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Imagen del crítico Hugo Fernando Sánchez
Hugo Fernando Sánchez
  • Cantidad de críticas: 251
  • Promedio: 68%
  • Críticas favorables: 202/251 (80%)
  • Críticas desfavorables: 49/251 (20%)
  • Diferencia absoluta: 9%
  • El último amor
    El último amor
    Tiempo Argentino
    Otra mirada sobre la vejez

    Desde hace muchos años la mayor cantidad de películas está dirigida al público adolescente y en el mejor de los casos, a los adultos jóvenes, los dos segmentos que se supone, tiene mayor poder adquisitivo y destinan una parte importante de sus ingresos al entretenimiento, la cultura, etcétera.
    En ese sentido son pocas las películas que se ocupan de los mayores y menos aún las que tienen como protagonistas a gente de más de 60,.Una dama en París, de Ilmar Raag; Amour, de Michael Haneke; Rigoletto en apuros, de Dustin Hoffman y Las confesiones del Sr. Schmidt, de Alexander Payne, son algunos de los ejemplos más o menos recientes.
    El último amor se asienta sobre el magnífico y siempre eficaz Michael Caine, en una película que explora los recovecos de la vejez, coquetea con el deseo aun latente y luego pega un volantazo para convertirse en un melodrama.
    Así, la muerte de su esposa Joan dejó sin demasiados deseos de afrontar sus últimos años a Matthew Morgan (Michael Caine), un profesor jubilado de filosofía que vive solo en Paris, aislado, que no sabe francés porque prefirió que su esposa se comunicara por él. Pero un día conoce a la encantadora Pauline (Clémence Poésy), una profesora de baile tan sola como el protagonista. Desde ese momento se comienza a forjar una amistad rara para el mínimo entorno de ambos, sobre todo para Miles (Justin Kira) y Karen (una Gillian Anderson brillante ), los hijos de Matthew, que además de pasarle varias y viejas facturas, sospechan que la chica va tras su herencia.
    La directora Sandra Nettelbeck se asienta en el melodrama, construye una historia donde los lugares comunes se complementan con algunos momentos luminosos, el drama existencialista y claro, utiliza a París como escenario y a la vez personaje destacado del relato. Pero por supuesto, todo el frágil aunque inteligente andamiaje se sostiene por Michael Caine, un intérprete extraordinario, con una dignidad, elegancia y naturalidad que parece sin techo, y que aun a los 80 años parece disponer de una gloriosa fuente de recursos.
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  • El justiciero
    El justiciero
    Tiempo Argentino
    Cómo fallar con una fórmula infalible

    Denzel Washington vuelve a trabajar bajo las órdenes de Antoine Fugua (Día de entrenamiento) en esta película donde, una vez más, el bien enfrenta al mal –encarnado en la mafia rusa– y donde hay varias escenas de manual.

    Robert McCall (Denzel Washington) trabaja en algo así como un supermercado para carpinteros, hace bromas, es simpático, pero se lo nota un poco corrido de ese entorno, como si no perteneciera. Claro, no pertenece. A la noche, cuando no puede dormir, envuelve cuidadosamente en una servilleta de papel un saquito de té y se va a un bar a tomar su módica infusión, mientras observa, lee, está alerta. Y allí, en ese lugar se va tejiendo una relación entre el viejo trabajador –que no es tal, que es un hecho que perteneció a alguna fuerza de seguridad– y Teri (Chloë Grace Moretz, la de Carrie), una joven prostituta, tan sola, tan indefensa para soportar la brutalidad de los clientes y el maltrato del ruso que la explota.
    Lo que sigue es la moral esperable del tipo que vivió, se equivocó y busca a través del compromiso con una desconocida la posibilidad de una nueva vida para la chica que todavía está a tiempo y, por supuesto, su propia redención.
    Un poco a la manera del film de David Cronenberg, Promesas de Este o bastante más atrás en el tiempo vía Martin Scorsese y su legendaria Taxi Driver, el relato se dispara con la casi niña explotada y el héroe que hace lo que debe hacer. Justicia por los fierros, por las artes marciales, por las diferentes maneras de provocar dolor en el otro, de ser posible en Tedy (Marton Csokas), suerte de sofisticado cleaner ruso que viene a poner orden en el desastre que sembró el McCall.
    Sin embargo, y a diferencia de los dos títulos citados como ejemplo, el enfrentamiento del protagonista con el mal, en este caso con la mafia rusa, es un festival del lugar común, la violencia porque sí y un montón de situaciones, escenas y formas de manual de películas parecidas. Y mejores.
    Denzel Washington y el director Antoine Fuqua vuelven a trabajar juntos 13 años después de Día de entrenamiento, aquella interesante película que mostró al intérprete en un momento alto de su carrera, en un papel que le valió el Oscar al mejor actor en 2001.
    Washington es un actor extraordinario, todavía en forma y con un dominio absoluto de su oficio, mientras que el paso del tiempo hizo que Fuqua se convirtiera en uno de esos directores de Hollywood llamados artesanos, esos tipos confiables para la industria que hacen lo suyo con solvencia pero que son apenas un engranaje (pequeño) de la maquinaria que implica una superproducción. Entonces, el nuevo trabajo en conjunto da cuenta de un presente oxidado, una unión de conveniencia para llevar adelante un trhiller sin corazón, mecánico, hundido en las fórmulas supuestamente infalibles, que aquí fallan y aburren.
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  • La esposa prometida
    La esposa prometida
    Tiempo Argentino
    Un universo diferente

    Al igual que el resto de su entorno, Shira no cuestiona los arreglos de los adultos a la hora de definir casamientos entre los jóvenes. Con sus 18 años está cómoda dentro del universo del judaísmo ortodoxo y a decir verdad, está más que satisfecha con el candidato que eligieron sus padres para que sea su marido. Sin embargo, mientras sueña con su próxima boda, su hermana mayor muere y deja a un marido viudo y a un bebé recién nacido.
    Entre el dolor por la tragedia y un sentido práctico y a la vez egoísta, a la madre de Shira se le ocurre que la chica puede ser la nueva esposa de su ex yerno, lo que impediría que el hombre se case con una extraña y deje de traer a la bebé a la casa de los abuelos.
    Suerte de acertijo moral sobre un territorio lleno de complejas reglas, tradiciones e impulsos amorosos, La esposa prometida va trazando un mapa casi antropológico de una comunidad sobre la que se sabe poco y nada.
    Así, en un segundo plano que va tejiendo una trama decisiva, diferentes personajes van influyendo en la dirección del relato, como la solterona, el rabino familiar que va maniobrando entre diferentes intereses y la madre, claro, que al igual que el resto de los protagonistas no carga con cuestionamientos desde la puesta.
    Si el cine es entre otras cosas la posibilidad de asomarse a mundos diferentes para tratar de entenderlos, la película de Rama Burshtein es un claro e inteligente ejemplo de una mirada puesta sobre una historia particular –entretenida y con todos los elementos de una tragedia– pero que en ningún momento abandona la pretensión de contar un universo tan fascinante como desconocido.
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  • El karma de Carmen
    El karma de Carmen
    Tiempo Argentino
    En busca de la felicidad, aunque sea por un rato

    En el plano afectivo a Carmen no le va nada bien. Arregla más de una cita con Javier pero las cosas salen mal, aun en la intimidad. Su mejor amiga, se pelea y reconcilia con su pareja, y esto provoca una nueva postergación para un viaje de ambas, acaso añorando sus años de adolescentes. La noche de Navidad se aburre en la casa familiar en medio de los fuegos artificiales, en tanto, sus papás le recuerdan a sus ex parejas, es decir, sus fracasos de pareja. Carmen tiene 36 años, se la ve malhumorada, le grita "fascista" al guardia de seguridad de un parque, anda en bicicleta, da clases en la facultad... Su hermano representa lo opuesto a ella viviendo en un country y más de una vez devora con placer un cuarto de helado de dulce de leche. Pero Carmen gana un premio navideño en la heladería vecinal: un viaje todo pago a Mar del Plata por cinco días para dos personas. Rodolfo Durán sigue el andar sin suerte de la protagonista, eligiendo un tono de comedia leve y sin pretensiones, observando al detalle las mañas y obsesiones de una mujer de más de treinta años buscando la felicidad, aunque sea por un rato.
    La puesta en escena es realista con sus virtudes y desbordes en personajes estereotipados y situaciones que provienen de un guión básico para un programa de televisión. Allí, El karma de Carmen retrotrae por su simplicidad narrativa al cine argentino de décadas pasadas, con su estética teñida de euforia naturalista convertida en imperiosa necesidad formal. Los encuentros con Javier, en un restaurante comiendo sushi (toquecito actual Palermo Hollywood), en un parque y en la casa de la protagonista, por su parte, invitan a contemplar algún instante gracioso, que siempre termina resultando frustrante para la fastidiosa Carmen.
    Pero el viaje a Mar del Plata, meter y mucho más la cabeza en el mar, un beso necesario y las vueltas de la vida, tal vez, sirvan como salvavidas para un personaje particular al que Malena Solda le entrega todo su fervor interpretativo, con una mayor contundencia y riesgo que la rutinaria trama argumental que describe el film.
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  • Necrofobia
    Necrofobia
    Tiempo Argentino
    Terror de gran potencia visual

    Necrofobia empieza con un entierro, el del Tomás, hermano gemelo del sastre Dante (Machín por dos), en una escena que de acuerdo a sus climas y posiciones de la cámara, sella las ambiciones formales y temáticas del último opus de Daniel de la Vega, un especialista nac and pop del género, como se observara en la anterior Hermanos de sangre. Si desde el inicio se describe el padecimiento mental de Dante, exhibido al detalle entre lápidas, cruces y entierros prematuros y oníricos, la trama irá desovillando un confuso entramado de situaciones efectistas, con música apabullante y planos rebuscados, algunos justificados en su exposición y otros gratuitos para la autocomplacencia del director. Daniel de la Vega, en ese sentido, explora al género desde las explosiones sangrientas del “giallo italiano”, el “gore” como exhibición necesaria y un suspenso que se necesita explicitar a través de los rubros técnicos. Allí Necrofobia navega de forma incómoda entre un impecable diseño de producción (maniquíes deteriorados, por ejemplo) y un argumento que no trasciende en originalidad. Hay otros personajes que rodean al eufórico Dante: un psiquiatra (Taibo), una investigadora policial (Saccone) y la novia del protagonista (Cardinali). Las reglas del género también invitan a que se cometan una serie de crímenes, momentos en que el film encuentra sus mejores minutos, donde las imágenes impactan por su potencia visual y, otra vez, por el gran trabajo de escenografía y vestuario, meticuloso al detalle en la mostración de los cadáveres.
    Como si se tratara de una instalación sobre el género, Necrofobia también recorre el tema del doble, haciendo eco en El otro (1973) de Robert Mulligan. Pero en este punto la película mira a su referente y le da un significado distinto, bien lejos de la sutileza de aquel film, más a la búsqueda de un target adolescente seguidor del género. Los silencios, por lo tanto, no interesan tanto enNecrofobia, ya que exclusivamente se dedica a sustentar sus virtudes a través de un sonido cercano a la furia.
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  • Yo, mi mamá y yo
    Yo, mi mamá y yo
    Tiempo Argentino
    Todo sobre mi madre (y sobre mí)

    El film de Galliene funciona casi como una autobiografía donde convergen los recuerdos de su infancia y adolescencia. Un artefacto sofisticado y poderoso que no deja de ser popular.

    Les garçons et Guillaume, à table!", algo así como "Los chicos y Guillaume, a comer (a la mesa)", es la frase diferenciadora con que la madre del protagonista llamaba a sus hermanos y a él, Guillermine, estableciendo ya desde su niñez su carácter de diferente, su identidad en conflicto. Desde ese llamado original, el director, actor y guionista Guillaume Gallienne convirtió los recuerdos de su infancia y adolescencia en una obra de teatro que tuvo mucho éxito y luego la trasladó al cine, transformándose en un suceso de taquilla en Francia y alzándose con varios premios César, el Oscar francés.
    Guillaume es parte de una familia burguesa, un tanto disfuncional, con una madre siempre elegantemente fastidiada y, para el protagonista, su modelo de feminidad. Pronto comienza a imitarla en sus gestos, se viste con su ropa y sale al mundo (unas vacaciones en España) solo para asomarse y empezar a confirmar quién es y lo que quiere para su vida.
    Desde el comienzo, la película deja claro que pertenece a cierto tipo de cine que ya no se hace y a un modelo de interpretación un tanto añejo, sin embargo, por eso mismo resulta encantadora y probablemente logre la empatía del espectador en el desarrollo de un relato que cuenta la vida de un niño que va descubriendo un mundo, en donde su lugar todavía no está definido, pero además, el director asume otro riesgo y es el de interpretar a su propia madre, con el que el juego de roles suma complejidades a una película centrada casi en una autobiografía. Y todo este artefacto sofisticado logra ser popular, por lo que los méritos del film son indudables.
    Es cierto que enrolada en la comedia pero con muchos elementos del drama y el absurdo, Yo, mi mamá y yo está siempre al borde del abismo de la sensiblería y la autocomplacencia, pero aunque tal vez el final no hace honor al resto del relato, en la mayoría de los casos sale adelante con inteligencia y una eficaz utilización de los recursos que cuenta.
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  • Las insoladas
    Las insoladas
    Tiempo Argentino
    Dorado verano en los noventa

    Seis chicas de entre 20 y 30 años, de clase media media, sin demasiado para destacar, salvo que son amigas, que les gusta tomar sol, que quieren estar espléndidas para la final de un concurso de salsa en el que participan como equipo y que sospechan, no sin cierta razón, que se quedaron afuera de la fiesta de consumo, frivolidad y del fin de la historia que se imponía allá por los noventa.
    Ubicada en un asfixiante 30 de diciembre de mediados de la década menemista, Las insoladas, segunda película de Gustavo Taretto partió de un corto de 2002 al igual que su ópera prima, Medianeras, que primero tuvo una versión breve y multipremiada en 2004.
    Las protagonistas que van llegando a la terraza de un edificio céntrico, un espacio para desgranar sus penas y la falta de horizontes, solo parecen tener en común el desánimo y la posibilidad de compartir unas horas en ese lugar deslumbrante de membranas aislantes para el techo, un lugar que significa una pausa a sus problemas y en donde incluso se permiten soñar. Porque mientras que se suceden las historias de amores truncos, trabajos grises y falta de dinero –las seis serían algo así como las distintas facetas de una clase media tilinga, aspiracional y claramente golpeada por la crisis que parece no tener fin y que sabemos, en los próximos años iba a empeorar–, las chicas comienzan a planear un viaje a Cuba, la metáfora del escape para amplios sectores argentinos en ese entonces.
    Si en Medianeras el corto original daba paso a un largometraje con unos cuantos aciertos en cuanto al humor y su mirada punzante sobre las imposibilidad de las relaciones para construir un simpático artefacto pop, en Las insoladas la misma operación fracasa al querer construir una historia sólo a golpes de efecto y de viñetas ingeniosas sobre el universo femenino que tiene como telón de fondo una época egoísta y aparentemente sin futuro, dando como resultado una puesta desflecada, donde cada personaje suma irritación a un relato que nunca alcanza a ser fluido.
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  • Arrebato (2014)
    Arrebato (2014)
    Tiempo Argentino
    Un thriller de factura clásica

    En el comienzo Luis Vega (Pablo Echarri) le explica a sus alumnos las principales características de una buena ficción, poniendo el acento en que el principal atractivo se genera cuando el autor da pistas para comprender el universo que ven y piensan los personajes. Y a continuación, lo que sigue en Arrebato es cumplir con esta premisa a partir de un thriller de factura clásica, que adhiere con reverencia al género. Tal vez demasiado.

    En el comienzo Luis Vega (Pablo Echarri) le explica a sus alumnos las principales características de una buena ficción, poniendo el acento en que el principal atractivo se genera cuando el autor da pistas para comprender el universo que ven y piensan los personajes. Y a continuación, lo que sigue en Arrebato es cumplir con esta premisa a partir de un thriller de factura clásica, que adhiere con reverencia al género. Tal vez demasiado.
    Centrada en un personaje atormentado como Vega, un profesor de literatura y escritor de policiales que recibe el encargo de su editor para que trasforme en un libro el mediático caso del asesinato de un tal Grotzki, un dentista sin demasiadas aristas interesantes pero que dejó viuda a una mujer que sí resulta fascinante, Laura (Leticia Brédice), la principal sospechosa del crimen, la historia suma a Carla (Mónica Antonópulos), atractiva, distante y con algunos secretos, que agrega inestabilidad a la vida del escritor, en plena faena de investigar el mundo del intercambio de parejas (el posible detonante de la muerte de Grotzki) y con la sospecha de que su mujer lo engaña.
    La rubia fatal, el desmoronamiento de la vida ordenada del protagonista, el oficio de escritor para borrar las fronteras entre la ficción y el crimen sangriento, son los elementos de una puesta sin aire, tan cuidadosa de respetar los tips del policial tradicional como por caso lo hacían también dos films recientes que seguían la misma línea como Betibú (Miguel Cohan) y Tesis de un homicidio (Hernán Goldfrid), pero que a diferencia de aquellos, no se permite reelaborar el género. Y entonces, la trama comienza a anunciar su desenlace con demasiada antelación y se desdibuja el resto de los valiosos elementos de la puesta, desde el triángulo amoroso que funciona y da aire para a la primera mitad del relato, las participaciones de Gustavo Garzón como un fiscal implacable y Claudio Tolcachir como el editor y una ciudad retratada como una superficie brillante que, sin embargo, sugiere varios pecados inconfesables.
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  • Seré millones, el mayor golpe a las finanzas de una dictadura
    Robo con un fin político

    A través de testimonios, recreaciones dramáticas, material de archivo e intervenciones en la ficción de los propios protagonistas, Seré millones cuenta el robo al Banco Nacional de Desarrollo (Banade) de 450 millones de pesos (unos 10 millones de dólares de la época) que concretaron seis militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores para sostener las actividades operativas de la organización, un método de financiamiento habitual de las organizaciones armadas en la década del setenta.
    La diversidad de recursos que manejan los directores Omar Neri, Mónica Simoncini y Fernando Krichmar en una puesta que tiene como una de sus preocupaciones fundamentales los problemas de la representación en el cine, hacen que el relato logre superar el cerco del documental convencional para ofrecer una película que siempre sostiene el interés a partir de la intriga, el humor y sobre todo la información y que contextualiza a la distancia la desmesura del robo (expropiación para las fuerzas revolucionarias) y el contexto de una época convulsionada y fascinante.
    Oscar Serrano y Ángel Abus fueron empleados del Banade y a la vez, militantes del PRT-ERP que se convirtieron en los protagonistas del singular hecho -que los obligó a exiliarse en Cuba- y 40 años después también lo son de Seré millones, que reflexiona sobre la violencia y del clima de época para que se entienda en el presente, para que los actores que participan en el casting de la película, los que se pondrán en la piel de aquellos jóvenes, tomen dimensión de lo que significó el compromiso político de la época.
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  • Hércules
    Hércules
    Tiempo Argentino
    Efectivo relato tradicional

    Hijo de un Dios y una mortal, el héroe que transita su vida con esta dualidad es pintado desde su costado más humano y usando su fuerza en favor de la fragilidad del hombre.

    Hércules, hijo de Zeus y de la mortal mortal, Alcmena, desde siempre tuvo que luchar para existir desde su condición de humano y semidiós. Apenas llegó a la adolescencia fue obligado a superar 12 duras pruebas, sufrió la pérdida de su familia y entonces, alejado de la crueldad de los dioses y decepcionado por la maldad de los hombres, Hercules se convirtió en mercenario junto a un grupo de marginales –un vidente que no acierta con la fecha de su propia muerte, un guerrero autista, una temible amazona y a un amigo de la infancia– que sin dudarlo darían la vida por él.
    Mientras el grupo hace lo suyo por la mayor cantidad de oro posible y Hércules sufre horribles pesadillas en donde una y otra vez recrea la muerte de su esposa y de sus hijos–un crimen del que se cree culpable–, llega el encargo de convertir en una fuerza casi invencible al ejército del rey de Tracia, Lord Cotys (John Hurt), embarcado en una lucha contra el malvado Rhesus (Tobias Santelmann) que asola al reino con un ejército de centauros. Pero por supuesto, si bien detrás del encargo hay una buena recompensa y el innegable atractivo de la hija del monarca, Ergenia (Rebecca Ferguson), también se esconde un engaño bastante canalla.
    Ubicada en un espacio delimitado por Gladiador (Ridley Scott, 2000) y 300 (Zack Zinder, 2006), y por supuesto, respetando bastante las reglas del peplum –el género de aventuras que tiene como escenario a la antigüedad–, Hércules podría haber sido un mamotreto gigantesco condenado al estante del olvido donde las grandes estrategias de marketing se enfrentan y pierden con un público que no está dispuesto a dejarse estafar. Sin embargo, la película de Brett Ratner Ratner (X-Men. La decisión final) se asienta en el costado humano del héroe y entonces, desde el carisma indiscutido de Dwayne Johnson (desde El rey Escorpión para acá se convirtió en un actor confiable para los intereses de productores hollywoodenses) que claro, da perfectamente el physique du rol de forzudo y personaje noble hasta las últimas consecuencias, estructura un buen y efectivo film de aventuras que aunque se nutra de todos los efectos especiales a su disposición, no deja de ser un relato tradicional, con personajes delimitados por sus ambiciones y el destino que los espera inexorable.
    Así, la decisión de la puesta en favor de que la humanidad de Hércules sea el centro del dolor y a la vez sea el núcleo en donde resida su fortaleza dual, capaz de encaminar su gigantesca fuerza en favor del la fragilidad de los hombres, convierten a Hércules en una película disfrutable por su clasicismo sin aspavientos.
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  • Los indestructibles 3
    Los indestructibles 3
    Tiempo Argentino
    Una sorpresa que ya no es tal

    A esta altura, con la tercera entrega de la saga ideada por Stallone, no alcanza con armar un casting (impresionante, por cierto) de viejos y nuevos valores del cine de superacción.

    Los indestructibles 3 comienza con el rescate de Doc (Wesley Snipes), uno de los viejos integrantes del team de mercenarios liderado por Barney (Sylvester Stallone), que esta vez –y a diferencia de las dos películas anteriores de la saga– no tendrá que luchar contra el dictador de una república bananera o algún remanente de la Guerra Fría, sino que deberá enfrentarse a un ex camarada: Conrad Stonebanks (Mel Gibson), uno de los fundadores del emprendimiento de los soldados de la fortuna que abandonó las causas nobles y ahora se dedica al tráfico de armas a escala global.
    Pero el primer round del enfrentamiento sale mal, Barney hace una evaluación rápida y llega a la conclusión de que el negocio cambió y que hay que incorporar sangre nueva a la ecuación, así que parte en plan de reclutamiento por el mundo buscando nuevos talentos, aunque por ahí se cuela Antonio Banderas, no precisamente un mozalbete. El nuevo grupo desplaza a los veteranos pero claro, Stonebanks es un zorro viejo que se las arregla para seguir dando pelea y de paso demostrar que sólo con jóvenes no se gana la pelea y los dinosaurios todavía son útiles.
    Con el estreno de Los indestructibles, hace apenas cuatro años, se concretó la anunciada reunión de Sylvester Stallone, Jason Statham, Mickey Rourke, Jet Li y Dolph Lundgren, un interesante rejunte de héroes del cine de superacción, algunos en franca decadencia y otros directamente caídos del mapa cinematográfico. Una mezcla deliciosa que daba como resultado un irresistible anzuelo para ver sin culpa a la testosterona (aunque fuera un poco rancia), los chistes sobre el paso del tiempo, cuántos villanos podían despedazar en pantalla, e incluso por ahí había una dosis inconfesable de voyeurismo canalla de ver la decadencia de los viejos ídolos.
    El éxito de la película dirigida por el propio Stallone dio lugar a la saga y en 2012 llegó el segundo film, que incorporaba a Chuck Norris, Jean-Claude Van Damme, Bruce Willis, Arnold Schwarzenegger y ahí sí, el chiste adquiría proporciones gigantescas bajo las órdenes de Simon West, un correcto artesano de Hollywood, responsable de títulos como Lara Croft: Tomb Raider o Con Air.
    Lo cierto es que en Los indestructibles 3 la sorpresa ya no funciona como en las dos películas anteriores, los veteranos que se incorporaron apenas hacen lo suyo con oficio (aunque como siempre, Mel Gibson pasado de rosca siempre tiene un atractivo adicional) y los nuevos valores aportan poco y nada, apenas un par de músculos más lozanos.
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  • Relatos salvajes
    Relatos salvajes
    Tiempo Argentino
    La hora de los nuevos monstruos

    El esperado film dirigido por Damián Szifron abarca seis historias que no están unidas por la trama, sí por su tópico. Un trabajo eficaz que se asienta en la efectividad de la puesta y un elenco con grandes intérpretes.

    Hace seis años el estreno de Historias extraordinarias, de Mariano Llinás, significó una pequeña revolución en el mundo cinéfilo a partir del abanico casi interminable de relatos de aventuras que tenían como escenario a la provincia de Buenos Aires. Y ahora es el turno de Relatos salvajes, otra película que incursiona en el género con una estructura episódica, que incorpora lo fantástico y el realismo en partes iguales para convertirse en un suceso que excede al cine.
    Sin embargo Relatos salvajes es puro cine y del bueno. Con seis historias (hay que aclarar que una es diferente y funciona como prólogo) sin relación entre sí pero unidas por la crispación, el enojo, la venganza y la violencia, Damian Szifron logra una tensión inusual que se sostiene durante toda la película, desde una visión brutal y descarnada del estado del mundo.
    Relatos salvajes muestra el lado oscuro de seis personajes que se convierten en monstruos, un camino transitado muchas veces por el cine para retratar anomalías, vidas oscuras y dañinas. Pero Szifron no. Si en el pasado lo monstruoso partía de la excepción, con el tratamiento feroz que le imprime a cada una de las historias –una venganza planeada al detalle, otra que se dispara por la fuerza de las circunstancias, una road movie sangrienta en el medio de la nada, una antológica fiesta de casamiento, un estallido de furia urbano, y el poder del dinero para tapar cualquier cosa–, Szifron trabaja sobre la idea de la bestia que vive en el interior de casi todos y que está allí, rascando apenas la superficie.
    Anclada fuertemente en la época, la película del director de Tiempo de valientes y El fondo del mar habla de la opresión de un sistema que enloquece a todos, pero también determina cómo reacciona cada individuo de acuerdo al lugar que ocupa en la sociedad. Sin entrar en detalles que revelen la trama, cada uno de los cuentitos que van apareciendo en la pantalla tienen su sentido, su razón de ser, cuando llega la resolución desde la liberación, entendiéndose por liberación al estallido, el golpe, la puñalada, el reaccionar sin meditar las consecuencias. El rojo embriagador de la furia.
    La efectividad de Relatos salvajes está más allá de toda duda y en buena parte se asienta en la espectacularidad de la puesta y un elenco con buenos intérpretes donde se destacan Oscar Martínez, Erica Rivas y los menos conocidos Germán de Silva (Las acacias, Marea baja) y Walter Donado (El perro).
    Pero una vez que pasa el entusiasmo inicial, hay que detenerse cuando las disonancias y alarmas que atraviesan el relato en su conjunto se enhebran y más allá de la superficie brillante, muestran que la molestia se asienta en el trazo grueso, la búsqueda del efecto dramático sin sutilezas.
    Sin embargo, más allá de estos recursos y simplificaciones destinados a una especie de tribuna que exige resultados a cualquier precio, Relatos salvajes es una gran película y de ahora en más, un ejemplo ineludible a la hora del hablar del mejor cine industrial. Argentino o de cualquier parte.
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  • Gracias por compartir
    Gracias por compartir
    Tiempo Argentino
    De la ligereza a la gravedad sin atenuantes

    Tres personajes con una patología similar pero canalizada de diferentes maneras intentan encontrar juntos la solución. Pese a las correctas actuaciones el film no logra conectar las historias y se diluye buscando el tono.

    Se supone que después de las comedias edulcoradas que saturaron la década del ochenta y las agridulces que poblaron las pantallas en los noventa y bien entrado el nuevo siglo, el género necesariamente debía mezclarse con otros y la sonrisa tenía que ser apenas la excusa para reflexionar sobre la alienación y otras taras mundanas. En ese sentido, Gracias por compartir bien podría ser el paradigma de este tipo de películas con aspiraciones, un relato que habla de la soledad, la imposibilidad de las relaciones –material siempre en stock para las comedias, en todas sus variantes– desde las adicciones, principalmente al sexo, uno de los más o menos nuevos problemas que deben enfrentar los neuróticos habitantes del mundo (y por mundo se entiende las clases medias y urbanas, según la mirada recortadísima de Hollywood).
    Entonces el film de Stuart Blumberg (guionista de Los chicos están bien, La vecina de al lado y Más que amigos) tiene tres ejes que parten desde la adicción al sexo de tres personajes bien diferentes, con distintas patologías, pero todos infelices aunque tratando de recuperarse a partir de contar sus problemas y buscar soluciones en el grupo de apoyo.
    Así, Adam (Mark Ruffalo) comienza una relación con Phoebe (Gwyneth Paltrow en su faceta deslumbrante y hot), que también carga con lo suyo, mientras que Neil (Josh Gad) consume pornografía desaforadamente y desperdicia su talento como médico y Mike (Tim Robbins), un fanático de la terapia que esconde sus miedos trabajando de una especie de Mesías para el resto mientras mantiene una coraza con su esposa y no puede relacionarse con su hijo. Que también es adicto.
    Lo cierto es que más allá de la corrección del elenco, que hace lo suyo y nada más, con una puesta que va de la ligereza a la gravedad sin atenuantes (ciertamente, desde una perspectiva escandalosamente conservadora), Gracias por compartir es un relato que no logra conectar las historias, navegando en la indecisión de recorrer con convicción el camino de la comedia o por el contrario, sacrificar el género en pos de todos los tips que quiere abordar en cuanto a la gravedad de la modernidad y lo que hace con el género humano.
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  • Gabor
    Gabor
    Tiempo Argentino
    Pasión por el cine

    Fue el cine el que llevó hace muchos años al director de fotografía Gabor Bene a rodar una película en el Amazonas, y allí fue donde contrajo una infección en los ojos que le disparó un glaucoma que lo dejó ciego. Fue el cine, o mejor, una idea sobre el cine, la que el realizador argentino radicado en España, Sebastián Alfie, hizo conocer al húngaro ciego para que le alquile una sofisticada cámara. Y fue el cine, la pasión por el cine, la que unió a ambos personajes para que juntos se embarcaran en la aventura de trabajar en el altiplano boliviano para filmar un corto por encargo para una institución que ayuda a personas de bajos recursos que perdieron la vista.
    Documental moderno que interpela al espectador, que hace las preguntas necesarias delante de la cámara y desde lo personal y hasta afectivo (la relación entre los protagonistas del film va creciendo a la par del relato en plan buddy movie) se permite reflexionar sobre el objeto de su búsqueda, Gabor transita el camino del aprendizaje de dos personajes radicados fuera de su país por distintas razones, desplazados que tal vez por esa condición están dispuestos a avanzar sobre territorios desconocidos y nutrirse mutuamente.
    Los prejuicios sobre la discapacidad y la manera de tener otro abordaje están presentes desde el comienzo, entonces el tono de la película es liviano, coloquial (a veces demasiado), alejado de la solemnidad. La película levanta vuelo cuando Alfie permite que su fascinación por el protagonista se filtre en la pantalla, en los momentos donde Gabor recuerda películas plano por plano, cuando habla de la luz, cuando muestra la pasión, la de ambos, por el cine.
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  • Mauro
    Mauro
    Tiempo Argentino
    Imágenes de lo real

    Boliches oscuros, apenas iluminados tubos fluorescentes, kioscos amurallados, ropa barata, rock, transas, casas bajas, calles perdidas, pasiones de cabotaje y la distorsión moral de una clase media empobrecida, sobreviviente. Mauro, ópera prima de Hernán Rosselli, Premio Especial del Jurado en el último Bafici, sigue la cotidianidad de un falsificador y su grupo más cercano, en pleno conurbano, un espacio reacio a ser retratado por su gigantismo, pero que Rosselli parece conocer como nadie antes en el cine argentino.
    La película tiene un montaje urgente, que acompaña los desplazamientos del protagonista (extraordinario trabajo de Mauro Martínez) y muestra su contexto crudo, lleno de aristas filosas, trampas de un territorio hostil en donde hay que saber moverse. Mauro es sobre todo un "pasador", que con los billetes falsos que fabrica junto a su amigo Luis y su esposa Marcela –notable trabajo a la hora de mostrar la manufactura artesanal de proceso–, compra cosas, estafa a otros desesperados, a muchos miserables que, como ellos, tratan de sobrevivir. Y la rutina funciona, sigue su lógica hasta que Mauro conoce a Paula, un personaje tan desplazado como el resto pero extraño al trío inicial y que desencadena el quiebre, la tragedia.
    La verosimilitud se transmite en cada fotograma del film, que logra una autenticidad devastadora, una verdad incuestionable, un verosímil visceral y arrebatador en 80 minutos de relato, para mostrar un universo conocido pero a la vez distante y ajeno.
    Si Pizza, birra y faso sentó las bases de lo que luego se llamó Nuevo Cine Argentino, 15 años después, cuando el paradigma se convirtió en norma e incluso le aparecieron clones al NCA, Mauro –sin obviar Vil romance y Fantasmas de la ruta, ambas de José Celestino Campusano–, viene a redefinir el realismo en el cine nacional con una puesta precisa, asentada en un tratamiento documental que no hace más que aportar verdad a la ficción.

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  • Violette
    Violette
    Tiempo Argentino
    Una vida incomprendida

    En plena posguerra, cuando la miseria tuerce valores casi naturalmente, Violette Leduc, sobrevive contrabandeando comida en París desde su pequeño departamento. Pero un día conoce a la deslumbrante Simone de Beauvoir, una escritora agudísima, conectada con su tiempo, con la que entablará una relación en donde la búsqueda de la libertad será uno de los elementos fundamentales de la relación.

    En plena posguerra, cuando la miseria tuerce valores casi naturalmente, Violette Leduc, sobrevive contrabandeando comida en París desde su pequeño departamento. Pero un día conoce a la deslumbrante Simone de Beauvoir, una escritora agudísima, conectada con su tiempo, con la que entablará una relación en donde la búsqueda de la libertad será uno de los elementos fundamentales de la relación.
    Al igual que en Séraphine (2008), donde abordaba la vida de una pintora desconocida y torturada, el realizador francés centra su relato en el martirio de un personaje trágico, primero sojuzgada por un intelectual homosexual con el que finge estar casada, luego por su familia, pero por sobre todas las cosas por su tiempo, que no le permite vivir su sexualidad y menos aun que la de a conocer a través de textos incendiarios, de una notable sinceridad erótica.
    La película entonces muestra todos los rechazos por su figura poco atractiva (aunque Prevost se encargue de desmentirlo en cada toma, sobre todo en una escena donde Emmanuelle Devos se baña, espléndida y cargada de sensualidad) y la carencia afectiva que sufre la protagonista, para después abordar la relación que establece con Beauvoir (Emmanuelle Devos), segura, inalcanzable, desbordante de logros.
    Sin embargo, Violette Leduc es para la escritora el caso particular, una entre miles de mujeres que la ven como su portavoz, alguien que muestra un camino posible para el feminismo. Pero además, los textos de Violette son para Simone de Beauvoir otro motivo de fascinación, aunque siempre manteniendo la distancia, por lo que el deslumbramiento entre ambos personajes es evidente. Entonces Violette es una biopic, una vida marcada por la incomprensión de la época que le tocó vivir a su protagonista y la soledad que la persiguió siempre. Sin embargo, como uno de esos raros ejemplos donde el cine y la literatura se complementan, Prevost logra filtrar los textos de Violette Leduc mientras cuenta su infelicidad y entonces, más allá de construir un buen relato, también invita a leer a una escritora olvidada.
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  • Los insólitos peces gato
    Emotivo film de actores

    La posibilidad de apartarse, de tener una mirada sobre el todo de una familia caótica, cruzada por las peleas y los deseos de cada uno de los integrantes pero en donde se nota el amor que los une es el primero de los aciertos de la mexicana Claudia Sainte-Luce, que en su ópera prima combina una historia con mucho de su propia experiencia para reflexionar sobre la soledad, el miedo al futuro y las sobre la soledad, con una mirada amorosa sobre sus criaturas que la alejan del golpe bajo a pesar de los temas que toca el film.
    Martha (Lisa Owen), madre de cuatro hijos, enferma de VIH y que a pesar que soporta la enfermedad desde hace años trasmite paz y felicidad, algo que cuando la conoce en un hospital, sorprende de inmediato a Claudia (Ximena Ayala), una mujer joven, solitaria, con una existencia bastante gris.
    Invitada por Martha a su casa, Claudia ingresa a ese mundo familiar que le es ajeno pero también irresistible, un espacio que le será dado por Martha pero que tendrá que ganarse entre los hijos, principalmente la más grande, que entre los celos y la desconfianza, la ve como una intrusa.
    Película de actores, mejor dicho de actrices, donde los afectos llevan el pulso de la narración, Los insólitos... es emotiva pero precisa, aunque en algunos pasajes se excede en tratar de dar una lección de vida. Pero más allá de eso, cada uno de los personajes está perfectamente delineado y cumple una precisa función en el relato, que es sereno, emotivo, sin altibajos, dispuesto a jugarse por los sentimientos desde una visión del mundo piadosa y humanista que apuesta a la vida.

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  • Marea baja
    Marea baja
    Tiempo Argentino
    Sin lugar para los débiles

    Después de su ópera prima, El sueño del perro, Paulo Pécora regresa al delta del Paraná para contar otra cosa, una historia llena de presagios, de sombras, enrolada directamente en el policial negro.

    Después de su ópera prima, El sueño del perro, Paulo Pécora regresa al delta del Paraná para contar otra cosa, una historia llena de presagios, de sombras, enrolada directamente en el policial negro.
    El delta, un borde de la civilización que la mayoría ve como un lugar de descanso, como un espacio para estar en contacto con la naturaleza, para otros, los que viven en los márgenes, bien puede ser el lugar ideal para esconderse, guardarse hasta que pase lo peor. Hasta allí llega un hombre de unos cincuenta años, un delincuente que en tránsito hacia el Uruguay para, descansa de la huida de sus cómplices que lo buscan para saldar una deuda. Pascual (Germán de Silva, el protagonista de Las acacias) allí se relaciona con dos mujeres y pronto el triángulo está armado a la espera de la ruptura mientras todos esperan, deambulan, imaginan lo que vendrá.
    Porque en Marea baja la tensión no se controla, en todo caso se potencia con más tensión y lo que salió mal, no importa si fue allí o en otro lugar, definitivamente va a tener un destino trágico entre esa naturaleza violenta, donde los débiles no tienen ninguna posibilidad de sobrevivir.
    En su segundo largo, Pécora, que tiene una notable obra como cortometrajista y además es periodista y crítico de cine, abandona lo onírico y la perspectiva luminosa de El sueño del perro –una típica ópera prima sobrepoblada de ideas y promesas a futuro de un realizador en formación–, para concentrase en un policial seco, con muchos silencios que no hacen más que acompañar la tensión en aumento, en un escenario natural dado por la vegetación salvaje que asordina la tragedia en progreso y enmarca el sino de los personajes.
    Los aciertos de la puesta dan cuenta de la madurez del realizador, concentrado en transmitir su mirada desencantada sobre la naturaleza humana, seguro y sin pretensiones al cumplir con las reglas del género y por eso mismo, efectivo y preciso.
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  • Lore
    Lore
    Tiempo Argentino
    Una familia con las heridas abiertas

    El film de Cate Shortland indaga en el devenir de cuatro hermanos que se trasladan a Hamburgo, tras la caída del régimen nazi. Lore, la mayor, es la encargada de transitar su camino a la adultez en medio de la recostrucción.

    En el final de La caída, el film de Oliver Hirschbiegel, una mujer joven huye con un niño cuando finalmente los aliados toman Berlín y ya se sabe que Hitler está muerto. Probablemente haya una legítima curiosidad sobre el destino de ese chico –que escapa gracias a la ayuda, nada menos, que de la secretaria de Hitler– al que le esperan diferentes horrores y que hasta apenas el día anterior pertenecía a las juventudes nacional-socialistas. La incertidumbres está en saber cuál será su futuro como adulto, con la carga que significa haber atravesado su años de formación bajo el régimen nazi.
    Lore, de Cate Shortland (Somersault) ubica su historia justo en el momento en que el régimen alemán se desmorona, pero a diferencia de Hirschbiegel, la directora australiana centra su relato en el momento inmediato después de la capitulación alemana, con un alto oficial nazi que vuelve a su casa para trasladar a su esposa y sus cuatro hijos a una casa de campo y partir nuevamente al frente o para huir. Allí, mientras el ejército estadounidense se acerca, la madre de los chicos decide entregarse a las autoridades y deja a la familia al cuidado de Lore (extraordinaria Saskia Rosendahl), que deberá trasladarse con sus hermanos hasta Hamburgo, donde reside su abuela.
    Desde que su padre regresa del frente y quema documentos que lo vinculan con el exterminio judío, desde que su madre deja casi todo pero ordena empacar los cubiertos de plata, desde que se sorprende a sí misma viendo los juegos infantiles como algo perdido, Lore sabe que la esperan miserias de todo tipo e intuye que el tránsito a la adultez va a ser acelerado y feroz.
    Los planos cerrados que recoren el cuerpo de Lore van a ir dando cuenta de su crecimiento y de sus deseos en medio del horror, donde las miserias humanas afloran sin contención.
    En ese camino lleno de peligros, con una responsabilidad que no buscó y que apenas puede sostener, Lore y sus hermanos se cruzan con otros desesperados que no tienen nada que perder y actúan en consecuencia y algunos, como un joven con documentos "de judío", que la ayudan. En el medio la educación, el odio nazi que aprendieron en su breve historia y seguir descubriendo lo que pasó en esos años.
    El viaje iniciático de Lore y los otros chicos también tiene mucho de experiencia terminal sobre la infancia, la de un mundo seguro, con algunas certezas. Y claro, Lore es una película que también deja el interrogante sobre qué será de esos jóvenes, pero que en su pesimismo, se anima a aventurar un poco más sobre su futuro.
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  • La forma exacta de las islas
    Una reflexión lúcida

    Las Islas Malvinas, su historia, la guerra y sus secuelas son uno de esos temas que manteniendo su estatus crucial para la identidad argentina, no termina de ser abordado en su totalidad. Y el cine, la propia historia de Malvinas en el cine de los últimos años, tiene múltiples ejemplos de lo inasible del tema.

    Las Islas Malvinas, su historia, la guerra y sus secuelas son uno de esos temas que manteniendo su estatus crucial para la identidad argentina, no termina de ser abordado en su totalidad. Y el cine, la propia historia de Malvinas en el cine de los últimos años, tiene múltiples ejemplos de lo inasible del tema.
    La forma exacta de las islas no pretende ser una película definitiva de la cuestión, pero en su intento de entender sus múltiples abordajes y los riesgos que toma a la hora de la puesta, la convierten en una película-ensayo que se acerca bastante a un todo, que por supuesto, puede incorporar otras miradas a futuro.
    La literatura y el cine sobre Malvinas es el eje de la tesis de Julieta, que llega a las islas para terminar su estudio, pero allí conoce a dos veteranos que volvieron después de 25 años a encontrar su pasado, a cerrar heridas. Ese encuentro hace que Julieta cambie, se sume a los ex combatientes y luego, años después, regrese a ese territorio desolado, esta vez con Daniel Casabé y Edgardo Dieleke, los dos directores de la película.
    Lúcida reflexión sobre el tiempo, el nacionalismo, el cine como vehículo para entender los procesos históricos y sobre todo para dejar un documento sobre la experiencia personal, en su búsqueda inteligente y original, la película está más cerca de personajes ficcionales pero tan reales como trágicos de Los Pichiciegos de la novela de Rodolfo Fogwill, que de esa supuesta épica que se le inyecta a la fuerza a todas las guerras.
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  • Oldboy: Días de venganza
    La remake de un clásico

    Hace años que Hollywood quería encarar una remake del film de culto surcoreano. Se habló de Spielberg y Will Smith, pero finalmente lo realizó Spike Lee

    En 2003, el director Park Chan-wook estrenaba Oldboy, basada en un manga de Garon Tsuchiya y Nobuaki Minegishi, segundo capítulo de un tríptico que había comenzado un año antes con Sympathy for Mr. Vengeance y terminaría en 2005 con Sympathy for Lady Vengeance.
    La llamada "Trilogía de la venganza" se convirtió casi de inmediato en un clásico, y Oldboy en particular pasó a ser el paradigma del extraordinario cine coreano, capaz de mezclar géneros sin culpa, ir un paso más allá en el melodrama desaforado, demostrar un particular timing para la violencia, e incluir la comedia de manera insospechada y con un lirismo sin techo, donde la belleza de cada plano de condice con un relato intrincado pero coherente y absolutamente absorbente.
    Pues bien, diez años después, es Spike Lee quien vuelve sobre la historia de un hombre (Josh Brolin) que una noche es secuestrado y encerrado en una habitación durante 15 años. Allí, con la única compañía de un televisor, el protagonista se entera de la muerte de su esposa –los noticieros dicen que él es el culpable del brutal asesinato de la mujer– y que su hija fue entregada en adopción. Desde eses momento, el preso comienza escribir todos sus pecados, llega a la conclusión que alguien a quien perjudicó es el responsable de la muerte de su mujer y de su cautiverio, y comienza a entrenarse consumiendo obsesivamente a través de la televisión programas de ejercicios y artes marciales.
    Y un día, misteriosamente, está libre para investigar qué paso y llevar a cabo su venganza, ayudado por Marie (Elizabeth Olsen), una trabajadora social con quien de inmediato lo une un vínculo que va más allá de la atracción física.
    La remake sin Park pero también sin el brillante Choi Min-sik interpretando al patético Dae-su, con el correcto Brolin ocupando su lugar, es apenas un boceto de la densidad y el vuelo narrativo de Park, porque sin lugar a dudas Lee podría haber sido una elección correcta al intentar recrear el film original, aunque no había ninguna necesidad. Sin embargo, hace rato que el realizador estadounidense perdió el nervio que demostró en películas formidables como Haz lo correcto, Fiebre de amor y locura o Malcolm X, y entonces la película terminada da todos los indicios que se trata de un trabajo por encargo y que el director estadounidense se limitó a cumplir profesionalmente.
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  • Ismael
    Ismael
    Tiempo Argentino
    Road movie emocional de Piñeyro

    El director argentino de películas de ruta como Caballos salvajes y otros éxitos de taquilla como Plata quemada y Tango Feroz, ahora incursiona en la historia de un niño que en España decide ir a buscar a su padre biológico

    Ismael (el joven actor Larsson do Amaral) tiene diez años y un día decide que es hora de saber quién es su padre. Con una vieja carta donde figura la única pista que tiene sobre su paradero, se toma un tren desde Madrid a donde vive hasta Barcelona, en donde se supone que reside Felix, su papá biológico.
    En la dirección de la capital catalana encuentra a Nora (Belén Rueda), que resulta ser su abuela y que le informa que su padre se mudó a un pequeño pueblo. Mientras Ismael comienza a entablar una relación con la mujer que lo lleva a encontrase con Felix, su mamá Alika (Ella Kweku) y su esposo Eduardo (Juan Diego Botto) también se dirigen al pueblo para reencontrase con el niño.
    Road movie emocional, ensayo sobre la identidad, fresco sobre las familias rearmadas y multirraciales –Ismael y su madre son negros–, toda la historia apunta al encuentro de todos los personajes, que estarán prolijamente perfilados y que así, dan cuenta de sus acciones pasadas y el camino que tomarán en el futuro, donde amores contrariados, segundas oportunidades y la posibilidad de una familia ampliada se abren al debate.
    Cinco años después de Las viudas de los jueves, su última película, Marcelo Piñeyro presenta su primer trabajo enteramente español, más allá que varios de sus films habían sido coproducciones.
    Como uno de los directores que sin llegar a ser parte del llamado Nuevo Cine Argentino pero que tampoco puede considerarse de la vieja guardia, sin lugar a dudas es uno de los realizadores imprescindibles a la hora de repasar el cine industrial de calidad, como Plata quemada, Cenizas del paraíso, Caballos salvajes y Tango feroz: La leyenda de Tanguito, títulos que dan cuenta de un afinado olfato para lo popular.
    Sin embargo, parece que filmar en tierras extrañas hizo que su probada intuición mostrara grietas, en un relato que pretende funcionar en varios niveles (por supuesto que la cuestión racial forma parte del menú y la cuestión social también) pero en realidad cierra en muy pocos, con mucho cálculo y un cuidado extremo porque nada altere la exposición civilizada de los conflictos, que se resuelven de manera amable, en un mismo tono apagado, dando como resultado un film chato, sin demasiada vida, salvo cuando entra en escena el formidable Sergi López, algo así como un seductor bon vivant de provincias, un personaje menor pero definitivamente interesante, sobre todo cuando el estudiado guión le permite jugar al romance con Belén Rueda.
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  • Buenos vecinos
    Buenos vecinos
    Tiempo Argentino
    Aires de nueva comedia americana

    Con dosis medidas pero devastadoras de humor escatológico e incorrección política, el director Nicholas Stoller (el mismo de Eternamente comprometidos) logra fusionar un poco de Qué pasó ayer con la obra de los hermanos Farrelly.

    En apariencia, Marc (Seth Rogen) y Kelly (Rose Byrne) están satisfechos por como salieron las cosas. Están en el inicio de su vida de casados, son padres flamantes, se sienten enamorados y cómodos en su rol de esposos y bastante lejos de lo que se supone que significa la fiesta permanente de los días como despreocupados estudiantes.
    Sin embargo, el perfecto equilibrio empieza a dar muestras de inestabilidad con la llegada a su nuevo barrio de una fraternidad –esos clubes universitarios de gente afín, dedicados a pasarla bien–, con su habitual menú de fiestas, ruido y excesos varios.
    Dispuestos a no arruinarles nada a nadie, el matrimonio llega a un cierto entendimiento con Teddy (Zac Efron), el presidente de la fraternidad, y parece que casa sector puede vivir sin molestar al otro.
    Pero algo sale mal y empieza la guerra entre los jóvenes padres –que se ven a si mismos como cool pero responsables– y los jóvenes en serio, con todo lo que eso significa.
    Una vez más, Rogen interpreta a esa especia de niño grande, de un corazón enorme y un poco bobalicón (como hizo en Ligeramente embarazada o Hazme reír, solo por citar dos de sus trabajos), acompañado por la eficaz Rose Byrne (la misma de La boda de mi mejor amiga), y del otro lado Zac Efron, que luego de High School Musical lo intentó con varios dramones olvidables, estuvo más que aceptable en Hairspray y finalmente parece que encontró su lugar en el mundo cinematográfico en la comedia, interpretando a un joven vengativo y bastante perverso.
    Cruza de géneros entre las películas centradas en el desenfreno estudiantil y las historias de jóvenes en tránsito hacia el mundo adulto, Buenos vecinos es sin lugar a dudas parte de la llamada nueva comedia americana, con un director como Nicholas Stoller (realizador de Eternamente comprometidos y Misión Rockstar), formado en la cantera de Judd Apatow, algo así como el patriarca del género, que para muchos se domesticó y se puso más conservador.
    Por el contrario, Stoller parece reivindicar la ferocidad perdida con dosis medidas pero devastadoras de humor escatológico e incorrección política, pero cuidando que cada uno de los personajes tenga un desarrollo completo, que dentro del planteo de subir la apuesta más y más con chistes groseros o situaciones incómodas, esté justificado por el perfil de los protagonistas, dando como resultado un relato que de alguna manera se las ingenia para fusionar con éxito el "legado" de la saga de Qué pasó ayer con la obra de los hermanos Farrelly.
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  • El hombre duplicado
    El hombre duplicado
    Tiempo Argentino
    Dos personajes idénticos, pero con vidas incompletas

    El director Denis Villeneuve adaptó con éxito una famosa novela de José Saramago, sobre paradojas y eventos encadenados.

    La vieja pero siempre efectiva máxima de Hegel de que la historia se repite, y que Marx completó con un sensato "primero como tragedia y después como farsa", le sirve desde siempre a Adam para explicar a sus alumnos las modalidades del poder y las recurrentes dictaduras. Además, claro, es un elemento decisivo para que el director Denis Villeneuve adelante y dé algunas pistas sobre lo que le va a pasar al protagonista, una casualidad que llevará a un encuentro sorpresivo y después, claro, a la tragedia.
    Luego de Prisioneros, el realizador franco-candiense vuelve a trabajar con Jake Gyllenhaal, esta vez en una adaptación del la novela O homem duplicado del portugués José Saramago, que se interna sobre las cuestiones de la identidad, difuminada en el contexto de la modernidad.
    Pero la película además se asienta en la paradoja del tiempo que por caso planteaba Isaac Asimov en su novela El fin de la eternidad, donde Andrew Harlan se encontraba a sí mismo, desencadenando una serie de eventos enlazados y difíciles de prever.
    Aquí, el personaje central se muestra insatisfecho con su vida, desde su rutina laboral hasta la relación que mantiene con su pareja Mary (Mélanie Laurent, protagonista de Bastardos sin gloria). Hasta que, viendo una película, descubre a Anthony St. Claire, un actor idéntico a él. Una vez que supera la sorpresa, decide buscarlo. Y cuando lo encuentra descubre que hay algo mucho más intenso que el parecido físico, empezando por la esposa de Anthony (Sarah Gadon), una versión de su pareja, más tensa, más agobiada.
    Así, dos personajes idénticos pero con vidas tan diferentes como incompletas y en apariencia carentes de sentido, se empiezan a cruzar y enmarañar (la sensación de agobio atravesado por el suspenso marca el ritmo de la historia), para contar la insatisfacción, el sinsentido de la existencia.
    Sin perder de vista una narración clásica, la puesta logra hacer olvidar las referencias, o mejor, se asienta en ellas para trabajar desde un cuidado esteticismo, con partes de surrealismo y una sistema de espejos deformados que van dando pistas sobre la psiquis del protagonista y a la vez complejiza las razones de su insatisfacción.
    Lo cierto es que si bien Villeneuve es el responsable de la muy interesante Incendies, luego tuvo un traspié con la sobrevalorada Prisioneros pero ahora, con El hombre duplicado, alcanza nuevamente su mejor forma y se supera.
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  • Boca de pozo
    Boca de pozo
    Tiempo Argentino
    Capitalismo y soledad

    Doble o nada", desafía Lucho (Pablo Cedrón), "Te voy a dejar pelado", responde Gary (Nicolás Saavedra), que no duda en dejar la plata que había tomado de la mesa, seguro que va a embolsarse 600 pesos en otra partida del… videojuego.

    Doble o nada", desafía Lucho (Pablo Cedrón), "Te voy a dejar pelado", responde Gary (Nicolás Saavedra), que no duda en dejar la plata que había tomado de la mesa, seguro que va a embolsarse 600 pesos en otra partida del… videojuego.
    La escena se ubica casi a 15 minutos del comienzo de la historia, que ya se encargó de mostrar las duras condiciones laborales de los trabajadores del petróleo y el relato ya se encamina a reflejar a Lucho en su hogar, cuando baja a la ciudad, un trabajador bien pago que sin embargo no encuentra sosiego y se gasta sus importantes ingresos en prostitutas, cocaína y consumos desaforados.
    Después de Tiempos menos modernos, donde relataba la derrota de un hombre solitario frente a los avances de la modernidad, el director neuquino centra su segundo film en la capacidad intrínseca del capitalismo de ser el vehículo para la infelicidad del hombre. Así, el mundo del trabajo, que en general es uno de los espacios de excelencia de la injusticia y las privaciones, es abordado por Franco en un trabajador calificado que puede representar a muchos, que luego de trabajar en las condiciones más penosas, lejos de su familia y aislado, recibe una paga mayor que el común de los asalariados pero no sabe que hacer con ese dinero, que sin ninguna duda no es un sosiego para el permanente estado de insatisfacción.
    Cedrón está inmejorable en un protagónico que parece haber sido hecho a su medida y más allá de algunos esquematismos, el film dialoga con la obra de los hermanos Dardenne o Ken Loach, es decir, incursiona dignamente en terrenos poco transitados del cine argentino en los últimos años.
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  • Lumpen
    Lumpen
    Tiempo Argentino
    Un estado de fractura social

    Luis Ziembrowski participó en muchas películas del llamado nuevo cine argentino y a la hora de su debut detrás de las cámaras, parece que logró una síntesis de los mejor de los directores para los que tuvo que trabajar, construyendo una puesta al servicio de un relato tenso, por momentos agobiante, pero necesario para contar un estado de fractura social, de derrota, de un diagnóstico terminal.

    Luis Ziembrowski participó en muchas películas del llamado nuevo cine argentino y a la hora de su debut detrás de las cámaras, parece que logró una síntesis de los mejor de los directores para los que tuvo que trabajar, construyendo una puesta al servicio de un relato tenso, por momentos agobiante, pero necesario para contar un estado de fractura social, de derrota, de un diagnóstico terminal.
    Todo parece indicar que la historia se ubica en 2002, ese momento crucial y devastador de la historia argentina que llega a través de la desesperación de los personajes, del sonido de bombos, del noticiero que aplasta, algo así como la banda de sonido de la desesperanza en un país que parece naufragar sin remedio.
    En ese contexto Bruno (extraordinario Sergio Boris) lucha y pierde contra sus prejuicios de clase media, se deja ganar por el miedo del entorno, del ocupa del barrio, de la miseria que mantiene a raya con changas, pero sobre todo, la principal y vital preocupación de Bruno y por qué no, de su pareja (Analía Couceyro), es su hijo adolescente.
    En ese universo cerrado, asfixiante, claustrofóbico es Damián (Alan Daisc) la única criatura que no tiene un costado miserable, puro futuro, tal vez dañado, pero definitivamente vital.
    Toda una declaración de principios del debutante Ziembrowski, atormentado, ferozmente lúcido y dispuesto a eludir cualquier atajo simplista a la hora de plantar sus obsesiones, de mostrar su visión del mundo.
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  • Fango
    Fango
    Tiempo Argentino
    Tango-rock, con sangre, música y cuchillos

    La honestidad estética y temática de Campusano nuevamente se corrobora en cada uno de los fotogramas de Fango, anteúltimo opus del director de Vil romance, Legión y Vikingo.

    La honestidad estética y temática de Campusano nuevamente se corrobora en cada uno de los fotogramas de Fango, anteúltimo opus del director de Vil romance, Legión y Vikingo.
    Cine de márgenes, de espacios en tensión y personajes sobrevivientes de un contexto, la historia de Fango parte de un pretexto argumental para luego extenderse hacia otras zonas y criaturas del Conurbano. El Indio y el Brujo (Miño, Génova), metaleros de raza, desean conformar una banda que fusione el rock duro con el tango, una especie de tango-crash sin red. Para lograrlo, recorren las calles de tierra y visitan los hogares ajenos a cualquier indicador económico con el propósito de conformar la banda y convencer, entre otros, a un veterano experto con el bandoneón. Pero como ocurre en los films de Campusano, el disparador argumental deja lugar al retrato de personajes duros, pesados, de armas tomar, junto con historias donde se concilia el amor en estado salvaje con la defensa a ultranza del macho o la hembra.
    De allí que en la trama cobre importancia Nadia (Batista), una mujer que implanta su propia justicia defendiendo a pura sangre con fierro en mano a la cría que necesita su ayuda o a cualquiera que requiera de sus servicios. Pero hay más en el recorrido barrial y sincero de Fango: chulos, cafishios, lesbianas, esposas infieles, músicos rockeros, nostalgia tanguera, junto al ámbito geográfico que el director conoce al detalle, donde la violencia puede estar a la vuelta de esquina, en una casa de la supervivencia o en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo crudo y genuino.
    Las dos líneas narrativas de Fango –la conformación de la banda y las apariciones de Nadia y su gente– no tardan en reunirse en un mismo punto, momento en que Campusano convierte a la violencia visceral del contexto en una gran tragedia o, en todo caso, en una tragedia tanguera, donde los guapos y guapas transmiten autenticidad, valiéndose del cuchillo en mano en un duelo cerca del final que resultará difícil de olvidar. Como si Borges conviviera con Enrique Medina, y Pappo se reuniera con Homero Manzi, la tango-tragedia que cuenta Fango es una película perfecta que, ya de por sí, se postula como uno de los mejores estrenos del presente año.
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  • La bicicleta verde
    La bicicleta verde
    Tiempo Argentino
    Infancia bajo el Corán

    Wadjda está obsesionada con una bicicleta verde porque quiere jugar con su amigo. Tiene 10 años, va a la escuela, habla con su madre, pero no tiene dinero. Vive en Arabia Saudita y planea competir y ganar en un concurso sobre lectura y rezo del Corán y así conseguir la bicicleta. Pero claro, Wadjda vive en un contexto que no la favorece: es una niña y recibe retos de la maestra y la mamá por su carácter indócil, que oscila entre una inicial rebeldía y una simpatía que sorprende a propios y extraños.

    Wadjda está obsesionada con una bicicleta verde porque quiere jugar con su amigo. Tiene 10 años, va a la escuela, habla con su madre, pero no tiene dinero. Vive en Arabia Saudita y planea competir y ganar en un concurso sobre lectura y rezo del Corán y así conseguir la bicicleta. Pero claro, Wadjda vive en un contexto que no la favorece: es una niña y recibe retos de la maestra y la mamá por su carácter indócil, que oscila entre una inicial rebeldía y una simpatía que sorprende a propios y extraños.

    El panorama se completa con la ausencia del padre, que de vez cuando aparece por la casa según las reglas impartidas por Alá.
    La bicicleta verde ganó premios en festivales y fue la primera película dirigida por una mujer, quien se basó en la historia de su sobrina. Por lo tanto, el marco geográfico cobra protagonismo en la historia, resultando invasivo e incómodo, de acuerdo a las reglas del Corán. La narración fluye sin caer en golpes bajos o escenas miserables que critiquen con énfasis a ese paisaje donde la mujer es un objeto decorativo, tal como se observa cuando la mamá llora a solas, acaso planteando un presente y futuro sin salida. La directora muestra astucia para describir a un personaje y un contexto determinado, sin cargar las tintas, ofreciendo a esa bicicleta como disparadora de la trama. La forma en que la realizadora se acerca a la historia recuerda a las películas iraníes donde la infancia es analizada bajo el rígido reglamento de un contexto: ¿Dónde queda la casa de mi amigo?, El globo blanco y Offside, entre otros títulos, reflejaban historias similares a la que cuenta La bicicleta verde. De allí la lógica premiación en festivales y la admiración que se le tiene a esta clase de relatos humanos con la niñez como protagonista.
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  • No se aceptan devoluciones
    Melodrama de fácil consumo

    Valentín (Eugenio Derbez) arrastra las enseñanzas de su padre, que en su afán de convertirlo en una persona segura, sin miedos a prácticamente nada, hizo que cualquier tipo de compromiso afectivo le resultara una amenaza.

    Valentín (Eugenio Derbez) arrastra las enseñanzas de su padre, que en su afán de convertirlo en una persona segura, sin miedos a prácticamente nada, hizo que cualquier tipo de compromiso afectivo le resultara una amenaza. Es así que ya adulto, el protagonista es un Don Juan despreocupado, que sólo busca el placer efímero en múltiples conquistas, sobre todo con turistas extranjeras que visitan Acapulco. Pero un día el muchacho abre su puerta y allí está una mujer que le da la noticia de que es padre y, sin darle tiempo a nada, deposita en sus brazos a una bebé y la abandona sin dar explicaciones.
    De allí en más Valentín atraviesa los esperados estadios de rechazo, desesperación, aceptación, comprensión y amor filial que aparece ante la ternura de Maggie (Loreto Peralta), que por supuesto se come la película y que lo hace más fuerte para enfrentar cualquier adversidad, como la despiadada madre que aparece a destiempo a reclamar a la nena.
    Derbez piensa su película como un producto que contenga las dosis justas de comedia al principio y luego virar hacia el conflicto de una padre que quiere, merece y va a luchar para que su hija continúe con él, agregando como telón de fondo de la cultura mexicana y la estadounidense en continuo conflicto.
    Comedia blanca que remite a un cine de hace dos décadas, melodrama lacrimógeno que recorre sin pudor todos los chichés del género, el film del debutante Eugenio Derbez (un cómico muy popular en México) fue un éxito descomunal en su país, convirtiéndose en un fenómeno popular para muchos inexplicable con sus fórmulas añejas pero efectivas en la construcción de un relato fácil, superficial y de consumo rápido.
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  • Mujeres con pelotas
    Mujeres con pelotas
    Tiempo Argentino
    Chicas que despliegan su pasión deportiva

    El documental dirigido por Ginger Gentile y Gabriel Balanovsky se estructura a partir de una puesta donde las entrevistas a las jugadoras se le contraponen los testimonios de los profesionales del fútbol, como los periodistas deportivos (desde el notable machismo de Gastón Recondo al progresismo de Víctor Hugo Morales), las entrenadoras que luchan y empujan por lo que creen, y la voz institucional de la AFA que escapa hacia delante con un discurso a futuro que no se compromete.

    Todo esto da como resultado un interesante contrapunto donde la cuestión de género necesariamente se complementa con los prejuicios de clase, a los que se suman el cuerpo como campo de batalla donde se perpetua el poder (los hombres pueden desde siempre) y se clausura ante el "otro" (las mujeres nunca pudieron, pero ahora sí y cada vez más).
    Lo cierto es que, más allá de los análisis y los discursos de opresión que se encarga de remarcar Mujeres con pelotas, hay un espacio inteligentemente dosificado donde las chicas, con luchas de baja intensidad en sus hogares para que las dejen jugar, para que les cuiden un hijo y para poder desplazarse a los pocos lugares donde se pueden juntar con sus pares, finalmente entran a la cancha y hacen lo suyo, despliegan su pasión por el deporte, se divierten, compiten, instantes de genuina emoción donde se confirma la estupidez y lo injusto de la desigualdad.
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  • 3 días para matar
    3 días para matar
    Tiempo Argentino
    Otra forma de hacer acción

    La historia tratada con bastante ironía plantea una vuelta de tuerca a la conocida y tantas veces recreada, trama sobre espías. Kevin Costner se destaca en su protagónico.

    Cómo hacer en esta época una película, otra, sobre espías, con las miles de historias que se centraron el mismo tema? Las casi dos horas de duración de 3 días para matar son la respuesta a esta hipotética pregunta original, un relato donde campea la ironía y que en algunos momentos directamente le toma el pelo al género, como si ya no tuviera más que decirse sobre la cuestión y sólo restara la media sonrisa para títulos centrados en la añeja fuente de aventuras.
    Con un Kevin Costner magnífico como siempre, encarnando a Ethan Renner, un agente de CIA con una enfermedad terminal, dispuesto a hacer lo necesario para recuperar el amor de su hija Zooey (Hailee Steinfeld) ya adolescente y de Christine (Connie Nielsen) su ex esposa, la historia escrita por Adi Hasak (Sangre y amor en París), el astuto francés Luc Besson y la dirección de un correcto director del riñón hollywoodense como Joseph McGinty "McG" Nichol (Esto es la guerra, Terminator: la salvación) le agrega componentes que convierten al relato en algo más divertido, tan liviano como llevadero.
    La vuelta de tuerca viene de la mano de la misteriosa y sofisticada agente Vivi Delay (Amber Heard, que parece disfrutar cada minuto de su papel de agente letal y sexy), que le ofrece al bueno de Ethan una droga experimental que podría estirar su vida, pero a cambio debe ejecutar una última misión en donde el veterano agente va a tener que matar a mucha, mucha gente.
    En el medio, o mejor, mientras tanto, también tendrá que convivir por primera vez en su vida con su hija con los dramas de su edad y hacer las cosas más o menos bien para que su esposa al menos evalúe si le da una segunda oportunidad.
    Una historia sencilla, bastante inverosímil, que apenas comenzada repasa todo el abanico de posibilidades de los thriller del mundo del espionaje (hasta se da el gusto de centrar la acción en un país detrás de la antigua "Cortina de Hierro"), para luego trasladarse a París, una locación amable para una historia más blanda, cercana a la comedia familiar, sólo que transcurre sobre un escenario tapizado de cadáveres, persecuciones, códigos de conducta entre los servicios secretos y el estupor compartido ante la modernidad.
    Lo más delicioso de 3 días para matar es que ni por un minuto se toma en serio y tampoco Costner, que hace lo suyo como un asesino que también es un padre tardío, una sesentón de vuelta de todo y por cierto, bastante canchero.
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  • Fermín
    Fermín
    Tiempo Argentino
    Tango que me hiciste bien

    Héctor Alterio interpreta a un hombre internado en un psiquiátrico que establece una particular relación con el médico nuevo (Pauls). Ambos compartirán su amor por el 2x4.

    Fermín fue un tanguero de ley, de esos que no dudaban de enfrentar al peligro en una milonga, que sabían conducir a una mujer en la pista, un poco calavera y muy amigo de sus amigos en una Buenos Aires descripta como una ciudad cuyo perfil está definido por la "música ciudadana".
    Y así como el western es el género cinematográfico por excelencia, creado y definido a partir de las reglas del cine, los directores Hernán Findling y Oliver Kolker se plantearon y hay que decir que lograron presentar un espacio similar con el tango, tomado como un subgénero del melodrama con compadritos, pasiones desaforadas, traiciones y destinos marcados para toda la vida.
    En ese sentido Fermín es un inteligente envase para el tango como producto de consumo mundial, con un relato que dosifica coreografías –tanto tradicionales como variados firuletes– para contar la vida de Fermín Turdera (Héctor Alterio), internado en un psiquiátrico en el último tramo de su vida y que solo se comunica a través de versos de tango y su terapeuta, el doctor Ezequiel Kaufman (Gastón Pauls), un idealista que se interesa por el protagonista y a través de su nieta Eva (Antonella Costa) inicia una investigación sobre el pasado de Fermín para encontrar las causas de su estado.
    A partir de este triángulo el relato apela a extensos flashbacks que saltan a la Buenos Aires de la década del 40, con un Fermín joven (Luciano Cáceres) y amigo de Ciempiés (interpretado por Oliver Kolker y ya mayor, por Emilio Disi). Allí se revela una faceta oscura del protagonista que se conectará décadas después, cuando su hijo desaparezca en la última dictadura y él se encierre casi para siempre. Y el círculo se cerrará con la relación padre-hijo que entabla con su médico, un vínculo que en definitiva los ayudará a ambos.
    Con todo su cálculo y más allá de algunos excesos de sus protagonistas, Fermín es una película honesta, una historia que trae al presente ese universo tanguero que parece tan lejano, un objetivo que parece simple pero que tiene contadísimos ejemplos dignos en el cine.
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  • Divergente
    Divergente
    Tiempo Argentino
    Con una saga era suficiente

    Hubo una guerra, cómo no, una tan grande que la humanidad o lo que quedaba de ella se juntó y se supone que a través de sabios o algún comité de notables, llegó a la conclusión de que contar con la racionalidad del hombre era condenarse a la extinción y entonces se decidió que para que no haya conflictos, lo mejor era dividir a la gente en facciones: Sabiduría, Cordialidad, Erudición, Osadía y Verdad.

    La pertenencia se determinaría por un test de personalidad y así, cada persona pasaría sus días con sus "iguales", reduciendo de esta manera la posibilidad de fricciones
    Pero en ese aparente orden, hay dos categorías que salen de la norma. Por un lado los que no encajan en ninguna, que son expulsados de la sociedad y se convierten en desclasados, y los divergentes, los que tienen un poco de cada uno de los grupos, cuestionan todo y no se conforman. A este último perfil pertenece Beatrice (Shailene Woodley, de Los descendientes), una chica que nunca estuvo cómoda en Abnegación (los burócratas, los que gobiernan) y que el inevitable examen la va a poner contra el sistema y en los brazos de Four (Theo James), el galán que estaba necesitando la historia.
    Una nuevo film distópico dirá el potencial espectador, mientras que otro, un poco más memorioso, asociará el breve resumen con Los juegos del hambre. Y efectivamente, las dos voces (o puede ser una que sume las dos hipótesis) tienen razón. El transitadísimo tópico de un futuro espantoso controlado por algún tipo de poder totalitario es uno de los temas preferidos de muchísimas películas y franquicias varias, y por supuesto, Divergente es una descarada copia de la saga protagonizada por Jennifer Lawrence.
    Y aquí, aunque el discreto Neil Burger (Sin límites, El ilusionista) cuenta con la extraordinaria Kate Winslet, prácticamente decide ignorarla para concentrarse en la insípida epopeya de la protagonista, que hace lo suyo, que pelea contra la injusticia, pero que difícilmente logra generar algún tipo de empatía con el espectador.
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  • El grito en la sangre
    El grito en la sangre
    Tiempo Argentino
    Una tragedia campestre

    Como si se tratara de un viaje hacia atrás en el tiempo, El grito en la sangre retoma ejes temáticos del cine argentino de los '70, en especial una historia que transcurre en la geografía pampeana con una venganza de por medio.

    No está mal la intención de volver al film gauchesco, que había tenido su resurrección con el Martín Fierro de Torre Nilsson y que dejaría al Juan Moreira de Favio como su gran ejemplo. Más aun cuando los rubros técnicos están cuidados al máximo. Pero la película de Musa está invadida por una onda retro que la convierte en una pieza de museo, en algo cercano a una naturaleza muerta, con un relato sostenido desde una voz en off que se expresa por sus características radioteatrales. El afán de venganza de Cali (Ayala) empieza desde el asesinato sin responsable de su padre, al que le disparan por la espalda en una carrera de caballos. Con un inicio argumental parecido al de Aballay de Fernando Spiner, Cali deberá convertirse en hombre de un día para el otro, conocerá y se sentirá atraído por Lucía (Otero), tendrá la protección de El Chusco (Guarany), que lo adoptará como a un hijo, y trabajará en la hacienda de un gaucho (Liporace), padre de la chica que el huérfano desea tener a su lado. Con ese esquema de personajes previsibles y sin demasiados matices, la película descansa en la imponencia del paisaje, en las costumbres gauchescas y en la obsesión por aferrarse a un guión construido a partir de situaciones y personajes estereotipados, sin lugar alguno para la ambigüedad. El desenlace, sorpresivo al fin, tampoco escapa a las reglas de la palabra escrita, como si se tratara del clásico golpe de efecto proveniente de un radioteatro gauchesco de hace décadas. Ayala carga con la responsabilidad actoral transmitiendo compromiso con su personaje, en tanto, la sola presencia de Guarany como intérprete secundario fortalece algunas escenas del film.
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  • Una dama en París
    Una dama en París
    Tiempo Argentino
    La vida, la vejez y la muerte

    Anne (Laine Mägi ) llega a París para cuidar a su compatriota estoniana Frida (Jeanne Moreau), una rica y difícil anciana estoniana que emigró hace muchos años a Francia.

