Ouija

Crítica de Emiliano Fernández - A Sala Llena

Esoterismo y mundos inmateriales.

Históricamente una de las estrategias más populares de la industria cinematográfica norteamericana en materia de producción fue -y continúa siendo- la derivación de películas pretendidamente anodinas a determinados técnicos reconvertidos en directores, en un ejercicio que parece explicitar la necesidad de que el apartado formal esté muy por encima del contenido. Si bien no podemos afirmar que con este mecanismo Hollywood se asegure en un cien por ciento de los casos la obediencia de profesionales con un margen de maniobra bastante limitado en lo que respecta a la dimensión creativa, resulta indudable que este ardid corre de la mano de su adverso, el asignar proyectos a cineastas mediocres.

Ya sea que hablemos del especialista tecnológico refritado o de realizadores paupérrimos y/ o carentes de una mínima valentía con vistas a exponer un par de objeciones para con el andamiaje narrativo conservador de siempre, si la obra eventual queda a la merced de alguno de estos asalariados del estudio es casi seguro que nos toparemos con un opus impersonal según una falsa dialéctica de impostación “progre” que pretende fagocitarse a los adolescentes y los adultos infantilizados (pensemos por ejemplo en los bodrios recientes de la factoría Marvel). Por suerte las tendencias generales del ámbito cultural habilitan filtraciones, en lo que suele ser una homogeneidad abierta a las excepciones esporádicas.

El caso de Ouija (2014) se ubica precisamente en un terreno intermedio: estamos ante un film que -vaivenes del destino mediante- cayó bajo la responsabilidad de Stiles White, un encargado de efectos especiales que en un primer momento se pasó al gremio de los guionistas, aportando buenos trabajos como Cuenta Regresiva (Knowing, 2009) y Posesión Satánica (The Possession, 2012), y que hoy redondea su ópera prima como director. Con semejante título no hace falta aclarar demasiado y sólo diremos que la trama se inclina por la vieja premisa centrada en un grupo de jóvenes que contactan a un ente perverso, en esta ocasión luego de la muerte de una bella señorita que jugó con el tablero espiritista de turno.

Ni lento ni perezoso, White baja la cabeza frente al productor Michael Bay, toma elementos de Witchboard (1986) y respeta el canon del mainstream actual en lo referido al bus effect y demás facilismos, no obstante demuestra una inusitada sapiencia en la construcción del suspenso y la dirección de actores (llaman la atención la paciencia narrativa, una estructura símil J-Horror y la ausencia de detalles pueriles en cuanto al desarrollo de personajes). Lamentablemente los remates de las escenas dejan mucho que desear y la propuesta no incorpora ninguna novedad significativa a la configuración típica del género, volcada al esoterismo y esos mundos inmateriales que desencadenan un dulce cúmulo de asesinatos…