Invictus

Crítica de Leonardo M. D’Espósito - Crítica Digital

Alegrías y victorias entre racismo y rugby

Clint Eastwood, Morgan Freeman y Matt Damon son los nombres de peso pesado que lideran este estreno basado en la historia del presidente Nelson Mandela, en el marco de un campeonato deportivo que sería histórico.

El nombre de Clint Eastwood es casi una garantía a la hora de elegir una película. Como pocos realizadores contemporáneos, conoce perfectamente el uso del aparato cinematográfico para crear relatos interesantes. A veces, incluso, toma relatos interesantes por sí mismos para crear películas. Lo hizo con la batalla de Iwo-Jima con el díptico La conquista del honor – Cartas de Iwo-Jima; lo hizo recientemente con El sustituto y vuelve a hacerlo aquí con su visión peculiar de ese subgénero que es el film deportivo, Invictus.

En realidad, Invictus, basada tanto en un hecho real como en el libro que al respecto escribió el periodista John Carlin, es al mismo tiempo un film deportivo y un film político. La historia es la del Mundial de Rugby realizado en Sudáfrica durante los primeros meses del gobierno de Nelson Mandela, y de cómo a través del deporte y la adhesión a la Selección sudafricana, los Springboks, se logra algo así como un principio de unidad, un reconocimiento del otro en un país completamente dividido por el enfrentamiento racial.

El material tiene dos problemas fundamentales: la historia es tan excepcional que puede resultar increíble; y hay que manejar al mismo tiempo la trama político-social y la historia tradicional del equipo “que viene de abajo” para ganar lo imposible. Eastwood ejerce su talento equilibrando ambos elementos y manteniendo la tensión en ambos frentes. De hecho, es la combinación de ambas tramas la que permite que los aparentes lugares comunes funcionen como si los viéramos por primera vez.

Hay un tercer defecto en el material y se llama Nelson Mandela. Es un personaje tan extraordinario que se escapa de cualquier experiencia; de una bondad tan fuerte que puede resultar a todas luces increíble. Un personaje increíble es todo un desafío para un film o cualquier ejercicio narrativo, porque coloca a prueba nuestra credibilidad en el mundo que se nos pone delante. Más cuando sabemos que, efectivamente, Mandela es así como se lo pinta en el film. Eastwood, defensor a ultranza de cierto modo clásico de hacer películas, opta, para hacérnoslo creíble, por la estrategia de que lo interprete Morgan Freeman, el paradigma del negro bueno más férreo que ha dado el cine contemporáneo. Freeman, que es un gran actor, logra además inyectarle el humor y la ironía que distinguen a sus personajes. Curiosamente, esa característica puramente cinematográfica –que también se ejerce en el caso de Matt Damon– hace que el film sea creíble porque transforma la realidad en un cuento. Entramos en esa fantasía que nos inventa cada película y creemos en ella.

Aunque no faltan los lugares comunes y ciertas perezas simbólicas, Eastwood nunca pierde el pulso narrativo, que llega a su clímax en los partidos de rugby que ocupan buena parte del tramo final de la película. Allí, sin romper la tradición de transparencia del cine clásico, el realizador aprovecha las posibilidades del cine para hacernos partícipes de la experiencia deportiva. Algo crucial, ya que esa participación es la que dota de sentido a la fábula. A pesar de las alegrías y de las victorias, el film otorga ciertos rasgos para imaginar que no hay soluciones fáciles. Como esos dos guardaespaldas, uno negro y uno blanco, antes enemigos, que, al celebrar una victoria, casi se abrazan, pero no, sólo se dan la mano. Ese pequeño gesto breve es sabio y prueba de un ojo que no sólo sabe filmar, sino, especialmente, mirar.