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Imagen del crítico Ignacio Andrés Amarillo
Ignacio Andrés Amarillo
  • Cantidad de críticas: 32
  • Promedio: 70%
  • Críticas favorables: 31/32 (97%)
  • Críticas desfavorables: 1/32 (3%)
  • Diferencia absoluta: 9%
  • Los juegos del hambre
    El reality de la vida y la muerte

    Vomitando petróleo

    las tripas desarrollan

    la música del hambre

    (Carneviva, “El árbol de los jíbaros”)

    El filme de referencia ha sido catalogado (por la industria, pero también por la crítica y el público) como perteneciente a ese territorio de un cine para adolescentes, en el que entraría la saga de “Crepúsculo” y “Soy el número cuatro”, entre otros. En común tienen el venir de sagas literarias, herederas de un público que creció con Harry Potter (héroe que también creció, por cierto).

    La primera diferencia es obra de Suzanne Collins y su libro, el primero de la Trilogía de los Distritos. Porque la autora ubica la acción en un futuro indeterminado y distópico, en una nación llamada Panem ubicada en lo que otrora fuera América del Norte, más de siete décadas después de una rebelión de los diferentes distritos en los que se divide el país, en contra de un poder central, ubicado en una populosa ciudad conocida como el Capitolio.

    Derrotada la insurrección, como recordatorio y castigo se instituyeron Los Juegos del Hambre, una competencia en la que participan un varón y una mujer de entre 12 y 18 años por cada uno de los 12 distritos. Básicamente se trata de un reality show que hace las veces de circo romano para los habitantes del Capitolio (con su especie de “pseudorrefinamiento neorrococó”) pero también seguido por los hambreados integrantes de los distritos, que esperan que sus representantes ganen.

    Para ganar, simplemente hay que ser el único sobreviviente en una batalla a muerte sobre un terreno agreste y lleno de trampas, pero eso no quita que se armen juegos de alianzas al estilo “Gran Hermano”. La diferencia es que nadie pidió estar allí.

    O algunos sí: algunos son unos mercenarios entrenados. Pero la protagonista de la historia es Katniss Everdeen, una muchacha de 16 años que, al ver a su hermana salir sorteada para ese triste destino, pide ir en su lugar. Para eso deberá abandonar a su familia y a su amigo Gale Hawthorne, y unir fuerzas con Peeta Mellark, el otro representante del distrito 12, uno de los más empobrecidos, habitado por mineros de carbón (como los padres de Gale y Katniss, muertos en una explosión).

    En el Capitolio, hallará aliados y enemigos en la previa a la batalla a campo abierto, de la que se espera que sólo uno salga vivo.

    Movimiento puro

    El otro acierto tiene que ver con la dirección de Gary Ross, y con el guión, en cuya redacción también participó la novelista (junto con Ross y Billy Ray). Hubiera sido tentador sostener el relato con voces en off de la protagonista, ya que la novela es un monólogo interno de Katniss. Sin embargo, nada más lejos del resultado final: un trepidante relato que sostiene la tensión en buena parte recurriendo a la cámara en mano: un poco a la manera en que Darren Aronofsky perfeccionó la técnica de los hermanos Dardenne en “El luchador” y “El cisne negro” (mirar la escena en que Katniss hace girar su vestido flamígero, dando vueltas con punto fijo como una bailarina clásica) pero aplicándola a la acción y sin escatimar primeros planos.

    Justamente, el elenco elegido se “banca” los primeros planos: especialmente Jennifer Lawrence, con su belleza natural y aguerrida. Liam Hemsworth aparece poco como Gale, pero pinta para perfecto galán de serie adolescente. Su contrapartida es Josh Hutcherson como el inseguro e insondable Peeta, al parecer interesado realmente en Katniss.

    Tras ellos vienen los lucimientos como secundarios el de Stanley Tucci como el simpáticamente detestable animador televisivo Caesar Flickerman y Toby Jones como su adláter Claudius Templesmith y el impagable Woody Harrelson como Haymitch Abernathy (un ex ganador de los Juegos, borrachín y ácido, que se convierte en mentor de los chicos).

    Otras apariciones a destacar son las de Wes Bentley como Seneca Crane (el organizador de los Juegos), Lenny Kravitz como Cinna (el estilista a cargo de hacer presentables a los muchachos), la pequeña Amandla Stenberg como Rue (la aniñada y astuta chica del distrito 11) y la siempre imponente presencia de Donald Sutherland como el presidente Snow.

    Valga también la presencia de la música, que combina la partitura de James Newton Howard y T-Bone Burnett con obras de artistas del gusto juvenil como Maroon 5 o la talentosa Taylor Swift, pero mayormente orientados al sonido folk, que refuerza la idea de la Norteamérica profunda: valga destacar canciones como “Abraham’s Daughter” de Arcade Fire dentro del filme o “Kingdom Come” de The Civil Wars en los créditos finales.

    Circenses sine panem

    Si el relato no da respiro, la metáfora social no se escatima. Porque como dijimos, este circo romano ideado como castigo permanente ha devenido en entretenimiento para los opulentos y aparentemente improductivos habitantes del Capitolio, pero no faltan pantallas que lo transmitan allí donde falta el pan, el dinero y el agua potable. “Si nadie los viera (a los Juegos), no los harían”, dice uno de los personajes. Pero al menos aquí, apenas en esta primera parte de la trilogía, el circo sin pan empieza a mostrar fisuras. Dependerá de los paladines: como dicen en los Juegos, “que la suerte esté siempre con ellos”.
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  • Un dios salvaje
    Un dios salvaje
    El Litoral
    Una tarde en el infierno

    En los comienzos del cine, algunos de los primeros experimentos de ficción consistieron en plantar la cámara delante del escenario teatral, reflejando en nuevo medio expresivo (aún mudo) lo que sucedía delante de las tablas. De todos modos, el cine comenzó a desarrollar su propio lenguaje, y el teatro (como la pintura ante la aparición de la fotografía) comenzó su reacción, que ha signado buena parte de su devenir en los últimos cien años.

    Si una línea de trabajo ha sido la de la “experiencia total del espectador” (lo que quiera que signifique esto según cada creador: de La Fura dels Baus a Ariane Mnouchkine, simplemente por revolear algunos nombres de vanguardia), el teatro “de texto” o más tradicional desarrolló entre sus búsquedas otra línea consistente en puestas de pocos personajes encerrados en un ambiente en tiempo real, a partir de una situación límite que hace saltar todas las convenciones. Jordi Galcerán con “El Método Grönholm” y Yasmina Reza con “Un dios salvaje” (“Le dieu du carnage”, “El Dios de la matanza”, en el original) tal vez sean los que mejor explotaron esta veta (y con mayor éxito de taquilla) en los últimos tiempos.

    Por su parte, el cine nunca dejó de abrevar en la dramaturgia, aprovechando su posibilidad de explotar mejor las elipsis y los cambios de lugar, y muchas veces cambiando radicalmente el planteo al introducir a los sujetos ausentes del relato escénico (Jimmy en la autoadaptación que John Patrick Shanley hizo de “La duda”; Cecilia en la reescritura que Roberto Cossa hizo para la versión de “Yepeto” dirigida por Eduardo Calcagno, por poner arbitrarios ejemplos).

    De todos modos sigue siendo un desafío llevar el teatro al cine: está el riesgo de caer en el “teatro filmado” (también, lo que quiera que signifique esto según cada especialista). Con todo esto en la cabeza (alguien tan experimentado como él no lo podría hacer de otra manera), Roman Polanski se anima al desafío de juntarse con la propia Yasmina Reza para trabajar en la adaptación de un texto que trabaja con cuatro personajes encerrados (al límite de la claustrofobia) en tiempo real, en un contexto que derrumbe las paredes de la corrección y deje fluir a “la bestia humana”.

    El ojo del creador

    Al principio (y en relación a lo antedicho) Polanski se da el gusto de introducir, filmado a la distancia y sin oír lo que se dice, como escena de créditos iniciales, el disparador de lo que vendrá: dos niños discuten en el Bridge Park de Brooklyn, Nueva York; uno termina revoleando un palo y el otro tomándose la cara dolorido. De allí, el realizador nos traslada directamente al nudo de la acción.

    En el departamento de Penelope y Michael Longstreet, los padres del agredido Ethan (que ha perdido dos dientes en el asunto) se celebra una reunión con Nancy y Alan, los padres de Zachary, el que empuñó el objeto contundente. Allí los vemos redactando una declaración, en la que se asumen las responsabilidades del caso, todo muy políticamente correcto.

    Cuando parece que se van a ir los visitantes y ya están en el pallier (difícil de poner en el escenario de un teatro a la italiana, o más o menos), otro golpe de corrección los vuelve a introducir, para tomar un café y un postre. Claro, qué feo es conocerse así en esta circunstancia. Pero el teléfono del pretencioso abogado Alan empieza a interferir, como el del terrenal comerciante Michael, mientras sus esposas empiezan a reaccionar: a Nancy se le sale la leona por defender a su hijo, aunque sea el que blandió la vara; a Penelope también, pero todo adornado por un sentido de la moral que parece empalagar a los presentes.

    Lo que seguirá es una explosión de confesiones que se vomitan (como otras cosas menos metafóricas), miserias que fluyen como whisky que las ablanda, todo articulado por un guión que articula las interferencias, los tiempos muertos, los picos de tensión, para sostener al espectador encima de estos cuatro personajes que se deshacen frente a ellos.

    Polanski, a esta altura de su carrera, se permite no tener que dar explicaciones. Así, respeta la premisa fundante de la obra teatral: cuatro grandes actuaciones desarrollándose en un espacio limitado, o sea poco más (desde lo espacial) que en una puesta teatral.

    Sin embargo, la mano está en los detalles: la cámara en mano, que juega desde planos generales que semejan lo que se ve en el escenario (a veces con el punto de vista algo bajo, quizás para dar la ilusión de la butaca) hasta los primeros planos que realzan los momentos estelares de cada personaje. La luz natural que inunda el departamento va mutando, conforme pasa la tarde. Los planos que refuerzan el encierro, y la presencia del pallier y el ascensor, representantes de la esperanza de fuga.

    En carne viva

    Todo esto no se podría hacer sin los cuatro actores, por supuesto. Quizás por ser anglosajones (lo que quiera que signifique esto, aunque uno de ellos sea alemán), o tal vez por el cambio de registro actoral, los intérpretes están un poco más contenidos que la puesta de referencia que tenemos los argentinos, dirigida por Daniel Veronese, que trabajó las actuaciones con un poco más de intensidad.

    De todos modos, es un festival actoral, la indolencia de los hombres, la furibundia de las mujeres. Christoph Waltz pone en escena toda la soberbia de Alan, su sonrisa socarrona, su forma invasiva de apoyar el plato o el cuerpo arriba de los muebles, con el mismo desdén que trata sobre la vida de los demás. John C. Reilly encarna a Michael como un Homero Simpson algo más civilizado, si eso fuese posible: en realidad es más despreocupado y básico que perverso, pero en la práctica terminará en sintonía con Alan.

    Por el lado de las esposas, Jodie Foster expone toda la complejidad de Penelope: su pulsión por “las costumbres occidentales”, especie de superyo de la civilización, que nos aleja del dolor de los pobres africanos que se masacran desde niños. Kate Winslet construye una Nancy algo estructurada y pretenciosa, que se va desatando en torno a revelaciones y explota de golpe (aquí el crescendo se trabaja con un salto).

    “Penelope, creo en el dios de la matanza, el dios que no ha sido desafiado desde el comienzo de los tiempos”, dice Alan. Y esa frase resume todo: detrás de la moral occidental de las belles manières, está una esencia que nos une a los cavernícolas o a las masacres congoleñas. Sólo hacen falta un incidente trivial y una botella de escocés para que salga afuera.
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  • John Carter: entre dos mundos
    Un héroe para las rojas arenas

    Analizar esta resurrección cinematográfica de John Carter es bastante complejo. Porque el personaje creado por Edgar Rice Burroughs es el ancestro de muchas cosas que vinieron después: por eso no es raro que el filme dirigido por Andrew Stanton (quien adaptó junto a Mark Andrews y Michael Chabon la novela “Una princesa de Marte”) recuerde a muchas cosas que uno ha visto o leído.

    El terrícola devenido paladín en otro mundo, como el “Flash Gordon” de Alex Raymond; el Marte seco y decadente, como el descubierto en las “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury; los guerreros y princesas semidesnudos desarrollados por los ilustradores (y los adaptadores cinematográficos) de los personajes de Robert Erwin Howard, como “Conan El Bárbaro” o “Sonja la Roja” (los mismos ilustradores que hicieron las portadas de las diferentes ediciones de las novelas sobre Carter); el ejército inesperado que viene a decidir una batalla, como los Ents, los Rohirrim o los guerreros fantasmas en las diferentes partes de “El Señor de los Anillos” (con su diversidad de razas y sus monarcas virtuosos).

    Ahí está el dilema: para el espectador desprevenido, este filme puede representar un refrito del último siglo de ciencia ficción y fantasía, cuando en realidad adapta historias creadas hace cien años. Otros lo han acusado de simplismo, cuando su embrión es anterior a todas las complejidades temáticas que vinieron después (valga el recuerdo de que el filme de “Flash Gordon” también quedó encerrado en la clase B, recordado especialmente por la música de Queen).

    Campeón inesperado

    El comienzo del relato muestra a un John Carter en la tierra, a finales del siglo XIX, que telegrafía apresuradamente a su sobrino, curiosamente llamado Edgar Rice Burroughs. Cuando el joven llega, el tío ha muerto, lo ha nombrado heredero, y le deja un diario que sólo él puede leer. Como en un giro borgeano, la acción comienza con el muchacho leyendo el diario. Así, el joven se adentra en la historia de Carter, ex soldado sudista en la Guerra Civil devenido en buscador de Oro.

    Perseguido por el ejército para que se sume a la lucha contra los apaches, termina encontrando una cueva con oro, un extraño personaje y un medallón que lo lleva a otro mundo, que no es otro que Marte, o Barsoom, como le llaman allí (la Tierra es Jasoom).

    Allí descubre que, por cuestiones de la diferencia de gravedad, puede saltar largas distancias, y tiene una fuerza mayor. Capturado por los tharks, una de las razas de ese mundo, pronto se verá involucrado en una batalla entre las fuerzas de la ciudad móvil y devastadora Zodanga, y las de Hellium, la única ciudad que ha contenido a los planes de aquella.

    Lo que ha pasado es que los therns (los seres ocultos como el que se encontró Carter en la Tierra) le han dado una superarma a Sab Than, el Jeddak (rey) de Zodanga, lo que ha roto el equilibrio de un mundo seco y bastante despoblado, surcado por canales que rememoran antiguos mares hoy desaparecidos.

    Carter salva en la refriega a Dejah Thoris, la hija del Jeddak de Hellium, reclamada como esposa por Sab Than. La muchacha (guerrera y científica) ve en el terrícola al paladín que su mundo necesita por lo que terminará involucrándolo en la guerra y en una relación afectiva (que obviamente se sospecha desde el minuto cero), aunque algo contenida por hechos del pasado del héroe que se irán revelando con el correr de la historia; los que lo alejan de cualquier compromiso social y sentimental.

    Despliegue visual

    Stanton muestra habilidad en la dirección, habida cuenta de que todos sus trabajos anteriores se dieron en el campo de la animación (“Bichos”, “Buscando a Nemo”, “Wall-E”). Sin embargo puede hacerse cargo de un filme grande, con centenares de extras y mucha posproducción digital. También logra desplegar el relato en un ritmo acertado a lo largo de poco más de dos horas, siempre un desafío en esta clase de filmes que requieren explicaciones sobre las lógicas intrínsecas del mundo en el que se ambientan.

    No es casual que esté Stanton a cargo: el estudio Pixar estuvo atrás del desarrollo visual, que recurrió a la técnica de reconocimiento corporal y facial (al estilo de Weta Digital) para subir actores a zancos y ponerlos a interpretar a los tharks. El detallismo estuvo puesto en la contratación de Paul R. Frommer (el lingüista que creo el Na’Vi para “Avatar”) para que haga un lenguaje thark, a pesar de que se lo habla muy poco.

    La dirección de arte no inventa nada nuevo, pero construye una estética retrofuturista, que huele a “ciencia ficción vieja” y sobre todo a las precuelas de “Star Wars” (desde las criaturas a las naves y vestuarios).

    Nombres y rostros

    Como suele ocurrir en estos casos, el aporte de los actores está más en su physique du rôle que en sus dotes actorales, pero en general no desentonan. Taylor Kitsch está bien como el paladín, algo más flaco y delicado que las representaciones pulp a lo Conan. Lynn Collins luce muy bien como Dejah Thoris, aguerrida y llenando muy bien su escueto vestuario. Los villanos quizás estén un poco aguados, pero ahí están Dominic West como Sab Than y Mark Strong (Matai Shang, frío líder de los therns).

    Los otros actores en carne y hueso son Ciarán Hinds como Tardos Mors (el padre de Dejah), Daryl Sabara (un asombrado Edgar Rice Burroughs) y James Purefoy como el general Kantos Kan (comodísimo en un papel menor pero necesario).

    En cuanto a los actores reconstruidos digitalmente, están Willem Dafoe como Tars Tarkas (el Jeddak de los tharks, con su compleja personalidad), Samantha Morton como su hija, la rebelde y solidaria Sola, y Thomas Haden Church como el usurpador Tal Hajus.

    El escaso rendimiento en taquilla quizás mate la posibilidad de las secuelas previstas, que adaptarían otras novelas del ciclo de Barsoom. Pero no está mal este homenaje a Edgar Rice Burroughs y un personaje menos famoso (a la sombra de Tarzán), el primer héroe que caminó las rojas arenas de Marte.
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  • La invención de Hugo Cabret
    En busca de la fábrica de los sueños

    Martin Scorsese es conocido como uno de los grandes luchadores por la conservación y restauración de las grandes y pequeñas obras de la historia del cine. Del cual además siempre fue un estudioso: junto con sus amigos Steven Spielberg y George Lucas integran la primera generación de realizadores hollywoodenses formados en escuelas de cine, conocedores por igual de las obras de Godard, Griffith, Murnau y, ya que viene al caso, Georges Méliès.

    Así que de algún modo en “La invención de Hugo Cabret” (“Hugo”) se haya uno de sus grandes gustos: tributar a un pionero del cine, a uno de los primeros que vio el potencial del invento de los Lumiére para desarrollar una nueva forma de magia, un lugar donde se inventen los sueños de miles. Quizás por esto (y para hacer una película que pueda ver su hija menor, tal como ha dicho riéndose) decidió llevar a la pantalla la adaptación que John Logan hizo del libro de Brian Selznick “The Invention of Hugo Cabret”.

    Y para sorpresa de muchos, se animó al 3D, una tecnología sobreexplotada por el cine más comercial (y a veces con resultados poco convincentes). Sin embargo, como Tim Burton en “Alicia en el País de la Maravillas” logra sacarle al recurso el mejor lucimiento para la estética propuesta, y además honra la memoria del homenajeado de la historia, siempre a la vanguardia de la experimentación técnica.

    El relato

    La historia cuenta sobre Hugo, un huérfano que como otros sobrevive en la estación de trenes de Montparnasse, robando aquí y allá en algunos puestos de la gare, con la diferencia de que (aunque nadie lo sabe) es el encargado de hacer funcionar todos los relojes de la terminal. Todos creen que esa tarea la sigue cumpliendo el borracho de su tío Claude, que un día lo abandonó allí, luego de hacerse cargo de él tras la muerte de su padre (de la muerte de la madre no se habla mucho).

    Lo único que le queda de su padre es el oficio de relojero y un autómata a medio reparar, un hombrecito mecánico de cara triste que supuestamente tiene la habilidad de escribir. Repararlo es para Hugo obtener algún tipo de compañía, y la posibilidad de un postrer mensaje de su padre.

    En su búsqueda de piezas de repuesto, chocará con un oscuro juguetero que tiene su tienda en la estación, que tiene muchos secretos, empezando por una conexión con el autómata. A partir de allí, Hugo comenzará a desentrañar la cadena de misterios, de la mano (literalmente) de la ahijada del hombre, Isabelle.

