Tigre

Crítica de Rolando Gallego - El Espectador Avezado

Grata sorpresa es “Tigre” (Argentina, 2017), una película que transforma los recursos que contiene en la posibilidad de trascender su propuesta para terminar de configurar un relato intimista sobre el paso del tiempo. “Tigre” se enmarca dentro de un cine que recupera problemáticas actuales, que afectan, y que además bucean en la historia del cine para reconstruir historias intimistas y que revelen nuevas facetas de géneros ya conocidos por el público.
El debut de los realizadores Ulises Porra Guardiola y Silvina Schnicer, dupla ingeniosa y hábil, es un aire fresco en la pantalla, no sólo por la habilidad con la que se narra el cortocircuito entre el hombre y la naturaleza, sino, principalmente, por la rabia con la que refleja a Rina (Marilú Marini) y su regreso al Delta para defender lo suyo de un posible embate de una empresa constructora.
Rina vuelve a su casa, con los miedos de encontrarse con la familia, pero también con la potencia de querer enfrentarse a todos aquellos que intentan quedarse con un espacio que le pertenece y que, inevitablemente, por prácticas inescrupulosas, puede terminar en las manos de aquellos que no corresponde.
En “Tigre” la naturaleza es presentada como continuidad de la biología de los protagonistas, y en el entender el ambiente no sólo como posibilidad de futuro, sino como presente, presente que sangra en cada río y árbol que configura el Tigre y que está amenazado por la economía más diabólica.
En ese regreso de Rina hay algo de querer un estadio anterior, lejano, ideal, pero al cual será imposible de regresar, porque en esa ausencia los más jóvenes han capturado el espacio y se lo apropiaron. “Tigre” confirma eso de que una casa no es sólo de aquel que tiene un título de propiedad sobre la misma, es también de aquellos que la habitan, que la sienten, que la respiran, que la cuidan.
Sus hijos, nieta y amigos de ésta, componen el grupo con el que interactuará y por el que, en el fondo, deberá luchar para evitar que la construcción avance hasta donde se impone la vieja casa. La comparación inevitable con “La Ciénaga” de Lucrecia Martel, no por su temática ni por su idea disparadora, se hace necesaria, porque al igual que Martel, Porra Guardiola y Schnicer, desandan los pasos de los personajes haciendo hincapié en los más jóvenes.
Y si en la obra de Martel los momentos de juego y de descanso eran aquellos que acercaban una idea global, además, de los personajes más grandes, acá, con el sexo en estado de ebullición, la tensión sexual como paradigma y el desconocimiento por parte de los mayores del universo que habitan los más chicos, se termina por armar un relato potente visual y sonoramente.
“Tigre” pide la comprensión de cada uno de los actantes como parte de algo mucho mayor, algo que habla de la vitalidad, de los impulsos, de las pasiones contenidas, y, principalmente, de la imposibilidad de detener el avance capitalista sobre todo. Atentos a la gran Marilú Marini regalando un personaje y una interpretación de antología.