Un amor cerca del paraíso

Crítica de Mex Faliero - Funcinema

COMER, BEBER, AMAR

No solo porque el clima que se respira en la película de Mika Kaurismäki es de absoluta placidez y bonhomía, casi a trasmano del aura trágico que hace parir al cine más renombrado de estos tiempos, sino porque además el título local, Un amor cerca del paraíso (mucho menos sutil que el Mestari Cheng original), vuelve la fábula demasiado obvia, sabremos que una vez que Cheng y Sirkka se crucen en ese pequeño restaurante finlandés que domina el espacio del film, surgirá entre ellos un amor que trascenderá las fronteras culturales e idiomáticas que separan a un chino de una finlandesa. En definitiva lo que le da valor a la película del menor de los Kaurismäki no será su originalidad o imprevisibilidad, sino más bien el recorrido, la forma tersa en que el director narra esta historia de personajes quebrados que encuentran algo parecido a una segunda oportunidad.

Cheng llega junto a su pequeño hijo a un pueblo de Finlandia buscando a alguien o algo, no se hace entender bien. En su pesquisa terminará recalando en un restaurante no demasiado sofisticado, regenteado por Sirkka, quien acaba dándole alojamiento a los extranjeros en una pequeña habitación. Cheng y su objetivo son un misterio, que se irá revelando progresivamente y que demuestra una de las habilidades de Kaurismäki: tanto el pasado del personaje como aquello que lo llevó a Finlandia se revela sobre la mitad del relato, lo que no significa que se quede sin temas o sin motivos. Aparte de Cheng, su pequeño hijo y Sirkka, Un amor cerca de paraíso tiene un muestrario de personajes atractivos, entre los comensales del restaurante, que llevan a la película por otros territorios, incorporando un arco de temas que surgen como una síntesis de la Europa actual: el lugar de los ancianos, las tradiciones y la modernidad, el cruce de culturas, la inmigración y los cruces con la ley, la búsqueda profesional como realización personal.

Kaurismäki incluye elementos -si se quiere- mágicos y espirituales, que hasta podrían causar un poco de vergüenza ajena y acercar su película al realismo mágico, pero es tanto el dominio que tiene de la historia, que todo surge coherente y hasta lógico con un tono y una estética definidas desde el primer plano. Un amor cerca del paraíso reluce como un film no apto para cínicos y donde incluso el cinismo ni siquiera aparece como una posibilidad o algo que ponga en crisis la experiencia de los personajes. Es una comedia dramática leve, sobre diferentes que se conectan. Y esa conexión surge a partir de la gastronomía, un elemento un poco trillado a esta altura en el cine pero que no deja de tener su valor: en esos platos, en esos aromas que se adivinan aunque no se puedan sentir, en esos sabores que nos hacen poner en acción el paladar de forma abstracta, hay algo que no se puede poner en palabras y solo se ejecuta por medio de la imagen. Y en definitiva nada sintetiza mejor la unión entre dos personas que la cercanía que se da por medio de un símbolo cultural como puede ser la gastronomía, la música, la literatura o el cine. En definitiva la cultura, porque Un amor cerca del paraíso es desde su simpleza y ausencia de grandes ambiciones una radiografía de una porción posible del mundo actual, de fronteras que se derriban y de distintos no tan distintos.