Neruda

Crítica de Emiliano Fernández - CineFreaks

La proscripción del poeta

Como ya nos tiene acostumbrados, Pablo Larraín vuelve a ofrecernos un film admirable cuyo pivote es un extraordinario guión de Guillermo Calderón, con quien había trabajado anteriormente en El Club. Hablamos de Neruda, una obra de una enorme belleza que unifica el manifiesto de izquierda con el surrealismo de buena parte de su desarrollo…

A lo largo de su carrera Pablo Larraín ha demostrado ser un cineasta muy inteligente e inconformista, dos características que no suelen estar presentes en la gran mayoría de sus colegas latinoamericanos: todos sus trabajos se enmarcan en una izquierda de barricada que desmenuza la violencia y el pavor que los grupos filofascistas -esos adalides de la crueldad, la persecución política y el apego al capitalismo salvaje- han introducido en la sociedad chilena con el transcurso de los años. Luego de Fuga (2006), una correcta ópera prima, el director se hizo conocido a nivel internacional con un díptico sobre el régimen genocida de Augusto Pinochet, compuesto por las oscurísimas Tony Manero (2008) y Post Mortem (2010). Aun así, nada hacía prever el progreso cualitativo que supondrían sus proyectos posteriores, No (2012) y El Club (2015), dos películas extraordinarias que llevaron un paso más allá el retrato de los horrores de una comunidad fragmentada, exhausta y sin justicia.

Si bien en Neruda (2016) encontramos todas las marcas autorales de siempre del realizador (léase una narración intrincada y de resonancias corales, la ausencia de respuestas pragmáticas simples ante dilemas enraizados en la discriminación y el atropello, un registro de corte preciosista, una reconstrucción histórica impecable, la presencia de su actor fetiche Alfredo Castro, etc.), a decir verdad el rasgo distintivo de la propuesta es el excelente guión de Guillermo Calderón, un señor que ya había trabajado con Larraín en El Club y que colaboró en la concepción de la prodigiosa Violeta se fue a los cielos (2011). Aquí la trama esquiva el andamiaje clásico de las biopics y apuesta en cambio a crear una suerte de lienzo ficcional en torno a la etapa en la que Pablo Neruda se transformó en un fugitivo político a causa de la promulgación en 1948 de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, una norma solicitada por Estados Unidos con el fin de prohibir al Partido Comunista de Chile.

En esta oportunidad Calderón opta por una estructura insólita centrada por un lado en el devenir errático de Neruda (Luis Gnecco), entonces senador por las provincias de Tarapacá y Antofagasta y miembro del PC, y por el otro en la pesquisa de Óscar Peluchonneau (Gael García Bernal), el inspector de policía encargado de rastrear y apresar al poeta bajo el control de la administración del presidente Gabriel González Videla (Castro), una veleta política que llegó al poder gracias a una coalición a la que luego traicionó sin el más mínimo pudor. Neruda, que denunció incansablemente el engaño y la cacería subsiguiente, se refugió en casas varias de amigos y correligionarios a la espera de poder escapar hacia Argentina, el puente a su famoso exilio europeo. Acompañado casi exclusivamente por Delia del Carril (Mercedes Morán), su segunda esposa, y Álvaro Jara (Michael Silva), el “protector” asignado por el PC, Neruda seguirá escribiendo poemas en la clandestinidad.

A través de constantes interpelaciones de un Peluchonneau que funciona como un narrador/ comentarista de la acción, el film combina de manera armónica distintos elementos del thriller político, los relatos testimoniales, la tragedia del destierro, los opus de cadencia onírica y hasta los dramas románticos dominados por una relación puesta a prueba por las injerencias de un contexto muy poco alentador. La decisión de imponer al personaje de García Bernal como “maestro de ceremonias” no podría haber sido más acertada ya que sus observaciones se ubican en el límite entre la cruzada heroica y el desencanto para con su condición de esbirro de un poder central enajenado y despótico (apenas un germen de lo que vendría a futuro): las palabras de Peluchonneau complementan a la perfección el andar y el sentir de Neruda, hoy eje de un entramado que reflexiona sobre su propia disposición y el carácter tragicómico del vendaval de acontecimientos que desencadena la proscripción.

De hecho, Larraín aprovecha al máximo los dos actos del guión de Calderón, el primero vinculado al manifiesto ideológico del protagonista y el segundo más volcado hacia un surrealismo de tono lírico, y sabe cómo colocar el acento en determinadas inflexiones intradiscursivas, en especial las referidas a las paradojas de la historia y al cúmulo de personajes secundarios autoconscientes que rodean a Neruda. Tanto Gnecco como García Bernal están perfectos en una película sorprendente que se saca de encima la modorra de las biografías cinematográficas “modelo Hollywood” y respeta la idiosincrasia del gran poeta chileno, en la que el hedonismo del arte convivía con la batalla en pos de defender los derechos de los sectores sociales explotados por la burguesía y el capitalismo en general. Aquí recuperamos aquella ética aguerrida y fervorosa que fue licuada con las décadas por el accionar de la derecha, el imperialismo estadounidense y sus dictaduras títeres, un letargo intolerable del que lamentablemente nunca terminamos de despertar los latinoamericanos…