Tron: El legado

Crítica de Roger Koza - Con los ojos abiertos

LA EVOLUCIÒN DE LOS PROGRAMAS

La secuela tardía de un rotundo fracaso de la década de los ’80 es un entretenimiento legítimo con algunos pasajes visuales sorprendentes y algo de filosofía pop

Esta secuela de Tron (1982), un film pionero en el uso de efectos digitales y rotundo fracaso de taquilla en la década del ’80, puede resultar innecesaria como la mayoría de las segundas y terceras partes, aunque 30 años después este relanzamiento en 3D es un entretenimiento legítimo con pizcas de filosofía pop, de lo que se predica un mínimo de respeto por su audiencia, lo que no suele suceder en estos casos.

Kevin Flynn (Jeff Bridges), el personaje central de la primera entrega, ya no está entre los mortales. Su hijo, Sam Flynn, es indirectamente el heredero de los inventos de su padre, y un miembro “simbólico” del consejo directivo de una corporación llamada Encom. Cuando la compañía está por lanzar un software de un programa de entretenimiento inmune al copiado, hay un sabotaje. La indicación es precisa: indirectamente, padre e hijo comparten un espíritu utópico.

Como en la mayoría de las producciones de Disney, un explotador consciente de uno de los grandes mitos del cine de Hollywood, el reencuentro padre e hijo, Sam recibirá un mensaje impreciso pero tentador de su padre. ¿Está vivo? Tal vez sea imposible, pero en una suerte de museo ochentoso y laboratorio secreto un láser lo transportará a otra dimensión, un mundo virtual con sus propias leyes físicas en donde la ley de gravedad no parece un impedimento y el espacio constituye una gran pista de patinaje y motociclismo, aunque en este mundo sombrío y monocorde, bello en sus propios términos, el mundo simbólico de sus habitantes repite las calamidades sociales del nuestro.

Y es allí en donde una réplica digital de Kevin Flynn rejuvenecida, llamada Clu, lidera la supremacía de los programas vivientes, que pretenden alcanzar el planeta de los usuarios (nosotros, los homo sapiens) y que en su momento purgaron a este cosmos sin sol de una nueva especie denominada ISO, originada por esta ecología electrónica. La aparición de Sam en este universo no sólo funciona como una intrusión y un desequilibrio, sino que también habrá de sacar a su verdadero padre de un exilio necesario (más parecido a un retiro Zen que a un encierro político), pues la llave de acceso a nuestro mundo está en su espalda, en donde lleva un disco con información capaz de vulnerar las fronteras que separan un mundo del otro.

Tron: El legado es filosóficamente interesante cuando en vez de explicar sus dilemas teóricos los demuestra a partir de la puesta en escena. Si bien, como suele suceder en el cine en 3D, los protagonistas moviéndose en algunos planos generales padecen de una asimetría proporcional respecto de otras figuras que acompañan la escena, el trabajo sobre las tres dimensiones es inteligente y pertinente. La invención de un mundo y sus leyes físicas trabajadas en 3D es admirable, incluso cuando un ejército de programas remite a los soldados del Fürher, en una secuencia que parece calcada de la iconografía de El triunfo de la voluntad. El showman de esta fiesta digital es Jeff Bridges, un “jazzman” biodigital cuya sabiduría zen de pacotilla funciona como un contrapunto de sus conceptos evolucionistas, una extensión ostensible del sincretismo filosófico del film.