    Desde un primer momento se muestra el rechazo que la elegante señora tiene por la inmigrante y sus intentos por ahuyentarla, mientras se concentra en el dolor de la pérdida de su antiguo amante Stéphane (Patrick Pineau). Sin embargo, la árida relación entre las dos mujeres, separadas por la edad y por el estatus social, finalmente hará que Frida redescubra su magnetismo y Anne pueda continuar con su vida.
    Lo cierto es que a priori se podría suponer que Una dama en París iba a ser una suerte de oda a la magnífica carrera de la legendaria Jeanne Moreau, ícono de la Nouvelle Vague y musa de directores como Francois Truffaut, Michelangelo Antonioni, Roger Vadim y Orson Welles, entre otros. Sin embargo, el relato es otra cosa.
    El tercer film del realizador Ilmar Raag, responsable de Klass (2007) –que logró cierta notoriedad a partir del crudo abordaje que hacía sobre el acoso escolar– se desarrolla en varios niveles pero los tres protagonistas transitan diferentes aspectos del mismo tema: la relación con la vida, la vejez y la muerte.
    Lo cierto es que Raag tiene entre manos un elenco fantástico (es un placer ver el oficio de Moreau y también el talento de Mägi) y con esos elementos le alcanzan para concretar un film liviano, convencional y correcto, en donde todos los esfuerzos parecen estar concentrados en la belleza de París que, hay que decirlo, es retratada con una mirada entre turística y publicitaria.
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  • Betibú
    Betibú
    Tiempo Argentino
    Una obra honesta y de calidad

    La segunda experiencia de Miguel Cohan como director es satisfactoria. La adaptación se centra en la historia policial a la que suma varias capas de complejidad y misterio.

    La cámara toma un cuarto, recorre el respaldo de un sillón de cuero que domina el lugar, hace un paneo sobre los portarretratos que están sobre una coqueta mesita y finalmente se instala frente a Pedro Chazarreta, sentado, degollado, muerto. Comienzo clásico para un policial correcto, con un crimen, la incógnita sobre el asesino y en el medio más muertes que se apilan y complican la resolución del caso.
    Después de Las viudas de los jueves, nuevamente un libro de Claudia Piñeiro es elegido para su adaptación, en este caso a cargo del propio director de la película, Miguel Cohan (Sin retorno) y su hermana Ana, que a la hora de trabajar el guión tomaron el camino lógico de concentrarse en la historia policial, con la escritora Nurit Iscar (Mercedes Morán), el veterano periodista Jaime Brena (Daniel Fanego), más el novato Mariano Saravia (Alberto Ammann), como los investigadores del caso que va sumando capas de complejidad y misterio.
    Todo en Betibú es correcto, con un legítimo esfuerzo por atenerse a las reglas del género policial desde una historia oscura, que arranca antes, con la víctima como sospechoso de haber asesinado a su mujer. Y entonces Brena que lo conoce pero que por una estupidez es apartado de su cargo como jefe de policiales del diario por el director del medio (José Coronado), tiene que soportar que le pongan como superior a un periodista joven e inexperto, aunque sin embargo entre ellos se va a establecer una relación de confianza y se van a complementar perfectamente con Nurit-Betibú, autora en desgracia –su último libro no funcionó, la relación que tenía con el director del diario tampoco–, que es convocada para vivir en el country La Maravillosa y desde el mismo lugar de los hechos escriba sobre el caso. Una muerte real para alimentar su pluma de escritora de policiales.
    Lo cierto es que la segunda experiencia como director de Cohan (que durante muchos años fue asistente de Marcelo Piñeyro) es satisfactoria, un trhiller que básicamente se asienta sobre el policial pero que no profundiza sobre la mirada femenina, tan presente en el libro. Por supuesto, el film es una adaptación y las reglas del cine son otras, pero da la impresión de que al haberse concentrado la línea dramática en los asesinatos, el relato perdió riqueza, que logra recuperar cuando explora la química entre Betibú y Brena, con Morán y Fanego que juegan a la seducción con mucho oficio.
    Por lo demás, el condimento de la corrupción en la historia y el pantallazo al mundo periodístico es bastante realista, que junto a una cuidada puesta en escena dan como resultado una película honesta, un film industrial de calidad que logra superar sus inconvenientes y no decepciona.
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  • Berberian sound studio
    Berberian sound studio
    Tiempo Argentino
    Llena de referencias cinéfilas

    El tímido y apocado ingeniero de sonido Gilderoy (gran trabajo de Toby Jones), llega desde Inglaterra a Italia para trabajar en el estudio de Giancarlo Santini, un director de películas de terror de bajo presupuesto en la década del '70.

    En ese universo saturado de personajes desaforados, en un ambiente que no logra comprender y en el que definitivamente se siente incómodo, fuera de lugar, Gilderoy tiene que luchar contra la antipatía de los compañeros, el idioma y una manera de hacer cine que lo sorprende y que, por supuesto, reprueba.
    Pero, además, lo que sucede en el estudio comienza a alterar al protagonista, capas y capas de sonido de miembros cercenados, gritos de terror y sangre goteante hacen que el relato tome otra densidad, donde la realidad se percibe por las sensaciones de Gilderoy.
    Ganadora de la Competencia Internacional del último Bafici, Berberian Sound Studio es una película con múltiples referencias cinéfilas, desde títulos como Blow Up (Michelangelo Antonioni) y La conversación (Francis Ford Coppola), un arco de autores que incluye a Darío Argento pero también a David Lynch y también la revisión homenaje al "giallo", el mítico género italiano que combinaba el terror y el thriller a partir de historias tomadas de novelas baratas.
    En la primera parte del relato Peter Strickland (Katalin Varga, no estrenada comercialmente en Argentina) conforma una puesta en donde ese mundo extraño sólo tiene sentido para el protagonista cuando se concentra en su oficio, utilizando todo su ingenio para dotar de realismo a las escenas de horror, ayudado por verduras que son concienzudamente aplastadas para darle sonido a las acciones espeluznantes que se desarrollan en la sala de edición, un homenaje a los artesanos de sonido en el cine que también apunta al espectador, lo prepara para una segunda parte donde Gilderoy se sumerge en un universo más denso, lynchiano, de percepciones subvertidas, todo un desafío para descubrir y experimentar.
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  • El pasado
    El pasado
    Tiempo Argentino
    Intrincada, con inteligencia y rigor

    Tras ganar un Oscar a la mejor película extranjera, el director iraní Asghar Farhadi convocó a la argentina Bérénice Bejo (El artista), que por este trabajo ganó el año pasado el premio a la mejor actriz en Cannes.

    Cuatro años es un tiempo considerable para que pasen cosas, para que todo cambie o se profundicen ciertas situaciones. Eso es lo que va a averiguar Ahmad (Ali Mosaffa), que llega a París desde Teherán para firmar el divorcio con Marie (Bérénice Bejo), que se supone que recompuso su vida y está en pareja con Samir (Tahar Rahim), un joven dueño de una tintorería cuya esposa se encuentra en estado vegetativo.
    Marie funciona en el relato como el centro nervioso de una serie de relaciones afectivas en permanente tensión por acciones, decisiones equivocadas, secretos, deseos y malos entendidos. En ese contexto convulsionado se desenvuelven los personajes, primero los dos hombres: Ahmad que trata de desentrañar el mapa emocional de Marie –que para complejizar aún más el panorama está embarazada–, un territorio que comprende a Samir, pero que también y necesariamente incluye a su pequeño hijo Fouad y por supuesto las dos hijas que la protagonista tuvo con diferentes hombres. Adultos, niños y adolescentes en vilo, entonces, ante la nueva aventura afectiva de Marie, que parece recordarle sus fracasos y señalarle el destino que tendrá su nueva relación.
    Al igual que su compatriota Abbas Kiarostami, que después de una larga y exitosa carrera filmó en Italia Copia certificada, luego de ganar el Oscar a la mejor película extranjera por La separación el iraní Asghar Farhadi filmó en Francia esta intrincada historia con Bejo,la argentina que fue protagonista de El artista y que con este trabajó ganó el premio a la mejor actriz el año pasado en Cannes.
    Es una película intrincada y compleja, que muchas a veces coquetea con el melodrama más cercano a las telenovelas que al cine, con sorpresivas revelaciones de último momento pero que con inteligencia y rigor, esquiva la trampa de la simplificación para tratar de entender la complejidad de las relaciones humanas en la búsqueda desesperada por encontrar algún equilibrio, arañar algo semejante a la felicidad.
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  • El sobreviviente
    El sobreviviente
    Tiempo Argentino
    Más psicópatas que héroes

    Parece que hace unos años hubo algo que se llamó Red Wings, una operación en Afganistán de los SEALS (fuerzas especiales de la Armada de los Estados Unidos), que tenía como misión asesinar a un líder "insurgente" que se escondía en lo profundo de la montaña en una aldea inaccesible.

    Cuatro hombres son depositados en una montaña para llevar a cabo el asesinato, pero antes de cumplir su cometido son descubiertos, por lo que la película de Peter Berg (Battleship, Hancock) protagonizada y además producida por Mark Wahlberg (el sobreviviente del título), se basa en la pelea entre los comandos y los "insurgentes" en la montaña, donde cómo no, además de la camaradería entre los muchachos, hubo un lugar para que dos culturas se encontraran para descubrir que no eran tan diferentes, si después de todo el enemigo en común son los talibanes.
    Hay películas que abordan el género bélico en las que el interés y los esfuerzos se orientan a que sus personajes, tanto los protagonistas como los secundarios, tengan un perfil bien definido, una vida previa que de alguna manera justifique o contextualice su accionar en condiciones adversas.
    Pero hay otras como El sobreviviente, que son pura superficie, violenta adrenalina que se asienta en la dinámica pornográfica de los cuerpos rotos, sangrantes, partidos, raspados, atravesados pero en pie, cuestión que la muerte les llegue por el peor de los tormentos –varias caídas libres en la montaña con sus consecuentes fracturas, balas, muchas balas atravesando todo el abanico posible de miembros–, si después de todo para eso fueron entrenados y esa es la actitud valiente con la que deben aceptar su destino en cualquiera de las guerritas de "baja intensidad" que el imperio sostiene en el mundo.
    Nada de profundidad, entonces, para un film concebido desde la acción, el belicismo crudo y duro y la búsqueda a través de la manipulación de la puesta, para lograr la empatía emocional del espectador con los psicópatas de la pantalla en plan de héroes.
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  • Ella
    Ella
    Tiempo Argentino
    La melancolía y la incomunicación

    El director de películas tan personales y originales como El ladrón de orquídeas y ¿Quieres ser John
    Malkovich? se propuso describir la atracción que siente un hombrecito gris por un programa de su computadora.

    Ella transcurre en un futuro engañoso, en tanto bien puede ser el presente, puede estar sucediendo que algunos seres humanos entablen una relación, se enamoren de una computadora o para ser más precisos, de un sistema operativo que a medida que interactúa con el usuario va sumando experiencias y haciéndose preguntas, miles, millones de preguntas que ninguna persona sería capaz de hacerse para llegar a conclusiones lógicas sobre el amor, la pulsión del sexo, la curiosidad por el mundo y las paradojas de la fidelidad ante el estímulo que significa conocer, confrontarse, tener la posibilidad de amar de múltiples maneras.
    Ganadora del Oscar al mejor guión original, esta película de Spike Jonze tiene la misma mirada si se quiere distorsionada o particular sobre la realidad que el director aplicó en El ladrón de orquídeas o ¿Quieres Ser John Malkovich?, esa capacidad de enfocarse en el cerebro de sus criaturas para diseccionarlos y tratar de entender el mundo a través de su mirada.
    En ese sentido los ojos tristes y expresivos de Joaquin Phoenix son el vehículo ideal para componer a Theodore, un hombrecito que todos los días de su vida se sienta delante de una pantalla y escribe cartas, le dicta a su computadora textos sentidos, hermosos y cumple con encargos pagos para luego volver a su casa vidriada y recordar cómo era la vida cuando la compartí con la que fue su esposa. Hasta que un día compra un nuevo sistema operativo y aparece Samantha ("la" voz, sedosa, a la vez nasal e increíblemente sexy de Scarlett Johansson), que lo acompañará, compartirá sus logros, lo ayudará a ser más eficiente, tendrá sexo –por cierto, más pasional que muchas parejas tradicionales– y con quien peleará, en suma, una relación como tantas expuesta a decenas de emociones.
    La inteligencia de la apuesta de Jonze es el fuera de campo, esa voz que se complementa de manera ideal con el trabajo de Phoenix, tan desolado, tan endeble, tanto como la extraordinaria composición que hace Amy Adams, contraparte femenina del protagonista, tan devastada por la soledad como la mayoría de las personas que se ven en la pantalla, un mundo ¿distópico?, ordenado, limpio, casi aséptico –notable la melancólica fotografía del alemán Hoyte Van Hoytema– donde la mayoría de los transeúntes habla solo o mejor dicho, con sus sistemas operativos, sus fuera de campo particulares, únicos en sus particularidades y sin saberlo, tan escandalosamente comunes.
    La opacidad de Ella sin embargo deja lugar para lo imprevisto, para lo no programado, donde el humor y lo absurdo de las situaciones se hacen lugar entre tanta melancolía e incomunicación (mejor dicho, nuevas formas de comunicarse, de relacionarse), en un relato tan inteligente como hipnótico sobre la esencia de lo humano.
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  • Balada de un hombre común
    La bohemia del folk americano

    El estilo característico de los hermanos Ethan y Joel Coen se mantiene a lo largo de la historia de Llewyn Davis, un supuesto cantante de música en la escena under de Nueva York en los años '60. Una gran aventura.

    El Nueva York de los comienzos de la década del '60 no es una buena época para la música folk, con un público tan intelectual como snob que prefiere lo "auténtico" por sobre cualquier innovación que se haga del género, como la que intenta el joven Llewyn Davis (Oscar Isaac) cada vez que puede tocar en algún tugurio del Greenwich Village.
    El músico fue parte de un dúo que logró cierto reconocimiento, hasta que su compañero decidió abandonar este mundo de manera sorpresiva y lo dejó solo, sobreviviendo a duras penas en los sofás de sus amigos, arrastrando su guitarra por toda la ciudad en busca de una comida caliente en el duro invierno, mientras mete la pata con una mujer, recibe alguna paliza y casi comparte escenario, sin saberlo, con un tal Bob Dylan.
    Película atípica en la filmografía de los hermanos Coen, porque a pesar de que el protagonista cumple con la condición esencial de ser un perdedor nato, el relato no se ensaña con sus desventuras. Por el contrario, lo acompaña y mantiene una mirada piadosa sobre su periplo de decisiones erradas y definitiva mala suerte.
    Inspirado en el mítico Dave Van Ronk, un cantante que con los años se convirtió en músico de culto, la brillante interpretación que Isaac hace de Llewyn –no cuesta nada imaginar que así fue la juventud del personaje que compuso Jeff Bridges en Corazón rebelde–se ajusta perfectamente a la melancólica puesta de los Coen, que con precisión, respeto y también bastante humor, retratan la bohemia de la época, dejan que la música sea un protagonista real de la historia permitiendo que los temas se interpreten enteros – el productor musical es T-Bone Burnett, que también participó en Corazón.. – y que el antihéroe vaya probando y sufriendo acompañado por una galería de personajes memorables como Jean (Carey Mulligan) y Jim (Justin Timberlake) una pareja de cantantes que por supuesto Llewyn hace tambalear, el músico de jazz Roland Turner con el que comparte un viaje alucinante o Bud Grossman (F. Murray Abraham), para el que interpreta una desangelada audición en busca de trabajo.
    Ganadora el premio del jurado en el último festival de Cannes y prolijamente olvidada a la hora de los recientes Oscar, Inside Llewyn Davis tal vez no sea la mejor película de los Coen, pero para los que les molesta la mirada demasiado sarcástica y canchera de los responsables de títulos como El gran Lebowski, Fargo y Barton Fink, probablemente se sorprendan con esta, la última aventura de los los hermanos de Minneápolis.
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  • En la casa
    En la casa
    Tiempo Argentino
    Sobre el deseo, la represión y el miedo

    Finalmente llega a la cartelera local la película de François Ozon, ganadora de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián en 2012. Aborda la relación enfermiza entre un joven estudiante y su maestro de literatura.

    Una amarga certeza, pauta de la vida profesional de Germain (Fabrice Luchini), un profesor de literatura en el nivel medio que de acuerdo a su conservador punto de vista, cada año debe lidiar con que los chicos que llegan a las aulas estén menos preparados y sean más apáticos.
    En ese contexto, en medio de esa especie de derrota que impregna su vida ordenada, cómoda pero aburrida, Germain descubre un alumno que no sólo puede escribir, sino que tiene la capacidad de construir relatos llenos de interés, bien armados e inteligentes. En suma, que tiene pasta de escritor.
    Sin embargo, el material que nutre las ficciones de Claude (Ernst Umhauer) es la familia de Rapha (Bastien Ughetto), su compañero de clase, y en especial su madre Esther (Emmanuelle Seigner), suerte de representación de lo más deseable de las mujeres de clase media, según la afiebrada y a la vez cínica mirada de un Claude que anhela pertenecer y a la vez desprecia ese estrato social del que también son parte el profesor y su esposa Jeanne (Kristin Scott Thomas), que a través de los ensayos del adolescente se convierten en voyeurs de esa familia que podría ser la suya y que además se sienten fascinados del juicio sobre su clase de parte de un cuasi marginal.
    Sofisticado pero accesible, el círculo del relato se completa cuando el joven Claude duda no sólo sobre sus textos sino en su intrusión en esa familia, y Germain empieza a traspasar los límites de su labor como educador y hacer las veces de forjador de destinos, poniendo en conflicto la relación maestro-alumno y a la vez comenzando a esmerilar la correcta vida del profesor que quiso ponerle un poco de emoción a su vida.
    Ganadora de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián en 2012, En la casa de François Ozon es una suerte de divertido juego intelectual que se refuerza con un elenco extraordinario (todos están bien), con cuotas iguales de curiosidad y perversidad burguesa, asentado un un tono de sarcasmo asordinado –un tono similar al que emplea en su obra el escritor Michel Houellebecq, aunque sin la feroz misantropía del autor de Las partículas elementales– y una compleja puesta que navega entre diferentes tiempos del relato, donde realidad y ficción se entrelazan fluidamente, con personajes tan humanos en su ridícula existencia cargada de deseo, represión y miedo.
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  • Una familia numerosa
    Una familia numerosa
    Tiempo Argentino
    Más conservador que nuevo

    Qué quedó de la nueva comedia americana iniciada hace una década o poco más? ¿Adónde fueron a parar esas escenas y personajes transgresores y políticamente incorrectos? Una familia numerosa –feo título comparado con el original Delivery Man– actúa como prueba, no tanto de decadencia definitiva, pero resulta indudable que desde hace algunos años el género ingresó en una discreta meseta de originalidad.

    A David Wozniak (Vince Vaughn), repartidor de carne, cultivador de plantas de marihuana y de vida afectiva desprolija, de un día para el otro le informan que es el padre de 533 hijos y que 142 de ellos quieren conocer al progenitor. Ocurre que a Wozniak se le ocurrió donar en una clínica una importante cantidad de su esperma "de buena calidad", provocando semejante situación que podría cambiar –o no– su atolondrada vida.
    Desde allí surgen algunos personajes interesantes: su abogado amigo, la mujer que está esperando un hijo suyo, y por supuesto –de acuerdo a las maniobras del guión– una docena de vástagos del personaje central. Wozniak es un tipo bastante inmaduro, característica de la nueva comedia americana para construir situaciones políticamente incorrectas, convirtiéndose en un sujeto mal visto por el resto de la sociedad. Pero como si Una familia numerosa fuera una parábola del género en estos días, Wozniak irá sentando cabeza, obligado por las circunstancias y por la maldita madurez que requieren los otros.
    Más allá de aislados momentos felices donde Vaughn hace lo que puede con un personaje que gira de lo cómico a lo dramático, la parábola de Wozniak como padre de un montón de hijos no reconocidos, comprueba que la nueva comedia americana cada día se parece más a modelo de cine conservador, acorde con los peligrosos cambios que viene presentando el género.
    Más aun, la película está basada en una remake de origen canadiense, Starbuck (2011), realizada por el mismo Ken Scott, cuestión que se relaciona con la falta de ideas que también padece el género en la actualidad. ¿Faltará mucho para una nueva versión, supuestamente transgresora, del clásico Los tuyos, los míos y los nuestros?
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  • Dallas Buyers Club: El club de los desahuciados
    Una epopeya extraordinaria

    Ubicada en los años '80, cuando recién se comenzaba a hablar del sida, el director canadiense Jean-Marc Vallée (La reina Victoria) retrató una atrapante historia real, donde se luce Matthew McConaughey.

    Misógino, ignorante, reaccionario, homofóbico y violento. La lista sigue porque son sólo algunos de los rasgos de carácter de Ron Woodroof, el protagonista de Dallas Buyers Club, un cowboy que reparte su tiempo entre su oficio de electricista, las estafas con apuestas y el rodeo, donde cada tanto se da el gusto de subirse a un toro reacio a ser domado.
    En los años '80, en pleno reinado de la derecha, Ron sigue esnifando cocaína y se acuesta con la mayor cantidad posible de prostitutas, hasta que los médicos le diagnostican 30 días de vida por ser portador del virus del sida. Y más allá de la sorpresa y la impotencia por una enfermedad inesperada, lo que verdaderamente molesta al protagonista es que para esa época donde se creía que la enfermedad atacaba solamente a los homosexuales, y que la sufra él es algún tipo de broma gay que no llega a entender.
    Lo cierto es que si bien el cowboy es un retrógrado, no tiene un pelo de tonto y enseguida se da cuenta que debe estar atento porque lo que digan los médicos, los laboratorios y las autoridades no es necesariamente verdad, y que la lucha por sobrevivir va a forzarlo a que busque por sus propios medios el mejor tratamiento, contrabandeando desde México y armando un gran sistema de distribución de cócteles de medicamentos para el tratamiento de la enfermedad, tan eficaz como ilegal. Lo que no tiene en cuenta Ron es que el nuevo desafío y conectarse con mundos que desconoce, va a significar un crecimiento para su manera de ver el mundo, más comprensivo, mejor.
    El correcto Jean-Marc Vallée (La reina Victoria) deja en manos de Matthew McConaughey todo el peso del relato y así el actor texano se luce en un papel soñado –esta interpretación, más el policía que compone en la serie True Detective y la participación en El lobo de Wall Street constituyen la plataforma de su reinversión como actor–, acompañado por el impresionante trabajo que hace Jared Leto como un travesti, tan trágico como sabio .
    Con varias lecturas posibles, que van desde el poder de las corporaciones farmacéuticas dispuestas a todo por colocar sus productos hasta el gobierno permeable a los lobbies empresariales, la película tiene la inteligencia de presentar a un personaje controvertido, incluso repulsivo, como el impulsor de una epopeya extraordinaria y de paso, que el posible espectador vaya logrando una empatía con el protagonista, que descubre la ética, que lucha y crece como persona.
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  • Nebraska
    Nebraska
    Tiempo Argentino
    Una cálida manera de ver el mundo

    Después de hacer Los descendientes en Hawaii, el director Alexander Payne (Entre copas, Las confesiones del Sr. Schmidt) trasladó su universo de personajes al estado del "Midwest" estadounidense. Excelente Bruce Dern.

    Woody Grant (Bruce Dern), un anciano que está a punto de cruzar la línea sin retorno de la senilidad, va a recibir un premio de un millón de dólares pero necesita ir a cobrarlos a Nebraska, a unos 1300 kilómetros de la casa que comparte su malhumorada esposa Kate (si hay un mínimo de justicia en este mundo, el Oscar para June Squibb debería ser apenas un trámite) en Billing, Montana. Porque Woody, que nunca fue de tener fuertes deseos ni grandes expectativas, decide que ya es hora y se lanza una y otra vez a pie a la carretera, con el papel de una revista que dice que es dueño de una fortuna.
    Poco y nada señalan los paisajes donde se ubica la historia de la película, lugares tan anónimos e inusuales para el cine como las locaciones elegidas para Los descendientes, la anterior película de Alexander Payne, donde el personaje de George Clooney se daba por enterado que su esposa en coma lo había engañado, mientras tenía que decidir cuestiones tales como el futuro de sus hijas, el propio y el de toda una comunidad
    Entonces Nebraska, Montana o Hawaii bien pueden ser estados de ánimo, con personajes solitarios como Woody (formidable Dern), que en las grietas de la nebulosa en que vive se da cuenta que si bien su deseo está motorizado por una estafa en pequeña escala, también puede ser la señal de algo más trascendente. Así lo entiende David (Will Forte), que decide acompañar a su padre en el viaje hacia ninguna parte porque después de todo no es que tenga gran cosa que hacer y lo intriga ese hombre mayor, de pocas palabras, que nunca demostró gran interés por él ni por su hermano.
    Así que el film es un viaje, género transitadísimo en el cine para llegar a algún tipo de aprendizaje o verdad para los protagonistas. Lo que hace de Nebraska un relato delicioso es que su tristeza es amable pero no condescendiente, con una historia llena de familiares poco agraciados, amigos miserables, mujeres que se conformaron, otras que perdieron y algunas que lograron una existencia razonablemente feliz. Personajes curiosos, retratados en un apabullante blanco y negro que resalta y enmarca que están un poco al margen,de los que en un primer vistazo apenas se destacan sus agachadas de cabotaje, pero que sin embargo, en ese interior profundo y aparentemente anodino, cada una de esas vidas también es interesante, con pasados gloriosos que contabilizan grandes momentos y pasiones desatadas como puntos ciegos y años enteros de rutinaria calma.
    Divertida, irónica, con un final tan hermoso como simple en su resolución, de esos que llegan a las emociones de los espectadores más encallecidos, Nebraska hace bien por su cálida manera de ver el mundo.
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  • La paz
    La paz
    Tiempo Argentino
    Sensibilidad a flor de piel

    Liso (Lisandro Rodríguez) está mejor y por eso le dan de alta en la clínica psiquiátrica. Afuera lo esperan sus padres, antesala del mundo que va volver a transitar, en donde se supone que completará su curación.

    Ya en su confortable casa de clase media acomodada, Liso se reparte entre su madre sobreprotectora (Andrea Strenitz), que lo trata como un niño pero que no le exige nada ("Si vos no querés estudiar más, ni trabajar, me lo tenés que decir. Va a estar bien lo que hagas."), y un padre emocionalmente acorazado, que le da dinero para prostitutas y lo apura para que trabaje con él.
    Y en la reinserción, huérfano afectivo entre dos personas a los que se les adivina un mejor pasado en común, el protagonista, sólo se relaciona con su abuela (Beatriz Bernabé), a quien lleva a pasear en la moto que le acaban de regalar, y sobre todo con Sonia (Fidelia Batallanos Michel), la mucama de siempre de su casa, que sin pretenderlo, le va a señalar un rumbo para que empiece a recomponerse.
    Ganadora de la Competencia Argentina en el último Bafici, la película de Santiago Loza (el mismo de Extraño, Rosa patria, Los labios) viene cosechando premios en todo el mundo, tal vez porque el cineasta y dramaturgo cordobés logró con su último film una síntesis casi ideal de su cine, un imaginario que prescinde de los subrayados innecesarios, que confía en el desarrollo de sus relatos para que el espectador vaya descubriendo los dobleces de sus historias.
    Pero, además de la puesta sobria y contenida, buena parte de la solidez de La Paz recae en la extraordinaria composición que hace Lisandro Rodríguez (ganador al premio de Mejor Actor en el festival de Biarritz 2013), que muestra toda la desolación y también la impotencia del protagonista para conectarse con la gente, con una sensibilidad a flor de piel que solo puede ser compatible con otros que sufren otras pérdidas, otros anhelos, como Sonia, que extraña su país y que de manera natural se relaciona con Liso.
    Extrañamente esperanzadora en su tristeza, la película encuentra un camino posible, un cambio. Sin garantías, pero con todo por ganar.
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  • Romeo y Julieta
    Romeo y Julieta
    Tiempo Argentino
    Una pareja pasteurizada y sin química

    Periódicamente, el cine vuelve a la clásica historia de Shakespeare. Ahora, a casi 20 años de la versión de Baz Luhrmann, el director Carlo Carlei encaró una producción con Douglas Booth, Hailee Steinfeld y Paul Giamatti.

    Como bien se sabe, los Montesco y los Capuleto son dos familias poderosas que se odian apasionadamente en Verona y es tal la rivalidad, que el príncipe que gobierna la ciudad les ordena que cesen las disputas para conservar la paz del lugar. En ese contexto, el joven Romeo (Douglas Booth), heredero de los Montesco, que cree en el amor más que en la guerra, en busca de una mujer se arriesga a asistir a un baile de máscaras en el palacio de los Capuleto, un evento organizado por los dueños de casa (interpretados por Damian Lewis y Natascha McElhone) para que su hija Julieta (Hailee Steinfeld) conozca a Paris (Tom Wisdom).
    Pero en el baile, apenas revelando los ojos a través de sus máscaras, Romeo y Julieta se conocen y el mundo desaparece, para dar paso a un amor tan puro que no repara en rivalidades, deseos y arreglos familiares e ignora todos los signos que lo condenan a un final trágico desde el principio.
    Por supuesto, se trata de una nueva versión del clásico de William Shakespeare –se supone que el escritor ubicó la historia a fines del siglo XlV–, dirigida por Carlo Carlei (Fluke, La corsa dell’innocente) a partir del guión que adaptó Julian Fellowes (La reina Victoria, Gosford Park, también responsable del guión de la extraordinaria serie británica Abbey Dowtown).
    A casi 20 años del último abordaje relevante de la más famosa historia de un amor imposible, cuando el barroco Baz Luhrmann hizo lo suyo con unos muy jóvenes Leonardo DiCaprio y Claire Danes en Romeo + Julieta, la versión del italiano Carlei no tiene la intención de resignificar nada y ofrece una puesta convencional, que incluso parte de la base de que todo el mundo conoce la historia.
    Así, en escenarios suntuosos pero que la cámara muestra sin vida, los personajes desgranan sus líneas, desde varios registros diferentes. Es notable lo flojos que están Stellan Skarsgård y Damian Lewis frente al buen trabajo de Paul Giamatti (el mejor como el fraile Lorenzo que idea el defectuoso plan para que los amantes sigan juntos) y Natascha McElhone. Pero más allá del mayor o menor empeño que cada uno de los actores transmite desde la pantalla, es el oficio del elenco el que sostiene a los endebles protagonistas, una pareja sin química, en un relato que no logra transmitir la pasión del texto original y parece ser una versión simplificada, pasteurizada y televisiva dirigida al público de la saga Crepúsculo.
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  • Los desechables
    Los desechables
    Tiempo Argentino
    Relato de la alienación

    Interesante y atípico ejercicio cinematográfico, que abreva en el teatro para trabajar con historias incómodas, dentro de un puzzle que solo se completará parcialmente, Los desechables es la primera ficción de Nicolás Savignone, que a principios del año pasado había estrenado Hospital de día (Buceando en la superficie), un documental centrado en la cotidianidad de pacientes psiquiátricos.
    El director, que además es psiquiatra, no intenta ocultar las costuras de un relato mínimo –tres empleados de una empresa y sus vidas privadas que están irremediablemente ligadas a su ámbito laboral–, para hacer evidente el universo hostil en el que se mueven un puñado de personajes de la clase media porteña, donde el lenguaje psicoanalítico no es una novedad para ninguno de los protagonistas.
    "Fantasma", "Casa de huésped", "Medio elenco inestable", "El purgatorio" son los capítulos-estaciones de la puesta que tienen un tratamiento narrativo especial para los tres jóvenes que los deben atravesar, enfrentando situaciones tan difíciles como extrañas –desde un hecho cuasi sobrenatural, pasando por un cuento del tío reformulado a cargo de unas siniestras madre e hija, hasta el papel de peones en un juego más grande–, y el extrañamiento pasa por una rabiosa actualidad, donde los tres son víctimas de un mundo corporativo, despiadado, que se regodea de su maldad (como otra mirada de El método, de Marcelo Piñeiro), alimento de un feroz sistema darwiniano que los lleva a la alienación y al vacío existencial.
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  • La leyenda de Hércules
    La leyenda de Hércules
    Tiempo Argentino
    Para fanáticos de la epopeya

    Apenas comenzada la película y luego, con el correr de los minutos y confirmando las sospechas que se disparan al inicio, La leyenda de Hércules se asienta en un principio curioso, algo así como que cada posible espectador es virgen en cuanto al cine y de esa manera puede digerir toda la extensión del film sin tener ninguna referencia.

    Entonces, bajo esta presunción, el artefacto dirigido por el finlandés Renny Harlin se dedica a saquear películas del noble y vapuleado péplum (el género que se asienta en historias de aventuras en la antigüedad clásica) en una producción sin alma que cuenta el nacimiento de un héroe, Hércules, hijo del dios de la Guerra Zeus y de la reina Alcmena, que con el tiempo se enfrentará a su padrastro Anfitrión, un tirano sediento de poder.
    Suerte de prima bastarda de Gladiador, la historia protagonizada por Kellan Lutz (Crepúsculo), sin ningún escrúpulo copia prácticamente sin modificaciones la línea argumental del film de Ridley Scott –el protagonista es vendido como esclavo, el hijo del rey cumple el papel del pérfido y envidioso personaje que le arrebata la gloria, el héroe lucha no sólo contra una tiranía que agobia a su pueblo sino para estar junto a la mujer que ama– y por supuesto, tiene una puesta calcada de la sobrevalorada 300 u otros subproductos televisivos como la serie Espartaco.
    La epopeya que construye Harlin (El exorcista: el comienzo, Máximo riesgo), lejos de cualquier referencia seria a la mitología griega, se compone de muchísimos ralentis, una interminable proliferación de músculos inflados y convenientemente depilados, esteticismo berreta para las escenas de acción, una historia de amor sin pasión ni empatía, un elenco anodino, elementos que conforman una puesta sin alma, que deja poco margen para conformar un producto con algún atractivo para el espectador medio, salvo para los fanáticos del género para quienes puede ser entretenida.
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  • 12 años de esclavitud
    12 años de esclavitud
    Tiempo Argentino
    Un relato sólido y definitivo

    La historia se teje con mucho inventario y utiliza a los cuerpos para describir la injusticia.

    Solomon Northup era un hombre libre y gozaba de ciertos privilegios como tener un trabajo remunerado, un dato para nada menor teniendo en cuenta que era negro y vivía en los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XlX. Pero un día, atraído por la promesa de un trabajo muy bien pago, fue engañado, secuestrado y enviado a Giorgia, uno de los estados esclavistas.
    Durante 12 años, Northup fue un esclavo y finalmente fue una de las pocas víctimas que pudo volver a su antigua vida y contar en un libro su terrible experiencia.
    El film del director británico Steve McQueen se basa en ese texto para construir un relato con mucho de inventario de las diferentes estaciones del calvario esclavista, un mapeo de las distintas maneras de explotación, tortura, humillación y actos criminales de un sistema aberrante, con una mirada fría, rigurosa pero también con algo de efectismo sobre lo que quería contar.
    Firme candidata a alzarse con más de una estatuilla en la próxima entrega de los premios Oscar –una de esas historias que Hollywood adora, con un elenco sólido, un director prestigioso y Brad Pitt como productor–, la película de alguna manera dialoga con Django sin cadenas, que actualizó el debate sobre la cuestión de la esclavitud, un tema cuidadosamente esquivado por el establishment estadounidense. Pero además, sin demasiado esfuerzo cualquiera podría imaginarse a Salomon Northup (buen trabajo de Chiwetel Ejiofor), espalda contra espalda y bajo el sol abrasador de un campo de algodón con Django, para después, por la noche, compartir experiencias sobre los niveles de crueldad de sus respectivos amos, tanto el malvado Calvin Candie (que interpretó Leonardo Di Caprio en el film de Quentin Tarantino) como el Edwin Epps que compone Michael Fassbender en 12 Años..., dos personajes diabólicos, psicópatas a sus anchas con un entorno y una época favorable para desplegar su crueldad.
    Pero a diferencia de Django..., el film de McQueen aspira a la profundidad, con un protagonista que va revelando un complejo sistema económico, sí, pero sobre todo social, con diferentes lugares para los esclavos, primero como explotados en los campos, pero también como sirvientes, amantes de los dueños de las plantaciones, sujetos de celos descontrolados y por lo tanto víctimas de juegos perversos y crueles.
    Al igual que en la extraordinaria Shame o Hunger, McQueen vuelve a utilizar los cuerpos para escribir y describir el dolor y las injusticias que sufren sus criaturas, aunque en este caso, la espalda lacerada por los latigazos mostrada en todo su horror no agrega demasiado y es apenas una acentuación innecesaria del infierno que atraviesan los personajes. Sin embargo, en su conjunto el relato es sólido y es probable que con el tiempo adquiera la categoría de film definitivo sobre la esclavitud.
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  • El sueño de Walt
    El sueño de Walt
    Tiempo Argentino
    El creador de la factoría

    Efectista y ombliguista, la película narra la historia de Walt Disney y la autora de Mary Poppins, y cómo llevaron a cabo la adaptación de este clásico a la pantalla grande.

    Para los que fueron niños allá por la década del '60, Mary Poppins, dirigida por Robert Stevenson y protagonizada por Julie Andrews y Dick Van Dyke, fue una de esas películas obligadas que había que ver y que con el tiempo se convertirían en una pieza importante de los recuerdos cinematográficos de varias generaciones. Pues bien, antes de sumarse a la factoría Disney, Mary Poppins había nacido como personaje literario de la pluma de P.L. Travers, una australiana residente en Londres que durante casi 20 años se había negado a ceder los derechos para que se trasladara al cine, hasta que finalmente accedió a regañadientes, principalmente porque se hallaba en bancarrota. El film de John Lee Hancock –director de la exitosa Un sueño posible, guionista de la oscura Medianoche en el jardín del bien, de Clint Eastwood–, está centrado en el viaje que realiza la autora a Los Angeles para adaptar el libro y la tensa relación que establece con Walt, obsesionado por llevar a la pantalla grande un personaje que sabía que sería adorado por los chicos, mientras Travers estaba convencida que el pasaje de la literatura al cine de su creación más querida sería un desastre.
    Estructurada a partir de la creación estereotipada que hace Emma Thompson de la escritora, un personaje hosco, rígido y difícil de conformar, la primera mitad el film dedica partes iguales para contar su infancia aparentemente idílica en Australia y por otra parte su estancia en Estados Unidos, dentro de una estructura y una ciudad que despreciaba. Pero ya avanzado el film, la historia se ocupa de dejar bien en claro que las cosas ocurren por algo y a través de numerosos flashbacks, vuelve una y otra vez a la niñez de la autora, para mostrar cómo su portentosa imaginación fue fogoneada por su padre, un bancario soñador, atormentado y alcohólico que desde la mirada de la niña, podría haber salvado. Y el cruce dramático del relato, forzado y remarcado innecesariamente, se produce con la triste historia de Walt, que finalmente se da cuenta que la señora todavía no pudo resolver la relación con su padre y la compara con su propio pasado y el recuerdo de don Elías Disney, un señor durísimo pero que sin embargo forjó su carácter emprendedor. Y así.
    Hay que decir que la película tiene a favor que desde el mismo riñón de Disney se atreve a deslizar alguna crítica a la historia del imperio animado y su manera de coptar productos para hacerlos asimilables a su formato, toda una novedad para el estudio, pero definitivamente el film es un producto tan efectista como ombliguista.
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  • Escándalo americano
    Escándalo americano
    Tiempo Argentino
    Un fascinante juego de seducción

    La lustrosa superficie de los años '70 es el pintoresco marco para una historia de estafadores, corrupción y un triángulo amoroso conformado por Christian Bale, Amy Adams y Bradley Cooper. Muy bien Jennifer Lawrence.

    David Russell llamó la atención a fines de los años '90 con la despareja Tres reyes, donde abordaba con ironía y grandes dosis de acidez la guerra de Irak. Diez años después se despachó con la extraordinaria El ganador, semblanza amorosa y vital sobre un boxeador y su familia "white trash" irlandesa. Y claro, en 2012 llegó El lado luminoso de la vida, una comedia dramática sobre dos adorables limados.
    Después de la sucesión de éxitos, convertido en uno de los directores del momento, Russell centra su mirada en una historia de corrupción, estafadores y el dinero como el único y puro elemento importante de la sociedad, en la que un político honesto quiere cambiar algo haciendo la vista gorda, enamorar a una pareja, o convertirse en el anzuelo de un detective desesperado por avanzar en su carrera.
    Escándalo americano entonces se desarrolla entre kilómetros de poliéster, entretejidos imposibles, solapas XL, relojes de oro y toneladas de spray, el entorno chillón de los chillones años '70 relatados con el pulso scorseseano de aquellos años (o el recuperado en El lobo de Wall Street) con la historia clásica de un timador, Irving (otra transformación asombrosa de Christian Bale), que encuentra la cómplice ideal en Sydney (Amy Adams). De ahí al deslumbramiento mutuo hay un paso –hay un hermoso segmento reservado a ese amor improbable pero real–, unos engaños de cabotaje que sin embargo dejan sus buenos dólares pero que también llaman la atención del agente del FBI Richie DiMaso (Bradley Cooper con una imposible permanente), que los obliga a colaborar en un plan para desnudar una red de corrupción que involucra a políticos y mafiosos, y de paso se convierte en amante de Sidney, que sus motivos tiene para engañar a Irving, sin duda el amor de su vida pero también el cabrón que está casado con la manipuladora Rosalyn (brillante Jennifer Lawrence).
    Lo cierto es que la película es absolutamente disfrutable por un elenco al que se nota que la pasó fantástico jugando a retroceder en el tiempo para ser únicos, excéntricos y definitivamente ordinarios, mientras en la pantalla giran, se tocan, se enamoran y se traicionan en un juego de seducción interminable que resulta fascinante, siempre sobre esa superficie lustrosa de los años '70, con una historia que suma interés al estar condimentada con una cuota de noir (casi como la gran novela americana que nunca nadie escribirá), es decir, una mirada nostálgica, trágica, de los usos y costumbres de la auténtica manera de hacer las cosas en América.
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  • Familia peligrosa
    Familia peligrosa
    Tiempo Argentino
    Programa de protección de mafiosos

    El director Luc Besson (Nikita, El perfecto asesino, El quinto elemento) se embarcó en el terreno de la comedia y decidió convocar a figuras como Robert De Niro, Michelle Pfeiffer y Tommy Lee Jones. Pero no da en el clavo.

    Un mafioso decide abrir la boca y contar todo lo que sabe sobre el hampa neoyorquino a cambio de que la justicia lo deje libre y le permita entrar junto a su familia en el programa de protección de testigos. Y se sabe, cuando uno de los miembros de la mafia se convierte en traidor, más vale que se esconda bien, por lo que Fred (Robert De Niro), su esposa Maggie (Michelle Pfeiffer) y sus hijos Belle (Dianna Agron) y Warren (John D'Leo), residen en el sur de Francia y cada tanto cambian de destino para borrar cualquier posible rastro de su paradero. Instalados en un pueblito, por una casualidad, la pista de su lugar de residencia llega a manos del capo de la Cosa Nostra, que envía a un grupo de sus hombres a eliminar a Fred y a todo su familia.
    Desde los años '80, cuando debutó como director, Luc Besson estuvo dispuesto a incursionar en todos los géneros y formatos de coproducción, desde Subway y Azul profundo, pasando por Nikita, El perfecto asesino y El quinto elemento, hasta Angel-A. Ahora se despacha con una comedia híbrida, que abreva en la tradición del cine policial para ironizar sobre sus tópicos y entregar algunas situaciones cómicas a partir del absurdo de una familia delineada desde los estereotipos cinematográficos del imaginario mafioso que por caso, se fue construyendo con los films de Francis Ford Coppola o Martin Scorsese –a propósito, el director de Casino es el productor.
    Entonces, mafioso, esposa e hijos se enfrentarán a situaciones cotidianas en un país que no es el suyo, y el grueso registro de Besson marcará las diferencias entre la cultura estadounidense (o la falta de) y la francesa, para que, claro, cada uno de los integrantes de la familia termine arreglando sus asuntos con el mundo exterior con la violencia que se espera de ellos.
    Es cierto que hay algunos elementos del film que son rescatables, como la escena de De Niro en el cine club del pueblo en plan de escritor estadounidense (ésa es su identidad ficticia), comentando Buenos muchachos y siempre, siempre es un placer ver a Pfeiffer haciendo lo suyo, pero las vacilaciones del director a la hora de decidirse por el camino de la comedia, negra, irónica, la que sea, la obstrucción que representan varios momentos dramáticos y la suma de escenas de violencia que no terminan de encajar con la ironía que se le quiere dar al relato, hacen de Familia peligrosa una película despareja, anodina y olvidable.
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  • Actividad paranormal: Los marcados
    Sustos de bajo presupuesto

    Seis años ya y cinco películas con actividades paranormales. Camaritas livianas, pesadillas, gritos en off, pasillos interminables, brujerías varias, manchas en la piel, gente asustada. La culpa será de la bruja Blair y de su horrible secuela, pero el negocio "found footage" continúa y por lo menos hasta hoy, parece no tener fecha de vencimiento.

    Actividad paranormal: los marcados empieza como una torpe comedia adolescente al estilo adrenalínico de la serie Jackass, hasta que al poco rato cambia el tono y dos amigos, Jesse (Andrew Jacobs) y Héctor (Jorge Díaz), se convierten en los protagonistas de la trama, especialmente el primero, quien luego de un sueño observa que su piel tiene más de un grieta, tal vez debido a un ritual demoníaco o quien sabe porqué motivo. De allí en adelante, la película se aproxima a sutilezas como las que dejó El último exorcismo y sus precuelas y secuelas.
    Entonces, como era de esperar, surge la orgía de cámaras con sus luces azules y nocturnas para mostrar el miedo, el pánico de la pareja, el espanto llevado al extremo al momento de retratar una habitación mohosa semejante a la de niña endemoniada de REC, el film español que tanto bien y mal hizo para que surgiera esta clase de cintas de bajo presupuesto. Horror en campo y fuera de él, un grito temible que parte del sótano, ladridos de perros en off y corridas a toda prisa por las instalaciones de la casa, marcan a fuego hacia adónde pretende ir esta clase de películas.
    La dirigió un tal Christopher Landon, productor ejecutivo de anteriores actividades paranormales, una manera de hacer cine de género que tiene sus fanáticos y defensores. El resto de los mortales puede abstenerse sin culpa alguna.
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  • La chispa de la vida
    La chispa de la vida
    Tiempo Argentino
    Con los medios de su lado

    El film de Alex de la Iglesia cuenta la historia de un hombre que quedó sin empleo y decide exponer sus miserias en la televisión. Una obra con menos desbordes y más incisiva.

    Por esas cosas de la distribución, La chispa de la vida, el film de Alex de la Iglesia de 2011 llega a la cartelera argentina después de la última película del director vasco, que tuvo su estreno mundial hace menos de dos meses. Y si bien desde este mismo medio se señaló que Las brujas comenzaba con una mirada irónica sobre la empobrecida España –con el robo en la Puerta del Sol a cargo de un grupo de desesperados, buscas disfrazados de estatuas vivientes– para luego desbarrancar en una narración caótica, La chispa de la vida es más humilde y a la vez más compacta, una obra mucho más coherente e incisiva.
    Cuando todavía no se había explicitado con tanta claridad la crisis europea y en particular cómo afectaría a España, De la Iglesia fijó su feroz mirada sobre el ajuste, la desigualdad y la desocupación, con un relato que tiene como centro a Roberto (José Mota), un publicista sin empleo que sufre un accidente y decide explotarlo mediáticamente para salir de la miseria.
    Con una barra de acero clavada en la cabeza en un lugar que muchos años atrás fue el hotel donde pasó su luna de miel junto a su esposa Luisa (Salma Hayek), Roberto es descubierto por un guardia que lo graba con su celular, mientras que la víctima empieza a planear cómo sacarle partido a su situación –su imagen como crucificado es tan obvia como potente–, en una situación donde en definitiva se demuestra que casi nadie puede escapar del perverso juego de conveniencias que friccionan contra lo correcto y las decisiones morales.
    Con la participación de Hayek, que dadas sus limitadas condiciones ofrece una ajustada composición de la esposa del desesperado, la película tiene varios puntos de contacto con Cadenas de roca de Billy Wilder. Pero si en el film de 1951 se ponía en el centro del relato la voracidad de los medios, La chispa de la vida cambia el eje de la mirada. Es Roberto, herido en un accidente pero por sobre todo víctima de un sistema injusto, el que conoce la lógica de la televisión y decide utilizar a los medios en su provecho, en un sálvese quien pueda triste y patético.
    Sin embargo, dentro de la narración, el director deja un espacio decisivo para dar cuenta de la dignidad de algunos, que todavía sostienen con la palabra y las actitudes que no todo se puede comprar. Un relato lleno de humor, absurdo y esperanza de un director irregular que en su penúltima película logró dominar sus desbordes habituales.
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  • En el camino
    En el camino
    Tiempo Argentino
    En busca de experiencias límite

    La película de Walter Salles, basada en la novela de Jack Kerouac, cuenta la historia de un ex convicto que junto a un amigo recorre Estados Unidos y vive, en su travesía, distintas experiencias. Con música de Gustavo Santaolalla.

    Desde hace años En el camino es uno de esos libros malditos que se resisten a ser trasladados al cine, un sueño de muchos directores que finalmente pudo lleva a cabo el brasileño Walter Salles, director de Diarios de motocicleta y Estación Central.
    El manuscrito de Jack Kerouac, junto a El almuerzo desnudo de William S. Burroughs y Aullido de Allen Ginsberg, prácticamente fundaron y fueron el sustento de la llamada Generación Beat allá por la década del 50 del siglo XX, que incursionó en la libertad sexual, la experimentación con drogas, desde una mirada sobre el mundo que estaba influenciada por el existencialismo atravesado por una buena dosis de nihilismo.
    El libro, escrito en un papel sin fin, para no perder el ritmo del dictado febril de los recuerdos y de la imaginación de Kerouac, es una sucesión de momentos en la ruta intervenidos por instantes elegíacos y a la vez exaltados sobre la libertad y el hambre de vivir de un grupo de jóvenes.
    Así, Sal Paradise (Sam Riley interpretando al alter ego de Kerouac) se hace amigo de Dean Moriarty (Garret Hedlund), un ex convicto, con el que junto a Carlo Marx (Tom Sturridge alla Allen Ginsberg), recorren Estados Unidos en busca de experiencias límite. Dean es un poderoso seductor que atrae a hombres y mujeres por igual y está dispuesto a vivir todos los formatos del placer, mientras que Sal está allí, un poco dejándose llevar, "viviendo la experiencia" –trabaja en un campo de algodón, tiene una aventura con una latina, comparte un viaje en camión con jornaleros golondrina– y otro poco como historiador de ese personaje, que representará desde el texto que está a punto de escribir, una juventud disconforme, que no está dispuesta a vivir como sus mayores.
    Si bien es cierto que Hedlund carga con el magnetismo de su personaje y lo traslada a todo el film, las sospechas previas acerca de lo difícil de adaptar la novela original al cine se confirman con un relato deshilachado, sin un rumbo claro, con una multitud de intérpretes valiosos que salvo Kristen Stewart, parecen incluidos con el propósito de que se hable de un elenco excepcional, tal es el caso de los casi cameos de Garrett Hedlund, Amy Adams, Kirsten Dunst, Viggo Mortensen, Steve Buscemi o Alice Braga, que junto a la música de Gustavo Santaolalla y el preciosismo de la fotografía de Eric Gautier, no consiguen levantar la puntería de una película que termina siendo la oportunidad perdida de retratar un momento único de libertad y apertura de pensamiento de toda una generación.
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  • La esencia del amor
    La esencia del amor
    Tiempo Argentino
    Escaso respeto a los mayores

    Las segundas oportunidades y la felicidad que produce el arte para quienes recorrieron un largo camino son las dos ideas base sobre las que se sostiene la película protagonizada por Vanessa Redgrave y Terece Stamp, temas que en los últimos años recorrieron con mayor o menor suerte varias producciones centradas en la vejez, como la reciente Rigoletto en apuros o El exótico Hotel Marigold.

    En el film de Paul Andrew Williams, director de Un oscuro secreto, Marion (Redgrave) es una enferma de cáncer que con mucho esfuerzo ensaya en un coro de jubilados del centro comunitario local. La felicidad que encuentra en esa actividad se contrapone a la amargura de su esposo Arthur (Stamp, lejos de sus mejores trabajos pero entero y digno en una película que no lo merece), peleado con el mundo, que ridiculiza la rutina de los ancianos y además, mantiene una tensa relación con su hijo James (Christopher Eccleston).
    Y como centro de la tensión entre los que quiere cada uno de los ancianos está Elizabeth (Gemma Arterton), la directora del coro, una joven llena de buenas intenciones y con problemas para relacionarse con personas de su edad.
    Y ahí va el relato, previsible y lleno de golpes bajos a cumplir con el deseo de Marion, que ya no está pero proyecta su amor sobre los que quedan, principalmente Arthur, que claro, transita la necesaria y sanadora reconversión, primero con la memoria de su esposa, luego con los que lo rodean, además de llegar a un empate con un pasado que se adivina agrio, más el bonus del crecimiento de Elizabeth, que le permite seguir con su vida.
    Pero más allá de las agachadas emocionales y la emoción fabricada, lo imperdonable de La esencia de la vida es que supuestamente se asienta en el respeto por los mayores y sin embargo, son demasiadas las situaciones –principalmente, cuando el coro se prepara y, luego, en una competencia musical–, que se somete a los personajes a situaciones tontas y poco dignas. Son viejos, no idiotas.
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  • Huellas
    Huellas
    Tiempo Argentino
    El imaginario de un niño respecto a su propia identidad, construida principalmente por el relato de sus mayores y por su propia experiencia, es el comienzo de Huellas, una aventura dolorosa y a la vez extraordinaria, que tiene como disparador la historia de un abuelo aventurero, un héroe de guerra que a los ojos de ese chico fue una figura gigante y que ya adulto, el director decide indagar para comprender su propio pasado.
    Huellas, entonces, es una película que comienza investigando la vida de Ludovico, un italiano que fue partisano en la Segunda Guerra Mundial y que luego se trasladó a la Argentina para convertirse en un buscador de oro.
    A medida que el relato avanza, la historia de Ludovico empieza a mostrar aristas cortantes como sus simpatías nazis, una doble vida con dos familias en la provincia de Santiago del Estero, el abandono de sus hijos.
    Colombo (que codirigió Rastrojero junto a Marcos Pastor), avanza en su propia historia –un poco a la manera de Papirosen, de Gastón Solnicki– y descubre junto al espectador los secretos enrevesados de sus orígenes para entregar un documental en primera persona que en su estructura de trhiller, en un ejercicio devastador y fascinante sobre la memoria.
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  • Boxing Club
    Boxing Club
    Tiempo Argentino
    Boxing Club comienza con el final de una pelea, para enseguida meterse en el gimnasio El Ferroviario que el gremio La Fraternidad tiene en el subsuelo de la estación Constitución, y en el final regresa al ring, en una pelea donde se condensa en un boxeador todo el sacrificio que implica llegar a plantarse frente a otro contrincante sobre el cuadrilátero.

    Cada uno de los momentos del documental de Víctor Cruz (el mismo de El perseguidor y La noche de las cámaras desiertas) parece ser el intento de encontrar una respuesta a una hipotética pregunta seminal: ¿qué hace que un hombre quiera ser boxeador? Y de este interrogante se desprende el siguiente: ¿cómo es el día a día de estos seres, la mayoría anónimos?
    Sin poner el acento en declaraciones devastadoras pero tampoco adornando la puesta, Cruz registra con un ojo atento y la sensibilidad necesaria la transpiración, el esfuerzo, los errores y las correcciones, la voz del entrenador y la atención de los deportistas, la voluntad y las conversaciones casuales –desde el extraordinario análisis que un púgil hace para otro de la película El Padrino hasta la charla casual sobre cómo engañar al estómago con unos fideos–, conformando un universo desconocido, donde dentro de las paredes de un gimnasio se forman personalidades, se confiesan privaciones, se revelan las internas entre las federaciones y sobre todo da cuenta que la materia prima de ese mundo masculino y en buena parte cerrado, se nutre de protagonistas humildes, parcos y llenos de carencias, y por esa misma razón cada entrenamiento, cada pelea, es una epopeya admirable.
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  • Machete kills
    Machete kills
    Tiempo Argentino
    Superhéroe latino, disparate simpático

    Nuevamente protagonizada por Danny Trejo, el director Robert Rodríguez vuelve a retomar la historia y personajes de la saga post-trailer de Grindhouse. En esta oportunidad, este James Bond latino lucha contra Voz (Mel Gibson).

    Primero fue la presentación del personaje, un ex agente federal mexicano al que le asesinan su esposa y su hijo. El hombrón, interpretado por el inescrutable Danny Trejo, entonces fue cumpliendo su venganza y en el camino, regado por la sangre de políticos mesiánicos y policías corruptos, involuntariamente se convirtió en Machete, símbolo de los desarrapados, los espaldas mojadas que en algún momento cruzaron el Río Bravo en busca de un futuro mejor y se convirtieron en mano de obra barata para los gringos.
    Si en la primera parte de la saga Robert Rodríguez forzaba al máximo el verosímil y resolvía con éxito el trámite de instalar a un cuasi súperhéroe latino, testeado el entusiasmo que despertó el mix de géneros que van desde el gore, pasando por el western y hasta un poco de cine-denuncia, el director que también puede general éxitos de la industria como Miniespías, se lanza de cabeza a un delirio relativamente gracioso, donde el espectador de cierta amplitud de miras va a preguntarse cuál es el techo de semejante despropósito.
    Porque hay un poco de todo, hay que reconocerlo. Vísceras que sirven como sogas amarradas a los rotores de un helicóptero, armas filosas de la nueva generación, clones letales, un arca de Noé, una Miss Texas como agente encubierta y hasta Charlie Sheen como presidente de la nación más poderosa del planeta.
    Y Machete, que dobla la apuesta y se convierte en algo así como un James Bond latino, que debe luchar contra Voz (Mel Gibson desatado) y su maquiavélico plan para destruir al mundo, escapar al espacio para volver con algunos elegidos y empezar de cero. Por supuesto que Machete sigue conservando esas características viriles y tan de cómic que lo hacen un personaje fascinante –hay que decirlo, casi exclusivamente por el hierático Danny Trejo–, pero sin embargo, a pesar de que el chiste de Sheen como presidente funcione, y si bien Sofía Vergara como enloquecida mastica-hombres es eficaz, la película no termina de cerrar como es debido.
    De la irreverencia con sustento de la primera película, apoyada en todo un pasado de un extraordinario cine exploitation de los años '60 hasta entrados los años '80, se pasó a los chistes sin alma, a la cinefilia calculada y el efecto sorpresa buscado con desesperación. No es que el film sea malo, porque si bien entretiene y en algunos tramos es francamente ingenioso, en conjunto no pasa de ser un disparate simpático.
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  • Paranoia
    Paranoia
    Tiempo Argentino
    Espías en thriller perezoso

    La nueva película del director Robert Luketic (el mismo de Legalmente rubia) cuenta con buenas actuaciones de figuras como Harrison Ford, Gary Oldman y Liam Hemsworth.

    Una falta, si quiere menor, convierte al joven Adam Cassidy (Liam Hemsworth) en un peón en la lucha por el poder entre dos pesos pesados de la industria tecnológica: Nicolas Wyatt (Gary Oldman) y Jock Goddard (Harrison Ford).
    Wyatt es el presidente y fundador de Wyatt Corporation, que luego de descubrir un pequeño desliz de Adam, lo extorsiona con mandarlo a la cárcel y dejar sin seguro médico a su padre enfermo si no accede a infiltrarse como un alto ejecutivo en Eikon, la empresa de Goddard –su rival, ex amigo y maestro–, para acceder a su nuevo proyecto, un teléfono que revolucionará el mundo de las comunicaciones.
    Así, el muchacho estrena departamento con todo el aparataje high tech de un alto ejecutivo del rubro tecnología, ropa cool y un historial apropiado para ser creíble ante los ojos del temible Goddard. Y como prueba de amor y valía, le ofrece un revolucionario sistema de GPS, cuestión que el cuento sea convincente y el empresario le abra el corazón y sus secretos industriales.
    Al igual que en Pelotón –sólo para citar un título con rumbo parecido–, el protagonista se juega el alma en cada acto, en cada decisión, entre dos personajes seductores y hábiles en lo suyo. Pero a diferencia del film de Oliver Stone, donde el ying y el yang se resolvía entre un lado más o menos bueno (Elias-Dafoe) y el otro definitivamente malo (Barnes-Berenger), Paranoia presenta a dos oponentes que cristalizan el decálogo capitalista, claramente desinteresados de cualquier alma débil y concentrados en hundir al oponente para seguir acumulando riqueza.
    Pero más allá del costado ideológico y del aggiornamento al estado actual de las cosas, la película de Robert Luketic (Legalmente rubia, 21: Blackjack) es un thriller perezoso que se asienta en una historia de espionaje corporativo muchas veces vista, para que supuestamente se luzcan dos intérpretes fuertes como Gary Oldman y Harrison Ford, un duelo anunciado desde el principio que llega al esperado enfrentamiento face to face recién al final, mientras el galán Liam Hemsworth (Los mercenarios 2, Los juegos del hambre) hace los mandados, le pone garra y cuerpo trabajado a su conflictivo personaje que asciende, se enamora, traiciona, duda y finalmente hace lo correcto, solo para inmolarse y que salgan a la luz los jueguitos de espías de los verdaderos y cretinos protagonistas.
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  • La sospecha
    La sospecha
    Tiempo Argentino
    Tensión en su medida justa

    El thriller de Denis Villeneuve construye una puesta asfixiante centrada en un drama.

    El miedo final, ese que llega disparado por una noticia o un caso más o menos cercano y que hacen que la mayoría de los espectadores, sobre todo los padres, realicen esa llamada que no estaba prevista o que se asomen a donde juegan o estudian los hijos para comprobar que si, todo está bien. Sobre la desaparición de dos nenas está centrada La sospecha, un thriller psicológico en la línea de varios otros títulos que en los últimos años abordan la misma temática.
    En la víspera de Acción de Gracias, Keller Dover (Hugh Jackman) y su esposa Grace (Maria Bello) pasan el feriado con una pareja amiga, mientras las niñas juegan en la calle del barrio. Las nenas no vuelven y mientras pasan las horas, el miedo se convierte en pánico, interviene el detective Loki (Jake Gyllenhaal), que rápidamente llega a la conclusión que el principal sospechoso es Alex Jones (Paul Dano en otro personaje border y van…), estacionado en su casa rodante cerca de donde se supone que desaparecieron las nenas. Pero Alex tiene problemas mentales, vive con su anciana tía (Melissa Leo extraordinaria como siempre) y por falta de pruebas contundentes queda libre.
    A partir de allí, el franco-canadiense Denis Villeneuve, que con Incendies fue nominado al Oscar en la categoría Mejor Película Extranjera, trabaja sobre la vieja idea de la justicia por mano propia, de lo que es capaz Keller para encontrar a su hija mientras su mujer se hunde en la depresión y no es capaz de salir de la cama.
    Oscura y opresiva, La sospecha va construyendo un relato con un guión preciso y una puesta asfixiante, tal vez demasiado planificada pero que sin embargo perfila bien a los personajes, con más de un punto de contacto con films como Zodíaco o Seven, ambos de David Fincher. Pero mientras que el realizador estadounidense logra una tensión precisa a partir de la síntesis, Villeneuve alarga y complejiza el relato innecesariamente, confundiendo gravedad con nervio narrativo.
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  • Memorias cruzadas
    Memorias cruzadas
    Tiempo Argentino
    Vida y muerte de la militancia

    Ana es una ex guerrillera y militante de la izquierda brasileña de los años '70 y '80. Pero Ana está agonizando en un sanatorio, en el siglo XXI, razón por la cual sus compañeros de combate se reúnen en actitud de espera.

    Pero también hay jóvenes, que representan otro mundo y otra clase de acción, motivo por el que la película construye un ida y vuelta generacional. En realidad, la estructura caleidoscópica de Memorias cruzadas es una elección narrativa recurrente de la realizadora Lucia Murat, tal como se expresara en la premiada Casi hermanos (2006). Los personajes no son los mismos de antes, el tiempo transcurrió modificando conceptos en algunos y hasta legitimando a algún otro, como se observa en el actual ministro, ex combatiente contra las dictaduras de antaño.
    La mirada de Murat invade la nostalgia a través del tono susurrante y las expresiones por un mundo al que se intentó modificar dentro o fuera de lo legal. En algún punto, la película escarba en aquellos años de agitaciones políticas, golpes de Estado y radicalización ideológica de la juventud, articulando un discurso donde se permite la confrontación de ideas, acaso el ocasional arrepentimiento, tal vez la melancolía por haber intentado un cambio, que en muchas ocasiones terminó en la frustración y la muerte. La estructura de relato, por su parte, convoca al rompecabezas, con imágenes de archivo, escenas donde la militancia descansa en la playa y una actualidad donde se intenta ubicar aquella historia ya en un mundo diferente.
    En ese puzzle ideológico, la película entrega sus buenos y discretos momentos; por un lado, Memorias cruzadas logra fusionar aquel pasado y los nuevos tiempos con suma inteligencia; por el otro, el film se esfuerza de manera denodada por salir de cierto esquema teatral y televisivo que neutraliza sus logros en los aspectos técnicos, en especial, con el uso de una luz mortecina que rodea a los personajes esperando los informes médicos sobre la protagonista. El resultado final será Ana a través de una foto y unas imágenes en blanco y negro, recordando aquella utopía y esa genuina militancia.
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  • El quinto poder
    El quinto poder
    Tiempo Argentino
    Con un teclado y banda ancha

    Desde siempre, la necesidad de atraer gente a las salas llevó a los tiburones de Hollywood a estar atentos a la más rabiosa actualidad para transformar en películas las historias que circulan masivamente. Sólo para dar un par de ejemplos, Hitchcock adaptaba novelitas baratas que se consumían como pan caliente, y más acá en el tiempo Red social hizo lo suyo con Facebook y un estudiante que se convirtió en millonario y se quedó sin amigos.

    El quinto poder, entonces, se sube a la fenomenal repercusión que tuvieron las revelaciones del sitio WikiLeaks sobre masacres varias, corrupción y sobre todo la manipulación de los gobiernos más poderosos del planeta.
    La película toma dos caminos predecibles: por un lado la guerra de guerrillas que encaró desde el principio el fundador del sitio con un teclado y banda ancha contra los poderes de turno, y por el otro la paranoia y megalomanía de un personaje tan fascinante como odioso.
    Pero además, el film de Bill Condon (responsable de la saga Crepúsculo) agrega otro elemento, la sociedad y amistad entre Assange (Cumberbatch) y Domscheit-Berg (Brühl), una relación maestro-alumno o si se quiere, mesías-creyente, que termina mal como era de suponerse.
    Demasiados hilos de relato en una madeja por momentos frenética, entretenida pero que inevitablemente se enreda en estilos narrativos y la ambición de dar un mensaje, que es algo así como que la información que circula no puede ser procesada por los medios tradicionales, que para eso está la fenomenal Internet, pero que al final de la jornada es difícil hacerle daño en serio al poder.
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  • El mayordomo
    El mayordomo
    Tiempo Argentino
    Una familia en tensión

    Por la trágica historia que arrastra desde pequeño en una hacienda algodonera del Sur de los Estados Unidos, donde su madre fue violada y su padre asesinado cuando intentó protestar por el abuso, Cecil Gaines (Forest Whitaker) es un hombre con miedo, que aprendió a ocultar sus opiniones, sus emociones y hasta sus movimientos para encajar y llevar una vida más o menos normal en un sistema injusto que lo supera.

    Así, luego de pasar sus primeros años como campesino, se convirtió en un eficiente "negro de casa", luego se perfeccionó en un lujoso hotel para dar el salto y convertirse en mayordomo de la Casa Blanca durante 29 años y siete administraciones.
    El film de Lee Daniels (Preciosa) tiene una narración clásica, donde la evolución de su protagonista es el vehículo para retratar un período de la historia en la lucha por los derechos civiles de los negros, que de alguna manera culminó con la llegada de Obama al poder.
    Eisenhower (Williams), Kennedy (James Marsden), Johnson (Liev Schreiber), Nixon (John Cusack) y Reagan (Alan Rickman), cada uno de los presidentes es atendido con eficacia por Cecil, que mientras tanto forma una familia con Gloria (extraordinaria Winfrey) y dos hijos que se ven envueltos por la historia: uno que dedica su vida a la lucha por la igualdad y el otro que se alista para luchar en Vietnam. La tensión del afuera que se traslada a una familia de clase media.
    Entretenida, previsible, con un gran elenco que en general hace lo suyo con oficio –salvo Cusack y Rickman, totalmente fuera de registro–, El mayordomo tiene además un tema sensible, por lo que la sospecha de ser un producto diseñado para agradar a la academia en los próximos Oscar no es para nada descabellada.
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  • Las brujas
    Las brujas
    Tiempo Argentino
    Una narración desaforada

    La nueva producción del talentoso director Alex de la Iglesia parte de un insólito robo en Madrid y desemboca en el alocado viaje de los ladrones hacia la frontera con Francia.

    El asalto a un local de empeños en la populosa Puerta del Sol madrileña, a cargo de un Cristo plateado (con cruz y todo), Bob Esponja y un soldadito íntegramente verde, es sin duda una de las escenas del año (de acción y de las otras), a partir de la violencia, la ironía y la mirada sobre el estado de las cosas de una empobrecida España según Álex de la Iglesia, gran director contemporáneo y desaforado contador de historias, que como le sucede casi siempre, tiene un comienzo memorable y a medida que avanza el relato se va enredando en los excesos, aplastando todo lo construido hasta el momento.
    El robo perpetrado por un grupo de perdedores disfrazados de estatuas vivientes está encabezado por José (Hugo Silva), desesperado por conseguir la custodia compartida de su hijo –que también participa del atraco disparando cual Oaki ibérico–, acompañado por Tony (Mario Casas), un relaciones públicas desocupado. En la huida se le suma forzosamente Manuel (Jaime Ordóñez), el conductor del taxi que toman los ladrones. A medida que los hombres desandan el camino hacia la frontera con Francia, se van contando sus penas y llegan a la obvia conclusión de que la culpa de cada uno de los males de este mundo se deben a las mujeres.
    Pero el botín tiene lo suyo: 25 mil alianzas de oro, vendidas, empeñadas por la miseria, el desamor o el odio de parejas que no llegaron a nada. Y la carga negativa de la bolsa se comprueba cuando en el raid los fugitivos a llegan a Zugarramurdi, un pueblo donde se chamuscaron varias supuestas brujas durante la inquisición. Y mientras la ex mujer de José los persigue para recuperar a su hijo ayudada por una pareja de penosos detectives, los fugitivos caen en las garras de esa comunidad matriarcal que lideran Graciana, Eva y Maritxu (desquiciadas madre, hija y abuela interpretadas por Carmen Maura, Carolina Bang y Terele Pávez), un poco como para que paguen por la estupidez y la crueldad de los hombres desde el principio de los tiempos, y otro poco como material de ofrenda a la diosa que va a inclinar la balanza para que las mujeres vuelvan a dominar al mundo.
    El director vasco, una vez más, no puede frenar a tiempo y todo el humor negro, un elenco fantástico y sobre todo una historia llena de aciertos, en el último tercio de la película abandona cualquier autocontrol y se lanza al frenesí de la acumulación de ideas, al placer (el suyo) de la narración desbocada y a un final apoteótico e incomprensible, casi escindido del resto de la película.
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  • Rush - Pasión y gloria
    Rush - Pasión y gloria
    Tiempo Argentino
    Corredores famosos como rock stars

    La nueva película del director Ron Howard (Cocoon, Una mente brillante, El código Da Vinci) se sumerge de lleno en el mundo de las carreras de Fórmula 1 durante los años '70, retratando el histórico duelo Hunt vs. Lauda.

    No importa que el espectador sea indiferente al deporte, porque cualquiera sabe que una buena película centrada en alguna disciplina como el fútbol, carrera de embolsados, críquet, pesca con mosca o cualquier otra, bien llevada ofrece una carga dramática ideal para el cine. Y si se le agrega el condimento de la rivalidad de dos personajes fuertes (un elemento casi indispensable para el buen desarrollo del cuentito), los elementos que ofrece el relato pueden ser irresistibles, aun para los que ni se mosquean ante cualquier justa deportiva.
    Rush. Pasión y gloria cumple todos estos requisitos, y –por si fuera poco– tiene una tensión extraordinaria que le imprime Ron Howard a la historia. Ahí está la rivalidad que alcanzó la categoría de leyenda entre el robot Niki Lauda ganando casi todos los grandes premios mientras el hedonista James Hunt le mordía el alerón a la espera de su gran oportunidad en la legendaria Fórmula 1 de la década del setenta.
    Para esa época, la categoría había alcanzado un estatus nuevo, pleno de glamour, millones en danza, pilotos que eran tan famosos como un rock star, siempre sonrientes, con una bella mujer tomada de la cintura y una infaltable copa en la mano.
    El director de Apolo 13 y El código Da Vinci recrea al detalle esos años, pero su mayor acierto es presentar a los dos corredores como dos personajes definitivamente opuestos pero necesariamente complementarios. El film cuenta el duelo entre Lauda y Hunt (Chris Hemsworth) desde los comienzos en la Fórmula 3, cuando ya se perfilaba que cada uno representaba dos maneras de mirar al mundo, con Lauda (Daniel Brühl) como el deportista frío y calculador, el futuro en números, –costos, beneficios y la reducción de la emoción del riesgo a su mínima expresión–, mientras que el desaforado Hunt, puro talento intuitivo, sin saberlo representaba el pasado, un mundo que se estaba retirando para dar paso al negocio desapasionado. Una especie de western fordiano (por caso, Un tiro en la noche), balanceándose entre dos personajes en tensión ante un nuevo mundo.
    Howard, con la colaboración del guionista ganador del Oscar Peter Morgan (con quien ya había trabajado en Frost versus Nixon), registra la velocidad, el miedo, los entretelones del negocio y llega al accidente del circuito alemán de Nürburgring, en donde Lauda quedó desfigurado –justo al piloto austríaco que era un obsesivo de la seguridad– y abrió la posibilidad para que Hunt se convirtiera en campeón. Una tragedia en toda su dimensión cinematográfica, clásica, atrapante y conmovedora.
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  • Un camino hacia mí
    Un camino hacia mí
    Tiempo Argentino
    Más que una comedia triste

    En la primera escena, Trent (Steve Carrel) le pregunta con voz nasal a Duncan, el hijo de su novia Pam (Toni Collette) con cuántos puntos se calificaría. El tipo insiste y finalmente el muchacho contesta con un desganado "seis", a lo que rápido, el padrastro en progreso retruca: "Yo creo que apenas un tres".