    Luces y sombras

    La experiencia le da a Scorsese la oportunidad de jugar un poco a ser otro sin dejar de ser él mismo. Si en “La isla siniestra” se animó a montar su propia versión de la fuga psicogénica que animó la última (abstrusa) trilogía de David Lynch, en el presente trabajo hay cierto sabor al ya mencionado Tim Burton: hay un huérfano de cara tierna, un inventor misterioso, una damisela impúber, un inspector imposible, escenarios opresivos llenos de vapor, muchos mecanismos de relojería, y una fotografía que juega con colores hiperrealistas y reflejos forzados (el reloj de la estación en el ojo de Méliès, por ejemplo), detalles estos últimos que ganan con el 3D. Quizás por todo esto Johnny Depp (uno de los fetiches de Burton, junto con su esposa Helena Bonham Carter) es uno de los productores del filme.

    Y por supuesto (y para regodeo del director) están los fragmentos de los filmes de Méliès (también los habrá de otros referentes del cine mudo), con toda su belleza arcaica y su estética particular, que luego Scorsese recrea a la hora de narrar las filmaciones.

    Por lo demás, hay un despliegue visual que se esfuerza en retratar la París de los ‘30 (a vuelo de pájaro), las particularidades de los recovecos de la estación como un microcosmos (en el que Django Reinhardt puede lucirse con algunos tangos), y apuesta a los rostros y las expresiones de unos actores que soportan holgadamente los primeros planos.

    Los rostros

    El hallazgo indispensable para que una película como ésta funcione es el niño protagonista, y Asa Butterfield cumple con creces, con sus ojos celestes y su cara de “yo no fui”, que puede convertirse en un generador de pena en instantes. Por supuesto, el mismo casting encontró su contraparte en la Isabelle de Chloë Grace Moretz, un interesante hallazgo al estilo Emma Watson (inexplicablemente, siendo americana, y siendo una francesa, habla aquí con algo de acento británico).111

    Viene aquí el lugar de los actores mayores. Y por supuesto es Ben Kingsley quien da una cátedra de actuación, componiendo a ese complejo Méliès, atormentado por el pasado, el juguetero hosco, y a la vez ser el mago radiante de los flashbacks: tampoco funcionaría mucho este filme sin un actor de su descomunal talla.

    El resto del elenco incluye a un moderado Sacha Baron Cohen, que construye sin excesos a un personaje de cuento (el inspector de la estación) pero con un dejo de humanidad (la escena “romántica” con Lisette es de una profundidad que hay que saber apreciar); a una tierna Helen McCrory, como “Mama Jeanne”, la esposa del cineasta; y la breve pero correcta aparición a cartel francés de Jude Law, como el padre de Hugo.

    Entre los secundarios, está un pulcro Michael Stuhlbarg como René Tabard, académico del cine y admirador de Méliès, la bondadosa Lisette forjada por Emily Mortimer y la maestría sutil de Christopher Lee como el librero Monsieur Labisse. También hay un lugar para dos veteranos actores británicos como son Frances de la Tour (Madame Emilie) y Richard Griffiths (Monsieur Frick), con su propio juego de afectos distantes.

    La magia

    Resulta interesante que dos de las grandes competidoras en la próxima entrega de los Oscar sean una película francesa sobre el antiguo cine estadounidense (“El artista”, de Michel Hazanavicius) y una película estadounidense sobre el antiguo cine francés (la que nos ocupa). Y tal vez sea importante que el cine vuelva sobre sí mismo, sobre aquellos tiempos en que no se encontraba tan atrapado entre la megaindustria y el Arte con mayúsculas: aquellos tiempos en que era una novedad, una magia de celuloide, una fábrica de sueños.
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  • La dama de hierro
    La hija del almacenero

    Al igual que en “La caída” de Oliver Hirschbiegel, con la magistral interpretación de Hitler a cargo de Bruno Ganz (y salvando las distancias entre el Fürer y la Dama de Hierro), el filme de Phyllida Lloyd bajo guión de Abi Morgan logra darle carnadura humana a un controvertido personaje histórico sin ser concesivo, lo que genera una rara sensación.

    Ni el monstruo que muchos esperan ver ni una idolatría por el personaje: el filme muestra el devenir de Margaret Thatcher (de soltera Roberts) desde que era una adolescente en el almacén de su padre (y de ahí a Oxford), sus primeras campañas políticas y su doble lucha por imponerse en un mundo de hombres y a la vez dejar de ser “la hija del almacenero”.

    Y cómo esas luchas la fueron cambiando: desde la asunción de posiciones duras (ser implacable con los sindicatos, hundir el crucero General Belgrano fuera de la zona de exclusión de Malvinas) hasta el agravamiento de su voz en su campaña como primera ministra (un proceso de masculinización, como han dicho algunos).

    De todos modos, lo inalterable fue la convicción de aquella muchachita, inspirada por su padre, en las ideas conservadoras, del orgullo de ser “una nación de comerciantes” (como dijo Napoleón), del esfuerzo personal de los que menos tienen como motor del ascenso social (viéndose a sí misma como ejemplo).

    La guerra de Malvinas muestra en pleno a esta mujer, capaz de mandar un ejército a la guerra en plena crisis y luego escribir personalmente a las madres de los soldados muertos; tampoco oculta el relato cómo esa aventura salvó su gestión (junto con algún repunte económico de la era de las reaganomics).

    Porque los 11 años y medio que duró su mandato estuvieron signados por huelgas, luchas por salarios y batallas contra impuestos que ella consideraba el precio del “privilegio” de vivir en Gran Bretaña.

    Pureza visual

    Desde el punto de vista de la narración, el filme es muy lucido: la historia está contada desde un presente de ancianidad; Denis Thatcher (su marido y sostén) ha muerto hace años, pero ella comienza a verlo y escucharlo. En medio de esa lucha contra la locura, una frase, una foto, disparan escenas que paulatinamente van armando el rompecabezas de su vida: su ascenso y caída (basados ambos en sus mismas características), la relación con su marido e hijos, con el subsecuente sacrificio personal.

    Se destaca también una gran belleza visual, a través de una luminosa fotografía que enfatiza los desplazamientos temporales (la luz amarilla en los salones de los ‘50, por ejemplo) y una particular puesta de cámaras (el reflejo del Parlamento en el auto de la joven Margaret; las tomas de sus zapatos en su ingreso al mismo, y el mismo encuadre a su despedida de Downing Street).

    Interpretaciones

    Como las otras películas “británicas” oscarizadas (“La reina” y “El discurso del rey”) es antes que nada una película de actores. Con la estatuilla en la mano, parecería que no hay que explayarse en las virtudes de Meryl Streep, pero hay que destacar su descomunal trabajo, componiendo tanto a la viejecita en decadencia, con su andar pausado y su presencia algo ida (ayudada por un gran trabajo de caracterización de los también ganadores del Oscar Mark Coulier y J. Roy Helland) como a la temible y obstinada mandataria en la cumbre del poder.

    Hay gran lucimiento de Jim Broadbent como el esposo divertido, algo alocado, casi siempre comprensivo y acompañante, que logró enamorar al corazón de hierro, a sabiendas de que no se casaba con una chica fácil de manejar (“no quiero morir lavando una taza de té”, será la respuesta de la chica a la propuesta matrimonial).

    Por supuesto, esas escenas de juventud no podrían haberse realizado sin la gran labor de Alexandra Roach (más parecida a Margaret que la propia Streep) y Harry Lloyd, quienes se hicieron cargo de los primeros años de la pareja.

    Entre los secundarios, se destacan Olivia Colman como Carol, la hija que debe lidiar con una madre anciana con alucinaciones; Iain Glen como Alfred Roberts, el padre que inspiró el ideario conservador de Thatcher; Nicholas Farrell como Airey Neave, el político que impulsó su carrera a la jefatura de Gobierno, asesinado por una facción del terrorismo irlandés; y Anthony Head (aquel Rupert Giles de “Buffy la Cazavampiros”) como Geoffrey Howe, uno de los principales laderos de la primera ministra.

    Carne de historia

    Un párrafo de la Thatcher anciana la pinta de cuerpo entero: “Cuida tus pensamientos porque se convierten en palabras. Cuida tus palabras porque se convierten en acciones. Cuida tus acciones porque se convierten en... hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convierten en tu carácter. ¡Y cuidado con tu carácter, porque se convierte en tu destino! Aquello que pensamos es en lo que nos convertimos”.

    Y de eso trata esta película: de una muchachita de Grantham llena de convicciones sobre qué había que hacer con su país, dispuesta a imponerlas sin importar el coste; de una mujer dispuesta a ocupar un lugar que se le venía negando a su género, también sin medir consecuencias. Así son, con sus luces y sus sombras, las personalidades que hacen marchar el rumbo de la historia.
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  • La chica del dragón tatuado
    Nuevos rostros para los héroes de nuestro tiempo

    “Män som hatar kvinnor” (literalmente “Hombres que odian a las mujeres”, bautizada por la editorial española Destino como “Los hombres que no amaban a las mujeres”) es la primera novela de la denominada “Trilogía Millennium”, la más redonda, por autoconclusiva y por desarrollar tópicos del policial tradicional, tanto del detectivesco más clásico como del de la serie negra.

    Si alguno vivió en un submarino el último lustro, dicha trilogía es obra del escritor sueco Stieg Larsson, que no llegó a verla publicada. Tras el boom, en su país se decidió llevarla al cine, estando la primera parte a cargo de Niels Arden Oplev y las siguientes en las manos de Daniel Alfredson.

    Cuando se anunció que Hollywood haría su versión (cuyo título en castellano es literal del nombre que tuvo la edición anglosajona, en la que cada libro empieza con “La chica que...”), saltaron todos los prejuicios sobre la industria y su desprecio por el trabajo de los suecos, y la imposibilidad de contar con una protagonista de la talla de Noomi Rapace (que por cierto declinó toda posibilidad de volver a ponerse en la piel de Lisbeth Salander).

    Pero el proyecto cayó en las manos de David Fincher, que viene de sacudir la estantería con “Red Social”, de cuyo elenco sacó a Rooney Mara para el protagónico femenino. También a Trent Reznor y Atticus Ross como musicalizadores y, por supuesto, su particular estilo y dinámico ritmo narrativo.

    Sumergirse en el pasado

    Para los que no estén al tanto de la historia, vaya el repaso: Mikael Blomkvist es un periodista de investigación que cae en la trampa del empresario Hans-Erik Wennerström y termina perdiendo un juicio por difamación (en este filme, sólo con resarcimiento monetario). Aprovechando la necesidad de Mikael de escaparse un poco de la situación, es contratado por Henrik Vanger, patriarca de un viejo y disfuncional clan que mantiene los restos de una corporación otrora exitosa.

    ¿Cuál es el encargo? Reinvestigar la desaparición de la sobrina nieta del empresario, a quien quería como a una hija, acaecida 40 años antes, y jamás explicada. Una investigación centrada en la fría isla de Hedestad, donde viven los miembros de la familia, principales sospechosos de haberla asesinado, y de seguir enviando cada año el regalo de cumpleaños que unía a Henrik y a la joven Harriet: una flor seca en un cuadro.

    Pero antes de convocar a Mikael, Vanger lo hizo investigar. Recurrió a la agencia Milton Security, y ésta a su mejor investigadora: la hacker Lisbeth Salander, una chica con un oscuro pasado, problemas de socialización, y otros problemas severos derivados de la desprotección en la que se encuentra. Por el otro lado, es genial, con memoria fotográfica y una forma peculiar de afrontar la vida y sus contratiempos.

    En cierto punto, el curso de la investigación reunirá al periodista bonachón pero aguerrido y a la chica arisca pero sensible, y así quedará conformada la explosiva pareja que convirtió a “Millennium” en un clásico contemporáneo.

    El camino de la acción

    Fincher trabaja a contrapelo de la adaptación de Oplev. Si el sueco se detenía en las miserias humanas del clan Vanger (parte del costado de policial negro de la trama), Fincher apunta a la acción y al desarrollo deductivo. Si Oplev descarta información para mostrar en detalle, Fincher mete más cosas pero a esa velocidad vertiginosa que mareó a algunos en “Red Social” (sólo él, nuevamente, puede convertir una escena de manejo de datos informáticos en una secuencia de acción).

    De todos modos, toma elementos de su predecesor, aquellos que le gustan: las casas, detalles de fotografía, algunas secuencias (las terribles escenas con el abogado Bjurman), el physique du rôle de los actores, pero retoma del libro el bigote de Henrik, por poner un ejemplo banal. Siempre se vuelve a Larsson, especialmente en la definición de los personajes (y mostrando algunos que crecerán en las secuelas). Por ejemplo, la escena del descubrimiento de los versículos es fiel a la novela, mientras que en la adaptación sueca se usaba un giro impropio de Lisbeth.

    También trabaja mejor el asunto Wennerström en el epílogo, pero se permite introducir un cambio más o menos sustancial en la resolución del caso (casi parecería que destinado a sorprender a los que conocen la historia) y no se explaya en cómo procesa el clan los hechos descubiertos.

    Complejos personajes

    Desde el punto de vista actoral, el elenco es irreprochable, destacándose figuras como Christopher Plummer como Henrik, Robin Wright como Erika Berger (personaje destinado a desarrollarse en próximas entregas), Stellan Skarsgard como Martin Vanger. Por supuesto, el trabajo principal es para Daniel Craig como Mikael y Rooney Mara como Lisbeth.

    El rubio (al igual que su “predecesor” Michael Nyqvist) logra plasmar adecuadamente a su complejo personaje, buen periodista, amigo y amante pero mal marido y padre (aunque aquí no se muestre tanto esta faceta): un hombre de convicciones firmes, íntegro a su manera; alguien de quien cualquiera de nosotros querría ser amigo. Por su parte, Mara construye su propia Lisbeth: distante, de aspecto frágil, un poco alienígena; algo diferente del temible ángel vengador que encarnó Rapace. De todos modos, Mara tiene sus momentos fuertes, especialmente con Bjurman o con algunos de los agresores que tendrá que confrontar.

    Porque por ahí pasa la cosmovisión de Larsson: hombres que odian a las mujeres, abusadores, asesinos, fanáticos religiosos, golpeadores. Ante la injusticia, el ángel oscuro con el dragón en la espalda deberá alzarse para empatar un poco los tantos. Fincher hace su propia lectura de este universo, revalidando sus títulos de gran narrador visual. Habrá que ver si con las secuelas logra construir una nueva visión canónica de la trilogía, y si Rooney Mara podrá sacar de nuestras retinas los profundos ojos negros de Noomi Rapace.
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  • Sherlock Holmes: Juego de sombras
    Una mente para salvar al mundo

    Guy Ritchie eligió para la segunda entrega de Sherlock Holmes una historia de “intriga internacional”, saltando de país en país al mejor estilo de “¿Dónde está Carmen Sandiego?”. En este caso el villano es el profesor James Moriarty, la némesis que Sir Arthur Conan Doyle ideó para el detective más sagaz del mundo (y el más observador). Moriarty, otro genio, estrena en la historia (estamos en 1891) una idea que después se les ocurrirá a muchos: enriquecerse con una guerra, siendo dueño de “las balas y las vendas”, como se dice en algún momento.

    A partir de una carta birlada a la seductora Irene Adler (al servicio del oscuro profesor) Holmes cruza su camino con Madam Simza Heron (Sim, para los amigos), una gitana llena de secretos de quien se despide su hermano Rene. A partir de ahí redondeará su teoría, en la que va uniendo una serie de asesinatos de diferentes magnates alrededor del mundo.

    Ahora que el doctor John Watson se ha casado con su prometida Mary, Holmes quiere dejarlo afuera, pero una entrevista con Moriarty le hace saber que éste planea dirigir sus iras contra el doctor de la buena puntería. Así, el salvataje contra un atentando en pleno viaje de luna de miel vuelve a juntar a la dupla, convencidos de que no habrá paz (ni personal ni para el mundo) hasta que no derroten a su enemigo.

    Así, comienzan una investigación-persecución, que los llevará primero a París, para reencontrar a Sim, luego a Alemania y finalmente a Suiza, donde tendrá lugar el clímax, en una concurrida cumbre de paz.

    Caracteres únicos

    Presentados los personajes en el filme anterior, Ritchie y sus guionistas (Michele y Kieran Mulroney), optan por no desarrollar tanto las características de los mismos (el choque entre el disfuncional Holmes y el ultracorrecto Watson). De todos modos, a Robert Downey Jr. y Jude Law estos personajes les saldrían hasta dormidos. Especialmente a Downey, tan alocado y experimentador de sustancias como el detective que encarna (un elemento que el director, fanático confeso del personaje, decidió rescatar).

    Rachel McAdams reaparece como Adler, pero poco (y con un dejo de tristeza) es lo que puede hacer. Por lo demás, se lucen los personajes nuevos. Particularmente Noomi Rapace, en un personaje mucho más liviano que su Lisbeth Salander en la Trilogía Millenium sueca, pero siempre sugestiva: la penetrante mirada de sus ojos oscuros y su boca apenas abierta alcanza para que su primer plano llene la pantalla.

    Jared Harris construye a un Moriarty contenido, inescrupuloso y narcisista: una simple mueca que simula ser sonrisa alcanza para que se le tema. A su lado, tendrá a Paul Anderson como el coronel Sebastian Moran, experto tirador (rival ideal para Watson) y perfecto ejecutor, una especie de Terminator al servicio de la mente maligna.

    Por último, se luce Stephen Fry como Mycroft Holmes, hermano mayor del detective, quien en los relatos originales era un aburrido gentleman con mayor capacidad de observación y deducción que Sherlock (pero sin el fuego investigativo), y que aquí es un excéntrico caballero al servicio de los Asuntos Exteriores británicos.

    Relato visual

    El guión tiene algunas flaquezas (Holmes ya viene con la sospecha de Moriarty; este tiene inexplicablemente más ganas de cargarse a Watson que a Holmes) pero tal vez esto viene a dejar más espacio para la acción y la intriga posterior. Por otra parte, Holmes usa menos su observación para la deducción (hasta logran engañarlo en un atentado) que para sobrevivir minuto a minuto: como los personajes de “Héroe”, puede visualizar toda una pelea en su mente en segundos y tratar de reproducirla o cambiar su resultado.

    Como los hermanos Wachowski, Ritchie se permite jugar holgadamente con los tiempos, congelando o ralentando el viaje de una bala, la explosión de un fulminante o la caída de un personaje (algo que ya había hecho en la primera parte de la saga).

    La dirección de arte y el vestuario se lucen obviamente, reconstruyendo la Europa de fines del siglo XIX, incluso con detalles para la polémica (el gramófono ya existía en 1891, pero hay que ver cuántos discos musicales había para entonces). La fotografía es luminosa, haciendo lucir la riqueza cromática de los vestuarios. Por último, la música romaní le agrega el exotismo propio del pueblo errante.

    Al final, serán Watson y Simza los encargados de aplicar la técnica observacional-deductiva de Holmes para resolver el plan final de Moriarty en la cumbre de los poderosos, mientras héroe y villano se lanzan a un ajedrez mental (¿acaso no lo jugaron durante todo el filme?) y se debaten en una polémica sobre la humanidad. “Usted no se enfrenta conmigo; se enfrenta contra la naturaleza humana. Tarde o temprano habrá una guerra mundial, la harán ellos. Yo sólo tengo que esperar...”, dice Moriarty, y la historia nos demuestra que lo hicieron. Y cómo. Los herederos de Moriarty vienen ganando, y son unos cuantos: ojalá tuviésemos un par de Holmes, a ver si podemos salvar al mundo más seguido.
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  • Las aventuras de Tintín
    El sabor de la aventura

    Se dice que Steven Spielberg empezó a interesarse por Tintín, el personaje creado por el historietista belga Hergé (Georges Prosper Remi), cuando alguien le comparó las andanzas del chico del jopo con las películas de Indiana Jones. Quizás por eso, Spielberg planteó esta adaptación como una explosión de pura acción y aventura combinada con humor, al mejor estilo de los filmes que dedicó al arqueólogo del sombrero. Si en aquéllos, su compañero y soporte creativo (especialmente en el campo de los efectos especiales, a través de la compañía Industrial Light & Magic), aquí esa función la cumple Peter Jackson, quien funge aquí como productor (y cabeza de Weta Digital), lo que lo confirma en algún punto como “el Lucas del nuevo milenio”.

    La otra diferencia es que el filme se realizó con la revolucionaria técnica de motion capture, el reconocimiento corporal y facial que permite reconstruir los movimientos y gestos de un actor real en un personaje generado digitalmente (la que fuera estrenada en el Gollum de El Señor de los Anillos” y luego explotada en filmes como “King Kong”, “El Planeta de los Simios: (R)Evolución” (en los tres casos, a través del cuerpo del actor Andy Serkis), y muy especialmente en “Avatar”).

