Una educación parisina

Crítica de Mex Faliero - Funcinema

LOS JÓVENES VIEJOS

En la película escrita y dirigida por Jean-Paul Civeyrac un joven de Lyon se va a París para estudiar cine, dejando atrás a sus padres y a su novia, con la que la distancia irá lastrando la relación. Hay en Una educación parisina una mirada interesante acerca de las distancias que existen entre la gran ciudad y el interior, no solo geográficas, sino acerca de cómo la gran ciudad corrompe un poco el espíritu más ingenuo del que llega con todas las ilusiones. Lejos de caer en reduccionismos o en una lógica tradicionalista que defiende la vida de provincias como más noble, Civeyrac piensa el conflicto desde un lugar más complejo e interesante, porque lo expone a través de la experiencia artística. El problema, y a la vez su plataforma conceptual -porque es verdad que la película se difunde más por cómo respira un aire nuevaolero que por estos asuntos que señalamos-, es que el director relega un poco este asunto para construir un relato sobre jóvenes conflictuados en su relación con el arte y el compromiso social y político.

Una educación parisina está filmada en blanco y negro, y su materia son extensos diálogos intelectuales acerca del cine, la literatura, la política y la militancia, en fiestas nocturnas o entre las sábanas luego del sexo. Jóvenes en estado de ebullición con sus definiciones irreductibles acerca de todo, especialmente Mathias, por quien Etienne -nuestro protagonista- siente una particular admiración. Está claro que Civeyrac aprovecha este universo como guiño y reverencia a la nouvelle vague, a nombres como Jacques Rivette o Eric Rohmer, e incluso a referentes más contemporáneos y revisionistas como Philippe Garrel, en una película que reproduce sus mecanismos a la vez que intenta repensarlos. No de gusto elige protagonistas jóvenes, que tienen la función de pensarse como herencia de aquel mundo y continuadores de un legado, no sin antes ponerlo en crisis y discutirlo. El inconveniente es que ocasionalmente Una educación parisina se acerca más a lo museístico, con sus personajes recitando parlamentos que connotan el conocimiento de un mundo y su simulación. Hay algo de pose que la película no logra disimular del todo.

Claro está que Civeyrac tiene un notable manejo de las herramientas narrativas a su disposición, o en todo caso conoce de tal manera cada rincón de la nouvelle vague que su reproducción es fidedigna: sus escenas callejeras en una París alejada de lo turístico, sus diálogos que parecen surfear un naufragio y terminan encontrando el centro, sus departamentos de estudiantes que nunca terminan de ser un lugar. Lo que le faltó, en todo caso, es construir personajes empáticos con los que podamos lograr cierta identificación. Si aquellos burgueses de la nouvelle vague respiraban el aire de revolución de un tiempo, los de Una educación parisina son esa turba actual de las redes sociales que parece enojada constantemente con todo. El onanismo de pensarse a sí mismo como lo más importante del mundo.