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Imagen del crítico Iván Steinhardt
Iván Steinhardt
  • Cantidad de críticas: 149
  • Promedio: 54%
  • Críticas favorables: 90/149 (60%)
  • Críticas desfavorables: 59/149 (40%)
  • Diferencia absoluta: 11%
  • Email de contacto: No disponible
  • Medios donde critica: A Sala Llena, El rincón del cinéfilo
  • Un suceso felíz
    Un suceso felíz
    A Sala Llena
    Si en Amor de Familia (2008) Remi Bezacon nos mostraba momentos importantes y significativos en el transcurrir de los lazos y afectos de una familia, en Un Suceso Felíz se ocupa de narrar la construcción de la misma con una mirada jóven, fresca e inevitablemente tonal. El texto cinematográfico va de colores vivos a grises a medida que Bárbara (Louis Bourgoin) y Nicolas (Pio Marmai) se conocen y forman pareja con proyecto de vida incluido. La gran performance de ambos actores mas la acertadísima fotografía y música hacen que los conflictos de ambos se transformen en historias y la buena mano del director hace que un guión casi sin conflicto derive en que la película toda es el conflicto per sé. Vivir la vida con sus frutos y consecuencias.
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  • Cuando los chanchos vuelen
    Hablando del absurdo, la película Cuando los chanchos Vuelen de Sylvain Estibal propone una historia que parte de una negación en común entre judíos y palestinos (un cerdo que aparece en circunstancias poco ortodoxas) y que va proponiendo un mensaje de paz estableciendo en el animal prohibido para ambas religiones como el nexo que termina uniéndolos...
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  • Los actos cotidianos
    Distinto de Luján es el doble mosaico que Raúl Perrone ofrece con Los actos cotidianos y Al final la vida sigue igual. Es cierto, también aquí tenemos acciones que se suceden en esa pequeña aldea (Ituzaingo) con la que el artista pinta el mundo; también se despoja de actores profesionales para contar la vida diaria y, de paso –cañazo-, agudiza su poder de observación desde el estado prácticamente natural de su cámara, los registros realistas de las actuaciones de sus criaturas y la cotidianeidad de las situaciones por las que pasan.

    La cámara de Perrone, además, rara vez toma la gente de frente; la mayoría del tiempo están de perfil o se le ven tres cuartos de cara. Hay también en su trilogía una idea de mostrar a los ciudadanos mientras desnudan la condición en la que viven a través de su hacer y su decir. El director lo hace sin echar culpas y sin tomar partido por ninguna ideología o partido. Y, sin embargo, este posiblemente sea el tríptico con más contenido político en mucho tiempo.

    Después de todo, esta trilogía reflexiona permanentemente sobre la calidad de vida, la educación, el poder adquisitivo, las oportunidades y la vida digna, todo enmarcado en un contexto en el que la vida ideal parece estar en un lugar muy lejano.

    Esto queda plasmado en la película en varias charlas y en el zapping televisivo. Por ejemplo, hay un momento en el que se muestra a una señora en plano americano, parada en una pieza con paredes agrietadas. La mujer está despintada, las conexiones eléctricas se notan precarias y hay humedad en el techo. Mira la tele y, visiblemente interesada y consternada, ve cómo los hijos de Michael Jackson -fallecido hace horas- van a estar bien con todos los millones de dólares que van a heredar.

    Este tipo de humor nacido desde una profunda observación impregna a ambos largometrajes del agridulce sabor de la realidad. Así es como en casi todos los personajes de estas películas veremos, al mismo tiempo, resignación y esperanza.

    Mientras que Luján se centra en una generación a la que podríamos llamar de la tercera edad, Los actos cotidianos se detiene en la vida de una pareja joven (de unos veintitantos), cuya situación económica es muy complicada para ambos -para la hija de ella y el hijo de él-. El nexo hacia Al final la vida sigue igual será la madre de ella, que adquirirá en esta última otro tipo de protagonismo.

    Las tres películas pueden vivir una sin la otra, pero claramente es mucho más interesante transitar el recorrido del tríptico con la paciencia que se requiere al entrar en un museo. Eso y la contemplación son los secretos para que cualquier espectador dé de sí mismo lo necesario para disfrutar del arte y sus propuestas.
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  • Essential Killing
    Essential Killing
    El rincón del cinéfilo
    Sin contar “Cuatro noches con Anna” (2008), Jerzy Skolimowski había estado más de 15 años sin filmar como realizador, aunque sí actuó en varias producciones. Recuerdo un corto papel en “Promesas del este” (2007). El polaco se despachó en 2010 con “Essential killing” que recién se estrena ahora entre nosotros y que, como su nombre lo indica, habla de lo esencial, lo indispensable, lo básico.

    Lo hace desde un no-comienzo, o sea que las primeras imágenes muestran a un talibán (Vincent Gallo) de quién sabremos dos cosas (y sólo dos) a lo largo de la narración,: que tiene miedo y que escapa desesperadamente. El por qué importa poco (pero importa), y el cómo es la fuerte soga sobre la que se sostiene la acción dramática, gracias también a la superlativa entrega física y emocional del actor protagónico.

    Toma aérea desde un helicóptero (perseguidor) de un hombre que corre. Corre hasta el más tremendo de los cansancios por un rocoso y desértico valle hasta llegar a una cueva. Allí tomará una bazooka y volará en pedazos a tres estadounidenses, uno de los cuales es militar. Es apresado y llevado del desierto a la fría Polonia para seguir siendo "interrogado" (espero se entienda el eufemismo), pero lograr escapa hacia otra geografía, y a la vez a ninguna parte.

    Todo lo que sucede tiende, cada vez con más creces, a revelar la verdadera intención del realizador: mostrar a un hombre que, a medida que transcurre la huída, va despojándose de todo signo de civilización hasta transformarse en una bestia acorralada por el miedo y por ende peligrosa para él y para los demás.

    El espectador acompaña este proceso lógico hacia el salvajismo, principalmente porque el director conoce muy bien a quién está retratando. No hay una sola escena en donde la acción pierda credibilidad o no esté justificada. Los procesos por los que el talibán atraviesa van colaborando con su dolor físico y psíquico en donde la adrenalina juega un papel fundamental.

    Jerzy Skolimowski, que alguna vez trabajó con Andrej Wajda, propone un relato en el cual ni siquiera busca una relación empática entre el espectador y el protagonista. Vincent Gallo asume un personaje ideal para desplegar entrega física pocas veces vista en el cine. Cuerpo y mente al servicio de un personaje sufrido e inagotable. “Essential Killing” trata sobre el hombre y su circunstancia. Una carrera sin principio ni fin, pues lo que importa es el recorrido.
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  • Battleship: Batalla naval
    Battleship: Batalla naval
    El rincón del cinéfilo
    Puede que sea una triste coincidencia, pero el año pasado, a esta misma altura más o menos (en realidad alrededor de marzo), tuve que escribir sobre una pésima película llamada “Invasión del mundo: Batalla Los Angeles”.

    En ella daba cuenta de cómo un argumento básico sobre extraterrestres que nos odian se transforma en un folleto para alistarse en el ejercito estounidense, por lo lindo que es ir por ahí instalando su modo de vida bajo el eslogan de “somos lo más grande que hay”. Un mero disfraz.

    Un año después heme aquí frente al teclado dudando ¿Se darán cuenta si transcribo el mismo texto cambiando actores, director y título? Es tentador, por la cantidad de tiempo que me ahorraría, pero no. Debo ser honesto.

    “Battleship: Batalla naval” está basada en un videojuego que, a su vez, está inspirado en el clásico con papel y lapicera (esto dicho en términos de la cantidad de tiros de una nave a otra que se despliegan en la cinta). Básicamente son extraterrestres pendencieros de un planeta muy parecido al nuestro, al que la NASA envía señales mediante un súper satélite. Se ve que la reciben nomás, porque en seguida aparece una cantidad de naves que surcan el espacio hacia acá con varios de “ellos”. Por suerte hay un poquito más de diseño esta vez, y en lugar de ser cuatro kilos de bofe con fierros incrustados, como en la anterior producción, son la “versión full” del dorado robot C3PO de Star Wars.

    De todos modos, estaría genial que los guionistas Erich y Jon Hoeber nos explicaran para qué catzo vienen esta vez. Pero eso no ocurrirá, con lo cual habremos de colegir que simplemente han llegado para romper cosas, en especial barcos. Habrá varias escenas larguísimas de acorazados estadounidenses apuntando a las naves de estos seres cuya inteligencia superior está por verse, ya que pudiendo volar para arrojar todo el arsenal que llevan deciden igual quedarse a distancia para dirimir la cuestión a bombazo limpio. Total, cuando la cosa quema, porque los terrestres se niegan a ser sometidos, tienen un arma secreta: Nos tiran con rulemanes. ¡Sí señor, como lo lee! Rulemanes que dan vueltas y ofician como taladros histéricos que destrozan todo.

    ¡Ah! ¡Cierto! Los terrestres…

    Perdón por no haberlos mencionado hasta ahora; pero como el director se las arregla para que a nadie le importe lo que les pasa decidí empezar por aquello que resulta más atractivo, o sea el diseño de producción, algunas tomas aéreas muy interesantes y el aporte del resto de los rubros técnicos.

    Alex (Taylor Kitsch) es un vago, bueno para nada, que comete idioteces como el tratar de conseguirle un snack a una rubia preciosa (Brooklyn Decker). Para ello el hombre destrozará un autoservicio que recién cerró, mientras suena la música de la Pantera Rosa de Henry Mancini, en una de las peores escenas jamás filmadas en Hollywood. Si es por esa estadística Ed Wood ya puede descansar en paz en su flamante anteúltimo lugar (por favor no empecemos con el esnobismo de que Ed Wood en esta época parece un genio incomprendido).

    El hermano mayor (Alexander Skarsgård) lo quiere encauzar para que demuestre que es un hombre y que pude hacer grandes cosas por su país.

    Nunca el director Peter Berg se decidió por la parodia o por la acción en serio, razón suficiente para que el público se confunda y no sepa como reaccionar ante tanta ridiculez. También aparecen la hermosa Rihanna haciendo de soldado que, por su tamaño, parece la versión femenina de un “temerario” (¿se acuerda el juguete?), y Liam Neeson, el hombre que ya cuenta con mi envidia incondicional por la cantidad de ceros en su cheque.

    Así como sucede con “Transformers” (2007), las secuencias de acción son tan largas que por momentos hacen olvidar por qué estamos peleando contra los bichos. Mientras tanto, es justo advertir a aquellos espectadores (aún los amantes de la acción por la acción misma) que no soportan ser encandilados con la bandera yanqui y el resto de los emblemas cada diez minutos, que Batalla naval tiene un montón de eso y mucho más (sobre todo hacia el final).

    Para aquellos a quienes estas cuestiones aquí planteadas no les importa nada de nada, pueden ir tranquilos total; a los productores, director y guionistas tampoco.
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  • Comando especial
    Comando especial
    El rincón del cinéfilo
    Yo pensaba que la fórmula de comedia con parejas desparejas no estaba agotada, pero evidentemente me perdí algo. Y como ya he dicho en este sitio, y en otros medios, me resisto a usar los términos “clisés” y “lugares comunes” para definir una obra, esto parece más difícil de lo que debería.

    Simplemente uno se pregunta si la escritura de un guión y su posterior realización, como la de “Comando especial”, obedece a una suerte de fabricación en masa, o si efectivamente se trata de una elección a partir de que en alguna reunión creativa ocurren diálogos como por ejemplo:

    Ejecutivo 1: -¡Ey, Tengo una idea! ¿Que tal una comedia con acción sobre dos policías con características contrapuestas?

    Ejecutivo 2: -¡Que buena idea! Quizás uno de ellos podría ser pedante y engreído, en tanto el otro gordito y tímido.

    Ejecutivo 1: ¡Claro!! Y después le damos vuelta la cosa, y todos aprenden una gran lección.

    Ejecutivo 3: -¿Que tal si agregamos como villanos a algunos motoqueros?

    Ejecutivo 1: -¡Si! Y que el jefe de los canas es cascarrbia y los insulta todo el tiempo...

    En fin, creo que se entiende el punto ¿no?

    Nobleza obliga, esta producción se basa en la serie de TV de los '80 que acá jamás se conoció. En este sentido le doy la derecha a USA y quizás allá funcione. Pero esto es cine, no televisión.

    El problema ni siquiera pasa por aplicar fórmulas ya vistas desde Abbott y Costello a esta parte. La cosa pasa por un mínimo respeto a la figura "guión cinematográfico" que, por definición, debe contar algo, y si ese algo es con personajes ayudar a construirlos. Construir su mundo, sus objetivos, personalidades, etc, sin olvidar el conflicto.

    En este caso la intención parece ser paródica, empero el diccionario indica que una parodia es una imitación burlesca. De esa imitación nace el humor superficial cuyo mejor sustento y efecto cómico reside en el poder de observación. Un ejemplo a mano sería casi todo lo que Michel Fox hace y dice en “Volver al futuro III” (1993) sobre Clint Eastwood y su personaje de la trilogía del "sin nombre", de Sergio Leone. Luego, si alguien hiciera lo mismo con Michael Fox en otra película, estaríamos ante una parodia de parodia que es como el helado caliente, pues en el camino se perdería (a priori) el poder de observación sobre aquello que originariamente era el personaje a "burlar".

    Por ejemplo toda la saga de “Scary Movie” (4 títulos entre 2000 y 2006), más que observar en detalle las películas que son objeto de burla parecen ser obras que sientan su base en cualquier película del trío Zucker-Abrahams-Zucker (“Y...¿donde está el piloto?”, 1981; “Súper secreto”,1984; o “La pistola desnuda”, 1989)), sólo para copiar la forma.

    En este contexto es donde, probablemente sin darse cuenta, se escribió “Comando especial”, por eso aquellos espectadores que buscan humor y acción obtienen muy poco de lo uno y de lo otro. Para peor, los fanáticos de la serie en la que se basa saldrán, en el mejor de los casos, haciéndose algunas preguntas.

    Hay un gag, chiste (no estoy seguro de ninguno de los dos términos) que funciona como advertencia. Luego de que Schmidt (Jonah Hill (¿qué le pasó entre “El juego de la fortuna”, de 2011, a esto?) y Jenko (Channing Tatum) deciden hacerse policías (uno por despecho, el otro porque no pudo ir al baile de graduación ¿?), su jefe los convoca a su oficina por haber roto todos los códigos posibles en un simple arresto (extraño que Ice Cube se haya prestado a estereotipar su ya estereotipada etnia en Hollywood con este tipo de producciones).

    Sigo.

    El jefe les advierte que va a poner en práctica un viejo programa de los ‘80 que consiste en trasladarlos a una división llamada “21 Jump Street”, que recluta a agentes que todavía conservan su fisonomía de adolescentes, para infiltrarlos en una escuela y buscar a la gente que distribuye una nueva droga que pone "de la gorra" a los estudiantes. “De la gorra” es una manera de decir. En realidad no tiene mucho más efecto que un porro con el agregado de insultar mucho como si se tuviera el síndrome de Tourette y eventualmente romper algún jarrón o sacarle la lengua a alguien.

    El resto de la realización será aceptarlo a regañadientes y ver cómo los directores (sí, tiene dos) Phil Lord y Jerry Miller van diluyendo la propuesta inicial hasta lograr que ambos amigos tengan el mismo grado de discernimiento e inteligencia, que no es muy alto por cierto. Si no, ¿por qué luego de un montaje en donde el pibe cool y el gordito nerd aprenden lo mejor el uno del otro, el primero sigue tan burro como antes y el segundo agarra una pistola como si fuera una oblea de chocolate?

    Así y todo, el momento gracioso es cuando estos dos prueban la droga en cuestión y sus efectos. Como si los directores les hubieran dicho “hagan lo que quieran”, mientras filma todo y compagina. Quizás el backstage de la edición en DVD tenga bastante de esto y sea lo mejor. De todos modos está más cerca de “Jackass” (seie de TV, 2000/2002) que de la comedia.

    La idea de lograr una película con una mirada vintage a los ‘80 no llega a buen puerto porque en lugar de tomar los detalles característicos para leerlos hoy con humor (incluso basándose en la serie de aquellos años).

    “Comando especial” termina siendo una película que podría haber formado parte del catálogo de esa época, y aún en ella no hubiera sido de las mejores. Es cierto, el público se renueva, de modo que mayores de 30 años quizás quieran pensar en otras opciones.
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  • 75 habitantes, 20 casas, 300 vacas
    75 habitantes, 20 casas, 300 vacas
    El rincón del cinéfilo
    Una historia de vida expresada a través de imágenes muy sentidas

    Nicolás Rubió observa fijamente algo. Su mirada está queriendo penetrar aquello que mira con tanto detenimiento, como si quisiera descifrar el enigma de la memoria. El crayón choca y traza, una y otra vez. Es en su sonido donde se escucha la inspiración creativa del hombre de ojos cansinos y mirada profunda.

    Nicolás Rubió habla. Nos cuenta... y cuando comienza su relato su arte pictórico cobra vida. Se mueve, fluye y vuelve a acomodarse dentro del marco. El artista no está explicando sus cuadros, nos cuenta cuentos como si fuera un abuelo solitario y deseoso de expresar la riqueza de sus conocimientos y su vida. Mientras tanto, las imágenes de su obra se integran como texto cinematográfico y conforman una pieza única. Como una sinécdoque de su vida.

    La Guerra Civil Española, la familia y una suerte de exilio a Vielles, un pueblito de “75 habitantes, 20 casas y 300 vacas”. El cartero, un arriero, su amiguito Claudio, el cura... La voz del artista destila una experiencia hipnótica. Escucharlo es irresistible. ¿Por qué todo esto? ¿Por qué este deseo de contar y mostrar su vida y sus cuadros análogamente a un museo narrado?

    Por inquietud, por búsqueda. Para componer una nueva pintura Rubió trata de recordar su casa de la infancia desde su atelier en Buenos Aires, y con ello el Fernando Domínguez propone escuchar el recuerdo y sonorizar la memoria. Pájaros, vacas, caballos, guerra, la infancia y, por qué no, el mundo pintado a través de una aldea.

    Domínguez realizó una preciosa obra cinematográfica. Propone imágenes lúdicas con la vida y el arte. Subjetivamente sugiere pestañeos con el fade y una mixtura de sueño y realidad tan emotiva como intrigante, acompañada de la extraordinaria música de Pablo Grinjot; un diseño de sonido meticuloso fundamental y trascendente de Javier Farina, y el talento de Natalia de la Vega que no es sólo la fotografía; sino los encuadres mucho más sentidos con el corazón que con el intelecto..

    “75 habitantes, 20 casas y 300 vacas” supera el concepto de un documental. Presentarlo como tal, termina por encasillarlo más que por definirlo. Es una historia de vida expresada a través de imágenes muy sentidas y un profundo respeto por lo que representan las generaciones anteriores y su influencia sobre nuestro presente. Inolvidable.
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  • Luján
    Luján
    A Sala Llena
    En los distintos afiches de este tríptico de Perrone, que comienza con Luján, sigue con Los Actos Cotidianos y finaliza con Al Final la Vida Sigue Igual, hay una suerte de enunciado retórico en el que el director se pregunta: ¿para qué sigo haciendo cine?, pregunta que parece responderse con la respuesta: no sé, pero no puedo evitarlo...
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  • Cuando te encuentre
    Primero, quiero aclarar que no tengo nada en contra de las películas románticas. Me gusta verlas y hasta tengo mis dos o tres preferidas guardadas en la memoria. Lo menciono porque el estreno de Cuando te Encuentre me sirve como disparador para preguntarme lo siguiente: ¿qué sería del género sin la “suerte” a favor de generar encuentros y desencuentros? Por otro lado, el abuso de este recurso ¿vuelve todo inverosímil?...
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  • La separación
    La separación
    A Sala Llena
    Cierto. Quizás un Oscar es un premio grande, pero también lo son los méritos que tiene Una separación. La película de Ashgar Farhadi comienza con una serie de eventos desafortunados que desembocan en una disputa entre una pareja recientemente separada y otra cuya mujer pierde un embarazo.
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  • El útimo Elvis
    El útimo Elvis
    El rincón del cinéfilo
    Así como sucedió con “Vaquero” (2011), de Juan Minujin, la producción que abrió el BAFICI 2012, “El ultimo Elvis”, denotó aspectos interesantes como para creer en las buenas ideas, independientemente del modo en que son llevadas a cabo en términos presupuestarios.

    Carlos (John McInerny) es un empleado de fábrica, separado y con una hija, cuyas horas transcurren de forma tan parsimoniosa como decidida. Lo vemos callado, cansado, y a la vez con una actitud meticulosa. Como si cada acción estuviera cuidadosamente planificada. Poco a poco nos vamos acercando a su personalidad. Si hay algo en su vida funcional a lo que recurre para escapar de una realidad rutinaria y vacía es la música. No sólo escucharla, sino interpretarla.

    Como fanático de Elvis Presley tiene una banda, como un tributo con el que va girando por distintos eventos, bares y otros lugares. También se nos va revelando que su fanatismo lo lleva a mimetizarse cada vez más con su ídolo, al punto de caminar, hablar, y hasta vestirse como él. De todo esto se desprende una subtrama en la que la hija (obviamente se llama Lisa Mary) se halla en proceso de conocer a su padre, y éste, a su vez, la recibe como el golpe que lo devuelve de tanto en tanto a la realidad.

    El hallazgo del director con su protagonista es haber encontrado a alguien que responde a las necesidades del guión. John McInerny no es actor, sin embargo lleva años en el escenario, los suficientes como para entender algunos códigos y subirse cómodamente a la propuesta.

    Armando Bo (nieto de quien formara exitosa pareja cinematográfica con Isabel Sarli) construye una historia en la que se permite jugar a no ser uno en desmedro de querer ser alguien.

    En los rubros técnicos, la dirección de arte se lleva grandes méritos, así como la dirección de fotografía. Ambos crean una relación simbiótica con la cámara logrando una atmósfera de espacios chicos y lúgubres en los interiores de la vida cotidiana de Elvis, o luminosos, hasta oníricos, cuando el protagonista actúa en vivo.

    Como si quisiera mostrar la vida como un circo, y recordar aquello de Charly García de que “cada cual tiene un trip en el bocho, difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo”, Armando Bo rodea la vida de su Elvis cruzándolo con el propio Charly, Iggy Pop, Nina Hagen o Kiss.

    La vida cual universo de estrellas y más abajo, en la tierra, la gente con sus sueños y frustraciones. “El último Elvis” vale como un gran espejo de todo aquello.
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  • Los vengadores
    Los vengadores
    El rincón del cinéfilo
    Los fanáticos de las historietas con satisfacción y agradecimiento

    Se han estrenado una enorme cantidad de producciones basadas en historietas a lo largo de la historia del cine, pero claramente el siglo XXI es el que tiene la gran mayoría de estas adaptaciones. Las suficientes como para establecer un subgénero propio (ya he mencionado varias veces este punto de vista, pero estimo oportuno subrayarlo una vez más).

    Hollywood y Marvel estuvieron preparando en este último lustro el gran happening de superhéroes cuya cita se da en esta primera entrega de “Los Vengadores” (créame, va a haber más). Así, “Hulk” (2008), “Thor” (2011), “Capitán América” (2011) e “Iron Man” (2008 y 2010), cada uno con más o menos similares argumentos, ha logrado dibujar su personalidad, creencia e idiosincrasia, pero sobre todo son películas que han servido como introducción a esta parte del vasto mundo de la Marvel.

    Quitando a los fanáticos de los cómics (que no saldrán para nada defraudados), la pregunta sería si “Los vengadores” es una obra que puede adaptarse a cualquier tipo de público, o sea que pese a tratarse de éste género logra interesar y mantener el verosímil. La respuesta es sí, con creces.

    A diez minutos del comienzo queda todo muy claro. Loki (Tom Hiddleston), el medio hermano de Thor, anda envidioso y codicioso por ahí, haciendo pactos con entes para conquistar La Tierra y gobernarla. La amenaza es tremenda. Una especie de "cubo mágico" con luz celeste conformaría un portal para que entren por atrás ejércitos de seres horribles a meternos el capitalismo y acabar con nuestra democracia occidental, y con todas esas cosas cuya posibilidad de falta es lo que Estados Unidos utiliza como el gran cuco.

    ¿Y quién puede hacer frente ante tamaño poder? Un conjunto de cuatro seres pendencieros; ególatras; auto indulgentes, con poderes tremendos que es mandado a buscar por la gente de S.H.I.E.L.D. al mando de Nick Fury (Samuel L. Jackson). Con sus diferencias todo se ponen al servicio de la causa, del guión y del espectador para ofrecer un entretenimiento genuino, bien realizado y fiel al núcleo principal del cual nació y se alimenta: la historieta. Por eso no puede achacársele inconsistencia o ingenuidad en los diálogos. Lo desafío a que encuentre un vuelo distinto en las versiones de papel.
    Establecido luego de donde vienen y qué pito toca cada uno, la ira de Hulk (Mark Ruffalo), la vanidad de Ironman (Robert Downey Jr.), la nobleza de Capitan América (Chris Evans), y el honor de Thor, serán los rasgos que mejor funcionan cuando confrontan entre sí (la pelea entre Thor y Hulk es de antología), y a la vez le da sentido cuando se juntan a romper en pedazos todo el set el verdadero y el digital, aunque no todo son efectos esta vez (por suerte).

    El guión y la dirección de Joss Whedon (“Serenity”, 2005) usan un elemento crucial para el cine de aventuras y lo usa muy bien: el humor. Está latente en cada frase, pero sobre todo en ese gran actor que es Robert Downey Jr. quien, además de ser coherente con su trabajo en las dos Ironman previas, apuntala con su impronta al resto. Incluso a la viuda negra (Scarlett Johanson) y al Halcón (Jeremy Renner), quienes en realidad son de la partida de la organización. Habrá también lugar para los chistes políticos en medio de todo el tratamiento narrativo.

    Pobre Nueva York. Si su historia se estudiara sólo por el cine, desde 1933 a esta parte sufrió a King Kong (tres veces), a Godzilla (otras tantas), un par de terremotos; inundaciones, epidemias, robots gigantes, terroristas de toda clase y origen, congelamiento; guerras nucleares y, por si esto fuera poco, fantasmas (cazados maravillosamente por el trío Murray, Aykroyd y Ramis); vampiros; zombies, y la ciclotimia de Woody Allen. Es mucho para cualquier ciudad, así que suena lógico que vuelvan a romper Manhattan con gigantescas orugas voladoras y un ejército de bichos en aeromotos peleando contra un tipo enojado de piel verde, un ego maníaco vestido de acero, un ex milico de calzas azules y, sumados a ellos; uno alto, rubio y con un martillo pesado.

    Si me hubieran llevado a los 12 o 13 años a ver esta película habría salido enloquecido del cine, y sino me habría rateado para verla. Así que en aras de recordar viejas sensaciones, voy a buscar algún sobrino y una buena excusa para faltar al laburo. Esta vez vale la pena. “Los vengadores” es pura aventura.
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  • El mal del sauce
    El mal del sauce
    A Sala Llena
    El Mal del Sauce es la decimonovena ficción estrenada en 2012 en nuestro circuito local. A decir verdad las ideas y sus intentos por lograrlas es lo que se vislumbra pasado un tiempo importante de proyección. El resultado final tiene puntos débiles que atentaron, no contra el verosímil; sino contra mi predisposición a comprar la propuesta. Dichos puntos débiles son el montaje, estirando la duración de planos que piden a gritos un corte y el trabajo de dirección de actores para con el chico.
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  • 3 Millones
    3 Millones
    A Sala Llena
    Hay un factor fundamental que se debe tener en cuenta a la hora de ver 3 Millones. Es una película sobre la participación de Uruguay en el último mundial de fútbol de Sudáfrica. Punto. La temática está instalada y es tan clara que puede sectorizar fácilmente al público. Si a UD no le gusta el balompié no se moleste...
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  • El provocador, primeiro filme en portuñol
    Las primeras imágenes de El Provocador nos llevan a un lugar lejano en kilómetros pero cercano en la nostalgia. Lentamente, un auto sin tiempo (viejo) recorre las callejuelas empedradas de Minas Gerais convocando a la población a participar de la filmación de una película...
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  • Piratas! Una loca aventura
    ¿Vamos a ver una de piratas?

    Sería la propuesta para los chicos (bastante actual gracias a la saga de Piratas del Caribe). Está claro que hay códigos que conforman el lenguaje "pirateano" para que la fórmula funcione. Patas de palo, ron, loros, algún infiltrado, la ley y por supuesto, un tesoro. La última producción de Aardman Animations, responsables de Lo que el agua se llevó (2007), Wallace y Gromit, Pollitos en Fuga (2000) y la muy buena Operación Regalo (2011), toma todos estos elementos y los combina con su particular estilo de Stop Motion. Es cierto que esta vez combinan CGI en todos los escenarios en donde se desarrolla la acción, pero no hace a la cuestión...
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  • American Pie: el reencuentro
    American Pie: el reencuentro
    El rincón del cinéfilo
    Habrá que ver y hablar con el resultado puesto para confirmar lo que ya sabemos: Secuelas de productos como “American Pie” tienen su nicho de espectadores-seguidores, se produce con el presupuesto bajísimo y se recauda un mínimo que justifica el uso del celuloide en términos económicos.

    “American Pie” (1999) es una comedia en la que un grupo de adolescentes se muere por “verle la cara a Dios”, léase: debutar sexualmente. Todos los diálogos, gags, situaciones, etc. giran en torno a ese código. Es importante contrastar los personajes dentro del mismo grupo, en este caso, siempre pasó por jugar a ver quien es más tonto frente a situaciones con chicas que, a su vez, son más “fáciles” que enganchar a Los Simpsons en TELEFE. Excepto para ellos, claro.

    Por eso resulta curioso el hecho de hacer una secuela con protagonistas que siguen igual de lúcidos, pero 13 años más viejos. Es más, uno se pregunta cómo consiguieron casarse. Los chicos vuelven a juntarse para su reunión anual. Charlan como si ninguno de estos encuentros hubieran ocurrido, o ni siquiera haber hablado por teléfono. Pero ahí están. Esperando a que el guionista saque de la galera a alguien que quiere debutar sexualmente, pero si eso no llegara a funcionar siempre tenemos a mano el chiste de uno de ellos elogiando a la madre del otro.

    A esta altura debo decirle que el resultado final es simplemente inherente a la legión de fanáticos de la saga, a quienes seguramente no importará ni la continuidad; ni el guión; ni la coherencia narrativa.

    Es cierto. Dentro de este contexto tiene algunos momentos más o menos logrados, pero que no están aislados de la repetición a ultranza de una fórmula. Hasta las bandas de sonido de cada una se parecen y sirven como plataforma para lanzar el "tema del momento" de alguna banda de moda. Desde la década del ‘80, todas la generaciones tienen su “Porky's” (1982) ¿Por qué iba a ser una excepción el siglo XXI?
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  • Industria Argentina, la fábrica es para los que trabajan
    Es difícil precisar con exactitud cuando el cine o cualquier otra forma de arte ponen su mirada sobre hechos recientes. Por lo general la historia de nuestro país no está exenta de parcialidad y seguramente pasarán algunas generaciones hasta que los hechos y los personajes protagonistas tomen color de yeso o de bronce...
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  • Tupac Amaru. Algo está cambiando
    Quinto documental del año. Últimamente hay de todo en este género que en Argentina ya es funcional a más cosas que el arte de documentar. Plataforma de lanzamiento, oportunismo, etc, etc.. Piense que el año pasado se estrenaron 33 de origen nacional, ya podemos establecer un parámetro y hasta un patrón estratégico ¿verdad?.
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  • El líder
    El líder
    A Sala Llena
    Es notable lo que se puede lograr con una película cuando hay una preocupación real por la construcción de la obra en todos los aspectos. Es probable que cualquier director tenga imágenes en su cabeza antes de encender la cámara. Lo que no es tan común son las imágenes que cuentan algo. Que prefieren pecar de anticipables antes que entregar todo masticado.
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  • Nosotras sin mamá
    Nosotras sin mamá
    El rincón del cinéfilo
    Hay una calificación muy utilizada en los últimos años con la cual no concuerdo: "nuevo cine Argentino".

    Entiendo (quiero creer) que la intención es la de separar, o segmentar, el séptimo arte hecho en nuestro país en términos de análisis histórico. En este punto la mayoría concuerda que “Mundo Grúa” (1999) hace las veces de piedra fundamental del término en cuestión desde aquel año a esta parte. Producción independiente, hecha con dos mangos, muy cerca del cine de autor, etc.

    Todo esto es muy subjetivo, y en todo caso es imposible hablar de etapas del cine sin contextualizar el marco político, social y económico que, en definitiva, es el que termina por influir directamente en cualquier arte, época, y país del mundo. Para colmo, hay muy pocas producciones nacionales por año que obedecerían a parámetros de cine-industria, el resto parece caer dentro de una bolsa de gatos (es una expresión) en la cual conviven Lucrecia Martel y Diego Rafecas, por poner dos ejemplos opuestos cuando se trata de concebir una obra cinematográfica.

    Así, el espectador se confunde espantosamente a la hora de darle una chance a lo nuestro, y a esta altura resulta muy difícil actuar como guía. ¿Cómo orientamos a alguien a quien, por ejemplo, la mayoría de los más de cien estrenos argentinos le pasaron desapercibido por prejuicios propios, escasa distribución y difusión, falta de salas, etc.?

    Todo esto expresado para presentar y tratar de defender desde esta posición a una producción muy interesante como “Nosotras sin mamá”.

    Empecemos por decir que Eugenia Sueiro hace su debut en el largometraje con una obra muy jugada en varios aspectos, a saber: la decisión de rodarla en blanco y negro; la teatralidad de las actuaciones y de los espacios; la poca presencia de la estructura cinematográfica clásica (introducción, desarrollo, culminación, desenlace). Sin embargo, estos factores no impiden disfrutarla. Por el contrario, la realizadora encuentra una manera hábil para transitar un andarivel tan poco común como difícil de abordar a la hora de experimentar en el séptimo arte: generar interés por lo que sucede.

    Teresa (Eugenia Guerty) Amanda (Vanesa Weinmberg) y Ema (Nora Zinski) son tres hermanas que se reúnen en la casa materna luego de la muerte de esta (acá es donde la falta de color le da un marco de luto). La idea (sobre todo de una de ellas) es decidir qué van a hacer con la propiedad, lo que funciona como disparador para que Eugenia Sueiro comience a construir un universo minimalista en el que sus criaturas transitan las relaciones familiares, el "deber ser" afectivo y el conflicto de intereses humanos.

    La dirección de arte, y los objetos, son tan importantes como lo es cada plano en el que alternadamente una de las hermanas (la que plantea la situación) se separa de las otras dos.

    Como dijimos, el gen de la obra es el teatro, pero Sueiro sabe qué elementos utilizar para construir cine de manera tal que, a medida que vamos conociendo a estas mujeres, percibimos que el texto cinematográfico es tan o más importante que los diálogos. No parece haber un sólo plano que no haya sido cuidadosamente pensado, aunque quizá la escena con un cerrajero (en off) suene descontextualizado, pero no hace a la cuestión.

    “Nosotras sin mamá” es una producción cuyo objetivo pasa más por una mirada introspectiva que por definir un desenlace concreto. Está bien así. Después de todo ¿Quién puede darle cierre a la relación entre hermanos?
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  • El príncipe del desierto
    El príncipe del desierto
    El rincón del cinéfilo
    Extraña producción ésta del buen realizador Jean Jaques Annaud, responsable, entre otras, de “El nombre de la rosa” (1986), “El amante” (1991) o “Enemigo al acecho” (2002). Dos clanes árabes se la tienen jurada mutuamente desde tiempo inmemorial. El Sultán Aman (Mark Strong) y el Emir Nasib (Antonio Banderas) son los líderes que a principios de los años ’30, cuando comenzaba la fiebre del petróleo, pelean por un territorio al que de común acuerdo declaran neutral, sellando así la paz entre ellos. Por cuestiones más dadas a entender que explicadas el Sultán le deja (entrega) a sus dos hijo al Emir, con tanta mala suerte para éste que, pasados los años, el mayor muere en la renovación del conflicto entre ambas tribus, y el menor se enamora de la hija de Sultán cuando comienza a oficiar de mediador entre ambos bandos, en el marco en el que representantes de los Estados Unidos llegan a Medio Oriente para descubrir y explotar el codiciado oro negro, como lo indica el título original de la producción..

    El mayor problema de “El Príncipe del desierto” es que sus responsables nunca terminaron de decidir si quieren contar una épica sobre el nacimiento de las guerras en la región, que perduran hasta hoy, o una aventura dentro del mismo marco histórico. La consecuencia natural de la falta de decisión es la confusión del espectador, pues hay diálogos y situaciones muy al borde del ridículo, como algunas instancias de negociación o cuando se encuentra petróleo. La película queda dividida entonces en tres segmentos muy claros. Tres líneas narrativas que jamás llegan a redondearse del todo. Por otro lado está el rigor histórico. Hay una sensación de poca investigación en el caso de que alguien quiera tomársela en serio, justamente porque Annaud propone y luego esquiva el bulto para resolverlo.

    Dicho esto, casi todos los rubros de la obra quedan sujetos a la lupa con que se la mire. Por ejemplo, si la vemos como una de acción épica, el elenco está bastante bien (aunque algunas de las poses de Antonio Banderas parecen una continuación de la campaña de su propio perfume), dentro del marco en el que se mueven. Acaso le falta humor y algo de acción. Sólo la secuencia en la que un grupo de hombres atraviesa el desierto está realmente bien realizada. Música, fotografía, compaginación y dirección de arte se lucen durante esos minutos.

    “El príncipe del desierto” pareciera querer dejar en claro cuál fue la semilla del mal que terminó por desatar el conflicto como lo conocemos hoy, poniendo un personaje casi fantasmal, un texano, al que le interesa mucho la zona en disputa para hacer negocios petroleros. (¿Le suena?). Sucede que esa jugada de discurso queda arruinada por un guión que no es capaz de sostenerlo.

    Ni cine de acción, ni cine político. Un híbrido mitad entretenido, mitad bodrio. Como para comprar pochoclo azucarado... y agregarle sal.
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  • El conspirador
    El conspirador
    A Sala Llena
    Cuando les toca, les toca. Y hay momentos de crisis en la historia de los Estados Unidos en los cuales la industria cinematográfica coincide en producciones (grandes o independientes) que apuntan los cañones a la reivindicación de los valores que los llevaron a ser la primera potencia mundial o que critican el modelo y lo ponen, justamente, como el causante de la crisis. En el primero de los casos, películas como Hugo o El Artista (más allá de sus valores como obras) vuelven a un pasado negro y trágico del que eventualmente se pudieron levantar. Del otro lado está la obra que critica e invita a la reflexión mas profunda. A la cabeza: El Precio de la Codicia.
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  • La sal de la vida
    La sal de la vida
    El rincón del cinéfilo
    Gianni di Gregorio debe ser de los pocos cineastas artesanales que siguen entendiendo al cine como una forma de arte que sirve para contar una historia. Por eso sus películas son "chiquitas", sencillas, sin la pretensión de ser obra maestra, pero con la ambición de ser un retrato fiel de usos, costumbres, comportamientos, idiosincrasias, de un pueblo del cual se siente parte íntima.

    En este caso Gianni (Gianni di Gregorio), personaje que parecería ser una continuación del protagonista de “Un feriado particular” (2010), se encuentra en sus sesenta y pico de años, jubilado prematuramente, vive aparentemente feliz al servicio de las mujeres que lo rodean: su madre (deliciosa Valeria De Fransicsis), su vecina y otras féminas que se cruzan en su camino cotidiano. Las lleva y las trae, les cocina, les saca a pasear el perro, realiza las compras, mientras intenta establecer su relación actual con la realidad y lo que las mujeres representan en su vida y, por qué no, en su libido.

    Con apropiada música y efectiva compaginación “La sal de la vida” propone una comedia agridulce, donde las situaciones se van identificando una a una con el espectador. Como resultado, si bien no llega a “Un feriado particular”, reúne méritos que por la sencillez y fluidez narrativa, la calidez de los personajes y la atmósfera en la cual estos se mueven, se califica como una producción simpática que mantiene latente el tradicional espíritu del buen cine costumbrista italiano.
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  • Furia de titanes 2
    Furia de titanes 2
    El rincón del cinéfilo
    Es difícil establecer en el mainstream del cine de Hollywood de hoy un parámetro lógico que ayude a determinar la razón por la cual la inversión de tiempo, esfuerzo, creatividad, imaginación y dinero, no se traducen en productos correctamente elaborados. ¿Por qué se puede ver la versión original de 1981 de “Furia de Titanes” y sentir que había una mínima preocupación por la elaboración de personajes y conflictos, aún contrastándola con el poderío visual de su remake de 2010?

    La sensación es que los efectos especiales tradicionales, el CGI, y los tremendos efectos de sonido, en lugar de resolver la credibilidad visual de una escena de alguien cayendo al vacío, o de un guerrero trepando el lomo de un monstruo, se han transformado en la atracción principal. La verdad; la ecuación es bastante sencilla: sin ideas no hay guión, y sin guión básicamente no hay cine.

    Es más, tampoco importa el rigor histórico-mitológico. ¿Quién no fantaseó alguna vez con Godzilla enfrentando a King Kong, o con el Hombre Araña peleando contra el Guasón? Entonces ¿por qué no tomar personajes de la mitología para que diriman sus cuestiones a trompada limpia?

    La cosa no pasa por ahí. Stephen Sommers reunió al Dr Jeckill con Drácula, Frankenstein y el Hombre Lobo en una misma película (“Van Helsing”, 2004), sin construcción de personajes ni decisión concreta por tomársela en serio o con humor. O sea, un híbrido.

    En “Furia de titanes 2” es innegable la versatilidad que se ha logrado con los efectos especiales y visuales. Escenas como la de Cronos surgiendo de un volcán, o la del protagonista con el Minotauro son realmente impactantes, pero se justifican por sí mismas y no al servicio de la historia que se narra. Lo mismo sucede con Sam Worthington y todo el plantel de intérpretes, con Liam Neeson y Ralph Fiennes a la cabeza. Es cierto, no tienen con qué trabajar si el guión que les tiran por la cabeza da por sentado que el todo el público conoce a los dioses griegos como a Los Simpsons.

    Ares, Zeus y Poseidón van peleándose por ahí como para que "los devoren los de afuera", o mejor dicho el de afuera, porque Cronos anda con ganas de romper, matar, y todas esas cosas que se hacen cuando uno despierta después de muchos milenios. En el medio, Perseo (Sam Wothington) ya no quiere pelearse sino vivir de la pesca.

    Allí encontramos la idea básica para un diez por ciento de desarrollo. El resto es lo que ya hablamos.

    “Furia de Titanes 2” encontrará su público en aquellos fanáticos del pochoclo y el entretenimiento-espectáculo con un 3D que efectivamente tira rocas y fuego a la platea. Es eso. Nada más.
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  • Tiempos menos modernos
    Con Tiempos Menos Modernos es difícil establecer una relación íntima espectador-obra, sin tener en cuenta todas (o la mayoría) de las posibles lecturas. A su término es válido reflexionar sobre: si es una película simple, pretenciosa (y no llega a cumplir con la pretención) o si ambas cosas se manifiestan con la misma importancia.
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  • La suerte en tus manos
    La historia comienza con un hombre en sus 40 (Jorge Drexler) que decide hacerse una vasectomía en pos de tener libertad sexual que no derive en una posible futura y nueva familia (ya tiene dos hijos). El inesperado encuentro con un viejo amor cambiará en algo sus planes. Burman juega con los actores a solidificar sus personajes mediante la creación de un vínculo notablemente delineado. Hay algo de fresco en Drexler (en su debut actoral) que a la vez remite a los personajes que Daniel Hendler ha compuesto para el mismo director. En este sentido están cortados por la misma tijera con lo cual, la búsqueda de empatía con el espectador está a la orden del día. Hay una relación del personaje con la adicción al juego “controlada” cuya relación con sus acciones es difícil de determinar. De todos modos sigue siendo Burman marca registrada en tanto la mirada sobre la sociedad desde la intimidad de sus criaturas. Rosario y Buenos Aires ofician de polos extremos para contar lo mismo. Grandes ciudades, con gente que les da vida.
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  • Protegiendo al enemigo
    Protegiendo al enemigo
    El rincón del cinéfilo
    ¿Que serán?... ¿1000 películas... 2000? ¿Cuántas son las que proponen el juego del gato y el ratón como factor generador de tensión? No por eso vemos siempre lo mismo, ni está de más hacerlo. La diferencia fundamental residirá en la elaboración del guión.

    Le ofrezco un atajo a la conclusión final. Si usted sólo quiere ver acción por la acción en sí misma “Protegiendo al enemigo” es donde debe apuntar los cañones. Ahora, si además pretende desarrollo de personajes, giros inesperados en la trama, suspenso y tensión dramática a lo mejor está un poco lejos.

    El agente Weston (Ryan Reynolds) está en Ciudad del Cabo a cargo de una "Safe House", término utilizado en el juego de la escondida para denominar a la "piedra", o sea el lugar en donde se está a salvo. Por su lado, el ex-agente, y desertor, Frost (Denzel Washington), temido por su increíble experiencia en el campo de batalla del espionaje y contraespionaje, se entrega a su propia embajada porque dispone de una información que un sector de la CIA no tiene interés en que se haga pública. Claro, es conducido a esta casa para que la propia CIA lo someta a torturas a fin de lograr la confesión plena respecto del secreto en cuestión. Las circunstancias harán que el novato se haga cargo de la situación, a partir de un enfrentamiento donde todos se tirotean. Por supuesto hay alguien en la cúpula de la institución que, evidentemente, tiene mucho para ocultar.

    Como el director Daniel Espinosa no tiene más que lo escrito por David Guggenheim para filmar, así los siguientes 100 minutos serán pura acción sumando la presentación de otros personajes, entre los cuales, naturalmente, se encuentra el traidor. Pero no se preocupe. El propio realizador revelará todo en un primer plano para que usted sólo se moleste en comer pochoclos, total, si llega a quedar pipón y se echa una siestita, el guión y los actores se ocuparán de resumirle toda la trama un par de veces, para demostrar que no discriminan a la gente aburrida con la narración de la que está entretenida con ella.

    El reparto hace todo para que la situación sea creíble. Brendan Gleeson aporta la segunda presencia simultánea en el circuito local, junto al estreno de “El guardia” (2011). Por su parte Denzel Washington está muy cerca del papel que animó en “Día de entrenamiento” (2007). El resto del plantel de intérpretes cumple con el cometido dentro de los códigos para esta temática.

    Ciertamente no faltará lugar para dejar instalado que, como es habitual, el sólo hecho de ser estadounidense habilita para destruirlo todo en cualquier lugar del mundo, lógicmente con la anuencia de las autoridades locales. Eso sí, en lo concerniente a las escenas de acción en “Protegiendo al enemigo” todo está bien filmado, compaginado y correctamente decorado con buen diseño de sonido y efectos visuales.
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  • El guardia
    El guardia
    El rincón del cinéfilo
    Inteligente y entretenido tratamiento del humor en versión irlandesa

    Será una casualidad, pero últimamente estamos viendo producciones en las cuales los actores juegan un papel preponderante. No son un elemento más de la escena, sino el elemento por excelencia al servicio de la narración de la historia. “El artista” (2011); “El precio de la codicia” (2011), “El extraño señor Hobbs” (2007), y el inminente estreno de “Un método peligroso” (2011), son algunos de los ejemplos.

    El caso de la comedia “El guardián”, realizada por John Michael McDonagh, es más que contundente. El sargento Gerry Boyle (Brendan Gleeson) se pinta como un hombre tosco, de pocas pulgas y confrontativo, condiciones que, como mínimo, ofrece matices suficientes como para sentir cierto rechazo. Sin embargo el estado de violencia potencial en donde se mueve el personaje produce una extraña empatía en el espectador, como si percibiera aquello de que "en el fondo es bueno". Gleeson se apoya en estas características para justificar un discurso sin filtros, muy emparentado con el racismo. "Estamos en "fucking" Irlanda" le dirá el sargento al agente del FBI Wendel Everett (Don Cheadle) cuando éste llega a la comarca en busca de unos narcos.

    El guión (del propio director) propone, a partir de entonces, no el típico choque entre culturas; sino entre dos personas con actitudes distintas frente a la vida y a su profesión. Allí la comedia funciona por contrastes, y funciona muy bien, aunque haya unos diez minutos donde tanto la trama como los personajes entran en una meseta que amaga con producir bostezos por repetición.

    La utilización de los primeros planos no parece casual ni mucho menos estereotipada, por el contrario, aportan para contrastar el enfrentamiento al que hablaba antes. Por allí aparece Fionnula Flannagan como la madre del guardia, una actriz que siempre es una delicia de ver.

    Como es habitual en este escenario la fotografía colabora con el clima frío y duro de la región donde casi nunca brilla el sol, también lo logra la música de Calexico, con contados pero cuidados acordes.

    “El guardia” es humor irlandés. Tiene su ritmo, su pausa y su impronta característica. Un factor importante a tener en cuenta por si piensa que va a ver algo al estilo “Locademia de policía” (1984, y sus 6 secuelas). No, en absoluto. Se trata de un producto de más sólida construcción, sutilmente elaborado, que deja como resultado una acabada, inteligente y entretenida expresión de humor cinematográfico
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  • El vagoneta en el mundo del cine
    Es curioso poner la combinación o el amalgamiento de medios como uno de los ejes principales para analizar El Vagoneta. Porque en definitiva, filmar para internet no supone a priori un lenguaje narrativo distinto. La serie "Combinaciones" hecha para la página del diario La Nación no es ni mas ni menos televisiva o cinematográfica por estar realizada para un tipo de medio. Uno pensaría que la red de redes, en su morfología anárquica, permite todavia transitar la cultura por el dudoso filo de la frase "por amor al arte" y sin embargo toda creación posee un interés intrínseco. La micro-serie El Vagoneta se puede ver en vxv.com pero la película sólo en cines.
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  • ¡Esto es guerra!
    ¡Esto es guerra!
    El rincón del cinéfilo
    De ahora en adelante, siempre que pueda, trataré de evitar expresiones y términos como "lugares comunes" o "clisés" a la hora de comentar una producción en pos de una calificación. Tómelo como una declaración de principios para ponerme en su lugar, sin dejar de reconocer el que me corresponde.

    Sucede lo siguiente. El año pasado (y el anterior, y los anteriores) he visto un número irracional de películas, cercano a las 400 entre estrenos y festivales, por ende es probable que esos términos se apliquen con más facilidad a los que nos dedicamos a esta tarea, no tanto al espectador que va al cine 4 ó 5 veces al mes. A priori, una frase como "esto es guerra está llena de clisés y lugares comunes" suena de peyorativa a esquiva, como si fuera una forma muy general para explicar que guiones como ese se han repetido mil veces, lo cual no sólo no sirve para tomar posición al respecto; tampoco aporta para saber si la obra en cuestión está bien o mal hecha.

    Es lo mismo que tomar cualquier acción física de la primera película de Chaplin para hablar de cualquier otra cuando promediaba su carrera. ¿Cuantas veces, en toda su filmografía, se cayó de traste, o lo vimos ponerse al hombro cualquier objeto del largo de una escoba para darse vuelta y encajárselo en la cara del que esta al lado? Sin embargo nos reímos cada vez que lo vemos. Con esto no quiero comparar; sino establecer el punto.

    En todo caso puedo decirle que el guión de “¡Esto es guerra!” no me resulta novedoso, pero sí desacertado en la dirección y en algunas elecciones para llevarlo adelante. Este es el quid de la cuestión. Para empezar tenemos lo exagerado de la primera escena, de mucha acción, que sirve para presentar a los personajes. En ella vemos que, además de ser buenos amigos FDR (Chris Pine), un aparente fanático del botox, y Tuck (Tom Hardy) son agentes del FBI tras el rastro de Heinrich (Til Schweiger), el villano de turno.

    Lo que amaga con ser la trama principal se convierte luego en subtrama que lentamente deja de aportar al relato, aunque el realizador McG intenta levantarla en el momento de climax, cuando ya no hace falta ni interesa. En contrapartida, se centra en el desafío mutuo planteado por los protagonistas para dirimir cuál de los dos se queda con Lauren (Reese Witherspoon), muchacha a la cual ambos conocen por separado en circunstancias, forzadamente, fortuitas. Aquí comienza el juego de los contrastes. Uno es canchero, despreocupado y superficial, el otro es algo tímido, reservado y un poco más refinado. Por alguna razón Lauren gusta de ambos, y viene de un largo período de sequía (no se si se entiende el eufemismo).

    En este contexto los guionistas parecen haber competido a ver quién aportaba los diálogos más alejados posibles del verosímil de cada personaje. A todo esto, hay ciertas concesiones que el espectador debe hacer para entrar en el juego, como creer que un servicio de inteligencia estará a disposición de dos agentes, prácticamente sin rango, en lucha por lograr una conquista amorosa.