    Así, un destacado elenco de actores se encarga de darle vida a un grupo de personajes que están a medio camino entre la animación digital hiperrealista (¿alguien se acuerda del filme de “Final Fantasy”?) y la estética que Hergé le asignó a sus creaciones, a través de su línea clara y sus colores brillantes.

    Desgraciadamente, Cinemark sólo proyecta la versión en castellano, por lo que se pierden las voces originales. De todos modos, se puede apreciar la gestualidad de los actores detrás de las máscaras digitales. Entre ellos, Jamie Bell, como un Tintín más adulto que el niñajo gestado por Hergé (tributado en la escena inicial del metraje); Daniel Craig, como Sakharine; Rackham, el Rojo, y el ya mencionado Serkis como el borrachín capitán Archibald Haddock (y su ancestro Sir Francis).

    Por lo demás, el desarrollo digital está puesto a generar escenarios increíbles en los que se desarrollan trepidantes escenas, con un departamento dedicado a la generación de las muy necesarias escenas acuáticas (los algoritmos que reproducen los movimientos del líquido siempre fueron un quebradero de cabeza para los animadores digitales).
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  • Contagio
    Contagio
    El Litoral
    El abismo de lo inexplicable

    En “Traffic”, Steven Soderbergh ya había mostrado su habilidad para realizar filmes corales, con historias que se tocan apenas, o se reúnen en torno a una temática; por supuesto reuniendo un destacadísimo elenco.

    En “Contagio”, lleva esta idea al extremo, en torno a una plaga que se multiplica exponencialmente por el mundo. La historia arranca en el “Día 2” de la expansión del virus. Beth Emhoff, una estadounidense que vuelve a Minneapolis desde Hong Kong (con una particular “escala” en Chicago), comienza a manifestar síntomas de enfermedad, al igual que el joven chino Li Fai, una escort ucraniana que vive en Londres, un japonés y un hombre llamado John Neal, curiosamente de Chicago. La muerte los sorprende a todos y a algunos de sus allegados. En el caso de Emhoff, su marido Mitch parece inmune a la enfermedad.

    Rápidamente llegan las reacciones: el Centro de Control de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) empieza a desplegar su respuesta: liderado por el doctor Ellis Cheever. Otro tanto hará la Organización Mundial de la Salud (OMS), enviando al Asia a la doctora Leonora Orantes. Así se empiezan a despegar diferentes historias interconectadas, pero nucleadas en torno a esas tres principales: la del viudo y su hija (alguna clave hay en la viajera fallecida), la de los implicados en la búsqueda de la vacuna, y la de la médica que se verá retenida en Hong Kong por imprevistos factores. Todo esto mientras el mundo amenaza con desmoronarse ante la crisis: como rezan los afiches promocionales, “nada se expande como el miedo”.

    En medio del caos, no faltará el comunicador inescrupuloso, el blogger amarillista Alan Krumwiede, dispuesto a beneficiarse en medio de la catástrofe.

    Falibles y mortales

    La cinta se convierte así en una mezcla de “Y la banda siguió tocando” con un filme catástrofe clásico, pero la mano de Soderbergh y el guión de Scott Z. Burns ponen distancia con los productos de Roland Emmerich. Porque acá no hay científicos ni militares devenidos héroes, ni el típico personaje que desde el vamos uno sabe que se va a morir. Acá la clave es la suerte, o un genoma que predispone a resistir al violento virus.

    Se despliega así un relato ágil, lleno de flashbacks, donde las cámaras retratan lo que no se ve fuera del microscopio: congelando por un segundo una mano, un roce, un estornudo, cualquier momento de transmisión del escurridizo germen.

    Y la carnadura humana se apoya en un conjunto de actores que logran darles dimensión a sus personajes, a pesar de que por las características del filme no puedan lucirse. Tal vez Damon se muestre más (como lo hiciera en “Más allá de la vida”, el también coral relato contado por Clint Eastwood): él representa al hombre común, la pasiva víctima que sólo quiere proteger a su hija, lo único que quedó de su familia.

    Laurence Fishburne le da vida a un falible Cheever, Kate Winslet encarna a una esforzada doctora Erin Mears, Marion Cotillard le pone el cuerpo a la sensible Orantes y Jude Law hace lo propio con el detestable Krumwiede. Jennifer Ehle da la sorpresa con su doctora Ally Hextall, capaz de experimentar sobre sí misma, y Elliott Gould hace de taquito a su doctor Ian Sussman. Gwyneth Paltrow tiene poco margen, pero lleva la responsabilidad de encarnar a la “index pacient”. Como curiosidad, los fanáticos de CNN verán al conocido presentador médico Sanjay Gupta haciendo de sí mismo.

    Con ese arsenal se teje una trama que tal vez no sorprenda demasiado (puede que alguno se decepcione con el final “lineal”, más allá del ingenioso último flashback) pero que se encarga de mostrar en todas sus luces y sus miserias a un grupo de humanos mortales, y sus reacciones ante el miedo a la muerte invisible: el aterrador abismo de lo inexplicable.
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  • Gigantes de acero
    De la lona a la gloria

    En la edición de mayo de 1956 de The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Richard Matheson publicó un cuento titulado “Steel” (“Acero”), de la que en 1963 haría una adaptación para “La dimensión desconocida”.

    Allí mostraba una era en la que los boxeadores humanos fueron reemplazados por robots. El ex boxeador Steel Kelly y el mecánico Pole descubrían que su deteriorado Maxo no podía dar batalla, y Kelly se hacía pasar por la máquina para al menos sacar una moneda que les permita comprar repuestos.

    Dan Gilroy y Jeremy Leven tomaron algo de ese universo para crear la historia de “Gigantes de Acero” (“Real Steel”), sobre la que John Gatins escribió el guión. Algo de esa frustración, de ese encierro en peleas menores, pero generando una película que seguramente a Sylvester Stallone le habrá gustado: algo de “Rocky” y algo de “Halcón” hay en su trama.

    Volver a empezar

    Charlie Kenton es un ex boxeador (de los últimos), que brilló brevemente para hundirse luego en la mediocridad. En ese camino siguió luego en su nuevo rol de entrenador de robots boxeadores, los cuales (a diferencia del cuento) se fueron alejando cada vez más del aspecto humano para convertirse en unos gigantes con aspecto de mecha de animé, y que se enfrentan en unas peleas salvajes que muchas veces terminan en la destrucción de la máquina.

    Cuando está tocando fondo, se entera de que una ex novia murió, dejándole un hijo de 11 años con el que nunca tuvo relación. Los pudientes tíos del niño quieren la tenencia, y Charlie lo acepta junto con una suma de dinero para invertir en un nuevo bot. La condición: que el pequeño Max se quede con él durante el verano, mientras ellos viajan.

    Así, decide arrancar de nuevo pidiendo la ayuda de Bailey Tallet, heredera del gimnasio donde entrenó Charlie, hija de su maestro, “brevemente” su noviecita y ahora especialista en estas máquinas de dar golpes. Tras un nuevo fracaso, Charlie se lleva a Max a un depósito de chatarra, donde el niño rescata a un viejo androide llamado Atom: arcaico y aparentemente fuera de estado, cuenta con la capacidad de imitar movimientos.

    Padre e hijo construirán una relación a medida que Atom empieza a ganar peleas, hasta que llegará la posibilidad de enfrentar al campeón, el temible Zeus, construido por la rica Farra Lemkova y el soberbio ingeniero Tak Mashido. La historia tendrá que decidir entre la sangre y la fría maquinaria, entre el corazón y el dinero, y en el camino Charlie tendrá que ver si puede rehacer su vida y obtener más de una esperada revancha.

    Lágrimas y piñas

    El encargado de contar este cuento es Shawn Levy, director hasta ahora especializado en comedias (“Recién casados”, “Más barato por docena”, “La pantera rosa”, “Una noche en el museo” 1 y 2, “Una noche fuera de serie”). Y lo hace bastante bien, dosificando lo emotivo, lo romántico y la acción, que no puede faltar en una película con robots y box.

    Desde el punto de vista del guión, los más fanatizados se quedarán pensando en algunos cabos sueltos (¿Qué origen tiene Atom? ¿Por qué Mashido y Lemkova quieren comprarlo?). Pero el relato avanza hacia adelante, centrándose en las vicisitudes que afrontan los protagonistas.

    La puesta visual es impresionante, combinando animación digital y parafernalia real, mostrando unos combates magníficos, que atraerán a los fans del arte de los puños (como dato, vale agregar que el asesor boxístico fue Sugar Ray Leonard): alguno puede sufrir por los golpes que recibe Atom, y arengarlo para que se levante de la lona).

    La parte humana

    Una película así no podría funcionar si no se contara con el niño adecuado; en ese sentido, Dakota Goyo es el niño actor soñado, capaz de ser adorable o golpeable, y de generar buena química con los adultos, creíble en su euforia y en su enojo.

    Si hablamos de credibilidad, Hugh Jackman es uno de esos actores (junto con Russell Crowe, por ejemplo) que se pueden poner en la piel de los más diversos personajes con verosimilitud. El australiano se ha lucido haciendo antihéroes queribles (saltó a la fama con Wolverine), y aquí aplica nuevamente su rea seducción, encarnando a un perdedor tan entrañable como cuestionable en muchas de sus acciones.

    De Evangeline Lilly hay que aclarar que es buena actriz. Decimos esto porque si no lo fuera, igual uno tardaría en darse cuenta: su sola presencia en la pantalla ya se justifica, y verla recién levantada (a cara lavada, descalza, en suéter y pijama) ya justifica el precio de la entrada. A mitad de camino de la belleza apabullante de una Megan Fox y la mujer “real” que interpretó Amy Adams en “El ganador”, genera una química única con Jackman (Charlie podrá ser un looser, pero muy fachero, eso sí).

    Entre los secundarios, Hope Davis escapa al cliché (hacer una tía detestable); Karl Yune y Olga Fonda hacen una buena dupla como Mashido y Lemkova, una especie de villanos de cómic.

    La épica de los guantes

    Mencionábamos a “El ganador”, el filme que protagonizaron Mark Wahlberg y Christian Bale, una de las últimas en una larga saga de historias donde el boxeo se constituye como un espacio épico único: donde uno puede levantarse de las miserias arañando las cuerdas del ring, donde una pelea puede redimir toda una vida de sinsabores y errores.

    En esa tradición se inserta “Gigantes de acero”: porque más allá de las relucientes máquinas, Charlie peleará la última batalla como si fuera propia, a ver si el beso de la gloria (o de un hijo, o de una mujer) puede ser la revancha de todas las veces que besó la lona, adentro y afuera del ring.
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  • Sin límites
    Sin límites
    El Litoral
    Las puertas de la percepción

    “Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al hombre como es, infinito”, escribió William Blake en su obra “El matrimonio del cielo y el infierno”; de allí sacó Aldous Huxley el título de una célebre obra, y Jim Morrison el nombre de The Doors.

    Algo de la cita de Blake estaba en la cabeza del escritor Alan Glynn cuando escribió la novela “The Dark Fields”, sobre la que Leslie Dixon escribió el guión que Neil Burger filmó como “Sin límites”. Pero también algo de la vieja mitología (nacida en los tiempos del propio Blake) del “moderno Prometeo” que le juega con cartas marcadas a la Naturaleza.

    Mutatis mutandis

    Eddie Morra es un escritor que no escribe. No tiene trabajo, su novia Lindy lo abandona, vive en un departamento caótico, y encima no se le cae una idea para el libro que tiene prometido a una editorial. En medio de su vida de slacker, se produce un encuentro con un ex cuñado, otrora vendedor de drogas, que le dice que ahora se reformó y trabaja para los laboratorios, o sea para el lado legal del mundo de las drogas.

    Charla va, charla viene, el tal Vernon le termina mostrando una píldora transparente, que parece una mezcla de éxtasis con pastilla de mentol. Le dice que es una dosis de NZT, una droga experimental, capaz de potenciar las capacidades intelectuales: “¿Sabes que dicen que sólo podemos acceder al 20 % de nuestro cerebro? Esto te da acceso a todo”.

    Eddie prueba la sustancia, y bajo sus efectos termina dándole una charla de derecho a su casera (recuperando todo lo que alguna vez vio o escuchó de casualidad sobre el tema) y termina llevándosela a la cama. Luego, comienza a escribir su libro como por arte de magia. Sintiéndose poderoso, busca a Vernon para pedirle más NZT, pero lo encontrará asesinado. A pesar de ello, logra hacerse con una paquetito de la droga como para sostenerse un tiempo.

    El NZT amplía las capacidades de aprendizaje y comprensión, “expande la conciencia” (como si fuese la melange de “Dune”, perdón por la digresión) y permite hacer la “data recovery” de todo la información que alguna vez pasó por los sentidos. Con esta seguridad y recursos, Eddie se produce, recupera el interés de Lindy, empieza a meterse en el mundo de las finanzas, donde se cruzará con el veterano Carl Van Loon, su mentor y futuro rival. Ni siquiera pueden pegarle unos ladrones, porque Eddie recuerda todas las películas de Bruce Lee que vio, y peleas de box, lo que lo convierte en un experto luchador.

    ¿Qué más puede pedirse? Eddie se siente el rey de mundo, pero comenzará a verse amenazado: por el mafioso ruso que le prestó dinero para invertir; por un misterioso perseguidor insistidor, como un Terminator; por las trampas que parece tenderle el mundo empresarial; por la menguante dotación de la sustancia, y por las sospechas de que no es tan inocua como parece, tanto en su consumo continuado como en su abstinencia.

    La trama va reuniendo varias de estas amenazas, en una trama de suspenso en la que Eddie tendrá que demostrar si sus capacidades expandidas pueden sostenerlo con vida.

    El revés de la trama

    Burger logra plasmar en la pantalla los efectos del NZT sobre la conciencia: desde los “supertravellings” como el que abre la cinta, hasta las “metafóricas” lluvias de letras y números, pasando por los flashes de cosas que Eddie recuerda o la previsualización (casi como en la “batalla mental” de “Héroe”) de una acción física a realizar (como el plan de la potenciada Lindy para escapar del perseguidor). Destácase también una fotografía peculiar, basada en los azules y los ocres, que aumenta la sensación de “desnaturalización”.

    Por lo demás, la trama está bien montada, con un ritmo narrativo que sube en un crescendo hasta alcanzar el clímax, aunque al final la cuestión se resuelva medio a las cachetadas, quizás sin la profundidad que la trama tenía hasta el momento. Queda también en el medio cierto incidente policial, que pierde en algún momento toda la importancia que podía llegar a tener.

    Desde el punto de vista actoral, Bradley Cooper logra mostrar las diferentes etapas por las que pasa el protagonista, a medio camino entre el Doctor Jekyll y el Charly de la película homónima (cuyo actor ganador de un Oscar, Cliff Robertson, murió justamente el lunes). Abbie Cornish como Lindy está correcta, y se lucen ligeramente dos secundarios: Johnny Whitworth como el detestable Vernon, y Andrew Howard como el mafioso Gennady, otro ejemplo de cómo la sustancia potencia lo que la persona ya era (casi como el objeto que le dio título a “La máscara”).

    Párrafo aparte le dedicamos a Robert De Niro: su Carl Van Loon es uno de esos personajes que a él no debería llevarle más de 15 minutos componer, pero supo darle la mesura justa y construir al antagonista ideal en una película sin villanos, o en realidad en la que todos lo son.

    Dice Carl: “Tus poderes deductivos son un regalo de Dios o del azar o de un tiro directo de esperma o de lo que sea o de quien sea que escribió el guión de tu vida. Es un regalo, no merecido. No sabrás lo que sé, porque no te has ganado esos poderes. Nos matas con esos poderes. Eres descuidado con esos poderes, alardeas de ellos y los tiras por ahí como un mocoso con su fondo fiduciario. No has tenido que trepar todos los peldaños grasientos. No se ha aburrido a ciegas en la recaudación de fondos. No has esperado lo suficiente para tener tu primer matrimonio con la chica con el padre correcto. ¿Crees que puedes saltar por encima de todo en un solo salto. No ha tenido que sobornar o encantar o amenazar para hacer tu camino a un asiento en esa mesa. Usted no sabe cómo evaluar su competencia, porque no ha competido. No me hagas tu competencia”.

    Finalmente sabremos cómo se resolverá la tensión entre el “artificial” Eddie y el “natural” Carl. Quizás de una manera aparentemente fácil... aunque todo es más fácil cuando el infinito se puede contemplar de un solo vistazo.
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  • El estudiante
    El estudiante
    El Litoral
    Los nuevos traidores

    Cuando el documentalista Raymundo Gleyzer gestó la ficción de “Los traidores”, generó una historia organizada en torno a sus convicciones políticas. Así, narró la historia de un muchacho que ingresó a la vida sindical como delegado en los años de proscripción del peronismo, para terminar convertido en un sindicalista corrupto. Para la visión del realizador (vinculado con el PRT-ERP) era claro que esa degeneración era producto de la falta de la guía “científica” del marxismo. El protagonista terminaba convirtiendo la política como reivindicación de lo popular en una fuente de privilegios, y pagaba por ello.

    En “El estudiante” también hay un muchacho voluntarioso. Roque Espinosa, joven que ya ha empezado y abandonado un par de carreras (no sabemos dónde las estudió), llega a Capital Federal desde la provincia profunda de Buenos Aires (esa tierra que tanto parece atraer a Mariano Llinás y sus secuaces, responsables de “Historias extraordinarias”), para estudiar en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

    Se instala en una pensión, se acuesta con una chica (Valeria), que lo lleva a vivir a su casa en Avellaneda, se fascina con una ayudante de cátedra (Paula), con la que se acuesta, y por la militancia de ella termina metido en una agrupación llamada Brecha, cuyo cerebro no tan en las sombras es un profesor llamado Alberto Acevedo, que domestica cual monje budista a esa caterva de muchachos acosados por traiciones internas.

    Roque terminará siendo el hombre de confianza de Acevedo, con excelentes dotes de organizador y operador político. Pero la propia rosca lo excederá, y descubrirá que las cosas no son como creía que eran. O sea: entra a la militancia por la “vía vaginal” (fea expresión muy usada en la política estudiantil; dato curioso: el Centro de Estudiantes de Sociales se abrevia Cecso), hace lo que le dice su jefe, hasta que cae en la trampa del sistema. Punto.

    Vacío político

    Santiago Mitre cocreador de la genial “El amor (primera parte)”, como Verónica Chen en “Agua” (esa incomprensible historia ambientada en la Santa Fe-Coronda), sitúa un relato en un contexto que parece no terminar de conocer; contexto que no es externo sino intrínseco al relato.

    Podríamos pensar que la confusión entre la estudiantil Brecha y el grupo que impulsa la candidatura de Acevedo al rectorado es una simplificación de vínculos más complejos que se dan en la realidad (de igual manera, a ninguna agrupación estudiantil se le ocurriría mostrar a sus líderes extraestudiantiles alegremente en un encuentro con otras fuerzas). El problema reside en la poca claridad en la orientación política de los protagonistas.

    Por ejemplo: Acevedo estuvo vinculado a proyectos del alfonsinismo y tiene amigos que estuvieron en la Coordinadora; por lo demás parece un peronista, y a la vez es el referente de Brecha, una pandilla mezcla de voluntariosos y rosqueros, que usan estrellas rojas en la remera y jamás se sabe bien cuál es su composición ideológica o programática.

    El único personaje que parece tener en claro su posición es el compañero trotkista de Roque, que pega sus afiches entre pintadas con el rostro de Cristina Fernández de Kirchner (parte de la escenografía que brinda la verdadera facultad).

    El problema es que la política universitaria (como toda la política) nada significa sin la variedad de matices que ofrecen las distintas agrupaciones: pensemos en el variopinto armado que significó el Movimiento para la Refundación de Sociales a principios de la década, o la kirchnerización de algunas agrupaciones que participaron del Espacio Nacional Independiente en aquel entonces. En definitiva: la política estudiantil sin distinciones entre independientes y “orgánicas”, entre “los de Octubre del ‘17 y los del 17 de Octubre” (como diría un veterano académico), es tan incomprensible como las historias de la Tierra Media sin entender la diferencia entre hombres, elfos y enanos, o un documental sobre la vida marítima sin entender qué hace distinto a un delfín de una ballena o un atún.