    El comienzo dispara dos preguntas: primero, si Carrel va a poder sostener durante casi dos horas ese personaje despreciable que despierta aversión desde el primer minuto, y el otro interrogante es si las vacaciones que acaba de empezar esa familia ensamblada van a ser tan horribles como parece. La respuesta es afirmativa para ambos casos.
    Nat Faxon y Jim Rash, ganadores del Oscar por el guión de Los descendientes (de Alexander Payne) se animan a la dirección con una película de actores, inscripta en la mejor tradición del cine independiente norteamericano, con una comedia triste que pone en el centro del relato a un adolescente solitario, con un padre ausente, una madre que intenta reconstruir su vida con un canalla (adivinen quién) y una hermana apenas mayor que lo ve como una carga. A decir verdad, parece que todos lo perciben de la misma manera.
    Es cierto que el film recorre cada uno de los puntos dramáticos que se supone significarán dolor para el muchacho, crecimiento y el descubrimiento de que dispone de una reserva de coraje. Que la llegada al mundo adulto sea con el menor daño.
    Pero el camino que plantea la puesta es lo suficientemente sofisticado como para que parezca simple que Duncan encuentre en ese mundo hostil y para colmo con esa alegría falsa del infierno de las vacaciones familiares una figura paterna, simpática, un poco inmadura y definitivamente noble como Owen (el enorme Sam Rockwell), o que haya una importante cantidad de personajes que van a jugar un papel decisivo en la madurez del muchacho, que va conformando su visión del mundo. Así, su carácter se va formando mientras observa y choca con el manipulador Trent, se revela por las humillaciones que recibe su madre, aunque en el fondo la entienda, comprueba que algunos utilizan el alcohol para disimular su soledad e intuye que tiene que superar alguna prueba ridícula para crecer. Rigurosa, amable y también, conmovedora, Un camino hacia mí es casi un milagro en la cartelera.
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  • Tiempo de caza
    Tiempo de caza
    Tiempo Argentino
    Nada interesante para ofrecer

    El film cuenta a grandes rasgos la historia de dos viejos y siniestros combatientes hermanados por sus atrocidades. Un intento fallido de continuación de Contracara.

    Tiempo de caza comienza con una explicación sobre lo que fue la guerra en Bosnia y las matanzas étnicas. Enseguida se muestra a una patrulla descubriendo en un tren que estaba a punto de ser quemado los cadáveres de cientos de personas desnutridas que atiborran los vagones de la formación y luego la cámara registra la ejecución mediante un tiro en la nuca a los responsables de la masacre. De ese pasado devastador escapa Benjamin Ford (Robert De Niro), recluido en una cabaña en la montaña y jubilado de las fuerzas de la OTAN, el organismo internacional que intervino en el conflicto entre Bosnia y Serbia en 1995.
    Pero se sabe, lo hecho, hecho está, el que las hace, las paga y así, entonces el pasado que siempre vuelve esta vez tiene el cuerpo y la voz de Emil Kovac (John Travolta, en plan eslavo, acento gutural inolvidable y un cabello y barba renegridos para la caricatura), un muchachote grande, de vacaciones, que primero se gana la confianza de Benjamín para luego mostrar su verdadera identidad como un ex combatiente serbio de un grupo paramilitar que busca saldar cuentas con el ex coronel y de paso aliviar un poco su atormentada alma de genocida.
    Lo que sigue es un juego del gato y el ratón ejecutado con arco y flechas –como para dar cuenta de que los contendientes conservan algo de nobleza y claro, son cazadores después de todo–, torturas varias, largas parrafadas sobre el sinsentido de la guerra, la responsabilidad, los demonios que acechan en la noche, el sentido mismo de la vida, la religión claro y el dolor que se infligen ambos para expiar sus culpas.
    Dos viejos y siniestros combatientes en suma, que se encuentran en un campo de batalla para ellos solitos, hermanados por sus atrocidades pero en el fondo con mucho material como para empezar de nuevo.
    El proyecto que nació como una suerte de continuación de Contracara, el extraordinario film de John Woo de 1997, fue derivando a otra cosa (esta cosa dirigida por Mark Steven Johnson, responsable de las mediocres Ghost Rider y Daredevil), con De Niro en el papel que estaba reservado para Nicolas Cage.
    Quién sabe qué hubiera sido de Tiempo de caza si se hubiera reeditado el memorable enfrentamiento Travolta vs. Cage, pero en honor a la nostalgia, seguramente hubiera sido una película mucho más interesante.
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  • La toma
    La toma
    Tiempo Argentino
    El relato de una protesta

    Sandra Gugliotta estaba trabajando dentro del colegio Nicolás Avellaneda en un documental sobre la cuestión de género en la educación, cuando se produjeron las tomas estudiantiles en las escuelas secundarias porteñas en 2010.

    En ese momento y como testigo privilegiada del fenómeno, la directora decidió cambiar el eje de su relato para concentrarse la lucha de los chicos por mejorar las condiciones edilicias de los colegios, además de denunciar el estado de crisis de la educación en el distrito más rico del país.
    Tomando como protagonistas principales a algunos de estudiantes que participaron de las medidas de fuerza –sin dejar de lado a otros que estaban presentes pero obligados por las circunstancias–, La toma es una apasionante radiografía de la composición político-social de la población de un colegio, que bien puede ser tomada como una representación bastante fidedigna del resto de la Ciudad de Buenos Aires.
    En ese sentido, el documental elige un relato en donde ante cada tema, grupo, medida, personaje o discusión se contrapone casi siempre un argumento diferente, una facción distinta, un accionar contrario y un villano o héroe según corresponda. Este mecanismo de polos opuestos da como resultado una tensión extraordinaria al relato, donde los líderes de la protesta lucen apasionados y su accionar en la vida real es tan empático como conmovedor.
    Esos chicos, de apenas 15 o 16 años se enfrentan a aparatos políticos, a los medios que los demonizan casi en cadena, avanzan y retroceden en decisiones, aciertan, confrontan aun con las autoridades que fomentan su capacidad de pensar, se equivocan, hacen política, se escinden, se preocupan por su futuro, reflexionan sobre los chicos que vendrán, todo esto desde un accionar conmovedor que la puesta y las decisiones de Gugliotta en la sala de edición transmiten desde una película auténtica y noble.
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  • Caíto
    Caíto
    Tiempo Argentino
    Con amor de hermano

    Caito es Luis, tiene casi 30 años y a diferencia de su hermano, el actor Guillermo Pfening, es un chico común que vive en un pueblo donde todos lo conocen y sostiene una luminosa sonrisa casi siempre, aun cuando las fuerzas lo abandonan o cuando se somete a la terapia de recuperación por la distrofia muscular que le diagnosticaron de niño, cuando fue evidente que no podía correr o subir una escalera como sus amigos.

    Primero Pfening filmó un corto con su hermano que ganó un premio en Francia, y ese fue el germen del largo, rodado desde una asombrosa libertad creativa.
    Caito cuenta los preparativos, ensayos y búsqueda de personajes de lo que va a ser una ficción protagonizada por Luis, que lo mostrará enamorado de una prostituta y la relación afectiva que mantiene con una niña maltratada de la que de alguna manera se convertirá en un papá. Además muestra a la familia Pfening, a su kinesióloga, a la mujer que trabaja en la casa, sus amigos, recorre a través de fotos los días de la infancia de los hermanos, las vacaciones en el mar. Y después sí, la ficción que se entrelaza sin dificultad con lo anterior y Caito que se enamora, se emborracha, es rechazado, cuida de esa niña, tiene sexo, escapa, logra concretar todos sus deseos.
    En su debut como director, Pfening se arriesga a contar sus afectos más cercanos con una auténtica curiosidad por la experimentación y sobre todo con el amor que tiene por su hermano, que le permite evitar cualquier golpe bajo. Complejizando el relato al mostrar el proceso creativo, la intimidad familiar y la historia de amor en la ficción, Pfening da cuenta de un todo de manera excepcional y con una puesta difícil que no elude la emotividad.
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  • Apuesta máxima
    Apuesta máxima
    Tiempo Argentino
    Jugadas poco novedosas

    El tercer film de Brad Furman se mete en el universo de las apuestas con dos protagonistas de lujo, Justin Timberlake y Ben Affleck, jugando al maestro y al alumno.

    Richie Furst (Justin Timberlake) forma parte de la élite que asiste a la universidad estadounidense de Princeton, pero el muchacho tiene su lado oscuro y un día pierde el dinero de su matrícula en un juego de póker online. Convencido de que fue estafado, y perdido por perdido, Richie viaja a Puerto Rico, donde está asentado el centro mundial de apuestas en la Web, sin un plan demasiado claro pero dispuesto a reclamarle lo suyo a Ivan "El Mago de Oz" Block (Ben Affleck), dueño del portal de apuestas.
    El estudiante, apenas llega, se ve deslumbrado por el paraíso de lujo, chicas y poder en el que vive Ivan y pronto, no sólo recupera su dinero, sino que acepta ser algo así como el discípulo del mandamás global de las apuestas a un clic, convirtiéndose rápidamente en su mano derecha.
    Tercer largo de Brad Furman, un director de la industria que cumplió con lo justo en Venganza sin tregua (2007) y Culpable o inocente (2011), aquí pone piloto automático para cumplir con un thriller no demasiado inspirado sobre el universo de las apuestas –ahora mucho más rentable gracias a la globalización vía Internet–, que tiene como centro la vieja fórmula del maestro y el alumno que se sacan chispas hasta que el benjamín da el paso inevitable para superar a su mentor y luego, convertirse en su peor adversario.
    Las alternativas del juego por dinero siempre fueron una cantera para extraer todo tipo de material cinematográfico como El golpe, Apuesta final, La casa del juego o Dos por el dinero, sólo por nombrar un puñado de títulos. Lo cierto es que la película de Furman cumple apenas con lo mínimo, con una historia muy transitada entre dos generaciones, dos maneras de ver el mundo, una chica que se disputan ambos (Gemma Arterton, muy desaprovechada), en un thriller sin garra que anuncia cada una de sus jugadas –por si fuera poco, con una irritante voz en off–, la cuestión moral entre hacer o no lo correcto, y la atracción de dos estrellas como Timberlake aquí flojito, como sin convicción en el protagónico, y Affleck, que sin ser un gran intérprete, está bastante convincente como el expatriado y cínico empresario de las apuestas enterrado en una lujosa jaula de cristal en el sudoroso Caribe.
    Apuesta máxima es un producto que, además de no aportar nada novedoso al género, tampoco se preocupa en tomar lo mejor de las películas que abordaron el tema del juego, dando como resultado un relato simplón y moderadamente entretenido.
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  • Abril en Nueva York
    Abril en Nueva York
    Tiempo Argentino
    Chocando, sufriendo y compartiendo

    Tres años después de su primer cortometraje, el actor Martín Piroyansky acaba de estrenar su primera película como director. Es una historia de amor filmada con talento y sensibilidad, también con buenas actuaciones.

    El actor Martín Piroyansky debuta como director y guionista con una comedia romántica, un tanto desprolija pero vital, acerca de una pareja de argentinos residentes hace apenas unos meses en Nueva York. Es una deliciosa historia de amor enmarcada en una ciudad mostrada con todos los elementos del imaginario joven de la clase media porteña con posibilidades ciertas de visitarla en algún momento de sus vidas.
    Y si bien es cierto que Piroyansky hace un recorte casi publicitario de las locaciones –el departamento de la pareja, el trabajo de ella, el metro (no subte), el vestuario cool y así–, también tiene claro lo que quiere contar. Esto es, una historia chiquita, con una pareja que se ama y a la vez va madurando en un entorno que no es el suyo pero que por educación, ganas de conocer el mundo y una clara aspiración cosmopolita, será uno de sus lugares afectivos por el resto de sus vidas.
    Y en la pantalla ambos, Valeria (Carla Quevedo, gran futuro en el cine) y Pablo (Abril Sosa), hermosos, llenos de vida, un poquito trágicos, amándose desparejamente. Ella, adorable asistiendo a las clases de actuación, adorable como recepcionista en un restaurant y también cuando es rechazada en un casting, adorable soportando la bohemia de él, la falta de compromiso, su veta autodestructiva. Y el amor que tambalea, un tercero que aparece, Ben (Burns), tan neoyorquino, tan Ben, tan poco Pablo.
    La frescura y también por lo que puede ser atacado el film de Piroyansky es que apuesta por un relato de actores, con la ambición de meterse en esa pequeña historia de amor desde la intimidad sin tener en cuenta otros elementos de la puesta, como un acabado final de los personajes o una cámara un tanto inestable. Sin embargo, todo lo que se puede cuestionar desaparece por el talento y la sensibilidad del director para retratar a sus criaturas amándose, chocando, sufriendo y compartiendo la felicidad de estar juntos. Dos o ambos parece ser la clave, juntos es cuando la película parece que todo lo puede.
    Abril en Nueva York entonces es el prometedor debut de un director joven, con una mirada propia y afectiva del universo que le interesa contar, una claridad que algunos realizadores alcanzan después de varios intentos. O nunca.
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  • Romper el huevo
    Romper el huevo
    Tiempo Argentino
    Las mejores intenciones

    En el comienzo, todo parece indicar que el universo de Manso Vital (Hugo Varela), es reducidísimo, con un entono de unos pocos amigos, una vecina que le cocina y su oficio de relojero, que ejerce desde su casa. Sólo hay un motor y podría decirse, la razón de esa vida gris, anónima, y es el deseo de poder adoptar un hijo. Un proyecto que primero tuvo con su esposa y que continúa solo, 12 años después de enviudar.

    La burocracia con su lógica imperturbable y muchas veces absurda impide que el protagonista logre su cometido hasta que un día, en paralelo al anuncio de que padece una enfermedad terminal, Manso recibe a un niño de unos diez años (Conrado Valenzuela), que llega inesperadamente y en el peor momento.
    Esa voluntad férrea que Manso había demostrado por más de una década, entonces se desmorona y da paso a la desesperación por ese niño desvalido que pronto se va a quedar sin su padre adoptivo. La distancia que empieza a poner en esa relación naciente, la decisión de devolver al chico y el aparato del Estado impasible ante el drama, se reflejan con minuciosidad, pero el abanico de registros que se despliegan durante la casi hora y media del film, hacen que nunca se llegue a una fluidez narrativa.
    La alegoría sobre una Argentina trabada, incomprensible y en especial el tema de la adopción, en el relato de Maiocco (Sólo gente, Gracias por los servicios) se monta en la metáfora pesimista, con algunos elementos de sinsentido nacional tratados con un humor un tanto obsoleto, en una película inscripta en ese cine con algunas ideas interesantes que no llegan a encajar en la puesta.
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  • Chicas armadas y peligrosas
    Amigas son las amigas

    Sandra Bullock y la comediante Melissa McCarthy (famosa por la serie Mike & Molly) llevan adelante una comedia de enredos, no exenta de algunos guiños escatológicos.

    Las llamadas "buddy movies", esas películas centrados en una pareja compinche, generalmente con personajes opuestos pero milagrosamente complementarios, históricamente fueron protagonizados por los hombres, aunque haya excepciones como la extraordinaria Una eva y dos adanes de Billy Wilder o más recientes como La boda de mi mejor amiga Paul Feig y La cosa más dulce de Roger Kumble.
    Inscripta en ese subgénero y con la pizca de escatología que se extiende desde la nueva comedia americana al resto, Chicas armadas y peligrosos se asienta en dos actrices singulares como Sandra Bullock y sobre todo Melissa McCarthy, una de esas actrices que parece nacida para la comedia.
    Las chicas no pueden ser más diferentes. Mientras que Ashburn (Bullock) concentra toda su vida en su trabajo como una eficiente agente del FBI que sin embargo no logra un merecido ascenso por su incapacidad de relacionarse con sus compañeros, Mullins (McCarthy) también está bastante sola y sin contacto con el resto de los policías de Boston, a los que insulta y desprecia.
    Por un caso, la inevitable cuestión de las jurisdicciones entre el buró de investigaciones y los locales, hace que las mujeres empiecen con el pie izquierdo, aunque por supuesto, con el correr de los minutos y los gags más o menos resueltos, nace el respeto profesional, luego las confesiones y el verdadero afecto que se convierte en amistad para toda la vida. Una "buddy movie" con todas las de la ley.
    Pero algunos buenos momentos de comedia, la química y el oficio de las protagonistas –aunque hay que decir que Bullock sobreactúa bastante la rigidez de su personaje– no son suficientes y la propuesta se va deshilachando a medida que ante cada diferencia surge el momento del entendimiento.
    Frente a cada momento físico hay una pausa para que el público se ria con (¿o de?) Melissa McCarthy, y algunas situaciones demasiado vistas y la búsqueda del efecto de escenas ya transitadas pero que se supone, en manos de las mujeres pueden provocar una sonrisa.
    Y aunque la comparación es odiosa y hasta injusta, es como si desde el principio el plan del director Paul Feig fue ubicar a dos actrices en un plan al estilo de Jerry Lewis y Dean Martin para ver qué pasaba.
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  • Wakolda
    Wakolda
    Tiempo Argentino
    Simpatía por el demonio

    La nueva película de Lucía Puenzo (XXY, El niño pez) aborda el tema de los ex jerarcas nazis refugiados en Argentina. Es original, atrapante, y con un alto nivel de producción.

    Desde hace décadas, la presencia y la ayuda que se les brindó a los ex jerarcas nazis refugiados en la Argentina es un tema solapado e insuficientemente investigado. En el caso del cine, estuvo presente en varios documentales –como Pacto de silencio de Carlos Echevarría, sobre el refugio y la asistencia que encontró al criminal de guerra Erich Priebke en Bariloche–, pero la red de complicidades que encontraron los alemanes en el país casi no fue abordada en la ficción.
    Wakolda, la novela de Lucía Puenzo, está centrada directamente en la cuestión, y la propia escritora y realizadora consideró que el material podía ser llevado al cine. El resultado es una película atrapante, con un alto nivel de producción y una puesta en escena clásica, una narración que explicita las simpatías y la admiración de buena parte de la comunidad barilochense (otra vez la ciudad rionegrina) con la causa nazi y en este caso con el médico Josef Mengele, uno de los sostenes de nazismo, el principal responsable de la limpieza étnica y de los atroces experimentos en los campos de concentración en la Segunda Guerra Mundial.
    El film de Puenzo (XXY y El niño pez), comienza con el encuentro de Mengele (Alex Brendemühl) con una pareja: Enzo (Diego Peretti) y Eva (Natalia Oreiro), padres de Lilith (Florencia Bado), que tiene 12 años pero aparenta varios menos por problemas de crecimiento.
    Mientras que la familia se prepara para abrir una hostería en las orillas del lago Nahuel Huapi que recibieron como herencia, el interés del médico alemán por la niña y por Eva –que está embarazada– va creciendo. Madre e hija están fascinadas por el seductor extranjero, en tanto Enzo intuye que el visitante esconde algo siniestro.
    Mengele es recibido como una personalidad por la comunidad alemana y continúa con los experimentos que había emprendido en la década del '40, primero con la pequeña Lilith y luego pone su atención en Eva, que está a punto de parir mellizos.
    Wakolda, entonces, es ambiciosa: en poco más de 90 minutos cuenta una recorrido posible de Mengele en la Argentina, aborda el abierto sostén que tuvo el "Angel de la Muerte" en Bariloche, con epicentro en una escuela alemana abiertamente simpatizante del nacionalsocialismo, muestra el papel de los cazadores de criminales de guerra –Elena Roger interpreta a la conexión local de la Mossad– y también se ocupa del despertar sexual de una niña, entre otras varias subtramas que encuentran su desenlace de manera apretada pero precisa, en un trhriller apasionante y complejo.
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  • Sólo para dos
    Sólo para dos
    Tiempo Argentino
    Matrimonio en crisis en el Caribe

    Martina Gusmán y Santi Millán interpretan a una pareja que regentea un hotel en Isla Margarita en medio de problemas. El personaje de Nicolás Cabré terminará por desestabilizar la escena en este film pasatista y olvidable.

    Las películas Metegol, Corazón de León, Vino para robar, a las que se agregó hace apenas una semana Séptimo, lograron una buena respuesta del público y en general fueron acompañadas por la crítica. Este buen momento de varias producciones interesantes podría hacer pensar que el cine industrial argentino encontró un estándar digno, capaz de convocar espectadores a las salas con propuestas que en mayor o menor medida tienen muchos elementos para destacar. Sin embargo el otro cine, el que convoca a estrellas, el que cuenta con un nivel de recursos importantes pero que también es chapucero, apurado y olvidable, siempre está al acecho.
    Este es el caso de Sólo para dos, una coproducción entre Argentina, España y Venezuela dirigida por Roberto Santiago, una comedia que remite a la picaresca nacional de los ochenta, con un desarrollo que en el mejor de los casos es inocuo y que a duras penas logra arrancar una sonrisa, a fuerza de subrayados y transitadísimo costumbrismo.
    Valentina (Martina Gusmán) y Gonzalo (Santi Millán) son un matrimonio desgastado, dueño de un complejo de cabañas especial para parejas en la Isla Margarita, y por supuesto, el acento está puesto en la paradoja de que mientras la relación se derrumba, deben dar los servicios en un lugar diseñado para que los enamorados visitantes encuentren su nidito de amor en el Caribe.
    El disparador de la crisis y también el que viene a orientar el relato es Mitch (Nicolás Cabré), un joven supuestamente irresistible, que llega solo al lugar después de haberse peleado con su mujer en su noche de bodas.
    Rápidamente Mitch se convierte en el involuntario terror de los maridos y el polo de atracción de las mujeres, cualquiera sea su estado civil, para que la película ensaye algunos gags que definitivamente son poco efectivos, con mujeres hermosas, maridos idiotas y María Nela Sinisterra (Corazón de León) que parece que fue incluida en el relato sólo para que pasee su belleza por el set.
    Y mientras el elenco español parece rescatado del túnel del tiempo de esas comedias de hace treinta años que asolaron a la madre patria y también hicieron lo suyo por estas playas, la parte argentina no queda mucho mejor parada. Nicolás Cabré está bien lejos de Atraco, donde hizo un buen trabajo junto a Guillermo Francella, y aquí en cambio parece recuperar buena parte de los tics que incorporó durante su exitosa carrera televisiva, mientras que la talentosa Martina Gusmán (Elefante blanco, Carancho, Leonera), parece esperar inútilmente durante toda la película una línea de diálogo o alguna escena medianamente rescatable.
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  • El ataque
    El ataque
    Tiempo Argentino
    Un nuevo conflicto en la Casa Blanca

    A menos de cuatro meses del estreno de un film similar con Gerard Butler y Morgan Freeman, ahora llega otro atentado a la residencia del presidente de los Estados Unidos, con el ascendente Channing Tatum y Jamie Foxx.

    Cualquiera que preste un poco de atención a la ficha técnica de la película y cuente con un mínimo de memoria cinéfila, notará que Roland Emmerich tiene una particular inclinación por las destrucciones terminales y nuevos comienzos a partir de algún cataclismo (Día de independencia, El día después de mañana). Entonces, ¿qué mejor elección que el director alemán cooptado por Hollywood para que se haga cargo de una película centrada en la toma a sangre y fuego de un grupo paramilitar a la Casa Blanca, en un capítulo más del corazón simbólico del imperio sometido a un ataque despiadado para controlar su poderoso arsenal nuclear?
    Allí gobierna los destinos del mundo el presidente Sawyer (Jamie Foxx), convenientemente negro según la rabiosa actualidad, dispuesto a retirar sus tropas de Oriente Medio y llegar definitivamente a un acuerdo de paz. Pero en el riñón mismo del servicio secreto hay un halcón que no está dispuesto a que esto suceda, un poco por una triste pérdida y otro tanto por su desaforado patriotismo.
    El héroe del relato, en este caso involuntario, está a cargo de Cale (Channing Tatum, la estrella del momento), un muchacho tan buenazo como abatido por no haber podido entrar al servicio secreto y que justo en el momento del asalto se encuentra en la magna residencia con su hija para hacer un recorrido por los pasillos del poder.
    De vuelta al principio y siguiendo con la hipótesis de que el posible espectador cuente con una módica reserva de memoria, hace menos de cuatro meses se estrenó en el país Ataque a la Casa Blanca, un film de Antoine Fuqua con Gerard Butler, Aaron Eckhart y Morgan Freeman, donde la amenaza era un comando norcoreano, el nuevo y temible enemigo de Occidente. La cita por obvia no deja de ser cierta, porque las similitudes entre ambos títulos es evidente, pero hay que decir que aunque El ataque cuenta con estrellas más cotizadas y un director que se supone es un especialista en el género de acción, la reciente película de Faqua es más osada, menos seria y más desprejuiciada en el camino del rompan todo.
    El ataque tiene momentos entretenidos, los efectos son muchos pero no tanto para abrumar, la niñita introduce en la acción el papel de los medios en la era de Youtube y el cuentito se esfuerza en mostrar a Foxx lejos de ser un héroe de acción, para ubicarlo como un político que depende de su ocasional guardián para sobrevivir.
    Es decir, unos poquísimos elementos para diferenciarse de la nutrida lista de films del mismo tipo, destinados al consumo rápido y sin mayores consecuencias para el espectador. Aun cuando cuente con una memoria de elefante.
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  • ¿Quién *&$%! son los Miller?
    Una "familia" de negocios

    Con un timming alejado de cualquier sutileza, la comedia protagonizada por Jason Sudeikis y Jennifer Aniston cuenta la odisea de un traficante y sus parientes inventados.

    Una historia para nada original, una sucesión interminable de gags, escenas basadas en el modelo del fenómeno de la saga ¿Qué pasó ayer? La enumeración, definitivamente negativa de algunos de los tips que en cualquier otro film serían lapidarios, en conjunto funcionan admirablemente bien en ¿Quién *&$%! son los Miller?, una película asombrosamente revulsiva y honesta, teniendo en cuenta los cánones calculadamente conservadores de Hollywood.
    El film de Rawson Marshall Thurber, director de la muy atendible Pelotas en juego, comienza con David Burke (Sudeikis), un traficante de marihuana al menudeo al que asalta una pandillita de jóvenes. El incidente lo enfrenta a su jefe Brad (Ed Helms), que para saldar la deuda lo obliga a hacer un viaje a México para traer una buena cantidad de "mercadería".
    Sin demasiadas luces, a David se le ocurre que la mejor manera de viajar es en familia, en una casa rodante. Y para eso contrata para que sea su "esposa" a su vecina Rose (Aniston), una stripper en decadencia, y como hijos recluta a otro vecino, el inocentón Kenny (Poulter) y a Casey (Roberts), una chica que vive en la calle.
    Completada la "familia" y después de un cambio de look en plan wasp (blanco, anglosajón y protestante), los Miller van en busca del cargamento, una aventura contada con todas las reglas de la comedia políticamente incorrecta, que entre sus muchos logros incluye muchas situaciones desopilantes y por supuesto, la oportunidad de mostrar a Jennifer Aniston en sus gloriosos 44 años y más sensual que nunca.
    Lo cierto es que el director decidió tomar un camino bien alejado de cualquier sutileza y se concentró en explotar a rajatabla los elementos con los que contaba, esto es, un elenco con figuras como Aniston y el oficio de Sudeikis, la tendencia televisiva de las series centradas en gente común que por diferentes circunstancias se involucra en el tráfico de drogas como medio de vida –Breaking Bad, Weeds–, el timming de Saturday Night Live y, claro, el final aparentemente inevitable que atraviesa en los últimos años a la comedia americana por más arriesgada que sea, esto es, el correcto encuadramiento moral, cuestión que a nadie se le ocurra acusar a la película de mensajes poco claros o apologías varias.
    En suma, más allá de un final aleccionador que desmiente el camino elegido para buena parte del relato, ¿Quién *&$%! son los Miller? es una buena comedia, con grandes momentos –el bebé-marihuana es desopilante–, liviana, sin grandes ambiciones y muy disfrutable.
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  • Habi, la extranjera
    Habi, la extranjera
    Tiempo Argentino
    La fantasía de ser otro

    La ópera prima de María Florencia Álvarez construye un relato de intriga sobre la figura de una joven que cambia su vida. Un film lleno de hallazgos, entre climas y silencios.

    En el comienzo, Analía cuenta sin demasiado entusiasmo que esa es su última entrega, que va a empezar a trabajar con su mamá. Esa es la única señal en la que muestra su descontento frente a su futuro próximo. Nada hace prever que el corto viaje que está por emprender a Buenos Aires para cumplir con el pedido de artesanías desde algún lugar del interior del país, se extenderá en una estancia prolongada en donde Analía cambiará su identidad para ser Habiba, adoptará otras costumbres y se convertirá al islamismo.
    La primera película de María Florencia Álvarez, que fue seleccionada para la sección Panorama del Festival de Berlín y formó parte de la Competencia Argentina del último Bafici, va construyendo un relato casi de intriga sobre la figura de esa joven de 20 años, en plena etapa de búsquedas, que por azar asiste a un velorio islámico y que poco a poco va dejándose envolver por costumbres, ritos religiosos y una visión de la vida completamente alejada de la realidad en donde creció.
    Con una cadencia serena en el relato, segura de los climas que quiere transmitir, la directora tiene varios aciertos en la puesta, en principio con la elección de Martina Juncadella (Abrir puertas y ventanas), que en un muy buen trabajo desde los silencios y una incertidumbre llena de certezas, compone a esa chica que cumple la fantasía de muchos de convertirse en otra persona, ser otro en un lugar diferente, empezar de cero.
    Pero sobre todo, lo que muestra en un segundo plano y sobre donde va dando los primeros pasos Analía, es a la comunidad musulmana, que en el mejor de los casos es mal conocida y carga con muchos preconceptos. A Alvarez le interesa explorar otros mundos y junto a la cámara de Julián Apezteguía se introduce en una mezquita, en los lazos solidarios de la comunidad musulmana, en eventos sociales y en la intimidad de otra joven que de alguna manera le sirve de guía a Hbbi, que ya eligió, que se enamora, que se anima, aunque sus decisiones tienen consecuencias que no puede manejar.
    Sin duda la búsqueda de la película es curiosa, abierta, límpida y aunque la línea del relato que tiene que ver con la gran ciudad para dar cuenta del extrañamiento por partida doble de la protagonista en Buenos Aires y luego convertida al islamismo, no aporta demasiado, pero a la hora del balance Habi, la extranjera es una película llena de hallazgos y de una madurez infrecuente para una ópera prima.
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  • Corazón de león
    Corazón de león
    Tiempo Argentino
    Más drama y moraleja que comedia

    El film de Marcos Carnevale encara la arriesgada propuesta de un romance entre los personajes interpretados por Julieta Díaz y un Guillermo Francella de 1,36 metros. Divertidos equívocos y un "mensaje" demasiado explícito.

    En principio hay que decir que la idea base de Corazón de León era ingeniosa y arriesgada, pero que mal llevada podía convertirse en una catástrofe. Dos profesionales, de igual condición social, ambos divorciados, se encuentran, se enamoran y si todo sale bien, tal vez tengan un futuro en común. La particularidad de esta relación es que el hombre mide apenas 1,36 centímetros, lo que convierte al romance en progreso en una lucha de ella contra los prejuicios, propios y extraños.
    Y a pesar de que Guillermo Francella hace lo suyo con eficacia componiendo a ese León Godoy arrollador, adorable, buena gente, y que todo el relato se asienta en su estatura reducida, la verdadera protagonista de la película es Julieta Díaz, como la abogada que primero se siente seducida por teléfono y luego, en el primer encuentro, intenta ocultar su sorpresa ante el galán enano. Después decide darle una oportunidad, vacila, no sabe si está preparada para afrontar las miradas burlonas y los comentarios en voz baja, para finalmente embarcarse en una historia con final feliz.
    Lo cierto es que se hacía difícil imaginar que el responsable de títulos como Viudas, Elsa & Fred y Anita tiene como punto de partida para su último trabajo los films de los hermanos Farrelly –y por qué no, algo de la extraordinaria El increíble hombre menguante, de Jack Arnold–, aunque claro, allí donde los Farrelly ubican en un plano de igualdad a las personas con capacidades diferentes y por lo tanto están sujetos a las mismas barbaridades que el resto de sus personajes, Marcos Carnevale va más en la dirección del drama con toques de comedia y hasta moraleja, sin la ferocidad a la que se anima la dupla estadounidense.
    Lo cierto es que Corazón de León tiene una primera parte sorprendente, llena de situaciones bien resueltas, equívocos divertidos –aunque el timing televisivo a veces es demasiado evidente– y una indudable química de los protagonistas, con un Francella seductor, simpático e irresistible, y Díaz mostrando todo un abanico de matices que dejan en claro las dudas, miedos e incertidumbres de su personaje.
    Pero más adelante, la película se siente obligada a explicitar los que ya estaba dicho y remarca innecesariamente el "mensaje", algo así como que todos somos iguales, hay que superar los prejuicios, que vivan las diferencias, etcétera.
    Corazón de León, entonces, es la mejor película de Carnevale, indudablemente tiene su sello y se ubica bastante más arriba que el resto de su obra. No oculta su ambición de entretener y dentro del cine industrial, es un producto más que digno.
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  • La parte de los ángeles
    La parte de los ángeles
    Tiempo Argentino
    De lumpen a catador

    Sobre las oportunidades, sobre la redención y la piedad se asienta el nuevo film de Ken Loach, que basó buena parte de su carrera en el realismo social. Pero el gran mérito de La parte de los ángeles es el tono del relato, alejado de la gravedad de muchos de los títulos del veterano realizador inglés, aunque sin dejar de marcar las injusticias y la falta de contención de los jóvenes de su país.

    A partir de Robbie (Paul Brannigan), un joven lumpen de la ciudad escocesa de Glasgow que intenta un cambio en su vida cuando nace su hijo, Loach hace un mapa de los desclasados del lugar, pero con una mirada siempre piadosa y hasta divertida de esos personajes patéticos y adorables.
    Criado en una ambiente violento, Robbie primero tiene que sortear el rechazo de la familia de la chica que lo ve como un perdedor y luego de un entorno marginal. Por un delito menor es condenado a trabajos comunitarios y allí encuentra a otros jóvenes que tienen historias parecidas pero sobre todo, allí está Harry (el extraordinario John Henshaw), el oficial a cargo de la custodia de los chicos, que le toma cariño al rebelde y confundido Robbie, y además lo introduce en el mundo del whisky. Inesperadamente el propio protagonista descubre que tiene un paladar privilegiado y que puede hacer una carrera como catador.
    Pero el pasado y las costumbres pesan de manera decisiva para los personajes de Loach, y si bien el grupito de perdedores accede al universo de botellas clasificadas, de coleccionistas dispuestos a pagar miles de libras por una botella de whisky especial, los muchachos van a hacer los suyo pero de manera noble, como el pasaje a otra vida.
    Desde su humanismo a rajatabla, Loach entiende a sus criaturas y decide que tienen derecho a algún tipo de revancha.
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  • El infiltrado
    El infiltrado
    Tiempo Argentino
    Todo por salvar a su hijo

    El dueño de una empresa de transportes está dispuesto a infiltrarse en el mundo de las drogas para librar a su hijo, encarcelado por su supuesta vinculación con el narcotráfico.

    La película tiene un centro desde donde parte la historia más que interesante. En la lucha contra las drogas –que por cierto se está perdiendo–, la justicia de los Estados Unidos "planta" cazabobos con pequeñas cantidades de estupefacientes para que principalmente los jóvenes se vean tentados y engrosen las estadísticas de detenidos por tráfico. Este es el relato que plantea el film –que se supone fue un caso real–, de Jason (Rafi Gavron), un chico de 18 años al que un amigo lo delata para conseguir una reducción de pena. Ya tras las rejas, al muchacho se le pide lo mismo pero él se niega a colaborar con un sistema injusto, por lo que se dispone a cumplir diez años de condena.
    Pero ahí aparece John (Dwayne "The Rock" Johnson), el próspero dueño de una empresa de transportes que está dispuesto a infiltrarse en el mundo de las drogas y conseguir las pruebas para incriminar a algún narco a cambio de que la despiadada fiscal Joanne Keeghan (Susan Sarandon) libere a su hijo.
    Después de algún intento que termina con John recibiendo una golpiza, a través de Daniel (Jon Bernthal), un ex delincuente que trabaja en su empresa, logra conectarse con un cártel de drogas y empieza una odisea para lograr el ansiado arresto.
    Más allá de la presencia de dos buenos actores como Susan Sarandon y Barry Pepper –aquí en plan de durísimo agente de la DEA–, el peso del relato se asienta en los anchísimos hombros del ex luchador de catch Dwayne Johnson, en un rol dramático que no está exclusivamente asentado en escenas de acción, que al actor de títulos como Rápido y furioso, Doom: la puerta del infierno o El rey Escorpión, le salen de taquito.
    Y si bien el musculoso Dwayne ya mostró su veta vulnerable y hasta divertida en comedias como Papá por sorpresa y Súper agente 86, el desafío actoral de El infiltrado es mucho mayor. Y hay que decir que The Rock sale bastante airoso como el padre dispuesto a todo por sacar a su hijo de la cárcel –y todo significa su matrimonio, su empresa y hasta su vida–, haciendo de mula para un temible cártel de drogas liderado por “El Topo” Pintera (Benjamin Bratt), que como prueba de lealtad, lo obliga a transportar varios millones de dólares sucios en uno de sus respetables camiones hasta México.
    El moderado atractivo del film es entonces el muy recorrido camino del hombre común enfrentado a circunstancias extraordinarias y totalmente ajenas a su vida como el delito, que tiene como condimento adicional ver a un actor de acción contenido, coqueteando con el melodrama y vulnerable como un personaje ordinario obligado a negociar en términos que desconoce con el sistema, aunque por supuesto, después se suelta y hace lo suyo. Lo de siempre.
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  • Lunas cautivas
    Lunas cautivas
    Tiempo Argentino
    Poesía en la prisión

    Siempre se afirma que un buen texto tiene la capacidad de transportar al lector a otras realidades, a otros mundos.

    La fuerza de la palabra escrita entonces como el pasaje a otras vidas posibles, adquiere una singular perspectiva desde el encierro de una cárcel y esa es la base sobre la que se asienta Lunas cautivas, una película de la documentalista Marcia Paradiso que explora las propiedades liberadoras del arte a partir del relato de un taller de poesía al que concurren algunas de las internas del penal de Ezeiza.
    Sin testimonios a cámara, sin historias de vida, la lente de Paradiso se incorpora a los talleres como una asistente más, va dando cuenta de los avances, la colaboración, las charlas de esas mujeres a las que se le adivinan vidas difíciles, registra el talento que surge de un verso, en una estrofa dolorosamente autorreferencial.
    Centrada en tres mujeres –Liliana que llega a publicar un libro, la española Majo que sólo quiere ver a sus hijos y Lidia, que tuvo a Abril en prisión–, la película es un inteligente y sensible fresco de esas protagonistas que están a punto de ser libres y a las que el afuera (como a muchas que todavía tienen que cumplir largas condenas) las llena de zozobra.
    El documental sugiere o al menos invita a pensar el destino de esos personajes, personas que se encontraron con un talento para escribir (que seguramente no sabían que tenían) y que en libertad será difícil de mantener. Todo eso está en Lunas cautivas, sin estridencias, sin acentuaciones innecesarias, para dar cuenta de que además de promesa, la libertad puede ser agobiante.
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  • Ladrona de identidades
    Ladrona de identidades
    Tiempo Argentino
    Cómo malgastar una buena idea

    La nueva comedia americana, con altas dosis de incorrección política, sucesión de momentos escatológicos e inolvidables, el cuerpo como campo de batalla donde se sufre el fracaso y un humanismo naif pero curiosamente contundente, desde hace un tiempo a esta parte viene sufriendo un desdibujamiento a partir de que sus elementos fundantes se trasvasaron en pequeñas dosis a todo el género, dando como resultados películas carentes de alma, calculadoras, que no logran la cohesión deseada.

    Este es el caso de Ladrona de identidades, dirigida Seth Gordon –responsable de la más que interesante Quiero matar a mi jefe–, que ubica a un hombre común, Sandy Bigelow, frente a su derrumbe financiero-social a partir de que alguien le roba su identidad y alegremente gasta a su nombre y hasta pone en riesgo su empleo.
    La responsable de la catástrofe es Diana (la extraordinaria Melissa McCarthy), que estafa, duplica tarjetas de crédito, consume a lo grande y tiene una vida intensa aunque bastante vacía. Y hacia ella va el hombre bueno, trabajador y un poco bobalicón, atravesando estados, enfrentándose a mundos que desconoce, dispuesto a desenmascararla y a lograr que le devuelva su ordenada vida.
    Lo cierto es que lo que arranca como una buena y feroz idea –el burgués asustado de siempre vs. la libertaria lumpen–, que podría haber ido a fondo y plantear ese choque entre dos maneras de ver el mundo, con el correr de los minutos se va transformando en un relato lacrimógeno sobre la falta de oportunidades, con dos personajes obligados a convivir por unos días y que como el manual del buen guión de Hollywood dicta, se terminan encariñando y, desde allí, encaran juntos un nuevo comienzo.
    Pero más allá de las convenciones de la historia, el error más grande de Ladrona de identidades es que desperdicia de manera inexplicable el timming para la comedia que siempre aporta Bateman y sobre todo, la impronta desquiciada de McCarthy (cómo olvidar a la histriónica Megan que compuso para Damas en guerra). Y eso es imperdonable. «
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  • Metegol
    Metegol
    Tiempo Argentino
    Campanella por otros medios

    Con gran expectativa, finalmente se produjo el estreno de la primera incursión del director de El secreto de sus ojos en el mundo de la animación en 3D. Y no defrauda.

    Amadeo es un chico apocado y tímido, mientras que Grosso es atlético y extrovertido. Y así como el primero concentra las características del antihéroe –aunque desde su aparente debilidad también representa los valores del barrio, que se supone abarcan desde la solidaridad hasta la nobleza de los personajes que hacen del mundo un lugar mejor–, su antagonista es la cara del capitalismo salvaje, triunfalista, que avanza sobre tradiciones y personas en pos de un progreso que sólo respeta las leyes del mercado.
    Bienvenidos al universo de Juan José Campanella en versión para niños, una superproducción animada en 3D que en definitiva es un eslabón más de la mirada que tiene sobre el mundo el director de Luna de Avellaneda, que –no está de más señalar– tiene muchos puntos en común con Metegol.
    Memorias de un wing derecho, un cuento de Roberto Fontanarrosa, fue el puntapié inicial para que Campanella junto a Eduardo Sacheri (el autor de la novela que luego se convirtió en El secreto de sus ojos) y Gastón Gorali llegaran a la historia ambientada en un pueblo con una plaza central y un bar enfrente con un metegol al fondo. Allí, Amadeo sirve las mesas y pule su habilidad para manejar esos jugadores que sólo se desplazan hacia los costados, hasta que llega el desafío de Grosso, un bravucón que pierde pero jura venganza.
    La revancha llega años más tarde, con Amadeo aparentemente detenido en el tiempo en ese bar centenario y Grosso convertido en el mejor jugador del mundo, que vuelve para mostrar sus logros y como cabeza de playa de una corporación que quiere construir un estadio gigantesco. El partido en donde se juega la dignidad de los habitantes del lugar y la posibilidad de que Amadeo conquiste a la muchachita del cuento, pone en un lado a un cura, un policía, un chorro, un demodé emo más la determinación de los muñequitos de plomo, frente a una escuadra aparentemente invencible liderada por Grosso.
    Hay varios guiños cinéfilos –2001: Odisea del espacio, el espíritu de los spaguetti western–, pero en la ambición de abarcar todo, también hay algunos momentos que refieren a la historia Argentina reciente, con un político que se fuga en helicóptero y algún diálogo que afirma el valor del voto popular, "aunque a veces se equivoque".
    La referencia obvia y también ineludible es la saga de Toy Story, pero también es para destacar que desde la argentinidad de los diálogos y el fútbol como marco, Metegol se anima a disputar a los públicos cautivos de Pixar o DreamWorks, con una película que más allá de los meandros de la comercialización y distribución, aspira a acceder a los mercados internacionales en pie de igualdad con los gigantes de la animación.
    Impecable en lo formal, con una historia sencilla pensada y repensada para el público infantil pero con muchos motivos de interés para los adultos, el universo campanelliano está tan presente en Metegol como en cualquiera de sus films anteriores. La animación es una herramienta más, vistosa, costosa, preciosa, para hablar de los temas que le interesan desde siempre.
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  • El chef
    El chef
    Tiempo Argentino
    Una receta algo repetida

    En los últimos años, la comida se convirtió en el nuevo fetiche para las clases más o menos acomodadas de todo el mundo.

    Libros de cocina que se convierten en best sellers, reality-shows y además, la avidez por descubrir nuevos sabores, desde lo étnico hasta los experimentos moleculares. Todo esto conforma un escenario ideal para el cine, con la cocina como escenario del drama, la invención, el romance y por qué no, para la obra suprema y efímera de un plato creado por los nuevos artistas del presente, que hacen lo suyo desde la ficción o el documental, en películas como Sin reservas, El Bulli: Cooking in Progress e incluso Ratatouille, solo para mencionar algunos títulos recientes.
    Y entonces llega El chef, cine industrial francés que intenta explotar el fenómeno con una comedia protagonizada por una estrella como Jean Reno, que compone a un cocinero obsesionado por las estrellas de la Guía Michelin –la mayor distinción del mundillo culinario– con todos los tips que se supone que debe tener un tirano de la cocina hecho y derecho. Lo acompaña Michaël Youn, como otro cocinero pero sin suerte, a punto de ser padre, que no logra retener un empleo a partir su obsesión por brindar a los comensales lo mejor en cada plato sin negociar sabores ni costos.
    No pasa casi nada antes de que ambos personajes se unan, conformando una pareja despareja de manual, que juntan fuerzas y talento contra el dueño del prestigioso restaurante que quiere desplazar al viejo cocinero por un chef moderno, arriesgado y sobre todo, a la moda. Y por supuesto, mientras que las ollas se calientan, mientras el milagro de la alquimia molecular logra un nuevo sabor y la ecuación "tradición vs. modernidad" encuentra un punto medio, los protagonistas van resolviendo sus vidas afectivas, dañadas por su obsesión culinaria.
    Todo esto da como resultado una comedia que en sus mejores momentos apenas logra el esbozo de una sonrisa, una película muy menor que apela a una comicidad rústica, de un cine viejo y sin ideas.
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  • Woody Allen - El documental
    El personaje y sus creaciones

    El director de biografías de comediantes como W. C. Fields, Mort Sahl y Lenny Bruce, encaró ahora un film con testimonios de Sean Penn, John Cusack, Penélope Cruz y Naomi Watts.

    El punto de inflexión fue la escandalosa separación con Mia Farrow y la relación con la joven Soon Yi, hija adoptiva de la actriz de El bebé de Rosemary. A partir de allí, el nombre y la figura de Woody Allen recorrieron pasillos judiciales y revistas de espectáculos, dedicadas a investigar las idas y vueltas privadas del genio de Manhattan y Annie Hall.
    Allen habla de esto y de mucho más en el documental de Robert B. Weide, pero Mia Farrow no aparece en cámara y sí lo hacen más de veinte entrevistados que testimonian y articulan un discurso repleto de elogios para el personaje nacido Brooklyn. Woody Allen ya dirigió más de cuarenta películas, muy buenas, buenas, regulares, malas y muy malas, razón por la que Weide recorre con excesivo detalle semejante filmografía.
    El documental transmite una sensación ambigua. Por un lado, están las confesiones y los relatos de Allen a cámara, recordando sus inicios como escritor y guionista, además de su presencia en la televisión de los años '60, mostrada a través de fragmentos poco conocidos. Allí Woody Allen: el documental descansa en la novedad, en la génesis del futuro creador de un estilo propio, en el germen del amante de Nueva York. También, esa primera mitad del trabajo de Weide muestra a un Allen irónico con su infancia y adolescencia –aparece su hermana hablando de él–, su amistad con Tony Roberts (compinche en Manhattan y Annie Hall), su relación con Diane Keaton, su malestar cuando estudiaba, rechazando las imposiciones de profesores y maestros.
    Hasta allí, el documental –nada original desde sus decisiones estéticas–, aferrado a un concepto televisivo más que cinematográfico, recorre al creador desde el sarcasmo, el latiguillo mordaz al que Woody Allen apelaba en sus mejores creaciones desde los años '70 hasta Crímenes y pecados. Pero Weide da la impresión de que vio a las apuradas la obra del autor, ya que desde allí en adelante, el trabajo se sumerge en una rutina de testimonios y frases hechas (¿habrá algún documental de estas características en donde no aparezcan Sean Penn y Scorsese?), invadiendo el territorio de la obviedad y del manual para iniciados.
    Parece mentira, pero poco hay de Woody Allen y su manera de marcar a los actores y de su proceso creativo, más allá del lugar común al referir a su obsesión por el guión. En ese extenso segmento, el trabajo de Weide transparenta su pereza de mero formulario, elegíaco para su personaje, convencional en su propuesta, rutinario y poco más desde su merecida celebración.
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  • Calles de la memoria
    Calles de la memoria
    Tiempo Argentino
    Construcción colectiva

    El último film de Carmen Guarini se introduce en la acción de un grupo de vecinos de Almagro y Balvanera que lucha por conservar y honrar la memoria de los desaparecidos.

    Carmen Guarini, que asentó casi toda su obra en el ejercicio y los mecanismos selectivos de la memoria –desde Tinta roja y Jaime de Nevares, último viaje, pasando por H.I.J.O.S., el alma en dos, hasta Meykinof y Gorri–, una vez más aborda la temática del terrorismo de Estado, pero esta vez desde la iniciativa de un grupo de vecinos, Barrios por la Memoria, que desde hace unos años vienen interviniendo el espacio urbano con baldosas que recuerdan a los desaparecidos con nombre, apellido y si se conoce, la fecha en que fueron detenidos y luego asesinados por el aparato de terror que tenían montado los militares durante la dictadura.
    El objeto de interés del documental es entonces la acción concreta vecinal que lucha por conservar y honrar la memoria de los desaparecidos, pero Guarini complejiza la indagación sobre el tema por partida doble a partir de su experiencia como docente de un taller de documentales: por un lado lleva la cuestión a sus jóvenes alumnos que no vivieron la dictadura, pero además, los estudiantes son extranjeros, que en algunos casos no tienen registro de lo que pasó en la Argentina y otros, que vienen de países en donde los regímenes dictatoriales que sufrieron recién están empezando a ser abordados por la sociedad, como Chile, España y Brasil.
    Esta mirada generacional y si se quiere ajena, toma contacto con los vecinos que llevan adelante su labor en las calles y da como resultado el encuentro de otros significados y sentidos al ejercicio de la memoria.
    Las discusiones sobre cuál es el texto adecuado para cada baldosa, la participación en la elaboración del objeto en escuelas para que los chicos sean partícipes de la historia, los testimonios de vecinos y transeúntes en las veredas, todo eso está registrado en el film con los ojos "nuevos" de los jóvenes documentalistas extranjeros, que en el film completan el círculo cuando son filmados en pleno trabajo de campo.
    Es decir, la construcción de las baldosas va de la mano de la construcción colectiva de la memoria, y a la vez, se suman a la elaboración del documental, que por definición, es un documento para la posteridad.
    Inteligente, incisiva y a la vez profundamente reflexiva, el film de Guarini pone en tensión de qué manera se juega el ejercicio de la memoria en el día a día de una ciudad, una sociedad, que a veces tiende a negar el pasado y a veces, como lo que pasa con el trabajo de los vecinos de Balvanera y Almagro, recuerda de manera colectiva con la ambición de que el trabajo de concientización al alcance a todos.
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  • Guerra Mundial Z
    Guerra Mundial Z
    Tiempo Argentino
    Mucha más aventuras que catástrofe

    Una superproducción que no llega a la altura del excelente relato del film. Escrito en clave de crónica periodística, explica el origen de una pandemia a través de su héroe con momentos de efectiva tensión entre los espectadores.

    En el contexto del innegable revival de ese subgénero del cine de terror que son los zombies, con series como The Walking Dead, entre otras y libros como el manual The Zombie Survival Guide de Max Brooks –guionista de Saturday Night Live, hijo del gran Mel Brooks– al que le siguió Guerra Mundial Z. Una historia oral de la guerra zombi (editado en castellano), que no tardó nada en despertar el interés de la productora de Brad Pitt por llevar la historia al cine.
    El resultado es Guerra Mundial Z, una superproducción que hace, a medias, honor al excelente relato escrito en clave de investigación y crónica periodística que Brooks despliega a partir de un personaje central, el propio escritor, que recibe el encargo de las Naciones Unidas para que haga un relevamiento, que explore los cómo y los porqué del nacimiento de la pandemia que convirtió a los muertos en máquinas de matar seres humanos, que investigue cómo se hizo frente a la plaga asesina y qué enseñanzas quedarán luego de la guerra que exterminó a buena parte de la población del planeta.
    Lo que en el libro era pura ironía y bastante humor, una ficción para describir algunas de las problemáticas más acuciantes de la actualidad con o sin zombies, en el film dirigido por Marc Forster (007: Quantum of Solace, Más extraño que la ficción) se convierte en un muy buen trhiller-catástrofe en los primeros 40 minutos. Pero luego deviene en un film de aventuras que se apoya casi en su totalidad en Pitt en el rol de Gerry, un ex investigador de la ONU al que el brote del virus que transforma a la gente en salvajes depredadores lo sorprende junto a su familia.
    Pero teniendo en cuenta el camino elegido por el realizador para contar la historia, Gerry es casi un súper agente, que sabe leer las señales de catástrofe apenas se empiezan a enunciar y así, cuando logra poner a salvo a su familia, emprende la búsqueda del origen de todo para conseguir la manera de combatir la plaga. El viaje será por varias partes del mundo y el peso de la humanidad a punto de extinguirse recaerá sobre el héroe intuitivo, lógico, atlético y cerebral.
    Como producto separado del libro que le dio origen, Guerra Mundial Z no está nada mal, hay momentos de efectiva tensión que se sufren desde la butaca y la avalancha de zombies en ataque continuo, feroz e irracional, por momentos quita el aliento. Sin embargo, las connotaciones políticas y sociales apenas son rozadas por el film, más preocupado en mostrar en buena parte de su duración un vertiginoso timming para la acción que detenerse en consideraciones morales y el sentido de lo humano cuando todo se derrumba.
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  • La cacería
    La cacería
    Tiempo Argentino
    El terror está en los otros

    Ambientada en un pueblo dinamarqués en los setenta, la película de Thomas Vinterberg, uno de los sostenes del ruidoso Dogma 95 y autor de títulos como La celebración (1998), Todo por amor (2003) y más recientemente Submarino (2010), mantiene la mirada desencantada que desde siempre mostró el director danés sobre la condición humana.

    Y esta vez el centro del relato, que participó de la competencia oficial del Cannes del año pasado, es el abuso infantil, una problemática que rápidamente produce rechazo –Desapareció una noche, Hijos de la calle, El hombre del bosque o Río místico son algunos títulos que abordan la cuestión desde el centro o periféricamente– pero el verdadero tema de La cacería, la obsesión del realizador, es abordar la miserabilidad de sus personajes, atrapados en convenciones, miedos, ignorancia y paranoia, un abanico de enfermedades sociales que las instituciones no hacen más que potenciar.
    El film entonces presenta a Lucas (el formidable Mads Mikkelsen, villano de Casino Royale, el doctor Lecter de la serie Hannibal), un maestro de jardín de infantes que recién empieza a reponerse de un divorcio difícil y lucha para recobrar la relación con su hijo. Pero una niña, hija de un matrimonio amigo y su alumna en la guardería afirma que un día Lucas le mostró sus partes íntimas. De allí, el protagonista enfrenta la acusación, el rechazo de sus amigos y de todos sus vecinos, una pesadilla que parte de una declaración inocente que se asienta en la genuina fascinación que siente la niña por Lucas, para convertirse en una escalada asfixiante de terror y violencia de gente común sobre un hombre común, que no reacciona ni ante su propio derrumbe, como esperando que todo sea un malentendido.
    Para el final, cuando todo parece encontrar una cauce si no normal, al menos soportable, Vinterberg reserva una coda terrorífica, una lectura moral que no hace más que afirmar su poética del rechazo al mundo que le toca retratar.
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  • Un lugar donde refugiarse
    Thriller, fantasía y amor en progreso

    Del mismo director de ¿A quién ama Gilbert Grape?, ahora llega una extraña combinación de estilo, donde
    nunca queda definida la línea argumental, y el resultado termina navegando en el limbo de los films inocuos.


    Hace casi 20 años, el director sueco Lasse Hallström asomó la cabeza y logró cierta exposición mundial con ¿A quién ama Gilbert Grape? , protagonizada por Johnny Depp y Leonardo DiCaprio. Y desde ese momento se instaló como un artesano de Hollywood, es decir, un tipo confiable para proyectos pensados por otros. Así se hizo cargo de producciones rutinarias como Chocolate, El poder del amor, Atando cabos y Querido John, un puñado de títulos que recorren ciertos caminos vinculados con el amor, un pasado más o menos turbio (¿cómo no?) y las segundas oportunidades.
    En ese sentido, los "temas" de Lasse están bien presentes en Un lugar donde refugiarse, un raro artefacto que mezcla el thriller, una historia de amor en progreso y si se quiere, hasta algo del género fantástico vía Osho.
    La película comienza con Katie (Julianne Hough), perseguida por un policía. La chica aparentemente cometió un asesinato o algo así, que se va revelando de a poco, a través de flashbacks que van completando el supuesto crimen a medida que avanza el relato. En la fuga, el micro en el que sacó un pasaje a cualquier parte se detiene en un paradisíaco pueblito costero y Katie decide que es un buen lugar para empezar una nueva vida. Allí, mientras que el inspector Tierney (David Lyons), en plan Samuel Gerard en El fugitivo, se obsesiona con la búsqueda, Katie se repone, consigue trabajo y establece una relación amorosa con Alex (Josh Duhamel) padre de dos hijos adorables y viudo reciente.
    Así como Tierney se va acercando a su presa y en el intento se entrega al alcohol y alguna conducta inapropiada, Katie mantiene su pasado oculto y comienza a creer que el pueblito es su lugar en el mundo. Junto a Alex y sus hijos, claro.
    Con una vuelta al final que en el público poco sensible puede hasta provocar una sonrisa socarrona, el último opus de Hallström nunca termina de decidirse por un género o al menos por una línea argumental definida y navega en el limbo de las películas inocuas, esas que son correctas pero definitivamente destinadas al lánguido olvido.
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  • Mercedes Sosa, la voz de Latinoamérica
    Retrato de una artista de mundo

    El documental dirigido por Rodrigo H. Vila cuenta con los testimonios de colegas y familiares de la cantora además de un invalorable material de archivo. Los hilos conductores son la voz de la propia tucumana y el relato de su hijo.

    A través de entrevistas a distintas figuras como Pablo Milanés, León Gieco, Milton Nascimento, David Byrne, Isabel Parra, Teresa Parodi, René Pérez y Víctor Heredia, entre muchos otros, la película de Rodrigo H. Vila deja en claro que el título del documental es un acierto y los testimonios afectuosos y llenos de respeto por Mercedes Sosa no hacen más que corroborarlo.
    Sin embargo, si el film se limitara a convocar a músicos de distintas latitudes para que hablen sobre la figura de la cantora, con un mayor o menor acierto a la hora de elegir a quién entrevistar, sería uno de los tantos documentales que se apoyan casi exclusivamente en una buena agenda de producción. Por el contrario, Mercedes Sosa, la voz de Latinoamérica consigue mucho más a la hora de concretar su aspiración de lograr un retrato completo de la tucumana.
    Uno de los aciertos definitivos de la puesta es que el relato tiene como hilo conductor la voz de la propia Mercedes. Se adivina un enorme trabajo de búsqueda de archivos, un recorrido que contó con el aporte invalorable de Fabián Matus. Y es Fabián quien entrevista a músicos, a sus tíos, a las amigas de su madre, a su psiquiatra, siempre con la voz y las imágenes de la "mami" contando en decenas de reportajes su infancia, los comienzos en la música, el nuevo cancionero, el compromiso político, el exilio, los amores contrariados, el alcoholismo, las pérdidas, la soledad.
    Desde su infancia en Tucumán con su padre trabajando en un ingenio por monedas, mientras que su madre la llevaba junto a sus hermanos al Parque 9 de Julio "para que no sintiéramos el olor a comida, porque a la noche nos moríamos de hambre", hasta el reconocimiento como artista del mundo, una voz atravesada por su tiempo, engrosada por las luchas, las causas justas, la apertura a nuevos sonidos, la enorme generosidad.
    Sin embargo, el documental no es una elegía a la figura de Mercedes, o sí, en tanto la retrata tan humana en sus momentos de gloria, pero también en sus inseguridades, en su timidez casi patológica, en sus momentos de quiebre cuando cuenta que Oscar Matus, el gran amor de su vida, la abandonó. O el exilio, luego de una carta-amenaza de la Triple A, una herida que llevó por el mundo y que nunca se cerró del todo.
    Es probable que en la fascinante vida de la artista haya material para muchas películas, pero no es errado conjeturar que lo que logran Matus y Vila en Mercedes Sosa, la voz de Latinoamérica se aproxime bastante a un retrato definitivo.
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  • ¿Qué pasó ayer? Parte 3
    Un final de fiesta apocado

    La nueva entrega de esta saga no tiene el efecto de las anteriores, aunque conserva su incorrección. Pese a algunos momentos, queda en evidencia el agotamiento de la fórmula.

    La tercera y última parte de la saga comienza de manera inmejorable, con un montaje paralelo que muestra a Leslie Chow (el formidable Ken Jeong) escapando de una prisión de máxima seguridad de Bangkok mientras que Alan (Zach Galifianakis) pasea feliz con su auto por una carretera remolcando un trailer con su última adquisición, una jirafa –"siempre quise tener una"–. Lo que sigue es que Leslie logra salir de la cárcel por los desagües en medio de un motín y Alan provoca un accidente que involucra un puente, la cabeza de la jirafa, un choque masivo y por supuesto, Alan sin un rasguño y sin dimensionar las consecuencias de sus actos.
    El arranque es políticamente incorrecto pero absolutamente efectivo en el eje guarro que siempre tuvo la franquicia, pero se va diluyendo a medida que pasan los minutos, en un relato que tiene muchos buenos momentos pero que no alcanza la altura de las dos películas que la precedieron.
    Esta vez no hay una boda inminente, tampoco una salvaje despedida de soltero, los protagonistas no actúan bajo los efectos de alguna droga lisérgica y menos aun hay una reconstrucción de los hechos a través de fotos prohibidas. En su lugar hay una intervención a Alan, con familiares y sus amigos, Phil, Stu y Doug (Bradley Cooper, Ed Helms, Justin Bartha), para convencerlo de que debe internarse y recuperar la cordura. Un excusa para emprender un viaje, esta vez a una clínica, el viaje donde todo puede pasar, otro de los tips de la saga.
    Y lo que pasa es Marshall (John Goodman), que está buscando a Leslie desde que le robó algo más de 20 millones de dólares en oro. Los tipos comunes que siempre están en el lugar y el momento equivocado, son entonces los únicos que pueden encontrar a Leslie y para garantizar el trabajo, Marshall va a tener de rehén a Doug, custodiado por el Doug Negro –ahí se complica la historia para los que no vieron las películas anteriores, el chiste entre el Doug Negro y el otro remite al primer film–.
    Con el protagonismo de Leslie en primer plano y Alan secundándolo, ¿Qué pasó ayer? Parte 3 ya no es tan virulenta, los protagonistas están más domesticados y el encargo de entregar a Leslie y a su botín transita un camino sin sorpresas, salpicado aquí y allá por buenos gags, la aparición de personajes antiguos –como el mencionado Doug Negro o Jade (la gran Heather Graham), la prostituta de Las Vegas que se casaba con Stu– y otros como Marshall y Cassie (Melissa McCarthy) totalmente desaprovechados.
    En solitario y con algunos ajustes que borrarán las referencias de los títulos anteriores, la película sería una buena comedia desbordada, pero como parte de una saga original y efectiva, muestra el agotamiento de una fórmula y la melancolía de un final de fiesta apocado.
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  • Ginger & Rosa
    Ginger & Rosa
    Tiempo Argentino
    Una mirada de niñas en los años '60

    La directora Sally Potter presenta una historia sobre la iniciación de dos chicas (Elle Fanning y Alice Englert) en plena época de la crisis de los misiles en Cuba. Una crítica a las consecuencias del amor libre en los más chicos.


    Ambientada en los comienzos de la década del '60 en Londres, la última película de la realizadora inglesa Sally Potter –que alcanzó una desmedida notoriedad por Orlando (1992)– es un relato sobre la iniciación de dos jóvenes en el mundo adulto, un futuro lleno de decisiones a tomar en el contexto de la Guerra Fría, más exactamente para la época de la crisis de los misiles en Cuba y la posibilidad de una escalada nuclear entre Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética.
    Esta amenaza, que a la distancia puede parecer exagerada pero que en ese momento era real, pauta la historia de Ginger (la extraordinaria Elle Fanning), que en plena adolescencia empieza a interesarse y a preocuparse por el estado del mundo mientras comparte sus días con Rosa (Alice Englert), su amiga inseparable con la cual vaga por la ciudad, incursiona en aventuras amorosas y se cuentan las miserias de su respectivas familias.
    Mientras que Ginger asiste al derrumbe del matrimonio de sus padres, Roland y Natalie (Alessandro Nivela y Christina Hendricks), Rosa fue criada solo por su madre cuando las abandonó su padre. Es decir que ambas chicas recorren la ciudad que está cruzada por la liberación de los años '60, y la historia demuestra que no fueron tan gloriosos para algunos.
    Es el contexto entonces lo que en cada minuto del film marca la conducta de los personajes, entre el crecimiento de las protagonistas, el "espíritu libre" de Roland que pronto seduce Rosa, sin reparar en el daño que le produce a su hija y al resto de su mundo afectivo –su ex esposa y los padrinos de Ginger, una pareja gay que comprende y apoya, interpretada por los sólidos Oliver Platt y Timothy Spall– y el compromiso con causas que exceden a los personajes de ese universo chico, casi provinciano, frente a la magnitud de los procesos históricos.
    Con más de un punto de referencia con Todos juntos, el film del sueco Lukas Moodysson que planteaba una mirada feroz y crítica sobre las consecuencias que producían en los niños el amor libre y el compromiso político de los mayores, Sally Potter construye un relato sereno que aunque se acelera al final en un crescendo dramático esperable, deja en claro que su apuesta está al servicio de pensar las razones y las conductas de sus criaturas, una mirada humanista que evita juzgar y por el contrario, se esfuerza por comprender.
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  • En otro país
    En otro país
    Tiempo Argentino
    Un realizador único e ineludible

    Por primera vez llega a la cartelera comercial argentina una película del director coreano Hong Sang-soo, cuyas obras se vieron siempre en el marco del Bafici. Un gran film.

    Probablemente la mayoría de los espectadores de cine no vieron jamás una película coreana. Sin embargo, desde hace unos años el cine hecho es ese pequeño país asiático es uno de los más vitales y originales del mundo. Y entre los directores más destacados, es ineludible la obra Hong Sang-soo –que se exhibió completa en la última edición del Bafici–, un realizador único que centra su trabajo en temas aparentemente menores, que ubica a sus personajes en intersecciones, tránsitos o paréntesis en el trabajo, entre dos amores, viajes cortos a lugares donde sus criaturas pierden el eje.
    En ese sentido, En otro país, penúltimo título de Hong, bien podría considerarse prototipíco dentro del la filmografía del director, con Isabel Huppert desdoblándose en tres Anas –una directora de cine, una empresaria, una mujer abandonada por su marido que la dejó por su amante coreana–, un personaje que se repite con variaciones en las distintas historias, un recurso habitual que aparece con frecuencia en el resto de los films del director surcoreano, al que suma uno más, la ubicación de la protagonista en una ciudad pequeña, extraña a su vida cotidiana.
    Las Anas, entonces, son una anomalía en tierras lejanas, tres francesas, tres mujeres occidentales que interactúan con la gente del pueblo, con pasos de comedia, momentos de profunda reflexión y el choque, leve pero presente, de dos culturas diferentes. Y es en ese limbo breve, de duración preestablecida, donde las tres se asoman a su verdadero naturaleza, un intersticio de lo que podrían ser.
    Según Hong Sang-soo, lo verdadero, los momentos determinantes de una vida surgen en aparentes tiempos muertos, de poca o nula trascendencia. Y En otro país, un extraordinaria comedia tragicómica, leve y feliz, es una prueba de este dogma.
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  • Ataque a la Casa Blanca
    Ataque a la Casa Blanca
    Tiempo Argentino
    Contra todos los males

    Mike Banning (Gerard Butler) es un agente del servicio secreto, encargado de la custodia del presidente de los Estados Unidos en un film con todos los chiches de los famosos tanques.

    A los pocos minutos del comienzo de Ataque a la Casa Blanca, es probable que el espectador asocie la espectacularidad de las escenas de acción a Duro de matar. Y si bien el recuerdo es correcto, la cuestión si la película de Antoine Fuqua (Los mejores de Brooklyn, Tirador, Lágrimas del sol, Día de entrenamiento) logra el nivel de efectividad que demostró la saga protagonizada por Bruce Willis.
    En el comienzo está Mike Banning (Gerard Butler), un agente del servicio secreto encargado de la custodia de Benjamin Asher (Aaron Eckhart), el presidente de los Estados Unidos. Pero en un accidente en una ruta resbaladiza por el hielo los intentos desesperados de Mike para salvar a la esposa del primer mandatario son inútiles y la mujer muere cuando el auto oficial se cae en un precipicio. El fortachón entonces es trasladado y languidece detrás de un escritorio hasta que por la ventana de su despacho, cercano a la Casa Blanca, observa que la residencia oficial está siendo atacada por tierra y aire.
    En paralelo, las noticias dan cuenta de que un comando norcoreano –el nuevo y temible enemigo de Occidente– atacó a sangre y fuego el lugar, tomó como rehén al presidente y mientras va ejecutando prisioneros, también va superando las defensas informáticas y se acerca al acceso del arsenal nuclear de la potencia del norte.
    Pero a no desesperar, ahí está Mike, con la testosterona a tope y dispuesto a hacer lo que sea necesario para salvar a su ex jefe, a su hijo que está escondido en algún lado de la casa y claro, al mundo libre de los villanos.
    Con un nivel de violencia inusitado, incluso por producciones similares, tal vez lo más rescatable y por qué no, divertido, sea el desparpajo y la falta de contención de la que hace gala la película de Faqua para desplegar una batería de patrioterismo berreta (con el combo infaltable de discurso motivador y fundante más las banderas estrelladas por doquier, por supuesto), con el axioma, también obsoleto, de que un hombre bien puede ser la reserva moral y el brazo armado necesario de una nación en peligro.
    El realizador, bien lejos de la sólida Día de entrenamiento, no duda en montar un espectáculo en base a efectos especiales, situaciones previsibles, frases cancheras del héroe en cuestión, moderado dramatismo y suspenso ídem, que da como resultado un producto vacío pero bastante entretenido. Como las decenas de películas de este tipo que fatigan las carteleras de todo el mundo año a año.
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  • El gran simulador
    El gran simulador
    Tiempo Argentino
    Entre el galán y el elegante mentiroso

    Héctor René Lavandera es un hombre común que algunas veces se enfurece cuando atiende su teléfono y comprueba una vez más que alguien confundió su número con el de una remisería. Pero por lo general, cuando se reitera el error, adopta una socarrona resignación filosófica, propia de René Lavand, un hombre extraordinario que tuvo que superar un accidente en su infancia, cuando perdió su mano izquierda, para convertirse en uno de los prestidigitadores más importantes del mundo, un oficio en retroceso pero al que está ligado para siempre.

    Sin embargo, la película de Néstor Frenkel (Amateur, Construcción de una ciudad, Buscando a Reynols) está bien lejos de convertirse en un documento sobre el hombre que enfrentó la adversidad, que se hizo solo porque "no había a quién copiar". Por el contrario, el relato está construido a partir de la seducción, el magnetismo de Lavand, una rara mezcla de eterno galán, filósofo de barrio, elegante manipulador, y por sobre todas las cosas, un adorable mentiroso.
    Lo que hace Frenkel ante tamaño personaje es arroparlo con sus mejores galas, una puesta al servicio del artista en su medio –una hermosa cabaña en Tandil atiborrada de objetos, recuerdos, un increíble archivo con sus presentaciones y claro, "el laboratorio", un impecable paño verde–, que lo alienta a que recite unos versos que funcionan como recursos distractivos para que las ilusiones lleguen a buen puerto y que despliegue su humor frente a casi todo, incluso frente a una doctora que confirma el diagnóstico sobre la artritis, que avanza irremediablemente.
    El resultado es que el histrionismo del personaje no llega nunca a agobiar, cada minuto del film sólo hace que la curiosidad por el protagonista se potencie y la película, elegante como el objeto de su interés, también se reserve un espacio para reflexionar sobre un oficio perdido frente a los actuales showman de la "magia", sobre una época perdida y sobre las marcas del paso del tiempo en un hombre extraordinario.
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  • Rigoletto en apuros
    Rigoletto en apuros
    Tiempo Argentino
    Residencia de viejos artistas

    En su debut como director, Dustin Hoffman cuenta una historia de adorables personajes.

