Ron da error

Crítica de Mex Faliero - Funcinema

ERROR Y CONTROL

Creo (y puede que la memoria me falle) que fue la débil secuela de Lluvia de hamburguesas la que instaló el concepto de gurú tecnológico como villano; ese que vuelve a estar presente en Ron da error, primera producción de la compañía de animación británica Locksmith. La diferencia aquí es que la figura del gurú tecnológico se desdobla, entre un carácter humanista y otro más comercial, como si eso fuera posible en el terreno de las corporaciones tecnológicas actuales. En todo caso, la película de Sarah Smith y Jean-Philippe Vine avanza desde una distopía en la que los chicos viven acompañados de un robot-mascota pre-diseñado para agradarles a todos, a una suerte de utopía en la que esos chicos viven acompañados del mismo robot-mascota, pero que ahora tiene características imprevisibles que potencian lo distinguido de cada uno y el libre albedrío en la construcción identitaria. El viaje de este film animado es un poco el mismo de Ready player one, donde se marcan los problemas de la tecnología pero la resolución no busca eliminarla sino, más bien, ponerle límites.

El protagonista de Ron da error es un chico solitario, único en su ciudad sin uno de estos robots híper-tecnológicos y mega-conectados. Esto lleva, obviamente, a la discriminación y el bullying escolar. Pero Barney insiste tanto, claro, que su padre y su abuela (dos de los mejores personajes de la película) se lo terminan regalando, aunque como el presupuesto no alcanza terminan comprando uno fallado. Y esa falla, precisamente, será la clave para que los conflictos se acumulen y, también, para llegar a la revelación final: lo que nos representa es lo que nos distingue, aquello en lo que somos únicos e intransferibles. Ron da error no evita estas perogrulladas, aunque el error es decirlas en voz alta, subrayarlas, no tener el talento para transmitir esto por medio de la imagen y el movimiento. Hay sí una decisión interesante, la de no construir a Barney exclusivamente como una víctima, sino también como alguien con prejuicios y con incapacidades para conectar. Sí, como el simpático robotito Ron (otro gran personaje).

Pero hay algo, que estaba en la propia esencia de la historia, que la película no aprovecha demasiado. La idea del error, de la anomalía, daba para que la animación y la comedia (dos géneros que hacen del descontrol su singularidad más atractiva) exploten por los aires. Algo de eso hay, cuando la acumulación de desplantes de Ron termina haciendo eclosión en el patio de la escuela donde asiste Barney. Allí la película amaga con volverse anárquica, con continuar esa línea trazada por películas como La familia Mitchell vs. Las máquinas o Las aventuras del Capitán Calzoncillos, pero apurada por su espíritu discursivo termina presa de una aventura de autodescubrimiento y lecciones de vida, donde el amague de “rompan todo” deja más al descubierto su excesivo control. Ron da error se estira demasiado y esa languidez termina anulando su potencial cómico (tiene algunos chistes muy buenos, especialmente con su abuela anticomunista), por lo que en determinado momento no le hubiera venido mal un F5, un refresh y dar de nuevo.