    Fiel a su (¿estilo?) McG elige una banda de sonido sin vuelo que aporta poco a la sorpresa, es más, por momentos anticipa posibles situaciones graciosas para que cuando llegue el remate esté todo tan masticado, que ni siquiera haga falta que usted se ría. Todos estos factores conspiran contra el crecimiento de los personajes y, en efecto, ninguno crece mucho más allá del momento en que son presentados.

    Es posible que si nunca vio una película combinando acción con humor y enredos, o vio muy pocas, “¡Esto es guerra!” le resulte un simple pasatiempo al que hay que perdonarle muchas cosas para que funcione como tal.
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  • Ghost Rider: Espíritu de venganza
    Ghost Rider: Espíritu de venganza
    El rincón del cinéfilo
    Hacer la secuela de una película poco exitosa es bastante arriesgado para cualquier productor, pero a veces hay motivos que exceden los fríos números de las boleterías. Hacer una segunda parte de una mala producción como “Ghost Rider” (2007) es una suerte de "fracacidio", sobre todo si se insiste con lo mismo. Suponiendo que esta segunda parte de “El vengador fantasma” (el héroe de Marvel de la calavera ardiente) esté en medio de ambas posibilidades, créame que no le va a quemar la cabeza a nadie.

    Comencemos por recordar que Johnny Blaze (Nicolas Cage) hizo un pacto con el diablo para salvar a su abuelo del cáncer declarado. El diablo cumple con el pacto, pero mata al viejo en un accidente de moto. Años después le propone a Johnny terminar la maldición si éste detiene al hijo de Satán. En esta segunda parte pasa algo parecido, aunque algunas diferencias mínimas.

    La diferencia sustancial a favor de esta producción es la elección de los directores y los guionistas. A veces en un partido de fútbol si se cambian los jugadores a tiempo, al menos se puede soñar con el empate. Entonces, afuera el aburrido e insulso Mark Steven Johnson director-guionista de la primera, también culpable de “Daredevil” (2003); adentro Mark Neveldine-Brian Taylor (los responsables de “Crank”, 2006), y los guionistas Scott M. Gimple, Seth Hofman y David S.Goyer, éste último coguionista con Christopher Nolan de “Batman Inicia” (2005) y “Batman, el caballero de la noche” (2008, ambas dirigidas por Nolan. Los ingresados al campo de juego entendieron que había que hacer dos cosas para sacar esto a flote: primero, reconocer que este es un personaje menor dentro de la galería de la Marvel, del segundo o tercer orden en importancia, casi de relleno; Segundo, por carácter transitivo, no sobreestimarlo como tal. Al hacer esto todo el equipo logra una leve mejora en el producto final.

    Esta vez el diablo anda queriendo tomar forma humana y un sacerdote-matón tienta al Ghost Rider para impedírselo, a cambio de terminar con su maleficio. Ya se que suena a remake. Casi le diría que si no vio la primera puede obviarla y empezar por esta. Mejor música, mejor manejo de los efectos especiales, y hasta el semblante de Nicolas Cage se ve distinto. De todos modos recordemos la intención de ponderar lo mejor dentro de una historia menor que pronto pasará a la anécdota.
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  • Proyecto X
    Proyecto X
    El rincón del cinéfilo
    Bueno. Veamos si podemos ir desandando el camino por descarte. El formato "found footage" y el de "falso documental" están definitivamente instalados en este siglo, como una alternativa natural a la estética narrativa clásica. El primero, propone construir una trama a partir de "material de archivo encontrado", a veces con agregados narrados, otras concatenando testimonios (“El proyecto Blairwitch”, 1999). El segundo, usa actores que "actúan" de gente común frente a una cámara que, por lo general, los toma a un costado del cuadro en primer plano, además de combinar grabaciones y tomas en un formato de noticiero para darle ribetes de realismo (“Borat”, 2006).

    Adicionalmente, el nuevo siglo vio en los reality shows, con Gran Hermano a la cabeza, la veta para exponer la vida real ante los ojos de un mundo, que se erigió a su vez en juez de la moral pagando algunos centavos para echar o beneficiar a los participantes. Irónicamente parece ser que se cree más en el poder de ese voto que en el de elegir un presidente, pero esto es harina de otro costal.

    Desde hace un par de años largos se sumó con bastante fuerza una tercera variante a estas tres formas televisivas de hacer cine. Se trata del "registro webero" que tiene la premisa de grabarlo todo con celulares, cámaras, i.phones, laptops, y todo aquel aparato de electrónica que permita filmar metraje con el objeto de subirlo a internet, y a cuantas redes sociales o páginas de almacenamiento de video existan (youtube). Esto que alguna vez empezó como bromas pesadas y físicas entre estudiantes, se convirtió en la serie Jackass para MTV, luego tomado por la nueva generación que transformó esos videos en su propio y egocéntrico reality.

    La obsesión de la fama a cualquier precio hizo, y hace, que aquellos con posibilidades de crear su propio canal puedan explotar al mismo nivel el morbo y la creatividad, el arte y la basura, la moral y los excesos. Así, un video de una chica borracha vomitando en el auto de la policía rápidamente trepa los rankings de visitas y adquiere rating virtual propio. Hace dos semanas se estrenó “Poder sin límites” con un poco de todos estos elementos, pero más tirada a la ficción de historieta, de modo que podemos decir que “Proyecto X” es, hasta ahora, la muestra más cabal de todo esto que decía más arriba.

    Humor producido por Todd Phillips significa “gags” zafados, sexuales, escatológicos, y algunos etcéteras. El hombre detrás de la saga “¿Qué pasó anoche?” (2009, 2011) y “Todo un parto” (2010), sabe cuál es su público y qué busca en sus productos. Por lo ya especificado estas tres producciones se diferencian de la que nos toca hoy, pero la idea es que usted vaya percibiendo de cómo vine la mano.

    Thomas (Thomas Mann), Costa (Oliver Cooper) y JB (Jonathan Brown) son tres adolescentes típicamente poco populares en una escuela secundaria de Pasadena. El primero quiere festejar el cumpleaños en su casa aprovechando que sus padres no están. Los otros también, pero Costa desea además tener sexo e incrementar la popularidad organizando la fiesta más espectacular, y con más excesos, de la cual la gente tenga memoria. Hay un cuarto integrante que apenas se ve, pues está todo el tiempo registrando con la cámara todo lo que pasa. De hecho la película transita un ritmo al estilo "montaje en cámara", ya que toda la acción transcurre en un día.

    “Proyecto X” parte de la base de dar por entendido que todos conocemos a los jóvenes, sus problemáticas, su relación con sus pares, etc; evitando así tener que presentar personajes, conflictos... Un guión... ¡bah!

    Utilizando simulaciones de improvisación y cierta frescura en todos, y todo lo que aparece en imágenes, da la sensación de ver un montaje en cámara o una filmación que tuvo lugar durante 24 horas, de la cual se extrajo esto que vemos en pantalla. Evidentemente este recurso se vuelve limitado y en poco tiempo cae en su propia trampa. Traspasa los límites que se autoimpuso y uno empieza a pensar: ¿Quién está filmando esto? ¿Donde se ubicó para hacerlo? Si el falso camarógrafo está arriba del techo para tomar a alguien que se tira desde ahí a una pileta, ¿cómo hace para luego tomarlo desde abajo al mismo tiempo? ¿Se tiró dos veces? La ruptura del verosímil tampoco parece importar en estos casos.

    Así y todo puedo decirle que “Proyecto X” será una producción tremendamente exitosa, porque tanto el productor como el realizador supieron combinar perfectamente el formato que busca el público joven, con el aggiornamiento de gags extraídos de “Porky's” (1982), “El último americano virgen” (1982), “American pie” (1999, 2009) y otras comedias sobre tetas y alcohol correspondientes a la "irreverencia" de cada generación. En este sentido, las escenas en la que se ve a los chicos irse al carajo en una fiesta que pondera llegar al límite de los excesos, más que escandalizar a nadie podrían funcionar como un espejo de lo que hoy ocurre.

    Si usted entra en el juego propuesto, y está más allá de lo estético a la hora de conectar con este tipo de humor, habrá momentos rematadamente graciosos.

    ¿El cine? Definitivamente está lejos de estar representado por esta película.
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  • Memoria para reincidentes
    Octavo documental del año. Memoria Para Reincidentes tiene una lectura paralela al hecho cinematográfico y tiene que ver con la coyuntura política que vive el país. Es una gran coincidencia en días en los que Moyano ya no es el aliado incondicional del gobierno...
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  • John Carter: entre dos mundos
    John Carter: entre dos mundos
    El rincón del cinéfilo
    Con mucho secreto de sumario en las funciones previas, y una importante parafernalia de publicidad, se estrenó “John Carter: entre dos mundos” en nuestro país.

    Creo haberlo mencionado alguna vez, cuando era chico fui al cine a ver “Invasión Junk” (1982) con Marc Singer, el de la serie televisiva “V Invasión extraterrestre” (1983/85). Era la de un guerrero que tenía el poder de ver y actuar a través de os animales. En aquel tiempo la película me fascinó y jamás me fijé en todos los errores narrativos, los pésimos efectos especiales o las desacertadas actuaciones empezando por el mismo Singer. Lo bien que hice, porque me permitió disfrutarla sin condicionamientos, poniendo todo de mí para que me guste y poco podía importarme lo que dijeran los críticos. A lo mejor le pasa lo mismo a los chicos que vayan a ver John Carter, con lo cual sólo queda advertir dos cosas a los abuelos, tíos, padres y demás parientes: Las dos horas y cuarto de duración (lo menciono porque hay chicos que a lo mejor no se bancan tanto tiempo sentados), y la regular calidad de la obra en cuestión (lo menciono porque para los chicos puede andar pero Ud se va a pegar una siesta de novela).

    Luego de una introducción narrada que suena a cuento viejo, veremos bastante acción en el planeta Marte. Sab Than (Dominique West) está dispuesto a reventar todo el planeta a partir del descubrimiento de un arma especial, con la anuencia de tres sujetos bastante fanáticos del caos. Marte se presenta como un planeta seco, desértico, sin plantas ni agua. La acción pasa al nuestro. John Carter (Taylor Kitsch) es un ex soldado de la guerra civil a quién el ejército insiste en re-reclutar para seguir matando. Pero John ya no cree en nada ni en nadie, lo único que quiere en esta vida es oro. Por razones de la casualidad, huye de soldados e indios y termina en una cueva donde se producirá, ¿traspaso?, ¿transportación?, bueno algo así, al planeta rojo. Allí, porque al autor del guión se le canta, puede saltar muy alto y lejos. Todo el resto no. Conocerá una tribu de cigarras gigantes, flacas y altas como los habitantes de Pandora en “Avatar” (2009), pero en vez de cola tienen un par de brazos de más y una princesa obligada a casarse con Sab sin su consentimiento. Como se ve, Shakespeare es, efectivamente, universal.

    Toda la historia girará alrededor de este conflicto. La producción es un concierto de redundancias, prácticamente sin subtramas, que aporten al crescendo dramático, es más, por momentos parece que son dos historias distintas que eventualmente chocarán entre sí.

    Los rubros técnicos son difíciles de analizar. Por momentos los efectos especiales y visuales, de sonido, junto con la dirección de arte, son correctos, en tanto en otros se nota la falta de presupuesto para CGI y demás, especialmente en las escenas en donde Carter pega esos saltos inverosímiles. Lo único librado a la imaginación son los cheques que Willem Dafoe, Thomas Church o Bryan Cranston se llevaron por participar en esta película. De hecho la dirección de arte trata de seguir a rajatabla la descripción hace como un siglo y pico realizó Edgard Rice Burroughs, el padre de la criatura, cuando lo que están pidiendo a gritos el guión, su realización y los espectadores. Es un aggiornamiento de todo. Para colmo el autor de Tarzán escribió como diez historias más con estos personajes, así que si funciona bien en boletería ya sabe lo que le espera.

    Por suerte de usted, cuando se estrene la quinta o sexta parte los chicos van a poder ir solos al cine.
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  • Sólo por dinero
    Sólo por dinero
    El rincón del cinéfilo
    Cuando la pasión por el cine se puede dosificar y atemperar, uno va adquiriendo una capacidad de análisis diferente. Para el cine y para cualquier forma de arte.

    Toda la experiencia adquirida durante años (libros, entrevistas, ensayos, obras de teatro, etc. y obviamente toneladas de películas vistas) conforman la caja de herramientas con la que uno es capaz de mirar, desglosar, rearmar y emitir opinión sobre, por ejemplo, “Solo por dinero”.

    Frente al teclado no queda otra que hacerlo; es cuando uno se da lugar para poder reflexionar. Aunque sea retórica la cosa; aunque uno mire el monitor y grite: ¿¡Por qué!? ¿Por qué a mí?

    Stephanie (Katherine Heigl) se quedó sin trabajo. No importa por qué o de qué macana sucedió. Vive sola con un hamster. Tampoco importa por qué ni desde cuando. Es más, ninguna de las tres guionistas parece considerar importante siquiera un mero lineamiento del personaje que justifique cómo una mujer cercana de perder, por idiotez, toda esperanza de lograr lo que aspira se convertirá en una cazarecompensas que maneja armas, pega piñas, patadas y sale airosa de situaciones que hasta Rambo dudaría de afrontar.

    Lo único importante es que la simpatía de la actriz protagónica se convierta en el colchón sobre el que descansa toda la película.

    Nunca nadie se preguntó: ¿Y si Katherine Heigl no resulta?

    No voy a discutir sus atributos como actriz, pero lo hecho en “Grey's anatomy” (la serie de TV) y el protagónico de “Ligeramente embarazada” (Judd Apatow, 2007) no es suficiente para encajarle toda la responsabilidad.

    Se supone que Stephanie debe caernos en gracia porque se aplica un disfraz naif sobre su ser y su circunstancia, pero si el libreto no tiene información el director no toma decisiones (o toma malas decisiones) y el resto del elenco cae en la misma red, esta o cualquier película está condenada al abucheo generalizado de una platea que difícilmente pueda esbozar una sonrisa.

    Si esto llegara a suceder (la sonrisa, digo), será por obra y gracia de la química entre Heigl y Jason O'Mara, que viene a ser como una suerte de contra-partenaire. Ambos remiten en su forma de vincularse a otra mala película llamada “Dos pájaros a tiro” (1991) de John Badham con Mel Gibson y Goldie Hawn. Esta tampoco ofrecía información que hiciera creíble a los personajes, pero de última eran Gibson y Hawn, caramba.

    Por cierto, ese gran actor que es John Leguizamo aparece en este proyecto. El chiste fácil sería proponer una vaquita entre todos para que su talento no se desperdicie por un cheque (no muy cuantioso a juzgar por la producción general), pero además de que no vamos a hacer eso, prefiero suponer que el hombre es muy amigo de los productores y les hizo un gran, enorme favor participando en esta película en desmedro de su carrera
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  • Amor por siempre
    Amor por siempre
    El rincón del cinéfilo
    La posibilidad de éxito de esta película será directamente proporcional a la cantidad de público que se renueve en este tiempo. Y cuando digo que se renueve, me refiero específicamente a espectadores que no vieron “50/50” hace un par de meses, o que no la estén viendo en alguno de los cines de barrio en donde todavía se proyecta. Ni que hablar de aquellos que hayan visto “Un milagro para Lorenzo” (1992), “Un par de colegas” (1991), “Antes de partir” (2009), “Mi vida” (1993), y todos los etcéteras que se le ocurran.

    El cáncer y el sida son LOS monstruos invencibles que ni Hollywood ni la humanidad han podido derrotar. Sólo por eso se convierten automáticamente en productos cinematográficos, y desde la textura de distintos filmes de todos los géneros ambas enfermedades tienen un tratamiento médico-artístico donde, por lo general lo médico, sólo ofrece un puente de información, casi nunca de contención y jamás de solución sino no hay melodrama. ¿Me comprende?)

    Supongo que debería dar por descontado que usted ya anda por estas líneas pensando: ¡Ufa! ¿Otra de alguien con cáncer que se quiere redimir o descubre que nunca amó a nadie? Si, caro lector, otra.

    Desde el último punto y aparte en adelante sólo quedan dos cosas por considerar. La primera, es si “Amor por siempre” está bien hecha. La respuesta es ni. O sea que es funcional a la propuesta de lágrima fácil. El melodrama pasa rápidamente de ser sólo un recurso a ser la herramienta principal, pero hay una especial habilidad en la directora Nicole Kassell para disfrazarla con la impronta de Kate Hudson quien, como todos sabemos, sonríe en la pantalla y conquista. Esto resulta una distracción. Confunde.

    La segunda, es si vale la pena ir a verla. Respuesta: si vio alguna de las anteriores empezando por “50/50”, no. “Amor por siempre” se parece a esta última sólo si uno hace una rápida síntesis argumental, pero con un análisis más minucioso uno descubre que esta producción peca de confiar demasiado en la actriz principal, en lugar de construirle un personaje desde la solidez de la palabra en el guión. Marley Corbett (Kate Hudson) tiene cáncer, por ende la historia trata de como va a lidiar con eso. Últimamente parece estar de moda encarar estas vicisitudes con personajes que construyen una coraza cómica alrededor de las mismas; pero a diferencia de esta, el humor de “50/50” nace desde un lugar mucho mas profundo que lleva a un optimismo mesurado y coherente. En “Amor por siempre” el humor está presente sólo porque las didascalias del guión de la novata Gren Wells dicen: "Marley Corbett es simpática, optimista, se ríe de todo, y nada parece afectarla".

    La trampita se deja ver cuando conocemos que Marley ha huido sistemáticamente de la posibilidad de enamorarse. Adivine cuando y con quién cae en los brazos de cupido... Acertó, el médico que la trata, Julian Goldstein (Gael García Bernal, en su primer paso fuerte en Hollywood).

    Muy poco puede hacer Gael con un guión que sólo le exige sonreír cuando da la situación. El joven anda por las escenas como tratando de que no se le note el acento latino en su inglés más que trabajar su personaje, aunque esto pueda resultar también un impensado golpe de efecto.

    Respondidas las dos cuestiones sabrá el lector con qué encontrarse. Por supuesto no faltarán las escenas con pianito emotivo, y amigos y familiares tratando de despedirse cada uno a su manera.

    Treat Williams, Kathy Bates y Whoopi Goldberg aparecen para manejar sus personajes de taquito, casi sin despeinarse, a la vez que para apuntalar un poco la trama cuando se marchita por la propia sequía de ideas.

    Por cierto, si nunca vio ninguna de las películas citadas es probable que “Amor por siempre” sea la primera de otras tantas que vendrán a comprobar si es verdad esto de que el público se renueva.
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  • Poder sin límites
    Poder sin límites
    El rincón del cinéfilo
    Tenía que pasar tarde o temprano. Dos o tres productores "lectores" de ratings en TV; encuestas sobre jóvenes, clicks en you tube, estadísticas de recaudación en cines y demás productos de consumo masivo, se han puesto a combinar lo más saliente de los elementos populares entre adolescentes y jóvenes para hacer una película. No es que no se haya intentado antes, pero en el caso de “Poder sin límites” hay una frescura escondida entre los montones de hojas A4 de un guión redactado al "tun tun", que no se molesta en explicar demasiado de nada, porque tanto los guionistas como el realizador supieron fehacientemente que el núcleo, la esencia, del producto final tiene con qué bancarse las falencias académicas.

    Un típico joven estudiante estadounidense (que registra todo con su cámara) es clásicamente maltratado y discriminado, tanto en el colegio como fuera de él. Golpizas e insultos son moneda corriente en su vida. Lógico candidato a protagonizar una nueva masacre de Columbine. Sólo lo soportan su primo y un candidato a presidente del centro de estudiantes. En este segmento de “Poder sin límites” se establecen claramente dos cosas: las características de los personajes principales y sus diferentes motivaciones.

    Todo cambiará cuando por azar los tres tienen circunstancial contacto con un cristal extraño, cuyo origen nadie se molesta en explicar. A partir de allí desarrollan poderes que van probando, cómo habrá hecho el primer hombre con el fuego, aunque cabe en este caso considerarlo como monos con escopetas. Aparece entonces la secuencia "Jackass"(*) de esta producción y por ende el humor. Inmediatamente después la trama tiene un giro repentino que desvía la atención a uno de los tres adolescentes. En este contexto todo es grabado. Primero con cámara en mano, luego de otra forma pero, en definitiva, la estética de “Cloverfield” (2008) (*) toma la posta hasta el final. Sin embargo, la fusión entre los formatos televisivos no suponen en este caso un hibrido, sino una amalgama de estilos convenientemente aplicados.

    Es cierto, hay cuestiones elementales que faltan en el relato, como por ejemplo de donde viene el cristal o como llegó allí. De todos modos el desarrollo de la acción va dejando en claro que la falta de explicación no sólo se hizo deliberadamente sino que, a pesar de ello, nunca se rompe el verosímil. Tampoco se descuida la observación del director sobre el afán de la juventud por las cámaras testigo. Cada aparato preparado para filmar, desde un celular a una cámara HD, están presentes como el baluarte de la era de la comunicación.

    Destacado el diseño de sonido y los efectos. No porque tengan aportes tecnológicos nuevos sino porque están bien utilizados para ayudar a alimentar el factor sorpresa. Por supuesto, queda todo preparado para la/s secuela/s que vendrán.

    “Poder sin límites” es un buen comienzo para esta, siempre y cuando se respete la esencia de la historia, y los responsables de la próxima revean esto que hicieron para corregir lo grosero que tiene, total, la buena idea ya está.

    (*) “Cloverfield” es una película sobre un monstruo que aparece en una ciudad una noche en la que hay gente participando de una fiesta de despedida de alguien que se va. La palabra explica el tipo de estética que se usa. Lo mismo sucede con la "secuencia Jackass., Jackass es un programa y una película de 2010 que tiene a una sarta de necios haciendo bromas y sometiéndose a vejámenes de todo tipo como correr arriba de un changuito hasta que se estrella.

    Con el empleo de estos términos aludo a lo que sucede en la película cuando los chicos empiezan a hacer bromas pesadas con los poderes. Se trata de referencias a películas con esas características, muy identificadas con los seguidores de esa estética.
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  • Tan fuerte y tan cerca
    Tan fuerte y tan cerca
    El rincón del cinéfilo
    Frente a una tragedia que le cambia la vida a un país, y por qué no al mundo, el cine, el teatro, la literatura, las demás arte y la cultura en general, va manifestando la inspiración y el sentir de sus creadores. Frente al dolor de lo real no hay nada que discutir. Está ahí, presente, candente, a flor de piel, y con la contundencia de la alucinante soledad ante la falta de quienes ahora tienen el insuficiente mote de víctimas. El cine ha encarado las grandes catástrofes y los mayores acontecimientos dramáticos de la humanidad. En el caso de las Torres Gemelas, a once años de ocurrido el atentado, está siendo abordado de a poco.

    Sin entrar en polémicas, queda claro que cada víctima ofrece una historia para contar. Hasta ahora hay sólo dos producciones destacadas que aludieron al tema: “Las torres gemelas” (2006) y “Tan fuerte, tan cerca” que nos ocupa hoy.

    Va a ser muy difícil ver este tema tratado cinematográficamente sin que sus realizadores caigan en el melodrama, olvidando prácticamente la incomparable posibilidad expresiva que ofrece el arte cuando se va a fondo con una propuesta, o sea cuando se toman riesgos.

    El 11-9 es el marco histórico donde se centra el guión sobre la historia de Oskar Schell (Thomas Horn), un chico que perdió a su padre (Tom Hanks) aquel día, y que un año después está buscando las razones lógicas del suceso. En este aspecto se fundamenta la construcción de éste personaje en particular, donde reside la mayor virtud de la obra, el resto de las elecciones parecen desacertadas, empezando por la ausencia de subtramas que apoyen la narración, o al menos disfracen la clara intención de lágrima fácil.

    El chico decide ir tras la pista de una llave que encuentra circunstancialmente, que él entiende le dejó su padre para descubrir vaya uno a saber qué cosa, siguiendo un juego cómplice que jugaba con su padre cuando éste perece en el atentado, Es como una suerte de McGuffin mal utilizado por Stephen Daldry (“Las horas”, 2002, “Billy Elliot”, 2000), quien elige en este caso quedarse en la superficie de un relato que bien podría animarse a ir a fondo con su propuesta. En el contexto de la ausencia del padre, Oskar se muestra como un chico de conclusiones tan inocentes como brillantes, extremadamente sensible y necesitado de afecto. Quien sufre todo este proceso es la madre (Sandra Bullock), otro personaje poco desarrollado, pues se queda entre la presencia física y la virtual, según las dudas del realizador.

    La novela de Jonathan Safran Foer a través del guión de Eric Roth desvían la atención hacia la relación que Oskar entabla con alguien a quien llamaremos Viejo inquilino (Max von Sydow), un hombre adusto y solitario que decidió no hablar nunca más. Para comunicarse con sus semejantes recurre a escribir textos en una libretita, a lo que suma mostrar la palma de su mano izquierda con la palabra “sí”, y haciendo lo propio mediante la palma de su mano derecha cuando la respuesta le merece un “no”. Otra muestra de capacidad dudosa para resolverlo, pero es probable que tampoco haya habido muchas opciones dado el contexto. Eso sí, la actuación de Max von Sydow es notable.

    Oskar y El viejo ofician de escapismo en la historia, y la decisión de darle un tinte a lo Dickens parece otro recurso utilizado por el realizador para no hacerse cargo de su propia idea. Imagine al Hugo de Scorsese, pero serio y autodestructivo.

    Los rubros técnicos están al servicio del melodrama, por lo cual se puede decir que funcionan como tal.

    Los espectadores podrán contar con que las lágrimas queden sobre la superficie de los pañuelos. El cine será para otro momento.
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  • Jack y Jill
    Jack y Jill
    El rincón del cinéfilo
    Así como sucede con el género de terror, la comedia tampoco está pasando un gran momento en Hollywood. El año pasado apenas pudieron salir airosos con un par de títulos, lo demás no paso de algunos buenos momentos, o un par de gagas metidos en guiones flojos.

    El caso de “Jack y Jill” es uno de esos en los que el peso específico del guión descansa exclusivamente en el actor protagónico, y la posibilidad de éxito recalará en la incondicionalidad de aquellos que lo siguen. Esto, obviamente, no es novedad, ha pasado todo el tiempo desde que existe la cinematografía, desde Buster Keaton y Jaques Tatí hasta Jerry Lewis y Jim Carrey. El cómico es así, amor u odio casi sin términos medios.

    Esta producción se inicia con una serie de tomas en plano entero de varios hermanos gemelos sacando algún trapito al sol en tono cómplice, lo cual sirve de introducción para ingresarnos en la historia de Jack (Adam Sandler) y su hermana Jill (Adam Sandler). El actor y productor se ocupa de establecer las diferencias entre ambos, colocando a su versión masculina como un jefe de publicidad algo renegado que sufre la peor noticia: su hermana gemela, por la cual siente bastante rechazo, caerá de visita. En contrapartida, al resto de la familia de Jack (esposa e hijos) Jill les cae de maravillas. Las situaciones se suponen graciosas sólo por el cuadro de antagonismo entre hermanos y por las ocurrencias de Jill, que más que pertenecer a esta comedia parecen remates salidos de una rutina de stand up.

    La subtrama que "apoya" la historia es el encargo profesional que tiene Jack, quien debe conseguir a Al Pacino para protagonizar una campaña publicitaria.

    El trabajo de Adam Sandler como Jack no pasa de lo rutinario; como Jill, la actuación está cercana a la subestimación de la inteligencia. En principio el personaje no cuenta con un vestuario apropiado, está disfrazado y, para continuar, no hay un sólo momento en el que se vislumbre algún esfuerzo para lograr un registro vocal que denote preocupación por la composición del personaje.

    Al Pacino y Johnny Depp están de visita, en tanto Katie Holmes está lejos de mostrar siquiera ganas de estar en el set.

    Poca imaginación para un guión contado cientos de veces, cien veces mejor que en esta película.

    ¿Jack y Jill funciona? Sólo para los fanáticos a ultranza de Adam Sandler.
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  • Mini espías 4 y los ladrones del tiempo
    Antes de que arranquemos con polémicas pueden ir dejando la lectura dos grupos de personas: los que odian como escribo y los fanáticos de Robert Rodriguez en tanto realizador rescatista de cierto cine al que peligrosamente se le está asignando motes de género tipo "grindhouse" y demás mamarrachos catedráticos que no hacen otra cosa que alejar a espectadores que mucho antes de saber o querer saber semejantes falacias, simplemente estaban dispuestos a ir al cine a ver algo estilo "Sábados de super acción" y punto...
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  • La invención de Hugo Cabret
    La invención de Hugo Cabret
    El rincón del cinéfilo
    Obra maestra que opera como un espejo del alma de Scorsese

    Hugo Cabret (brillante actuación de Asa Butterfield) es un chico que vive entre las paredes de una estación de ferrocarril. En la primera escena la cámara viene del aire y va adentrándose como rápida testigo de la vida cotidiana de la terminal: gente que viene y va, sube y baja, compra boletos, flores, souvenirs, toma café o lee el diario; vendedores, clientes, guardias y... un reloj. Hasta allí llega el travelling, hasta un número 4 detrás del cual el protagonista encuentra su lugar en el mundo, al lado del engranaje de un reloj de estación recorrido al detalle, para dejar en claro que para éste director "ver" y "hacer" cine son parte de un mismo evento artístico y revisten el mismo grado de importancia aunque sean cosas distintas.

    Hugo transita su vida buscando poder completar el armado de un Automatón (un muñeco de metal) dejado por su padre (Jude Law) a medio terminar antes de morir. Para ello debe conseguir las piezas que faltan. De hecho, cuando Hugo es obligado por George Meliés (Ben Kingsley) a vaciar sus bolsillos, considerándolo un ratero, no vemos dinero, ni joyas, ni comida, vemos tornillos, tuercas, arandelas, en fin, piezas de un mecanismo, y un libro con instrucciones para el armado final. Por si faltara alguna referencia a homenajear, el realizador le guiña el ojo a Hitchcock y nos presenta un McGuffin casi perfecto, pues lo importante no es "el objeto" en sí, sino para qué creemos que sirve.

    Este es sólo uno de los cientos de homenajes presentes a lo largo del film, donde el autor de la obra explota su enrome cantidad de recursos como artista, además de su costado melómano, amante de la memorabilia (los juguetes en el negocio de Meliés son una invitación a la nostalgia), y sobre todo ferviente guardián del material fílmico de toda la historia del sétimo arte.

    Hugo (y Scorsese) encuentran en Isabelle (Chloë Grace Moretz) la aliada ideal para unirse en la cruzada por la restauración, la misma que desde hace años ha encarado el director para recuperar películas. Ambos personajes mantienen un diálogo funcional al arte y a una declaración de principios:

    Ella (mostrándole obras de Verne, Stevenson y otros):

    -¿Nunca leíste un libro?

    En tanto él se sorprende:

    -¿Cómo es que nunca viste una película?

    Para luego ambos colarse en un cine y ver a Keaton, Chaplin y otros.

    El nexo entre ambos es un bibliotecario, que además trabaja como leyenda viva del cine fantástico.

    Como vemos, esta es una realización para que el espectador se sienta parte de ella dentro y fuera de la pantalla.

    Se trata de una aventura para toda la familia, en donde la utilización del 3D tiene vida propia y se constituye en un elemento fantástico que suma. Resulta un fabuloso recorrido por el mundo de los lenguajes cinematográficos. Es el parque de diversiones con todos los juegos en un sólo lugar, y cuando nos damos cuenta del truco de magia renunciamos automáticamente a la tentación de saber conocer como se hace para seguir disfrutando de la ilusión que nos propone.

    “La invención de Hugo Cabret” está muy lejos de cualquier cosa que Scorsese haya hecho antes, pero a la vez es un espejo de su alma.

    Todo el elenco hace maravillas al servicio de la historia, especialmente un contenido Sacha Baron Cohen en el papel del guardia de estación quien mientras tiene todo bajo control busca en su sonrisa algún atisbo de corazón (¿homenaje al “Mago de Oz”?, de 1939). La utilización de CGI, efectos visuales, la fotografía del maestro Robert Richardson,y la extraordinaria partitura de Howard Shore son elementos fundamentales en el armado de la obra, a partir de un sólido guión, de cuyo desarrollo narrativo no me parece oportuno revelar más que lo ya expuesto. Mejor comparta la aventura descúbralo, compruébelo y disfrutarlo.

    Los que amamos al cine nos llenaremos la boca durante meses hablando de esta producción, bien o mal, pero tenga la seguridad que no pasará desapercibida.

    Al momento de escribir estas líneas la habré visto al menos dos veces (de varias más), pero es importante comunicarle, caro lector, que deje de lado todas las palabras que lea y escuche. Usted no necesita saber de cine para ver esta obra maestra. Con haber cometido alguna vez la hermosa travesura de una escapada a una proyección alcanza.

    Va ser difícil olvidar “La invención de Hugo Cabret” de Martin Scorsese. Es un índice temático de lecciones de narración fílmica; un homenaje a los primeros creadores desde el punto de vista histórico/romántico; un autorretrato en que él mismo realizador abre su corazón como artista y como espectador; una declaración de amor al espectáculo de magia más impresionante que el hombre ha sido capaz de inventar: el cinematográfico.
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  • Los descendientes
    Los descendientes
    El rincón del cinéfilo
    De todas las obras nominadas a los Oscar este año “Los descendientes” se presenta como la menos grandilocuente en términos de producción, sin embargo brota claramente la gran idea central del guión, y si bien no termina de desarrollarse del todo, deja un mensaje interesante.

    Matt (George Clooney) está a cargo del manejo del fideicomiso familiar sobre la última porción de tierra virgen que queda en Hawaii, perteneciente a sus ancestros. También es padre de una familia cuya madre sufre un accidente, cuya consecuencia es el estado vegetativo irreversible. En este contexto su vida se ve alterada notoriamente, pues desde el punto de vista de las relaciones humanas hay dos cuerdas que tiran para lados opuestos. Por un lado, debe tratar de relacionarse con sus hijas Scottie (Amara Miller), de 10 años, y Alex (Shailene Woodley), de 17, en función de comunicar la noticia y fortalecer los vínculos para afrontar el problema. Por el otro, sus numerosos primos (miembros del fideicomiso) presionan para que suscriba finalmente la venta de las parcelas familiares antes de que pierdan valor, operación que además lo afectará emotivamente con alguna sospecha nunca aclarada.

    “Los descendientes” debe su nombre justamente a la conexión entre pasado y futuro de un linaje familiar, a partir no de la búsqueda de raíces sino de la esencia sentimental que las riegan. Alexander Payne elige instalar este concepto más sutilmente de lo que hubiera convenido para centralizar su obra en un tema que ya se convirtió en su preocupación y fuente de inspiración como artista: el hombre común sometido a situaciones que lo obligan a una difícil adaptación obligada por las nuevas circunstancias. Lo hizo con Jack Nicholson en “Las confesiones del Sr. Schmidt” (2002), con Paul Giamatti en “Entre Copas”(2004), y con George Clooney en el film que nos ocupa.

    Sucede que a diferencia de las antecesoras por querer circunvalar el melodrama termina encontrándolo al terminar la vuelta, lo cual desdibuja un poco esa idea de reconexión familiar que culmina permaneciendo oculta por debajo de la sutileza.

    Tengo mis dudas si la Academia de Hollywood le debe a Clooney un Oscar, considerando la larga lista de actores todavía postergados. En todo caso la actuación del galán no sería la misma sin esas dos chicas brillantemente dirigidas, la espontaneidad de Miller y Woodley, que apuntalan el trabajo de Clooney a niveles insospechados y, de hecho, son contribuyentes fundamentales al crecimiento de la realización..

    “Los descendientes” propone cosas para pensar, no llega a fondo pero alcanza para tenerla como una obra correctamente culminada.
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  • Selkirk, el verdadero Robinson Crusoe
    A diferencia de lo que ocurrió el año pasado con un par de películas infantiles de origen local, Selkirk –el verdadero Robinson Crusoe- ofrece varias aristas disfrutables de principio a fin y en el mejor de los casos una mirada nostálgica para los más grandes.
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  • Inmortales
    Inmortales
    El rincón del cinéfilo
    Desde hace muchísimos años el cine ha ido incrementando su capacidad tecnológica. Desde los dragones de George Meliés a los extraterrestres azules de Pandora en la “Avatar” (2009) de James Cameron, toda investigación y posterior incorporación de efectos especiales y visuales persiguió un sólo objetivo: tener escenas creíbles, reales. O sea que no se noten los hilos de una nave espacial o la superposición de imágenes entre una iguana y cavernícolas rubios. El objetivo se cumplió con creces porque los adelantos tecnológicos nos dejan con la boca abierta pero, increíblemente, surgió un problema inesperado, todo eso se convirtió en la “estrella” de la película, quitándole lugar a ideas, guiones e historias con peso específico. Ni hablar de llevarlas a cabo.

    “Inmortales” es una fiel muestra de ello. Al parecer todo se centra en los conflictos de los dioses griegos. Aparecen algunos conocidos, y otros de dudosa procedencia, necesarios para llenar la pantalla de gente que se mueve y se pelea sin que el espectador tenga muy claro quién va ganando o para qué lado patea.

    Como la mayoría de todo lo que se ve es CGI (Computer Generated Images), o sea "espejitos de colores", el realizador Tarsem Singh (“La celda”, 2000) hace travellings y "paneos" tan vertiginosos como inverosímiles. Por ejemplo, hay acantilados tan altos hasta llegar a donde se desarrolla el concierto de piñas y patadas, que el lugar parece estar más cerca de la Luna que de la Tierra. Lo vemos a Mickey Rourke y a John Hurt como elementos decorativos ofreciendo los mejores momentos actorales, y a un Henry Cavill mostrando la trabajada musculatura que veremos en la próxima Superman.

    El Rey Hiperión (Rourke) quiere apoderarse de una super arma para romper toda Grecia, pero Zeus (Luke Evans) manda a Teseo (Cavill) para impedirlo. Le conté la historia en menos de 25 palabras. Que mal, porque esto queda expuesto claramente en los primeros 10 minutos, para luego espera por otros 100 de puro caos. Funciona igual que un video juego moderno al que el espectador nunca es invitado a participar intelectualmente.

    Nobleza obliga, estéticamente es interesante y, por supuesto, que el diseño de sonido, vestuario y demás rubros son impactantes, se sirven a sí mismos, pero no alcanza. Falta la historia, un desarrollo acorde, construcción de personajes y sobre todo un conflicto que sustente todo eso, para que, cuando uno salga de la sala, y se lo olvide de todo a los 10 minutos, no lo tome como síntoma para visitar a su médico. Simplemente vio una mediocre realización fílmica.
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  • El amor de Tony
    El amor de Tony
    El rincón del cinéfilo
    Ver esta película da ganas de ponderar la sencillez. No porque la historia sea sencilla, sino por la forma de narrarla.

    En todo caso, para ir desandando el camino de este comentario, empecemos por decir que no es una película romántica (aunque tiene toques en tal sentido), ni tampoco un melodrama, género al que la realizadora Alix Delaporte sabe escapar inteligentemente.

    Ángel es una mujer con pasado oscuro, ex-convicta y prostituta por conveniencia, que intenta lograr la custodia de su hijo de 8 años. En este contexto recala en un pueblito de pescadores en Noruega donde conoce a Tony, un hombre adusto y algo tosco que vive con su madre. Por supuesto, se enamora de Ángel; pero huye de la "facilidad" con que ella se ofrece. A su vez, ella le pide trabajo y alojamiento. En las actitudes contrapuestas de ambos personajes es donde la dirección de Delaporte descansa para ir construyendo de a poco un relato muy sólido, sustentado las buenas actuaciones de todo el elenco.

    Las dos pequeñas subtramas que se desprenden (la relación que ambos personajes tienen con sus respectivas familias) apuntalan al sentido inevitable que tiene el resultado final. Cltilde Hesme y Gregory Gadebois traducen la química entre ambos con dos actuaciones en las que se nota un vínculo muy bien trabajado.

    La dosis justa de música, encuadres que no temen a la naturalidad de los exteriores, y un conjunto de rubros técnicos en donde nadie abusa de la situación, establecen el equilibrio narrativo.

    No se trata de una obra maestra, pero la primera película francesa del año (aunque es de 2010) es un buen paso hacia la misma conclusión de 2011: en Europa está lo mejor del cine contemporáneo.
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  • Robo en las alturas
    Robo en las alturas
    El rincón del cinéfilo
    Cuando comenzamos a ver los créditos al principio de “Robo en las alturas” nos encontramos con una serie de nombres familiares, pertenecientes al cine norteamericano de los 80, con Matthew Brodderick y Eddie Murphy a la cabeza.

    Si tuviéramos que abrir un juicio de valor aplicando a rajatabla lo aprendido en estos años, no habría mucho para decir sobre esta producción. Más bien es una invitación a dejarse llevar (otra vez) por una trama bastante básica, que se apoya fundamentalmente en la sapiencia de todo el elenco para llevar adelante una comedia que se parece mucho a lo que solíamos ver en este género en épocas de la presidencia de Ronald Reagan.

    Brett Ratner, director de “X-Men III” (2006) y productor de la serie Prision Break” (2005/2009), abordó el guión de Ted Griffin con la acertada decisión de no tomárselo en serio. Esto es, dejar el discurso de lado, o mejor dicho contextualizar la historia fuera del mismo. Josh Kovaks (Ben Stiller) es el supervisor de un edificio al estilo Donald Trump donde vive gente de muy alto nivel económico, a la vez que es considerado como una suerte de líder del grupo de trabajadores, integrados por mucamas, ascensoristas, cocineros, etc., todos de etnias diferentes, para servir a los popes de las finanzas. Entre estos últimos se encuentra Arthur Shaw (Alan Alda), a quien todos quieren y respetan hasta que se enteran de la pérdida de todos los ahorros, que fueron acumulando con sacrificio, a manos del bueno de Arthur, quien perdió todo en la bolsa de valores. El sistema se comió a la clase trabajadora, incluyendo a un ex agente de bolsa que también lo perdió todo y espera por el desalojo por orden del banco Parece no haber salida, al menos dentro del marco legal, por lo que Josh y compañía deciden robar al ladrón, ayudados por Slide (Eddie Murphy), un ladrón de poca monta, también cliente al fracaso en lo suyo.

    Todo lo que pasa a partir de allí bordea la ruptura del verosímil pero funciona, por obra y gracia de un elenco que sabe a qué juega.

    No se puede afirmar que es el gran regreso de ninguno de ellos, pero puede que hayan subido algún escalón hacia ese objetivo. En todo caso “Robo en las alturas” es un buen entretenimiento para quien quiera cambiar el estado de ánimo por un rato.
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  • La chica del dragón tatuado
    La chica del dragón tatuado
    El rincón del cinéfilo
    Con esta realización David Fincher estampa la rúbrica de un gran director

    Lo logró una vez más. Él casi siempre lo hace y por eso es noticia. Es como el fútbol ¿vio? Si un jugador hace goles en todos los partidos, eventualmente va a llamar la atención, y además ayudará a solidificar su carrera a base de la confianza en sí mismo.

    Esta vez, no solamente aplica su estilo a una nueva película. También llega al valor agregado de contar una historia ya vista y sin embargo generar interés de principio a fin.

    Cabe aclarar que estas virtudes las logra en la industria de Hollywood, lugar difícil, si los hay, para imponerse ante productores que miran la taquilla y actores con los humos al tope.

    Sin embargo varias de sus películas no sólo carecen de un final feliz, sino que además somete a verdaderas estrellas a personajes muy lejanos al glamour. Convengamos que no cualquiera hace rapar a Sigourney Weaver, embarazarla de un extraterrestre asesino y someterla a convivir con reclusos de una prisión en un planeta en deshuso (“Alien 3”, 1992). Tampoco es común ver a Brad Pitt disfrazado con kilos de maquillaje para que no se lo vea (“El curioso caso de Benjamin Button”, 2008), o de policía recibiendo la cabeza de su esposa en una caja (“Pecados Capitales”, 1995)). Ni que hablar de la decisión de pedirle a Robert Downey Jr., con los antecedentes personales que tiene, que componga a un periodista venido a menos con problemas de alcoholismo.

    Señoras y señores, con el estreno de “La chica del dragón tatuado”el realizador David Fincher rubrica lo que ya es: un gran director de cine.

    El primero, y tal vez principal, acierto es el de seguir jugando a tomar parte de su narrativa como si fuera una especie de McGuffin. Tal cual sucedía en “Zodíaco” (2007) no era el caso que fuera el asesino lo que importaba, sino la obsesión por la investigación. Este parámetro es el que se debe someter a consideración si queremos encontrar una mirada distinta a la novela “Los hombres que no amaban a las mujeres” y a su adaptación sueca de 2009 en la trilogía “Millennium”.

    “La chica del dragón tatuado” es la misma historia. Mikael Blomkvist (Daniel Craig) pierde prestigio y credibilidad pública como periodista, al no haber podido probar fehacientemente los argumentos que publica en una nota en la revista para la cual trabaja contra un conocido empresario. Sin embargo es contratado por Henrik Vanger (Christopher Plummer), el patriarca de una familia de altísima alcurnia, para que investigue la desaparición (o asesinato) hace 40 años de una de sus tres hermanas. Será eventualmente ayudado por Lisbeth (Rooney Mara, a quien ya vimos en “Red Social”, 2010), una hacker pseudo punk con agudos problemas de adaptación.

    Equipo que gana no se toca, y en este sentido el director lo tiene bien armado desde hace muchos años. La realización en su conjunto es explosiva, sólida, empezando por la elección de las locaciones (en realidad toda la dirección de arte es una película aparte), una fotografía de Jeff Cronenweth digna de premio; una excelente banda de sonido de la dupla Trent Reznor y Atticus Ross, ganadores del Oscar el año pasado, y la acertadísima compaginación de dos artistas que conocen muy bien el paño en el que juegan: Kirk Baxter y Angus Wall.

    El elenco ha sido muy bien seleccionado. Craig le pone su dureza al personaje que compone, lo cual le viene de maravillas porque lo ayuda a crecer de principio a fin, pero sin dudas la actuación destacada es la de Rooney Mara, quien logra una relación de amor/rechazo con el espectador pero, sobre todo, una textura muy especial de su Lisbeth, en la que se desenvuelve con mucha soltura.

    Es cierto que Hollywood subestima a su público cuando adapta buenas películas de otro idioma al suyo propio, suponiendo que si no es en inglés la gente no va al cine. También es verdad que siempre terminan arruinando la obra original. “La chica del dragón tatuado” no sólo es una excepción a la regla, también es una forma de demostrar que en Hollywood no todo está perdido.

    Y ya que va, preste atención a los títulos iniciales (visualmente impactantes). Así como sucedía con los de “El club de la pelea” (1999), dicen mucho más de lo que parece.
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  • El extraño Sr. Horten
    El extraño Sr. Horten
    El rincón del cinéfilo
    Belleza formal y notable labor de Baard Owe en una aguda comedia agridulce

    Cuando directores como Bent Hamer, de quién vimos la notable “En casa por navidad” (2010) en el 2° Festival de Cine Escandinavo del año pasado, hacen del cine un mundo con una mirada distinta desde la cámara siempre deja la grata sensación de lo posible. Pero además cuando la puesta en escena, los encuadres y los diálogos asisten al realizador para conseguir adentrarnos en el perfil psicológico de sus personajes, estamos ante una obra digna de ser revisada por cualquier espectador, aunque llegue 5 años después de haberse filmada.

    Esa es la sensación que trasmite “El extraño señor Horten”

    Odd Horten (Baard Owe) se está retirando de su oficio de maquinista de una empresa ferroviaria. Su vida ha pasado en forma perfecta y simétrica hasta llegar a su jubilación. Casi matemática desde la cotidianeidad de sus actos. Esta forma metódica de actuar la podemos apreciar en las primeras escenas, desde el sencillo acto de levantarse por la mañana para ir a trabajar. Su vida es el ferrocarril. Tal es así que vive cerca de las vías, por eso los sonidos del andar de los trenes y sus silbatos son el contexto ideal para trazar los primeros bocetos de un hombre al verse por primera vez, o quizá en muchísimos años, en la situación de enfrentar el mundo sin la institucionalización en la que el hombre hace depender su estabilidad psíquica y emocional, concepto que tan bien trazaba Frank Darabont en la excelente “Sueños de libertad” (1996).

    De hecho, en una escena mágica los ahora ex-compañeros lo despiden en una ceremonia en la cual le hacen entrega una suerte de trofeo, mientras reemplazan los aplausos por la mímica hecha con los brazos de una vieja locomotora, mientras sueltan silbatazos con la boca.

    Luego Horten sale a conocer el lugar donde vive, ahora observado desde el retiro mientras fuma constantemente su pipa. En su andar encuentra personajes y situaciones que lo van conectando con otras realidades de su comunidad mientras su semblante va lentamente perdiendo la rigidez del cumplimiento de las reglas y los horarios de la planilla, para ir humanizando su expresión. Es que Odd ha sido perfecto en su trabajo, pero no en su vida fuera de él. Nunca se animó a nada, es parco, tímido, reservado. Todas características bien perfiladas por el guión, concebido por Bent Hamer y Harold Manning.

    Desde esa posición analítica nace el humor en esta comedia agridulce. El realizador logra involucrar al espectador dentro del universo de Horten para comprender por qué vive solo, pero no es solitario, que es estructurado y frío, pero no indiferente.

    Así como “En casa por navidad” Hamer construye sus escenas. No le da lo mismo un encuadre que otro, ni la duración de los planos a la hora de la compaginación, con tal de llegar a exponer su estilo narrativo, en lo que mucho ayuda la fotografía de John Rosenlund y la extraordinaria música de John Erik Kaada.

    El notable trabajo de Baard Owe componiendo al protagonista es de una exquisitez inusual que va desde su forma de fumar pipa hasta la casi robótica manera de caminar. Una demostración de disponibilidad actoral y una dirección de actores que permite disfrutar una de las mejores construcciones de personajes de los últimos tiempos. En este aspecto el cine de Hamer se parece mucho al de Abbas Kiarostami.

    “El extraño señor Horten” vale la pena una salida para ver buen cine.
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  • La última noche de la humanidad
    La última noche de la humanidad
    El rincón del cinéfilo
    Comenzado el año es de esperar una buena cantidad de productos provenientes del país del norte. Así es, el cine pochoclero será sin dudas el plato principal del verano que, como es sabido, se alimenta fundamentalmente de esa fuente y tarde o temprano le va a caer muy mal.

    Digo yo, ¿no hay más variantes en las películas con extraterrestres? ¿Hasta cuando tendremos que soportar esto de venir al planeta para llevarse algo? ¿No hay otro planeta con agua acaso, con plantas o seres vivos? ¿Por qué tienen que venir todo el tiempo a romper edificios? Con todos los problemas que uno tiene de aumentos de subte, inflación mentida y TV chatarra, encima, hay que bancarse alienígenas intolerantes.

    Todas estas preguntas que me hago surgen un rato después de comenzada la proyección de “La última noche de la humanidad”. Primero tenemos una escena donde dos amigos muy emprendedores llegan a Moscú para promover un invento que consiste en un aparato mezcla de GPS con chat, cuyo mapa contiene los lugares más piolas para pasar la noche: los que tienen las mejores minas, los que están más "liberados" en cuestiones de drogas, los más caros, los más baratos etc. En pocas palabras, el mapa del descontrol para jóvenes con plata.

    Curioso el tiempo que se usa para describir un producto que luego no servirá para solucionar nada de lo que suceda después.

    En la misma escena vemos una irritante cantidad de planos mostrando que linda y capitalista se ha vuelto la Rusia de hoy. McDonald's, Starbucks, Nike, gente consumiendo feliz y alegre en las calles. Ni rastros del comunismo. ¿Ve qué bueno es que Estados Unidos se meta a arreglar el mundo? Es tan incómoda la escena que hasta me pareció una provocación (buena señal, por cierto). Bien, nada de esto importa para nada.

    Todo se diluye cuando los dos amigos, estafados por su representante ruso, están en un boliche para olvidar las penas y un repentino ataque de extraterrestres comienza a convertir cada ser viviente en un puñado de cenizas. Los "bichos", esta vez a base de luz pero invisibles en su forma, parecen imposibles de destruir pues, además, están protegidos por un escudo de energía que los hace impenetrables a las balas, las armas cortantes, o lo que sea.

    Ellos, dos chicas y el ruso sobreviven encerrados en el sótano-cocina durante unos días hasta que deciden salir. El panorama es incierto. Parece ser la victoria por goleada de los aliens, pero sin embargo siguen por ahí patrullando las calles en busca de nuevos aspirantes al cenicero.

    Cumpliendo a rajatabla con todas las convenciones del género habrá más sobrevivientes; gente que descubre una forma de combate efectiva; una resistencia organizada, o a punto de estarlo, y una forma de escapar para eventualmente contraatacar.