    La primera película que tiene al veterano Dustin Hoffman como director, se asienta sobre dos premisas: el derecho de los viejos a vivir sus últimos años como quieran y la certeza de que los mayores también están devorados por deseos, pasiones y sueños, tan vívidos como los de su juventud.
    Con el terreno delimitado –un camino ya recorrido por Chicas del calendario y El exótico Hotel Marigold, solo por nombrar dos títulos más o menos recientes–, Hoffman apuesta a lo seguro con un elenco de actores tan histriónicos como adorables a la hora de caracterizar a músicos y cantantes líricos que conviven en una bella residencia, un retiro soñado.
    Casi como si fuera la famosa High School for the Performing Arts de la película Fama pero con los protagonistas jubilados, en la mansión se suceden los ensayos, los romances, las peleas, los choques de egos y también los achaques de la edad y hasta la muerte, un horizonte omnipresente para todos los huéspedes.
    La relativa rutina se rompe con la llegada de Jean Horton (Maggie Smith, protagonista de El exótico..., como para abundar sobre producciones similares), diva de ópera que se reencuentra en la mansión con los que fueran sus compañeros en un prestigioso cuarteto, antes de que ella se decidiera por una carrera solista: el mujeriego Wilf Bond (Billy Connolly), la inocente Cissy Robson (Pauline Collins) y el atormentado Reginald Paget (Tom Courtenay), ex esposo de Horton.
    Con los estereotipos bien alineados, el relato entonces picotea en el pasado de los protagonistas, deja en claro que las cenizas fuego son, al calor del reencuentro en el ocaso de las vidas y una vez que traiciones, agachadas y decisiones del pasado se aclaran, la película toma envión y concentra su esfuerzo en contar la épica de los viejitos piolas, que se preparan para la habitual celebración en honor a Vivaldi. Porque esta vez el evento debe ser a todo trapo y con el plus de la presencia de la diva –hay que recordar que aunque todos son viejas glorias de la música, la estrella es Jean–, un elemento clave para la función de gala, que necesita la mayor cantidad posible de público para recaudar una buena suma del dinero y así, evitar que la casa no cierre sus puertas.
    Lo cierto es que más allá de que la otoñal ópera prima no depara ninguna sorpresa en cuanto a la realización, Hoffman en ningún momento pretende otra cosa que plasmar sus preocupaciones sobre la muerte y su legado artístico. Y lo logra, dentro de los genuinos márgenes del amable entretenimiento.
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  • Palabras robadas
    Palabras robadas
    Tiempo Argentino
    Un puzzle de tres historias paralelas

    La película que dirigen los actores Klugman y Sternthal toma dos tiempos narrativos diferentes con dos tramas trágicas. Los rasgos del cine de qualité muestran un esquema rígido que da como resultado un buen film de guión.

    Un libro es el eje de las tres historias que se despliegan en Palabras robadas, un relato asentado sobre la culpa y la vida real como material de la literatura. Por un lado, está Rory (Bradley Cooper), un escritor felizmente casado con Dora (Zoe Saldana), que sin embargo sufre en silencio la frustración por el rechazo de distintas editoriales por publicar su primera novela, hasta que finalmente llega la esperada llamada y el libro se convierte en un suceso. Pero el escritor, ahora una celebridad, es en verdad un ladrón que publicó un texto que no era suyo, una historia de amor ambientada en el final de la Segunda Guerra Mundial entre un joven soldado estadounidense destinado en París (Ben Barnes) y una camarera (Nora Arnezeder), que se enamoran, se casan y finalmente se separan cuando no pueden superar la muerte de su pequeña hija.
    El engaño, la estafa, se revela cuando el verdadero protagonista de la historia (Jeremy Irons), que puso en palabras su vida y su dolor hace más de cincuenta años, se enfrenta a Jansen.
    A estos dos ejes de la estructura se les suma un tercero, que es Clay Hammond (Dennis Quaid) que presenta su último trabajo, The words –el título original de la película–, una novela que engloba las dos primeras historias, puro material de ficción para el veterano y exitoso escritor, que a la hora del cóctel y los autógrafos es abordado por Daniella (Olivia Wilde), una joven y seductora estudiante, aparentemente deslumbrada por la celebridad pero que en verdad quiere, necesita, saber por qué el libro no fue más valiente y sincero.
    La película del actor Brian Klugman y Lee Sternthal (guionistas de Tron. El legado) funciona como un puzzle donde las tres historias marchan en paralelo, la ambición concreta de origen, con una realización que toma dos tiempos diferentes, dos historias trágicas imaginadas por un escritor, que son contadas desde su presente en forma de libro. Y si la cuestión moral planea por todo el universo que delimita el film, también involucra a quien muestra el producto de su inventiva y talento, en tanto con el libro terminado, se ve obligado a reflexionar sobre un final diferente y sobre su honestidad como artista.
    Sin embargo, el tono moroso del relato, francamente moralizante y algunos rasgos del cine de qualité en las escenas de ese París romántico, for export, demuestran un esquema demasiado rígido, que da como resultado una digna película de guión que no termina de cerrar del todo por una puesta sin vuelo y demasiado grave.
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  • Por un tiempo
    Por un tiempo
    Tiempo Argentino
    Una familia para armar

    No es habitual hablar de una ópera prima a cargo de un actor como Gustavo Garzón, que escribe y se pone detrás de cámara luego de una extensa trayectoria como intérprete. Lo cierto es que la película es una agradable sorpresa, a la que se le nota un largo proceso de reflexión y trabajo con los protagonistas, Esteban Lamothe y Ana Katz, a los que se le suma la extraordinaria adolescente Mora Arenillas, una revelación para la pantalla grande.

    Película de actores, entonces, un terreno donde seguramente Garzón centró toda su experiencia, Por un tiempo muestra a Leandro (Lamothe) y Silvina (Katz), una pareja de clase media acomodada, feliz por la próxima llegada de su primer bebé al que buscaron por largo tiempo. Pero Leandro recibe la llamada de una mujer que le informa que se va a tener que hacer cargo de Lucero (Arenillas), la hija que tuvo con una mujer en el pasado y que ahora se encuentra gravemente enferma.
    Antes de su primer hijo, la que llega a ese hogar que se prepara lleno de entusiasmo para recibir a un bebé, es una niña de 12 años triste y silenciosa, de otra clase social, con un hombre que no puede acomodarse a una paternidad imprevista y una mujer embarazada, tan sorprendida como su esposo, pero que rápidamente entiende que la situación va a resolverse con comprensión y amor.
    La película elude inteligentemente los lugares comunes y la implosión en esa casa que significa la presencia de la niña, de sus silencios incómodos, de su infinita tristeza, se resuelve con un tono medido, delicado y sentido, una honesta ternura por los personajes que buscan hacer lo correcto, lo mejor para todos y sobre todo para Lucero, tan desamparada, tan necesitada de amor.
    Tal vez lo mejor de Por un tiempo sea la serenidad con que aborda temas complejos como el desafío de ser padres, más aún cuando la condición irrumpe imprevistamente con una contundencia que no deja espacios para las dudas o la espera para las condiciones ideales.
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  • La vida anterior
    La vida anterior
    Tiempo Argentino
    Con gravedad manifiesta

    En la edad en que las personas ya definieron su rumbo, Ana (Elena Roger) sigue soñando con convertirse en una cantante lírica y para eso trabaja con Mara, su maestra de canto (Adriana Aizenberg). Pero un día, Mara le dice que si bien tiene condiciones, la suya es una voz menor y nunca va a ser protagonista.

    Esa debilidad de su instrumento, de su herramienta de expresión, que aparentemente tiene que ver con su propia existencia casi anónima, en el relato se verá que esconde una fortaleza interior desconocida hasta para la propia Ana.
    La opera prima de Ariel Broitman tiene como telón de fondo el mundillo de la música lírica para contar un triángulo amoroso entre Ana, su esposo Federico (Surraco) cellista de profesión aunque apasionado por la pintura, y Ursula (Esmeralda Mitre), dueña de una magnífica voz y destinada a lograr lo que se proponga como cantante de ópera.
    La película, de una gravedad manifiesta, tiene la virtud de explorar un mundo desconocido para la mayoría de la gente, pero en su ambición intenta que la música paute las emociones de los personajes y viceversa, es decir, para cada muestra de la pasión de sus criaturas, el director tiene una melodía, un punteo de sonido agobiante y sobrecargado.
    Otro tanto pasa con las líneas que cargan, porque ése es el término, como un peso del que se deshacen casi con alivio, que sumado al transitadísimo apotegma "primero hay que saber sufrir", como para que el arte entre y salga con forma de canto magnífico y por supuesto desgarrado, hacen de La vida anterior un cúmulo de clisés más allá de las buenas interpretaciones de Roger, Aizemberg y Camero, un actor casi olvidado cuya breve intervención ofrece más verdad y verosimilitud que toda la película.
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  • 21 La gran fiesta
    21 La gran fiesta
    Tiempo Argentino
    Interminable fiesta olvidable

    Cuál es el valor cómico de un adolescente comiéndose un tampón que confunde con una golosina? Depende del contexto y de qué se quiere contar. En el cine de los últimos años, la escatología es un elemento cada vez más presente en la comedia, sobre todo la estadounidense, y sin descartar el recurso de plano, la mayoría de las veces termina siendo apenas un gag.

    Este es el caso de 21 La gran fiesta, una sucesión de "chistes" desperdigados en algo más que una hora y media que explotan de manera desvergonzada el suceso que significó ¿Qué pasó ayer? y su secuela dos años más tarde. Los responsables son Jon Lucas y Scott Moore, que como guionistas de las películas dirigidas por Todd Phillips habían logrado un producto efectivo y que –claro– decidieron exprimir el formato hasta la última gota.
    El planteo es prácticamente el mismo. El día que Jeff (Justin Chon) cumple 21 años, el timbre de su casa suena y ahí están Miller y Casey (Miles Teller y Skylar Astin), sus dos amigos de la secundaria que lo vienen a buscar para festejar en grande su mayoría de edad, aún cuando a la mañana del otro día tenga pautada una entrevista con el rector de una prestigiosa universidad, que por supuesto gestionó su exigente y controlador padre.
    Lo cierto y como no puede ser de otra manera en el esquema exploitation-saga de ¿Qué pasó ayer?, el apocado Jeff en plan Stu –el dentista que se arrancaba un diente, el que en la segunda parte se tatuaba la cara–, resulta ser el lobo con piel de cordero y en la larga noche de fiesta se revela como el más fiestero de todos, mientras pasan las horas y se descuenta que el muchacho no va a estar en condiciones de presentarse a la entrevista que va a determinar el rumbo del resto de su vida.
    Entonces, fiesta, fiesta, algún toro mecánico desenfrenado y las consecuencias de montarlo con el estómago lleno de alcohol, una fraternidad femenina que ve la oportunidad de vengarse de los hombres, más alcohol, chistes tontos y más alcohol.
    El principal problema de la película es que muestra en tiempo real lo que pasa en la fiesta interminable, a diferencia de lo que pasaba con las películas que trata de imitar, que se veían las consecuencias de una noche desaforada y había que reconstruir los eventos desafortunados. En remplazo de eso, en 21 La gran fiesta pauta una sucesión de asquerosidades sin una pizca de gracia.
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  • 911 Llamada mortal
    911 Llamada mortal
    Tiempo Argentino
    Una heroína del otro lado de la línea

    Jordan (Halle Berry) es una más de las operadoras del servicio de emergencias 911. Como tal, debe atender decenas de llamadas de auxilio que van desde robos, pasando por gente que se comunica porque se siente sola, hasta la posibilidad de un asesinato en progreso. Un día comete un error y muere una niña, por lo que la protagonista se retira de la línea de fuego y se convierte en formadora de nuevos operadores.
    Pero en una ronda con estudiantes, desplaza a una empleada novata y se hace cargo de la llamada de Casey (Abigail Breslin), una adolescente que fue secuestrada en un shopping y tiene en su poder un celular con la que se comunica con Jordan, que tratará de redimirse de su antiguo error y luchará para que la víctima logre salir con vida.
    La primera parte de la película tiene una estructura similar a la de muchos films que recurren a los teléfonos para sostener la tensión del thriller –Celular, la llamada final, Enlace mortal–, y el director Brad Anderson, que ya demostró su oficio en films como Transsiberian o El maquinista y series tales como El imperio del contrabando y The Wire, logra sostener acertadamente el suspenso desde los ambientes asfixiantes y la comunicación como único nexo entre Casey que está encerrada en el baúl de un auto y Jordan, desde el centro de ayuda. La angustia y la desesperación se trasladan a la pantalla ante cada nuevo recurso que ambas encuentran para poder conseguir la ubicación del auto, con la impotencia de la operadora que es solo un vínculo para que la policía encuentre a la víctima y al secuestrador.
    Pero como la protagonista arrastra su error original, el guión hace que súbitamente se convierta en investigadora, abandone su trabajo y personalmente vaya en busca de la chica, por lo que la película se convierte en otra cosa. Una búsqueda eficiente y rápida, que abunda en los lugares comunes, fuerza el verosímil y precipita un final convencional que desmerece el buen timing del resto del relato.
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  • Bienvenido a los 40
    Bienvenido a los 40
    Tiempo Argentino
    Desquiciados con amor

    Una pareja agobiada por preocupaciones, trágicas y absurdas, protagoniza esta comedia sobre la llegada a la madurez y con divertidas referencias a la cultura popular actual.

    Los años más felices son entre los 40 y los 60. Es ahora, lo estamos viviendo." Bastante avanzada la película, la frase parte de Debbie (Leslie Mann) y tiene como destinatario a Pete (Paul Rudd), su aturdido esposo, al que le cuesta procesar que el caos en que está sumido junto a su pareja sea la mejor época de su vida. Él lo sabe y ella también.
    Como una especie de desprendimiento de los personajes secundarios de Ligeramente embarazada –Debbie y Pete eran la hermana y el cuñado de la protagonista, interpretada por Katherine Heigl–, la cuarta película de Judd Apatow es una comedia sobre la llegada de la madurez y el momento de las decisiones que marcarán el resto de la vida.
    Sin duda Apatow (Hazme reír, Funny People, Virgen a los 40) es uno de los pilares de la Nueva Comedia Americana, donde lo trágico y absurdo de lo cotidiano puede y debe ser material para la mirada irónica, y la llegada de la madurez, la resistencia a los cambios, es otro de los tópicos donde se asienta la NCA. Y ahí está el director neoyorquino para señalar el rumbo y hacer un mapeo de los sitios por donde pasan los 40 para las clases medias urbanas.
    Desde las nuevas tecnologías y la penetración de las series en los diálogos cotidianos –prestar atención a una discusión entre padre e hija adolescente sobre las bondades de Lost versus Mad Men–, pasando por el miedo a los transgénicos y la necesidad de una alimentación sana, la pasión perdida en el matrimonio, Lady Gaga y George Clooney, hasta qué hacer con la vejez de los padres, las medicinas alternativas y la adicción al cigarrillo. En un todo donde una pareja busca reencontrarse y encarar una nueva etapa de sus vidas, Bienvenidos a los 40 hace un repaso de la cultura popular que atraviesa a los personajes, que los agobia como una montaña de preocupaciones que les impiden darse cuenta que lo suyo es bastante sólido. Solo deben relajarse.
    Con un humor bastante feroz que deja al descubierto las debilidades, agachadas y sin sentidos de los protagonistas, Apatow logra un fresco generacional completo (gran trabajo de Rudd y del resto de la familia del director: Iris y Maude, sus hijas y su esposa Leslie), lleno de guiños y referencias para el espectador informado. Es cierto, como siempre en todos sus films, para el final el realizador deja un espacio para la tradición y la moralina, pero en este caso lo que se desprende de todo el relato –nada contradice el happy end del cierre – es el amor que mantiene unida a esa familia desquiciada. Como todas.
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  • Verano del '79
    Verano del '79
    Tiempo Argentino
    Amor pese a las diferencias

    Desde afuera, el cumpleaños de la abuela Amandine parece ser la única razón para que hijos, tíos y nietos comparta una mesa, año a año, en una granja de la Bretaña francesa. A fines de los '70 la división izquierda y derecha partió a la familia y el único lazo posible es la matriarca.

    Sin embargo, la historia en común y sobre todo el amor siguen presentes, en las diferencias políticas y en la contraposición ciudad-campo que atraviesa la historia. Con un largo flashback que desde el presente recrea lo que fue un cumpleaños para recordar (¿el último?), Julie Delpy retrata una época de manera liviana y adorable, con mucho humor y un sincero cariño por cada uno de los personajes, aún cuando el relato muchas veces se interna en el drama con cuestiones como la senilidad, las consecuencias de las guerras coloniales (Vietnam, Argelia) como un tema no resuelto y el papel de la mujer fuera de los ámbitos urbanos.
    Delpy, conocida principalmente por su papel como la Celine de Antes del amanecer y Antes del atardecer –la última parte de la trilogía dirigida por Richard Linklater se conocerá este año– coquetea con el costumbrismo y muchas veces subraya innecesariamente los momentos emotivos, pero sin duda construye una universo afectivo, en donde los perfiles encarnados por un sólido elenco tienen un desarrollo bien definido. Pero además, la actriz y realizadora le escapa a la trampa que significa mostrar únicamente las tensiones que van apareciendo a partir de lo que representan cada uno de los protagonistas atravesados por la historia y reserva un espacio importante para los jóvenes, ajenos a las peleas de los adultos, con sus propios conflictos y en pleno despertar sexual. Con una idea clara del mundo que quiere retratar, Verano del '79 tal vez sea demasiado ambiciosa, pero es luminosa y toca varias fibras sensibles, con humor y sin golpes bajos.
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  • Parker
    Parker
    Tiempo Argentino
    Ironía y acción dosificada

    Es curioso pero película a película (y son muchas en los últimos años), la figura de Jason Statham sigue creciendo a pesar de que no posee un gran abanico interpretativo y sus participaciones en producciones cada vez más grandes se limitan a pasear por diferentes set su impresionante figura, deslizar alguna frase irónica en un susurro gutural y poner lo mejor de sí en las escenas de acción.

    Sin embargo, el carisma del británico es innegable y cualquier espectador sabe que los films que lo tienen de protagonista tienen un estándar aceptable.
    Con Parker se confirma esta hipótesis con creces, a partir de la dirección del veterano Taylor Hackford (Ray, El abogado del diablo, Reto al destino), que pone toda la puesta y el relato al servicio de la estrella en un producto sencillo, sin pretensiones y muy entretenido.
    Parker (Statham) es un ladrón especializado en trabajos de alta gama que le consigue Hurley (Nick Nolte), que además es el padre de Claire (Emma Booth) la novia del protagonista. Hay un golpe que se concreta con una banda "alquilada", hay una mexicaneada por parte de sus eventuales compañeros (por obra del, azar seguramente, pero en la escena donde se desata un sangriento tiroteo dentro de un auto parece calcada de la argentina Un oso rojo) y la promesa del maltrecho Parker de vengarse y quedarse con el suculento botín que los traidores van a dar en Palm Beach.
    Cierto, avanzado el relato aparece en escena Leslie (Jennifer Lopez), una agente inmobiliaria en la quiebra por un mal divorcio, que se va a involucrar en el asunto para ver si de una vez por todas sale de pobre.
    Con un elenco lleno de probados actores de reparto, donde se destaca Michael Chiklis, Parker supera la media de las películas de acción asentada en la ironía, la acción dosificada y claro, Jason Statham.
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  • Hitchcock: el maestro del suspenso
    En la memoria del gran autor

    Para el final de la década del cincuenta, Alfred Hitchcock se resistía a repetirse –luego del éxito de Intriga internacional, los ejecutivos del estudio Paramount le acercaron varias historias de espionaje entre otros proyectos– y como siempre, buscaba una idea que sorprendiera y lo desmarcara de lo que se suponía que tenía que hacer. Así llega a Psicosis, la novela de Robert Bloch y se pone a trabajar en lo que sería su película más exitosa. Es este período de la vida del director británico el que aborda Hitchcock, dirigida por Sacha Gervasi (The Story of Anvil, guionista de La terminal) que junto al John J. McLaughlin (El cisne negro), adaptan el libro Alfred Hitchcock and the Making of 'Psycho', de Stephen Rebello.

    Con un elenco encabezado por el histriónico Anthony Hopkins, irreconocible detrás de una tonelada de maquillaje para acercarse a la inconfundible figura del gran Hitch, acompañado por la extraordinaria Helen Mirren como su esposa Alma Reville, la película centra el nudo del relato en la conocida obsesión del realizador por las intérpretes rubias (tópico abordado en detalle en el imprescindible libro de François Truffaut, El cine según Hitchcock) y la intrincada relación que mantiene con su compañera de toda la vida, musa, niñera y consejera, la voz del sentido común del artista.
    Mientras trabaja en la pertubadora historia de terror que entre otras particularidades va a contar con la heroína de la película apenas hasta la mitad del relato para morir asesinada brutalmente en la ducha, el film muestra al realizador convocando a Janet Leigh (Scarlett Johansson) solo para agregar un nuevo estadío a su obsesión, desprecia a Vera Miles (Jessica Biel) que lo traicionó con un embarazo y en tanto se enamora irremediablemente de Leigh, duda entre si está haciendo una obra maestra o definitivamente se está hundiendo y sospecha que Alma, de quien es absolutamente dependiente, lo está engañando.
    Es cierto que el elenco hace un esfuerzo para que la película sea algo más que la atormentada vida amorosa de Hitchcock, pero tratándose de uno de los directores más importantes del siglo veinte, uno de los autores más influyentes de la historia del cine, el genio de su talento apenas se vislumbra en la película de Gervasi (si, el falso making of de la escena de la ducha está), que se limita a rodar un film correcto, con alguna chispa de humor y moderadamente entretenido.
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  • Broken City
    Broken City
    Tiempo Argentino
    Un thriller político sin sorpresas

    El director Allen Hughes (El libro de los secretos, Desde el infierno) reunió un elenco con figuras como Mark Wahlberg, Russell Crowe y Catherine Zeta-Jones para desarrollar una historia que muestra las miserias del poder.

    Todos tienen algo que esconder pero la cuestión es qué hacen con ese secreto. Esa podría ser la síntesis reducidísima de Broken City. Una película que muestra las miserias del poder y de lo que está dispuesto a hacer un político para ganar una elección y mantenerse en su cargo, y a un investigador privado que tiene que cumplir con su trabajo y arrastra la culpa de un crimen que lo obligó a renunciar a la policía, para convertirse en un recopilador de pruebas de infidelidad y otros encargos por el estilo, mientras trata de mantenerse a flote y su pareja se va deshaciendo.
    El film comienza con un tiroteo que involucra al detective Billy Taggart (Mark Wahlberg), un cadáver en la calle, una revuelta por abuso policial, un juicio que lo exonera y el apriete del alcalde de Nueva York Nicholas Hostetler (Russell Crowe), para que renuncie a la fuerza y que todo quede en el olvido.
    Años después, el poder del alcalde es mucho mayor, pero se enfrenta a un político más joven, Jack Valliant (Barry Pepper), que puede desbancarlo de su sillón. En el medio de una campaña electoral cabeza a cabeza, Taggart recibe el llamado de Hostetler para que consiga pruebas de que su esposa Cathleen (Catherine Zeta-Jones), lo está engañando.
    La trama se completa con otro cadáver, la posibilidad de que el ex policía haya sido la pieza barata de un intrincado ajedrez político en donde el alcalde juega fuerte para ganar una elección, un gigantesco emprendimiento inmobiliario que sólo se puede concretar con gigantescos sobornos, y la convicción original de Billy Taggart, que sabe que inevitablemente va a tener que rendir cuentas en la justicia por un crimen del pasado.
    Más allá que la película dirigida por Allen Hughes (El libro de los secretos, Desde el infierno) ubica en el centro del relato a dos buenos intérpretes como Mark Wahlberg y Russell Crowe, que hacen lo suyo con oficio y convicción, no deja de ser un thriller político sin sorpresas, que tiene la mala suerte de ser contemporánea con las muy buenas producciones televisivas que abordan el tema del poder a cualquier precio y la política como una herramienta para el provecho personal. Vale como ejemplo la extraordinaria serie Boss –que retrata el día a día de un ficticio alcalde de Chicago interpretado por Kelsey Grammer: cualquier capítulo de sus dos temporadas tiene una mirada mucho más compleja y feroz sobre la política que el rutinario film de Hughes.
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  • Villegas
    Villegas
    Tiempo Argentino
    Siempre es difícil volver al barrio

    Esteban es Esteban pero su primo es Pipa. Esta manera de plantarse frente al mundo o mejor, de cómo los registra el universo en que se mueven estos dos treitañeros, es la primera diferencia que establece desde el vamos Villegas, ópera prima de Gonzalo Tobal, que juega con las similitudes y puntos en común entre los protagonistas para llegar a una síntesis que tiene que ver con el paso del tiempo y los lazos afectivos.

    Desde que Esteban y Pipa (gran trabajo de Esteban Lamothe y Esteban Bigliardi) se suben a un auto para volver al pueblo en donde nacieron convocados por la familia para el funeral del abuelo, la tensión entre ambos es indisimulable. Se adivina un pasado lleno de momentos compartidos y un punto de quiebre que seguramente tiene que ver con la mudanza de ambos a Buenos Aires.
    Mientras que Esteban es prolijo, correcto, tiene un empleo en una empresa y está a punto de casarse, Pipa no termina de hacer pie en la música, acaba de separarse de su banda y duda entre perseverar en la gran ciudad o volverse a Villegas para trabajar en el campo familiar.
    El relato entonces es el reencuentro de dos primos, amigos por sobre todas las cosas, a los que la vida los distanció, para volver al principio de todo, al refugio de la familia, a constatar que siempre van a ser diferentes pero mucho más parecidos de lo que ambos están dispuestos a admitir.
    Cálida, emocionante, pautada por el viaje primero y la estadía en el pueblo para el final, el film siempre encuentra el tono justo para contar lo que se propone, con una extraordinaria banda de sonido a cargo de Nacho Rodríguez (Onda Vaga), que es un hallazgo para acompañar la sensibilidad de la puesta que muestra a dos hombres a la hora de las definiciones.
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  • Amour
    Amour
    Tiempo Argentino
    Ante el final de la vida

    Finalmente llega la ganadora de la Palma de Oro en la última edición del festival de Cannes, y ahora favorita al Oscar en cinco categorías, incluyendo mejor película extranjera.

    Con el habitual rigor de toda su obra, pero ciertamente alejado del tono de sus films anteriores, Michael Haneke se interna en la intimidad de un matrimonio de ancianos en el último tramo de sus vidas, una relación amorosa de décadas que se mantiene hasta el final.
    La película –Palma de Oro del Festival de Cannes y gran favorita al Oscar a la mejor película extranjera–, filmada casi en su totalidad en un piso parisino, comienza con los bomberos entrando al departamento para descubrir el cadáver de una anciana. Inmediatamente, el relato es un largo flashback que muestra la vida de Anne (Emmanuelle Riva) y George (Jean-Louis Trintignant), profesores de música retirados, tan independientes como autosuficientes, que reciben las esporádicas visitas de su hija Eva (Isabelle Huppert), concurren a conciertos y si es necesario, cuentan con la ayuda de el matrimonio de caseros del edificio. Ese ritmo apacible se rompe cuando Anne comienza a mostrar los primeros signos de Alzheimer, que da paso el inevitable deterioro físico y mental hasta que ni siquiera puede hablar.
    Sin ninguna duda, Haneke es reconocido como uno de los grandes directores contemporáneos, responsable de obras extraordinarias como La cinta blanca, Caché: Escondido y La pianista, sólo para mencionar algunas, y una de sus características más distintivas de su trabajo es cierta frialdad y distancia para tratar los temas que lo obsesionan como la violencia, la indiferencia de la sociedad, el egoísmo y el dolor. Sin embargo, Amour es otra cosa. Si bien el director austríaco mantiene su mirada gélida al retratar un drama doméstico como es el deterioro de Anne, el relato, terrible, devastador y agobiante, tiene momentos luminosos y de una cotidianidad asombrosa, por supuesto, con una puesta sobria que no hace más que resaltar esas pequeñas chispas de felicidad de esa pareja de ancianos (extraordinarios Trintignant y la hermosa Riva), dispuesta primero a defender hasta el último momento su condición de individuos pensantes, dueños de su vida y sobre todo, a hacer valer su relación, un amor que no admite terceros, ni siquiera de su hija Eva. El personaje interpretado por Huppert, que apenas tiene unas pocas escenas, es clave en la historia, porque es el lazo afectivo con el exterior de esa casa, de esa relación de décadas, pero además –estamos hablando de Haneke, claro–, muestra la complejidad de las relaciones y entonces, Eva es la hija pero también es la persona delante de quien hay que reafirmar los principios, el de dos viejos y su derecho a decidir su destino, cómo y cuando quieran. Sin interferencias.
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  • Mala
    Mala
    Tiempo Argentino
    El primer traspié de un creador

    La nueva película de Israel Adrián Caetano cuenta con un elenco integrado por figuras femeninas como Florencia Raggi, Brenda Gandini, Liz Solari y Juana Viale. Varias de ellas interpretan distintas facetas de una disociación.

    La última película de Israel Adrián Caetano es un ejercicio visceral y ciertamente arriesgado de fusionar varios géneros, con una puesta en donde lo que más sobresale es la decisión del director de desdoblar el protagónico entre Florencia Raggi, Brenda Gandini, Liz Solari y María Duplaá, cuatro actrices para un personaje complejo –un recurso no del todo original, vale como ejemplo recordar la cercana I'm not there, de Todd Haynes– una disociación que se supone, da cuenta de los problemas de personalidad del personaje o si se quiere, cuál es la imagen que proyecta sobre sus víctimas.
    Porque Rosario es una asesina a sueldo, enfocada exclusivamente en hombres que maltratan a sus mujeres, con una justificación de génesis: la pérdida de un hijo. Entonces la asesina se convierte en el último recurso de las que sufren en silencio, las golpeadas y humilladas, las que no tienen a quién recurrir. Pero Rosario no es infalible y finalmente la detiene la policía.
    Después de una brutal sesión de tortura, es rescatada por María (Ana Celentano), una mujer que quiere convertir en un infierno la vida de su ex esposo Rodrigo (Rafael Ferro), que la abandonó por la joven y hermosa Angélica (Juana Viale), con la que espera un hijo.
    Difícil tarea la de dar cuenta de la trama de Mala, un culebrón consciente que se nutre de otros géneros para contar una historia de venganza –un tópico bastante presente en la filmografía de Caetano–, un experimento fallido que se deshilacha a medida que avanza, entre la violencia, la reivindicación de las mujeres, la necesidad de salvar el género masculino y una puesta confusa que no termina de ser coherente ni convincente.
    La mayoría de los creadores que realmente importan en algún momento de su carrera tuvieron un traspié y Caetano, uno de los directores más interesantes que surgieron en los últimos años en esta parte del mundo, acaba de tener el suyo.
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  • Duro de matar: un buen día para morir
    Digno eslabón de una saga de 25 años

    Una vez más, Bruce Willis es John McClane, un teniente de la policía de Nueva York que resulta ser la persona indicada en el lugar y momento menos indicado. Ahora debe salvar a su hijo, acusado de asesinato en Rusia.

    El recurso simple y efectivo siempre fue el mismo: seguir al hombre indicado en los lugares y momentos incorrectos, esto es, mostrar al teniente John McClane (Bruce Willis) como un héroe a su pesar, un personaje dispuesto a hacer lo correcto por distintas causas bajo una idea rectora e inamovible de la justicia.

    Con el paso de los años, después de velar por la seguridad de su esposa Holly –primero en Los Angeles, después en el aeropuerto Dulles de Washington–, y de enfrentar la venganza del hermano del terrorista muerto en el famoso Nakatomi Plaza del comienzo de la saga, la franquicia volvió a la familia cuando McClane luchó como sólo él sabe hacerlo contra un hacker psicópata que tenía de rehén a su hija Lucy (Mary Elizabeth Winstead). Ahora, dentro de una lógica de hierro, el policía maltrecho y más viejo, va en ayuda de su otro retoño, Jack (Jai Courtney).
    El muchacho ya es un muchachón y después de meterse en varios líos, el bueno de John le perdió el rastro hasta que le informan que está detenido en Rusia, acusado de asesinato. Y ahí va el padre, con la comprensible recomendación de su hija Lucy de que averigüe qué pasó con Jack y que, sobre todo, no provoque un desastre internacional con su habitual manera de resolver los problemas. Por supuesto, lo sabe ella y lo sabe el público, es una advertencia inútil.
    Lo que sigue es un disparate mayúsculo, en donde Jack se revela para propios y extraños como un agente de la CIA infiltrado, que protege a Komarov (Sebastian Koch), un informante de los Estados Unidos, que va a revelar lo que sabe y así impedir el ascenso de un antiguo camarada, corrupto hasta la médula, que juega en las grandes ligas de la política rusa. Sin embargo, las intenciones de Komarov no son para nada transparentes y el nudo del asunto se encuentra en la tristemente célebre Chernobyl, que alberga el valioso arsenal nuclear de la ex Unión Soviética.
    El director John Moore (Max Payne, Tras líneas enemigas) hace lo que tiene que hacer y entonces Duro de matar: Un buen día para morir abandona cualquier pretensión seria, fuerza al máximo el verosímil, le dedica unas pocas líneas de diálogo al hijo rebelde –como para justificar el conflicto y dejar en claro que está hecho de la misma madera que el padre–, se concentra en algunas memorables escenas de acción, pero por sobre todo en McClane, un personaje inoxidable, el famoso hombre común enfrentado a circunstancias extraordinarias, de vuelta de todo capaz de mantener un diálogo recriminatorio con su hijo mientras dispara una gigantesca ametralladora y deslizar un resignado “Estoy de vacaciones”.
    Luego de seguir por un cuarto de siglo las aventuras de John McClane, la última entrega es un digno eslabón de una saga atiborrada de adorables lugares comunes. «
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  • El vuelo
    El vuelo
    Tiempo Argentino
    Un héroe herido y culposo

    La idea de la salvación, presente desde siempre en el cine, es la vara rectora de la vuelta de Robert Zemeckis –Forrest Gump, Volver al futuro y sus incursiones por la animación como Los fantasmas de Scrooge y El expreso polar–, con una película que demuestra que está en su mejor forma y que su mirada sigue siendo piadosa con sus criaturas, aunque las muestre desesperadas, confusas y hasta culpables.

    La idea de la salvación, presente desde siempre en el cine, es la vara rectora de la vuelta de Robert Zemeckis –Forrest Gump, Volver al futuro y sus incursiones por la animación como Los fantasmas de Scrooge y El expreso polar–, con una película que demuestra que está en su mejor forma y que su mirada sigue siendo piadosa con sus criaturas, aunque las muestre desesperadas, confusas y hasta culpables.
    El vuelo es la historia sobre Whip Whitaker (Denzel Washington, nominado al Oscar por su excelente trabajo), veterano piloto comercial, alcohólico y adicto a las drogas, una vida que podría dar paso a un conflicto lineal, esto es, cómo las miserias del ámbito privado funcionan como la preparación para la tragedia.
    Sin embargo, luego de un comienzo con el personaje en un festival de excesos, que da paso al estremecedor colapso de un avión de pasajeros en pleno vuelo y la maestría del piloto para evitar el accidente, el relato se complejizas y aborda cuestiones tales como el peso de la verdad, el juego entre los organismos de control, el sector privado y los sindicatos. Porque Whitaker es un héroe pero también es alcohólico y adicto, una combinación letal para el responsable de decenas de vidas.
    Mientras rehuye la atención de los medios, el protagonista sigue sin tener relación con su hijo, batalla con su ex esposa y parece dispuesto a tocar fondo aferrado a la euforia de las drogas suministradas por un excéntrico dealer (enorme John Goodmano) y el comienzo de una relación amorosa con una heroinómana (Kelly Reilly). Un héroe herido, que parece querer hundirse.
    Lo que hasta ese momento el film había presentado como una historia llena de meandros, barro, agachadas y contradicciones morales, que había logrado sortear las interpretaciones fáciles y de manual del cine mainstream, desemboca en un final aleccionador que no se corresponde con el resto del relato. El vuelo es una interesante película, que la mayoría de las veces arriesga y sorprende.
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  • Django sin cadenas
    Django sin cadenas
    Tiempo Argentino
    La esclavitud en clave de western

    La nueva película de Quentin Tarantino vuelve a poner al director en el eje de la polémica con fanáticos y detractores por igual. Humor y elementos de fábrica que no estorban la profunda reflexión sobre la dominación.

    Es un hecho que cada nueva obra de Quentin Tarantino es aprobada casi sin cuestionamientos por millones de fanáticos, también que mucha gente lo ama por alguna de sus películas pero tiene serias dudas con el resto de su filmografía y son muchos los que aborrecen su cine, lleno de citas, refundaciones y una desaforada cinefilia. Lo que es seguro es que casi ningún espectador permanece indiferente ante una nueva película del director estadounidense.
    Tomado apenas en serio durante muchos años, ninguneado por el prestigio, tachado de superficial, ratón de videoteca o buen entretenedor, Tarantino supo sacar provecho de las críticas y ganar popularidad a base de buen cine.
    Con Django sin cadenas vuelve a demostrarlo, qué duda cabe. Sin traicionarse, convencido del camino trazado desde siempre, Tarantino vuelve a una película de época, al cine de género y a hurgar en la historia para hacerla más justa.
    Django (Jamie Foxx) es negro, es esclavo, fue marcado a fuego en la cara cuando intentó huir de una plantación, fue torturado y separado de su esposa Broomhilda (Kerry Washington). Su suerte parece estar echada hasta que lo encuentra el doctor Schultz (Christoph Waltz), alemán de origen, dentista de profesión y cazador de recompensas por vocación. El cruce entre estos dos particulares personajes nace como unión comercial, se convierte rápidamente en una amistad asentada en el respeto mutuo y finalmente desemboca en la más estremecedora venganza contra las salvajes injusticias del salvaje y a la vez refinado sur esclavista de los Estados Unidos, representado por Calvin Candie (Leonardo DiCaprio), dueño y señor de la plantación de algodón Candie Land, que tiene a Stephen (extraordinario Samuel L. Jackson), negro y tan esclavista como su amo.
    Django sin cadenas entonces está asentada en el spaghetti western –incluye la breve aparición de Franco Nero, protagonista de Django, el mítico film de Sergio Corbucci–, pero en el camino que van recorriendo los protagonistas hacia el corazón del mal, la película va tomando elementos y fortaleciéndose con una indestructible historia de amor, una amistad que ignora los prejuicios y una sed de justicia que sortea cualquier período oscuro de la historia.
    Por supuesto, cada escena, cada fotograma tiene la impronta de Tarantino, con una puesta que incluye los famosos zoom del spaguetti, las legendarias trompetas del género, el humor sobre situaciones muy poco risibles –la escena de los integrantes del Ku Klux Klan y sus toscas capuchas es un buen ejemplo–, la inclusión de figuras semi olvidadas como Don Johnson y la violencia desatada. Una serie de elementos de fábrica que no estorban la profunda reflexión sobre la dominación, la barbarie y el racismo.
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  • Tres tipos duros
    Tres tipos duros
    Tiempo Argentino
    Una lucha contra el paso del tiempo

    Al Pacino, Christopher Walken y Alan Arkin, grandes actores de épocas mejores, protagonizan un film inofensivo, con una historia débil que apenas se sostiene por las actuaciones, algunos chistes y los momentos autoparódicos.

    A esta altura de sus trayectorias parece ser que a algunos actores no les queda otro camino que protegerse en la autoparodia. Fiera venganza del tiempo –los últimos films de Marlon Brando valen como ejemplo–, el sistema Hollywood deja lugar a esas leyendas solamente para que aborden papeles de compromiso, sólo redituables para su cuenta bancaria que terminará en manos de sus herederos. Tres tipos duros es una muestra de esta clase de cine y allí están Al Pacino, Christopher Walken y el más veterano Alan Arkin, acaso recordando mejores épocas y notables films donde ofrecieron su talento durante dos o tres décadas.
    La película de Fisher Stevens es inofensiva y no provoca molestia alguna debido a su perfil bajo y a su mínima historia que transcurre en pocas horas, donde Val (Pacino) sale de la cárcel y se reencuentra con Doc (Walken), quien tiene la misión de asesinarlo. En efecto, se está en el terreno de la buddy movie (casi) geriátrica, con algunos chistes felices y otros no tanto, con momentos autoparódicos que remiten a Scarface y Carlito’s Way de Brian De Palma y a El rey de Nueva York de Abel Ferrara, donde los personajes centrales ya están en época de retiro y necesitan consumir viagra para potenciar sus alicaídas destrezas sexuales. En esa debilidad argumental se debate el film, que sólo se sostiene por la dupla actoral (Walken más controlado que Pacino), ya que el tercero al que invoca la traducción del título original (el personaje de Alan Arkin), sólo tiene una intervención episódica, acaso el segmento más digno de una película inestable.
    En realidad, la estructura de Tres tipos duros es exclusivamente capitular, ya que el recorrido alter hour de Val y Doc se manifiesta a través del encuentro con personajes secundarios, en su mayoría mujeres. Por allí aparecen Lucy Punch (Conocerás al hombre de tus sueños) y Vanessa Ferlito (Death Proof, capítulo de Tarantino) en performances que requerían de mayor intensidad. Pero otra novedad –y acá retorna el recuerdo de un mejor cine del pasado– es la breve intervención de un tal Mark Margolis, como enemigo de Val y Doc y hace 30 años en la piel del siniestro personaje al que Tony Montana le volaba los sesos en Scarface! dentro de un auto.
    En Tres tipos duros se establece más de una vez la siguiente prédica: mascar chicle o patear culos. En la película hay demasiada goma de mascar y casi nada de lo segundo.
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  • Tesis sobre un homicidio
    Tesis sobre un homicidio
    Tiempo Argentino
    Un policial argentino y de hierro

    Ricardo Darín protagoniza este thriller psicológico dirigido por Hernán Goldfrid. Como un rompecabezas que se
    va armando, la película se construye entre la línea de investigación de un crimen y la rivalidad de dos personajes.

    Roberto Bermúdez (Ricardo Darín) está a cargo de un posgrado en la Facultad de Derecho. Una noche, mientras imparte una de sus legendarias clases aparece el cadáver de un chica en el estacionamiento de la universidad, justo debajo del aula donde se desarrolla el seminario. Las sospechas de Bermúdez, un desencantado abogado retirado, académico reconocido y bastante cínico, poco a poco se orientan hacia uno de sus alumnos, Gonzalo Ruiz Cordera (Alberto Ammann), el hijo de un viejo amigo, un brillante joven que vivió casi toda su vida en España y que inexplicablemente cruza el Atlántico para ser su alumno.
    Como un rompecabezas que empieza a ser cuidadosamente armado, la película se construye pieza por pieza entre la investigación informal que lleva adelante Bermúdez centrada en la convicción de que el asesino es Ruiz Cordera –las pruebas están ahí: una moneda, un cortapapeles, una cadenita con una mariposa– y la rivalidad instantánea entre dos mentes brillantes.
    Por supuesto, el thriller psicológico, pensado y repensado desde el guión (a cargo de Patricio Vega), incluye a una mujer, Laura Di Natale (Calu Rivero), hermana de la chica asesinada, probable próxima víctima y objeto del deseo de los dos abogados.
    El director Hernán Goldfrid ya había probado su eficacia en Música en espera (2009), una muy atendible comedia romántica con Natalia Oreiro y Diego Peretti donde también trabajó en tándem con Vega, y aquí regresa al formato industrial, con un elenco impecable encabezado por Darín, que una vez más demuestra su oficio y solvencia en la piel de un personaje atormentado, lleno de matices, que oscila entre la evidencia irrefutable de las pruebas que va recolectando para culpar a su antagonista y la paranoia lisa y llana, que hace suponer, en buena parte del relato, que la culpabilidad de Ruiz Cordera está decidida de antemano en la mente del veterano maestro.
    Con climas y situaciones que remiten directamente al cine de Alfred Hitchcock y sobre todo a Brian De Palma, tal vez lo único reprochable es que la película no deja demasiado espacio al espectador para que decida la línea a seguir, Goldfrid aplica a rajatabla el esquema de guión de hierro y como realizador toma la decisión de guiar emociones, especulaciones e hipótesis paralelas. De todas maneras el cuento funciona muy bien y confirma que los jóvenes realizadores también pueden hacer un cine industrial de calidad. «
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  • Lo imposible
    Lo imposible
    Tiempo Argentino
    Impactantes lugares comunes

    Regodeándose en el dolor, con imágenes explícitas, el director Bayona armó un film en torno al desastre que provocó un terremoto -y su tsunami- en 2004 en el Oceán Índico.

    El 26 de diciembre de 2004 se produjo un terremoto en el Océano Índico y el tsunami que originó con olas de 30 metros produjo alrededor de un cuarto de millón de víctimas fatales, principalmente en Indonesia y Tailandia, y en menor medida en Sri Lanka y la India. Lo imposible narra a través de una familia de vacaciones, la odisea de cada uno de los integrantes para sobrevivir en medio de uno de los desastres natural más importantes de la historia.
    Protagonizada por Ewan McGregor y Naomi Watts, con la dirección de la nueva estrella del cine español, el catalán Juan Antonio Bayona (El orfanato), la película tuvo su avant première en el último Festival de Cine de San Sebastián, y aún cuando se tuvo que parar la proyección porque varios espectadores se descompusieron, esto no impidió que con el estreno comercial se convirtiera en la película más vista en la historia del cine español.
    Porque más allá de la historia de valor, templanza y solidaridad, la intención manifiesta de Lo imposible es conmover y que cada uno de los espectadores viva en primera persona el dolor, cada una de las heridas y que sienta en cada uno de los 114 minutos que tiene el relato la magnitud de la tragedia y se pregunte cómo hubiera procedido en un escenario similar.
    Lo que les pasa a María (Naomi Watts), Henry (Ewan McGregor) y sus tres hijos, turistas en un exclusivo resort en las costas del Océano Índico en Tailandia, el relato que contiene su historia, se inscribe en lo que podría denominarse multigéneros, es decir, un poco de cine catástrofe –lo mejor del film, la ola gigante que avanza y traga todo a su paso–, el melodrama cuando no se sabe si la familia se va a reencontrar, el gore sin culpas (el cuerpo de Watts desgarrado es toda una experiencia) y el documental testimonial, es decir, la historia centrada en cuatro protagonistas para describir el drama de toda una región devastada.
    Es cierto que en la primera mitad Lo imposible exhibe un realismo que quita el aliento, que el interés por la suerte de la familia es genuino, pero en la segunda parte, la película cae en varios lugares comunes, se regodea con el dolor, muestra innecesariamente en las personas los golpes, tajos y miembros castigados, el impacto por sobre la narrativa con el estruendo musical de Fernando Velázquez para remarcar las emociones.
    En suma, un film impactante en el peor sentido del término, que se asienta sobre una historia real para sentirse libre de manipular sin ningún tipo de pudor.
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  • Ralph: el demoledor
    Ralph: el demoledor
    Tiempo Argentino
    Atractiva por donde se la mire

    Rich Moore, el realizador de grandes episodios de Los Simpson, Futurama y El crítico, armó una película de animación donde el protagonista es el personaje de un videojuego.

    Para bien y para mal, el trabajo ordena al mundo y en buena parte de las sociedades las personas son a partir de la posición que ocupan laboralmente. Esta extrema simplificación bien puede ser el punto de partida que llevó a Rich Moore a elaborar una historia basada en la tarea diaria, repetitiva y sin mayores incentivos, trasladada al universo de los videojuegos, donde los superhéroes, villanos y personajes de reparto cumplen una tarea con horarios definidos, obligaciones –en la línea de Monsters Inc.– y unos pocos momentos de genuina satisfacción. Como en la vida real.
    Rich Moore, responsable de algunos de los episodios más logrados de Los Simpson, Futurama y El crítico, pone como centro del relato a Ralph, un personaje adorable, feo, un tanto bestial, pero capaz de reflexionar sobre su existencia –un poco a la manera de los personajes de Toy Story y la zozobra sobre el futuro cuando su dueño crezca–, y el agobio de formar parte de una línea laboral donde su papel se limita desde hace 30 años a destruir para que la gloria se la lleve el ñoño de Félix, que repara el desastre, logra el reconocimiento de sus pares y cuando se termina la jornada, tiene una activa vida social.
    Moore explota inteligentemente la nostalgia partiendo desde un recorrido por buena parte de los videojuegos de las últimas décadas (es imperdible la sesión de terapia con varios personajes más o menos obsoletos de distintas épocas), pero por sobre todo, nunca deja de aportarle un perfil humano a cada una de sus criaturas.
    Ralph (con la voz del gran John C. Reilly), discriminado, olvidado, apartado por sus compañeros, que adoptan en su vida las actitudes clasistas del videojuego que los contiene, finalmente se harta y decide ser un superhéroe en otro juego y así obtener el reconocimiento que busca desde siempre.
    Ayudado por Vanella (con la voz de la siempre brillante Sarah Silverman), que también carga con lo suyo en cuanto a postergaciones, el grandote recorre nuevos mundos, se convierte en un fugitivo y recorre la infancia, la adolescencia y el presente de unos cuantos a través del 3D, sabiamente utilizado, en un vertiginoso raid reivindicativo, donde la nobleza de los personajes se pone a prueba una y otra vez y todos salen indemnes de la prueba.
    Atractiva por donde se la mire, la película tiene varias capas de lectura pero es fundamental el aporte de un elenco extraordinario. Es cierto, ante la insistencia de los chicos de ver el primer tanque animado de 2013 se puede optar por la versión doblada, pero vale la pena buscar en la cartelera el film con las voces originales.
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  • Los ilegales
    Los ilegales
    Tiempo Argentino
    Un thriller sobre hermanos en armas

    Con guión escrito por el célebre músico Nick Cave, y basado en el libro autobiográfico de Matt Bondurant, el director John Hillcoat retrata de manera oscura y violenta al mundo de la Gran Depresión y la Ley Seca en los EE UU.

    Casi al final de uno de los períodos más violentos de los Estados Unidos, donde como consecuencia de la llamada Ley Seca que prohibía la producción y comercialización de alcohol se libraba una feroz guerra entre bandas para dominar el lucrativo negocio del contrabando de whisky y la corrupción se había extendido por todo el país, los hermanos Bondurant dominaban el negocio en Virginia, con la certeza de que su carácter indomable los hacía invencibles.
    El cambio comienza a producirse con la llegada desde Chicago del nuevo y siniestro ayudante especial Charlie Rakes (Guy Pearce), que viene a organizar la red de tributos para el fiscal de la región, y la aparición de una chica (Jessica Chastain), desamparada, que busca trabajo lejos de la ciudad, donde es evidente que la pasó muy mal.
    Con la Gran Depresión como fondo inminente, el film dirigido por John Hillcoat con guión del músico Nick Cave –ya habían trabajado juntos en la adaptación del famoso libro de Cormac McCarthy, La carretera, además de Propuesta de muerte y Ghosts... of the Civil Dead–, es la transposición del libro autobiográfico de Matt Bondurant, The Wettest County in the World, sobre su familia en el período de la prohibición.
    Oscuro, violento y si se quiere épico, el thriller de Hillcoat-Cave es el relato del fin de una época centrado en Forrest (Tom Hardy) y Howard (Jason Clarke), Jack (Shia LaBeouf), un duro clan familiar –como todos en las montañas–, donde Forrest maneja el negocio con mano de hierro, Howard es la mano ejecutora cuando las cosas se ponen difíciles y Jack, el menor, intenta lograr su lugar en el mundo entre sus hermanos.
    Con la irrupción en el relato del malvado oficial Rakes (un policía villano al borde de la caricatura), la estructura familiar empieza a moverse, principalmente con Jack que aspira a tener más protagonismo, mientras que su hermano mayor comienza una relación con la pelirroja desvalida.
    Más allá de los lugares comunes y las referencias inevitables a películas como Bonnie & Clyde, El enemigo público y una estética que remite directamente a Entre dos fuegos, de Walter Hill con Bruce Willis, Los ilegales es un gran film, entretenido, con actuaciones sobresalientes y una gloriosa banda de sonido, que trabaja sobre la convicción de que bien resuelto, un thriller con aires de western siempre vale la pena. «
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  • 7 días en La Habana
    7 días en La Habana
    Tiempo Argentino
    Semana despareja a orillas del Malecón

    La película consta de siete cortos dirigidos por siete cineastas de distintas partes del mundo. El resultado es algo irregular, aunque permite ver algunas postales de la capital cubana, pasadas por las experiencias de sus autores.

    Siete miradas para una ciudad es demasiado poco para captar su esencia y por el contrario, cinematográficamente hablando, siete cortometrajes pueden ser demasiados para una película que en el resultado final, inevitablemente va a conformar un mosaico desparejo.
    El corto de Benicio Del Toro abre la propuesta, con un actor estadounidense que guiado por un taxista-ingeniero –abordando el problema de los profesionales que abandonan su oficio para trabajar en la industria turística– conoce la noche de la ciudad y termina con un travesti.
    Le sigue el argentino Pablo Trapero, que aborda el micromundo de los festivales de manera tangencial con Emir Kusturica como protagonista, invitado por el Festival de Cine de La Habana para recibir un premio a su trayectoria, un galardón que al director servio le importa poco, obsesionado por participar en una Jam Session junto a, otra vez, un taxista, que también es trompetista. Tal vez el corto más divertido del conjunto.
    Sin lugar a dudas el trabajo de Julio Medem es el más flojo, con un triángulo amoroso entre una joven cantante tironeada entre la propuesta de un productor español para probar suerte en Europa y su novio beisbolista, que perdió su oportunidad de ser profesional en el exterior. Casi un compendio de todos los clichés posibles.
    Distintos son los casos de Suleiman y Gaspar Noé, el primero con el propio realizador de Intervención divina como observador mudo de la revolución socialista en la isla, un desconcierto lleno de humor y perplejidad ante una realidad ajena, en tanto Noé, también sin palabras, se interna en un ritual para exorcizar los demonios de una adolescente que tuvo una relación lésbica con una chica extranjera.
    Juan Carlos Tabío, el único director cubano, habla de la miseria y las estrategias de supervivencia de una psicóloga –y su marido, un ex militar–, que prepara tortas para poder llegar a fin de mes, además de dar consejos en televisión para llevar una vida sin estrés.
    Para el final, el francés Laurent Cantet aborda con respeto el sincretismo religioso de las clases populares, con una anciana que convence a todo su edificio que la debe ayudar a organizar una fiesta en honor a la Virgen María, que se le presentó en sueños y le pidió que construya un altar en el medio de su living.
    La reunión de varios realizadores de todas partes del mundo no conforma una oda a la ciudad caribeña, más bien, la ambición desmedida de 7 días en La Habana intenta algo así como descubrir la idiosincrasia cubana pasada por la propia experiencia de cada uno de los cineastas. Y el resultado es irregular.
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  • El Impenetrable
    El Impenetrable
    Tiempo Argentino
    El registro de una pesada herencia

    Contado en primera persona, el documental narra los caminos que tuvo que recorrer Daniele Incalcaterra para devolver una enorme porción de terreno de los pueblos originarios. El intento de cierre de un conflicto.

    Veinte años después de su muerte, mi padre sigue envenenándome la vida." La declaración del comienzo de El impenetrable corresponde a Daniele Incalcaterra (Fasinpat. Fábrica sin patrón, Contr@site, Tierra de Avellaneda), director del film e hijo de Ángel Incalcaterra, un diplomático italiano que durante la dictadura de Alfredo Stroessner compró a precio vil 5000 hectáreas de tierra en el Chaco paraguayo. El documental es entonces el registro de la odisea de Incalcaterra de devolver esa enorme porción de terreno a los pueblos originarios, pero además, la constatación de que las herencias no sólo comprenden aspectos materiales, sino que, por sobre todo, son un fuerte legado moral.
    Incluido en la Competencia Oficial del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata que finalizó el domingo pasado y ganador del premio del público, El impenetrable es un documental contado en primera persona sobre la intención de ceder esas tierras, pero pronto se convierte ahí, sobre el terreno, en un registro de la corrupción, el poder de los latifundistas, las empresas petroleras y los intereses cruzados para que la donación no se produzca.
    Acompañado por Jota, un ornitólogo que conoce la región como pocos, Incalcaterra intenta llegar a sus tierras, echarle un vistazo. Nunca lo logra. Lo primero que constata es que los caminos de acceso a la propiedad están cerrados: guardias armados y tranqueras con candado tienen una contundencia real por sobre cualquier título de propiedad.
    Lo que sigue es un recorrido por los laberintos de la justicia, por los registros catastrales antiguos, actuales, falsificaciones, ventas dobles, una tarea detectivesca que le da al relato un ritmo de amarga película de aventuras sobre el estado de un país o al menos de una región, dominada por el poder de las corporaciones.
    Pero además, la película siempre sostiene la carga del propio Incalcaterra sobre quién fue su padre. Sin dar detalles sobre el pasado familiar, su pelea para primero donar las tierras a sus habitantes y luego decidiéndose por la creación de Arcadia, una reserva natural –el ex presidente Fernando Lugo firma el decreto–, el cansancio, el rictus amargo que muestra en pantalla el protagonista-director, es en definitiva el intento de desprenderse o al menos dar un cierre a una relación conflictiva, qué sin dudas, lo persigue desde hace décadas.
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  • Néstor Kirchner, la película
    Quisiera que me recuerden

    El film se estrena a dos años de la muerte del mandatario y hace un rescate de su vida desde una mirada convencida con el proyecto kirchnerista. Una película política.

    Néstor Kirchner murió el 27 de octubre de 2010 y lo que pasó dos días después, cuando miles de personas fueron a despedirlo, para muchos fue una sorpresa, en tanto las expresiones genuinas de dolor del pueblo (no confundir con la "gente"), daban cuenta de la magnitud de su figura. Y fue en ese momento trágico cuando se empezó a gestar Néstor Kirchner, la película.
    El film de Paula de Luque se estrena a dos años de la muerte del ex primer mandatario y si bien el tiempo acotado entre la tragedia y el documental no tiene la necesaria distancia histórica, el film se trata de otra cosa. Porque la película es la mirada de una directora convencida de la transformación del país que comenzó en 2003, cuando la Argentina transitaba una crisis que parecía terminal, definitiva.
    Y si De Luque (Juan y Eva, El vestido) traza una elegía sobre Kirchner, un homenaje, un registro de sus convicciones, emociones, de su propio lugar como cineasta frente al proceso histórico que protagonizó el ex presidente, cada momento reflejado en la pantalla es una declaración honesta de la intención del relato, tan cariñosa como respetuosa de esa figura desgarbada que llegó al poder dispuesta a cambiar el rumbo de la historia.
    Ahora bien, cientos de veces, en este curioso oficio, este cronista le pidió honestidad a diferentes películas, a realizadores que hicieron del cálculo una metodología. Pues bien, el film de De Luque es transparente en contar lo que quiso contar, por lo que como periodista y crítico se impone dejar en claro desde qué lugar se escribe este texto.
    En un momento donde la polarización se traslada a cada uno de los rincones de la vida cotidiana, donde el modelo kirchnerista se enfrenta al mayor y más formidable poder económico, mediático y cultural de la historia argentina, para dejarlo absolutamente claro, este cronista se ubica de este lado. El de los buenos.
    Entonces, delimitadas claramente las responsabilidades y las posiciones, hay que decir que las decisiones formales que la realizadora tomó para plasmar la película se asientan principalmente en tres ejes. Por un lado, a varias personas, seres anónimos que fueron rozados por Kirchner y cambiaron su vida para siempre, por el otro, el material de archivo (audios, videos y fotos inéditas que incluyen el período cuando Kirchner fue intendente de Río Gallegos y luego gobernador de Santa Cruz). Y por último, los testimonios de su madre, María Juana, sus hermanas, Alicia y María Cristina, y el relato que hace su hijo Máximo sobre su padre.
    Con estos materiales De Luque traza el itinerario de una vida desde la admiración y el sentimiento, le escapa al esperable tono épico y hace una puesta que no renuncia a los hitos de la gestión de Kirchner –la cumbre donde se plantó frente al ALCA, la decisión de hacerle frente al FMI, el histórico "Proceda" cuando hizo descolgar los cuadros de los dictadores Jorge Rafael Videla y de Roberto Bignone del Colegio Militar–, pero además, da cuenta del amor entre Néstor y Cristina y en ambos, como emergentes de una generación que entendió que la política era el único instrumento para cambiar el estado de las cosas.
    Néstor Kirchner, la película no es aséptica, nadie lo esperaba, es una película política (todas lo son, claro) y su mayor virtud es que tiene conciencia del lugar desde donde habla, un espacio de convicción y honestidad.
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  • Días de pesca
    Días de pesca
    Tiempo Argentino
    En busca de aquel pasado perdido

    Una trama contada con recursos mínimos marca el regreso de Carlos Sorín a la Patagonia. Desde allí muestra el vínculo entre un padre y su hija. Un intento desesperado de un hombre que busca recuperar su propia historia.

    Carlos Sorín vuelve a la Patagonia, ese territorio inmenso y abierto que fue el escenario de varias de sus películas –El perro (2004), Historias mínimas (2002), Eterna sonrisa de New Jersey (1989), La película del rey (1986)– y el regreso se da con Días de pesca, acaso su película más sutil y a la vez la más íntima, un relato centrado en las elecciones de una vida, en el paso del tiempo y el camino a seguir en el último tramo de la existencia de un hombre golpeado que quiere hacer lo correcto.
    Protagonizada por Alejandro Awada que acompaña de manera inigualable el ascetismo de la puesta, la película que fue parte de la Competencia Oficial del Festival de San Sebastián, cuenta el viaje de Marco a la ciudad santacruceña de Puerto Deseado con el objetivo de aprender el difícil arte de pescar un tiburón, una excusa para reencontrarse con su hija Ana (Victoria Almeida).
    El protagonista acaba de dejar el alcohol y el film deja en claro que la adicción causó estragos en su vida, el más tangible es el alejamiento de Ana, a la que no ve desde hace años.
    Días de pesca entonces se entrelaza con La ventana (2009) –antes de El gato desaparece (2011), ese interesante experimento sobre el género policial– en tanto ambas películas hablan sobre la toma de conciencia de un final próximo. Tal como lo confesó el propio realizador, La ventana fue su manera de exorcizar la muerte de su padre con una elegía sobre un anciano en sus últimos días, mientras que en Días de pesca, el protagonista encara la edad de las definiciones tratando de saldar un pasado plagado de errores.
    Sutil, despojada y compleja por lo que exige al espectador una inmersión en una historia contada con recursos mínimos, el último opus de Sorín utiliza de manera consciente el escenario patagónico como el marco casi ideal para que Alejandro intente reconstruir el pasado. Sin embargo, el film es una reflexión amarga sobre ese intento desesperado.
    Alejandro deambula por ese territorio ajeno con una aparente tranquilidad que esconde un cúmulo de emociones reconcentradas y mientras averigua el paradero de Ana se topa con diferentes personajes del lugar –los famosos no actores de Sorín–, es amable con todos pero el drama está ahí, no desaparece por más que el doloroso encuentro finalmente se produzca.
    El final es abierto y las especulaciones esperanzadas sobre un relación padre e hija en el futuro llevan las de perder
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  • Cosmopolis
    Cosmopolis
    Tiempo Argentino
    El capitalismo a través de un cristal

    La película guionada y dirigida por Cronenberg muestra el derrumbe del sistema económico en los Estados Unidos a través de la mirada de un financista rico. Robert Pattinson logra un gran trabajo en el rol protagónico.

    Eric Parker tiene 28 años, es obscenamente rico y necesita un corte de pelo. Antes de partir hacia la peluquería que está del otro lado de la Manhattan, escucha de su guardaespaldas que el viaje va a ser largo y difícil porque hay muchas vallas y calles cortadas porque el presidente está en la ciudad. "Sólo por curiosidad ¿de qué presidente me hablás?", pregunta Parker, "El de los Estados Unidos", responde divertido el custodio ante la incredulidad del joven financista millonario, que con su interrogante da a entender que le resulta incomprensible que el mundo persista en mantener esa figura definitivamente obsoleta.
    Cosmopolis es la adaptación de la novela homónima de Don DeLillo que David Cronenberg dirigió y también guionó para hablar del capitalismo desde uno de sus artífices, un genio de las finanzas, vacío, desconectado con el mundo –o mejor, conectado a las cifras del mundo, el mundo en cifras a través de una pantalla–, que decide hundir su fortuna, hundirse, apostando contra la subida de la moneda china, el yuan.
    La limusina parte y con ella va Eric Parker (Robert Pattinson, hierático, inasible, perfecto en su rol), rodeado de cuero, pantallas, lujo reluciente pero instantáneamente decadente. Parker va en busca de un poco de verdad a una peluquería de barrio, pero en el camino recibe a asesores, a un médico que le revisa la próstata, tiene sexo, baja del suntuoso auto, habla con su esposa, persigue a su esposa, sigue su ruta, se ve rodeado por una manifestación de anarquistas que protestan por el estado de las cosas. Un derrumbe que Parker, con sus números, su frialdad, ayudó a desencadenar, pero Parker, responsable de la desesperación de millones, necesita un corte de pelo y encontrar algo real.
    Cronenberg hace una puesta alucinada y asfixiante para el viaje del protagonista, un mundo visto casi siempre desde los cristales de una limusina, un sistema que se derrumba pero que no, si no es Parker será otro el que tome su lugar. A su manera, también él es un dinosaurio, un hombre joven que un día araña la reflexión –"Siempre fui el más joven de todos los que estaban a mi alrededor y eso comenzó a cambiar"– y eso lo convierte en un objeto descartable. Y él lo sabe.
    La epifanía de Parker, nunca explícita, pero consecuente con sus actos, con su inmolación, se define en los mercados asiáticos y tiene su broche final en una habitación hedionda, cara a cara con su némesis, Benno Levin (Paul Giamatti), un hombrecito insignificante, un desecho del sistema que frente a Parker ensayará un acto trascendente aunque falso. Parker, con su corte de pelo a medias lo sabe y no puede ocultar su decepción.
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  • Locos por los votos
    Locos por los votos
    Tiempo Argentino
    Uso y abuso de la diferencia

    Will Ferrell y Zach Galifianakis interpretan a dos políticos en plena campaña electoral en este film de diseño, dirigido por Jay Roach. Humor algo irreverente sin muchas sorpresas.

    Era solo cuestión de tiempo para que a alguien se le ocurriera que era una buena idea juntar al gran Will Ferrell y al no menos importante Zach Galifianakis. Efectivamente, a priori, la combinación entre el humor explosivo del gigante de la comedia americana y la manera aniñada del actor de apellido difícil ya tenía medio camino recorrido al éxito. Solo se debía encontrar un buen guión y un director capaz de llevar adelante el proyecto y el resultado estaba garantizado. Pero en el cine la matemática suele ser una ciencia inexacta y las fórmulas infalibles no siempre dan el resultado esperado.
    Locos por los votos, de Jay Roach, que ya demostró su efectividad en la trilogía de Austin Powers y de los últimos dos films sobre la familia Fockers, se asienta en en carisma indiscutido de los protagonistas y los deja hacer como dos candidatos dispuestos a cualquier cosa para ganar una elección. Así, Farrel es Cam Brady, un diputado que aspira confiado a ganar por quinta vez un asiento en el Congreso –con buena parte de los excesos que el imaginario popular le atribuye a los políticos demócratas–, mientras que Zach Galifianakis es Marty Huggins, un apocado hombrecito que transcurre su vida a la sombra de un poderosos padre y que de golpe, aun con su inexperiencia política, se convierte en el elegido del Partido Republicano para enfrentar al experimentado Brady.
    En un segundo plano, la elección está manejada por dos empresarios (John Lithgow y Dan Aykroyd), que pretenden que el distrito se convierta en una factoría para sus productos, con mano de obra barata made in China.
    Por supuesto, la película hace uso y abuso de las diferencias entre ambos candidatos (y entre dos estilos de actuación) que en principio resultan divertidas. Como no podía ser de otra manera, hay varios momentos decididamente incorrectos como manda el género en estos últimos años, con su cuota de escatología o el maltrato a bebés y a perros por igual, es decir, la combinación que se supone, dará como resultado una buena comedia.
    Sin embargo, ahí cuando el relato se interna en la mugre de una campaña política, en los límites que están dispuestos a traspasar los candidatos para resultar elegidos, en el accionar de los lobbistas, en la publicidad negativa, en los operadores mercenarios, la película se queda a medio camino y para el final reserva una redención elemental que desmiente el accionar de los personajes hasta ese momento.
    Una película calculada, de diseño, donde efectivamente, casi nada está muy mal pero que tampoco se eleva por encima de la media adocenada que cada semana puebla la cartelera.
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  • Masterplan
    Masterplan
    Tiempo Argentino
    La necesidad de sentirse diferente

    En el primer film de ficción de Diego y Pablo Levy, Alan Sabbagh interpreta a Mariano, un treintañero que planea una estafa junto a su cuñado para salir de esa rutina de ser normal y corriente. Una vida en tono de comedia.

    Mariano tiene un trabajo, una novia con la que va a casarse, un departamentito mínimo, es decir, Mariano tiene una vida normal, la de tantos treitañeros de clase media porteña. Sin embargo, Mariano es diferente, porque Mariano tiene un auto de colección, un hermoso Siam Di Tella que adora. Este rasgo distintivo del protagonista hace suponer que detrás de esa existencia, común, similar a muchas otras, oculta a alguien extraordinario, con ambiciones y un particular modo de ver el mundo en donde los atajos son una alternativa válida. Así, junto a su cuñado, idea una estafa a través de la compra de electrodomésticos con su tarjeta de crédito. Tal como lo indica el tono de la puesta, rápidamente las cosas se van a complicar y Mariano va a tener que hacer desaparecer su auto para justificar el robo del plástico en cuestión.
    Luego del simpático documental Novias – Madrinas – 15 años, que abordaba la cotidianidad de una sedería en el barrio de Once, Diego y Pablo Levy presentan su primera ficción, una comedia que tiene muchas virtudes, tal vez la principal es que pone en el centro del relato a un personaje que se piensa distinto pero que en realidad es común, reconocible y universal, tanto para los espectadores de una gran ciudad como Buenos Aires, como en cualquier parte del mundo.
    La anécdota mínima que da pie al comienzo a la película podría agotarse de manera casi inmediata, pero el guión –escrito por los hermanos Levy junto a Marcelo Panozzo–, se abre y complejiza a la manera de las estructuras dramáticas que plantea en sus historias Judd Apatow (Hazme reír, Ligeramente embarazada, Virgen a los 40), en donde la comedia es la excusa para contar una vida, con personajes secundarios cuidadosamente delineados, como el delicioso linyera que ocupa el auto abandonado (uno de los "protagonistas" de Novias...), el cuñado (Pablo Levy) o el investigador de la compañía de seguros (un sorprendente Campi).
    Por supuesto, se hace muy difícil pensar la efectividad de Masterplan sin el lugar que ocupa Alan Sabbagh, que compone a ese Mariano tenso, paranoico y contradictorio, tan humano en su intento de hacer algo diferente, tan patético en su error, en la innecesaria ambición de meterse en un fraude, chiquito, pero para el cual no está preparado en lo más mínimo y que amenaza con destruir los que se supone que es una existencia anónima, razonablemente feliz y sin demasiado para destacar.
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  • Un reino bajo la luna
    Un reino bajo la luna
    Tiempo Argentino
    Particular visión de mundo

    El último film de Wes Anderson es una nueva prueba de su talento para recrear universos y personajes sin edad. La historia de un amor simple y hermoso para mirar de cerca.

    Apenas transcurridos unos minutos de Un reino bajo la Luna, cuando ya se establecieron los parámetros del relato –año 1965, una isla, una rígida tropa de boy scout, un no menos rígido y hastiado matrimonio, un chico con problemas, todos con problemas–, Sam y Suzy se ven, se encuentran. Poco importa que a la chica la rodeen sus compañeras (no confundir con amigas), que él esté solo (siempre lo está), el mundo desaparece, son sólo ellos dos. Con apenas 12 años ya están enamorados para siempre.
    Mientras que una tormenta, la que llega puntual, la que siempre causa inundaciones, va avanzando, la película desgrana su sistema de observación: planos fijos, colores que se destacan dentro del apagado entorno emocional de los personajes. Walt y Laura, los padres de Suzy (Bill Murray, Frances McDormand) ya no se hablan, sus disciplinados hermanos escuchan en un disco cómo se arma una orquesta sinfónica en un escenario que es casi una casa de muñecas, el increíblemente melancólico sheriff (Bruce Willis) cuida a la comunidad y sostiene un romance con Laura, mientras que Sam toma la decisión de salirse de la tropa, escapar del liderazgo de Ward (Edward Norton) hacia la libertad. Con Suzy, claro.
    En esas islas, donde el mundo parece ajeno, la fuga de los dos chicos se funde con la tormenta, la anunciada, la que viene a resquebrajar el diseño social anquilosado. La visión de Anderson se abre a la conclusión fácil del pesimismo, pero no, el director texano ofrece para la última parte una salida tierna, lúcida e ideal para sus criaturas que merecen un destino mejor.
    Pasó ya una década desde el estreno de Los excéntricos Tenenbaum y acaso la formidable película sobre una familia de genios fue el punto más alto, la confirmación lógica, de todo el talento que hasta el momento venía demostrando Wes Anderson, primero con Buscando el crimen (Bottle Rocket, 1996) y luego con Tres son multitud (Rushmore, 1998). Los tres títulos mostraban un universo propio, férreo en sus reglas autoimpuestas, donde el descubrimiento era la columna vertebral de cada uno de los relatos, que sorprendían a los espectadores pero por sobre todo, con su artificio extremo, calculado, milimétrico, también parecía sorprender al propio realizador, una operación que le imprimía a cada una de las historias una encantadora voluntad de inocencia, aun cuando fuera estudiada.
    La visión del mundo de Anderson no cambió y tampoco sus puestas autosuficientes y si bien su universo también contiene a los adultos -Vida acuática (2004), Viaje a Darjeeling (2007)–, pero es en ese espacio difuso entre la niñez y la adolescencia, a veces extendida en personajes que se niegan a crecer, donde se siente más cómodo y donde su mirada se hace más amplia. Y Un reino bajo la Luna, con su sofisticada simplicidad, es la prueba más contundente y hermosa.
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  • Luces rojas
    Luces rojas
    Tiempo Argentino
    Los refutadores de leyendas

    El nuevo film de Rodrigo Cortés, protagonizado por Robert De Niro, hace foco en personajes que pueblan el planeta estafando a la gente y en quienes intentan desenmascararlos.

    Allá por la década del setenta hizo su aparición en los medios de todo el mundo Uri Geller, un "mentalista" que tenía varias rutinas espectaculares bajo la manga, la principal consistía en doblar cucharitas con solo mirarlas fijamente. El chanta vivió de eso durante décadas y fueron varios los científicos que explicaban los trucos del israelí, pero no había caso, mucha gente estaba dispuesta a creer en los poderes de Geller más allá de las pruebas que afirmaban lo contrario.

