Viejos

Crítica de Horacio Bernades - A Sala Llena

Lost

Una buena, una mala. Una muy buena, dos más o menos. Una buenísima, tres infumables. Y así. Sabe dónde poner la cámara, sabe cuánto hacer durar durar un plano, sabe generar tensión narrativa. Incluso en sus películas más horribles (o casi). Podría pensarse que la debilidad de M. Night Shyamalan reside sistemáticamente en los guiones, y el panfleto católico en el que se convierte la segunda mitad de Señales (después de una primera mitad ominosa), así como La dama en el agua, El último maestro del aire y Después de la Tierra completitas confirman esa hipótesis. Sin embargo, no en todos los casos pasa lo mismo: ver Sexto sentido, El protegido, La aldea, El fin de los tiempos (para mí estas dos están entre las buenas y muy buenas) y la primera parte de Señales. No cuento la excelente serie Servant entre los logros, porque sólo la produjo y dirigió, es la única que no escribió. Tampoco incluyo Split y Glass entre los pifios, aunque para mí sean sendos bodrios, porque hay gente muy respetable que las aprecia y eso me lleva a suponer que tal vez sea yo el equivocado.

Dejando de lado la cuestión del guion, creo que un problema más grave es la seriedad, el escaso espíritu clase-B con el que Shyamalan emprende disparates como los mencionados. Esa seriedad es lo que las convierte en ridículas. Otro problema, creo, es la autoindulgencia, la falta de autocrítica que lo lleva a creer que todas las ideas que se le ocurren son muy buenas, y que tiene la suficiente muñeca para llevarlas a buen puerto. Está claro que no es un chanta, que cree en lo que hace. Solo Después de la Tierra fue un proyecto meramente “alimenticio”, en las demás me parece que se involucra por completo. Lo cual es un problema. Se involucra tanto, cree tan ciegamente en el proyecto, que pierde perspectiva, la necesaria distancia, sentido del humor. Porque el sentido del humor es una forma de la distancia. Podría decir que otra cosa que le falta es inteligencia. Sin embargo, Sexto sentido y El protegido me desmienten.

En el caso de Viejos (Old) se le ocurrió adaptar una novela gráfica escrita por el holandés Frederic Peeters. No la leí. No sé cómo resolverá las cosas el comic, pero para Shyamalan la premisa se convierte en una encerrona de la que no sabe cómo salir. La idea es que en un balneario tropical existe un resort que incluye una playa alejada en la que te vas viniendo viejo de golpe, a razón de 50 años por día. O sea: si no sos un pibe, antes de cumplirse 24 horas fuiste. ¿Qué podés hacer con eso? Una posible respuesta es una versión fantástica y más poblada de Náufrago, que se basa en una premisa más irremontable todavía. Sin embargo Robert Zemeckis -que no es santo de mi devoción, ésta y Autos usados son mis favoritas- se las ingenió para sacar de ahí una gran película. Náufrago fluye con naturalidad, no acumula peripecias a lo bobo, tiene sentido del humor y te hace identificar como bestia con el protagonista. Sí, es una versión no acreditada de Robinson Crusoe, pero lo que importa no es el afano sino lo que se logra con él.

Viejos comete todas las decisiones equivocadas que Náufragos no tomaba. No fluye con naturalidad, se ve obligada a acumular peripecias forzadas, que en lugar de sumar simplemente se alinean una detrás de otra, se expone permanentemente al ridículo para caer en él. El comienzo no está mal, porque cuando sabe dónde ir Shyamalan narra bien. Un matrimonio (Gael García Bernal y la luxemburguesa Vicky Krieps, peleándose para ver a quién de los dos se le hace más trabado hablar en inglés) y sus dos hijos llegan a un resort estilo Meditarrenee, que según dice el gerente es “nuestra versión del paraíso”. Y que, a estar por su asombro extasiado, para el (in)feliz matrimonio por lo visto también lo es, aunque sea una grasada. Hay un entripado entre ellos que en esos primeros minutos no se aclara del todo en qué consiste, quedando pendiente la respuesta, y al día siguiente de su llegada el gerente les ofrece ir a una isla para unos pocos elegidos, que según el tipo constituye “una anomalía natural”. Se les suma una familia y un matrimonio (él es de origen asiático y ella, negra, cuestión de cumplir con el mínimo racial exigido por la Academia).

Como comienzo está bien. Si en un thriller o película fantástica (no es estrictamente una de terror, como tampoco lo son Sexto sentido, El protegido o El fin de los tiempos) un lugar se presenta como paraíso, seguramente va a resultar un infierno. Y si se habla de “anomalía” es un indicio de que la cosa viene bien. O sea, mal (para los protagonistas). Nada del otro mundo, pero está bien. Ahora, el tema es cómo la seguimos. A la playa se llega atravesando una cueva oscura. Bien también. Cada uno de los vacacionistas dice sus profesiones, y entre ellas se destacan un cirujano torácico y un enfermero. La mujer negra es epiléptica. Okey. En un estanque el pibe se choca con un cadáver a la deriva. Bueno, muy bien, qué más.

Ahí empieza la sucesión de licencias no poéticas. Se extirpa un tumor del tamaño de un melón y se practica un parto. Todo a mano limpia, sin alcohol siquiera. Uno se vuelve loco y la emprende a cuchillazos, después de preguntarse cuál es la película en la que Marlon Brando y Jack Nicholson actuaron juntos (¿cuál es?). Los celulares se descomponen. En las grutas hay como una radiación rara, que te tira sobre la playa. Los chicos crecen, pero no a lo largo de los años sino en cuestión de minutos. La que al principio era una nena de seis años ahora es una adolescente embarazada. Acá viene lo de antes: si vas a narrar una premisa descabellada, la única forma de evitar que el espectador se ría de ella cuando se supone que debería angustiarse es hacer evidente el disparate. Recordarle que it’s only a movie, con el disparate como código compartido para pasar un rato entretenido.

Pero Shyamalan Rastafá no conoce el sentido del humor, siempre parece estar buscando alguna clase de trascendencia espiritual o intelectual. De lo que todavía no se enteró es que filma historias clase-B. Como no sabe generar esa suspensión de la incredulidad, el espectador empieza a encontrar el pelo en la sopa. La cabellera entera, en este caso. Un hombre se va, cuando se supone que de esa playa no se puede salir. Está el tema de las operaciones (el tumor se extrae de un solo tirón, el bebé también), el extraño hecho de que los pibes van pegando el estirón de escena en escena, mientras los adultos siguen iguales aunque tengan, no sé, 80 años (la explicación “científica” es que mientras en los jóvenes los cambios son físicos, lo único que envejece en la edad adulta son las células; ¿?). Los pibes pasan de la niñez a los 50 años y la pilcha parece ir creciendo junto con ellos, porque siempre les va a medida. El síntoma de envejecimiento de una señora es que se le corre el maquillaje, y al extraviarse en una gruta se le tuercen todos los miembros, quedándole como una especie de esvástica física.

Y todo tan serio que no da para reírse.