    Nada que no se haya visto antes, con un par de excepciones. El clima de tensión generado por información que se va entregando en dosis interesantes, y el aprovechamiento de los espacios exteriores gracias a la muy buena dirección de arte de Ricky Eyres, quien ya había hecho un trabajo sólido en “Contagio” (2011). Incluye tomas y ángulos panorámicos de la ciudad de Moscú meticulosamente seleccionados para dar atmósfera de desolación e inmensidad ante la catástrofe, e interiores gigantes donde no parece haber lugar seguro. En ambos casos correctamente fotografiados por Scott Kevan.

    Si hubiera alguien del elenco para destacar le juro que lo mencionaría. Pero no, porque actúen mal sus personajes, más bien diría que este grupo de actores y actrices funcionan bien juntos y como equipo simplemente útil y bien articulado.

    No es cuestionable la realización de Chris Gorak. Es más, hasta se inscribe dentro de las producciones que no hacen abuso de los efectos especiales, al contrario, y estos contribuyen a la narración.

    “La última noche de la humanidad” está bien realizada, el problema es el centenar de guiones parecidos de los últimos años que la colocan del primer al último fotograma dentro de la bolsa de términos tales como rutinaria, trillada, común, etc. En el mejor de los casos, si usted no es habitué del género (o sea vio poquitas de este estilo), esta producción lo va a entretener genuinamente y sin subestimarlo. Nada más
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  • Los Muppets
    Los Muppets
    A Sala Llena
    Tenía una TV blanco y negro. Una Zenith de esas con antena y un “cambiacanal” con perilla que hacía el típico “trac, trac” cuando pasaba de canal a canal y una rueda de sintonía fina incorporada. En esa tele veía el Show de los Muppets cuando se daba en el viejo canal 11 los sábados. Las caracajadas mas fuertes eran las de mi viejo que evidentemente entendía mas chistes que yo. Para mí era gracioso el simple (y frenético) movimiento de los títeres de Jim Henson lo que me prendía sonrisas. Mucho mas adelante entendí otra parte de esa genialidad...
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  • Intercambio de almas
    Intercambio de almas
    El rincón del cinéfilo
    Tres años después de haber sido concebida llega a nuestro medio la opera prima de Sophie Barthes, “Intercambio de almas”. Por el título uno puede imaginarse de qué se trata, aunque en realidad es sobre-explicativo considerando que originalmente se llama “Cold souls” (almas frías), lo cual está mucho más cercano la esencia de la idea.

    Como declaración de principios el comienzo tiene un fundido negro con una frase de Descartes: “El alma se sitúa en la pequeña glándula localizada en el centro del cerebro” Este enunciado sirve como punto de partida para plantear una realidad alternativa que se irá revelando a través del protagonista.

    Paul Giamatti (Giamatti - Paul) es un actor que está en plena búsqueda para componer el complejo personaje del “Tío Vania”, de Chéjov, en una nueva puesta en escena. En un momento reconoce las enormes dificultades que atraviesa en esta búsqueda. Se siente vacío, inocuo, falto de energía. Después de intentar, sin éxito, solucionar el problema cae de visita a un lugar que le recomendaron. Allí el Dr Flintstein (David Strathaim) ofrece una terapia científica consistente en extraer, durante un tiempo a determinar, el alma del paciente alegando que es el factor fundamental por el cual la gente queda trabada en sus vidas debido a toda la carga emocional que se aloja en el "órgano".

    Desesperado por una solución, Paul accede a la propuesta sin pensarlo demasiado. Luego de ver su alma (que parece un garbanzo) en un frasquito, y sintiéndose bastante más liberado, liviano si se quiere, los siguientes ensayos se producen ante el estupor del director y del resto del elenco que no entienden lo que está pasando. Sin darse cuenta, Paul aceptó ser un actor sin alma, despojándose de una de las herramientas más importantes de su profesión. Este es el momento donde aparece el humor en esta comedia agridulce.

    Hasta aquí “Intercambio de almas” logra instalar muy bien el verosímil en forma lineal y directa. La ficción planteada funciona como metáfora para explorar el intrincado mundo de la actuación, metiéndose en la piel de un artista en pleno proceso de búsqueda, cuando esta es interferida por factores externos. Hay una subtrama que va mechándose de a poco en el guión, mostrando a Nina (Dina Korzun), una mujer rusa que oficia de "mula" en el negocio del tráfico ilegal de almas.

    Muchas veces se ha dicho que la comicidad en los actores comienza cuando éstos se toman su personaje en serio. El humor entonces es percibido por los espectadores a partir de tener claro el cuadro de situación y la risa nace por oposición. Gracias a la fenomenal actuación de este enorme actor que es Paul Giamatti, la película atraviesa los estados de ánimo de un personaje perfectamente delineado por la directora y guionista que, lejos de esquivar el bulto, profundiza su propuesta sin dejarnos olvidar nunca su oferta principal: ser espectadores del proceso creativo de un actor.

    La atmósfera opresiva y fría es apuntalada por una dirección de fotografía muy trabajada por Andrij Parekh y una cuidada compaginación de Andrew Modshein.

    “Intercambio de almas” es una de las buenas alternativas que podemos ver comenzado el año. Tardan en llegar a veces, pero vale la pena la espera del cine independiente de Estados Unidos. Todavía tiene cosas para decir.
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  • Las aventuras de Tintín
    Las aventuras de Tintín
    El rincón del cinéfilo
    Un Spielberg en estado puro, que entretiene con inteligencia sin subestimar a nadie

    Le soy sincero. Se me plantea una suerte de dicotomía al escribir sobre “Las aventuras de Tintín”, pero vayamos por partes porque a veces ahorra tiempo.

    No es la primera vez que escucho sobre la negación o el poco convencimiento de algunos espectadores respecto de la estética del Stop motion (explicada brevemente en la crítica de “Marte necesita mamás”, allá por marzo del 2011 (ver en el archivo de esta página), entre los cuales me incluyo. Es un recurso al que le falta desarrollo para disminuir la impresión de que uno está viendo personajes hechos con pasta de almendra. No me gusta. Ahora, siento todo lo contrario respecto del cine de Steven Spielberg por el cual tengo profunda admiración. ¿Se imagina el brete en el que estoy metido para este comentario verdad? Déjeme empezar por decirle que si usted detesta este tipo de estética ni se moleste en entrar a la sala (por si no la recuerda es la misma técnica de animación utilizada en tanques como “Beowulf” (2007) o “Monster House” (2006)

    Ahora sí. Sólo el poder de saber contar una historia pudo hacerme olvidar tanto del Stop motion como de estar usando anteojos 3D. El cine es así. Cuando está bien hecho, algunos detalles son sólo eso, detalles.

    La película comienza con títulos animados como para desafiar al más fanático, tanto del director como de la historieta del dibujante Hergé, con un puñado de imágenes referenciales a ambos. También la banda de sonido lo es en tanto tiene todos los recursos utilizados por John Williams en “Atrápame si puedes” (2002)

    La introducción es fiel a casi todos los comienzos de los libros originales, y cabe destacar que desde el vamos se presenta como “basada en las aventuras de Tintín” y no particularmente en uno de los episodios, aún llamándose “El secreto del Unicornio”. Aclaro esto porque si usted es fanático ortodoxo de la historieta va a salir bastante decepcionado. En cambio si recuerda que lo que se está haciendo es tomar parte de los argumentos del personaje en general para construir una historia, entonces sigamos adelante.

    El guión de la obra mezcla fundamentalmente dos episodios: “El cangrejo de las pinzas de oro” y “El secreto del unicornio”. Spielberg lo hizo arbitrariamente para poder presentar al capitán Haddock, ya que da por sentado que todos conocemos al periodista del jopito.

    Un día en una feria Tintín compra una réplica a escala de un barco del siglo XVI llamado “El Unicornio”. Inmediatamente, dos personas intentan re-comprárselo ofreciendo cualquier suma. Ante la negativa de éste comienzan las preguntas que desencadenan el misterio. Algo se esconde en ese barco y parece que hay más igual a ese.

    Tal cual sucede en la historieta todo parte de algo cotidiano sobre lo que el instinto de periodista pone otra mirada. Así las cosas, se irán derivando como consecuencia de la natural predisposición del joven a satisfacer su curiosidad. Llegará a conocer al Capitán Haddock (gran actuación de voz de Andy Serkis), un marinero que pasa la mayor parte de tiempo borracho e ignorante de lo que sucede a su alrededor, como dueño del barco carguero llamado “Karaboudján”. Pero hay algo más, Haddock es descendiente directo del Caballero de Hadoque, dueño original del Unicornio y autor de las pistas dejadas hace siglos para que alguno de su linaje las siga para encontrar el tesoro de Rackham El Rojo.

    Cuando ambos se conocen y huyen del barco, empieza la segunda parte de la aventura que es literalmente como un juego de la búsqueda del tesoro, cuyas pistas se van entregando a los personajes y al espectador en la dosis justa para hacer crecer a la historia en drama, acción y tensión. En este aspecto asistimos al ya clásico lenguaje “spilberguiano”, con Indiana Jones como referencia inmediata. Para ello el equipo técnico del realizador luce sólido y está consolidado desde hace años: Januz Kaminski en la fotografía, Michael Kahn en la compaginación, y el mencionado Williams en la música. Un team que, como en el fútbol, ya se recita de memoria. Hechas las salvedades del comienzo, “Las aventuras de tintín” es aventura en estado puro, al servicio de entretener inteligentemente y sin subestimar a nadie. El oficio del realizador para manejar los tiempos es su marca registrada y garantía de diversión. Sin dudas uno de los estrenos del año de la industria de Hollywood.
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  • Alvin y las ardillas 3
    Todavía me acuerdo la primera vez que escuché a Alvin. Fue en 1985 cuando en Rocky IV, Balboa jugaba al ajedrez con el entrenador de Apollo. O sea, Stallone (con la inteligencia que él mismo dotó a su personaje) jugando al ajedrez, en Rusia y escuchando un villancico cantado por las ardillitas. No me diga que no es bizarro...
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  • Un zoológico en casa
    Un zoológico en casa
    El rincón del cinéfilo
    Nos compramos un zoológico. De alguna manera tengo que paliar la muerte de la madre de mis hijos y esta aventura (de todas las que viví) parece ser la más arriesgada

    Nos compramos un zoológico, no importa que ningún espectador sepa de donde salió la plata, lo que importa es que en medio de esta crisis que atañe a mi país (Estados Unidos), la gente vea que todavía se puede ir tras el sueño americano y que no todo está perdido en la tierra de las oportunidades. Total todavía queda guita en el banco.

    Nos compramos un zoológico. ¿Que otra manera extrema hay de fortalecer los lazos familiares sino sacando a los chicos de su hábitat natural (incluidos sus amigos)?

    Nos compramos un zoológico. Lejos de casa. Ese lugar en donde todavía el recuerdo de mi amada esposa y devota madre sigue vivo en todos los rincones. A enterrar el pasado se ha dicho. Y a otra cosa.

    Un argumento como este es sólo sostenible desde Hollywood, y desde el país más poderoso del planeta atravesando la clara decadencia del sistema capitalista (al menos si se sigue lo planteando ante al mundo de esta manera)

    Hechas todas las lecturas (acaso improcedentes) que se me ocurrieron al terminar la proyección, “Un zoológico en casa” se la disfruta desde principio hasta el fin. No sólo porque nunca reniega del discurso en donde se posa; sino porque redobla su apuesta en función de ir a fondo con su propuesta. Los valores de una sociedad sólida (bien o mal entendidos) empiezan por casa. Y es exactamente donde el guión de Aline Brosh McKeena y Cameron Crowe (basados en el libro de Benjamin Mee) hace hincapié: Las relaciones familiares.

    Ben (Matt Damon) ha sido un aventurero toda la vida. Ha hecho cosas que ninguno de nosotros haría en muchos años, pero ahora se enfrenta a una viudez prematura y a cargo de los chicos que tenían un evidente anclaje emocional en su difunta madre.

    Luego, decide mudarse del lugar común para comprar una propiedad con la dificultad de ser una especie de mini zoológico, cuyo dueño anterior (también difunto) dejó establecido a sus herederos que la pueden vender, pero a condición de que el futuro comprador se haga cargo de todos los animalejos (y del staff de especialistas) no pudiendo, en ningún caso, destinar la propiedad a sembrar...soja, por ejemplo.

    Así, Ben encara su última misión que es la de fortalecer los lazos con sus hijos Dylan (Colin Ford, un muchacho con muchas condiciones) y Rosie (encantadora Maggie Elizabeth Jones), a riesgo de perder todo su respeto (además de toda su plata) en una empresa, como mínimo, imposible: reflotar el Zoo y vivir de su explotación.

    Entretanto conocerá al staff permanente del lugar, cuatro o cinco personajes, entre los que se destaca Kelly (Scartlett Johansson) como la jefa, en definitiva la mujer que planteará la posibilidad que Ben de también su vuelta de página emocional.

    Cameron Crowe, el realizador de “Vanilla Sky” (2001) y “Elizabethtown” (2005), deja en claro desde el minuto uno que no habrá personajes conflictivos ni antagónicos como en sus producciones anteriores, salvo por el inspector municipal de cuya última palabra depende la habilitación del lugar para los turistas (alguna dificultad tiene que haber).

    Esta comedia familiar sólo transita por el agradable camino de solucionar un problema a todos juntos y en eso reside su mayor virtud. En ningún momento el discurso socio-económico deja de estar presente, porque Duncan (Thomas Haden Church), hermano de Ben, viene a oficiar como el contador bancario que a cada rato recuerda a su hermano de la locura financiera en la que está a punto de meterse, sin que esa razón (y vaya si tiene fundamentos en la USA hoy) signifique renunciar al lazo familiar que los une.

    El realizador, con un gran timing para manejar la relación intrínseca que se da entre el ser humano y el mundo animal, deja fluir la historia acompañada por la inocencia infantil de Rosie y el descubrimiento del amor de Dylan cuando conoce a Lily (Elle Fanning (ya una actriz para tomar en serio, recordada por su presencia este año en “Super 8”). Todo enmarcado en una dirección de fotografía (Rodrigo Prieto) que logra momentos muy interesantes cuando los encuadres buscan disfrazar una naturaleza ficticia (es un zoo cerca de centros urbanos), y la compaginación de Mark Livolsi que da lugar a extender un par de segundos algunos planos de los actores que aportan a la expresividad que requiere el momento. El ejemplo contrario sería “Una noche en el museo” (2006) donde la relación padre-hijo queda desdibujada por los efectos especiales.

    “Un zoológico en casa” es una producción que por no plantear conflictos narrativos reales podría caer fácilmente en superficialidades, o situaciones melodramáticas, sin embargo la discusión entre Ben y su hijo (por poner un ejemplo) dan cuenta de una gran dirección de actores. Acaso el elemento fundamental en donde se apoya esta agradable comedia familiar con la que Hollywood cierra bien un año flojo en esta materia.
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  • Terror en lo profundo 3D
    Terror en lo profundo 3D
    El rincón del cinéfilo
    Soy yo. Evidentemente soy yo el que está provocando todo esto con una energía extraña. El año pasado, al término de “La profecía del 11-11-11” sostenía que 2011 para el género del terror era insalvable. Claro, cuando uno está resignado a una sentencia como esa no queda otra que juntar fuerzas, inspirar profundamente contando hasta diez, y poner todas las expectativas y esperanzas en el año siguiente. Por otro lado, ya tenía instalada la idea de que no podía ser peor.

    Empezó el 2012, y ahí estaba, filosa desde el afiche la mandíbula más terrorífica de la historia del cine. Agresiva, amenazando con repetir la fórmula por centésima vez, provocando que los bostezos sean iguales, o más grandes, que la apertura bucal del escualo en cuestión.

    Para el terror el 2012 arrancó con “Terror en lo profundo”, una de tiburones con un argumento que no resiste ni el primer minuto de análisis, desde que vemos a un tiburón y una rubia estableciendo el cuadro de situación. Con el infaltable plano subjetivo ella es acechada, mordida, sacudida y desangrada, en una escena calcada de la de Spielberg (“Tiburón”,1975), excepto porque es de día y porque en un signo de originalidad los guionistas decidieron sacar al dientudo de su hábitat natural y meterlo en un lago. O sea, en agua dulce, porque un animal así atacando en una playa es muy trillado ¿Se da cuenta?

    Si empezamos desde ese disparate imagínese lo que es después. Nobleza obliga, consulté al Club Pescadores de Buenos Aires donde me confirmaron que si bien son muy, muy remotas, las posibilidades, puede que algún tiburón se adentre en aguas dulces conectadas con el mar. Claro que en el lago en cuestión habitan 46 ejemplares, incluso de las especies más sofisticadas.

    La presentación de los personajes en este género es lo suficientemente repetida como para pertenecer a cualquiera de la saga “Scream” (1996-2011) e incluso la de “American Pie” (2001-2007). Seis o siete guiños al lunfardo de ahora, diálogos superfluos para trazar bocetos de personalidad, y un vértigo de montaje entre uno y otro como para que no haya tiempo de preguntarse si todos dan la edad que se quiere aparentar. De todos modos está el par de nerds, las tres chicas lindas, el novio atlético, pero buen tipo, y el carilindo que se quieren transar a todas. En cualquier producción estadounidense pensada para adolescentes una mitad sería incompatible con la otra, pero en este caso no.

    Los seis compañeros de facultad (si me permite prefiero no dar los nombres de los actores para evitar comentarios tan sanguinarios como la película) parte con destino al lago en cuestión, a pasar un par de días de festichola en la casa de una de las integrantes del grupo.

    En el camino aparecen dos hombres con cara de pocos amigos. Uno de ellos fue novio de la dueña de casa, pero bien no le fue porque tiene una mordida marcada en el pómulo. Igual cuando siguen adelante, nadie le pregunta cosas como: “che ¿Qué le pasó a tu ex?”. También aparece el alguacil más inverosímil de la historia del cine.

    Estamos en el sur de Estados Unidos, así que ya sabemos que el primero del grupo en ser atacado es el negro, por más atlético y buen tipo que sea permanecerá el resto de lo que le queda de su participación en la historia con un brazo menos, gentileza de un de los escualos nada amable con el turista.

    La justificación de la presencia de animales marinos de agua salada en ese lugar se develará a mitad de la narración, lo que se supone es la vuelta de tuerca del guión. Para entonces, la cantidad de diálogos risibles, malas actuaciones, y situaciones inverosímiles serán tantas que todo esto caerá como un bálsamo de originalidad. Hasta el chiste sobre la película “La marcha de los pingüinos” (2005) tiene timing de stand up.

    Desde el minuto 40, cuando todos los personajes saben que hay un tiburón enorme hambriento de carne humana, los guionistas se las arreglan igual para meterlos dentro del agua. Si están fuera de ella no importa, porque todas las especies de tiburones saltan fuera del agua mejor que Flipper, y persiguen a botes y a motos de agua más rápido que Steve McQueen.

    El culpable de esta producción son tres guionistas y el realizador David R. Ellis, director que tiene como antecedente las dos primeras partes de la saga “Destino Final” (2000/2003 - 2011), lo cual pone en evidencia que es un hombre capaz de manejar originalidad con buena mano para el género. Se ve que está empeñado en descender con su carrera tan “profundo” como le sea posible.
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  • Canciones de amor
    Canciones de amor
    El rincón del cinéfilo
    Meticulosa realización con ajustada trama, excelente elenco y brillante técnica

    Es así. Somos así.

    Los que amamos el cine no podemos estar tranquilos esperando.

    Una tarea tan gratificante como sentarse en la butaca de un cine se podría leer desde el punto de vista físico como una actividad sedentaria. Sin embargo hay muchas otras cosas desde el funcionamiento del cuerpo humano que se mueven alrededor de la percepción del arte. Suena raro esto que digo para el afuera, pero créame que hay mucho movimiento en la pasión por ver.

    Ya sé. Usted está imaginando que cuando me siento en el cine empiezo a moverme como Messi. Bueno, no. La cosa pasa por otro lado. Al punto que voy es que “Las canciones de amor” va a cumplir cinco (5) años desde que fue concebida. La ansiedad hace que la haya visto hace cuatro en algún DVD que rescaté por ahí, por eso la pregunta que está dando vueltas en mi cabeza es: ¿qué posibilidades de éxito comercial tendrá si hay muchos inquietos como yo?

    Si es por el contenido, ya le digo que vale la pena. Comencemos por recordar y entender algo fundamental. El cine musical es un género complejo de realizar porque el espectador debe saber que todo, o casi todo lo que los personajes dicen, sienten y piensan, será cantado o recitado al compás de la música. Es una convención que de no aceptarse es inútil perder tiempo en la butaca. Por supuesto que sin actores bien dotados técnicamente, en lo físico y en lo vocal, para hacer creíble las situaciones un musical estaría condenado al ridículo.

    Con poco más de diez canciones que giran en torno a dos o tres melodías, “Las canciones de amor” es una obra dividida fundamentalmente en tres actos para tocar distintos temas, como el nacimiento del amor, la finalización de una pareja por desgaste, el dolor por la pérdida, transitar los duelos y las relaciones entre personas del mismo sexo; entre otros menores. Los personajes funcionales a sostener la propuesta son principalmente tres. Ismael (Louis Garrel) y Julie (Ludivine Sagnier), quienes conforman una pareja que intenta reflotar la relación incorporando a Alice (Clothilde Hesme), tanto en lo cotidiano como en la intimidad. En desmedro de la intención original, los celos comienzan a tirar el plan por la borda. Sin embargo es un hecho trágico lo que por su impacto sirve como disparador para que los tres dividan sus caminos hacia otros horizontes. Sobre todo Ismael, que poco a poco va profundizando su dolor mientras en su vida comienza a aparecer el amor nuevamente.

    La realización de Christophe Honoré cumple con todas las convenciones y demuestra un trabajo de dirección meticuloso y notable en todos los rubros, comenzando por la interpretación de un elenco excelente (Ludivine Sagnier está un escalón más arriba), siguiendo por la banda de sonido, item insoslayable en este caso por la importancia que tiene, y finalizando con una compaginación brillante en concordancia con la idea del director. En todo caso, hasta se da cierto lujo al citar implícitamente su admiración por la nouvelle vague y alguna referencia al musical de Hollywood.

    Las canciones de amor funcionan bien y se escucha mejor.
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  • El juego de la fortuna
    El juego de la fortuna
    El rincón del cinéfilo
    En la historia del cine Hollywood debe ser la industria que más veces ha puesto el ojo en los deportes populares y las historias tejidas alrededor de ellos. Un ejercicio de identidad notable no sólo porque ayuda a arraigar algunos valores importantes como el espíritu de equipo, la fe en uno mismo, la humildad, etc, sino también porque en el baseball, futbol americano, hockey sobre hielo, basketball e incluso en el boxeo se pueden encontrar fácilmente historias para dibujar a la perfección el Sueño Americano en la “tierra de los libres y el hogar de los valientes”, como dice el himno yanqui. Cada deporte tiene sus representantes fílmicos y, como todo, hay cosas bien hechas y otras mal hechas. Como muestra del primer ejemplo tenemos películas muy bien contadas y actuadas como “Ganadores” (1986) y “Los blancos no la saben meter” (1992) en basket; “La bella y el campeón” (1989) y “El campo de los sueños” (1991) en baseball; y aquella “Golpe bajo” (1974) de Robert Aldrich, con un joven Burt Reynolds, en fútbol americano. Ni que hablar de “Rocky” (1976) o “El toro salvaje” (1980).

    Sí. El deporte en Hollywood siempre ha sido un buen vehículo para contar historias y de paso bajar línea.

    Saliéndose completamente de este esquema se estrena “El juego de la fortuna” (Moneyball) con un bagaje de elogios a cuestas, incluyendo una supuesta consagratoria actuación de Brad Pitt.

    “El juego de la fortuna” emplaza su relato en la historia reciente, específicamente en la temporada de baseball 2002. Billy Beane (Brad Pitt) es el manager de los Oakland Athletics (de acá en adelante los A's), el equipo más chico (en términos de presupuestos de las grandes ligas) que logra llegar a la final de la serie mundial para perderla contra los New York Yanquees. Es como si fuera la final de la Copa Libertadores fuera entre Boca y Sacachispas.

    Terminada la competencia, el equipo de los A's sufre el éxodo de varios de sus jugadores claves y Billy se ve en la difícil tarea de seleccionar jugadores para reemplazarlos. En esa circunstancia conoce a Peter Brand (Jonah Hill), un nerd que jamás jugó al baseball (ni deporte alguno), egresado de Yale y fanático de las estadísticas con un estudio minucioso de las últimas diez temporadas. Billy decide incorporarlo a su equipo de asesores por pura intuición, lo cual suena contradictorio pero es, en definitiva, el nudo-eje a partir del cual se propone instalar todo el andamiaje narrativo. Corazonada contrapuesta a los fríos números. Basado en esos porcentajes, Billy selecciona jugadores que ya están de vuelta en sus carreras, pero que todavía ostentan “algo” en sus performances que los hace útiles, traducible en armar un equipo con “dos mangos con cincuenta”.

    Todo esto que le cuento (y que se ve en el trailer) es justamente el problema que afronta la producción. Ninguno de los amagues de conflictos logran despegar: la mencionada confrontación de criterios: las peleas internas de los hombres del club con más experiencia ante el aporte de un novato con una laptop; la deshumanización del discurso a la hora de desafectar miembros del equipo; o el entrenador del equipo, Art Howe (Phillip Seymour Hoffman) quien durante un breve minuto parece ofrecer resistencia a la nueva idea, pero le dura un suspiro (literalmente); incluso la hija de Billy, separado de su mujer (Robin Wright) no plantea dificultades. La obra se instala entonces en una tesitura lineal en donde hasta el deporte en sí mismo no genera nada emocionante (salvo conocer un nuevo récord que queda en mera anécdota, irónicamente estadística).

    El realizador Bennet Miller volvió a unirse al compaginador Christopher Tellefsen después de “Capote” (2005), pero ninguno de los dos entendió que el ritmo narrativo de este guión de Aaron Sorkin (“Red social”, 2009) y Steven Zaillian (“Pandillas de Nueva York”, 2002) demandaba una dinámica distinta. Cada vez que parece acelerar, las escenas de dramatismo en el juego son mechadas con imágenes reales de público y jugadores de aquella hazaña deportiva, y si bien se repite en diálogos el concepto de un equipo chico compitiendo contra grandes ello no está debidamente subrayado con imágenes.

    A lo mejor en los Estados Unidos esta historia pegó distinto en la gente; pero está demasiado arraigada a la cultura local como para desplegar interés en otro público. “El juego de la fortuna” logra deliberadamente aislarse de la pasión por el juego y de cualquier otra cosa. Queda una excelente banda de sonido de Mychael Danna (vaticino una candidatura al Oscar por este trabajo) y una actuación muy interesante de Jonah Hill. En cuanto a si se trata de una actuación superlativa de Brad Pitt, créame que los pocos minutos que aparece en “El árbol de la vida” (2011) son mucho más enriquecedores en todo sentido.
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  • Judíos por elección
    Judíos por elección
    El rincón del cinéfilo
    Si hubo un punto a favor para el cine argentino este año, de esos que suman, sin dudas es gracias al género documental. En términos generales las propuestas fueron variadas, interesantes y bien realizadas, como es el caso de “Judíos por elección” de Matilde Michanie.

    La realizadora encaró su propia investigación partiendo de una pregunta básica: ¿Cómo es ser judío en la Argentina? La respuesta no es lo que se ve en el documental; pero se percibe como el colchón fundamental en el cual descansa el interrogante mayor ¿Qué pasa si alguien quiere convertirse al judaísmo?

    Desde el momento en el que los entrevistados comienzan a prestar su testimonio, vamos conociendo las inquietudes que el film plantea con mucha sencillez. Tanto argentinos como un matrimonio peruano relatan el momento de sus vidas que los llevó a replantearse la necesidad de encontrar otro tipo de respuestas espirituales, hasta tomar conocimiento de la religión en cuestión. Todos son movilizados por distintas razones, si bien la decisión está tomada desde un lugar muy profundo, para convertirse y ser aceptado como judío el proceso no es tan sencillo como una podría suponer.

    El documental de Michanié aporta las palabras calificadas que pondrán echar luz sobre algo tan complejo. El costado ortodoxo del judaísmo no acepta las conversiones que no se hayan realizado en Israel, en cambio el costado que podríamos definir como “reformista”, sí acepta estas conversiones. Uno podría decir entonces la cosa tiene solución, pero la inteligente compaginación de las entrevistas logran poner al espectador en un brete, ninguno de los entrevistados deja de observar: “si voy a Israel... para ellos no seré judío”

    A los cuarenta minutos de proyección surge un punto clave, planteado justo antes que los encuadres de los entrevistados se tornen monótonos, Se trata de la referencia histórica que recuerda que en 1920 fue aprobada una iniciativa de los rabinos Dabah y Colman que prohibía en la Argentina la conversión al judaísmo “por toda la eternidad”, cuyo objetivo era evitar la "mezcla" entre judíos y no judíos, como forma de solucionar el problema que se estaba pergeñando en ese tiempo entre gente judía y no judía.

    También es el momento para comprender hacia donde nos va a llevar la realizadora con su idea, y la buena mano que se puede tener para manejar un puñado de entrevistas, divididas por citas bíblicas, lo que permite sostener el interés constantemente.

    Es verdad que “Judíos por elección” también tiene momentos en los que es muy fina la línea entre el planteo original y un folleto, pero justamente el ir a fondo con la propuesta es lo que coloca esta obra dentro del grupo de buenos documentales nacionales del año.
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  • La última noche
    La última noche
    El rincón del cinéfilo
    Durante el año se estrenó una película interesante, bien planteada y, sobre todo, bien actuada, sobre la desintegración de una pareja: “Blue Valentine”. Siguiendo los vicios de ex empleado de video club, en la época en la que era realmente un oficio, si usted entraba y preguntaba por “La última noche” seguramente le hubiera dicho “es tipo Blue Valentine pero...”

    Digamos que tiene bien lograda esa constante atmósfera de hastío mientras se desarrollan los hechos que desembocan en las actitudes de cada personaje. El tema es la fidelidad en desmedro del deseo, y el guión de Massy Tajdein, quién debuta como directora, se encarga de ponerla a prueba siguiendo a Michael Reed (Sam Wothington), a punto de irse de viaje de negocios con Laura, una compañera de trabajo (Eva Mendes), y a su esposa Johanna Reed (Kiera Knightley), quién se queda en casa para seguir escribiendo su libro aunque se encontrará con Andy (Anson Mount), un amor del pasado que le mueve el piso.

    El conflicto se plantea en dos frases antes que la pareja se dirija a un cóctel que la empresa de Michael tiene organizado para esa noche, con una escena en la que Johanna encara a su esposo y le afirma con cierta vehemencia que está segura de la atracción que éste siente por Laura. Michael niega rotundamente las acusaciones, pero algo hay en esas pequeñas pausas que inducen a plantear la duda. Es aquí donde la realizadora deja vislumbrar que toda posibilidad de hacer creíble su historia dependerá de un buen elenco, como se da en este caso. La cámara se hace cómplice de la gestualidad de los intérpretes y los encuadres logran la versatilidad necesaria, especialmente cuando se trata de primeros planos. Una vez planteada la situación de sospecha (e indicios de confirmación en la fiesta) el viaje de Michael tiene lugar, y la fidelidad de ambos soportará una prueba constante. Aquí es donde la película se diferencia de la que usé para hacer referencia porque “La última noche” cae en la trampa de juzgar a sus personajes en ese montaje paralelo propuesto para contar lo que le va pasando a cada uno. El marido trata de evitar como puede los avances de Laura, quien deja muy clarito que quiere sexo. Johanna no la pasa mejor en el encuentro con su ex por quién siempre sintió una pasión especial, porque además siente la culpa de estar pensando en hacer lo mismo que le criticó a su marido. Al caer en esta trampa la obra se codea por momentos con el melodrama de telenovela y pierde algo de credibilidad. Es verdad que trata de volver a su propuesta original y nunca pierde la estética bien lograda con la fotografía y la música; pero para entonces el espectador tiene bajado el mensaje de qué y cómo tiene que pensar.

    Si usted no cae en lo mismo verá una producción llevadera, más allá de sus falencias, y bien actuada.
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  • Año nuevo
    Año nuevo
    El rincón del cinéfilo
    Lo que faltaba. Asistir a un desfile de estrellas de Hollywood como excusa para vender cremas para la piel. Ahora que se acerca 2012, y esta próxima la profecía Maya sobre el fin del mundo, el cine comercial de Hollywood parece querer adelantarse un poco al evento así el mundo tiene algo menos por “finalizar” cuando llegue el momento.

    Históricamente el cine estadounidense ha convocado verdaderas selecciones de actores y actrices para armar un superelenco al servicio de una historia. UNA historia. Cuando tanta gente pasa por adelante de la cámara algo tienen que hacer, y dentro de lo posible algo más elaborado que mandarle saludos a la mamá, y cosas por el estilo.

    La solución que se le ocurrió a la flojísima guionista Katherine Fugate es hacer subtramas que, al no tener una historia que apoyar, quedan como piezas aisladas de un rompecabezas. El veterano Garry Marshall insiste con la comedia superficial y romántica que lo llevó a hacer un híbrido parecido con “Día de los enamorados” (2010).

    Hablar de personajes sería una pérdida de tiempo. Digamos que Michelle Pfeiffer tiene que ir a una fiesta y Zac Efron la ayuda; en tanto Hillary Swank es la encargada de la transmisión del tradicional descenso de la bola de luces en Times Square, en espera que Bon Jovi cante en ese ámbito, pero él anda distraído con otra cosa. Roberto de Niro agoniza y quiere salir un rato a ver los fuegos de artificio, pero tiene a Hale Berry de enfermera estricta. Jessica Biel anda obsesionada con parir el primer bebé del año en competencia con otra mujer (acaso la más ridícula de todas las historias). Sarah Jessica Parker anda sobreprotegiendo a su hija (esta sección tiene un vínculo bien logrado entre las dos actrices), en tanto Aston Kutcher queda atrapado en un ascensor con Lea Michele (de la serie “Glee”). Mezclados entre los extras está el resto de los artistas, cada uno con su correspondiente cameo, por ejemplo James Belushi, Cary Elwes, Yeardley Smith y un sinfín de nombres que se seuman a otra enorme cantidad de extras, entre los que aparentemente está muy de moda usar horribles sombreritos de una conocida marca de cosméticos.

    Lo único que tienen estas pequeñas historias es la ciudad de Nueva York como marco para la celebración del inicio de un nuevo año. Para el realizador de “Frankie y Johnnie” (1991) es suficiente, así que no pretenda un armado correcto de la trama, ni un diseño medianamente razonable de los personajes, ni nada que se parezca a la coherencia. Por suerte para año nuevo va a ser el espectador el que tenga una posición más amable con esa cantidad de artistas. Por sí misma la producción es un barco que se hunde inevitablemente.

    Música y compaginación hacen lo que pueden para sostener la propuesta que, por supuesto, ya se puede imaginar como termina, ¿no? Algo le debe haber pasado al fotógrafo Charles Minsky porque utiliza en forma excesiva los colores oscuros, empezando por el azul.

    Aquellos que consideren a “Día de los enamorados” como una buena película van a disfrutar de esta realización. Los demás deberán buscar en otro lado.
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  • Alamar
    Alamar
    El rincón del cinéfilo
    Una pareja, Roberta (Roberta Palombini) y Jorge (Jorge Machado), se separa luego de una relación muy intensa que dejó buenos momentos, mucha pasión y un hijo Natan (Natan Machado Palombini). Jorge, que tiene sus raíces en el pueblo Maya, lo pasará a buscar para llevarlo de viaje a un lugar de la costa mexicana. Esto que sucede en los primeros cinco minutos de “Alamar” oficia de simple presentación, para luego adentrarse en lo que aparentemente le importa al realizador, la relación que se construye entre padre e hijo antes de que éste último emprenda el camino de regreso a Roma, lugar donde Roberta ha decidido radicarse post separación y de donde es oriunda.

    Todo, desde la dirección de arte a la compaginación, desde la fotografía a los encuadres (sobre todo los planos generales de Banco Torrico donde tiene lugar la acción), tiene un formato netamente televisivo, independientemente de abordar la relación entre Natan y Jorge como si fuera un documental.

    Los diálogos son circunstanciales, simplemente porque no están guionados. Es como si el director hubiera decidido estar más próximo a un reality show que al cine. El padre lleva a su hijo lejos del mundanal ruido para mostrarle su forma de vida. Vemos a ambos yendo a pescar (langostas, peces, etc), bucear en la zona de corales, cocinar, conectarse con la naturaleza, etc. Todas las actividades que se desarrollan van construyendo un vínculo que se da de forma muy natural dado que los protagonistas hacen de ellos mismos.

    En este sentido se produce una ambigüedad: por un lado, el realizador no toma riesgo alguno al encarar el proyecto en ficción en pleno o en documental puro, pero por otro, logra lo que se propone, es decir presentar y describir los lazos afectivos desde una visión simple y lineal. Escenas en las que el padre le enseña a sacar las escamas a un pez, hacer un estofado, o aprender a respirar para ver la vida debajo del agua, son pequeños destellos que ayudan al espectador a entender rápidamente como funciona la dinámica de la propuesta.

    “Alamar” no tiene más pretensiones que eso, y logra su objetivo. Básicamente no hay nada para reprochar. Eso sí, en lo particular, prefiero pensar que el cine trata de algo más que de una experimentación por la experimentación en sí misma. En este aspecto la obra resulta más cercana a alguna emisión del Discovery Channel que del lenguaje cinematográfico.
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  • Operación regalo
    Operación regalo
    El rincón del cinéfilo
    Cálido mensaje navideño a partir de un imaginario árbol genealógico de Santa Claus

    Cuando viene llegando la época de navidad, los que hace rato peinamos butacas sabemos de la avidez de Hollywood por explotar la fecha con la mayor cantidad de productos alusivos posibles, entre los cuales están las películas alegóricas al hombre del trineo que reparte regalos a los chicos de todo el mundo, a sola condición de haberse portado bien. Ya es incontable la cantidad de producciones que se han realizado sobre este tema, por ende cierto respetuoso escepticismo es normal.

    Dos cosas están desde hace años instaladas en el inconsciente colectivo de los espectadores del mundo. Si es una producción estadounidense sobre la navidad que incluye a Papá Noel reúne dos requisitos excluyentes: ponderar el inmaculado espíritu navideño y terminar bien.

    Respetando esta base habrá que ver como arreglárselas para ser original, mi amigo, porque hasta las oscuras “El Grinch” (2000) y “El Extraño Mundo de Jack” (2005) cumplían los dos preceptos con creces.

    ¿Cómo recibir “Operación regalo” entonces? Bien. Muy bien. Porque los guionistas Peter Baynham y Sarah Smith se tomaron el trabajo de escribir hasta reinventar (aunque sea un poco) el cuento que conocemos todos, meterse dentro de la familia de Santa Claus humanizarla, y dejar el mensaje navideño desde el pintoresco árbol genealógico que imaginaron.

    Desde el punto de vista de las relaciones, la familia Claus (o Noel, o todos los etcéteras, según la región del mundo) no pasa por un buen momento. La “cámara” recorre un pasillo con retratos del linaje mostrando a los grandes gestores de mañanas felices en todos los chicos del planeta. A medida que el recorrido avanza se aprecia en los cuadros cierto deterioro en la impronta de cada cogeneración, hasta llegar a la actualidad con un Papá Noel que denota cierta actitud de desidia, con dos hijos: Arthur y Steve. El primero, un soñador torpe y enclenque, envuelto en la maroma de cartas escritas por los niños del planeta, dispuesto a responder una por una reivindicando la leyenda. El otro, es mucho más expeditivo, totalmente globalizado, ideológica y tecnológicamente hablando. Steve piensa la navidad como misiones que conjugan empresa y acción militar para entregar los regalos, aún si esto implique algún daño colateral como olvidar una entrega. En el margen de error menor a X, reside el éxito navideño.

    Momento de establecer el sano conflicto.

    Un accidente en la operación nocturna deja a una niña sin regalo, lo cual dispara el enfrentamiento ideológico entre hermanos. Steve piensa que se puede compensar con un delivery tardío (pero sin magia) del presente navideño. Para Arthur es inadmisible que un niño despierte un 25 de diciembre sin recibir nada. Mientras tanto, Papá Noel se debate entre lo senil y lo moderno, sin entender demasiado. El único que parece tenerla clara es el “Abuelo Noel”, quién a pesar de su avanzada edad tiende a seguir respetando la tradición; de modo que la cuestión se trata de cumplir con la niña yendo a contra reloj (a dos horas del amanecer).

    Todo es atemperado por la Señora de Noel, quién parece tener el alma más noble de todas al darle el lugar a cada uno, y en claro que su marido es quién debe decidir cuál de sus hijos vestirá el traje de ahora en adelante.

    El realizador con inteligencia desarrolla una aventura realmente entretenida para que el regalo olvidado llegue a destino, tratando de anteponer lo artesanal de la navidad por sobre la vorágine tecnológica que envuelve al planeta Tierra por estos días.

    Los guionistas no dejaron nada al azar, por eso la historia transita con mucho humor esta comparación de épocas y generaciones, permitiéndose momentos de juegos de comedia realmente logrados.

    ”Operación regalo” funciona como una producción para toda la familia que no se queda en lo anecdótico, sino que deja un lugar a la reflexión. Parar un poco la pelota a fin de ver realmente cuáles son los valores de mantener la fantasía por el tiempo que sea necesario.

    Los personajes logran una credibilidad notable gracias a los excelentes trabajos del doblaje (en lo que concierne al estreno en la Argentina), y una edición vertiginosa de John Carnochan y James Cooper, quienes se toman su tiempo cuando el guión demanda pausas necesarias para construir la relación entre los integrantes de la familia Claus.

    Una realización ideal para llevar a los chicos, sobre todo si surgen preguntas que alimentan la leyenda. Es lindo como padres poder contribuir a esta complicidad por un rato. Déjese llevar. Ríase con ganas. La infancia no es la misma sin Papá Noel, y esta película aporta mucho en ese sentido.
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  • El precio del mañana
    El precio del mañana
    El rincón del cinéfilo
    Estimo que debí haber supuesto lo que sucedería con esta producción. Venía ilusionado con la idea pero, como suele suceden en Hollywood, algunas propuestas están bien planteadas y son interesantes en su discurso; aunque luego en su continuidad se vayan desdibujando, para culminar desteñidas a raíz de la participación de ser muchas manos en el plato las que han tomando decisiones con la cabeza puesta en la boletería y no en la obra.

    Plantea una realidad alternativa con vistas a un futuro en el que la genética ha logrado detener el envejecimiento del ser humano a los 25 años. Luego a todos nos queda un año más de vida, de manera tal que lo más importante de nuestra existencia es el tiempo.

    La gente ya no comercia con dinero, ni oro, ni petróleo. Todos tienen un reloj digital tatuado en el antebrazo que cuenta en forma regresiva el tiempo remanente de vida que le queda. Cuando este se acaba, viene el infarto y uno queda fulminado sin remedio, salvo que alguien le done parte de su tiempo, y sin que a nadie parezca importarle demasiado. El trabajo se cobra con tiempo (que se suma en el antebrazo), en tanto la comida, el colectivo, el subte y demás se deduce del que le va quedando a cada individuo Para ello existen aparatos lectores, tipo caja de supermercado. O sea, la vida transcurre contra reloj y la sociedad está dividida en los que tienen tiempo para vivir ciento de años (la clase alta), y los que apenas llegan al fin del día (la clase trabajadora). Por cierto, en esta narración la clase media no existe, pero sí grupos marginales que se dedican a robar tiempo, lo cual ya es una bajada de línea.

    Asistimos, señores, a una versión sobre la muerte del capitalismo y de las ideologías en general.

    Will Salas (Justin Timberlake) trabaja en una fábrica y vive con su madre. Una noche cualquiera un hombre de clase alta está en el bar del gueto gastando su tiempo delante de todos los parroquianos. Evidentemente busca problemas, y los ladrones no se hacen esperar. Will sale en su ayuda. Logran escapar y Will escucha al yuppie confesarle su deseo de no vivir más. Ambos beben, Will se emborracha y el extraño personaje se suicida, transfiriéndole previamente al protagonista las millones de horas de la que era portador.

    Imagínese que para Will, con tanto tiempo disponible, quedarse donde vive resulta peligroso, por lo tanto resuelve ir escalando posiciones, superando barreras utilizando el tiempo heredado para cruzar fronteras, hasta incorporarse a la clase alta y comenzar a circular por ella.

    “El precio del mañana” comete dos errores a partir de este momento narrativo: primero, redundar sobre la idea del tiempo sobre-explicando el concepto; y segundo, transforma el relato en un juego del gato y el ratón en lugar de profundizar la propuesta.

    Como resultado termina por resultar una producción de acción, y como tal no aporta absolutamente nada nuevo al género, a no ser por una buena banda de sonido y una dirección de arte que transmite muy bien la atmósfera de frialdad e indiferencia en este mundo futuro que se quiere mostrar.

    El elenco cumple, nada más. Es evidente la intención de tener a Timberlake como la única estrella, por eso el resto está sólo operan para apuntalarlo a él.

    En definitiva, como discurso deja de funcionar a los 15 minutos, y como aventura es apenas una más del montón. Poco. Muy poco.
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  • ¿Cómo lo hace?
    ¿Cómo lo hace?
    El rincón del cinéfilo
    A la comedia estadounidense no le fue tan mal en 2011 respecto de otros género, por ejemplo el de terror; sino estaríamos ante una suerte de debacle, aunque debo reconocer que soy siendo bastante complaciente. Será porque estamos en épocas navideñas y a uno se le da por reglar cosas. Por ejemplo la reflexión que acabo de hacer.

    Es curiosa la carrera de Sarah Jessica Parker. A principios de los '90 ofrecía un matiz de frescura en algún personaje, como aquella chica despojada de tabúes en la comedia “L.A. Story” allá por el año 1990. Luego pegó ese rol fundamental en una serie (fundamental) como “Sex and the city” (1998-2004), y sus secuelas cinematográficas “Sex and the city. La película” (2004) y “Sexy en Nueva Yotk” (2010).

    Evidentemente, la guionista de “¿Cómo lo hace?”, Aline Brosh McKenna, vio todas las temporadas de la serie y no se le ocurrió mejor (peor) idea que tomar ese personaje y despojarlo de todo signo de inteligencia para convertirlo en este híbrido del género femenino.

    Al principio hay una especie de amague con ir por el lado de la impronta de Carrie Bradshaw (el personaje de la actriz en la serie mencionada) con una escena de ella y su marido en la cama. Él duerme en tanto ella reflexiona: “mientras ellos están tranquilos, nosotras hacemos una lista de cosas para hacer al otro día” Entonces asistimos a una serie de pensamientos en off de la protagonista con todo lo que tiene por hacer. Descubrimos entonces la versión de la mujer moderna, casada, con dos hijos, y trabajadora. Los conflictos de Kate pasan, por ejemplo, por cómo hacer una torta para una feria escolar de su hija, mucho más rica y vistosa que la de otra mamá a la que le tiene una evidente envidia. La actriz mira a cámara (cámara subgetiva) para explicarlo, o sea que le habla directamente al espectador. Un buen recurso que en este caso está mal utilizado, porque la línea de diálogo que tiene la actriz dibuja un personaje con el razonamiento de una adolescente en tanto se trata de una mujer cercana a los 40 años.

    El guión se ocupa de endilgarle a Kate tantas actividades como sea posible, subrayándolas con personajes que a cada rato afirman: “Me pregunto cómo lo hace”.

    El problema que atenta contra la credibilidad del personaje durante toda la historia no es de la actriz, sino del realizador. Ha dibujado una mujer de 40 años por la forma de hablar, los gestos, y el razonamiento de una adolescente de 16. El marido (Greg Kinnear) tiene más paciencia que Jacinta Pichimahuida. Él también trabaja, pero parece que se las arregla para dedicar tiempo a los chicos y darle a las cosas la importancia que tienen. Pero aún con las apariciones del actor, la obra se va cayendo dentro de su propia propuesta y resulta aburrida. Hasta la banda de sonora está plagada de sonidos comunes que tampoco ayuda a que los momentos de humor levanten el ánimo. Por último, supongamos que el target de público al que está dirigida la producción son las mujeres modernas ocupadas con mil cosas a la vez, estimo que probablemente no tengan tiempo ir al cine a verla.
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  • Tata Cedrón, el regreso de Juancito Caminador
    Una vez, un amigo me contó que su papá le contó que El “Polaco” Goyeneche dijo algo así: “El tango te espera. Es paciente. Cuando menos te lo esperes ahí va a estar para decirte lo que sos”.

    No es una verdad de Perogrullo créame y la película Tata Cedrón: el Regreso de Juancito Caminador está para ser descubierta, quererla y nunca olvidarla...
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  • Happy Feet 2: El pingüino
    Happy Feet 2: El pingüino
    El rincón del cinéfilo
    De vez en cuando surge alguna producción en Hollywood que contradice esa frase hecha para definir las secuelas: segundas partes nunca fueron buenas. Tal es el caso de Happy feet 2: el pingüino.

    El primer acierto se encuentra en la elección del personaje protagónico. Ya no se trata de la historia de Mumble sino la de su hijo Erik, quien sufre algo parecido a lo que le sucedió a su padre: se siente distinto a los demás, como si estuviera en el lugar equivocado, es decir “no encaja”. Difícil no sentirse así cuando en la secuencia inicial donde el pingüinaje canta, baila, y “percusiona” con los pies en forma extraordinaria, en tanto el cachorrito apenas si mueve los pies tímidamente. Algo similar le sucede a Ramón, pero fundamentado en el hecho que las chicas no le “dan bola”. Como consecuencia éste decide irse con su acento puertorriqueño a otro lado, seguido por Erik acompañado por un par de colegas que, en realidad, quieren que vuelva.

    La historia comienza su desarrollo cuando llegan a otra zona, donde se encuentran con una especie distinta de pingüinos liderada por Sven, una variedad de ave del mismo color (blanco y negro) admirada porque puede volar. Sven lleva adelante su grupo bajo una consigna que repercute, especialmente en Erik: “si te concentras, si crees, entonces sucederá”

    Los guionistas George Miller, Gary Eck, Warren Coleman y Paul Livingston disfrazan el conflicto real (un chico que se siente excluido) con una gran masa de hielo que se desprende por el calentamiento global, encalla en la costa de la familia de Erik, y deja a todos los animales atrapados entre paredes gigantes de hielo. Mumble va en busca de su hijo, y será la oportunidad para afianzar la relación, además de intentar el salvataje.

    En realidad los viajes y desafíos que cada personaje va realizando en pos de solucionar este problema van concatenando los temas y mensajes que aborda “Happy Feet 2: El pingüino”: lazos familiares, la amistad, la confianza en uno mismo y, por supuesto, las consecuencias de romper la cadena alimenticia, la preservación de las especies y el ya mencionado calentamiento global.

    Estos conceptos sobre la ecología son apoyados por una subtrama que, si bien no le agrega nada a la historia, sirve como excusa para poder explicarlos. Se trata de un cardúmen de camarones que se va desplazando bajo las aguas antárticas. Entre los miles que conforman el grupo están Bill y Will. El primero está aburrido de pertenecer a una sociedad con el mismo destino (ser alimento para ballenas) y decide abandonar la masa para observar el entorno desde otro prisma. Su idea va más allá de ver el mundo. El camarón decide hacerse carnívoro junto a su compañero, que lo sigue más por amistad que por convencimiento del discurso.

    La dinámica de la compaginación tiene las pausas justas para que los chicos puedan procesar todo, en tanto la música no abusa de coreografías aburridas. Es más, en este sentido le recomiendo ir a la disquería para conseguir las superlativas versiones de dos temas de Queen, especialmente “Under Preassure”.

    Se destaca la alta performance en la calidad del doblaje, encabezado por René García como Nestor, con el gran Humberto Vélez aportando su voz a Ramón, y los brillantes aportes de José Antonio Macías y Carlo Vázquez como los dos camarones

    Happy Feet 2: El pingüino” se supera a sí misma, e incluso los pasajes que llaman a la reflexión han sido resueltos de manera clara y concisa.

    Una de las buenas opciones para una salida al cine con los chicos.
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  • Poesía para el alma
    Poesía para el alma
    El rincón del cinéfilo
    El discreto encanto de la poesía

    Está terminando el año y la posibilidad de ver más cine proveniente de Asia en nuestro circuito es realmente muy difícil. No quiero sonar desalentador, pero en 2011 se estrenaron sólo cinco producciones del continente más grande de todo el planeta. Tres de Israel (“Ajami”, “Líbano” y “Una misión en la vida”); una de Tailandia, la discutida “El hombre que podía recordar sus vidas pasadas”, y, finalmente, un mamarracho de Japón, “Actividad paranormal 0. El origen”

    Se imaginará el lector que esto no es lo único que se filmó en Asia ¿verdad? A pesar de estos avatares de nuestro circuito, Corea del Sur suma una pequeña joyita llegando sobre el final de la temporada.

