Llaman a la puerta

Crítica de Rodrigo Seijas - Funcinema

CREENCIA Y EVIDENCIA

En los últimos años, M. Night Shyamalan, que venía de algunos fracasos importantes (La dama en el agua, Después de la Tierra), encontró en lo económico la llave para ser siendo fiel a sí mismo. Es decir, comenzó a trabajar -en particular desde Los visitantes– con presupuestos muy pequeños y premisas concentradas, con escasos personajes, pero manteniendo las típicas huellas de su cine. Llaman a la puerta es una continuación de esa senda: un film que focaliza casi toda su acción en un único espacio y con pocos protagonistas, pero que se da el lujo de ser al mismo tiempo bastante ambicioso.

El relato, basado en el libro The cabin at the end of the world, de Paul Tremblay, contiene buena parte de las obsesiones habituales de Shyamalan: personajes rotos y torturados; familias que a partir de un acontecimiento específico ponen en juego sus lazos afectivos; la noción de los dones como algo muy parecido a una maldición; la violencia como algo latente en el tejido social; y hasta -algo que viene in crescendo en su filmografía, desde Señales y pasando por El fin de los tiempos– el imaginario vinculado a la idea del apocalipsis. En este caso, con la historia de dos hombres (Jonathan Groff y Ben Aldrige) y su hija adoptiva (Kristen Cui) que se van de vacaciones a una cabaña en el medio de un bosque y cuyo pacífico descanso es interrumpido por cuatro extraños armados (Dave Bautista, Rupert Grint, Nikki Amuka-Bird, Abby Quinn) que los toman de rehenes y les demandan que tomen una decisión brutal para así evitar el fin del mundo. A partir de este punto de partida, que se plantea casi de inmediato, se dará una lucha de voluntades entre ambas partes, al mismo tiempo que se irán conociendo fragmentos del pasado de los protagonistas, con diversos factores conflictivos.

Shyamalan, un creyente extremo, diseña una narración donde la noción de lo apocalíptico es un puente para pensar esa confrontación constante entre la fe religiosa y el escepticismo ateo o agnóstico, para llegar a una conclusión tan simple como interesante: si la primera necesita ser un acto colectivo, donde lo comunitario confirma los pensamientos de cada sujeto hasta convertirlos en certezas; lo segundo es más bien un ejercicio individual, que incluye un cuestionamiento sustentado en paradigmas científicos. Pero, además, a medida que avanza la trama, queda claro en Llaman a la puerta -al igual que en buena parte de la filmografía del cineasta, aunque aquí de forma más explícita- que no basta simplemente con la creencia, sino que también se requiere de una evidencia que pruebe un discurso. Es como si Shyamalan hubiera escrito el guión asesorado por un ateo, pero al que interpela con la hipótesis de qué haría si aparecen indicios que contradicen la postura que tuvo toda su vida.

A esa confrontación dialéctica, Llaman a la puerta le agrega un trasfondo político y de género ciertamente tortuoso, pero trabajado desde lo fragmentario, como una operación de la memoria y las vivencias. Eso no quita que Shyamalan también construye desde ahí un alegato donde los diversos personajes son representaciones de distintos paradigmas sociales. Ahí, en esa vocación discursiva, es donde el film trastabilla, porque encima eso va de la mano de una serie de explicaciones en los minutos finales que caen en ciertos subrayados. Pero, a cambio, Shyamalan ofrece las ya típicas virtudes de su cine: una llamativa capacidad para crear tensión desde el diseño de los planos, la interacción con el fuera de campo y la expresividad del sonido, además de personajes y situaciones que ya desde antes que estallen los conflictos están parados en un lugar marginal. Y cuando decimos marginal, no solo nos referimos a lo social, sino también a lo cinematográfico: nadie en el cine actual es capaz de desplegar una puesta en escena y dispositivos narrativos como los de Shyamalan. Llaman a la puerta es otra muestra de su apuesta constante a cumplir algunas expectativas del público para dinamitar otras, delineando dramas envueltos en thrillers que luego realizan el movimiento inverso y luego vuelven a hacer ese mismo giro. Y que ha encontrado en estructuras pequeñas el camino más sostenible para mantener una coherencia difícil de encontrar en otros realizadores. Shyamalan siempre está caminando por la cornisa, y por suerte acá no parece caerse, aunque todo depende del punto de vista con que se lo mire.