    Tal vez nos sea casual la vinculación artística y académica del director y su staff con Pablo Trapero. Roque, como el Zapa de “El bonaerense” o incluso la Julia de “Leonera”, son más adaptativos que volitivos. “A donde fueres, haz lo que vieres”, podría ser el lema de los personajes traperianos. Así, Roque parece tomar pocas decisiones, y la más trascendental que tomará, hacia el final del relato, parece más motivada por revancha o despecho que por una cuestión de ideas.

    Narración

    Por lo demás, la construcción del relato es formalmente muy lograda, muy atrapante para el espectador, con un buen uso de la voz en off, a cargo de Esteban Bigliardi. Esteban Lamothe está correcto como Roque, con esa rusticidad que mostró en la obra “El tiempo todo entero” (en la que junto con Bigliardi se puso justamente a las órdenes de Romina Paula). Y bueno, Romina Paula es Paula, construida como una seductora militante, casi salida de una historia ambientada en los ‘70. Por lo demás, las actuaciones más vistosas son las de Valeria Correa como Valeria (la amante/casera/amiga), pícara y llena de matices, y Ricardo Félix como Acevedo, mezcla de sabio oriental con el Palpatine de “Star Wars”.

    Si “Los traidores” de Gleyzer lo eran por convertir la política (entendida como una herramienta para transformar el mundo) en una porquería, en “El estudiante” la política es una porquería más o menos desde el principio del metraje. En ese aspecto (ni siquiera hay una “defraudación” profunda) el filme se torna un poco monótono. Si el resultado es funcional a la antipolítica, excede los límites del análisis artístico. Pero tampoco podemos culpar a Mitre por eso: la década del ‘90 no pasó en vano.
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  • El planeta de los simios: (R)Evolución
    El nacimiento de un líder

    Cuando Peter Jackson hizo “El Señor de los Anillos”, no sólo fue novedoso por animarse a rodar una trilogía de una sola vez: también logró imponer a su Nueva Zelanda natal como un país ideal para que la gran industria vaya a filmar a bajo costo con todos los climas y paisajes (algo que alguna vez soñó la Argentina) sino que también puso en lo más alto a su compañía Weta Digital, que desarrolló para la saga numerosos avances tecnológicos. Quizás el más importante sea el método de reconocimiento corporal y facial que permite reconstruir los movimientos y gestos de un actor real en un personaje generado digitalmente.

    Andy Serkis pudo poner de ese modo su sapiencia en la composición de Gollum, tarea que repetiría en la “King Kong” de Jackson. Esa misma tecnología fue la que fascinó a millones en la “Avatar” de James Cameron, y es la base tecnológica para la realización de “El planeta de los simios: (R)Evolución”, que seguramente perdería gran parte de su atractivo si no estuviera esa lograda combinación de aspecto simiesco y gestualidad humana.

    Alzamiento

    Will Rodman es un científico trabajando para la empresa farmacéutica Gen Sys, en busca de una cura para el Alzheimer. No es la gloria o el dinero lo que lo impulsan, sino curar el mal que aqueja a su padre. Cuando parece que va a poder llevar su investigación a la fase de prueba con humanos, la chimpancé estrella del experimento parece enloquecer.

    Cuando eso lleva a abortar el trabajo, descubren que en realidad estaba protegiendo a una cría recién nacida, que Will se lleva a su casa para descubrir que ha heredado los efectos del ALZ-112, el complejo genético (montado sobre un virus) que estimula la regeneración neuronal.

    Así, comienza a educar a César (tal el nombre del monito) que evoluciona día a día en sus capacidades humanas. Pero un día, al tratar de defender al padre de Will de un vecino agresivo, César es capturado y llevado a un “santuario”, en la práctica una cárcel para simios.

    Allí terminará de conocer la injusticia de los humanos, comenzará a desarrollar una conciencia política de solidaridad entre los primates, y urdirá un plan para acercar a sus compañeros a su nivel de evolución y aliarse con su congéneres también modificados en Gen Sys.

    Allí comenzará una batalla por la libertad a cualquier precio: las otrora mascotas y cobayas ya no permitirán que los enjaulen de nuevo.

    La mirada

    Rupert Wyatt, venido del cine independiente, entendió perfectamente lo que se escondía detrás del guión escrito por el matrimonio compuesto por Rick Jaffa y Amanda Silver, responsables de historias como “La mano que mece la cuna”, “Ojo por ojo” o “The Relic”: la liberación de los oprimidos, de los que luchan por encontrar un lugar en el mundo en el que puedan evolucionar en paz.

    Entre los tres lograron gestar un relato dinámico (dura sólo 105 minutos), pletórico de acción, pero sin fallos narrativos, e introduciendo explicaciones verosímiles para lo que vendrá.

    La cuidada puesta visual se luce dándoles vida al “ejército” de primates, especialmente en las escenas colectivas y de batalla. Y como decíamos antes, en mostrar esos simios de gesto feroz y mirada inequívocamente humana, una combinación que asombra y aterroriza.

    El cuerpo

    Desde el punto de vista actoral, James Franco demuestra que es mucho más que un rostro bonito, componiendo al científico que decide repensar su investigación, en parte siguiendo las recomendaciones de su esposa Caroline Aranha (la solvente, y también bonita, Freida Pinto). El siempre entrañable John Lithgow compone a un muy humano Charles Rodman, con todas las idas y vueltas de su enfermedad.

    Tom Felton, como el cuidador del santuario, logra superarse a sí mismo, componiendo un personaje más detestable que su Draco Malfoy en “Harry Potter”.Y por supuesto, Serkis se luce componiendo a César, con el desafío que implica aprender la gestualidad de otra especie homínida y “reaprender” junto a su personaje el camino de la evolución.

    El final deja abierta la puerta para futuras continuaciones, que llenen el espacio entre esta cinta y “El planeta de los simios” original, aquella con Charlton Heston basada en la novela de Pierre Boulle. Justamente, conocer el desenlace de la historia no quita emoción (y terror) a la saga, sino que la potencia.
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  • Super 8
    Super 8
    El Litoral
    Héroes juveniles con sabor a nostalgia

    Steven Spielberg tal vez sea la gran bestia sagrada del cine de Hollywood. Capaz de ir de “La lista de Schindler” a “La guerra de los mundos”, acá es importante destacar que Spielberg dirigió “E.T., el extraterrestre” y escribió “Los Goonies” para que la dirija Richard Donner: dos películas que retratan, en un contexto de aventura, la vida de los preadolescentes y adolescentes a principios de los ‘80.

    El buen Steven es también mentor de muchos realizadores, como cuando le produjo “Volver al futuro” a Robert Zemeckis (su amigo George Lucas escribió Willow, el comienzo de la carrera de Ron Howard). Hoy en día, Spielberg prohíja a dos figuras del cine actual, que tal vez sean pasibles de considerar herederos: Michael Bay, director de la saga de “Transformers”, de “Armagedón” y “Pearl Harbor”, y J.J. Abrams, la mente detrás de las series “Lost” y “Alias, de “Cloverfield” y la última “Star Trek”.

    Quizás sea este último el heredero del mejor Spielberg, y quizás por eso éste le produjo “Super 8”, donde Abrams captura aquel espíritu de “E.T.” y “Los Goonies”, sazonando tal vez con un poco de la oscuridad de “Cloverfield”.

    Amenaza invisible

    En el verano de 1979, un grupo de amigos adolescentes en el pequeño pueblo de Lillian, Ohio, está tratando de filmar una película en Super 8 para participar de un concurso cuando les toca ser testigos de un violentísimo accidente de tren, provocado por un profesor de la escuela. Tal como nos enseñó Hollywood, enseguida se despliega un operativo de la Fuerza Aérea, encabezado por el detestable general Nelec. Sin embargo, “algo” parece haber salido de ese tren, y la sumatoria de una información que el profesor les da a los jóvenes con una sucesión de inexplicables desapariciones de personas, electrodomésticos y cables eléctricos dan la pauta de que peculiares habas se cuecen en ese pueblo.

    Lo mismo empieza a sospechar Jackson Lamb, adjunto del sheriff y padre de Joe, el protagonista de marras. Joe es el decorador y maquillador del amateur equipo, y pronto se verá en una doble tensión: romántica, con la bella Alice Dainard (curiosamente hija del peor enemigo de su padre, ya se verá por qué), la actriz del rodaje; y un conflicto con su mejor amigo, el aprendiz de director allá George Romero, Charles Kaznyk.

    La historia llevará a una crisis general al pueblo, y obligará a los jóvenes amiguitos (grupo que completan Cary fanático de los explosivos, Martin y Preston) a enfrentar una amenaza de más allá del espacio, algo que ni su imaginación plagada de zombies y monstruos podía concebir.

    Aquella mirada

    Abrams demuestra aquí su maestría a todos sus niveles: en principio, como escritor de historias interesantes, que aportan una vuelta de tuerca hasta a aquello ya visto. También como un director integral, que aúna el despliegue visual de los “efectos especiales” (algo que no es un género en sí mismo, tal como dicen algunos defensores del “cine serio”, sino una panoplia de recursos al servicio de la mejor narración de la historia: función que debe cumplir cualquier elemento de una película) con una eficiente dirección de actores (aquí, para complicarla, de muy corta edad) y una dirección de arte que, más allá de algunos detalles que destacan los fanáticos en los portales de cine, reconstruye con bastante fidelidad el imaginario visual de la época en la que se ubica.

    Que no es casual, por dos razones. Por un lado, los personajes rondan los 13 años, la edad que el propio Abrams tenía en 1979 (nació el 27 de junio de 1966), así que vio ese mundo con esos mismos ojos: el paso de la niñez a la adolescencia, el despertar del amor, la crisis de las amistades de la infancia.

    Pero por otro lado, las películas que nombramos al principio, junto con otras como “Cuenta conmigo” de Rob Reiner sobre novela de Stephen King, se filmaron poco después, y participan de ese mundo perdido, sin celulares ni computadoras, donde para quienes vivían alejados de los grandes centros urbanos el mundo quedaba demasiado lejos. Un mundo entrañable, dentro y fuera de la pantalla.

    Rostros juveniles

    Desde el punto de vista actoral, más allá de la prestancia de Kyle Chandler como el adjunto Lamb, de la oscura humanidad de Ron Eldard como Louis Dainard, de la villanía de manual de Noah Emmerich como Nelec y la picardía de Ryan Lee como Cary, la película se apoya en un triunvirato juvenil.

    El Joe de Joel Courtney sostiene la película, y recuerda al Sean Astin de “Los Goonies”, con algo del Henry Thomas de “E.T.”.

    Con él, Riley Griffiths como Charles construye una relación de amistad, con algo del sabor de “Cuenta conmigo”. Y la gran sorpresa es el debut como “chica grande” de Elle Fanning como Alice, quien hace rato dejó de ser “la hermanita de Dakota” (ver “Babel”) para iniciar una carrera que ahora la muestra como una bonita y resuelta adolescente: la que todos hubieran soñado tener como primera novia.

    Ellos le ponen cuerpo y emoción a una historia de aventura, ciencia ficción y emociones humanas, con jóvenes héroes como los de antes: un entrañable regreso a una época donde el mundo era más pequeño, y había más espacio para la sorpresa.
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  • Capitán América - El primer vengador
    El alma del soldado

    A principios de los ‘40, cuando lo que después se consolidó como DC Cómics ya tenían a Superman y Batman, y Estados Unidos entraba en la guerra; cuando el que sería conocido como Stan Lee aún estaba en pantalones cortos, Joe Simon y Jack Kirby idearon para la editorial un héroe peculiar: un supersoldado, con habilidades amplificadas, que se enfrentara a las potencias del Eje, con su propio sidekick, un muchachito llamado Bucky Barnes.

    La idea es que este combatiente fuese en sí mismo un emblema del país, tachonado de barras y estrellas, y con un nombre singular: Capitán América.

    Terminó la guerra, pasaron los ‘50 (época en la que los superenmascarados casi desaparecieron), Atlas fue Timely, y a principio de los ‘60 se relanzó como Marvel, de la mano del ingenio del ahora crecido Lee. Mientras su competido Carmine Infantino resucitaba a los viejos héroes de la DC, “The Man” decidió descongelar (literalmente) al personaje creado por su ahora compañero Kirby: el Capitán América era sacado del hielo, y debía enfrentarse a la “moderna” sociedad de la Guerra Fría.

    Ése es el punto de partida del nuevo filme sobre el patriótico paladín: un hallazgo en el hielo, y la imagen congelada de un archiconocido escudo.

    Ejército de un hombre

    La historia se remonta entonces a 1942: un científico nazi, Johann Schmidt, se apropia de una fuente de energía de Odín (ya empezamos el vínculo con Thor), con la que planea apoderarse del mundo, despegando su organización (Hydra) de la férula de Hitler. Schmidt se cree superior porque experimentó una variante primitiva de un suero especial, creado por el profesor Erskine, quien ahora está en Estados Unidos dispuesto a crear un ejército de súpersoldados con esa fórmula.

    Erskine elige como sujeto de pruebas a Steven Rogers, un debilucho de Brooklyn de gran coraje y tenacidad. El experimento sale bien, pero Erskine es asesinado por Hydra, y Rogers queda como el único de su clase. El senador Brandt lo usará como emblema, hasta que su amigo Bucky Barnes cae prisionero y el Capitán sale al rescate.

    Ahí se convertirá (al frente de un equipo especial) en el azote de Hydra, para terminar confrontando con Schmidt (que no es otro que Cráneo Rojo) y llegar a un clímax que no conviene desarrollar aquí. En el medio, tendrá tiempo de enamorarse de la agente Peggy Carter, algo traumático para aquel muchacho que antes todas ignoraban.

    Puesta en acción

    Este filme es el último que se suma a la serie de películas que culminará el año que viene con “Los Vengadores”, donde Nick Fury (el personaje que viene interpretando Samuel L. Jackson) reunirá en un equipo al Capitán con Thor, Iron Man y la Viuda Negra (inspirándose en una actualización paralela de cómic denominada “The Ultimates”).

    Por esta razón, sigue la misma línea cuidada que los filmes de los otros componentes. Aquí el director elegido fue Joe Johnston (“Querida, encogí a los niños”, “Jurassic Park III”, “El hombre lobo”), quien puso toda su sapiencia para hacer funcionar este filme, fuertemente apoyado en el diseño de producción encabezado por Rick Heinrichs, que reconstruye el mundo de la Segunda Guerra, tanto en lo escenográfico como en la estética patriótica (una picardía: el traje que usa Rogers para presentarse ante el público está inspirado en el primero que le creó “El Rey” Kirby, con el escudo heráldico).

    Todo redunda en un contexto de verosimilitud, en un mundo alternativo que terminará convirtiéndose en el Universo Marvel, tierra de enmascarados de uno y otro lado de la línea. La narración es fluida, y uno no se da cuenta de que ha transcurrido la mayor parte del filme hasta que toma conciencia de lo que está por pasar.

    Como yapa, la escena oculta que todos estos filmes traen tras los créditos (quédese en la sala querido lector, a menos que haya dejado las milanesas en el horno) es en la práctica el primer trailer de “Los Vengadores”, que deja con ganas de que la estrenen mañana.

    Los rostros

    Desde el elenco, el simpático Chris Evans (quien ya fue la Antorcha Humana de los Cuatro Fantásticos) está acompañado por la sugestiva Hayley Atwell (Trabajó en “Cassandra’s Dream”, de Woody Allen) como Peggy Carter, y por los geniales Tommy Lee Jones (coronel Chester Phillips), Hugo Weaving (Johann Schmidt), Toby Jones (Dr. Arnim Zola) y Stanley Tucci (Dr. Abraham Erskine), que nunca decepcionan. Dominic Cooper le pone condimento a su Howard Stark, padre de Tony (Iron Man) y más parecido a éste de lo que se podría pensar.

    El mensaje es claro: “El suero amplifica el interior”. Por eso nadie mejor que quien conoce la fuerza desde el lado de la debilidad para administrar un poder especial. Nadie mejor que aquel muchachito tímido, escuálido y enfermizo para convertirse en el paladín de las barras y estrellas, en el caballero andante de las muchachas americanas. “Las guerras se pelean con armas pero se ganan con hombres”, dijo George S. Patton. Y Steve Rogers es la prueba (con una ayuda de la ciencia) de que no hay mejor arma que el alma del soldado.
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 2
    Cuando Harry conoció a Tom

    En la representación del Tao, el ying y el yang se avanzan mutuamente y encierran cada uno la semilla del otro. Así entrelazados estuvieron Voldemort y Harry Potter desde aquel primer encuentro, en el que el amor de madre de Lily Potter salvó a su hijo de las garras del fatídico mago.

    Hay en la cultura popular un “dilema del héroe”. Mientras que el villano sabe lo que quiere (generalmente dominar el mundo, el universo, o lo que pueda) habitualmente el héroe sólo aspira a una vida “normal”. Sin las tribulaciones que le demanda su saga. En el caso del personaje creado por Joanne Kathleen Rowling, la razón está en que mientras Tom Riddle eligió convertirse en Lord Voldemort, a Harry su sino le vino dado desde la cuna (literalmente).

    Pero ese destino comenzó un día a hacerse carne de él. En “Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 1”, Potter es ya un combatiente consumado, un cordero para el sacrificio en la manera en que la figura de Cristo modeló a los que luchan por el destino de los muchos: David de Ugarte (como otros antes) piensa en “El poder de las redes” en la figura del “Che” Guevara.

    Y es De Ugarte el que nos lleva a la confrontación que Patrick Süskind hace en “Sobre el amor y la muerte”, entre Orfeo y Jesús: “No es que (Orfeo) de por sí pusiera en duda el poder de la muerte ni el hecho de que le correspondiera la última palabra; y mucho menos trata de vencer a la muerte de una forma representativa, en beneficio de toda la Humanidad o de una vida eterna. No, sólo quiere que le devuelvan a ella, a su amada Eurídice, y no para siempre y eternamente, sino por la duración normal de una vida humana, a fin de ser feliz con ella en la Tierra. Por eso, el descenso de Orfeo al Submundo no debe interpretarse en modo alguno como una empresa suicida, sino como una empresa sin duda arriesgada, pero totalmente orientada a la vida y que incluso lucha desesperadamente por la vida”.

    La conversión de Harry Potter en un Orfeo, en alguien que confronte la muerte para vivir, se dará aquí, en esta segunda parte del último capítulo de la saga, y también le demandará ir hasta los confines de la existencia.

    La última batalla

    David Yates (realizador del tramo final de la saga) y Steve Kloves (guionista adaptador de las ocho películas) acertaron en dividir el séptimo libro en dos partes. No sólo por la extensión, sino porque logran dos tonos totalmente distintos: si la primera parte se centraba en el juego de intrigas y persecuciones en torno a la búsqueda de los horocruxes (o horrorcruxes, o horcruxes, depende de las versiones que el lector haya visto/leído: se trata de esos objetos donde Voldemort ha encriptado parte de su alma para protegerla de la muerte) y la cacería sobre el trío protagónico, este cierre de la historia es la batalla final, sangrienta y sin cuartel, entre las fuerzas de la luz y la oscuridad.

    Y si en la una se exploraban las emociones y las personalidades de los héroes, acá no hay tiempo para eso: apenas para un beso a las apuradas, por las dudas uno no vea la luz del próximo amanecer.

    La historia comienza con Voldemort robando la poderosa Varita de Saúco de la tumba de Dumbledore, y con el trío de Harry Ron y Hermione invadiendo la bóveda de Bellatrix Lestrange en el banco Gringotts para apoderarse de uno de los últimos horocruxes. La búsqueda del siguiente los llevará de regreso a Hogwarts, que será sitiada por las hordas de mortífagos y criaturas varias lideradas por aquel que nadie quería nombrar y ahora llaman por su nombre (incluso Harry lo llamará “Tom” en el encontronazo final).

    El resto será “tiro lío y cosha golda”, como diría el buen Oaky, o “a la carga, Barracas”. Acción pura, Hogwarts cayéndose a pedazos y personajes entrañables muriendo en la refriega. Pero también se verán demostraciones de coraje, debilidades de los más temidos y la semilla de la luz dentro de la oscuridad: el amor y el heroísmo bajo la piel de los supuestos villanos.

    Quizás parece poco profundo, pero hay que entender este filme como el final a toda orquesta de la saga, y como tal cumple con honores. El ritmo narrativo no da respiro ni para acomodarse un poco en la butaca.