    En la apertura de la historia una escena nos presenta a un grupo de chicos jugando en las márgenes de un cause de agua, llamándoles la atención algo que flota en el río. Ese “algo” es el cuerpo sin vida de una adolescente.

    Luego de ese primer impacto, el espectador tendrá la hermosa posibilidad de conocer a Miya (Joeng-hei Yun), una anciana que vive con su nieto Jongwook (Da-wit Lee) en un sencillo departamento. Miya tiene una forma de transcurrir la vida absolutamente terrenal y lógica. El mundo estableció sus reglas y ella simplemente las sigue. Su trabajo consiste en cuidar a un anciano que vive en el piso alto del supermercado del cual es dueño. Aunque está en la la etapa final de su vida, con una suerte de hemiplejía que apenas lo deja balbucear algunas palabras; se las arregla para establecer un vínculo con su improvisada enfermera. En uno de los tantos días, camino al súper, ve una ambulancia trayendo el cuerpo de la muchacha ahogada, y a su madre desconsolada. Este hecho coincide con un diagnóstico de Alzheimer que Miya recibe luego de una consulta rutinaria a partir de un cosquilleo en el brazo, y la referencia que a veces se olvida el nombre de algunos objetos.

    Ambos sucesos establecen los parámetros necesarios para que la protagonista asista a un curso de poesía, un arte por el que se ve atraída casi instintivamente. Claro, ella necesita reglas para todo, razón por la cual cuando comienza a buscar inspiración se da cuenta de que su vida se basa en lo concreto, y que no es allí donde se la puede encontrar. El profesor da una tarea a su clase: tienen un mes para escribir una poesía.

    El realizador de “Sol secreto” (2007) Chang-dong Lee utiliza los elementos básicos de la vida de Miya para iniciar en ella un recorrido interno por las atrocidades que va descubriendo, una vez enterada de que su nieto y otros cinco compañeros de clase fueron los que abusaron,y violaron a la niña rescatada muerta de las aguas..

    El guión plantea dos carriles por los que se desarrolla la historia: La angustia por la falta de inspiración para escribir y el dilema moral de hacer o dejar de hacer lo correcto respecto de su nieto, cuya madre está ausente en otra ciudad.

    La obra fílmica, con una dirección de arte espléndida, va instalando lentamente un clima de incertidumbre matizado con los altibajos anímicos que afectan a Miya.

    El guión, del mismo Chang-dong Lee, aporta todo lo necesario para establecer su punto de vista sobre la superficialidad del alma y algunos valores en vías de extinción. Para ello se vale fundamentalmente de dos elementos: los encuadres cerrados y la superlativa actuación de Jeong-hie Yun, quien regresó a la pantalla grande después de varios años de ausencia, para reflexionar sobre la poesía que está desapareciendo y que resulta cada vez más difícil encontrar inspiración en el mundo tal cual está planteado actualmente. Esta parece ser otra de las inquietudes del realizador, plasmada en esta obra que encuentra en la sencillez un modo brillante de hablarle al espectador. También se hace esta pregunta respecto del cine, pero en tanto siga filmando así difícilmente desaparezca.
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  • Reto de valientes
    Reto de valientes
    A Sala Llena
    La película Reto de Valientes viene precedida de una historia bastante particular. Está producida por Sherwood Pictures, una compañía fundada por los hermanos Alex y Stephen Kendrick...
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  • Orillas
    Orillas
    A Sala Llena
    Partamos de una premisa: No se puede argumentar sobre lo que no se conoce. Dentro del material de prensa y en los créditos de Orillas, hay una frase que dice “Se calcula que hay mas de dos millones de afrodescendientes”...
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  • Las nuevas aventuras de Caperucita Roja
    Desde que en 2001 Dreamworks rompió los esquemas de cuentos clásicos con la indispensable Shrek, hubo varios intentos de descontracturar el esqueleto narrativo de cuentos clásicos, llevando los personajes a otro plano. Digamos que la característica principal se basa en el “Y que pasaría si…
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  • Un amor
    Un amor
    A Sala Llena
    Una invitación a retroceder en el tiempo con una mirada nostálgica y feliz nos es algo común en estos días. La simpleza narrativa y personajes creíbles son las dos virtudes sobre las que se apoya Un Amor de Paula Hernández...
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  • Crónicas de la gran serpiente
    Crónicas de la Gran Serpiente es otro de los documentales que es estrena esta semana cuya temática se centra en los pueblos originarios.

    Tiene un comienzo más que interesante con imágenes fabulosamente encuadradas y fotografiadas que muestran montaña, río, desierto, piedra, cerro, valle…
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  • La profecía del 11-11-11
    La profecía del 11-11-11
    El rincón del cinéfilo
    ¿Por qué? Solo quiero saber eso. ¿Por qué?

    Ya ni desde el título se deja lugar a la sutileza. A veces hasta prefiero que me engañen, le soy sincero. Aquí parecía que sucedía. Fundido negro. El grito en off de un niño llamando a la madre. Imagen de ella despertando. Escucha al niño y cuando abre la puerta lo ve en el pasillo rodeado del fuego que incendia la casa. Ambos morirán quemados ante la atenta mirada de una especie de gárgola demoníaca que lo contempla todo. Corte.

    En realidad, Joseph (Timothy Gibbs) estaba soñando (una vez más) todo esto. Son las 11 y 11 según su reloj. Me da la sensación de que este numerito es importante. Un cartel dice que es el 7 de Noviembre de 2011, con lo cual ya no tenemos dudas de cuando será el momento del climax de acuerdo a lo que reza el póster. Joseph se nos va revelando como un viudo, escritor de novelas que él mismo detesta pero los fans aman. Hace mucha plata y su editor está contento. Pero esta pérdida importante le ha hecho perder la fe en Dios y en casi todo, mientras asiste a un grupo de contención en donde conoce a Sadie (Wendy Gelnn), otra víctima de viudez por accidente, quién trata de conectarse con el escritor. Mucha suerte no le trae porque a cuatro minutos de encontrarse el hombre se pega un tremendo palo con el auto. Igual no le pasó nada, aunque recibe un llamado de su hermano Samuel (Michael Landes) avisándole de la agonía de su padre (Denis Rafter), lo que lo mueve trasladarse a Barcelona. No parece muy convencido del motivo del viaje, y nosotros tampoco, pero ya que viaja igual seguimos mirando. El hermano anda metido a sacerdote en una capilla instalada en la enorme casa donde vive con su papá. A partir de este momento la información dada al espectador no solamente no deja un solo segundo librado a la imaginación, sino que irá transformando el verosímil bien instalado al principio en una concatenación de hechos contradictorios a la idiosincrasia de cada personaje.

    El director insiste con dividir su película por días con la sana intención de acrecentar la tensión, pero esta no llega nunca a levantar porque gracias al guionista el espectador irá intuyendo todo lo que pasa y preguntándose cómo es posible que Joseph no se de cuenta. A esto hay que agregarle el espantoso y anacrónico recurso de hacer “razonar” al personaje con un racconto de imágenes y diálogos mostrados en la película. Una forma horrible de maltratar al personaje el un guión, sólo para dejar en claro que “le cayó la ficha”. También es una manera encubierta de subestimar la inteligencia del espectador.

    De todos modos no son los únicos desaciertos. La fotografía tiene un filtro gris todo el tiempo, como si la vida del protagonista no fuera ya lo suficientemente oscura. Esto lo sufre Barcelona, todo el resto de los exteriores y los otros personajes. Imagíneselo decorado con una banda de sonido que sólo aporta los “chanes” de los sobresaltos.

    En definitiva, los 15 prometedores minutos iniciales se van diluyendo en una historia que desvaría en ritmo narrativo y logra que cuatro días parezcan siglos.

    Lo hemos dicho durante el año. No tiene caso volver con la misma reflexión. La 17ª película de terror del año es floja y no aporta nada para salvar este género en lo que queda de 2011.
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  • El jefe
    El jefe
    A Sala Llena
    Luego de muchos años de ver cine uno se vuelve escéptico al ver un afiche que dice algo así como “300.000 espectadores en Colombia, récord total, etc, etc.” Terminada la proyección de El Jefe, cabe preguntarse cómo hizo para convocar a tanta gente. O era gratis o era la única película en exhibición que había. Es lo único que podría justificar tamaña presencia ante semejante mamarracho...
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  • Los tres mosqueteros
    Los tres mosqueteros
    El rincón del cinéfilo
    Escena 1. Toma aérea de Venecia en el siglo XVII. La ciudad se ve un poquito más iluminada que Nueva York, pero en esta época. No hay que subestimar el poder lumínico de miles de velas.

    Escena 2. “Calle” de Venecia en el siglo XVII. Un hombre emerge con un traje de buzo, para que nadie haga preguntas cuando desde abajo del agua y con la puntería de Rambo salga un cuchillo a clavarse en uno de los guardias. Acto seguido el hombre sale del agua con una pirueta, saca armas que se despliegan en cada una de sus manos como dos molinetes llenos de cuchillos. Se escabecha a los guardias. Luego entra el palazio. Descubre su cara. La imagen se congela en primer plano y toma la estética de un afiche de feria. Un cartel dice: Athos (Matthew MacFadyen). Otro tanto sucederá con Portos (Ray Stevenson), Aramis (Luke Evans, muy parecido a Orlando Bloom) y Milady (Milla Jovovich), que por ahora está entre los buenos. Los cuatro están ahí para robar los planos que Leonardo da Vinci hizo de una “Máquina de guerra”. Deben pasar por un pasillo-trampa, así que Milla Jovovich se acordó de todo lo que hizo en la saga “Resident evil” (2002/2010), y corre activando y esquivando dardos en una escena que sirve para anticipar al espectador a la sarta de ridiculeces que ocurrirán con la película, la historia, los personajes y casi todos los rubros técnicos.

    Del libro de Alejandro Dumas (que los guionistas Alex Litvak y Andrew Davies deben usar como posafuentes en el comedor) sólo están los nombres y algunos hechos puntuales mencionados en la historia, como la traición de Milady, el viaje a Londres a recuperar el collar, y algo de la historia de D’artagnan (interpretado acá por Logan Lerman). No mucho más. Cada vez que la historia se encauza con la que conocemos todos, sucede algo que la desvía por completo. Imagínese cuando aparece en el aire un engendro de barco pirata con un zeppelin ante la mirada atónita de los actores, y de los espectadores. La verdad, y perdone la expresión, se fueron al carajo.

    En cuanto a los rubros técnicos, mucho no ayudan. Para empezar no hay vestuario, lo que tienen puesto, desde los protagonistas al último extra, son disfraces diseñados por Pierre-Yves Gayraud. Excepto el cardenal Richelieu (Christoph Waltz), cuya vestimenta es la más próxima a lo creíble, el resto de la ropa parece estar copiada de de la revista infantil Billiken. La dirección de arte es flojísima, pero para el caso está bien porque es coherente con todo lo demás. Hay tanto efecto especial cortado por croma que debe haber sido difícil la fotografía, único rubro que sale airoso, porque hasta la música de Paul Haslinger es excesivamente trillada.

    “Los tres mosqueteros 3D” podría ser disfrutada por el público más joven, o por aquellos que no conozca la novela y la historia que narra y, por lo tanto, por los menos avezados. También por cualquiera que vaya advertido de buscar algo parecido a lo que Stephen Sommers hizo con “Van Helsing” (2004) y “La Momia” (1999), o mejor aún, comparándola con aquella adaptación de “Wild Wild West” hecha por Barry Sonnenfeld en 1999. Vale decir: Tomar personajes históricos de la literatura, del cine o de la TV y hacer con ellos otra cosa.

    Sino entra al cine sabiendo, esto perderá tiempo y plata.
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  • Contagio
    Contagio
    El rincón del cinéfilo
    Steven Soderbergh es, curiosamente, uno de esos directores cuya carrera es como una montaña rusa: rápida, vertiginosa y con muchos altibajos. Claro, no debe ser fácil para ningún realizador debutar en cine con una película que se lleva la Palma de Oro en Cannes y después tener que sostenerlo en el tiempo. A él le pasó con “Sexo, mentiras y video” (1989). De ahí en adelante fue de delirios como “Kafka” (1991) a comedias livianas como “Un romance peligroso” (1998), y de estar nominado a dos Oscar el mismo año (2002) por dos películas (“Erin Brockovich” y “Traffic”, ganándolo por esta última), a filmar una saga con un mega reparto de súper estrellas (las tres de “La gran estafa”, 2001).

    Si uno analiza la carrera completa de Soderbergh se dará cuenta que es un director mucho más funcional a Hollywood que a él mismo. Vale decir, cuando quiere volver a filmar lo que a él le gusta, o algo más personal, suele dar pasos en falso como, por ejemplo, ver en su casa “Solaris” (1972) de Tarkovsky y luego hacer una película del mismo nombre, en 2002, para explicársela al público americano despojándola de metáforas, simbolismos y demás.

    El estreno de “Contagio” parece un resumen de todo lo expuesto anteriormente, o sea un muestrario de la carrera de Soderbergh en todos los sentidos. Algo parecido al racconto de la filmografía de Spielberg claramente visible en su versión de “La guerra de los mundos” en 2004. Punto.

    Hollywood se las ha arreglado siempre para describir lo bestial, poderoso, tremendo e invencible. Esa amenaza generadora de miedo y paranoia en cualquiera de sus formatos, ya sea un gorila gigante, un terremoto, un avión fuera de control, un tornado, un meteorito que va a chocar contra el planeta, y ni qué hablar de los extraterrestres o el terrorismo. Todos fantasmas que rondan el inconsciente colectivo convirtiéndose en lo que se conoce como cine catástrofe. La mayoría de las veces han sido amenazas palpables o visibles. ¿Pero qué pasa cuando esa amenaza no se puede ver ni controlar? Bien, Soderbergh usa dos generadores de paranoia colectiva al mismo tiempo en “Contagio”: Una enfermedad letal, peor que la gripe A, y la histeria colectiva disparada desde los medios de comunicación con hincapié en las redes sociales.

    En los primeros 40 minutos el realizador se las arregla para ser absolutamente contundente en su propuesta. Se sabe que el virus N1H1 no sólo no pasó desapercibido para la opinión pública; sino que además instaló en los medios y en la calle una reacción en cadena como pocas veces se ha visto. Así, el espectador se va conectando con todo aquello que vio y escuchó respecto de la transmisión del virus, y asiste a un in crescendo ansioso con planos detalles de gente estornudando, tocando puertas, ventanas, caños de subte, manijas, maníes, y ¡vaya a saber cuanta otra cosa!. Vivo como el hambre, el director instala el miedo y la desesperación en el espectador a partir de conocer perfectamente los mecanismos mediáticos, y la reacción de la población mundial ante semejante epidemia.

    El guión de Scott Z Burns (quién ya había trabajado con Soderbergh en “El desinformante” en 2009) arranca inteligentemente con en inicio del contagio y un cartel que dice “Dia 2”. El espectador sabrá que falta información y no estará de más pensar en una suerte de McGuffin en este sentido, o sea ese interés generado en el espectador por algo que en realidad no es lo importante.

    A partir de que Beth (Gwyneth Paltrow) sale de China con síntomas de gripe contagiando a gente que va a otros destinos del mundo, y comienzan a crecer un manojo de historias que no siempre están resueltas al mismo ritmo. El cruce de intereses por el manejo de la situación por parte de las autoridades, científicos calificados (animados por Lawrence Fishburne, Marion Cotillard y Kate Winslet) con la tarea de diagnosticar y tratar la pandemia, un blogger (Jude Law) que empieza a tener millones de seguidores a partir de publicar el nombre de un remedio, además de tirarse contra los laboratorios incluidos en el sistema médico estadounidense y, finalmente, la marca de las consecuencias de semejante catástrofe personificada mayormente en Mitch (Matt Damon), el esposo de Beth.

    Una historia vertiginosa al principio, con algunos altibajos en la mitad y un desenlace en el cual parecen haber chocado el deseo del director con el bolsillo de los productores, dada la resolución de algunas de las situaciones planteadas tendientes a corregir la incorrección política del realizador como, por ejemplo, instalar a los grandes laboratorios como villanos ocultos y luego desviar culpas hacia el personaje de Jude Law.

    De todos modos, “Contagio” es una producción entretenida que se da el lugar para algún mini debate, café mediante, a la salida del cine. Tenga cuidado con tocar el pocillo, la cucharita, el respaldo de la silla y el vuelto del mozo...
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  • Si fueras yo
    Si fueras yo
    A Sala Llena
    Cuadro de situación: Dave (Jason Bateman) es un hombre bastante estructurado, prolijo, pulcro, padre de dos bebés mellizos y una nena en edad de escuela primaria. Es exitoso pero adicto a su trabajo como abogado de una firma; lo que deriva en una esforzada y escasa atención a su esposa Jamie (Leslie Mann) quién sólo pretende dialogar un poco y que su esposo sea felíz...
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  • A usted no le gusta la verdad: 4 Días en Guantánamo
    Dentro del marco del DocBaires, la muestra internacional de documentales que se realiza cada año en la ciudad de Buenos Aires, pudimos ver A Usted no le Gusta la Verdad, 4 Días en Guantánamo.
    En realidad este documental dirigido por Patricio Enriquez y Luc Côté, supera en un punto el aspecto de análisis cinematográfico pues la estructura fundamental se basa en tres videos confidenciales dados a conocer por tribunales canadienses...
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  • Actividad paranormal 3
    En 2011 si el género del terror no se va al descenso; como mínimo juega la promoción. Habida cuenta de la cantidad de estrenos en el año, Actividad Paranormal 3 estaría sumando un par de puntos para evitar que este tipo de películas juegue directamente en otra categoría.
    Se ha perdido originalidad, tratamiento narrativo, estética y lo peor de todo, se ha perdido el condimento fundamental: la capacidad para llegar al verosímil. Ni siquiera los viejos maestros han sabido reinventarse o al menos reciclarse acorde a esta época tales los casos de John Carpenter y George A. Romero con Atrapada y La Reencarnación de los Muertos respectivamente. Irónico teniendo en cuenta que lo mejor de esta temporada vino de la mano de una especialidad de ambos: las secuelas.

    Scream 4 es ver un divertido diccionario enciclopédico del género y Destino Final 5 no sólo es una de las mejores de la serie; sino también una de las que entendió a la perfección el concepto de saga con un guión que en el final se aferraba al origen para cerrar todos los cabos desde la primera en adelante. Finalmente, La casa muda ofreció, con dos pesos con cincuenta, algo bastante novedoso de guión aceptable y con sustos genuinos no provocados por un “chan” de la banda de sonido.
    Entretanto, a los amantes de este género, 2011 (por ponerle una figura) nos hizo sufrir películas mediocres como El Rito, Piraña 3D, La Noche del Demonio y la remake de La Hora del Espanto o directamente desastres mal hechos como Apollo 18, No le Temas a la Oscuridad, La Oscuridad y Detrás de las Paredes.
    Se imagina que entrar a ver la decimosexta de terror del año no era nada alentador factor que, por carácter de oposición, suele funcionar al revés dándose el siguiente “axioma”: si entra a la sala para ver un desastre, es probable que no sea tan mala.
    El guión de Actividad Paranormal 3 fue escrito por la misma gente de las anteriores, Oren Peli y Chris Landon. Los dos sabían bien una cosa: si seguían por el camino de la segunda parte, la fórmula se caía a pedazos. Por eso retrocedieron en el tiempo estableciendo un parámetro visual fundamental que redobla la apuesta: la tecnología.
    Es mucho el hincapié que se hace en el manejo del VHS de la época como para ser sólo un detalle de rigor histórico. Y es que lo insinuado funciona mejor que lo explícito por lo tanto ahí estaba yo lidiando con las “filmaciones de calidad inferior”, para tratar de entender qué pasaba mientras el miedo iba ganando terreno.
    Luego de una introducción en la cual los viejos videocasetes son encontrados, los guionistas encuentran una buena justificación para explicar la presencia de tantas cámaras en una casa alegando que el jefe de la familia se dedicaba a filmar casamientos, eventos y demás. A partir de poner “play”, la película se ubica en la década del ochenta y repite la misma estructura pero con Katie y Kristi cuando eran chicas (bien dirigidas las dos nenas Chloe Csengery y Jessica Tyler Brown). Las cámaras instaladas volverán a registrar la paranormalidad y lo harán saltar de la butaca más de una vez. No hace falta decir más de la historia. Los directores de Catfish, Henry Joost y Ariel Schulman se las arreglaron para dejar su sello lo cual es bastante difícil cuando se entra a un formato que ya funciona.
    La trama es bastante simple y ciertamente puede ir cualquier espectador a verla sin necesidad de recurrir a las anteriores o sea, sí: es la tercera parte, pero puede funcionar por mérito propio. Hay dos o tres momentos (de esos en los que se pudre todo) que realmente están muy bien logrados merced al clima opresivo y asfixiante provocado por la supuesta “realidad” que estamos viendo.
    Si viene tan decepcionado del género como yo Actividad Paranormal es una suerte de placebo que funcionará bien mientras esperamos algo que salve el año.
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  • Glee 3D
    Glee 3D
    El rincón del cinéfilo
    Si uno no tuviera la vocación de medir todas las películas que ve con la misma vara (léase: poniendo lo máximo de conocimiento y criterio al servicio de desglosarlas y analizarlas), este comentario tendría sólo un par de líneas. Algo así como: “A la función privada de prensa asistió el club de fans oficial de Glee en Argentina. Terminada la proyección el aplauso fue elocuente”. Este hecho real colabora con el axioma:“Es para los fanáticos de…” pero no alcanza para saber si “Glee 3D. La película” está bien hecha o no.

    Debo decirle al respecto que este producto no puede ser analizado desde el punto de vista cinematográfico, aunque como hecho cultural lo sea.

    Si usted no está al tanto le comento que Glee es una serie de Fox que está entrando en su tercera temporada. La acción dramática se posa en un grupo de estudiantes secundarios unidos por una característica común: Son y se consideran “perdedores”. De hecho la señal con la que se manejan es la de formar una L (de Loser = perdedor) con los dedos índice y pulgar, llevarla a la frente. ¿Reclamará derechos de autor Pettinato?.

    Cada personaje atraviesa el conflicto de ser aceptado socialmente con alguna característica particular como, por ejemplo, ser gay y no poder decirlo, ser inválido, negro, tímido, gordo, etc, etc. Todos ellos encontrarán en la música, el canto y el baile el lugar en donde poder expresarse sin tapujos, encontrar amor, compasión, compañerismo y la ya consabida, y ansiada, inclusión, siendo aceptado cada uno como es. En medio de todo esto hay una tremenda parafernalia de castings de actores y actrices que conforman el elenco, millones de dólares en merchandising y en las cuentas de todos los involucrados. Por supuesto que detrás de la música hay super profesionales del medio como Adam Anders, el compositor y productor detrás de otros fenómenos como “High School Musical”(sreie de TV 2006/2011) o “Hannah Montana”(Serie de TV 2006)2011)..

    Glee es un fenómeno juvenil como alguna vez lo fue American Idol, o su versión vernácula Operación Triunfo. ¿O era Escalera a la fama?. Como sea. Ante la oportunidad de preguntarles a la creadora y a la presidenta del club de fans (Verónica Antelo y Valeria Massignani, respectivamente), cuál es el motivo de semejante fenómeno, la respuesta fue exactamente lo que se ve en la TV: Glee es una serie con historias de perdedores que a pesar de su condición pueden llegar al éxito, la fama y a triunfar. Cualquier semejanza con el sueño americano no es pura coincidencia. Ambas se encargaron, además, de subrayar que el baile y las canciones tienen tanta importancia como los protagonistas.

    No lo aburro más. “Glee 3D. La película” es el registro de un concierto que todo el elenco dio durante su gira por los Estados Unidos. Veremos números musicales de todos los “perdedores” (por separado y todos juntos), incluyendo una aparición de Gwyneth Paltrow cantando una de las canciones del repertorio.

    Todo este recital está cortado por dos tipos de inserts. Los obvios del backstage con los protagonistas tirándose bromas internas, y los más obvios aún que son los de la gente fuera del estadio antes de entrar al concierto, lugar en el que me gustaría detenerme por un instante. Ya dijimos que Glee es la historia de perdedores que llegan al éxito, razón principal por la cual tiene tantos seguidores. Pues bien, fíjese que los chicos elegidos del público para ser compaginados en “Glee 3D...” tienen las mismas características. Aparece una nena de no más de 15 años con una patología llamada Asperger (dificultades para interactuar socialmente), o un chico de no más de 16 que pudo salir del armario orgullosamente, sólo para citarlos como alguno de los ejemplos. Vale decir, es la gente de la producción buscando “perdedores” entre los asistentes. Perdedores con una historia horrible para contar y cuya solución parcial fue… Glee. Pregunta: ¿Hace falta aclarar que los descartados para la edición fue gente sin demasiados dramas? No quiero imaginar la cantidad de entrevistas a fanáticos “ganadores” fuera del escenario que la producción habrá hecho hasta llegar a las que aparecen en la película. Así que si lleva a la nena a ver a Glee cuando llegue a nuestro país, y lo entrevistan en las afueras del Monumental, ya sabe como la ven los creativos del show.

    Lo musical es impecable destacándose las tremendas versiones de “Somebody to love” y “Fat bottomed girls” (originales de Queen), “P.Y.T”. (original de Michael Jackson) y el leit motive de Glee, un tema muy pegadizo que se llama “Don’t stop believin’.

    ¿El 3D? Absolutamente desperdiciado. Intrascendente, ¡bah! Si usted quiere empezar a entender el fenómeno Glee comience por la TV. Esto es un concierto bien filmado, pero con pocas respuestas para los desinformados.
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  • Eva de la Argentina
    La figura de Eva Perón seguirá siendo para siempre una divisora de opiniones, posiciones e ideologías en nuestro país. Cualquier forma de arte que quiera abordar su historia sabrá de antemano a qué atenerse respecto de las futuras repercusiones de su difusión. Esta verdad de Perogrullo, sumada a la inexistencia de misterios en torno la vida de Evita, hacen difícil encontrar una propuesta fuera de lo común. Eva de la Argentina, sin embargo, tiene los suficientes aciertos como para meterse en el lote de excepciones.
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  • Tierra sublevada - Parte 2: Oro negro
    Después de varias presentaciones, llega finalmente Tierra Sublevada II –Oro Negro- la última producción de Pino Solanas precedida en Agosto por Mosconi de Lorena Riposati.
    En el caso de Oro Negro, se realizó una vasta investigación sobre la historia de la explotación del petróleo en Argentina. Comienza con jugoso material de archivo narrado por el propio director, el cual nos va subrayando no sólo la riqueza mineral descubierta, sino también la gran obra infraestructural comandada por el General Mosconi, tanto en Comodoro Rivadavia como en la región salteña. Se describen todos los beneficios y la instrucción recibidos por los trabajadores de la ya prolífica YPF.

    También se hace hincapié en el orgullo con el que dichos trabajadores y especialistas llevaban a cabo sus tareas a la vez de mostrar las grandes comunidades que se formaban alrededor de cada lugar en el que se montaban las refinerías.

    Como sucedió con sus documentales (y también con ficciones como El Viaje, 1989) Pino Solanas inyecta una alta dosis de contenido político con lo cual es difícil a veces disociar la propaganda de la denuncia.
    El director toma testimonios de expertos en el tema para llevarnos a la insoslayable conclusión de la gran pérdida sufrida por los argentinos al privatizarse YPF durante la presidencia de Menem y las consecuencias posteriores incluida la política de Kirchner.

    Oro Negro resulta un documental útil para conocer la vejación que se ha hecho con YPF y para concientizar sobre la importancia de estar mas enterados del tema. No es lo mejor de Pino Solanas (acaso la mas lograda sigue siendo La Última Estación); pero es coherente con su ideología, su manera de filmar y su línea narrativa. Pino Solanas hace docencia primero y baja línea después aunque en realidad, con la docencia sólo alcanza para sacar las trágicas conclusiones con sólo ver las imágenes de archivo y prestar atención a los testimonios. Si el cine documental sirve para ponernos al tanto, bienvenido sea. En este sentido, técnicamente es impecable y ojala se pueda ver en buenas salas. Eso si, la parte política decídala Ud.
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  • Gigantes de acero
    Gigantes de acero
    El rincón del cinéfilo
    Está claro que el “pochoclo” no es un género cinematográfico ¿no? Pero el término ya está instalado entre todos para denominar un tipo de cine que sólo apunta a dos cosas: entretener y vender muchas entradas. Estados Unidos puede proclamarse como el país de mayor producción de este estilo, sin que esto signifique necesariamente un mérito. Ahora bien, dentro del cine “pochoclo” hay también convenciones, reglas y demás aditamentos que de no estar puede derivarse en un “pochoclo” incomible, y por el mismo precio en un fracaso de taquilla. Voy a hablar de “Gigantes de acero”.

    Si las páginas de los guiones de “Halcón” (Menahem Golan, 1987) y “El campeón” (Franco Zeffirelli, 1979) fueran cartas de un mazo y las mezcláramos durante varios minutos, seguramente al barajar quedaría el guión que John Gatins escribió para “Gigantes de acero”.

    En un futuro cercano, el ex boxeador Charlie Kenton (Hugh Jackman) es el dueño de un robot a control remoto que sirve para pelear (contra otros robots o contra algún toro en un rodeo). Fue tanto el deseo de sangre del público de boxeo que se decidió reemplazar a los hombres por máquinas así, de última, las que se hacen pedazos son ellas.

    En realidad Charlie es un perdedor nato. Todo le sale mal. Incluso ser padre de Max (Dakota Goyo), un niño de 11 años a quién está dispuesto a vender (dar en adopción) al marido de su ex – mujer con tal de conseguir dinero para otro robot y así saldar deudas, y ver si puede salir de pobre con el dinero generado en apuestas. Pero antes de deshacerse de su hijo deberá hacerse cargo él durante unos días, hasta que su madre vuelva de vacaciones. Momento propicio para que la relación entre ambos fluya, ya que Max es fanático de las peleas de robots, o sea la punta del ovillo para desarrollar el resto de la trama que irá deambulando entre acuerdos y desacuerdos. Entre los dos descubren a Atom, un robot sparring, al que entrenarán para intentar llevarlo de ser un “don nada” a campeón. Igualito a Rocky, vea lo que son las cosas.

    Como toda producción de este tipo, el trabajo de compaginación es fundamental para mantener el nivel de verosimilitud intacto (o sea que no se noten los efectos) En este aspecto el mérito es de Dean Zimmerman, quién ya hizo trabajos sólidos en producciones flojas como “Los viajes de Gulliver”, (2010) o la segunda parte de “Una noche en el museo”. (2006/2009) Gran parte de todo esto también se lo lleva el destacable trabajo de fotografía de Mauro Fiore. Por supuesto que los climas de pelea y de actos heroicos están bien apuntalados por la banda de sonido de Danny Elfman cuya composición salió casi de taquito.

    “Gigantes de acero” tiene el mérito de no jugar con la inteligencia de nadie; ni pecar de pretensiosa con alguna moraleja de ocasión. Es técnicamente ambiciosa (todas las secuencias de robots tienen un realismo asombroso) y estructuralmente sencilla. A usted le va a sonar haber visto esta película más de una vez, pero con otros actores y en todo caso sin robots. No va a estar equivocado. Por otro lado, si vio “Halcón” (1987) todas las veces que se dio por TV, entonces no tiene excusas para no entretenerse con “Gigantes de acero”. Vaya tranquilo con los chicos.
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  • El agua del fin del mundo
    El agua del fin del mundo
    El rincón del cinéfilo
    En esta última parte del año el cine argentino en general está pasando realmente un buen momento. A la seguidilla de buenos documentales como “Tierra adentro”, “Mosconi”, “Testimonios de una vocación” o “Ceremonias de barro” se le suman buenas ficciones en estas últimas tres o cuatro semanas como “El estudiante”, “Juan y Eva”, “El fin de la espera”, “Medianeras”, “Cerro Bayo” o “Rita y Li”. “El agua del fin del mundo” está, felizmente, instalada dentro de este grupo de realizaciones simples, bien contadas y bien dirigidas.

    Con guión y dirección de Paula Siero narra la historia de dos hermanas, Laura (Guadalupe Docampo) y Adriana (Diana Lamas). Esta última padece una enfermedad terminal y le queda poco tiempo de vida. Al borde de la depresión total Adriana decide que quiere pasar sus últimos días en el fin del mundo (Tierra del fuego). Laura por su parte, se desvive por su hermana y no sólo trabaja para tratar de solventar el viaje; además su amor le permite absorber la negatividad y apuntalar el estado de ánimo cada vez que puede.

    El guión transita por la profunda relación entre ambas y por un conflicto simple: Laura trabaja en negro y por un sueldo magro, Adriana no tiene ingresos, y ambas están en una carrera contra el reloj para poder realizar el viaje antes de que sea demasiado tarde.

    Las guionistas incluyeron un personaje más del que no se desprende ninguna subtrama (ni hace falta). Más bien se presenta como una prueba de amor y fidelidad entre ellas, ya que se trata de Martín (Facundo Arana) componiendo a un hombre mitad bohemio, mitad alcohólico, del que, por supuesto, ambas mujeres se sienten atraídas.

    “El agua del fin del mundo” tiene la saludable virtud de no incluir elementos desviadores de atención, pudiendo así llevar adelante el argumento de manera sencilla, y todo el texto cinematográfico es entregado a la excelente calidad interpretativa de Docampo y Lamas. Hay mucho de teatral en sus trabajos e imagino varias escenas en donde pudieron improvisar desde un lugar seguro y dejar buen material para la edición final.

    Una interesante relación entre hermanas que nunca cae en el melodrama ni en el facilismo de los golpes bajos. Una buena opción para ver cine argentino.
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  • Actividad Paranormal 0: El Origen
    Actividad Paranormal 0: El Origen
    El rincón del cinéfilo
    Insisto en que el género del terror no atraviesa un buen momento. Transcurrida la primera década del siglo XXI todo parece estar agotadísimo. O hacen sagas interminables repitiendo la misma fórmula todo el tiempo (“El juego del miedo”, saga 2004/2010), o se mandan algún delirio escrito por pasantes que arranca bien y luego tira todo al tacho (“La oscuridad”, 2010). Parecía que la esperanza estaba en oriente, donde hicieron algunas cosas interesantes que luego Hollywood se encargó de versionar para su propio mercado, por ejemplo “La llamada” 1998. Pero allá también empezaron a repetirse. Cuando ví la décima película con una adolescente japonesa a la que le tiraron dos kilos de harina en la cara para hacer de fantasmita disconforme, también me dio por pensar que el cine de terror se nos está yendo a la B. Si por lo menos estuviera Roger Corman en esa categoría bueh… pero no.

    Resulta que ahora la cosa se dio vuelta y “Actividad paranormal 0: el origen” es una especie de remake de “Actividad paranormal”2007, pero con algunos cambios. El principal y peor de todos es coyuntural. Este tipo de películas tiene un gran desafío a la hora de escribirlas: instalar el verosímil. Una vez hecho esto se puede dirigir tranquilo, pero teniendo mucho cuidado de no quebrarlo porque la platea cambiará sustos por risas en dos segundos.

    La acción se desarrolla en Tokio. Koichi (Aoi Nakamura) y Haruka (Noriko Aoyama) son hermanos. Ella acaba de volver de Nueva York con las dos piernas enyesadas. Él filma todo. Pero todo ¿eh? Y a falta de una tiene tres cámaras. El padre se va de viaje y ellos dos quedan en la casa. Una mañana ella le cuenta que la silla de ruedas se movió mientras dormía, él inmediatamente le dice que su cuarto está embrujado. La excusa perfecta para instalar una cámara que lo filme todo durante la noche. Digamos, como construir su propio “Gran Hermano”, pero con la parte más aburrida que es cuando todos duermen. El realizador Toshikazu Nagae se apiadará de todos nosotros y adelanta los minutos registrados hasta llegar al momento en que “algo” pase.

    Por las dudas, Koichi tiene siempre la cámara a mano, lista para filmarlo todo. Sorprende la calidad de las baterías japonesas. Nunca se agotan. Hasta casi el final se repetirá varias veces la secuencia: Pantalla dividida en dos mostrando el cuarto de él y el de ella. Duermen. Después de un rato, ella se despierta gritando y el agarra su cámara y corre al piso de arriba sin jamás prender la luz.

    La cosa se pone cada vez peor. Ya no es un vientito que mueve las cortinas; sino algún espectro que la agarra de los pelos y cosas por el estilo. Pese a todo, cada mañana en el desayuno ambos comentan el hecho como si hablaran del clima. Eso sí, coinciden en que se tienen que ir de ahí. Pero igual se quedan. A esta altura, la película se hundió en su propia propuesta y cualquier cosa que sucede solamente asusta a los personajes. El resto (los espectadores) comenzamos a mirar el reloj y a desear que ese espectro no nos haga un favor y nos arrastre como hace con Haruka pero hasta fuera de la sala.
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  • La cocina (En el medio hay una ley)
    Si estuviéramos en otro momento histórico, La Cocina sería simplemente (es una manera de decir) un documental. Pero estamos en este presente y faltará bastante tiempo para que esta porción de la historia argentina pueda ser revisada por los futuros cineastas. Siempre tuve la sensación de que los acontecimientos que nos son contemporáneos, esos que le vamos a contar a nuestros hijos y nietos, necesitan justamente el paso de los años para poder mirar y tener una posibilidad mas profunda de reflexionar. Red Social (David Fincher, 2010) es una película bien hecha pero a lo sumo podrá ser analizada como “oportuna” por el momento en que se filmó. Cuando la historia marque el siguiente capítulo en el área de la comunicación, seguramente no será la piedra fundamental para el cine de revisión. Lo mismo sucede con La Cocina de David Blaustein y Osvaldo Daicich. Todos los hechos concernientes a la ley de medios no sólo están muy a flor de piel; sino también generando cambios hoy; ahora. Ya. Las consecuencias y resultados de su aplicación (en pos de un análisis más abarcativo) todavía están por verse. Todo esto me lleva al punto que quería tocar en este comentario.

    La Cocina es una película netamente política. La batalla de los medios (lejos de tener un ganador) recién comienza, razón por la cual, para muchos será una propaganda oficialista que aprovecha el momento de campaña electoral para alzar otra bandera más de sus logros. Para otros, en cambio, será un valiente documento que muestra las causas de su promulgación y los beneficios otorgados a todos los argentinos que quieran hacer oír su voz. Si Ud no está dispuesto a verla de esta manera (esté a favor o en contra de la ley) es bastante probable que pierda su tiempo. Analizar La Cocina desde un punto de vista estrictamente cinematográfico parecería ser la única manera de lograr cierta neutralidad, pero tratándose de lo que se trata ¿Cómo hacer para que quien lea estas palabras pueda disociar el análisis de una película de una toma de posición por parte de quién escribe?.

    Irónicamente, todo esto ayuda a condimentar y alimentar el deseo de verla. Durante los 80 minutos de duración veremos un poco de historia reciente, una interesante recorrida por tierras lejanas para descubrir por ejemplo, cómo una comunidad aborigen puede hoy tener también un medio de expresión. Sumado a esto, la palabra de muchas personas públicas exponiendo su posición cuando todo se estaba debatiendo. Es en estos pasajes en donde se puede vislumbrar si existe una bajada de línea o no de acuerdo a lo que se extrae de cada discurso.

    Técnicamente hay algunos altibajos con el sonido, un problema habitual de las proyecciones en DVD en salas no aptas tecnológicamente para esta época. En cuanto a la edición, algunos hechos están concatenados pero otros parecen haber quedado a la merced interpretativa de cada uno. Hay como una suerte de distintas líneas narrativas, una de las cuales hasta genera cierto suspenso en el momento de la decisión final. De todos modos, la película genera interés por razones extra-cinematográficas. Para cualquiera que haya estado en una burbuja cuando esto se discutió en todos lados, puede tener una buena chance de ponerse al día y de ahí en más buscar su conclusión en todas las campanas que consiga hacer sonar. Es más, sería interesante sentarse en la butaca y no esperar a ver lo qué le quieren dar. Vaya exigente. Pida saber más y verá que no le resultará extraño si terminada la proyección le queda la sensación de que falta algo.
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  • Justicia final
    Justicia final
    A Sala Llena
    No hay nada que hacerle. Cuando algo sale redondito, bien hecho y sin melodramatizar la inteligencia de nadie; hay que admitirlo. Esto es lo que sucede con Justicia final. El director y actor Tony Goldwyn (recuerde el villano de Ghost: la sombra del amor) saca adelante una película que desde el primer segundo se centra en la pista para no desviarse ni un milímetro del relato clásico hollywoodense, ni de la estructura narrativa convencional.

    A veces es mejor empezar así. Yendo a lo seguro. ¿Quiere una prueba? La sala se oscurece y después de los logos Ud leerá: Basada en una historia real. Obviamente con esto no alcanza para hacer buen cine, pero convengamos algo: con el famoso cartelito es difícil discutir los hechos que se cuentan, ¿no? Por eso da bronca la traducción al español. El título original es Conviction (condena) Acá le pusieron Justica final. Los que salían del cine contando el final de la película (chiste que ha caído en desuso) eran individuos merecedores de ser corridos por toda la cuadra pero, ¿Se puede ser tan perverso de contar un final desde el título en el afiche?

    En fin… Las primeras imágenes son varios paneos cortos de una típica casa de clase media baja bastante alejada de los suburbios. Todo parece estar bien, excepto por manchas de sangre y un cuerpo tirado al lado de la cama. Si señor, acertó. Alguien mató brutalmente a una persona. Kenneth (Sam Rockwell) nunca tuvo fama de santo en el pueblo. Cada vez que había alguna barahúnda la policía lo iba a buscar a él, imagínese con esto que pasó. Parece que por fin los uniformados lo van a poder guardar para siempre. Para colmo, su mujer y alguna amante declaran en su contra. No lo salva nadie. Sin embargo, fíjese que Betty Anne (Hilary Swank) está convencida de la inocencia de su hermano al cual se siente naturalmente unida porque desde la infancia, ambos aguantan de todo y más de una vez se han mandado alguna que otra travesura de la cual han reído juntos. Acá los flashbacks están correctamente utilizados. Ninguno entrega información de más ni efectista. Construyen la relación entre hermanos y de hecho, esta base solidifica la postura de la Betty Ann adulta. Ante el fracaso de la defensa, decide sacar a su hermano por todas las vías legales posibles. Incluso si eso significa ponerse a terminar el colegio y estudiar abogacía. “Los hermanos sean unidos…” El director no debe haber leído el Martín Fierro pero que aplica la “ley primera”, la aplica.

    Yo no le voy a contar como termina, de eso se encargan los distribuidores con el poster. Sí le digo que las actuaciones tanto de Rockwell como de Swank son de colección, sobre todo cuando comparten encuadres. Lo mismo se corresponde con Bailee Madison y Tobias Campbell, los chicos que personifican a Betty Ann y Kenny cuando eran chicos. Un ejemplo de buena dirección de actores.

    El relato casi no tiene subtramas, se nutre así mismo de la investigación que realiza la hermana y de personajes ocasionales que aportan al tiempo en que se desarrolla el guión como el de Minnie Driver, compañera de estudios y futura amiga de Betty Ann. Una película realizada con mucho oficio (frase hecha, ya sé; pero le juro que esta vez aplica) y especialmente sin otra pretensión que la de ser una historia bien contada y que no subestima a nadie.

    Olvídese de comparar esto con películas como Silkwood, Norma Rae o Erin Brockovich. Justicia final no es la lucha de una mujer contra el sistema porque salvo un par de guiños arbitrarios, nadie le niega apelaciones u otras acciones. Betty Ann lucha contra sus propias limitaciones ante la impotencia que le causa desconocimiento. En todo caso hubo dos ejemplos este año en la cartelera local si queremos buscar historias simples, lineales y entretenidas (sean verídicas o no): Poder que mata y La verdad oculta (Esto me hace acordar a cuando trabajaba en el video club), vaya a verla. Es probable que se lleve algo más que entretenimiento.
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  • Conan el Bárbaro
    Conan el Bárbaro
    El rincón del cinéfilo
    ¡Ahh! Queríamos tanto a Arnold…

    Esto pensé cuando salí de ver la última versión de “Conan, el barbaro” Hay algo insoslayable que ocurrirá con los mayores de 30: La comparación entre Jason Momoa y Arnold Schwarzenegger. Es natural que eso ocurra, porque para el cine de los ‘80 el actor austríaco representa un icono fuertemente arraigado en esa generación. No pasa tanto con otros personajes. A lo mejor el Guasón de Jack Nicholson en la “Batman” de Tim Burton (1989) estaría en el mismo nivel de comparación cuando nos tocó ver la interpretación de Heath Ledger en “Batman: El caballero de la noche” (2008). Lo cierto es que “Conan el destructor” versión 2011 será más disfrutable si se la ve como una película que se corresponde con la dinámica de compaginación de esta época, y más emparentada con la estética de la historieta original (sobre la que está basada); que con el cine de aventuras artesanal filmado en 1981 por John Milius y en 1984 por Richard Fleischer (la secuela “Conan el destructor”)

    En la introducción conocemos a Corin (Ron Perlman) quien ve nacer a su hijo (lo llamarán Conan) en el fragor de una batalla. Años después, papá es jefe de la aldea y manda a los chicos a que se hagan hombres al bosque. Su hijo demostrará habilidades natas como la de sostener un huevo de ave en la boca sin romperlo mientras se escabecha a cuatro o cinco salvajes. Luego entrarán en escena Khalar Zym (Stephen Lang) y su hija hechicera Marique (Rose McGowan). Ambos buscan la última pieza de una máscara para obtener poder ilimitado, ergo, atacan la aldea y así el niño verá morir a su padre. Ese hecho generará todas las acciones futuras del personaje. Años después ya vemos al Conan adulto (Jason Momoa), quién lejos de olvidar el hecho buscará venganza a como de lugar.

    La película gira en torno a esta aplicación de la ley del talión, para lo cual habrá muchas escenas de batalla a espadazo limpio. Algunas acciones resultan confundidas en el vértigo del montaje y no siempre se ve a los dobles caer a tiempo o de forma creíble. Es entendible viniendo de un director (Marcus Nispel) que ha hecho varios viedoclips y un par de remakes de cine de terror como “Martes 13” (2009). Los rubros técnicos están acorde a lo que pide la historia, hasta se nota cierta falta de presupuesto que no va en desmedro de la calidad del producto final, al contrario, hasta le da cierto tono de cine clase B, algo bastante saludable en estos días tan digitales.

    Pero no hay que buscarle la quinta pata al gato. La historieta de Robert Howard siempre tuvo esta dosis de violencia y sexo (sobre todo cuando el personaje fue tomado por Marvel durante un tiempo) El guerrero cimerio es bruto, sangriento y casi no razona sus acciones. Eso es lo que entrega esta realización.

    Sí, yo me quedo con las de Arnold pero, salvo algún detalle menor, no hay razón para que los seguidores del comic salgan defraudados.
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  • Testimonio de una vocación: Edmund Valladares
    Mire que bien viene este documental para poner más luz sobre varios puntos. El primero tiene que ver con la utilidad de ver un documental, si este da cosas por sentado. Por ejemplo: Supongamos que me interesa saber por qué un león mata cachorros de su misma especie. Un documental no podría arrancar asumiendo que el espectador sabe todo sobre el dominio territorial de los felinos. Una introducción al tema es tan necesaria como el motivo principal que empuja al realizador a filmar algo de este género.

    Testimonios de una Vocación es un claro ejemplo de cómo introducir un tema, desarrollarlo con todo tipo de aportes y concluirlo dejando abierta una puerta para que cada uno continúe el camino de ir tras la s huellas de un artista inigualable. Los directores bien podrían decir: “Señoras y señores con ustedes: Edmund Valladares”

    El documental conecta desde el principio con el arte. Distintos artistas plásticos hablan de la historieta allá por los años 40 / 50 y una descripción cabal de lo difícil que era no sólo conseguirlas; sino obtener papel para dibujar las propias. Por otro lado, sirve como antecedente para conocer el descubrimiento de la vocación de artista. Primero dibujando y luego pintando, esculpiendo, filmando y por qué no; haciendo docencia desde un lugar avalado por el conocimiento y por la humildad.

    Jorge Valencia, Eduardo López y Jaime Lozano son los tres directores que nos van llevando en orden cronológico por la vida y la obra de Valladares. No solamente con su crecimiento como artista que fue ampliando la gama de recursos expresivos a lo largo de su trayectoria; sino como el hombre habitante de Argentina y del mundo cuya experiencia de vida tuvo un impacto directo en su obra.

    Valladares habla en un momento de compromiso. Su vida en Venezuela, en México y en Europa va acrecentando su estilo expresionista a medida que los hechos políticos y sociales van impactando en su ser.

    Los testimonios del propio artista le dan a la película un carácter de autorretrato pergeñado desde la razón y sin la necesidad de caer en la explicación de ninguna de sus obras. Acaso sea ésta, la mayor virtud de esta película.

    La realización está muy cuidada en lo técnico y hasta provoca a veces, querer ver durante más tiempo la enorme cantidad de pinturas, esculturas y películas compiladas que conforman en universo de uno de los artistas más importantes de nuestro país y que todavía sigue creando. No hay simbolismos personales para contar la vida de Valladares como ocurría en El retrato postergado (sobre Haroldo Conti); ni la falta de conexión entre directores y el artista a documentar como sucedía en Tito, el navegante. Un documental hecho y derecho capaz de generar interés más allá de la importancia artística del protagonista.
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  • Un día en Constitución
    Madrugada. Las 5:00 en Buenos Aires. Particularmente, en la estación Constitución y en la plaza del mismo nombre. La película Un día en Constitución tiene un poder de observación a través de la cámara como pocas veces se ve. Las imágenes van desfilando ante los ojos del espectador al ritmo sincopado del jazz, la bossa nova o el tango electrónico. Música de ciudad, de asfalto, neones y un tablero electrónico que marca la hora y el pulso de ese pulmón fundamental de Buenos Aires.

    Desde el primer tren hasta el último, Un día en constitución nunca para, aunque se detenga por momentos a observar lo que pasa. La cámara se posa en los rincones altos de los andenes y de la Terminal para mostrar desde esa inmensa altura la danza de gente que viene y va durante todo el día.

    Parece un documental, pero no lo es. O mejor dicho, lo es a medias.

    En vez de caer en lugares comunes como entrevistar a un panchero con la estética de “Policías en Acción”, el director Juan Dickinson y el productor Fernando Musa, se han puesto a observar detenidamente todo lo que pasa allí hasta dar con “algo”. Ese algo cuya búsqueda es anunciada por uno de los personajes. Una suerte de “capo” del lugar que lleva a uno de los camarógrafos a recorrerlo todo hasta encontrar “la posta” de lo que va a pasar.

    Un día… nos propone a cada uno detenernos a mirar a la gente de todos los días hasta construirnos una historia. El director eligió armar pequeños retazos de ficción con aquellos personajes que le habrán llamado la atención y por eso esta película no pertenece sólo a un género. Vale decir, no deja de ser una observación minuciosa sobre una estación de tren y sus alrededores pero a su vez ofrece una paleta de personas sobre las que se arman pequeños microcosmos de su andar cotidiano. Una camarera, una prostituta, un guardia, un artista callejero, etc; pero cuidado: estos personajes son guiados por un falso documental, solamente para ser parte de la protagonista exclusiva de la película: la estación Constitución. Por que si bien hay una cámara que sigue a cada uno, también hay otra que mira fijamente a los colectivos afuera, la comida chatarra, los carteles, los horarios de salida de tren y a toda la gente que integra ese ecosistema. Dickinson deja ver que Constitución es el lugar en donde alguien puede perderse para siempre o volver a encontrarse. El polo extremo entre frustración y esperanza y sobre todo la gran bestia que devora y vomita gente desde sus puertas hacia la vida diaria.

    Hay imágenes de esta película urbanamente poéticas. Prodigiosamente fotografiadas por José María Hermo y editadas por Fernando Vega y Eva Poncet, tres técnicos a tener en cuenta como garantía de buen gusto para sus trabajos futuros. La música de Pablo Gignoli, está durante casi toda la película, marcando claramente los momentos del día y algunas acciones dramáticas. Todos al servicio de una obra que el director, evidentemente, siempre tuvo clara desde la primera locomotora que enciende su motor hasta el último pasajero que vuelve a su casa.

    Sí. Los 63 minutos de Un día en Constitución se pasan volando, como la vida diaria. Quién pudiera salir de la rutina simplemente observando así y con la imaginación dispuesta.
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  • El guardián del zoológico
    Con películas como El Guardián del Zoológico a veces se hace difícil elaborar una opinión. Uno anda deambulando por las letras del teclado pensando: “¿Por dónde empiezo?”, mientras las imágenes y los diálogos siguen rondando por ahí.

