejas como la superficie del agua o el movimiento del cabello de los personajes.

    Pero lo más importante es que ese superlativo manejo técnico está puesto al servicio de la narración de una historia vibrante, que no da respiros por el ritmo y el vértigo de la acción; la larga secuencia que se desarrolla en una deliciosa recreación de Marruecos es un ejemplo de sabiduría en el diseño de la acción, la puesta de cámaras (aunque se trate de una animación), el montaje y, por sobre todas las cosas, una lección sobre cómo se hace cine de aventuras.

    Y a esperar la segunda parte.
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  • Un zoológico en casa
    Volver a empezar

    El director Cameron Crowe (recordado por filmes como "Jerry Maguire" o "Casi famosos") recibió el encargo de dirigir esta película acerca de la nueva vida de un viudo reciente que compra un zoológico en ruinas para reconstruirlo, al mismo tiempo que trata de edificar nuevos puentes en la relación con su hija pequeña y con su hijo adolescente, profundamente golpeado por la muerte de su madre. Crowe aceptó y, además, se hizo cargo del guión; esto le permitió tener un control total sobre la historia, que tranquilamente podría haber sido un compendio de lugares comunes y de golpes bajos. El director, por el contrario, trata permanentemente de conducir la narración con tono emotivo pero sin usar la brocha gorda en el trazo de las situaciones o en la pintura de los personajes. Es cierto que todo resulta bastante previsible y que no hay demasiadas sorpresas a lo largo de las más de dos horas de metraje, pero hay que reconocer también que el tono de la historia convence y atrapa al espectador. Las reflexiones sobre la muerte de un ser querido y el tratamiento de los problemas que surgen cuando se intenta seguir adelante con la vida después de experimentar una situación trágica están expresados con mucha inteligencia y con enorme sensibilidad. Y cuando uno piensa que se trata una vez más de las fórmulas edulcoradas a las que apela el cine de Hollywood, es bueno recordar que la historia está basada en hechos reales ocurridos hace cinco años en Inglaterra.

    Matt Damon concreta un buen trabajo actoral en el papel protagónico y se complementa adecuadamente con Maggie Elizabeth Jones (su hija) y Colin Ford (el hijo adolescente); el resto del elenco no desentona (correcta Scarlett Johansson como la directora del zoológico), sobre todo en los aportes humorísticos de Angus Macfayden (el excéntrico colaborador de Mee en el zoológico), John Michael Higgins (el "malvado" funcionario del que depende la habilitación del predio) o Thomas Haden Church (el afligido hermano del protagonista). Otro punto a favor es la elección de la música, tema en el que el director es un verdadero experto.

    El filme seguramente no va a revolucionar la historia del cine, pero está hecho con espíritu sensible y con dignidad, se deja ver con agrado y seguramente será una propuesta interesante para público de todas las edades.
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  • El juego de la fortuna
    La fuerza de las convicciones

    Billy Beane fue en algún momento de su juventud una promesa de crack jugando al béisbol. Pero el destino le reservó otros caminos y años después, sentado en el sillón de manager de los Oakland Athletic, tiene que tomar una serie de decisiones para encaminar al equipo, sumergido en una profunda crisis. Decide entonces tirar por la borda los consejos de los "expertos" que reclutan jugadores y sigue ciegamente las estadísticas que le muestra un analista económico que comienza a trabajar para él; con esa información (y después de luchar contra numerosos obstáculos, como la tenaz oposición que encuentra en el director técnico del equipo) logra conformar un conjunto sin estrellas pero con un rendimiento espectacular, que lo lleva a los primeros planos y lo convierte en la sensación de la temporada.

    Con estos elementos, el director Bennett Miller estructura un relato interesante a pesar de sus más de dos horas de extensión. El realizador escapa con elegancia de la trampa de hacer una más de las tantas películas "de deportes", porque no pone el acento en el desarrollo de los partidos ni en las acciones de los jugadores en el campo de juego; prefiere, en cambio, tomarse todo el tiempo necesario para pintar minuciosamente a los personajes y a las relaciones (generalmente complejas) que se desarrollan entre ellos. Y complementa el retrato del protagonista con la descripción de la relación que tiene con su pequeña hija y con su ex esposa (brevísima participación de la siempre correcta Robin Wright). No es tarea sencilla interesar a un público como el argentino (prácticamente ajeno al mundo del béisbol profesional) en los entretelones del armado de un equipo sumido en una crisis terminal, y además, hacerlo desde la óptica de un manager que debe lograrlo sin dinero y en base a estadísticas y áridos estudios numéricos sobre el rendimiento individual de cada deportista.

    Miller logra su objetivo en parte porque deja muy en claro que lo que le interesa es contar la historia de alguien que se anima a pensar distinto y mantiene sus convicciones a pesar de los contratiempos, y en gran medida porque acierta en la elección del elenco; sobre todo, al confiar el papel protagónico a un actor sutil e inteligente como es Brad Pitt, un notable intérprete que ya hace tiempo demostró fuera de toda duda que es bastante más que una cara bonita.
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  • El gato con botas
    Hay gato para rato

    Era evidente que los creadores de "Shrek", agotado este personaje, iban a buscar una nueva cantera para estructurar una nueva serie de aventuras animadas en clave de humor; la buena acogida por parte del público que tuvo la aparición del Gato con Botas como segundón del simpático ogro verde proyectó al felino espadachín como seguro protagonista de su propia película.

    Aquí está la aventura prometida: acompañado por Kitty, una contrafigura muy bien pensada para balancear las características del Gato, y por el inefable Humpty Dumpty, los guionistas proponen una hora y media de acción matizada por escenas algo más lentas destinadas a desarrollar la trama y a explicitar algunos mensajes didácticos. Precisamente son estos tramos los más flojos de la película, y los que producen cierta dispersión en el público menudo. Pero, rápidamente, vuelven las corridas, los duelos a espada, los bailes y las persecuciones para levantar el ritmo de la narración. Y es en estas secuencias en las que el equipo técnico se luce plenamente; la recreación del pueblito en el que el Gato y Humpty Dumpty pasaron sus primeros años es deliciosa. Y la concepción y la realización de los escenarios fantásticos del castillo en las nubes resulta admirable.

    Una vez más hay que hablar de la perfección a la que se ha llegado en la verosimilitud que alcanzan las animaciones de los personajes. Las expresiones de los cuerpos y de los rostros son casi perfectas, y en muchas oportunidades, el espectador debe recordar racionalmente que se trata de imágenes generadas electrónicamente, porque lo que sus sentidos le indican es que hay en la pantalla un gato (o una gansa, o un… huevo) con excelentes dotes actorales.

    De cualquier manera, el objetivo de los realizadores es divertir a la platea; hay que decir que, una vez más, lo logran, y con recursos más que aceptables. Y, desde luego, queda la puerta abierta para más aventuras gatunas.
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  • Año nuevo
    Año nuevo
    La Gaceta
    Vida nueva, historias viejas

    Al director Garry Marshall no le fue nada mal en sus anteriores incursiones por el género de la comedia romántica; dejó un título sumamente popular con "Mujer bonita" hace dos décadas, y adoptó la fórmula de las múltiples historias paralelas en una gran ciudad, enlazándolas con una fecha muy especial en "Día de los enamorados", hace dos años. Con esos antecedentes, reunió a un elenco de estrellas de todas las edades y estructuró un guión acerca de historias que transcurren en Manhattan en las últimas horas del último día del año.

    De todas las subtramas, la que protagonizan Michelle Pfeiffer y Zac Efron resulta quizá la mejor armada; bastante obvia es la de la complicada relación madre-hija que viven Sarah Jessica Parker y una ya crecida Abigail Breslin; y absolutamente predecibles las que animan las parejas formadas por Ashton Kutcher y Lea Michelle (famosa entre los más jóvenes por su participación en la exitosa "Glee") y el cantante Jon Bon Jovi y la rubia Katherine Heigl. Hilary Swank hace lo que puede con su personaje (la encargada de que todo salga bien en la megafiesta de Times Square) y Robert DeNiro le pone su innegable carisma a un enfermo terminal que pasa sus últimas horas en un hospital, acompañado por una abnegada enfermera que interpreta Halle Berry.

    El problema de la película es que todo resulta demasiado obvio; los mensajes directos, los lugares comunes y los golpes bajos destinados a conmover a la platea se ven venir con demasiada anticipación, por lo que su eficacia resulta neutralizada. De esta manera, todo se reduce a ver a cada una de las estrellas en su pequeña participación; y como los productores han tenido la sagacidad de apuntar a todas las generaciones, por la pantalla desfilan ídolos para todos los gustos. Con todo, la narración es prolija y las casi dos horas que dura el filme no llegan a pesar sobre los espectadores; además, ayuda el clima de fiestas de fin de año que ya se vive a pleno.
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  • Operación regalo
    La trama secreta de la Navidad

    Es probable que quienes saben que en esta producción están involucrados los creativos de Aardman, esperen encontrar en el filme el nivel de excelencia mostrado en títulos inolvidables de esa factoría como "Pollitos en fuga" o "La batalla de los vegetales". No es así; por un lado, la técnica utilizada en este filme es la de la animación digital y no la de "stop motion". Por otro lado, no están presentes los queribles personajes que la productora inglesa inmortalizó a través de inolvidables cortos: el inefable Wallace y su genial perro Gromit. Entonces, esta película que dirigió Sarah Smith está más cerca de "Lo que el agua se llevó" que de cualquiera de las que protagonizan los entrañables muñecos de Aardman. Y no es poca cosa.

    Lo mejor del filme está en el primer tramo del relato: la presentación de la sofisticada sede polar que comanda la familia Claus (Santa, sus dos hijos y el anciano Abu Santa, ya retirado) y que integran millares de pequeños y diligentes duendes resulta más que prometedora. Y en la descripción del operativo milimétrico (a bordo de una nave que recuerda a la mítica Enterprise de "Viaje a las estrellas") gracias al cual miles de millones de niños reciben su regalo en todo el mundo, están los momentos más logrados de la narración.

    Después las cosas se complican; Arthur, el menor de los hijos de Santa (que se ocupa de contestar las cartas de los niños) se empeña en entregar el único regalo que quedó olvidado. Lo hará utilizando el viejo trineo tirado por renos que usó su abuelo y que hoy está arrumbado como un trasto viejo, y provocará múltiples trastornos en su intento. Al mismo tiempo, logrará revalidar el auténtico espíritu navideño, algo relegado en medio de tanta tecnología. Demasiadas complicaciones en la trama, un ritmo vertiginoso y un lenguaje visual un tanto abigarrado le restan puntos al producto; sin embargo, es cierto que muestra tramos de gran belleza y chispazos de humor, entregados en una realización impecable.
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  • La hora del crimen
    Las apariencias engañan

    Giuseppe Capotondi es un director italiano que ha hecho muchos videos musicales y cortos comerciales; sin duda, la experiencia en el montaje y en la técnica narrativa que recogió en esa actividad le sirvió de mucho a la hora de plantear su primer largometraje. Este relato que en principio parece una historia sentimental pero que rápidamente deriva hacia una trama de suspenso con ingredientes de policial, está planteado con mucha habilidad por parte del director y de los guionistas. Capotondi va presentando a los personajes y comienza a desarrollar la historia mientras "avisa" al espectador que debe estar atento a todos los detalles que se le presentan en la pantalla, porque la narración va a presentar algunas zancadillas dispuestas simplemente para agregarle interés al relato. El director se permite algunas tomas elegantes desde el punto de vista formal, y administra la narración con ritmos cambiantes, a medida que la acción pasa del planteo de la relación entre los protagonistas al tema netamente policial.

    Es muy buena la tarea actoral de Ksenia Rappoport como protagonista casi excluyente del filme. La actriz le da vida a una inmigrante que trabaja de mucama en un hotel, pero le aporta sutiles elementos enigmáticos que hacen pensar que hay algo más en ese personaje. También es bueno el trabajo de Filippo Timi en el papel de Guido; ambos construyen personajes convincentes, sólidos, sobre los que se va edificando una trama que se vuelve atractivamente ambigua a medida que el director introduce elementos engañosos, que inducen al espectador a dudar de casi todos los datos que le son proporcionados.

    Tal vez los más avezados espectadores - sobre todo, aquellos que prefieren el género de suspenso - sientan que algunos giros de la trama resultan poco sorpresivos, pero hay que reconocer que la película mantiene el interés del público y redondea un muy buen entretenimiento a lo largo de una hora y media de proyección.
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  • Un amor
    Un amor
    La Gaceta
    Que treinta años no es nada

    La directora Paula Hernández no pierde el tiempo con preámbulos: la primera escena muestra a los dos protagonistas masculinos, hace más de 30 años, en un pueblito de Entre Ríos. La segunda, al personaje femenino, que vuelve al país y a reencontrarse con sus amigos de la adolescencia. El relato va a continuar así durante más de una hora y media, proporcionando al espectador los datos necesarios como para que comprenda (y palpite) la relación entre los tres al cabo de los años. Ese es el centro de la película: el vínculo entre estos chicos, que viven momentos muy intensos en esa primera etapa, y que se van a reencontrar mucho tiempo después para darle (o no) continuidad a aquella relación. Resulta sumamente interesante el montaje de la película, que superpone las escenas con independencia del tiempo; hay aquí un mérito sustancial tanto del guión como de la narración cinematográfica, porque el hilo del relato aparece con absoluta claridad para el espectador. Paula Hernández maneja con seguridad tanto el rumbo y el ritmo de la narración como el trazado de los personajes: los construye en paralelo entre la adolescencia y la edad adulta, y tiene en esa tarea un muy buen aporte por parte de los actores, sobrios y eficaces tanto los adolescentes como Roger, Peretti y Ziembrowski en la piel de los adultos. La directora evita también apelar a golpes bajos o a situaciones ya transitadas por muchos otros filmes, y lo logra acabadamente; Hernández consigue climas intensos y escenas conmovedoras con muy buenos recursos técnicos y artísticos. Y el resultado es una película interesante y atractiva, en la que las relaciones entre los protagonistas fluyen con intensidad pero sin estridencias; no hay en este filme buenos ni malos, sino seres humanos que vivieron (y viven) experiencias que los marcan y que determinan el rumbo de sus existencias, aunque ni siquiera ellos mismos sean conscientes de las transformaciones que experimentan. Como suele ocurrir en la vida misma.
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  • La profecía del 11-11-11
    Una fecha muy especial

    Los productores son conscientes de que existe un gran sector del público que se siente atraído por el género del suspenso y del terror. A esto se agrega el creciente interés por los temas vinculados con la religión desde un costado apocalíptico. Hay una vertiente de este subgénero que apunta a las descripciones más o menos explícitas de una hecatombe universal que amenaza con acabar con el género humano; y otra vertiente que se ocupa de la liberación de las fuerzas del mal para la perdición de las almas.

    En este último grupo se inscribe esta coproducción estadounidense-española, lanzada en todo el mundo casi en coincidencia con la fecha en cuestión (aunque a nuestro cines llegó unas semanas tarde). La película está narrada en una progresión que intenta -sin mayor éxito- ser dramática, a medida que pasan los días que conducen a la peculiar combinación de cifras iguales, y se apoya en flashbacks que muestran la tragedia que casi quiebra la vida del protagonista: el incendio en el que perecieron su mujer y su hijo. Las visiones que experimenta este escritor se van a potenciar cuando viaje a Cataluña y se instale en una casa en las afueras de Barcelona, en la que agoniza su padre (con el que nunca tuvo una excelente relación) y en la que vive su hermano, un sacerdote postrado en una silla de ruedas.