    El maravilloso elenco vuelve a estar, aunque no tenga tantas oportunidades para los lucimientos individuales. Y el epílogo habla de la circularidad de la historia, y de la riqueza de un mundo ficticio que se demuestra tan largo como la vida.
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  • Transformers 3: El lado oscuro de la luna
    Coraje en las venas y los circuitos

    Si uno compara lo que se dijo de “Transformers 3: El lado oscuro de la Luna” (“Transformers 3: Dark of the Moon”) con lo que la película es en verdad, podemos afirmar que los comentarios ha sido bastante injustos y prejuiciosos, aunque tal vez haya que reconocer que algo habrá hecho Michael Bay en las dos entregas previas para que muchos asocien la franquicia con pura acción, efectos y nada de argumento, como se dice por ahí.

    Lo cierto es que al parecer la tercera es la vencida, ya que estamos ante el mejor filme de la saga: por el grado de complejidad de la trama y porque (tanto desde el guión como desde los recursos tecnológicos que los animan) los robots tienen aquí un protagonismo y un desarrollo como personajes que faltaba en las anteriores, y que extrañaban los viejos fanáticos.

    Es que la vieja serie de los ‘80, impulsada por Hasbro, se caracterizó por una complejidad de argumentos y personajes que es muy difícil de llevar al cine; además, la animación digital (más allá de lo vistoso de las escenas) no había dado suficiente humanidad a los personajes mecánicos.

    Intriga espacial

    La historia comienza en la década del ‘60, cuando un Arca espacial de los Autobots, portando una tecnología que podía cambiar el curso de la guerra, se estrella en la Luna. El descubrimiento del hecho fue el verdadero desencadenante de la carrera espacial entre las superpotencias, coronada por la llegada de Armstrong y Aldrin el 29 de julio de 1969, que tenían como misión secreta investigar la nave.

    En el presente, la colaboración de los Autobots con la agencia Nest del gobierno estadounidense comienza a poner al descubierto aquellos descubrimientos y una conspiración de los Decepticons con algunos humanos, que se revela a partir de algunos asesinatos para limpiar rastros.

    Esta termina involucrando a Sam Witwicky, que a pesar de haber sido condecorado por el presidente Obama no es más que un universitario sin trabajo, pero (eso sí) con una nueva novia, bellísima como la anterior.

    Los descubrimientos llevan a los Autobots a recuperar en la Luna a su antiguo líder, Sentinel Prime, que conserva cinco pilares de los necesarios para hacer funcionar la tan mentada tecnología: un puente de transporte capaz de plegar el espacio.

    Ése es el recurso que los Decepticons quieren. Más revelaciones dirán quién tiene los restantes pilares, y otros giros que no revelaremos aquí.

    Altos y bajos

    De Bay se pueden decir muchas cosas, pero lo que no se puede negar es (quizás por estar producido/apadrinado por Steven Spielberg) su capacidad para pilotear una superproducción de esta envergadura. Y hasta se permite alguna genialidad, como la secuencia inicial, donde el relato de la carrera espacial y la llegada a la Luna mezcla sin fisuras y a un ritmo vertiginoso escenas “nuevas” con material de archivo de la época (incluso refilmando planos documentales). También lucen mejor las escenas de acción, toda una orgía para los que gustan de ver a estas supermáquinas matándose en cámara lenta (y no precisamente como en la canción que cantaba Roberta Flack).

    Si dijimos que es la mejor, también hay que decir que es la más sangrienta para humanos y robots, especialmente en la gran batalla en Chicago. Que, valga el detalle, recuerda mucho a las dos últimas películas sobre invasiones alienígenas: “Skyline” e “Invasión del mundo-Batalla: Los Ángeles”, en este último caso por el accionar de las fuerzas de Nest.

    Y ése tal vez sea uno de los puntos flacos: esa necesidad excesiva de mostrar uniformados valerosos (representados por el coronel Lennox, en la piel de Josh Duhamel, y Tyrese Gibson como Epps), un “patrioterismo” innecesario (pero muy a tono con los tiempos que corren en el Norte). En el mismo sentido, corre cierta misión de los Autobots, desbaratando una base nuclear en Medio Oriente.

    En compensación, se puede ver a Optimus Prime, esa máquina de decir frases políticamente correctas, peleando como un desaforado e incluso rematando a sangre fría ante la traición de aquel en quien más confiaba.

    El factor orgánico

    De todos modos, los humanos tienen un lugar central. Shia LaBeouf vuelve a ponerse en un personaje que conoce a la perfección, esa combinación de loser y héroe inhabitual que es Sam, que encuentra rival perfecto en el rico y pagado de sí mismo Dylan, jefe de Carly: un Patrick Dempsey en toda su expresión.

    Uno de los misterios era si Rosie Huntington-Whiteley como Carly Spencer podía emular la “despampanancia” sexual de Megan Fox, algo que logra con creces. Ya desde la primera escena en que aparecen (descalza, sus largas piernas desnudas, subiendo una escalera, apenas cubierta por una camisa entallada) justifica la crisis de testosterona entre Sam y Dylan, y hasta logra que el implacable Megatron se convenza de las palabras salidas de sus trémulos labios.

    En los secundarios hay matices aportados por John Turturro (agente Simmons), Frances McDormand (directora de seguridad Mearing), Alan Tudyk (Dutch), John Malkovich (Bruce, jefe de Sam), Kevin Dunn y Julie White (Ron y Judy, los padres de héroe). Sin demasiados esfuerzos, se divierten y divierten a la audiencia. Como yapa, aparece el verdadero Edwin Buzz Aldrin, interpretándose a sí mismo en el presente.

    En definitiva, estamos ante un buen cóctel de intrigas, violencia, romance y sensualidad: la esencia pura del entretenimiento.
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  • Carlos
    Carlos
    El Litoral
    La otra cara de la revolución

    Los años 70 fueron una época de gran agitación en el mundo. La Guerra Fría estaba en su apogeo; la producción artística e intelectual se mezclaba con la política de acción directa; las luchas de los movimientos de liberación de “los condenados de la Tierra” (por citar al célebre libro de Franz Fannon) se mezclaban de manera no demasiado ordenada con la puja entre los dos grandes bloques.

    Sólo en ese contexto podían mezclarse la lucha antisistema de los jóvenes alemanes con el combate antisionista de los grupos palestinos y la inspiración de los revolucionarios latinoamericanos. Y también fue el espacio donde se cruzaban verdaderos militantes (llevados a la lucha armada por sus ideales) con fríos asesinos; a veces convirtiéndose los primeros en segundos, sin saber bien en qué momento cruzaron la línea.

    El hombre

    Olivier Assayas se puso al frente de una reconstrucción de la vida de Illich Ramírez Sánchez, el venezolano conocido como “Carlos” o “El Chacal”, desde su primera acción conocida (el intento de asesinato, el 30 de diciembre de 1973, de Joseph Edward Sieff, dueño de las tiendas Marks & Spencer) hasta su captura en Jartum, Sudán, el 15 de agosto de 1994. Su idea de que la batalla contra las dictaduras en Latinoamérica no tenía sentido, y que había que luchar contra el capitalismo (y el sionismo) en el plano internacional lo llevaron a convertirse en un agente del ala de “Operaciones Externas” del Frente Popular para la Liberación de Palestina (Fplp), a su vez una díscola organización incluida bajo el paraguas de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

    Alcanzaría la cumbre de su fama mundial tras su incursión en la sede oficial de Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep) en Viena el 21 de diciembre de 1975, causando la muerte de tres personas y tomando a 42 rehenes, fuga aérea incluida, aunque sin poder concretar los objetivos principales de la misión (eliminar a los representantes de Arabia Saudita e Irán).

    Adaptación

    Originalmente este trabajo era una miniserie producida por el francés Canal Plus, aunque llegó a estrenarse en ese formato en Estados Unidos (donde compitió en los Globos de Oro). De esa versión de 333 minutos se extrajo la de 165 minutos que se exhibe en salas cinematográficas.

    Aunque seguramente se pierdan cosas en el camino, el montaje de menos de tres horas muestra pocas fisuras, quizás pasando muy por arriba los últimos años (el asalto a la Opep ocupa una buena parte del metraje, por su parte). Se sabe que en el cine el texto espectacular se define en la mesa de edición, y este producto pasa la prueba con buenas calificaciones.

    Desde la puesta, la cámara en mano y la fotografía naturalista suman color documental a la obra, aportando la intensidad y el movimiento a cada momento.

    Paradigmas

    Uno de los grandes valores de esta película es la pintura de época y de personajes, apoyados en grandes actuaciones. Edgar Ramírez compone a un Carlos que no es ni el monstruo que de él se quiso hacer ni el guerrillero romántico que él mismo se consideró; más bien, termina deviniendo en una especie de mercenario revolucionario.

    El mapa podría completarse con dos de sus compañeros en la operación de Viena: Hans-Joachim Klein (“Angie”, en la piel de Christoph Bach) es el militante devenido combatiente, el que puede decir “yo no me metí en la lucha armada para esto”; Gabriele Kröcher-Tiedemann (“Nada”, interpretada por una temible Julia Hummer) es la asesina sanguinaria, “la espada sin cabeza”, para usar una frase remanida.

    Entre los tres simbolizan una era compleja, donde los extremos se tocaron y convivieron. Ahmad Kaabour como Wadi Haddad (el líder del Fplp), Alexander Scheer como Johannes Weinrich (el último “socio” de Carlos) y Nora von Waldstätten como Magdalena Kopp (otra combatiente alemana devenida en su mujer) se lucen y aportan complejidad a la historia.

    “Carlos”, el filme, muestra en definitiva la contracara de la época romántica que celebró Ismael Serrano en “Papá cuéntame otra vez”, un tiempo que pudo ser las dos cosas al mismo tiempo, donde la promesa de hacer el paraíso en la Tierra recayó muchas veces en aventureros, psicópatas y oportunistas. Pero (en la historia y en la pantalla) el Muro termina por caer, y el mundo entra en una era distinta, no necesariamente mejor. Una era en la que personajes como Illich Ramírez Sánchez se convirtieron en mitos: odiados u admirados, pero parte definitiva del pasado.
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  • X-men: Primera Generación
    Las dos caras de la diferencia

    Cuando en 1963 Stanley Martin Lieber (más conocido como Stan Lee) tuvo la idea de unos superhéroes inexpertos cuyos poderes provienen de una mutación genética, sintonizó con la realidad de su tiempo. Después de todo, a esa altura los nacidos en 1944-45 (cuando comenzaron las experiencias con armas atómicas) ya rondaban los 17 ó 18 años.

    Pero también se inspiró en una sociedad estadounidense que estaba cambiando, agitada por los movimientos de igualdad de derechos. Por un lado, los primeros grupos de diversidad sexual, que reivindicaban una “diferencia” que comenzaba a notarse en la adolescencia. Por el otro, los afroamericanos, encabezados por dos líderes: el reverendo Martin Luther King Jr. (ejemplo del reclamo pacífico) y Malcolm X (referente de la revuelta violenta).

    Y es en los ‘60 donde Sheldon Turner y Bryan Singer (director de los primeros tres filmes de X-Men, ahora en la producción y el guión) ubican la historia de “X-Men: primera generación”, combinándose con hechos reales.

    Crisis

    El comienzo retoma la célebre escena del campo de concentración, donde Erik Lehnsherr descubrió sus poderes, para luego ser investigado por un oscuro personaje. Por otro lado, se ve la acomodada infancia del pequeño telépata Charles Xavier y su encuentro con una niña metamorfa llamada Raven.

    Ya en los ‘60, el descubrimiento del fenómeno mutante lleva a la agente Moira McTaggert a convocar a Xavier, ahora un genetista. Sebastian Shaw (aquel que experimentó con Erik) está planeando generar una escalada entre Estados Unidos y la Unión Soviética para que la raza mutante prevalezca sobre la humanidad. Para eso cuenta con varios colaboradores mutantes, entre los que se cuenta la sugestiva telépata/piel de diamante Emma Frost.

    En ese contexto se conocerán Charles y Erik, para comenzar a reclutar mutantes y enfrentar a la amenaza en ciernes. Con la crisis de los misiles cubanos de fondo, estos “diferentes” tendrán que tomar posiciones frente a una humanidad que comienza a temerles, y de la que algunos deben ocultarse (aquellos cuya apariencia los separa de la sociedad).

    Esencia

    Por supuesto, como corresponde en estos filmes, los creadores hacen una verdadera melange de personajes, sin guiarse demasiado por temporalidades. Así, del grupo original en los cómics sólo aparece Hank McCoy (Bestia) cuya mutación azul se adelanta; aparecen los tardíos Shaw y Frost (cuyo poder de diamante se sumó en la última década), o la aparición de Alex Summers (Havok) antes que su hermano mayor Scott (Cíclope).

    Pero lo importante en estos casos es capturar el espíritu que animó a estos personajes desde su origen: un grupo de personas que usa sus poderes para defender a una sociedad que les teme y trata de destruirlos, confrontando a aquellos que por búsqueda de poder o de venganza luchan por la supremacía del que tal vez sea el siguiente paso en la evolución.

    También se atrapa el contexto de la Guerra Fría, en el que fueron gestados los superhéroes de la Marvel: una era de intrigas y espías, en la que cualquier superhumano podía ser un elemento clave para terciar en la candente geopolítica.

    Desarrollo

    Se dice que Matthew Vaughn es un fanático de los X-Men, tanto como el propio Synger. Y eso es un elemento clave para cuidar el producto y tomarlo en serio. Director y productor/guionista cooperan para retomar la calidad del producto de los tres primeros filmes, algo que se había abandonado un poco en “X-Men orígenes: Wolverine”.

    La narración es fluida (se incluye una gran cantidad de información, excelentemente dosificada) y la reconstrucción de época incluye material documental, mientras que la tecnología ficticia tiene la estampa hoy anticuada de los cómics dibujados por Jack Kirby. Por lo demás, la puesta visual (fotografía, dirección de arte, efectos especiales) luce similar a las primeras entregas. Para los fanáticos, aparecen aquí remozados los clásicos trajes negros y amarillos, que caracterizaron a la primera formación (y siguieron usando los estudiantes).

    Encarnación

    Generalmente los filmes de acción, y las obras corales no suelen dar oportunidades para el lucimiento actoral, pero acá hay cierto margen. Por razones obvias, se lucen James McAvoy como un juvenil Charles Xavier (bastante interesado en chicas, y en proceso de convertirse en el sabio Profesor X) y Michael Fassbender como un Erik Lehnsherr todavía a medio camino entre su humanidad (en términos espirituales y no genéticos, entiéndase) y el resentimiento que va gestando a Magneto, convirtiéndose en lo mismo que aquel que lo “creó”.

    Jennifer Lawrence demuestra que no la eligieron por su belleza para interpretar a Raven/Mystique, mientras que Nicholas Hoult hace un Hank McCoy sensible y divertido. Rose Byrne compone a una aguerrida MacTaggert, que debe soportar frases “como por esto no hay que poner mujeres en la agencia”.

    Del lado de los villanos, a Kevin Bacon no le cuesta mucho ponerse en la piel del inescrupuloso Sebastian Shaw, mientras que a January Jones le basta su figura (siempre desabrigada, y con algo de la Barbarella de Brigitte Bardot) y su pose desdeñosa para interpretar a la temible Emma Frost.

    Llama la atención la participación de reconocidos actores en papeles menores, como Oliver Platt, Matt Craven, James Remar o Michael Ironside.

    Procesos

    Entre las peculiaridades (además de una inexplicable ubicación de Villa Gesell en una zona parecida a Bariloche) está la falta de cameo de Stan Lee (quien suele reservarse una aparición en todos los filmes marvelianos) y la fugaz presencia de Hugh Jackman como Logan (fuera de créditos) entre los candidatos quienes vieron “X-Men I” saben cómo será el reencuentro.

    Y hacia allí apunta el relato. Como todas las precuelas (una palabra que se acuñó para la segunda/primera trilogía de “La guerra de las galaxias”) nos cuentan el pasado de personajes que conocemos, y algo del proceso que los llevó a ser lo que son. El compasivo Xavier y el inflexible y sanguinario Magneto alguna vez fueron amigos y parecieron compartir un sueño; las ideas y lo hechos los pusieron en bandos opuestos. Casi como en la vida real.
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  • Que 'la cosa' funcione
    Sorpresas que da la vida

    En los últimos años, Woody Allen descubrió el pulso de Londres y recorrió con el ojo del turista Barcelona y París; se recreó con los problemas de los “BoBos” (bohemian-bourgeois) viajeros de mediana edad, siempre entre muestras de arte, conciertos íntimos y excelente gastronomía.

    Entremedio, antes de “Conocerás al hombre de tu vida” y “Medianoche en París”, y en el contexto de la huelga de guionistas que sacudió hace un par de años a la industria audiovisual estadounidense, Allen desempolvó un viejo guión que había escrito hace décadas para el actor Zero Mostel, fallecido en 1977. Tal vez, el viejo Woody había buscado en él a alguien que pueda construir un personaje más gruñón, detestable y entrañable que él mismo.

    Probablemente, Allen haya visto algún capítulo de “Curb your enthusiasm”, la serie en la que Larry David se interpreta a sí mismo como un sujeto antisocial y ligeramente amoral (cabe recordar que el George Constanza que Jason Alexander interpretó en la serie “Seinfeld” estaba basado por David en el propio David). Allí encontró al actor ideal para ponerse en la piel de Boris Yellnicoff: viejo, judío, neoyorquino, físico brillante, amigo de sus viejos amigos, divorciado, amante de la música clásica, rengo desde un intento de suicidio, que canta el feliz cumpleaños cuando se lava las manos y es capaz de cobrarle una lección de ajedrez a una niña luego de humillarla por la derrota.

    Pareja imposible

    La vida de este apático, amargo y brillante personaje, regodeado en el sinsentido de la existencia, se verá alterado cuando en su vida aparezca Melody Saint Ann Celestine: participante en concursos de belleza escapada de Mississippi, adolescente, de familia religiosa, sencilla visión del mundo y un poco cabeza hueca. Contra su voluntad, Boris la aloja en su casa y trata de educarla un poco, como si fuera una mascota, o él fuese un Pigmalión desganado. Melody, fascinada por un intelecto al que a duras penas logra de a ratos seguir, comienza a atenderlo, cocinarle y mostrarle el costado lúdico de la vida: así ambos empiezan a ganar algo en el intercambio.

    Pero cuando un filme convencional caería en una relación paternal construida, éste se sale de escuadra: en un momento de epifanía, Boris y Melody se enamoran y se casan.

    Esto tendrá sus consecuencias, cuando aparezcan los padres de la chica y comiencen a interactuar con el entorno intelectualizado en el que se mueve Boris, lo que modificará las vidas de todos hasta límites insospechados.

    De local

    Allen vuelve con todo a su terreno más conocido: la ciudad de Nueva York, con su efervescencia multicultural, reñida con las conservadoras costumbres del centro del país; el humor ácido e hiriente, personajes algo grotescos pero siempre un poco queribles.

    Se juega aquí por una puesta visual sencilla, con algunos vínculos estéticos con su producción más reciente, pero poniendo énfasis en los diálogos inteligentes (incluso apelando a la “interacción” con el espectador, a través de comentarios a la cámara), en las réplicas de estos personajes que están en proceso de transformación.

    Para construirlos, se apoya en un elenco excepcional, que tiene como figura central al citado David, en la piel del insoportable Boris. A su lado, Evan Rachel Wood construye a la adorable y tontaina Melody; Patricia Clarkson se pone en la piel de Marietta, la conservadora madre de la chica, que encontrará su vocación y su liberación en la Gran Manzana; Ed Begley Jr. es John, ex esposo de Marietta, que encontrará también su verdadera identidad; y Conleth Hill interpreta con sapiencia a Brockman, el amigo de Boris que tendrá una parte importante en todos estos procesos.

    En el camino, aparecerán nuevos rivales amorosos, y hasta alguna opción sin tener que elegir. Las parejas terminarán reacomodándose como siguiendo un orden cósmico que Boris siempre negó, pero más cercano al de la mecánica cuántica que al de sir Isaac Newton. Las cosas no son como uno espera, o ha planificado, ni hay fórmulas para todo: lo importante es aceptar “lo que sea que funcione” (tal sería una traducción más literal del título original), sin prejuicios ante las posibilidades infinitas.
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  • Thor 3D
    Thor 3D
    El Litoral
    La responsabilidad del príncipe

    Todos los comentarios, antes y después del estreno de “Thor”, apuntaban a lo mismo: “Kenneth Branagh lleva la historia al terreno que mejor conoce: el drama shakespeariano”. Y a riesgo de sonar trillado, algo de eso hay. En todo caso, se impone cierto criterio de los últimos tiempos en los que se buscan directores que hayan hecho alguna cinta afín (como cuando lo tentaron a Darren Aronofsky, que venía de hacer “El luchador”, para que dirigiese “El ganador”).