    La primera escena tiene a Griffin (Kevin James con bastante sobrepeso) y a Stephanie (Leslie Bibb –bellísima-) paseando románticamente a caballo en una playa. El preparó todo para proponerle matrimonio incluyendo unos mariachis, pero ella pone cara de asquito y rechaza la propuesta porque piensa que su novio no tiene futuro económico como guardia de un zoológico y que le ve mas potencial como vendedor de autos en la concesionaria del hermano (¿!?!¿!?). Okey. Sé que suena ridículo pero también lo es pensar en alguna razón por la cual estos dos estaban juntos en primer lugar. Cinco años después…

    Iba a decir “las vueltas de la vida” pero en realidad no, porque Griffin sigue trabajando en el zoológico. Digamos, el guionista escribió que el hermano se casa y en la fiesta vuelve a ver a Stephanie. Cimbronazo al corazón. Este hombre es increíblemente tímido e influenciable y le pide ayuda a Kate (Rosario Dawson) su compañera de trabajo para darle celos a su ex y lograr que vuelva ¿Le suena? Esto debe ocurrir en la fiesta de casamiento. Toda esa secuencia es una antología del ridículo pero en realidad Griffin no es un genio, todos estos consejos fueron dados por los animales del zoológico que oh sorpresa, hablan como usted o como yo y no están dispuestos a perder a su guardia favorito.

    A partir del primer animal que habla, toda la película parece caer en un pozo sin fondo ayudada por la fuerza de gravedad de algunos de los diálogos. Para colmo, los animales (un elefante; una jirafa; un cuervo; dos osos; un monito -robado de Una noche en el museo-; un avestruz y un gorila) parecen haber fumado de la buena o estar enchufados a una silla eléctrica. No paran de gritar(se) cosas, hablar fuerte y moverse como neuróticos por el set. Un gorila aislado será de todos, el animal que establecerá el equilibrio en la historia y el generador de los momentos mas… bueh! Pongámosle graciosos.

    Huelga contarle el resto del argumento pero es cierto que El Guardián del Zoológico se las arregla para levantar un poco al final (siempre y cuando ud haya cedido su inteligencia a todo el resto de las propuestas del director, esta claro ¿no?).

    Lo técnico no es un prodigio. La sensación es de un abuso y/o mal uso del CG y otros efectos, por ejemplo en la velocidad del movimiento de la boca de los animales al hablar resultando este poco convincente. La banda de sonido de Rupert Gregson Williams tiene de todo en la orquesta pero mal utilizado y en lugar de subrayar alguna escena parece querer taparla.

    También hay un rubro poco usual en el cual El Guardián… resulta floja. El doblaje. En líneas generales, esta realización no está bien doblada en cuanto a la elección de las voces pero sobre todo en la dirección actoral de las mismas. Hay algo estridente en casi todo el elenco, como si no hubieran podido atemperar con su talante, lo que se adivina mal manejado en el idioma original. Apenas se destaca el gran trabajo de Octavio Rojas en a voz del gorila y el de Carla Falcón en la voz de Stephanie. El resto es una caterva de acentos latinoamericanos que en la mayoría de los diálogos resultan forzados. La suma de todos estos factores atentan contra la posibilidad de engancharse en una trama que no invita precisamente a dejar volar la imaginación. Si todo depende de las secuencias con animales, es demasiado poco.
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  • Winter: El delfín
    Winter: El delfín
    El rincón del cinéfilo
    Inscripta como “para toda la familia”, se estrenó este jueves “Winter, el delfín”. La verdad es que estructuralmente el guión cumple con todas las pautas habituales

    de éste tipo de producciones. Por caso, las películas con animales tiernos casi siempre funcionaron bien. Desde aquella Lassie en “La cadena invisible” (1943), protagonizada por Elizabeth Taylor y Roddy McDowall, pasando por la saga de Benji iniciada en 1974. Por lo general son los chicos y el animal en cuestión los que muestran el costado frágil dentro del mundo de los adultos.

    En éste caso, también está la famosa y condicionante fracesita, “basada en hechos reales”. Un delfín (Winter) aparece un día en una playa traído por la corriente marina, muy lastimado luego de enredarse con una trampa para cangrejos. Es descubierto por Sawyer (Nathan Gamble), un chico tímido y con cierta carencia afectiva, que comienza a interesarse por la suerte del cetáceo. Así conoce a la gente del Hospital de Animales Marinos, quienes se debaten por la continuidad del instituto, entidad que está enfrentando serios problemas económicos. Sawyer hace un tándem con Hazel (Cozi Zuehldorff), su nueva amiguita, hija de Clay (Harry Conick Jr.) que como médico hará lo posible para seguir adelante pero denotando siempre una impronta derrotista. Convocado por Sawyer llegará el tozudo Dr. McCarthy (Morgan Freeman), quien diseña prótesis para los soldados que vuelven de la guerra. El bueno de Morgan pondrá su sapiencia como actor para traer tranquilidad al elenco y una cola nueva para Winter ya que la suya original fue amputada para salvarle la vida.

    Charles Martin Smith es en realidad más conocido por algún sólido trabajo actoral (“Los Intocables”, 1987), que por su trabajo como director; pero como hombre de Hollywood conoce el paño en el que juega. Lleva adelante el guión de Karen Janszen y Noam Dormi en forma solvente. Sin arriesgar nada porque sabe a qué público va dirigida esta producción. También cumple con la coordinación de los rubros técnicos, aunque la secuencia inicial de los títulos evidencia algunas computadoras de menos de las necesarias en el presupuesto. De todos modos no hace a la cuestión. Mark Isham sigue siendo un virtuoso compositor de bandas de sonido, mientras que la compaginación de Harvey Rosenstock suma el ritmo que impone una historia predecible y agradable a la vez.

    Quedará el mensaje bien instalado. Esto de reponerse ante una situación que se presenta imposible de resolver. Una intención muy noble y de simple decodificación para los más chicos. En este sentido, llevarlos a ver Winter es una buena opción.

    Para separar la paja del trigo hago este punto y aparte. El documental ganador del Oscar el año pasado fue “The Cove” (la ensenada). Al principio de esta película se explica claramente que los delfines y demás animales “animadores” de los espectáculos tipo Mundo Marino sufren un tremendo stress al verse rodeado del sonido y el bullicio generados por el público. En el caso de los delfines, se potencia por el tipo de frecuencia sonora con la que se comunican. Con esto demostrado, cuesta ver películas que involucran delfines y eventualmente cualquier animal no doméstico. Winter es un delfín que tuvo que “actuar” algunas escenas en las que aparece para contar su propia historia. Por ende ha sido dirigido por profesionales, tal cual sucede en cada función de Sea World. Permítame poner en duda esta vez la leyenda de los créditos finales que indica que ningún animal fue dañado.
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  • Paul
    Paul
    El rincón del cinéfilo
    La “road movie” debe estar dentro de los inventos más raros que se usaron para clasificar películas en tanto género. Me pregunto a quién se le ocurrió tal cosa. Comedia, drama, aventura, bélica, todo dentro de la misma bolsa, sólo porque la acción (o la mayor parte de ella) se desarrolla en un camino, ruta, autopista, etc. Menos mal que no proliferó esta forma de definición. Ya me veía hablando de riachuelo movies, tribunales movies, supermercado movies, ¡o vaya a saber que otra ridiculez!

    “Paul” de Greg Mottola ocurre en la ruta, y la trama se desarrolla durante un viaje, pero es una comedia. Créame. ¡Y de las buenas!

    Dos nerds, Graeme (Simon Pegg) y Clive (Nick Frost), fanáticos de todo lo relacionado con la ciencia ficción, incluyendo historietas y series, llegan de Inglaterra a Estados Unidos para la convención anual de Comicon, encuentro que reúne a los fanáticos de todo el planeta. Pero el viaje tiene otro propósito aún más importante para ellos: hacer un recorrido en casa rodante por aquellos lugares de USA en donde hubo contacto extraterrestre.

    Eventualmente se encuentran con uno. Adivine como se llama: Paul. Se trata de un alien que se ha escapado del Área 51 con la idea de retornar a su planeta. En cautiverio durante décadas, el sujeto ha tomado todos los modismos y costumbres del ser estadounidense de medio pelo y grosero: Insulta, fuma, toma alcohol, habla de minas y tiene un humor bastante ácido. Le diría que se imagine al humor de Alf aggiornado a esta época y no apto para todo público.

    Paul conoce a los británicos, se une a ellos emprendiendo una huida cuyo destino final es el punto de cita del alienígena con los congéneres que llegarán desde el espacio para rescatarlo. Enterada de la fuga, la jefa de jefas (actriz sorpresa) ordena a uno de sus agentes la búsqueda y captura de Paul, un agente de pocas pulgas y pocos amigos. El resto, imagínelo durante medio minuto. Sí, es exactamente lo que pensó. Sin embargo, esta vez lo predecible no resulta un factor negativo.

    Esta comedia se sustenta sobre dos pilares fundamentales: El extraterrestre cool y ocurrente (en la voz de Seth Rogen), con un humor apuntado directamente sobre las convenciones del género para reírse de ellas, y la excelente química de Simon Pegg y Nick Frost, a los que se suma la gran comediante Kristen Wiig como una chica caída del catre que aprende de todo en el viaje.

    Por supuesto que cuanto más fanático sea usted, y más sepa de ciencia ficción, más gags y guiños podrá agarrar al voleo, pero es importante destacar que “Paul” se puede disfrutar aún si vio muy poco, hasta le diría que con “Encuentros cercanos del tercer tipo” (1977) alcanza.

    Al director Greg Mottola le falta poco para lograr que se lo empiece a usar como referencia. Sabe muy bien esto del humor rebuscado, y ya manejó su propio código en películas como “Un verano memorable” (“Adventureland”, 2009) o “Super Cool” (“Superbad”, 2007), y en el caso de “Paul” con el agregado de construir un personaje muy sólido, a tal punto que hace olvidar al espectador que se trata de un ser enteramente digital.

    Las tramas paralelas se desarrollan por los carriles normales. En este sentido los guionistas (los mismos actores Simon Pegg y Nick Frost) siempre tuvieron claro que esta producción es un gran gag dividido en secciones, que bien podrían ser parte de cualquier sketch de Saturday night live o Mad TV.

    Probablemente “Paul” no pase a la historia del género, pero seguramente será de culto y, en el mejor de los casos, si usted detesta la ciencia ficción o las historietas, esta realización será su mejor compinche para entender por qué.
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  • Invasión a la privacidad
    Invasión a la privacidad
    El rincón del cinéfilo
    Antes de hablar de esta producción me tomé un té, puse un sahumerio, música hindú, y medité durante varias decenas de minutos. La idea era poder evitar insultos, improperios y calificativos fuertes.

    Apuesto que Antti J. Jokinen, el director de “Invasión a la privacidad”, ha cometido la torpeza de abordar su primera película sin leer el guión. O mejor dicho, lo debe haber ido leyendo a medida que la filmaba, o algo así. Es más, estoy casi seguro de que no la vio una vez terminada. De otra manera resulta incomprensible como se puede hacer esto y dejarlo así como está, sin alegar demencia temporal. Esto explica por qué en Estados Unidos apenas si se estrenó en algunas salas y luego fue directo a DVD.

    Tiene unos 20 minutos iniciales que coquetean bastante con la intriga, hasta podría decirse que se logra una atmósfera interesante.

    Juliet Deverau (Hilary Swank) es residente en un hospital. Se acaba de pelear con el novio y está buscando departamento para poder dejar atrás esa circunstancia y sacarse los cuernos. La narración nos va introduciendo en el personaje como alguien que practica deportes, maneja situaciones complicadas y tiene un alto grado de autosuficiencia. Un buen día encuentra el lugar que le gusta, de esos soñados y con dueño directo. En el viejo edificio (que nunca se muestra bien) encuentra a Max (Jeffrey Dean Morgan), el propietario, un hombre amable y cortes dispuesto a terminar de arreglar su edificio para que ella se mude cuanto antes.

    El día de la mudanza Christopher Lee (como August) subió al set de filmación para poner su cara de pocos amigos a Juliet. Esto lo repetirá tres veces más durante el desarrollo de la trama, ya sea frente a ella o espiándola con la puerta entornada. El motivo de la presencia de éste personaje es un secreto que los guionistas guardarán bajo llave y se lo llevarán a la tumba, porque en la historia jamás tiene sentido alguno; salvo para tener miradas cómplices con Max, y una conversación con él en la cual el ex–Drácula lo califica de “débil” y “celoso”.

    Juliet hace días que no está con su ex-novio y le van entrando ganas sexuales. ¿Y quién sino el dueño para satisfacerlas? Además, vive en el mismo edificio, con lo cual no hay que gastar ni en telo ni en taxi. Juliet se le insinúa, lo avanza, y el beso queda ahí sin consumarse pues Max recula un poco, porque el guión necesita mostrar la situación una vez más.

    Cumplido el minuto número 31, el realizador Antti J. Jokinen pone pausa (literalmente) en su película, y como si fuera un homenaje al retroceso cuadro por cuadro de las viejas videocassetteras, rebobina todo para mostrarle al espectador lo mismo, pero un poco más rápido y desde la perspectiva de Max, quien había seguido a Juliet durante todo este tiempo (algo que, por otro lado, ya sabíamos).

    Quedará una hora más de proyección para mostrar una suerte de thriller psicológico, en el que la obsesión y el fetichismo de Max explotan y se desarrolla el famoso juego del gato y el ratón, que en este caso no es un eufemismo. Son Tom y Jerry. Sobre todo cuando se persiguen detrás de las paredes. Hay tanto espacio ahí como para subarrendarlo a otros inquilinos. Lástima, hubiera sido un negoción.

    Respecto de las supuestas referencias “hitchcockianas” de “Invasión a la privacidad”, uno no sabe si el realizador quiso homenajearlo y le salió mal o si quiso directamente burlarse del maestro.

    Parece mentira que todavía queden directores en Hollywood dispuestos a dotar a sus villanos del síndrome de Terminator. ¿Vio esa gente que no se muere nunca, le den con lo que le den?

    ¿Para qué escribir más? En todo caso puede que sea mi enojo por haber visto algo tan malo. Como dijo un colega en esta misma página: ¡Queda advertido!
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  • Noche de miedo
    Noche de miedo
    El rincón del cinéfilo
    En 1985 se estrenó uno de los mejores homenajes al cine de terror que se han hecho de ese año a la fecha. Su título era “La hora del espanto”, estaba dirigida por Tom Holland y protagonizada por William Ragsdale, Amanda Bearse, Chris Sarandon (como el vampiro Jerry Dandrige), y un genial Roddy McDowall como el anfitrión de un show televisivo de películas de horror clase B (justamente “La hora del espanto”).

    Para la época esa producción era todo un hallazgo de efectos de maquillaje, pero sobre todo (y a lo mejor sin proponérselo) traería nuevos aires al género que entonces estaba en decadencia. Por caso, fue una de vampiros en la que empezaba a vislumbrarse la necesidad de la industria de mirar a un público adolescente que ya no se interesaba por la temática terror con gente “vieja·.

    Muchos años después Hollywood extrapoló esta idea para llevar a los chupasangre a la estética de la historieta (la saga de Blade), o al melodrama romántico con los vampiros emo-andróginos de la saga Crepúsculo. En el medio quedan casos aislados como los “Vampiros” de John Carpenter (1998), o el caricaturesco “Van Helsing” (2004).

    Agotado casi todo, en 2011 Hollywood se propuso volver a las fuentes con una remake (ojo que hasta de Footloose se viene una). La historia era sencilla. Charley, un joven de colegio secundario, se da cuenta que al lado de su casa se mudó un vampiro. Ante la incredulidad de amigos y de su mamá recurre a un conductor / actor de TV para que lo ayude a matarlo y a rescatar a su novia.

    “Noche de miedo”, la versión de 2011 de “La hora del espanto”, está despojada de muchos de los elementos que convirtieron a su antecesora en un clásico. Por otro lado tiene algunos cambios intrascendentes para los que no vieron la original, pero molestos para los que sí lo hicieron, entre los cuales me incluyo. La comparación es inevitable.

    La trama, o sea la historia que se cuenta, sigue siendo la misma, sólo que con mayor vértigo de compaginación y efectos más modernos. El vampiro en cuestión no es otro que Colin Farrell, un actor con el porte seductor que le exige el personaje. El resto del reparto cumple, y apenas si servirá para impulsar alguna figurita nueva como Imogen Poots encarnando a Amy, la novia.

    La producción en sí, funciona bien. No hay mucho que reprochar. Hay cierto respeto por la original, la mitología vampirica y la generación de algunos sustos genuinos. En todo caso insisto con que no vaya al cine a buscar la mística de la original. Sería un error. En cambio, vaya a ver una de vampiros bien hechita.
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  • Splice
    Splice
    El rincón del cinéfilo
    Hacía rato que no me pasaba con una película de este género que las situaciones estén en una línea muy fina entre el drama y el ridículo. Esto sucede con “Splice” (que por cierto en inglés significa ensamblar o, mejor dicho, empalmar)

    Justamente, los jóvenes científicos Clive (Adrien Brody) y Elsa (Sarah Polley) descubren la forma de empalmar ADN de distinto origen para crear una vida superior física e intelectualmente. O al menos esa es la intención. Claro que sin el punto de vista filosófico es más difícil sostenerlo. Por eso los guionistas Antoniette Terry Bryant, Doug Taylor y Vicenzo Natali decidieron ir por este lado, el de la manipulación del conocimiento cuando el hombre juega a ser Dios. “Splice” está entre esto y Frankenstein.

    Respecto de tanto engendro de experimento una les sale más o menos bien. Resulta ser algo entre un canguro y un pollo sin plumas hasta que se va convirtiendo en Dren (la hermosa modelo Delphine Chàneac). No llega a ser ella, ¿está claro no?, sino sería una parodia y aquí surge la primera sensación ambigua. Dren es un híbrido para el guión, pero para nosotros humanos espectadores, no. Sabemos que es una modelo, que es flaca y hermosa empero, para que no parezca tanto, le ponen mucho látex, maquillaje; ojos de rata, cola de serpiente cascabel, con aguijón incluido, y manos largas al estilo jugador de la NBA. Todo para afearla lo más posible a los ojos humanos, o a casi todos, porque fíjese que, por alguna razón, a Clive le gusta lo bastante como para terminar con la virginidad de ambos, ya que el científico que compone Brody da la sensación de no haber tenido sexo jamás.

    Este es un ejemplo de lo que le decía antes. Efectivamente, la realización tiene momentos como ese, pero está también la virtud del director de ir a fondo con la propuesta, encausar la trama y las imágenes hacia eso que quiere lograr, mostrar a dos científicos con 10 en genética y 0 en responsabilidad. Esa mezcla hace que “Splice” funcione mejor de lo que se presupone.

    Vicenzo Natali no abusa del uso de efectos especiales otorgándole cierta dosis de realismo al verosímil que intenta instalar desde el principio. No es casualidad, porque las mismas características (con un mejor guión) tiene “El Cubo” (1997) de éste mismo realizador. Claramente no va a salir del cine preguntando, o filosofando, sobre la manipulación de la genética luego de haber visto esta producción; pero sí habiendo pasado un rato entretenido.
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  • El fin de la espera
    En El Fin de la Espera, Jacinto está grande ya. Anda por los setenta y largos pero sigue siendo un idealista. Uno de esos pocos hombres que uno se encuentra en la vida y no queda sino admiración por la fidelidad incorruptible a sus convicciones. Una fundación le otorga desde hace tiempo un subsidio para llevar adelante una suerte de granja que alberga chicos carenciados. Pero…

    La fundación decide torcer el rumbo de su imagen a otro lado y quiere quedarse con los terrenos ante la negativa de Jacinto quién se declara inamovible del lugar hasta que no quede un solo chico sin tener una oportunidad de subsistir. (Tamaña gesta la del viejo en la Argentina de hoy). A todo esto, hay un político corrupto dando vueltas, un hombre acusado de fraude que eventualmente ayudó a Jacinto durante la campaña y ahora necesita un lugar para “desaparecer” por un tiempo hasta que la cosa se calme y el periodismo deje de preguntarse donde está la plata. Este es el contexto que rodea la historia de un hombre y su lucha por sacar adelante un proyecto de ayuda a los más necesitados.

    El Fin de la Espera es un film “hecho con dos pesos”. Proporcionalmente, Mi Primera Boda tendría el presupuesto de Transformers para que se de una idea de lo que estamos hablando.

    Por eso el director, eligió una historia simple, llevada a cabo con lo que hay sin caer en lo pretencioso. Son estos y no otros factores, los que hay que tener en cuenta para disfrutarla. No podemos como espectadores de cine en este siglo, exigirle lo mismo que a un tanque de Hollywood porque los millones en esta película solo están en la ficción de la misma.

    El personaje de Jacinto está interpretado por Ulises Dumont pero la película es de 2008. El propio productor Enrique Muzio, presente en la función de prensa, contó en exclusivo para A SALA LLENA, que decidieron no estrenarla entonces porque Ulises se fue de gira el 29 de

    Noviembre de ese año. Casi tres años después podemos verlo en la última película que filmó. Su actuación es de esas con características consagratorias. El Fin de la Espera no hubiera sido posible sin Dumont. Una entrega y un sacrificio por su profesión como pocas veces he visto porque Ulises estaba mal ya en ese momento y sin embargo lo vemos cargar piedras bajo el sol tucumano o levantar una batería de automóvil. Admirable y conmovedor. Su Jacinto se enoja con la coyuntura, protesta y se planta en su posición como nos gustaría a nosotros. Grita o putea cuando es necesario y desde esa rigidez se maneja con los chicos. Un papel que valdrá seguramente algún premio vernáculo aunque suba otro artista a recibirlo en su nombre.

    Desde la realización, el director Francisco D’intino presenta y estrena su tercera película en lo que va de 2011. Considerando lo que había, sale apenas airoso de una propuesta en la que hubiera sido fácil caer en vueltas de tuerca innecesarias. Por el mismo motivo (plata) los rubros técnicos como el sonido o el arte, llegan a hacer pie y por el lado del guión parece un poco precipitado el final. Uno se queda masticando si había antecedentes suficientes para este desenlace o algo quedó fuera de la edición definitiva. El Fin de la Espera es para ver a uno de los grandes actores argentinos en su máximo potencial haciendo lo que sabe. Sólo alguien con mucho talento puede hacer eso en el estado en que estaba. Levantar algunas piedras y levantar la película entera.
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  • Apollo 18
    Apollo 18
    El rincón del cinéfilo
    La verdad es pensé que en el 2011 zafábamos de alguna película de éste tipo, pero no. Se vino otra de terror de “Archivos fílmicos encontrados”, cuyo guión parece cumplir con las reglas, pero ofrece un final que rompe con toda lógica.

    ¿Conoce el término “found footage”? Literalmente significa “película encontrada” o “recuperada”; pero en Hollywood sirve para determinar una especie de “sub-sub-género” en el que toda la estética, dirección de arte e ilusión de ficción se basa en compaginar una determinada cantidad de metraje que alguien supuestamente encontró y dio a conocer. Todo parecerá un documental (falso). Claro que funciona mucho mejor en el género del terror, ya que este material filmado fue dejado o abandonado, por alguien que desapareció o se murió, y luego revelado por algún familiar (“El proyecto Blairwitch”,1999), el departamento de policía (“Actividad paranormal”, 2009) o ente gubernamental (“Apolo 18”).

    Por tratarse de una de terror en el espacio con ese estilo, “Apolo 18” necesita instalar el verosímil desde un principio. Veamos: Hubo 17 misiones del programa espacial Apolo. Las 18, 19 y 20 fueron canceladas por razones presupuestarias. Todo esto es verdad, a partir de allí comienza la ficción al proponer al espectador que en realidad luego de la 17 hubo una más, que se ocultó al público y ahora se da a conocer para que entendamos por qué el hombre dejó de viajar al satélite más romántico de la historia.

    Fíjese que curioso. Este inverosímil resulta creíble más por razones coyunturales que lógicas. Vale decir, luego del asesinato de John F. Kennedy estamos mucho más dispuestos a creer que el gobierno norteamericano les oculta información a sus habitantes (sobre todo en aras de preservar la “seguridad nacional”), que en un hecho tecnológico como el de una decimoctava misión a la luna. No sé. Será que en la Argentina al final nunca vimos el aparato que “se remonta a la estratosfera y nos deja en Japón en 15 minutos”

    En 1974 tres astronautas Ben Anderson (Warren Christie), Nathan Walker (Lloyd Owen) y Johnson (Ryan Robbins) son reclutados para traer más kilos de suelo lunar. Luego del despegue todo lo veremos a través de las dos cámaras instaladas en la nave, las que portan los astronautas, una quinta (detectora de movimiento) instalada en suelo lunar, y dos más que están en la nave satélite que gira alrededor de la luna esperando dar por terminada la misión. El clima de suspenso se va gestando a medida que, ya en suelo lunar, vemos como Ben y Nathan descubren una misión rusa que no terminó bien. Nathan entra en la nave abandonada y tomando un manojo de cables que cuelgan de algún lado dice que está destrozada (aunque después la veamos funcionando de mil maravillas). Por su parte Ben descubre a uno de los rusos, de la tripulación de la susodicha nave, en un oscurísimo cráter, pero no obtendrá mucha información dado el estado de putrefacción en el que se encuentra.

    Además, la cámara detectora de movimiento (me permito dudar si ya se había inventado) nos va mostrando que Ben y Nathan no están solos. La obra iba bien. Se tomaba su tiempo para preparar los climas, pero…

    La dirección de Gonzalo López-Gallego es correcta sólo en lo técnico. El manejo de la luz y la oscuridad ponen un buen marco de incertidumbre, mientras el sonido juega un buen papel aportando lo suyo en los momentos de silencio. Pero casi todas las decisiones tomadas, a partir de un guión deficiente, tienden a ir revelando todo lo que podría resultar sorpresivo, y para cuando el enemigo se muestra en potencia queda la sensación que con un rociador de DDT se solucionaba todo. Si el terror depende del diseño de los extraterrestres de esta película quédese tranquilo, algunos personajes de Plaza Sésamo asustan más.

    Para colmo, el inaudito final de esta producción es un insulto a la inteligencia de cualquier espectador y al uso del sentido común, pues deja instalada la pregunta de cómo demonios hicieron para “recuperar” el material que acabamos de ver.

    Menos mal que fue sólo una misión secreta la que ocultaron. Si es por el cine de terror, al menos puedo estar agradecido con la NASA.

    Calificación: Mala. (Iván Steinhardt).La verdad es pensé que en el 2011 zafábamos de alguna película de éste tipo, pero no. Se vino otra de terror de “Archivos fílmicos encontrados”, cuyo guión parece cumplir con las reglas, pero ofrece un final que rompe con toda lógica.

    ¿Conoce el término “found footage”? Literalmente significa “película encontrada” o “recuperada”; pero en Hollywood sirve para determinar una especie de “sub-sub-género” en el que toda la estética, dirección de arte e ilusión de ficción se basa en compaginar una determinada cantidad de metraje que alguien supuestamente encontró y dio a conocer. Todo parecerá un documental (falso). Claro que funciona mucho mejor en el género del terror, ya que este material filmado fue dejado o abandonado, por alguien que desapareció o se murió, y luego revelado por algún familiar (“El proyecto Blairwitch”,1999), el departamento de policía (“Actividad paranormal”, 2009) o ente gubernamental (“Apolo 18”).

    Por tratarse de una de terror en el espacio con ese estilo, “Apolo 18” necesita instalar el verosímil desde un principio. Veamos: Hubo 17 misiones del programa espacial Apolo. Las 18, 19 y 20 fueron canceladas por razones presupuestarias. Todo esto es verdad, a partir de allí comienza la ficción al proponer al espectador que en realidad luego de la 17 hubo una más, que se ocultó al público y ahora se da a conocer para que entendamos por qué el hombre dejó de viajar al satélite más romántico de la historia.

    Fíjese que curioso. Este inverosímil resulta creíble más por razones coyunturales que lógicas. Vale decir, luego del asesinato de John F. Kennedy estamos mucho más dispuestos a creer que el gobierno norteamericano les oculta información a sus habitantes (sobre todo en aras de preservar la “seguridad nacional”), que en un hecho tecnológico como el de una decimoctava misión a la luna. No sé. Será que en la Argentina al final nunca vimos el aparato que “se remonta a la estratosfera y nos deja en Japón en 15 minutos”

    En 1974 tres astronautas Ben Anderson (Warren Christie), Nathan Walker (Lloyd Owen) y Johnson (Ryan Robbins) son reclutados para traer más kilos de suelo lunar. Luego del despegue todo lo veremos a través de las dos cámaras instaladas en la nave, las que portan los astronautas, una quinta (detectora de movimiento) instalada en suelo lunar, y dos más que están en la nave satélite que gira alrededor de la luna esperando dar por terminada la misión. El clima de suspenso se va gestando a medida que, ya en suelo lunar, vemos como Ben y Nathan descubren una misión rusa que no terminó bien. Nathan entra en la nave abandonada y tomando un manojo de cables que cuelgan de algún lado dice que está destrozada (aunque después la veamos funcionando de mil maravillas). Por su parte Ben descubre a uno de los rusos, de la tripulación de la susodicha nave, en un oscurísimo cráter, pero no obtendrá mucha información dado el estado de putrefacción en el que se encuentra.

    Además, la cámara detectora de movimiento (me permito dudar si ya se había inventado) nos va mostrando que Ben y Nathan no están solos. La obra iba bien. Se tomaba su tiempo para preparar los climas, pero…

    La dirección de Gonzalo López-Gallego es correcta sólo en lo técnico. El manejo de la luz y la oscuridad ponen un buen marco de incertidumbre, mientras el sonido juega un buen papel aportando lo suyo en los momentos de silencio. Pero casi todas las decisiones tomadas, a partir de un guión deficiente, tienden a ir revelando todo lo que podría resultar sorpresivo, y para cuando el enemigo se muestra en potencia queda la sensación que con un rociador de DDT se solucionaba todo. Si el terror depende del diseño de los extraterrestres de esta película quédese tranquilo, algunos personajes de Plaza Sésamo asustan más.

    Para colmo, el inaudito final de esta producción es un insulto a la inteligencia de cualquier espectador y al uso del sentido común, pues deja instalada la pregunta de cómo demonios hicieron para “recuperar” el material que acabamos de ver.

    Menos mal que fue sólo una misión secreta la que ocultaron. Si es por el cine de terror, al menos puedo estar agradecido con la NASA.
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  • Sin límites
    Sin límites
    El rincón del cinéfilo
    Nobleza obliga, el guionista Leslie Nixon habrá estado un rato largo elaborando esta historia basada en la novela de Alan Glynn. Claramente no es una obra maestra, pero “Sin límites” es de esas películas que, con poco, se diferencian enseguida si se la compara con el resto del cine comercial producido por Hollywod este año. A esto se le suma un muy buen trabajo de casting para la elección de los intérpretes.

    La narración comienza en el presente con Eddie Morra (Bradley Cooper) al borde de solucionar todos sus problemas tirándose desde la terraza de un rascacielos. Antes de consumar el hecho se apiadará de todos los espectadores narrando (en una muy extensa retrospectiva –que a su vez tendrá algún flasback-) lo sucedido para haber llegado a esa situación.

    Eddie es un escritor con problemas de inspiración y un adelanto económico de la editorial al que debe responder. Por supuesto que bebe mucho y debe como mínimo el alquiler y otros ítems. Su novia Lindy (Abbie Cornisa) le dice que así las cosas no pueden continuar, y resuelve abandonarlo. Convengamos que todo esto junto desanimaría a cualquiera.

    El encuentro con su ex cuñado Vernon (Johnny Whitworth) va a cambiar un poco la situación. Anda en algo raro. Van a un bar. Whisky mediante, le recuerda a Eddie (y a nosotros también) que el ser humano usa sólo hasta el 20 % de la capacidad del cerebro. Sin embargo, él anda distribuyendo una pastilla nueva que lo puede potenciar al máximo. Obviamente le deja una, y Eddie, quien ya ha probado de todo y no anda con ánimos de leer a Buscay o a Og Mandino, la ingiere para comenzar otra vida, y abordar la otra parte de la película.

    Para que todo quede muy claro, y por si los espectadores las estamos usando, digamos un 7%, el realizador Neil Burger le indicó al director de fotografía Jo Willems que ilumine la cara de Bradley Cooper para diferenciarlo cuando está bajo los efectos de la pastilla y es una mente brillante, de cuando no la toma y es un ser opaco y mediocre.

    Pero recordemos que en Hollywood nada es casual cuando se trata de bajar línea sobre el sueño americano. Los beneficios de la pastilla, efectivamente le permiten terminar su libro en cuatro días, pero además puede aprender idiomas con sólo escucharlos, levantarse a su locataria con sólo escucharla y, sobre todo, lo convierte en un experto en el mercado de valores para ganar y hacer ganar mucho dinero. Así que ya sabe para qué sirve el cerebro si se lo usa en todo su potencial.

    Saquemos la bajada de línea porque en definitiva la mente puesta en Hollywood necesita otro tipo de pochoclos y este es muy entretenido. Eventualmente llegaremos al presente y seguirá el desarrollo de la historia. “Sin límites” encuentra su vértigo y costado original en la excelente banda de sonido de Paul Leonard-Morgan, la compaginación el Tracy Adams y Naomi Geraghty y el concepto estético más cercano al vidoeclip de MTV que al cine, pero que aquí funciona muy bien como, por ejemplo, respecto a toda la secuencia inicial.

    Este es un entretenimiento bien filmado y que no se subestima la inteligencia de nadie excepto por un detalle que no hace a la película: La presencia del gran Robert De Niro. No los conté, pero me arriesgo a un total de 8 (quizás 10) lo minutos que cuentan con la presencia del maestro. A decir verdad, el papel que le tocó podría haberlo hecho cualquiera. Imagino una reunión de producción en la que hicieron una “vaquita” para contratarlo por esa cantidad de tiempo, pero esto no es lo importante. Como tantas otras veces, el afiche de “Sin Limites” es bastante mentiroso pues cualquier seguidor de éste actor (independientemente de lo que haga) saldrá literalmente estafado ya que su foto aparece en cartel como uno de los protagonistas. Nada más lejos de la verdad. Dijo tres frases (de taquito por supuesto) y pasó a cobrar el cheque, así que como mínimo le advierto: Si va al cine sólo porque está él, a lo mejor le conviene ver el trailer en Internet. Hemos dicho.
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  • Cine al fin
    Cine al fin
    A Sala Llena
    Me sigue sorprendiendo la selección de imágenes que hace la mente. Por ejemplo, puedo forzarme inútilmente a tratar de recordar cual fue la primera película que vi en mi vida en el cine. Es imposible. Me afirman que fue una reposición de El Mago de los Sueños en otoño de 1977. De hecho tengo el programa de mano guardado como un tesoro. Todavía hoy busco en mi mente alguna imagen de mí mismo viendo la película, pero no lo recuerdo.

    Sin embargo, lo que sí tengo presente como si lo estuviera viviendo ahora mientras escribo, es la lluvia de ese día y subirme con mi mamá a un taxi Fiat 128 que encaró para el centro. Recuerdo vívidamente subir las escaleras del cine Los Angeles. Puedo describir ese cine como si fuera mi casa y de hecho lo fue muchos años de mi infancia. La verdad es que me gustaría volver a entrar allí para verlo. Aunque no exista más…

    La esencia de recuerdos como este (cada uno tendrá el suyo) es la inspiración que llevó a Meritxel Soler a escribir y dirigir (con la colaboración de su esposo Julián Vázquez) Cine al Fin.

    Estudiando cine en Argentina, Soler conoció al que ahora es su marido quien a su vez le contó una pequeña historia del cine de El Bolsón. Luego de una urgencia médica, Meritxel vuelve a su Garriga natal en Catalunya y allí comenzó a gestarse la idea de esta película. Particularmente en el cine Alhambra. Meritxel le cuenta al dueño sobre nuestro desaparecido cine América (aquella imponente sala de Callao y Santa Fé ¿Se acuerda?) La directora y la película inician entonces un viaje en busca de algunas respuestas. Todo absolutamente relacionado con el amor por la mera existencia de una sala cinematográfica y el profundo dolor por cada una que se cierra. En este sentido la obra parece subrayar un especial cariño por la parte edilicia de los cines. Tanto el cine América, como el Bariloche o el de El Bolsón son mostrados con su respectiva actualidad. Como si se intentara buscar en su desaparición, los rastros de generaciones y generaciones de personas que vivieron y disfrutaron la época dorada. Cuando el cine reunía amigos y familiares a dejarse llevar por el séptimo arte.

    Cine al fin se instala al costado de cuestiones coyunturales como la globalización o las políticas económicas. Estos factores están implícitos y por eso se permite reflexionar profundamente sobre las sensaciones que causa tener una pantalla grande frente a los ojos.

    Se nota claramente que cada uno de los encuadres está cuidadosamente buscado y planificado. Los directores se toman su tiempo para que las imágenes cuenten junto a una banda de sonido muy sugestiva y la voz en off de Soler que le agrega un tono pensativo a la atmósfera que se genera.

    De Catalunya a Tierra del Fuego se arma un recorrido nostálgico y esperanzador. Un plano detalle de un fragmento de celuloide del que crecieron raíces, basta para establecer la clave de esta producción. Si. Un cine puede desaparecer, pero también se puede recuperar. Ahora sí, vuelva a leer como se llama esta película y lo lindo que es poder darle más de una lectura.
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  • Mi primera boda
    Mi primera boda
    El rincón del cinéfilo
    De las comedias argentinas estrenadas en el año podría decirse que “Mi primera boda” es la más ambiciosa desde todo punto de vista. Según dijo Axel Kuschevatsky, uno de sus productores, la participación de TELEFE en lo económico fue ínfima, con lo cual habrá que pensar en una administración superlativa de los recursos, especialmente teniendo en cuenta semejante reparto.

    En cuanto a la película, permítame separar los tantos, lo que podría leerse también como: Organizarme.

    Vamos a la trama:

    Adrián (Daniel Hendler) está sentado en un sillón con elementos de fiesta de casamiento como fondo. Con mucho aplomo (y humor) comienza a darnos su parecer sobre el matrimonio en general, y el suyo en particular. Lo mismo hace Leonora (Natalia Oreiro) sentada en un lugar separado hasta que, refiriéndose a su marido, nos dice: “¿Saben lo que hizo?”

    La narración se convierte entonces en un relato de los hechos recientes. Toda la preparación de la fiesta de casamiento, con un novio no muy convencido y preocupado por los gastos, más una novia histérica por el evento y la organización. Ambos coinciden en que se aman, por encima incluso de sus antecedentes religiosos ya que él es judío y ella católica.

    Los enredos comienzan cuando Adrián pierde su anillo de casamiento tan sólo un rato antes de la ceremonia, para la cual sólo esperan la llegada del Padre Patricio (Marcos Mundstock) y el Rabino Mendl (Daniel Rabinovich) para comenzar. Por supuesto que Adrián hará lo posible para retrasar su llegada y darse el tiempo de encontrar la alianza.

    Se puede hablar de un guión básico de comedia de enredos cuya realización Ariel Winograd tiene que orientarla hacia el estilo de la comedia clásica. Durante gran parte de la narración iremos conociendo a familiares y amigos en un desfile de situaciones que no siempre colaborarán con la trama, sino que están simplemente como excusa para el gag. Como si fueran parte de un sketch recortado, por ejemplo, como la situación de los dos integrantes de Luthiers en pleno viaje de remis.

    “Mi primera boda” no descubre la pólvora en el aspecto de lo que se cuenta.

    La parte técnica es impecable, destacándose la banda de sonido de Lucio Godoy y Darío Eskenazi, quienes con una orquesta de más de cuarenta músicos y grabada en Europa, juega con estilos de Henry Mancini por un lado y Jerry Goldsmith o Michael Kamen por otro.

    Ahora bien, debo confesar que entré “como un caballo”. Me pasó lo mismo que me ha pasado muchas veces con las comedias de Blake Edwards, es decir, compré desde el primer instante y llegué a llorar de risa con algunas situaciones y actores. Realmente si usted está de buen humor y sin ganas de intelectualizar, con esta realización la va a pasar fenómeno. Si los chistes son viejos es tan irrelevante como cierto, pues no sólo el público se renueva, sino que más de una vez le han contado una seguidilla de chistes tan malos que uno detrás del otro provoca esa risa que nace por oposición al remate mismo. Y si uno se ríe con algo es difícil (por no decir inútil) preguntarse por qué. Es pasar un buen momento y en el caso de “Mi primera boda”, alcanza y sobra.
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  • Tito, el navegante
    Tito, el navegante
    A Sala Llena
    Un artista en la localidad de Quilmes vive en una casa hecha con botellas de vidrio. Se llama Tito Ingenieri y es artista escultor especializado en metal y vidrio.

    Si fuera un titular, estaría como nota de color en cualquier noticiero vernáculo. No pasaría de un barrido de imágenes loopeadas y dos o tres preguntas obvias con las respuestas en off para mostrar tomas apenas más detalladas. Pero no es el caso. Tito, el navegante es un documental de poco mas de una hora en el que los directores Alcides Chiesa y Carlos Eduardo Martínez intentan dibujar a uno de esos personajes lindos que existen y forman parte de un pueblo. Ese tipo de personas que caracterizan un lugar y lo hacen más pintoresco.

    Mas allá de la corrección técnica a cargo de ambos directores tanto en cámara como en fotografía y una interesante música de Oscar López, esta película tiene un problema clave: No genera interés desde sus realizadores.

    Vale decir, todo lo que se puede preguntar por simple curiosidad está. Así conocemos que Tito no terminó el colegio, se fue de mochilero y volvió al rato, fue plomo de una banda de rock y trabajó con un soldador que le enseñó el oficio y que derivaría en el artista que es hoy. Incluso llega a lo paradójico cuando dice que le gustan Artaud, Rimbaud y otros autores; pero nunca termina de leerlos.

    La parte animada es estéticamente agradable pero apenas si subraya lo que el escultor dice cuando se refiere a viejas conquistas amorosas. Tema aparte para la referencia a El Eternauta. El afiche de la película es el de la historieta pero con Tito detrás de las antiparras. Chiesa y Martínez agregaron tomas del artista acercándose a la cámara de plano entero a plano medio luciendo máscaras antigas o de soldar, algo así como un separador entre tema y tema. Todo esto queda bien pero a la historia del entrevistado no le agrega nada. Para encontrar una analogía entre la obra de Oesterheld y el título hay que poner imaginación e hilar fino. A simple vista no alcanza.

    A ver, claramente este artista quilmeño despierta en los directores la suficiente curiosidad como para prender la cámara. Pero durante toda la película ronda una sensación extraña. Es como si yo lo invitase a mi casa a escuchar música y simplemente agarre un disco de Sandy Nelson, ponga play y nos quedemos callados. A ud puede gustarle o no. Dependerá de sus oídos y nada más. Ahora, si yo le explico que ese fue el primer disco sobre el que yo apoyé una púa de tocadiscos a los 10 años y que lo heredé de mi padre como si me hubiera querido mandar un mensaje para que yo empezara su frustrada vocación de baterista, seguramente la escucha será distinta. Tendrá el condimento de mi propia pasión detrás de esos sonidos y ud va a prestar otro tipo de atención a partir de un interés generado por mi impronta.

    Eso dejaron afuera los directores en el subtexto del guión. Su pasión y admiración por lo que este artista les genera. Es eso. Falta pimienta.
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  • La vitalidad de los afectos
    El escritor Gunther Strobbe (Valentijn Dhaenens) está intentando que alguien le publique su libro. Hace tiempo que le pasa esto y a lo mejor también quiere atención o la reivindicación de su sueño. Por eso se pone a contarnos una historia. Su historia, la cual es a la vez la médula en la que se basa la de cada uno de nosotros: la familia.

    En lugar de volverse pretencioso y querer pintar el mundo, el director Felix Van Groeningen se vuelve minimalista y retrata la historia de los Strobbe para eventualmente llegar a la aldea. Del escritor adulto que comienza a narrar, volvemos varios años atrás hasta sus conflictivos 13 años (interpretado por Kenneth Vanbaeden) en el pueblito de Reetveerdegem en Bélgica.

    Gunther va presentándonos uno a uno a los integrantes de su familia. Sus tíos “Gasolina”, “Fortachón” y Kurt son ideales para el dicho “Dios los cría”. Su padre “Celle” (Koen de Graeve) no les va en saga en esto de cantar, tomar cerveza (o lo que llene el vaso) y holgazanear. Finalmente conocemos a la abuela Meetje (Gilda de Bal) o sea la madre de estos cuatro hermanos y la única que parece tener los patitos en fila en una familia de propensos a la violencia pero con fortísimos valores por los lazos familiares. Una ruda forma de quererse si me permite.

    Lo que convierte a La Vitalidad de los Afectos en una caótica y pintoresca comedia de la vida es el hecho de que todos ellos viven juntos en una casa muy chica.

    Van Groeningen se mete en la intimidad más visceral de esta familia. Sin ser subjetiva, la cámara se posa varias veces a la altura del resto. Por ejemplo cuando están sentados a la mesa, como si quisiera al espectador como uno mas compartiendo ese momento. En este aspecto, es válido citar a los personajes que pinta Kusturica en sus películas: Son grotescos, si. Y también queribles.

    Las situaciones de confiscación de muebles, la escuela de Gunther o un concurso para ver quién toma mas cerveza, colaboran con la construcción del estado de desidia de esta familia y la consiguiente preocupación de cómo Gunther pudo sobrevivir a eso.

    Quizás el mejor acierto del guionista Christophe Dirickx (junto con el propio director) sea el de evitar la tamización de los personajes para no caer en una moralina barata. Por el contrario, todos esos excesos naturalmente incorporados en la idiosincrasia familiar ayudan a subrayar un sentimiento que subyace en el subtexto del film: el amor incondicional a las raíces.

    La relación padre – hijo se vuelve asfixiante para Gunther y a la vez será ese el catalizador para tomar decisiones que necesariamente cambiarán su vida. Sobre todo a partir de la visita de la tía Rosie (Natalie Broods).

    Desde el comienzo sabemos que nos están contando una anécdota funcional a entender tanto a Gunther como al resto. Lo agradable de La Vitalidad de los Afectos, es poder descubrir un humor que nace desde un lugar muy explorado, lleno de dolor y frustración por el supuesto destino que nos toca, momento en el cual las películas chicas como esta se vuelven grandes.
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  • Rita y Li
    Rita y Li
    A Sala Llena
    Rita (Julieta Ortega) y Li (Miki Kawashima) es la historia de dos mujeres en circunstancias adversas y de cómo éstas van influyendo en la vida de ambas para formar una relación fuerte. Las dos son inmigrantes ilegales (o con problemas de documentación) y viven en la ciudad de Santa Fe.

    Mientras que Rita es paraguaya y está en Argentina para poder conseguir la residencia, trabajar y eventualmente volver con su hija (o traerla), Li es china y trabaja en una lavandería esperando poder salir adelante luego de haber perdido a su marido asesinado en uno de los tantos saqueos de la crisis de 2001. Rita comienza a trabajar allí gracias a Ferreira (Juan Palomino), un policía que no se gana el pan sólo con su sueldo (si se entiende el eufemismo). Para asegurar la "continuidad laboral" de ambas (en realidad las necesita porque el local es una excusa para hacer sus transas en la parte trasera), el oficial toma en su poder los documentos las dos mujeres con el pretexto de tramitar la ciudadanía, en definitiva, Rita y Li se ven algo "acorraladas" por la circunstancia.

    La película de Francisco D'Intino está clara e inconfundiblemente focalizada en la relación que Rita y Li van construyendo a fuerza de ir derribando de a poco la barrera cultural que las separa en favor de satisfacer la mutua necesidad de conectarse dada la circunstancia en la que se encuentran. Pueden ser de países, idiomas y costumbres distintas; pero ambas son mujeres, están sufriendo y sueñan con salir adelante. De hecho el negocio se llama "La Esperanza", un poco por ellas y otro por autorefencia (la anterior película del director lleva el mismo nombre).

    El guión del mismo Francisco D'Intino y Héctor Grillo es tan sencillo como profundo pero aunque no parezca, a veces estos factores influyen mucho en el resultado final según las decisiones que se toman, independientemente del presupuesto con que se cuenta.

    Hay un mínimo de dos personajes en esta película cuya presencia aporta poco y distrae: Don Antonio (Juan Manuel Tenuta) es el hombre que le alquila una habitación a Rita; pero no es tan buenito como parece. Antonio Birabent es un vecino, padre de una bebé, que lleva la ropa a lavar y mantiene algunos diálogos intrascendentes con las chicas.

    Rita y Li iban a conocerse de todas maneras por eso la presencia de ambos no hace otra cosa que apurar una acción ya predestinada desde el comienzo, resultando en consecuencia, un tanto forzada. Lo mismo sucede con el final, como si hubieran estado apurados para terminar el rodaje.

    Son importantes y conscientes los trabajos de Ortega y Kawashima. El hecho de que por momentos se les escape no tiene que ver con falta de herramientas sino con cómo están dirigidas.

    De todas maneras, esto no le quita valores a un filme sobre el nacimiento de la amistad a partir del choque de culturas. Tanto Un Cuento Chino como Rita y Li (salvando las distancias) podrían ser las pioneras en poner una mirada sobre el enorme cambio cultural que se produce hoy en Argentina merced a la vasta cantidad de personas que llegan buscando nuevos aires en un país cuya política de inmigración es casi desconocida. Es un buen comienzo para un tema cada vez mas influyente.
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  • Quiero matar a mi jefe
    Quiero matar a mi jefe
    El rincón del cinéfilo
    Así es el humor. No en vano está el viejo adagio: “el éxito de un chiste depende de quién lo escucha”, de modo que en el caso de “Quiero matar a jefe” sus grandes aciertos y errores bien pueden ser la misma cosa.

    Si los personajes de las películas pudieran pasarse por una especie de tamiz, imagine que los de la saga “¿Qué pasó ayer?” (I y II, 2009 y 2011) decantaron en Nick, Dale y Kurt (Jason Bateman, Charlie Day y Jason Sudeikis respectivamente). Los tres amigos desde siempre, atraviesan un momento difícil en el plano laboral, aunque los otros aspectos de sus vidas parecen no tener importancia. Odian a sus jefes, pero algunas arbitrariedades del guión los ponen entre la espada y la pared. Veamos:

    El jefe de Nick, Dave (Kevin Spacey) decide autonombrarse gerente de ventas en su propia compañía. Una atribución lógica, pero Nick esperaba ser nombrado para ese puesto después servir eficientemente de mucho tiempo a esa empresa.

    El jefe de Kurt, Bobby (Colin Farrell) sale por herencia. Ante la muerte de su padre, decide estar al frente del negocio con la sola intención de hacerlo producir el dinero suficiente para financiar festicholas con prostitutas y kilos de cocaína. A Kurt sólo le importa que el negocio siga la noble tradición del viejo Pellitt (breve aparición de Donlad Sutherland)

    Finalmente, la jefa de Dale es la Doctora Julie Harris (la irresistible Jennifer Aniston), una sexópata malhablada que lo acosa constantemente. Podría ser una situación soñada, pero Dale está enamorado de su prometida, le es fiel y rechaza el convite y esa situación le resulta traumática.

    En una charla de bar, contando sus penurias, la conversación de los amigos deriva en una loca idea tomando como referencia la película “Pacto siniestro” (o “Extraños en un tren”), producción de 1951 del maestro Alfred Hitchcock, en la cual, para despejar posibles conexiones, dos hombres se intercambian potenciales asesinatos.

    Establecida la situación en los primeros, y muy buenos, minutos de “Quiero matar a mi jefe”, al realizador Seth Gordon se le abre la posibilidad de abordar la comedia de enredos desde una impronta clásica, o llevarla al extremo del grotesco. No ocurre ni lo uno ni otro, y este es el punto en donde los espectadores tendrán dos opciones que se ejecutarán casi inconcientemente: seguir el hilo o cortarlo, es decir, estar dispuestos a aceptar lo inverosímil o llevar todo al plano racional. En el caso de quien escribe la opción elegida fue la primera, y realmente hay momentos en donde uno se ríe a discreción. Huelga revelar más de la trama que, de todos modos, se adivina fácil.

    Gracias a que Spacey, Farrell y Aniston se creen sus personajes, los trabajos de los demás miembros del elenco se elevan bastante más y logran sacar la historia adelante. No parece haber en el realizador un sentido de la dirección de actores. Como si hubiera confiado más en que cada uno haga lo suyo en lugar de probar si ello conviene al tratamiento de la película. Por eso todo depende del elenco, ya que los rubros técnicos cumplen pero no aportan nada novedoso.

