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Imagen del crítico Agustín Marangoni
Agustín Marangoni
  • Cantidad de críticas: 2
  • Promedio: 75%
  • Críticas favorables: 2/2 (100%)
  • Críticas desfavorables: 0/2 (0%)
  • Diferencia absoluta: 17%
  • Email de contacto: No disponible
  • Medio donde critica: Fancinema
  • Jackass 3D
    Jackass 3D
    Fancinema
    Jackass 3D… ¿es arte?

    La película no es otra cosa que un grupo de jóvenes descerebrados poniendo en riesgo su vida en cada fotograma. Es un asco, una aberración, una necesidad constante de trasgredir. Y está buenísimo. Hay que reconocer que la textura conceptual de Jackass 3D es ciento por ciento yanquee, es decir, espectacularización y banalidad, pero la película va más allá de las primeras impresiones.

    En la década de 1970, la artista yugoslava Marina Abramovic trazó un surco en el devenir del arte contemporáneo con sus violentas performances. Ella oficiaba de víctima y verdugo de su propio cuerpo. Por ejemplo, en 1975, la acción Ritmo 0 la ubicó en las primeras planas de todos los medios especializados. Ella tomó un rol pasivo frente a al público, que podía actuar sobre ella sin reparo alguno; colocó 72 objetos sobre una mesa, desde hilos hasta pistolas cargadas y látigos. Cada cual podía elegir qué usar y cómo sobre su cuerpo. Fueron más de seis horas, en un principio el intercambio fue liviano, pero a medida que el público fue tomando confianza las acciones se fueron tornando cada vez más violentas, hasta llegar a un extremo peligroso.

    Abramovic es actualmente un ícono del bodyart, alumbró en aquellos años una denuncia muy fuerte sobre los límites del cuerpo, en pleno aluvión tecnológico y de cimbronazos políticos, en consonancia con la estética punk. No es menor lo de Abramovic, no es menor tampoco lo de Jackass 3D. Usted, querido lector, tiene todo el derecho a pensar: ¿este pibe que escribe tiene la cabeza llena de telgopor? ¿Quién puede ser tan papanatas de comprar a una institución del arte conceptual con una cofradía de imbéciles lanzado baños químicos llenos de caca por los aires? Bien, vamos a intentar responder.

    Jackass 3D es una estupidez si uno va al cine a encontrarse con una estupidez, entonces sí ve pelotas de golf impactando contra testículos, un muchacho tragando un vaso de sudor, un enano pegado con la gotita a la panza de un gordo, y muchas cosas más. Pero si nos detenemos a analizar los artilugios que sostienen la película aparecen ideas brillantes, dignas de una pieza de arte contemporáneo. Jackass 3D habla de los tiempos que se viven -lo efímero, la inmediatez, no hay un solo capítulo que dure más de 7 minutos, ni siquiera los que necesitaron miles de dólares para rodarse-, de la autodestrucción y del desdibujamiento de los límites éticos, morales, artísticos, estéticos, físicos y todo lo que se pueda desdibujar. No es nueva la búsqueda, existe hace 40 años, aún así se actualiza y propone nuevas lecturas.

    Desde lo formalmente cinematográfico también hay hallazgos interesantes, la última escena donde ellos se someten a una explosión es verdaderamente impactante: un plano secuencia en súper slow motion camera que permite ver al detalle las caras, las transformaciones del contexto y de los cuerpos. La primera escena también es para destacar: la presentación del equipo de dementes a puro dolor.

    Además: humor: hay tres momentos, aislados de las pruebas hipermasoquistas, que son muy ingeniosos, desde una turba iracunda de enanos peleándose en un bar, hasta un anciano besándose en plena calle con una niña de diecinueve años. Un punto en contra es el 3D, la verdad es que no aporta nada, hasta podría decirse que molesta. Es simplemente una señal evidente de la necesidad de generar un espectáculo bien moderno. Algo ya típico de la gramática de las tres dimensiones que se intenta imponer.

    Jackass 3D es un compendio de imbecilidades hiperproducidas y muy efectivas. No le va a cambiar la vida a nadie, está pensada a medida para reírse un rato. Es eso, nada más. Y nada menos.
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  • El hombre de al lado
    Ese asunto de la ventana

    El hombre de al lado. Es decir, hay una persona acá y hay otra persona del otro lado. Acá, Leonardo (Rafael Spregelburd) un diseñador fruncido que tiene el mundo a sus pies; del otro lado, Víctor (Daniel Aráoz), un militante de la grasada. El acá y el otro lado es la construcción de todo un universo de diferencias socioculturales. Leonardo vive en la casa Curuchet de La Plata, famoso inmueble construido por Le Corbusier. Víctor, justo en el patio interno de Leonardo, quiere abrir una ventana para capturar unos rayitos de sol. Obvio: el diseñador saca a relucir toda su teoría estético-legal-snobista-pelotuda para prohibirle continuar. Que sí, que no, que por favor, que ni se te ocurra, que amenaza, que te quiero, que seamos amigos, entre cortocircuitos se va ensamblando una comedia que reúne críticas certeras a los caprichos de una familia que entiende que el contacto con un ser humano por afuera de sus códigos representa, textualmente, un viaje antropológico.

    El hallazgo de la película es el registro actoral, cada personaje cumple su rol con brillo, Víctor es un tipo con calle y muchísimo carisma, Leonardo es un intelectual cotizado que se da el lujo de echar a la prensa especializada de su casa. Hay no menos de diez frases de Víctor que serían un hit si aparecieran en cualquier novela de las nueve de la noche. El personaje de la esposa del diseñador es un estereotipo, pero está bien utilizado, es la mujer con ínfulas, la que todo le cae mal, la que no le tiembla el pulso para dar órdenes y convertir su rostro en un trasero. Al grano: la conchuda. Igual que la hija, encerrada en su habitación con la cabeza atascada en un ipod fucsia de 160 gb. Leonardo cree que su ombligo es el punto cero del big Bang. Todo encaja sin caer en regionalismos (o gags demasiado argentinos), El hombre de al lado podría perfectamente subtitularse y recorrer cines de países europeos, funcionaría sin obstáculos.

    El error es la imposibilidad de cerrar la historia. La película avanza con idas y vueltas inteligentes, incluso con buenos recursos narrativos, es notable que la cámara casi no sale de la casa, es pura potencia de diálogo. El final parece incrustado, copiado y pegado del noticiero de América 24. Balas, sangre, una muerte agónica en plano detalle. No había necesidad. Es claro que faltó una última idea para hilar y concluir la muy buena historia que lleva adelante la dupla Gastón Duprat – Mariano Cohn desde la dirección (hay fuertes puntos de encuentro con El artista, su film anterior, la línea de comedia está apuntada en la misma dirección: el paralelo entre el snobismo y el autismo), y Andrés Duprat en el guión. Aún con esa falla, la película sale bien parada, vale la pena soltar unas cuantas carcajadas durante el desarrollo.
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