Lumpen

Crítica de Emiliano Fernández - A Sala Llena

Fábula del pequeño burgués.

Quizás no sea una “verdad amable” pero es necesario señalar que viendo Lumpen (2013) uno comprende el desprecio de la mayoría del público a determinado cine argentino. Hablamos de una película que si bien posee buenas intenciones y pretende ahondar en ese típico polvorín rabioso que está presto a estallar en las esquinas de Buenos Aires, lo cierto es que retrasa unos cuantos años tanto a nivel formal como en el plano temático. Cada vez que recuperamos las esperanzas en lo que respecta a la extinción definitiva de todos esos recursos paupérrimos del pasado, lamentablemente reaparecen bajo el peso de una trama sin pies ni cabeza, una catarata de diálogos ciclotímicos y la solemnidad inflada de siempre.

Desde una puesta en escena que se procura claustrofóbica y cercana al realismo sucio, la ópera prima en solitario de Luis Ziembrowski, un actor reconvertido en director, combina el obrerismo descarnado de Ken Loach con algunos planteos conceptuales a la Gaspar Noé, aunque con la misma cobardía que el realizador le adjudica a su protagonista de turno. Aparentemente la idea por detrás de la historia fue trazar una alegoría sobre la crisis de diciembre del 2001, reduciendo el país a una manzana de la periferia en la que prevalecen el odio y la intolerancia, no obstante el film se revela incapaz de despertar un mínimo interés en el devenir de los personajes principales, más allá del tono distante y aletargado.

Ahora bien, el relato se centra en Bruno (Sergio Boris), un pequeño burgués venido a menos que vive con su pareja Ruth (Analía Couceyro) y su hijo Damián (Alan Daicz) en un vecindario no muy agradable, en el que cohabita con una militante social parapléjica, un local atendido por ciudadanos paraguayos y una remisería repleta de los clásicos cretinos fascistas. Un buen día ve con sorpresa que Damián comienza a frecuentar la gomería de enfrente, donde vive “Cartucho” (Diego Velázquez), un pobre okupa al que los vecinos más simpáticos del barrio desean expulsar lo más pronto posible. Con este estado de cosas, la “disyuntiva” de Bruno se resume en defender a su familia o entregarse al parecer general.

Sin la intención de construir empatía aunque con el ánimo de apuntalar un desarrollo vinculado al costumbrismo austero, durante gran parte del metraje la propuesta deambula perdida entre una progresión entrecortada, situaciones irrelevantes y una dosificación de la información que sólo provoca indiferencia (de hecho, cuando finalmente se transmiten los “datos primordiales”, ya poco importa contextualizarlos). Esta colección de secuencias soporíferas de inflexión apesadumbrada no pasa vergüenza a nivel ideológico/ moraleja, pero no llega a cumplir su cometido: el cine de género ha regalado críticas mucho más interesantes a la hipocresía de la clase media argentina sin recaer en tanta angustia estéril…