    Claro que todo esto sólo es una excusa para generar un crescendo dramático que, para desgracia del director y desencanto del público, nunca llega a cuajar del todo. En parte, esta frustración se debe a las pobres interpretaciones de los integrantes del elenco y, en gran medida, porque ni el guión ni el ritmo de la narración logran atrapar al espectador en la espiral de suspenso y horror que propone el esquema del filme. La investigación que lleva adelante el protagonista para desentrañar el misterio que lo rodea tampoco consigue un remate satisfactorio como para redondear un producto acorde con las expectativas de los aficionados a este género.
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  • Johnny English Recargado
    El agente secreto más incompetente

    En los años 60, la irrupción del agente secreto James Bond (indivisiblemente asociado por entonces con la figura de Sean Connery) generó la aparición de una serie de parodias o de imitaciones de la exitosa serie de filmes basados en las novelas de Ian Fleming. Desde el querible Super Agente 86, pasando por James Coburn en la piel de Flint (peligro supremo) hasta el burdo James Tont encarnado por Lando Buzzanca, fueron muchos los personajes que, desde el sesgo del humor, recrearon las aventuras del agente con licencia para matar. No podía faltar, por cierto, la caricatura generada en la propia patria de 007: así nació Johnny English, una excusa más para que Rowan Atkinson repita la gesticulación y el humor físico que tan buenos resultados le dio en el personaje de Mr. Bean, ese clásico del humor televisivo. El personaje protagonizó un filme de 2003, dirigido por Peter Howitt, y no aportó otra cosa que lugares comunes alrededor de la idea de un agente secreto sumamente torpe y despistado, permanentemente convencido de que es el mejor en su especie a pesar de que las cosas no pueden salirle peor. Exactamente lo mismo es lo que se plantea en esta secuela, ocho años después; English está reencontrándose consigo mismo en un monasterio en el Tibet. Hasta allí van a buscarlo sus superiores y le asignan una misión compleja y decisiva para el futuro del planeta; desde luego que, como toda la platea ya sabe, English hilvanará un desaguisado tras otro mientras, casi de casualidad, va desentrañando el complot que investiga y que, aun a pesar de su torpeza, terminará por desbaratar.

    Hay todo un público que disfruta de las morisquetas y del falso aplomo que muestra Atkinson en sus personajes: a ellos está dirigida la película, sin otra alternativa que enhebrar una serie de situaciones para el exclusivo lucimiento del personaje (y del actor). No hay mucho más en este filme, cuyos recursos humorísticos se ven notoriamente envejecidos.
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  • Si fueras yo
    Si fueras yo
    La Gaceta
    Quiero vivir tu vida

    Desde hace un tiempo, la industria del cine ha redescubierto a la comedia como un género muy popular; la idea de lograr interesantes recaudaciones siempre anima a los productores de Hollywood, y es por eso que en este caso, decidieron volver sobre el tema de las identidades intercambiadas que tantas veces se ha transitado en el cine. Pero estas comedias en las que los personajes intercambian cuerpos parecen ya haber dado todo lo que podían dar. Al menos esta película, dirigida por David Dobkin (el de "Los rompebodas") no le agrega absolutamente nada nuevo a la lista de títulos sobre el tema. No lo ayudan los guionistas (Jon Lucas y Scott Moore, los de "¿Qué pasó ayer?" y "Navidad sin los suegros"), que transitan sin pena ni gloria las situaciones embarazosas y grotescas que genera el intercambio de los personajes. A todo esto se le agrega una dosis (quizá excesiva) de ese humor rayano en el mal gusto que se ha puesto de tan de moda en las comedias norteamericanas de la última década.

    Los protagonistas hacen lo que pueden con sus personajes: Jason Bateman (un actor solvente, no siempre bien aprovechado) y Ryan Reynolds sortean con suerte dispar las escenas que propone el guión, y Leslie Mann y Olivia Wilde (la de "Dr. House") no encuentran en los coprotagónicos femeninos elementos como para construir personajes sólidos.

    Y se nota una situación paradójica, frecuente en este tipo de filmes que pretenden hacer una bandera de la incorrección política: al final, la transgresión resulta sólo formal. El soltero inmaduro, exclusivamente dedicado a pasarla bien con el mínimo esfuerzo, terminará reconociendo las ventajas de las relaciones formales y estables; y el casado, aburrido a muerte con su vida de trabajo, monótona y sin alternativas novelescas, acabará por reconocer que es precisamente esa existencia aparentemente gris y anodina la que lo satisface plenamente. Nada nuevo bajo el sol.
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  • Los tres mosqueteros
    Capa, espada y efectos especiales

    Paul W. S. Anderson no se hizo demasiados problemas con la adaptación de esta novela clásica, que ya ha tenido una gran cantidad de versiones en el cine. Se inclinó por escenas de acción a granel y un tratamiento superficial y esquemático de los personajes, que sin duda son mucho más ricos de lo que se puede ver en la pantalla. Pero el director no intenta otra cosa que entretener al público y es por eso que apuesta fuertemente a la acción y a los impactos visuales. Desde este punto de vista logra ampliamente su cometido, ya que las casi dos horas de proyección no pesan sobre el espectador; y el tratamiento visual de la película resulta excelente, tanto en el vestuario de época como en la recreación (gran trabajo de los encargados de efectos especiales y de la generación de escenarios virtuales) de los ambientes en los que se desarrolla la narración.

    No es una novedad que los recursos electrónicos han permitido superar todo obstáculo a la hora de generar espacios virtuales, pero también hay que reconocer el talento de los escenógrafos para lograr la sensación de realidad que consiguen a lo largo de todo el filme. Y todo esto, para enmarcar adecuadamente las escenas de acción, inteligentemente coreografiadas y realzadas por la cámara lenta, que describen los frecuentes lances a punta de espada que protagonizan los personajes.

    Hay que tener en claro que se trata de una versión muy libre de la novela de Dumas. Por lo tanto, no debe sorprender que los personajes tengan actitudes y entrecrucen diálogos que a simple vista resultan anacrónicos; tampoco hay que ir a buscar una nueva mirada sobre un personaje arquetípico como D´Artagnan (a cargo de Logan Lerman, lejos del tamaño dramático del héroe imaginado por Dumas) ni sobre sus tres compañeros de andanzas. Si el espectador puede dejarse llevar por el ritmo de la aventura y el despliegue visual que se le ofrece desde la pantalla (mejor si es en 3D), la diversión y el entretenimiento están asegurados.
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  • Contagio
    Contagio
    La Gaceta
    El virus está en nosotros mismos

    No es la primera vez que el cine encara el tema de una epidemia global incontrolable y describe los esfuerzos de los científicos para lograr rápidamente una vacuna que permita conjurar la amenaza. El principal mérito de Soderbergh está en la estructura narrativa que eligió para construir el relato y en el acento que pone el guión en las distintas reacciones que provoca la amenaza sobre la especie humana en general y, en particular, sobre los protagonistas de cada una de las historias paralelas que se desarrollan en la pantalla.

    La tensión no deja de crecer desde que se advierte que las simples toses de los distintos personajes implican algo más que un simple resfrío; la preocupación de las autoridades sanitarias, el planteo de los jefes de seguridad acerca de la posible existencia de un arma bacteriológica, el descuido de la gran mayoría de los seres humanos ante los agentes de contagio, los dramas particulares de cada uno de los infectados, la denuncia destemplada de un bloguero, los intereses políticos, los esfuerzos de los científicos para lograr la vacuna se van entrecruzando para crear el tenso escenario en el que el director va a mostrar lo más contundente del filme: el peligroso comportamiento "en manada" del que somos capaces los seres humanos cuando nos domina el pánico. El espectador juzga desde la seguridad de la platea las actitudes mezquinas y egoístas de algunos personajes, hasta que advierte que tal vez esa sería su propia actitud ante una situación límite como la que se plantea en la pantalla. Y se convence de que, en muchos casos, el más letal de los virus no puede rivalizar con los efectos sociales de una comunidad regida por el "sálvese quien pueda".

    En una nueva muestra de su capacidad para manejar con habilidad y solvencia varias líneas narrativas de manera simultánea, Soderbergh conduce el relato sin tropiezos, y aplica eficaces golpes de timón sobre el relato para mantener al público bajo una tensión creciente.
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  • Detrás de las paredes
    Los fantasmas del pasado

    A pesar de que el director de esta película es Jim Sheridan no hay que ir al cine con la expectativa de ver uno de aquellos excelentes filmes ("En el nombre del padre", "Mi pie izquierdo") en los que el realizador se ocupaba de temas vinculados con su compromiso social y con Irlanda, su tierra natal. Sheridan decidió embarcarse en un filme de género, con todo el derecho que le asiste; el resultado es una película correctamente construida, con una intensidad dramática convenientemente administrada, y que desarrolla una idea interesante, a pesar de que pueden hacérsele algunos cuestionamientos. No hay que buscar líneas de pensamiento profundo o símbolos escondidos: Sheridan quiso entretener a la platea, y lo logró en gran medida.

    El problema es que se trata de uno de esos filmes que dependen en gran medida de la vuelta de tuerca que plantea el argumento al promediar la narración. Si al espectador le convence el giro que toman los acontecimientos, todo sigue sobre ruedas y el final termina por acomodar todos las piezas del rompecabezas; si, en cambio, no entra en la convención que le proponen el director y el guionista, el espectador puede sentirse defraudado y hasta engañado por algunos trucos de narración, indispensables para mantener la intriga del argumento.

    También puede discutirse el cambio de género que se observa sobre la mitad del filme: lo que en un comienzo parece una película de terror en la que la casa es protagonista destacada, con los consabidos ingredientes de sonidos extraños y aterradores, detalles siniestros y cuartos secretos, gira drásticamente hacia un thriller psicológico, basado en los imprevisibles juegos de la mente humana. Con todo, la propuesta de Sheridan es válida; el elenco se desempeña correctamente, con la mayor parte de la responsabilidad interpretativa en las espaldas de Daniel Craig y de Rachel Weisz (pareja en la vida real). Hay un buen aporte de Naomi Watts en una breve intervención.
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  • Gigantes de acero
    Rocky, pero a batería y sin sangre

    La historia que presenta el director Shawn Levy está ubicada en la segunda década del siglo XXI, cuando los combates de box entre seres humanos han pasado a la historia; el uso de robots púgiles le permite al realizador presentar escenas de gran dinamismo, muy similares a las de los videojuegos, a las que los chicos están más que habituados. Uno de los méritos del director (además de la excelente integración entre imágenes creadas por computación con actores reales) es el de no abrumar al espectador con ese ritmo vertiginoso que no permite apreciar los detalles de la acción. Los combates entre las máquinas comandadas a control remoto desde los rincones del cuadrilátero aportan los mejores momentos del filme, con un admirable empleo de los efectos especiales.

    También fue un acierto confiar los papeles centrales al tremendamente carismático Hugh Jackman y al debutante Dakota Goyo (padre e hijo en la ficción), que conforman una pareja capaz de lograr empatía con el espectador. El problema está en que el director no acierta del todo con el tono de la historia: no es una epopeya de superación personal como fue "Rocky" (la primera, claro, que dirigió John Avildsen en 1976) ni es un tremendo drama familiar como "El campeón" (1979, con Jon Voight, dirigida por Franco Zeffirelli), pero está claro que combina elementos de ambas. No es una comedia, aunque está sembrada de toques humorísticos o simpáticos para descomprimir la narración, ni un filme de ciencia ficción con crítica social implícita, si bien plantea ciertos cuestionamientos al mundillo del boxeo hiperprofesional o expone los peligros del consumismo exacerbado. Es evidente que el director apostó a un filme de acción, y que trató de garantizar el entretenimiento a lo largo de poco más de dos horas de proyección. Es cierto que logra divertir de a ratos, pero también lo es el hecho de que no aporta nada nuevo a un género muy transitado, que tuvo en otros títulos expresiones más logradas.
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  • El guardián del zoológico
    Mi mejor amigo es un gorila

    Este tipo de comedias no persiguen otro objetivo que el de entretener livianamente al público durante un par de horas. No se les exige, por lo tanto, profundas reflexiones o el planteo de dilemas morales. Pero si apenas a un cuarto de hora de proyección el espectador ya sabe exactamente todo lo que va a pasar y cómo va a pasar, las posibilidades de lograr la meta de no aburrir descienden dramáticamente. Después de ver a la chica que rechaza la propuesta matrimonial del protagonista, de apreciar la preocupación que despierta entre los animales del zoológico la depresión en la que se sume el guardián y sobre todo, de conocer a la compañera de trabajo de éste, simpática, comprensiva y atractiva, no hay dudas de cómo se va a desarrollar el argumento y de qué manera se producirá el desenlace de la historia.

    El director Frank Coraci no aporta absolutamente nada nuevo. Intenta hacer pie en la comicidad de Kevin James (conocido por los televidentes sobre todo por su participación en "The king of Queens") y le da rienda suelta en largas escenas en las que los animales intentan aleccionarlo sobre los métodos más eficaces para seducir a las hembras de la especie. Pero, en el mejor de los casos, sólo consigue dibujar una leve sonrisa en el rostro de los espectadores.

    Hay toda una subtrama en la que uno de los animales en cautiverio, un gorila (al que se presenta como un ser melancólico y reflexivo), se convierte en una especie de amigo y confidente del protagonista; tampoco en ese tramo alcanza el filme vuelo propio o momentos de originalidad como para sumar puntos a la propuesta.

    La trama tampoco ayuda, y todo se reduce simplemente a admirar la perfección técnica con la que los animadores y los creadores de efectos especiales logran hacer interactuar a los animales con los humanos. Llega el punto en el que el público tiene la sensación de que las bestias (ayudadas por la electrónica) son intérpretes más dúctiles que sus colegas humanos.
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  • El significado del amor
    La política y los opuestos

    Tiene varios méritos esta comedia que alcanzó un éxito impresionante en las boleterías de su país de origen. Uno es el guión, chispeante y fresco; otro, el tono de la narración, que presenta detalles formales interesantes. Y otro es, sin dudas, el personaje que interpreta Sara Forestier, la hija de un inmigrante ilegal argelino y una hippie francesa; la chica, a los 20 años, ha decidido usar la cama para reformar (políticamente hablando) a los "fachos". El relato se centra en la relación de Baya (la joven en cuestión) con Arthur Martin, un investigador menos conservador y formal de lo que parece. Sin embargo, lo mejor de la película no está en estos aspectos, sino en la formulación desprejuiciada y desacartonada de algunos de los problemas más serios que afligen a las sociedades de la Europa moderna: a través de los pormenores del relato del particular vínculo entre Baya y Arthur, se alude a los problemas de los inmigrantes ilegales, al choque de culturas, a la discriminación, a los prejuicios raciales, a la intolerancia política, a los tabúes familiares; y, desde luego, al sexo y a las relaciones de pareja . El tono humorístico con el que se abordan estos temas no les quita peso sino que, por el contrario, funciona como un consistente recurso narrativo.

    Lo interesante es que el director Michel Leclerc no pretende ofrecer respuestas a los interrogantes que plantea ni soluciones a los problemas que muestra: prefiere (sabiamente) exponer los hechos y dejar las reflexiones posteriores a cargo de los espectadores.

    Son muy buenos los trabajos actorales de Jacques Gambin y Sara Forestier, los protagonistas, adecuadamente acompañados por el reparto; si bien hay algún exceso en la caracterización de Baya (por momentos el personaje bordea la caricatura) el relato cierra satisfactoriamente, aunque algunos espectadores puedan sentirse defraudados porque, en cierto modo, se abandona la postura políticamente incorrecta que campea en todo el filme.


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  • Sin escape
    Sin escape
    La Gaceta
    Corriendo por la vida

    Un personaje que lo tiene todo para reinsertarse exitosamente en la sociedad después de cumplir una condena de prisión pero que no puede escapar a la tentación de seguir en el camino del delito ofrece atractivas posibilidades para una exhaustiva exploración de su psicología; así lo entendió el escritor Martin Prinz, autor de una potente novela a partir de un caso real que se produjo en Austria en los años 80. El realizador Benjamin Heisenberg tomó el tema y construyó un filme técnicamente interesante, con escenas de gran dinamismo, fantásticamente resueltas desde el punto de vista formal y con una tensión dramática bien administrada a lo largo de todo el relato.

