One Shot

Crítica de Guillermo Colantonio - Fancinema

SIN ALIENTO

Hay temas importantes en One Shot, de Sergio Mazza (curiosamente, estrenada una semana después de Vergara). Se habla de la transexualidad, de la discriminación, potenciada en el interior de una provincia, y del desarraigo. El problema es cómo. Son algunas decisiones las que perjudican el resultado final de la película cuyo efecto es, por lo menos, kitsch. No está nada mal que un cineasta se corra de los lugares comunes del porteñismo abúlico y del cálculo hinchado al que nos tienen acostumbrados gran parte de las producciones locales. Sin embargo, resulta poco empática una propuesta que parece filmada con desgano, una especie de material en crudo sin sustancia y con actuaciones dudosas, a veces, al filo del ridículo.

Marita es una mujer transexual que vive en un pequeño pueblo de Entre Ríos. La decisión de cambiar de género ha modificado su entorno familiar y laboral. Al mismo tiempo, su coraje colisiona contra la violencia y la indiferencia de un universo incapaz de aceptar su elección. En una de las pocas líneas sagaces de diálogo, alguien dice “mi familia es open mind pero no lo podemos sostener empresarialmente”. Es el mismo tipo que más adelante obliga a Marita con un arma a firmar un acuerdo para que deje la escribanía en la que ha trabajado toda su vida junto con su ex mujer, Mercedes, también incapaz de asimilar su nuevo cuerpo. Solo su hija y sus nietos comprenden (hasta ahí) la nueva realidad. Si la película se hubiera circunscripto a ese conflicto (con un poco más de garra) las cosas habrían sido diferentes, pero insólitamente Mazza traza una historia paralela con un chino cuya vida como repositor en un supermercado lo mantiene en un estado de alienación inaguantable, por lo que busca nuevos rumbos laborales y de satisfacción personal, sin resultados convincentes. La invitación para asociar las dos vidas y un encuentro fortuito al final son esfuerzos por atar un relato que se deshilacha constantemente. Despojados de emoción, los personajes carecen de desarrollo dramático, como si fueran marionetas en un universo fílmico que no se decide si ir por el documental o la ficción y no porque exista tensión sino más bien apatía. Fumar un porro, ver tele, revolver los fideos en un plato, son signos banales en medio de una inexpresiva cotidianeidad que no se sabe bien hacia dónde dispara.

Un recurso narrativo que utiliza el director consiste en insertar carteles verbales a medida que transcurren situaciones. El uso es de una arbitrariedad tal que, en el mejor de los casos funciona como una parodia de construcción guionística, y en el peor, como complemento explicativo de la temática abordada. En la primera variante, el ejercicio lúdico incluye observaciones del estilo “la historia de este personaje no se desarrollará”; en el segundo, se aportan estadísticas innecesarias por el grado de obviedad, dado que las mismas imágenes ya hacen su trabajo.

Más allá de algún momento intenso y de la curiosa interpretación de María Laura Alemán, One Shot carece de ritmo, de pulso y se acerca en su mayor parte (pese al compromiso ético que manifiesta) a una telenovela berreta.