Leal

Crítica de Mex Faliero - Fancinema

Liderazgo e ingenuidad

Como una desilusión, así se puede ver esta Leal, tercera entrega de la saga Divergente. Y no es que las anteriores fueran una maravilla, pero al menos tenían algunos elementos que potenciaban el adormilado universo de las sagas literarias adolescentes llevadas al cine. Si a la primera le costaba hacer pie y se sostenía por la coherencia y fuerza de su personaje central Tris -una líder que quería serlo, no como la dudosa de Los juegos del hambre-, la segunda lograba a partir del movimiento quitar todo el lastre literario y construir una distopía ligera y cool con un final a puro cliffhanger que ilusionaba. Precisamente, ese final hacia adelante mostraba a los personajes queriendo saber qué había afuera de ese mundo que habitaban y que, creían, era lo único que existía en el planeta. Ese misterio por ver el afuera jalaba el interés por esta Leal, interés que se desarticula a poco de iniciada esta tercera entrega y que muestra una falta de memoria respecto de los aciertos de Insurgente.

Lo primero que falla en Leal es ese mundo que se descubre ante nuestros ojos: si ese espacio era trabajado desde lo mitológico y -al cierre del segundo film- nos intrigaba mucho conocerlo, al revelarse y hacerse tangible se demuestra como un universo vulgar. El diseño de ese afuera es feo, incluso (salvo algún apunte como ese Estado que roba niños y que por estas tierras genera más de una dura relación con el pasado) es poco interesante lo que ocurre ahí, una trama que aborda la malevolencia de la experimentación genética, temática bastante trillada y representada mucho mejor en demasiadas películas. Pero a esa ausencia de un envoltorio atractivo, el film de Robert Schwentke le suma una narración muy derivativa, al sostener el punto de vista ya no en un par de personajes (lo que hacía concentrado su drama) sino en al menos cuatro. Leal se vuelve dispersa, sumando algunos giros inverosímiles, principalmente porque hay un problema con el manejo de los tiempos y algunos personajes pasan de confiables a cretinos en cuestión de segundos (lo que ocurre con el Peter de Miles Teller es ejemplar: una cosa es que un personaje sea resbaladizo, otra que tenga una funcionalidad tan obvia para el relato). Es curioso en este tipo de producciones agigantadas, que se toman una hora y media para narrar hechos triviales, cómo apuran todo amontonando resoluciones demasiado a la ligera hacia el final. Leal da cátedra en todo esto: lo mal desarrollada que está la última media hora es asombroso.

El segundo gran problema es que la película nos mete ante un mundo nuevo, que debe ser explicado velozmente para no lastrar el recorrido narrativo de la saga. Entonces se apela a explicaciones orales, a charlas que explicitan todo lo que allí sucede (desde consecuencias hasta sentimientos de los personajes), con recursos bastante pobres y sin mayor vuelo cinematográfico. Es curioso que Schwentke, un mero artesano de segundo orden pero con pericia para la acción, ceda de tal manera ante lo literario.

Pero lo peor de Leal es el retroceso que se observa en el personaje de Tris, más allá de que la talentosa Shailene Woodley ya parece moverse mejor en esto de la acción y la aventura. Tris, decíamos y remarcamos siempre, es una heroína decidida: ella disfruta su poder y quiere ser líder, aunque lo disimule. Eso la diferencia de la mayoría de los personajes que protagonizan este tipo de relatos, que abusan del héroe a su pesar siguiendo un poco la lógica del superhéroe: de ahí que Divergente relea mejor (dentro de lo posible si tenemos en cuenta el target) el camino del subversivo. En Divergente, lo heroico se da por una búsqueda personal y por una decisión firme de subvertir ese poder totalitario que los controla. Hay tragedias personales que movilizan el deseo, pero fundamentalmente se trata de una chispa que enciende algo que está en el interior de las criaturas que habitan este universo. Sin embargo la Tris de Leal es demasiado naif, excesivamente confiada, contradiciendo su propia psicología: acá la engañan de una manera tan torpe que asusta. Esta debilidad del personaje, sumado a la multiplicidad de puntos de vista, descentra las acciones y minimiza el impacto político/adolescente de las primeras entregas. Tris acá es una más, nunca una líder.

Claro que Leal apuesta a repetir la fórmula del movimiento de Insurgente, pero aquí los giros constantes se sienten antojadizos y mal trabajados, básicamente porque los personajes se difuman tanto que pierden cualquier tipo de interés y ahí es donde los hilos se hacen explícitos. La construcción de estos universos totalitarios que son como muñecas rusas metidas unas adentro de otras son tan excesivas y, por consiguiente, tan improbables, que las subversiones de estas sagas terminan resultando imposibles: ¿cómo derrocar un poder que se descubre como empleado de un poder superior e inasible). Hay algo de cinismo en el discurso del “tú puedes” que elaboran este tipo de historias y ese es el mayor pecado que cometen: una ilusión aplicada en cuentagotas, lo necesario como para sentirse libre, lo justo para no dar tanto poder. Resistencia mainstream y a comer a McDonalds.