    El problema es que, si bien el director elige un discurso parco y afectivamente distanciado del protagonista, al mismo tiempo parece desperdiciar las posibilidades que le ofrecía un personaje tan interesante. Se extraña una exposición más precisa de la personalidad de este ex convicto, deportista exitoso, dedicado con devoción al entrenamiento para perfeccionar su técnica como corredor, pero que se ha convertido en un adicto a la adrenalina que sólo le proporciona perpetrar violentos robos y arriesgados escapes de los policías. Johann no elabora sofisticados planes para cometer los asaltos; simplemente, entra armado a los bancos, asalta las cajas y huye a toda velocidad. Tampoco le importa el botín que consigue: el dinero es equivalente a los trofeos que consigue cuando, como cualquier buen ciudadano, se inscribe en las pruebas atléticas que domina sin inconvenientes. Tampoco se involucra demasiado en una relación amorosa que retoma al salir de la prisión; es consciente de que la vida en pareja terminará siendo un estorbo.

    Andreas Lust compone con admirable economía de recursos al protagonista, y alrededor de su figura helada gira todo el relato. El ritmo de la narración es deliberadamente lento, para contrastar con las frenéticas y agitadas persecuciones que Johann protagoniza.
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  • Invasión a la privacidad
    Departamento con secretos

    El guión de esta película está lleno de momentos obvios. La protagonista (Hilary Swank, muy lejos de los trabajos -más allá de los premios Oscar- que le dieron trascendencia internacional) encuentra el departamento de sus sueños, al alcance de sus posibilidades económicas, pero inmediatamente el espectador advierte que la pasará muy mal en ese lugar. La tensión dramática no está depositada en la intriga por saber quién es el villano (la incógnita se despeja rápidamente) sino en el progreso del acoso al que es sometido el personaje que interpreta Swank. En el medio hay una trama que revela el intento de esta médica por reconstruir su pareja, siempre en presencia del siniestro acosador.

    El problema es que el director finlandés Antti Jokinen (debutante en el cine norteamericano) no logra crear la atmósfera asfixiante que exige este tipo de tramas. No lo ayuda un guión lleno de obviedades, que permite que el público afecto a este tipo de filmes adivine casi todos los vericuetos de la trama. Hay un par de recursos narrativos interesantes, sobre todo en los primeros minutos de la proyección, que prometen una película con elementos novedosos. Pero la esperanza dura poco; la acción se ciñe a las rutinas del género, presenta un par de escenas de voyeurismo y desemboca en el inevitable juego del gato y el ratón en el que se producirá el anunciado desenlace, todo esto sin mayores sobresaltos.

    La presencia de Hilary Swank (es también productora del filme) puede ser un "gancho" para la boletería; la filmografía de la actriz presenta muy buenos trabajos ("Los muchachos no lloran", en 1999, o "Million dollar baby", en 2004), pero es evidente que en esta oportunidad no estuvo a la altura de sus antecedentes. Tampoco hay aportes significativos en el resto del elenco, que muestra trabajos tan rutinarios como el libreto. Y el gran Christopher Lee apenas puede ofrecer su imponente imagen, ya que el personaje que le tocó en suerte ni siquiera está suficientemente definido.
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  • Noche de miedo
    Cuidado con los colmillos

    El tema de los vampiros ha vuelto a ponerse de moda. La saga de "Crepúsculo" y algunas series televisivas reinstalaron a los chupasangre inmortales en la consideración de (sobre todo) el público joven. Este filme de Craig Gillespie intenta abordar el tema desde otra perspectiva, ya que mezcla la eterna búsqueda de sangre fresca por parte de los vampiros con los conflictos personales de los adolescentes y su siempre difícil relación con el mundo de los adultos. El problema es que el guión de la película no está a la altura de la propuesta ni de las posibilidades interpretativas del elenco, en el que hay figuras de peso como Toni Colette (la madre) o Colin Farrel (el vecino vampiro) e interesantes promesas como Anton Yelchin (Charley) e Imogen Poots (su joven novia). Las situaciones que propone el libreto resultan absurdas, la conexión de los hechos aparece forzada y, casi permanentemente, los personajes recitan textos muy poco creíbles. El autor de la historia es Tom Holland, precisamente quien dirigió "La hora del espanto", un filme de 1985 en el que se basa esta película; sin dudas, fue el guionista Marti Noxon el que no estuvo a la altura de las circunstancias.

    El personaje de Peter Vincent (en el filme original, el presentador de un programa televisivo de terror; en este versión, un mago de Las Vegas especializado en vampirismo) resulta desaprovechado, al igual que el de la madre del joven protagonista. Tampoco termina de entenderse el enfoque que pretendió darle al vampiro mayor un buen actor como es Colin Farrel, que aparece a medio camino entre la farsa y la sobreactuación.

    Si bien es cierto que la película intenta (y en gran medida logra) una mirada fresca y desacartonada sobre el tema de los vampiros, también lo es el hecho de que la propuesta no termina de balancear exitosamente la mezcla de horror y humor en la que se basa. En ese sentido, sigue siendo inalcanzable el nivel que marcó, allá por 1967, "La danza de los vampiros" de Roman Polanski.
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  • Sin límites
    Sin límites
    La Gaceta
    Una ayudita para las neuronas

    Neil Burger abre su relato en un punto muy alto: el protagonista está a punto de suicidarse y, al parecer, ha decidido tomar esta determinación antes de caer en manos de unos asesinos a sueldo. En ese trance, Eddie Morra repasa los últimos meses de su vida, en los que ha vivido experiencias singulares. Gracias a este racconto, el espectador se entera de que este escritor al borde del desastre personal y profesional logró resurgir gracias a unas maravillosas píldoras que le proporcionó su ex cuñado, y que le permitieron desarrollar de manera extraordinaria las potencialidades de su cerebro. El problema es que la reserva de las milagrosas pastillas no es infinita y que, poco a poco, protagonista y público van cayendo en la cuenta de que los efectos secundarios pueden ser letales. Mientras tanto, el nuevo talento de Eddie ha trascendido el mundo de la literatura y se ha trasladado al plano de los negocios multimillonarios, gracias a los cuales ha logrado una envidiable fortuna. Todo esto ha llamado la atención de un poderoso magnate, quien quiere contar con sus servicios para intentar la fusión comercial más grande de la historia. Y ahí es donde los problemas del escritor se magnifican casi en la misma proporción en que se ha incrementado su capacidad intelectual.

    Burger maneja los elementos de este interesante planteo con buenos recursos cinematográficos; arma un relato afirmado en la tensión y la intriga, para lo cual se apoya en el buen trabajo de Bradley Cooper (foto, protagonista casi excluyente) y en los sólidos aportes de De Niro (el magnate que pretende aprovechar la capacidad sorprendente del escritor) y de Abbie Cornish (la novia sucesivamente harta y nuevamente interesada en Eddie). Pero quizá soslaya aspectos interesantes que abre el planteo, para entregar un enfoque casi superficial. Con todo (y no es poca cosa), logra un producto ameno y atractivo, en el que el entretenimiento está garantizado en las casi dos horas de proyección.
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  • Un año más
    Un año más
    La Gaceta
    Triste y alegre, como la vida misma

    Mike Leigh es un especialista en relatar historias de gente común; en esta oportunidad, es precisamente eso lo que hace a lo largo de poco más de dos horas de proyección. El resultado de su tarea es un relato sólido y conmovedor a través de la pintura de personajes de gran carnadura humana.

    El realizador partió desde una inmejorable base al elegir un elenco extremadamente solvente; Jim Broadbent y Ruth Sheen conforman una pareja que es la encarnación del sentido común y de la sensatez. Ken, viejo amigo de él, y Mary, compañera de trabajo y confidente de ella, traen hasta la apacible casa en los suburbios londinenses todos los problemas, las frustraciones y los desengaños que germinaron durante décadas de existencias chatas y monótonas; una compañera de trabajo de ella acaba de iniciar una nueva etapa en su vida con el nacimiento de su primer hijo y el hermano mayor de él tendrá que atravesar un duro trance familiar. Y Joe, el hijo treintañero de la pareja, aparece con la chica que aparentemente acabará con su soltería.

    Leigh hace coincidir estas historias mínimas con el transcurso de las cuatro estaciones para marcar el paso del año al que hace referencia el título. Pero el mayor mérito del filme está en cada una de sus escenas: hay un enorme cuidado formal en el encuadre, una puesta en escena casi teatral por la admirable edificación de la tensión dramática, y un trabajo actoral sobresaliente, que le da la sensación al espectador de que no está presenciando actuaciones sino un pedazo de la vida misma de los personajes. Los diálogos, aparentemente cotidianos e intrascendentes, tienen una enorme carga emotiva, que se hace evidente en las miradas y en los gestos mínimos que cruzan los protagonistas.

    El final de la película es todo un hallazgo: cierra el relato que ha propuesto el director mientras abre, simultáneamente, una nueva etapa en las vidas de los personajes, del mismo modo en el que las estaciones repiten su ciclo, año tras año.
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  • El planeta de los simios: (R)Evolución
    Así fue como todo empezó

    Después del fracaso del intento de reflotar esta historia de la supremacía de los simios sobre los seres humanos a manos de Tim Burton (nada menos), esta nueva experiencia parecía por lo menos arriesgada. Por otra parte, el recuerdo de aquel ya clásico filme protagonizado por Charlton Heston en 1968 era demasiado contundente, y parecía que estaba todo dicho, sobre todo por lo poco felices que resultaron las secuelas que inspiró. Pero el director Rupert Wyatt y los guionistas de esta nueva versión dieron en la tecla no sólo con la decisión de centrar la trama en los hechos previos al dominio del planeta por parte de los simios sino también con el tono general del filme y el estilo de la narración.

    Es así que esta película se disfruta sin tropiezos desde el comienzo hasta el fin. Quienes no conozcan nada de la historia que ya se relató, se sentirán igualmente atrapados por el desarrollo del personaje de César, este chimpancé que nace genéticamente alterado por los experimentos que sufrió su madre, y que, después de recibir el afecto del científico que decide criarlo mientras es un cachorro, padece el abuso y la incomprensión de los carceleros que le toca enfrentar en cuanto se convierte en un adulto. Por supuesto, los conocedores de la saga disfrutarán mucho más de la proyección, sobre todo porque podrán comprender los pequeños detalles que se deslizan en el relato, y porque el guión está construido con la suficiente pericia como para esbozar todos los conflictos y las subtramas que aparecieron en las películas ya conocidas. Wyatt construye un relato sólido, administra correctamente la tensión dramática, decora el filme con escenas espectaculares de acción oportunas y magníficamente filmadas, y centra el interés del espectador en el desarrollo de la personalidad de César, el chimpancé que termina liderando la rebelión de los simios que (ya sabemos) terminará con el control de todo el planeta en perjuicio de los seres humanos.

    Hay que subrayar el impresionante resultado que logra la interpretación de Andy Serkis, reelaborada con sofisticadas herramientas tecnológicas, para conseguir una notable gama de expresiones y reacciones en el rostro y en el cuerpo del simio César; Serkis ya había realizado una tarea similar como Gollum en "El Señor de los Anillos": aquí confirma que es capaz de sacarle todo el jugo posible a la técnica y consigue entregar un personaje inolvidable. También es destacable la tarea actoral de John Lithgow en el rol del padre del protagonista, un anciano devastado por el mal de Alzheimer sobre el que el investigador prueba (con éxito apenas momentáneo) la droga que está desarrollando para combatir la enfermedad.

    La película no apela a un ritmo vertiginoso en la narración ni a una sucesión ininterrumpida de efectos especiales; es posible, entonces, que no alcance un éxito arrollador en las boleterías. Pero no por eso deja de ser una propuesta absolutamente recomendable.
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  • La oscuridad
    La oscuridad
    La Gaceta
    Sombras, nada más

    La película tiene un comienzo auspicioso: un apagón sorprende al proyectorista de un multicine y, cuando se encienden las luces de emergencia, el hombre se encuentra solo en el inmenso shopping, en el que no quedan más que los bultos de la ropa, los zapatos y los anteojos de la gente que, literalmente, se esfumó. Pero una vez que se presentó el tema, comienzan los problemas para el director; se le muestran al espectador las pequeñas historias de otros tres sobrevivientes de un súbito e inexplicable fenómeno y, arbitrariamente, se reúne a los cuatro en un bar cuyas luces siguen funcionando gracias a un grupo electrógeno que se mantiene milagrosamente en acción. De ahí en más, los lugares comunes se suceden hasta el desenlace, que tampoco aporta demasiadas sorpresas.

    Queda claro que el director Brad Anderson (en cuya filmografía se destaca la interesante "El maquinista" dentro de una gran cantidad de trabajos para la televisión) apostó a ganarse la atención del público jugando con el ancestral temor a la oscuridad que caracteriza a los seres humanos. Esa idea de que las tinieblas siempre albergan algún peligro habita en el subconsciente de la mayoría de las personas. Y si bien es cierto que el director logra algunos interesantes golpes de efecto sin apelar a espectaculares trucos visuales, también lo es el hecho de que la tensión se va disipando y todo se reduce a esperar el desenlace. La trama impone (ya desde el título en español) un tratamiento visual donde la escasa iluminación es protagonista; y si bien estas penumbras omnipresentes potencian la eficacia de los (pocos) momentos de tensión, también es cierto que terminan por fatigar al espectador. Desde el punto de vista actoral, tampoco hay demasiado apoyo para el director: Hayden Christensen resulta por demás inexpresivo y la interpretación de Thandie Newton es monocorde y rutinaria. Escapa a este tono menor el buen trabajo de John Leguizamo, en breve intervención.
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  • Linterna Verde
    Un superhéroe más para la lista

    La idea de llevar al cine a los héroes de historieta ha significado una formidable fuente de ingresos para la industria cinematográfica, pero el recurso está mostrando evidentes señales de agotamiento. Cuando se anuncia la llegada de uno más de estos personajes, las aguas se dividen: los fanáticos de la historieta se regocijan (aunque los resultados del filme, a la larga, terminen por decepcionar a algunos) y los que no lo conocen (o a los que les resulta indiferente) no van al cine o esperan una historia que los atrape y los divierta. En este caso, puede afirmarse que el director Martin Campbell no va a lograr un aporte significativo a las filas de los fanáticos del personaje. Sin embargo, la historia está bien contada, con rasgos de humor y escenas en las que intenta exitosamente cierta descontracturación del personaje; además, los efectos especiales están bien manejados y aportan espectacularidad al filme. Los problemas centrales están en un guión pobre, que no desarrolla los personajes secundarios (a pesar de tener buenos actores como Tim Robbins?, Angela Basset? o Peter Sarsgaard? en el elenco) y que, fundamentalmente, desperdicia la oportunidad de ofrecer un villano consistente. En este tipo de filmes, suele ocurrir que el antagonista (que representa a las fuerzas del Mal) resulta tan o más fuerte que el propio protagonista. En este caso, Parallax es una suerte de espectro en forma de nube oscura y ominosa, que se nutre del miedo de los seres a los que somete. El caso es que, precisamente, la característica central de los Linternas Verdes es que no conocen el miedo.