    Desde ese lugar, es decir, desde la fascinante caterva de personajes que pueblan el planeta estafando a la gente haciéndoles creer que poseen cualidades inexistentes, junto a los racionales analistas que dedican su tiempo a demostrar, inútilmente, que se trata de trucos de feria, se asienta Luces rojas, de Rodrigo Cortés, el director que logró cierta fama con Enterrado, sí, ese ingenioso ejercicio cinematográfico que partía de la base de sostener un relato tenso y entretenido desde la premisa de que debía transcurrir por completo (casi), dentro de un ataúd.
    El realizador español entonces juega en su elemento natural para darle una vuelta de tuerca a lo inexplicable, con una historia que arranca con los físicos Margaret Matheson (Sigourney Weaver) y Tom Buckley (el supuestamente inquietante Cillian Murphy), dos científicos y profesores universitarios dispuestos a desenmascarar a todo tipo de personajes fraudulentos que mueven objetos, se comunican con el más allá, pueden predecir qué carta va a salir del mazo, y un largo etcétera variopinto.
    Y allí van los refutadores, recorriendo regiones, haciendo lo suyo mientras que el film se encarga de revelar el porqué la doctora Matheson se dedica a una actividad tan poco reconocida y Buckley la sigue con veneración, aunque de él se sepa poco. Justamente en este personaje estará centrado el nudo dramático del relato, que irá ganando fuerza a medida que el thriller paranormal avance hacia el gran elefante blanco de la pareja, Simon Silver (Robert De Niro), un mentalista al que nunca se le pudo probar nada, peligroso y siniestro, el mejor. Por supuesto, Buckley desoye las advertencias y al borde del fanatismo racionalista, se propone desenmascarar a Silver.
    Lo cierto es que el cometido primero de la película se cumple, con algunas dificultades, pero se cumple. De nada valen los aparatos electrónicos, las pruebas irrefutables de las estafas, de la manipulación que se hace desde los medios, hay mucha gente que prefiere creer –el segmento que protagoniza Leonardo Sbaraglia como un ex discípulo de Silver, va en ese sentido–. Pero no hay que olvidar que Cortés es un realizador ambicioso y que la complejización es su elemento distintivo, así que el film necesariamente tiene que dar algo más.
    Y el plus es la famosa vuelta de tuerca, el cálculo de la puesta con la revelación sobre el minuto final, que atenta sobre una película que hasta ese momento era correcta, entretenida y sin ambiciones desmedidas.
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  • Infancia clandestina
    Infancia clandestina
    Tiempo Argentino
    Amor en los años de fuego

    Desde la mirada de un niño se construye una historia centrada en el compromiso militante de un grupo de montoneros. La fuerza y las contradicciones de una generación.

    Una dolorosa discusión entre una hija y una madre, esas que sólo pueden mantener dos seres queridos a partir de un abismo generacional pero aun así sustentada desde el amor, es el núcleo central de Infancia clandestina, un film que no duda en internarse en la difícil cuestión entre el compromiso militante de centenares de jóvenes que decidieron construir una familia en medio del horror de la dictadura militar y el miedo de una abuela por la suerte de sus nietos en ese contexto de violencia.
    La película de Benjamín Ávila (Nietos. Identidad y memoria) es un viaje al pasado que exige contextualizar la época donde se desarrolló el peor período de la historia argentina. En ese sentido el relato parte de la mirada de Juan (Teo Gutiérrez Moreno), un niño que regresa al país junto a sus padres (Natalia Oreiro y César Troncoso) para sumarse a lo que se conoció como la "contraofensiva" ordenada por la cúpula montonera, que consideraba que las condiciones objetivas estaban dadas para retomar la lucha contra la dictadura. El ingreso a la Argentina se da por separado para cada uno de los integrantes de la familia, después de un exilio en Brasil y Cuba. Juan ingresa a la escuela con un nombre falso y una historia falsa y vive junto a sus padres y su tío (Ernesto Alterio) en la clandestinidad. Mientras que en la casa se suceden las reuniones con los restos diezmados de la organización armada, Juan se enamora de una compañera y en paralelo, llega su abuela (Cristina Banegas) para los festejos de su cumpleaños. Y es allí donde estalla en toda su dimensión trágica la contradicción de esa familia, que sostiene una aparente normalidad junto a sus convicciones revolucionarias en medio de la violencia del afuera.
    Desde el retorno a la democracia los años de la última dictadura fueron abordados por decenas de films, sin embargo lo que logra Nieto –desde su propia experiencia como hijo de una madre desaparecida– es darle a aquella época una dimensión absolutamente cercana, recreando un universo afectivo en medio del peligro, de la férrea disciplina militarizada de los militantes revolucionarios que también se jugaban a tener una familia y a disfrutar de la vida en medio del horror. La historia de Juan, que había aprendido que su cotidianidad era la de cualquier chico de su edad, con sus amigos y sus primeros amores, también estaba hecha del peligro, de saber cómo esconderse con su hermanita si su casa era tomada por la represión.
    El director pone en pantalla las contradicciones, la sensibilidad de una generación dispuesta a cambiar el mundo y, en definitiva, construye un retrato de época para entender que por aquellos años, la vida no se interrumpió.
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  • Salvajes
    Salvajes
    Tiempo Argentino
    Tiros, líos, narcos y marihuana

    La nueva película del director Oliver Stone es la adaptación de un best seller sobre la guerra por una porción del mercado entre los cárteles de la droga mexicanos en Baja California.

    Los usos, abusos y costumbres del capitalismo aplicados a las drogas –en este caso marihuana pero de la sofisticada: cultivo hidropónico, cruza de semillas de Afganistán, las mejores del mercado–, una mercancía como cualquier otra sujeta a la oferta y la demanda, y ahí está Oliver Stone, para desgranar sus intereses, esta vez desde la perspectiva del narcotráfico entre los Estados Unidos y México.
    Y aunque se sabe que Stone tiene una visión progresista del mundo –si hasta se internó en los meandros de la política latinoamericana celebrando a líderes de la región como Fidel, Hugo, Néstor y Cristina en Al sur de la frontera–, no dudó en adaptar para el cine Salvajes, el libro homónimo de Don Winslow, un best seller exploitation sobre el miedo al Sur. Es una historia reaccionaria que detrás del thriller asentado en la guerra por una porción del mercado entre los cárteles de la droga mexicanos y dos narcos californianos new age que destinan parte de sus ingresos a generar emprendimientos sustentables en el Tercer Mundo (¿?), se esconde la xenofobia y el terror de la América blanca a la invasión de los desarrapados y violentos latinos.
    La puesta, que desde el comienzo tiene el estilo Stone (edición rápida y saturada de información, violencia estilizada, música omnipresente), es el vehículo para el relato que cuenta el triángulo amoroso entre el budista Ben (Aaron Johnson), O (Blake Lively) y Chon (Taylor Kitsch), un ex Seal de la Armada estadounidense. Los tres se aman sin celos, cultivan la mejor marihuana, sobornan regularmente a la DEA a través de Dennis (John Travolta) y tratan de mantener el negocio sin recurrir a la violencia para que el emprendimiento se mantenga sin contratiempos. Hasta que la guerra entre narcos al otro lado del río Bravo llega a la soleada California.
    Allí esta La Madrina (Salma Hayek en plan culebrón de Televisa), despiadada ama y señora del cártel de Baja, en lucha constante con otro cártel de la zona que busca expandir su territorio de influencia con una avanzada sobre Gringolandia a cargo de Lado (Benicio Del Toro, en su versión latino-que-mete-miedo). Lo que sigue es una negociación, un secuestro como para que se cumplan los términos de esa negociación, algunos caminos alternativos para que la negociación no sea tan asimétrica, otro secuestro, decapitaciones, traiciones, y un doble final, como para que el espectador tenga la posibilidad de elegir un cierre cantado u otro más feliz, donde los tres protagonistas rubios y de buena dentadura puedan vivir su vida. Si después de todo son buena gente y no molestan a nadie.
    Un thriller rutinario, que supuestamente profundiza la visión sobre las prácticas del capitalismo, un lustroso packaging cinematográfico que envuelve el miedo del civilizado Norte frente a la barbarie del Sur.
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  • Papirosen
    Papirosen
    Tiempo Argentino
    Retrato de una familia para armar

    El director Gastón Solnicki armó un documental donde presenta la historia de sus padres y abuelos, abarcando el horror del exterminio nazi en la Segunda Guerra Mundial y más de 200 horas de filmaciones caseras.

    La voz en off de una anciana judía contando dolorosamente sus vivencias en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial sobre las imágenes de un paisaje blanco de un centro de esquí, y al final su hijo con su bisnieto en el mismo lugar, en una relación increíblemente afectuosa que permite al hombre contarle al niño que su padre se murió de tristeza, que sí, hay gente que se muere de tristeza. Y en el medio, cuatro generaciones retratadas con rigor, impudicia, humor, ferocidad y a la vez, mucho amor y comprensión.
    A partir de más de 200 horas de home-movies familiares, once años de una camarita encendida en cumpleaños, Bar Mitzvah, viajes a Miami, separaciones, visitas al médico, discusiones por plata, por vanalidades y por el pasado, Gastón Solnicki traza un retrato fantástico de su familia, un recorrido desde el exterminio nazi de muchos de sus integrantes a la situación acomodada en Argentina.
    La columna del relato se centra en la abuela del director, pero el planteo inicial se desbanda en una especie de caos cinematográfico controlado, donde la atención se concentra alternativamente en su propio padre, que parece sostener todos los conflictos familiares sobre sus hombros –en un momento se lo muestra encorvado y luego visitando a un traumatólogo–. La narración después se traslada a su hermana en pleno proceso de separación, salta a filmaciones caseras del clan en los bosques de Palermo hace varias décadas y continúa con una pelea sobre el valor de la palabra empeñada entre el miembro más chico de la familia y su padre.
    Así de impúdica es Papirosen, ganadora de la Competencia Argentina del BAFICI 2012, y así de valiente es la película de Solnicki, que tuvo que elegir en la mesa de edición qué contar y cómo. El resultado es un fresco extraordinario, visceral y honesto sobre la identidad, sobre su propia historia.
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  • El código del miedo
    El código del miedo
    Tiempo Argentino
    Desbocada pero honesta

    El pelado Jason Statham es el motor que propulsa esta película de género, con persecuciones y matanzas muy bien coreografiadas. Dentro de lo suyo, está bien resuelta.

    Desde hace unos años, el actor Jason Statham es el intérprete y la fuerza motora de muchas películas del cine de súper acción aggiornado a los tiempos que corren. Desde que Guy Ritchie lo puso en el centro de la escena con Juegos, trampas y dos armas humeantes y luego Snatch: cerdos y diamantes, el pelado se convirtió en un actor confiable del género que participó en varias sagas exitosas como El transportador, Crank y recientemente en Los indestructibles, además de títulos más endebles como El gran golpe, El mecánico o Carrera mortal. Este breve repaso de la carrera del ropero británico no hace más que confirmar su lugar de estrella de este tipo de producciones, el remplazo afinado y ciertamente mejor actor que dinosaurios como Jean-Claude Van Damme o Dolph Lundgren.
    Y ubicado en lo más alto de los thriller plagados de violencia, antihéroes y una particular moral, Statham ya logró que cada producción que lo tiene como protagonista sea su película, más allá del director de turno. En El código de miedo se trata de Boaz Yakin, que dirigió a Denzel Washington en Duelo de titanes, a Brittany Murphy en Pequeñas grandes amigas y fue guionista de El príncipe de Persia. Pero poco importa, se trata de una película del pelado.
    Aunque el film arranca con la historia de Mei, una niña china que es un genio en matemáticas y un prodigio de la memoria, que es secuestrada por la mafia de su país para utilizar sus talentos que permiten prescindir de las computadoras, muy pronto Luke Wright (Statham, claro) irrumpe en el relato y se convierte en el protector de Mei frente a la carnicería que se desata en Nueva York entre las mafias chinas, la rusa y la corrupta policía por el control de la niña y los secretos que guarda en su cabecita.
    Claro, como no podía ser de otra manera, Luke es un perdedor, un luchador de de artes marciales que dejó en coma a su oponente, lo que pone muy nervioso a los grandes apostadores (también rusos) que le hacen saber su mal humor de la manera más salvaje.
    Lo que sigue son persecuciones, matanzas muy bien coreografiadas en hoteles y calles de la ciudad, en una película de género que si bien en algunos momentos se detiene para reflexionar sobre el sinsentido del mundo, cumple con dignidad su cometido desde la violencia más desbocada pero honesta, sin pretender ser otra cosa que un producto de género bien resuelto.
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  • Todos tenemos un plan
    Todos tenemos un plan
    Tiempo Argentino
    Policial negro con cambio de identidad

    Protagonizada por Viggo Mortensen la ópera prima de Ana Piterbarg, con Sofía Gala, Daniel Fanego y Soledad Villamil narra la historia de un hombre que adopta la vida de su hermano gemelo para cambiar su destino.

    Viggo Mortensen, se sabe, el más argentino de los actores extranjeros, es el protagonista de Todos tenemos un plan. Este dato atraviesa el relato de la debutante Ana Piterbarg ya que, como espectador, es imposible abstraerse de la fascinación que produce una estrella internacional, que formó parte de producciones gigantescas como El señor de los anillos, Una historia violenta o Promesas del Este, sea protagonista de un film nacional. En ese sentido, la imponente presencia –que se multiplica al interpretar a dos hermanos gemelos– es un punto esencial de la estructura del film y a la vez, le juega en contra. En tanto, la puesta rigurosa se diluye al menos en la primera parte, al atraer irremediablemente la mirada sobre su trabajo en detrimento del resto de los elementos del universo que plantea el film. Se trata de un policial negro que se asienta en el cambio de identidad, signado por un origen que los hermanos arrastran toda su vida y del que no pueden desprenderse.
    Pedro vive sus días en el Tigre, sobrevive como apicultor ayudado por Rosa (la sorprendente Sofía Gala Castiglione, una de las interpretaciones más sólidas del relato) pero, además, es socio de Adrián (Daniel Fanego, el otro puntal de la película), con otros tipos de emprendimientos como el secuestro. A varios kilómetros de allí, pero no tanto, su hermano Agustín vive una vida de clase media acomodada como médico, pero en la ciudad la insatisfacción de su existencia se hace explícita cuando su esposa Claudia (Soledad Villamil) está a punto de adoptar un bebé. En ese punto de quiebre los hermanos se reencuentran después de muchos años y Agustín ve una oportunidad de empezar de nuevo y toma la identidad de Pedro. Así se traslada al delta, regresa a su lugar de origen para ser otro, su hermano. Para cambiar su destino.
    El momento en que el thriller comienza a desandar su trama coincide con la curiosidad saciada acerca de las capacidades de Mortensen de adaptarse a un film nacional. La película entra en una meseta donde cada una de las decisiones, ese viaje al territorio oscuro de delincuencia, las historias no resueltas de la juventud, un amor condenado desde el vamos y un entorno ahora sí, bien lejos de la previsibilidad urbana, se preanuncia en la gravedad de la puesta, por las metáforas simplistas del panal de abejas, por las referencias literarias y el énfasis en la música. Sin ser un producto fallido, pasadas las casi dos horas de la historia, el interés que despierta la película como elenco encabezado por Mortensen, la exquisita factura de la puesta y el soporte de una producción importante, queda la sensación ambivalente de haber asistido al nacimiento de una realizadora a tener en cuenta y a la vez, de la oportunidad perdida de concretar una gran opera prima.
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  • El legado de Bourne
    El legado de Bourne
    Tiempo Argentino
    Crear 1, 2, 3... mil Bourne

    El guionista y director de toda la saga creado por Robert Ludlum asume la dirección en esta nueva entrega que presenta a un nuevo héroe, a cargo de Jeremy Renner.

    Para los fanáticos de la saga Bourne, esta nueva perla del rosario sin duda era esperada con particular interés, en tanto las tres películas anteriores –Identidad desconocida (2002) La supremacía Bourne (2004) y Bourne: El ultimátum (2007)– se constituyeron en un verdadero fenómeno que combinaban taquilla con un genuino producto industrial digno, del que casi ningún espectador podría sentirse decepcionado. Al menos así lo demostró el éxito que tuvo cada una de las entregas.
    Lo cierto es que los productores hicieron una jugada más que arriesgada, frente a la negativa del director Paul Greengrass y del actor Matt Damon de continuar en el proyecto de la saga Bourne, y decidieron para la cuarta entrega de la franquicia sustituir al ya legendario agente Jason Bourne por el agente Aaron Cross, a cargo del actor Jeremy Renner (Vivir al límite, Atracción peligrosa, Los Vengadores).
    El planteo no deja de repetirse: un agente debe luchar contra sus jefes del Departamento de Defensa que han decidido desactivar un plan entrenamiento en que se encuentran cinco agentes alrededor del mundo. Uno a uno serán eliminados, hasta que casi por casualidad, Cross evita caer en la trampa. A partir de allí, el nuevo agente tendrá que armar el rompecabezas para poder comprender por qué sus jefes intentan sacárselo de encima y cuáles son sus verdaderas posibilidades de sobrevivir.
    La investigación lo llevará hasta a la joven científica Marta Shearing (Rachel Weisz), quien acaba de salvar su vida en un atentado donde murieron todos sus compañeros de laboratorio. Así, el despliegue conocido en los títulos anteriores de Bourne repite el esquema de las locaciones en varios continentes –con una facilidad que ya la quisiera Julian Assange, el perseguido creador de WikiLeaks–, mientras el agente y la bella científica se enfrentan al poder como pueden.
    En suma, la historia va degradándose al punto de volverse ramplona, con una serie de monumentales secuencia de persecuciones que desprecia a la inteligente saga en un film estereotipado, pura superficie, con una enmarañada trama que nunca encuentra un eje.
    En sus casi más de dos horas, El legado de Bourne confirma lo innecesario de su existencia, luego de las tres estupendas películas que la preceden.
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  • El molino y la cruz
    El molino y la cruz
    Tiempo Argentino
    Los sentidos de la representación

    El director polaco Lech Majewski se propuso recrear el proceso creativo del paisajista holandés Pieter Brueghel con su famosa obra El camino al calvario, realizada a mediados del siglo XVI, cuando estalló una rebelión en los Países Bajos.

    A mediado del siglo XVI estalló en los Países Bajos una rebelión que tenía como objetivo la independencia de la corona española. El proceso de liberación duró 80 años, hasta que finalmente el territorio que hoy comprende Bélgica y Luxemburgo se constituyó en un estado soberano. El contexto histórico es vital para comprender El molino y la cruz, que se asienta por completo en la famosa pintura El camino al calvario, del paisajista holandés Pieter Brueghel, que retrata la vida de los campesinos pero también incluye la denuncia de la cruenta ocupación de Flandes del imperio español a través de una lectura posible del Vía Crucis. La película del polaco Lech Majewski entonces tiene la ambición casi imposible de recrear el proceso creativo del artista al momento de encarar la concreción de la obra y en un juego de espejos donde el óleo tiene que superar la representación del cine, el director complejiza aun más el relato al combinar la pintura, los paisajes que inspiraron a Brueghel, a los actores que representan a los personajes incluidos en El camino al calvario y la dramaturgia que da cuenta del momento histórico. La magnitud del proyecto es apabullante, en el sentido que cada uno de los objetivos planteados por el realizador se cumplen con un rigor absoluto.
    La radicalidad de la propuesta, que apela al impacto sensorial –con algún punto de contacto con la hazaña de Sokurov en El arca rusa, que lograba el mismo efecto hipnótico–, también se asienta en la extraordinaria interpretación de Hauger como Brueghel y Rampling como la virgen María.
    El fuerte contenido religioso de la obra original se traslada a la pantalla a través de la hipótesis sobre la génesis de la pintura, tomando como base el centro de una tela de araña donde se ubica el tormento de Cristo y el pueblo alrededor –una estructura que se replica en la puesta del film–, observado por el encargado del molino, Dios, en definitiva, que desde el punto más alto de la aldea observa la vida que se desarrolla abajo junto a la creciente crueldad de los hombres.
    La propuesta es fascinante porque en cada toma y escena se plantea el problema de la representación, del exceso de trasladar la rugosidad, la intensidad, el mensaje de la obra de un artista interpelada cinco siglos después por otro, tan desmesurado y genial como su antecesor.
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  • Rehén de ilusiones
    Rehén de ilusiones
    Tiempo Argentino
    Buenas ideas sin construcción de lazos

    El último film de Subiela, con Daniel Fanego y Romina Ricci naufraga en la encarnación de los personajes.

    Eliseo Subiela ha tenido desde siempre una importante relación con la literatura e incluso algunos de sus films parecieran tener más vocación literaria que cinematográfica. Quizás desde esa condición, su más emblemático trabajo sea Últimas imágenes del naufragio (1989), donde juega nada menos que con el uso de la palabra.
    En Rehén de ilusiones, el director intenta meterse en la piel de un escritor, al que lo sorprende la aparición de una mujer misteriosa con un pasado por lo menos oscuro. En el inicio, Subiela aspira analizar por qué la gente escribe, pero ya se sabe, se escribe fundamentalmente para tener un lugar donde acomodar los fantasmas y las obsesiones, aunque hay otra razón, la locura, pero es un tanto más incómodo. Entonces, el relato se anima y prueba transitar ese desfiladero que separa la creación literaria de la alienación, pero con bastante poca suerte a la hora del equilibrio.
    En la soledad del escritor, su estudio se llena de sus personajes que llegan a reclamarle mejor suerte en sus novelas, le colman las manos de peticiones, pero cuando quiere leerlas, todas están en blanco. Eso es la literatura: buenas ideas que exigen esfuerzo y talento para construir un todo. El film tiene buenas ideas, pero falla a la hora de construir los lazos, con personajes que no llegan a encarnarse y que repiten un parlamento que no sienten.
    Un escritor aburrido cae en el juego perverso de una antigua discípula de una imprecisa carrera de Filosofía y Letras, obsesionada por él desde sus años de la universidad. La pasión se instala sin estaciones intermedias y de allí en más todo comienza a desdibujarse entre ficción y realidad, perdiéndose en los márgenes la historia, que ya corre desbocada, lo que da como resultado un film desprolijo, con un guión falto de relecturas. En suma, una película cargada que remite a un cine de otra época.
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  • Terror en Chernobyl
    Terror en Chernobyl
    Tiempo Argentino
    Sustos a mitad de camino

    Para empezar vale la pena aclarar que Terror en Chernobyl en realidad transcurre en una localidad cercana a la ciudad donde estaba ubicada la central nuclear que en 1986 tuvo una falla en su reactor y produjo lo que se considera el mayor desastre nuclear de la historia, con miles de personas afectadas por la radiación y un área devastada casi para siempre.

    Y abundando en las aclaraciones, hay que decir que Terror en Chernobyl tampoco es un film “de” terror, en el mejor de los casos, apenas incursiona en el género.
    Delimitado el espacio y el error conceptual del título con que se estrena en la Argentina, el film del debutante Bradley Parker –aunque en realidad esté detrás Oren Peli, el mismo de Actividad Paranormal y sus secuelas– tiene como único mérito ubicar a los protagonistas en una locación inusual para el género que dice transitar, con un grupo de jóvenes que contratan a un guía para visitar Pripyat, la ciudad donde residían los trabajadores de Chernobyl en plan de turismo de riesgo, teniendo en cuenta que la zona mantiene altos niveles de radiación y el paseo necesariamente debe ser corto.
    Por supuesto, la excursión pronto se complica, la camioneta que los transporta deja de funcionar y el largo etcétera incluye unas criaturas siniestras aunque apenas delineadas, gracias a una cámara nerviosa alla El Proyecto Blair Witch, para citar un título afín.
    Es decir, a la premisa típica de las películas de terror, esto es, la culpa de los protagonistas por su juventud, por arriesgarse, por ser irresponsables, aquí se le suma la cuestión moral de espiar un lugar atravesado por la tragedia y tomarlo como algo así como un parque temático sobre las consecuencias del desastre atómico sobre la vida de miles de personas. Un film correcto que podría haber sido mucho más interesante.
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  • Batman: el caballero de la noche asciende
    La última oportunidad del hombre murciélago para salvar a Ciudad Gótica

    Se cierra la trilogía de Christopher Nolan sobre el héroe enmascarado quien esta vez deberá enfrentar a Bane, su más peligroso oponente. Un resultado brillante que le da una nueva dimensión a este complejo personaje.

    La reinvención de la saga de Batman a cargo de Christopher Nolan es sin lugar a dudas uno de los fenómenos cinematográficos de los últimos años y El caballero de la Noche asciende, un digno cierre para la trilogía, aun cuando la intensidad de la extraordinaria El caballero de la noche parecía difícil de igualar.
    Para apreciar la dimensión de lo hecho por Nolan no está de más recordar que cuando Tim Burton se animó con el héroe del comic con Batman (1989) y Batman vuelve (1992), el oscuro universo pop trazado por Burton no sólo funcionaba sino que se creía definitivo. Y efectivamente, tuvo que pasar casi una década y media para que Nolan –Memento, Noches blancas, El origen– encarara el desafío de contar desde el principio la tragedia del atormentado héroe vertebrado.
    El resultado fue brillante porque el director británico le dio una nueva dimensión a un personaje complejo como Bruce Wayne, desolado para siempre por la muerte de sus padres, y le inyectó un lectura política a la saga, una visión amarga sobre el estado de las cosas que se tradujo casi bíblicamente como una sucesión de pestes corporizadas en diferentes villanos sobre Ciudad Gótica, una metrópoli devastada por el crimen y la ambición, en estado de putrefacción moral y merecedora del castigo divino.
    Ocho años después de que Batman se hiciera cargo de la muerte de Harvey Dent –una mentira con el propósito de conservar el poder simbólico del fiscal de Distrito, en una ciudad que necesitaba desesperadamente un ejemplo moral–, Wayne está recluido en su mansión, deprimido y en bancarrota hasta que primero la aparición de Selina Kyle (Anne Hathaway, como una ambigua Gatubela que oscila entre el bien y su conveniencia), y sobre todo del villano Bane (Tom Hardy), forjado en el dolor y miembro de la Liga de Asesinos comandada por Ra's al Ghul (Liam Neeson), lo obligan a reponerse.
    La fría temeridad de Bane, el más peligroso oponente al que tuvo que enfrentarse Batman –con su compañero de siempre, un personaje reescrito que adquiere una dignidad que nunca tuvo en la pantalla–, refuerza la idea de toda la saga, en tanto el villano enmascarado, detrás de su discurso de igualdad de oportunidades frente a la opulencia de los ricos y poderosos, tiene como fin último la desaparición de Ciudad Gótica, que el héroe de negro apenas puede defender.
    El paralelo que establece continuamente la película con la actualidad es innegable y una vez más Nolan logra contrabandear un discurso amargo y crítico sobre el momento histórico que le toca vivir, nada menos que desde el corazón de Hollywood. Su mirada sobre el mundo es devastadora y la épica de un personaje tan rico y de múltiples facetas como Batman, es apenas un vehículo para aclarar escena por escena, secuencia por secuencia, que apenas un puñado de hombres, enmascarados o no –Wayne, el comisionado Gordon, el mayordomo Alfred, el CEO Fox– no alcanzan para frenar la decadencia del imperio. Casi como un western clásico, acaso A la hora señalada, tal vez esa ciudad no merezca ser salvada.
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  • El dictador
    El dictador
    Tiempo Argentino
    Humor sobre tiranos aggiornados

    Del actor de Borat, ahora llega el despiadado gobernante de la República de Wadiya, General Almirante Aladeen, que viaja a los Estados Unidos para su programa de armas nucleares "más o menos" secreto.

    Antes de sumergirse en consideraciones de cualquier tipo sobre la película, hay que señalar que aunque Sacha Baron Cohen vuelve a ponerse a las órdenes de Larry Charles (como en Brüno y Borat), El dictador es una creación del actor británico, lo que significa que para bien o para mal, su impronta irreverente y el humor punzante, un poco infantil y otro tanto crítico de las instituciones, se encuentra presente en cada uno de los momentos del relato.
    Esta afirmación podría suponer que la tercera película “de” Cohen –esta vez sobre un tirano africano–, daría pie para toda la batería de incorrección política de la que es capaz, desde el guión escrito en colaboración con Alec Berg (Curb your Enthusiasm, el programa de Larry David, creador junto a Jerry Seinfeld de la serie homónima), hasta el incuestionable timing que demuestra para la comedia como intérprete. Sin embargo, el film da todos los indicios de ser un relato contenido, que la incorrección llega hasta cierto punto y se frena en esa frontera difusa construida por los intereses corporativos, los estudios sobre el impacto en la audiencia y los meandros de la exhibición. Esta hipótesis se refuerza por el precedente de Brüno, que Sony Pictures decidió no estrenar comercialmente y envió directamente a DVD.
    Así, el despiadado conductor de los destinos de la República de Wadiya, General Almirante Aladeen (Baron Cohen), se ve obligado a viajar a los Estados Unidos para defender su posición en las Naciones Unidas sobre el programa de armas nucleares que lleva adelante más o menos en secreto. Pero allí es remplazado por un doble que digitado por su tío Tamir (Ben Kingsley), con la intención de que firme la primera constitución del país africano y de esta manera, la gloriosa Wadiya comience a transitar las bondades de un estado democrático.
    Mientras que la torpe conspiración sigue su curso, Aladeen lleva su particular estilo de vida a Nueva York, donde conoce a Zoey (Anna Faris), una activista ecológica, que lo introduce en las bondades del progresismo naif ante el estupefacto tirano.
    Por momentos extremadamente tonta, en otros efectiva en la sucesión de gags moderadamente incorrectos, la película no logra superar a la desopilante Borat, se ubica varios escalones debajo de la revulsiva Brüno, y de esta manera se convierte en un producto a medio camino, apenas un divertimiento con una lectura inteligente sobre el orden mundial. Pero liviano e inofensivo.
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  • Donde habita el diablo
    Donde habita el diablo
    Tiempo Argentino
    Recursos que apenas dan susto

    Primero son los ruidos, los objetos que se mueven solos, las llamadas telefónicas, las luces que se prenden y apagan solas y el largo etcétera que conforma el combo de los fenómenos que en la historia del género fueron acumulándose a fuerza de repetición, película a película, para dar cuenta de que se está frente a una presencia extraña que claro, aterroriza a los habitantes de un lugar.

    En este caso se trata de una casa habitada por un padre que perdió a su esposa en un accidente, una hija adolescente y un niño. Es decir, la conclusión inicial es que la mujer ausente es el espíritu/fantasma que tiene a maltraer a los tres personajes.
    Después es la instalación de todo tipo de aparatos –detectores de movimiento, cámaras y todo el kit necesario para descubrir presencias extrañas– a cargo de un grupo de científicos, primero incrédulos y después incorporados de lleno a la pesadilla que vive la familia.
    El film dirigido por Carles Torrens, con el guión y la producción de Rodrigo Cortés (Enterrado) se propone desde el principio ser algo así como el relato definitivo del género, transitado por Actividad paranormal, REC y El proyecto Blair Witch, sólo para nombrar algunos títulos más o menos recientes.
    El resultado es irregular, en tanto la ambición de la película de abarcar todo se traduce en una suerte de catálogo de los recursos utilizados desde siempre para crear situaciones inquietantes y más o menos inexplicables, con elementos como el sonido, las inevitables sombras, levitaciones rutinarias y demás, que por supuesto son registradas por una cámara en mano que se supone le da tensión al relato, y así se desprende que se llega al miedo, que en este caso no supera la categoría de susto. El mismo que se puede lograr con un buen “¡Buuu!” lanzado con convicción y sentido de la oportunidad.
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  • Malón
    Malón
    Tiempo Argentino
    Ruido y silencio entre dos mundos

    El segundo film de Fabián Fattore no disimula su postura minimalista donde los silencios del personaje central (Sosa) se cruzan con el ruido de la ciudad y de los parroquianos del bar donde él trabaja. Pero ese carácter austero y despojado de la puesta en escena nunca incomoda ni aparece como gratuito como elección estética.

    Al contrario, la cámara sigue a Sosa en su pensión, hablando con una vecina y su pequeña hija, yendo a su lugar de trabajo y practicando boxeo en un gimnasio, acaso su escape frente a la soledad que lo identifica frente a los otros. Un cuadro que representa un malón actúa como interrogante del personaje. En ese retrato hay movimiento, energía, nervio, frente a la aparente pasividad de Sosa, sólo disimulada en sus ejercicios boxísticos. En el bar, otros solitarios se reúnen para recordar viejas épocas y para expresar las frases de manual del peronismo histórico.
    Sosa los observa pero jamás participa de esas añoranzas, su tiempo es el presente, el meditabundo, el silencioso, el que busca una razón de ser para su rutina. Malón, subrepticiamente, es una película política que jamás enfatiza su tono, ocultándose en ese pudoroso contraste entre el personaje central que sólo observa y quienes lo rodean en el bar recordando la historia del país a través de las victorias y derrotas del peronismo. Pero Sosa tomará una decisión y con su bolsito de gimnasio al hombro, concurrirá a una marcha de la militancia de estos días. Seguirá sin decir una palabra rodeado de la multitud, pero está allí mirando, descubriendo un lugar de pertenencia. Al llegar al bar se establecerá un mínimo diálogo con su empleador, una de las voces eufóricas del bar, que lee el diario y le pregunta cómo anduvo la marcha. Sosa le dirá que estuvo muy bien, en tanto el otro reparará en su rutina de añoranza sobre la vieja política.
    Película de contrastes, con un excelente trabajo de sonido, a Malón se la puede definir como un acabado ejemplo de cine minimalista político. De la política de estos días.
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  • Las voces
    Las voces
    Tiempo Argentino
    Relato desflecado que remite a cine viejo

    Ema (Ana Celentano) está agonizando en la cama de un hospital pero a pesar de que está en coma, inexplicáblemente le cuenta a su nieta quién fue su abuelo Juan (Jean Pierre Noher), un ventrílocuo que varias décadas atrás se ganaba la vida como artista de variedades en un cine y estaba obsesionado con una marioneta de porcelana. Los detalles del calvario de ese personaje oscuro despiertan el interés de la niña y sobre todo de su madre Clara (María Socas), que desconoce quién fue su padre.

    Desde ese momento la historia transcurre entre el malestar del presente de la nena y su mamá, que intentan reconstruir la historia familiar, y los largos flashback, donde se expone la triste existencia de Juan –que incluye un crimen nunca resuelto– y la relación que tuvo Ema y con una fantasmal niña, que no solo es físicamente similar a la que será su nieta en el futuro, sino que guarda una alarmante semejanza con la muñeca que lo acompaña en sus agobiantes jornadas pautadas por la miseria.
    Había una vez un cine argentino –allá, en un período que abarca desde los lejanos ’70 hasta buena parte de los ’90–, un cine que tenía mucho que decir sobre la atormentada alma humana, cargado de significados, consciente de su importancia trascendental. Pues bien, ese nutrido grupo de películas, con poquísimas excepciones, fue el responsable de que se instalara la idea de que los films nacionales eran decididamente malos. Las voces de Pablo Torre (El amante de las películas mudas, La cara del ángel, La mirada de Clara), de Leopoldo Torre Nilson hijo, remite a ese cine viejo, hinchado de importancia, incomprensible, con una puesta pesada que confunde importancia con solemnidad, a los que le suma ciertos toques sobrenaturales que no hacen más que agregar elementos sin resolver a un relato de por si desflecado.
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  • Un amor imposible
    Un amor imposible
    Tiempo Argentino
    Comedia retro con lectura política

    Lasse Hallström dirige este film sobre la relación que se establece entre un tímido científico, interpretado por Ewan McGregor y la representante de un jeque árabe, personificada por Emily Blunt. Anacronismo sin vueltas.

    Allá por los lejanos ’80 el sueco Lasse Hallström sorprendía con su cálida visión de la infancia según contaba en El año del arco iris. Luego vendría una filmografía despareja, ya lejos de su país natal y producido por los Estados Unidos y Francia. En los inicios de la década del ’90 volvería su nombre a las grandes ligas con ¿A quién ama Gilbert Grape? y dos estrellas embrionarias como Johnny Depp y Di Caprio, y ya en este siglo, la comedia Chocolate, con la hermosa Juliette Binoche, no podía disimular su tono empalagoso y de formalismo qualité. Películas industriales, menores y mayores, actores prestigiosos y géneros diversos constituyen la obra de Hallström, que a través de Un amor imposible reitera las sostenibles fluctuaciones de una carrera ciclotímica.
    Entre el título original y Un amor imposible no hay parecido alguno, ya que el primero refiere al tema de la película y al lugar donde se desarrolla la historia, en tanto el segundo, alude a la trama romántica que se establece entre el tímido científico que encarna Ewan McGregor y la representante de un jeque árabe que personifica Emily Blunt.
    Como comedia romántica Un amor imposible no acusa demasiados logros, ya que el efecto es menor, sólo expresado a través de una banda de sonido donde sobresalen docenas de violines estentóreos. Por su parte, la lectura social también es superficial: el film de Hallström sólo aborda de forma lateral las relaciones entre el capitalismo salvaje del Primer Mundo y el poder económico de los árabes, refugiándose en explicaciones didácticas y sin interrogante alguno. En realidad, esa ausencia de centro es aquello que perjudica al relato, que peca de una transparente ingenuidad.
    Pese a estos reparos, Un amor imposible es un nuevo déjà vu que la aproxima a otros films estrenados este año, como La fuente de las mujeres y El exótico Hotel Marigold, en cuanto a narrar una fábula sin demasiadas pretensiones donde se entremezclan subtramas con dosis similares de comedia, drama y una mirada coyuntural no demasiado comprometida con aquello que cuentan las imágenes. Como ejemplo de un cine híbrido y de corto vuelo, Un amor imposible se destaca sólo por un par de escenas románticas de la pareja central, confirmando su anacronismo sin vueltas y su autoconsciente mirada näif que recuerda al cine clásico. Tal como si se estuviera mirando una comedia romántica del Hollywood de los años cincuenta o de décadas anteriores.
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  • Prometeo
    Prometeo
    Tiempo Argentino
    ¿Sueñan los ingenieros con humanos?

    A 33 años de la filmación de Alien, el mismo director encaró la producción de una precuela que retoma muchas de las preguntas que no no fueron explicadas en ese film ni en las siguientes películas de la ya legendaria saga.

    La legendaria nave de carga Nostromo que investigaba una señal de socorro de una colonia ubicada en un planetoide desolado, los túneles cavernosos diseñados por el artista plástico Hans Rudolf Giger, la baba asquerosa impregnándolo todo, los rostros de los cadáveres en una última mueca de terror, los huevos humeantes a punto de vomitar sus crías letales, y sí, el bip-bip de los aparatos que registraban una presencia que no debería estar allí pero estaba y que de pronto se descolgaba de un techo o salía del piso para almorzar con su formidable doble mandíbula a los pobres infelices de turno –que hay que decirlo, tampoco debían estar allí– mantener alguno vivo en función incubadora y claro, combatir y a la vez coquetear con la sensual Ripley, en bombacha y dispuesta a arruinarle el banquete.
    Desde sus comienzos en 1979, la saga de Alien sentó las bases de un universo terrorífico plagado de criaturas perfectas, bellamente siniestras en su cometido de masacrar a todos los seres humanos que tuvieran a mano e intentando llegar a la Tierra para continuar la tarea a gran escala. El responsable fue Ridley Scott, un director que recibió el encargo de Alien - El octavo pasajero, que tres años después hizo nada menos que Blade Runner (1982) y abandonó la ciencia ficción. Hasta ahora.
    El origen del depredador perfecto –cuerpo casi blindado, sangre ácida– siempre fue un enigma y Prometeo viene a ser el comienzo de una respuesta que aunque Ridley Scott afirmó una y otra vez que no se trata de una precuela, seguramente se extenderá por un par de películas más hasta enlazar, cronológicamente hablando, con el primer título de la saga.
    Unos cuantos años ante de que el bicho hiciera su aparición triunfal desde el vientre del oficial Kane en El octavo pasajero, la nave de exploración Prometeo llega a un planeta con un grupo de científicos comandados por doctora Shaw (la sueca Noomi Rapace, bien lejos de la Lisbeth Salander que compuso para la saga Millennium), en busca de los orígenes de la humanidad. Shaw cree que unos seres de una civilización infinitamente avanzada, “Los ingenieros”, fueron los creadores de los seres humanos, mientras como en un mantra circular, allí está la poderosa corporación con sus ocultos intereses que financia el viaje representada por la fría Meredith (Charlize Theron) y el inquietante androide David (Michael Fassbender, el crítico de cine de Bastardos sin gloria) y los tripulantes que acompañan de mala gana por apenas un sueldo.
    El grupo descubre a una criatura gigantesca, uno de los ingenieros –que remite al traje espacial fosilizado con un agujero en el pecho que encontrarán en el futuro la expedición del Nostromo–y luego se topan, por así decirlo, con otra de las creaciones genéticas de estos seres, infinitamente más letales y que por lo visto, tampoco respetan a sus creadores.
    Con una fuerte línea argumental que apunta al pecado de la manipulación y la soberbia sobre los que juegan a ser Dios, Prometeo sienta dignamente las bases de la precuela y como todo buen adelanto, incita la curiosidad del espectador sobre qué pasará en las siguientes entregas. Nada mal para una saga que en poco más de 30 años parecía que había dado todo de sí.
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  • Mi semana con Marilyn
    Mi semana con Marilyn
    Tiempo Argentino
    Una actriz tan frágil como una estrella

    Michelle Williams interpreta magistralmente a Marilyn Monroe en este film dirigido por Simon Curtis. La historia, basada en un libro de Colin Clark, se centra en la época en la que el escritor conoció a la diva de Hollywood.

    Para el momento que fue convocada por Laurence Olivier para protagonizar El príncipe y la corista (1957), Marilyn Monroe había hecho un puñado de películas –La comezón del séptimo año, Cómo pescar a un millonario, Los caballeros las prefieren rubias–, estaba casada con el famoso dramaturgo Arthur Miller –luego del beisbolista Joe Di Maggio, el guionista Robert Slatze y James Dougherty, un militar–, pero por sobre toda las cosas, se había convertido en un producto hollywoodense, atiborrada de pastillas para soportar la fama, la falta de afecto y la soledad. En ese contexto, Monroe llega a Inglaterra en el pico de sus inseguridades para trabajar con Olivier, el actor y director británico formado en la maciza escuela shakesperiana.
    Mi semana con Marilyn, basada en el libro homónimo de Colin Clark, se centra en el período en que como asistente de dirección, el joven Clark (Eddie Redmayne) estuvo en contacto con la estrella en el set, la adoró en cada una de sus equivocaciones, la consintió en su legendaria falta de puntualidad, se encandiló cuando vio la magia que podía lograr frente a la cámara, pero además, fue testigo de su intimidad, de la devastadora fragilidad de Norma Jeane Baker que ya no podía desprenderse del traje de Marilyn.
    Para el desafío de explorar una faceta desconocida de Marilyn, el director Simon Curtis contó con la extraordinaria Michelle Williams, en un trabajo lleno de matices que alumbra la fragilidad del personaje. La interpretación de Williams (La isla siniestra, Blue Valentine - Una historia de amor, Secreto en la montaña) es tan brillante, que al igual de lo que pasaba con la propia Marilyn, cada vez que aparece en pantalla el resto de los actores –principalmente Kenneth Branagh que compone a un envarado Olivier– se convierten en objetos opacos, apenas cabezas parlantes que enhebran el relato, un engorroso compás de espera hasta que Marilyn/Williams se hace presente.
    Pero también, la notable performance de Michelle Williams no hace más que resaltar la intención del film, que se propuso y logró dar cuenta de la extraordinaria actriz que fue Marilyn Monroe, casi un acto de justicia histórica después de que por décadas fue considerada apenas como un objeto sexual. En ese sentido no está de más recordar lo que dijo Billy Wilder sobre Marilyn, a la que dirigió, aborreció y amó en Una Eva y dos adanes, inmediatamente después de El príncipe y la corista: “Era el infierno, pero valía la pena.”
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  • Abrir puertas y ventanas
    Abrir puertas y ventanas
    Tiempo Argentino
    Tres mujeres con un futuro ahí afuera

    La multipremiada opera prima de Milagros Mumenthäler narra la historia de tres personajes, en una sola locación, obligados a construir una salida posible a la pérdida y la ausencia. Intimista y personal apuesta argentina.

    Desde el principio mismo, la apuesta de Abrir puertas y ventanas es arriesgada: tres protagonistas, una sola locación y el desafío de contar el crecimiento de cada uno de los personajes, que se ven obligados a la incertidumbre de construir un futuro posible desde la pérdida y la ausencia. De llegar los más indemnes posibles al mundo adulto. Sin embargo, Milagros Mumenthäler logra su objetivo con una infrecuente madurez narrativa para una opera prima que entre otros premios, el año pasado se alzó con el Leopardo de Oro en el Festival de Locarno y con el Ástor de Oro en Mar del Plata.
    Marina (María Canale), Sofía (Martina Juncadella) y Violeta (Ailín Salas) crecieron sin padres y la única referencia a la mirada y a la contención adulta proviene de Alicia, la abuela fallecida hace poco. La película centra su mirada sobre ese instante extendido de un verano agobiante, del paso del tiempo, del tránsito entre el duelo de las tres chicas, de la convivencia sin un árbitro para los pequeños conflictos cotidianos y el afuera cargado de desafíos que inevitablemente cada una de ellas va a tener que transitar.
    Mumenthäler va construyendo la atmósfera de capas opresivas que la mayoría de las veces puebla la casona y algunos momentos luminosos entre las tres hermanas a través de la dosificación de la información, con una puesta elegante y elusiva, que acentúa el encierro a partir de algunas pocas referencias que siempre está fuera de campo pero que acentúan el conflicto que se desarrolla puertas adentro. Y es esa falta de elementos para reconstruir el pasado de las chicas es lo que hace más curiosa y fascinante la búsqueda de la unicidad de cada uno de los personajes, un trío que lo será para siempre, aun cuando se separen.
    Los conflictos derivados de los ánimos cambiantes, los celos, la competencia, la carga erótica que se dispara a partir de la cercanía de un joven vecino (Julián Tello), son todos elementos que dan cuenta de un verano melancólico pero fundamental, que en el futuro las hermanas recordarán como un instante decisivo.
    En ese sentido Abrir puertas y ventanas es un relato que en muchos momentos se equipara con los climas intimistas de la obra de Lucrecia Martel y en menor medida con Celina Murga, es decir, Mumenthäler dialoga de igual a igual con el mejor cine argentino de los últimos años.
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  • El puerto
    El puerto
    Tiempo Argentino
    Un mundo menos peor, sin prejuicios

    La última obra del prestigioso director Aki Kaurismäki ganó un premio en el festival de Cannes del año pasado y ahora llega a nuestro país. Una mirada lúcida y sensible sobre el problema de la inmigración ilegal en Francia.

    Desde el comienzo mismo del cine existen todo tipo de películas en un amplio abanico que abarca a las extraordinarias, las ordinarias, las genialidades y las miserables, pero pocas que puedan entrar en la categoría de films felices. De esa hipotética lista forma parte El puerto. Presentada en el Festival de Cannes del año pasado y ganadora del Premio Fipresci de la crítica, el film de Aki Kaurismäki (Luces al atardecer, El hombre sin pasado) es una obra maestra que, como siempre en el director finlandés, centra su mirada en la problemática político-social, esta vez desde la inmigración ilegal africana en territorio francés.
    El drama de los desesperados que llegan a la opulenta Europa para construirse un futuro está contado a través de Marcel (André Wilms), un hombre ya mayor que en el film se sugiere que en el pasado fue escritor y que en el presente se gana la vida como lustrabotas en el puerto, y con las pocas monedas que logra reunir día a día vive dignamente con Arletty (Katy Outinen), su mujer, que arrastra una enfermedad terminal que oculta a su esposo. La apacible vida de Marcel, que parece satisfecho con su existencia, se divide entre el escaso trabajo, su hogar y un bar del barrio que alberga unos cuantos personajes curiosos, se trastoca cuando encuentra a un niño africano –“¿Estoy en Londres?”, le pregunta con el agua a la cintura al sorprendido Marcel, que almuerza en una escalinata en el puerto–, que llegó hacinado al país con otros miserables en un contenedor y escapó de las autoridades de migración.
    A partir de allí, Marcel da refugio al niño que intenta llegar a Inglaterra para reunirse con el resto de su familia, elude a un policía (Jean-Pierre Darrousin) en plan de film noir y divertidamente desproporcionado para la búsqueda de un indocumentado, mientras cuida a su mujer sin saber que está gravemente enferma. Y poco a poco, en ese barrio apartado de casitas bajas y gente humilde, empieza a surgir la solidaridad, el amor por el prójimo y una humanidad a prueba de los cinismos más blindados.
    Narrada en un tono de cuento de hadas, El puerto pone en aprietos la tarea de describir la felicidad que produce cada uno de los instantes que está en pantalla, donde las mejores cualidades del hombre emergen libres de todo prejuicio y cálculo, donde el humor, los homenajes a glorias del cine francés como Jean-Pierre Léaud y Pierre Étaix, conviven sin dificultad con la necesidad de retratar a varios, muchos personajes nobles que trabajan, se enamoran y hacen suyas las causas perdidas pero que creen justas.
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  • Elefante blanco
    Elefante blanco
    Tiempo Argentino
    La opción de pelear por el cambio

    La nueva película del director Pablo Trapero cuenta con la actuación de Ricardo Darín, Martina Gusmán y el belga Jeremie Renier, en una historia donde el protagonista es un cura que sigue la línea del Padre Mugica.

    Luego de Carancho y Leonera, Pablo Trapero completa con Elefante blanco lo que podría denominarse un tríptico sobre los temas sociales que le interesan.
    La película cuenta la historia del padre Julián (Ricardo Darín) que va en busca de Nicolás (el belga Jeremie Renier, protagonista de varios films de los hermanos Dardenne), que escapó de una matanza de pobladores indígenas en el Amazonas. La intención de Julián es que su discípulo lo suceda y que continúe su obra junto a Luciana (Martina Guzmán), una asistente social tan involucrada como él con los pobres.
    Si Leonera abordó la cuestión carcelaria desde una mujer acomodada que cae en un sistema preparado para recibir únicamente a los que no tienen nada, y en Carancho dos profesionales son parte de un esquema que se sirve de los humildes para sacar provecho, en Elefante blanco el director muestra el trabajo de dos sacerdotes y una asistente social que optaron por el compromiso y la voluntad, muchas veces comprensiblemente vacilante, de pelear por el cambio en medio de la miseria y la lucha territorial de los narcotraficantes. Es decir, lejos de espiar la realidad de las villas miseria, con rigurosa honestidad decide contar una situación dolorosa y agobiante desde la perspectiva de tres personajes de clase media, a la que el propio Trapero pertenece.
    Tácitamente se espera que Sudamérica sea el proveedor de imágenes y relatos fuertes que tengan que ver con la marginalidad, el crimen y la pobreza. Esta tendencia se potencia cuando el lugar de donde parte o se desarrolla la historia es una villa, barriada o favela. En ese sentido, la película testigo de esta situación es Ciudad de Dios, con la que Fernando Meirelles logró un suceso internacional a partir de su fidelidad a esa consigna no dicha con una estetización vergonzosa de la miseria.
    Por el contrario, Elefante blanco bien podría ser considerada el reverso del film de Meirelles, en tanto complejiza el problema social, político y económico que significa la pobreza conviviendo con la opulencia de los barrios más acomodados –pero fuera de campo, lo que intensifica la sensación de asfixia del entorno–. Pero lo más importante es que allí donde Ciudad... mostraba asesinatos de jóvenes con todo detalle, Trapero elude la espectacularidad de la violencia, más propia del show televisivo –como ejemplo vale mencionar una escena de un tiroteo en los pasillos de la villa, una lección de cómo tratar el tema– y se centra en las consecuencias de la marginalidad, en la solidaridad y el agobio de los que eligieron trabajar para cambiar el estado de las cosas.
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  • 35 Rhums
    35 Rhums
    Tiempo Argentino
    Una sutil combinación de sentimientos

    Cerca del maestro japonés Yazujiro Ozu, y del neorrealismo italiano, Claire Denis narra la historia de un padre y su hija, más cercana al corazón que a la reflexión. Con una puesta en escena de tinte melancólico y de gran impacto.

    Historia de un padre y su hija, con otros personajes solitarios alrededor, y trenes y bares también como protagonistas. Con sólo esos elementos, la directora francesa Claire Denis narra una historia que apunta a los sentimientos, al paso del tiempo y a la cálida relación entre un progenitor y su única hija. Pero Denis va más allá del rudimentario argumento, ya que elabora una puesta en escena que elige tonos melancólicos y asordinados para narrar conflictos mínimos pero de indudable impacto. Las referencias cinematográficas aluden al maestro japonés Yazujiro Ozu, en especial a uno de sus clásicos de los 50, Primavera tardía, minuciosa exploración sobre el Japón ancestral y el Japón moderno, es decir, el de los abuelos y padres y el de los hijos y nietos. Pero también, de acuerdo a las palabras de la cineasta, la historia de 35 rhums alude a su familia y a sus recuerdos, que en manos de semejante artista se transforman en la reconstrucción de hechos reales a través de la puesta en escena. Por esos caminos y elecciones estéticas, Denis expone las grietas que marcan el paso del tiempo –el padre a punto de jubilarse, la hija en pleno noviazgo–, convirtiendo a la trama en una sutil combinación de película japonesa de los años cincuenta (Ozu, Kurosawa) y film neorrealista italiano que no necesita caer en miserabilismos y sentencias lacrimógenas. Desde esa relación afectiva que vive su ocaso, aparecen otros personajes, vecinos de la pareja central, pero también habitantes solitarios de bares que compiten por el récord etílico al que alude el título.
    Curiosa y ecléctica directora Denis, ya es un nombre prestigioso que aparece en competencias de festivales de clase A. Pocas relaciones se establecen entre la morbosidad vampírica de Trouble Every Day, la sexualidad a flor de piel de Vendredi Soir y la intertextualidad que refiere al Godard de los ’60 como se observan en las imágenes de Beau Travail, por nombrar tres títulos de la directora estrenados en la Argentina. En 35 rhums, acaso por única vez, toma distancia de las invocaciones teóricas y de las referencias puntuales de los directores que admiró en su etapa cinéfila para contar una simple historia de sentimientos entre dos personajes opuestos y complementarios. Lejos de la reflexión y más cerca del corazón, 35 rhums es una vuelta de tuerca impensada para una directora de culto dentro del divagante panorama del cine francés.
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  • La separación
    La separación
    Tiempo Argentino
    Una pareja en conflicto de amor e ideas

    Con el sistema político iraní como telón de fondo, Asghar Farhadi construye una historia de divorcio, tenencia de hijos, jueces y un anciano enfermo. Además no esquiva la tensión entre una cultura milenaria y la modernidad.

    Un divorcio, la tenencia de una hija, las obligaciones con los mayores, un conflicto laboral, la pérdida de un hijo, todas estas circunstancias, hechos y tragedias están condensados en La separación –ganadora del Oscar a la mejor película extranjera–, que subordina desde el principio todos estos elementos a un conflicto original: el omnipresente Estado que pauta la vida de los habitantes de la República Islámica de Irán con derechos y obligaciones atravesados por la religión, en un galimatías indescifrable para el mundo occidental.
    La película comienza con una toma subjetiva del juez que escucha a la pareja. Ambos consiguieron la ansiada visa para partir al extranjero pero él cambió de opinión y argumenta, debe quedarse en el país para cuidar a su padre que sufre de Alhzeimer, mientras que ella se mantiene fiel al plan original y pide el divorcio y la tenencia de su hija ante la negativa de su marido. El magistrado escucha y les recomienda que lleguen a un acuerdo fuera de los tribunales.
    A partir de allí la película registra de manera casi magistral el clima que se va enrareciendo en ese micromundo del matrimonio. Mientras que la mujer se va a vivir a la casa de sus padres, el hombre se hace cargo del hogar y contrata a una mucama para cuidar al suyo, una decisión que desata una serie de eventos desgraciados.
    Porque la persona que se hace cargo del anciano es una mujer, porque está embarazada, porque tiene un marido desocupado, porque es de una clase social infinitamente menos acomodada que su patrón, y porque, además, cada uno de sus movimientos está regido por sus creencias religiosas.
    El ritmo de thriller que toma el relato luego del planteo inicial abandona por momentos a la pareja en conflicto y se centra en la mujer empleada, en su esposo sin empleo, en las nenas de ambos matrimonios que asisten perplejas a las contradicciones de sus padres. Luego la narración se interna en los pasillos del sistema judicial, vuelve a la pareja de clase media, pero en ningún momento pierde de vista que es el sistema político, social y sobre todo religioso que profundiza los conflictos, que desnuda la tensión constante entre una cultura milenaria y la modernidad que se cuela inevitable.
    Como casi todas las películas iraníes que llegan a Occidente, el relato de Asghar Farhadi habla de una sociedad inmersa en un sistema opresivo, sin embargo no hay que confundirla con un film-denuncia, por el contrario, la ambición de La separación es tratar de entender, interpelando a su sociedad con las preguntas correctas.
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  • La fuente de las mujeres
    La fuente de las mujeres
    Tiempo Argentino
    El camino de la lucha femenina

    Al igual que en el resto de las películas del director Radu Mihaileanu (El tren la vida, Ser digno de ser, El concierto), La fuente de las mujeres comienza con una tragedia que determina un cambio radical en los personajes y en el contexto en que se mueven.

    En este caso, el aborto de una mujer –que como todo el resto de las madres y esposas de los hombres de una aldea ubicada en el norte de África–, todos los días debe transportar el agua que consume su familia desde un manantial, donde su vida corre peligro diariamente en un camino casi inexistente en la empinada montaña.
    En un relato donde el drama y el humor se combinan equilibradamente, Mihaileanu emprende la tarea de narrar la historia de estas mujeres que un día declaran una huelga de sexo –la clausura del cuerpo, la única arma a blandir frente al machismo imperante– hasta que los hombres tomen su lugar en la peligrosa tarea, el primer paso para cambiar las condiciones de vida del pueblo.
    En suma, la apuesta arriesgada y si se quiere valiente del realizador rumano es intentar comprender cuáles son las características de la cultura árabe, atravesada por la religión musulmana, y en ese contexto, cuál es lugar de las mujeres.
    En ese sentido, la puesta logra su cometido. Pero necesariamente en el camino de limar cualquier arista sutil y compleja de una realidad ajena al mundo occidental en una historia centrada en la épica de estas mujeres que luchan por torcer las costumbres de una cultura patriarcal, la película pierde sustento. Sin llegar a banalizar el conflicto, la sensación es que luego de las más de dos horas que dura La fuente de las mujeres, el esfuerzo por eludir los inevitables estereotipos de la mirada ajena resultan efectivos a medias, en un film noble que rebalsa de buenas intenciones. Pero que no alcanza.
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  • Diario de un seductor
    Diario de un seductor
    Tiempo Argentino
    Aventuras bohemias en el Caribe

    En tono de comedia, el film recrea livianamente las historias del libro de Hunter S. Thompson.

    Existe, existió, algo denominado periodismo gonzo cuyo inventor y único cultor fue Hunter S. Thompson, un cronista que concebía su actividad desde la propia experiencia y la raíz del asunto periodístico. Ver e investigar para después contar era para el estadounidense el primer paso para sumergirse en el objeto de interés hasta el fondo, dejando pedazos de sí para que el resultado fuera auténticamente verdadero.
    Desde la cobertura de campañas presidenciales, pasando por una temporada en los márgenes con la banda de motociclistas Hells Angels, las notas de Thompson salteaban realidad y ficción y los textos que salían de su máquina de escribir marcaron una época.
    Entre las obras que llegó a escribir antes de suicidarse a los 67 años figura El diario del ron, un libro que registra su paso por Puerto Rico como periodista para varias publicaciones. Bruce Robinson adaptó para el cine la novela y que por alguna razón –que debe tener que ver con la categoría de galán de Johnny Depp–, se estrena en la Argentina como Diario de un seductor.
    La recreación de Robinson sobre las aventuras de Kemp, claro alter ego de Thompson, un escritor alcohólico que llega a Centroamérica para trabajar en un diario en ruinas, en el comienzo es fiel al libro, pero pronto se deja ganar por el tono de comedia que significa un grupo de borrachos nihilistas perdidos en el trópico que apuran sus páginas en la redacción para ahogarse en ron, lo verdaderamente importante.
    Depp, casi en plan del Jack Sparrow de la saga Piratas del Caribe en su versión alcohólica, compone al escritor puesto en periodista que primero ve con cierto estupor el ambiente que lo rodea. Después, en compañía del fotógrafo Sala (el gran Michael Rispoli), se sumerge como uno más de los personajes pintorescos y bohemios del staff del diario, pero pronto se ve involucrado en los negocios turbios de un grupo inversionista comandados por Sanderson (Aaron Eckhart) y en un romance que no aporta demasiado al relato.
    Diario de un seductor entonces es una transposición lavada de la prosa de Thompson, con algunos momentos interesantes y que puede ser tomada como la precuela de Pánico y locura en Las Vegas (Terry Gilliam, 1998), otra floja adaptación también protagonizada por Depp, aunque su puesta más lisérgica, definitivamente fue más coherente con el espíritu salvaje del escritor.
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  • El líder
    El líder
    Tiempo Argentino
    Hazañas en la naturaleza salvaje

    El líder, la nueva película de Joe Carnahan que se estrena hoy, llega a la pantalla con un relato efectivo y una serie de personajes muy definidos. Un film que recupera los espacios y la acción del cine de aventuras.

    En el desolado paisaje blanco de Alaska un grupo de hombres trabaja en una refinería de petróleo en condiciones extremadamente hostiles, tanto que hace falta la presencia de Ottway (Liam Neeson), un francotirador encargado de matar a los lobos salvajes que merodean por el lugar a la espera de que algún ser humano se descuide y se convierta en víctima.
    Cuando llega el momento del descanso, los hombres se trasladan a la ciudad de Anchorage pero el avión que los transporta se estrella en el medio de la nada y a partir de allí, el grupo liderado por Ottway, deberá luchar contra el frío, el hambre y sobre todo, a una manda de lobos que irán diezmando a los sobrevivientes.
    Desde siempre, el cine de aventuras tuvo una fuerte relación con el medio donde transcurre la acción pero a medida que el mundo se fue haciendo más chico y la civilización fue avanzando, las posibilidades del género se fueron acotando. Consciente de estas limitaciones y a partir de un cuento de Ian Mackenzie, “Ghost Walker”, el director Joe Carnahan se decide por un relato tan simple como efectivo, con un rápido y definido perfil de los personajes que justifica su presencia en ese lugar olvidado –con su carga de fracasos laborales, afectivos o de soledad– y donde la tensión dramática siempre en ascenso se concentra en la amenaza del medio.
    Es decir, ese grupo no debe estar allí, y la naturaleza se encarga de recordárselos a cada momento en esa especie de purgatorio blanco y despiadado.
    El líder del título del film, con su carga de tristeza infinita por la pérdida de su esposa, es el encargado de mantener vivos a ese grupo heterogéneo y desesperado de hombres. A ellos, por historia nadie les regaló nada, pero que de todas maneras deben probar de qué están hechos, frente a la manada de lobos que los persigue, presentados en la película como los custodios de la naturaleza salvaje ante la presencia extraña de los seres humanos.
    Una película masculina –al igual que el resto de la filmografía de Carnahan, como Brigada A, La última carta, Narc: Calles peligrosas y Sangre, balas y gasolina–, que trabaja con los códigos del sacrificio, el honor y la camaradería frente a un enemigo externo casi mitológico.
    Una película de aventuras, como las de antes.
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  • Tenemos que hablar de Kevin
    El origen del mal en un adolescente

    Aunque no hay razón para la tragedia, sí hay muchos avisos. Un inteligentísimo niño es el epicentro de un drama familiar al que es imposible encontrarle respuestas. Cruda e íncómoda historia sobre el núcleo duro del horror.

    Cuando transcurren los primeros minutos de Tenemos que hablar de Kevin, existe el peligro de llegar a la conclusión de que se trata de otra producción indie standard, con una cámara que no deja de moverse, cortes de planos como para acentuar algún momento dramático, preciosismo visual con tomas aéreas de un personaje abandonado a una situación casi onírica –como la escena de la protagonista llevada en andas y con los brazos en cruz en la tradicional tomatina en Valencia–, y por supuesto, el infierno de los suburbios, elemento central de buena parte del cine independiente de los últimos años.
    Sin embargo, el film de la escocesa Lynne Ramsay (El viaje de Morvern) es eso pero mucho más. Si con la lógica urgente dictada por las noticias los medios hablan de un nuevo “fenómeno” cuando uno o más chicos irrumpen en una escuela y matan a sus compañeros, desde el cine, Bowling for Columbine fue el intento de Michael Moore de responder sobre las causas de la tragedia, Gus Van Sant documentó el sinsentido del salto al horror de dos adolescentes-ejecutores en Elefante, y Ramsay se decidió por el núcleo duro del horror. El origen del mal.
    Para eso el relato se ubica en dos tiempos que se alternan, el penoso presente de Eva (la fantástica Tilda Swinton), que intenta seguir con su vida y vegeta en un empleo para el cual está sobrecalificada –mientras cada tanto debe limpiar la fachada de su casa de violentos graffitis escritos en rojo sangre y soportar agresiones en la calle de su amorosa comunidad–, y su vida como madre de Kevin. Un bebé difícil, un chico raro, un adolescente siniestro.
    Y no es que el hogar de Kevin haya la sido un infierno, no, apenas una casa en las afueras, con un padre amoroso aunque rabiosamente negador (John C. Reilly), una madre fría pero que se esfuerza por hacer lo correcto y una hermana pequeña que sí, también va a saber quién es Kevin.
    No hay razón para la tragedia que se avecina, aunque si muchos avisos. Ahí está el inteligente y pequeño Kevin que no abandona los pañales pero puede comunicarse como un adulto, también el que provoca los desastres hogareños de cualquier niño pero que curiosamente dirige con saña contra su mamá, o el que se concentra obsesivamente en un inocente juego de arco y flecha que luego se convierte en el pedido a su padre para que le compre un equipo profesional, y el adolescente que es descubierto masturbándose y sigue con la faena mirando fijamente a los ojos de su mamá.
    Lo cierto es que la primera impresión resulta apresurada cuando el packaging del comienzo se atenúa y encuentra el tono justo, para contar lo incontable de una historia incómoda, devastadora y sin respuestas.
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  • La suerte en tus manos
    La suerte en tus manos
    Tiempo Argentino
    Las segundas oportunidades

    Tras Dos hermanos, Daniel Burman volvió a coincidir con la edad de sus personajes.

    Son pocos los directores argentinos que pueden mostrar una carrera tan sólida como Daniel Burman. El responsable de películas inolvidables como Derecho de familia, El abrazo partido y Dos hermanos fueron parte de esa camada de realizadores del Nuevo Cine Argentino, pero también el que desde el comienzo mostró su obsesión por ofrecer un cine industrial con una realización cuidada que tuviera algo que decir.
    Esta capacidad de contar historias acompañó su crecimiento y si se quiere, cada uno de sus films respondió a una etapa de su vida. Sin embargo, a partir de El nido vacío, la narrativa de Burman da un salto con personajes cincuentones en crisis y se profundiza con Dos hermanos, una comedia irregular con dos protagonistas maduros como Graciela Borges y Antonio Gasalla.
    Con La suerte en sus manos, protagonizada por el músico uruguayo Jorge Drexler y Valeria Bertuccelli, vuelve a coincidir con la edad de sus criaturas, en un relato que se asienta sobre el tópico de las segundas oportunidades desde un cuarentón divorciado, sobrecargado de deberes y responsabilidades –dos hijos, una financiera– que decide someterse a una vasectomía para eliminar cualquier posibilidad de volver a ser padre y la relación que retoma 20 años después con el personaje de Bertuccelli, que vuelve al país desde Europa, termina un noviazgo que no va a ninguna parte con un francés y se reencuentra con su madre (Norma Aleandro), que la sigue ahogando como en su adolescencia.
    La posibilidad del amor en la edad madura, aun con las manías y costumbres de personajes con una vida recorrida –el poker como refugio acogedor en impersonales casinos de provincia, la obsesión por los hoteles alojamiento, el cinismo frente a una relación estable, algunos de los síntomas de la neurosis urbana– son los elementos con los que el director construye una historia deshilachada, que se rodea de una subtrama molesta como el regreso a los escenarios de la mítica trova rosarina de los años ochenta –con Juan Carlos Baglietto, Silvina Garré, Rubén Goldín y Adrián Abonizio incluidos– y no logra darle entidad a personajes secundarios perfilados a medias, como el de Gabriel Shultz como amigo del protagonista y en menor medida el médico que interpreta Luis Brandoni. E incluso la judicidad porteña como recurso eficaz de la comedia, un recurso que Burman maneja como nadie, aquí muestra una alarmante falta de timing.
    En definitiva, La suerte en tus manos no es una mala película, pero se podría especular que Burman no confió en su propio talento para contar una historia sencilla sobre el miedo al compromiso y sobrecargó al relato de elementos innecesarios.
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  • El guardia
    El guardia
    Tiempo Argentino
    Personajes en una cultura global

    Gerry Boyle (Brendan Gleeson) es irlandés y policía de un pequeño pueblo, aparentemente tiene una visión del mundo un tanto acotada, le gustan las prostitutas, tiene como informante y amigo a un excéntrico chico que recorre sus dominios en una ridícula bicicleta y a una madre (Fionnula Flanagan) que se está muriendo.

    Su rutina de accidentes en la ruta con adolescentes borrachos cambia con la llegada de Wendell Everett (Don Cheadle), un eficiente, metódico y enérgico agente del FBI que investiga una banda de narcotraficantes que hará una importante transacción en las costas de Irlanda.
    En los primeros minutos, planteado el choque entre Garry Wendell, podría pensarse que se está frente a una típica buddy movie –película de pareja dispareja, de dos protagonistas opuestos que terminan asociándose–, pero enseguida El guardia comienza a complejizarse, en principio con el rico perfil de los personajes, todos atravesados por la cultura globalizada lo que da pie a decenas de chistes sobre la cultura estadounidense vs la británica, la británica vs la irlandesa y la dublinense vs el interior profundo irlandés.
    El debutante John Michael McDonagh apuesta a la tradición del sardónico humor británico y deja que el relato entero descanse sobre el corpulento Brendan Gleeson, un gran actor “de carácter”, de esos que sostienen la escena mientras el protagonista hace lo suyo –ya sea Mel Gibson en Corazón valiente desmembrando ingleses imperialistas o Cillian Murphy liderando un grupo de sobrevivientes en un mundo plagado de zombies en Exterminio–, y que aquí demuestra su oficio en una comedia triste y compleja, con sutilezas e inteligente en sus elecciones. Una joyita que llega a la cartelera en medio de prepotentes tanques millonarios sin alma.
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  • El precio de la codicia
    El precio de la codicia
    Tiempo Argentino
    En las vísperas del fin del mundo

    Con ritmo de thriller, el director debutante J. C. Chandor cuenta los entretelones de una empresa a punto de hacer crac. El extraordinario elenco incluye a Kevin Spacey, Paul Bettany, Jeremy Irons, Demi Moore y Stanley Tucci.

    La crisis financiera que se hizo explícita hace poco más de dos años en los Estados Unidos, y que luego se extendió por buena parte del planeta, fue abordada por varias películas recientes. Sólo para citar dos ejemplos, ahí están Wall Street 2: El dinero nunca duerme, en donde el tema se trata de manera colateral porque el núcleo del relato es el legendario Gordon Gekko, y la excelente miniserie Too Big to Fail, que cuenta el gigantesco salvataje de los grandes imperios financieros al que se vio obligado la reserva federal estadounidense.
    El precio de la codicia, del debutante J. C. Chandor, centra su mirada en la primera alarma del inminente crac en una empresa de corredores de bolsa, que a su vez es parte de una poderosa corporación. En medio de una de los habituales reestructuraciones –léase despidos masivos–, mientras junta sus cosas antes de abandonar la empresa, Eric Dale (Stanley Tucci) trata de advertir a sus compañeros que un estudio que está por terminar sobre las proyecciones financieras de la empresa demuestra que la crisis es inminente. Sólo Peter Sullivan (Zachary Quinto) toma en cuenta el aviso, hace sus propios cálculos, confirma la hipótesis y comienza a subir la cadena de mandos para que se tomen medidas.
    Con ritmo de thriller que aumenta su intensidad a medida que transcurren las horas de una noche que parece eterna, los diferentes directores de área, encargados regionales, y finalmente el presidente de la corporación, se van enterando de lo que va a pasar en el comienzo de las actividades de la mañana siguiente, mientras comienza a tomar forma el plan para desprenderse de las acciones basura y así resguardar a la empresa, sin miramientos por la ola de despidos y las consecuencias sociales que producirán sus decisiones.
    Con un elenco extraordinario que incluye a Kevin Spacey, Paul Bettany, Jeremy Irons, Demi Moore, Stanley Tucci y Simon Baker, cada uno encarnando a personajes bien delineados y llenos de matices, el film muestra la cínica voracidad empresaria, la lógica implacable que traslada las culpas de la timba financiera a los millones de infelices que sostienen al sistema, consumiendo más allá de sus ingresos y sumando hipotecas que no pueden afrontar.
    Transcurridas las casi dos horas de relato, el mayor mérito de El precio de la codicia es mostrar el complejo mundo financiero con diálogos inteligentes y una tensión siempre en aumento, pero sobre todo, trazar un perfil humano de los protagonistas aun cuando esos rasgos incluyan la codicia, la crueldad y el salvajismo disfrazado de la civilidad que marcan los elegantes trajes a medida.
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  • Amor por siempre
    Amor por siempre
    Tiempo Argentino
    Reacciones ante el final cercano

    Kate Hudson y Gael García Bernal son los protagonistas de esta comedia romántica con un duro trasfondo: a ella le descubren cáncer. Elementos varias veces recorridos en otros films.

    Marley Corbett (Kate Hudson) tiene una exitosa carrera en el mundo de la publicidad, está rodeada de amigos que la quieren, deposita su amor en una sobrina, y mantiene esporádicos y funcionales encuentros sexuales con diferentes hombres, convencida de que una relación estable no es para ella, tal vez influida por la sombra del fracaso del matrimonio de sus padres.
    Todo ese tinglado más o menos efectivo se revela frágil e insuficiente cuando se le diagnostica un cáncer terminal. A partir de allí, lo que resta es preparar la despedida, hacer las paces con su historia familiar y bucear en su interior a ver si es capaz de aceptar el amor sincero que le ofrece su médico, Julian Goldstein (Gael García Bernal) en el último tramo de su vida.
    La idea de que una enfermedad terminal puede ser el camino para encontrar el sentido a la vida no es nueva para el cine y siempre fue un buen punto de partida dramático para explorar las reacciones ante el final cercano, tanto de quien sufre en carne propia los avances de la dolencia, en general cáncer, como de su entorno y cómo se preparan para el desenlace trágico.
    En los últimos años, la cuestión fue abordada desde otros ángulos, principalmente desde el humor negro. Sólo para citar las más cercanas en el tiempo, ahí está la efectiva 50/50, de Jonathan Levine, con Joseph Gordon-Levitt y Seth Rogen; Antes de partir, de Rob Reiner, con Jack Nicholson y Morgan Freeman; y la extraordinaria producción de HBO, Big C, con Laura Linney.
    Lo cierto es que Antes de partir concentra bastante de estos títulos, pero el tono liviano resulta forzado en tanto inevitablemente se inclina más por el drama del tipo Mi vida sin mí (Isabel Coixet, 2002), aun cuando en el esfuerzo de encaminar el relato hacia otro lado se animen incluso a un par de excursiones por el cielo, que incluye a una Whoopi Goldberg en su fase más odiosamente canchera, en plan James Mason en El cielo puede esperar, el recordado film de Warren Beatty.
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  • Tan fuerte y tan cerca
    Tan fuerte y tan cerca
    Tiempo Argentino
    Una historia a puro efecto... lacrimógeno

    El film dirigido por el inglés Stephen Daldry narra la historia de un niño que pierde a su padre en los atentados del 11-S en Nueva York. Una llave será el tesoro que lo conduzca en una búsqueda por conocer algún secreto familiar.

