Vaquero

Crítica de Natalia Trzenko - La Nación

Una película con una aguda mirada sobre el mundo y destacadas actuaciones

La vida de Julián Lamar no está nada mal. El tipo es un actor profesional que tiene trabajo en teatro, en cine y está cerca de conseguir un papel que podría cambiar su carrera para siempre. Además su familia parece quererlo y apoyarlo. El único problema es que él no está de acuerdo con nada de lo anterior. Y lo dice. Aunque nadie lo escuche porque sus opiniones las expone de la boca para adentro en una serie de monólogos interiores amargos, tan ruines consigo mismo como con quienes lo rodean. Del lado del derecho, Julián sonríe mientras en el revés odia visceralmente a quien se le ponga enfrente.

En ese juego de contrastes entre el exterior y el interior de un personaje central tan gracioso como patético y denso, se desarrolla Vaquero, ópera prima de Juan Minujín, quien también escribió el guión -junto con Facundo Agrelo Quintar-, e interpreta al profundamente neurótico Julián. Un esfuerzo notable que resulta en una película de igual medida.

Puesto a pintar su aldea -el mundillo de los actores jóvenes consagrados o en camino de estarlo-, Minujín acierta con detalles que marcan el tono de una tragicomedia que vira hacia el drama unipersonal a medida que avanza el relato. Desde el inicio con una escena en el hall de un teatro donde el papá de Julián (un inspirado Daniel Fanego) insiste en lo bueno que son los otros, nunca él, pasando por la situación seudodegradante del casting, un ejercicio del auto marketing que les arruinaría el humor -y la vida- a muchos, Minujín construye un personaje que genera empatía pese a su agresivo mundo interior. Una dicotomía que el cuidadoso trabajo de fotografía de Lucio Bonelli interpreta impecablemente.

Para aprovechar varios ángulos de la profesión del actor, Vaquero se detiene bastante en el rodaje de una película de época en la que Julián se cruza con los personajes interpretados por Leonardo Sbaraglia y Esmeralda Mitre, estrellas de ese film en el que al personaje de Minujín le toca un papel menor. Con pocos minutos en pantalla tanto Sbaraglia como Mitre consiguen sacarles el máximo provecho a personajes pequeños, pero de gran impacto para la trama. Lo mismo ocurre con Pilar Gamboa, como la seductora vestuarista que no se rinde ante los desplantes de Julián. En sus escenas compartidas Minujín y Gamboa logran algo tan difícil de conseguir como la química del romance: la química de la incomodidad. Así, mientras ella lo acorrala, a él sólo parece conmoverlo conseguir un papel en el western que un gran cineasta norteamericano llega para rodar en la Argentina. Esa figura mítica ni siquiera necesita aparecer en pantalla para aportarle densidad al relato e intensidad a la pelea interna de Julián, un vaquero suelto en la ciudad.