Invictus

Crítica de Diego Batlle - La Nación

Mandela, el deporte y la política

Clint Eastwood y el Mundial de rugby que sirvió para sanar viejas heridas

Primero, la buena noticia: Invictus es una historia muy interesante que reconstruye, a partir de la minuciosa investigación del libro El factor humano , de John Carlin, un caso real que unió deporte y política con Nelson Mandela como gran protagonista. Ahora, la mala: su versión cinematográfica hollywoodense no alcanza a profundizar en la complejidad y las múltiples facetas de aquellos acontecimientos ni está a la altura de los mejores trabajos de ese enorme director que es Clint Eastwood.

La película arranca unos meses antes de la Copa del Mundo de rugby que Sudáfrica debía organizar en 1995. Luego de pasar 27 años en prisión, Mandela -electo presidente con el apoyo masivo de la población negra y ante el estupor de los poderosos defensores del viejo sistema del apartheid- decidió utilizar ese evento deportivo como manera de cohesión social. La tarea no era sencilla: el seleccionado local, conocido como los Springboks, se encontraba en pésimas condiciones (había sido suspendido de todas las competiciones internacionales) y era odiado por la inmensa mayoría del pueblo, que incluso solía apoyar a viva voz a sus rivales.

A pesar de la oposición de muchos de sus seguidores, Mandela (interpretado con solvencia por Morgan Freeman) decide buscar una alianza con el capitán de los Springboks, François Pienaar (Matt Damon), para que éste lidere un fuerte entrenamiento, consiga crear una mística dentro del grupo e inicie una campaña pública para que la gente se reconcilie con el equipo.

La película aborda algunos temas recurrentes en la filmografía de Eastwood (la violencia y el perdón, la relación maestro-discípulo), pero el director de Los imperdonables y Gran Torino dilapida buena parte de los hallazgos de la historia con una puesta en escena por momentos obvia, grandilocuente y convencional, que hace explícitos todos y cada uno de los tópicos del relato: la compasión, la generosidad y la moderación como atributos para superar el cisma social luego de tantos años de racismo y así sanar las heridas abiertas y evitar la venganza del ojo por ojo.

Los diálogos didácticos, la inclusión de la voz en off de los noticieros televisivos y las secuencias que parecen editadas y musicalizadas como si fueran especiales de un canal deportivo conspiran contra una mirada más intimista, contra una mejor construcción psicológica de los personajes y contra la conexión emocional frente a hechos de semejante magnitud y alcance.

De todas formas, y más allá de las metáforas obvias y de las concesiones apuntadas, la mano firme de ese gran narrador que es Eastwood, la ductilidad de sus dos protagonistas, el cuidado de la producción, la categoría de los habituales colaboradores del director, y la potencia dramática de los eventos que aquí se describen terminan por redondear un film bastante atendible.