Sanctum

Crítica de Diego Batlle - La Nación

A pesar de sus escenas subacuáticas de gran belleza, no escapa de los clichés del género

Más allá del nombre de James Cameron como productor y del "gancho" comercial que -al menos por el momento- genera el cine en 3D (la película se estrena aquí sólo en versión tridimensional en 66 salas digitales), Sanctum está muy lejos de alcanzar los atractivos que encumbraron a Avatar hasta lo más alto de la taquilla de todos los tiempos.

Este film rodado en su mayor parte en exteriores y estudios de Australia (aunque ambientado en una cueva submarina de Papúa Nueva Guinea jamás explorada por el hombre) parece un documental sobre turismo de aventura de esos que se pueden ver a toda hora por distintas señales de cable, cruzado de manera transversal por una mediocre trama sobre una conflictiva y problemática relación padre-hijo y plagado de personajes estereotipados y de diálogos tan obvios como altisonantes.

La excusa argumental es la siguiente: un multimillonario arrogante (Ioan Gruffudd) llega al lugar con su bellísima novia Victoria (Alice Parkinson) y con un joven experto en buceo y alpinismo (Rhys Wakefield). Allí se encuentran con el equipo de liderado por el padre de éste, el experimentado y cínico Frank (Richard Roxburgh), que lleva meses explorando la intrincada cueva en busca de la salida al mar. Todos ellos se sumergirán (literalmente) en un universo desconocido y lleno de peligros, que los obligará a enfrentarse con las situaciones más extremas y adversas.

Sanctum ofrece algunas escenas subacuáticas de gran belleza, cuya espectacularidad el 3D amplifica, pero el relato -más allá de los golpes de efecto con todo tipo de tragedias- nunca escapa de los lugares comunes de las épicas más transitadas sobre el coraje, el heroísmo, la culpa y la redención.