    En este caso, Branagh parecía el indicado para llevar adelante una historia llena de nobles inmortales, intrigas palaciegas y discursos grandilocuentes sobre la responsabilidad que implica la corona, algo cercano a la producción del Bardo de Stratford-upon-Avon.

    En su momento, medio siglo atrás (a la sazón, en el Nº 83 de “Journey into Mystery”, de agosto de 1962), Stan Lee (uno de los más grandes de la imaginería popular del siglo XX, sin duda, padre del “universo Marvel”) actualizó y le dio un formato moderno y superheroico a los mitos nórdicos. Ahora, para el nuevo filme que Marvel Studios generó en la carrera hacia la cúspide que será “Los Vengadores” (en 2012), J. Michael Straczynski (uno de los recientes guionistas del cómic y uno de los mejores de la compañía, de los posteriores a la camada de Scott Lobdell y Jeph Loeb) redefinió la historia junto a Mark Protosevich, para generar el equilibrio adecuado entre los dos mundos entre los que se mueve el relato.

    Pecados de familia

    Hace mil años, los guerreros del Asgard (venerados como dioses por los escandinavos), encabezados por Odín, derrotaron a sus archirrivales, los gigantes de hielo, liderados por el rey Laufey. Privados de su fuente de poder, los gigantes se retiraron a su mundo de Jotunheim y comenzó una larga tregua.

    Pasó el tiempo, y Odín crió dos hijos, Thor y Loki. El día en que Thor iba a ser ungido como sucesor al trono, un ataque sorpresa de los gigantes motivó una espiral de violencia que llevó a Thor a desafiar a Laufey en su propio territorio. Indignado, Odín castiga a su hijo, enviándolo como mortal al Midgard, nuestra Tierra, cifrando su poder en el martillo Mjolnir: si es merecedor de ese poder, podrá recuperarlo.

    En tanto, en la Tierra, la joven Jane Foster está investigando fenómenos físicos junto al doctor Erik Selvig y su colaboradora Darcy Lewis. Mientras investigan una rara tormenta, se chocan (literalmente) con el exiliado príncipe. Así, Thor deberá adaptarse a este mundo, mientras tendrá que resolver con sus aliados de uno y otro lado del puente Bifrost (el pasaje entre los mundos) la intriga que encabeza su hermano Loki (no estamos contando demasiado: los lectores del cómic y los conocedores de los mitos escandinavos ya tienen una idea de quién es este personaje) que guarda secretos incluso desconocidos para él.

    Puesta visual

    La sospecha sobre Branagh podía tener que ver con su aptitud o no para llevar adelante una película de superhéroes, pero con gran oficio consigue el objetivo propuesto.

    Como el lector habrá visto párrafos arriba, la historia es compleja, pero el guión y la puesta final logran hacerlo funcionar y “entrar” en menos de dos horas, con un ritmo que no afloja pero no abruma al espectador (el riesgo que se corre cuando se quiere meter mucho en poco tiempo).

    Sin duda, uno de los puntos más fuertes de la cinta es el diseño de producción, desde la creación a la puesta en pantalla de escenarios, vestuarios y caracterizaciones, actualizando las ideas visuales que el legendario dibujante Jack Kirby pensó allá lejos y hace tiempo, y que pasó por muchas manos en todo este tiempo.

    Desde los grandiosos escenarios del Asgard y la rica apariencia de sus habitantes, hasta el helado Jotunheim y sus oscuros habitantes, se logra un adecuado tono más centrado en la fantasía épica que en la tradición de los superhéroes.

    Poker de actores

    Chris Hemsworth da la apariencia física perfecta para el personaje, y logra hacer creíble la ampulosidad de un príncipe de fantasía. Por su parte, Anthony Hopkins puede hacer “de taquito” a su Odín; éste tal vez sea uno de los personajes más shakespearianos, junto con Loki, a quien Tom Hiddleston ya logra hacer sospechoso desde la cara.

    Del lado mortal, Natalie Portman se coloca con buen oficio en la piel de Jane, mientras que Stellan Skarsgård hace lo propio con su doctor Selvig, aquel descendiente de vikingos que ve materializados sus cuentos de la infancia.

    Entre los secundarios, se puede mencionar a Colm Feore (un oscuro pero reflexivo rey Laufey, a fin de cuentas un digno rival), Kat Dennings (poniendo el toque de humor como Darcy), Idris Elba en un papel parco pero clave, Heimdall (portero del Bifrost), y la bellísima Jaimie Alexander como la guerrera Lady Sif.

    Entre las apariciones especiales, propias de estas películas, está el consabido cameo de Stan Lee (aparece en todas los filmes basados en sus personajes) y el de Straczynski (para no ser menos). Clark Gregg interpreta al agente Phil Coulson de la organización Shield (como en “Iron Man” 1 y 2, dando unidad a los filmes). Anticipando justamente ese filme, se puede ver fuera de créditos a Jeremy Renner (“Vivir al límite”) como el arquero Hawkeye, y a Samuel L. Jackson como Nick Fury (tal como en las de “Iron Man” y la próxima “Capitán América”)... pero sólo aparece en la escena oculta del filme (ya sabe, estimado lector, quédese hasta que terminen los créditos).

    Todos ellos le dan carnadura humana a un cuento de fantasía épica, de príncipes buenos y malos, de traiciones y lealtades, con una moraleja importante: muchas veces los peores enemigos están en casa.
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  • El concierto
    El concierto
    El Litoral
    El único comunismo posible

    Hace 30 años, durante el gobierno de Brezhnev al frente de la Unión Soviética, el maestro Andreï Simonovich Filipov buscaba la armonía última en el Concierto para violín y orquesta Op. 35 en Re mayor de Piotr Illich Tchaikovski. Por ese entonces, dirigía la Orquesta del Teatro Bolshoi, integrada en buena parte por músicos judíos. Cuando el régimen le reclamó que se deshaga de ellos, el se metió en un enfrentamiento desigual que sólo podía terminar mal, cuando el director del teatro, Ivan Gavrilov, irrumpió en el sublime momento musical para humillarlo, lo que sólo sería el comienzo de la caída.

    Tres décadas después el comunismo es sólo un partido minoritario en la otrora URSS, pero Filipov sigue en el destino en el que se lo castigó: es empleado de limpieza en la mítica sala. Las tareas de higiene lo llevan a la oficina del director actual, donde el azar lo pone en posesión de un fax con la invitación a la orquesta para dar un concierto en el parisino Théâtre du Châtelet.

    Sin dudarlo un momento, roba el fax, borra las huellas, y comienza a pergeñar un plan tan arriesgado como fantástico: reunir a sus viejos músicos (castigados como él) y suplantar a la agrupación oficial con el objeto de terminar en la capital francesa lo que no pudo concretar en el pasado. Especialmente, porque hay razones especiales para que París sea la sede de esa conquista final: allí habrá que resolver algunas cuestiones del pasado.

    Así, como una anterior obra del director Radu Mihaileanu, la poco conocida en nuestro país “El tren de la vida” (en la que una aldea judía urdía un plan de autodeportación, disfrazando un tren como si perteneciera a la Alemania nazi) aquí los protagonistas se van metiendo en una delirante espiral sin vuelta atrás: Filipov tiene que reunir una orquesta que lleva 30 años sin tocar, en una semana, y llevarla a la Ciudad Luz.

    Para eso se apoyará especialmente en su cellista Aleksandr “Sasha” Grossman y en Gavrilov, el mismo burócrata que lo condenó, a quien necesitan como manager y quien colaborará movido por razones particulares. Él será el encargado de negociar las condiciones contractuales, especialmente la participación de la solista Anne-Marie Jacquet.

    Elogio de la belleza

    “Sólo la música es bella. Después se meten las palabras y lo complican todo”, le dice en un momento Sacha a Anne-Marie. Y eso es esencialmente el filme: una celebración de la música como la más etérea de las bellezas; una prueba de que un instante de gloria redime décadas enteras de sufrimiento, ostracismo y secretos. Y de que es el único contexto en el que un grupo de personas reúne sus talentos para lograr la armonía suprema, algo que los trascienda a ellos mismos. “Ése es el verdadero comunismo”, le explicará Andreï a Ivan.

    Mihaileanu vuelve a hacer creíble lo inverosímil, haciendo que el espectador se desespere un poco a cada rato por ver si el loco plan tiene éxito (y que haga fuerza para que eso suceda). Logra además encontrar el tono adecuado para el filme, dosificando comedia y drama sin irse a los extremos ni caer en el grotesco.

    También logra escapar a la tentación de “hacer una película sobre París”, mostrándola en su punto necesario (de hecho, quizás haya más vistas urbanas de Moscú).

    Los esfuerzos de la fotografía están puestos especialmente en hacer lucir el clímax de la cinta, en la sala del Châtelet, una búsqueda por empatar desde lo visual la belleza de la música de Tchaikovski, otro que sufrió mucho en su tiempo.

    Poner el cuerpo

    De todos modos, nada de esto sería posible sin un elenco de fuste, a la altura de las circunstancias: Alexeï Guskov construye un Andreï complejo, sin sensiblerías ni golpes bajos. Dimitri Nazarov como Sasha le sube el tono a la comedia, aunque tiene a su cargo algunos momentos de gran ternura. Mélanie Laurent pone belleza, sensibilidad y carácter a Anne-Marie, y se luce en la asimilación de la técnica violinística, que su personaje requiere.

    Entre los secundarios se lucen Anna Kamenkova Pavlova como Irina Filipova, la esposa de Alexeï (y el motor que lo mueve cuando sus fuerzas flaquean); el siempre solvente François Berléand como Olivier Duplessis, director del del Châtelet, secundado por el atribulado Bertrand (interpretado por Laurent Bateau); la veterana Miou-Miou como Guylène de La Rivière, quien crió a Anne-Marie; y Valeri Barinov como el anacrónico Gavrilov. La sorpresa la pone el violinista rumano Anghel Gheorghe como el simpático y talentoso gitano Vassili, responsable de buena parte de la “magia” necesaria para concretar el plan.

    Ellos son los pilares de un cuento moderno, con algunas moralejas: que lo único “bueno” de haberlo perdido todo es la libertad de no tener nada que temer; y de que las segundas oportunidades existen, y sonríen especialmente a quienes tienen el coraje de salir a buscarlas.
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  • Invasion del mundo. Batalla - Los Ángeles
    Aquella roja insignia

    Stephen Crane utilizó una imaginaria escaramuza de la batalla de Chancellorsville, en la Guerra Civil Estadounidense, para ambientar “La roja insignia del coraje”. Allí narra la historia de un conscripto que se enfrenta a un enemigo al que casi no ven, tras el humo y la niebla, y cómo construye su valor en el campo de batalla, algo que es transhistórico, pues va más allá de las propias causas del conflicto: sólo está el alma del soldado frente a la situación límite. Esto la convierte en la cumbre de la literatura bélica, y convirtió a su autor (que la escribió a los 25 años) en corresponsal de guerra (nunca había pisado un campo de batalla cuando la hizo).

    Ya en el terreno de la ciencia ficción, Robert A. Heinlein craneó la novela “Tropas del espacio”, el diario de un soldado de un régimen militarizado del futuro terrestre, en guerra con una raza de “bichos” intergalácticos. De allí sacó algunas ideas Paul Verhoeven para hacer “Starship Troopers”, muy superior a la novela, que muestra las andanzas de los Roughnecks de Rasczak, un escuadrón en la guerra contra esa rara “civilización” insecta. Otro subproducto inspirado por Heinlein fue la serie “Space, above and beyond”, que ya desde epígrafes de apertura reconocía también su herencia en la obra de Crane.

    Contraataque

    “Invasión del mundo-Batalla: Los Ángeles” transita por ese camino. Es en este punto la contracara de “Skyline”, el filme de los hermanos Strause estrenado hace pocos meses. Si “Skyline” retrataba la vivencia de una invasión extraterrestre por civiles comunes, “Invasión del mundo...” muestra la resistencia militar contra el invasor desconocido. Pero tampoco es “Día de la Independencia”, con su presidente piloto, sus científicos y sus batallas cruciales.

    Acá se narra la historia de una compañía de marines con poca acción encima y un teniente recién salido de la escuela de oficiales. A ellos se les unirá un veterano sargento en retirada, al que muchos miran mal por haber perdido a sus hombres en una misión. Son movilizados ante una lluvia de meteoritos que resulta ser mucho más que eso.

    Rápidamente los invasores hacen cabeza de playa en Santa Mónica (y simultáneamente en otras ciudades del mundo) y la compañía debe evacuar a un grupo de civiles antes de que la zona tomada sea bombardeada. Así, el teniente Martínez, el sargento Nantz y sus hombres deberán dejar de lado diferencias y desconfianzas y lanzarse a una incursión frente a un enemigo desconocido, al que apenas se ve en medio del fuego cruzado (casi como los confederados de Crane).

    La misión tomará rumbos inesperados, incluido el encuentro con nuevos personajes (como los civiles Michele y Joe Rincón, con sus correspondientes sobrinas e hijo, y la sargento Santos de la Fuerza Aérea). Los diferentes sucesos llevarán a una nueva misión, que será fundamental para el curso de la guerra, a partir de ciertos descubrimientos extrapolables (en eso también recuerda a “Starship Troopers”).

    Despliegue

    Jonathan Liebesman dirige un relato conciso, basándose en el guión de Christopher Bertolini. Desde el recurso de los noticieros (algo muy Verhoeven) hasta un crescendo típico de los filmes bélicos (podemos pensar en La delgada línea roja), el filme mantiene en ascuas al espectador. Se apoya en el diseño de producción de Peter Wenham y la fotografía de Lukas Ettlin para generar un clima que se mueve entre “Vivir al límite” y “Distrito 9”, con unos alienígenas humanoides, más aptos para un combate cuerpo a cuerpo que los de “Skyline”, por ejemplo.

    Es difícil en una película de acción, y con tantos personajes, el lucimiento actoral, pero en definitiva siempre el cuerpo del actor termina siendo la base del relato. Entre los nombres célebres del cartel, Aaron Eckhart compone un creíble sargento Michael Nantz, cansado veterano de mil batallas, que guarda en la memoria a cada uno de sus compañeros caídos. Bridget Moynahan tiene bastante poco que hacer como la rescatada Michele, y Michelle Rodríguez vuelve a interpretar el personaje que se sabe de memoria: la aguerrida guerrera que pelea a la par de los hombres. De los menos conocidos, tienen espacio para lucirse Ramón Rodríguez como el segundo teniente William Martínez, Cory Hardrict como el cabo Jason Lockett y Gino Anthony Pesi en la piel del cabo Nick Stavrou, entre otros.

    “Semper Fi”

    Seguramente muchos se enojarán ante una nueva película donde los marines, odiados en muchas partes de mundo, son los héroes. A otros les podrá molestar que el héroe central sea el sargento anglosajón, por sobre toda la sarta de latinos y negros que forman el equipo. Pero hay que reconocerle que la historia reparte heroísmo entre los diferentes personajes (toda película sobre una compañía militar suele ser un filme coral, en cierto punto), y de paso refleja con veracidad la composición actual de las fuerzas armadas estadounidenses, plagadas de minorías y recién llegados al país.

    Y en definitiva, vuelve al punto que remarcó el maestro Crane: el soldado y su circunstancia, más allá de la coyuntura. El soldado que pelea por su patria, pero también por su familia en casa, por sus compañeros de armas, por el honor, por probar el propio coraje, por la sola retribución de la roja insignia de la sangre.
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  • El ganador
    El ganador
    El Litoral
    Redención a las piñas

    El box es una fuente inagotable de mitos de ascensos, caídas y redenciones, de héroes populares que vencieron la pobreza o los vicios, o que pudieron salir de los malos entornos a fuerza de disciplina y mentalidad superadora.

    Y el cine no podía ser inmune a estos colosos terrenales capaz de enfrentar a la adversidad con sus puños: desde “Toro salvaje”, de Martin Scorsese, hasta “El luchador” (“Cinderella Man”) de Ron Howard, incluyendo a “Gatica, el Mono”, de nuestro Leonardo Favio, siempre se ha querido bucear en lo que se extiende detrás de esos tipos lo suficientemente valientes como para ir a que les destrocen la cara y a veces tan cobardes como para no poder enfrentar a su entorno, a las tentaciones, o a sí mismos.

    En “The Fighter” (acá le pusieron “El ganador”, para no tener una tercera “El luchador” en un par de años) se vuelve sobre otra historia real, pero en este caso contemporánea: si los mencionados anteriormente son mitos pretelevisivos, más legendarios que recordados, y contemporáneos de la era dorada de la mafia, aquí somos testigos de las andanzas de un personaje de nuestro tiempo, en la era de las telecomunicaciones y las peleas armadas por cadenas de TV.

    La última chance

    Micky Ward es un boxeador que a los 31 años todavía espera una oportunidad para dar el salto a la gloria. Su carrera está manejada por su progenitora, Alice, madre de nueve hijos, siete de su primer marido y dos con el segundo. Es entrenado por su medio hermano Dicky Ecklund, un adicto al crack (lo que ahora llamamos paco o pasta base) que tuvo su momento de gloria cuando hizo tocar la lona a Sugar Ray Leonard.

    Irlandés pobre de Lowell, Massachusetts, sabe que “no se está haciendo más joven”, y empieza a hartarse de su disfuncional familia, sintiendo que lo están llevando hacia un espiral de decadencia. Las ganas de recuperar a su hija Kasie, el amor encontrado en la bella y aguerrida bartender Charlene y el hastío de las decepciones de su madre y su hermano (dentro y fuera del deporte) lo llevarán a dar un volantazo en su vida, tras lo cual se le abren las puertas que estaba esperando.

    Pero sabe que fue Dicky quien lo formó, y llegado el momento crucial, pasado y presente deberán aliarse para que Micky pueda tocar el cielo con las manos.

    Puesta descarnada

    Se dice que Darren Aronofsky fue convocado para dirigir esta película, luego de haber hecho la otra “El luchador” (“The Wrestler”), pero finalmente se bajó para encargarse de esa explosión psicológica y visual que es “El cisne negro”, la cual sin embargo comparte con la anterior cierta técnica que Aronofsky parece haber depurado de los hermanos Dardenne (en “The Wrestler” pareciera haber algunas citas visuales a filmes como “Rosetta, por ejemplo), a base de cámara en mano y en movimiento y una fotografía algo sobreexpuesta.

    En “The Wrestler” esa estética había funcionado muy bien para mostrar una historia descarnada llena de patetismo y decadencia, y seguramente por eso alguien pensó en repetir realizador en esta cinta. Bajado Aronofsky, se convocó a David O. Russell, quien parece haber querido filmar con la impronta de su predecesor: el resultado es bastante bueno, aunque con una estética un poco más hollywoodense que la que Aronofsky hubiera puesto.

    Cabe destacar también la reconstrucción de momentos y lugares, especialmente en las peleas, que al ser de tiempos tan contemporáneos seguramente están registradas en numerosos archivos fílmicos y fotográficos.

    Caracterizaciones

    Otro de los puntos fuertes del filme, por el que fue galardonado, son las actuaciones. Y habrá que coincidir con la Academia de que Christian Bale y Melissa Leo son en un punto los más lucidos, quizás por la desmesura de sus personajes. Bale construye al drogadicto y alocado Dicky, que (si nos basamos en los pocos segundos en que aparecen los hermanos reales, sobre los créditos finales) tiene mucho del Ecklund real. Y Leo se mete en la piel de esa matriarca de una familia numerosa y disfuncional, cuestionable hasta la médula salvo en el amor por sus hijos.

    Mark Wahlberg (¿alguien se acuerda de cuando era el rapero Marky Mark, o el hermano menor de Donnie de los New Kids on the Block?) es uno de esos actores que vuelven creíble cualquier personaje, como lo es también Russell Crowe, que supo protagonizar “Cinderella Man”. Wahlberg construye al más sereno Micky, muy susceptible a caer ante las personalidades arrasadoras de su madre y su hermano mayor. Si bien su estado físico siempre fue privilegiado, se nota que ha entrenado su cuerpo para dar credibilidad al personaje.

