Viejos

Crítica de Emiliano Fernández - Metacultura

La decadencia acelerada

Honestamente debemos agradecer al Infierno por gente talentosa activa como M. Night Shyamalan que continúan ofreciendo obras valiosas y originales en una época dominada por las franquicias infinitas, las remakes, los bodrios gigantescos, las reinterpretaciones baratas de premisas harto quemadas y demás productos para retrasados mentales que en otros tiempos serían catalogados de muy infantiles y que hoy están dirigidos a un público general vago e inculto que se la pasa varado en los mares del escapismo más burdo. La nueva película del hindú nacionalizado norteamericano, Viejos (Old, 2021), sigue la senda del renacimiento creativo reciente que había empezado Los Huéspedes (The Visit, 2015) y la amena serie televisiva Wayward Pines (2015-2016), realizada para la Fox, y continuado Fragmentado (Split, 2016), Glass (2019) y una extraordinaria serie de Apple TV+, Servant (2019-2021), período que le permitió levantar la puntería a escala artística luego de las muy flojas El Fin de los Tiempos (The Happening, 2008), El Último Maestro del Aire (The Last Airbender, 2010) y Después de la Tierra (After Earth, 2013). En esta ocasión el señor adapta la novela gráfica Castillo de Arena (Sandcastle, 2010), del suizo Frederik Peeters y el documentalista francés Pierre-Oscar Lévy, en una película que retoma su viejo amor para con las premisas minimalistas y cerebrales a lo La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), hito de la TV del eterno Rod Serling, aunque ahora jugueteando con los vaivenes del tiempo trastocado en sintonía con El Curioso Caso de Benjamín Button (The Curious Case of Benjamin Button, 2008), de David Fincher, pero intercambiando el drama y el romance por los engranajes del horror ecológico tácito, la denuncia de la manipulación social y el thriller angustioso y freak de un entorno cerrado paradójicamente a cielo abierto.

El relato es de tipo coral pero en la propuesta se hace todo lo posible para enmascarar este detalle centrándose en una familia en particular, la compuesta por el actuario Guy Cappa (Gael García Bernal), su esposa Prisca (Vicky Krieps), una curadora de un museo, y los dos hijos pequeños, Trent (Nolan River) y Maddox (Alexa Swinton), quienes viajan a un resort tropical encabezado por una figura misteriosa (Gustaf Hammarsten) que los invita a una playa supuestamente paradisíaca y exclusiva rodeada por una enorme formación rocosa, donde se encuentran con otros dos grupos de turistas, uno compuesto por el enfermero Jarin (Ken Leung) y su esposa psicóloga, Patricia (Nikki Amuka-Bird), y una familia de la alta burguesía que abarca al cirujano y director de una clínica Charles (Rufus Sewell), su esposa símil modelo Chrystal (Abbey Lee), la hija de ambos Kara (Mikaya Fisher) y la madre del hombre Agnes (Kathleen Chalfant). Las primeros síntomas de la debacle por venir son el descubrimiento del cadáver de una mujer, la acompañante del célebre rapero Mid-Sized Sedan (Aaron Pierre), y la muerte repentina de Agnes, lo que indica que la zona arenosa es sinónimo de un electromagnetismo natural insólito que envejece con suma celeridad a las personas y por consiguiente agrava cualquier problema de salud preexistente, como por ejemplo ese tumor de Prisca, la esquizofrenia de Charles, la hipocalcemia de Chrystal, la epilepsia de Patricia y la hemofilia del músico hiphopero, amén de desencadenar la ceguera progresiva de Guy, la sordera de su mujer y el crecimiento acelerado de los purretes, tanto Maddox (Thomasin McKenzie y Embeth Davidtz) como un Trent (Alex Wolff y Emun Elliott) que tiene sexo con Kara (Eliza Scanlen), adolescentes automáticos que sin darse cuenta generan un bebé que no sobrevive más que unos segundos en esta terrorífica playa.

Shyamalan, asimismo autor del guión, le pasa el trapo a todos sus colegas porque redondea una epopeya apasionante que aprovecha con furia cada una de las pequeñas catástrofes de la naturaleza descontrolada de fondo, planteo retórico que calza perfecto con su obsesión de siempre con las vueltas de tuerca prosaicas, hitchcockianas y sutiles que niegan la pompa hueca y los “fuegos artificiales” digitales del mainstream descerebrado correspondiente al Hollywood tradicional y la mayoría de los servicios de streaming contemporáneos: en esta oportunidad tenemos a un loquito peligroso con un cuchillo que termina atrapado en las garras de su propia paranoia cual tendencia a inventarse enemigos por todos lados, ese tremendo Charles que como buen oligarca vive estresado y posee una esposa trivial y bella de adorno, la también soberbia y distante Chrystal, asimismo se da cita un doble elemento de horror enigmático coyuntural símil Lost (2004-2010), aquella serie de Jeffrey Lieber, J.J. Abrams y Damon Lindelof para la ABC, porque a la decadencia física y psicológica veloz se agrega un monitoreo a la distancia y el hecho de que los intentos por abandonar el lugar derivan en desmayos similares a las incompatibilidades de presión entre estar bajo el agua y en la superficie, además la fórmula narrativa permite secuencias en verdad geniales como la de la operación improvisada sobre Prisca para extirparle su tumor estomacal antes de que los cortes en el abdomen cicatricen y las de las muertes en simultáneo de Chrystal, en una cueva y reconvertida en un engendro bien deforme, y de su marido, infectado después de ser cortado con un arma blanca oxidada por una Prisca que salva a Guy de una andanada de laceraciones cortesía del médico, cuyo juramento hipocrático se cae a pedazos al punto de apuñalar a Mid-Sized Sedan con frenesí y sin que medie otra explicación que su demencia.

