Manchester junto al mar

Crítica de Mex Faliero - Fancinema

EL MELODRAMA ASCETICO

El melodrama es el tono que elige el director Kenneth Lonergan para narrar este drama enorme sobre un hombre que arrastra profundas pérdidas, y al que una -nueva- desgracia familiar pone en posición de enfrentar su pasado y saldar, como puede, algunas deudas pendientes. Es el melodrama un género con profunda raíz en el cine de Hollywood, especialmente el de mediados del Siglo XX, pero también un arma de doble filo: hay que conocerlo en toda su complejidad como para no caer en excesos. O, en todo caso, convertir esos excesos en algún tipo de rasgo autoral como lo saben hacer Pedro Almodóvar o Baz Luhrmann (no curiosamente, dos “extranjeros” hacen bien lo que los realizadores norteamericanos actuales desconocen). Pero lo de Lonergan en Manchester junto al mar es otra cosa, es traficar el melodrama en el envoltorio del indie norteamericano y entregar un film que se edifica en base a esos excesos pero amortiguados por una estética que requiere del naturalismo. La maestría del director y guionista es hacer que estas dos fuerzas, imposibles de homogenizar en apariencia, no sólo puedan convivir en armonía sino que inauguren una suerte de nuevo subgénero, el melodrama ascético.

Una catarata de contrariedades arrastran al pobre Lee Chandler de Casey Affleck (impecable en un personaje que nunca termina de ser un enigma), que tiene que regresar al pueblo natal para hacerse cargo de las tareas administrativas que siguen a la muerte de su hermano, especialmente lo que tiene que ver con el cuidado de su sobrino adolescente. No sólo Lee Chandler ha quedado señalado en el pueblo por algunos sucesos que no conviene anticipar, sino que para él mismo ese regreso es poner en primer plano nuevamente una serie de dolores personales que no han cicatrizado del todo. Para exponer esto, Lonergan recurre narrativamente al flashback y lo hace de una manera bastante particular: los mismos surgen en momentos específicos y se imbrican, mediante el montaje paralelo, con el presente. No sólo la película logra de esa manera hacer explícito el loop eterno del calvario del protagonista, sino que cada tramo del pasado que se revela ante el espectador es una forma de entender al personaje en toda su complejidad y en cada una de sus decisiones.

Decíamos del arma de doble filo: por ejemplo hay un largo flashback, el más importante de todos, el que nos explica mayormente el origen del presente taciturno de Lee, que resulta un tanto excesivo dramáticamente. En ese momento, Manchester junto al mar está a punto de irse a la banquina (y cada vez que suenan graves y redundantes tramos de ópera también), pero es nuevamente la mano del director la que hace que la película se aleje de la manipulación y el cálculo. En vez de regodearse con el morbo, lo mira a la distancia con una cámara que siempre está en el lugar que tiene que estar y elude el descaro del trazo grueso que gusta tanto a los exhibicionistas (la película es como un antídoto contra el cine Iñárritu). Aunque Lonergan acepta que ese trazo grueso es constitutivo del melodrama, también sabe que en definitiva lo que importa en el cine es el punto de vista y la forma en que se cuentan los hechos. Es una delgada línea la que el director no termina por atravesar, para el bien de su película.

Lo curioso en todo caso es que si el melodrama es un género en el que se suelen atravesar las emociones de los personajes con el objeto de algún tipo de reparación de orden moral, en Manchester junto al mar esas reparaciones se encuentran anestesiadas por la presencia de un protagonista de carácter introspectivo. Tal vez para aquellos que busquen en el cine algo cercano a la autoayuda, no encontrarán en el film de Lonergan más que nuevas preguntas sin demasiadas respuestas. Y eso puede resultar frustrante. En esa apuesta que descoloca al espectador, además del melodrama ascético también hay que sumar un sentido del humor muy particular (Affleck y Lucas Hedges construyen un dúo formidable) que no surge tanto como recurso efectista sino más bien como catarsis tragicómica inherente a la historia. Salvo por aquel flashback maldito (que además carga un subtexto molesto), Manchester junto al mar es un film de una melancolía demoledora y de una justeza dramática poco habitual.