    La recomendación es: si tiene ganas de reír sin hacerse preguntas, entre al cine con buen humor o con deseos de despejar el malo. Por cierto, no olvide dejar la lógica en la puerta de la sala, la que puede recuperarla apenas termine la función. Para el momento en que concluya en que todo fue un divague, la sonrisa ya estará dibujada en su rostro.
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  • No le temas a la oscuridad
    No le temas a la oscuridad
    El rincón del cinéfilo
    Luego de finalizada la proyección de “No le temas a la oscuridad” pensé: Me parece que hay una gran confusión. Hay que recordarle a Hollywood que la gente va al cine para sentir miedo gracias a ver la película y no por culpa de la misma. Es una gran diferencia.

    En “No le temas a la oscuridad” todo empieza hace muchos años. Un pintor ha realizado un gran mural de contenido horrible en el sótano de una gran mansión. Usted puede preguntar para qué sirve un mural ahí donde apenas hay luz de vela. Se lo digo: para anunciar al espectador lo que va a ver dentro de un rato quitándole el factor sorpresa. Además, el hombre es artista y puede hacer lo que quiere, ¡que tanto, ché!

    El pintor ofrece sus propios dientes en un platito a unas voces que con cámara subjetiva suenan fuera de campo, pero dentro de una estufa tipo salamandra. A cambio pretende que le devuelvan a su hijo. No sólo esto no ocurre, adicionalmente se lo llevan a él haciéndolo entrar por la hendidura de la estufa como si el hombre estuviera hecho de telgopor.

    No se preocupe si no entiende mucho. Durante los títulos las voces se siguen escuchando y le anticiparán todas las intenciones que tienen. Confórmese. Al menos no le cuentan el final.

    La acción pasa al tiempo presente. Vemos a Kim (Katie Holmes) y a Alex (Guy Pearce) esperando a la hija de éste en el aeropuerto. Sally (Bailee Madison), de unos 7 u 8 años, viaja sola porque la madre no puede, no quiere o no sabe tenerla (nunca nos enteraremos). Los tres se dirigen a la mansión, ya que la pareja vive de restaurar viejas construcciones. La nena tiene resentimiento por la situación que viven debido a la separación de sus progenitores, rechaza a la novia del padre y siente el miedo que le produce algo raro que percibe en la vieja casa. Gracias a Dios, nos enteramos de todo esto por los diálogos. Si fuera por Bailee Madison estaríamos muy confundidos, pues tiene algunos momentos en los que parece tentada a reírse, en tanto que en otros manifiesta estar asustada, estados que, como mucho, sólo llega a traducirlos en una expresión de cara de abanderada en un acto de colegio. Es por lejos la peor dirección de actores chicos en mucho tiempo.

    Sigo. La nena dice que tiene miedo, pero igual se adentra en el lugar más tenebroso de la casa, o sea el sótano. Allí escucha voces invitándola a jugar y demás bobadas. Incluso llega a desatornillar la puertita de la estufa produciendo la liberación del “mal”. Esto es (son) unos bichos marrones de la altura de una muñeca Barbie, con el temperamento de Horacio Pagani, y cuando dejan de susurrar para graznar parecieran tener la caja torácica de Plácido Domingo.

    Al primero que atacan es al jardinero. Un hombre, de pocas e inútiles líneas de diálogo, que en lugar de pisar a los demonios, barrerlos a escobazos o echarles insecticida, se deja morder por ellos hasta terminar en un hospital.

    A partir de ese momento Sally intentará hacerse escuchar por el padre quién demuestra dos preocupaciones: vender la casa restaurada y lograr que su hija se lleve bien con su novia. Los bichos, que salen por todos los conductos posibles, evitando la luz y rompiendo todo lo que pueden, parecen primos de aquellos Gremlins, pero están horriblemente diseñados por Keith Thompson.

    “No le temas a la oscuridad” tiene algunas otras incoherencias en el guión de Guillermo del Toro y Matthew Robbins que rompen con el verosímil; aburren y provocan más bostezos que tensión. Pobre el debut como realizador de Troy Nixey, aunque cualquiera agarraría este guión si debe, por ejemplo, tres meses de alquiler, para saldar su deuda.

    Los efectos especiales parecen de la época del primer “King Kong” (1933), con perdón de aquél pionero de los efectos, con una dirección de fotografía de Oliver Stapleton bastante desacertada, sobre todo en las escenas de la habitación de Sally y en el sótano, locaciones donde a veces hay más luz de la que propone el set y viceversa.

    No se extrañe si hacia el final se producen algunas risas, es debido a la tremenda ridiculez de los diálogos. Insalvable partiendo desde el contradictorio título de la producción. Si se la toma en serio la producción es como mínimo una broma. Por suerte todo pasa.

    Respecto a “No le tema a la oscuridad”, témale a una secuela.
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  • El amante
    El amante
    A Sala Llena
    La primera vez que vi a Tilda Swinton en el cine fue en una función vespertina de Orlando (1992) en el viejo cine Trocadero de la peatonal Lavalle. Ante la camada de actrices que se venían de Hollywood con Julia Roberts y Winona Ryder a la cabeza, esta actriz inglesa ofrecía otro prisma abordando un papel dificilísimo en esa película de Sally Potter.

    Casi 20 años después, la capacidad y versatilidad de Swinton parecen no tener límites todavía, lo cual es un camino lógico para alguien que se toma tan en serio su trabajo. Aunque se trate de una película como El Amante, producida por ella misma.

    El análisis de esta realización bien puede dividirse en dos aristas. La primera tiene que ver con las actuaciones de todo el elenco y algunos aspectos técnicos como la excelente fotografía de Yorick Le Saux cuya muestra de su talento pudimos ver recientemente en Carlos. Le Saux aplicó un concepto visual fundamental para cumplir con una historia que se desarrolla en invierno y en verano.

    La segunda arista es la película en sí y su temática sobre la necesidad de liberación de una atmósfera subyugante generada en el seno de una familia aristocrática de Milán.

    Emma (Tilda Swinton) es oriunda de Rusia. Una vez conoció a Edoardo Recchi (Gabriele Ferzetti), un rico empresario textil Italiano con quién eventualmente se fue a Milán, se casó y formó una familia. También significó una vía de escape de la situación agobiante en la Unión Soviética del fin de la Guerra Fría. Al comienzo vemos a Emma muy concentrada yendo y viniendo del comedor a la cocina mientras le da directivas al personal doméstico (en un soberbio italiano con acento ruso) para preparar una cena familiar importante.

    En este momento entendemos que Emma es mas una jefa de mozos que una esposa. Una sutileza para establecer una situación en la que si bien ella es parte de la familia, nunca llegará a pasar todas las barreras conservadoras y aristocráticas para llegar a una pertenencia absoluta. O sea, Emma salió de una situación opresiva para meterse en otra con otros ribetes. Necesita escaparse o al menos un escapismo.

    En esta cena el padre de Edoardo, Tancredi Recchi (Pippo Delbono), anuncia su retiro y el pase de la empresa a manos de su hijo. Algo que todos esperaban excepto por un detalle: Tancredi le da la misma participación a su nieto Edoardo Jr. (Flavio Parenti), lo cual dispara un juego interno que tampoco llega a desarrollarse. No olvidemos que desde un principio la historia, el conflicto y el mensaje pasan por Emma.

    Hablando de ella, en estos interines conoce a Antonio (Edoardo Gabriellini), un cocinero amigo de su hijo cuya presentación en la película sirve como punto de partida para colocar el conflicto al frente de la obra.

    Emma se siente impulsivamente atraída hacia Antonio (escena de miradas en la cocina brillantemente actuada por… ah, cierto! Ya lo dije). En él, (y en el deseo que ella siente) ve una ventana hacia cierta libertad generada en lo furtivo, pero atrayente a la vez. El espíritu de Emma cobra vida. Hay algo más que su vida con alcurnia.

    El guión de Luca Guadagnino abarca algunas subtramas que, como mencioné al principio, no están cercanas a aportarle nada importante a la historia. Ni siquiera la situación de los hijos de este matrimonio casi basado en una suerte de hipocresía interna. El director comienza a explorar en estas propuestas y de hecho las resuelve, pero al estar apenas conectadas con la trama principal, dejan un sabor a exceso de minutos que terminan por desviar la atención del espectador a su muñeca izquierda. Justo donde está el reloj.

    No le quita valores cinematográficos, pero los disminuye ante una película de planos y silencios largos, necesarios para que los actores se expresen. Atención durante los créditos con una escena que le da el cierre definitivo.
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  • Viudas
    Viudas
    El rincón del cinéfilo
    Antes de morir en el hospital por un infarto Augusto le pide a Elena (Graciela Borges): “Cuidala. Sola no va a poder”. Muere. Elena no entiende mucho de qué se trata hasta que la presencia de Adela (Valeria Bertucelli) en el nosocomio le va aclarando el panorama. A decir verdad quien la va avivando de la situación es Esther (Rita Cortese), la mejor amiga y asistente de Elena. ¿La situación? Augusto tenía una amante mucho menor que él.

    La verosimilitud de la historia pende de esa frasecita del principio y sobre esa endeble base, el guión de Brenda Pagés cuenta cómo es que estas dos mujeres intentan sobrellevar el dolor de perder al hombre que amaban y la relación que ambas van construyendo.

    El problema de “Viudas”, la última película de Marcos Carnevale, reside en depender exclusivamente de la talentosa entrega de las actrices principales. El resto de lo que gira alrededor de las viudas aparenta tener importancia, amaga a convertirse en subtrama, pero nunca llega a buen puerto. Un ejemplo de esto son los personajes secundarios. Esther podría no estar y la película sería lo mismo, pues nunca se llega a desarrollar su personaje más que para consolar a Elena. Lo mismo sucede con la mucama travesti que compone Martin Bossi (un trabajo bastante sólido). Su continuidad en el set está justificada por la propia Elena quien no la echa (a pesar de sus impertinencias) porque “sabe cosas”, aunque nunca tiene conocimiento de ellas el espectador, ni los personajes se enterarán de qué es lo que sabe. De hecho, el personaje es literalmente abandonado hacia el final de la película, sin demasiada explicación.

    El verdadero punto fuerte es la relación de Elena y Adela (siempre y cuando la situación le resulte creíble). Las dos actrices manejan esto de taquito y sólo podría endilgarse situaciones redundantes, aunque esto no depende de ellas sino de un guión que insiste una y otra vez en deprimir a Adela cada vez que parece levantar su ánimo.

    La sensación final es positiva si uno acepta a “Viudas” como un melodrama en el cual poder ver reflejada una manera de construir a partir del dolor cuando los afectos se van, pero dependerá más de la buena voluntad de quienes se sienten en las butacas que de la realización.
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  • Ceremonias de barro
    Ceremonias de barro
    El rincón del cinéfilo
    Esta semana también pudimos ver “Ceremonias de barro”, estrenada en el marco denominado Crónicas de la resistencia del Norte Argentino junto con “Mosconi” de Lorena Riposati. Todo esto tiene mucho sentido no solamente por la temática de ambas, sino también porque las dos producciones están manejadas prácticamente por el mismo equipo de cineastas, con lo cual el concepto básico es el mismo desde el punto de vista del tratamiento estético y técnico.

    Por eso “Ceremonias de barro” también es una observación del presente a partir de la sólida base histórica conseguida con los testimonios de las personas que intervienen. Candelario Gerónimo nació hace casi ochenta años en la quebrada de Los Chañares en Tucumán. El “gancho” que utiliza el director Nicolas Di Giusto parte de lo que ya sabemos: Los indios Quilmes fueron devastados en 1666, los pocos sobrevivientes fueron traídos al sur de la hoy provincia de Buenos Aires e instalados en la zona que hoy lleva el mismo nombre. Sin embargo, Gerónimo se encarga de contarnos algo no tan conocido: muchos otros sobrevivientes huyeron cerro arriba, donde el conquistador no llegará. Antes de la Revolución de Mayo el Virreinato reconoció a los Quilmes como los verdaderos dueños del territorio con un documento llamado Cédula Real que, por supuesto, no fue legitimado durante la formación de la República.

    Desde este punto en adelante, y junto a la música fabulosa de Pablo Mastrángelo y Blas Alberti, “Ceremonias de barro” nos va presentando a gente como el Cacique Chaile; Gustavo Maita, Teófilo y Gloria Yapura, Cosme Candorí y más gente de la comunidad Quilmeña, quienes a su vez son invitados por la cámara a mostrarnos todas las actividades que se realizan en la región. Eso que aprendemos (sin luego saber nada) con los manuales de la primaria ocurre hoy todos los días. De chicos nos enseñan que los indígenas vivían de la caza y de la pesca, hacían telares y vasijas de barro y rituales paganos. Por suerte esta realización muestra mucho más y llega a lo más profundo de estas actividades milenarias para hacernos entender, con docencia cinematográfica, las razones por las cuales esas tierras han sido y son propiedad de la gente que la trabaja desde hace tantos siglos.

    Cada vez que un testimonio o un segmento termina, la cámara se toma el tiempo para enfocar los paisajes inermes al paso del tiempo. Como si quisiera mostrar que la subsistencia de esa tierra casi virgen también se debe al respeto que su gente tiene por ella. Fundamental la excelente fotografía de Marcelo Ragone, y el montaje de Emiliano Di Giusto quién le da la pausa justa a cada encuadre para que el espectador tenga tiempo de procesar todo sin que resulte tedioso.

    Cómo dijimos sobre “Mosconi”, otro acierto técnico fue, aún con un sonido excelente, subtitular el documental para que no se pierda nada. Está claro que la solución no pasa por aquí. Las salas donde se exhiben estas obras merecen como mínimo una revisión de la acústica para que el sonido no rebote y se sature. Hoy por hoy, casi todo se filma en digital, por lo cual es necesario renovar los equipos si se pretende entregar toda la obra en su concepción.

    Observaciones al margen, tanto “Mosconi” como “Ceremonias de barro” tienen en sus realizadores Lorena Riposati y Nicolas di Giusto, a dos buenos observadores con ideas claras potenciados por la mutua colaboración. Sus trabajos valen la pena.
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  • Mosconi
    Mosconi
    A Sala Llena
    Continuando con la seguidilla de documentales hechos con mucho esfuerzo y vocación por seguir revisando parte de la historia reciente. Es increíble que con la situación de las salas hoy, todavía encuentren un hueco para llegar a estrenarse. Es cierto que en los últimos dos años, la mayoría de películas de este género han abordado temáticas muy emparentadas con la política o mejor dicho, temas en donde la política es una actriz importante. Aún cuando se trata de eventos del pasado. Sin embargo, si alguna vez se estudia esta época de estrenos de cine argentino deberá valorizarse esta inquietud por revisar la historia.

    2011 ya tiene dos documentales abordando el tema del petróleo en Argentina, su explotación y las consecuencias de su privatización. Uno es Tierra Sublevada II -Oro Negro- de Pino Solanas cuyo estreno es inminente. La otra es la que nos convoca hoy.

    Mosconi, es un pueblo salteño cuyo nombre se debe al general que básicamente creó YPF y le dió proyección de empresa estatal sólida, solvente y representativa. Muchos años después, en la década del 90, YPF se privatizó con consecuencias nefastas entre ellas, miles de desocupados que luego de gastarse la indemnización se dieron cuenta lo que realmente había pasado.

    La película de Lorena Riposati va intercalando el presente con el pasado. Mientras que las imágenes de archivo dan cuenta de la época de esplendor de la petrolera estatal, su cámara testigo sigue los pasos de los miembros de la UTD en su lucha cotidiana por subsistir y por recuperar a YPF. Teniendo en cuenta que la empresa es hoy explotada por capitales extranjeros favorecidos por un contrato que prácticamente les deja llevarse todo sin arriesgar capital, la lucha de esos hombres es por volver a sentirse dignos de sí mismos y orgullosos del lugar al que pertenecen.
    El documental de 101 minutos va metiéndose en el mundo de los hombres que van llevando adelante una comunidad que al día de hoy se maneja casi con reglas propias.

    La música de Osvaldo Cortesse va creando un clima especial en el que los encuadres van revelando el estado de decadencia y desidia en el que se encuentran, por ejemplo, los equipos de perforación.
    Una producción bien realizada que siguiendo los esquemas conocidos del guión documental, prende una alarma sobre la situación de la gente en General Mosconi y la de una empresa emblemática cuya caída dejó muchas cosas al desamparo. Incluida la historia Argentina.
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  • Tierra adentro
    Tierra adentro
    A Sala Llena
    He aquí otro de los buenos documentales argentinos estrenados este año. En la fila ya están Buen Día, Día; Causas; Vienen por el Oro, vienen por Todo y la excelente Un Tren a Pampa Blanca. Tierra Adentro parte de una gran idea que bien podría haber sido una ficción: La búsqueda de las raíces autóctonas en un pasado doloroso y a la vez necesario de conocer.

    A partir de las consecuencias de la campaña del desierto de Roca, Ulises de la Orden, el director de la interesante Río Arriba, comienza a desandar cinco caminos para llegar a al pasado; conocer el vasto territorio que ocupaban los Mapuches y plantear la necesidad de su reivindicación.

    Estos cinco caminos son desandados por: un descendiente de uno de los militares que comandó la campaña, un historiador que busca pruebas fehacientes de los beneficiados con el genocidio, una mujer descendiente de Mapuches, el jefe actual de la comunidad y un periodista guluche que parte desde Chile buscando las marcas de la conquista en el territorio que recorre. Es decir: Ulises de la Orden, se ocupa, mediante una excelente edición paralela, de ofrecer todos los puntos de vista posibles. Todas las personas que aparecen en Tierra Adentro tienen algo que decir y gracias a todos esos testimonios y fundamentos, la película logra momentos muy emotivos que llegan por decantación y no por imposición al efectismo barato.

    El compromiso del espectador con la forma y el contenido se da desde el minuto uno porque este es un cineasta con ideas muy claras y sintéticas. Por eso no hay una sola palabra ni imagen que sobre.

    Pero hay más.

    En el mejor y mas valorable acierto de Tierra Adentro (mientras esos cinco puntos de vista convergen en el mismo lugar histórico-político), el director juega a lo grande y plantea un centro neurálgico para todas estas historias: las próximas generaciones. Pablito está entrando en la etapa pre-adolescente y esta etapa de su vida comienza a bifurcarse. Por un lado está la escuela y la iglesia católica (cuyo accionar también está cuestionado). Por el otro, están las personas de origen Mapuche con las que el realmente disfruta y no se siente discriminado; sino parte.

    El chico va tomando decisiones trascendentales que van a cambiar su vida para siempre. Hay una gran lección para quienes manejan los destinos de la gente en una simple frase que él dice.

    Para entonces, los cinco recorridos nos habrán conmovido y mostrado la historia de una manera tan dinámica como concreta.

    Realmente una película con altos valores cinematográficos y que, para quien escribe, debería trascender el hecho comercial y formar parte de los programas de educación a nivel nacional. Si el cine documental se realiza de esta manera, bien vale la pena el intento de llegar a la conciencia y al corazón de las próximas generaciones.
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  • La oscuridad
    La oscuridad
    El rincón del cinéfilo
    Paul (John Leguizamo) trabaja como proyeccionista en un multicine. Controla las proyecciones y como todo está bien se sienta a leer un libro. Apagón general. Con la luz de los generadores el hombre empieza a descubrir que la gente desapareció y sólo quedaron sus ropas tiradas, como si todo el mundo se hubiera ido a la orgía más grande del mundo. Hay otros que sobreviven Luke (Hayden Christensen), Rosemary (Thandie Newton), James (Jacob Latimore) y Briana (Taylor Groothuis) Parece la extinción de la raza humana. Como terminada la función seguimos todos vivos... parece que es la extinción del género del terror nomás.

    Qué, Quién, Cómo, por qué, para qué y otras preguntas básicas, y necesarias para el espectador, jamás tendrán explicación alguna en “La Oscuridad”. Da rabia, porque la propuesta inicial está buenísima... pero dura diez minutos.

    Así que decidí mandar una carta a Hollywood. Si me llega la respuesta prometo publicarla en este mismo espacio así despejamos dudas.

    A continuación, una copia de la carta.

    “Estimado Brad Anderson:

    De mi mayor consideración.

    Le envío esta misiva para desearle una pronta recuperación de su estado de amnesia, el cual seguramente hizo que teniendo un antecedente de buena película como “El maquinista” (2004), lo haya hecho dirigir “La Oscuridad”. A propósito de la misma, quisiera saber un par de cosas, si no es mucha molestia. Para empezar, si el guionista que le encajó el estudio, Anthony Jaswinski, le entregó un guión o sólo una idea escrita en una servilleta del bar. De ser esto último todo tiene más lógica.

    Hablando de la historia en sí, se que ocurre en nuestros días y en Detroit. ¿Sería tan gentil de contarme qué es esto de las sombras y por qué hacen lo que hacen? O sea, entendí que usted ve muerte en la oscuridad y vida en la luz, pero le recuerdo que la gente que va al cine a ver una de terror ya está acostumbrada a aceptar lo inverosímil, pero, eso sí, las reglas del juego deben ser claras y la fluidez del relato debe justificar lo que sucede. Por ejemplo, usted propone que los personajes siguen vivos si tienen un poco de luz a mano. Hasta un fósforo sirve. Si no hay luz, vienen los deditos de las sombras y los matan a sombrazos limpio. Sin embargo, en varias escenas los personajes están acorralados y se salvan igual. De todos modos, si se inspiró un poco en la serie televisiva “Lost” (2004/2010) le recuerdo que al final (haya gustado o no) hay una explicación hasta para ese humito negro que se llevaba a la gente a la espesura de la isla. En su caso ¿Por qué no pasa lo mismo? Si es una nueva tendencia en Hollywood, avise para estar prevenido.

    Otra cosa que me llamó la atención es que ninguna linterna funciona en esa ciudad. La única que anda es la de Briana, una nena preciosa que se suma a la idiotez generalizada de sus personajes y cada vez que ve alguien vivo sale corriendo a la oscuridad. Por otro lado, las luces delanteras de una camioneta pueden durar tres días encendidas. Sé que la General Motors le debe haber regalado un montón de autos para explicar esto con la frase “Es una Chevrolet”, pero para el espectador es insultante. ¿Se da cuenta? Hablando de luz, avísele al director de fotografía que debería estar presente todos los días de rodaje, y no mandar a un cadete con un fotómetro, porque después pasa lo que le pasó acá: Defasajes conceptuales entre la luz en la cara de los actores y el lugar de donde proviene.

    ¡Ah!, ya que estoy, felicite de mi parte a Lucas Vidal, el compositor de la banda de sonido, por ser el único que se tomó en serio su tarea. Espero ansioso poder escuchar algún próximo trabajo.

    Sigo preguntando: ¿Le enseñaron alguna vez lo qué es un flashback y para qué sirve? Digo, porque todos los que puso en “La Oscuridad” no aclaran nada, apenas sirven para mostrar que sus personajes siguen vivos de casualidad, algo que ya sabíamos todos.

    Por último Sr Anderson, y no lo molesto más, si empezó algo termínelo por favor. ¿Me comprende? Usted no puede irse del set a tomar cerveza con los técnicos mientras deja que la película se resuelva sola. Queda feo, ¿vio? Es más, si puede le ruego me tenga al tanto del paradero del caballo que aparece al final, a ver si ya llegó a la frontera mexicana o lo agarró el delegado de la sociedad protectora de animales.

    Espero que usted, o alguien de su entorno, pueda responderme pronto, mientras tanto yo tengo tres o cuatro personas que detesto profundamente a las que ya les he recomendado su película.

    Saludos Cordiales”

    Iván Steinhardt
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  • Hachazos
    Hachazos
    El rincón del cinéfilo
    Pequeños indicios, eso es lo que deja la película “Hachazos”.

    Andres Di Tella es el realizador, narrador e investigador de la película. Evidentemente la existencia de Claudio Caldini y su obra han sido, y son muy influyentes, en su vida como artista. La curiosidad por indagar hasta lo más profundo sobre este cineasta lo llevó a escribir un libro llamado “Hachazos” y posteriormente la película del mismo nombre que se estrenó esta semana.

    Las imágenes de este filme intentan constantemente de emular la obra de Caldini (por no decir adular). De hecho, salvo el comienzo y el final, “Hachazos” se divide en cuatro partes denominadas "Reconstrucción". Cada una de ellas invita al director a contar y mostrar cómo filmó algunas de las tomas de aquellos cortos en paso Super 8 realizados en la década del ‘70. Mientras tanto, la narración de Di Tella oscila entre su admiración por la obra y un recorrido esporádico por la vida de Caldini.

    Pongamos esto en claro. Si el objetivo del documental fue filmar un proceso muy íntimo sobre la influencia y admiración que un artista puede provocar, seguramente el director de “Montoneros, una historia” (1994) debe estar contento con el resultado de “Hachazos”. Ahora bien, desde el lado del espectador, satisfacer la curiosidad de conocer a Caldini quedará para otra ocasión. Hasta el mismo artista discute con Di Tella sobre el contenido que se está filmando, en ese momento es cuando le aclara que lo que está haciendo es ficción y no un documental sobre él. Por suerte, el sonido y la iluminación son correctos y superan la acústica de las salas en la que se exhiben.

    Desconocía la existencia de éste realizador de la década del ‘70. “Hachazos” deja en claro (mencionando, más que desarrollando) que Claudio Caldini filmó en Super 8 en esa época; luego se autoexilió en India en donde parece que se volvió loco; después regresó a nuestro país y dejó de hacer cine durante muchos años. Nada más. Apenas un poco de contexto del ámbito en el que se movía de joven (imágenes de Omar Chabán, Marta Minujín y otros artistas contraculturales) y un concepto subrayado varias veces:

    “Es un cineasta distinto, silencioso, reacio a la vida pública y lo suficientemente reservado como para mostrar lo que filmaba sólo en ocasiones puntuales. “

    En este aspecto, “Hachazos” parece hacer lo mismo con lo mucho que su director conoce de la vida del artista después de dos años de estar a su lado. O sea, revelar muy poco de ella y pretender que se entienda todo con algunas imágenes sugestivas. Irónico teniendo en cuenta que en una entrevista a la Revista Ñ, Di Tella responsabilizó a los críticos de no dar a conocer ni revisar la historia de nuestro cine en general y de Caldini en particular. Si fuera cierto, aquí se da una situación parecida: El documental propone una estética, pero pone poca luz sobre la historia del artista en cuestión.

    Terminada la proyección de “Hachazos”, el espectador sabrá que Claudio Caldini existe y que Andrés Di Tella lo admira mucho. El resto dependerá de estar pendiente de cuándo Caldini (hoy es cuidador en una quinta en la provincia de Buenos Aires) decida viajar con su valija para mostrar lo que filmó (o aquel material que todavia conserva) pues no hay copias de su obra en ningún otro formato y el original (Super 8) es irreversible.
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  • Ausente
    Ausente
    El rincón del cinéfilo
    Yo no sé si habrá que irse acostumbrando a que en la Argentina, el mal llamado cine de autor y peor relacionado con el cine independiente, será el característico de nuestro país.

    Como fuere, sería interesante una mejor distribución, pero este tema es harina de otro costal.

    El estreno de la segunda realización de Marco Berger, “Ausente”, supone un subrayado de esta tendencia, pero luego ¿qué es el cine argentino hoy? Amalgamarlo como industria resulta imposible, y películas como esta hace raro un análisis si no se la coloca en un contexto especial.

    La producción viene acompañada del dudoso premio Teddy a la mejor película de temática gay. ¿Hace falta esta diferenciación a esta altura del siglo?

    “Ausente” es un interesante drama psicológico decorado con algunos elementos del misterio. Narra la historia de Martín (Javier De Pietro), un alumno secundario enamorado de Sebastián (Carlos Echevarría) su profesor de gimnasia. Martín se lastima en clase de natación y el profesor lo lleva al hospital. Aquí hay que comprar la idea de que en un colegio privado sea el profesor quién debe "hacerse cargo" del chico, sino todo resultará inverosímil.

    Digamos que, involucrado por la circunstancia, Sebastián se siente obligado a no dejar a su alumno solo y lo lleva a la casa pero, como aparentemente su abuela no está, siguen juntos hasta el día siguiente. En todo este contexto se va sugiriendo una mezcla de erotismo sutil con aires de thriller que llevan al espectador a sospechar en todo momento que algo raro hay en esta atmósfera.

    La narración se mete en un embrollo cuando roza peligrosamente el estado de verosimilitud de sus personajes como, por ejemplo, la mencionada responsabilidad del colegio, o cuando Martín se acerca al profesor mientras duerme. Es clara la intención de jugar a las fantasías sexuales en medio de un clima incierto, y es de hecho el factor en donde la realización se apoya para tratar la temática en cuestión.

    Desde el punto de vista cinematográfico, hay decisiones de la puesta en escena que hacen pensar más en un capricho del director que en un verdadero trabajo de la dirección de arte, por ejemplo las fotos pegadas en las paredes del dormitorio de Martín Por eso, la psiquis del personaje principal sólo tendrá sentido si el espectador se focaliza únicamente en la relación de ambos. Una vez que el espectador compre la idea, la película irá profundizando la incertidumbre proponiendo una dualidad entre la inocencia del despertar sexual y una leve psicopatía.

    El final abrirá otras posibilidades de lectura, pero para entonces la decisión del gusto personal estará tomada.

    Los rubros técnicos cumplen bien. En especial la fotografía. El sonido en la proyección del Malba fue correcto, pero llama la atención un molesto subtitulado en inglés que puede resultar una distracción para quienes tienen el acto reflejo de mirar la zona inferior de la pantalla cuando aparecen letras. Esto último lo menos es que resulta insólito por tratarse de una producción Argentina, país donde el único idioma oficial es el español.
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  • Los Pitufos
    Los Pitufos
    El rincón del cinéfilo
    Antes de hablar de este estreno bien vale una aclaración. Cuando en la década del ’80 estos dibujos animados de origen belga estuvieron recontra de moda con todo el merchandising, incluidos los libritos de pintar que habrán agotado varias toneladas de tinta azul, había gente a favor y en contra. O mejor dicho, gustaba o no gustaba. Así de simple.

    Se hicieron muchos análisis posteriores que nunca llegaron a buen puerto, aunque la observación más aguda que otrora leí era tan interesante como graciosa: Salvo el Papá (que es más viejo) y la Pitufina (que es mujer-hembra) todos los pitufos son iguales si los despojamos de ropa, anteojos u otros accesorios. Sólo se diferencian en características que no pasan de algún adjetivo (gruñón, vanidoso, filósofo, bromista, etc.) Esta teoría llevó a concluir que el creador tenía un problema de personalidad múltiple. Válido, pero demasiado terapéutico si me pregunta

    La ambiciosa adaptación al cine tiene tantos pro como contras, según quién la mire, por lo cual quisiera dejar al margen la cuestión de gustos, si es que usted está pensando en llevar a los chicos al cine.

    Digo esto porque si nunca le gustaron los duendes azules la va a pasar muy mal. Por el contrario, si le encantaban, es probable que salga con alguna sonrisa. Ante semejante bifurcación de paladares, sólo queda analizar si vale la pena para los chicos.

    Considerando que los dibujos de la tele duraban media hora, una película de 103 minutos resulta demasiado extensa para un guión que a los 20 minutos ya se sabe como termina.

    En la aldea todo es feliz como siempre. El mago Gargamel y su gato Azrael (por momentos insoportable) quieren a toda costa encontrar a los Pitufos para usarlos en una súper poción que lo convertirá en un villano mucho más malo. Para qué quiere semejante poder no parece tan importante para los guionistas, pero ahí sale el malo en busca de ellos. Los encuentra justo en una noche de luna azul que abre un portal a… Nueva York. Supongo que ni los escritores se aguantaban una hora y pico en el bosque. La ciudad es más divertida.

    Pasemos por alto que a los neoyorkinos les llama poco la atención la presencia de un mago vestido con un camisón marrón y calzas rojas que grita todo el tiempo. El show debe continuar y de última está la policía para llevárselo preso bajo el cargo de ser uno de los tantos orates que deambulan por ahí.

    En la ciudad se dirimirá la batalla entre los Pitufos y el mago con un final que se estira como un chicle para luego volver todo a su estado normal. O sea feliz.

    A su favor, Los Pitufos respeta a rajatabla la creación de Peyó en todo lo que concierne a la construcción de los personajes y su idiosincrasia. Incluso resuelve lo que nunca explicaron los dibujos: Una cortina invisible al ojo humano era la que impedía encontrar la aldea en el bosque. Poco para explorar si usted se identifica.

    Señores padres: si sus hijos superan los siete años y los llevan igual, no se sorprendan si pasada la hora de proyección comienzan a reclaman ir a otro lado o volver a casa a jugar a la Playstation.

    Si tiene dudas sobre la imparcialidad de este cometario lo dejo bien claro. En mi caso, parafraseando al Pitufo Gruñón: “odio a Los Pitufos”
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  • Empleadas y patrones
    Siempre pensé que la pregunta “¿por qué…?” debe ser uno de los disparadores importantes e impulsores del deseo de llevar a cabo un documental. No la única pregunta, claramente, pero de acuerdo a la temática que se decida abordar, es necesaria su presencia. Si es en el sub-texto mejor. Al menos si se pretende captar la atención del espectador y evitar que sea éste el que, una vez finalizada la proyección, se haga la pregunta fatal: “¿Y...?”

    Sin llegar a este extremo, el resultado final de Empleadas y patrones deja una sensación parecida.

    Veamos.

    Desde el comienzo (y hasta el final) el film de Abner Benaim intenta durante un poco más de una hora, meternos en el pequeño universo de convivencia que se forma entre las dueñas de casas de clase alta y las empleadas domésticas que contratan. El objetivo primordial es poner una mirada íntima sobre una relación que se construye durante muchas horas al día. Así asistimos a una suerte de situaciones tragicómicas que tienen lugar en las distintas casas donde interactúan mucamas y amas de casa. Hay de todo, especialmente sarcasmos de una clase social a la otra.

    Sin embargo estas escenas están intercaladas en una vasta cantidad de entrevistas a empleadores y empleadas ubicadas delante de un mismo fondo negro. Como si el director quisiera erradicar de sus entrevistadas, el concepto de clases sociales observadas por su cámara. Sucede que la interesante y ácida muestra de las diferencias de status y posibilidades, se va diluyendo por la falta de la famosa preguntita y queda una pieza de sabor a inconclusa.

    La gente malintencionada, discriminadora y falta de valores existe en cualquier lado independientemente de su condición social. Esta reflexión que se va cayendo de madura atenta contra la idea original y el hecho de que la gente que aparece en la película sea de América Latina enfatiza lo fuerte de la propuesta a la vez que lo débil de la resolución.

    Pero atención, esta película sirve como herramienta interesante para reflejar distintas realidades y el lugar que uno ocuparía. Como si fuera un espejo de la personalidad. Está llevada a muy buen ritmo, tanto en las entrevistas a cámara como en las casas elegidas para ejemplificar las posiciones. No es poco, pero queremos más.
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  • Copia certificada
    Copia certificada
    El rincón del cinéfilo
    Arte cinematográfico en estado puro

    ¡Que lindo es el cine cuando se propone serlo! Ya sé, suena tonto pero, que quiere que le diga. Lo de Abbas Kiarostami invita a enamorarse de nuevo del séptimo arte.

    James Miller (William Shimell) es un escritor a punto de dar una conferencia sobre su último libro “Copia certificada” (o copia fiel). En esa conferencia nos enteraremos del subtexto que plantea el guionista-director en su realización: ¿Qué diferencia hay entre el arte original y una copia? ¿Por qué uno tiene más mérito que otro? Mas aún, ¿No es el original de un pintor, una copia de aquello que lo inspiró?

    Ella (Juliette Binoche) llega tarde a la charla. Se sienta en la primera fila del pequeño auditorio, aunque se ha perdido parte de esta introducción al libro. La toma es plano entero de ella jugado a dos puntas respecto al fuera de campo: a su derecha (desde nuestra perspectiva) el escritor hablando de su obra de frente a ella, y su hijo con el cual dialoga mímicamente. La vemos a Ella en situación, sí, pero en ese plano suceden muchas cosas a su entorno mostrado en tomas sucesivas. Kiarostami cierra los planos de sus personajes para abrirnos una ventana a sus mundos a través de los grandes diálogos interpretados brillantemente por Shimell y Binoche.

    Ella logra encontrarse con él y salen a pasear por el sur de Toscana. Los que hayan seguido la trayectoria del realizador iraní (“A través de los olivos”, “El sabor de la cereza”), apreciarán esa marca registrada que siempre llama la atención. La imagen de la gente dentro de sus autos, como si quisiera simbolizar la discrepancia metiendo a sus personajes en un mismo vehiculo, en un mismo camino, pero separados desde la perspectiva visual. En ese viaje es donde el director, a partir de un personaje secundario que confunde la situación de los protagonistas, pondrá a prueba la teoría que sobre la que James Miller escribe.

    Miller y Elle toman la posta con ese disparador y accionan distinto sobre la relación que los une. El espectador se adentra en el juego propuesto para dilucidar cuál fue la idea original de Kiarostami y cuál la copia. ¿Nunca se conocieron? ¿Siempre se conocieron? El abanico de lecturas posibles está sutilmente manejado tanto por el realizador como por el fotógrafo Luca Bigazzi quien logra momentos visualmente poéticos, sobre todo en la escena final. Estos son los factores en los que la producción se apoya para lograr una empatía especial por ese hombre centrado en sus ideas, pero distante de los sentimientos, y una mujer que no se resigna a aceptar las situaciones planteadas por su partenaire. Excelente dirección de actores, logra amalgamar los diálogos con silencios, y expresión física, sustentada en una sólida labor de los protagonistas, con la mesurada y sutil exposición de William Shimell, a la par de una composición de fino entramado psicológico logrado por Julette Binoche, trabajo por el cual fue galardonada como mejor actriz en el Festival de Cannes.

    “Copia certificada” es cine en estado puro. Una gran película que inspecciona los recovecos de las relaciones mientras alrededor el mundo sigue su curso, aunque no lo veamos.
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  • Capitán América - El primer vengador
    Con el comentario de “Thor” (*), ya establecí mi propia (y arbitraria, lo admito) visión sobre el sub-género de Comic Movies, o sea películas basadas en historietas con DC Comics y Marvel a la cabeza.

    Sin contar la saga X-Men, Marvel dio a luz este año a dos personajes que no fueron creados enteramente por la mega empresa de Stan Lee. La mencionada anteriormente y la que nos convoca hoy. Capitán América fue creado originalmente por Jack Kirby y Joe Simon en 1941 como el combatiente de la ultra derecha Nazi. La historieta era una propaganda que bajaba línea sobre la necesidad de eliminar al Führer y restablecer la democracia. Lógicamente, el personaje fue útil hasta que se terminó la Segunda Guerra Mundial. Luego pasó al olvido, hasta que en los ’60 Stan Lee adoptó al Capitán para aggiornarlo un poco y darle otro propósito.

    En rigor, la película de Joe Johnston respeta a rajatabla la idea original. Steve Rogers (Chris Evans) intenta enlistarse en el ejército a como de lugar. El mensaje del Tío Sam cala en lo más profundo de su noble ser. Sin embargo tiene una condición física que lo margina de poder formar parte del ejército y es rechazado sistemáticamente hasta que un buen día, el Dr. Abraham Erskine (Stanley Tucci) vislumbra en Steve las virtudes puras necesarias para usarlo como conejillo de indias en un experimento que alterará su metabolismo y transformará el alfeñique en un hombre atlético de alta capacidad de rendimiento físico. Sí. Adivinó. Otro de los tantos experimentos del ejército estadounidense para hacer súper-soldados. Nace el Capitán América.

    Su contraparte es Johann Schmidt un hombre del ejército alemán, más malo que Hitler y sometido a un experimento parecido. Claro, al tener una esencia de valores non santos, el efecto del experimento lleva a Schmidt a convertirse en un súper villano llamado Red Skull (Cráneo Rojo). O sea llevado al plano de súper hombres, el bien y el mal representado por Estados Unidos y Alemania respectivamente.

    Más allá de la corrección de los rubros técnicos, Johnston construye una película respetuosa de la estética “Marveliana”, pero con características narrativas conceptualmente más cercanas a la aventura clásica. Por cierto, esto juega a favor de la producción ya que guionistas y realizador se las arregla muy bien para dejar el relato y las situaciones lejos del inverosímil y saca adelante un film que, a priori, se presentaba como de difícil digestión. Sobre todo teniendo en cuenta la espantosa versión de Albert Pyun de 1990. Pero los fanáticos de las Comic Movies pueden ir tranquilos, porque a esta altura era necesaria una versión sólida de éste personaje para poder unirlo a la esperada producción que los reunirá a todos.

    Para el resto de los concurrentes a la sala (siempre considerando esto como película “pochoclera”) deberán tener paciencia con los minutos redundantes que sirven para estirar la llegada del clímax.

    Finalmente, para cualquiera reticente a esas escenas típicas del cine yanqui en donde la bandera estadounidense flamea gallarda en toda la pantalla, es importante mencionar que estos colores van a estar presentes durante toda la narración, comenzando por el traje del susodicho. Bueno, se llama Capitán América, más claro imposible.

    (*) 2011, realizada por Kenneth Branagh. Ver archivo de críticas de esta página.
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  • El fin del Potemkin
    Una de las virtudes destacables de este documental de Misael Bustos, es la de saber contextualizar espacio y tiempo de manera dinámica y concisa. Sin este elemento, sería bastante más difícil conectarse con El Fin del Potemkin. De hecho, aquel episodio de los marinos rusos varados cerca de la costa de Mar del Plata, fue una de esas noticias destinadas a llamar la atención en aquel verano de 1991 para luego pasar al olvido tapada por algún escandalote farandulero. Por eso, la enumeración de hechos internacionales conocidos por todos (Gorvachov y la Perestroika, la caída del muro de Berlín, etc) es un gran acierto del director de El Fin del Potemkin. Para cuando Víctor Yasinskiy comienza a relatar su historia, todo empieza a cobrar un aire familiar lo suficientemente fuerte como para lograr un estado de compromiso por parte del espectador. Al relato de Víctor se suma el de su compañero de circunstancia y amigo Anatoli Atankievich.

    Bustos toma una noticia que en cualquier noticiero sería de relleno y la humaniza a partir de presentar a un hombre que se embarca en la decadente Unión Soviética de fines de los ’80 en busca de sustento para su familia. Pero en ese momento de la historia, la decisión de Gorvachov provocó (entre otras cosas) la pérdida de la identidad ciudadana. Incluso del sentido de pertenencia porque en cuestión de meses, el pasaporte de U.R.S.S. ya no era válido en ningún lugar del mundo y mucha gente quedó literalmente sin poder acreditar una procedencia, una nacionalidad. Un poco lo que pasaba con el personaje de Tom Hanks en La Terminal (Steven Spielberg, 2004).

    La producción de Luis Puenzo es notable pues la película cobra mas fuerza con las imágenes tomadas en Letonia, Bielorrusia y Moscú. Son una lección de encuadre en busca de una idea conceptual. Paredes de edificios inmutables, fríos y enormes ante las vicisitudes del hombre por tristes que sean. Es que ambos marinos han atravesado leguas y leguas en busca de sustento para sus familias y se encontraron con una coyuntura política que atentaba contra el ánimo de cualquiera. Como si estuvieran atrapados en medio de la historia de la humanidad sin poder hacer nada para cambiar sus destinos. Así transcurren los relatos de ambos, contándonos como la siguen peleando 20 años después y aún sin poder retornar a sus hogares. A lo mejor hubiera sido mas redituable y efectista para la producción, convertirse en una especie de Sorpresa y media, pero el director se cierne a lo estrictamente documental y a retratar aquello que le llama la atención de esta circunstancia. Sin caer en el golpe bajo, su observación se torna más aguda. El Fin del Potemkin es una invitación a pasear por el epílogo de una potencia mundial y de cómo ésta no pudo ni siquiera sostener a parte de su gente. Un documental muy bien realizado. Vale la pena.
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  • La reencarnación de los muertos
    La reencarnación de los muertos
    El rincón del cinéfilo
    Finalmente llegó a nuestro país la postergada sexta película de zombis que George A. Romero filmó en 2009 y estrenó en 2010.

    A esta altura es necesario dividir la saga en dos partes. Una recorre un día completo y distintas formas de aislamiento: “La noche de los muertos vivientes” (1968), “El amanecer de los muertos” (1978) y “El día de los muertos” (1985). La otra se centra en la evolución en plena era de la comunicación: “La tierra de los muertos” (2003), “El diario de los muertos” (2007), y la que nos cita hoy, “La reencarnación de los muertos” (2009)

    George A. Romero reinventó a estas criaturas y casi sin darse cuenta estaba dando su particular visión del mundo y de la humanidad. En aquella de 1968 todo se desarrollaba dentro de lo lógico, más allá de la sorpresa de la utilización del gore. Sin embargo, hacia el final se producía una escena que se escapaba de lo predecible y se convertía en el concepto principal del realizador: vencidos los zombis, un grupo de hombres colgaba un par de ellos todavía “vivos” para jugar al tiro al blanco como forma de diversión. Romero remarcaba que el ser humano puede ser mucho más bestial y monstruoso que cualquier otra criatura.

    Las producciones que siguieron nunca dejaron esta idea de lado, pero hasta la década del noventa pusieron el foco en otros aspectos de la alienación y el miedo. Entrado el siglo XXI, Romero decidió ser mucho más ácido en su observación del mundo, pero siempre manteniendo la misma estructura narrativa. La más lograda fue sin dudas “El diario de los muertos”. En ella un grupo de jóvenes, uno de ellos en particular, están obsesionados con la posible fama y la facilidad para conseguirla en este planeta globalizado donde el Internet y las redes sociales marcan la tendencia. Por eso comienzan a documentar obsesivamente a los “come-cerebros”, para luego intentar subir el material a You tube en pos de la mayor cantidad de visitas posibles. La fama y el reconocimiento a como de lugar. Aún arriesgando la vida propia y la de los demás.

    Ahora vamos a esta entrega.

    Como sucedió en este siglo los rubros técnicos como la fotografía, el montaje y el diseño de producción ya no son un escollo. Todo eso está mejorado y es mucho más coherente. Por ejemplo, la hegemonía que el fotógrafo Adam Swica logra entre el continente y la isla.

    “La reencarnación de los muertos” tiene un arranque interesante y a todo trapo. Comenzada la historia, el guionista-director divide la trama en dos grupos de personas: por un lado a militares, hartos de contar cadáveres, que se convierten en piratas y mercenarios comandados por el Sargento Crockeff (Alan Van Sprang); por el otro, la acción se desarrolla en una improbable isla frente a Delaware en la cual dos familias (los O’Flynn y los Muldoon), de acento irlandés, enfrentadas por años; dirimen su enemistad entre quienes pretenden eliminar a los zombis de la faz de la tierra, y la familia con pretensiones de aceptarlos y entrenarlos para que coman carne de otro tipo y se sumen con alguna actividad útil..

    O sea, Romero integra a los zombis como parte de este mundo por considerarlos un mal necesario al que hay que adaptarse. Por eso es que en los primeros 15 minutos se produce el mejor momento de la obra: un militar mira un talk show en donde un presentador, estilo Jay Leno, hace chistes comparando zombis con políticos.

    Demasiado temprano ocurre esto, porque luego “La reencarnación…” cae en su propia trampa y mueve a los militares hacia la isla de la discordia convirtiendo todo en una especie de western bizarro, donde la cuestión familiar roza varias veces lo inverosímil.

    Sabemos que si en este tipo de producciones desaparece este factor no hay forma de sustentarla. Sin embargo el guión insiste con lo mismo y hasta el más fanático del género protestará con razón ante la imagen de un zombi que sabe andar a caballo. El realizador intenta otras observaciones agudas con la escena de zombis encadenados realizando “tareas” como una nueva forma de esclavización, o aquella en donde los jefes de familia Patrick O'Flynn (Kenneth Welsh) y Seamus Muldoon (Richard Fitzpatrick) sostienen un diálogo más cercano a una parodia del Oeste que a una de terror. La intención de sacar a la superficie los defectos del ser humano, con su ironía habitual, se ve desdibujada por la elección de un escenario atemporal con situaciones del mismo tenor.

    “La reencarnación de los muertos” es una correcta producción de zombis, sí. Pero flojita para lo que Romero sabe hacer.
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  • Las aventuras de Nahuel
    Buenas, tome algo.

    Dentro de las opciones cinematográficas para las vacaciones de invierno el estreno de Las Aventuras de Nahuel representa la variante argentina. Un guión simple, de propósitos nobles que tocan temas como los lazos entre madre e hijo o la difusión de leyendas autóctonas, además del intento de rescatar el trabajo artesanal de los titiriteros. Pero todas las buenas intenciones de esta última película de Javier Malowicki se diluyen ante la cantidad de malas elecciones (sobre todo estéticas), mensajes poco claros y la redundancia de situaciones y escenarios.

    Nahuel es un chico de (supongo) unos ocho años que es echado de su casa por un padrastro alcohólico en una escena inicial en la que también se sugiere la violencia de género. Una delicia para los chicos, vea.

    En su huida termina en un callejón en el que conoce a "Busquita", un gato de voz carrasposa con el que traba amistad instantánea. Nahuel le cuenta que su mamá lo abandonó (aunque todos los espectadores escuchamos a la señora rogándole a su hijo que vuelva), pero igual saldrá en su búsqueda hasta encontrarla. Luego de una noche triste, el cabo Donato apresa al nene, pero no lo lleva ni a una autoridad competente ni a un hospital; ni siquiera le pregunta dónde vive. No. Lo mete en un calabozo tétrico en una acción

    De aquí el chico se escapará mas de una vez (siempre intentando encontrar a su mamá) y sistemáticamente se volverá a encontrar con Busquita y un libro de leyendas autóctonas que brilla cuando quiere ser leído. Por suerte todo termina bien (es una forma de decir) aunque nadie, ni los villanos, aprendan ninguna lección.

    Los títeres de Las Aventuras de Nahuel son estéticamente melancólicos o tétricos en un escenario que remite al barrio de La Boca. En el caso del policía funciona pero perjudica al resto de los personajes con los que es difícil simpatizar (salvo el gato que se parece mucho a Gaturro y sus amigos murgueros).

    La película cambia de puesta cuando Nahuel lee en el libro leyendas de cuatro pueblos originarios y pone en marcha su imaginación. Estos cuentos se van mechando en la línea principal de un guión que termina estirándose demasiado. Los segmentos son animados con una técnica muy básica, lo cual no tiene nada en particular pero ante las opciones visuales de hoy, se adivina difícil que los chicos puedan sentirse atraídos. De todos modos, el punto es otro. Las historias autóctonas que se cuentan apenas sirven para subrayar lo que están viviendo los títeres. No agregan nada a lo básico del relato y en todo caso, a veces dispersan la atención.

    En Las aventuras de Nahuel, es muy discutible el lugar en donde queda parada la autoridad. El policía es corrupto, maltrata a su perro guardián y hace abuso de autoridad. Salvo un resbalón al final (que no imparte justicia) el servidor público sale tan impune como el padrastro cuya historia no se resuelve.

    Suponga que todo esto se puede pasar por alto y que como padres cometemos la aberración de no considerar el contenido de las películas que ven nuestros hijos. Bien, la proyección en DVD en las salas en las que se exhibe atenta por momentos con la posibilidad de comprender todos los diálogos, además de no haber un sólo número musical cuya acústica no esté saturada.

    Cualquiera sea el motivo por el que vaya, queda avisado. Hasta luego.
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  • Tengo algo que decirles
    Tengo algo que decirles
    El rincón del cinéfilo
    La familia Cantone de Lecce tiene tradición en su pueblo. Es lo que se dice gente oriunda, con todas las letras.

    Vicenzo Cantone (Ennio Fantastichini), el patriarca, dirige un próspero negocio de fabricación de pastas y, como todo “tano”, es heredero/seguidor del sueño ancestral. Tiene dos hijos en los cuales se apoya para retirarse feliz con la seguridad que ellos continúen con el negocio familiar, soñando quizás con ver desde el cielo a sus bisnietos detrás del mismo mostrador.

    Pero primero están los hijos. El anhelo de perpetuar la tradición depende de Tommaso (el más joven) y de Antonio. Pero esa mañana en la fábrica Tommaso (Riccardo Scamarcio), que vive en Roma y está de visita, le confiesa algo a su hermano. No sólo su homosexualidad; sino su intención de hacerlo público en la cena familiar de esa noche, justo cuando el padre piensa entregar en vida el manejo del negocio a sus hijos. Ambos lo saben: papá Vicenzo va a sufrir; pero la decisión está tomada. El espectador está listo para la debacle, y en plena velada le dan la sorpresa al viejo Cantone y también al espectador. En ese preciso momento aparece el humor. El padre tratando de recomponerse y armar un plan B, mientras sus hijos intentan no darle más disgustos. (Adivinó, no quiero revelar detalles de la trama, pero es para que usted lo disfrute con una sonrisa)

    Ferzan Ozpetek le podría haber sido mucho más difícil hablar de sexualidad en otra época, por ejemplo cuando la encaró en aristas como las seguidas en “El baño turco” (1997), “El último harén” (1999) o “El hada ignorante” (2001). Por suerte en esta época lo puede hacer con mayor libertad.

