Minions

Crítica de Benjamín Harguindey - EscribiendoCine

Qué tiernos

Minions (2015) celebra cuan adorables son las criaturitas de Mi villano favorito (Despicable Me, 2010), así como los pingüinos de Madagascar (2005) ahora tienen su propia película, y los Ewoks tuvieron dos, además de un show de televisión. “Ya saben, para niños”.

La duda con la que van a ir todos al cine es si los minions (“secuaces”) pueden bancar por sí solos una película entera. De a cuentagotas en las dos películas anteriores estaban bien. Pero ahora el relevo cómico da un paso al frente y acapara el centro de atención, lo cual los vuelve menos especiales y les quita cierto atractivo. ¿No son más divertidos dejándolos en segundo plano? La mayoría de los gags de La pistola desnuda (The Naked Gun) funcionan porque ocurren entre candilejas y no se imponen en el espectador: es el espectador el que los busca y goza al detectarlos.

La historia es que los minions han existido desde tiempos inmemoriales como una tribu que aparentemente ni envejece ni se reproduce, y cuyo único propósito es servir al “villano más malvado” que puedan encontrar. Un montaje inicial nos muestra cómo sirven (y frustran) los delirios de grandeza de cuanto maníaco déspota se encuentran a lo largo de la historia, desde los faraones egipcios hasta Napoleón, lo cual significa que también se hubieran sumado a Hitler si no hubieran pasado los siguientes 150 años convenientemente refugiados en una cueva. ¿Por qué no intentar invadir Rusia una segunda vez?

Tres minions resurgen en 1968 y salen en búsqueda de un nuevo amo a quien servir. Se llaman Bob, Stuart y Kevin, y su compatibilidad es tal que funcionan como el id, ego y superego de una misma cabeza. Bob es puro impulso, Stuart es puro hedonismo y Kevin es puro cerebro y líder de facto del trío. Terminan sirviendo a una tal Scarlet Overkill, “la primera mujer súper villana”, que los manda a robar las joyas de la corona inglesa a cambio de someter a su necesitada tribu.

La trama es una excusa para que los minions sean naifs, luzcan adorables, se tropiecen mucho y hablen en ese jeringoso extraño que mezcla un poco de todos los lenguajes y tiene un efecto enternecedor. Ese es el humor de la película, el cual es consistente pero empalaga.

Debajo de las payasadas de los minions no hay nada que las sustente, ni siquiera una lección tan sencilla como aprender a trabajar en equipo, encontrarse a uno mismo, etc. Tampoco se hace nada interesante con el período histórico en el que transcurre la película, salvo algunos chistes obvios sobre los 60s (y sobre los ingleses. ¿Vieron cómo toman té todo el tiempo?). Nuestros protagonistas no cambian, ni aprenden, ni logran nada lo largo de sus aventuras. Lo deja a uno con cierta insatisfacción, por más entretenido que sea el slapstick. Es común recurrir a Pixar para vilipendiar las películas de animación menores, pero Minions ni se compara con Mi villano favorito en términos de emoción humana.

Finalmente, Minions se estrena exclusivamente doblada al castellano, sin una versión subtitulada. Dado que el grueso de los diálogos ocurre en un jeringoso intraducible (voz de Pierre Coffin, quien co-dirige la película) y mucho depende de las gesticulaciones y el lenguaje corporal de las criaturitas, la pérdida no es terrible. En el peor de los casos nos deja las voces de Thalía y Ricky Martin en los papeles de Scarlet y Herb Overkill. No son la opción obvia para reemplazar las de Sandra Bullock y Jon Hamm, pero los personajes no padecen el cambio, lo cual es la idea.