    Entre los títulos que abordaron la tragedia del 11-S, fueron pocos los que se animaron a centrar su mirada en el drama en particular, y fueron aun menos los que se animaron al después de una familia, esto es, las consecuencias hacia adentro de la pérdida de un ser querido cuando las Torres Gemelas se derrumbaron por el atentado terrorista.
    Pues bien, Tan fuerte y tan cerca se ocupa del tema, y la aprehensión sobre un film sobre la catástrofe, que necesariamente debía trabajar con sumo cuidado y respeto para no derrapar en sensiblerías y manipulaciones, confirma minuto a minuto, escena por escena, todos los temores previos.
    El director que se ocupa de la sucia faena es el inglés Stephen Daldry Billy Elliot, Las horas, El lector, que en este caso da fe de su paso a las grandes ligas hollywoodenses con una película que busca en cada momento y con todos los recursos innobles que encuentra, impactar al espectador desde la triste historia de Oskar Schell (Thomas Horn), un niño que perdió a su padre (Tom Hanks) en las Twin Towers. Por esas genialidades del guión a cargo de Eric Roth –y del libro de un tal Jonathan Safran Foer–, el centro del relato es una llave que encuentra Oscar en el armario de su papá y que él supone que será la clave para alguna clase de revelación sobre la pérdida, el crecimiento y el porqué de lo que le está sucediendo.
    Cada vez más alejado de su madre (Sandra Bullock), el pequeño recorre de punta a punta Nueva York para encontrar la cerradura de la misteriosa llave, lo que le permite al director hacer algo así como un muestreo de las almas sensibles de la gran ciudad que escuchan la historia del pequeño, que continúa la búsqueda acompañado por su abuelo (Max Von Sydow) mudo y sobreviviente de la II Guerra Mundial. Como para dejar en claro, y que en ningún momento se dude, que cada generación tiene su propia y monstruosa tragedia colectiva.
    En paralelo, mientras la película martilla una y otra vez con los últimos mensajes que dejó el padre en el contestador y las fotos ampliadas de una persona lanzándose de los edificios que Oskar cree que puede ser él, también se ocupa de la difícil relación que mantiene con su madre, que vigila su búsqueda en silencio.
    Las poco más de dos horas de la película son entonces un recorrido por los sentimientos a flor de piel buscados con ahínco por Daltry, que sabe el efecto que puede causar la música, los ojos tristes de un niño, las caras de la gente “común”, los diálogos justos que generan emoción. La manipulación más desvergonzada.
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  • El Artista
    El Artista
    Tiempo Argentino
    Donde todos aman al viejo Hollywood

    El cliché de la fábrica de sueños que significó Hollywood desde el comienzo del cine, muchas veces estuvo contrarrestado por otro cine, en lo posible de procedencia europea y mejor aun si la marca de fábrica era Francia. Esta falsa dicotomía es, entre otras cosas, una de las razones sobre el desmesurado éxito de El artista, una película-homenaje que trabaja inteligentemente sobre la historia del cine estadounidense en un juego de espejos que convalida ambas cinematografías y marca el contexto imprescindible para que el film haya traspasado largamente la pantalla, transite triunfante un camino de premios a granel y se instale en la categoría de evento cinematográfico imperdible.
    Se trata, entonces, de una historia de cine dentro del cine, ubicada a fines de la década del ’20, cuando las películas comenzaron a tener sonido y cambió para siempre el paradigma, dejando en la calle a muchas figuras que no pudieron dejar el mundo silente, incapaces de adaptarse a la modernidad.
    El relato, filmado en un luminoso blanco y negro y por supuesto mudo, va desgranando cada una de las postas históricas del Hollywood más estereotipado –aunque no por eso menos real y verídico–, esto es, el sistema de estudios que imponía estrellas como el protagonista George Valentin (Jean Dujardin), la chica que quería triunfar encarnada en Pepy Miller (Bérénice Bejo, nacida en la Argentina y nominada al Oscar como mejor actriz de reparto), la gestualidad exagerada que suplía la falta de sonido, las películas de aventuras a cargo de directores europeos que hicieron carrera en los Estados Unidos y sobre todo la puesta, que recrea una forma de hacer cine que ya no existe.
    Así, la fama y el prestigio de Valentin se evaporan cuando la voz de los actores comienza a tener protagonismo –hay una gran escena donde se aborda en todo su dramatismo su tragedia, introduciendo el sonido en el relato mientras el protagonista intenta sin éxito hacerse oír–, en un recurso desesperado decide invertir toda su fortuna en un film bien alejado de la novedad sonora que fracasa estrepitosamente, mientras su protegida, la joven y glamorosa Pepy Miller, a la que él le dio su primera oportunidad frente a la cámara, se convierte en una estrella.
    Al recrear hasta los mínimos detalles una época con los elementos de esos años donde el cine cambió para siempre, el film del francés Michel Hazanavicius muestra una alta dosis de cálculo que tiene como fin que el producto final sea del agrado de todo el mundo. Y está bien, al menos en este caso el consenso buscado con desesperación tiene muchos méritos artísticos y respeto por el espectador.
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  • La dama de negro
    La dama de negro
    Tiempo Argentino
    Ajustada recreación del género

    Basada en la popular novela de Susan Hill, que anteriormente fue llevada a la pantalla chica y al teatro, la legendaria productora de cine Hammer armó esta producción que cuenta con el actor de Harry Potter al frente.

    Desde la década del ’30 y hasta los comienzos de los años ’50, el cine estadounidense estuvo dominado por el sistema de estudios, un puñado de empresas que producían películas, instalaban estrellas, marcaban tendencias, donde cada una de las majors estaba especializada en un género. Este modo de producción se trasladó a todo el mundo y es así que –en Inglaterra– la Hammer, fundada en 1934, basó la mayor parte de su producción en títulos que abordaban la ciencia ficción y el terror gótico, que popularizaron actores legendarios como Vincent Price Christopher Lee y Peter Cushing.Pues bien, la compañía volvió al ruedo hace unos años y después de algunos tropiezos decidió volver a las fuentes y encaró la realización de La dama de negro a James Watkins, director y guionista de la muy digna Eden Lake (de 2008).La película está basada en La dama de negro, el clásico instantáneo que significó la novela de la enormemente popular escritora inglesa Susan Hill, que fue llevado a la televisión, tuvo numerosas puestas teatrales y finalmente llegó al cine.La adaptación de Watkins hace honor al legado de la Hammer Productions, con una puesta sugestiva y sobria sobre el infierno que debe atravesar el joven abogado londinense Arthur Kipps (un correcto Daniel Radcliffe), que viaja al interior profundo inglés para resolver los papeles de un cliente recientemente fallecido, que entre otros bienes deja una inquietante mansión. El protagonista, prematuramente viudo cuando su esposa murió en el parto de su hijo, solo y con el telón de fondo de un pueblo aterrorizado por la presencia de la casona y sobre todo por los secretos que esconde, empieza a descubrir a través de distintos documentos una historia trágica que se materializa a través de un espectro, en una maldición que inesperadamente involucrará a su ser más querido.Con varios elementos victorianos que remiten al libro Otra vuelta de tuerca de Henry James, a la atmósfera asfixiante y tenebrosa de Los otros, de Alejandro Amenábar, La dama de negro cumple con la premisa de resucitar el terror gótico con un despliegue visual ajustado, atravesando cada uno de los tips del género y resignificándolos en el presente, aunque a veces de manera demasiado conciente, pero sin ninguna duda bien lejos del cine de terror en su vertiente más sádica que impera desde hace unos años.-
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  • La dama de hierro
    La dama de hierro
    Tiempo Argentino
    Recuerdos de una anciana en su laberinto

    En su vejez y con los primeros síntomas del Alzheimer, esta biopic repasa la historia de la polémica ex primer ministro inglesa a través de flashbacks donde no falta un tramo dedicado a su decisión en la Guerra de Malvinas.

    A sólo una semana de J. Edgar, la biopic sobre el jefe máximo del FBI por casi medio siglo, llega el estreno de otra biografía, La dama de hierro, que aborda a un personaje igualmente inasible como la ex primer ministro de Gran Bretaña, Margaret Thatcher.

    Y si bien ambas películas trabajan sobre el género con dos personajes poderosos, de feroz extracción conservadora y con sendos intérpretes excepcionales como Leonardo DiCaprio y Meryl Streep, aunque las comparaciones sean inevitables, ahí se acaban las semejanzas.

    Donde el maestro Clint Eastwood se interna en la vida pública y privada a partir de un ambicioso retrato del misterioso Hoover sin juzgarlo pero señalando sus muchos claroscuros, la directora Phyllida Lloyd, que tiene como único antecedente la vergonzosa Mamma mia!, opta por una Margaret Thatcher de “interiores”, que en su vejez y con los primeros síntomas del Alzheimer, vaga por su casa, sostiene conversaciones con su difunto esposo (Jim Broadbent), maltrata a su hija Carol (Olivia Colman) y recuerda a través de varios, numerosos, muchos flashbacks, sus comienzos en la política como la hija de un almacenero que se abrió paso entre los machistas tories para hacer escuchar su voz –una épica contada de manera acuosa, sin fuerza–, y algunos hitos de su gestión: los interminables ajustes económicos en los que creyó ciegamente, las privatizaciones en el sector minero y el enfrentamiento con los sindicatos, la lucha contra el IRA, el rechazo al euro y, por supuesto, la Guerra de Malvinas, uno de los pocos tramos de la película contados con el timing justo, que incluso muestra una investigación documentada y seria sobre el tema.

    Es decir, La dama de hierro es en su mayor parte una construcción, cómoda si se quiere, sobre los meandros mentales de la ex mandataria inglesa, que no profundiza demasiado en su desempeño político durante los 12 años que estuvo en el poder –donde dicho sea de paso, no hay menciones al desastre social en el que sumió a Gran Bretaña y el protagonismo que tuvo junto a Ronald Reagan en reinstalar el orden conservador a nivel global–, miedosa de que se la acuse de alguna definición ideológica y lo que es peor, que en su impotencia, indecisión y falta de rumbo narrativo encuentra el recurso obvio de apoyarse casi exclusivamente en la brillante performance de Meryl Streep, en un papel donde puede desplegar todos sus recursos interpretativos y que probablemente le alcancen para alzarse con otro Oscar. Bien por ella. ¿Y?
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  • J. Edgar
    J. Edgar
    Tiempo Argentino
    El guardián de la nación

    Un funcionario que sobrevive 48 años al frente de un organismo como el FBI definitivamente tiene mucho que contar, y justamente los secretos y manejos que tuvo durante esa increíble cantidad de tiempo lo convierten en un extraordinario sujeto cinematográfico. Y mucho más si el personaje logró la hazaña de permanecer en las sombras.
    J. Edgar Hoover ejerció y abusó del poder durante casi cinco décadas como director de la Oficina Federal de Investigación, la agencia estadounidense de seguridad nacional que construyó e hizo poderosa desde su perseverancia, inteligencia y megalomanía. Y Clint Eastwood decidió encarar su retrato desde una biopic clásica, que si bien es un género muy transitado y con respecto a personajes políticos tiene una larga tradición –desde El joven Lincoln, pasando por JFK o la más reciente W (ambas de Oliver Stone), sólo para mencionar algunas–, el vigoroso director octogenario hace honor al género pero desde la intimidad del protagonista, con acciones públicas que estuvieron firmemente imbricadas con su formación y la opresión de su entorno.
    En la piel de Hoover, el cada vez más preciso Leonardo Di Caprio interpreta al opresor que naturalmente tiene una faceta reprimida y que traslada toda su energía a su trabajo, primero bajo la severa y omnipresente madre (Judi Dench) y después en su tormentosa relación con su asistente Clyde Tolson (Armie Hammer).
    En los claroscuros del personaje, enfatizados por la fotografía de Tom Stern, el maestro norteamericano da cuenta del fanatismo anticomunista de Hoover, de su obsesión por el poder que manejó en base al chantaje, a partir de conocer los secretos de cada personaje importante de la política estadounidense. Y también de la visión de incorporar los últimos adelantos de las técnicas criminalísticas –que entre otros casos le permitió resolver el secuestro del hijo del famoso aviador Charles Lindbergh– y la voluntad de convertir al FBI en un organismo eficaz para combatir el delito. Y claro, para perseguir a opositores al orden establecido.
    Si bien Eastwood es un conservador de la vieja escuela, el retrato que hace de Hoover no es para nada condescendiente con su figura. Por el contrario, si bien no juzga al personaje, se encarga de mostrar cada una de sus zonas oscuras, e incluso la película señala cómo el oscuro legado del que fuera el máximo responsable del FBI se trasladó hasta el presente, donde bajo el amplio paraguas de la “seguridad nacional”, se ejerce la paranoia y las prácticas más abusivas del poder.
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  • Secretos de estado
    Secretos de estado
    Tiempo Argentino
    Desde el barro de la campaña

    El actor y director George Clooney se mete en la piel de un gobernador candidato a presidente en un film que desentraña la miseria de la política y lo despiadado del poder.

    Como realizador de hasta ahora tres buenos films, múltiples acciones solidarias y declaraciones sobre el estado de su país, George Clooney demostró que es una de las estrellas de Hollywood comprometidas con su tiempo y especialmente preocupado por el resquebrajamiento de las bases morales de la sociedad estadounidense.
    En Confesiones de una mente peligrosa dio su visión sobre el mundo del espectáculo donde el todo vale es la norma, en la extraordinaria Buena noches... Y buena suerte –nominada en 2005 al Oscar como mejor película, mejor director y mejor guión– se internó en las consecuencias del macartismo en los medios y en el discurso predominante de los ’50 y su potente influencia en el oscurantismo de la política estadounidense actual, y hasta en la aparentemente inocua Jugando sucio –que en la Argentina fue directo a DVD–, el fútbol americano le sirvió para hablar del poder del negocio por sobre el deporte.
    En Secretos de Estado el actor y realizador decide ir al hueso del asunto, es decir, la política pura y dura representada por él mismo en el papel del gobernador Mike Morris, un candidato presidencial progresista con serias posibilidades de ocupar la Casa Blanca, que pelea la interna del Partido Demócrata ayudado por un equipo de campaña donde se destaca Stephen Meyers (Ryan Gosling), un joven, idealista y ambicioso jefe de prensa que descubre los sucios manejos del juego del poder a través de dos personajes extraordinariamente delineados: el jefe de campaña, Paul Zara (Philip Seymour Hoffman), y Tom Duffy (Paul Giamatti), el estratega del comando republicano.
    Tomando solamente el elemento de la rivalidad y los recursos para destruir al oponente, la película se sostiene con buen ritmo, pero Clooney, desde el guión basado en la obra teatral Farragut North, de Beau Willmon, y confirmando su visión desencantada de la política, hace hincapié en un devastador secreto del gobernador, que lo equipara con lo peor de sus rivales y destruye cualquier esperanza de estar ante un candidato diferente.
    En la larga tradición de los thriller políticos como Todos los hombres del presidente, Network: Poder que mata, El candidato, e incluso Todos los hombres del rey, el cuarto opus de George Clooney es un relato sobre las miserias de la política y lo despiadado del poder, pero que en su carácter denunciante, y si se quiere obvio, se convierte apenas en un film correcto y por debajo del resto de la filmografía del director.
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  • Un zoológico en casa
    Un zoológico en casa
    Tiempo Argentino
    Todos unidos por una causa justa

    Con las actuaciones de Matt Damon y Scarlett Johansson, la nueva película del prestigioso director Cameron Crowe (Jerry Maguire, Casi famosos, Vida de solteros) va más allá de su apariencia de film para chicos o comedia pasatista.

    Resulta curiosa una película como Un zoológico en casa, debido a los riesgos que toma y a la multiplicidad de tonos y géneros que aborda en sus dos horas. En principio, parece un film para chicos con una familia de protagonista y una importante fauna como soporte argumental pero, debido a sus bienvenidas intenciones, la trama va más allá de un producto Disney o de una comedia pasatista donde los humanos hablan con los animales, y también de un producto concebido por un Steven Spielberg adictivo a los momentos lacrimógenos con mayor o menor fundamento.
    Tal vez esto ocurre porque Cameron Crowe es el que está detrás de las cámaras, el mismo que hiciera Jerry Maguire y Vida de solteros, pero también la autocelebratoria Casi famosos, que hacía anclaje en el mundo del rock desde la óptica de un joven periodista, profesión que el director conoce al detalle por haber trabajado en la revista Rolling Stone. Dentro de esos códigos que ubican al realizador en una zona difusa del mainstream, la historia de Un zoológico en casa era digna de temer: un padre que enviudó hace meses (Matt Damon), junto a su hijo adolescente y su hija de siete años, decide mudarse a un lugar que viene acompañado de un zoológico… donde aún no hay jirafas. De ahí en más este particular clan se cruzará con los cuidadores del zoo (allí aparece Scarlett Johansson, que parece estar de visita turística durante la película), cuestión que llevará a que todos, unidos por la causa, se enfrenten con el inspector de turno que debe habilitar el lugar destinado a hacer felices a grandes y chicos.
    La película está basada en una historia real, la de Benjamin Mee, un inglés con su propio zoológico en el patio trasero de su casa, que aún está a cargo del predio junto a sus hijos. Se desconoce si Mee vio las películas de Frank Capra, por ejemplo el clásico ¡Qué bello es vivir! (1950), pero Crowe en más de una oportunidad se ha confesado admirador de aquel mundo edificante que fluctúa entre el voraz optimismo y una solapada negrura. Dentro de esa extraña cruza transcurre el film donde la viudez del protagonista, el costado oscuro de su hijo y la intención por recomponer a esta particular familia conviven con personajes que sonríen a pesar de los problemas, discutibles momentos donde el relato descansa en una atmósfera new age y un guión que hace hincapié en frases inteligentes y simpáticas de la pequeña hija del atribulado Mee.
    Pero Crowe, si se pasa por alto algún toquecito lacrimógeno y la invasiva banda de sonido de Jönsi, sabe cómo navegar en aguas tumultuosas. Para hacerlo de la mejor manera contó con un todo terreno como Matt Damon y un grupo de animales que en algunas escenas interactúan con placer con la familia Mee y los cuidadores del zoológico. Si hasta da la impresión de que también ellos van a sonreír a cámara.
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  • El juego de la fortuna
    El juego de la fortuna
    Tiempo Argentino
    El deporte no es ningún juego

    El mundillo del béisbol y una historia real protagonizada por Brad Pitt, en el rol del mánager de un equipo chico que compite con los grandes, es el eje de esta producción dirigida por Benett Miller, el mismo de Capote.

    Una de las características que hacen apasionante al fútbol es que se puede poner en la cancha el mejor equipo del mundo y aun así puede perder con cualquier escuadra de mitad de tabla para abajo. Ahora bien, según dicen los que saben, esta característica no se aplica en el béisbol, donde los mejores conjuntos, los que logran contratar a las estrellas, tienen el campeonato asegurado.
    Desde ese lugar comienza y se desarrolla El juego de la fortuna, una rara avis dentro del universo superpoblado de películas que abordan el deporte: sin héroes, sin redenciones, sin momentos culminantes donde la gloria o el escarnio se deciden en una jugada, y en este caso, sin un mísero hon ron.
    El film de Benett Miller (Capote) se construye a partir de la figura de Billy Beane (Brad Pitt), el mánager, si se quiere una figura periférica de las películas del género, que decide la compra y venta de jugadores a partir de los recursos con los que cuenta.
    Así, la película comienza con imágenes de un partido donde se sobreimprimen dos cifras, 114 millones vs 39 millones, es decir, sobre el diamante (la cancha) se impone el poderoso presupuesto de los New York Yankees frente a la tercera parte de dinero que puso Oakland Athletics en contrataciones.
    Frente al comienzo de una nueva temporada y con las estrellas del equipo compradas por equipos millonarios, Beane se enfrenta a un futuro donde deberá resignarse a que los Athletics se conviertan apenas en el semillero de los grandes. Pero en el tránsito entre la depresión y aceptar la Realpolitik del béisbol, se encuentra con Peter Brand (Jonah Hill), que le acerca una fórmula, una algoritmo, según el cual no necesariamente se debe contar con cientos de millones para contratar a los mejores, hay otros factores por los cuales ciertos jugadores olvidados y hasta mediocres, bien utilizados pueden dar lo mejor de sí para el humilde Oakland.
    Lo que sigue es una lección de capitalismo salvaje retratado con precisión por el film, donde se advierte la capacidad del brillante Aaron Sorkin en el guión, que logra llevar un tema poco transitado en el género –con un dispositivo similar a lo que ya había utilizado en la serie The West Wing con respecto a la política–, donde la moneda de cambio entre los clubes son los músculos, las lesiones y la vida útil de los protagonistas del juego, que como bien dice en un una línea el realista Beane, “son los que hacen que se vendan más entradas y más salchichas”.
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  • Año nuevo
    Año nuevo
    Tiempo Argentino
    Grandes figuritas en un débil guión

    La última película de Garry Marshall reúne a un elenco ultraconocido que se diluye en una historia coral difícil de digerir. Una mirada del cine que atrasa y que relaja la trama entre todos los clichés que el público pueda imaginar.

    Ante el estreno de Año nuevo, cualquier espectador al que todavía le interese quién es el que está a cargo del asunto va a notar que se trata de Garry Marshall y como la memoria es selectiva y a veces complaciente, se puede remontar a títulos del director que le pueden haber hecho pasar buenos momentos como Frankie y Johnny (1991) y Mujer bonita (1990), es posible que pueda incluir en el combo a Novia fugitiva (1999) y hasta es probable que en algunos casos lo ubiquen como el responsable de episodios decisivos de exitosas series de los ’70 y ’80 como Laverne y Shirley, Mork y Mindy, Los días felices y Extraña pareja.
    Ahora bien, también es cierto que ese hipotético espectador dispuesto a sopesar la posibilidad de pagar una entrada para ver Año nuevo apenas pueda hacer gala de una modesta a memoria a corto plazo y recordar que Marshall es el realizador de El diario de la princesa y El diario de la princesa 2, las películas que si bien lanzaron a Anne Hathaway a las grandes ligas, eran bastante modestas. Pero el problema serio se presenta cuando aparece en el repaso Día de los enamorados, estrenada apenas hace un año y que para muchos significó el adiós definitivo para cualquier film dirigido por el director neoyorkino.
    Y es que el fallido relato coral de Días de los enamorados se repite, corregido, aumentado y de manera alarmante en Año nuevo, con un elenco rutilante que no se entiende por qué se prestó para esta especie de parte ll del anterior opus de Marshall, que aquí van desde los clichés más clichés que cualquiera pueda imaginar, pasando por un patriotismo berreta y momentos intolerablemente cursis, en un compendio abigarrado y pretensioso ubicado en las vísperas de la llegada de 2012 en Nueva York.
    Así, dentro de la complaciente mirada de las segundas oportunidades, una de las marcas de fábrica del director, pasan por la pantalla problemas familiares, temas cruciales como la soledad en las grandes urbes, el siempre escurridizo amor y la muerte, claro, que sumadas a varias, muchas frases trascendentes, autoconocimiento, redenciones varias y momentos protagonizados por un congestionamiento de almitas atormentadas, hacen de Año nuevo un film difícil de digerir –aun con el esforzado trabajo que hace el elenco, impotente ante un guión flojísimo–, con una mirada del cine, del mundo en definitiva, que atrasa varias décadas.
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  • El precio del mañana
    El precio del mañana
    Tiempo Argentino
    Un film acerca del empleo del tiempo

    El planteo inicial de esta nueva realización del director Andrew Nicoll es interesante, pero la metáfora del capitalismo salvaje se agota rápidamente y la película opta por un thriller convencional y futurista.

    Hace apenas unos meses, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), programó un puñado de películas bajo el título de Distopías, que reflexionaban sobre posibles sociedades futuras cuyo funcionamiento se basa en diversas formas de control. En la lista figuraban títulos que iban desde La jetée (Chris Marker), pasando por Soylent Green (Richard Fleischer) e Invasión (Hugo Santiago), hasta Fahrenheit 451 (François Truffaut) y, claro, en tanto aborda las mismas cuestiones, El precio del mañana bien podría haber formado parte del ciclo, salvo que está bastante alejada de la calidad del resto de aquellos relatos extraordinarios.
    El film de Andrew Nicoll, que ya había incursionado con suerte diversa en futuros sombríos con Simone (2002) y Gattaca (1997), trata sobre una sociedad donde se acabaron las enfermedades y las personas detienen el proceso de envejecimiento a los 25 años. De ahí en más les queda un año de vida y cada cosa que consumen se paga con tiempo, es decir, segundos, minutos, horas o días, para adquirir desde una taza de café hasta un auto, mientras el contador que tienen implantado en el brazo va registrando las transacciones. Por supuesto, en este esquema hay miserables en una continua pelea por el tiempo y ricos que derrochan años enteros por un buen canapé de huevos de esturión. De ahí a la lucha de clases –que se plantea sólo al final– y la proliferación de viejos delincuentes con aspecto juvenil que le roban violentamente a los infelices la moneda de cambio en curso, hay un paso.
    El planteo inicial es interesante, pero la metáfora del capitalismo salvaje se agota rápidamente y la película opta por un thriller convencional, con Justin Timberlake saltando el destino del guetto para procurarse otro futuro y se encuentra con una viejita eterna encarnado en el vigoroso cuerpecito de Amanda Seyfried, una ricachona hastiada de privilegios que decide jugar a ser Robin
    Hood con el muchacho que no quería morir, mientras Cillian Murphy trata de impedírselos y hace de Cillian Murphy en el cine, es decir: personaje inquietante que nadie quiere tener de enemigo.
    Escenografía retro como para acentuar el peligro inminente que podría esperarle a la humanidad, diálogos trascendentes completan el cuadro de una película despareja, donde es lícito especular que muchos espectadores pensarán que el relato daba para más y que el tiempo es oro.
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  • Las acacias
    Las acacias
    Tiempo Argentino
    La austeridad de los afectos

    La opera prima del director Pablo Giorgelli viene precedida de varios premios internacionales y ahora se estrena en la Argentina. Esta suerte de road movie llena de pequeños detalles se ubica entre lo mejor del año.

    Cámara de Oro en Cannes, premio Horizonte en San Sebastián y mejor largometraje en Biarritz son sólo algunos de los galardones que preceden el estreno en la Argentina de Las acacias, una película que en su compleja simplicidad constituye toda una experiencia cinematográfica para cualquier espectador.

    El relato comienza con el plano de un bosque y el sonido de una sierra eléctrica haciendo lo suyo, mientras Rubén (Germán da Silva) espera para transportar la carga hasta Buenos Aires, adonde llegará siendo otro, o mejor, el mismo pero sin el lastre de décadas de áspera soledad.
    Porque a poco de iniciar el viaje, el protagonista recibe a Jacinta (Hebe Duarte) y a Anahí (Nayra Calle Mamani), su beba de apenas ocho meses, a las que va a tener que llevar en su viejo camión Scannia por encargo de su jefe. Y van a pasar varios minutos para que se conozca el nombre de las pasajeras y muchos más para que el malhumor de Rubén por la molesta compañía se vaya limando, para convertirse en otra cosa que sólo el tiempo dictaminará de qué se trata.

    La opera prima de Pablo Giorgelli va construyendo su narración lenta pero vigorosamente, en una road movie llena de pequeños detalles, donde la actitud de los cuerpos dentro de la cabina del camión va aflojándose trabajosamente a medida que se descuentan los kilómetros que faltan para llegar al destino, en un entramado que contiene pocas palabras, muchos gestos, unos pocos tips de información previa de los personajes, sobreentendidos decisivos y los lazos que trabajosamente se van edificando, en ese universo reducido que apenas se abre en estaciones de servicio y parrillas al costado de la ruta.

    La referencia inevitable es la obra de Abas Kiarostami, pero también el cine de Lisandro Alonso, en una puesta meticulosa y pensada en cada detalle y que sin embargo (y por eso mismo), deja lugar para los afectos, empezando por la extraordinaria nena, a la que se adivinan incontables horas a las ordenes de un paciente Giorgelli, y los adultos, dos potencias actorales a los que se les cree todo: ella como madre soltera buscando otro futuro, él con demasiadas horas en el camión y con el dolor de una paternidad trunca en algún rincón de su historia.

    Paradójicamente la austeridad narrativa -que se desarrolla casi en su totalidad en la cabina de un vehículo y que prescinde hasta de la música-, llega a una voluptuosidad de registros que conmueve en cada instante del relato, convirtiendo a Las acacias en una de las películas esenciales del cine argentino de los últimos años
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  • Poesía para el alma
    Poesía para el alma
    Tiempo Argentino
    Versos para explicar lo (in)explicable

    Se estrenó la última producción del laureado director surcoreano Lee-Chang-dong, el mismo de films como Green Fish, Peppermint Candy, Oasis y Secret Sunshine. Gran actuación de Jeong-Hee yun, en un melodrama de dolorosa belleza.

    La obra del director surcoreano Lee Chang-dong es conocida en la Argentina por el reducido público que pudo ver algunas de sus películas en sucesivas ediciones del Bafici (Green Fish, Peppermint Candy, Oasis, Secret Sunshine) y ahora, por esos raros milagros de la distribución, se estrena Poesía para el alma, lo que constituye todo un acontecimiento dentro de la cada vez más reducida oferta en la cartelera local dominada por el paquidérmico cine estadounidense.
    En su última producción, Lee aborda la vida de Mija (la extraordinaria Jeong-Hee yun) una mujer de 66 años que con su nieto Wook apenas subsiste cuidando a un hombre mayor que ella que arrastra una apoplejía. Los días se suceden en la dura realidad pero la protagonista tiene un intenso mundo interior y decide escapar de la rutina para asistir a un curso de poesía en un centro cultural barrial, hasta que imprevistamente la tragedia irrumpe con la noticia de que Wook forma parte de un grupo de adolescentes que violó durante meses a una chica que terminó suicidándose.
    Como un delicado y devastador puzzle, la puesta de Lee va edificando el melodrama con las piezas en descomposición de una sociedad hipócrita y autoritaria, donde el dinero juega un rol definitivo –al igual que en el resto de sus películas que exploran el ingreso de Corea al capitalismo más salvaje–, incluso parece ser la solución para ocultar un crimen. Así, se asiste a la reunión de los padres ocupados en preservar el futuro de los perpetradores, pasando por instituciones como la escuela que no quiere que el hecho trascienda, la policía que mira para otro lado, hasta el periodismo, que primero investiga y después termina siendo garante de un acuerdo nauseabundo.
    Y en el medio está Mija, que oscila entre el estupor por la conducta de su nieto –devastadora escena cuando la abuela recorre el lugar donde ocurrió la violación–, el deseo incubado durante décadas, a partir del comentario de un maestro de la niñez, de ser capaz de escribir una poesía, y el Alzheimer, que empieza a minar su memoria.
    Sin dejar de marcar de manera implacable cada una de las pústulas de un cuerpo social fétido, el humanismo indestructible del realizador reserva la posibilidad de la piedad para todas sus criaturas y se eleva aun más con una dolorosa belleza para dejar testimonio del poder del arte, la poesía, para superar lo que es insuperable.
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  • Verdades verdaderas, la vida de Estela
    La historia íntima de una luchadora

    Con inteligencia y sensibilidad, el director Nicolás Gil Lavedra aborda la vida de Estela de Carlotto a partir de los momentos íntimo de una familia. Extraordinaria Susú Pecoraro, en un elenco que completan Efrón y Awada.

    Abordar la figura de Estela de Carlotto, por lo que significa su lucha por los Derechos Humanos al frente de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, sin ninguna duda no es una tarea sencilla. Carlotto representa a miles de personas que fueron obligadas a cambiar su vida a partir de la pérdida de uno o varios seres queridos asesinados por el terrorismo de Estado de la última dictadura y aun así, en medio de la tragedia, siguieron luchando para que se haga justicia y para recuperar la identidad de decenas de chicos apropiados por la represión.
    Ahora bien, Nicolás Gil Lavedra podría haber optado por el camino de la biopic para plasmar en pantalla la vida de Estela de Carlotto y hasta darle un tono épico al relato. Sin embargo, el realizador decidió contar una vida a partir de los momentos íntimos de una familia de clase media, y en particular, de la que sería la presidenta de las Abuelas pero que en los años ’70 era una simple docente y ama de casa de la ciudad de La Plata, para nada comprometida con el explosivo clima político de la época, que sufre el secuestro de Laura y que por testimonios de algunas compañeras de cautiverio de su hija se entera que estaba embarazada, una noticia que después fue corroborada por el en ese entonces novedoso análisis de ADN .
    Con una reconstrucción de época que logra captar usos, costumbre y sobre todo el clima de esos años, la película va avanzando sobre la historia familiar, que resume la de tantas, con pinceladas de reuniones festivas, la militancia de Laura (Inés Efron), el pase a la clandestinidad y, luego, la búsqueda desesperada de Estela (extraordinaria Susú Pecoraro) en las siniestras oficinas del Comando en Jefe del Ejército, el derrumbe psicológico de su esposo Guido (Alejandro Awada), la recorrida por la Casa Cuna para encontrar a su nieto, los pasillos de Tribunales, las reuniones con otros familiares, las primeras rondas en Plaza de Mayo y la descarnada noticia del asesinato de la joven.
    Con inteligencia y sensibilidad, el film aborda entonces la tarea de Estela desde la asociación para recuperar a todos los nietos desaparecidos, dejando en claro que tragedia personal sólo es tolerable desde la lucha colectiva.
    Para el final, Verdades Verdaderas reserva un momento luminoso, donde la causa de las Abuelas adquiere sentido, con nombres, apellidos y rostros sonrientes y claro, la propia Estela de Carlotto en pantalla, testimonio viviente de que la búsqueda continúa.
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  • De caravana
    De caravana
    Tiempo Argentino
    Cuarteteando entre las diferencias

    Desde el vértigo del ingreso a un baile animado por La Mona Jiménez hasta una fiesta en un country de la ciudad de Córdoba, en ese amplísimo arco, o mejor dicho: en ese territorio de nadie delimitado por lo popular y la energía del cuarteto como elemento aglutinante y las clases altas con sus rituales cosmopolitas, se desarrolla De caravana, que desde el primer instante invita a conocer un universo ajeno y, como todo gran film, ofrece una visión del mundo.
    Filmada íntegramente en Córdoba, la ópera prima de Rosendo Ruiz da su versión de la noche de la provincia a partir del choque y la posterior convivencia de dos universos aparentemente irreconciliables, pero fascinados mutuamente: por un lado Juan Cruz, un muchacho de clase media alta enviado a sacar fotos a un baile para el nuevo disco de La Mona, por el otro, Sara, una inquietante chica que se debate entre el lumpenaje y el origen humilde que la condiciona y un futuro más convencional como peluquera.
    Juan Cruz pronto se ve inmerso en una realidad desconocida donde conviven traficantes, policías afectos a la reflexión filosófica, un novio enloquecido por los celos (que entre otros delirios planea pasar al frente secuestrando al ícono provincial), la feroz división de clases y hasta un lenguaje diferente, mientras crece, incluso a su pesar, la fascinación por Sara.
    Con una vitalidad infrecuente en el cine nacional que se impone sobre ciertos estereotipos del relato, De caravana utiliza el humor como un fino estilete que se hunde en el cuerpo sociológico de la región y mientras desarrolla su trama policial, elabora a través de sus personajes –bien perfilados, cada uno con su momento de gloria– el complejo y desopilante mosaico de un “interior” definitivamente ausente en la cinematografía local.
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  • Contagio
    Contagio
    Tiempo Argentino
    Globalización y tragedias particulares

    Con un elenco de grandes estrellas, Steven Soderbergh centra el relato en el desmoronamiento de una sociedad afectada por una pandemia. Seres humanos que, con sus conflictos a cuestas, intentan sobrevivir a esta situación límite.

    La amenaza que significó para el mundo entre 2009 y 2010 el virus H1N1 o gripe porcina, es el punto de arranque de Contagio, que recorre 135 días de una pandemia global de origen desconocido que con un avance progresivo y aparentemente incontenible, cobra la vida de millones de personas.
    Steven Soderbergh se aleja del habitual tratamiento apocalíptico del género y si bien muestra desde el comienzo los efectos devastadores de la enfermedad, la película se desenvuelve dentro de la estructura del thriller, desde lo particular a lo general, con un villano silencioso y letal que es virus, y en primera instancia, los protagonistas, todos, que tratan de sobrevivir mientras el mundo se desmorona.
    El relato coral y un elenco de estrellas son los elementos básicos de la apuesta de Soderbergh –un procedimiento que remite a Traffic y en menor medida a la saga de La gran estafa–, que ubica en el centro de la historia a un matrimonio con problemas (Matt Damon y Gwyneth Paltrow), dos médicas epidemiólogas (Kate Winslet y Marion Cotillard), un científico a cargo de la investigación del virus (Laurence Fishburne) y un blogger paranoico y oportunista (Jude Law). Este corto abanico de personajes, todos y cada uno aterrorizados por el contagio, con sus conflictos personales y su red de afectos en peligro, le bastan al director para conformar un bosquejo de la naturaleza humana ante el peligro global.
    Mientras que se van sumando días y víctimas por millones del enemigo desconocido, el film muestra las luchas burocráticas y de poder en los centros de decisión, como la Organización Mundial de la Salud y las fuerzas de seguridad, asiste al derrumbe de una familia en la que se revela un secreto, explicita la ambición a prueba de catástrofes de un personaje que ve en la tragedia una oportunidad única y, al fin, rescata el sacrificio de algunos profesionales que no perdieron el norte.
    El mosaico moral que va construyendo la película, a través de un timming tenso y seco, prescinde de los juicios de valor ante sus criaturas, por el contrario, asiste casi de manera aséptica ante el desarrollo de la historia, dando por sentado que los personajes creados por y para el relato tienen su propia autonomía y de esa manera dan lo mejor y lo peor de sí ante una situación límite, en una película que bajo el caparazón del género catástrofe, encierra una complejidad poco frecuente.
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  • Un rey para la Patagonia
    Un rey para la Patagonia
    Tiempo Argentino
    Crónicas sobre la imposibilidad

    Primero fue un francés, Orélie Antoine de Tounens, que con apenas 33 años y sin antecedente alguno en la realeza, en 1861 se autoproclamó “Rey de la Patagonia y la Araucanía”, con el aval de asambleas populares de las tribus del sur del país. Decenas de años después, Juan Fresán (padre de Rodrigo, el escritor y periodista) decidió hacer una película sobre el personaje, La nueva Francia, que nunca llegó a terminar por falta de recursos. Más adelante fue Carlos Sorín, que trabajó en el proyecto original, quien rodó y estrenó La película del rey. Y al final (¿final?) está Lucas Turturro, un director de cine que recibió el legado –un puñado de latas con el material filmado por Fresán– y decidió realizar Un rey para la Patagonia, un documental sobre la película que no fue, sobre un artista inclasificable que vivió el exilio y murió en la pobreza, y claro, sobre el rey que fue, pero por muy poco, y que también murió en la miseria.
    La película establece casi un estudio sobre el tiempo, o si se quiere, un juego intelectual donde la línea del tiempo se quiebra varias veces por la intervención de la épica, la tenacidad, la soledad, la locura y el ridículo. Para esto recurre a las imágenes filmadas por Fresán, testimonios de sus amigos como Rodolfo Terragno y Daniel Divinsky, reflexiones a cargo del sociólogo Christian Ferrer –responsable del guión de Un rey… junto con Turturro–, el off del relato a cargo de Miguel Dedovich, el protagonista del film de Carlos Sorín, y una desopilante entrevista hecha en los ’70 por Tomás Eloy Martínez a un descendiente del Tounens.
    Todo esto da como resultado una película fascinante, donde el juego de espejos marca la puesta de un documental inteligente, moderno, lleno de recursos, que da cuenta de un mundo, varios en realidad, que atraviesan la historia (chica) argentina.
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  • Asesinos de Elite
    Asesinos de Elite
    Tiempo Argentino
    Mercenarios de buen corazón

    Robert De Niro y Clive Owen aportan lo que pueden en un film de manual y con poco riesgo sobre entrenados asesinos contratados por un jeque para matar a tres espías británicos.

    Al menos en el cine, prácticamente desde siempre, las películas sobre fuerzas especiales, cuerpos de élite y toda la gama de soldados profesionales que pueblan los ejércitos del mundo instalaron la idea de que los hombres que alguna vez fueron parte de esos maravillosos grupos humanos poseen un una idea de camaradería (desbordante), de moral (superior) y de justicia (propia), que está más allá del común de los mortales.
    Asesinos de élite arranca desde el camino recorrido por sus muchas antecesoras y en el principio ubica a Danny (Jason Statham) y Hunter (Robert De Niro), los dos protagonistas, en un último trabajo que como cualquier espectador imagina desde el vamos, en realidad será el penúltimo, da algunas pistas de un pasado poblado de aventuras –que en este caso tienen lugar cuando ambos estaban al servicio de su majestad británica e integraban el SAS, el Servicio Aéreo Especial Británico–, el hastío por esta curiosa forma de vida y los caminos que se bifurcan entre el noble y letal Danny, que se autoimpone un retiro prematuro en Australia, y su mentor Hunter, que tozudamente sigue en la arriesgada pero lucrativa actividad mercenaria.
    Y sí, víctima de la codicia, el veterano cae en la trampa de un jeque que lo usa de cebo para atraer a Danny, que deberá asesinar a los ex miembros del SAS que masacraron a la familia del jeque en Omán, si quiere que Hunter continúe respirando.
    Basada en hechos reales (¿?) tomados de The Feather Men, un libro escrito por un tal Sir Ranulph Fiennes que en el momento de su publicación fue desmentido por el Ministerio de Defensa británico y provocó un pequeño escándalo político, el film del debutante Gary McKendry posee todos los tips del género: tiene una módica cuota de suspenso, locaciones en varios puntos del planeta, las escenas de acción cumplen con lo esperable, casi siempre a cargo de Jason Statham, que pone cara de piedra, protagoniza un romance intrascendente, golpea, dispara, en fin, hace lo suyo. Por ahí anda De Niro, aportando presencia y no mucho más y Clive Owen encarnando a otro ex SAS, convencido de los viejos y buenos valores que hicieron grande al imperio y desperdiciado por una puesta sin convicción.
    En suma, una película de manual, con una realización sin riesgo, casi en piloto automático, que ni siquiera alcanza la media de los estrenos del cine de acción destinados al entretenimiento.
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  • La cocina (En el medio hay una ley)
    Hacia un nuevo panorama audiovisual

    El documental dirigido por David Blaustein y Osvaldo Daicich sigue el largo proceso de discusión y concreción de la legislación con testimonios de los actores que empujaron el debate hacia la democratización de los medios.

    En el imprescindible libro sobre el documental La representación de la realidad, Bill Nichols arriesga: “El placer y el atractivo del film documental residen en su capacidad para hacer que cuestiones atemporales nos parezcan temas candentes”. Sin embargo, encuadrada claramente dentro del género, La cocina, de David Blaustein y Osvaldo Daicich, la película que sigue el largo proceso de discusión y la posterior concreción de la Ley de Medios Audiovisuales que se sancionó el 10 de octubre de 2009, contradice el parecer del especialista estadounidense. Es decir, es el relato urgente de un hecho, la democratización de los medios de comunicación que, aquí y ahora, continúa siendo un tema de actualidad capital para la realidad política de la Argentina.
    La película recurre al testimonio de los actores que empujaron el debate para que se democratice el acceso a los medios y se abran nuevos espacios para contenidos pluralistas. Así, La cocina va desde el trabajo comunicacional y social de una radio en una villa de Córdoba, pasando por un canal tucumano que se impone la creación de contenidos propios sin depender de los centros de producción porteños, o un diario pampeano que prioriza la realidad regional, hasta la necesidad imperiosa de la comunidad mapuche en la Patagonia de sostener una FM para hacer oír su propia voz. Las entrevistas van hilando la realidad del nuevo panorama audiovisual del país, mientras en el film recurre a imágenes de archivo para documentar la ofensiva feroz de las empresas, los holding periodísticos, que intentan instalar el miedo ante la posible sanción de la ley que reducirá su poder.
    Y por último, las discusiones en el Congreso, donde a pesar del poco tiempo trascurrido, son sorprendentes al recrear en la memoria los discursos reaccionarios de los legisladores que se oponen a la nueva norma, escenas prematuramente sepia del pasado reciente.
    En ese sentido uno de los aciertos de La cocina es que construye su discurso –un discurso político, que no intenta disfrazar en ningún momento– con las voces de los especialistas y militantes que lucharon durante años por la ley, y luego con los beneficiarios, aquellos medios chicos, regionales, que trabajan diariamente gracias a la nueva realidad.
    Pasados los 80 minutos de la película y volviendo a Nichols, que dice que el género “contribuye a la formación de la memoria colectiva”, La cocina es un documento que registra acertadamente un momento de la Argentina, donde buena parte de su destino se jugó, y se juega, en la pelea por construir un relato democrático y plural de su realidad.
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  • Damas en guerra
    Damas en guerra
    Tiempo Argentino
    Chicas de la nueva comedia americana

    Despedida de soltera, preparativos para una boda, desbordes, incorrecciones y situaciones desopilantes en esta película dirigida por Paul Feig que viene del riñón de la televisión y le imprime el timing necesario.

    La denominada Nueva Comedia Americana (NCA) lleva varios años modificando el género para actualizarlo, claro, con algunos elementos como el humor físico y momentos donde los personajes se involucran en situaciones ridículas –y derrapan en momentos escatológicos–, drama detrás de infinidad de chistes tontos y desnudez afectiva. Ahora bien, la novedad de Damas de guerra es que incursiona en el mundo femenino y, aun así, se alinea dentro de la NCA, un territorio poblado de hombres, donde casi de manera excluyente las mujeres ocupan un segundo plano.El universo que aborda la película está delimitado por mujeres bordeando los 40, a partir de Annie (Kristen Wiig), que quebró su negocio de repostería, que sobrevive en un empleo que odia, que tiene por amante a un miserable macho-alfa, que a falta de recursos comparte su departamento con dos freaks. En ese contexto su mejor amiga, Lillian (Maya Rudolph), sorpresivamente le anuncia que se va a casar y que por supuesto, ella va a ser la dama de honor.Lo que sigue son los rituales de los preparativos para la boda que incluyen: conocer al resto de las amigas, elegir vestidos para el evento, almuerzos para “estrechar lazos entre el cortejo” –escena divertidísima y asquerosa de las chicas probándose el vestuario después de una comida con alimentos en mal estado– y la despedida de soltera. En el medio la desbordada Annie, insegura, luchando por organizar el casamiento con otra de las damas de honor y al borde del colapso afectivo, tanto por las relaciones que establece que no van a ninguna parte, como por la felicidad de su amiga a punto de casarse, que es un reflejo de todo lo que no logró en su vida.En suma, una comedia agridulce dirigida por Paul Feig que viene del riñón de la televisión (The Office, Nurse Jackie, Bored to Death, Parks and Recreation) al igual que la fantástica Wiig, que por caso y tal como Tina Fey, se formó en Saturday Night Live para desplegar en el cine todo su capacidad para la comedia, aquí no sólo como protagonista sino como responsable del guión junto a Annie Mumolo.A todos estos elementos que hacen de Damas en guerra una buena película hay que agregar el factor Judd Apatow, director de Hazme reír, Funny People, Ligeramente embarazada y Virgen a los 40, que desde la producción debe haber influido para que se cumpla con las necesarias cuotas de desborde, drama e incorrección política, es decir, la NCA en todo su esplendor.
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  • Paul
    Paul
    Tiempo Argentino
    Mi alienígena favorito y dos freaks

    Entre los cientos de estrenos de cada año, Paul bien puede considerarse un film pequeño, tanto por ser una producción modesta en términos de despliegue de recursos, como en sus aspiraciones de trascendencia. Sin embargo, la película es un delicioso artefacto que disfrazado de comedia disparatada en plan de parodia del género de ciencia ficción se anima a traficar algunos discursos críticos sobre el conservadurismo religioso, la obsesión por las armas del Estados Unidos profundo, y además habla de valores como la amistad y la solidaridad en un mundo hostil.
    A partir de la anécdota mínima de dos freaks ingleses que concretan el sueño de toda su vida, es decir, pasar sus vacaciones en Comic Con, la famosa convención de ciencia ficción que se realiza en Las Vegas todos los años, más una excursión a la mítica Área 51 en Nevada –donde según las teorías conspirativas se supone que el gobierno de los Estados Unidos realiza pruebas con extraterrestres prisioneros, entre otros misterios–, la historia rápidamente levanta vuelo cuando hace su aparición Paul, un alienígena con un sentido del humor bastante pedestre, que busca regresar a su planeta después de pasar demasiados años en la Tierra.
    Por supuesto que hay una agencia gubernamental que lo persigue y, claro, abducciones. Pero el tamiz británico que le imprimen al relato Simon Pegg y Nick Frost (Muertos de risa), habilita una mirada ácida sobre algunas cuestiones como el fanatismo de la fe, la paranoia y el derecho a portar armas, más las múltiples referencias a películas como E.T. y Encuentros cercanos del tercer tipo –incluido un cameo del mismísimo Steven Spielberg–, que combinadas con el buen pulso para la comedia del Greg Mottola, director de Adventureland - Un verano memorable y Súper cool, y el aporte de Bill Hader y Kristen Wiig de la factoría Saturday Night Live, hacen de Paul una muy buena comedia pensante.
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  • Sin límites
    Sin límites
    Tiempo Argentino
    Responsabilidades y mandatos divinos

    La nueva obra del director italiano Nanni Moretti se propone unir elementos de comedia con grotesco y realismo, ya que el punto de partida es presentar a un Papa recién elegido que sufre un inesperado ataque de pánico.

    Transcurrida más de la mitad de la película se produce una escena curiosa: el psicoanalista que interpreta Nanni Moretti, rodeado de cardenales preocupados por la ausencia del Papa, recorre las instalaciones del Vaticano observando su fastuoso poder económico. Pero la escena dura poco, algo más de un minuto, ya que el psicoanalista saluda a los clérigos, hace un par de comentarios y mira, sólo mira a su alrededor. En ese pequeño momento de Habemus Papa se declara el punto de vista, la delicada mirada de Moretti sobre la riqueza del Vaticano; sin embargo, se trata sólo de un instante, meramente visual, alejado de una opinión voraz y del estilo anarco que se preveía en el actor y director.
    Es que se está frente a una película donde no se articula un discurso sobre la religión, sino frente a una original visión que invade el riesgoso tema de la responsabilidad que le corresponde a Mélville (Michel Piccoli, extraordinario), el nuevo Papa que duda sobre el mandato de dirigir a millones de fieles en el mundo.
    La primera parte de la película se ubica entre lo mejor que hizo el autor de Caro diario, Aprile, Palombella rossa y la sobrevalorada La habitación del hijo. Pletórica de detalles, con Mélville ubicado en segundo plano hasta que inesperadamente se lo nombra Papa, Moretti narra con un marcado suspenso la elección del clérigo. Luego vendrán los ataques de pánico, la llegada del psicoanalista (muy divertida resulta la primera sesión “en conjunto”) y la huida del papa por la ciudad, dispuesto a recorrer momentos más terrenales que aquellos que le esperan. Mientras tanto, el psicólogo, a diferencia del Papa que pasea por la ciudad, comienza a sentirse cómodo en las instalaciones del Vaticano. Y se sentirá tan habituado a su nuevo hábitat que propondrá que los cardenales jueguen un campeonato de vóley, momento en que la película alcanza un inusitado y bienvenido tono absurdo.
    Moretti apuesta fuerte en su última película pero no necesita provocar excesivos malestares en los creyentes más fervorosos. La película va para otro lado, ya que se ubica en el personaje de Piccoli saboreando algún placer cotidiano que tal vez no vuelva a disfrutar con tanta responsabilidad que le espera. Y aparecerá el teatro, específicamente una puesta de La gaviota de Chéjov, para que Mélville resuelva qué hacer de su destino.
    Mucho se ha comentado sobre la escena donde se escucha la voz de la Negra Sosa en la versión de 1984 de Todo cambia, que disfrutarán los clérigos en un momento de recreo casi surrealista. Desde el punto de vista dramático, la escena funciona como un cortometraje dentro de la película, acaso ajena al clima irónico y respetuoso –al mismo tiempo– que describe buena parte de la historia.
    Es que la libertad le pertenece a Mélville y solo él decidirá qué hacer al final, ya ubicado en el balcón religioso, frente a los miles de fieles que esperaron su aparición durante un par de días. Y allí se resolverá el dilema moral del atribulado Mélville.
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  • Destino final 5
    Destino final 5
    Tiempo Argentino
    El juego de adivinar quién es el próximo

    Con todos los tips de sus films anteriores, esta última entrega de la saga repite la fórmula de una premonición de alguien sobre un accidente a punto de ocurrir. Se asienta en el humor negro en desmedro de la fuerza narrativa.

    La quinta entrega de la saga Destino final repite previsiblemente, y una vez más, todos los tips de las películas que la precedieron. Ahora bien, es justamente esta característica lo que hace interesante ir al cine ante cada nueva entrega, en tanto a fuerza de ser redundante construye un todo interesante y divertido.Desde el comienzo, en un sinfín que sigue hasta ahora, la matriz básica de la saga responde a unas poquísimas premisas básicas que arrancan siempre, inevitablemente, con la premonición de alguien sobre un accidente que está a punto de ocurrir. Enseguida, la catástrofe se empieza a producir, el personaje salva a unos cuantos de la muerte y lo que sigue es ver cómo van a morir los sobrevivientes que se escaparon de su destino trágico. En ese sentido, allá por la mitad de la entrega, se planteó un tanto tímidamente algunas vueltas de tuerca que problematizaban la historia, pero rápidamente se corrigió el rumbo y se volvió a esta suerte de festival macabro, donde el chiste reside en ver cuál es el final más horroroso para los protagonistas.A través de un plano detalle, un cambio de luz o la música incidental, elementos como un tornillo flojo, los cristales de una ventana, un ventilador o una pava que hierve se convierten en posibles armas letales. Si a eso se le suman las señales premonitorias –una lamparita que se prende y apaga, carteles de precaución, un retrato que se rompe, un objeto ubicado en el lugar incorrecto–, conforman el inteligente corpus de una franquicia exitosa.    Si en la primera película el escenario del desastre fue un avión, después fue una carretera, en la tercera una montaña rusa y en la penúltima una carrera de autos, la locación elegida en la quinta parte es un puente, por donde pasa un micro que transporta a un grupo de trabajo de una empresa que viaja para un retiro.Como siempre, el comienzo es espectacular y aunque muchos critican el festival de vísceras que significa cada nuevo film, a esta altura los homenajes al gore y a los grandes exponentes del género –George Romero, Terence Fischer, Gordon Lewis– quedaron en el pasado y el relato de Destino Final 5 se asienta en el humor negro y la autorreferencia, una decisión acertada que va vaciando el poco contenido narrativo de la franquicia, para concentrarse pura y exclusivamente en el placer de desmembrar cuerpos sin culpa y de la manera más ingeniosa posible.
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  • Balada triste de trompeta
    La venganza tiene nariz de pompón

    Finalmente se estrena en la Argentina la más reciente producción del prestigioso Alex de la Iglesia, una película que arrasó el año pasado en el Festival de Venecia al ganar los premios al mejor director y al mejor guión.

    Desde 1993, cuando estrenó Acción mutante, la carrera de Alex de la Iglesia fue sumando títulos para conformar un todo irregular, en el que si bien el español daba señales de su talento, cada nuevo paso dejaba la sensación de una oportunidad perdida. En ese sentido, 800 balas bien puede considerarse su mejor película, pero ocupado en ser ingenioso, divertido y homenajeador –en algo así como un catálogo de sus referencias cinéfilas–, no lograba articular un discurso propio. Lo cierto es que con su nuevo relato, De la Iglesia logra llegar a la síntesis, como si sus siete films anteriores hubieran sido apenas un gigantesco borrador de la no menos gigantesca, megalómana, desaforada y brillante Balada triste de trompeta. Una gran película.
    La historia comienza en 1937, cuando el payaso triste del circo (Santiago Segura) se ve arrastrado a la guerra civil que arrasa a su país y a las órdenes de los republicanos, machete en mano, se convierte en un despiadado exterminador de soldados nacionales. Finalmente encarcelado, su hijo Javier (Carlos Areces) lo ve morir y recibe una doble herencia, la violencia de la historia que le tocó vivir en la oscura España franquista y su oficio de payaso. Así, llega a un circo como aprendiz y se convierte él también en un payaso triste a partir de su nulo talento para hacer reír a los niños. La tragedia de su vida se completa al convertirse en uno de los vértices enfermos del triángulo amoroso conformado por la bella Natalia (Carolina Bang), la trapecista del circo, y el otro payaso de la troupe, Sergio (Antonio de la Torre), un violento, despótico y miserable personaje que aun así está bendecido por el talento de la risa.
    En ese cruce de personalidades antagónicas, que recibe y que inevitablemente se nutre de la violencia de la dictadura, Javier irá mutando su personalidad para convertirse en un justiciero del calvario de su padre y atravesando cada una de las atrocidades del régimen, también de la historia de España.
    Si todas las películas tienen una manera de ver el mundo y en definitiva todas y cada una contienen un mensaje político, en su realización desaforada y salvaje, en sus imperfecciones, en la valentía de hurgar en las zonas más oscuras de la historia reciente de España, Balada triste de trompeta es un manifiesto sobre una época, un shock de lucidez visceral sobre una sociedad que se niega a mirar su pasado y que arrastra la falta de justicia hasta el presente. Nada mal para una de payasos.
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  • Cowboys y Aliens
    Cowboys y Aliens
    Tiempo Argentino
    Abducidos en el Far West

    Con todos los ingredientes del western clásico, Olivia Wilde, Harrison Ford y Daniel Craig protagonizan este film donde se pone en juego nada menos que el futuro de la humanidad.

    El western es el único género cinematográfico original que no debe su existencia a otras disciplinas, sino que nació en el cine mismo. Ahora bien, con el correr del tiempo, el western recorrió un largo camino, desde los western clásicos con su carga épica intacta, pasando por los proyectos de menos presupuesto de los western spaghetti, el western revisionista que campeó los ’60, hasta los western crepusculares que abundaban en el fin de una época. Después, el género fue esquivando como pudo el certificado de defunción, adaptándose en relatos contemporáneos que mantenían sus códigos. De esta manera se llega a Cowboys & Aliens, una película extraña, algo así como el paroxismo de la supervivencia del género, al combinar el viejo y transitadísimo Oeste con la ciencia ficción más pura, en un híbrido extraído del cómic homónimo de Scott Mitchell Rosenberg.
    En principio Jon Favreau, el director de Iron Man (más la producción de Steven Spielberg y Ron Howard) plantea el film con todos los tips del western: un pueblo olvidado donde la ley está supeditada a un poderoso terrateniente, un antihéroe con un pasado oscuro, más el oro, como elemento que corrompe todo. Y es el metal precioso el que introduce a los alienígenas, que para ellos es tan preciado como para los primitivos humanos.
    Así, Jake Lonergan (Daniel Craig) se despierta en el medio del desierto y un extraño aparato futurista en su muñeca, sin recordar nada, ni siquiera su nombre. El protagonista irá reconstruyendo su historia, sabrá que fue abducido por los extraterrestres, se enfrentará con el viejo, poderoso y pragmático Woodrow Dolarhyde (Harrison Ford), con el que unirá fuerzas –después se les sumarán los apaches– para enfrentar a los invasores. Porque es así, en el polvoriento Oeste de fines del siglo XIX se juega nada menos que el futuro de la humanidad.
    Sin abundar en los efectos especiales, con referencias a Los expedientes X, Alien, La Guerra de los mundos y un impensado Craig en plan John Wayne, Cowboys & Aliens es una gran producción que en definitiva mantiene el espíritu de lo que cualquier chico hizo, cuando en una tarde enfrentó en una batalla feroz a un cowboy destartalado de juguete con un bicho espacial de plástico.
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  • Larry Crowne
    Larry Crowne
    Tiempo Argentino
    El estado de las cosas según Hanks

    El actor interpreta a un trabajador de supermercado que se queda sin empleo por carecer de título universitario. Julia Roberts es la agria profesora que se encargará de educarlo en esta comedia que no tiene mucho riesgo.

    Larry Crowne parece responder a una pregunta de base: ¿de qué está hecho el estadounidense promedio? La respuesta que ofrece Tom Hanks es que de sueños moderados, valentía, carácter y perseverancia, elementos que aparentemente subsisten en la sociedad que le toca vivir, aun en tiempos de crisis económica y falta de solidaridad.
    En 1996 Hanks estrenaba como director ¡Eso que tú haces!, un delicioso relato sobre una banda que no lograba mantenerse unida y desaparecía después de conocer fugazmente el éxito. Desde esos años a la fecha la visión del actor y director parece que no cambió y si estos valores estaban mal encaminados en el grupito que quiso pero no pudo de su ópera prima, puesto a encarar su segundo trabajo como realizador, Hanks tomó nota del desastre socioeconómico que lo rodeaba y se decidió a dar cuenta de ello, pero con la misma convicción de que ninguna dificultad es insuperable si se rescata el espíritu que hizo grande a su país.
    Desde ese lugar cuenta la vida de Larry Crowne, un entusiasta trabajador en un supermercado que súbitamente se queda sin trabajo porque carece de un título universitario. Y claro, este hombre común representa a los millones que se quedaron fuera del sistema en los últimos años. Pero Hanks como director –y coguionista junto a Mia Vardalos, la de El gran casamiento griego– no está dispuesto a dejarlo caer así nomás, entonces el buenote y un tanto crédulo de Larry va en busca de lo que le falta: la educación universitaria con la que seguramente saldrá adelante.
    En este camino de reconversión, el protagonista se asoma a un mundo que desconoce. En la universidad descubre los placeres del saber, también que un curso de oratoria a cargo de una agria profesora (Julia Roberts) –moderadamente alcohólica, desmotivada en su trabajo y con un matrimonio destruido– puede cambiarle la vida, y que en un grupo de estudiantes neohedonistas y en especial una de las chicas que lo toma como su proyecto personal para cambiarlo, actualizarlo, están las reservas morales y solidarias que hacen falta para que todo mejore y vuelvan los buenos y viejos tiempos.
    Larry Crown es sorprendentemente conservadora, incluso para los estándares de la industria hollywoodense, en tanto abona la idea de que nada es demasiado grave si el hombre común toma el destino en sus propias manos, sin tener en cuenta que hay factores más poderosos y ciertamente definitorios del rumbo de una sociedad, que el carácter firme y la voluntad de superarse de un individuo.
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  • El mundo según Barney
    El mundo según Barney
    Tiempo Argentino
    Despojado hasta de sus recuerdos

    Barney no fue nunca feliz. No fue feliz en su juventud bohemia en la Italia de los ’70 cuando era inseparable con un grupo de amigos con los que compartía casi todo: alcohol, drogas y hasta la que iba a ser su esposa por apenas un día. Porque el mismo día que se casa, su flamante mujer pierde al bebé que estaba esperando, Barney comprueba que no era suyo, la abandona en el hospital y ella se suicida.
    Después, tampoco fue feliz en Canadá, donde ya instalado como un exitoso productor –en un trabajo que detesta–, se casa nuevamente, esta vez con una buena y superficial chica judía –a la que llegará a detestar–, pero en la fiesta conoce a la mujer de su vida, a la que va a perseguir hasta conquistarla y compartir con ella el resto de su vida. Pero tampoco es feliz.
    La vida según Barney toma al personaje en sus últimos años y, a través de flashbacks, reconstruye su existencia en el mundo adulto como una sucesión de actos egoístas que lo llevan en la vejez a la soledad, la autoconmiseración y una enfermedad terrible y devastadora, que poco a poco lo va despojando de los recuerdos.
    Ahora bien, más allá de la extraordinaria composición que realiza Paul Giamatti del protagonista, acompañado por un buen elenco en donde sobresalen Rosamund Pike como la mujer que lo va a acompañar hasta el final y el sorprendentemente medido y convincente Dustin Hoffman como un duro mujeriego y ex policía, padre de Barney, el principal problema de la película es su velado conservadurismo al encuadrarse dentro del tipo de relatos que bien podrían considerarse “justicieros”, esto es, aquellos que luego de mostrar las miserias del personaje, –que aquí incluyen la muerte dudosa de un amigo, el alcoholismo y el desinterés por los seres queridos–, lo condena hacia el final con desenlace desolador como una forma de castigo.
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  • Los pingüinos de papá
    Los pingüinos de papá
    Tiempo Argentino
    Carrey lucha con intrusos en su familia

    Con el indiscutido sello del actor, este film bien de vacaciones narra las peripecias de un padre con estos simpáticos animales.

    Jim Carrey es de esos actores que generan la inmediata simpatía o el rechazo casi físico cada vez que aparece en pantalla. En el actor canadiense conviven sin aparente contradicción un innegable timing para la comedia, la sobreactuación, el olfato para elegir los proyectos, la ambición de que puede (y sí, puede) oscilar entre interpretaciones dramáticas y también mantener su popularidad a través de su participación en películas infantiles sin mayor ambición que el entretenimiento.
    Este es el caso de Los pingüinos de papá, un film plano, predecible y de manual, que sin embargo cumple con su objetivo de ser un relato digno, que cumple con su objetivo de traccionar familias al cine sin que ninguno de los integrantes se sienta estafado.
    Mr. Popper (Jim Carrey) trabaja obsesivamente como vendedor inmobiliario y está en busca de un lugar en la mesa directiva de su empresa. En el camino, su ambición desmedida hizo que su matrimonio fracasara y que tenga una relación distante con sus hijos, repitiendo la historia de su infancia, cuando raramente veía a su padre, un científico que siempre estaba embarcado en alguna aventura en alguna parte del mundo.
    Toda esto funciona como prólogo de lo que vendrá, esto es, un grupo de pingüinos que se hace presente, gracias a la magia de un guión que fuerza el verosímil, en el lujoso penthouse de Popper. Al protagonista, por supuesto, le complican la vida, obviamente los animales deben salir urgente del departamento, pero aun así lo acercan a su familia. Son definitivamente adorables y van a encauzar su vida para hacerlo mejor y más humano.
    Muy lejos de comedias feroces como Irene yo y mi otro yo o El insoportable y en el otro extremo de historias adultas como Eterno resplandor de una mente sin recuerdos y El Majestic, Carrey trabaja en un registro similar al de Mentiroso, mentiroso –en cuanto a la relación con los hijos y las obligaciones del mundo adulto que impiden construir un legado–, aunque la dirección de Mark Waters (Los fantasmas de mi ex, Chicas pesadas, Un viernes de locos) mantiene a raya el histrionismo siempre desbordante del protagonista.
    En suma, la película tiene las apelaciones esperables a la importancia de los vínculos familiares y la dosis de morisquetas y humor físico que aporta Carrey, elementos suficientes para que la película sea una alternativa digna de tener en cuenta en estas vacaciones de invierno.
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  • Aprender a vivir
    Aprender a vivir
    Tiempo Argentino
    El paraíso es una urbe planificada

    El rito de pasaje al mundo adulto que significa la ceremonia de la confirmación católica provee el marco para ir descubriendo un mundo de hipocresías y verdades a medias, al estilo de El cazador oculto de J. D. Salinger.

    Hay una idea instalada en el cine estadounidense, y por cierto también en la literatura de ese país –como ejemplos ahí están las obras de Raymond Carver o John Cheever, entre muchos otros–, de que los suburbios son prácticamente el infierno sobre la Tierra. En lo que al cine se refiere, de los últimos años el film modélico sobre esta percepción vendría a ser Belleza americana (Sam Mendez, 1999), una película sobrevalorada pero inteligente en cuanto a su capacidad de plasmar paso a paso, y con todos los tips de lo que se supone que es el cine independiente, las miserias de la clase media. Ahora bien, Aprender a vivir aborda sin reservas este tópico, si se quiere, pero con algunas vueltas de tuerca que la hacen interesante.
    En principio, la película comienza con una voz (de la radio) que informa sobre las características de la enfermedad de Lyme, una infección que transmiten las garrapatas y que produce síntomas de otras enfermedades, desde la fatiga hasta la esclerosis múltiple. Este mal de perfil camaleónico –de ahí Lymelife, el título original– puntea la historia como una analogía de los conflictos que van apareciendo a medida que se desarrolla el relato, sobre dos familias en descomposición unidas por una tragedia que avanza de manera inexorable.
    Por un lado está Scott (Rory Culkin), un adolescente tironeado por la sobreprotección de su madre católica (la excelente Jill Hennessy), el ideal de hombría que impone su padre (Alec Baldwin) y un hermano que se fue al ejército para escapar de ese hogar que esconde unos cuantos secretos. Por el otro, cerca, demasiado cerca, están los Bragg, con el padre que se derrumba minuto a minuto por la misteriosa enfermedad (Timothy Hutton), su esposa (Cynthia Nixon) que mantiene a la familia y su hija (Emma Roberts), amiga de Scott, que poco a poco, y mientras se ultiman los detalles del rito de pasaje al mundo adulto que significa la ceremonia de la confirmación católica, va descubriendo un mundo de hipocresías, verdades a medias, que casi lo van transformando en la versión actualizada y ciertamente más light del Holden Caulfield de El cazador oculto de J. D. Salinger. Y que hay que decirlo, la película no se priva de incluir en una escena.
    Buenas actuaciones, una puesta con pocas locaciones, lo que acentúa el carácter asfixiante de esa comunidad alejada de la ciudad y una justa dosis de humor que afloja el agobio, en una ópera prima calculada pero honesta.
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  • Malas enseñanzas
    Malas enseñanzas
    Tiempo Argentino
    Lecciones de incorrección femenina

    Cameron Diaz encarna a una profesora malhablada y grosera que en lo único que piensa es en encontrar a alguien que la mantenga. Pero cuando va por su colega Justin Timberlake, tendrá una competidora de cuidado.

    Sobre maestros más o menos irreverentes, excéntricos y alejados de lo que se espera de un educador que está a cargo de un grupo de chicos jóvenes se realizaron centenares de títulos con mejor y menor suerte. El último gran éxito a escala planetaria fue la comedia Escuela de rock (Richard Linklater, 2003), donde el profesor por accidente que interpretaba Jack Black le enseñaba a sus alumnos el valor de la libertad a través de la historia del rock. En el caso de Malas enseñanzas, Elizabeth (Cameron Diaz) también es una profesora, pero por caso y a diferencia de su antecesora, no tiene ninguna lección edificadora que transmitir a los chicos, sino que por el contrario, estar al frente de un aula es un medio para lograr otras cosas. Sus cosas.La película se apoya casi en su totalidad en el trabajo de Diaz, dueña de la energía y el desparpajo cool necesarios para dar con el perfil justo –que aquí tiene casi el  mismo tono de la Christina de La cosa más dulce– para encarnar a Elizabeth, puteadora compulsiva, grosera, mezquina, inescrupulosa, bebedora y consumidora de sustancias non sanctas. La profesora se siente atrapada en un trabajo que no quiere y su única meta, después de ser abandonada por su novio, es seducir a Scott (Justin Timberlake), un millonario profesor suplente que se supone, la va a mantener para que deje de enseñar y le va a permitir que logre acceder a una operación para aumentar el tamaño de sus tetas.El relato muestra a la protagonista desplegando todo un arsenal de incorrección mientras que enfrente, como el rival a vencer se ubica Amy (la extraordinaria Lucy Punch de Conocerás al hombre de tus sueños), otra profesora que a diferencia de Elizabeth, es un modelo de educadora.Inscripto de lleno en la nueva comedia americana, el film de Jake Kasdan tiene grandes momentos, agujeros narrativos, muchos chistes groseros pero efectivos y un compilado de estereotipos bien explotados. En conjunto no es una gran película y tampoco aspira a serlo, más bien es una historia liviana que sin embargo se atreve a algunas cosas, como incluir el tema de las drogas o el infierno que significa la etapa del colegio secundario para muchos adolescentes. No es poco de una película que viene del mismísimo riñón de Hollywood.
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  • Aballay
    Aballay
    Tiempo Argentino
    Gaucho mal llevado

    Fernando Spiner entrega un western con todas las de la ley, en un cruce del género con nuestra tradición gauchesca.

    Aballay es un bandolero que se enfrenta a los ojos del hijo de una de sus víctimas y decide cumplir penitencia arriba de su caballo, imitando a los antiguos penitentes, que se subían y vivían atados a una columna por el resto de su vida con la idea del martirio como una forma de acercarse a Dios. Mientras que la conversión de gaucho matrero a santo estilista se va produciendo, también hace lo propio la venganza, que inexorablemente lo va a alcanzar.
    Aunque en el cine nacional de los últimos años las adaptaciones literarias son más bien escasas, el caso del escritor mendocino Antonio Di Benedetto es atípico, en tanto sus relatos fueron abordados en el último lustro en dos oportunidades. En Los suicidas (2005), Juan Villegas lleva adelante una historia con diálogos secos, precisos y despojados de cualquier énfasis para contar el desamparo particular de los protagonistas –un periodista que arrastra el suicidio de su padre, una fotógrafa que está por tomar la fatal decisión–.
    En cambio, en Aballay. El hombre sin miedo, con los mismos materiales de toda la obra de Di Benedetto, es decir, situaciones y frases cortantes, una tragedia en progreso, Fernando Spiner se lanza a la aventura de un voluptuoso western que hace pie en la salvaje y cruenta historia nacional del siglo XIX, en un cruce del género con la tradición gauchesca que da como resultado una película inigualable.
    El director de Adiós querida Luna y La sonámbula se anima a casi todo, desde la ambición de dialogar de igual a igual con la épica fordiana del western clásico –incluyendo el descubrimiento de su propio y majestuoso set natural en los valles calchaquíes de la provincia de Tucumán, al estilo del Monument Valley, donde John Ford filmó sus principales obras–, la lectura feroz de la barbarie según la mirada de la Buenos Aires ilustrada y el relato gauchesco. Todo en una puesta que enfatiza la realidad de una tierra olvidada, sin ley ni justicia, donde la imaginería religiosa es el único consuelo de ese territorio que, justamente, parece olvidado por Dios. Y es imprescindible señalar que además de inscribir a Aballay… en la mejor tradición del far west, todos estos elementos también lo vinculan con la obra de Glauber Rocha.
    La desmesura de Spiner es admirable y más allá de algunos excesos interpretativos, que se compensan con la intensidad que Pablo Cedrón le imprime a Aballay –sin olvidar a Claudio Rissi como El Muerto–, la película es una potente, entretenida y densa mirada sobre el género. Un western criollo con todas las de la ley. <
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  • La doble vida de Walter
    La doble vida de Walter
    Tiempo Argentino
    Operativo retorno para el gran Gibson

    Después de ganarse los titulares por sus exabruptos misóginos, religiosos y racistas, el célebre actor de los films más taquilleros de los ’80 vuelve a tener una oportunidad para demostrar su versatilidad en esta película de Jodie Foster.