    Hay, además, algunas cuestiones como que el traje y el antifaz del héroe aparecen mágicamente (el pobre Superman tenía que apelar a una oportuna cabina telefónica para cambiarse), o que es justamente el único ser humano entre miles de colegas superhéroes el que tiene que salvar al Universo; y una apenas sugerida relación amorosa. Después, a esperar la segunda parte, que seguramente vendrá.
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  • Los Pitufos
    Los Pitufos
    La Gaceta
    Enanitos azules en la Gran Manzana

    Ya se había intentado llevar a Los Pitufos al cine, sin demasiada trascendencia ("Los pitufos y la flauta mágica"); el éxito de los pequeños seres azules en la televisión de los años 80 exigía una nueva incursión por la pantalla grande. Los ejecutivos de Sony entendieron que con las nuevas técnicas de animación y el abanico de posibilidades visuales que abre la realización en 3D, había motivos sólidos como para reflotar a los personajes lanzados a fines de los años 50 en las historietas del belga Peyo y popularizados dos décadas más tarde por la serie televisiva que produjeron Hanna y Barbera.
    La tarea fue encomendada a Raja Gosnell, un realizador familiarizado con la técnica de integrar personajes digitales con actores de carne y hueso que ya había logrado buenos resultados en Scooby Doo (2002, 2004). En esta película, Gosnell logra un destacable nivel técnico, pero no logra redondear un producto sobresaliente. Una de las debilidades más notables del filme está en el guión; las situaciones carecen de originalidad, y la interacción de los siempre simpáticos personajes con los seres humanos resulta demasiado previsible y rutinaria. A pesar de la buena actuación de Neil Patrick Harris (conocido por los televidentes a través de "How I met your mother"), la narración nunca levanta vuelo y se convierte en una serie de escenas de persecución entre los Pitufos y el malvado Gargamel (encarnado por un excesivo Hank Azaria?) y el gato Azrael (quizá el personaje en el que las técnicas digitales logran los efectos más sorprendentes); el mensaje final en apoyo de los valores tradicionales como el amor, la defensa de las convicciones y el apoyo a los más débiles no revierte esa sensación.
    Está claro que la película está pensada para los más chicos; pero en estos tiempos en los que una incursión por internet permite recordar la vieja serie de televisión, la idea de mostrarlos en la pantalla grande y con toda la tecnología merecía un respaldo argumental más sólido.
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  • Loco y estúpido amor
    El amor después del amor

    Alrededor del personaje de Cal se estructura una serie de interesantes historias, conducidas por otros tantos personajes. En el tratamiento de esta trama múltiple está uno de los puntos fuertes de la propuesta de los directores Glenn Ficarra y John Requa, que parece ser una comedia romántica más, pero que siempre apela a la réplica ingeniosa o a un giro original del argumento para evitar los lugares comunes o los chistes remanidos. La nueva vida de soltero (muy a su pesar) que lleva adelante Cal después de casi un cuarto de siglo de matrimonio enhebra las historias de un playboy que conoce en un bar, con la de la ex esposa, los hijos de la pareja, la adolescente que los cuida y los padres de ésta (amigos del protagonista), además de una maestra de la escuela. En todo momento, libretistas y directores evitan ese tono tan de moda en las comedias norteamericanas recientes, en las que el humor escatológico y las situaciones rayanas en el mal gusto resultan omnipresentes. Hay una gratificante apelación a la inteligencia y a la sutileza, y un muy buen trabajo de todo el elenco de actores. El desarrollo de las tramas paralelas determina una estructura casi coral, y si bien es cierto que sobre el final el guión abandona el tono poco convencional para acomodarse a lo políticamente correcto, el filme se disfruta sin inconvenientes y durante las casi dos horas de proyección.
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  • Capitán América - El primer vengador
    A luchar por la justicia

    El director Joe Johnston podría haberse contentado con hacer una película más para sumarla a la gran cantidad de títulos que han reflotado a una impresionante cantidad de héroes de historieta, ciñéndose a lo que se supone que la mayor parte del público espera cuando concurre a ver este tipo de cine. Es decir, mucha destrucción, profusión de efectos especiales y espectaculares escenas de acción. Sin embargo, el realizador se toma su tiempo para relatar prolijamente los antecedentes del personaje y sus tribulaciones cuando, infructuosamente, trata de sumarse a las filas del ejército para pelear por su patria en la guerra contra Hitler. Apoyado en una ambientación excelente de los años ’40, Johnston sorprende con esa parte del relato casi tanto como con la apariencia que logra (a través de un doblaje técnicamente perfecto) para el protagonista. Chris Evans muestra entonces un físico enclenque que contrasta con los músculos trabajados del Capitán América, en el que se convertirá por obra y gracia de un experimento científico. Ya con las características del héroe, tendrá que pasar por un "purgatorio" como artista de teatro encargado de inflamar el espíritu patriótico de sus connacionales (con el objetivo de que compren bonos para financiar la guerra) antes de pasar a la acción y ocuparse personalmente de destruir a la siniestra organización Hydra, integrada por los más nazis entre los nazis, que pretende apoderarse de todo el planeta, Alemania incluida.

    Los guionistas se han ocupado de suavizar las características más patrioteras del personaje, a través de (por ejemplo) un par de números musicales que recrean con muy buenas armas y bastante humor el espíritu de la época. Las escenas de acción están perfectamente logradas y dosificadas con buen criterio dentro del ritmo del relato. De manera que las dos horas de película transcurren sin sobresaltos. El final, por supuesto, no es otra cosa que una invitación masiva a ver "Los vengadores" el año que viene.
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  • Malas enseñanzas
    Nada que ver con Jacinta Pichimahuida

    Desde hace algunos años, el cine (y, sobre todo, la televisión) está impulsando personajes políticamente incorrectos, y una clave de humor zafada, con toques escatológicos y al borde (o un poco más allá) del mal gusto. Actores, directores y libretistas jóvenes (y no tanto) están en esta línea, que tiene legiones de seguidores en todas partes del mundo. Jake Kasdan inscribe esta comedia en ese rubro, con resultado desparejo; el director se ocupa de pintar con claridad a la protagonista, una maestra con cero vocación docente que trata de conseguir un buen partido para casarse. En ese empeño, decide operarse los senos para lucir más atractiva, y no desprecia ninguna posibilidad (legal o ilegal) de conseguir los dólares necesarios para concretar la intervención quirúrgica. Mientras tanto, maltrata alumnos, fuma porros, bebe alcohol, descuida sus clases, ignora olímpicamente a sus colegas y desprecia a todo aquel que no pueda exhibir una jugosa cuenta bancaria. Cameron Diaz trata de ajustar su interpretación a los rasgos del personaje, pero no logra concretar un buen trabajo, mas allá de su espléndida figura. El problema es que la comprenden las generales de la ley que gobierna a toda la película: así como la mayor parte de las situaciones obvian la sutileza, las interpretaciones actorales carecen de matices (a excepción, tal vez, del trabajo de Phyllis Smith, la regordeta colega de la protagonista con la que ésta logra una mínima sintonía).

    Con todo, el filme muestra momentos francamente divertidos; generalmente, se trata de "gags" o de chistes puntuales que aprovechan las características especiales de determinados personajes. La trama, sin embargo, no consigue el impacto que promete el tema del filme.

    El problema fundamental es que Kasdan no logra balancear el relato ni disimular algunas deficiencias del guión, demasiado previsible a pesar de que el tono zafado de la trama habilitaría la expectativa de giros argumentales en cualquier dirección.
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  • Cars 2
    Cars 2
    La Gaceta
    Los autitos se pasean por el mundo

    Hace cinco años, los estudios Pixar deslumbraron a los espectadores con una entrañable historia protagonizada por automóviles "humanizados" a través de la gran expresividad que les dan un par de ojos en los parabrisas y bocas en la parrilla delantera. Los artistas de los estudios sorprendieron por la calidad de los dibujos y por lo imaginativo de los escenarios concebidos para cada una de las escenas, además del extraordinario manejo de las técnicas de animación digital. Y, por sobre todas las cosas, llegaron al corazón de los públicos de todas las edades con una historia simple, bien contada y aderezada con toques de humor y de nostalgia sabiamente balanceados con escenas de intensa acción.

    Muchas de las virtudes de aquella primera entrega están presentes en esta (inevitable) continuación; el grave inconveniente está en la historia, que no parece surgida de la misma usina de ideas que permitió plasmar excelentes películas como "Wall-E", "Buscando a Nemo", "Up, una aventura de altura" o esa trilogía histórica que es "Toy Story". El protagonista de esta aventura de los simpáticos autitos es Mate, la grúa que tenía un papel secundario en la primera entrega; Rayo McQueen, el héroe, está relegado en esta historia (bastante confusa para los más chicos) de agentes secretos, espionaje internacional y combustibles alternativos. La narración no es fluida y la atención del espectador va y viene a lo largo de todo el relato.

    El gran aporte de esta secuela está, sin dudas, en la magistral elección de los escenarios en los que transcurre la historia: las recreaciones de Tokio, París, Londres y de un par de deliciosas ciudades italianas no tiene desperdicio. Y la concepción del encuadre, así como la realización técnica, son impecables.

    Advertencia: no llegar tarde a la proyección para no perderse "Una aventura en Hawai", el habitual cortometraje que Pixar siempre regala a sus espectadores en oportunidad de sus estrenos. Están todos los personajes de Toy Story (menos Andy).
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  • Medianoche en París
    Todo tiempo pasado ¿fue mejor?

    Música de fondo y postales de París (las últimas, bajo la lluvia). En los primeros cinco minutos del filme, es todo lo que muestra Woody Allen?. Es suficiente para demostrar (una vez más) que la capital francesa es una de las ciudades más bellas, seductoras y apasionantes del mundo, y que el director está perdidamente enamorado de ella. Allen ya le había rendido un inolvidable homenaje a la Ciudad Luz en aquel soberbio filme que tituló "Todos dicen te quiero"; en esta oportunidad, vuelve a declarar su amor por París a través de una propuesta llena de calidez y sensibilidad. Uno de los principales aciertos del director está en la selección del elenco: es excelente el trabajo del protagonista, Owen Wilson?, eficazmente secundado por un elenco de primera línea. Otro de los puntos a favor es el guión, inteligente, sutil, tierno, románticamente ingenuo; y la clave de la película está en la naturalidad con la que Allen introduce a los espectadores dentro del mundo mágico al que accede el protagonista cuando, a la medianoche, sube a un viejo automóvil para volver casi un siglo atrás en el tiempo. Entonces se suceden con fluidez los encuentros con Hemingway, Cole Porter?, F. Scott Fitzgerald?, Picasso, Dalí, Buñuel y muchos otros ídolos del personaje (y del director del filme, evidentemente). El truco dramático le permite a Woody Allen formular interesantes teorías acerca de la creación artística, de la nostalgia por un pasado glorioso y hasta de la idea de la felicidad que persiguen los seres humanos. Además, le sirve en bandeja la oportunidad de intercalar algunos guiños humorísticos (y homenajes) acerca de la singular atmósfera cultural que impregnó al París de los años 20.

    El personaje de Marion Cotillard? (Adriana, una amante de Picasso y de Hemingway que cautiva al protagonista) le permite a Allen darle una vuelta de tuerca a la historia e introducir la reflexión de que la nostalgia por los tiempos que se fueron no es una característica excluyente de quienes vivimos en estos días porque siempre se puede encontrar (y extrañar) una época dorada perdida en los años que pasaron. Adriana contrasta, además, desde la sensibilidad y la emoción, con el pragmatismo elemental que gobierna los actos de la vida de los futuros suegros y de Inez, la novia del escritor, graciosamente interpretada por la siempre correcta Rachel McAdams?. El director se permite un par de chistes simples y directos, como el del investigador privado contratado para seguir a Owen que se pierde en el tiempo, y una especie de cameo "king size" a cargo de Carla Bruni?, pero el tono del filme es decididamente romántico y lleno de nostalgia. Y la fotografía, que durante una buena porción de la filmografía de Woody deslumbró a los espectadores subrayando las bellezas neoyorquinas, aquí se rinde incondicionalmente a la indescriptible majestuosidad de los paisajes parisinos y a la irresistible seducción de los rincones cálidos e íntimos que generan a cada paso sus callecitas empedradas y sinuosas.

    A pesar de proponer un desenlace quizá demasiado explícito, Allen vuelve a lograr una película deliciosa, de esas que se disfrutan con una sonrisa en los labios desde el primer fotograma hasta los títulos del final.
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  • Transformers 3: El lado oscuro de la luna
    Hasta que nada quede en pie

    En el tema de las franquicias exitosas no hay secretos: se trata de repetir las fórmulas de seguro impacto en el público y, si la trama puede ofrecer algún elemento original o novedoso, mejor. Si no, no hay mayor inconveniente; se muestran los mismos personajes, las mismas situaciones y se calcan los recursos que hicieron exitosas a las anteriores entregas de la saga. Hay directores que muestran cierto pudor y, en consecuencia, intentan modificar algunos elementos para diferenciar el nuevo episodio de los que ya se vieron. Michael Bay no pertenece a este grupo. El director no es capaz de controlar la fascinación que le producen los efectos especiales, y no logra dosificar las escenas de acción, que a fuerza de repetirse, terminan por aburrir mortalmente.

    Durante el primer cuarto de hora, sin embargo, parece que habrá novedades; el argumento introduce la idea de que la carrera espacial entre EE.UU. y Rusia, en la segunda mitad del siglo XX, se debió en realidad al intento de los humanos de intervenir en la guerra entre los Autobots y los Decepticons. Y a Sam Witwicky, el protagonista de las dos anteriores entregas, se lo encuentra con nueva novia y desempleado. Y se acabó. En seguida comienzan (y se prolongan durante algo más de ¡dos horas!) las escenas en las que enormes maquinarias se destruyen mutuamente mientras demuelen prolijamente todo lo que hay alrededor (por ejemplo, un par de ciudades norteamericanas). Entre las maquinarias enardecidas que se disparan con misiles o se trenzan en combates cuerpo a cuerpo, aportan su cuota de destrucción grupos de humanos armados hasta los dientes, comandados desde centrales de inteligencia que permanentemente imparten órdenes equivocadas.

    El publicitado reemplazo de Megan Fox por Rosie Huntington-Whiteley no marca diferencia alguna; y provoca cierta melancolía ver completamente desperdiciados a buenos actores como John Malkovich, Frances McDormand o John Turturro.
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  • Aballay
    Aballay
    La Gaceta
    El camino de la redención se abre por extraños senderos

    Las imágenes parecen salidas de una película del gran Sergio Leone; los jinetes cabalgan lentamente, el polvo se levanta bajo los cascos de los caballos, los rostros desencajados presagian la violencia que pronto va a ganar toda la pantalla, la música enmarca emotivamente la escena. Sin embargo, las vestimentas advierten al espectador que no está viendo vaqueros en el salvaje oeste norteamericano sino gauchos argentinos; y hay otra particularidad: el marco geográfico no es la llanura pampeana sino un árido paisaje al fondo del cual, invariablemente, se advierte el perfil de las montañas. Por lo demás, esta película dirigida por Fernando Spiner se ajusta acabadamente a los cánones del western; y el realizador sale airoso de la prueba, que con un tratamiento menos comprometido con el género hubiera podido convertirse sin demasiado esfuerzo en una enorme ridiculez.

    El relato capta casi desde el primer fotograma la atención del espectador. La escena de apertura, que sirve tanto de presentación del protagonista como para establecer uno de los ejes del drama, está resuelta con enorme solvencia. Afortunadamente, el cine argentino ya ha superado ese umbral de calidad y profesionalismo que le permite enfrentar satisfactoriamente estas secuencias de acción y con ambientación de época. Por lo tanto, el espectador puede liberarse de la angustia de esperar con temor algún tropiezo técnico y dejarse llevar por el ritmo del relato. Aballay, al frente de una banda de forajidos, ultima al padre de un niño en presencia de éste. Los dos personajes cruzan una mirada que los signa profundamente; el gaucho vivirá de ahora en más el calvario del arrepentimiento y de la búsqueda de la redención y el muchacho esperará con impaciencia el momento en el que, ya adulto, pueda consumar la venganza. La presencia de los demás personajes traza líneas dramáticas que subrayan la potencia de la tragedia de los protagonistas. El Muerto (Claudio Rissi, en un buen trabajo si se prescinde de la inexplicable tonada), otro bandido, quiere hacer suya a la sugestiva Juana (Moro Anghileri, muy correcta), quien a su vez se siente atraída por Julián (Nazareno Casero), ya convertido en el joven que llega buscando a Aballay (un convincente Pablo Cedrón) para ultimarlo.

    La película alterna escenas de acción y de violencia con otras de ritmo más pausado y reflexivo. La mezcla permite al director dosificar el relato y mantener la atención del espectador hasta llegar al esperado desenlace. Y, desde el punto de vista dramático, resulta sumamente interesante el encuentro entre los protagonistas, hasta que se produce la inevitable revelación final.