    Mujeres reales

    Lo de Amy Adams es especial. Ya que hablábamos de “The Wrestler”, su personaje tiene mucho en común (con diferencia de edad) con el que compuso Marisa Tomei en aquella cinta: ambas son mujeres que han cometido errores, que están lejos de cualquier sueño, pero que tienen bien puesto lo que hay que tener para jugarse por amor y por convicciones. Adams convence, y al igual que Tomei enamora al espectador, con su cuerpo de mujer real y su actitud.

    El resto del elenco está a la altura de las circunstancias (hay que ver a las siete hermanas de Micky: sólo con eso dan ganas de salir corriendo), y como peculiaridad se cuenta con la actuación del sargento Mickey O’Keefe, entrenador de Ward, interpretándose a sí mismo.

    Juntos, realizador e intérpretes, redondean una de esas historias de redención que tanto gustan a los estadounidenses (y al resto del mundo), con textos finales que cuentan qué fue de sus protagonistas. Una de esas que cuentan que un instante de gloria bien vale unas cuantas palizas, dentro y fuera del ring.
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  • El discurso del rey
    Hacer oír la propia voz

    En aquellos países del mundo civilizado donde imperan las monarquías, ese régimen suele representar curiosamente un momento progresista de la historia antigua o cercana de los mismos. Para España significa la transición democrática desde el franquismo; para Japón fue la salida del Medioevo de la era de los shogunes hacia la modernidad. Y para los ingleses.... bueno, la única vez que se interrumpió la monarquía fue durante el protectorado de los Cromwell, época de austeridad y oscurantismo, tras la cual sobrevino la restauración de Carlos II, gran impulsor de las artes. Después de eso, miraron con los ojos entornados la Revolución republicana de los franceses.

    Algún tiempo antes, a uno que se le daban bien las letras, un tal William Shakespeare, imaginó un gran discurso en los labios de Enrique V, como una de las claves de la victoria británica sobre Francia en las Praderas de Agincourt. Desde entonces la gente habrá imaginado que los reyes debían hablar así.

    Para quienes han nacido en países de tradición (más o menos) republicana, que lucharon contra reyes para lograr su independencia, puede costarles un poco entender el significado de la monarquía para los británicos.

    Y justamente “El discurso del rey” es una película netamente británica, no sólo por su temática real sino también porque esa dicción que tanto les enorgullece es parte de la trama.

    Encrucijada

    El príncipe Bertie, duque de York, es el segundo hijo del rey Jorge V, hermano de David, príncipe de Gales. Siempre aceptó su lugar de segundo, algo que tuvo bastante que ver con su gran defecto: es muy tartamudo.

    Su esposa Elizabeth no para de buscarle soluciones, sin mayores logros. Hasta que da con un excéntrico “especialista” australiano en defectos del habla, llamado Lionel Logue, quien probará con él distintos métodos, trabando con él una relación muy personal, a partir de lograr que Su Alteza Real se abra como con nadie lo había hecho antes.

    Por esa época, la posibilidad de una guerra con la Alemania nazi comienza a despuntar en el horizonte. Mientras tanto, el heredero al trono entabla una relación sentimental con la divorciada estadounidense Wallis Simpson, algo inaceptable para la corona británica.

    Tras la muerte de Jorge V David asume como Eduardo VIII, para finalmente renuncia para poder casarse con esa mujer cuya moral parecen cuestionar todos. De modo tal que el segundón tartamudo tiene que hacerse cargo de convertirse en la encarnación de la nación y el Commonwealth en un momento crucial de la historia contemporánea. Será su relación con Logue, con sus idas y venidas, la que decidirá el futuro de la corona.

    Masterclass actoral

    Uno de los puntos fuertes de la película se cifra en las actuaciones, otro de los orgullos británicos, en una tradición que pasa por Laurence Olivier y se enzarza en la leyenda del Old Vic. Obviamente se eleva por encima la labor de Colin Firth, capaz de sostener largos planos sobre su rostro, obteniendo una gran gama interpretativa, para interpretar a un contradictorio personaje: el tartamudo nervioso, a la vez temperamental pero reprimido por su defecto.

    Geoffrey Rush se mueve como pez en el agua en un personaje que le queda comodísimo, aun con las propias contradicciones de Logue (ser curiosamente un mal actor, a la vez generador de grandes “actuaciones” en otros).

    Quizás una de las grandes injusticias de esta temporada de premiaciones sea la cometida con Helena Bonham Carter, que se posiciona como una de las grandes actrices de su generación: bajando desde los extremos expresionistas de los filmes de Harry Potter y los de su marido Tim Burton, se aviene a componer una deliciosa princesa devenida en reina, afectada pero cariñosa, que cuesta creer que se haya convertido en esa viejecita entre simpática y algo detestable que era la Reina Madre (de igual modo, ¿quién pensaría que esa niñita que corretea por allí pueda devenir en Isabel II?).

    Entre los secundarios, Guy Pearce sorprende por su parecido físico con Eduardo VIII, Derek Jacobi compone a un molesto arzobispo de Canterbury, y Timothy Spall exagera un poco su Winston Churchill, un poco a la manera del Sarmiento siempre enojado de Enrique Muiño en “Su mejor alumno”.

    Tom Hooper no sólo logra pilotear a este pool de actores, sino que implementa un relato cadencioso, casi con flema británica en su discurrir, sabiendo marcar los puntos de inflexión en los momentos centrales de la trama.

    Por supuesto que se apoya en un gran trabajo de dirección de arte, a través de la reconstrucción escenográfica y de vestuario, obviamente con la ventaja de poder disponer de algunos escenarios verdaderos en los que transcurrió la historia.

    En la fotografía se destacan unos colores más bien suaves, algo apastelados, que en cierta medida refuerzan el aspecto “de época”, y de cuadro nobiliario.

    El propio destino

    En definitiva es la historia de cómo aquel que fue criado para ser segundo debe tomar las riendas de su propia vida y hacerse oír: “Puedo hacerme oír porque tengo mi propia voz”, dice en algún momento el ahora Jorge VI. Es de alguna manera un “desde ahora decido yo”, más allá de cómo hemos sido criados o para lo que hemos sido destinados.

    También es la historia de un príncipe y un plebeyo, que nunca pudieron imaginarse cómo era la vida del otro, pero que lograron forjar una amistad más allá de esas diferencias.

    De alguna manera, la secuela se filmó antes: en “La Reina”, Helen Mirren se puso en la piel de la hija de Jorge VI, cuando debió afrontar una nueva crisis para la corona: la muerte de Lady Di. Pero esa ya es otra historia.
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  • El turista
    El turista
    El Litoral
    Aventureros en la cornisa

    A veces, Hollywood se sirve de insumos de la cinematografía europea para refrescar su escena. En “El turista”, se convocó a un celebrado director alemán (Florian Henckel von Donnersmarck, el de “La vida de los otros”) para dirigir una remake de “Anthony Zimmer”, un filme escrito y dirigido por Jérôme Salle con las actuaciones de Sophie Marceau e Yvan Attal.

    La premisa es la siguiente: Elise Clifton-Ward (Angelina Jolie) es una mujer ultravigilada por la Interpol, porque saben que Alexander Price, su antiguo enamorado y perseguido delincuente financiero, se pondrá en contacto con ella. Nadie sabe el aspecto actual del desfalcador, porque se ha sometido a una cirugía estética, y ella es el único vínculo con él.

    Eso finalmente sucede: una carta de Price le manda abandonar París en el tren a Venecia, elegir a un desconocido de su contextura física y tratarlo como si fuese él mismo. Así, Elise cruzará su destino con Frank Tupelo (Johnny Depp), un profesor de Matemática de Wisconsin, lector de novelas de espionaje.

    Una vez en la otrora Serenísima República, la farsa sigue y atrae la atención no solamente de las fuerzas del orden, encabezadas por el inspector John Acheson (Paul Bettany), sino también del mafioso Reginald Shaw (Steven Berkoff), antiguo jefe y principal perjudicado por el accionar de Price.

    Así, la seductora mujer termina involucrando al medio pelmazo profesor (e involucrándose con él más allá de la misión prevista), aparentemente nada preparado para las lides del mundo del crimen internacional. Y decimos aparentemente, porque con el devenir de la historia iremos viendo que nada es lo que parece.

    La tensión va pasando de los humorísticos diálogos y vivencias compartidas por la pareja hasta ir decantando por una trama de aventuras con algunos secretos, hasta alcanzar el clímax en un desenlace que sorprenderá a más de uno.

    Química esencial

    El filme tiene tres claros atractivos. Por un lado, la persecución desde ambos lados de la ley para atrapar al banquero ladrón y capturar su dinero, estructurada con solvencia en el guión y llevada con mano firme por el director, quizás elegido por los productores por haberse hecho conocido con una película de espías.

    Por otra parte, Henckel sabe sacar provecho a los escenarios que filma: así, no escatima algunos buenos planos de París antes de abocarse a la tarea de reflejar una Venecia turística, moderna y glamorosa, ideal para tragedias y romances desde la época de Shakespeare (Niza era la ciudad elegida en el original francés, que no se vio por estos pagos).

    Pero la carta de triunfo es sin duda la química entre los protagonistas y el juego de desigualdades entre ellos: entre las morisquetas y excentricidades de Depp (siempre atractivas, aunque por momentos recuerden a las del Jack Sparrow de “Piratas del Caribe”, especialmente en la secuencia del escape por los techos) y el porte señorial de Jolie, más aplomada que en obras anteriores como “Agente Salt”, en quien se esmeró la dirección de vestuario (a cargo de Colleen Atwood) para darle una estampa de diva del Hollywood de la era dorada. Sabedores los responsables del filme del atractivo que generan ambas estrellas con sólo poner su cara en la pantalla, confían en las dotes actorales de ambos para darle credibilidad a la historia.

    En el borde de la ley

    “En el lugar de donde vengo, el mayor elogio para una persona es decir que tiene los pies sobre la tierra. Siempre he odiado eso”, dice el personaje encarnado por el habitual fetiche de Tim Burton. Y la historia reivindica eso: la vida de aquellos aventureros que se animan a lo que las “personas normales”, simples mortales, sólo alcanzan a atisbar en las novelas de espionaje.

    Como en la saga de filmes encabezados por Danny Ocean (el personaje encarnado por George Clooney, otro “calentador de pantallas” con talento añadido), se juega con la complicidad de un espectador, que simpatiza con simpáticos delincuentes que, sin ser tampoco Robin Hood, de última se han enriquecido a costa de peores criminales, sean éstos mafiosos o megacorporaciones. Así, se estructura un juego a tres bandos: el de los justos pero algo atolondrados hombres de la ley, el de los temibles asesinos inescrupulosos, y entre ellos, la figura del “buen ladrón” (a medio camino entre el crucificado arrepentido Dimas y quienes hicieron de él su santo patrono).

    En definitiva, una película que entretiene al espectador desde el cruce de géneros, y en donde “la victoria del bien sobre el mal” no es algo que baja desde un púlpito, sino que se comenta entre chanzas y coqueteos con un aperitivo rosso en la mano, mirando el atardecer en el Lido.
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  • El retrato de Dorian Gray
    El rostro bello y el alma podrida

    Cuando la Lippincott’s Monthly Magazine publicó en 1890 la primera versión de The Picture of Dorian Gray, generó mucha controversia, al mismo tiempo que interés. Se cruzaban allí el moralizante tema fáustico con referencias homoeróticas que asustaron a los críticos de la época victoriana. También había una crítica a la alta sociedad de su tiempo, de la que el propio Oscar Wilde fue a la vez denunciante y gran animador, antes de su caída en desgracia.

    Con estos materiales trabajó Oliver Parker para esta nueva adaptación, a la que el guión de Toby Finlay le imprime una acción apta para los públicos del siglo XXI.

    Aprendizajes

    El joven huérfano Dorian Gray regresa a Londres desde el campo, como único heredero de su abuelo, Lord Kelso, que se había distanciado de su padre por haberse casado con su madre. Virgen en materia de roces con la alta sociedad, es introducido en la misma por dos nuevos amigos: el artista Basil Hallward y el dandy Lord Henry Wotton.

    Obsesionado por la belleza de Dorian, Basil comienza a retratarlo, hasta que logra plasmar su perfección en un cuadro. Lord Henry hace notar que por ahora coinciden, pero que antes de lo esperado el Dorian real comenzará a envejecer, mientras que el de la pintura sería siempre joven.

    El muchacho sostiene entonces que daría cualquier cosa (su alma) por cambiar suertes con su sosías pictórico. Cosa que (pronto descubrirá) comenzará a cumplírsele.

    Conocerá a Sybil Vane, una actriz bella, inocente y etérea (y pobre, valga la aclaración) que le genera un amor puro, digno de las “novelas de educación sentimental”. Por el otro, comienza otro tipo de educación de la mano de Lord Henry, sólo para que el alumno supere prontamente al maestro. Basil y Sybil tendrán que pagar el precio más alto en este viaje hacia las tinieblas de aquel muchacho inocente que pisó poco atrás la estación de trenes con un pequeño baúl y muchas expectativas

    Entregado a los excesos del cuerpo y del alma, protegido por la inmunidad que le da la magia del cuadro, Dorian se lanza a un largo viaje, que Lord Henry conocerá a través de cartas. Décadas después, la sociedad se sorprende ante la reaparición de Gray, sin haber envejecido un solo día. Lord Henry tiene una hija, Emily, inteligente y atrevida, que llama la atención del oscuro seductor. Así, el otrora vicioso pero inocuo noble comenzará a asustarse, al ver que la niña de sus ojos pueda caer en tan peligrosas garras. Las cartas están echadas para el inexorable final...

    Los personajes

    “Basil Hallward es lo que creo que soy; Lord Henry lo que el mundo piensa de mí; Dorian lo que me gustaría ser en otras edades, tal vez”. Así presentó Oscar Wilde a los personajes principales de su novela. Y ahí apunta la película de Parker. Es interesante la construcción de Dorian, con algunos ecos del Doctor Jeckill y Jack el Destripador, e incluso a un Drácula que ante Mina Murray recuerda el destino fatídico de su pretérito amor e inicia así la crisis que lo llevará a la caída.

    Ben Barnes transmite la evolución del personaje, de inocente a taimado, lejos del Caspian de “Las Crónicas de Narnia”, más cerca de un juvenil Johnny Depp en un filme gótico de Tim Burton. Ben Chaplin encarna abiertamente toda la carga homoerótica que Wilde cifró en Basil, aquel que terminará sucumbiendo (en más de un sentido) frente a Dorian. Y Colin Firth pone toda su flema británica como Lord Henry, ejemplo del hedonismo victoriano, maestro de Dorian en vicios y placeres.

    Otro detalle son las actrices elegidas y los personajes que éstas interpretan, interesantes a la hora de ver los modelos de mujer que representan. Rachel Hurd-Wood (Sibyl Vane), con su piel blanca, sus labios sonrosados y sus carnes generosas, encarna (un poco a la manera de “El perfume”) al “eterno femenino” del romanticismo (bien podría ser una Sylvie, una Annabel Lee, una Lenore, tal vez una Pepita Jiménez). Rebecca Hall (Emily Wotton), con sus carnes magras, sus pecas y su charla ingeniosa es un paradigma de la mujer liberada, sufragista y secular del siglo XX.

    Visiones

    Parker se luce con algunos cambios de enfoque y moviéndose entre los planos abiertos y flotantes en los espacios victorianos y una cámara rápida en los momentos nocturnos o de excesos. Se apoya en una buena fotografía (Roger Pratt) y un interesante diseño de producción (a cargo de John Beard), que modelan una Londres más tenebrosa y sucia que (por ejemplo) la de la última “Sherlock Holmes”, con un Whitechapel digno de las visitas de su más célebre descuartizador.

    Quizás el punto más flaco esté en la construcción del relato: con el correr del metraje se da a entender que el origen de lo macabro no reside en el cuadrito de marras sino en el ático, algo que el odioso abuelo mantenía a raya; o que ya una maldición pesaba previamente sobre el protagonista. Pero estos coqueteos con el cine de terror nunca llegan a concretarse.

    Pero “el mito es la suma de sus versiones”, al decir de los antropólogos. De esta manera, esta nueva versión actualiza el clásico y quizás le aportará nuevas interpretaciones en las cabezas de las nuevas generaciones.
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  • Más allá de la vida
    Una celebración del “más acá”

    “El Chinolope había logrado fotografiar la muerte. La muerte estaba allí: no en el muerto, ni en el matador. La muerte estaba en la cara del barbero que la vio”, escribió Eduardo Galeano en “El libro de los abrazos”.

    Parece una obviedad, pero el registro de la muerte es patrimonio de los vivos, ya que no es habitual que los muertos digan lo suyo... al menos oficialmente. Y los vivos se interesan por lo ultraterreno ante la pérdida de un ser querido, o ante una experiencia cercana a la muerte.

    “Más allá de la vida” sigue la historia de tres personajes: Marie LeLay, una periodista que estuvo brevemente muerta durante el tsunami del océano Índico y comenzó a interesarse por lo que había entrevisto en ese momento, iniciando una investigación personal; George Lonegan, un medium natural estadounidense que no quiere ejercitar su don, al que considera una maldición que le impide el desarrollo de una vida normal; y Marcus, un niño británico que tras perder a su admirado gemelo en un accidente y ser separado de su madre drogadicta por los servicios sociales comienza un peregrinar por el mundo de la espiritualidad en busca de una línea directa al más allá.

    Diferentes circunstancias (y sus particulares viajes interiores y físicos de maduración) llevarán a los personajes fuera de su cotidianeidad y acercarán sus historias, hasta llegar a un clímax donde la vida pueda celebrarse por encima de la adversidad.

    Experiencia múltiple

    Clint Eastwood es un director peculiar: el cowboy spaghetti de “Por un puñado de dólares” y “El bueno, el malo y el feo”, el paradigma de la justicia personal en “Harry, el sucio”, se convirtió un buen día en un director lleno de buen gusto e inclinación por historias llenas de experiencias cruciales, donde el coraje, el honor trágico y la determinación son puestos en juego.

    Parió así una filmografía que tuvo en esta década una saga gloriosa, conformada nada más y nada menos que por “Río místico”, “Million Dollar Baby”, el díptico sobre Iwo Jima (“La conquista del honor” y “Cartas desde Iwo Jima”), “El sustituto”, “Gran Torino” e “Invictus”.

    Eastwood se juega aquí con un filme diferente, diverso en sí mismo, coral, lleno de la crudeza de sus obras anteriores pero luminoso según crece el relato, con lo que podría ser un happy ending. Pasa del tsunami filmado a la Roland Emmerich, con un explosivo despliegue de efectos (y mostrando en la gran perspectiva, “como al pasar”, cómo éste o aquel sujeto son arrollados por la fuerza de la naturaleza), a un final de película europea, apoyado en la actuación de sus intérpretes y en la fuerza de sus rostros en la pantalla.

    Para esto, se asoció al guionista Peter Morgan (autor de “El último rey de Escocia”, “La reina” y “Frost/Nixon - La entrevista del escándalo”), quien despliega un relato múltiple, al estilo de “Babel” (o de la nunca bien ponderada “El grito 2”, lucida en su construcción), aunque aquí las tres historias avanzan casi paralelas, para así desembocar en un espacio y tiempo determinado, con bastante naturalidad.

    Quizás fueron los años de western los que le enseñaron a Eastwood la importancia del entorno y del paisaje en la determinación de los personajes. Y así los muestra con belleza, desde las barracas de San Francisco a la clínica en los Alpes, pasando por capitales de postal como París y Londres. Alguien podría intuir cierta mímesis estética: por momentos parece que la historia de George luce como una película americana, mientras que las otras dos podrían ser sendos filmes europeos.

    El director es nuevamente el compositor de la banda sonora, que entre lo clásico y lo jazzístico aporta un encanto que trasciende el mero acompañamiento: especialmente en el tramo final de la historia.

    Dueños de la pantalla

    Como se decía, una de las mejores herramientas en acción es el elenco. Matt Damon (estrella de la anterior película del viejo Clint, “Invictus”) es, como Leonardo DiCaprio, uno de esos actores que Hollywood adoptó por carilindos pero que demostraron que tenían pasta. Aquí se mueve entre la gravedad de quien sabe demasiado y cierto vuelo humorístico en su relación con el niño, haciendo crecer su personaje conforme avanza el relato.

