Sinister

Crítica de Horacio Bernades - Página 12

El escritor que encontró una buena historia

“¿Le pediste un autógrafo?”, carga el sheriff al alguacil, en referencia a Ellison Oswalt, escritor de novelas de crímenes no muy amado por la policía. Es que las novelas de Oswalt se basan en casos reales y a la policía no le cae simpático que el tipo ande reabriendo causas cerradas. Justamente por esa persecuta Oswalt acaba de mudarse, junto con su esposa e hijos, a un tranquilo paraje rural, alejado de todo, aprovechando de paso para ver si puede escribir un nuevo libro que lo rescate del receso que lo preocupa. Ahí es donde una cosa se choca con la otra, porque normalmente Ellison trabaja, por razones de practicidad, cerca del lugar del crimen. “Supongo que esta vez no nos habremos mudado a la casa de al lado, ¿no?”, pregunta Tracy, su esposa. “Por supuesto que no”, la tranquiliza Ellison. Es verdad: no se mudaron a la casa de al lado, sino a la propia casa donde tiempo atrás todos los miembros de una familia se colgaron (o los colgaron) de un árbol. El árbol que puede verse desde la ventana del estudio de Ellison.

Historia de una obsesión que es también una de crimen y castigo, Ellison (Ethan Hawke, con barbita candado) descubre, en el ático de la casa, unas películas en Super 8 filmadas a lo largo de los últimos treinta o cuarenta años y etiquetadas con nombres de típicas películas caseras. “Hora de dormir”, “Parrillada”, “Corte de césped” y así. Al ponerlas en el proyector descubre que esos títulos tan domésticos resultan ligeramente irónicos. La hora de dormir consiste en el degüello de una familia durante el sueño; la parrillada, en la incineración de otra dentro de un auto y en el corte de césped la máquina no se usa precisamente para el pasto. En todos los casos, las víctimas son familias enteras. Bah, no enteras en verdad: en todos los casos uno de los hijos desapareció. Boccato di cardinale para un escritor, obsesivo como todos sus colegas. Rompecabezas mórbido que Ellison armará pausadamente, descubriendo una línea que une todos esos crímenes. Línea que lleva, claro, hasta los Oswalt. Allí la ambición ciega al escritor, que no duda en poner a quienes ama como posibles protagonistas de una nueva home movie.

Realizador de la sobrevalorada El exorcismo de Emily Rose y la inane remake de El día que paralizaron la Tierra, Scott Derrickson dirige Sinister con el mismo tempo pausado, fluida puesta en escena e imágenes despejadas de las anteriores. Ese cuidado y elegancia dan a Sinister, tanto como aquéllas, un aire de qualité. Como si se tratara de películas que están “por encima” de la cosa berreta con que suele asociarse el género. Claro que a la hora del susto a Derrickson no le tiemblan la mano ni el oído, elevando decibeles como el mejor, en el momento en que aparece el espantajo. Trátese de un asesino, un asesinato o una figura demoníaca. Todo se mantiene dentro de un tono absolutamente realista, drama familiar incluido, hasta que al guionista (que no es Derrickson) se le ocurre meter un personaje sobrenatural, y listo. Se trataría de un tal Bughull, dios pagano de la zona de la Mesopotamia arábiga, especializado en devorar almas de niños. Allí, todo el aire de seriedad que la película venía tratando de mantener (con un alguacil cholulo como muy buen comic relief, debe aclararse) se va al reverendo... Bughull.