    Los aspectos visuales del filme son descollantes; los movimientos de cámara, sobre todo en las escenas de acción, se ven impecables. También son puntos altos la calidad de la fotografía y de la iluminación, puestas con sensibilidad e inteligencia al servicio de los magníficos escenarios naturales de Amaicha de Valle.
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  • La doble vida de Walter
    Cuidado con el castor

    Jodie Foster vuelve a dirigir después de más de 15 años y elige una historia muy original, acerca de un hombre que encuentra en el títere de un castor un ancla con el mundo, del cual estaba casi totalmente apartado por una profunda depresión. Walter se convierte en protagonista excluyente de la película y es importante subrayar que la elección de Mel Gibson para encarnarlo resulta sumamente acertada; aquí, el protagonista de tantas aventuras alocadas y de vertiginosas historias de acción (y también de un recordable "Hamlet", de la mano de Franco Zeffirelli) confirma que es un gran actor; compenetrado al máximo con el papel, logra convencer al público de que un hombre, voluntaria e indisolublemente atado a un títere que habla por él, no sólo no resulta ridículo sino que puede ser tremendamente conmovedor. Walter, al borde del suicidio, se desdobla entre su propia persona (gris, débil, destrozada) y la fuerte personalidad del castor que lleva en su mano izquierda; el muñeco asume el comando de esta compleja entidad y parece que Walter va a encontrar un camino para resolver sus problemas. Pero las cosas no son tan sencillas, y paralelamente, se desarrolla el conflicto de su hijo mayor, obsesionado por la idea de tener que repetir el oscuro destino de su progenitor.

    Un gran mérito de la directora es asumir sin complejos un asunto que, bajo otro tratamiento, podría caer fácilmente en el ridículo. Foster lo toma con naturalidad, lo narra hábilmente y, apoyada en un elenco sólido (que ella también integra), termina por entregar una de esas películas que dejan mucho margen para la reflexión. Otro rasgo de inteligencia de la directora está expresado en la evidente intención de escapar de las fórmulas del melodrama y de zafar, a través del humor y de la transgresión, de situaciones que la solemnidad condenaría irremisiblemente al ridículo.

    Es posible que la película no conquiste al gran público; pero no deja de ser una propuesta más que interesante.
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  • Los agentes del destino
    Todo está escrito

    George Nolfi debuta como director con este largometraje para el que también escribió el guión, basándose en una novela que publicó hace casi medio siglo el siempre ingenioso Philip K. Dick (Blade runner, Minority report). Durante los primeros minutos parece que el filme se va a centrar en las intrigas y los vericuetos del mundo de la política norteamericana (hay varios personajes notables de ese ambiente que hacen brevísimas apariciones); sin embargo, pronto la trama sufre un giro (interesante) que lo lleva a desarrollar una historia romántica en un escenario de ciencia ficción. El protagonista se relaciona casualmente con una enigmática mujer y entre ambos surge una electrizante química; paralelamente, se hace evidente que los miembros de un grupo especial (los agentes del destino de los que habla el título) van a intervenir permanentemente para "ajustar" el desarrollo de los hechos al cumplimiento de un misterioso plan establecido de antemano por vaya a saberse qué fuerza sobrenatural.

    Nolfi cuenta la historia con solvencia y con muy buen ritmo, y alterna las escenas de acción entre el protagonista y los hombres que lo acechan con las intervenciones de la extraña joven (la ascendente Emily Blunt), que parece destinada a compartir su vida con la del joven político, a pesar de los esfuerzos para separarlos que harán los extraños agentes. La película se deja ver con agrado, y tiene algunos hallazgos visuales sumamente atractivos. Sin embargo, el argumento (que amaga con ofrecer sabrosos interrogantes acerca del destino, la fatalidad, el libre albedrío y las consecuencias que producen los actos de los seres humanos) se torna un tanto obvio y esquemático a la hora de plantear el desenlace. De cualquier manera, el saldo que deja la película es positivo; y en buena medida, esto se debe a las convincentes actuaciones de un elenco muy sólido, con menciones destacadas para Matt Damon, Blunt, Anthony Mackie y el siempre eficaz Terence Stamp.
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  • Hanna
    Hanna
    La Gaceta
    Una joven máquina de matar

    El director Joe Wright no pierde el tiempo. En la primera escena pinta descarnadamente a la protagonista, y explota dramáticamente la rigurosidad del escenario elegido: la helada desolación de un bosque finlandés, en la que la muchacha caza y descarna a mano limpia un enorme ciervo. Rápidamente se plantea la relación de Hanna con su padre y entonces, a pocos minutos de comenzada la proyección, ya se entiende que la trama, si bien ha de remitir forzosamente a otros exponentes del género como "Bourne", "Nikita" o "Alias", va a presentar elementos singulares y distintivos. También será original el tratamiento visual que propone Wright; el realizador entrega otro excelente plano secuencia de varios minutos (en una estación de ómnibus y otra de subte de Alemania) que evoca a aquel -monumental- de la evacuación de los soldados aliados que concretó en "Expiación, deseo y pecado"; y también propone ciertas originalidades a partir de la introducción en la trama de una familia británica que (en cierta medida, involuntariamente) ayuda a la protagonista en su huida por el norte de África y el sur de España.

    Si se quiere, la película puede verse como una más que pinta la persecución de un fugitivo a manos de una organización gubernamental poderosa. Pero la trama muestra condimentos propios más que interesantes: la perseguida es poco más que una niña, y esta niña está poniendo a prueba su especial condición no sólo en las vicisitudes de la fuga sino -fundamentalmente- en el violento contacto que experimenta con un mundo "civilizado" que desconocía absolutamente. Y como si esto fuera poco, Hanna debe desentrañar los oscuros detalles de sus orígenes, signados por las mentiras y la tragedia. En suma: Wright propone (y logra) suspenso, intriga y algo más.
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  • Kung Fu Panda 2
    Po lucha contra el mal y busca su origen

    El comienzo del filme es casi una obra de arte; los dibujos de fuerte inspiración oriental que se suceden en la pantalla, además de narrar con gran síntesis el prólogo del argumento, constituyen una delicia visual y una demostración de creatividad y de buen gusto. Casi inmediatamente, con la presentación de los personajes, ya conocidos por los que vieron la primera película, se inicia la aventura. Hay bastante humor y mucha (demasiada, podría decirse) acción, concentrada en duelos de kung fu que sorprenden por la perfección técnica de la realización y que apuntalan el ritmo del filme, pero que también debilitan la consistencia de la trama. La historia queda clara y los personajes se lucen, pero hay puntas del argumento que merecían mejor desarrollo; los guionistas, sin embargo, siguen apostando fuertemente a la acción y cargan el peso de la narración casi exclusivamente en ese tipo de escenas. A juzgar por las recaudaciones que logran los filmes, no están equivocados.

    La secuencia final, que describe un combate entre las fuerzas comandadas por el villano de turno (un pavo real obsesionado porque no puede acabar con el inefable panda) y los Cinco Furiosos, no tiene desperdicio. En paralelo, se va develando el misterio de los orígenes de Po, una historia trágica que, por momentos, contiene imágenes sobrecogedoras.

    El filme busca un balance entre la acción, el humor, la apelación al sentimentalismo y la exposición de la eterna lucha entre el bien y el mal; la mezcla, con predominio de la espectacularidad de las escenas, está lo suficientemente bien dosificada como para satisfacer a públicos de diversas edades.

    Todas las virtudes que muestra el filme en el aspecto visual resultan magníficamente resaltadas en la versión en 3D. Es en este tipo de películas en que se percibe cabalmente la sensación de la tercera dimensión, que alcanza por momentos un sorprendente realismo.
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  • X-men: Primera Generación
    Los mutantes y el orgullo de ser diferente

    De las innumerables películas que se han hecho a partir de la popularidad de los héroes de historieta, la serie de los mutantes resulta una de las más consistentes. Las dos primeras entregas (dirigidas por el inteligente Bryan Singer), además de ser muy buenas películas de acción y aventuras, instalaron el tema de los seres especiales, que disponen de habilidades que los convierten en personas singulares, pero que por esa misma razón sufren discriminación, prejuicios, odio y persecuciones. La tercera entrega de la saga corrió el enfoque hacia la acción, y la cuarta comenzó la exploración de los orígenes de los mutantes, concentrándose en Wolverine, uno de los personajes más populares.

    Esta película explica el comienzo de todo: Charles Xavier y Eric Lehnsherr vivirán experiencias que los marcarán profundamente e intervendrán decisivamente en un episodio que podría haber desencadenado una guerra nuclear: la crisis de los misiles rusos en Cuba, en 1962. En esos episodios se sentarán las bases que derivarán en la aparición del Profesor X y de Magneto, respectivamente, como archienemigos eternos.

    El salto atrás en el tiempo responde a requerimientos comerciales, porque la saga aparecía ya un tanto agotada; la presencia de actores jóvenes renueva el interés del público y abre la posibilidad de nuevas aventuras en posteriores entregas, pero por sobre todas las cosas, da pie a una narración entretenida y administrada con excelente ritmo, al punto que las más de dos horas de proyección pasan casi inadvertidas.

    El director Matthew Vaughn ha sabido recrear el espíritu de la historieta, y presenta personajes consistentes y atractivos, además de introducir con nuevos bríos el tema de la discriminación y del orgullo de ser distinto. De manera que hasta puede perdonarse un error incomprensible en una producción multimillonaria: nuestra Villa Gesell aparece pintada como un apacible pueblito con lago, montañas y cabañas estilo suizo.
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  • Piratas del caribe: Navegando aguas misteriosas
    Más aventuras del capitán Sparrow

    Los estudios Disney y el megaproductor Jerry Bruckheimer ya saben de memoria cómo pilotear esta nave de los Piratas que inventaron en 2003; en esta oportunidad, cambiaron al eficaz Gore Verbinski (al mando de las primeras tres entregas de la saga) por Rob Marshall (director del notable musical "Chicago"), prescindieron de algunas de las figuras secundarias (Keira Knightley, Orlando Bloom, Jonathan Pryce), incorporaron a la bella Penélope Cruz y al correcto Ian McShane. Apostaron, además, a simplificar la historia (enredada y hasta incomprensible por la cantidad de subtramas) de las tres películas anteriores. El resultado tiene aciertos y errores: si bien el argumento resulta más consistente, la narración presenta problemas de ritmo y la película, aunque algo más corta que sus predecesoras, parece más pesada. La responsabilidad, en este caso, recae fundamentalmente en la tarea del director, que no logra balancear adecuadamente las escenas "lentas" (indispensables para el desarrollo de la trama) con las de acción, que conforman indudablemente la columna vertebral del filme.

    El primer cuarto de hora promete mucho; después hay un bajón notable y el ritmo parece renacer en la segunda mitad, pero evidentemente, la acción no es el fuerte de Marshall. Resulta interesante y novedosa la aparición de las sirenas (Astrid Berges-Frisbey, bellísima) y aparece desaprovechada la interacción entre Sparrow y Angélica (la hija de Barba Negra que interpreta Penélope Cruz).

    Johnny Depp asume casi con exclusividad el protagonismo de la película, y repite incansablemente los tics que hicieron más que popular a su personaje. Sale airoso, aunque se trate de la cuarta entrega; pero se plantea el interrogante: ¿estará agotado? ¿se habrá visto ya todo lo que Jack Sparrow tenía para mostrar? Habrá oportunidad de responder a estas preguntas, porque es casi seguro que esta no ha de ser la última aventura que el inquieto capitán pirata vivirá en la pantalla.
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  • Mujeres al Poder
    La rebelión de las amas de casa

    François Ozon es un director que ha dado muestras de originalidad dentro del cine francés actual, con títulos como "La piscina", "8 mujeres" o "Gotas que caen sobre rocas calientes". En esta oportunidad, toma una pieza teatral de Barillet y Grédy, y recrea una comedia ubicada en los años 70 en la que el trasfondo es la revalorización del rol de las mujeres en la sociedad. Convoca para formar el elenco a dos glorias del cine francés como Catherine Deneuve y Gerard Depardieu y rinde un evidente homenaje a Jacques Demy, aquel de "Los paraguas de Cherburgo", "Las señoritas de Rochefort" y "Piel de asno" (casualmente, las tres protagonizadas por Deneuve). Ozon toma la historia de una mujer que redescubre sus ocultos talentos y se revaloriza como ser humano al tener que asumir la dirección de la fábrica (de paraguas) que regentea su marido enfermo, y la encara como una comedia con rasgos vodevilescos, con un tratamiento visual y formal obviamente desplazado en el tiempo para que coincida con la década del 70, en la que transcurre la acción. El problema es que su película se ve vieja y pasada de moda; la atrevida inclusión de un par de números musicales resulta fallida porque no logra que el público supere ese umbral de aceptación de las convenciones del género que resulta indispensable para que los actores no luzcan ridículos cuando rompen a cantar. Por lo tanto, las situaciones resultan poco convincentes, las actuaciones se ven postizas, los pasos de comedia no logran el efecto deseado y el fundamento conceptual de la película (la revalorización de la condición femenina) aparece impostado e inconsistente.

    El filme, con todo, alcanza a mostrar retazos del talento artístico de los protagonistas (y también de algunos actores secundarios) y de la idoneidad del director para narrar una historia, pero resulta insuficiente para convertirse en la fábula con enseñanzas sociales que pretendió ser.
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  • Que 'la cosa' funcione
    Por siempre Woody

    Boris Yellnicoff trata de definir ante sus amigos el tipo de relación que tiene con la joven Melody. "Me acompaña a las guardias de los hospitales cada vez que creo tener un melanoma", relata con naturalidad. En la platea, los seguidores (admiradores) de Woody Allen se regocijan íntimamente o festejan con carcajadas. Es que el viejo maestro neoyorquino vuelve con todo y despliega su arsenal de ironías, comentarios ácidos, chistes eficaces y reflexiones profundamente lúcidas (y absurdas) en esta comedia, filmada sobre un guión escrito hace más de tres décadas y ambientada nuevamente en su adorada Manhattan.

    Desde los títulos (las archiconocidas letras blancas sobre fondo negro, con los nombres ya familiares de los integrantes del equipo técnico) y la primera escena (el protagonista conversa con tres amigos y termina dirigiéndose a la cámara para hablarles a los espectadores) se tiene la sensación de que el Woody de las viejas comedias está de vuelta.

    El personaje central (neurótico, ácido, hipocondríaco, de a ratos insoportable) es el que en los viejos tiempos hubiera encarnado el propio director; en esta oportunidad se lo confía a Larry David (coautor de "Seinfeld", autor y protagonista de la sitcom "Curb your enthusiasm") y logra un notable acierto. Y vuelve a dar en la tecla con el tratamiento del filme: la narración es ágil, la introducción de nuevos personajes refresca el relato y los chistes funcionan a la perfección. El protagonista se dirige abiertamente al público no sólo como recurso cinematográfico, sino como confirmación de la idea, ya expuesta en el cine de Allen, de que la pantalla no es otra cosa que un límite difuso que, lejos de dividir, vincula a dos mundos fantásticos.

    El guión es sólido, los actores (en especial esa muy buena comediante que es Ewan Rachel Wood) le sacan el jugo a las situaciones de que disponen, y la historia cierra con un final que sólo Woody Allen es capaz de animarse a proponer.
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  • Culpable o inocente
    Las estrategias de un abogado

    Suele decirse en el teatro que una pieza que transcurre en la sala de un juzgado siempre resultará entretenida; el concepto, válido en el cine, ha dado pie a una infinidad de títulos a lo largo de la historia del séptimo arte. Sin embargo, en los últimos años (y bajo el dominio de los efectos especiales y del 3D), el género parece haber quedado relegado a las series de televisión. El director Brad Furman, sobre el argumento de una novela de Michael Connelly, retoma el tema y entrega una narración interesante (a pesar de cierta confusión en los primeros minutos), con la que logra mantener la atención de los espectadores a lo largo de casi dos horas de proyección.