    Cécile de France luce con el mismo esplendor que en “Lo mejor de nuestras vidas”, su más célebre filme. Su sola presencia y su sonrisa (rara en la mayor parte del metraje) ilumina la pantalla, demostrando que pertenece como Emmanuelle Béart a la tradición de las divas francesas (aunque a pesar de esto, y de su apellido, Cécile es belga).

    Un párrafo aparte merecen los gemelos Frankie y George McLaren en su doble e intercambiado rol entre Marcus y Jason. Desde el trabajo a dúo, cuidando de su madre, hasta la búsqueda de Marcus por un contacto con su hermano, construyen a unos personajes alejados de la inocencia que se asocia a la infancia.

    Entre los secundarios, se destaca Lyndsey Marshal como Jackie, la madre de los gemelos (casi un personaje de Irvine Welsh, el autor de “Trainspotting” y “La casa del ácido”); y por supuesto Bryce Dallas Howard, a quien no le cuesta demostrar que sigue siendo una de las mejores cosas que hizo el oscarizado “Colorado” Ron Howard.

    Ellos consolidan un relato que, más allá de explorar las orillas de la afterlife, busca destacar la importancia de la vida, el aquí y ahora y las personas que lo componen.
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  • Las crónicas de Narnia - La travesía del viajero del alba
    Hacia la aventura y más allá

    El irlandés Clive Staples Lewis fue un atildado profesor que fundó en la Universidad de Oxford el grupo de los Inklings, unos fanáticos de la fantasía y los relatos mitológicos. Allí, donde sus amigos le llamaban Jack, compartía historias con otros parroquianos, entre ellos un tal “Tollers”, a quien el mundo conoció como John Ronald Reuel Tolkien.

    Mientras Tolkien ideó por completo un mundo desde su creación hasta sus lenguas (un “Orbis Tertius” borgeano, aunque supo hacer alguna que otra trampita), Lewis combinó sin empacho elementos de distintas tradiciones, desde criaturas de las mitologías griega y nórdica hasta fuertes componentes cristianos.

    Su objetivo era perfilar un mundo vivo, que permitiese desplegar diferentes relatos épicos, con una particularidad: siempre tendría puertas abiertas con la Tierra del siglo XX, origen de sus protagonistas.

    A la mar

    La historia comienza con Edmund y Lucy Pevensie viviendo en Cambridge en la casa de sus tíos, junto a Eustace Clarence Scrubb, su detestable primo. Susan y Peter, los mayores, están junto a sus padres en Estados Unidos. Eustace detesta los relatos sobre Narnia, y una disputa en torno a un cuadro con un barco fantástico los terminará transportando a un océano de aquel mundo.

    Allí son rescatados por la tripulación del Viajero del Alba, encabezada por el ahora rey Caspian X. La misión es rescatar a los siete lores de Telmar, que el temible lord Miraz (el villano del filme anterior y tío del actual monarca) había perseguido. En su travesía, descubrirán un Mal abstracto, encarnado en una neblina verdosa, que cobra un tributo en vidas humanas.

    La forma de detener esa amenaza es reunir las siete espadas de los lores en la mesa de Aslan, navegando entre islas inexploradas. En el camino, el Mal tratará de tentar a los valientes jugando con sus temores y flaquezas, hasta llegar a un clímax donde los miedos más primarios pueden volverse realidad.

    “La travesía del Viajero del Alba” recupera el espíritu más liviano y aventurero de “El león, la bruja y el ropero”, alejándose un poco de la oscuridad y madurez de “El príncipe Caspian”. Si esta era comparable a “El Señor de los Anillos: Las dos torres”, “La travesía del Viajero del Alba” está más cerca de los filmes de “Piratas del Caribe”.

    Fuerza espiritual

    Alejados de Narnia los hermanos mayores, tienen aquí su oportunidad de lucirse plenamente los dos menores, los que mostraron mayor riqueza conceptual en las dos anteriores. Lucy vuelve a ser aquí la determinación y la fe del grupo, aunque mostrará su lado flaco: la envidia de la belleza de Susan.

    Y Edmund vuelve a mostrar su costado más oscuro: cierto rechazo a su situación de hijo segundo, que lo hiciera caer otrora en las garras de la Bruja Blanca, a la que sigue atado (al menos en los recovecos de su mente).

    Seguramente, Apted se regocijó con que el director de las anteriores, Andrew Adamson, haya elegido a Georgie Henley y Skandar Keynes para representarlos: la primera, que comienza a alejarse de la niñez para convertirse en una bonita adolescente (lo que tiene que ver con la trama) da perfectamente la combinación de inocencia y determinación que requiere el personaje. Por su parte, Keynes (sobrino bisnieto del padre del Estado de Bienestar, lord John Maynard Keynes, y descendiente directo de Charles Darwin) expresa la lucha interna de un caballero siempre tentado por el Lado Oscuro.

    Will Poulter se luce aquí como Eustace, encargado de dar el toque de comedia, especialmente en sus juegos con el ratón Reepicheep (con la voz de Simon Pegg); tendrá la oportunidad de mostrar más como protagonista de “La silla de plata”, la próxima entrega de la saga.

    Liam Neeson tiene poca participación dándole voz a Aslan (el león que Lewis concibió como el Dios de ese mundo, que en los filmes habla como un conductor de programas de medianoche para solitarios). Ben Barnes construye un Caspian más maduro que en la película de ese nombre, como un rey luchando por dar la talla.

    Viaje interior

    Como se decía más arriba, el nuevo director tuvo la tarea de llevar a la pantalla una odisea de marinería, más que una épica fantástica. Como una road movie acuática, los personajes deberán evolucionar a medida que transcurre su viaje, venciendo miedos y culpas y pagando deudas pendientes.

    La aceleración del relato es por momentos vertiginosa (es la más corta en minutos de las tres películas), pero la puesta permite que fluya sin saturar la cabeza del espectador. Desde el aspecto visual, toda la tecnología está dispuesta para que el elemento fantástico se una sin fisuras a la belleza de los paisajes naturales, filmados otra vez en Nueva Zelanda (el paraíso de las tierras mágicas, desde que Peter Jackson las impuso en “El Señor de los Anillos”). La música tiene aquí una fuerte presencia, a partir de algunos temas recurrentes que enfatizan el heroísmo de la trama.

    Luego de dos historias donde el futuro de Narnia podía jugarse de la noche a la mañana, donde los héroes debían hacerse cargo de su destino especial, Lewis (y ahora sus adaptadores cinematográficos) se dieron el gusto de encarar una de esas viejas historias salgarianas donde sólo hace falta un barco y coraje para enfrentar los peligros, para viajar a lo desconocido... hacia la aventura y más allá.
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  • Tron: El legado
    Tron: El legado
    El Litoral
    Viaje al embrión de la realidad virtual

    Cuando en 1982 apareció “Tron” fue un fracaso comercial, pero se fue volviendo de culto en el novedoso formato VHS, conviviendo con las primeras PC de IBM de monitores monocromos, las Commodore 64 con programas a cassette, conectadas al televisor.

    En la era dorada del Silicon Valley, cuando la gente pensaba en computadoras, pensaba en hardware, en circuitos: los programas eran algo que se dibujaba en diagramas de flujo con una plantilla plástica.

    Y de pronto apareció “Tron”, mostrando el interior de un sistema informático como un mundo digital (en ese entonces el concepto de “realidad virtual” circulaba sólo entre los primeros círculos de la literatura cyberpunk), donde los programas semejaban seres vivos.

    Ahí se contaba la historia de Kevin Flynn, un programador que, absorbido por el sistema a través de un láser especial, intentaba cambiar las cosas desde adentro, en un entorno en el que, como usuario y creador, podía ser considerado una especie de Dios.El tiempo pasó, y a finales de los ‘90 los hermanos Larry y Andy Wachowski iniciaron la trilogía de “Matrix” y volvieron a redefinir la cosa. En “Matrix” ya no hay humanos que se digitalizan por arte de magia, sino que se conectan a través de un enlace cerebral.

    Entre medio también pasaron otras sagas de fantasía y ciencia ficción, que alimentaron el capital cultural de los públicos, y se desarrollaron exponencialmente las posibilidades de la generación de imágenes digitales, algo que en la “Tron” original se usó menos de lo que parece en pantalla y que en aquel entonces era considerado casi una trampa.

    Esperando ahora sí pingües beneficios Walt Disney Company decidió apostar, 18 años después, a una secuela de aquel filme. La fórmula es clara: conservar el candor y la inocencia del original, pero actualizando la puesta visual. La misma fórmula que sostuvo a “Star Trek” durante tanto tiempo, incluyendo la reinvención de J.J. Abrams.

    La trama

    La historia comienza en 1989: Kevin Flynn es ahora cabeza de la empresa Encom, y planea cambiar el mundo con sus desarrollos, siempre por el camino de la gratuidad y el software libre. Sigue introduciéndose al entorno digital, pero para poder compartir tiempo con su hijo Sam, creó un programa a su imagen y semejanza, llamado Clu.

    Una noche, Flynn desapareció, abandonando a su hijo y su imperio. Pasado el tiempo, Sam se convierte en un rebelde contra la compañía, ahora en manos de personajes inescrupulosos. Alan Bradley, viejo adláter de Flynn (y creador del programa Tron), le dice a Sam que recibió un mensaje en su pager desde la vieja sala de videojuegos de su padre.

    Obviamente Sam va a investigar, encuentra el laboratorio de su padre, activa el portal y es arrastrado al mundo del que Kevin siempre le habló, el cual ahora es gobernado dictatorialmente por Clu, quien siguiendo el ideal de perfección que está en su programación ha terminado por traicionar los ideales de su creador.Allí Sam comenzará una odisea por reunirse con su padre y vencer al régimen. El crescendo llegará a una batalla final, llena de épica y revelaciones (especialmente, qué fue del personaje que da el título de ambos filmes).

    Mundo digital

    Lo que se luce aquí es la puesta visual (diseñada por Darren Gilford), que actualiza la estética ideada en su tiempo por el artista conceptual Syd Mead y el dibujante francés Jean “Moebius” Giraud. Vestuarios luminosos, batallas de discos, naves traslúcidas y, por supuesto, la esperada reversión de la batalla de motos luz, con vehículos de renovado diseño (aunque aparecerá, como modelo vintage, una de las motos del ‘82). Además, habrá una vistosa batalla de jets luz, en el clímax de la película.

    Otro de los elementos a destacar son los personajes: más allá del rebelde sin causa Sam (Garrett Hedlund) y de Jeff Bridges como Kevin Flynn (ahora una especie de maestro zen) y Clu, se lucen Olivia Wilde como la aguerrida Quorra; Beau Garrett como la femme fatale Gem; y Michael Sheen como Castor, que recuerda al Merovingio de “Matrix”. Anis Cheurfa anima al silencioso y enmascarado Rinzler, una especie de Darth Maul (de “Star Wars Episodio I”) que encierra un secreto.

    Por cierto: el ejército de Clu, recuerda a la tropa de clones de Palpatine en “Star Wars”, pero cuando golpean sus lanzas y vociferan al unísono rememora a los Uruk-hai en la previa de la batalla del Abismo de Helm en “El Señor de los Anillos: Las dos torres”.

    Entre 1982 y el presente se desarrolló la música electrónica, adecuada para musicalizar un relato hecho de bytes. De tal modo, se convocó al dúo francés Daft Punk para una adecuada banda sonora.

    Aquellos que gustaron del filme original seguramente disfrutarán de esta secuela, en cierto modo transportados a la inocencia aquellos años (y de la compañía productora). Probablemente para las generaciones más nuevas, las que tienen a “Matrix” como el referente de su época, quizás sea una película más. Y queda ver si a alguien se le ocurre realizar una tercera parte, para ampliar este mundo que, de todos modos, nunca dejará de ser de culto.
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  • Skyline: La invasión
    Gente común en días excepcionales

    No sería incorrecto decir que “Skyline: la invasión” está a medio camino entre “El Eternauta” y “Día de la Independencia”. Con la espectacularidad visual de esta última (y la misma otredad de la raza alienígena), se aleja de ésta al tomar distancia de la gesta militar patriótica para seguir las vivencias de un grupo de personas comunes atravesadas por la excepcionalidad de la situación, tal como lo planteaba Héctor Germán Oesterheld en su clásica obra.

    “Skyline” (“Línea del cielo”) es el nombre que recibe en inglés la vista panorámica de las grandes ciudades desde cierta altura, que permite ver sus rascacielos. Y en este caso, al punto de vista principal de los sucesos que narra el filme de los hermanos Colin y Greg Strause.

    Amenaza alien

    Sí, como el lector se habrá enterado, la mano viene por el lado de la invasión extraterrestre. Los primeros momentos del metraje muestran los primeros sucesos (las primeras luces azules) para luego volver 15 horas atrás a fin de introducir a los personajes y sus circunstancias.

    El fotógrafo Jarrod (Eric Balfour) viaja de Nueva York a Los Ángeles junto a su novia Elaine (Scottie Thompson) para asistir al cumpleaños de su viejo amigo Terry (Donald Faison), que se ha vuelto millonario en la industria del espectáculo, al parecer en el rubro de los efectos especiales (área donde se han lucido los hermanos Strause, valga el detalle autobiográfico).

    Terry, junto a su novia Candice (Brittany Daniel) y su asistente Denise (Crystal Reed), organiza una fiesta en el lujoso y automatizado penthouse del primero; la idea de aquél es tentar a Jarrod para que se sume a su equipo de creativos. Durante la fiesta habrá un par de revelaciones (alguna importante para el devenir de la trama); finalmente, los mencionados más Ray (Neil Hopkins), un colaborador de Terry, se quedan a dormir en el departamento.

    Así se llega nuevamente al momento cero: unas luces azules comienzan a caer sobre la ciudad y, al parecer, Ray es absorbido por ella. Jarrod va a ver y algo comienza a ocurrir en su rostro.

    A estas alturas, el lector pensará que hemos contado demasiado: ni por casualidad. Ésa es sólo la situación inicial, de la que se desprenderá una trama intensa y cada vez más desesperante.

    Enigmas

    Volviendo a las comparaciones con “El Eternauta”, aquí también hay una primera agresión impersonal (allí era la nevada; aquí, las luces) para luego comenzar la interacción con los agresores. También está el momento de la resistencia doméstica para luego buscar alguna salvación (y aquí comienzan las divergencias: Oesterheld proponía una resistencia colectiva, mientras que los Strause dejan muchas menos opciones para sus protagonistas). Podríamos seguir... pero ahí sí invadiríamos el terreno de lo que no debe ser contado para no arruinar sorpresas.

    El guión, firmado por Joshua Cordes y Liam O’Donnell, introduce correctamente a los personajes y permite un relato fluido y bien narrado por los directores, sin demasiadas sorpresas ni “nada del otro mundo”... salvo hacia el final, cuando se va bastante de madre y deja a los espectadores esperando que se abra una puerta y salgan Cordes y O’Donnell para dar algunas explicaciones.

    La factura visual es impecable, generando la verosimilitud, al menos para el espectador habituado al cine de ciencia ficción. Los directores salen a demostrar cómo se debe filmar una película de estas características: sin ahorrar efectos, saben mechar algunas sutilezas, como algún fuera de foco como para resaltar la copresencia en el espacio de los actores y aquello que está agregado en el plano. Y, por supuesto, esa luz omnipresente (literalmente, se las ingenian para que entre en el plano aunque sea reflejada o difusa), que atrae a los humanos a la perdición.

    El elenco se comporta con corrección, en un filme de ésos en los que el foco está puesto en otro lado. Los mayores lucimientos quizás sean para Thompson y para David Zayas como Oliver, el valet parking del edificio devenido en hábil sobreviviente.

    Como hasta ahora nadie ha hablado de secuelas, “Skyline” propone algunos enigmas abiertos. Quizás ahí se juegue el lugar que ocupe entre los fanáticos de la ciencia ficción y las ya centenarias invasiones espaciales.
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  • La chica que soñaba con un fósforo y un bidón de gasolina
    Una cacería a los demonios del pasado

    Cuando Niels Arden Oplev (junto con los guionistas Nicolaj Arcell y Rasmus Heisterberg) adaptó “Los hombres que no amaban a las mujeres” tuvo una particular suerte: la primera parte de la denominada “trilogía Millennium” de Stieg Larsson (que en buena medida “cierra”, pero que su autor hubiera seguido si no hubiese fallecido) es una historia bastante autoconclusiva, que pivotea entre el policial más clásico (con su investigación de archivo, su caso irresuelto en el el pasado) con el policial más negro, el que implica “meter las patas en el barro” de la sociedad. El resultado fue una buena demostración de cómo adaptar una novela respetando la esencia de la historia y de los personajes, la verdadera clave del universo larssoniano.

    La dupla del realizador Daniel Alfredson y el guionista Jonas Frykberg la tuvo un poco más difícil: la segunda parte de la trilogía, que se encadena directamente con la tercera, nos lleva directamente al nudo de este edificio conceptual. Que no es otro que el pasado de Lisbeth Salander.

    La peor aventura

    La historia comienza tiempo después del final de la primera parte, con Lisbeth viajando y disfrutando del dinero birlado al empresario Hans-Erik Wennerström. De vuelta a Estocolmo, le hace una “visita” a su administrador Nils-Erik Bjurman, para demostrarle que lo tiene vigilado, lo que provocará la ira de éste y lo estimulará a activar una venganza con alcances impensados para todos.

    Mientras tanto, Mikael Blomkvist continúa trabajando en la revista Millenium junto a su colega y amante Erika Berger. A su equipo, se sumará el periodista freelance Dag Svensson, quien impulsado por su novia, la criminóloga Mia Johannsen, les propone publicar una investigación sobre tráfico de mujeres de países del Este, dedicadas a la prostitución.

    Pero el crimen se meterá en el medio de las vidas de todos, y Lisbeth volverá a ser perseguida (esta vez más que nunca) por el mismo sistema que la encerró en un psiquiátrico. Pero ella cuenta con un amigo leal, aquel que le debe la vida: Mikael, quien contra viento y marea tratará de demostrar la inocencia de la chica más prejuzgable del mundo. Al mismo tiempo, ella decide resolver de una vez por todas las cuentas del pasado que la han puesto en esta situación.

    Adaptación

    La novela de Larsson hace un manejo magistral de los tiempos y de las persecuciones superpuestas, a veces relatando un mismo momento desde distintas ópticas. La carga informativa parece ser demasiada para el relato cinematográfico, optándose por una narración más lineal, con secuencias intercaladas.

    El mayor problema está tal vez cuando por ahorrar metraje se pierden elementos que hacen a la historia (¡la pistola en la cómoda!) o a la personalidad de los personajes, desde el enigma de la contraseña del departamento de Lisbeth, hasta la pelea de Paolo Roberto. Hay que destacar que el filme cuenta con la actuación del boxeador sueco de origen italiano interpretándose a sí mismo, pero quienes leyeron la novela extrañarán el carácter épico de su enfrentamiento con el gigante Niedermann.

    En carne y hueso

    Como decíamos, la clave son los personajes: en la imaginación del novelista, cada uno tiene desde una estructura mental y de creencias a una serie de gustos definidos en materia culinaria. Alfredson se apoya aquí en un recurso probadísimo: el elenco. Especialmente en la maestría de Michael Nyqvist como Mikael y en la descomunal Noomi Rapace, como Lisbeth.

    Tarea complicada, ya que aquí no hay mucho devaneo hackerístico, sino una Salander en Terminator mode, resuelta a todo. Y Rapace la reconstruye al detalle: basta verla de espaldas, desnuda frente a Mimi, con los brazos rígidos a los lados, para comenzar a entrar nuevamente en los vericuetos de esa mente. Desgraciadamente, la demanda de acción de la historia central hace perder la cuestión personal entre los protagonistas, que tal vez se pueda mostrar un poco más en la última entrega.

    El otro personaje clave es Suecia, con su campo verde y su tranquila Estocolmo. En especial esa anti-Manhattan que es la isla de Södermalm, con sus callecitas antiguas y su gente que se mueve a otro ritmo, hasta los policías: los que ingresan a la casa de Lisbeth en la humilde Lundagatan, el inspector Jan Bublanski entrando a tomarse con Mikael un exprés en un café de Folkungagatan, cerca de la Götgatan donde funciona Millenium o la Fiskargatan donde está el nuevo piso de Lisbeth.

    En definitiva: mucha acción, pesquisas, miserias humanas, villanos de uno y otro lado del mostrador, y los dos antihéroes más queribles de los últimos tiempos.
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