Más allá del prodigioso manejo del suspenso y la exploración de la idiosincrasia y temores humanos en tanto principales enemigos de los propios sujetos, Viejos retoma tópicos muy caros al hindú como el aislamiento, la familia fragmentada posmoderna, el discurrir del tiempo, la tranquilidad existencial, la rauda psicopatía, la paternidad, el rol redentor de la naturaleza, las crisis que trae aparejada la vejez, la presencia de inseguridades en cada individuo, la enajenación escalonada, las diferencias de concepciones, el desapego entre iguales, la mediocridad y la adicción laboral, la altanería de la burguesía, la mega estupidez promedio de los turistas, esa banalidad pueril y antiintelectual extendida, la dignidad de la niñez y finalmente los traumas, fracasos y compulsiones que aquí aparecen sobre todo mediante el motivo excluyente del viaje de los Cappa, una intentona de broche de oro para la unión del clan antes del divorcio tanto por el cáncer como por una infidelidad de ella, y que nos retrotraen a la primera fase de la carrera del cineasta en su modalidad “thriller con desenlace sorpresa o algún remate más o menos enrevesado”, aquella de Sexto Sentido (The Sixth Sense, 1999), El Protegido (Unbreakable, 2000), Señales (Signs, 2002), La Aldea (The Village, 2004) y La Dama en el Agua (Lady in the Water, 2006). Shyamalan presiona al máximo al elenco en su conjunto, uno que debe enfrentar situaciones ultra desesperantes o exacerbadas vinculadas con el crepúsculo de la vida o una madurez imposible en apenas horas que deja a psiquis de niños con cuerpos de adultos, y la apuesta resulta exitosa porque Viejos, sin ser una joya del cine al cien por ciento, atrapa desde el mismo inicio del metraje, moviliza las entrañas y hace pensar al espectador en un contexto mundial de pandemia de coronavirus que también modificó la perspectiva del tiempo mediante el encierro, el miedo contagioso, los caprichos políticos de las dirigencias internacionales y el maquiavelismo de los capitalistas del rubro de la salud, laboratorios responsables de vacunas y medicamentos que en el relato pasan a ser representados por la gerencia del resort tropical y sus ensayos clínicos involuntarios sobre las pobres víctimas de turno, los protagonistas, alegoría muy inteligente alrededor de la distribución global de vacunas no del todo testeadas y tomando a la población del planeta como conejillos de Indias, o clientela cautiva en pos del milagro, para vaya a saber qué resultados futuros no previstos -o sí augurados, nunca se sabe- por este nauseabundo establishment farmacéutico y sus socios de la oligarquía estatal, comunal, mediática y económica macro. El film, como siempre en el caso del acervo ideológico del hindú, indaga en el pavor atávico ante lo desconocido y propone al respeto por el diferente y al cariño hacia los seres queridos como bálsamos contra los imprevistos ambientales y la típica maldad y codicia del ser humano, hoy incluso sintiéndose maravillosamente genuina la pluralidad de etnias y nacionalidades del elenco porque el propio creador máximo conoce de primera mano los dilemas y la riqueza de la multiculturalidad, pensemos en el mexicano Bernal, la linda luxemburguesa Krieps, el británico Sewell, la neozelandesa McKenzie, la sudafricana Davidtz, la australiana Lee, la nigeriana Amuka-Bird y el norteamericano de ascendencia asiática Leung. Shyamalan, quien se reserva un pequeño e irónico rol como el chófer que lleva a los ilusos a su mazmorra semi metafísica, incluso trabaja bien el tema de la carne sensual a la intemperie porque en pantalla consigue una solución negociada entre no mostrar nada, de seguro la exigencia del Hollywood castrado actual, y mostrar desnudez en serio, como debe haber querido el señor ya que -al fin y al cabo- hablamos de una playa, logrando que el erotismo esté algo maquillado pero aun así diga presente desobedeciendo a los mojigatos patéticos de hoy en día, las feminazis ridículas del montón y los sultanes del marketing y de las calificaciones bajas por edades a lo populacho oligofrénico inofensivo…