    El realizador dispone de un elenco sólido (sobre todo en los roles secundarios, con buenos trabajos de William H. Macy y de Marisa Tomei) y solventes personificaciones de los protagonistas, Matthew McConaughey y Ryan Phillippe. Pero el logro más significativo del filme está en la manera de contarlo, un poco "a la antigua", sin estridencias, sin escenas explosivas pero con muy buen ritmo. La trama (densa, sustanciosa) colabora en la construcción de los climas; los giros del argumento se van dando con naturalidad, sin mayores arbitrariedades, y las complicaciones que va sufriendo un caso aparentemente sencillo van sorprendiendo al espectador al mismo tiempo que al protagonista. Este abogado inescrupuloso, que tiene su oficina montada en un antiguo automóvil Lincoln (el título original es "The Lincoln lawyer"), tiene siempre presente una máxima de su padre: el hombre sostenía que era muy difícil defender a un inocente porque un error conduciría indefectiblemente a una enorme injusticia. El letrado enfrenta, en un caso aparentemente sencillo, la posibilidad de enmendar un error cometido en el pasado, pero deberá proceder con gran astucia para lograrlo.

    En la línea de las películas inspiradas en las novelas de John Grisham, este "thriller legal" resulta muy satisfactorio.
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  • Rápidos y furiosos 5
    Toretto recargado

    En la década del ´60, las primeras películas de James Bond lograban exactamente lo mismo que provoca en el público esta realización de Justin Lin: entretener y divertir aunque lo que ocurre en la pantalla resulte completamente inverosímil. Es más: parte del encanto de este tipo de filmes reside precisamente en lo absurdo de la mayor parte de las situaciones que se plantean en la pantalla. Es mérito del director, de los guionistas y de los actores lograr que el público acepte la convención y se entregue sin reparos a la narración que se le propone.

    En esta oportunidad, los audaces conductores de esos sorprendentes automóviles que ya son una marca de fábrica en esta serie de películas están en Río, tramando el gran golpe que les va a permitir vivir el resto de sus existencias sin problemas; hasta allí llega un agente federal norteamericano que los quiere apresar. La trama no es otra cosa que un pretexto para justificar (levemente) las persecuciones y las carreras por las calles que constituyen la razón de ser de la saga. En este caso, enmarcadas en la sorprendente belleza de los paisajes cariocas.

    Los personajes masculinos rivalizan para demostrar quién es el más "duro" o el más ocurrente a la hora de replicar, y las mujeres dejan en claro que tienen tantas agallas como belleza. También resulta divertido conjeturar si las remeras de Vin Diesel y de Dwayne Johnson serán capaces de contener tanto músculo anabolizado sin estallar en pedazos.

    El plato fuerte son las escenas de acción; cada una va superando a la anterior en audacia, precisión e imaginación, hasta desembocar en la gran secuencia de la persecución final por las calles de Río: los autos chocan y estallan en número tal que produce la sensación de que ha de haber quedado diezmado el parque automotor brasileño.

    Esto es entretenimiento y diversión en estado puro. No hay que buscar nada más; y hay que reconocer que, a lo largo de más de dos horas, la película logra acabadamente su objetivo.
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  • Felinos de África
    Madre hay una sola

    Desde hace seis décadas, los estudios Disney han sorprendido a los públicos de todo el mundo con una serie de documentales sobre la vida de los animales silvestres. Desde "El desierto viviente" o "El ártico salvaje" hasta este estreno, los técnicos y los artistas se han preocupado no sólo por registrar minuciosamente todos los aspectos de la vida cotidiana de las distintas especies, sino de realizar una titánica tarea de montaje para presentar todo ese material en función de una historia más o menos dramática, con lo que el impacto sobre los espectadores queda asegurado. No es tarea fácil, por cierto, y desde siempre, se les ha criticado a los guionistas una tendencia a "humanizar" las relaciones, los conflictos y la interacción entre los animales, con la consiguiente pérdida del propio carácter de éstos. Lo que no debe perderse de vista, en todos los casos, es la calidad técnica que muestran estos productos.

    En esta oportunidad, el relato se articula alrededor de una guepardo hembra y sus cachorros, y de una joven leona que pierde a su madre y debe luchar para ser readmitida en la manada. Guiados por la voz de un relator, los espectadores asisten a un registro deslumbrante de los más mínimos detalles de la vida y de la diaria lucha por la subsistencia de cada uno de estos animales. Si bien los guionistas no han evitado las violentas escenas de caza, es cierto que el admirable montaje de las escenas suaviza las imágenes más fuertes. El uso de la música resulta apropiado para subrayar el carácter de cada una de las escenas, aunque (como suele suceder en este tipo de películas) en algunos casos parece demasiado obvia y descriptiva.

    La fotografía es excelente, y hay que resaltar el ímprobo trabajo que supone lograr las sorprendentes tomas que se proyectan a lo largo de una hora y media de relato. También debe señalarse que el ritmo de la narración decae sobre la mitad del filme y la trama se vuelve reiterativa hacia el final, sin que esto le reste méritos a la producción.
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  • Thor 3D
    Thor 3D
    La Gaceta
    Leyendas nórdicas en clave de comic

    Thor es un joven francamente insoportable; al punto que, a causa de su arrogancia y su carácter impulsivo, reaviva una vieja guerra entre reinos que irrita profundamente a su padre, Odín. Cuando éste lo castiga mandándolo a vivir entre los mortales terráqueos, el muchacho descubrirá el amor e iniciará un aprendizaje que le permitirá convertirse en el rey sabio que su padre quería para el reino. Este esquema, llevado al lenguaje de historieta, le permite desarrollar al director Kenneth Branagh un relato que, si bien presenta algunos tropiezos narrativos, consigue interesar al espectador gracias al deslumbrante tratamiento visual de las escenas. Las secuencias de acción y los combates demuestran una vez más que la tecnología digital ya no tiene secretos y que la imaginación de los realizadores no encuentra límites. Todo esto se potencia, claramente, en la versión en 3D, el nuevo recurso tecnológico que se ha convertido en uno de los principales atractivos en la convocatoria del público a las salas.

    El director Kenneth Branagh es un experto en Shakespeare, y esto se nota en la evidente comodidad con la que se mueve al describir las intrigas palaciegas que rodean a la sucesión de Odín, el monarca de Asgard. Si bien hay un tratamiento excesivo de la música (casi operística, con todo el respeto que ese género merece), las escenas que transcurren en ese sitio fantástico son las más logradas. También hay algunos rasgos de humor (y un par de alusiones a otras historietas de Marvel) y algunos diálogos con pretensiones de reflexión sobre la naturaleza humana, pero queda claro que todo está subordinado a la espectacularidad de las secuencias de acción.

    A quien le suene extraño ver a este grupo de vikingos que maneja tecnología de punta, recuerde que no está ante un estudio de la mitología nórdica sino en presencia de una historieta que no busca otra cosa que relatar aventuras fantásticas. Y la película va exactamente en la misma línea.
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  • La chica de la capa roja
    Caperucita en el crepúsculo

    Lo interesante de los relatos clásicos es que siempre admiten nuevas versiones e interpretaciones; en este caso, le toca a la tradicional historia de Caperucita y el Lobo, bajo el tratamiento de una trama de violencia e intriga. El punto de partida es el conflicto de una joven, enamorada de un leñador pero obligada a casarse con otro joven, de mejor posición económica; el drama comienza cuando la hermana de la protagonista aparece muerta por el ataque de un misterioso hombre lobo que atemoriza a todo el poblado. Los aldeanos, desesperados, convocan a una suerte de exorcista que se especializa en eliminar a este tipo de bestias; cuando éste llega, desencadena una nueva crisis al revelar que el hombre lobo se oculta bajo una apariencia humana, y que por lo tanto puede ser cualquiera de los habitantes del pueblito. La directora Catherine Hardwicke intenta reflotar en este filme los mecanismos que le dieron buenos resultados (al menos, en la aceptación por parte del público adolescente) en "Crepúsculo", pero sufre demasiados tropiezos. La trama muestra debilidades que impiden que el público entre en la convención indispensable en este tipo de relatos: no se pretende que la historia sea creíble sino que resulte convincente. Además, el paralelo con el tradicional cuento se va haciendo cada vez más forzado y arbitrario.

    Amanda Seyfried trata en todo momento de darle intensidad a su personaje, pero el guión no le brinda demasiadas oportunidades; Gary Oldman, un muy buen actor, aparece duro y esquemático en el rol del exterminador de hombres lobo, y Julie Christie se ve un tanto desconcertada con el personaje de la abuela. Los efectos especiales y los aspectos visuales están muy cuidados, pero la puesta en escena no termina de convencer.

    En síntesis: Hardwicke parece haberse quedado a mitad camino entre una realización de suspenso y terror y la reedición de la aventura romántica con rasgos dramáticos y fantásticos que intentó en "Crepúsculo".
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  • Una esposa de mentira
    Un seductor con familia ficticia

    Dennis Dugan ya hizo varias películas con Adam Sandler ("Un papá genial", "Yo los declaro marido y... Larry", "No te metas con Zohan") y la dupla nunca logró un resultado altamente satisfactorio. En esta oportunidad, la trama se basa (libremente) en "Flor de cactus", una comedia inspirada, a su vez, en una exitosa obra de teatro. La película no logra alzar vuelo, a pesar de que en el primer cuarto de hora pareciera establecerse un planteo interesante, con elementos originales como base de la comedia de enredos. Dugan presenta al personaje de Sandler, un cirujano plástico, a través de la relación con sus pacientes y ex pacientes, y apela a elementos sorpresivos para esbozar una crítica a la adicción que tienen algunas personas a las cirugías estéticas. Pero la ilusión dura poco; el guión rápidamente se centra en los malos entendidos que surgen de la falsa relación del protagonista con su secretaria (y después, con los hijos de ésta) dentro de una trama de mentiras montadas para seducir a una muchacha.

    La incorporación de Jennifer Aniston y de la bella Brooklyn Decker al elenco, al igual que la participación de Nicole Kidman, no implica un salto de calidad sino más de lo mismo en los remanidos recursos tantas veces vistos en este tipo de películas. Es una pena, porque en algunas (pocas, muy pocas) escenas, Sandler y Aniston demuestran que son capaces de manejar el género con buenas armas, y que tal vez con otro guión, la comedia hubiera salido a flote. No es así, y la reiteración de momentos ridículos termina con cualquier posibilidad de éxito. El resultado es una trama absurda, con abuso de escenarios supuestamente "paradisíacos", y momentos tan claramente preparados para el lucimiento de los actores (sobre todo, de los chicos) que terminan por producir exactamente el efecto contrario en el espectador.

    Sin sorpresas, con un final "cantado" y personajes secundarios sin lucimiento, la comedia naufraga a pesar de los esfuerzos de los protagonistas.
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  • Cruzadas
    Cruzadas
    La Gaceta
    Las hermanas sean unidas

    Filmar en Argentina no es fácil. Una producción debe vencer una impresionante cantidad de adversidades y de complicaciones para llegar al estreno en las salas comerciales. Sin los subsidios estatales, la actividad sería prácticamente imposible. Sin embargo, en los últimos años, los títulos de producción nacional fueron aumentando en cantidad y en calidad. En algún punto, y gracias al esfuerzo y al talento de actores, técnicos, guionistas y productores, la industria llegó a garantizar un buen nivel de realización y el público respondió con una concurrencia a veces masiva a las salas para ver las películas. Parecía que ya se había superado un umbral de calidad y que la vuelta atrás era imposible.

    Esta película de Diego Rafecas viene a demostrar que se puede retroceder. El director asume demasiados roles (actúa, produce, dirige, escribe) y su tarea hace agua en todos los niveles. El guión es muy pobre, previsible, plagado de lugares comunes, desprovisto de comicidad. El ambiente del multimedio está pintado con un esquematismo ingenuo y el de la bailanta parece ser sólo un pretexto para mostrar en la pantalla grande una colección de traseros rozagantes y de atuendos chillones y cuajados de brillos.

    Los actores están desaprovechados y sometidos a situaciones que rozan el ridículo. Pinti (excesivamente maquillado) sobreactúa sin control, Moria y Nacha no logran calzar en los estereotipos que les asignaron y los roles secundarios no les dejan a los actores (Majluf, Rissi, Lemos, Belloso) mucho margen para el lucimiento. Rafecas se reserva el rol "cómico y zafado" y es tal su escasez de recursos que el resultado es patético. En una de las primeras escenas, el personaje que encarna Nacha Guevara aparece ensayando una cumbia en el escenario del club que regentea. A Nacha, que sin dudas es una show woman de primer nivel, se la ve desganada y poco convencida en el número musical. Casi una definición de lo que pasa en toda la película.

    Esta película de Diego Rafecas viene a demostrar que se puede retroceder. El director asume demasiados roles (actúa, produce, dirige, escribe) y su tarea hace agua en todos los niveles. El guión es muy pobre, previsible, plagado de lugares comunes, desprovisto de comicidad. El ambiente del multimedio está pintado con un esquematismo ingenuo y el de la bailanta parece ser sólo un pretexto para mostrar en la pantalla grande una colección de traseros rozagantes y de atuendos chillones y cuajados de brillos.

    Los actores están desaprovechados y sometidos a situaciones que rozan el ridículo. Pinti (excesivamente maquillado) sobreactúa sin control, Moria y Nacha no logran calzar en los estereotipos que les asignaron y los roles secundarios no les dejan a los actores (Majluf, Rissi, Lemos, Belloso) mucho margen para el lucimiento. Rafecas se reserva el rol "cómico y zafado" y es tal su escasez de recursos que el resultado es patético. En una de las primeras escenas, el personaje que encarna Nacha Guevara aparece ensayando una cumbia en el escenario del club que regentea. A Nacha, que sin dudas es una show woman de primer nivel, se la ve desganada y poco convencida en el número musical. Casi una definición de lo que pasa en toda la película.

    Esta película de Diego Rafecas viene a demostrar que se puede retroceder. El director asume demasiados roles (actúa, produce, dirige, escribe) y su tarea hace agua en todos los niveles. El guión es muy pobre, previsible, plagado de lugares comunes, desprovisto de comicidad. El ambiente del multimedio está pintado con un esquematismo ingenuo y el de la bailanta parece ser sólo un pretexto para mostrar en la pantalla grande una colección de traseros rozagantes y de atuendos chillones y cuajados de brillos.

    Los actores están desaprovechados y sometidos a situaciones que rozan el ridículo. Pinti (excesivamente maquillado) sobreactúa sin control, Moria y Nacha no logran calzar en los estereotipos que les asignaron y los roles secundarios no les dejan a los actores (Majluf, Rissi, Lemos, Belloso) mucho margen para el lucimiento. Rafecas se reserva el rol "cómico y zafado" y es tal su escasez de recursos que el resultado es patético. En una de las primeras escenas, el personaje que encarna Nacha Guevara aparece ensayando una cumbia en el escenario del club que regentea. A Nacha, que sin dudas es una show woman de primer nivel, se la ve desganada y poco convencida en el número musical. Casi una definición de lo que pasa en toda la película.
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  • Prueba de amor
    Preparen los pañuelos

    No por previsible la historia resulta menos conmovedora; a pocos minutos del comienzo, el drama ya se instaló. Un impresionante accidente termina con la vida de un jovencito y trastorna la vida de su novia embarazada y de su núcleo familiar. A partir de allí, la directora Shana Feste construye un relato interesante, con recursos narrativos atrayentes y apoyado en muy buenas actuaciones. No es sorpresa que Susan Sarandon conmueva al espectador con su repertorio de miradas cargadas de sentimiento y de gestos mínimos pero más que elocuentes; un poco más novedosa resulta la eficacia actoral de Pierce Brosnan en la piel de un padre que no quiere (no puede) abrir las compuertas que contienen su emoción. Carey Mulligan convence desde el principio en el rol de la desprotegida novia del difunto, y Johnny Simmons cubre con acierto al hermano menor, que busca sofocar con drogas y con una pretendida indiferencia el dolor por la inesperada pérdida. No es la primera vez que el tema de la conmoción familiar disparada por la muerte de un hijo se trata en la pantalla. El paralelo con "Gente como uno", aquella joyita que dirigió Robert Redford en 1980, resulta inevitable; aquí, la realizadora hace girar la trama alrededor del personaje de la joven embarazada, pero es indudable que los momentos de mayor carga emotiva están en la descripción de las reacciones de los tres miembros de la familia ante la ausencia del chico fallecido y los intentos que hacen para salir adelante. Shana Feste hace avanzar la historia a partir del accidente y, simétricamente, vuelve atrás en el tiempo para relatar la breve pero intensa relación que tuvo lugar entre los dos enamorados hasta el fatal desenlace.