    No es fácil hablar de La doble vida de Walter sin caer en el juicio rápido que bien puede derivar en calificarla como una genialidad o por el contrario, en una soberana ridiculez. Lo cierto es que la última película de Jodie Foster (Feriados en familia, Mentes que brillan) tiene un poco de ambas cosas, en un relato tragicómico sobre un hombre que encuentra la manera de luchar contra sus demonios a través de una marioneta.
    Walter (Mel Gibson) fue un buen padre, un buen marido y un empresario exitoso, hasta que la depresión lo alcanzó y todo se desmoronó. Ni la increíble paciencia de su esposa Meredith (Jodie Foster), ni el amor de su pequeño hijo Henry (Riley Thomas Stewart) lograran sacarlo de la apatía y el abandono. Tampoco el rechazo de su otro hijo, Porter (Anton Yelchin), una especie de genio adolescente que cobra por hacer los trabajos escolares de sus compañeros mientras lucha por diferenciarse de su padre.
    La situación familiar se hace insostenible y finalmente Walter abandona el hogar. Pero un día descubre que una marioneta con forma de castor puede ser el vehículo para superar su estado y de pronto las cosas empiezan a mejorar, aunque por supuesto, tiene que superar el rechazo social que produce un hombre que habla a través de un muñeco.
    De ahí en más la película es un tour de force de Gibson, que ofrece una interpretación convincente de un loco que hace lo posible para recuperar su vida a través de un método, como mínimo, poco convencional. Entonces vemos a Walter en diferentes situaciones, desde el choque con su familia a partir del nuevo compañerito, pasando por el estupor de sus empleados, hasta una desopilante y patética lucha con su propia mano, que recuerda al Ashley Williams de Posesión infernal, de Sam Reimi.
    El film de Foster es en realidad un relato sobre una familia quebrada, un tema que la directora californiana domina a la perfección, que aquí aplica los habituales tips del cine independiente estadounidense, con mucho humor negro, muchos giros inesperados, más la confianza de depositar la historia en el trabajo del vapuleado protagonista –¿es necesario recordar que en los últimos años Mel Gibson fue noticia por su alcoholismo y por sus exabruptos misóginos, religiosos, racistas e incluso, por su capacidad como director con películas feroces como Apocalypto y La pasión de Cristo?–, un border que vuelve a demostrar que puede ser un buen intérprete, en un papel que parece hecho a su medida.
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  • Hanna
    Hanna
    Tiempo Argentino
    Asesina por naturaleza

    El aprendizaje de una chica que en poco tiempo tendrá que enfrentarse a una despiadada asesina y sus esbirros (ver el entrenamiento de La Novia en Kill Bill). O una adolescente que es criada en el rigor de la armas, sin pasado, pero con una misión que tiene que ver con la venganza por su difícil presente (ver toda la saga de Bourne). Y también, una joven que mira a su padre-mentor y aprende, se prepara, porque además de saber que pronto va a dejar la seguridad del bosque helado para encontrarse con un mundo hostil, también intuye que ese paso se convertirá en el fin de su niñez (leer cualquier cuento de la obra de los hermanos Grimm).
    Las referencias son múltiples y se van entrelazando a medida que el relato sobre una niña de apenas 14 años, Hanna (Saoirse Ronan), se convierte en una máquina de matar en la fría Finlandia, para que cuando esté preparada, cuando ella sienta que es el momento, encuentre la manera de terminar con Marissa (la fantástica Cate Blanchett), responsable de muchas cosas, entre otras, de haberla convertido en una monstruosidad diseñada para convertirse en una asesina.
    El thriller, dirigido por Joe Wright (El solista; Orgullo y prejuicio), sin duda demuestra que al resignificar diferentes películas del género las honra con una puesta electrizante, siempre entretenida. Pero también, el director británico va un paso más allá, complejizando el relato con una puesta oscura y ciertamente imprevisible, donde además del origen incierto de Hanna, las postas que determinaron su presente y la venganza en progreso, lo alejan de la relación obvia de compararla con la serie Nikita.
    A todo esto hay que sumarle la tensa relación del personaje con su padre Erik (Eric Bana), en donde la camaradería, el rigor, más la expectativa por lo que se viene, conforman una trama tensa y amorosa sobre la responsabilidad de los padres y la presión sobre los hijos para estar a la altura de las expectativas. Y sí, un poco como Sarah Connor con su hijo John en Terminator.
    Hanna tiene algunos descuidos en cuanto al guión, pero en conjunto, con sus personajes atormentados, su densidad y sobre todo su confianza en el género, es una buena película. Y si los productores no explotan el interrogante sobre qué pasará con la protagonista en la vida adulta, están locos.
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  • Blue Valentine
    Blue Valentine
    Tiempo Argentino
    Cuando el amor se acaba para siempre

    Con una excelente labor de Ryan Gosling y Michelle Williams, este drama intimista aborda los obstáculos que debe sortear el romance para sostenerse en el tiempo, la vida adulta de la pareja y cómo se construye una familia.

    Dean (Ryan Gosling) y Cindy (Michelle Williams) se conocen y no pasa demasiado. Después Dean busca a Cindy y no la encuentra, hasta que se cruza con ella y hace lo posible por seducirla. Lo logra, se enamoran, hacen el amor, están siempre juntos, pero en el camino Cindy queda embarazada y deja en claro que la niña que va a nacer podría no ser de Dean. A él no le importa. Están enamorados y se casan. Se quieren, la niña crece, ella abandona la idea de ser médica y se convierte en enfermera, él sobrevive en trabajos poco calificados, no tiene ambiciones, le basta con tener una familia. Y pasan los años, pocos, los suficientes para que la pareja se agote y el amor se termine.
    La ópera prima de Derek Cianfrance se extiende como un drama intimista sobre el amor, o mejor dicho, sobre los obstáculos que debe sortear para sostenerse en el tiempo, en donde tiene mucho que ver el ingreso a la vida adulta de la pareja y la necesidad de construir una familia propia.
    Con una fuerte influencia de John Cassavetes (sobre todo con Faces, de 1968) o por caso de Una pareja perfecta (Nobuhiro Suwa, 2005), Blue Valentine: una historia de amor es una película de actores, donde todo el peso dramático se centra en el excelente trabajo de los protagonistas –por el que Williams estuvo nominada en los últimos premios Oscar y Gosling no, aunque lo merecía de sobra–, que con el correr del relato van desplegando un abanico de recursos que por sí solos valen la pena.
    Pero además de una excelente dirección de actores, Cianfrance hace una cuidada puesta en escena, donde el montaje paralelo alterna la historia de un amor en construcción con el fin de la relación amorosa, con el telón de fondo angustiante y en progreso de hoteles de paso, asilos para ancianos y edificios grises.
    Es cierto que hay unas cuantas escenas que parecen sacadas del imaginario cinematográfico indie estadounidense, con encuentros sexuales un poco por encima de la mojigatería del cine mainstream o momentos “únicos e irrepetibles” remarcados innecesariamente por la banda de sonido, pero en conjunto, Blue Valentine: una historia de amor es una buena película que se destaca por su honestidad, entre los films adocenados que cada semana fatigan la cartelera de estrenos.
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  • Poder que mata
    Poder que mata
    Tiempo Argentino
    Un vodevil con olor a naftalina

    La ductilidad de François Ozon detrás de cámaras parece no ceder: Bajo la arena, El refugio (estrenada el año pasado), 8 mujeres y La piscina son algunas de las películas de este cineasta camaleónico y con buena respuesta de público. Su eclecticismo no se discute y tampoco su democrática decisión de recurrir a actores reconocidos para interpretar roles de peso: allí están los nombres de Charlotte Rampling, Catherine Deneuve, Emmanuelle Béart y Fanny Ardant para engordar la taquilla. Ahora Ozon convocó otra vez a Denueve y al gigante Depardieu para construir en imágenes un vodevil que protagonizara en las tablas Mirtha Legrand con dirección y producción de Daniel Tinayre a fines de los ’80 y que ubica su acción a fines de la década anterior. En efecto, se trata de Potiche.
    La película narra la nueva vida política de una mujer (Denueve) aferrada a las directivas de su esposo (Luchini), un verborrágico y tacaño empresario de una fábrica de paraguas. Hay personajes secundarios –los hijos de la pareja, ella conservadora, él liberal y gay– una secretaria sometida por su jefe y un grupo de obreros en rebeldía frente al poder del dinero. Y, claro, el personaje de Depardieu, encarnando a un sindicalista de izquierda que parece sacado de un folleto para iniciados en el tema. En realidad todo es leve, simpático con reservas, pueril en su concreción. Por momentos, da la impresión de que la película atrasa más de medio siglo, no sólo desde su pensamiento ideológico, sino también desde la forma en que está concebida, como si la torpe y desganada puesta de Ozon no se preocupara por salir de la teatralidad original, omitiendo cualquier riesgo que se relacione con el lenguaje del cine. Mujeres al poder es un film fuera de estos tiempos, donde a Deneuve se la ve contenta cambiando vestuario un montón de veces, tal vez rememorando a la versión teatral argentina de hace más de dos décadas. http://tiempo.elargentino.com/notas/trama-secreta-de-gran-engano
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  • Rápidos y furiosos 5
    Rápidos y furiosos 5
    Tiempo Argentino
    Lo mismo, pero más y mejor

    Para cualquier desprevenido que no tenga ni idea de qué se trata la saga de Rápido y furioso, que no vio ninguno de los films en el cine o en las infinitas repeticiones en los canales de cable, y que incluso logró evadir el infernal aparato publicitario que en cada entrega se hace más y más grande, el puñado de películas sobre autos superpotentes, chicas que quitan el aliento y héroes que estallan en testosterona y anabólicos se convirtieron en clásicos del “cine entretenimiento”. Y aunque es el cine en su faceta más pobre, en su descargo hay que decir que nunca aspiró a otra cosa.
    En esta nueva entrega Brian (Paul Walker) se refugia junto a Dom (Vin Diesel) en Río de Janeiro después de ayudarlo a escapar de la cárcel y, por supuesto, allí los espera un último trabajo con el que lograrán su ansiada libertad. Entre las luces cariocas, favelas, chicas, chicas y menos autos que en el resto del combo, los muchachos que ya se conocen con una sola y viril mirada enfrentan al peligro por partida doble: por un lado a un temible narco (Joaquim de Almeida), y por el otro a la ley, a cargo del agente federal Hobbs (Dwayne Johnson), que los persigue con tanto ahínco que parece la versión moderna del policía Samuel Gerard de El fugitivo.
    En fin, entre diálogos imposibles, mucha, muchísima acción, un director experto en el género como Justin Lin –que se apresta a dirigir la quinta entrega de Terminator–, tiene una mirada por lo menos condescendiente sobre el Brasil, Rápidos y furiosos 5 abandona cualquier pretensión de construir un relato más o menos verosímil y se decide por la acción pura, sin reflexión, con la certeza de que los capítulos anteriores sentaron las bases de la saga y que ahora alcanza con que todo sea más espectacular, más grande, más sorprendente.
    Y hay que decir que la decisión es acertada, porque la quinta entrega se convierte en algo así como en parque de diversiones temático, con autitos, personajes intrascendentes y una trama endeble, pero brillantemente coreografiada y entretenida.
    Si al menos en su comienzo en el ancho y largo mundo del cine de superacción la saga de Rápido y furioso ocupaba un lugar bastante marginal, con el correr del tiempo y al igual que por caso, Rocky y Rambo, cada capítulo de la licencia fue sumando adeptos, conquistando a propios y a extraños, con la provadísima fórmula de fierros, chicas, tiros, persecuciones y relatos mínimos que funcionan como excusa para mostrar fierros, chicas, tiros y persecuciones. Y no está mal que así sea
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  • Scream 4
    Scream 4
    Tiempo Argentino
    El grito sangrado que sigue vigente

    La cuarta de la saga sigue el camino trazado por sus predecesoras: grandes dosis de humor negro, asesinatos de adolescentes, diálogos filosos, referencias a otros films y nuevas reglas que le dan un toque contemporáneo.

    La serie Scream, que tuvo su primera entrega en 1996, fue la responsable directa del revival del slasher, ese subgénero de asesinos psicópatas y enmascarados, con predilección por las víctimas adolescentes, que tuvo su apogeo entre los ’70 y los ’80, y del que su director, Wes Craven, había sido una de las figuras clave con Pesadilla en lo profundo de la noche y con la gestación de uno de sus íconos más recordados: Freddy Krueger. Un subgénero que para los ’90 ya había entrado en decadencia y que, gracias al éxito del primer film de la serie, produjo dos secuelas e inspiró varías películas como Sé lo que hicieron el verano pasado o Leyenda urbana (que a su vez, como es la norma, tuvieron sus respectivas secuelas), antes de que el mismo revival sufriera su propia decadencia.
    Lo que distinguía a Scream de sus imitadoras, y le daba un valor agregado, era la autorreferencialidad, la propia conciencia explicitada de pertenecer a un género donde los personajes (fanáticos a su vez de las películas de terror) citaban sus reglas mientras las seguían al pie de la letra, aun para su desgracia. Esa fue una constante en una serie que desde el comienzo se planteaba antes como una parodia de los slasher, aunque sus films también pudiesen funcionar como tales.
    Una década después, la saga se reabre, y si las circunstancias (la progresiva baja de calidad de casi todas las series de este tipo a medida que se suman las secuelas) no permitían albergar muchas expectativas, lo cierto es que Scream 4 es bastante más de lo se esperaba. Ya se sabe que los slashers no necesitan excusas a la hora de añadir capítulos, pero la historia se reinicia sin parecer demasiado forzada. Scream 4 sigue el camino trazado por sus predecesoras, con el humor negro, los asesinatos brutales (aunque no demasiado ingeniosos) de adolescentes salidos de algún éxito televisivo, los diálogos filosos, las referencias a otros films y nuevas reglas que se vienen a sumar para darle un toque contemporáneo. El fuerte sigue siendo, además de la sangre derramada, la autorreflexión que permite al fan jugar con los datos sin que se transforme en un chiste para especialistas.
    Cerca del final, la protagonista y eterna acosada Sydney (Neve Campbell) formula la que para ella sería la primera regla de las secuelas: “No jodas con la original.” Una regla que Craven y el guionista Kevin Williamson (el mismo equipo creativo desde el comienzo) trataron de seguir como para que ahora sea posible una continuación bastante digna.
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  • La chica de la capa roja
    La chica de la capa roja
    Tiempo Argentino
    Caperucita en target teen y vampírico

    Basada en el legendario cuento de los hermanos Grimm, la directora de Crepúsculo acerca la historia al género que popularizó con un lobo sanguinario y un trasfondo de desconfianza que la transforma en un disparate reaccionario.

    Si el relato de Caperucita Roja circuló como una de las tantas historias que se trasmitían oralmente en la Europa medieval hasta que en el siglo XlX los hermanos Grimm lo encuadraron dentro de su imaginario poblado de seres tenebrosos, crímenes y castigos, la versión cinematográfica de Catherine Hardwicke está basada en el cuento original pero, escandalosamente, anclada en jóvenes. Se trata de personajes paliduchos, sedientos de sangre y convenientemente excitados, es decir, el “género Crepúsculo” (del cual Hardwicke dio el puntapié inicial), que en libros, series y claro, en el cine, se supone que enloquece a los adolescentes.
    La chica de la capa roja se ubica difusamente en algún lugar de la Europa del 1300, en una aldea aislada, donde sus habitantes saben que deben rendir un tributo magro –un chanchito cada tanto– para que el lobo que los acecha desde siempre los deje tranquilos. Por supuesto, no es sólo un animal de carácter irascible, sino que se trata de un licántropo, es decir, un hombre que se convierte en bestia, casi siempre en busca de venganza.
    El monstruo un día se cansa de la dieta porcina y mata a una joven doncella, una muerte que complica la huída de su hermana Valerie (la etérea Amanda Seyfried) con Peter (Shiloh Fernández), un leñador pura fibra que la quiere bien y no va a permitir que su amada se case con Henry (Max Irons), el bacán del lugar.
    Lo que continúa es más o menos previsible, con el pueblo temeroso, las víctimas que se siguen sumando a la carnicería, la aparición del Padre Salomon (Gary Oldman), un fundamentalista especializado en cazar bichos raros, mucha bruma, espadas de plata, la tensión sexual entre la parejita protagónica, el lobo que es malo, pero que también ofrece un mundo de sensaciones, y sobre todo la paranoia, a partir del descubrimiento que cualquier vecinito puede ser el feroz asesino.
    Y ahí, donde el despropósito hecho película muestra su peor cara, porque si a duras penas y con un enrevesado guión se hacían malabares para encuadrar al cuento de Caperucita en el target joven y vampírico, el relato se asienta en una especie de caza de brujas y hasta una versión macartista a destiempo, donde todos desconfían de todos y el enemigo está dentro de la propia comunidad, que convierte a La chica de la capa roja en un disparate, pero además, un disparate reaccionario.
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  • Torrente 4
    Torrente 4
    Tiempo Argentino
    Siempre bruto y eficaz

    Torrente, el brazo tonto de la ley (1988) fue, en su momento, un mazazo de incorrección que dejó a todos boquiabiertos. El oficial José Luis Torrente, la infame creación de Santiago Segura, estaba en el peor lado de todo: racista, misógino, corrupto, traicionero, cobarde y extremadamente desagradable. Y a pesar de todo eso –o quizás precisamente por eso– se constituía en un personaje querible (entrañable, diría algún presentador de la vieja guardia). Y claro, es difícil replicar el impacto, y mucho menos la sorpresa, de ese primer golpe. Llegaron entonces las secuelas y estas se dedicaron a repetir la fórmula ganadora. Lo mismo sucede con la cuarta entrega, que viene a ofrecer más de lo mismo, que es también lo que esperamos, porque a esta altura las películas de Torrente son como los discos de esas bandas que siempre suenan igual pero siempre gustan porque nos dan lo que les pedimos.
    Y si cada entrega se encarga de repetir más o menos la formula, también lo que hace es ampliarla un poco, o más bien aplicarla a algún otro contexto. Así, si la segunda parte se propuso como una parodia de las películas de James Bond y la tercera como una burla al film El guardaespaldas (que a Segura no le gustaba ni un poquito) este nuevo capítulo tiene como referente en su primera parte, ubicada en un escenario carcelario, a Escape a la victoria (aquella de John Huston, con Stallone, Pelé y Ardiles, entre otros, tratando de huir de un campo de concentración en medio de un partido de fútbol entre prisioneros y oficiales nazis) y, en su última parte, a las películas de acción del tipo Arma Mortal o Duro de Matar (el título Lethal crisis, ya da una pauta de ello), con un despliegue obsceno (no podía ser de otra manera) de tiros, explosiones, persecuciones, coches que vuelan y destrucción en general.
    Lo otro que viene a ofrecer como novedad Torrente 4 es el 3D, que más allá del gancho que todavía pueda lograrse con este tipo de artilugios, a Segura le sirve fundamentalmente para redoblar su apuesta por lo escatológico y arrojar asquerosidades varias a la cara del espectador. Que, para este caso, es el uso lógico y adecuado del efecto, aquel que el fan del personaje sabrá apreciar y festejar entre la sonrisa y el desagrado. El humor de Torrente es así: básico, bruto y eficaz, y sigue despertando carcajadas que se mezclan con el asco o la incomodidad. Es así como todavía funciona, y como reza un dicho conocido ¿si no está roto, para que arreglarlo?
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  • Pase libre
    Pase libre
    Tiempo Argentino
    Los Hermanos Farrelly según pasan los años

    Si la Nueva Comedia Americana (NCA) está instalada cómodamente y hasta generó un canon que casi todo el mundo acepta, con películas como Tres es multitud (1998, Wes Anderson), El hijo del diablo (Steven Brill, 2000), Zoolander (Ben Stiller, 2001), Virgen a los 40 (Judd Apatow, 2005), Supercool (Greg Mottola, 2007) o Cómo sobrevivir a un rockero (Nicholas Stoller, 2010), sólo para nombrar unos pocos títulos y realizadores, los hermanos Peter y Bobby Farrelly bien pueden ser considerados pioneros en la renovación del género con Tonto y retonto (1994), Loco por Mary (1998), Irene y, yo... y mi otro yo (2000), Inseparablemente juntos (2003) y La mujer de mis pesadillas (2007).
    Ahora bien, si la NCA se asienta en una visión del mundo donde todo puede y debe ser objeto de la carcajada más liberadora, de una risita irónica o al menos de una sonrisa involuntaria, buena parte de su efectividad se basa en la creación de personajes y relatos que tiene que ver con los problemas a la hora de crecer, ya sea con adolescentes en tránsito hacia el mundo adulto o como adultos que se niegan a ser tales.
    Este es el caso de los protagonistas de Pase libre, un par de cuarentones obsesionados por el sexo (que casi no practican), rebosantes de fantasías sobre el excitante mundo que se despliega puertas afuera de su hogar (y que desconocen) y que definitivamente se sienten presos y agobiados por el matrimonio y sus respectivas familias (que por cierto, apenas registran).
    Y ahí llega la carta blanca, el punto fuerte del film: las esposas del patético dúo les otorgan una semana de libertad para que los muchachotes busquen chicas, para que hagan lo que quieran y vuelvan a casa satisfechos y felices.
    Estos elementos, aunque transitados desde siempre por la comedia de todos los tiempos, bien podrían ser abordados perfectamente por los Farrelly y encuadrarse de manera natural en la NCA. Sin embargo, la película es apenas una sucesión de gags hilvanados por una narración de trazo grueso, que ni siquiera se ocupa de delinear ni darle grosor a los protagonistas –Owen Wilson, Jason Sudeikis, Jeena Fischer, Christina Applegate, todos extraordinarios comediantes–, con un incómodo costado conservador donde el sexo se vive con culpa puritana, los tips escatológicos están fuera de lugar y el humanismo, que camuflado detrás de tantos personajes freaks le dio entidad a la obra de los realizadores, aquí brilla por su ausencia.<
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  • El mecánico
    El mecánico
    Tiempo Argentino
    El perfecto asesino

    Es probable que para los cinéfilos la mención de Jason Statham remita directamente a películas de acción, pura superficie explosiva donde el actor inglés hace lo suyo con eficacia bestial y casi nada de capacidad interpretativa.
    Sin embargo, desde su aparición en Juegos, trampas y dos armas humeantes (1998), luego en la saga de El tranportador y sobre todo el personaje de Chev Chelios en las demenciales y divertidas Crank: Veneno en la sangre (2006) y Crank–Alto voltaje (2009), Statham fue ganando seguidores que valoran su inexpresividad y la capacidad de reírse de sí mismo en proyectos que son casi una garantía de cine de acción de alta calidad.
    En El mecánico, el británico interpreta a Arthur Bishop, un asesino a sueldo, frío, cerebral, sin compromisos con nada, solamente con el placer del trabajo bien hecho y, claro, en la paga que recibe por hacerlo. Las cosas se complican cuando la organización que le provee sus objetivos le ordena que mate a Harry McKenna (Donald Sutherland), su mentor y único amigo, pero que traicionó a la “firma”.
    Lo cierto es que mientras Bishop cumple con su tarea, el relato se encarga de demostrar que la decisión de cumplir con la dolorosa orden está basada en un engaño.
    Remake del título homónimo de 1972 (Fríamente... sin motivos personales fue el título en la Argentina), protagonizada por Charles Bronson, un actor que prácticamente se adueñó de la venganza como subgénero, la versión actual dirigida por Simon West (Tomb Raider, Con Air) prescinde de las pretenciones existencialistas de la original y se concentra en la acción, una elección acertada para un actor como Statham, que está mucho más capacitado para desplegar un arsenal físico, que para ofrecer matices a las dudas de un killer letal.
    Esta falencia del actor británico está compensada por Ben Foster, que como Steve McKenna, hijo del asesinado Harry McKenna, un personaje que también tiene su propia agenda en cuanto a la venganza, y que como discípulo inesperado del hierático Bishop, aporta una interpretación llena de ira contenida que se va en progreso a medida de que avanza el relato.
    El mecánico, versión 2011, es una película de diseño, donde las partes están balanceadas para ofrecer una historia sin sorpresas, pero con oficio y con la mirada puesta en contar un cuentito sin grandes pretensiones.
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  • Amor sin límites
    Amor sin límites
    Tiempo Argentino
    Las sirenas sólo existen en cuentos

    En los mares que bañan la costa de Irlanda, un pescador solitario levanta su red y además de una magra carga de peces, sobre la cubierta del barco, descarga a una hermosa mujer. La primera escena ubica rápidamente al relato en la fuerte tradición celta sobre cuentos de hadas, en lo fantástico, un género en el que el director Neil Jordan (El juego de las lágrimas, Entrevista con el vampiro) incursionó en varias oportunidades.
    Entonces, siempre en un tono melancólico y romántico bajo el cielo permanentemente gris, la película va desgranando la historia que gira en torno a Syracuse (Colin Farrell) un pescador sin suerte, ex alcohólico empujado por la necesidad de cuidar a Annie (Alison Barry), su hija, que necesita un transplante de riñón. El mundo de Syracuse se completa con su ex esposa que va derecho al precipicio por la bebida y muy poco más. Ondine (Alicja Bachleda, esposa en la vida real de Farrel) irrumpe en la vida del protagonista y la tristeza infinita que arrastra empieza a ceder ante la aparición de la mujer, que principalmente para su hija y poco a poco para él mismo, es una sirena cargada de buenas noticias –más peces, la posibilidad de una cura-, aun cuando en torno a Ondine se presiente una tragedia que poco tiene que ver con lo mágico.
    Los cielos cargados, el misterio que rodea a la chica, el mar como un protagonista más, el amor de pocas palabras, van conformando una historia interesante, que se sostiene balanceando numerosos enigmas. Sin embargo, el clima, los silencios, el buen trabajo de Farrell y Bachleda, es decir, todo lo construido meticulosamente durante buena parte del film, se pierden abruptamente en los últimos minutos, con la irrupción de una serie de respuestas a todos los interrogantes, como si de repente, el director hubiera perdido toda la fe en la capacidad de los espectadores de completar los misterios que rodean al relato. <
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  • Un despertar glorioso
    Un despertar glorioso
    Tiempo Argentino
    Un Detrás de las noticias moderno

    La televisión sigue siendo una picadora de carne y así lo vive la joven productora de un noticiero que debe lidiar con los caprichos y vanidades de dos conductores veteranos.

    Si el público aún recuerda a la productora televisiva de Detrás de las noticias (1987), el film donde además de tratar la ética profesional de un programa de noticias seguía la vida de la desenfrenada neurótica protagonizada por Holly Hunter (que cada vez que se aflojaba lloraba en soledad), va a encontrar muchos puntos de contacto con Becky Fuller (Rachel McAdams), la protagonista de Un despertar glorioso.
    Tan neurótica, adicta al trabajo e infeliz como la otra, el personaje resulta francamente odioso en el comienzo de la película, con todos los tics que se supone que debe tener una desbordada productora televisiva. Sin embargo, con el correr de los minutos, cuando el relato se centra en un nuevo empleo –a cargo de un programa matinal en franca decadencia–, lo que parece un gigantesco error de los tantos que se estrenan todos los años, se transforma en un film correcto, que incluso tiene grandes momentos.
    De los ’80 de Detrás de las noticias la realidad de la televisión, del mundo actual, cambió y para peor. La película de Roger Michell (Un lugar llamado Notting Hill) muestra la picadora de carne del mundillo televisivo como un campo de batalla en donde el rating medido minuto a minuto hace que productores, periodistas y entretenedores hagan cualquier cosa por un punto más. Tal vez lo sorprendente de Un despertar glorioso sea que muestra la degradación de la profesión, con la joven productora que, ni por asomo, tiene los pruritos de otros periodistas de antaño.
    Y si bien el personaje puede ser repelente, cuando entra en la historia Mike Pomeroy (Harryson Ford) como un malhumorado periodista de prestigio que se ve obligado a compartir pantalla con Colleen Peck (Diane Keaton), una ex reina de belleza que conduce desde hace años un programa matinal, la película se encamina y hasta se hace disfrutable, aunque siempre dentro de varios convencionalismos.
    Así, mientras en principio se ve la tirantez entre ambos conductores, la posibilidad cierta de que se levante el programa, la negativa de Pomeroy a hacer notas superficiales, se van deslizando algunos diálogos memorables, como cuando Fuller le dice al veterano periodista que se tiene que aflojar, que no sea tan serio, y rápidamente llega la ácida respuesta: “La gente me dice esto cuando me va a meter un puño en el culo.”
    Livianita, llena de clishés pero entretenida, Un despertar glorioso no es una gran película ni pretende serlo, en todo caso es un producto industrial bastante digno. <
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  • El concierto
    El concierto
    Tiempo Argentino
    Sinfonía para estereotipo y trazo grueso

    El film presenta la historia de un reconocido director de la Orquesta del Bolshoi que en tiempos de Brezhnev fue destituido por negarse a echar a músicos judíos, y que en la actualidad está encargado de la limpieza en el teatro.

    Lo peor de ser burdo es cuando uno se toma en serio, lo peor de ser pretencioso es cuando no se tiene con qué. El concierto es el ejemplo de ambas opciones y de lo que puede resultar de esa mezcla de humor ramplón y vocación de sentencia. El rumano Radu Mihaileanu vuelve a tocar temas como el racismo, la identidad, la impostura y la dignidad, que ya había incluido en films previos como El tren de la vida y Ser digno de ser, esta vez mezclando el grotesco, el drama familiar y las apelaciones a la alta cultura.
    El protagonista es Andrei Filipov (Aleksey Guskov,) quien conoció la gloria como director de orquesta y también el escarnio al ser expulsado por negarse a despedir a sus músicos judíos durante la era Brehznev, escarnio del que no escapará ni tres décadas después (aun a 20 años de la desaparición de la URSS). Para mayor humillación, debe ganarse la vida como personal de limpieza en el Teatro Bolshoi de Moscú. Por casualidad, intercepta la invitación a un concierto en el Teatro Chatelet de Paris y elabora un plan para viajar con sus antiguos músicos haciéndose pasar por la verdadera orquesta. Lo que sigue son los enredos y situaciones embarazosas por la cuales se lleva el plan a cabo, para desembocar en un final que no por inverosímil resulta menos previsible. El plan, claro, tiene un fin reivindicativo, pero también otra intención que tiene que ver con la condición que pone Filipov: la inclusión en el concierto de la violinista francesa Anne-Marie Jacquet (Mélanie Laurent), elección que involucra un secreto familiar que será revelado con el sentimentalismo de rigor.
    Mihaileanu le hace decir a sus personajes solemnes parrafadas que expresen sus definiciones sobre el arte, la política o la vida. Pero aun si no fueran banalidades pronunciadas con tono grave es difícil tomárselas en serio en medio del trazo grueso, la comicidad básica, la sensiblería lacrimógena, un anticomunismo rancio de jardín de infantes, y la colección de estereotipos que ningún personaje se salva de portar.
    Y está Tchaikovski, que tendrá su gran momento en la escena del concierto final. Escena que tendrá la doble función de servir de marco para la resolución de todos los conflictos y darle a este desfile de torpezas un prestigio que no le corresponde, de tomar prestado el carácter de obra mayor de una que sí lo es a otra que de otro modo no sería más que una comedia chata que pretende más de lo que puede dar. Un ejercicio de apropiación tramposo que ni Tchaikovski ni cualquier otro compositor, por genial que sea, pueden redimir. <
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  • Fase 7
    Fase 7
    Tiempo Argentino
    Darwinismo en propiedad horizontal

    Daniel Hendler y Jazmín Stuart protagonizan esta ópera prima de Nicolás Goldbart que narra los conflictos en un consorcio en medio de la Gripe A. Bajo el halo de Carpenter, una reflexión sobre la soledad y la falta de solidaridad.

    Pocas veces en los últimos años la percepción de la crítica especializada y del público coincidió de manera unánime en el entusiasmo que despertó Fase 7 en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata del año pasado, donde la película se presentó en la Competencia Internacional. La ópera prima de Nicolás Goldbart –montajista de Los paranoicos, Sofacama, El bonaerense y Mundo grúa, entre otros títulos– rompe la (falsa) dicotomía del llamado nuevo cine argentino vs el viejo, con una película de género divertida, personal y llena de gozosa cinefilia.
    El relato tiene como claro disparador la reciente Gripe A, que en el film se convierte en un virus mortal y apocalíptico que está terminando con la vida del planeta. La pandemia llega a Buenos Aires en el momento que Coco (Daniel Hendler) y Pipi (Jazmín Stuart), están esperando a su primer hijo en su flamante departamento de un edificio porteño cualquiera, que de pronto es puesto en cuarentena por las autoridades sanitarias.
    Un poco irresponsables, un poco metidos en su mundo de pareja de clase media, Coco y Pipi empiezan a notar con alarma que algo no anda nada bien y que sobre todo, los que hasta ese momento eran los anónimos y amables vecinos, como el viejito Zanutto (un brillante Federico Luppi, bien lejos de cualquier otro papel de su carrera) y Horacio (Yayo, un hallazgo para el cine tanto como Daniel Aráoz en El hombre de al lado), se convierten en despiadados depredadores, puro darwinismo social en progreso, capaces de volarle la cabeza a sus compañeros de consorcio por el contenido de una heladera.
    Así, mientras la parejita hace lo posible por acomodarse a la nueva situación, las lealtades y alianzas transitorias se van acomodando al compás de la desconfianza, el surgimiento de insospechados y feroces líderes que se abren paso en la maraña de rumores, trampas y emboscadas, a puro escopetazo y miembros cercenados en un edificio convertido en una trampa mortal.
    Con la obra de John Carpenter como horizonte, Fase 7 va sumando capas de géneros como el terror, la comedia, el western, el gore y la ciencia ficción, maneja con soltura un abanico de climas que van desde la paranoia pura, pasando por la violencia extrema, hasta el humor negro. Y en su aparente liviandad, sin una pizca de solemnidad, se permite un discurso político para reflexionar sobre la soledad, el aislamiento y la falta de solidaridad. <
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  • 127 horas
    127 horas
    Tiempo Argentino
    Odisea solitaria al filo de la muerte

    Basada en una historia real y nominada a dos Oscar, esta nueva película de Danny Boyle relata cómo un hombre queda atrapado en una fisura en el Cañón Blue John y se enfrenta al dilema de morir o mutilar su cuerpo.

    Un hombre corre, anda en bicicleta, salta, trepa, nada. Tiene una vitalidad que parece no saber de límites. Respira vida casi de manera obscena. El hombre es un individualista a ultranza, un adicto a la adrenalina, que como cualquier otra adición, le exige desafíos cada vez más arriesgados: recorrer una distancia en el menor tiempo posible, saltar al vacío sin saber qué hay abajo, escalar grietas eternas en un cañón solitario.
    El hombre es Aron Ralston, que un sábado salió de excursión solo, sin avisar a nadie donde iba y, en un momento del paseo extremo, quedó atrapado durante cinco días en una fisura en el Cañón Blue John del Estado de Utah, con una mano aplastada por una roca que lo enfrentó al dilema de morir o mutilar su cuerpo para poder salir de la trampa mortal que le deparó el destino. Y su propia soberbia.
    La historia real se traslada al relato de Danny Boyle, y Ralston es James Franco, que se carga el relato al hombro en un tour de force a la manera de Ryan Reynolds en la reciente Enterrado, Colin Farrell en Enlace mortal, pero sobre todo como el trabajo de Tom Hank en Náufrago, la película con la que dialoga 127 horas.
    Boyle es un realizador sobrevalorado que a golpes de efecto y por qué negarlo, una buena dosis de ingenio, logró recorrer un exitoso camino en el cine, desde la sorprendente Trainspotting, pasando por la apocalíptica Exterminio, hasta la miserable ¿Quién quiere ser millonario?
    Con su última película parece encontrar un punto intermedio a partir de los recursos de la puesta en escena, empezando por la camarita que carga el protagonista, lo que le permite documentar la odisea, mostrar su legado a familiares y amigos, los momentos oníricos producto de la deshidratación, el juego de una supuesta audiencia de un improbable talk show, y claro, dejar su marca a través de los habituales recursos estéticos que maneja desde siempre. El director británico recurre a la pantalla dividida, a los colores saturados, y al sonido que irrumpe para arrancar una sonrisa o para acentuar un momento dramático, a lo que se suma como siempre el cuerpo como campo de batalla, aquí de una odisea solitaria en donde fluidos, dolor y frío conviven con la tragedia, el enojo, la redención, el coraje y la determinación.
    Efectiva en su desvergonzada manipulación del espectador, 127 horas es una película menor que logra ciertos momentos de cine. Lo demás es puro golpe de efecto. <
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  • El ganador
    El ganador
    Tiempo Argentino
    Los fantásticos y disfuncionales Ward

    Casi a fin del año pasado se estrenó Atracción peligrosa, segundo y excelente opus del injustamente denostado Ben Affleck, que ponía en el centro de la escena a Charlestown, cuna de poderosas bandas de ladrones de bancos de la ciudad de Boston. Siempre dentro del estado de Massachusetts, la acción de El ganador se traslada unos kilómetros más allá, a la igualmente dura comunidad de Lowell, que con su historia de abandono y pobreza, es la plataforma casi ideal para despachar al mundo gloriosos perdedores que se suben al ring para escaparle al destino.
    De eso se trata la película de David O. Rusell (Secretos íntimos, Tres reyes), un relato que si bien se asienta en la épica del boxeo, traza un inigualable perfil de una comunidad golpeada por la marginalidad. “Irish” Micky Ward (Mark Wahlberg) llegó a ser campeón en la categoría welter junior luego de superar una serie de obstáculos, el principal su medio hermano y entrenador Dicky (Christian Bale), con un pasado más o menos glorioso como El orgullo de Lowell, ese que logró tumbar a Ray Sugar Robinson antes de hundirse definitivamente por su adicción al crack.
    Buena parte del relato oscila entre la carrera de Micky, que no va hacia ninguna parte, con entrenamientos fallidos o gigantescos errores a la hora de elegir rivales y la aparente caída sin fin de Dicky, que incluye un documental en progreso sobre su adicción, que él confunde con una película sobre sus glorias pasadas.
    Todos los tics del género están perfectamente integrados a la historia, pero lo que hace verdaderamente interesante a la película es el monstruoso entorno de los hermanos. Porque el núcleo duro del film es Alice (la gran, gran Melissa Leo), una mamá-manager terrible, manipuladora, insegura, absorbente pero absolutamente querible, que junto a sus hijas y la novia de Micky (Amy Adams), son el principal obstáculo y a la vez, el último y único refugio posible de una familia disfuncional, pero unida para siempre en ese Boston irlandés, olvidado y miserable.
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  • Temple de acero
    Temple de acero
    Tiempo Argentino
    Lo mejor de los Coen en un western

    Multinominada para un total de diez posibles premios Oscar, esta remake de un célebre film con John Wayne va mucho más allá de la recreación. Consigue ratificar el personal estilo de los hermanos Joel y Ethan, en un marco clásico.

    Desde hace varias décadas, el western tiene fecha de vencimiento. Sin embargo, la muerte anunciada se va postergando a medida de que aparecen películas que demuestran que el género todavía no está agotado. Sólo por nombrar algunos títulos más o menos recientes, allí están Los imperdonables, Silverado o El tren de las 3:10 a Yuma, que conservaban y resignifican la épica del Far West.
    Ahora bien, si la original Temple de acero (1969, dirigida por Henry Hathaway, que le valió un Oscar a John Wayne encabezando un elenco en el que estaban unos muy jóvenes Robert Duvall y Dennis Hopper), se inscribe dentro de los llamados western otoñales –una variante que en general desprecian los fanáticos del género en tanto lo muestra anacrónico y lo despide frente al avance de la modernidad–, la película es una obra menor dentro de la filmografía de Hathaway y del propio Wayne, por lo que en principio no existiría razón para una remake.
    Pero a pesar de la aprensión previa, Temple de acero es una gran película. El relato de una niña que contrata al comisario Reuben J. “Rooster” Cogburn para que detenga al asesino de su padre, le sirve a los Coen para hacer una revisión del género. Actualizarlo y a la vez mantener el respeto por la historia que los precede.
    Porque Cogburn parece hecho a medida de los creadores de personajes como Anton Chigurh (Sin lugar para los débiles), The Dude (El gran Lebowski), o Tom Reagan (De paseo por la muerte), todos ellos en los márgenes del sistema y con un particular sentido de la justicia. Jeff Bridges se calza las botas de John Wayne, nada menos, y realiza una soberbia interpretación del comisario borracho que conoció mejores épocas, pero que a pesar del alcohol y la soledad conserva intacta su dureza.
    Y en el camino hacia el territorio indio donde se refugia el asesino Tom Chaney (Josh Brolin), se delinean perfectamente una serie de personajes deliciosos, como el ranger texano LaBoeuf (Matt Damon), un poco torpe y sin demasiadas luces, o la niña Mattie Ross (Hailee Steinfeld), la voz del relato. Todos con sus momentos gloriosos, sin la menor sombra de cinismo a la que son abonados los Coen, que por si fuera poco, se permiten una antológica escena que por si sola justifica toda la película, donde Cogburn-Bridges se enfrenta, Winchester en una mano y el Colt de cinco tiros en la otra, contra cuatro forajidos.
    En definitiva, en pleno siglo XXI, Temple de acero se convierte en un clásico instantáneo que no desentona con la rica historia del western.
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  • Lazos de sangre
    Lazos de sangre
    Tiempo Argentino
    Lo primero (y lo único) es la familia

    Si una de las posibilidades del cine es descubrir mundos, mostrarlos y desgranarlos para los espectadores, Lazos de sangre cumple de sobra con ese cometido. El film de Debra Granik, nominado a cuatro premios Oscar, incluido mejor película, se interna en un pueblo rural de Missouri, en la periferia económica y política de los Estados Unidos, aunque se encuentra en el centro geográfico del país.
    Y es que lo que muestra Lazos de sangre es el abandono y la destrucción de una región, con un tejido social definitivamente roto por la miseria. En ese contexto sobrevive Ree Dolly (la extraordinaria Jennifer Lawrence), una chica de apenas 17 años que mantiene a sus dos hermanitos y a su madre enferma como puede. El padre ausente, perseguido por la justicia por el tráfico de drogas, en su última detención puso como garantía de la fianza la cabaña donde vive la familia, por lo que Ree debe encontrarlo para evitar perder su hogar.
    Lo que sigue es un denso recorrido por las profundidas del país, en una comunidad endogámica donde tíos, sobrinos y primos, a cuál más duro y distante, guardan infinidad de secretos, sobre todo el destino del padre en fuga.
    Tachos de plástico, nylon sucio, botellas, camionetas desvencijadas, armas, drogas y alcohol, el paisaje boscoso de Ozark es el lugar donde la protagonista transita un trágico rito de pasaje de la adolescencia al mundo adulto.
    Los diálogos secos y la atmósfera opresiva de un paisaje hermoso (que en el film adquiere una tonalidad en descomposición) van marcando la violencia en progreso de un relato denso, que devela gradualmente las distintas capas de silencio, complicidad y decisiones feroces. Es probable que Lazos de sangre no gane el Oscar, pero ya es un milagro que al menos esté nominada junto a films más livianos como El discurso del rey y Red social.
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  • De amor y otras adicciones
    Rara, simpática y desconcertante

    La historia del encuentro entre un vendedor de viagra y una chica que batalla contra el mal de Parkinson es el eje de esta comedia romántica -con varios golpes bajos- que conjuga una ácida visión del negocio de la salud.


    Uno. Además de ser un mujeriego compulsivo, Jamie Randall (Jake Gyllenhaal) es un vendedor nato que trabaja en un negocio de electrodomésticos hasta que lo echan e ingresa a trabajar al laboratorio Pfizer, el gigante farmacéutico que en 1996, el año, que está ambientada la película, pelea en inferioridad de condiciones el mercado de los antidepresivos con Zoloft, frente al más popular Prozac. La balanza comercial se equilibra cuando Pfizer pone en el mercado el viagra, las famosas pastillitas azules que actúan sobre la impotencia y que desde esa época se venden como pan caliente. De amor y otras adicciones pone en foco las miserias de la industria farmacéutica a través del protagonista, convertido en visitador médico. Un negocio que incluye la despiadada lucha por imponer productos a los médicos que aceptan sobornos por recetar medicamentos de determinadas marcas, y a los consumidores, rehenes indefensos frente a un sistema dominado por las corporaciones.

    DOS. Maggie Murdock (Anne Hathaway) trabaja como camarera y además, todos los meses lleva a un grupo de enfermos a comprar medicamentos a Canadá, donde los remedios son infinitamente más baratos que en los Estados Unidos. Maggie tiene 26 años, antes fue fotógrafa hasta que se lo impidió el prematuro mal de Parkinson que padece. Es decir, tiene los días contados antes de que la enfermedad haga lo suyo en su cuerpo y en su cerebro. Entre la depresión y las ganas de vivir una vida normal, conoce a Jamie, un chanta egocéntrico, ambicioso y misógino, que sin embargo muestra alguna humanidad. La atracción sexual es fulminante, el amor también, a pesar de que la relación tiene fecha de vencimiento por la devastadora enfermedad de ella. De amor y otras adicciones es un melodramón difícil de digerir, que en su vulgar dramatismo acentúa una y otra vez el tópico de que el amor siempre triunfa.

    TRES. Todo esto es De amor…, una ácida visión del negocio de la salud desde el mismo riñón de Hollywood y a la vez, una comedia romántica que explota el avance de una enfermedad devastadora sin ningún prurito. El film de Edward Zwick –un artesano capaz de abordar proyectos bien disímiles como Desafío, Diamante de sangre, El último samurai, Leyendas de pasión–, es una coctelera emocional con varios cambios de registro que por momentos desconcierta, pero que al final arroja un balance favorable, más allá de una historia de amor marcada por la tragedia y los golpes bajos.
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  • Los viajes de Gulliver
    Los viajes de Gulliver
    Tiempo Argentino
    Un gigante demasiado pequeño

    En esta nueva adaptación del clásico de Swift, Jack Black interpreta a un repartidor de correo que acepta ir al Triángulo de las Bermudas para impresionar a una chica. Pero los desbordes del protagonista opacan el resultado.

    El relato de Jonathan Swift, escrito a finales del siglo XVIII, tuvo varias adaptaciones en el cine, desde la famosa película de animación de 1939 dirigida por Dave Fleischer, realizador de Las aventuras de Popeye, hasta una versión española en 1983 a cargo de Cruz Delgado. El nuevo responsable de llevar a la pantalla grande las aventuras de Lemuel Gulliver, gigante o enano según los mundos que le toquen transitar, es Rob Letterman (Monstruos vs Aliens, El espanta tiburones) y Jack Black como productor. Y es justamente con la estrella de Escuela de rock que empiezan los problemas.
    La personalidad hiperquinética del actor va en contra del relato, que trasladado al presente tiene como protagonista a un hombre-niño, que vegeta como repartidor del correo en un diario, y que en un intento de impresionar a Darcy (Amanda Pett), una editora de viajes, acepta ir al llamado Triángulo de las Bermudas para hacer una crónica del misterioso lugar. Por supuesto, la travesía terminará en Lilliput, la tierra de la gente pequeña, donde lejos de su existencia gris en Nueva York, el protagonista se convierte en un héroe, acepta el mundo adulto y hasta consigue novia.
    Más allá del cantado final feliz y de la moraleja fácil de un gigante que en tierras mínimas se hace grande, la comicidad de Black, basada en un abanico de muecas desaforadas, aplasta todo a su paso. A esto hay que sumarle la música, que a diferencia de María Antonieta, la reina adolescente o Corazón de caballero, dos películas recientes donde la música estaba perfectamente integrada al relato, en Los viajes de Gulliver el rock está metido como un capricho del actor y productor (además de Escuela…, hay que recordar Delirios de fama: Tenacious D, una comedia más o menos autobiográfica en clave heavy metal).
    La película además abusa de los homenajes berretas (a La guerra de las galaxias, a Titanic, a Transformers), pero por sobre todas las cosas, la puerilidad de esta adaptación “moderna” tiene el cretinismo de presentar al gigante como un enviado del progreso, que entre otras cosas se traduce en la construcción de un nuevo Time Square en un reino de cuento de hadas, el merchandising de todo tipo de marcas, y hasta el cambio de vestimenta de los nativos. Un Gulliver que funciona como aplanadora cultural y creador de nuevos mercados. ¿Suena conocido no?
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  • Somewhere - En un lugar del corazón
    Como Perdidos en Tokio parte dos

    Llega la última creación de Sofia Coppola, ganadora del León de Oro en Venecia, centrada en la vida de un chico malo de Hollywood que lleva un trajín de excesos en un hotel hasta que su hija de once años irrumpe en su vida.

    Johnny Marco (Stephen Dorff) es una estrellita de Hollywood con todos los vicios que se supone tiene a su alcance un actor joven en el pico de su carrera: excesos, confort, caprichos, acceso a casi todo lo que se pueda comprar (drogas, una Ferrari, viajes), y por supuesto, también la nada existencial.
    Johnny vive en el famoso Chateau Marmont del barrio de Sunset Strip en Los Ángeles, un hotel con historia, acostumbrado a albergar (y lidiar) con actores, músicos, productores y todo el abanico de personalidades que pueden pagar el lujo y, sobre todo, la discreción del lugar. El protagonista pasa el tiempo, se droga, tiene sexo con chicas que se le regalan, lucha con sus demonios, se aburre. Imprevistamente tiene que convivir por unos días con su hija Cleo (Elle Fanning, hermana de Dakota), una adorable niña que lo conecta con el mundo real y lo obliga a reflexionar sobre su ausencia como padre, la madurez y a enfrentarse con el vacío. Su vacío.
    Con Somewhere, en un rincón del corazón, Sofia Coppola, de 39 años, actualiza, hace un homenaje, una remake, o lisa y llanamente una copia de Perdidos en Tokio (2003), la película que la puso en el mapa mundial del cine, después de su extraordinaria ópera prima, Las vírgenes suicidas (1999).
    Si bien el tercer largo de la directora neoyorquina tiene grandes momentos –el show privado de las stripper en la habitación mientras el actor se duerme, el premio que recibe en Italia en una ceremonia desopilante–, la historia, el manejo de los tiempos muertos, las situaciones cool balanceadas con escenas de franco patetismo, pero sobre todo, la soledad del estrellato, son un pálido reflejo de lo hecho en Perdidos en Tokio, un film que tiene la frescura de una realizadora atenta a los detalles y con una mirada ácida pero también compasiva sobre un mundo que conoce desde la cuna, que aquí se repite sin fuerza, con una apuesta basada en el cálculo. Una ecuación que incluye el célebre hotel donde la directora vivió mientras su padre rodaba películas como Apocalipsis Now o Cotton Club.
    Sofia Coppola estaba trabajando en un proyecto sobre vampiros pero lo abandonó por Somewhere –con la que ganó el León de Oro en el Festival Internacional de Cine de Venecia del año pasado–, lo cierto es que pasados los casi 100 minutos del relato, parece que la realizadora se decidió por vampirizar su propia obra. <
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  • Más allá de la vida
    Más allá de la vida
    Tiempo Argentino
    Clint, como si nada hubiera sucedido

    El nuevo film de Eastwood incursiona en el género fantástico a través de tres historias que se entrelazan y que giran en torno al tema de la muerte: un tsunami, un accidente y el don de comunicarse con el más allá.

    Hace tiempo que Clint Eastwood está como despidiéndose. Lo atestiguan su adiós a la actuación en Gran Torino (2008), su último gran film hasta ahora, tanto como el tono crepuscular de varias de sus películas, donde no tuvo reparos en hablar (y hasta bromear) acerca de su edad avanzada. En este contexto, una película sobre la muerte parece ir en ese mismo sentido. Si no, es difícil de entender por qué realizó este proyecto que nada tiene que ver con su filmografía.
    Más allá de la vida se compone de tres historias alternadas cuyo denominador común es la experiencia con la muerte. Una periodista francesa (Cécile de France) que sobrevive al devastador tsunami del Océano Índico de 2004, un psíquico norteamericano (Matt Damon) que rehúye a su don de comunicarse con los muertos y un niño inglés que pierde a su hermano gemelo en un accidente (ambos interpretados por Frankie y George McLaren). Una experiencia, en cada caso, que cambiará la forma de valorar y encarar la vida.
    A pesar de que el tema amenaza con el abordaje místico, el comienzo es prometedor en la presentación de los personajes y hasta sorprende con la espectacular escena del tsunami, que Clint filma mejor que cualquier catastrofista profesional. Pero, claro, se trataba de hablar de la muerte o lo que habría después de ella, y aunque uno de sus protagonistas, justo el que puede comunicarse con los que pasaron al otro lado, reconozca sobre todo dudas, el film viene a comunicar certezas y privilegiar la postura de la periodista que, después de su ida y vuelta al más allá, arremete con un bestseller en plan Víctor Sueiro, donde pregona con fervor militante que efectivamente hay un más allá y que está bárbaro (aunque lo poco que se muestra es bastante vago y apenas interesante).
    Era cantado que las tres historias iban a entrelazarse, el problema es que estos encuentros sean tan rutinario uno, como forzado el otro. Y está bien, Eastwood no es Coelho, y no va a caer tan fácilmente en la banalidad de la fábula con moraleja, pero en el final sí se deja ganar por la espiritualidad vaga y los lugares comunes acerca de que la muerte no es el fin. No siempre ofreció mensajes tan tranquilizadores, cabe recordar las palabras de su ex asesino en Los imperdonables (1992): “Es algo duro, matar a un hombre. Le quitás todo lo que tiene y todo lo que tendrá.”
    Pese a los traspiés, a los 80 años, Clint sigue vivo y filmando, y dejando su despedida como director para más adelante. De hecho ya tiene nuevo film en producción (una biopic sobre Edgar J. Hoover) que, se espera, sí esté a la altura de su trayectoria. <
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  • El ilusionista
    El ilusionista
    Tiempo Argentino
    Luminoso homenaje al maestro Tati

    Llega una nueva delicia animada del director de Las trillizas de Belleville, que vuelve a abordar el tema de la soledad a través del conmovedor encuentro de un prestidigitador en decadencia y una joven trabajadora de una taberna.

    Una historia que esperó durante décadas, el realizador de la fantástica Las trillizas de Belleville, una película de animación con apenas dos personajes ambientada entre los finales de los años cincuenta y el comienzo de los sesenta, todo eso es El ilusionista, segundo largometraje de Sylvain Chomet, que tomó un guión autobiográfico del actor y director Jaques Tati (1907-1982) y lo convirtió en el homenaje al maestro francés, uno de los grandes artistas del siglo XX, que dejó joyas inolvidables como Las vacaciones del Sr. Hulot, Mi tío y Playtime.
    La película cuenta el comienzo del fin del vaudeville a través de un prestidigitador (alter ego de Tati), que actúa para cada vez menos público en teatros de mala muerte, miembro de un ejército en retirada compuesto por payasos, magos y ventrílocuos. El protagonista está solo, sin afectos a la vista pero también sin más obligaciones que con su arte en extinción. Y allí va, a donde requieran sus servicios, se sube a trenes, barcos carretas, lo que sea para llegar a distintas localidades de Gran Bretaña para hacer lo suyo en lugares aun peores que los de su patria.
    Pero de pronto ocurre el milagro. En Escocia encuentra a una joven, pobre, fregona en una taberna, tan sola como este héroe grandote, anacrónico, que convierte a la adolescente en el motor de su vida, la hija que nunca tuvo, que lo admira por su capacidad de hacer aparecer objetos preciosos (vestidos adorables, relucientes zapatos), que le permiten a la chica soñar con otros mundos posibles.
    En ese sentido, es conmovedor proceso de acercamiento del protagonista con la huérfana, llena de magia, humor y aprendizaje de ambos, como cualquier relacione padre-hija.
    Si el imaginario de Tati se basaba en la crítica a la atronadora sociedad de consumo a través de un minucioso trabajo con el sonido que en buena parte provenía de los objetos que rodeaban a sus criaturas –en contraposición a la lucha contra los elementos de Buster Keaton–, tal vez la única objeción sea que Chomet utiliza el sonido de la música incidental para llenar huecos en la narración y así recorrer el camino de la nostalgia por un mundo que ya no existe.
    Al filo de 2011, el estreno de El ilusionista es una agradable sorpresa en la cartelera local, una película que sin dificultades puede ubicarse entre los primeros puestos de las habituales listas de las “mejores del año”.
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  • Berlin Calling
    Berlin Calling
    Tiempo Argentino
    El ciclotímico trip de un oído absoluto

    Protagonizado por el mundialmente reconocido DJ Paul Kalkbrenner, el film refleja la vida de un músico en el pico de su fama, de gira por toda Europa, mientras pelea contra sus demonios interiores y degusta todo tipo de drogas.

    Hace diez años muchos dijeron que el inolvidable Pappo había puesto las cosas en su lugar cuando en el programa Sábado Bus, desde la pantalla de Telefé, el músico lanzó una frase que hizo historia: “Conseguite un trabajo honesto, vos tocás lo que otro grabó.” El destinatario de la ponzoñosa frase fue DJ Deró, que en ese momento era la cara visible de la incipiente escena dance argentina. Lo cierto es que más allá de las batallas de cabotaje y las inútiles polémicas sobre si se puede hacer música con discos de otros, samplers, laptops y un par de bandejas, con el paso del tiempo hoy casi nadie se le ocurriría afirmar que los dj’s no “tocan”, es más, casi sin discusión son considerados los artistas que han sabido captar el sonido de este tiempo.
    A partir de esta canonización relativamente nueva, los compositores que trabajan con música electrónica están al mismo nivel que cualquier músico de rock tradicional y, se supone, viven las glorias y las miserias de la fama y el descontrol.
    Sobre esta acertada hipótesis trabaja Berlin Calling, un film que refleja la vida de DJ Ickarus, un músico en el pico de su fama, lo cual lo lleva a presentarse en diferentes escenarios de toda Europa, mientras en la intimidad lucha contra sus demonios interiores y se sumerge en un trip de drogas que ponen en riesgo su trabajo y la relación con Mathilde, su novia y mánager.
    Que el protagonista esté interpretado por Paul Kalkbrenner, un conocido artista alemán de música techno, minimal y house –estilos de la música electrónica–, le da al film de Hannes Stoehr (One Day in Europe, Berlin Is in Germany) un insuperable verosímil, y allí es donde el relato logra la mayor intensidad, principalmente cuando muestra el proceso creativo de Ickarus, las sutilezas entre los estilos, o cuando capta la increíble energía que se libera en boliches y raves multitudinarias.
    Sin embargo, el resto de Berlín… no deja de ser muy parecida a decenas de títulos que hablan sobre el apogeo, caída, traumáticas internaciones, recaídas y la posible redención (o el reviente definitivo, otra de las posibilidades) de artistas superados por el ego, la exposición, la sensibilidad a flor de piel y una vida más o menos difícil. Las alas de Ickarus no llegan a quemarse y el film tampoco, aunque paradójicamente, sale un poco chamuscado por la falta de riesgo.
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  • El día del juicio final
    El día del juicio final
    Tiempo Argentino
    La suma de todos los miedos

    El film de Gregor Jordan plantea el dilema moral que tiene lugar en un centro de detención, en el que se recurre a la tortura para que un prisionero confiese en qué lugar del territorio estadounidense escondió tres bombas nucleares.

    Después del atentado a las Torres Gemelas y el casi inevitable camino que tomaron los Estados Unidos al considerar al mundo árabe su enemigo y al resto del planeta como sospechoso, el cine y la televisión empezaron a producir películas que daban cuenta del estado de miedo y paranoia que impera en la potencia mundial.
    En este contexto, El camino de Guantánamo y Standard Operating Procedure –que en la Argentina fue directamente al cable– son sólo dos ejemplos de producciones que abordan la cuestión de la violación de los Derechos Humanos: la primera sobre los prisioneros de la cárcel norteamericana ubicada en territorio cubano y la otra acerca del centro de detención de la ciudad iraquí de Abu Ghraib. Pero fue la serie 24 la que condensó, capítulo a capítulo y en tiempo real, el alarmante desplazamiento moral del país, con el agente Jack Bauer (protagonizado por Kiefer Sutherland) como un psicópata que era capaz de todo, torturas incluidas, en nombre de la “seguridad nacional”.
    El día del juicio final destina buena parte de sus 97 minutos al dilema moral que significa emplear la tortura sobre un prisionero para que confiese dónde están ubicadas tres bombas nucleares en territorio estadounidense.
    Así, la película muestra un centro de detención donde las garantías constitucionales están suspendidas, al menos para Younger (Michael Sheen), un estadounidense convertido al islamismo, convencido de su causa, que soporta más allá de lo imaginable las torturas a las que lo someten para que confiese al agente de operaciones encubiertas H (Samuel L. Jackson). Por supuesto, el guión contempla un endeble equilibrio con la representante del FBI, Helen Brody (Carrie-Anne Moss), un personaje que funciona como la conciencia crítica de la nación –y del aparato del Estado–, que se opone a la tortura como método de interrogatorio.
    Mutilaciones, asfixia, electrocución y hasta la amenaza a familiares del detenido son algunos de los tormentos que se ven en la pantalla; un catálogo de atrocidades que más allá de que podrían estar sólo sugeridos, para el relato resultan efectivos en la lucha contra el terrorismo, en tanto el prisionero demuestra que puede manejar los tiempos del interrogatorio y que sólo con más tortura se podrá evitar que la hecatombe nuclear se produzca.
    El día… entonces comienza como una denuncia sobre la violación a los Derechos Humanos, pero después planea hasta dónde se puede llegar para obtener información. Y la respuesta que tiene la película es clara: hasta el final.
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  • Maytland
    Maytland
    Tiempo Argentino
    Deconstruyendo al pionero del porno

    Hoy se estrena el documental que recrea la vida del director de cine triple X, que en el momento en que la industria del género es amenzada por la irrupción de Internet y la piratería, lucha por concretar su film más ambicioso.

    Maytland es un film curioso. Marcelo Charras descubrió a Víctor Maytland fortuitamente, se acercó y hasta trabajó con el pionero del cine porno en la Argentina, y si bien la fascinante carrera del director constituye el material soñado de cualquier documentalista, el novel realizador se decidió por una docuficción.
    Ahora bien, se puede especular que esta decisión tiene que ver con la intención de Charras de mostrar la lucha del director de más de 120 films condicionados por hacer lo suyo en un contexto hostil, que en la superficie ninguneaba su obra y hasta su existencia, y hacia adentro del género lo presionaba para que sus producciones sólo mostraran sexo duro, negándole a Maytland la posibilidad de introducir en los relatos sus inquietudes políticas, sociales y artísticas.
    En ese sentido, un documental podría recurrir a los testimonios y los archivos, pero siempre en el terreno de la especulación, Charras pudo deducir que estos elementos serían insuficientes y que una ficción sería más justa con la epopeya de un mito viviente que debía ser reivindicado.
    Maytland entonces se ubica en el comienzo del fin de la industria porno en la Argentina por la irrupción de Internet y la piratería, cuando el protagonista lucha por concretar su film más ambicioso, Exxxterminio, un relato que sin dejar de lado el hardcore, se interne en la oscuridad de la última dictadura militar ambientado en un campo de concentración.
    Las avant premières en cines condicionados ubicados en sótanos y con poquísima gente, un hijo que busca infructuosamente el VHS de Las tortugas pinjas –casi un incunable cinematográfico y el mayor éxito en la carrera de su padre–, un productor despiadado (impecable el Facha Martel), el desamparo y la soledad de antiguas estrellas del género, todo esto es lo más logrado de la primera parte de la narración, aunque después, cuando se centra en el rodaje del controvertido film sobre los centros de detención, cae en lugares comunes y es lo más flojo de la película.
    Elegía en el sentido amplio del término, en tanto se despide a un luchador del género, clausura de una época, y reivindica la figura de un verdadero director, Maytland es una digna y melancólica ópera prima. Y Charras, un realizador a tener en cuenta en el futuro.
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  • Machete
    Machete
    Tiempo Argentino
    Un día con (muchos) mexicanos

    Desde que en 1992 presentó El Mariachi, que rápidamente se convirtió en objeto de culto, Robert Rodriguez viene construyendo una personalísima visión de la violenta frontera que separa a los Estados Unidos de México.
    El díptico Grindhouse junto a Quentin Tarantino, Érase una vez en México, Del crepúsculo al amanecer, Desesperado –con “desviaciones” como Miniespías y Las aventuras del niño tiburón y la niña de fuego– son películas que recurren al western, al terror y al gore (mutilaciones, vísceras al aire, etcétera), pero todas tienen sus altas dosis de asesinos, narcotraficantes, mujeres letales, armas sofisticadas, potentes autos y el orgullo latino insertado en el riñón de Hollywood.
    Si todos estos films forzaban el verosímil al máximo, Machete es el disparate mayor, al que además, y dentro del imaginario del director mexicano, se le agrega la denuncia obvia, pero denuncia al fin, de la cuestión de la inmigración.
    Y ahí va Machete, repleta de estrellas en franca decadencia o en su mejor momento, un team que va desde Jessica Alba y Michelle Rodriguez, pasando por Robert De Niro y Steven Seagal, hasta Lindsay Lohan y Don Johnson, todos felices de poder participar.
    Por supuesto, en la enumeración de figuras falta el gran Danny Trejo, eterno segundón de innumerables producciones de bajo presupuesto, encarnando su primer protagónico como Machete Cortes, un ex agente federal mexicano al que le asesinan su esposa y que busca justicia y venganza enfrentándose a un cártel de narcos y a un senador ultramontano (De Niro), que busca su reelección proponiendo que los Estados Unidos construya un muro electrificado para detener la inmigración desde México.
    Lo que sigue es una trama sencilla, la exploración concienzuda de las posibilidades de todo tipo de armas cortantes en el cuerpo humano y una batalla antológica, donde se enfrenta una guardia paramilitar gringa a un ejército de vendedores de tacos, cortadores de pasto y albañiles mexicanos, casi una actualización de la famosa batalla de El Paso, aunque aquí con los latinos como ganadores. Y claro, las chicas, que inevitablemente caen a los pies del musculoso, tatuado, parco y letal protagonista.
    Machete cumple con lo que promete, un homenaje al cine clase b de los años setenta, que como plus, también habla del racismo y la intolerancia de un país poderoso ante otro que lo provee de mano de obra barata. <
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  • Cosa voglio di più
    Cosa voglio di più
    Tiempo Argentino
    El gris desencanto de la burguesía

    Otra entrega de Silvio Soldini en la que vuelve a demostrar sus virtudes como cronista de los costados más agobiantes de la vida ordinaria, por medio de la historia de un amor clandestino entre un hombre y una mujer casados.


    Silvio Soldini es uno de los pocos directores italianos contemporáneos que hicieron pie y lograron presencia en las salas argentinas. De él se conocieron Pan y tulipanes (2000) y Sonrisas y lágrimas (2007). A juzgar por estos dos films, Soldini es una suerte de cronista de la clase media y sus frustraciones, que el estreno de Cosa voglio di piú, viene a confirmar.
    Anna (Alba Rohrwacher) tiene un buen empleo, en el que está bien considerada, un buen pasar económico, un marido comprensivo y simpático, y una familia en la que participa como miembro activo. Todo pinta aparentemente bien, pero lo cierto es que su empleo es bastante aburrido, su marido es un gordo bonachón con el que hace rato no hay pasión, en fin, se estancó en una monotonía de la que no la salvan ni las clases de pintura que parece haber tomado como salida creativa. Es en este panorama que conoce a Domenico (Pierfrancesco Favino) y su vida dará un vuelco, reencontrándose con la pasión perdida.
    Entre ambos surgirá un amor clandestino (Domenico también está casado y además tiene dos hijos) pero, incapaces de abandonar a sus parejas y seguir adelante juntos, sólo tendrán encuentros esporádicos en hoteles. Y claro, una relación de estas características, con sus pequeñas trampas, ocultamientos y mentiras, se hace difícil de mantener.
    Soldini condensa aquí dos de los intereses desplegados en sus películas previas: las parejas en crisis (como en Sonrisas y lágrimas) y el agobio de una existencia gris (como en Pan y tulipanes), y sigue demostrando que es un buen cronista de la vida ordinaria. La descripción de la cotidianidad de los protagonistas es minuciosa y creíble, como lo es también el retrato de los personajes. El título, Cosa voglio di piú (cuya traducción sería Qué quiero más) hace alusión a esos deseos y proyectos que los protagonistas anhelan pero no se animan a concretar y sólo abordan a medias.
    El relato mantiene el interés durante la primera mitad, pero luego se estanca, estirándose como la indecisión de los protagonistas y volviéndose repetitivo como sus estrategias. Se nota que Soldini conoce el objeto que describe, pero ha mostrado mejor puntería en ocasiones anteriores. El film cae en una trampa frecuente que es la de ser víctima de la misma monotonía que pretende retratar
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  • Papá por accidente
    Papá por accidente
    Tiempo Argentino
    Una ciudad con gente sola de buen corazón

    Jason Bateman, secundado por Jennifer Aniston, es el protagonista de este film que narra la historia de un hombre enamoradísimo de su amiga y, también, la ansiedad de ella por convertirse en madre. Efectivos enredos de diseño.

    La ciudad como territorio propicio para el desarrollo de neurosis varias es uno de los tópicos del cine de las últimas décadas. Ahí está el inevitable Woody Allen que, con altas y bajas, mostró como nadie, casi siempre en tono de comedia, las taras de hombrecitos abrumados por relaciones difíciles, sumergidos en el trabajo para llenar los tiempos muertos y con la hipocondría como síntoma distintivo de la soledad.
    Papá por accidente trabaja sobre el mismo tema, con Wally Mars (Jason Bateman), un personaje huraño, hosco y claro, perdidamente enamorado de Kassie Larson (Jennifer Aniston), su mejor amiga. Por supuesto, la película muestra que son el uno para el otro, sólo que ellos no quieren o no pueden aceptarlo.
    El asunto toma algún interés a partir de la necesidad de Kassie, por esas cosas del reloj biológico, de querer ser madre. Y ahí va la moderada heroína de la modernidad, en busca de un donante al que encuentra, como no, y que de yapa es apuesto, vital y buena gente. En el medio, Wally, el verdadero protagonista de la historia –porque hay que tener en cuenta que Aniston es sólo la partenaire de Bateman, aquí como el personaje prototipo del sufrimiento urbano– se emborracha, cambia frasquitos, y bueno, lo que sigue es un niño tan neurótico como su padre biológico, un semental que supone que tiene un hijo y una pareja– aunque los espectadores y la película (no los personajes) saben que no es así– y una cuarentona que está buena, que es simpática, que es exitosa, pero que no sabe para dónde disparar, casi el abc de la carrera de Aniston fuera de la serie Friends.
    Sin embargo, es injusto incluir a Papá por accidente en las decenas de comedias sobre el mismo tema que se hacen cada año. Es cierto que el film tiene muchas, demasiadas líneas parecidas a otros relatos, pero el equipo de producción, que tiene en su haber joyitas como La joven vida de Juno (2007) y Pequeña Miss Sunshine (2006), acierta cuando ubica en el centro de la historia a Bateman, un gran actor que a partir de la serie Arrested Development, ganó visibilidad y que en la película aporta su estilo seco y contenido, que combina muy bien con el papel sufriente y edulcorado de la buena de Jennifer. Es cierto, es un film de diseño (diálogos ingeniosos, situaciones simpáticas, un niño adorable), pero correcto en sus módicas aspiraciones.
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  • Todo un parto
    Todo un parto
    Tiempo Argentino
    Un viaje hacia ninguna parte

    Robert Downey Jr. sigue desmarcándose con desafíos actorales inusuales: sin la coraza de Iron Man, ahora se mete con una comedia estilo buddy movie junto a Zach Galifianakis.

    Peter Highman (Robert Downey Jr.) es un exitoso arquitecto que se hizo solo, está a punto de ser padre y tiene una vida ordenada, correcta y previsible. Ethan Tremblay (Zach Galifianakis) quiere ser actor, se maneja con planes que no va más allá del día que vive y posee un optimismo casi naïf.
    Ambos toman un avión en Atlanta para viajar a Los Ángeles, uno para asistir al nacimiento de su primer hijo, el otro para cumplir el sueño de convertirse en actor. Pero algo, muchas cosas, salen mal y expulsados de la nave –“bomba” es la palabra definitiva–, se ven obligados a recorrer en auto algo más de 3000 kilómetros juntos.
    Después del éxito que significó ¿Qué pasó ayer?, aquel film sobre cuatro amigos en un trip desopilante por Las Vegas, Todd Phillips vuelve con otra buddy movie (películas con parejas desparejas asociadas por algún factor externo), en la que, a través del humor y algunas situaciones dramáticas, se explota la diferencia entre los protagonistas, mientras los lazos se van estrechando hasta llegar a un final más o menos feliz, con dos amigos que aprendieron a respetarse.
    Si la intención de Todo un parto era hacer una remake de Mejor solo que mal acompañado (1987), que protagonizaban Steve Martin y John Candy, el relato adaptado a estos tiempos feroces no tiene ni por asomo la misma efectividad de la primera, aun cuando la dupla Downey Jr.-Galifianakis funciona bastante bien.
    Y es que una serie de gags bien logrados, que van desde una taza de “café” hecha con restos humanos, pasando por una muy incorrecta trompada a un niño díscolo o la masturbación como eficaz método contra el insomnio, no alcanzan para enhebrar un relato que se sostenga, sobre todo porque se alternan con momentos supuestamente emotivos que recorren la historia de los personajes, para completar el recorrido que los lleva a ser como son y estar en la situación que están. Aunque es cierto que todos estos elementos narrativos también estaban en Mejor solo…, la diferencia es que se exploraba con ternura el cliché de los opuestos pero inevitablemente complementarios. Y claro, el otro factor decisivo era que detrás de la cámara estaba nada menos que John Hughes.
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  • Red
    Red
    Tiempo Argentino
    Una de espías con viejitos cool

    Con un dream team de actores, encabezado por Bruce Willis, John Malkovich y Morgan Freeman, la película narra la historia de un grupo de espías desocupados que debe luchar por sus vidas en distintos estados de la Unión.