    Su cine es más dinámico. Funciona bien y a la vez rompe (en el buen sentido) algunas virtudes características de la comedia italiana.

    Olvídese del relato costumbrista “tano” tal cual lo conocemos. Ozpetek parece estancarse con bastante fervor en la superficie de su texto cinematográfico para, desde allí, escarbar a través de sus personajes buscando la profundidad de la temática que aborda. En el caso de “Tengo algo que decirles” lo logra con creces.

    Soplan otros vientos para observar a la sociedad de nuestros días, y quizás la sexualidad le sirve como disparador para llegar al núcleo de lo que le interesa decir: sólo se trata de ser feliz sin culpas.

    Puedo decir que, a mi gusto, algunos personajes secundarios de la historia entran en forma precipitada o, si se quiere, con menos sustento que los principales, pero esto no afecta el buen resultado final.

    Con la primera escena el realizador conecta una fibra muy sensible presente en cualquier familia, sobre todo si es conservadora. Todos tenemos secretos y miedo a revelarlos. Generación tras generación, las formas de hacerse cargo de lo que a uno le pasa han sufrido transformaciones, a mi entender, benignas. Al menos en lo que respecta a tener más opciones de contención para hacerlo.

    Sin embargo, los lazos que todavía se crean en el entorno familiar no parecen haber cambiado tanto el implícito mandato del “deber ser”. En este punto crucial es donde “Tengo algo que decirles” se anima a beber de las aguas del absurdo en pos de transmitir su mensaje. A los efectos, el realizador, co-guionista junto a Iván Cotroneo, se apoya en el espejo más inteligente que el hombre ha inventado para reflejarse: El humor.

    Desde el momento de la confesión el mandato familiar toma la posta de la temática de la narración, coqueteando con las situaciones que se proponen más allá de la sexualidad. Porque, en definitiva, son papá Vicenzo (con el pre-infarto ante la confesión) y mamá Stefanía (con su pregunta sobre si ser gay “es curable”) los que sostienen la problemática de ser homosexual. Como si el director quisiera poner ese tabú en una vieja generación (a la que todavía le cuesta aceptar el amor entre personas) independientemente del género.

    Pero hay algo más. La nonna (Ilaria Occhini, en una actuación deliciosa) es la protagonista de los flashbacks y quien oficia sutilmente como equilibrista entre los prejuicios y la sabiduría. Cada gesto de ella provoca la risa y la complicidad necesaria para hacerse amigo de esta comedia muy bien narrada que, desde luego, invita a hacer las paces con cualquier prurito. Por eso estarán todos en la brillante escena final propuesta por Ozpetek. No para “ser parte de”; sino “aceptar que”... Sin duda, una de las buenas producciones de 2011.
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  • El retrato postergado
    El retrato postergado
    El rincón del cinéfilo
    Hay varios aciertos en esta realización de Andrés Nicolás Cuervo. Para comenzar, si me permite, quisiera sacarla del género documental. O por lo menos prevenirle que no se ajusta estrictamente a lo que conlleva un documental, pues “El retrato postergado” tiene algunos aspectos que le son propios al género, en tanto que otros responden al tratamiento narrativo de ficción.

    Esto quizá se deba a que el proyecto fue concretado por dos directores en dos etapas distintas en su proceso de realización. El primero fue Roberto Cuervo, quien aproximadamente en 1975 comienza la propuesta con el título de “Retrato humano”, con la que pretendía documentar aspectos de la vida del escritor Haroldo Conti en la etapa en que su obra estaba transitando de una literatura costumbrista a otra con características políticas, en épocas en las que simpatizaba con el ERP. Años después el material fue recuperado por su hijo Andrés, quien completó ese viejo proyecto agregándole su aporte y dándole el título definitivo: “El retrato postergado”

    En lo estrictamente documental aporta interesante material de archivo bien seleccionado, Super 8 y fotografías, como marco para la voz en off del propio Haroldo Conti. Aquí se logra una conexión interesante con un Haroldo Conti con mucho del hombre mundano, del hombre de calle. Una forma de decir muy directa y concreta, sobre todo cuando vierte conceptos respecto a la sociedad y el mundo. Asimismo incluye apreciaciones de Marta Lynch y Eduardo Galeano, quienes definen a Conti como escritor en sus dos etapas.

    Lamentablemente el tratamiento sonoro es muy defectuoso y, una vez más, la reiterada pregunta a los responsables en las producciones nacionales: ¿Cuándo se preocuparán técnicos y realizadores, en serio, para que lleguen al espectador, nítido y con adecuada utilización de los planos sonoros, las palabras, la música y el ruido ambiente sin que uno mate al otro?

    Cuando todo este material va apareciendo se puede adivinar el trabajo documental de Roberto y su obsesión por humanizar al escritor. Nunca llegó a finalizarlo pues sufrió un accidente fatal, pero su hijo supo mezclar inteligentemente las intenciones del padre con su propia impronta. Por ejemplo, buscar imágenes actuales del pueblo de Chacabuco en las que el paso del tiempo es apenas perceptible, como si deseara mostrar que nada cambió y que el pueblo sigue esperando la vuelta del escritor desaparecido y asesinado por la última dictadura militar. En esta parte puede haber lugar a preguntas sobre cabos sueltos, por ejemplo cuando un amigo de Haroldo está a punto de hablar y, súbitamente y sin justificativo, es interrumpido para luego pasar a otra cosa. Si hubo un simbolismo en esta escena para mí permanece ignoto.

    En cuanto a lo estético, el punto más alto fue la elección del sistema de stop motion(*) para simbolizar tres momentos claves en la vida de Conti: La censura, sus instancias creativas, su secuestro. Técnica en la que realizaron excelente trabajo los animadores Adrián Anarella, Agustín Calviño y Guillermo Henchoz, con adecuada apoyatura aportada por la música de Darío Barozzi. A partir de una adecuada integración de todos estos aportes “El retrato postergado”, en sus 64 minutos, puede dejar sensaciones que rozan lo ambiguo como, por ejemplo, salir del cine sin saber casi nada de Haroldo Conti, a la vez que despertar el interés por conocer mucho más respecto de él y su obra, gracias a una buena realización con ajusta duración.

    (*) El stop motion, parada de imagen, paso de manivela, foto a foto o cuadro por cuadro, es una técnica de animación que consiste en aparentar el movimiento de objetos estáticos por medio de una serie de imágenes fijas sucesivas. En general se denomina animaciones de stop motion a las que no entran en la categoría de dibujo animado, ni en la animación por ordenador; esto es, que no fueron dibujadas ni pintadas sino que fueron creadas tomando imágenes de la realidad.

    Hay dos grandes grupos de animaciones stop motion: la animación con plastilina o cualquier otro material maleable, llamada en inglés claymation, y las animaciones utilizando objetos rígidos. (Fuente: Wikipedia).
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  • Cars 2
    Cars 2
    El rincón del cinéfilo
    Estaba sentado pensando como abordar el comentario sobre “Cars 2” y la decepción que sentí al terminar de ver su proyección. Recorrer la filmografía de Pixar desde “Toy Story” a esta parte deja a “Cars 2” como una manchita en el legajo. Sucede que John Lassiter y el resto de los directores han abordado temas como las relaciones familiares, los miedos, las etapas de la vida, los conflictos generacionales y otros tantos, con mucha profundidad y reflexión. Además han tenido siempre una gran capacidad para codificarlos brillantemente dentro de los guiones en forma de mensajes claros y de fácil llegada para los chicos. En “Cars 2” no hay nada de esto, excepto el básico concepto sobre la amistad y un mensaje ecológico que luego queda al borde de la contradicción.

    La producción comienza exactamente igual a cualquiera de James Bond, con el auto Finn McMissile (Michael Caine) cumpliendo una difícil misión en una plataforma petrolera en medio del mar. La idea es conocer cual es el plan del Profesor Z (Thomas Kretschmann) para sabotear programas energéticos alternativos.

    Por otro lado, Sir Miles Axlerod (Eddie Izzard) organiza una carrera para patrocinar la utilización de combustible orgánico en reemplazo de la nafta, y por arrastre del petróleo. En la competencia participarán autos de varias categorías de todo el mundo, y para compensar se eligen escenarios en los que la performance de cada uno es mayor o menor, compensando el hecho de que un Fórmula 1 corra contra un Nascar. Así, la película nos lleva a escenarios en Italia, Inglaterra y Japón, cada uno con su concepto estético y característico muy bien logrado por cierto.

    Por supuesto el “Rayo” McQueen (Owen Wilson) es un lógico invitado a participar. Sale de Radiador Springs para Tokio junto con Mate (Larry the Cable Guy) y un equipo integrado por Guido, Luigi, Van y Sargento quienes ayudarán al Rayo en la competencia.

    Contrariamente a lo que sucede en la primera, “Cars 2” tiene como protagonista principal a Mate quien es confundido por McMissile como su espía contacto, y se verá involucrado insospechadamente en la acción e intriga de la trama. Todo esto en el marco de una carrera internacional que paradójicamente importa poco.

    Si tomaran todo este guión para la próxima de Bond sinceramente no habría nada que reprochar; pero aplicado a una película para chicos, tiene puntos que resultan contraproducentes.

    El primero es la temática de espías. A lo mejor los de nueve o diez años en adelante no tengan problemas, para los más chicos tiene momentos complicados que, además, se pierden en el fárrago de la trama y el vértigo del montaje.

    El segundo factor en contra es la duración. Una producción de 110 minutos (más el corto que se proyecta antes) es larga para el público infantil, sea cual fuere. En la proyección para prensa había varios que promediando la segunda mitad de la película ya estaban inquietos.

    Por último, la noble intención de concientizar sobre el ahorro de energía y la “abolición” del petróleo se ve desdibujada porque el mismo personaje que propone la idea luego se vuelve en contra de la misma. Se llega a explicar por qué pero mal y demasiado rápido como para ser captado.

    “Cars 2” cuenta con la simpatía de los personajes, algunos momentos de buen humor gracias a Mate y un lindo homenaje al fallecido Paul Newman y al personaje de Doc Hudson que estaba en la primera. No hay mucho más. Al final, resulta mejor el corto “Vacaciones en Hawai” con los personajes de Toy Story que acompaña al largometraje .Poco para Pixar y para el cine.

    ¿Puedo ir con los chicos? Sería la pregunta. Pueden ir, pero en cuanto a contenido, dejen un porcentaje de las expectativas en casa.

    La versión en español

    A este respecto debo decir que el doblaje de “Cars 2” es acertado en la elección de la mayoría de las voces. Trabajos como el de César Bono, Blas García o Juan Alfonso Carralero son siempre disfrutables y efectivos. Incluso la participación de Gonzalo Bonadeo, como uno de los autos periodistas, resulta divertida. El piloto colombiano Juan Pablo Montoya también sale airoso aunque su participación es más escueta.

    No hay diferencias sustanciales contra la versión en inglés –subtitulada- porque las licencias idiomáticas que se pueden tomar son aquellos juegos de palabras que, traducidos al español, no tendrían sentido. De todos modos resulta extraña la traducción de la palabra “lemon” que en inglés, además del cítrico, se utiliza para denominar a autos que tienen defectos de fábrica. En la versión doblada los llaman “láminas”, omo si hubieran buscado una palabra que se parezca sonoramente al vocablo inglés en lugar de llamarlos “defectuosos” a secas que hubiera sido más fácil.

    Es todo, hasta luego.
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  • Mundialito
    Mundialito
    El rincón del cinéfilo
    Atenta mirada retrospectiva a una realidad caída en el olvido

    Da bronca a veces ver algo que está bien hecho que lamentablemente tanga pobre difusión. Con mucho esfuerzo por cierto, pero pobre. Acá entraríamos en la discusión entre grandes cadenas y salas independientes, pero no viene al caso. Lo digo para puntualizar que se va a perder una buena realización si no se acerca al Cosmos, al Artecinema (Espacio INCAA Km3) o al cine Monumental, en la peatonal Lavalle.

    El film de Sebastián Bednarik pone luz sobre un hecho casi olvidado por la sociedad. No recuerdo en 20 años haber estado en algún asado, reunión, cumpleaños, o cualquier otro evento, en donde se tocara el tema fútbol, y por arrastre el Mundialito que organizó y ganó Uruguay en 1980. Realmente ha quedado en el olvido.

    La producción comienza haciendo una pequeña introducción con imágenes de la construcción del estadio Centenario, de Montevideo, del mundial de 1930 y el de 1950 que Uruguay ganó en Brasil. Mientras, Gerardo Caetano, ex futbolista y actual historiador, va enunciando algunos de los conceptos que definen el fútbol y lo que este representa en la sociedad de uruguaya. Al espectador podría parecerle un documental de manual, pero justo cuando esta idea empieza a pergeñarse aparece la frase: “el mundialito fue un circo”.

    Este llamado de atención, que corta la excelente música del trío Ojos del Cielo, sirve para dejar al espectador con una inmediata ansia de saber lo que sigue. Y lo que sigue es una fabulosa compilación de imágenes y entrevistas que a su debido metraje nos ubica en tiempo, espacio, contexto histórico, político y social.

    La realización incluye unos treinta apreciaciones respecto de aquél certamen aportadas por políticos, futbolistas, periodistas, presos políticos, hasta el mismísimo Joao Havelange, quien dejan los habituales puntos grises a los que la FIFA nos tiene acostumbrados. Cabe señalar que Julio Grondona, presidente de la AFA, se negó a ser entrevistado.

    Poco a poco andar el documental va recorriendo los meses previos a la organización del evento. Lo hace en paralelo con otro hecho significativo en la vida uruguaya de entonces, la famosa convocatoria de la dictadura militar (en el poder desde 1973) que mediante un plebiscito por el SI o el NO intentó modificar la Constitución para dar marco legal a su intervención, pero el lapidario rechazo significó también frustrar el intento de postularse como gobierno en las siguientes elecciones libres.

    Los resultados de ambos emprendimientos fueron muy diferentes. La Constitución que promueven los militares es rechazada por la ciudadanía. En cambio, el apócrifo torneo mundial del que sólo participan, además del dueño de casa, los también campeones mundiales Argentina, Brasil, Alemania e Italia, más el dos veces vice campeón Holanda en sustitución de la renunciante Inglaterra, se convierte en un éxito doble, o triple. En la cancha, Uruguay obtiene el trofeo; fuera de ella, tanto el gobierno como la silenciosa y silenciada oposición encuentran méritos para apropiárselo.

    Sebastián Bednarik no deja ningún recoveco de la historia sin mirar, y realiza su documental con una precisión y calidad pocas veces vista. Su capacidad de observación de la sociedad llega a un punto álgido y brillante, produciendo el mejor y más irónico momento entre su realización y el espectador:

    Dentro de las imágenes y audio de archivo recopiladas para “Mundialito” están los relatos de Víctor Hugo Morales con las imágenes de la transmisión televisiva. Pese a resaltar muchas veces lo terrible del momento, y las intenciones de la dictadura al organizar este evento deportivo, el espectador futbolero no podrá evitar desviar su atención al relato, al partido, y hasta cual fue el resultado.

    Todas las entrevistas tienen una gran riqueza en contenido, por ejemplo, la del futbolista Sócrates, quién se encarga de aclarar que al jugador de fútbol no le importa la política poniendo él mismo un ejemplo contundente, además de contar su cruzada para tratar de modificar esa realidad.

    Reconocimiento aparte para el sonido de Daniel Márquez y Fabián Oliver. Tantas veces despotrico contra la calidad de este rubro en muchos documentales, ahora, nobleza obliga:, gracias a los dos técnicos el espectador no se pierde ni la respiración de los entrevistados, además de un perfecto balance con los audio de archivo. Al menos esto pude percibir en la hermosa sala del Artecinema en donde la vi.

    Salvo una mejor y merecidísima exhibición no le falta nada a esta muy buena realización, cuyo objetivo de rescatar una parte de la historia se cumple con creces. El cine, agradecido.
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  • Transformers 3: El lado oscuro de la luna
    Estamos en plena temporada de los tanques de Hollywood. Con la llegada del receso escolar de invierno verá usted complejos cinematográficos de 10 o 12 salas con 5 o 6 títulos. “Cars 2”, “Linterna Verde” y el final de “Harry Potter” están al caer, pero ya tenemos uno de estos productos con nosotros: “Transformers 3: El lado oscuro de la luna”. El realizador Michael Bay insiste con su estilo como cineasta. Por eso esta producción tiene dos formas de verse o, mejor dicho, dos puntos desde donde, a mi entender, se puede analizar.

    El primero es la película como obra cinematográfica. Desde esta mirada no solamente no ofrece nada nuevo (ni al cine; ni a la saga). Además se las arregla para bajar un par de escalones respecto de las dos primeras. En la introducción, Optimus Prime (el robot bueno) narra en off todo lo que el espectador está viendo en imágenes, tornándola particularmente redundante. Se ve el planeta de los robots en donde hay dos bandos en guerra. Una nave con un poderoso secreto logra escapar a duras penas hasta que se estrella en la luna. Lúdicamente Michael Bay aprovecha para ubicar el accidente en plena lucha por la conquista del espacio en la década del '60. Así, en 1969 el gobierno norteamericano aprovecha el Apollo 12 para encargarle a Neil Armstrong y compañía que se den una vueltita por el lado oscuro del satélite de la tierra para comprobar si las sospechas de que no estamos solos en el universo son ciertas. Lo comprueban. Lo único que es mentira es la ley de la gravedad en la luna, porque cuando empiezan a tocar cosas las manos de los astronautas se mueven a la misma velocidad con las movería usted para dar vuelta las tostadas a fin de que no quemen. Sigo.

    La tripulación se hace de un artefacto en especial. ¡Mire que hay cosas de la nave para llevarse!, pero a ellos les gusta ese. Con tanta mala suerte que resulta ser algo que a los Autobots y a los Decépticons les importa mucho.

    Luego de esta introducción de media horita, el director nos lleva al presente en el cual los Autobots, instalados en nuestro planeta, le son funcionales al gobierno de Obama para ir por el mundo llevando el mensaje antiterrorista ya conocido. Aprendieron rápido como son la cosa en USA. Mientras, Sam (Shia le beouf) está buscando trabajo. Sus condecoraciones no le alcanzan para vivir, quiere estar trabajando antes que sus padres regresen de las vacaciones. En realidad no quiere cualquier trabajo; sino uno relacionado con los Autobots. Es lógico, considerando que salvó al mundo en dos oportunidades. Su novia Carly (la modelo Rosie Huntington-Whiteley, que como actriz es muy bonita) vive con él, y le va mucho mejor como empleada de Dylan (Patrick Dempsey, ¡quién te ha visto y quien te ve!), un coleccionista de autos antiguos y posible enemigo de Sam.

    Ahí es donde parece que comienzan las sub-tramas para apoyar el ritmo narrativo, aunque en realidad hay una bifurcación del relato. Por un lado Sam y por el otro los robots. Luego todo vuelve a converger. ¿Para qué? Para evitar que el artefacto capaz de “hacer llover robots malos” no caiga en manos de metal enemigas.

    Dos horas y media para estirar un guión que debería filmarse en 30 minutos (como los capítulos originales de la TV). Lo que debería ser dinámico en cuanto a la narración, es chato y aburrido. Las apariciones de actores de renombre asumiendo personajes secundarios, como John Malkovich, Frances McDormand y John Turturro, pueden resultar graciosas, pero al relato no le aportan nada además de dejar cabos sueltos como, por ejemplo, qué sucede con los padres de Sam, o con el propio gerente de empresa interpretado por Malkovich.

    Michael Bay es un director a quién Hollywood le sigue dando un cheque en blanco para filmar lo que quiera. Hacer películas cuyo protagonismo son los efectos especiales, un verdadero festival, cuando se supone que debería ser muy distinto, que estos sean utilizados como herramienta de trabajo al servicio de temáticas y narraciones relevantes como protagonistas. Los rubros técnicos deben aportar a la historia no relegarla, lo cual me lleva al otro punto de vista para el análisis.

    “Transformers 3...” es un espectáculo visual impactante. Toda la secuencia del comienzo y la del hombre en la luna, con inserts de imágenes de archivo, están realmente bien logradas. El diseño de arte, la composición de imagen y la fotografía son elementos fundamentales para el film. El sonido es como estar en una tormenta de truenos. Su diseño es impecable, aunque no en toda su utilización. Por ejemplo, hay una escena con un edificio en donde la caída de los cuerpos contra el piso suena igual que los pasos de los robots gigantes. De todos modos es un detalle. Prepárese el espectador para el vértigo de la escena en la que un tentáculo robot "ahorca" literalmente un rascacielos para derrumbarlo. Pocas veces se vio algo igual. La última hora de narración podría separarse y ser “una de guerra” con todas las de la ley. Lamentablemente está pegada a la primera hora y media. Por esta razón la duración en tiempo es demasiado para llegar al climax, ya anunciado desde el principio. Tampoco hay novedades en la música. El concepto de compilación es el mismo. Rock industrial y algún tema lento más en una partitura que no se ha renovado.

    Sigue siendo un enigma para mí, cómo hace Michael Bay para filmar tanto espectáculo, y a la vez provocar en la audiencia un concierto de bostezos

    Eso es “Transformers 3: El lado oscuro de la luna”, espectacular y sin contenido.
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  • Aballay
    Aballay
    El rincón del cinéfilo
    Después de todo lo hablado a nivel mediático sobre el estreno de “Aballay, el hombre sin miedo” prefiero andar con pies de plomo para no caer en el facilismo de utilizar referencias que deriven en confusiones. No estoy de acuerdo con el término Western (*) Criollo o Gauchesco. Me gusta hablar de Cine Gauchesco a secas, vale decir sobre una temática que refiera historias protagonizadas por seres humanos del mundo rural, considerando la buena cantidad de producciones nacionales que la han abordado a lo largo de nuestra historia cinematográfica. Sin embargo, está claro que al realizador Fernando Spiner le gusta mucho el Western de acuerdo a la estética que eligió para su película.

    Respecto del cuento de Antonio Di Benedetto, que toma como referente el proyecto, el guión de “Aballay, el hombre sin miedo” sólo está inspirado en dicha narración, por cuanto excepto por la corta escena con el sacerdote, la decisión del protagonista y el desenlace, poco queda del relato y de su estructura original. Por cierto, esto no reviste ninguna característica negativa; pero es bueno saberlo si usted espera encontrarse con una adaptación textual..

    “Aballay, ...” comienza, en algún momento y lugar indefinido de la Argentina en el siglo XIX, con una escena donde un grupo de bandoleros asalta a disparo limpio una diligencia cuyos integrantes van cantando la “Marcha “San Lorenzo”, como quien va cantando el hit radiofónico del momento. Una vez consumado el robo, el líder del grupo, Aballay, degüella a un hombre ante la mirada horrorizada de su hijo, de unos 12 ó 13 años, escondido en el vehículo, quién es descubierto por el asesino estableciéndose entre ambos un juego de miradas intensas, profundas, de expectación, fría, silenciosas, que anticipan brillantemente lo que sucederá diez años más tarde.

    Julián, ya crecido ha dejado la ciudad para ir en busca de la venganza. Lo elementos visuales del principio suponen una aventura parodiando ciertas convenciones, razón por la cual el rigor histórico se puede pasar por alto (gauchos con revólveres y armas largas, o la mencionada canción). Hasta la banda de sonido recuerda composiciones de Ennio Morricone y Luis Bacalov. Pero luego, de pronto, la realización toma un giro muy serio apuntando al objetivo de Spiner: mostrar que la violencia y la venganza la sufre tanto el que la recibe como el que la provoca. Es entonces cuando la atención sobre la dirección de arte cobra otro tipo de análisis.

    Pero no quiero olvidarme de lo principal. “Aballay, ...” es una producción bien realizada y muy entretenida, que se apoya en elementos técnicos muy bien logrados, particularmente la fotografía en los planos generales, y la compaginación que nunca decae en la marcación del ritmo ni abusa de la duración de los planos.

    Un párrafo aparte para las brillantes actuaciones de Pablo Cedrón, componiendo un Aballay duro, sólido, que logra trasmitir credibilidad respecto a los cambio de conducta que se operan en él, de Moro Anghleri, cuya Juana llega al espectador por su ternura y sinceridad, Gabriel Goity, animando al cura cuya prédica franca opera como disparador en Avallay, y especialmente Claudio Rissi quien logra la composición de un villano (El muerto) de colección.

    Otro acierto que aporta, son las sub-tramas propuestas por el guión. Apuntalan muy bien al relato principal y no deja cabos sueltos como a veces ocurre con grandes producciones.

    Una realización nacional que sobresale de la media a la que estamos acostumbrados, y un buen disparador para que nuestros cineastas se anime a abordar el cine gauchesco sin temores. Si es por la historia argentina, hay material de sobra para trabajar. ¡Ojalá!

    (*) wéstern. Voz tomada del inglés western, ‘género cinematográfico ambientado en la época de la conquista y colonización del Lejano Oeste’ y ‘película perteneciente a este género’. Se pronuncia [guéstern] y su plural es wésterns . Para el segundo sentido se recomienda usar con preferencia la locución española película del Oeste: «Las viejas películas del Oeste siguen vivas» (Diccionario de la Real Academia Española).
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  • 8 minutos antes de morir
    8 minutos antes de morir
    El rincón del cinéfilo
    Digo yo, ¿para qué se complican de más los guionistas? Está bien tejer una telaraña de situaciones e imágenes para mantener al espectador al borde del asiento, pero si no se tienen todas las neuronas puestas en la historia se corre el riesgo de caer en su propia red.

    Para explicarle mis razones al decir esto debo revelar instancias claves de la trama escrita por Ben Ripley entonces… ¿Cómo hacer para comentar esta producción? A ver si puedo.

    Colter Stevens (Jake Gyllenhaal) está en un tren urbano de pasajeros en plena marcha. Habla con la bellísima Christina (Michelle Monaghan) o, mejor dicho, ella habla con él como si lo conociera, sin embargo Colter jamás la había visto en su vida. Algo raro ocurre porque Christina insiste en llamarlo Sean. Él se levanta, va hacia el baño, entra, y para su sorpresa (y la nuestra) la imagen que el espejo devuelve no es la que vimos. No hay mucho tiempo para que reaccionemos porque el tren vuela en millones de pedazos.

    Ahora Colter está con uniforme de soldado atascado en una especie de cápsula sin entender un rábano. Sin embargo la agente Goodwin (Vera Farmiga) lo insta, a través de un monitor, a recordar todo lo que vio en esos minutos.

    Colter está desorientado, nosotros también, y en ese momento comienza un juego interesante planteado por el realizador Duncan Jones. El manejo de la información. O sea para que Colter (y el espectador) obtenga respuestas, él debe darlas también. Pero cuando empezamos a seguir el desarrollo narrativo, y vivir la situación del protagonista, no sabíamos que había que estar atento a todos los detalles, por ende, todo vuelve a empezar.

    Ahora estamos nuevamente en el tren buscando algo, y ya sabemos que sólo tenemos 8 minutos para encontrarlo.

    Menos mal. Pensé que no iba a lograr engancharlo con el planteo sin revelar piezas clave del relato. “8 minutos antes de morir” trata de una historia que vuelve sobre sus pasos en una carrera contra el reloj, planteada desde una base simple que se va complicando merced al suministro de información, a cuentagotas, para mantener la tensión de la historia principal y de las dos sub-tramas que la apoyan.

    Los tres personajes principales funcionan como una suerte de triángulo escaleno, cuya desigualdad de los lados va equiparándose, dependiendo del lugar que los personajes ocupan cada vez que se vuelve al punto de partida en estos viajes de ocho minutos. Una virtud notable del director, lograr un equilibrio ideal entre los tres.

    Hay un costado anímico de Colter, Christina y Goodwin en el que se apoyan mutuamente. Los tres encuentran su cable a tierra en medio de la tensión.

    No insista. No le voy a contar nada más, pero es justo aclarar que si bien el entretenimiento es genuino, hay un par de escenas que incurren en errores fácticos respecto del planteo del propio guionista (si se los cuento le quito sorpresa)

    Por otro lado, esta producción parece de ciencia ficción, pero tiene más ficción que ciencia. Seguramente el “nuevo invento” le va acordar a “Deja Vu” (2006), aquella de Tony Scott, con Denzel Washington tratando de volver a una realidad paralela.

    “8 Minutos antes de morir” agrega cierta incorrección política y un villano de manual. Me guardo, para reír por lo bajo, el lugar en donde queda parado el ejército estadounidense. Más allá de la manipulación de sus hombres, parece que el reciclaje mental es la próxima frontera, pero no se puede llegar a esta conclusión sin reparar en una ridícula paradoja. El proyecto tiene sentido si mueren soldados propios. Cualquier reminiscencia al fuego amigo consulte el archivo de CNN sobre la guerra de Irak.

    Por si no quedó claro, sí, es entretenida, el valor del pochoclo está justificado, pero no se sorprenda a usted mismo si a los quince minutos de terminada la proyección su mente comienza a masticarla y empieza con: “un momentito… en la escena del andén…”
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  • No me quites a mi novio
    Si en Hollywood hacen estas películas calcando guiones anteriores y cada año tenemos dos o tres parecidas; si las situaciones y los personajes se desarrollan a partir de planteos que rayan lo inverosímil, digo yo: ¿No sería justo que yo agarre por ejemplo el comentario de Amigos con Derechos, le cambie la ficha técnica, un par de frases y lo entregue a la redacción? Digo, así todo es más rápido y conciso. Es un aliciente contra el hecho de haber visto No me Quites a mi Novio.

    Se lo pregunté así al director de la página, pero no prosperó. Pucha digo, me podría haber tocado en suerte la de Woody Allen. En fin, vamos allá, como dice Obelix.

    En este caso hay dos amigas de toda la vida. Darcy (Kate Hudson) está a punto casarse con Rex, el hombre del que Rachel (Ginnifer Goodwin) está perdidamente enamorada. A su vez a Rex (Colin Egglesfield) siempre le gustó Rachel pero se va a casar con su mejor amiga porque… ejem… bueno, la razón no está en el guión así que invente ud la que quiera. ¿Hace falta aclarar algo más? Si. Ethan es un gran amigo de Rachel y está en la película como el famoso y nunca bien ponderado consejero-consolador. ¿Y por qué está tan interesado en el bienestar de su amiga? Adivinó. Siempre estuvo enamorado de ella. ¿Vio que tengo razón?

    El mayor error del director Luke Greenfield, es jugar su historia muy al borde de lo inverosímil. Es como si el también subestimara la inteligencia de sus personajes ya que el único elemento sostén de la trama es la baja autoestima de Rachel. Para trabajar este estado de ánimo, el director se ocupa de meter algunos flashbacks en los cuales el espectador asiste a situaciones en las que hasta las sillas de los bares se dan cuenta de que Rachel y Rex se gustan. Ellos no. Aunque ronda el pensamiento de "¿como le voy a gustar yo?" en el clima de las escenas, físicamente ocurre otra cosa con las miradas y el cuerpo. Sólo queda pensar que ambos son bastante idiotas.

    El catalizador de la retracción de los dos lo pone Darcy, una mujer que Luca Prodan describió perfectamente en la canción “La rubia tarada” de Sumo. Además es egocéntrica posesiva y soberbia con su mejor amiga y el mundo en general. No obstante esto Rachel, que vivió y vive bajo la sombra de Darcy, insiste en jamas fallarle a su mejor amiga. Casi masoquista.

    Los 117 minutos de película sirven para redundar las situaciones en una playa y en bares mientras el casamiento está cada vez más cercano.

    El guionista se apiadó (un poco) de todos metiendo de vez en cuando a Ethan, por suerte interpretado por John Krasinski, el único que entendió No me quites a mi novio y pone los únicos momentos rescatables de la película.

    La típica selección de temas de la banda de sonido son tan caprichosos que deben haber salido del estéreo del auto de alguno de los productores y la partitura original es demasiado edulcorada y por momentos satura. Uno ve la película y puede anticipar que se viene el pianito emotivo.

    Llegará el momento de mamarracho total con la escena en la que el padre del nene le dice que se olvide de ella porque "no son de nuestra clase" esto es: Gente sin plata.

    Ah! Cierto! Casi lo olvido. Rachel y Rex tendrán su momento íntimo para replantearse todo, hacer el amor y confirmar lo que ya sabíamos...Se aman. Y como ya lo sabíamos, podemos aprovechar el tiempo que ellos se toman para charlar el tema en la cama y darnos cuenta del talento de Rachel para tener sexo toda la noche y amanecer perfectamente peinada y maquillada. Como si hubiera estado con Casper.

    Supongo que no va a molestarse en preguntar si todo termina bien.

    Caer en el simplismo de decir que este tipo de cine tiene su público es sencillamente subestimar la inteligencia del espectador y la cantidad de años que uno lleva viendo películas.

    No.

    No voy a decir eso porque no quiero cargar con esa culpa. Con el guión de No me Quites a mi Novio, Migré hubiera hecho una tira de medio año.

    Por eso lo de si termina bien o mal es relativo. Fíjese que no contento con este mamarracho, en medio de los créditos Greenfield inserta una última escena que no alcanza a calificar como gag, pero se cierra con un “continuará”. Espero que el cartelito se haya referido al resto de los créditos.
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  • El amor de Robert
    El amor de Robert
    A Sala Llena
    Le voy a ser sincero, no tenía muchas expectativas con El Amor de Robert. En un mercado como el nuestro casi el 50% de las películas que se estrenan por año son de Estados Unidos. El hecho de estrenarse una de 2008 en plena temporada de tanques me resultaba raro. Como si se buscara en el baúl de los recuerdos algo que sirva para tapar baches.

    De todos los golpes que existen en el boxeo, el golpe bajo es el más condenable. Es sorpresivo, si. Pero traicionero y malintencionado. Esto se da a veces en el cine. El Amor de Robert es fácilmente clasificable dentro de esta categoría.

    Robert (Martín Landau) es un hombre de unos ochenta años. Tiene un trabajo de esos que parecen dar algunas empresas y comercios para subir su imagen. En este caso, un autoservicio. Su vida parece esperar el ocaso dentro de una rutina en la que dibujar resulta una suerte de escapismo a la trabajosa tarea de evitar conectarse con el mundo.

    Mary (ellen Burstyn) es todo lo contrario. No sólo parece amar vivir; sino también creer en las oportunidades y nuevos comienzos.

    Durante parte de la película, quedan claras las intenciones de ambos con los juegos de miradas y cierta actitud corporal. Mary y Robert se van enamorando merced a la fuerza espiritual de ella y la disminución de las defensas de él.

    Lo que al principio amaga con funcionar muy bien luego se va cayendo y uno se da cuenta de que en realidad el gran secreto es la química de dos grandes actores, interpretando sus personajes al servicio de una historia que va preparando de a poco una trampa cuidadosamente colocada ahí debajo. Donde la sensibilidad del espectador llega a confundir llanto con dolor y lágrima con buen cine.

    El director y guionista Nick Fackler hace su debut detrás de las cámaras con un libreto que aparenta querer hablar sobre la tercera edad y el amor que puede florecer en cualquier momento, incluso para personas que prácticamente han renunciado a vivir. Nunca logra profundidad con su narrativa. Simplemente porque no hay ningún antecedente que permita conocer mas a fondo a los personajes. Las pesadillas que sufre Robert están tan difusas como su pasado; no ayudan a explicar nada y solamente una actitud positiva del personaje de Mary sirve como base para disparar momentos que sobresalen de la chatura de la historia.

    Como lo único que hay para mostrar es lo que pasa entre ellos desde el comienzo hasta el final, Fackler se despacha con un martes trece que ríase de Jason y su machete. Le da un giro tan incongruente al final de su película que hasta parece utilizar una enfermedad grave como una advertencia innecesaria de vivir el presente porque puede pasar lo peor. Sólo la fotografía es destacable entre los rubros técnicos, pero me da la sensación que toda le hegemonía que logra hubiera merecido otra película.

    La banda de sonido es monótona y hasta predecible. Molesta inclusive. Por ejemplo, cuando suena interrumpiendo el trabajo gestual de Landau y Burstyn que sorprenden trabajando muy bien sus personajes a pesar de la falta de información del guión para componerlos. No aplica como melodrama porque no lo es a pesar de los lugares comunes en los que se instala por momentos. Es sencillamente un drama mal realizado y con una pésima elección y tratamiento del golpe de efecto. Digo, golpe bajo.

    Queda advertido. Hasta luego.
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  • Priest: El Vengador
    Priest: El Vengador
    El rincón del cinéfilo
    Se supone que uno debería aislarse de algunas chicanas propuestas desde una producción tan básica como “Priest: El vengador” La frase “Si vas en contra de la iglesia, vas en contra de Dios” se menciona no menos de cinco veces a lo largo del film, tres de las cuales están presentes en los primeros veinte minutos. Supongo que el realizador Scott Charles Stewart habrá visto el corte final de su producto y pensó en agregarle este eslogan con la intención de provocar a la iglesia o llenar su escritorio con demandas judiciales. Desafortunadamente para él no puede alegar demencia.

    Corríjame si me equivoco, pero desde “Un Vampiro Suelto en Brooklin”, de 1995 (película más, película menos) y la adaptación de “Blade” en 1998, los vampiros en el cine han sufrido una mutación en su propia mitología. Excepto por la obra maestra (y homenaje) de Tom Holland, “La hora del Espanto” (1985) hacía rato que los dientudos no asustaban a nadie.

    En mayor o menor medida se fueron transformando en otro tipo de personajes con la consiguiente flexibilización de algunas reglas básicas. Acaso “Entrevista con el Vampiro” (Neil Jordan, 1994) sea el híbrido entre la generación anterior a los ‘90 y este siglo, con la saga Crepúsculo a la cabeza reivindicando cierto tono romántico.

    Esta circunstancia juega a favor de un nuevo público, pero como en todas las épocas hay buenas y malas para alternar.

    La introducción de la historia muestra un grupo de clérigos en una cueva, cayendo en una trampa en la que Priest (Paul Bettany) no puede salvar a su mejor colega Sombrero negro (Kart Urban) de las fauces enemigas. En el afiche de la película este actor figura como co-protagonista con lo cual difícilmente no vuelva a aparecer.

    Luego pasamos a ver un segmento animado mostrando a sacerdotes súper entrenados y vampiros luchando en una batalla milenaria que nos lleva a un futuro…

    Bueno, un futuro al que voy a llamar post apocalíptico, no me pida más. Si el guión no lo explica qué quiere que haga.

    Se logra una supuesta convivencia entre humanos y criaturas, léase una muralla inquebrantable cuya altura separa civilización de todo lo demás. Dicha construcción significa el paso a retiro de los curas guerreros. La iglesia ya no los necesita pues estos vampiros saltan muy alto, pero no vuelan. Allí adentro la gente se rige por los dictámenes del Monseñor Orelas (Christopher Plummer), hombre que detenta el poder sin explicarse cómo ni por qué, pero en todo caso no tiene pinta de ser un líder elegido por el pueblo. Es más, el pueblo se dedica a entrar en confesionarios dispuestos en la ciudad como si fueran baños químicos. No vaya a ser que alguien quede con algún pecado de último momento y no lo pueda evacuar a tiempo.

    El Priest, ya retirado, tiene parientes muros afuera. Hermano, cuñada y sobrina. Nadie (ni el guionista) sabe como llegaron ahí, pero viven en una cabaña en medio del desierto. La gente de maquillaje roció la cara de los actores con agua para significar temperatura ambiente, por lo tanto algo deben tomar para justificar la transpiración, aunque no se vea ni un tanque arriba del techo que suponga agua de pozo. No importa.

    El malo, fanático de Clint Eastwood por como se viste en reminiscencias de los spaghetti western en la Trilogía del dólar de Sergio Leone, en los años ’60, secuestra a la sobrina para provocar que Priest contradiga las órdenes de la iglesia y salga a buscarla. A partir de allí el director parece proponer el juego del gato y el ratón contradiciendo a los personajes que desde el vamos buscan encontrarse y matarse a piñas.

    Pero como todo esto sucede en los primeros 10 minutos, al espectador le quedarán otros 70 bastante largos.

    Hasta aquí no hice mención de los vampiros per sé. Olvídese de Christopher Lee, Gary Oldman o (salvando las distancias) Robert Pattison. Excepto por el jefe, el resto es una cruza entre un neandertal disfónico y una oveja esquilada. La dirección de arte no se decide si emular a “Ciudad en Tinieblas” (Alex Proyas) cuando la acción se produce puertas adentro o a la saga de Mad Max (1979, 1982, 1985) cuando sucede en el desierto. De hecho, la estética de la novela gráfica de Min-Woo Hyung en la que está basado el guión, se respeta sólo en la intro animada. Eso sí, no voy a negar que las escenas de acción están bien hechas, y que a lo mejor Priest: El vengador” consigue su público si los fanáticos de sagas, tipo Inframundo, están dispuestos y de buen humor.

    ¿El cine? Bien, gracias.

    Duerma intranquilo. No contento con este mamarracho, el director mete una frase final como para posibilitar una secuela. ¡Drácula nos libre y guarde!
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  • Los agentes del destino
    Los agentes del destino
    El rincón del cinéfilo
    Bien.

    La opera prima de George Nolfi comienza con flashes e inserts de la meteórica carrera de David Norris (Matt Damon), un joven aspirante a congresista por Nueva York, con un enorme talento para ser popular y uno igual para arruinarlo todo al no medir las consecuencias de la exposición pública. El día en el que pierde la elección por goleada, David decide hacer un alto en el baño del Waldorf Astoria, en donde ensaya el discurso de acepción de la derrota. Se pasa un rato ahí. Digamos 6 tomas de Damon pensando, parado, sentado, otra vez parado, dando vueltas y hablando en voz alta. Luego, de uno de los compartimentos del baño sale Ellise (Emily Blunt), no sabemos si por estar apurada o harta de escucharlo hablar solo. Ella explica que está ahí porque se coló en un casamiento pisos arriba, algo que no le cayó nada bien ni a la gente de seguridad, ni al espectador reticente a situaciones “tiradas de los pelos”. Hablan un poco. Se miran. Se enamoran. Quedan en verse pronto.

    Hasta aquí la historia tiene todas las características de un romance clásico (bien filmado y con una excelente química entre ambos actores); pero aparecen tres sujetos de traje y sombrero en la terraza del edificio que están preocupados por lo que sucedió en el baño. Consultan un cuadernito y se miran consternados. Resulta que esta gente trabaja para alguien a quién ellos llaman “El jefe” (usted y yo llamémoslo Dios, aunque el film se ocupa específicamente de evitar la mención de ninguna religión) El cuaderno que tienen en sus manos es el libro en donde El Jefe escribió el destino de todos los habitantes del planeta Tierra. Para los ojos del espectador lo que se ve en el cuaderno parece un plano de cañerías más que el del designio de la humanidad, pero ellos lo entienden. Claro, cuando algo de este plan se altera, los agentes entran en acción para volver a encauzarlo. Por ejemplo, David y Ellise no deberían haberse encontrado jamás, por eso invitan al joven a olvidarse de ella bajo amenaza de borrarle la memoria completa. No se ofenda si llego hasta aquí con la trama; pero no quiero alterar su destino como espectador, aún si el plan urdido por el guionista y concretada por el director se caiga a pedazos.

    El tema principal de esta realización es (o quiere ser) la confrontación del concepto bíblico del libre albedrío versus el supuesto plan que tiene El Jefe. Aquello de que “todo está escrito”. A mí el tema me pareció interesantísimo e intrigante y de hecho el director sabe llevar muy bien la introducción de la historia, justo hasta las puertas del desarrollo. Durante el mismo da la sensación de que la idea le quedó demasiado grande. La justificación elegida por el guionista para desatar el conflicto entre ambas posiciones (y el deseo de David y Ellise de seguir viéndose) es la casualidad. Simplemente los agentes (por más poderes y recursos que tengan) no pueden controlarla, con lo cual tener ese cuadernito del destino es como tener la guía “Filcar” sin las líneas de colectivos. En lugar de ir a fondo con la propuesta y desarrollar su planteo filosófico, el film derivó en una simple historia romántica, con mucho caramelo chorreando de la pantalla y el “original” mensaje de que el amor todo lo puede.

    Salvo los rubros técnicos, “Los Agentes del Destino” queda como una excelente idea de la que el director no quiso (o no supo) hacerse cargo.
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  • Carlos
    Carlos
    El rincón del cinéfilo
    Interesante mirada a un ser contradictorio, bien narrada y con brillante protagonismo

    Las diversas circunstancias que rodean el estreno de esta producción en la Argentina dificultan bastante su análisis, o al menos lo condiciona un poco.

    Imagínese. Esta es una miniserie de TV de 6 horas y media de duración. Se pasó a 35mm y se exhibió en distintas partes del mundo con cortes muy antojadizos. En Francia se vio una versión completa con 330 minutos, en Alemania una de 185. En el festival de Hong Kong se exhibió con 334 minutos y en Argentina tenemos la versión de 165. A esto sumemos un hecho insoslayable: “Carlos” es una obra pensada para otro formato, y aunque se haya pasado a fílmico tiene un reconocible ritmo televisivo en la edición. Pavada de tarea tuvieron los compaginadores para extraer metraje y la verdad es que hicieron un buen trabajo.

    Bien, vayamos a la obra en sí. En 1973 Illich Ramirez Sanchez (Edgar Ramírez) es un joven idealista que cita al “Che” Guevara y habla de política internacional en reuniones muy álgidas, con una vehemencia que denota su pasión por traspasar límites. Illich encuentra en la lucha armada por la causa Palestina el ámbito ideal para desarrollar sus fantasías y alimentar su ego. Para ello logra contactarse con Wadie Haddad (Ahmad Kaabour) el jefe del movimiento en Medio Oriente. Bajo su tutela Illich (autonombrado “Carlos”) se instalará en Francia esperando órdenes para su primera misión, la cual dará el puntapié inicial a la carrera de uno de los terroristas internacionales más peligrosos de la historia.

    El realizador Olivier Assayas recorre poco más de 20 años en la historia de éste hombre hasta que es traicionado, capturado y deportado a Francia en 1994. La preparación del guión insumió muchísimas horas de investigación y rescate de imágenes de archivo, las cuales son inteligentemente insertadas para darle más realismo a la recreación de época. Es interesante la visión propuesta por Assayas. Por un lado, hay un recorrido por la coyuntura política internacional de los ’70 y ’80, con especial atención en la guerra fría. Por el otro, muestra la transformación que Carlos va viviendo a medida que pasan los años, bifurcando el enfoque del personaje en dos características de su personalidad: Idealismo y egocentrismo. Carlos dice tener ideales; pero transa su libertad por plata. Se define como soldado, no cómo mártir. Este tipo de particularidades lo van convirtiendo en el guerrero lógico de su propia causa. Eso sí, su relación con las mujeres y las armas van por el mismo camino. Carlos siente un fetiche sexual tanto por pistolas como por mujeres que sepan manejarlas.

    La interpretación de Edgar Ramírez es brillante, no sólo por su trabajo con el físico; sino también por el manejo notable de cuatro idiomas con una fluidez asombrosa. El resto del reparto lo secunda muy bien, en especial Alexander Scheer y Nora von Waldstätten, quienes interpretan a su compinche y esposa respectivamente.

    Sin ver el resto del material es bastante relativo lo que se puede decir. Las dos horas 45 minutos, duración en su estreno en la Argentina, son entretenidas y están bien llevadas, pero las consecuencias del recorte de minutos dejan cabos sueltos o personajes sin resolución como el de Angie (Christoph Bach), su primer aliado incondicional. Se nota que falta información y esto no es un tema menor en un guión que se centra en los cambios físicos y de cosmovisión que tiene el personaje principal. El corte más abrupto se queda con 11 años de historia de Carlos, entre 1978 y 1989, lo cual deriva en un final repentino y apurado en contraste con las dos primeras horas.”Carlos” vale la pena para poder ver un trabajo minucioso de investigación y realización y una excelente dirección de actores. Se percibe una obra valiosa cuya versión para cine invita a querer verla completa.
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  • Kung Fu Panda 2
    Kung Fu Panda 2
    El rincón del cinéfilo
    Obra “pochoclera” con calidad narrativa y prodigiosa animación

    Debo decir que estaba bastante escéptico ante ésta película. Pensaba: Dreamworks Animation exprimió tanto a Shrek que convirtieron al genial ogro verde en un moco y ahora va a exprimir a otra de sus criaturas. Sin embargo me he llevado un par de gratas sorpresas con la segunda parte de Kung Fu Panda. La primera es que desde el punto de vista visual es un prodigio de animación; de dirección de arte y de aprovechamiento del recurso 3D. Todo a favor del ritmo narrativo que no sólo no se estanca nunca, sino que crece hasta el final.

    La segunda sorpresa también tiene que ver con la animación, pero desde otro ángulo. Sabido es que los artesanos que trabajan los bocetos de los personajes logran una versatilidad gestual a partir de la observación minuciosa de los actores que ponen las voces. El resultado de esto en “Kung Fu Panda 2” es óptimo. No está mal decir que los actores de esta producción hacen un muy buen trabajo (gracias a quienes dibujan personajes y acciones, claro)

    La realizadora Jennifer Yuh Nelson se puso la camiseta de un mega-proyecto y no le quedó para nada grande. Trabajó muy bien el guión de Jonathan Aibel y Glenn Berger, cuyo principal acierto fue colocar al grupo de maestros del panda (la tigresa, la grulla, el grillo, el mono y la serpiente) en un segundo plano, convirtiéndolos en los actores secundarios ideales.

    La trama principal surge a partir de una introducción (con otro tipo de animación) sobre la vida de Shen y los antecedentes que lo llevan a ser un villano hecho y derecho (destierro por parte de sus padres incluido) Shen inventa un arma poderosa que según el maestro Shifu acabará con el Kung Fu para siempre. Po y sus amigos salen a impedirlo.

    Adelantar más de la trama no tiene sentido, porque la introducción antes mencionada se encarga de aclarar de qué se va a tratar la historia. Sucede que hay una subtrama que la vuelve mucho más interesante. Se dispara desde el momento en que Shifu a solas con Po le habla de la paz interior. Esto nace como un gag, pero se transforma en la búsqueda de las propias raíces, y por ende de la identidad. Desde aquí se instala el mensaje de que “para lograr avanzar hacia el futuro hay que dejar el pasado atrás”. Parecía incompleto y erróneo para mi gusto, pero justamente el guión se encarga de complementarlo en el momento justo: “no hay paz interior, si no se hacen las pases con el pasado” y se desarrolla una vez que Po entiende la necesidad de averiguar sus orígenes.

    La música de Hanz Zimmer y John Powell, dos artistas que saben mucho con grandes orquestas, tiene tanto vértigo como mística y ayuda mucho a apuntalar una compaginación muy vertiginosa.

    Definitivamente, la dirección de Jennifer Yuh Nelson logró adaptar y potenciar todos los buenos elementos que tenía la primera Kung Fu Panda para logar una obra muy entretenida que todos los espectadores de cuatro años en adelante disfrutarán hasta el final.

    El doblaje al español tiene a verdaderos maestros que están a la altura de las circunstancias, teniendo en cuenta las voces que tienen que reemplazar. Son detalles, pero hacen al concepto integral de una producción bien hecha en todos los aspectos. Vayan tranquilos. Ya sea con los chicos o por su cuenta, es pochoclo bien invertido.
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  • Rompecorazones
    Rompecorazones
    El rincón del cinéfilo
    El sólo hecho de que se estrene una comedia francesa siempre me generó un aire renovador. Una ansiedad especial ante la posibilidad de disfrutar de ese humor que, aunque pasen los años, tiene una estética y un concepto medular que se mantiene intacto Desde aquellos “Besos Robados” (1968) de Truffaut a “El Placard” (2001), de François Veber, o de “Mi Tío de América” (1979) de Resnais a la entrañable “Amelié” (2001) de Jeunet.

    Por favor no quiero que piense que estoy comparando estas películas con “Rompecorazones”, es simplemente para establecer un punto: En la mayoría de los casos la comedia francesa se toma el tiempo necesario para construir los personajes, dándole a sus acciones y diálogos un sustento más importante.

    Alex (Román Duris) es un seductor nato, viste bien, se perfuma bien, habla más de un idioma y trabaja de “hacer y ser” todo eso. Él; su cuñado y su hermana tienen una agencia que se dedica a romper o separar parejas, basados en la convicción de la existencia de tres tipos de mujeres casadas:

    a) Satisfechas

    b) Insatisfechas y resignadas a su destino

    c) Insatisfechas pero no resignadas.