    El mayor problema de la película consiste en que por momentos se advierten claramente los hilos del clásico "tearjerker", esos productos diseñados para provocar deliberadamente las lágrimas en el público; sin embargo el resultado es, sin dudas, satisfactorio.
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  • Revolución. El cruce de Los Andes
    Un héroe de carne y hueso

    La idea de relatar una serie de hechos históricos desde la perspectiva de un imaginario testigo directo no es nueva, pero siempre resulta eficaz. Leandro Ipiña apela a este recurso para estructurar el relato del cruce de Los Andes que protagonizó el ejército patriota liderado por José de San Martín. La epopeya permitió darle dimensión continental a las luchas por la emancipación del dominio de la corona española y puso irrevocablemente a las colonias en el camino de la independencia. La narración, desde el punto de vista de este adolescente que se convierte en amanuense del Gran Capitán simplemente porque sabe leer y escribir, se convierte en un testimonio vibrante, y le permite al director del filme mostrar a San Martín en toda su dimensión humana. Resulta natural, entonces, ver al prócer de mal humor, protestando a viva voz porque no recibe los recursos que necesita, o enojado con subalternos y superiores; o bien, ya en la instancia del cruce de la cordillera, enfermo y devastado por el dolor. Es decir, la pintura del personaje escapa del acartonamiento de la historia convencional para darle una carnadura que lo identifica con el público.
    Rodrigo de la Serna redondea una muy buena tarea en el papel protagónico; los rubros técnicos están cubiertos con gran nivel y la realización del filme en exteriores y en escenas con importantes desplazamientos de extras resulta más que satisfactoria. Todo esto, dicho de una producción nacional de época configura una muy buena noticia. Pero quizá el mayor acierto del filme está en el original tratamiento de estos importantes tramos de nuestra historia. Los hombres que toman decisiones trascendentales son eso: hombres, con dudas, con temores, con vacilaciones. Las batallas no son baños de gloria sino tumultos confusos y sangrientos. Y a tal punto se dejan de lado las convenciones de la historia oficial, que ni siquiera es blanco en la película el famoso caballo blanco del San Martín de las ilustraciones escolares.
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  • Sucker Punch: Mundo Surreal
    Cinco chicas audaces

    Si el espectador está dispuesto a ver un "clip" con un notable tratamiento de la imagen de más de 100 minutos de duración, encontrará ampliamente justificado cada centavo que pagó por la entrada. Si pretende asistir a la narración de una historia coherente, o a la formulación de algún planteo conceptual que vaya más allá de una excelente propuesta audiovisual, que elija otro estreno.

    Zack Snyder ya demostró en "300" y en "Watchmen" que es capaz de inventar y de mostrar en la pantalla escenarios de enorme riqueza visual. En esta oportunidad extrema esas virtudes y da rienda suelta a su frondosa imaginación para contar las aventuras de un quinteto de reclusas en una institución mental cuando, por obra y arte de una especie de baile hipnótico que ejecuta una de ellas, acceden a un mundo fantástico en el que todo parece posible. La (débil) excusa argumental es que, a través de cuatro etapas (y de la conquista de otros tantos elementos), accederán a un quinto plano en el que podrán concretar el ansiado escape del manicomio en el que están encerradas.

    Es así como las aguerridas damas aparecen sucesivamente en las trincheras de la primera guerra mundial, o enfrentadas a un gigantesco dragón entre zombis medievales, o tratando de desactivar una bomba a bordo de un tren a toda velocidad; no son otra cosa que pretextos para que las chicas desplieguen vistosas coreografías mientras disparan sus armas en escenarios que siempre sorprenden por su gran calidad visual. La vuelta a la realidad, en el clima oscuro y deprimente del manicomio, produce un interesante contraste.

    Los personajes son esquemáticos: las chicas, temerosas y vulnerables como internas, aparecen valientes e indómitas como guerreras; el guatemalteco Oscar Isaac compone uno más de sus tantos villanos y Scott Glenn es una suerte de gurú onírico bastante convencional. Todo esto, por cierto, magníficamente fotografiado.
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  • Amor sin límites
    Un cuento de hadas a media tinta

    La presencia de Neil Jordan detrás de las cámaras y de Stephen Rea en el elenco hace pensar en un producto de excelente nivel, como "El juego de las lágrimas" (1992) o "El ocaso de un amor" (1999). No es el caso, a pesar de que en los primeros tramos del relato la historia promete mucho. Jordan pinta con su reconocida capacidad el ambiente de la aldea de pescadores de la costa irlandesa en la que se desarrolla la trama, y describe ajustadamente la relación entre el pescador que encarna Colin Farrell, su ex esposa alcohólica y su pequeña hija, afectada por una grave enfermedad renal y a la espera de un trasplante. Integra promisoriamente a este ambiente a una extraña muchacha que el pescador encuentra semiahogada entre sus redes durante una jornada de pesca. El misterio se ahonda cuando la niñita comienza a convencerse de que la recién llegada es una suerte de sirena que está pasando por una experiencia singular fuera de las aguas marinas que conforman su habitat.

    Jordan parece querer contar un cuento de hadas en tiempos actuales; se apoya en el halo fantástico que impregna los paisajes irlandeses, tierra de duendes y de seres fabulosos. En ese tramo del filme, el director logra los mejores momentos; Farrell entrega una actuación sobria y convincente, y la actriz de origen polaco Alicja Bachleda encuentra el tono justo entre el misterio, la frescura y la oscuridad para encarnar a la enigmática Ondine. Alison Barry le saca el jugo al personaje de la hija de Farrell y Stephen Rea luce eficaz como siempre en la piel del comprensivo cura del pueblo.

    El problema fundamental está en el remate; da la sensación de que el director vacila porque le imprime un viraje inesperado al tono del filme que, de esta manera, se aparta de los climas atractivos planteados en el comienzo y en buena parte del desarrollo de la trama; la historia cierra entonces con un "colorín colorado" que suena cuanto menos incongruente con el resto de la narración.
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  • Un despertar glorioso
    Todo vale en la lucha por el rating

    El director Roger Michell sabe perfectamente que tiene entre manos una comedia amable y divertida y dedica todos sus esfuerzos a contarla como mandan las reglas del género. Cuenta para ello con una protagonista bonita y simpática y con un elenco de primeras figuras para desarrollar los personajes secundarios. Rachel McAdams, a cargo del rol protagónico, cumple con las expectativas y anima con buenos recursos a una productora de televisión que pone todo lo que tiene a mano en la tarea de levantar el rating de un alicaído programa.

    La película centra su acción en el particular mundo de los shows de la mañana, esos espacios en los que se pasa con gran naturalidad del detalle de una receta para preparar omelettes a un adiestrador de ranas e, inmediatamente, a un móvil desde un choque múltiple en una autopista. También pinta la despiadada lucha por una centésima de punto en la medición de audiencia, el altar moderno en el que se sacrifican el buen gusto, la prudencia, los códigos de ética periodística y hasta la dignidad profesional de muchos de los que allí intervienen

    Pero a Michell no le interesa hacer una reflexión profunda sobre la televisión, a la manera de la inolvidable "Poder que mata" ("Network", Sidney Lumet, 1976) -entre otras- sino aprovechar ese ambiente de ambiciones personales, frustraciones profesionales y principios morales difusos para desarrollar allí la historia de esta joven productora que tiene que salvar del naufragio al programa en cuestión.

    Harrison Ford encarna a una ex estrella del periodismo que acepta a regañadientes integrarse a un envío que desprecia y detesta, Diane Keaton a la conductora del programa (una ex reina de belleza en franca decadencia), Jeff Goldblum al poco escrupuloso gerente de la emisora y Patrick Wilson a un compañero de tareas de la protagonista, apuesto y simpático, para dar lugar al costado romántico de la historia. Si se los hubiera explotado al máximo, mucho mejor habría sido el resultado.
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  • La revelación
    Los dilemas de un oscuro funcionario

    La presencia en el elenco de Robert de Niro y Edward Norton garantiza desde antes de sentarse en la platea un grado de excelencia en el nivel actoral. El director John Curran no lo ignora y hace descansar gran parte del peso dramático de su película en la tensión que generan los encuentros de los dos personajes. Apela también a recursos narrativos muy interesantes para describir las personalidades del oficial de libertad condicional a punto de jubilarse (De Niro), del cambiante y desconcertante criminal que espera su oportunidad de abandonar la prisión (Norton), su desprejuiciada esposa (Milla Jovovich, correcta aunque algo esquemática) y la mujer del funcionario, silenciosa y extremadamente religiosa, cuyo drama queda claramente expresado en los primeros minutos del relato (un excelente trabajo actoral de Frances Conroy).

    El filme de Curran alcanza sus mejores momentos en los largos y tensos enfrentamientos de los dos protagonistas; las transformaciones que van sufriendo estos personajes conducen el hilo de la trama; así, mientras el recluso parece encontrar cierta paz espiritual a través de una búsqueda interna, el funcionario se interna en una maraña de sospechas, engaños y traiciones que conmueven sus convicciones más íntimas. Mucho incide en esa mutación la mujer del preso, que pulveriza las barreras de control que el veterano oficial intenta imponer sobre sus más oscuros impulsos.

    Otro de los atractivos de la narración reside en lo imprevisible de la trama; cuando el preso empieza a dejar atrás al despreocupado delincuente de las primeras escenas y a transformarse en un ser iluminado y casi místico, el espectador no logra despejar las dudas sobre si la mutación es real o sólo se trata de una cuidadosa maniobra urdida entre el penado y su mujer para lograr la libertad.

    A pesar de ciertas lagunas en el ritmo del relato, la película logra el objetivo de entretener al público y de mantener la tensión dramática hasta el final.
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  • Amigos con derechos
    Las chicas sólo quieren casarse

    Ivan Reitman dirigió "Los cazafantasmas" en 1984 y dejó una marca en la filmografía de la década; pero con este filme está más cerca de la fallida "Mi súper ex novia" (2006) que de aquel imaginativo aquelarre de fantasmas multicolores sobre la ciudad de Nueva York.
    La historia de Emma y Adam se adivina desde los títulos; el espectador imagina todo lo que va a pasar en la trama, y el problema es que las cosas ocurren exactamente así. No hay una sola sorpresa ni toques de originalidad en el relato. Y es una pena, porque el elenco hubiera permitido desarrollar personajes mucho más interesantes que los que durante más de una hora y media (que terminan pesándole al espectador) deambulan por la pantalla; al punto que resulta casi imposible encontrar más de dos ideas originales en el guión.
    En este tipo de comedias, los personajes secundarios resultan especialmente relevantes; y si bien es cierto que los que aparecen junto a los protagonistas de esta historia disponen de un par de chistes eficaces y de alguna situación divertida, también lo es el hecho de que no pueden escapar de la chatura general del guión. Suena a desperdicio disponer de Cary Elwes, de Ludacris o del gran Kevin Kline y no sacarles el jugo con personajes y situaciones acordes con el talento de esos actores.
    Emma (Natalie Portman, hermosa como siempre y en un correcto trabajo, también como siempre) deja en claro que no quiere otra cosa que sexo en su relación con Adam (Ashton Kutcher, nunca tan simpático como en la piel del Kelso de "That ´70s show"). Pero a medida que avanza -lentamente- la trama, va descubriendo que no es la profesional fría y desprejuiciada que pretende ser, y que en definitiva sí que quiere que le regalen una alianza y le propongan matrimonio. Lo cual de ninguna manera es criticable; el problema es que pasan demasiadas cosas intrascendentes hasta que la protagonista comprende lo que los espectadores saben desde que se metieron el primer pochoclo en la boca.
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  • Biutiful
    Biutiful
    La Gaceta
    Morir en paz

    Uxbal vive en Barcelona, separado de su mujer y a cargo de la crianza de sus dos hijos. Tiene el extraño don de comunicarse con los que acaban de morir, y cobra a los deudos por ese servicio. Cuando le anuncian de que va a morir de cáncer, trata de ordenar su existencia.

    Alejandro González Iñárritu vuelve sobre los temas que le preocupan desde siempre y que ya expuso en "Amores perros" o "Babel"; en esta oportunidad abandona la estructura coral que tan bien utilizó en esos títulos y centra el relato en la existencia del protagonista excluyente, un sobreviviente que hace negocios turbios sobre las espaldas de los inmigrantes ilegales de origen africano y asiático que deambulan por las calles (o viven y trabajan encerrados en infames talleres clandestinos) de Barcelona. Uxbal, además, trata de criar a sus hijos, de los que tiene la custodia legal mientras lidia con la separación de su ex esposa (la argentina Maricel Alvarez, de muy buena tarea actoral). La muerte está presente en todo el relato, no sólo porque Uxbal puede comunicarse con las personas recién fallecidas sino porque los médicos le han anunciado que un cáncer va a terminar rápidamente con sus días.

    En ese escenario, tan deprimente que hace pensar que en el cine deberían vender ansiolíticos en lugar de pochoclo, el protagonista intentará ordenar su vida para poder morir en paz; pero las cosas no le resultarán tan sencillas. Es precisamente en la descripción de ese calvario que el director invierte la mayor parte del quizá excesivo metraje de su filme.

    Hay que aplaudir la elección de Javier Bardem para encarnar a Uxbal. El actor entrega una tarea de primer nivel, y es verdad que si hubiera ganado el Oscar para el que estuvo postulado no habría habido injusticia alguna. Al mismo tiempo, hay que reprochar cierto descuido en el sonido, porque la falta de balance con el ruido de fondo hace que muchos (demasiados) parlamentos de los actores resulten directamente ininteligibles. Es muy buena también la fotografía, y la elección de las locaciones sintoniza precisamente con el tono de la historia: Barcelona, una de las ciudades más bellas y coloridas de Europa, aparece aquí triste, gris, fría, chata y deslucida. Como la vida (y la muerte) del pobre Uxbal.
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  • 127 horas
    127 horas
    La Gaceta
    Cinco días de angustia extrema

    A poco más de un cuarto de hora del comienzo de la proyección, Aron Ralston (en la piel de James Franco) queda atrapado por una piedra que le aplasta el brazo dentro de una hendidura entre dos rocas gigantescas. A partir de ese momento comienza el gran desafío para el director Danny Boyle y para el protagonista absoluto del filme: describir durante poco más de una hora los esfuerzos que el joven hace para liberarse mientras lucha contra la falta de agua y alimentos y mientras sufre un progresivo deterioro en su condición física y mental. Tanto el director como el actor salen airosos; Boyle imagina una cantidad impresionante de encuadres y tomas diferentes en un espacio tan asfixiante como el clima que va adquiriendo la narración a medida que pasan las 127 horas que anuncia el título de la película. Franco, por su parte, confirma a través de una interpretación sobria y eficaz que es uno de los mejores actores de su camada, y que hace rato que dejó de ser simplemente una cara bonita en la pantalla.

    La película arranca con mucho ritmo; las primeras escenas sirven para pintar claramente a Aron, despreocupado y jovial, y para establecer un fuerte contraste con la angustia que lo gana cuando comprende que el incidente que vive durante la excursión se ha convertido en una trampa que puede ser mortal.

    Durante las interminables horas que pasa atrapado, Aron deja volar su imaginación, y en esos momentos, Boyle logra interesantes imágenes. También resulta sugestiva la reflexión por parte de Aron acerca de la fuerza del destino: "toda mi vida estuve acercándome a esta piedra, que esperó miles de años para caer sobre mi brazo", piensa.