    Dónde van los espías cuando se retiran? La pregunta bien pudo ser el comienzo de RED, sin embargo, más allá del guión de Jon Hoeber y Eric Hoeber, el origen hay que rastrearlo en la novela gráfica de DC Comics, escrita por Warren Ellis y dibujada por el artista Cully Hammer, una obra de culto que trasladada al cine parece haber sido hecha para los protagonistas.
    Porque el principal atractivo de RED, cuya sigla significa Retirado Extremadamente Peligroso (Retired Extremely Dangerous), es el dream team de actores de diversas procedencias, estilos y edades, que hacen lo suyo para que la película sea una deliciosa comedia nostálgica de acción.
    Desde Bruce Willis como Frank Moses, un ex agente solitario que, mientras reclama su cheque como jubilado de la CIA, intenta conquistar a Sarah Ross (Mary Louise Parker), una aburrida operadora del fondo de pensión que sueña con una vida de aventuras. O Morgan Freeman que encarna a Joe Matheson, también retirado en un asilo de ancianos, pasando por John Malkovich, absolutamente pasado de rosca como el paranoico Marvin Boggs, y Victoria a cargo de Helen Mirren, feroz asesina que pasa sus días cuidando de sus flores.
    Todos ellos como ex agentes de la CIA –casi como Los indestructibles, pero muchísimo menos solemne– en su mayoría dejados de lado por el fin de la Guerra Fría, pero que se ven en peligro por la conspiración más grande en la historia de los Estados Unidos y que de yapa, involucra nada menos que al vicepresidente.
    Y ahí van los viejitos piolas, luchando por su vida en distintos estados de la Unión, llegando al nudo del asunto, eliminando adversarios, reencontrándose (hasta se dieron el gusto de convocar a Ernest Borgnine) con antiguos adversarios como el agente ruso Ivan Simonov (Brian Cox), un romántico que ayuda a la causa sólo por amor a Victoria.
    Sin lugar a dudas, el mayor acierto de RED es el tono juguetón que logra imprimirle al relato Robert Schwentke, una puesta que permite que se luzcan cada uno de los protagonistas, desde el característico tono cansino y de estar de vuelta de todo del gran Bruce, o Louise Parker, que en el medio de la camaradería de los ex agentes acierta con un personaje que está fascinado con un mundo que sólo leyó en novelitas baratas, pasando por el tradicional papel de viejo sabio de Freeman, el toque freak de Malkovich, y la distinción de Mirren, apenas alterada cuando dispara enormes fusiles automáticos.
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  • Atracción peligrosa
    Atracción peligrosa
    Tiempo Argentino
    Tradición, barrio y honor

    Una vez más, Ben Affleck dirige y actúa una historia ambientada en Boston, ciudad que conoce a la perfección y que funciona como marco ideal para un gran asalto que se va complicando.

    Al principio, un texto en la pantalla revela que el barrio Charlestown, en Boston, es el territorio donde tienen su base de operaciones las numerosas bandas que asaltan bancos en la ciudad.
    Esta introducción supone que durante las próximas dos horas se verán planes maestros, eficaces ejecuciones y el después de una serie de golpes a cargo de los profesionales del crimen. Mientras la película comienza a desandar el relato, se puede especular que habrá un romance y que, como es usual, las cosas saldrán mal.
    Pues bien, todas estas suposiciones son más o menos ciertas, y contado así se parece a las decenas de títulos que año a año fatigan la cartelera. Sin embargo, Atracción peligrosa es todo eso pero bastante más.
    Doug MacRay (Ben Affleck) fue un prometedor jugador de hóckey sobre hielo que por problemas de conducta nunca llegó a nada. En el presente, lidera una eficaz banda especializada en el robo de bancos junto a su lugarteniente James Coughlin (Jeremy Renner, Vivir al límite). En uno de los asaltos, el grupo se ve obligado a tomar como rehén a la gerente de la entidad, Claire Keesey (Rebecca Hall), a la que dejan libre cuando logran escapar del cerrojo policial.
    Mientras la división creada para proteger el sistema bancario comienza a sospechar que la ex rehén fue cómplice del golpe, los ladrones deciden que hay que mantenerla vigilada porque creen que puede identificarlos. Allí va MacRay, a tenerla controlada y claro, a enamorarse inevitablemente.
    La segunda película como director de Ben Affleck, luego del oscuro drama Desapareció una noche (2007), toma muchos tópicos del género, pero presenta algo así como la “inevitabilidad social”, es decir, nadie puede escapar del entorno, en este caso el distrito de Charlestown, que tiene una larga historia de generaciones dedicadas al delito.
    Así, la oscura visión de la película de Affleck da como resultado un interesante mix existencial que incluye la tragedia de la determinación que da lugar de origen, al estilo de Río místico (dirigida por Clint Eastwood), junto a la adrenalina fatal de desvalijar un banco a punta de pistola, como en Enemigos públicos (del director Michael Mann).
    Después de todo, el honor de estos irlandeses, un poco locos y bastante nobles, se asienta sin ninguna insospechada pretensión intelectual, en la citadísima y siempre vigente máxima de Bertolt Brecht: “Mejor que fundar un banco es robarlo.”
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  • El ocaso de un asesino
    El ocaso de un asesino
    Tiempo Argentino
    Clooney, el americano impasible

    Lejos de cualquier tipo de glamour hollywoodense, el actor intepreta a un sicario que espera su última misión antes de retirarse, en un film donde, más que tiros y acción, el nudo dramático pasa por la introspección del protagonista.

    En el comienzo el relato ubica a Jack (George Clooney) en Suecia, donde ejecuta sin piedad a tres personas, un derroche, una anomalía que certifica que algo salió mal. Enseguida, el killer se traslada a la campiña italiana, un respiro soleado antes del próximo trabajo.
    Como un profesional que domina todo el espectro de su oficio, Jack construye por encargo un arma para Mathilde (Thekla Reuten), un misterioso contacto. Mientras tanto, comienza una amistad con Benedetto (Paolo Bonacelli), el sacerdote del pueblo, y se enamora de la bellísima Clara (Violante Placido).
    Aunque con algunas concesiones a la narración más mainstream, El ocaso de un asesino es una película rara, que trabaja sobre el noir desde una concepción independiente, en la que el nudo dramático pasa por la introspección del protagonista, un asesino profesional a punto de cumplir con un último contrato antes de retirarse.
    Y buena parte de la “anomalía” del film descansa sobre Clooney que, bien lejos de cualquier tipo de glamour hollywoodense –y aun más del estilo Cary Grant, con quien se lo compara cíclicamente–, compone a un personaje reconcentrado, con una economía de movimientos que dan cuenta de la batalla interior por salir de ese mundo oscuro, y a la vez está preparado siempre para lo peor.
    El holandés Anton Corbijn, director de la extraordinaria Control –sobre Ian Curtis, el fundador de Joy Division– y responsable de varios videoclips notables de grupos como Depeche Mode, Nirvana, U2, Nick Cave y Metallica, se aleja de la exuberancia del mundo del rock y se arriesga por una puesta seca, aun en los paisajes de postal de la zona montañosa de Abruzo y del guión de Rowan Joffe (Exterminio 2) y de la convención narrativa que hace que el protagonista se enamore de una prostituta y entable relación con un sacerdote que, siguiendo con los tópicos gastados, vendría a ser algo así como la voz de la conciencia de Jack.
    Con varios puntos en común con la volada El último samurai de Jim Jarmusch, El ocaso de un asesino bien podría ser un western aggiornado, pero la diferencia es que se asienta sobre las estilizadas reglas del cine negro y así se convierte en casi un estudio sobre las contradicciones de un artesano de la muerte. Y para eso explora un costado poco transitado del gran Clooney, un intérprete con recursos sutiles infinitos, que cada tanto está dispuesto a desmarcarse de los papeles de galán encantador.
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  • Más allá del cielo
    Más allá del cielo
    Tiempo Argentino
    Mucho más que una cara bonita

    Charlie (Zac Efron) tiene todo lo que un joven sano y ambicioso debe tener. El muchacho es una estrella en la navegación a vela que practica con su hermanito Sam (Charlie Tahan), ganó una beca para estudiar en una prestigiosa universidad, y aunque la ausencia de su padre hizo que la vida fuera un poco más difícil, el amor de su madre Claire (Kim Basinger) y el esfuerzo no hicieron más que templar el carácter ganador del protagonista.
    Sin embargo, justo el día de la graduación, cuando realmente comienza el futuro, pierde a su hermano en un accidente de tránsito y Charlie queda detenido en el tiempo, sin cumplir con todo lo que se esperaba de él y aferrado a Sam, al que ve diariamente aunque está muerto.
    La película dirigida por Burr Efron (17 otra vez) plantea una tragedia con toques sobrenaturales, que rescata el poder terapéutico del amor desde una puerilidad que ni siquiera alcanza el estándar mínimo de decenas de películas industriales destinadas al consumo rápido que, año a año, salen de Hollywood.
    Así, el film recorre todos los tópicos del manual de obviedades, desde la relación estrecha de los hermanos por la falta del padre que los abandonó hasta un romance que es a la vez cura y redención, con una puesta que abusa de la luz fantasmagórica (que tan bonito da en pantalla), una banda de sonido atronadora y sensiblera, personajes que desaparecen sin explicación y largos planos dedicados al protagonista, que para eso es un galán –estrella de High School Musical, aunque hay que decir que en Hairspray estuvo muy bien–, en pleno tránsito al reconocimiento de actor serio.
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  • Enterrado
    Enterrado
    Tiempo Argentino
    Las obstrucciones de un tal Cortés

    Ryan Reynolds protagoniza este film español en el que un hombre lucha por salir de un ataúd donde está encerrado y cuenta con un teléfono celular como único contacto con el exterior. Un thriller efectivo y claustrofóbico.

    Hay quien dice que existen personas que tuvieron una idea original y con eso les bastó para subsistir –por cierto, algunos mucho más que eso– por el resto de su vida. Al menos públicamente, el director español Rodrigo Cortés tuvo la suya con Enterrado, una película que parte de una idea simple y devastadoramente efectiva: un hombre está encerrado en un ataúd, cuenta con un teléfono celular con poca batería como único contacto con el exterior y escasos 90 minutos para lograr que lo rescaten.
    En 1944, Alfred Hitchcock exploró las posibilidades cinematográficas de una historia que transcurría íntegramente en un bote en alta mar con 8 a la deriva y, 40 años después el director suizo Carl Schenkel hacía lo propio con Vacío, en donde cuatro personajes quedaban encerrados en un ascensor.
    La astucia del guión, pensado al milímetro por Chris Sparling, lleva las posibilidades de la propuesta al límite –en cuanto a las restricciones autoimpuestas también podría citarse Las cinco obstrucciones, uno de los tantos experimentos de Lars von Trier–, con un relato inteligente que renuncia a toda posibilidad de salir de la caja, se hace fuerte con los escasos materiales de un universo reducidísmo y acierta cuando decide filmar en tiempo real para trasladar la angustia del protagonista al espectador. Es decir, Enterrado, según consta en la repercusión que alcanzó en varios festivales internacionales, tiene una puesta que busca y consigue el reconocimiento por la hazaña técnica.
    Sin embargo, hay que decir que a medida que pasan los minutos el resto de los elementos narrativos se desarrolla dentro de los parámetros de un thriller que toma otros factores para que la película funcione.
    Así, Paul Conroy (Ryan Reynolds) es un camionero contratado por el conglomerado de empresas que participa en la “reconstrucción” de Irak y los secuestradores son “insurgentes” que someten a la víctima a la tortura del encierro en represalia al sufrimiento de su pueblo, aunque, en definitiva, lo que buscan son los millones del rescate. El cálculo en la narrativa, apoyada en elementos de la actualidad, hace que el film pierda algo de la fuerza del principio, aunque la claustrofobia y el tour-de-force se mantienen hasta el final y confirmen que Enterrado es una muy buena idea.
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  • Sin retorno
    Sin retorno
    Tiempo Argentino
    En el lugar y el tiempo equivocados

    Con el atractivo de contar con dos actores de peso en los papeles principales (Federico Luppi y Leonardo Sbaraglia), este estreno nacional toma la puesta coral para contar un hecho que cambia la vida de los protagonistas para siempre.

    Federico Samaniego (Leonardo Sbaraglia) no tendría que haberse ido después de discutir con un joven al que le había arruinado la bicicleta con su auto. Matías Fustiniano (Martín Slipak) no tendría que haber tomado tanto si tenía que conducir. El propio ciclista no debía quedarse en el medio de la calle, allí donde unos segundos después lo atropelló con su vehículo Matías, que se asustó y huyó. Pero el que termina en la cárcel es Samaniego, acusado de homicidio.
    Con un guión que toma varios elementos de la crónica periodística, la ópera prima de Miguel Cohan –responsable del guión junto a su hermana Ana–, refleja el entramado de hipocresías, injusticias, fatalidades y la ausencia de solidaridad, que, según el sombrío diagnóstico, ahogan al cuerpo social.
    Desde Matías, un universitario asustado que miente para salvarse y su familia que lo encubre, pasando por Víctor Marchetti (Federico Luppi) el padre de la víctima, devastado por el dolor y fogoneado por los medios, hasta la desidia de la policía y la maquinaria judicial que se pone en marcha a partir de la presión de la opinión pública.
    A la manera de Vidas cruzadas, de Robert Altman, Sin retorno toma la puesta coral para contar una noche, un hecho, que cambia la vida de los protagonistas para siempre. Pero además, la película dialoga con otros títulos nacionales recientes como Carancho (Pablo Trapero), en cuanto a la feroz visión de las instituciones en progresivo deterioro que no hacen más que replicar un sistema enfermo, o El Rati Horror Show (Enrique Piñeyro), un documental que también habla de una injusticia flagrante y se ocupa de manera exhaustiva del papel irresponsable de los medios.
    En ese sentido, el film puede ser visto como la calculada apuesta de una ficción que explota los numerosos casos que a diario ocupan grandes espacios en los noticieros, informativos y medios gráficos. Sin embargo, el origen del relato es absolutamente genuino. El desarrollo preciso y seco de la historia, una inteligente vuelta de tuerca en cuanto al tópico de la venganza que históricamente monopolizaron decenas de films reaccionarios –con Charles Bronson a la cabeza–, más un abanico de protagonistas bien delineados donde sobresalen Sbaraglia, Slipak y Ana Celentano, y la tensión siempre en aumento manejada con un preciso timming para el thriller, desmienten cualquier especulación previa.
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  • Lula, el hijo de Brasil
    Lula, el hijo de Brasil
    Tiempo Argentino
    Un Lula da Silva para principiantes

    El progreso de Brasil en los últimos años –índices de crecimiento sostenido, 30 millones de personas que abandonaron la pobreza– desató en todo el mundo el interés por el proceso que llevó al país a convertirse en la séptima potencia mundial. Y naturalmente, esa fascinación se trasladó a Luiz Inácio Lula da Silva, el principal artífice del milagro.
    Claro, la vida del ex líder sindical que llegó a la presidencia del país vecino parece diseñada para el cine, en tanto presenta las características de una épica personal que se enlaza con el destino nacional de manera casi perfecta.
    Fábio Barreto entendió que el film debía cubrir cada una de las estaciones del martirio del brasileño más famoso –el “líder político más influyente del mundo”, según la revista Time–, de tal manera que la epopeya no dejara lugar a dudas.
    Así, buena parte de los 128 minutos del relato son ocupados para mostrar con un didactismo irritante la infancia miserable en Pernambuco, con un padre alcohólico y golpeador, el penoso traslado a San Paulo, las muertes, y recién ahí la posibilidad que tuvo Lula (a cargo de Rui Ricardo Diaz, que no logra insuflarle potencia al personaje) de convertirse en tornero, después la conciencia de clase, y el largo camino hasta la presidencia.
    No es que el actual presidente no haya pasado por lo que pasó, el problema de la película es cómo se presenta: un envoltorio caro pero pobre en la puesta, que trabaja sobre los códigos de la telenovela, un formato que los brasileños dominan a la perfección pero que, trasladado al cine, le quita toda la potencia de una vida que es realmente de película.
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  • El Rati Horror Show
    El Rati Horror Show
    Tiempo Argentino
    Pompeya y más acá, la impunidad

    Enrique Piñeyo vuelve a desmostrar su eficacia para reflejar el estado de las cosas, esta vez mediante la historia de Fernando Carrera, protagonista de la Masacre de Pompeya y condenado injustamente a 30 años de cárcel.

    El 25 de enero de 2005, cerca del mediodía, Fernando Carrera tomó con su automóvil por la Avenida Del Barco Centenera, en el barrio de Pompeya, hasta que se detuvo en el cruce de Avenida Sáenz, por el semáforo. De pronto apareció un Peugeot 504 negro con un hombre que asomaba un arma por la ventanilla, el joven comerciante se asustó y, estimulado por el miedo a que lo roben, aceleró por Sáenz hasta que sintió un fuerte dolor en la cara antes de desmayarse. Se despertó en una ambulancia y mientras le hacían las primeras curaciones sobre el cuerpo cosido a balazos (había recibido ocho, uno en la mandíbula), se enteró de que había atropellado y matado a una madre y a su hijo. Afuera, la multitud indignada rugía su culpabilidad y quería lincharlo. El hecho recibió rápidamente el nombre de la Masacre de Pompeya.
    En su primera parte, El Rati Horror Show toma la visión de los medios, en la que Carrera era presentado como parte de una banda que había protagonizado una salidera bancaria, que en su huída se había baleado con la policía (los tripulantes del Peugeot sin identificación) y que, finalmente, había matado con su auto a dos personas.
    Luego de mostrar el abundante material televisivo de archivo, la película se dedica a desmontar cada una de las hipótesis que llevaron a la condena de 30 años de cárcel para Carrera, demostrando con paciencia, inteligencia y sentido común que la policía le plantó un arma al comerciante, que el testimonio del principal testigo –integrante de los “Amigos de la Comisaría 34”– fue falso, que el defensor del imputado también fue abogado de los efectivos de la 34 en un caso de gatillo fácil, y que, como mínimo, los jueces y el fiscal fueron encubridores de la policía.
    Como con Whisky Romeo Zulu y luego Fuerza Aérea Sociedad Anónima, en las que denunció la fatal combinación de negociados y desidia que produjo la tragedia de Lapa, en la cual murieron 65 personas, Piñeyro vuelve a demostrar su conocida eficacia para reflejar el estado de las cosas. Confirma así su talento como director, que ratificó con oficio y valentía en Bye Bye Life, un conmovedor documental sobre los últimos días de la fotógrafa Gabriela Liffschitz.
    Tal vez las únicas objeciones sean su excesivo protagonismo (ayudado por un apabullante arsenal de juguetes audiovisuales), y cierta morosidad en el relato, que le quitan a la película la fuerza que tenían sus anteriores obras.
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  • Asesinos con estilo
    Asesinos con estilo
    Tiempo Argentino
    Y cuánto valen dos lindos cuerpitos

    Hoy se estrena la comedia de acción protagonizada por Katherine Heigl y Ashton Kutcher. En unas vacaciones, la parejita se enamora pero, de regreso al hogar,todo se complica cuando ella descubre que él es un asesino a sueldo.

    Quienes recuerden Mentiras verdaderas (True Lies, 1994), la comedia de aventuras de James Cameron protagonizada por Arnold Schwarzenegger –donde el ahora gobernador de California era un agente que ocultaba su verdadera ocupación al mundo y a su propia esposa–, encontrará más de un punto en común con Asesinos con estilo.
    El film de Robert Luketic (La cruda verdad, Una suegra de cuidado, Legalmente rubia) es una comedia de enredos impulsada por las mentiras, que se asienta en el cine de acción. En ella, el letal y sofisticado agente Spencer Aimes (Ashton Kutcher) es un asesino que viaja por distintas partes del mundo, como la encantadora ciudad francesa de Niza, donde conoce a Jen Kornfeldt (Katherine Heigl). La chica viene de un desengaño amoroso (su prometido se fue con otro) y trata de reponerse del despecho con unas vacaciones en Europa acompañada por su controlador papá (Tom Selleck) y su alcohólica mamá (Catherine O’Hara).
    Spencer cae rendido ante la rubia, decide abandonar el adrenalínico oficio de matar gente y asentarse con un empleo más convencional. Por supuesto, sin contarle a su futura esposa casi nada de su vida anterior. Tres años después, el pasado vuelve en forma de contrato por la cabeza de Spencer a cargo de sus antiguos patrones, que no se resignan a perder a su elemento más valioso.
    Si al potencial espectador todo esto le suena conocido, hay que decir que además de Mentiras verdaderas, el film de Luketic también está inspirado en otros títulos, como Encuentro explosivo (Knight and Day, 2010), Sr. y Sra. Smith (Mr. & Mrs. Smith, 2005), y hasta El padre de la novia (Father of the Bride, 1991), sólo para citar los más recientes.
    La única eficaz novedad de Asesinos… es cómo la bucólica vida de los suburbios se convierte en una divertida especie de tierra de asesinos, donde vecinos, amigos y compañeros de trabajo bien pueden ser los verdugos que esperan el momento correcto.
    Sin embargo, el disparate transcurre sin sorpresas, en la rutina burocrática del género y, aunque la química entre la bella pareja protagónica funciona –primero por la muy buena comediante que es Heigl y, luego, por Kutcher, que es la primera vez que está bien en el cine–, la película no deja de ser un relato livianísimo, que en el mejor de los casos enhebra con oficio restos, “homenajes” y situaciones ya vistas.

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  • Los indestructibles
    Los indestructibles
    Tiempo Argentino
    Noble adiós a sangre y testosterona

    A los 64 años, Sylvester Stallone vuelve al cine como director y actor. Y lo hace a su manera: sin sutilezas y con triviales líneas de diálogo que funcionan como pausas necesarias entre el estruendo de motores, disparos y explosiones.

    Sylvester Stallone acompañó a varias generaciones de espectadores en todo el mundo, y si bien los films que lo tuvieron como protagonista fueron sinónimo del cine más berreta y reaccionario, pasaron a formar parte de la educación cinematográfica de millones de personas y, en muchos casos, se convirtieron en curiosas piezas de nostalgia culposa.
    Luego de los espectaculares finales de Rocky y Rambo, las dos sagas símbolo de aquel cine que tuvo su momento de gloria hace treinta años –“Los ochenta fueron lo mejor, después llegó ese maricón de Kurt Cobain y lo arruinó todo”, decía Randy en El luchador– , Stallone pareció quedarse con la manos vacías. Sin embargo, todavía guardaba una carta en su musculosa manga: Los indestructibles, oda otoñal a los buenos viejos tiempos reaganeanos, que reúne a Sly con Jason Statham, Jet Li, Dolph Lundgren, Mickey Rourke, Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger (falta Jean-Claude Van Damme, que se bajó del proyecto), el dream team del cine de súper acción de los últimos años.
    Sly cree en los símbolos, y decidió despedirse a lo grande de ese cine paquidérmico, la mayoría de las veces tosco y definitivamente oxidado, con estrellas dialogando con él durante décadas en alguna húmeda selva, o sobre el ring de incontables sudorosos estadios, o en decenas de persecuciones a velocidades imposibles. Ese es el cine en que cree, sin sutilezas, con triviales líneas de diálogo, imprescindibles pausas entre el estruendo de los motores y las explosiones. En suma, la testosterona desatada.
    Los indestructibles trabaja exclusivamente en el terreno de las buddy movies, esos films sobre la camaradería viríl. En este caso, un grupo de mercenarios de buen corazón contratados para terminar con el reinado de un ex agente de la CIA en un país del Tercer Mundo, que se pasó de rosca con el tráfico de drogas y al que hay que eliminar para que la agencia no quede mal parada. Algo así como la versión clase de B de Apocalypsis Now. Lo que sigue es la misión, claro, una excusa para mostrar a los muchachos en operaciones y desgranar un pasado en común plagado de violencia y sinsabores.
    Si el contrato con el espectador funciona, es decir, si está dispuesto a ver una carnicería con las reglas de antaño y la ausencia de corrección política, la película de Stallone es disfrutable y noble, porque cree en su discurso y no pide disculpas por la historia que la precede.
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  • El hombre solitario
    El hombre solitario
    Tiempo Argentino
    ¿Usted le compraría un auto a Ben?

    Michael Douglas encarna a un vendedor mentiroso, manipulador y mujeriego que tuvo su momento de gloria pero ahora se encamina al desastre finaciero. Lo acompañan Susan Sarandon, Mary-Louise Parker y Danny DeVito.

    Mostrar una vida con sus triunfos, dobleces, derrotas, patetismo y momentos de gloria siempre dio buenos resultados en el cine, y cuando la historia viene acompañada por el apogeo y la caída, mucho mejor. Si estas recetas pertenecen por derecho propio al género biopic, aplicadas a un personaje de ficción, a veces dan como resultado que el verosímil no resulte demasiado creíble, pero El hombre solitario es una excepción a la regla.
    Brian Koppelman y David Levien, responsables de Confesiones de una prostituta de lujo (The Girlfriend Experience) y guionistas de Ahora son 13 (Ocean’s Thirteen), utilizan con inteligencia el último tramo de la fórmula del género biográfico para contar cómo un tipo exitoso, pintón y seductor, termina sin trabajo y solo en la madurez.
    Y para eso, tienen como protagonista insuperable a Michael Douglas, una estrella que a través de una agitada vida privada, entradas reiteradas a exclusivísimas clínicas para adictos al sexo y demás cotilleos, es casi irremplazable para personificar a Ben Kalmen, un cínico a ultranza y mujeriego incansable, que tuvo su momento de gloria como vendedor de autos y ahora avanza con ganas hacia el desastre financiero, aún orgulloso de su individualismo y dispuesto a conservar hasta el final un sistema de valores del tamaño de un mosquito.
    Con una estructura clásica, el relato delega con confianza el peso de la película en Douglas, que a pesar de componer a un mentiroso y manipulador, no deja de ser simpático y consigue grandes momentos de empatía. Y lo rodea por unos pocos pero decisivos personajes, como Nancy (la siempre extraordinaria Susan Sarandon) como la ex esposa, Jordan (Mary-Louise Parker) que encarna a su actual pareja, y Jimmy (Danny DeVito), un antiguo amigo y ejemplo vivo de todo a lo que Ben se le escapó en la vida.
    Pero además de todo el oficio de los intérpretes, la película se atreve a mucho desde el mismo riñón de Hollywood. A trasmano de la industria, decide llevar adelante una película protagonizada por sesentones, que en el transcurso del relato arrastran sus miserias y a los que el tiempo no hizo ni más sabios ni más buenos. Y sobre todo, deja que la propia lógica de los protagonistas se desarrolle con naturalidad, sin redenciones forzadas, como demuestra el plano final de Ben Kalmen mirando a cámara con las manos en los bolsillos. Las cosas son como son.
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  • La mirada invisible
    La mirada invisible
    Tiempo Argentino
    Alguien acecha entre los muros del Nacional

    Diego Lerman cuenta la historia de una celadora que, en plena dictadura militar, vela por hacer cumplir las estrictas reglas del colegio. El film fue calurosamente recibido en Cannes y participará en el Festival de San Sebastián.

    Los siete años que duró la última dictadura militar fueron abordados en varias oportunidades por el cine argentino pero, casi tres décadas después, el lúgubre legado del conocido como Proceso de Reorganización Nacional todavía ofrece infinitas aristas para analizar.
    En ese sentido Ciencias morales, de Martín Kohan, se interna de manera colateral en la cuestión de la represión a partir del clima que se vivía por aquellos años en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Y Diego Lerman adapta la historia para el cine, con la finaldidad de hablar sobre los años de plomo, en tanto la institución “es un selecto resumen de la nación entera”, como bien describe con ironía el autor del libro.
    Si cada película es un universo cerrado con sus propias características, el film de Lerman busca en la escuela-nación la representación, las marcas de un micromundo que replica lo que está pasando afuera, un fuera de campo convulsionado que incluye una dictadura agonizante pero todavía feroz y el comienzo de la Guerra de Malvinas, su última aventura sangrienta.
    La mirada invisible muestra a María Teresa (Julieta Zylberberg), una preceptora que impone la absurda disciplina de un sistema opresivo con la convicción de los meticulosos, una burócrata obsesiva, necesariamente gris y convenientemente eficaz, que tiene como guía y modelo al señor Biasutto (Osmar Nuñez), el jefe convencido de las directrices del Proceso que dispara frases como “fumar en el colegio es el cáncer de la subversión que todavía nos amenaza”.
    Porque María Teresa está obsesionada con que algunos alumnos fumen en el colegio y después de conseguir el permiso del siniestro Biasutto, cada vez que puede se encierra en el baño de hombres para pescar a los infractores.
    Diego Lerman demostró en Mientras tanto (2006) y Tan de repente (2002), que su interés pasa por los procesos de cambio de los personajes y su tercer film no es la excepción.
    La pulsión de un personaje obsesionado con el orden, los planos detalle de los dedos midiendo el largo del cabello de los alumnos, la tensión sexual reprimida, los amplios pasillos vacíos, el ruido apagado de las manifestaciones en la calle, confirman la gigantesca oscuridad de aquellos años y a la vez, preanuncian el fin de una época y del futuro incierto de María Teresa, una criatura tan dañada por la dictadura como el resto de la sociedad.
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  • Igualita a mi
    Igualita a mi
    Tiempo Argentino
    La fiesta interminable de Fredy

    Desde la desopilante y sorpresiva escena en donde el protagonista hace una lectura errónea de un momento de intimidad con una mujer a la cual intenta que le practique sexo oral, hasta una cena digna de Los Campanelli con todos los personajes sentados a la mesa familiar, Igualita a mí incluye momentos de una audacia inusitada propios de la comedia americana de los últimos años y otros de un conservadurismo fatal, heredero de la televisión de los setenta.

    La película está estructura en torno a Adrián Suar, que demuestra una vez más un timming especial para la comedia, con su eterno personaje de porteño turro aunque adorable. Desde ese lugar compone a Fredy, un cuarentón que pasa sus noches en boliches, sale con chicas de la mitad de su edad, picotea en los negocios familiares, y sobre todo opone resistencia al paso del tiempo con un vestuario adolescente y frecuentes excursiones a la peluquería para ocultar las canas.

    Pero una noche de tantas, conoce e intenta seducir a Aylín (Florencia Bertotti), una joven que lo estaba buscando para comunicarle que es su hija, fruto de una relación pasajera que el playboy de cabotaje que tuvo en el viaje de fin de curso a Bariloche, y que además, pronto lo va a convertir en abuelo.

    Igualita a mí empieza bien alto, en donde el director Diego Kaplan, que debutó con ¿Sabés nadar? (1997), un film que también hablaba de la inmadurez -con surfistas gordos que no surfeaban y neuróticos directores de cine que no filmaban-, combina los grandes momentos del hedonismo sin culpa de Fredy con una clara inspiración en Los rompebodas, más algunas escenas de divertida crueldad de Loco por Mary. Y Suar está a la altura, manejando con soltura la fiesta permanente de la adolescencia tardía, así como también el estupor inicial ante la noticia que viene del pasado, y el enojo ante la evidencia que se termina un ciclo.

    Sin embargo, después Kaplan abandona la irreverencia, se deja ganar por la rutina televisiva de los envíos más convencionales –bien lejos de sus propias experiencias en ciclos como Mosca y Smith en el Once y la comedia de culto Son o se hacen– y lo que era hasta ese momento una buena comedia popular, se convierte en una condena al chanta de Fredy, al que fuerza a un cambio políticamente correcto pero dañino para el conjunto del relato.
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  • La chica que soñaba con un fósforo y un bidón de gasolina
    Millennium, cine de exportación

    Junto al legado de la obra de Ingmar Bergman, los libros y las series del inspector Kurt Wallander (del escritor Henning Mankell), y por qué no, los automóviles Volvo y los camiones Scania, la saga de Millennium es uno de los productos de exportación más exitosos de Suecia de los últimos años.

    La trilogía creada por el periodista y escritor Stieg Larsson - Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con un fósforo y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire - dio en primer paso en el cine el año pasado con Los hombres… y tenía a su favor la sorpresa del arranque, en donde los crímenes violentos, el sexo más o menos audaz y la presentación de un abanico de personajes atractivos, principalmente la investigadora Lisbeth Salander y el periodista Mikael Blomkvist, sentaba las bases de la saga.

    En Millennium 2 la atención está centrada en Lisbeth Salander: rebelde, adicta a los tatuajes y a los piercing, bisexual y eficaz investigadora, que se ve involucrada en el asesinato de dos periodistas de la revista Millennium, que están a punto de publicar una nota sobre la red de prostitución en el país. Mientras que trata de demostrar su inocencia, Lisbeth va revelando el complejo entramado de poder que participa en el negocio y sobre todo, a encontrar al culpable de la muerte de su madre.

    Perdida la sorpresa del comienzo de la trilogía, la película parte del supuesto de que buena parte de los espectadores está familiarizado con la saga literaria y así, ese aparente anclaje, deja al relato con bastantes agujeros en la narración.

    Sin embargo Millennium 2 tiene sus atractivos. A pesar de que se nota el cálculo y los golpes de efecto, el relato es atrapante, principalmente por su protagonista, una especie de ángel vengador oscuro y sufriente, que a pesar del reguero de cadáveres que deja a su paso, se mantiene como un personaje noble hasta el fin.



    Lo cierto es que en un punto, la saga de Millennium -como la del inspector Wallander- tiene la convicción de que la opulenta sociedad sueca también alberga un lado b bastante terrible. Entonces por un lado se regodea con las excursiones antropológicas a ese lado oculto del país, y por el otro, explota con inteligencia el fenómeno, que vía literatura masiva y cine de factura correcta, resulta irresistible para el resto del mundo. Y aparentemente tienen razón, ya está confirmada la versión norteamericana con Carey Mulligan y Daniel Craig como protagonistas.
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  • Mi villano favorito
    Mi villano favorito
    Tiempo Argentino
    Malo por historia, noble por elección

    Mi villano favorito es la primera película de la alianza entre Illumination Entertainment y Universal, y sin lugar a dudas, un motivo serio de preocupación para Pixar y DreamWorks, los gigantes de la animación.

    Si en el pasado el rubro estuvo dominado por Disney y Warner, más acá en el tiempo, los creadores de Toy Story, Up y Los increíbles (Pixar) o Shrek, Kung Fu Panda y Hanz (DreamWorks), se convirtieron en los jugadores más fuertes de los dibujos animados a nivel mundial. Y aunque cada tanto alguien se anima a pelearles el liderazgo –el intento más reciente fue el de los españoles, con Planet 51–, es difícil superar el nivel de sofisticación que alcanzaron ambos. Pero el film dirigido por la dupla Coffin-Renaud lo consigue con varios aciertos: humor inteligente y disparatado, emoción, ternura auténtica y sobre todo, personajes nobles y queribles.

    Empezando por su protagonista, Gru (con la voz de Steve Carrel), un villano de piernas flacas, torso enorme y cabeza afilada, una mezcla entre el tío Lucas de Los locos Adams y el Dr. Evil de Austin Powers, que quiere dejar su marca en el mundo con emprendimientos tales como robar las pirámides de Egipto o reducir y apropiarse de… la Luna. Para estas empresas megalómanas y dignas de Pynky y Cerebro (“¡Vamos a tratar de conquistar el mundo!”), cuenta con la ayuda de un científico convenientemente loco y lleno de recursos a la hora de fabricar los aparatos que necesita para sus fechorías, más un ejército de torpes criaturas idénticas y anónimas (al estilo de los Oompa Loompas de Charly y la fábrica de chocolates).

    La lucha por el liderazgo del mal contra Vector, un villano más joven, encuentra a Gru con un presente lleno de problemas que arrastra desde una infancia desdichada, en buena parte gracias a su tiránica madre (Julie Andrews). Pero tres huerfanitas que entran inesperadamente a su vida (recordar Una serie de eventos desafortunados, con Jim Carrey), lo ayudan a encontrar el punto débil de su rival, le dan la oportunidad de redimirse y encontrar el amor, y hasta logran que abandone la nociva práctica de pincharle los globos a los niños en la calle.

    Mi villano favorito es un film divertido, lleno de referencias cinéfilas y televisivas, que apuesta fuerte en un área monopolizada por unos pocos, con un respeto genuino por el género.
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  • Son como niños
    Son como niños
    Tiempo Argentino
    Aquellos gloriosos viejos tiempos

    De los estallidos de furia y la calma melancólica de Embriagado de amor (Paul Thomas Anderson, 2002) y Locos de ira (Peter Segal, 2003), pasando por los personajes buenazos y gloriosamente independientes de Un papá genial (Dennis Dugan, 1999), La herencia del Sr. Deeds (Steven Brill, 2002) y Happy Gilmore (Dennis Dugan, 1996), hasta la reflexión melancólica y existencial de la extraordinaria Hazme reír (Judd Apatow, 2009), Adam Sandler es una de las pocas figuras de los fundadores de la Nueva Comedia Americana –en donde se alinean Wes Anderson, Bobby y Peter Farrelly, Ben Stiller, Jim Carrey, Owen Wilson y Will Farrel entre otros-, que el público masivo distingue como una marca en los proyectos que participa.

    El actor, músico, guionista y productor neoyorquino, que como buena parte de los comediantes que cambiaron el género en Hollywood se hizo verdaderamente popular en el eterno y siempre vigente Saturday Night Live, es una especie de héroe de los relatos que hacen base en la épica de la eterna adolescencia.

    Ahora bien, Son como niños sigue en la misma línea pero clausura de mala manera esta especie de sub género, abordado decenas de veces en los últimos años. La película parece decir que el tiempo, los recursos, tics, historias y en definitiva, la visión del mundo de este tipo de historias van agotándose, en tanto sus creadores se hacen más grandes. Así, con la dirección del veterano Duggan, luego de una breve introducción donde se muestra a un grupo de cinco chicos en su momento de gloria cuando ganan un campeonato de básquet, el guión del propio Sandler junto a Fred Wolf, reúne a los protagonistas 30 años después, en el funeral del entrenador que los llevó a la gloria en la niñez.

    De ahí en más, al transitadísimo recurso de mostrar el ¿qué pasó en la vida de?, que como es de esperar transitan un presente árido, amargo y lleno de frustraciones, se le suman los chistes demasiado fáciles -este cronista contó apenas tres gags relativamente efectivos-, el desperdicio de figuras como Rob Schneider, Chris Rock, Maya Rudolph y Steve Buscemi, las resoluciones apresuradas, y hasta una alarmante línea del relato, que transita por la constatación reaccionaria de que todo tiempo pasado fue mejor.
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  • Miss Tacuarembó
    Miss Tacuarembó
    Tiempo Argentino
    Natalia Oreiro: todo por un sueño

    Miss Tacuarembó no sería posible sin la participación de Natalia Oreiro. La explosión de alegría ochentosa que le imprime a la película el director Martín Sastre, con estéticas cruzadas que van desde films como Flashdance, La magia de los Parchís y hasta La vida de Bryan (de los Monthy Python), las referencias a la “primera” Madonna, y claro, las telenovelas como la venezolana Cristal, acompañado por innumerables guiños hacia el espectador más o menos entrenado en la cultura-chatarra de los realitys, todos estos elementos están al servicio de una puesta que sería impensable sin la actriz uruguaya, que se mueve con soltura dentro de tono decididamente kirsch del film.

    Aquí Natalia Oreiro es Natalia, una niña que sueña ganar el concurso de belleza de Tacuarembó, la única manera que se imagina para escapar de la chatura pueblerina y sobre todo de Cándida (también a cargo de Oreiro), su maestra de catecismo. Después, ya adulta, la realidad se encarga de señalarle el fracaso de sus aspiraciones con un empleo en un parque de diversiones con temática bíblica.

    En los últimos cuatro años Oreiro recorrió un interesante camino en el cine. Ahí está la reciente Francia (2010), en la cual se puso en la piel de una empleada doméstica al servicio de una película “clasista”, según la definió el director Israel Adrián Caetano; Las vidas posibles (2007), que la muestra como una muy digna intérprete del denominado nuevo cine argentino; Música en espera (2009), en su perfil de artista popular ideal para un buen film industrial; y La peli (2006), en donde se revela como una actriz casi bergmaniana.

    Aquí Oreiro se deja llevar por Sastre, que a partir del universo que plantea el libro del multifacético uruguayo Dani Umpi, baraja todos los materiales a su disposición y se decide por una realización enérgica, pero ese mismo impulso no logra ocultar cierta falta de ilación en las coreografías ideadas por Diego Reinhold sobre las canciones compuestas por Ale Sergi de Miranda!, o resaltan las innecesarias explicaciones sobre el origen de la protagonista.

    Miss Tacuarembó es un artefacto extraño, que por su sobreabundancia de ideas a veces tropieza con la cohesión del relato, pero aún así es una de las propuestas más genuinamente renovadoras en el cine hecho en esta parte del mundo.
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  • Veronika decide morir
    Si me voy antes que vos

    Veronika repasa sus veintiocho años, analiza sus días en un trabajo bien remunerado que odia, conjetura que en el futuro tendrá un matrimonio que se va a ir apagando por el hastío y las infidelidades del que se imagina, será su marido. Entonces Verónica decide morir. Y casi lo consigue, con una combinación clásica de pastillas y alcohol. Pero unos días después se despierta en un psiquiátrico y comprueba que a pesar de que falló en su intento de suicidio, las drogas que tomó dañaron su organismo y pronto morirá.

    Veronika decide morir ya fue llevada al cine por el japonés Kei Horie (Veronika wa shinu koto ni shita, 2005), y es uno de los tantos bestsellers de Paulo Cohelo, el prolífico escritor-sanador brasileño que con una escritura sencilla, plagada de parábolas elementales, se convirtió en uno de los autores más importantes en el universo siempre en expansión de la autoayuda.

    A la dificultad de adaptar un libro de Cohelo, la película suma otra al depositar el protagónico en Sarah Michelle Gellar, una actriz limitada, conocida principalmente por la serie Buff, La Cazavampiros y los films Sé lo que hicieron el verano pasado y Scooby Doo. Sin embargo, la directora inglesa Emily Young (Kiss of Life) demuestra un buen pulso para la dirección de actores y saca adelante el trabajo de Gellar y la rodeó con un elenco competente, comenzando por David Thewlis, que interpreta a Blake, director médico donde Verónika está internada, Jonathan Tucker, el joven esquizofrénico Edward, con el que la protagonista redescubrirá el amor, y la extraordinaria Melissa Leo como Mari, la paciente más veterana.

    Lo cierto es que el problema de la película es el origen. Casi no hace la diferencia la correcta realización –aunque por momentos abusa de cierto paisajismo, con tomas casi publicitarias–, el oficio de los intérpretes y una estructura dramática medida. Es el texto de Cohelo el que anula casi todo, martillando sobre el “valor de la vida” con un planteo tramposo (que se resuelve inesperadamente al final), subestimando primero a los lectores y ahora a los espectadores.
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  • La carretera
    La carretera
    Subjetiva
    Todos los fuegos, el fuego

    En el final de Sin lugar para los débiles, cuando el sheriff Ed Bell que encarnaba el más lacónico que nunca Tommy Lee Jones miraba sin esperanzas hacia el futuro y soñaba con el fuego de los viejos valores que portaba su padre ya muerto, comenzaba La carretera, basada en la novela homónima de Cormac McCarthy, premio Pulitzer 2007. Y es que vista en perspectiva, la extraordinaria película de los hermanos Coen, transposición de “No es país para los viejos” (2005), también de McCarthy, funcionaba como el largo prólogo de la próxima novela del escritor norteamericano.

    Cada escena, cada nuevo asesinato, cada interrogante sin respuesta ante tanta maldad de Sin lugar… preanunciaba el final devastador de un mundo en descomposición. Y La carretera es una fiel versión de ese Apocalipsis señalado.

    Diez años después del Día 0, cuando todo terminó por una guerra nuclear, o porque la naturaleza dijo “basta”, no se sabe, El Hombre (Viggo Mortensen) arrastra un carrito de supermercado con sus miserables pertenencias sobre un mundo sin sol, sin vegetación, sin animales. Sin comida. Lo acompaña su hijo (Kodi Smit-McPhee), El Niño. Mientras que el padre asistió al fin del mundo y al suicidio de su esposa que no soportó lo que venía, el chico perdió a su madre junto a un pasado que solo conoce por el relato de El Hombre.

    Los protagonistas, sin nombre, representando así a los últimos hombres sobre la Tierra, se complementan: el niño sin como reserva de la inocencia original, y el padre, portador de los valores de una humanidad que se apaga.

    “El canibalismo es el mayor temor” dice El hombre sobre la summa del horror, una amenaza presente en cada metro que desandan hacia el Sur, donde suponen que tienen más chances de sobrevivir.

    Con una realización seca, bien cercana a la poética de la famosa novela, La carretera trabaja desde una marcada religiosidad –en donde tiene mucho que ver la banda sonora de Nick Cave–, con los elementos del drama intimista (la relación padre-hijo), el cine de terror (los no-humanos dispuestos a comerse a los que aún conservan rasgos de humanidad), y hasta del western (con los personajes, en especial el niño, como protagonistas de un nuevo comienzo), y se convierte, sin subrayados innecesarios, en una reflexión sobre lo inevitable de la tragedia de la humana.

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  • Kick-Ass
    Kick-Ass
    Subjetiva
    Superhéroes en la era de la decepción

    Para los que aún no tenían en claro cuál era el principal sacrificio de los superhéroes, El hombre araña, versión Sam Raimi lo dejó en claro, cuando fotograma a fotograma avanzaba sobre la idea de que estos personajes fuera de lo común no podían permitirse el lujo del amor, en tanto los convertía en vulnerables ante sus numerosos enemigos.

    Y bien, Kick-Ass toma esta cuestión y se pregunta sobre por qué nadie quiere convertirse en guardianes de la justicia, como pasaba en Batman inicia de Christopher Nolan –aunque un personaje reflexiona que sí hay muchos que quieren ser como Paris Hilton–, y se abre un poco más para incluir el infierno de la escuela secundaria para perdedores natos, al estilo de la recordada Supercool, de Greg Mottola.

    Con un guión que cambia varias veces de registro, el director británico Matthew Vaughn comienza con un tono ligero, centrado en un Dave, un adolescente como tantos, pegado a la computadora (un geek), consumidor de cómics, que de pronto decide que él bien puede ser Kick-Ass, un enmascarado que luche contra el delito y de paso, logre algo de respeto y por qué no, tal vez consiga seducir a la chica de sus sueños. Pero en el medio de la trasformación y de la película) irrumpen otros superhéroes: el ex policía Big Daddy (brillante Nicolas Cage), padre de Hit Girl (Cloé Moretz), criada con un biberón al lado de una pistola automática. Ambos en busca de venganza contra un mafioso. Y Red Mist, el hijo del gángster que busca su reconocimiento.

    Pero el tono liviano pronto comienza a ser intervenido por una violencia feroz, al mismo tiempo que el romance en progreso gira a una comedia de enredos gay, el aprendizaje como superhéroe a mano limpia (otra vez El hombre araña) se ve interrumpido por la eficacia de las armas automáticas, y la razón de ser Big Daddy y Hit Girl se explica a partir de una tragedia original,

    Kick-Ass podría haber tomado el camino más cómodo de una ironía sobre el universo geek o una revisión de las historietas llevadas al cine, pero con una complejidad inusitada, reflexiona sobre la venganza, el poder pueril de los medios y la justicia por mano propia.
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  • Al sur de la frontera
    Latinoamérica para principiantes

    Un poco por ignorancia, otro poco por la falta de información y mucho por los intereses del cine hegemónico, para el gran público de los países desarrollados el papel de Latinoamérica se reduce a proveer de imágenes que tienen que ver con la miseria y el exotismo, tal vez porque el puzzle del continente resiste las lecturas apresuradas y las conclusiones simplificadoras. Al sur de la frontera parece ser una caso paradigmático de las buenas intenciones para revelar los siempre incomprensibles -para allá- procesos político-sociales de América del Sur, esta vez a cargo de Oliver Stone, un director enamorado de su propio progresismo, que desde Comandante (2003) y Looking for Fidel (2004), centró su mirada en esta parte del mundo y “descubrió” a un puñado de líderes de la región con un discurso y un accionar común.

    La intención de Stone de encontrar humanidad en personajes controvertidos funcionó bien con George W. Bush (W, 2008), o Richard Nixon (Nixon, 1995), y aquí aplica el mismo esquema, aunque el resultado es bien diferente. El realizador neoyorquino recurre a las imágenes de noticieros norteamericanos para mostrar su hipocresía, cuando hablan de Hugo Chávez como un dictador o se refieren a Evo Morales como un consumidor de coca –de la droga, no sobre la hoja­–. Y bien, una vez que el punto queda lo bastante aclarado, el director, en plan periodístico, pasa a las entrevistas con los presidentes: se fascina por el histrionismo de Chávez (a quien dedica más de la mitad de la película), mastica coca y juega al fútbol con Morales, escucha la exigencia de Lula para que las relaciones con los Estados Unidos se den en un plano de igualdad, y asiente comprensivo cuando Cristina de Kirchner analiza que “por primera vez en la historia los presidentes de la región se parecen a su pueblo” pero no puede evitar preguntarle cuántos pares de zapatos tiene.

    Es probable que Al sur de la frontera funcione para un tipo de espectador desprevenido, pero lo cierto es que en el proceso de denuncia contra la superficialidad de los medios de su país, Stone devela su propia liviandad para abordar un tema tan complejo
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  • Bye Bye Life
    Bye Bye Life
    Subjetiva
    Sobre la representación

    La última película de Piñeyro no las trae fácil. El director de Whisky Romeo Zulu se propone filmar los últimos días de la fotógrafa y escritora Gabriela Liffschitz, enferma de cáncer, que murió en 2004. Y los problemas que plantea el film para el espectador y la crítica son múltiples. En principio del por qué de la película, que puede caer fácilmente de la auto conmiseración en el mejor de los casos, y en el peor, en una especie de show sobre la muerte.

    Sin embargo Piñeyro elude los escollos obvios, transita con elegancia otros que no están en la superficie y hace un retrato profundo, sensible y con necesarios toques de humor de una tragedia. Gabriela Liffschitz murió al otro día de finalizado el rodaje y con los materiales que tiene, Bye Bye Life construye y destruye la línea documental esperable y amaga con la ficción pero no la explicita, indaga sobre el paso del tiempo para un personaje que no lo tiene, muestra los escudos que la protagonista tiene para enfrentarse a lo inevitable, pone en pantalla y resuelve los síntomas de la enfermedad (hay una escena con fundido a negro que puede ser esperable pero que con el sonido afirma categóricamente que el cáncer está presente) y por sobre todas las cosas, habla de cine, al poner todo el tiempo en crisis los problemas de la representación.
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  • Regreso a la mansión Brideshead
    Noticias de un mundo agotado

    A fines de la Segunda Guerra Mundial el escritor británico Evelyn Waugh publicó la novela más exitosa de su carrera, Brideshead Revisted, casi un estudio dramático sobre las costumbres de la aristocracia –bastante alejada del tono zumbón y humorístico del resto de su obra– que comenzaba un acelerado declive en la primera mitad del siglo XX. Y si primero fue el libro, luego una recordada miniserie de 1981 protagonizada por Jeremy Irons y hasta generó una divertida parodia en el Show de los Muppets, finalmente el libro llegó al cine de la mano de Julian Jarrold.

    El director es un especialista en ambientaciones de época, tanto en la televisión como en el cine (La joven Jane Austen, 2007) y en Retorno… se mueve a sus anchas en el ambiente asfixiante de la Inglaterra de entreguerras, mostrando la opulencia decadente de la alta sociedad y con la religión como el elemento disciplinador de una clase en decadencia.

    Sin embargo, para contar la historia de un triángulo amoroso entre Charles Ryder (Matthew Goode) artista en progreso, pobre pero ambicioso, Sebastian Flyte (Ben Whishaw), indolente, rico y gay, y su inestable hermana Julia Flyte (Hayley Atwell), más el ahogo materno de la implacable Lady Marchmain (Emma Thompson), Jarrold recurre a un relato moroso, con una puesta fascinada por los escenarios, la autoconciencia de tener frente a cámara varios temas importantes –¿la opresión del catolicismo?, ¿los mandatos familiares?, ¿la homosexualidad?, ¿el fin de una época? –, sin decidirse por ninguno en particular en un intento ambicioso, y fallido, por contenerlos a todos.
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  • Los mejores de Brooklyn
    Tierra de policías

    Casi una década después de la exitosa Día de entrenamiento, el director Antoine Fuqua vuelve al género policial con una película que explora los límites, compromisos y lealtades de un grupo de oficiales con el horizonte cero como común denominador.

    Durante poco más de dos horas, Los mejores de Brooklyn se encarga de mostrar el estado de las cosas en la vida de tres policías: Eddie (Richard Gere), de vuelta de todo, alcohólico y a punto de jubilarse, Sal (Ethan Hawke), en caída libre luego de asesinar a un traficante por unos miles de dólares, y Tango (Don Cheadle), un oficial encubierto al que cada vez le cuesta más distinguir de qué lado está.

    La película se asienta en la cuestión moral que tensiona las decisiones cotidianas de los protagonistas. Se adivina un desencanto prematuro de Eddie que peina canas, con la esperanza de ser detective irremediablemente perdida, sin ningún interés por entrenar a un novato y que mira para otro lado cuando asiste al secuestro de una chica en su barrio. O Sal, desesperado por conseguir dinero para comprar una casa más amplia que albergue a su familia que no para de crecer mientras que ahí afuera, en su trabajo, el efectivo de las drogas circula a montones. Y Tango (¿?), tal vez el personaje más complejo de Los mejores…, infiltrado hace demasiado tiempo, demasiado solo, con la brújula de las lealtades definitivamente rota, aferrado a la amistad con Caz (Wesley Snipes), un gangster de la vieja guardia, sin dudas mucho más cercano que sus jefes blancos y burócratas.

    Con una estructura coral que preanuncia la tragedia final y se hace más densa a medida que pasan los minutos, y un elenco eficaz –aunque Gere no termina de acomodarse en el rol de policía quemado que busca la redención sobre el final–, Faqua se las arregla para llevar con dignidad un thriller correcto, aunque sobrecargado de clichés, que no aporta nada nuevo al género pero al menos se puede ver. Bastante más que las decenas de policiales que se amontonan cada
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  • Carancho
    Carancho
    Subjetiva
    Riesgo y acierto

    Instalado desde hace tiempo por la crítica y el público como el gran actor nacional, un mérito que Ricardo Darín se ganó a fuerza de talento en los muchos personajes que le tocó dar vida en los últimos años, en este momento ocupa una posición que le permite elegir los proyectos que mejor le sienten a su perfil. Sin embargo, a los 53 años, el actor asume riesgos que otros colegas no tomarían, como trabajar en un policial negro como Carancho con un director como Pablo Trapero (Leonera, El bonaerense, Mundo grúa), uno de los prestigiosos realizadores emergentes del llamado Nuevo Cine Argentino que nunca tuvo en sus películas a una figura de la talla de Darín.

    Y la apuesta sigue con Sosa, un abogado que perdió su licencia –el film nunca aclara el por qué- y ahora se dedica a “caranchear”, esto es, conseguir clientes rondando las guardias de los hospitales, siguiendo ambulancias, presentándose en los velorios, siempre con la complicidad de la policía, médicos, enfermeras y funcionarios judiciales, un entramado en onde todos colaboran por quedarse con la parte del león que las víctimas cobran como indemnización de las aseguradoras. Es decir, Sosa-Darín, se sumerge en un mundo sórdido (para el personaje y también alejado de la historias que lo involucran como actor), plagado de violencia, despliegue físico y eso sí, en el camino de los anti héroes habituales en la carrera del protagonista de El secreto de sus ojos.

    Lo cierto es que además de la presencia de Darín, verdadero motor de Carancho, la película cuenta con Martina Guzmán, esposa de Trapero y protagonista exquisita de Leonera, que aquí encarna a Luján, una joven médica del interior del país que pronto comienza a ser parte de un mundo ominoso y corrupto, que primero la llevará a confrontar con Sosa y luego al amor con destino trágico.
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  • Synecdoche New York. Todas las vidas, mi vida
    No es bueno ser Cotard

    Charlie Kaufman se convirtió, con razón, en uno de los guionistas más importantes del cine norteamericano con aspiraciones indie, después de firmar los libros de películas como Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Michel Gondry), Confesiones de una mente peligrosa (George Clooney), El ladrón de orquídeas (Spike Jonze) y ¿Quieres ser John Malkovich? (Spike Jonze). Y ahora llega a la dirección con un relato que tiene tanto de barroco como los films en donde participó como guionista, con una clara influencia en la puesta de Jonze y Gondry, dos directores que se hicieron conocidos filmando videoclips.

    Y si bien hay que abandonar cierta idea instalada en la cinefilia dura que los realizadores que trabajan o trabajaron en el formato de tres minutos son descartables, en su ópera prima Kaufman muestra cierta puesta barroca que podría emparentarse con el estilo clipero –aunque hay que aclarar que el género admite infinitas variantes, después de todo ¿cuál la estética en común de un Chemical Brothers, Miranda! o Black Eyed Peas–.

    Lo cierto es que la larga introducción tiene la intención de allanar el camino a la puerta de entrada a Synecdoche, New York - Todas las vidas, mi vida, una especie de falso biopic en plan lisérgico sobre Caden Cotard (Philip Seymour Hoffman), dramaturgo de profesión y perdedor nato en el resto de los ítems: inseguro, hipocondríaco y despreciado por Adele (la extraordinaria Catherine Keener, que fue ya trabajó con Hoffman en Capote como la amiga del escritor), su exitosa esposa y artista plástica.

    Caden transita por la vida como pidiendo disculpas y quejándose de una serie de enfermedades, que nunca queda claro sin son imaginarias o no. Con sus continuos cambios de tono, de género, de registros, todo incluido en una interminable paleta de recursos, la película exige un esfuerzo de percepción de parte del espectador, que necesariamente deberá abandonar las seguridades de un relato más o menos clásico para internarse en la historia de un hombre triste que recibe una oportunidad inesperada para reivindicarse. Claro, el protagonista carga con sus complejidades existenciales y Kaufman lleva a la pantalla esos vaivenes a través de un artificio casi extremo y un guión complejo. La pregunta es si la textura abigarrada del film no resulta en un tamiz demasiado críptico para el espectador.
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  • Nuevamente Amor
    Reinventándose

    Ryan (Aaron Eckhart) transmite seguridad y empuje, pero en la mirada se nota que está herido. Eloise (Jennifer Aniston) trabaja, trabaja, y sobrelleva un fracaso amoroso con cierta resignación. Y si, también está herida. Aunque Nuevamente amor esté filmada con los parámetros más desvergonzados de la industria, sin desviarse ni un milímetro del abc de los dramas románticos, incluido un final más o menos feliz, el film tiene lo suyo.

    Ryan perdió a su esposa en un accidente. Para exorcizar el dolor escribió un libro de autoayuda que lo convierte en un gurú de algo así como aprende+a+vivir+con+el+dolor+para+salir+adelante. Mientras tanto, la buena de Eloise deja de soportar las infidelidades y se queda sola con su negocio de arreglos florales. Pero claro, no por mucho tiempo.

    Por supuesto, ambos se van a encontrar, van a compartir, van a pelear y al final… Ya se sabe. Lo cierto es que lo más interesante de la película se centra en el médico, que transita el relato entre la delgada línea que separa a alguien que sufrió (y sufre) en serio, pero a pesar de todo se sobrepone a las dificultades, y un canalla que hace negocios con el dolor. En ese mismo camino se inscribe la relación con la florista, que no pone objeciones al trabajo del Burke. El film hace una interesante lectura del amor en el feroz presente, y por caso, recuerda a Tienes un email, que mostraba el romance entre la propietaria de una librería de barrio (Meg Ryan) y el despiadado e inmoral dueño de una cadena de negocios (Tom Hanks), que aplasta el localcito de la chica, que igual se enamora de él.

    Nuevamente amor no presenta sorpresas, apenas algunos trucos de guión para que todo termine como corresponde, pero es una película romántica que tiene una interesante pareja protagónica (Aniston está bastante bien) y un desarrollo correcto. Mucho más que decenas de títulos que llegan a la cartelera.
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  • Invictus
    Invictus
    Subjetiva
    Clint a la sombra de Eastwood

    Cada vez que Clint Eastwood ofrece un nuevo trabajo parece necesario repetir que es el último clásico, que es un autor –aún cuando el término esté un poco fuera de época – y que no, no es reaccionario, por el contrario, con los años su obra no ha hecho más que poner en evidencia un humanismo a prueba de modas y correcciones políticas.

    Ahora bien, la historia en común que tienen Nelson Mandela, el primer presidente negro de Sudáfrica – que accedió al poder después de estar preso durante 26 años por su lucha contra el apartheid – y el capitán de la selección nacional de rugby, François Pienaar, es una relación interesante para Eastwood, un material que le permite reflexionar sobre el poder, la violencia, los héroes opacos y por supuesto, la cuestión del paso del tiempo y la construcción de una leyenda: la de Mandela y la propia. Pero son demasiados los ítems y el desarrollo del relato, clásico y sin sobresaltos, no consigue profundizar en ninguno.

    Y es que la astucia de Mandela para que los Springboks sean el equipo de todos los sudafricanos y no solo de la minoría blanca, de cara al mundial de este deporte que se va jugar en el país 1995, encierra una decisión política de fondo que es el perdón.

    Ese es el principal “tema” de la película (por si no alcanzaran todos los otros), en el contexto de un nuevo país que tiene que reconstruirse en todos los órdenes, principalmente en la cuestión moral de una nación que permitió, promovió y hasta legisló el racismo. Un tema grande, enorme, importante y a la medida de un Eastwood demasiado conciente de su propio legado.

    Entonces está el rugby como actividad unificadora del ser nacional (sudafricano) y el borrón de las atrocidades boers sobre la población negra desde siempre. Es decir, el perdón para que no se desintegre la nación, según la visión de Mandela.

    De esta manera la operación del director se limita a construir correctamente la relación entre el estadista (Morgan Freeman) y Pienaar (Matt Damon), el muchachito con padre racista que poco a poco toma conciencia – el padre también – del momento histórico que le toca protagonizar, los flashbacks de la estoica resistencia de Mandela en la cárcel y el partido final del mundial contra Nueva Zelanda (shaka incluido), filmado magistralmente, que gana Sudáfrica y es el arranque del rugby como pasión nacional.

    Una película correcta, demasiado importante, calculada. Eastwood sigue siendo un gran director pero Invictus está bien lejos de los grandes títulos del director norteamericano ¿hay que recordarlos?: Gran Torino (2008), La conquista del honor (2006), Jinetes del espacio (2000), Crimen verdadero (1999), Poder absoluto (1997), Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997), Los puentes de Madison (1995), Los imperdonables (1992).
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  • Copacabana
    Copacabana
    Subjetiva
    Cuando Rejtman se asoma

    Para muchos, la palabra Copacabana remite a extensas playas brasileñas y en algunos casos, a la bohemia de los ’60 y el surgimiento de la bossa nova. Pero también es una ciudad boliviana al borde del lago Titicaca y por sobre todo, en donde se asienta el santuario de la Virgen de Copacabana.

    Pues bien, hace cinco años Martín Rejman fue convocado por el canal Ciudad Abierta (cuando era una de las señales más interesantes de la televisión, antes del vaciamiento macrista) para que realice un documental. Se le presentaron varias opciones y director de Los guantes mágicos, Silvia Prieto y Rapado eligió a la comunidad boliviana en la Argentina, “porque era un tema muy ajeno a mí”, según reveló en una entrevista. De ahí surge Copacabana, el registro de los preparativos de la fiesta patronal de Nuestra Señora de Copacabana.

    Pero claro, Rejtman va un poco más allá, bastante más allá. Copacabana comienza con un larguísimo travelling, en donde se ven los preparativos de la fiesta, después, un breve pantallazo a los festejos con la danza de los caporales (su nombre surge de los capataces que manejaban a los esclavos en las haciendas), y de las cholas con sus característicos sombreritos bombín. Y de vuelta a los preparativos, algunas viñetas del trabajo en los talleres de costura, una llamada desde un locutorio (dos minutos de charla que cuentan más que muchos ensayos sobre la realidad socioeconómica de los inmigrantes), las prácticas del baile en galpones y casas, las discusiones de la comisión organizadora; y un extraordinario pasaje, el último, donde la cámara sale de ese mundo boliviano del Bajo Flores (que ni si quiera se asoma al universo porteño) y viaja a la ciudad fronteriza de Villazón, el comienzo de todo. Allí, Rejtman toma el éxodo, el viaje desde Bolivia hacia la promesa argentina, los infinitos bolsos, la aduana, los gendarmes, la máquina de coser embalada, las recomendaciones de la azafata en el ómnibus a Buenos Aires. La tristeza.

    Si Rejtman construye sus relatos de ficción con un férreo control de los diálogos que en general se dicen sobre el vacío, en Copacabana no abandona la intención, a pesar de que la película se inscribe en el género documental (¿documental?, ¿género?). Así, pasan casi 20 minutos para que se escuche una voz, la única, que acompaña la muestra de fotos de una historia, un monólogo que está perfectamente encerrado en una vida que comprende a otras: nada se derrama del envase diseñado por el director.

    Y después, y antes, y durante toda la película, la cámara siempre distante, alejada del registro antropológico y con un interés genuino y respetuoso sobre un mundo ajeno. Una mirada que registra la contundente elegancia de los bailes, la belleza de los cuerpos en movimiento, la luminosidad de esos momentos únicos. Porque Copacabana es una película luminosa y feliz sobre un mundo demasiadas veces opaco.
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  • Amor sin escalas
    La película de Clooney

    Desde que George Clooney abandonó la serie ER para convertirse una de las mayores estrellas del cine de los últimos años, muchas veces discutimos con otros colegas que más allá del encanto y de los aciertos en la elección de varios papeles que demostraron su capacidad como actor, Clooney todavía no había hecho una “gran película”, esas que quedan en la historia y se identifican con el protagonista, a la manera de los films del Hollywood clásico.

    Amor sin escalas es esa película. A pesar de que coquetea con en indie y es una producción de mediano presupuesto, la película de Jason Reitman (director de La joven vida de Juno , guionista de Gracias por fumar) es la favorita de los premios Oscar de este año (un dato de la industria que por supuesto no habla de la calidad del film) y aún así sigue siendo un gran relato.

    Ryan Bingham (George Clooney) se dedica a dejar sin trabajo a mucha, muchísima gente. Así de simple. Un hijo de puta eficiente que sabe hacer su trabajo y que tiene como horizonte… seguir despidiendo empleados. Cualquier día del año encuentra a Bingham en alguna ciudad del país para racionalizar la plantilla de la empresa en cuestión. No es que disfrute de la faena pero tampoco le quita el sueño. Tantea a las personas que va a despedir, las estudia y después lanza la fatídica frase: “La empresa va a tener que dejarlo ir”.

    Pero la sofisticación de Amor sin escalas (en el horrible título local) proviene del trasfondo social y político de la actualidad de Estados Unidos, atravesado por la recesión y el capitalismo más salvaje, y la puesta en escena y la dirección de actores. Entre otros, muchos aciertos, la película de de Reitman construye lo excepcional a partir de objetos cotidianos que en el mundo de Bingham adquieren una importancia extraordinaria, como las tarjetas.

    Están en los embarques, como posibilidad de crédito, son las llaves de las habitaciones impersonales de los cientos de hoteles que visita el protagonista, se exhiben con orgullo como “viajero frecuente”. Y para el killer laboral, esa condición se constituye en su única aspiración, esto es, alcanzar las 10 millones de millas arriba en el aire y lograr la tarjeta vip, que solo otras siete personas poseen en el mundo.

    Porque Bingham no siente nada. Trata de mantener lo más lejos posible a la familia, el concepto de hogar le es completamente ajeno, al igual que tener pareja y formar una familia. Hasta que claro, se cruza en un el anónimo bar de un hotel cualquiera (de una ciudad cualquiera) a una par, Alex Goran (Vera Farmiga), otra ejecutiva en tránsito permanente.

    Hay piel sin compromiso y allá va el muchachote, siempre seductor (pero muy contenido en su charme por Reitman), agradecido por las oportunidades que le da la vida y su trabajo. En paralelo, el sistema del que forma parte, que no cuestiona y que ayuda a mantener, da un paso más y presenta de la mano de una jovencísima colega Natalie Keener (Anna Kendrick), la novedad de que no hace falta desplazarse para despedir a un pobre diablo, con una videoconferencia alcanza.

    Entonces el hijo de puta mayor y el pichón a su cargo inician un periplo para que la pequeña asesina de empleos se convenza de las bondades de despedir gente cara a cara. “El trato humano”. Reitman maneja el relato cáusticamente, manejando los tiempos y situaciones de tal manera de que el protagonista termine siendo adorable para el espectador, a pesar de ser, repito, un flor de hijo de puta.

    No hay redención en Amor sin escalas, apenas un cruce entre el mundo corporativo plagado de no lugares como los aeropuertos con el otro mundo, el masivo, y la intersección se da de la mano de una posibilidad de amor, solo un amague que queda en el aire, por la propia lógica de los protagonistas. Solo la chica se sale del juego, tal vez porque por su edad pertenece a la esperanzada era Obama. Ryan Bingham y Alex Goran no, seguramente porque se formaron en los despiadados ’80 y consolidaron sus carreras en el renacimiento del liberalismo más despiadado de los ’90.

    Gran película de Jason Reitman, que demuestra lo que se puede hacer con el Cary Grant de nuestra época cuando hay un guión inteligente, profundo, ácido y encantador.
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  • Excursiones
    Excursiones
    Subjetiva
    Los días felices aquí y ahora

    Cuando los años pasan y la adolescencia queda definitivamente atrás, cuando los problemas de la adultez se convierten en la cuestión central y cotidiana de cualquiera, rápidamente, casi sin aviso, muchas relaciones centrales de la juventud son un recuerdo brumoso que no merece atención. Pues bien, Ezequiel Acuña, un director que viene explorando su propio universo de crecimiento (Como un avión estrellado, Nadar solo), toma la cuestión de la amistad temprana, el reencuentro 10 años después – con los personajes del corto Rocío –, y hace una lectura de la amistad que alguno podría confundir con una mirada naif, pero que sin embargo es una visión conmovedora, delicada y cariñosa sobre la amistad, en una película tierna y esperanzadora.

    Excursiones, que fue uno de los hitos del Bafici 2009, habla de la relación de Marcos (Matías Castelli) y Martín (Alberto Rojas Apel). El primero trabaja en una fábrica de golosinas y decide retomar una obra de teatro de la secundaria y le pide ayuda a Martín, actual guionista. A partir de allí, la obra, que funciona casi como un único nexo para el reencuentro, pasa a un segundo plano en una amistad con que vuelve con reproches, roces, nostalgia y la constatación de que a pesar de los años, de la muerte de otro amigo, sigue ahí, indestructible.

    Lo cierto es que a pesar de la melancolía que atraviesa el relato, que es además una especie de mapa generacional, Excursiones es un recorrido divertido y amable sobre los protagonistas –y del resto de los personajes, como el aquí extraordinario Santiago Pedrero como un director teatral atormentado, Martín Piroyansky, como un actor que funciona como “consultor” de la obra en progreso-, definidos en profundidad y con un hondo cariño. Para decirlo sin vueltas: Acuña logra crear una galería de personajes inolvidables del cine argentino.

    Lo cierto es que Excursiones es una de las películas más importantes de 2010, aunque falte recorrerlo casi en su totalidad. Cualquiera que le guste el cine tiene que ver la película de Acuña y empezar el año de la mejor manera.
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  • 2012
    2012
    Subjetiva
    La Tierra que te da la vida

    Apenas cuatro minutos después del comienzo de 2012, las noticias que vienen de la pantalla no pueden ser más desalentadoras: el comienzo del fin está en marcha. En algo así como un repaso de la física elemental para espectadores del cine-catástrofe, la película muestra una inestabilidad excepcional en el Sol que afecta el núcleo de la Tierra con un bombardeo masivo de las partículas subatómicas, lo que produce desplazamientos de la masa del planeta, erupción de gigantescos volcanes, y tsunamis, que decretan la fecha de vencimiento de la humanidad. Sin embargo, y en pos de la simplificación, el film abandona rápidamente cualquier aspiración educativa y atribuye el cataclismo a las profecías mayas (¿?), que determinan el fin de los tiempos para el 21 de diciembre de 2012.

    Establecido el sombrío diagnóstico, “2012” toma velocidad y presenta a los extras, porque el verdadero protagonista del relato es la vieja y querida Tierra, que el desastrólogo Roland Emmerich ya martirizó y desguazó a conciencia en

    Día de la independencia, Godzilla, y sobre todo en El día después de mañana. Así, después de dar un breve pantallazo a la vida de Jackson Curtis (John Cusack), el héroe del relato junto a Adrian Helmsley (Chiwetel Ejiofor), casi toda la película es una divertida actualización de las posibilidades del género ci-fi en plan apocalíptico.

    Por aquello de los hombres ordinarios metidos en situaciones que lo exceden, Curtis es un chofer de limusinas, convenientemente perdedor, divorciado, padre más o menos ausente y escritor de un libro tremendista sobre el the end del planeta que casi nadie leyó (“Adiós Atlantis”). Por otro lado está Helmsley, el científico que da el alerta sobre el desastre. Y que sí leyó el libro del chofer. El cast se completa con Kate (Amanda Peet), la ex esposa de Curtis y por ahí anda Charlie Frost (Woody Harrelson), interpretando a una especie de hippie-visionario-loco y periodista freelance, algo así como la versión actualizada del lúcido y a la vez desquiciado fotógrafo que componía Dennis Hopper en Apocalypse Now, que sabe lo que va a pasar y al que por supuesto nadie le da presta atención.


    Lo que sigue es el desarrollo de un guión endeble pero que sirve para sostener la verdadera estrella del relato: un parque de diversiones visual en donde el espectáculo se organiza con algunas, pocas, puntadas de argumento para mostrar la lucha desesperada de Curtis por salvar a su familia cuando literalmente el mundo se derrumba, mientras los líderes mundiales organizan media docena de gigantescas arcas de Noe, que suponen, van a servir para preservar, algo, de la especie.

    Y ahí si, la frase que no por transitada se la iban a perder: “El mundo tal como lo hemos conocido se terminó”, dicha en tono grave por el presidente de los Estados Unidos (Danny Glover), mientras las grietas cortan en dos a un supermercado, los edificios se empiezan a derrumbar como si estuvieran hechos de gelatina, las olas alcanzan varios cientos de metros, y los volcanes aparecen en los lugares más inesperados.


    El alemán Roland Emmerich hace rato que está radicado en Hollywood, que no es lo mismo que los Estados Unidos, y si bien en El día después de mañana había mostrado un trato especial por el desarrollo de la historia, cuidando de que cada personaje tuviera un perfil definido, en 2012 este aspecto está menos presente, con un humor mucho más obvio y la espectacularidad de los FX en primer plano. Sin embargo, la película sí tiene una clara y pesimista visión cínica, en donde más allá de algunas, poquísimas excepciones, el futuro del planeta y de supervivencia humana está en manos de los políticos y sobre todo de poderosos, los únicos que a mil millones de dólares por cabeza pueden comprar el ticket que los habilita para salvarse arriba de una de las arcas que se supone, resistirán el cataclismo.


    En una película donde la verosimilitud se pone a prueba una y otra vez por la pirotecnia visual, la amarga visión de Emerich es la columna del relato, aún cuando por supuesto, una leve veta progresista se cuele a último momento y salve de la canallada a toda la mezquina humanidad, con un nuevo comienzo en… África.
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