    Por definición, queda claro el lugar en que quedan parados los maridos en todo esto, sobre todo los del grupo “C”, que es precisamente donde el trío entra en acción por pedido de algún pariente, amigo o compinche. La verdad es que los guionistas no se molestan mucho en explicar cómo Alex se hace conocer, de donde vienen los clientes, y demás cuestiones. Si lo pienso un poco, es fácil aplicar la frase "tirado de los pelos",

    También es verdad que los primeros diez minutos de introducción están tan bien planteados que logran desviar todas las preguntas, porque queda muy clarito: para lograr que las mujeres se den cuenta de que están desperdiciando sus vidas “al lado de ese energúmeno” Alex hace de todo, excepto acostarse con ellas. Las seduce, coquetea, y emociona utilizando todos los datos que el equipo averiguó previamente. Un apostolado lo de éste muchacho, no me diga que no.

    Sin embargo, el conflicto se desata a partir de un encargo que reviste intereses que van mucho más allá de la preocupación inicial, ya que Alex debe separar a Juliette (Vanessa Paradis) de Jonathan (Andrew Lincoln), una pareja aparentemente perfecta.

    La narración está correctamente llevada por el realizador Pascal Chaumeil en su primer largometraje (luego de algunos trabajos para la TV francesa), apoyado en las buenas actuaciones de todos. Hay momentos en los que François Damiens se roba las escenas. Me pareció extraña la elección de la cantante/actriz Vanessa Paradis (aquella del hit "Joe Le Taxi" ¿recuerda?), interpretando su rol de futura esposa en una pareja prefecta, su actuación está un escalón más abajo que el resto del elenco. De todos modos es un detalle que no hace a la cuestión.

    La música está totalmente acorde con lo que se plantea, tanto las canciones como el tono casi picaresco de la banda de sonido, como cuando están realizando el trabajo previo al encuentro “casual” de Alex con Juliette. La fotografía cumple adecuadamente su función, al igual que la compaginación que tiende a disminuir un poco de ritmo, por ejemplo alargando un final que resulta, como mínimo, esperable. De todos modos “Rompecorazones” es una agradable comedia romántica con momentos muy graciosos.

    Nadie que quiera entretenerse un rato va a salir decepcionado. Que se divierta.
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  • ¿Qué culpa tiene el tomate?
    ¿Qué culpa tiene el tomate?
    El rincón del cinéfilo
    Hola. Déme unos segundos que respiro profundo. Me relajo, tomo un té de tilo. Cuento hasta diez…

    Listo. Ahora sí.

    Duodécimo documental argentino que se estrena en 2011. Una tendencia que ya lleva años de crecimiento, apuntalada por los festivales DerHumALC y DOCA con sus respectivas ediciones en el primer y segundo semestre de cada año respectivamente.

    Supongamos (y ojala que así sea) que ya existe un público ávido por el material que entrega este género. Por un lado la tendencia debería ir creciendo en cantidad, y por el otro los realizadores de documentales (y ojala que así sea) deberían crecer en la calidad de sus materiales.

    Para hablarle de “Qué culpa tiene el tomate” permítame focalizar la atención por un momento en la cuestión de las intenciones, o sea en lo qué pretende el director, en este caso los siete realizadores, con su documental, vele decir cuál es el tema que lo impulsa a preguntarse cosas, y luego prender la cámara.

    Lo que supimos por la gacetilla de prensa, y por alguna que otra nota en los diarios, es que esta producción pretende mostrar “…cómo los alimentos pueden pasar de la tierra a la mesa. A través de esta documentación emerge todo un cuestionamiento de la comercialización en grandes cadenas de venta y distribución”. Convengamos que la propuesta es por demás interesante. Sobre todo porque idea de Alejo Hoijman, impulsor del proyecto, fue ir más allá de Argentina y convocó a seis realizadores para que cada uno abordara el tema, filmara en su país y enviara su visión de la cuestión.

    Sin embargo nada de esto ocurre aquí. No hay un sólo momento en el que aparezcan las grandes cadenas que funcionarían como el contrapeso de la información, y de las imágenes que muestran siete mercados de estilo, Mercado Central, en siete países distintos. Ni siquiera un comprador (de los cientos que aparecen) que, por ejemplo, compare los precios.

    “Qué culpa tiene el tomate” tiene su inicio en Misiones, Argentina, donde por única vez se muestra, con imágenes realmente bien logradas y sin ningún diálogo, el proceso que sigue el cultivo de la tierra, desde un pequeño segmento en una selva virgen que a fuerza de machete se convierte en terreno apropiado para siembra y cría de animales que, una vez procesados por la pareja que vive allí, son llevados a un mercado común en donde se venden.

    A partir de ese buen comienzo de unos 12 minutos, se lleva a cabo el resto de la película que consiste en un concierto de redundancias repitiendo seis veces más lo que ya vimos, pero en distintas geografías: Bolivia, Brasil, Perú, Colombia, Venezuela y Cataluña (en ese orden).

    Ante nuestros ojos desfilan una y otra vez etnias, productos, armado de puestos, dialectos, mujeres con bebés vendiendo fruta o verdura, gente comprando y algunas imágenes de personas bostezando (con quienes me sentí muy identificado).

    Según el realizador y el país a veces hay un seguimiento a personajes pintorescos que están institucionalizados dentro cada predio, lo que ayuda a levantar algo de la monotonía, como por ejemplo aquel buscavidas simpático en el segmento correspondiente a Brasil, o el carnicero catalán y sus técnicas de regateo.

    “Cuando la comida va de la planta a tu mesa sin el Súper en el medio…” dice el eslogan de la película. Pareciera que la compaginación pretende que esto se decodifique e interprete, simplemente por mostrar la rutina de trabajo de los mercados en Latinoamérica. Es interesante que en algún momento todos los directores hayan puesto su ojo en la presencia de objetos de santería alusivos a la Virgen María, como una suerte simbolizando la esperanza dentro de lo sacrificada y dura que es la vida en este sector de la sociedad. Pero es demasiado poco para un ritmo tan lento.

    Leí por ahí que Hoijman les pidió a los otros realizadores que evitaran los diálogos y las entrevistas. Por suerte un par de ellos no le hizo caso y son los únicos momentos en los que la obra aporta un poco más a poner luz sobre el planteo original de evidenciar la diferencia de precios entre canales directos y terciarizados. Si es por eso, es verdad que el tomate no tiene la culpa. El espectador tampoco.
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  • Desbordar
    Desbordar
    El rincón del cinéfilo
    No dan muchas ganas de ponderar intenciones, pero lo voy a hacer porque amo el cine argentino.

    Seré breve.

    “Desbordar” es una producción basada en hechos reales que tuvieron lugar a fines de la década del 80. Marcos, Iván y Darío son médicos recién recibidos y muy entusiastas que en un hospital neurosiquiátrico encararon una idea nueva, luego convertida en terapia. Consistía en reunir un grupo de internos determinado e iniciar con ellos un proyecto para que puedan expresarse en forma escrita.

    El proyecto creció y se convirtió en una revista, que llegó a venderse en los kioscos durante algún tiempo. Parece que la burocracia del hospital mismo se les puso en contra, por lo que tuvieron que luchar para poder seguir adelante hasta que todo quedó cancelado.

    Evidentemente esta historia fue un disparador para que el guionista y realizador Alex Tosserberger decidiera llevarla al cine.

    Claro, el tema toca varios puntos interesantes como la burocracia contra las ideas nuevas, la discriminación, la libertad de expresión, la trascendencia del ser más allá de los muros que cada uno se construye alrededor, la ley de salud mental… digamos, hay tela para cortar.

    El problema del proyecto fílmico “Desbordar” es que el director parece haber confiado demasiado en la riqueza de los hechos, considerando que con sólo filmarlos alcanzaba para trasmitir lo que se proponía originariamente.

    Pues fíjese que no.

    No alcanza y se nota. Esta realización tiene algunos momentos logrados (pocos), como la escena en la que los internados están en pleno proceso creativo. Pero son sólo instancias aisladas. El resto de lo que sucede está claramente delineado, pero el contenido se va cayendo merced a la indefinición de ser un documental o una ficción. Para los actores “Desbordar” es un escollo. No tiene que ver con su capacidad interpretativa; sino con un guión que se limita a narrar hechos reales en desmedro de la construcción de los personajes. Esta falta de trabajo se nota más en Carlos Echevarría, Julián Doregger y Nacho Ciatti, quienes interpretan la versión joven de los médicos. No es que sean malos actores, simplemente no cuentan un guión sólido con el que trabajar, por no mencionar diálogos que está más cerca de una novelita de TV que de una obra fílmica. Lo mismo sucede con algunas situaciones. La escena de la violación no solamente es innecesaria (haya sucedido o no); sino que el guión jamás entrega un mínimo antecedente que la justifique.

    El error garrafal de insertar a Fernán Mirás y Manuel Callau para asumir a Marcos e Iván, repectivamente, 20 años después, más allá de sus buenos trabajos, despoja de continuidad a los personajes. Por si no tiene muy presente a Echevarría y Doregger, es cómo si pusiéramos a Gastón Pauls hacer de X y en la versión 20 años más viejo cubierto por Leonardo Sbaraglia.

    “Desbordar” tiene otra contra en los rubros técnicos. A la compaginación le sobran fotogramas y por momentos está mal efectuado el corte, como la escena de presentación del grupo al principio de la película. La fotografía en su conjunto es bastante dispar. Hay algo en la iluminación que le quita el criterio visual principal (las reuniones con el director del hospital, por ejemplo).

    Todo esto produce que en esta producción lo importante del “qué” termine opacado por el “cómo”. Muchas veces la frase “basado en hechos reales” es un arma de doble filo, con la que es fácil lastimarse si se confía sólo en eso. No alcanza para hacer cine.
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  • ¿Qué pasó ayer? Parte 2
    ¿Qué pasó ayer? Parte 2
    El rincón del cinéfilo
    Vamos “a los bifes”. “¿Qué Pasó Ayer? Parte II tiene tantas razones para no ser una buena comedia, como razones para funcionar muy bien.

    La primera parte de la reflexión tiene que ver con el papel para calcar. ¿Se acuerda cuando tenía que calcar el mapa de Europa en la primaria? No salía igual, igual. Pero era bastante parecido, merced a las virtudes de la transparencia y al pulso de cada uno. En este sentido, los guionistas de la original eran Jon Lucas y Scott Moore, en la continuación son otros: Craig Mazin y Scot Armstrong. Sin embargo, la espantosa sensación es que tomaron el libreto anterior y reemplazaron Las Vegas por Bangkok, tequila por cerveza y resaca por terrible resaca. Sólo un par de situaciones en la vida de cada personaje son distintas dos años después. La fórmula se repite intacta, con lo cual la tercera puede ocurrir en Ghana o en Trenque Lauquen y el resultado será el mismo.

    En esto hay que darle la derecha al público. Si el “Chavo del 8” o “Polémica en el Bar” (por citar dos ejemplos cercanos) siguen funcionando cada tanto seguramente no es por ser particularmente originales; sino porque se crea una dependencia del mismo remate de cada situación. Es algo que no he podido explicarme nunca. Está ahí, vigente. O sea, en un punto me aburren con la misma proporción de necesidad de poder verlas cada tanto. Ignoro si Sofovich, Gómez Bolaños y Todd Phillips (el director de ésta producción) se conocen. A lo mejor aprendió de otro lado.

    Claro… Que tonto, discúlpeme.

    Si en USA tuvieron 7 entregas de “Locademia de Policía” en el cine, más una serie de TV, evidentemente el análisis pasa por otro lado, lo que me lleva a la segunda parte de la reflexión.

    Mucho de estas fórmulas depende del reparto. Si se tienen buenos actores para la comedia liviana con los que el público se engancha, el guión es lo de menos, o pasa a un segundo plano en importancia (“Piratas del Caribe, navegando aguas misteriosas” sería otro ejemplo válido). Con correr algunas comas alcanza.

    “¿Que Pasó Ayer?” Parte II sitúa a Phil (Bradley Cooper), Stu (Ed Helms), Alan (Zach Galifianakis) y a Doug (Justin Bartha) al borde del casamiento del segundo (en la primera era Doug). Este quiere un desayuno como despedida de soltero (¿?), en desmedro de lo que quieren sus amigos, además de elegir casarse en Tailandia. Ocho minutos después están todos allá para cumplir con Stu, aunque antes de irse a dormir Phil lo convence ir a tomar un porroncito de cerveza a la playa. Uno diría: que la cerveza Tailandesa pega como ninguna, pero no, pues toman Budweiser nomás. Para descendientes de alemanes como yo, es como el agua con gas más cara, así que aquí hay alucinógeno encerrado, qué quiere que le diga, para que protagonicen una serie de situaciones descabelladas en tiempo presente directo, similares a las de la primera, con inclusión en paralelo de otras recientes en visión retrospectiva (vuelta atrás o flashback).

    Con esto dicho, sería perverso de mi parte adelantar algo de lo predecible de la trama porque ya acordamos que esto no importa. Lo que importa son ellos y sus reacciones (por segunda vez) ante el cuadro de situación. Es allí cuando el espectador es invitado a ver un disparate tras otro (en el más amplio sentido de la palabra). He aquí la razón por la cual esta producción va a funcionar bien para los que gustaron de la primera y pésimo para los otros.

    Nobleza obliga. Hay situaciones con las que me reí mucho por mérito de los actores, sobre todo merced a Zach Galifianakis (aquel de la buena comedia “Todo un parto” (2010), quién ya debería entender que está para algo mejor porque es realmente bueno. Muchas de las escenas se sostienen debido a él.

    Tanto la fotografía como la edición son funcionales a la receta, lo mismo que la música. La elección de los temas (con letras que, en inglés, son alusivas a lo que pasa) parece un poco forzada. Punto en contra para el maquillaje que se cruzó varias veces con la continuidad del diseño de producción. De todos modos es un detalle.

    ¿Esta producción funciona como entretenimiento? Si le gustó la primera, sí. ¿Es buena? No. Salvo que exista mérito en repetirse. Le apuesto lo que quiera que la próxima es en África.

    Punto.
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  • La palabra empeñada
    La palabra empeñada
    El rincón del cinéfilo
    Claramente la figura histórica del “Che” Guevara despierta más curiosidad que nunca. Mucho de los ideales de la revolución cubana se explican en él y en todos los hechos y personajes que lo rodearon. De un tiempo a esta parte él y la Revolución Cubana en general provocan en los realizadores de documentales y ficción una búsqueda de respuestas que hace algunos años era impensada.

    Dentro de este marco surgen personajes históricos que ayudan a tener una visión más importante de la coyuntura y en particular de los hechos que la fortalecieron.

    La llegada a la pantalla de “La Palabra Empeñada” propone una interesantísima visión desde el punto de vista periodístico, en tanto se trate del periodismo a favor o en contra de la posición sostenida.

    Vamos a lo positivo. La realización de Juan Pablo Ruiz y Martín Masetti pone el foco en la carrera de Jorge Ricardo Masetti que en 1958 realiza la cobertura de la revolución para Radio el Mundo, con históricas entrevistas al “Che” y a Fidel Castro en plena acción en Sierra Maestra. En este sentido, los fragmentos de dichas entrevistas son de colección. También lo son las entrevistas a la gente que lo rodeó en ese momento. Hay un antes y un después de estas entrevistas que tiene que ver con el compromiso de Masetti con una causa que él mismo transforma en propia.

    Cada uno de los entrevistados desde Alejandro Agresti a Gabriel García Márquez, Ciro Bustos o Rogelio García Lupo, por ejemplo, ayudan a poner algo de luz sobre lo poco que se conoce sobre la intención del “Che” a incluir a la Argentina dentro de sus planes de liberación. Sin duda, un contenido conceptualmente rico cuyo elemento más importante es la creación de Prensa Latina., la agencia que oficio como contraparte del resto de los medios oficialistas de la época.

    Lo negativo, me molesta decirlo. Mi gran decepción a este respecto es la pobrísima calidad de sonido de la obra. Por momentos es tan irritante que a uno sólo le queda escuchar algo y adivinar el resto de lo que está diciendo el entrevistado. El ejemplo que más recuerdo es el del ruido del tránsito callejero que mata las palabras de uno de ellos. ¿A nadie se le ocurrió limpiarlo técnicamente o desgrabarlo para luego subtitularlo? Incluyo una escena que podría ser de colección con un guía que lleva al equipo de filmación hasta la cabaña desde donde se transmitía clandestinamente para el pueblo cubano.

    La proyección para prensa ocurrió con gran esfuerzo de la distribuidora en la Casa del Bicentenario, en la calle Riobamba de la Capital Federal. Un lugar acústicamente inapropiado si se quiere apreciar “La Palabra Empeñada”. De todos modos me tomé el trabajo de verla (hoy 27 de Mayo de 2011) en el Cine Gaumont por las dudas. El problema fue el mismo, por lo que se trata de una evidente deficiencia de realización. A lo mejor Juan Pablo Ruiz tenía todo muy claro, pero no está demás delegar algunas funciones para poder focalizarse mejor a la hora de tener la obra terminada. Los créditos lo tienen como director, guionista, camarógrafo, sonidista y compaginador. El riesgo es demasiado ante la falta de oficio.

    Hasta se me ocurre quizá una mejor apreciación si la puedo ver en pantalla chica, porque la proyección en sí quizá equilibra y compacta el sonido de otra manera.

    “La Palabra Empeñada” toca una parte interesante e importante de la historia reciente que por razones técnicas en este caso no puede apreciarse mejor.
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  • Le quattro volte
    Le quattro volte
    El rincón del cinéfilo
    Una propuesta distinta, poética y reflexiva

    El filósofo y matemático griego Pitágoras De Samos (Pitágoras para los amigos), creía, y tenía elaborada, la teoría de trasmigración de las almas. Sin entrar en los complejos vericuetos de la filosofía griega, y para explicarlo con manzanas, el fundamento de esta creencia se basaba en que una vez muerto el cuerpo humano lo que quedaba era el alma, la verdadera energía de la vida, que no sólo se reencarnaba en algún ser vivo del cosmos sino que tenía el poder de decidir en cual. Luego Empédocles amplió este concepto de reencarnación a cualquier ser vivo, incluso vegetal.

    Las líneas generales de estos conceptos, sumados a la posibilidad de plasmar en imágenes el ciclo de la vida, es lo que, a mi entender, inspiró a Michelangelo Frammartino para escribir y dirigir “Le quattro volte”. Una posibilidad de contar los estados de la vida con un hilo conductor.

    El comienzo de la película revela el primer eslabón de la cadena. Hay gente trabajando en una parva para hacer carbón vegetal. Esto despide humo y hollín, que merced al viento, viaja hacia el centro del pueblito donde hay una iglesia. En la puerta de la iglesia hay una señora que barre este hollín y lo guarda cuidadosamente ensobrándolo en hojas de revista.

    En este pueblito de Italia, El Pastor (Guiseppe Fuda) arría sus cabras. Las lleva y las trae con una parsimonia que asusta. Una rutina que parece haberse llevado a cabo de la misma manera durante siglos y que sigue manteniéndose intacta. El Pastor está enfermo. Se ve venir el final de su vida, pero sin renunciar a su destino.

    Así irá hasta la iglesia de donde se llevará uno de esos sobres con tierra y hollín, para mezclarlo con agua e ingerirlo antes de irse a dormir. Del polvo venimos y al polvo volvemos, no sin antes pasar por otros estados. A la muerte del viejo le sucede el nacimiento de otra cabra, que a su vez tendrá su participación en este ciclo.

    El realizador Michelangelo Frammartino juega con sus planos y con el tiempo. Hace literal el descanso en cada toma trazando un paralelo con el lugar en donde planteas la acción de la historia. En este pueblo parece no haber existido jamás un reloj, una computadora, teléfono, la televisión, un celular o siquiera una radio. De hecho, la película no tiene un solo diálogo en los 88 minutos que dura. Todos los días son iguales y necesarios para contar esto que vemos, porque sería imposible encontrar este ciclo si uno no se toma el tiempo para observarlo.

    El espectador acostumbrado al montaje frenético del cine de Hollywood, deberá tener en cuenta esto para que no le resulte “lenta”, y darse a la vez la posibilidad de observar la obra con más detenimiento. Como si estuviera mirando un cuadro.

    Ayuda mucho la fotografía de Andrea Locatelli, y la compaginación de Benni Atria y Maurizio Grillo, dos hombres que parecieran haber visto todo sobre el concepto Tarkovskiano del montaje, sus ideas de atrapar un momento en el tiempo con la cámara, y dejarlo respirar para que siga vivo.

    Cuando todo vuelve a empezar, nos hemos dado cuenta que transitamos un camino al ritmo mismo del arte y de la vida. “Le quattro volte” puede ser una pintura del impresionismo; un film realista o una combinación de ambos. Para el caso la visualidad no pasa por esperar cortes de plano, sino por descubrir el diseño de arte que creó la naturaleza.

    Yo le diría al potencial espectador que se prepare para una propuesta distinta, reflexiva, poética y, sobre todo, muy pensada. No importa si es en un paraje de algún lugar del mundo o en la ciudad. Cuando el tiempo se detiene el desafío no es dejarse llevar; sino tomar uno la decisión de qué hacer cuando una obra de este tipo se presenta ante nuestros ojos.
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  • Poder que mata
    Poder que mata
    El rincón del cinéfilo
    Hay más de un punto de vista para analizar “Poder que mata”.
    No. Espere.
    No es esto lo que quiero decir, lo que pasa es que este film provoca estas indecisiones a la hora de hablar de él. Así que disculpe, empiezo otra vez.

    “Poder que mata” es la primera producción estadounidense seria que aborda el tema de la guerra con Irak.

    Descarto la ganadora del Oscar “Vivir al límite” (“Kathryn Bigelow”, 2009) porque, además de ser un folleto reiterativo, no me pareció una buena película.

    Sin meternos directamente en la discusión de la gestión Bush per sé; siento que todo el mundo estuvo siempre convencido que en Irak no había armas de destrucción masiva, ergo la invasión con ese justificativo era un disparate.

    En este sentido “Poder que mata” tiene el acierto porque pone luz sobre lo que antes era un oscuro manto de sospecha. Todos teníamos razón. La guerra de Irak fue una excusa para vaya a saber qué, y como respuesta vana al espantoso dolor del tristemente célebre 11 de septiembre de 2001.

    Ahora bien, desde el punto de vista cinematográfico la realización se confunde entre ser un falso documental ficcionado o una ficción documental (valga la contradicción).

    Pero soy yo ¿eh? Usted quédese tranquilo que cada uno va a tener la posibilidad de decodificar cuál fue la intención del director de “Sr. y Sra. Smith” (2005).

    En 2002 Joe Wilson (Sean Penn), un ex diplomático en tierras de Oriente Medio, es consultado por la CIA con la firme intención de que dé a entender que Irak tenía poder nuclear. Algo que éste niega. Su mujer, Valerie Plane (Naomi Watts), es agente de ese organismo y también concluye en que no hay tal cosa en Irak. Pero Bush quería guerra sí o sí, con lo cual las opiniones de ambos son contraproducentes. De todos modos la invasión estaba decidida. Todo bien hasta ahí (todo mal), hasta que Joe, movido por lo que considera una estafa mediática al público estadounidense, decide publicar un artículo en el New York Times en el cual básicamente explica por qué esa guerra no tiene fundamentos.

    Por ese artículo alguien de la administración presidencial revela la identidad de la Sra Wilson a los medios partidarios para que literalmente defenestren la credibilidad de la pareja. En la vida real el matrimonio Wilson escribió un libro cada uno (luego de que se comprobara que tenían razón). Doug Liman tomó un ejemplar de cada uno y recurrió a los guionistas Jez y John-Henry Butterworth para que le dieran efecto dramático a la historia. Adicionalmente, decoró todo lo escrito con extractos de discursos y noticieros de TV para enfatizar el punto de vista anti-republicano a su película. Casi podría decirse que con esta tendencia el guión se escribió solo, pero esto no va en desmedro del ritmo y la tensión que genera.

    La verdad es que el entretenimiento está asegurado más allá de la posición que cada uno tenga respecto al conflicto, lo cual bien puede explicar por qué en Estados Unidos perdió plata, en tanto probablemente en países como el nuestro sea bien recibida por el público.

    El “pero” que yo le encuentro es que Liman declaró que esta es una producción sobre una pareja que se desmorona, pero que sale adelante a partir de no renunciar a los valores morales que sus dos profesiones exigen para con la sociedad. Cuando el guión se ocupa de esto, la película parece una novelita y la intención política que tiene se diluye un poco, como si el realizador no quisiera hacerse cargo de la historia que decidió contar. Por ejemplo, la figura de Bush se siente en toda la narración, pero nadie “hace” de Bush. Sólo aparece en fragmentos de noticieros como si hubiera un respetuoso temor a poner en palabras guionadas una opinión clara.

    Penn y Watts (en su segundo trabajo fílmico juntos) trabajan de memoria. Por eso es raro que los actores secundarios (que no es que desentonen) estén un escalón maá abajo. El único momento en el que alguien más se destaca es una charla en un banco de plaza entre Valerie y una autoridad de la CIA (en una escena conceptualmente parecida a la que tuvieron Kevin Costner y Donald Sutherland en “JFK”, 1991). Este proyecta merecía la presencia de mejores actores secundarios.

    La fotografía y la compaginación son dos puntos fuertes a destacar, también la banda de sonido de John Powell en su mejor trabajo desde “Bolt” (2008).

    En definitiva, en “Poder que mata” sobra el melodrama porque tiene con qué interesar al espectador, hasta propone la sana charla-debate en el café por el tema que trata. A la luz de lo que pasó últimamente parece que llegó tarde a la pantalla, pero seguramente habrá más tela para cortar en el futuro. Nos hablamos cuando hagan la del asesinato de Bin Laden (1)
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  • Mujeres al Poder
    Mujeres al Poder
    El rincón del cinéfilo
    Es más, tome algo fuerte, porque necesito de su imaginación para seguir adelante... o mejor dicho atrás, porque para entender, y acaso disfrutar, “Mujeres al Poder”, hay que retroceder unos 35 ó 40 años en el tiempo, momento en el cual la comedia francesa de tono “comercial” tenía una forma de decir de los personajes; una estética y hasta un contenido muy característico que si se lo revisa hoy es tan inocente que roza el ridículo. No es que esto tenga particularmente nada de malo, pero si uno alquila “El Salvaje” (“Le Sauvage”, 1975), por poner un ejemplo, tiene que estar listo para gags tipo “había Una-vez-truz”. Todo muy naive ¿Me comprende? En “Mujeres al Poder”, hasta la escena de la aparición del hijo parece sacada de algún capítulo de “La Tribu Brady”, así que ya está avisado.

    Dicho esto, puedo hablar del cuentito de “Mujeres al Poder”. Ubicada en un pueblo de Francia en 1978, pleno apogeo de del 2º movimiento de la liberación de la mujer, el guión se centra en Suzanne (Catherine Denueve) que claramente representa todo lo contrario a eso. Entregada, resignada, sumisa, casi autista en su mundo de negación de estar viviendo desde hace 30 años con Robert (Fabrice Luchini), justamente el arquetipo del macho con poder (dirige la fábrica de paraguas del su ya fallecido suegro), quien además tiene por amante a la secretaria.

    Por otro lado Maurice Babin (Gerard Depardieu), un diputado socialista que promueve la huelga que los trabajadores están haciendo en la fábrica. Algunas idas y venidas del guión (y un preinfarto de Robert) derivan en que Suzanne “salga del jarrón”, que es de hecho el objeto que representa la analogía con su actitud frente a la vida. Esta parte del guión me hizo ruido por el lugar en el que queda parada la mujer después de que se revela que Suzanne ha sido bastante promiscua antes y durante su matrimonio. Cada cual a lo suyo, pero es insoslayable que si este personaje es el arquetipo de la mujer naive que debe toma las riendas de una empresa en el machista mundo de los hombres, parece cuestionable que luego se haga tanto hincapié en la aventuras sexuales que tuvo como si eso le quitara méritos.

    El realizador François Ozon se ocupa de dos cosas fundamentalmente: que ocurran tantos hechos como sean posibles en los 103 minutos que dura la película, muchos de los cuales no parecen necesarios para contar la historia; y de mantener su realización al estilo y altura del Claude Lelouch de los ‘70. Hay hasta escenas teatrales con planos generales en donde los actores desarrollan la acción.

    El diseño de arte, la fotografía y la música están tan estancados en el tiempo como la dirección, aunque en estos rubros es muy destacable el diseño de vestuario de Pascaline Chavanne, habitué de las películas de Ozon, y la selección musical de temas propios de la música disco superficial de los ’70, pero muy característica de esa década.

    Dicho de otra manera, “Mujeres al Poder” es una comedia muy inocente y con poco trasfondo a pesar de los temas que toca; pero a su vez sabe descansar en ese tipo de humor para llegar al público que esté dispuesto a recibirlo. Es eso, o, efectivamente, esto se filmó en los ’70 y quedó congelado hasta hoy para su estreno.

    Hasta luego.
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  • Amateur
    Amateur
    El rincón del cinéfilo
    Muestra genuina de cine sencillo y emotivo

    Después de pasearse exitosamente por BAFICI 2011 y por salas alternativas, llegó al circuito comercial “Amateur”, una realización de Diego Frenkel.

    Esta preciosa realización explora desde la nostalgia parte de la historia del formato hogareño para filmar súper 8.

    En la era digital la cosa no parece haber cambiado mucho en términos del uso que se le puede dar a una cámara en la casa de uno.

    Apenas comienza, las imágenes de viejas filmaciones que la producción se encargó de compilar van mostrando pequeños fragmentos de lo cotidiano. La voz en off de Federico Figueroa le pone humor al texto, y todo este primer recorrido de “Amateur” se convierte en una graciosa y nostálgica paleta de aficionados que han prendido sus cámaras hace varias décadas para registrar sus momentos importantes.

    Luego el documental se posa en Entre Ríos, particularmente en la figura de Jorge Mario. El hombre, además de ser dentista, jefe de un grupo de boy scouts, cinéfilo, coleccionista de todo tipo de objetos, encaró su propia campaña para preservar el ombú donde se filmó el final de la película “El camino del gaucho” (1952), tiene tiempo de mostrar un pequeño western que filmó en su pueblo durante la década del ‘60.

    Diego Frenkel toma a Mario como ejemplo universal del uso del súper 8. Como si quisiera descubrir el director que todos llevamos adentro, a partir de la idea del hombre de hacer una remake de su propia obra con los mismos habitantes/actores que usó en su época.

    “Amateur” es una realización bien montada, dinámica y, sobre todo; sentimental. Una de las producciones argentinas estrenadas este año que realmente vale la pena.

    Para aquellos que conocieron esta forma de filmar resultará una hermosa revisión del pasado, en cuanto a los más jóvenes, sin duda una excelente muestra de parte de la historia y de cómo hacer buen cine.
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  • Un tren a Pampa Blanca
    Un tren a Pampa Blanca
    El rincón del cinéfilo
    Duro reflejo de pequeñas comunidades argentinas abandonadas por sus gobernantes

    Buenas, tome algo.

    El sexto documental argentino que se estrena en nuestro medio este año es tan elocuente que uno se queda sin palabras para describirlo.

    Estamos muy lejos de Pampa Blanca, Jujuy; pero lo estamos mucho más de Filomena, una de las tantas mujeres que viven allí de quien el tiempo, la desidia de los gobiernos, y la falta de acciones concretas, dan cuenta de su situación actual.

    “Un Tren a Pampa Blanca” es un documental de Fito Pochat que refleja el recorrido de un tren/sanatorio que se acerca a ese, y otros pueblos olvidados, para prestar atención sanitaria gratuita a sus habitantes. Luego nos enteraremos que no responde a iniciativas oficiales, sino que se trata de una actividad que la Fundación Alma, entidad privada, viene desarrollando desde hace treinta años, y que el arribo de la formación a cada lugar representa mucho más que atención médica, pues su llegada es celebrada por comunidades que muchas veces ni siquiera disponen de una sala de primeros auxilios, mucho menos con algún médico residente

    Las imágenes para esta realización están tan bien seleccionadas que difícilmente nos dejen indiferentes. Tanto las historias de los profesionales voluntarios (médicos clínicos, pediatras, odontólogos, técnicos de laboratorio y radiólogos, trabajadores sociales y enfermeras), como la de los pobladores, se van sucediéndose con mucha naturalidad, y a medida que se desarrollan uno comienza a sentir incomodidad, rabia e impotencia.

    Sería un facilismo tratar de interpretar si existe la intención de una bajada de línea, porque definitivamente no es la intención del realizador. El Estado no está presente en estos rincones del país. Así de sencillo, así de complicado, así de increíble.

    Los únicos momentos en los que la cámara no muestra la vida de estas personas tal cual es, son aquellos que tienen que ver con las imágenes del recorrido incansable de este tren solitario en la inmensidad de un paisaje deslumbrante, potenciado por una muy buena fotografía y una excelente música.

    Es un documental, sí. Pero con un guión que propone un hilo narrativo concreto que deja muy en claro que el realizador siempre estuvo seguro de lo que quiso contar.

    Salvo por la insulsa y olvidable “Hacerme Feriante” (2010), este año se están estrenando producciones documentales argentinas con gran contenido y bien realizados. Definitivamente, “Un Tren a Pampa Blanca” es el mejor hasta ahora.
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  • Thor 3D
    Thor 3D
    El rincón del cinéfilo
    Lenguaje y estética del cómic en su mejor tratamiento cinematográfico

    Buenas, tome algo.

    Hace muchos años (1990/91) trabajaba en un video club muy importante de la Capital Federal. La Mirage se llamaba. Eran tiempos pre-Blockbuster, cuando recomendar una película era un oficio artesanal. En ese tiempo inventamos el término Cómic Movie, para diferenciar del género de aventuras a aquellas películas que estaban basadas en historietas.

    Hoy sigo usando ese término por una razón muy sencilla: Considero que a esta altura, las producciones basadas en historietas o novelas gráficas han logrado un código que les es propio.

    Eso por un lado, y por el otro, son realizaciones que corren con “ventaja” porque parten de una base en donde muchos aspectos de una producción (si se quiere tener a los fans como aliados) ya están resueltos. El vestuario; la estética y el diseño de arte; el story board; gran parte del guión (o al menos lo que atañe a la construcción de los personajes y sus conflictos); y si me pongo a pensar hasta el casting, que tiene un rumbo a seguir en base a lo ya dibujado. Porque convengamos que Robert De Niro es un gran actor; pero no da para el rol de Thor.

    Y ahora sí; hablando del Dios nórdico del Trueno, este era el último gran personaje de Marvel que faltaba adaptar, y aún considerando que el diseño de producción de estas películas siguen un patrón muy similar, también es verdad que no todos los personajes de historieta son atractivos para el cine.

    Al aspecto, “Thor” está dentro de las mejores adaptaciones que se hicieron hasta el momento por dos razones fundamentales: Porque las ventajas que mencionaba antes están bien aprovechadas, y por la acertadísima elección de Kenneth Branagh como director, por cuanto no se dejó obnubilar por su experiencia; sino que la puso al servicio del proyecto sin subestimar ni el guión, ni al espectador.

    La historia arranca en tiempo presente con un trío terráqueo de investigadores científicos liderados por Jane Foster (Natalie Protman), quienes están intrigadísimos por algunos fenómenos que se suceden en el cielo. Un accidente pondrá el primer y único flashback que nos lleva justamente al cielo, más exactamente a Asgard, morada de Odín (Anthony Hopkins), Dios de Dioses, en momentos de la mayor felicidad de su vida será coronar a uno de sus hijos como su sucesor al trono. No hay mucho para elegir: Thor (Chris Hemsworth) o Loki (Tom Hiddleston) son los candidatos.

    Por razones que no conviene develar aquí, Odín se enoja con Thor y no sólo no lo designa como su heredero en el poder; sino que lo condena al exilio Así es como Thor arriba a nuestro planeta, donde lo mantendrá hasta que aprenda a ser noble y humilde. ¡Pavada de lugar eligió para que cultive semejantes virtudes!

    La acción retorna a ser jugada en el presente en un guión que la desdobla en un montaje paralelo entre lo que sucede en Asgard con Loki, quien toma la posta de los acontecimientos, y lo que ocurre en el planeta Tierra, en Nuevo México, mientras Thor aprende su lección

    ¿Se nota que estoy tratando de no revelar más de la trama?

    Digamos que por su experiencia con historias de reyes y tragedias (por ejemplo “Enrique V”, 1989, o su versión completa de “Hamlet”, de 1996), el realizador se mueve mucho mejor en Asgard que en La Tierra; pero esto es un mero detalle. El guión es sólido y está muy bien estructurado, adicionalmente el poderío visual de “Thor” se apoya en la muy buena fotografía de Haris Zambarloukos y la excelente dirección de arte de Maya Shimoguchi, quien entendió perfectamente cómo diferenciar ambos mundos con un estilo muy personal. Si es por méritos propios, esta producción apunta como posible candidataza al Oscar en estos rubros, al igual que la poderosa banda de sonido de Patrick Doyle en su mejor trabajo hasta ahora. Por último, los efectos especiales, visuales y sonoros hacen importantes aportes a la historia y justifican su utilización al servicio del gran espectáculo.

    En cuanto al casting, diría que cumple. Están todos bien sin sobrarles nada, y eso que Branagh se toma su tiempo con cada uno. En todo caso Chris Hemsworth, logró componer un personaje al cual desde el principio uno lo siente como un pedante y soberbio insoportable, con lo cual el objetivo está cumplido.

    Así como disfruté de principio a fin una aventura que tiene bastante de artesanal, también debo decir que apenas comenzados los créditos finales, de 113 minutos bien servidos, se anuncia una continuidad, si quiere un anticipo al estilo capítulo del televisivo “Lost” (2010). La sugerencia es que se quede en la butaca hasta la palabra fin. Sinceramente preferiría que no existiese esa posibilidad, pues difícilmente alcanzaría el mismo nivel de esta obra, recordando aquello que mayoritariamente se impone: segundas partes nunca fueron buenas. Pero estimo que se trata de una aspiración utópica...si reditúa comercialmente.
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  • Una esposa de mentira
    Una esposa de mentira
    El rincón del cinéfilo
    ¿Cómo le va? Sírvase un café.

    Bien. Empiezo:

    Dennis Dugan es, para mí, un realizador del montón. Nada de lo que hizo hasta ahora va a cambiar el cine ni mucho menos pero, en contrapartida, hace mucho tiempo que hace comedias. Y como una de las cosas que se puede hacer con el tiempo es adquirir conocimientos; en más de 20 años de carrera, hasta el más burro aprende. Recuerde sino “No te metas con Zohan” (2008). Por cierto, incluyendo Zohan, esta es la sexta vez que elige Adam Sandler como protagonista.

    Sigo.

    Considero a Adam Sandler un actor del montón. Nada de lo que hizo hasta ahora va a cambiar la historia de la actuación pero, en contrapartida, el 99 por ciento de lo que hizo en este tiempo de carrera han sido comedias. Es verdad que casi todas con esa impronta de pobre-tonto-buenazo (con más o menos cafeína según el guión), y esa impronta es lo que le da una marca registrada. Puede gustar o no, pero que la tiene, la tiene, y más cuando Jennifer Aniston es su partenaire.

    Sigo.

    Que linda es Jennifer Aniston. Diez temporadas de “Friends” (1994-2004) en TV hicieron que se encasille, sí; pero además que tenga un entrenamiento en los manejos de los gestos que son comedia pura. ¡Y qué linda que es! (¿Ya lo dije, no?). ¡Ah! ¿si es buena actriz? Eeeemm… sigo con la película en cuestión.

    Danny (Adam Sandler) tuvo la mala experiencia de un casamiento que nunca ocurrió, porque justo, justo, estaba detrás de la puerta de la habitación en la que su prometida se pavoneaba de todas las aventuras que tuvo y tendrá, una vez consumado el cuarto sacramento. También tuvo la mala experiencia de nacer con una nariz enorme y espantosa. Y digo tuvo, porque esa misma noche triste, sólo en un bar y con casorio suspendido, descubre el “poder” que el anillo matrimonial tiene para conseguir mujeres. Ahí decide hacerse cirujano plástico y ganar mucha plata.

    Luego de la breve introducción, vemos al personaje de Adam Sandler pocos años después recibido de cirujano plástico, ejerciendo en su consultorio con su asistente Catherine (Jennifer Aniston, que es muy linda) y sin el injerto de látex que le dieron al actor en el set de maquillaje, pero eso sí, con el hábito de tener una mujer joven y hermosa por semana, todas conseguidas con su anillo de soltero y las distintas variantes del verso del casado-infeliz.

    Hasta que, claro está, habrá alguna chica que lo fleche. Él hará cualquier cosa para quedarse con ella, y los enredos se sucederán a partir de la cantidad de “cualquier cosa” que Danny decida hacer, incluso irse a Hawaii con… bueno, descúbralo usted, así me quita el peso de tener que contarle más.

    La produxxión en sí se deja ver, apenas uno haga las concesiones del caso y no se haga demasiadas preguntas. Estos actores (todos) entienden bien de qué va la película y es gracias a ellos que la comedia no decae. En algún punto entiendo que el guión le de la espalda a chistes más subidos de tono que piden a gritos ser mostrados, pero en USA querían que fuera para toda la familia, así que, no dio. Pero digamos que el realizador la lleva bien y se nota que conoce mucho a su actor fetiche. Habrá tenido que hacer concesiones con algún productor que le exigió una o dos tomas en las cuales Jennifer Aniston muestre que físicamente tiene los abdominales donde tienen que estar y que… es muy linda... pero esto no le quita ritmo al film.

    Hay una constante musical que son versiones light de temas de The Police y Swing (Dennis Dugan debe tener todos sus discos) que aportan clima de playa, al igual que la fotografía del veterano Theo Van De Sande, que no será el artesano de “El Asalto” (Fons Rademakers, producción holandesa), obra ganadora del Oscar como mejor película extranjera en 1986, pero entendió claramente cómo funciona Hollywood, por eso; a esta película la midió de taquito.

    En cuanto a la compaginación, que para la comedia es fundamental porque puede hasta determinar el destino de un gag si no está bien hecha, cumple con lo pactado en el guión técnico

    El realizador y los guionistas se basaron en “Flor De Cactus” (Gene Saks, 1969) aquella deliciosa comedia con Walter Matthaw, Ingrid Bergman y Goldie Hawn, que estaba basada en la adaptación de Abe Borrows, quien, a su vez, adaptó de la obra teatral original de Pierre Barillet y Jean-Pierre Grédy, “Fleur de Cactus” (¡Uf, uf, uf… no llegaba más!).

    Ví la versión dirigida por Saks en 1969. Sería ingenuo compararlas, pero sí puedo decir que estas épocas no parecen propicias para los simbolismos y en aquél clásico, recuerdo que justamente ese cactus, frío, inaccesible que Ingrid Bergman tenía en su escritorio, terminaba dando una flor al tiempo que ella florecía descubriendo el amor. No necesito prevenirlo de ir a buscar este tipo metáforas con esta realización ¿verdad? “Una Novia de Mentira” conserva sólo la estructura de parte del guión y de la esencia de los personajes principales, pero si quiere haga como hice yo: deje los cuestionamientos en casa y simplemente vaya a divertirse un rato. Es eso, o ver por enésima vez algún capítulo de “Friends”.
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  • Hop: Rebelde sin Pascuas
    Hop: Rebelde sin Pascuas
    El rincón del cinéfilo
    Y sí. Algún día tenía que llegar una versión industrial del Conejo de Pascuas, leyenda de la que se conoce poco y nada. Y como ese poco y nada nunca se explotó más que para vender huevos de chocolate y roscas, las posibilidades son amplísimas, sobre todo para Hollywood. En este aspecto, la gente de Universal volvió a confiar en los dos guionistas que escribieron aquel hallazgo del año pasado que fue “Mi villano favorito” (2010), y que antes habían escrito “Horton y el mundo de los quién” (2008), ambas con un planteo interesante, o por lo menos con algunos temas para discutir entre líneas. Pero…el exceso de confianza puede jugar en contra, mi amigo, porque es evidente que para “Hop” sólo tuvieron que mirar un rato algunas películas sobre Santa Claus y dejarse llevar por el camino de lo obvio.

    La historia arranca en el mundo real, con un chico que un día, desde la ventana de su dormitorio, ve llegar al Conejo de Pascuas y estacionar en el patio de la casa, con su, escuche: ¡huevo-trineo tirado por pollitos!

    Luego de esta introducción, hay dos historias que se cuentan durante un rato en un montaje paralelo hasta que chocan (literalmente).

    Una es la del conejito E.B., siglas en inglés para Easter Bunny, o sea Conejo de Pascuas ¿Vio? Le avisé que tomaron el camino obvio. ¿Quiere más? ¿Adivine en qué isla vive? ¿Una ayudita? Bueno, descubrimos que bajo una de las gigantes cabezas de piedra funciona una gran fábrica de golosinas.

    La cuestión es que un día en esa isla, cuyo nombre usted ya adivinó, Papá Conejo (lo llamo así porque ni nombre tiene este personaje) le muestra a E.B. la enorme fábrica de huevos de chocolate, en una escena muy parecida, conceptual y estéticamente, al comienzo de “Charlie y la fábrica de Chocolate” (2005). Mientras le explica su destino de repartidor, el pequeño se resiste a tener que andar llevando huevos para todo el mundo. No. El sueña con ser baterista en una banda de rock (¡¿?!), en tanto Carlos, un pollito gigante, cansado de ser segundón, frustrado en la posibilidad de heredar el titulo de Conejo de Pascuas, y con ello el poder que eso implica, comienza a planea un golpe de estado

    Por otro lado, en el continente, está Fred, muchacho de familia adinerada que tiene pocas cosas en claro, además de pocas luces. Contrario a papá, mamá y hermana, él no sabe bien qué hacer con su vida y anda deambulando de trabajo en trabajo.

    Diez años después a la acción antes descripta, al regreso de uno de estos trabajos, Fred atropella con el auto a E.B. quien se había escapado de su destino para demostrar que un conejo-baterista también puede triunfar.

    Hilando muy fino podría decir que ambos, siendo de mundos distintos, están sufriendo los cambios propios de la edad y tienen miedo a crecer; pero como el guión nunca profundiza en serio sobre esto puede ser que el que tenga buenas intenciones sea yo.

    Fred lleva a su casa al herido y lo cuida hasta que descubre que éste es el Conejo de Pascuas, que para ser conejo se mueve muy humano y que además puede hablar (y tocar percusión). Así que decide ayudarlo a triunfar llevándolo a un casting organizado por David Hasselhoff (que hace de sí mismo).

    E.B. está en el buen camino, y Fred también porque de repente se ilumina y se da cuenta de que su vida es la de ser Humano de Pascuas y hacer la repartija para lo cual es E.B. el que lo ayuda. Ahí nos enteramos de que para ser “huevopascuero” (si me permite el término) hay que entrenarse haciendo pesas y carreras de obstáculos (¡¿?!)

    Luego ambos tendrán su momento de revelación que los lleva a madurar, pero para ese entonces la historia es tan poco sustentable que probablemente los únicos que la pasen bien sean los chicos más chiquitos.

    Nosotros, padres, nos vamos a quedar toda la película pensando en una situación que ocurre al principio: Papá Conejo le dice a su hijo que es re-lindo recorrer el mundo con la misión de hacer a los chicos felices, pero éste se lo cuestiona señalando a China en el mapamundi. Se inserta una escena y se lo ve a Papá Conejo corrido a escobazos por una señora de ese país. Papá reflexiona y le dice a E.B.: “Si, todavía no hemos corregido a China”.

    Ahí tiene. Ya puede discutir con su hijo de 6 años sobre cine, política y religión a partir de una sola escena. Injustificable, por cierto, teniendo en cuenta que no hay una sola mención a la pascua cristiana, ni nada que tenga que ver con la religión.

    “Hop” combina acción común con animación tipo Garfield, muy bien lograda, al igual que en todos los rubros técnicos, con una mención especial a la compaginación que, pese al guión, se las arregla para entregar un producto medianamente bien terminado por el realizador Tim Hill.

    Yo me quedé con las ganas de ver algo más creativo, pero para los chicos funciona. ...Disculpe, voy a ver si mi conejo vino con sorpresa dentro.
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  • Cruzadas
    Cruzadas
    El rincón del cinéfilo
    No señor, no señor, y ¡No señor!

    Si usted espera que yo hable de lo que Enrique Pinti; (artista fundamental en mi vida, al que admiro y amo como un fenomenal lector de la realidad y brillante actor e inventor de un género único en nuestro país y Latinoamérica), hizo en esta película; se equivoca.

    Si pretende que le comente de lo que Nacha Guevara; (actriz y cantante que con el correr del tiempo y de artistejos pasajeros ha sabido reinventar y explorar su carrera como pocas) hizo en esta película; usted está en un error.

    También me niego rotundamente a describir el trabajo de Moria Casán, mujer que no necesitó reinventarse porque durante mucho tiempo, y aún hoy, supo, y sabe, marcar tendencias y romper barreras; además de representar de pies a cabeza, y de las tetas al culo, la cultura, el hacer y el decir de la picardía argentina. Y por cierto, la única que entendió que esta película era una comedia y no un grotesco.

    Ni que hablar del talento de actores como Carlos Belloso, Claudio Rissi o Alejandra Majulf. Más que saber qué hicieron, me gustaría saber para qué.

    Sí le voy a decir algo de los horrores del guión y de la dirección de esta producción.

    “Cruzadas” no está escrita y dirigida; sino que es culpa de Diego Rafecas, un hombre que ya había avisado que se venía algo peor cuando hizo “Paco” (2009), pero esto no viene al caso.

    “Cruzadas” es, supuestamente, una comedia que intenta poner una mirada sobre los medios, el monopolio, la pelea por el rating y la diferenciación mediática sobre las clases sociales que, para Rafecas, se dividen entre los que se comen la ”S” y los que la emiten correctamente.

    La historia es la de Ernesto Pérez Roble (Enrique Pinti), dueño de uno de los principales multimedios del país, venido a menos y en riesgo de caer en picada sino vende rápido sus acciones. A su vez es padre de dos hijas con madres distintas. Una es Juana (Moria Casán), la “hija reconocida” que vivió siempre junto a él, clara heredera de la fortuna y el control de la empresa, a pesar de tener un manejo casi sádico de las relaciones interpersonales. Empezando por tener un hijo cuadrapléjico encerrado en la bóveda del canal.

    La otra es Camila (Nacha Guevara), hija bastarda, tratada como tal durante toda su vida y (¿por esa razón?) metida a madama-regente-cantante de una bailanta en González Catán, rodeada de facinerosos y con una hija, Mecha (Chachi Telesco),que en trato y personalidad sale más a la tía que a la madre.

    Un buen día, el viejo Perez Roble se da cuenta de lo mal que hizo en su vida como hombre de medios y tira la chancleta. Se pone a fumar marihuana y otras cosas que se deben hacer a los noventa y pico de años. Cuando se quiere resarcir se muere y deja la mitad de sus bienes a cada una de las hijas, con lo cual generará conflicto de intereses a la hora de decidir la repartija, por eso ambas se mandan mutuamente a “los muchachos” para dirimir la cuestión. Y como eso no resulta, se amigan (¿?)

    Todas (o casi todas) las películas tienen subtramas que apuntalan la idea principal. El problema con “Cruzadas” es que nunca el guionista-realizador-coproductor-actor decidió cual es la trama principal, por eso el proyecto termina cayéndose a pedazos. Este hecho quizás sea atribuible a las horribles sobreactuaciones de Chachi Telesco y del mismo Rafecas quien, haciendo de matón de pocas luces, por no decir idiota, se olvidó de dirigir la película.

    No contento con esto, Rafecas incluye (al viejo estilo de los guiones de los ’70 de Moser o Sofovich) tres números musicales (sí, como leyó) para chuparse los dedos, uno grotesco en la sala de reuniones, en el que parece que todo el elenco se tomó una purga; otro de Damas Gratis que hacen de Damas Gratis, y otro de la propia Chachi Telesco que es un concierto de errores de continuidad, además de que ninguno de los numeritos le agrega absolutamente nada a la historia; pero se ve que el realizador tiene una fábrica de celuloide o lo paga a precio mayorista.

    La dirección de fotografía tiene de todo menos dirección. Si como muestra sobra un botón, la cara de Nacha Guevara se opaca por momentos y en otros pareciera que la están iluminando con la lámpara del logo de la Fox.

    La música hace todo lo contrario a lo que indican las imágenes, cuando hay drama suena cumbia y cuando hay algo gracioso salen violines. De todos modos el sonido es tan malo que merecería subtítulos en castellano para poder entender nuestro propio idioma. La compaginadora hizo todo lo posible para quitarle timing a los gags, arruinándolos por completo. Demás está decir que hablar de la dirección es, sencillamente, un agravio a la profesión; porque “Curzadas” recurre como a cinco ideas distintas metidas en una sola película, con el agravante de que ninguna es realmente llevada a cabo y de que, por momentos, da la sensación de que en el set de filmación cada personaje hace y dice lo que se le ocurre en un guión que propone una cosa y luego dispone todo lo contrario.

    ¿Dónde regalan celuloide? Tengo un amigo que se muere por hacer un cortometraje.
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