    Con la fuerza adicional que siempre le confiere a los filmes la calidad de recreación de hechos ocurridos en la realidad, la película consigue atrapar al espectador y sumergirlo durante buena parte del metraje en un clima de enorme angustia, logrado con muy nobles recursos cinematográficos.
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  • El cisne negro
    El lado oscuro

    Algunos espectadores encuentran especialmente interesantes a las películas que muestran los entretelones de la vida de los artistas entre bambalinas; es por eso que se han hecho muchos filmes ambientados en ese particular mundo que está detrás de los escenarios, entre camarines, pasillos y salas de ensayo. Ese suele ser el ámbito ideal para el desarrollo de apasionantes conflictos humanos; si a esto se agrega el hipercompetitivo ambiente del ballet, una bailarina obsesionada con la perfección, una rival tan ambiciosa como seductora, un director artístico cínico y manipulador, una estrella en el ocaso y una madre dominante, los ingredientes para una mezcla explosiva están servidos. El director Darren Aronofsky maneja hábilmente a los personajes de este drama, a pesar de las flaquezas de un guión demasiado obvio. Se apoya en una destacada tarea de Natalie Portman (poco importa la polémica desatada alrededor de sus verdaderas condiciones como bailarina clásica) y del resto del elenco. Pero cuando la obsesión de la protagonista con las características del personaje que tiene que interpretar la llevan al borde de la locura, el libreto pierde en consistencia lo que gana en ampulosidad y grandilocuencia.

    A Aronofsky (recuérdese "El luchador") le interesan los personajes que le ponen literalmente el cuerpo a su pasión; tal el caso de Nina, quien además debe lidiar con una conflictiva relación con su madre (también bailarina, que dejó la profesión para criarla). Las cosas terminan de complicarse cuando la dualidad que la protagonista debe mostrar en escena invade su vida privada, y la llevan a confundir la realidad con las imágenes que se generan en su afiebrada mente.

    La película entretiene y los aspectos visuales están muy bien resueltos, con interesantes imágenes logradas por cámaras mezcladas entre los propios bailarines en escena; pero no alcanza la densidad necesaria como para ser algo más que otro filme sobre el mundo del ballet.
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  • Desconocido
    Desconocido
    La Gaceta
    La identidad en crisis

    El director catalán Jaume Collet-Serra encuentra los mejores momentos de su película en la angustiosa situación en la que coloca a su protagonista: está en un país extraño, nadie lo reconoce, no le creen cuando afirma ser quien es y él mismo empieza a dudar de su cordura. Su esposa, lejos de aclarar las cosas, no sólo lo desconoce sino que está acompañada por otra persona, a la que presenta como su verdadero marido. Las cosas se complican cuando comienza a ser perseguido, y entonces queda bastante claro que lo que pretenden quienes lo acechan es eliminarlo. Promediando el filme, el tono se vuelca claramente hacia la acción y entonces, la película se vuelve un tanto más previsible y rutinaria, pero sin perder atractivo ni tensión dramática en el relato. El realizador apela a partir de ese momento a espectaculares escenas de persecuciones, choques y explosiones que, por cierto, están técnicamente muy bien realizadas. Queda claro que el director eligió relegar el dilema existencial del protagonista en beneficio de una trama más dinámica y convencional, con el acento puesto en la intriga y el suspenso.

    La trama es sólida, y el espectador va recibiendo información al mismo tiempo que el propio protagonista. Es cierto que algunos giros de la trama suenan inverosímiles, pero no lo es menos que esta es una característica de este tipo de realizaciones. También debe apuntarse que el desenlace explica y justifica muchas aparentes arbitrariedades de la narración, con lo que quedan firmes algunos cabos sueltos del relato; de esta manera, el director consigue redondear una propuesta ágil que, sin dudas, resultará atractiva para un gran número de espectadores.

    Liam Neeson cubre con su habitual eficacia el rol central; su interpretación resulta convincente, y está bien secundado por January Jones, Aidan Quinn y Diane Kruger. Las apariciones de Bruno Ganz y de Frank Langella sirven para confirmar una vez más la enorme calidad de los veteranos intérpretes.
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  • Lazos de sangre
    Sola contra el mundo

    Menos de un minuto de proyección le bastan a la directora Debra Granik para pintar con precisión el sórdido ambiente por el que va a transitar su heroína. Esa miserable casa en una desvencijada granja de Missouri, en cuyo patio juegan con lo que tienen a mano los hermanitos de la protagonista, sólo puede cobijar una historia oscura y triste. Lo que sigue justifica plenamente esa primera impresión, y deja en claro que a la hora de narrar, la directora cuenta con recursos más que satisfactorios. Granik imprime un ritmo deliberadamente lento a su película, pero administra el relato con gran sensibilidad, de manera que captura la atención del espectador desde el comienzo hasta el fin. Y lo hace sin apelar a persecuciones espectaculares ni a efectos especiales sorprendentes; la tensión de la narración transcurre por otros carriles, y termina por configurar una suerte de thriller de gran dramatismo.

    Ree (una admirable composición de Jennifer Lawrence, candidata al Oscar) comienza un desesperante (y desesperanzado) viaje por una comunidad cerrada y hostil, que se vuelve impenetrable cuando la jovencita revela que está buscando a su padre. Con distintos niveles de violencia (generalmente ejercida por mujeres tanto o más duras y despiadadas que sus maridos) le advierten que es mejor no preguntar demasiado, porque sería muy peligroso para ella obtener alguna respuesta acerca del paradero de su padre.

    Pero el verdadero valor de la propuesta no reside en descubrir por qué esa revelación puede ser peligrosa para Ree, sino en la posibilidad de asistir a la evolución de la protagonista a lo largo de su odisea. La presencia del tío de la chica (notable trabajo de John Hawkes, también postulado a una estatuilla) será decisiva en ese doloroso trance. Los otros protagonistas del filme son la ambientación, de notable realismo, y la fotografía, capaz de transmitir a través de imágenes cautivadoras toda la crudeza y la hostilidad de un paisaje helado y extrañamente bello.
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  • Cazador de demonios: Solomon Kane
    El Bien contra el Mal, en medio del barro

    La acción transcurre en la Gran Bretaña lluviosa y enlodada del 1.600. En ese entorno inhóspito y brutal se desarrolla la vida del protagonista a quien, luego de ser mostrado en toda su capacidad guerrera en las primeras escenas, se lo ve decidido a impregnar su vida de paz y de virtudes. Sin embargo, las fuerzas del mal lo empujan a volver a convertirse en una máquina de matar, en este caso, animado por un objetivo noble y elevado. Como puede verse, no hay en la historia elementos novedosos; tampoco los hay en el tratamiento visual, ya que abundan las escenas de acción en las que vuelan por toda la pantalla pedazos de cuerpos mutilados y brotan chorros de sangre que, a veces, hasta salpican a la cámara. El capitán Solomon Kane (un héroe de historieta creado por Robert E. Howard, autor de "Conan") quiere olvidar su oscuro pasado y ha jurado no volver a matar a nadie, pero tendrá que vérselas con criaturas malignas y, de paso, resolver el drama familiar que perturba sus sueños.

    El director y guionista Michael Bassett resuelve la historia por carriles convencionales, si bien hay que señalar que logra mantener el interés por la narración y que las escenas de acción están técnicamente muy bien logradas. Los efectos especiales, fundamentalmente referidos a la aparición de las criaturas diabólicas, lucen visualmente muy efectivos. El apoyo musical resulta, en cambio, demasiado obvio y grandilocuente, y el abuso de gruñidos, aullidos y choques de aceros ensucia por momentos la banda sonora.

    En cuanto a las actuaciones, resulta demasiado convencional la interpretación del protagonista James Purefoy; sus previsibles recursos dramáticos contrastan con la solvencia que siguen mostrando (aún en breves intervenciones) los veteranos Max von Sydow y Pete Postlethwaite (aquel que conmovió a todos los espectadores en "En el nombre del padre"). Sin embargo, la película propone una cuota de genuino entretenimiento si lo que se busca es pasar el rato en la sala de un cine.
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  • Agora
    Agora
    La Gaceta
    La batalla entre la fe y la razón

    Puede resultarle raro al espectador encontrar un debate de ideas dentro de una película que parece lo que hace algunas décadas se identificaba como "una de romanos". A pesar de que el director Alejandro Amenábar ("Los otros", "Mar adentro") se preocupa por deslumbrar al espectador con una reconstrucción de época impresionante y de cuidar la realización de las escenas de acción, lo más interesante de esta película está en el conflicto entre la razón y la fe religiosa. El filme se centra en el personaje de Hipatia, una mujer que concreta una verdadera revolución en su época al discutir temas filosóficos de igual a igual con sus colegas y sus estudiantes, todos varones. Preocupada por desentrañar el secreto del movimiento y la trayectoria de los cuerpos celestes, esta astrónoma y matemática no advierte que el fanatismo religioso que la rodea va tomando un cariz violento, al punto que los enfrentamientos entre paganos, cristianos y judíos pronto dejan de ser verbales y comienzan a dirimirse a piedrazos. Hipatia, amada por dos de sus discípulos y también por uno de sus esclavos, sólo tiene tiempo para sus estudios, que lleva a cabo en la legendaria biblioteca de Alejandría; le tocará verla devastada y reducida a cenizas por la acción de una horda vociferante que no deja nada en pie.

    La bella Rachel Weisz da el tono justo a su personaje, y alcanza un equilibrio que no logra el resto de elenco (con la excepción de Michael Lonsdale, el padre de la protagonista) a la hora de darle consistencia a los discursos conceptuales que abundan en el guión. Amenábar alterna las escenas en las que los personajes confrontan ideas con cuadros de acción enmarcados en una soberbia ambientación; logra de esa manera redondear una propuesta atractiva, con buen ritmo narrativo y gran despliegue visual que, además, deja bastante material para el debate posterior. Es que la lucha entre quienes no pueden dudar de lo que creen y los que dudan metódicamente para poder avanzar en el conocimiento es tan vieja como el mundo.
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    Red social
    La Gaceta
    Quiero tener un millón de amigos

    David Fincher es un excelente narrador, y su filmografía certifica sobradamente esta afirmación a través de títulos como "Pecados capitales", "El club de la pelea" o "Zodíaco". En esta oportunidad, le saca el jugo a un brillante guión de Aaron Sorkin para contar la historia de Mark Zuckerberg, el inventor de la red social Facebook, hoy convertido en uno de los más jóvenes multimillonarios del mundo. El mayor acierto del director y del guionista consiste en centrar el relato en el contraste entre la increíble habilidad del protagonista para idear y desarrollar los elementos de una red social orientada a facilitar el contacto entre personas y sus limitaciones a la hora de mantener relaciones "cara a cara", tanto con su novia como con sus amigos. Precisamente a partir de un desengaño amoroso es que el joven "nerd" idea una suerte de concurso on line para someter al juicio público la belleza de sus compañeras de la universidad. Y de esa travesura informática (que logra la instantánea atención de miles de jóvenes) surge la idea de Facebook, que luego será el centro de una disputa judicial acerca de la paternidad del invento. Fincher va y viene en el tiempo del relato, desde las agotadoras sesiones entre los abogados que intentan dirimir los pleitos a las tensas jornadas en las que va tomando forma la idea de la red social; claro que, a medida que la idea se transforma en un fenomenal negocio (al menos, virtualmente), las relaciones humanas entre los protagonistas se resquebrajan irremediablemente.

    Jesse Eisenberg encarna a Zuckerberg y logra, con gestos mínimos y muy precisos, transmitir los sentimientos encontrados que agitan permanentemente al joven. También es destacable la labor actoral de Andrew Garfield en la piel de Eduardo Saverin, el primer socio de Zuckerberg, cuya amistad termina hecha añicos por la tormenta de intereses que se desata a causa del crecimiento de Facebook.

    Seguramente, Fincher no conoce a Alejandro Dolina. Pero parece haber hecho suya (sobre todo en el desenlace del filme) aquella original sentencia del escritor porteño: "al final, todo lo que hacemos los hombres es para levantar minas".
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  • El ocaso de un asesino
    El crimen, definitivamente, no paga

    Cuando se lee el resumen argumental de este filme, no parece haber nada nuevo en la propuesta; un "killer" que espera oculto en un paraíso rural entra en crisis a través de la percepción de que existe un mundo alejado de la muerte, las traiciones, las sospechas y la violencia. Sin embargo, el realizador Anton Corbijn se las arregla para entregar una película interesante, basada fundamentalmente en la descripción minuciosa del protagonista. Esa tarea tiene un pilar fundamental en la sobria y convincente personificación que logra George Clooney. Con una elogiable economía de gestos, el actor consigue transmitir perfectamente los estados de ánimo de su atormentado personaje y la intensidad de su actuación alcanza su climax en la secuencia del desenlace.

    Corbijn también hace lo suyo; es la primera vez que este realizador abandona el tema de la música en su producción (hizo, entre otras cosas, clips para las bandas Nirvana y U2), y demuestra con este filme una gran solvencia a la hora de manejar climas densos y de mantener el interés del público sin apelar a escenas espectaculares y estallidos de violencia. Los tiroteos y los cuerpos ensangrentados están sabiamente dosificados para balancear los momentos de introspección de los personajes. Este puede parecer un "thriller" atípico por la morosidad de algunas escenas (la construcción del arma que le encargan al protagonista, por ejemplo), pero no cabe duda de que el realizador eligió deliberadamente un estilo narrativo lento, "a la europea", y no una vertiginosa sucesión de persecuciones con tiros, explosiones y vehículos en llamas.

    La película muestra, además, buenos momentos de la fotografía, favorecida por los bellísimos escenarios naturales de la región de los Abruzzos, en el centro de Italia. Y aunque el guión resuelva suscribir (una vez más) a aquella máxima hollywoodense de que "el crimen no paga", la película redondea una interesante propuesta a través de la pintura de los tipos humanos que intervienen en la trama.
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  • Wall street 2 - El dinero nunca duerme
    Gekko y las burbujas financieras

    En el primer encuentro que mantienen los "brokers" Jake Moore (Shia LaBeouf) y Bretton James (Josh Brolin), el más joven le pregunta al otro cuál es la cifra por la cual aceptaría retirarse de los negocios. "Más", le contesta casi en un susurro pero con absoluta convicción. Es una de las claves de la película: Oliver Stone, un realizador con la dosis de progresismo más alta que Hollywood es capaz de tolerar, quiere continuar la pintura de los personajes que habitan en la legendaria Wall Street que empezó hace 23 años. Retoma la historia de Gordon Gekko, que estuvo ocho años en prisión y que no puede resistirse a la tentación de volver a los negocios. Michael Douglas encarna nuevamente con solvencia y naturalidad al despiadado "tiburón" de las finanzas que, en esta oportunidad, predice el caos de los mercados que se produce por el estallido de las "burbujas" financieras. Aunque Gekko parece empeñado en recuperar el afecto perdido de su hija (que, vaya paradoja, no quiere oír hablar de su padre pero se enamoró de un joven "broker"), no parece haber perdido del todo las mañas que lo llevaron a la cárcel. Aprovecha su vasta experiencia para volver al mundo que lo fascina y, de paso, para tomar venganza sobre algunos colegas que ayudaron a precipitarlo al abismo.

    Stone (que aparece en pantalla un par de veces, a lo Hitchcock) redondea una narración interesante, con atractivos toques visuales y algunas excelentes tomas del ambiente neoyorquino; los protagonistas le responden adecuadamente, y agrega la intervención de "monstruos" como Frank Langella, Susan Sarandon o Eli Wallach, que les sacan todo el jugo posible a sus breves intervenciones. La pintura del ambiente frenético de Wall Street es excelente, aunque por ratos el guión se vuelva previsible. En poco más de dos horas, el director logra el objetivo de mostrar cómo unas cuantas personas manejan el destino de billones de dólares, y la ruina de millones de habitantes de todo el planeta.
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