Un fin de semana en Paris

Crítica de Emiliano Fernández - A Sala Llena

El amor es lo único interesante.

Lejos quedaron los primeros opus de Hanif Kureishi, uno de los guionistas más célebres de Gran Bretaña, especialmente en lo referido a aquel retrato del multiculturalismo y la crisis económica del régimen thatcherista, ítems condensados en Ropa Limpia, Negocios Sucios (My Beautiful Laundrette, 1985) y Sammy y Rosie Van a la Cama (Sammy and Rosie Get Laid, 1987), ambas dirigidas por Stephen Frears. Tampoco podemos olvidar la miniserie para televisión The Buddha of Suburbia (1993), recordada con mucho cariño por los melómanos por la canción y el álbum homónimo de David Bowie. De hecho, esta última obra -una suerte de traslación aggiornada de las problemáticas inmigratorias trabajadas en el pasado- constituyó la primera colaboración de Kureishi con el realizador Roger Michell.

Hoy estamos ante la cuarta faena en conjunto entre el guionista y el sudafricano, un film que toma prestada la fórmula y el naturalismo descarnado de la trilogía de Richard Linklater en torno a Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy), aunque en esta ocasión elevando la edad de los protagonistas y profundizando la relación a niveles insospechados, siempre con vistas a reemplazar aquellas conversaciones interminables (esa especie de mixtura maltrecha entre Woody Allen y Billy Wilder, en modalidad somnolienta e improvisada) por segmentos de una mordacidad muy hilarante (ahora la poesía desaparece dando paso a las compulsiones y las discordias que regala el transcurso del tiempo). Así las cosas, la verborragia de la tercera edad se reduce a dardos afilados y una angustia sin filtro.

Como su título lo indica, Un Fin de Semana en París (Le Week-End, 2013) se centra en el viaje a la capital francesa de Nick (Jim Broadbent) y Meg (Lindsay Duncan), una pareja de Birmingham que en su trigésimo aniversario de casamiento decide limar asperezas y replantear sus opciones ahora que los hijos han partido del hogar. La película coquetea con todos los puntos intermedios entre la posibilidad de refundar la relación y la alternativa del divorcio, a su vez condimentando la acción con las “complicaciones” derivadas del hecho de no contar con el dinero suficiente para un periplo turístico de esta índole. Mientras Nick y Meg recorren la Basílica del Sagrado Corazón o el Cementerio de Montparnasse y se escapan sin pagar de distintos restaurantes, el péndulo anímico va de la alegría a la tristeza.

Aquí el cineasta vuelve a demostrar su maestría en lo que respecta a la dirección de actores ya que consigue interpretaciones muy medidas y precisas por parte de Broadbent y Duncan, quienes todo el tiempo juegan con una dialéctica del roce basada en la sensualidad, las frustraciones y una distancia afectiva negociada, por momentos hasta bajando la guardia y entregándose a la jocosidad más impredecible (también suma mucho la breve intervención de Jeff Goldblum como un antiguo compañero de universidad de Nick). La propuesta combina la severidad de The Mother (2003) y el sarcasmo de Venus (2006), las dos colaboraciones anteriores de Kureishi y Michell, para terminar construyendo otro análisis sincero y apasionante alrededor del amor en general y sus “manifestaciones” en la vejez…