Medusas

Crítica de Horacio Bernades - Página 12

Demasiada desgracia

“¿Desgracia eterna se escribe con ce o con ese?”, pregunta, en el ascensor de un hotel, una señora a un señor, como quien inquiere si la confitería queda en el segundo o en el cuarto piso. Dejando de lado la impertinencia de la pregunta –habida cuenta de que la mujer de ortografía vacilante no es Clemente sino una señora escritora– el modo en que la película verbaliza allí su obsesión central es tan delicado como lo hubiera sido la abrupta irrupción, en ese mismo ascensor, de un tropel de elefantes. Una serie eterna de desgracias, sinsabores y ruindades despliega este film israelí –que en Cannes 2007 no ganó un premio, sino tres– a lo largo de sus relativamente considerados 78 minutos. La ventaja de Medusas sobre otros repertorios de calamidades, como pueden haberlo sido Babel, Vidas cruzadas et al, es que al tremendismo punitorio de aquéllas ésta le opone al menos un tono menor, jaspeado de un humor asordinado. ¿Humor judío? Seguramente, teniendo en cuenta la desgracia eterna que lo prohíja.

Un ramillete de mujeres protagoniza o genera en otros la galería de esparcidas contrariedades. Una de ellas es Batya, mesera de catering a la que su novio acaba de plantar, y que padece madre benefactora pública y estrella mediática, padre abandónico y un departamento que hace agua, literalmente. Otra, Keren, a quien una fractura producida en su propia boda impide su luna de miel en el Caribe, debiendo conformarse con un hotel de Tel Aviv en el que unas habitaciones huelen mal, otras dejan pasar todos los ruidos y el ascensor no funciona. Después está Joy, mujer filipina que, a la culpa por haber dejado a su hijo allá en Manila, debe sumar el ¿castigo divino? de tener que cuidar a una octogenaria insoportable. Están también la escritora, que parece demasiado feliz para la película (hasta que se demuestra que no lo era para nada) y una fotógrafa a la que echaron del trabajo, por empecinarse en fotografiar “siempre lo peor” (obvia autorreferencia de la guionista y correalizadora Shira Geffen).

Hay también una querubina muda y simbólica, que sale del mar y vuelve a entrar en él, para justificar tal vez el título. No es el único tráfico de realismo mágico: cierto heladero de playa, clave para la felicidad de Batya, reaparecerá treinta años más tarde, idéntico a sí mismo, para cumplir su destino de alegórica solución providencial. Todo está mostrado en consonancia con esa forma de minimalismo dry que diluye conexiones entre escenas y echa mano de un humor ácido y mudo, muchas veces en forma de gag solitario. El minimalismo de ocasión no impide el recurso a unos horribles esfumados, que representan el punto de vista de una chica con conmoción cerebral y no se veían en cine desde los buenos y viejos tiempos de David Hamilton, aquel rey del kitsch que, en los ’70, fotografiaba lánguidas chicas desnudas a través de velos, que no eran rosados.