Ted

Crítica de Emiliano Fernández - CineFreaks

El deseo de un niño

Desde fines de la década del 90 hasta nuestros días, con una por hoy mítica cancelación de por medio a manos de la Fox, Padre de Familia (Family Guy) ha representado algo así como la superación -tanto temática como formal- de Los Simpsons (The Simpsons), la tira por antonomasia de la posmodernidad cosmopolita. Lamentablemente con la partida de Matt Groening para el desarrollo de Futurama luego de muchos años de un arduo derrotero ascendente, el show entró en una profunda decadencia que arrastra hasta la actualidad: aquella progresión centrada en tramas inteligentes de raigambre moralista fue dejando paso a colecciones de gags huecos desperdigados entre estereotipos y cameos de celebridades.

Fue en ese período en que apareció Seth MacFarlane, el otro gran responsable de que la animación para adultos no desapareciera del mapa televisivo: Padre de Familia y su correlato directo, American Dad!, propusieron un esquema mucho más corrosivo y críptico en donde el devenir narrativo es continuamente interrumpido por pequeñas escenas que constituyen “notas al pie” irónicas en lo que se conoce como el recurso del “cutaway”. De a poco sus creaciones ganaron el estatuto “de culto” y se aseguraron un espacio en la grilla, lo que a su vez derivó en la generación de una enorme expectativa cuando se supo que el estadounidense había decidido incursionar en el terreno cinematográfico con una comedia.

Conviene aclarar que Ted (2012), el resultado final de semejante aventura, funciona en términos prácticos como un capítulo estándar de sus producciones aunque extendido a un poco más de una hora y media de duración, circunstancia que establece desde el vamos un criterio singular de representación dramática: la obra en cuestión mantiene una perspectiva por demás sardónica que combina con sagacidad elementos diversos como un ritmo pausado, una estética naturalista, múltiples citas culturales, un humor irreverente y una actitud de permanente confrontación. Como era de esperar tratándose de MacFarlane, el film deja entrever una fuerte obsesión con la década del 80 y su querida ciencia ficción.

La historia es por demás simple y gira alrededor de la amistad entre John Bennett y un oso de peluche llamado Ted: todo comienza cuando John, siendo apenas un niño, recibe como obsequio de navidad a Ted y pide un deseo que de inmediato se hace realidad gracias a la mágica intervención de una estrella fugaz. Así es como el amasijo de felpa cobra vida y se transforma en su mejor amigo, lo que nadie podía presagiar era que el dúo, llegada la supuesta “adultez”, se volcaría hacia un hedonismo drogón carente de responsabilidad y sentido común, el coletazo del renombre que en su momento les trajo aparejado el milagro. Desde ya que su novia Lori no ve con buenos ojos tanta procacidad, vagancia e inmadurez.

Aunando los inter-sketchs de Padre de Familia y una estructura relajada símil American Dad!, la película se sustenta en la sátira para con el “american way of life” haciendo eje en los hilarantes diálogos entre Mark Wahlberg y MacFarlane (John y Ted, respectivamente). El director y guionista construyó una propuesta caótica pero eficiente, capaz de despertar carcajadas en determinados instantes de crudeza freak (en especial está muy lograda la secuencia de la fiesta con un Sam J. Jones cocainómano). Mientras John se comporta como Peter Griffin y Ted como una versión chabacana del inefable Brian, el convite se luce en lo que respecta al desarrollo de personajes y la ejecución concreta de la premisa principal…