Tomorrowland

Crítica de Rodrigo Seijas - Fancinema

Recuperando el idealismo

En las películas de Brad Bird, los verdaderos villanos no son tanto determinados personajes, sino ciertos valores y perspectivas sobre el mundo. Para que quede claro: el agente gubernamental de El gigante de hierro, Syndrome en Los Increíbles, Skinner en Ratatouille y Hendricks en Misión: Imposible – Protocolo Fantasma encarnan diferentes formas de cinismo, de pesimismo, de desesperanza, de miedo frente a lo nuevo, de mediocre resignación frente a lo establecido convertida en profecía autocumplida. Frente a eso, el dúo formado por el gigante de hierro y Hogarth Hughes, la familia de superhéroes, Remy y hasta el equipo de agentes de la IMF encabezado por Ethan Hunt han representado la esperanza, la autosuperación, la creatividad, la reafirmación de la unión familiar y la amistad, la firme creencia en una ética profesional y del trabajo en equipo, como una forma también de pararse frente a un universo que pugna de muchas maneras por quitarnos las ilusiones pero que a veces parece iluminarse de una manera distinta, para decirnos que todo puede estar -y debe- ser mejor.

Esta perspectiva ética, cinematográfica y hasta política -el cine de Bird es definitivamente político- muestra una innegable continuidad en Tomorrowland. No es raro que esta vez el cineasta, luego de trabajar con Pixar, se una con Disney, un estudio que suele trabajar con determinados valores idealistas, y George Clooney, un actor que también como realizador ha mostrado una notoria preocupación por rescatar y apuntalar perspectivas ligadas al profesionalismo, la lealtad y la búsqueda de excelencia. Todo eso confluye en un relato sobre una joven, Casey Newton (Britt Robertson), repleta de curiosidad científica, que toma conocimiento de un sitio ubicado en otra dimensión que está repleto de posibilidades y que debe unirse con un hombre, Frank Walker (Clooney), que en algún momento fue un pequeño genio inventor, para salvar al mundo.

Probablemente estemos ante el film de Bird más explícito en su discursividad y es válido cuestionar eso, porque en ciertos momentos -en especial hacia el final- empantana la narración, remarcando demasiado lo que ya está palpable en la imagen. Pero a la vez, eso forma parte de un dispositivo consciente de las herramientas que despliega: Tomorrowland, desde su mismo arranque, donde los dos protagonistas discuten sobre cómo narrar la aventura que vivieron -haciendo explícito su artificio pero también su posible impacto en la realidad del público-, se pregunta sobre los posibles puntos de vista acerca del mundo y recupera, actualizándolo, el debate sobre el papel de la ciencia, a la que concibe no como un mero instrumento para fines que la trascienden sino como un agente que potencia la creatividad, la imaginación y por ende, la capacidad de cambiar el contexto en el que se vive. Es decir, el destino de uno y los demás.

A la vez, Tomorrowland es una película que se permite tomar riesgos y plantear situaciones poco comunes en el cine más masivo de la actualidad. No deja de ser llamativo, por ejemplo, que esa heroína que es Casey no tenga un interés amoroso -porque es su amor por el conocimiento el que le sirve como apoyo-, y que la trama romántica esté plantada en otro lugar, mucho más movilizador y hasta incómodo, exponiendo los choques y confluencias no sólo entre la adultez y la infancia, sino también entre la tecnología y la humanidad. Ante eso, Bird (de la mano del guión que coescribió junto a Damon Lindelof) no juzga nunca y hasta zanja la disrupción -aunque al mismo tiempo la potencia-, apostando básicamente por el amor, por los vínculos entre las personas.

En Tomorrowland siguen apareciendo otros tópicos “birdianos”: la familia como un núcleo que necesita de la crisis y la distancia para adquirir nuevos significados, con la figura paterna como referente al cual enfrentarse y/o evocar; el viaje como modo de descubrimiento no sólo de otras representaciones sino también de la propia identidad; y claro, el cinismo, la desesperanza, el diagnóstico sobre una situación sin propuesta alternativa en el villano que es Nix (Hugh Laurie). Frente a eso, están Casey y Jack, y ese mundo que es Tomorrowland, que es también una idea, o más bien un ideal que alcanzar. Y en un punto, Tomorrowland -la película- es también un ideal, una utopía sobre lo que puede -o debe- ser el cine: un vehículo de pura imaginación creativa y transformadora. Que un tanque hollywoodense se anime a proponer -aunque sea un poco a los tropezones- nuevos horizontes y metas, que busque las respuestas sin resignarse jamás frente a los dilemas, es una excelente noticia. El cine aquí sigue siendo ese camino donde todo es posible.